Poemas en este tema
Dinero y Riqueza
Lope de Vega
Sale La Estrella De Venus
Sale la estrella de Venus
al tiempo que el sol se pone,
y la enemiga del día
su negro manto descoge,
y con ella un fuerte moro
semejante a Rodamonte
sale de Sidonia airado,
de Jerez la vega corre,
por donde entra Guadalete
al mar de España, y por donde
Santa María del Puerto
recibe famoso nombre.
Desesperado camina,
que siendo en linaje noble,
le deja su dama ingrata
porque se suena que es pobre;
y aquella noche se casa
con un moro feo y torpe
porque es alcaide en Sevilla
del Alcázar y la Torre.
Quejándose tiernamente
de un agravio tan inorme,
y a sus palabras la vega
con dulces ecos responde:
«Zaida, dice, más airada
que el mar que las naves sorbe,
más dura e inexorable
que las entrañas de un monte,
¿cómo permites, cruel,
después de tantos favores,
que de prendas de mi alma
ajena mano se adorne?
¿Es posible que te abraces
a las cortezas de un roble,
y dejes el árbol tuyo
desnudo de fruta y flores?
Dejas tu amado Gazul,
dejas tres años de amores,
y das la mano a Albenzaide,
que aun apenas le conoces.
Dejas a un pobre muy rico
y un rico muy pobre escoges,
pues las riquezas del cuerpo
a las del alma antepones.
Alá permita, enemiga,
que te aborrezca y le adores,
y que por celos suspires
y por ausencia le llores,
y que de noche no duermas,
y de día no reposes,
y en la cama le fastidies,
y que en la mesa le enojes,
y en las fiestas, en las zambras,
no se vista tus colores,
ni aun para verlas permita
que a la ventana te asomes;
y menosprecie en las cañas,
para que más te alborotes,
el almaizar que le labres
y la manga que le bordes;
y se ponga de su amiga
con la cifra de su nombre,
a quien le dé los cautivos
cuando de la guerra torne;
y en batalla de cristianos
de velle muerto te asombres,
y plegue a Alá que suceda
cuando la mano le tomes,
que si le has de aborrecer,
que largos años le goces,
que es la mayor maldición
que pueden darte los hombres».
Con esto llegó a Jerez
a la mitad de la noche;
halló el palacio cubierto
de luminarias y voces,
y los moros fronterizos
que por todas partes corren,
con sus hachas encendidas
y con libreas conformes.
Delante del desposado
en los estribos alzóse;
arrojóle una lanzada
de parte a parte pasóle;
alborotóse la plaza,
desnudó el moro un estoque,
y por mitad de la gente
hacia Sidonia volvióse.
al tiempo que el sol se pone,
y la enemiga del día
su negro manto descoge,
y con ella un fuerte moro
semejante a Rodamonte
sale de Sidonia airado,
de Jerez la vega corre,
por donde entra Guadalete
al mar de España, y por donde
Santa María del Puerto
recibe famoso nombre.
Desesperado camina,
que siendo en linaje noble,
le deja su dama ingrata
porque se suena que es pobre;
y aquella noche se casa
con un moro feo y torpe
porque es alcaide en Sevilla
del Alcázar y la Torre.
Quejándose tiernamente
de un agravio tan inorme,
y a sus palabras la vega
con dulces ecos responde:
«Zaida, dice, más airada
que el mar que las naves sorbe,
más dura e inexorable
que las entrañas de un monte,
¿cómo permites, cruel,
después de tantos favores,
que de prendas de mi alma
ajena mano se adorne?
¿Es posible que te abraces
a las cortezas de un roble,
y dejes el árbol tuyo
desnudo de fruta y flores?
Dejas tu amado Gazul,
dejas tres años de amores,
y das la mano a Albenzaide,
que aun apenas le conoces.
Dejas a un pobre muy rico
y un rico muy pobre escoges,
pues las riquezas del cuerpo
a las del alma antepones.
Alá permita, enemiga,
que te aborrezca y le adores,
y que por celos suspires
y por ausencia le llores,
y que de noche no duermas,
y de día no reposes,
y en la cama le fastidies,
y que en la mesa le enojes,
y en las fiestas, en las zambras,
no se vista tus colores,
ni aun para verlas permita
que a la ventana te asomes;
y menosprecie en las cañas,
para que más te alborotes,
el almaizar que le labres
y la manga que le bordes;
y se ponga de su amiga
con la cifra de su nombre,
a quien le dé los cautivos
cuando de la guerra torne;
y en batalla de cristianos
de velle muerto te asombres,
y plegue a Alá que suceda
cuando la mano le tomes,
que si le has de aborrecer,
que largos años le goces,
que es la mayor maldición
que pueden darte los hombres».
Con esto llegó a Jerez
a la mitad de la noche;
halló el palacio cubierto
de luminarias y voces,
y los moros fronterizos
que por todas partes corren,
con sus hachas encendidas
y con libreas conformes.
Delante del desposado
en los estribos alzóse;
arrojóle una lanzada
de parte a parte pasóle;
alborotóse la plaza,
desnudó el moro un estoque,
y por mitad de la gente
hacia Sidonia volvióse.
495
Luis Palés Matos
Preludio En Boricua
Tuntún de pasa y grifería
y otros parejeros tuntunes.
Bochinche de ñañiguería
donde sus cálidos betunes
funde la congada bravía.
Con cacareo de maraca
y sordo gruñido de gongo,
el telón isleño destaca
una aristocracia macaca
a base de funche y mondongo.
Al solemne papalúa haitiano
opone la rumba habanera
sus esguinces de hombro y cadera,
mientras el negrito cubano
doma la mulata cerrera.
De su bachata por las pistas
vuela Cuba, suelto el velamen,
recogiendo en el caderamen
su áureo niágara de turistas.
(Mañana serán accionistas
de cualquier ingenio cañero
y cargarán con el dinero...)
Y hacia un rincón solar, bahía,
malecón o siembre de cañas
bebe el negro su pena fría
alelado en la melodía
que le sale de las entrañas.
Jamaica, la gorda mandinga,
reduce su lingo a gandinga.
Santo Domingo se endominga
y en cívico gesto imponente
su numen heroico respinga
con cien odas al Presidente.
Con su batea de ajonjolí
y sus blancos ojos de magia
hacia el mercado viene Haití.
Las antillas barloventeras
pasan tremendas desazones,
espantándose los ciclones
con matamoscas de palmeras.
¿Y Puerto Rico? Mi isla ardiente,
para ti todo ha terminado.
En el yermo de un continente,
Puerto Rico, lúgubremente,
bala como un cabro estofado.
Tuntún de pasa y grifería,
este libro que va a tus manos
con ingredientes antillanos
compuse un día...
... y en resumen, tiempo perdido,
que me acaba en aburrimiento.
Algo entrevisto o presentido,
poco realmente vivido
y mucho de embuste y de cuento.
y otros parejeros tuntunes.
