Biografía
Apenas salía de la adolescencia cuando empezó a llamar la atención por versos dispersos, concretamente en la revista D. Quixote, animada por Leal da Câmara. Es cierto que aún no revelaban gran calidad; pero eran primicias que disentían de los esteticismos de aquel fin de siglo, subvertían a veces la enfática figuración convencional del Poeta y, un tanto al estilo de Raul Brandão, extendían la ironía al propio autorretrato payasesco; por otro lado, se desmandaban en la indignación ante la muerte de Maceo, héroe de la independencia cubana. El libro Charcos, anunciado entonces, nunca llegó a ver la luz. Pero, a principios del siglo XX, Nunes Claro dio continuidad a las promesas juveniles, convirtiéndose en figura de proa de la corriente vitalista y jacobina entonces hegemónica en el neorromanticismo: colabora en la Revista Nova (1901-1902), en Arte & Vida (1904-1905) y en otros periódicos afines; anima en su casa de la Rua de S. Marçal el cenáculo «Clárea», donde se reúnen nombres prominentes de dicha corriente (João de Barros, Sílvio Rebelo, Mayer Garção, Ernesto da Silva, etc.); tipifica la reacción de esa facción ante la evolución de Junqueiro, respondiendo a la Oração ao Pão con el poemeto Oração da Fome (1902), que se sirve de los recursos prosódicos y retóricos consagrados por Junqueiro para contraponer a la pacificación cómplice del canto deísta la pugnacidad de un canto que es protesta contra la condición penosa del hombre secularmente despojado de los frutos de su trabajo y, al mismo tiempo, es exaltación generosa de la bondad prometeica de ese trabajo en unísono con la próvida Naturaleza. Nunes Claro representaba entonces para sus compañeros la propia personificación esplendorosa del ideal de poeta-ciudadano, de lírico sensible y fogoso, fiel a los dictados de la madre Naturaleza y a los deberes de emancipación sociocultural. Curiosamente, Nunes Claro iba espaciando la publicación de textos. En 1908, el propio jefe de filas, João de Barros, en un balance de la vida mental portuguesa para La Revue, de París, lo proclamaba el «espíritu más poético de las nuevas generaciones». Sin embargo, Nunes Claro se iba apagando cada vez más en la escena literaria. Si F. Pessoa todavía lo considera en 1913 uno de los tres mejores representantes de la citada corriente literaria (cf. Páginas de Estética e de Teoria e Crítica Literárias), su presencia en el segundo decenio es excepcional, como ocurre en la revista Atlântida. Lo mismo sucede en los años 20, en los que vive retirado en Sintra, entregado al ejercicio de la medicina y a los afectos familiares; en 1924, Mayer Garção ya lo evocaba entre Os Esquecidos... En fin, en 1928, Nunes Claro publicaba un apreciable poemario, sugestivamente titulado A Cinza das Horas. Después se produce el reflujo hacia el mismo silencio entrecortado por la respuesta a la llamada de uno u otro periódico (como la revista Descobrimento, en 1932). Los sonetos de A Cinza das Horas evitan con destreza la impresión de monotonía y cantan, en un registro delicado, la dinámica voluntarista, la euforia vital, la lección naturista y la erótica hedonista propias de su posicionamiento neorromántico; relegan a un plano secundario la militancia nacionalista-jacobina; asimilan rasgos del imaginario franciscanista; se dejan impregnar, de acuerdo con el título del libro, por el sentimiento melancólico del desgaste del tiempo y de la fugacidad del amor.
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