Bochinche de ñañiguería
donde sus cálidos betunes
funde la congada bravía.
Con cacareo de maraca
y sordo gruñido de gongo,
el telón isleño destaca
una aristocracia macaca
a base de funche y mondongo.
Al solemne papalúa haitiano
opone la rumba habanera
sus esguinces de hombro y cadera,
mientras el negrito cubano
doma la mulata cerrera.
De su bachata por las pistas
vuela Cuba, suelto el velamen,
recogiendo en el caderamen
su áureo niágara de turistas.
(Mañana serán accionistas
de cualquier ingenio cañero
y cargarán con el dinero...)
Y hacia un rincón solar, bahía,
malecón o siembre de cañas
bebe el negro su pena fría
alelado en la melodía
que le sale de las entrañas.
Jamaica, la gorda mandinga,
reduce su lingo a gandinga.
Santo Domingo se endominga
y en cívico gesto imponente
su numen heroico respinga
con cien odas al Presidente.
Con su batea de ajonjolí
y sus blancos ojos de magia
hacia el mercado viene Haití.
Las antillas barloventeras
pasan tremendas desazones,
espantándose los ciclones
con matamoscas de palmeras.
¿Y Puerto Rico? Mi isla ardiente,
para ti todo ha terminado.
En el yermo de un continente,
Puerto Rico, lúgubremente,
bala como un cabro estofado.
Tuntún de pasa y grifería,
este libro que va a tus manos
con ingredientes antillanos
compuse un día...
... y en resumen, tiempo perdido,
que me acaba en aburrimiento.
Algo entrevisto o presentido,
poco realmente vivido
y mucho de embuste y de cuento.
706
Luis de Góngora y Argote
Al Poeta Pedro Soto De Rojas
Poco después que su cristal dilata,
Orla el Dauro los márgenes de un Soto,
Cuyas plantas Genil besa devoto,
Genil, que de las nieves se desata.
Sus corrientes por él cada cual trata
Las escuche el Antípoda remoto,
Y el culto seno de sus minas roto,
Oro al Dauro le preste, al Genil plata.
Él, pues, de rojas flores coronado,
Nobles en nuestra España por ser Rojas,
Como bellas al mundo por ser flores,
Con rayos dulces mil de Sol templado
Al mirto peina, y al laurel las hojas,
Monte de musas ya, jardín de amores.
Orla el Dauro los márgenes de un Soto,
Cuyas plantas Genil besa devoto,
Genil, que de las nieves se desata.
Sus corrientes por él cada cual trata
Las escuche el Antípoda remoto,
Y el culto seno de sus minas roto,
Oro al Dauro le preste, al Genil plata.
Él, pues, de rojas flores coronado,
Nobles en nuestra España por ser Rojas,
Como bellas al mundo por ser flores,
Con rayos dulces mil de Sol templado
Al mirto peina, y al laurel las hojas,
Monte de musas ya, jardín de amores.
327
Luis de Góngora y Argote
A Lo Poco Que Hay Que Fiar De Los Favores De Los Cortesanos
Señores Corteggiantes, ¿quién sus días
De cudicioso gasta o lisonjero
Con todos estos príncipes de acero
Que me han desempedrado las encías?
Nunca yo tope con Sus Señorías,
Sino con media libra de carnero,
Tope manso, alimento verdadero,
De Jesuítas sanctas Compañías.
Con nadie hablo, todos son mis amos,
Quien no me da, no quiero que me cueste;
Que un árbol grande tiene gruesos ramos.
No me pidan que fíe ni que preste,
Sino que algunas veces nos veamos,
Y sea el fin de mi soneto éste.
De cudicioso gasta o lisonjero
Con todos estos príncipes de acero
Que me han desempedrado las encías?
Nunca yo tope con Sus Señorías,
Sino con media libra de carnero,
Tope manso, alimento verdadero,
De Jesuítas sanctas Compañías.
Con nadie hablo, todos son mis amos,
Quien no me da, no quiero que me cueste;
Que un árbol grande tiene gruesos ramos.
No me pidan que fíe ni que preste,
Sino que algunas veces nos veamos,
Y sea el fin de mi soneto éste.
266
Luis de Góngora y Argote
A Cierta Dama Que Se Dejaba Vencer Del Interés Antes Que Del Gusto
Mientras Corinto, en lágrimas deshecho,
La sangre de su pecho vierte en vano,
Vende Lice a un decrépito indïano
Por cient escudos la mitad del lecho.
¿Quién, pues, se maravilla deste hecho,
Sabiendo que halla ya paso más llano,
La bolsa abierta, el rico pelicano,
Que el pelícano pobre, abierto el pecho?
Interés, ojos de oro como gato,
Y gato de doblones, no Amor ciego,
Que leña y plumas gasta, cient arpones
Le flechó de la aljaba de un talego.
¿Qué Tremecén no desmantela un trato,
Arrimándole al trato cient cañones?
La sangre de su pecho vierte en vano,
Vende Lice a un decrépito indïano
Por cient escudos la mitad del lecho.
¿Quién, pues, se maravilla deste hecho,
Sabiendo que halla ya paso más llano,
La bolsa abierta, el rico pelicano,
Que el pelícano pobre, abierto el pecho?
Interés, ojos de oro como gato,
Y gato de doblones, no Amor ciego,
Que leña y plumas gasta, cient arpones
Le flechó de la aljaba de un talego.
¿Qué Tremecén no desmantela un trato,
Arrimándole al trato cient cañones?
382
Leandro Fernández de Moratín
Epístola A Don Simón Rodríguez Laso, Rector Del Colegio De San Clemente De Bolonia
Laso, el instante que llamamos vida,
¿es poco breve, di, que el hombre deba
su fin apresurar? O los que al mundo
naturaleza dio males crueles,
¿tan pocos fueron, que el error disculpen
con que aspiramos a crecer la suma?
¿Ves afanarse en modos mil, buscando
riquezas, fama, autoridad y honores,
la humana multitud ciega y perdida?
Oye el lamento universal. Ninguno
verás que a la deidad con atrevidos
votos no canse, y otra suerte envidie.
Todos, desde la choza mal cubierta
de rudos troncos, al robusto alcázar
de los tiranos donde truena el bronce,
infelices se llaman. ¡Ay! y acaso
todos lo son: que de un afecto en otro,
de una esperanza, y otra, y mil creídos,
hallan, huyendo el bien, fatiga y muerte.
Así buscando el navegante asturo
la playa austral, que en vano solicita,
si ve, muriendo el sol, nube distante,
allá dirige las hinchadas lonas.
Su error conoce al fin; pero distingue
monte de hielo entre la niebla obscura,
y a esperar vuelve, y otra vez se engaña,
hasta que horrible tempestad le cerca,
braman las ondas, y aquilón sañudo
el frágil leño en remolinos hunde,
o yerto escollo de coral le rompe.
La paz del corazón, única y sola
delicia del mortal, no la consigue
sin que el furor de su ambición reprima,
sin que del vicio la coyunda logre
intrépido romper. Ni hallarle espere
en la estrechez de sórdida pobreza,
que las pálidas fiebres acompañan,
la desesperación y los delitos,
ni los metales que a mi rey tributa.
Lima opulenta poseyendo. El vulgo
vano, sin luz, de la fortuna adora
el ídolo engañoso; la prudente
moderación es la virtud del sabio.
Feliz aquél que en áurea medianía,
ambos extremos evitando, abraza
ignorada quietud. Ni el bien ajeno
su paz turbó, ni de insolente orgullo
las iras teme, ni el favor procura;
suena en su labio la verdad, detesta
al vicio; aunque del orbe el cetro empuñe
y envilecida multitud le adore.
Libre, inocente, obscuro, alegre vive,
a nadie superior, de nadie esclavo.
¿Pero cuál frenesí la mente ocupa
del hombre, y llena su existencia breve
de angustias y dolor? Tú, si en las horas
de largo estudio el corazón humano
supiste conocer, o en los famosos
palacios donde la opulencia habita,
la astucia y corrupción, ¿hallaste alguno
de los que el aura del favor sustenta,
y martiriza áspera sed de imperio,
que un placer guste, que una vez descanse?
¡Y cómo burla su esperanza, y postra
la suerte su ambición! Los sube en alto,
para que al suelo con mayor ruina
se precipiten. Como en noche obscura
centella artificial los aires rompe,
la plebe admira el esplendor mentido
de su rápida luz; retumba y muere.
¿Ves, adornado con diamantes y oro,
de vestiduras séricas cubierto
y púrpuras del sur, que arrastra y pisa,
al poderoso audaz? ¿La numerosa
turba no ves que le saluda humilde,
ocupando los pórticos sonoros
de la fábrica inmensa, que olvidado
de morir, ya decrépito, levanta?
¡Ay! no le envidies, que en su pecho anidan
tristes afanes. La brillante pompa,
esclavitud magnífica, los humos
de adulación servil, las militares
puntas que entorno a defenderle asisten,
ni los tesoros que avariento oculta,
ni cien provincias a su ley sujetas,
alivio le darán. Y en vano al sueño
invoca en pavorosa y luenga noche;
busca reposo en vano, y por las altas
bóvedas de marfil vuela el suspiro.
¡Oh tú, del Arlas vagaroso humilde
orilla, rica de las mies de Ceres,
de pámpanos y olivos! ¡Verde prado
que pasta mudo el ganadillo errante,
áspero monte, opaca selva y fría!
¿Cuándo será que habitador dichoso
de cómodo, rural, pequeño albergue,
templo de la Amistad y de las Musas,
al cielo grato y a los hombres, vea
en deliciosa paz los años míos
volar fugaces? Parca mesa, ameno
jardín, de frutos abundante y flores,
que yo cultivaré, sonoras aguas
que de la altura al valle se deslicen,
y lentas formen transparente lago
a los cisnes de Venus, escondida
gruta de musgo y de laurel cubierta,
aves canoras, revolando alegres
y libres como yo, rumor süave
que en torno zumbe del panal hibleo,
y leves auras espirando olores;
esto a mi corazón le basta... Y cuando
llegue el silencio de la noche eterna,
descansaré, sombra feliz, si algunas
lágrimas tristes mi sepulcro bañan.
¿es poco breve, di, que el hombre deba
su fin apresurar? O los que al mundo
naturaleza dio males crueles,
¿tan pocos fueron, que el error disculpen
con que aspiramos a crecer la suma?
¿Ves afanarse en modos mil, buscando
riquezas, fama, autoridad y honores,
la humana multitud ciega y perdida?
Oye el lamento universal. Ninguno
verás que a la deidad con atrevidos
votos no canse, y otra suerte envidie.
Todos, desde la choza mal cubierta
de rudos troncos, al robusto alcázar
de los tiranos donde truena el bronce,
infelices se llaman. ¡Ay! y acaso
todos lo son: que de un afecto en otro,
de una esperanza, y otra, y mil creídos,
hallan, huyendo el bien, fatiga y muerte.
Así buscando el navegante asturo
la playa austral, que en vano solicita,
si ve, muriendo el sol, nube distante,
allá dirige las hinchadas lonas.
Su error conoce al fin; pero distingue
monte de hielo entre la niebla obscura,
y a esperar vuelve, y otra vez se engaña,
hasta que horrible tempestad le cerca,
braman las ondas, y aquilón sañudo
el frágil leño en remolinos hunde,
o yerto escollo de coral le rompe.
La paz del corazón, única y sola
delicia del mortal, no la consigue
sin que el furor de su ambición reprima,
sin que del vicio la coyunda logre
intrépido romper. Ni hallarle espere
en la estrechez de sórdida pobreza,
que las pálidas fiebres acompañan,
la desesperación y los delitos,
ni los metales que a mi rey tributa.
Lima opulenta poseyendo. El vulgo
vano, sin luz, de la fortuna adora
el ídolo engañoso; la prudente
moderación es la virtud del sabio.
Feliz aquél que en áurea medianía,
ambos extremos evitando, abraza
ignorada quietud. Ni el bien ajeno
su paz turbó, ni de insolente orgullo
las iras teme, ni el favor procura;
suena en su labio la verdad, detesta
al vicio; aunque del orbe el cetro empuñe
y envilecida multitud le adore.
Libre, inocente, obscuro, alegre vive,
a nadie superior, de nadie esclavo.
¿Pero cuál frenesí la mente ocupa
del hombre, y llena su existencia breve
de angustias y dolor? Tú, si en las horas
de largo estudio el corazón humano
supiste conocer, o en los famosos
palacios donde la opulencia habita,
la astucia y corrupción, ¿hallaste alguno
de los que el aura del favor sustenta,
y martiriza áspera sed de imperio,
que un placer guste, que una vez descanse?
¡Y cómo burla su esperanza, y postra
la suerte su ambición! Los sube en alto,
para que al suelo con mayor ruina
se precipiten. Como en noche obscura
centella artificial los aires rompe,
la plebe admira el esplendor mentido
de su rápida luz; retumba y muere.
¿Ves, adornado con diamantes y oro,
de vestiduras séricas cubierto
y púrpuras del sur, que arrastra y pisa,
al poderoso audaz? ¿La numerosa
turba no ves que le saluda humilde,
ocupando los pórticos sonoros
de la fábrica inmensa, que olvidado
de morir, ya decrépito, levanta?
¡Ay! no le envidies, que en su pecho anidan
tristes afanes. La brillante pompa,
esclavitud magnífica, los humos
de adulación servil, las militares
puntas que entorno a defenderle asisten,
ni los tesoros que avariento oculta,
ni cien provincias a su ley sujetas,
alivio le darán. Y en vano al sueño
invoca en pavorosa y luenga noche;
busca reposo en vano, y por las altas
bóvedas de marfil vuela el suspiro.
¡Oh tú, del Arlas vagaroso humilde
orilla, rica de las mies de Ceres,
de pámpanos y olivos! ¡Verde prado
que pasta mudo el ganadillo errante,
áspero monte, opaca selva y fría!
¿Cuándo será que habitador dichoso
de cómodo, rural, pequeño albergue,
templo de la Amistad y de las Musas,
al cielo grato y a los hombres, vea
en deliciosa paz los años míos
volar fugaces? Parca mesa, ameno
jardín, de frutos abundante y flores,
que yo cultivaré, sonoras aguas
que de la altura al valle se deslicen,
y lentas formen transparente lago
a los cisnes de Venus, escondida
gruta de musgo y de laurel cubierta,
aves canoras, revolando alegres
y libres como yo, rumor süave
que en torno zumbe del panal hibleo,
y leves auras espirando olores;
esto a mi corazón le basta... Y cuando
llegue el silencio de la noche eterna,
descansaré, sombra feliz, si algunas
lágrimas tristes mi sepulcro bañan.
586
Leandro Fernández de Moratín
Oda Traducción De Horacio
No de mi casa en altos artesones
brilla el marfil ni el oro,
ni columnas, que corta en sus regiones
apartadas el moro,
sostienen trabes áticas. Ni intruso
sucesor, el alcázar opulento
de Pérgamo, ocupé. Nunca labraron
púrpuras de Laconia, para el uso
de su señor, mis siervas.
Pero vivo contento
de que jamás faltaron
en mí virtud y numen afluente.
Soy pobre; pero el rico a mí se inclina.
Ni pido más a la bondad divina,
ni para que mis fondos acreciente
importuno al amigo generoso.
Harto soy venturoso
con mis campos sabinos.
Una y otra después arrebatadas
huyen las horas, y de igual manera
las nuevas lunas a morir caminan.
Tú, cercano a la muerte,
de mármol edificas levantadas
fábricas, olvidado de la tumba;
y estrecho en la ribera
de Bayas, donde el piélago retumba,
buscas en él cimiento,
¡Qué mucho! si los términos vecinos
alteras avariento,
usurpando a tus súbditos la tierra;
por ásperos caminos
tímidos huyen la mujer y esposo,
ambos al seno puestos
sus dioses y sus hijos mal compuestos.
Pues no, no tiene el hombre poderoso
palacio más seguro
que la mansión del Aqueronte avara:
ella le espera habitador futuro.
¿Para qué anhelas más? Si al que mendiga,
hambriento y desvalido,
y al sucesor del trono, igual prepara
la tierra sepultura.
Ni el audaz Prometeo el aura pura
volvió a gozar, con dádivas vencido
el que guarda las puertas del Averno.
Él aprisiona a Tántalo, y la estirpe
de Tántalo famosa;
él, de quien sufre angustia dolorosa
(invocado tal vez, o aborrecido),
el llanto acalla en el horror eterno.
Ya digo verdad así
vos me queráis otro tanto...
es mucho con la mitad
ma daré por bien pagado.
brilla el marfil ni el oro,
ni columnas, que corta en sus regiones
apartadas el moro,
sostienen trabes áticas. Ni intruso
sucesor, el alcázar opulento
de Pérgamo, ocupé. Nunca labraron
púrpuras de Laconia, para el uso
de su señor, mis siervas.
Pero vivo contento
de que jamás faltaron
en mí virtud y numen afluente.
Soy pobre; pero el rico a mí se inclina.
Ni pido más a la bondad divina,
ni para que mis fondos acreciente
importuno al amigo generoso.
Harto soy venturoso
con mis campos sabinos.
Una y otra después arrebatadas
huyen las horas, y de igual manera
las nuevas lunas a morir caminan.
Tú, cercano a la muerte,
de mármol edificas levantadas
fábricas, olvidado de la tumba;
y estrecho en la ribera
de Bayas, donde el piélago retumba,
buscas en él cimiento,
¡Qué mucho! si los términos vecinos
alteras avariento,
usurpando a tus súbditos la tierra;
por ásperos caminos
tímidos huyen la mujer y esposo,
ambos al seno puestos
sus dioses y sus hijos mal compuestos.
Pues no, no tiene el hombre poderoso
palacio más seguro
que la mansión del Aqueronte avara:
ella le espera habitador futuro.
¿Para qué anhelas más? Si al que mendiga,
hambriento y desvalido,
y al sucesor del trono, igual prepara
la tierra sepultura.
Ni el audaz Prometeo el aura pura
volvió a gozar, con dádivas vencido
el que guarda las puertas del Averno.
Él aprisiona a Tántalo, y la estirpe
de Tántalo famosa;
él, de quien sufre angustia dolorosa
(invocado tal vez, o aborrecido),
el llanto acalla en el horror eterno.
Ya digo verdad así
vos me queráis otro tanto...
es mucho con la mitad
ma daré por bien pagado.
481
Luis Alberto de Cuenca
Soneto Del Amor De Oscuro
La otra noche, después de la movida,
en la mesa de siempre me encontraste
y, sin mediar palabra, me quitaste
no sé si la cartera o si la vida.
Recuerdo la emoción de tu venida
y, luego, nada más. ¡Dulce contraste,
recordar el amor que me dejaste
y olvidar el tamaño de la herida!
Muerto o vivo, si quieres más dinero,
date una vuelta por la lencería
y salpica tu piel de seda oscura.
Que voy a regalarte el mundo entero
si me asaltas de negro, vida mía,
y me invaden tu noche y tu locura.
en la mesa de siempre me encontraste
y, sin mediar palabra, me quitaste
no sé si la cartera o si la vida.
Recuerdo la emoción de tu venida
y, luego, nada más. ¡Dulce contraste,
recordar el amor que me dejaste
y olvidar el tamaño de la herida!
Muerto o vivo, si quieres más dinero,
date una vuelta por la lencería
y salpica tu piel de seda oscura.
Que voy a regalarte el mundo entero
si me asaltas de negro, vida mía,
y me invaden tu noche y tu locura.
621
Julián del Casal
Neurosis
Noemí, la pálida pecadora
De los cabellos color de aurora
Y las pupilas de verde mar,
Entre cojines de raso lila,
Con el espíritu de Dalila,
Deshoja el cáliz de un azahar.
Arde a sus plantas la chimenea
Donde la leña chisporrotea
Lanzando en tono seco rumor,
Y alzada tiene su tapa el piano
En que vagaba su blanca mano
Cual mariposa de flor en flor.
Un biombo rojo de seda china
Abre sus hojas en una esquina
Con grullas de oro volando en cruz,
Y en curva mesa de fina laca
Ardiente lámpara se destaca
De la que surge rosada luz.
Blanco abanico y azul sombrilla,
Con unos guantes de cabritilla
Yacen encima del canapé,
Mientras en la tapa de porcelana,
Hecha con tintes de la mañana,
Humea el alma verde del té.
Pero ¿qué piensa la hermosa dama?
¿Es que su príncipe ya no la ama
Como en los días de amor feliz,
O que en los cofres del gabinete
Ya no conserva ningún billete
De los que obtuvo por un desliz?
¿Es que la rinde cruel anemia?
¿Es que en sus búcaros de Bohemia
Rayos de luna quiere encerrar,
O que, con suave mano de seda,
Del blanco cisne que ama Leda
Ansía las plumas acariciar?
¡Ay! es que en horas de desvarío
Para consuelo del regio hastío
Que en su alma esparce quietud mortal,
Un sueño antiguo le ha aconsejado
Beber en copa de ónix labrado
La roja sangre de un tigre real.
De los cabellos color de aurora
Y las pupilas de verde mar,
Entre cojines de raso lila,
Con el espíritu de Dalila,
Deshoja el cáliz de un azahar.
Arde a sus plantas la chimenea
Donde la leña chisporrotea
Lanzando en tono seco rumor,
Y alzada tiene su tapa el piano
En que vagaba su blanca mano
Cual mariposa de flor en flor.
Un biombo rojo de seda china
Abre sus hojas en una esquina
Con grullas de oro volando en cruz,
Y en curva mesa de fina laca
Ardiente lámpara se destaca
De la que surge rosada luz.
Blanco abanico y azul sombrilla,
Con unos guantes de cabritilla
Yacen encima del canapé,
Mientras en la tapa de porcelana,
Hecha con tintes de la mañana,
Humea el alma verde del té.
Pero ¿qué piensa la hermosa dama?
¿Es que su príncipe ya no la ama
Como en los días de amor feliz,
O que en los cofres del gabinete
Ya no conserva ningún billete
De los que obtuvo por un desliz?
¿Es que la rinde cruel anemia?
¿Es que en sus búcaros de Bohemia
Rayos de luna quiere encerrar,
O que, con suave mano de seda,
Del blanco cisne que ama Leda
Ansía las plumas acariciar?
¡Ay! es que en horas de desvarío
Para consuelo del regio hastío
Que en su alma esparce quietud mortal,
Un sueño antiguo le ha aconsejado
Beber en copa de ónix labrado
La roja sangre de un tigre real.
670
Julián del Casal
A Un Héroe
Como galeón de izadas banderolas
Que arrastra de la mar por los eriales
Su vientre hinchado de oro y de corales,
Con rumbo hacia las playas españolas,
Y, al arrojar el áncora en las olas
Del puerto ansiado, ve plagas mortales
Despoblar los vetustos arrabales
Vacío el muelle y las orillas solas;
Así al tornar de costas extranjeras,
Cargado de magnánimas quimeras,
A enardecer tus compañeros bravos,
Hallas sólo que luchan sin decoro
Espíritus famélicos de oro
Imperando entre míseros esclavos.
Que arrastra de la mar por los eriales
Su vientre hinchado de oro y de corales,
Con rumbo hacia las playas españolas,
Y, al arrojar el áncora en las olas
Del puerto ansiado, ve plagas mortales
Despoblar los vetustos arrabales
Vacío el muelle y las orillas solas;
Así al tornar de costas extranjeras,
Cargado de magnánimas quimeras,
A enardecer tus compañeros bravos,
Hallas sólo que luchan sin decoro
Espíritus famélicos de oro
Imperando entre míseros esclavos.
937
José Antonio Ramos Sucre
La Venganza Del Dios
LA VENGANZA DEL DIOS
El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.
El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.
Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.
El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.
El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.
Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.
715
Juan Ramón Jiménez
Las Luces
Me colmó el sol del poniente
el corazón de onzas doradas.
Me levanté por la noche
a verlas.
¡No valían nada!
De onzas de plata la luna
del alba me llenó mi alma.
Cerré mi puerta en el día
por verlas.
¡No valían nada!
el corazón de onzas doradas.
Me levanté por la noche
a verlas.
¡No valían nada!
De onzas de plata la luna
del alba me llenó mi alma.
Cerré mi puerta en el día
por verlas.
¡No valían nada!
605
Juan Pablo Forner y Segarra
Desordenado En Desaliño Airoso
Desordenado en desaliño airoso
Al bullicioso céfiro permite
Nisa el cabello, porque no limite
Su nativo esplendor lazo industrioso.
Velo sutil sobre su pecho hermoso
Al gusto esconde lo que al gusto incite,
Ni tanto que el tesoro facilite,
Ni tanto que de él dude el ojo asiento *
Así en traje sucinto reclinada
En alcatifas de violetas yace
Su gentileza y gala peregrina.
Llega su esposo, vela acongojada,
Le halaga: Oro le pide: él se deshace:
Cobra el oro, y a Alexis le destina.
Al bullicioso céfiro permite
Nisa el cabello, porque no limite
Su nativo esplendor lazo industrioso.
Velo sutil sobre su pecho hermoso
Al gusto esconde lo que al gusto incite,
Ni tanto que el tesoro facilite,
Ni tanto que de él dude el ojo asiento *
Así en traje sucinto reclinada
En alcatifas de violetas yace
Su gentileza y gala peregrina.
Llega su esposo, vela acongojada,
Le halaga: Oro le pide: él se deshace:
Cobra el oro, y a Alexis le destina.
374
Juan Meléndez Valdés
Oda Li De Mis Versos
«Dicen que alegre canto
tan amorosos versos,
cual nuestros viejos tristes
nunca cantar supieron.
»Pero yo, que sin sustos
pretensiones ni pleitos
vivo siempre entre danzas
retozando y bebiendo,
»¿puedo acaso afligirme?
¿Pueden mis dulces metros
no sacar los ardores
de Cupido y Lïeo?
»¿Por qué los que me culpan,
de vil codicia ciegos
inicuos atesoran
y gozan con recelo?
»¿Por qué en fatal envidia
hierven y horror sus pechos,
cuando riente el mío
nada en genial contento?
»¿Por qué afanados velan
mientras que en paz yo duermo,
tras el fugaz fantasma
de la ambición corriendo?
»Bien por mí seguir puede
cada cual su deseo,
pero yo antes que al oro
a los brindis me atengo,
»y antes que a negras iras
o a deleznables puestos,
a delicias y gozos
libre daré mi pecho.
»Vengan, pues, vino y rosas,
que mejor que no duelos
son los sorbos süaves
con que alegre enloquezco».
Así a Dorila dije,
que festiva al momento
me dio llena otra copa
gustándola primero.
Y entre mimos y risas
con semblante halagüeño
respondiome: «¿Qué temes
la grita de los viejos?
»Bebamos si nos riñen,
bebamos y bailemos,
que de tus versos dulces
yo sola juzgar debo».
tan amorosos versos,
cual nuestros viejos tristes
nunca cantar supieron.
»Pero yo, que sin sustos
pretensiones ni pleitos
vivo siempre entre danzas
retozando y bebiendo,
»¿puedo acaso afligirme?
¿Pueden mis dulces metros
no sacar los ardores
de Cupido y Lïeo?
»¿Por qué los que me culpan,
de vil codicia ciegos
inicuos atesoran
y gozan con recelo?
»¿Por qué en fatal envidia
hierven y horror sus pechos,
cuando riente el mío
nada en genial contento?
»¿Por qué afanados velan
mientras que en paz yo duermo,
tras el fugaz fantasma
de la ambición corriendo?
»Bien por mí seguir puede
cada cual su deseo,
pero yo antes que al oro
a los brindis me atengo,
»y antes que a negras iras
o a deleznables puestos,
a delicias y gozos
libre daré mi pecho.
»Vengan, pues, vino y rosas,
que mejor que no duelos
son los sorbos süaves
con que alegre enloquezco».
Así a Dorila dije,
que festiva al momento
me dio llena otra copa
gustándola primero.
Y entre mimos y risas
con semblante halagüeño
respondiome: «¿Qué temes
la grita de los viejos?
»Bebamos si nos riñen,
bebamos y bailemos,
que de tus versos dulces
yo sola juzgar debo».
504
Juan Meléndez Valdés
Oda Xxxv De Mis Deseos
¿Qué te pide el poeta?
di, Apolo, ¿qué te pide
cuando derrama el vaso,
cuando el himno repite?
No que le des riquezas
que avaros le codicien,
ni puestos encumbrados
que mil cuidados siguen:
no grandes heredades,
que abracen con sus lindes
las fértiles dehesas
que el Guadiana ciñe;
ni menos de las Indias
el oro y los marfiles,
preciosas esmeraldas,
lumbrosos amatistes.
Goce, goce en buen hora,
sin que yo se lo envidie,
el rico sus tesoros,
aplausos el felice.
Y el mercader avaro,
que entre escollos y sirtes
sediento de oro vaga,
cuando la playa pise;
con generosos vinos
a sus amigos brine
en la dorada copa
que su opulencia indique.
Que yo en mi pobre estado,
y en mi estrechez humilde
con poco me contento,
pues con poco se vive.
Así te pido sólo
que en bailes y convites
mis dulces años corran
de amor en blandas lides:
Sin que a ninguno tema,
sin que a ninguno envidie,
ni la vejez cansada
de mi lira me prive.
di, Apolo, ¿qué te pide
cuando derrama el vaso,
cuando el himno repite?
No que le des riquezas
que avaros le codicien,
ni puestos encumbrados
que mil cuidados siguen:
no grandes heredades,
que abracen con sus lindes
las fértiles dehesas
que el Guadiana ciñe;
ni menos de las Indias
el oro y los marfiles,
preciosas esmeraldas,
lumbrosos amatistes.
Goce, goce en buen hora,
sin que yo se lo envidie,
el rico sus tesoros,
aplausos el felice.
Y el mercader avaro,
que entre escollos y sirtes
sediento de oro vaga,
cuando la playa pise;
con generosos vinos
a sus amigos brine
en la dorada copa
que su opulencia indique.
Que yo en mi pobre estado,
y en mi estrechez humilde
con poco me contento,
pues con poco se vive.
Así te pido sólo
que en bailes y convites
mis dulces años corran
de amor en blandas lides:
Sin que a ninguno tema,
sin que a ninguno envidie,
ni la vejez cansada
de mi lira me prive.
555
Juan Meléndez Valdés
Oda X De Las Riquezas
Ya de mis verdes años
como un alegre sueño
volaron diez y nueve
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que cesen un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecerse a costa
de la salud y el sueño?
Si más gozosa vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
encerrara en mi pecho,
buscáralo, ¡ay!, entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
como un alegre sueño
volaron diez y nueve
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que cesen un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecerse a costa
de la salud y el sueño?
Si más gozosa vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
encerrara en mi pecho,
buscáralo, ¡ay!, entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
508
Juan Meléndez Valdés
Oda X De Las Riquezas
Ya me [he] mis dulces años
como un alegre sueño
veintitrés han volado
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que vuelvan un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecer a costa
de la salud y el sueño?
Si más alegre vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
metiera yo en mi pecho;
buscáralo ¡ay! entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
como un alegre sueño
veintitrés han volado
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que vuelvan un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecer a costa
de la salud y el sueño?
Si más alegre vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
metiera yo en mi pecho;
buscáralo ¡ay! entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
470
Juan Meléndez Valdés
El Filósofo En El Campo
Bajo una erguida populosa encina,
cuya ancha copa en torno me defiende
de la ardiente canícula, que ahora
con rayo abrasador angustia el mundo,
tu oscuro amigo, Fabio, te saluda.
Mientras tú, en el guardado gabinete
a par del feble ocioso cortesano
sobre el muelle sofá tendido yaces,
y hasta para alentar vigor os falta,
yo en estos campos por el sol tostado,
lo afronto sin temor, sudo y anhelo;
y el soplo mismo que me abrasa ardiente,
en plácido frescor mis miembros baña.
Miro y contemplo los trabajos duros
del triste labrador, su suerte esquiva,
su miseria, sus lástimas, y aprendo
entre los infelices a ser hombre.
¡Ay Fabio, Fabio! En las doradas salas,
entre el brocado y colgaduras ricas,
el pie hollando entallados pavimentos,
¡qué mal al pobre el cortesano juzga!
¡qué mal en torno la opulenta mesa,
cubierta de mortíferos manjares,
cebo a la gula y la lascivia ardiente,
del infeliz se escuchan los clamores!
Él carece de pan; cércale hambriento
el largo enjambre de sus tristes hijos,
escuálidos, sumidos en miseria;
y acaso acaba su doliente esposa
de dar ¡ay! A la patria otro infelice,
víctima ya de entonces destinada
a la indigencia y del oprobio siervo;
y allá en la corte, en lujo escandaloso
nadando en tanto, el sibarita ríe
entre perfumes y festivos brindis,
y con su risa a su desdicha insulta.
Insensibles nos hace la opulencia,
insensibles nos hace. Ese bullicio,
ese contino discurrir veloces
mil doradas carrozas, paseando
los vicios todos por las anchas calles;
esas empenachadas cortesanas,
brillantes en el oro y pedrería
del cabello a los pies; esos teatros,
de lujo y de maldades docta escuela,
do un ocioso indolente a llorar corre
con Andrómaca o Zaida, mientras sordo
al anciano infeliz vuelve la espalda
que a sus umbrales su dureza implora;
esos palacios y preciosos muebles,
que porque más y más se infle el orgullo,
labró prolijo el industrioso china;
ese incesante hablar de oro y grandezas;
ese anhelo pueril por los más viles
despreciables objetos, nuestros pechos
de diamante tornaron; nos fascinan,
nos embebecen y olvidar nos hacen
nuestro común origen y miserias.
Hombres, ¡ay! Hombres, Fabio amigo, somos,
vil polvo, sombra, nada; y engreídos
cual el pavón en su soberbia rueda,
deidades soberanas nos creemos.
«¿Qué hay», nos grita el orgullo,
«entre el colono
de común, y el señor? ¿Tu generosa
antigua sangre, que se pierde oscura
allá en la edad dudosa del gran Nino,
y de héroe en héroe hasta tus venas corre,
de un rústico a la sangre igual sería?
El potentado distinguirse debe
del tostado arador; próvido el cielo
así lo ha decretado, dando al uno
el arte de gozar, y un pecho al otro
llevador del trabajo. Su vil frente
del alba matinal a las estrellas
en amargo sudor los surcos bañe,
y exhausto expire a su señor sirviendo,
mientras él coge venturoso el fruto
de tan ímprobo afán, y uno devora
la sustancia de mil». ¡Oh, cuánto, cuánto
el pecho se hincha con tan vil lenguaje,
por más que grite la razón severa
y la cuna y la tumba nos recuerde
con que justa natura nos iguala!
No, Fabio amado, no; por estos campos
la corte olvida; ven y aprende en ellos,
aprende la virtud. Aquí, en su augusta,
amable sencillez, entre las pajas,
entre el pellico y el honroso arado,
se ha escogido un asilo, compañera
de la sublime soledad; la corte
las puertas le cerró, cuando entre muros
y fuertes torreones y hondas fosas,
de los fáciles bienes ya cansados
que en mano liberal su Autor les diera,
los hombres se encerraron imprudentes,
la primitiva candidez perdiendo.
En su abandono triste religiosas
en sus chozas pajizas la abrigaron
las humildes aldeas, y de entonces
con simples cultos fieles la idolatran.
Aquí los dulces, los sagrados nombres
de esposo, padres, hijos, de otro modo
pronuncia el labio y suenan al oído.
Del entrañable amor seguidos siempre,
y del tierno respeto; no tu vista
ofenderá la escandalosa imagen
del padre injusto que la amable virgen
hostia infeliz arrastra al santüario
y al sumo Dios a su pesar consagra
por correr libre del burdel al juego;
no la del hijo indigno que pleitea
contra el autor de sus culpables días
por el ciego interés; no la del torpe
impudente adulterio en la casada
que en venta al Prado sale, convidando
con su mirar y quiebros licenciosos
la loca juventud, y al vil lacayo,
si el amante tardó, se prostituye;
no la del impío abominable nieto
que cuenta del abuelo venerable
los lentos días, y al sepulcro quiere
llevarlo en cambio de su rica herencia;
del publicano el corazón de bronce
en la común miseria, de la insana
disipación las dádivas, y el precio
de una ciudad en histrïones viles;
ni, en fin, de la belleza melindrosa
que jamás pudo ver sin desmayarse
de un gusanillo las mortales ansias,
empero hasta el patíbulo sangriento
corre y con faz enjuta y firmes ojos
mira el trágico fin del delincuente,
lívida faz y horribles convulsiones,
quizá comprando este placer impío,
la atroz curiosidad te dará en rostro.
Otras, otras imágenes tu pecho
conmoverán, a la virtud nacido.
Verás la madre al pequeñuelo infante
tierna oprimir en sus honestos brazos,
mientra oficiosa por la casa corre,
siempre ocupada en rústicas tareas,
ayuda, no ruina del marido;
el cariño verás con que le ofrece
sus llenos pechos, de salud y vida
rico venero; juguetón el niño
ríe y la halaga con la débil mano,
y ella enloquece en fiestas cariñosas.
La adulta prole en torno le acompaña,
libre, robusta, de contento llena,
o empezando a ser útil, parte en todo
tomar anhela y gózase ayudando
con manecillas débiles sus obras.
En el vecino prado brincan, corren,
juegan y gritan un tropel de niños
al raso cielo, en su agradable trisca
a una pintados en los rostros bellos
el gozo y las pasiones inocentes,
y la salud en sus mejillas rubias.
Lejos, del segador el canto suena
entre el blando balido del rebaño
que el pastor guía a la apacible sombra,
y el sol sublime en el cénit señala
el tiempo del reposo; a casa vuelve,
bañado en sudor útil, el marido
de la era polvorosa; la familia
se asienta en torno de la humilde mesa.
¡Oh, si tan pobre no la hiciese el yugo
de un mayordomo bárbaro, insensible!
Mas expilada de su mano avara,
de Tántalo el suplicio verdadero
aquí, Fabio, verías: los montones
de mies dorada enfrente están mirando,
premio que el cielo a su afanar dispensa,
y hasta de pan los míseros carecen.
Pero, ¡oh buen Dios!, del rico con oprobio,
su corazón con reverentes himnos
gracias te da por tan escasos dones,
y en tu entrañable amor constante fía.
Y mientras charlan corrompidos sabios
de ti, Señor, para ultrajarte, o necios
tu inescrutable ser definir osan
en aulas vocingleras, él contempla
la hoguera inmensa de ese sol, tu imagen,
del vago cielo en la extensión se pierde,
siente el aura bullir, que de sus miembros
el fuego templa y el sudor copioso,
goza del agua el refrigerio grato,
del árbol que plantó la sombra amiga,
ve de sus padres las nevadas canas,
su casta esposa, sus queridos hijos,
y en todo, en todo con silencio humilde
te conoce, te adora religioso.
¿Y éstos miramos con desdén? ¿La clase
primera del estado, la más útil,
la más honrada, el santüario augusto
de la virtud y la inocencia hollamos?
Y ¿para qué? Para exponer tranquilos
de una carta al azar ¡oh noble empleo
del tiempo y la riqueza! Lo que haría
próvido heredamiento a cien hogares;
para premiar la audacia temeraria
del rudo gladiador que a sus pies deja
el útil animal que el corvo arado
para sí nos demanda; los mentidos
halagos con que artera al duro lecho,
desde sus brazos del dolor nos lanza
una impudente cortesana; el raro
saber de un peluquero, que elevando
de gasas y plumaje una alta torre
sobre muestras cabezas, las rizadas
hebras de oro en que ornó naturaleza
a la beldad, afea y desfigura
con su indecente y asquerosa mano.
¡Oh oprobio! ¡Oh vilipendio! La matrona,
la casta virgen, la vïuda honrada,
¿ponerse pueden al lascivo ultraje,
a los toques de un hombre? ¿Esto toleran
maridos castellanos? ¿El ministro
de tan fea indecencia por las calles,
en brillante carroza y como en triunfo,
atropellando al venerable anciano,
al sacerdote, al militar valiente,
que el pecho ornado con la cruz gloriosa
del Patrón de la patria, a pie camina?
Huye, Fabio, esa peste. ¿En tus oídos
de la indigencia mísera no suena
el suspirar profundo, que hasta el trono
sube del sumo Dios? ¿Su justo azote
amenazar no ves? ¿No ves la trampa,
el fraude, la bajeza, la insaciable
disipación, el deshonor lanzarlos
en el abismo del oprobio, donde
mendigarán sus nietos infelices,
con los mismos que hoy huellan confundidos?
Húyelos, Fabio, ven, y estudia dócil
conmigo las virtudes de estos hombres
no conocidos en la corte. Admira,
admira su bondad; ve cuál su boca,
llana y veraz como su honrado pecho,
sin velo, sin disfraz celebra, increpa
lo que aplaudirse o condenarse debe.
Mira su humanidad apresurada
al que sufre acorrer; de boca en boca
oirás volar ¡oh Fabio! Por la corte
esta voz celestial; mas no imprudente
en las almas la busques, ni entre el rico
brocado blando abrigo al infelice.
Sólo los que lo son, sólo en los campos
los miserables condolerse saben,
y dar su pan al huérfano indigente.
Goza de sus sencillas afecciones
el plácido dulzor, el tierno encanto;
ve su inocente amor con qué energía,
con qué verdad en rústicos conceptos
pinta sus ansias a la amable virgen,
que en mutua llama honesta le responde,
el bello rostro en púrpura teñido;
y bien presto ante el ara el yugo santo
el nudo estrechará que allá forjaran
vanidad o ambición, y aquí la dulce
naturaleza, el trato y la secreta
simpática virtud que unió sus almas.
Sus amistades ve; desatendida
en las altas ciudades do enmudece
su lengua el interés, sólo en el rudo
labio del labrador oirás las voces
de esta santa virtud, gozarás pura
sólo en su seno su celeste llama.
Admira su paciente sufrimiento,
o más bien llora, viéndolos desnudos,
escuálidos, hambrientos, encorvados,
lanzando ya el suspiro postrimero
bajo la inmensa carga que en sus hombros
puso la suerte. El infeliz navega,
deja su hogar, y afronta las borrascas
del inmenso Oceano, porque el lujo
sirva a tu gula, y su soberbio hastío,
el café que da Moca perfumado
o la canela de Ceilán. La guerra
sopla en las almas su infernal veneno,
y en insano furor las cortes arden;
desde su esteva el labrador paciente,
llorando en torno la infeliz familia,
corre a la muerte, y en sus duros brazos
se libra de la patria la defensa.
Su mano apoya el anhelante fisco;
la aciaga mole de tributos carga
sobre su cerviz ruda, y el tesoro
del Estado hinche de oro la miseria.
Ese sudor amargo con que inunda
los largos surcos que su arado forma,
es la dorada espiga que alimenta,
Fabio, del cortesano el ocio muelle.
Sin ella el hambre pálida... ¿Y osamos
desestimarlos? Al robusto seno
de la fresca aldeana confiamos
nuestros débiles hijos, porque el dulce
néctar y la salud felices hallen
de que los privan nuestros feos vicios.
¿Y por vil la tenemos? ¿Al membrudo
que nos defiende injustos desdeñamos?
sus útiles fatigas nos sustentan;
¿y en digna gratitud con pie orgulloso
hollamos su miseria, porque al pecho
la roja cinta o la brillante placa
y el ducal manto para el ciego vulgo
con la clara Excelencia nos señalen?
¿Qué valen tantas raras invenciones
de nuestro insano orgullo, comparadas
con el montón de sazonadas mieses
que crio el labrador? Débiles niños,
fináramos bien presto en hambre y lloro
sin el auxilio de sus fuertes brazos.
cuya ancha copa en torno me defiende
de la ardiente canícula, que ahora
con rayo abrasador angustia el mundo,
tu oscuro amigo, Fabio, te saluda.
Mientras tú, en el guardado gabinete
a par del feble ocioso cortesano
sobre el muelle sofá tendido yaces,
y hasta para alentar vigor os falta,
yo en estos campos por el sol tostado,
lo afronto sin temor, sudo y anhelo;
y el soplo mismo que me abrasa ardiente,
en plácido frescor mis miembros baña.
Miro y contemplo los trabajos duros
del triste labrador, su suerte esquiva,
su miseria, sus lástimas, y aprendo
entre los infelices a ser hombre.
¡Ay Fabio, Fabio! En las doradas salas,
entre el brocado y colgaduras ricas,
el pie hollando entallados pavimentos,
¡qué mal al pobre el cortesano juzga!
¡qué mal en torno la opulenta mesa,
cubierta de mortíferos manjares,
cebo a la gula y la lascivia ardiente,
del infeliz se escuchan los clamores!
Él carece de pan; cércale hambriento
el largo enjambre de sus tristes hijos,
escuálidos, sumidos en miseria;
y acaso acaba su doliente esposa
de dar ¡ay! A la patria otro infelice,
víctima ya de entonces destinada
a la indigencia y del oprobio siervo;
y allá en la corte, en lujo escandaloso
nadando en tanto, el sibarita ríe
entre perfumes y festivos brindis,
y con su risa a su desdicha insulta.
Insensibles nos hace la opulencia,
insensibles nos hace. Ese bullicio,
ese contino discurrir veloces
mil doradas carrozas, paseando
los vicios todos por las anchas calles;
esas empenachadas cortesanas,
brillantes en el oro y pedrería
del cabello a los pies; esos teatros,
de lujo y de maldades docta escuela,
do un ocioso indolente a llorar corre
con Andrómaca o Zaida, mientras sordo
al anciano infeliz vuelve la espalda
que a sus umbrales su dureza implora;
esos palacios y preciosos muebles,
que porque más y más se infle el orgullo,
labró prolijo el industrioso china;
ese incesante hablar de oro y grandezas;
ese anhelo pueril por los más viles
despreciables objetos, nuestros pechos
de diamante tornaron; nos fascinan,
nos embebecen y olvidar nos hacen
nuestro común origen y miserias.
Hombres, ¡ay! Hombres, Fabio amigo, somos,
vil polvo, sombra, nada; y engreídos
cual el pavón en su soberbia rueda,
deidades soberanas nos creemos.
«¿Qué hay», nos grita el orgullo,
«entre el colono
de común, y el señor? ¿Tu generosa
antigua sangre, que se pierde oscura
allá en la edad dudosa del gran Nino,
y de héroe en héroe hasta tus venas corre,
de un rústico a la sangre igual sería?
El potentado distinguirse debe
del tostado arador; próvido el cielo
así lo ha decretado, dando al uno
el arte de gozar, y un pecho al otro
llevador del trabajo. Su vil frente
del alba matinal a las estrellas
en amargo sudor los surcos bañe,
y exhausto expire a su señor sirviendo,
mientras él coge venturoso el fruto
de tan ímprobo afán, y uno devora
la sustancia de mil». ¡Oh, cuánto, cuánto
el pecho se hincha con tan vil lenguaje,
por más que grite la razón severa
y la cuna y la tumba nos recuerde
con que justa natura nos iguala!
No, Fabio amado, no; por estos campos
la corte olvida; ven y aprende en ellos,
aprende la virtud. Aquí, en su augusta,
amable sencillez, entre las pajas,
entre el pellico y el honroso arado,
se ha escogido un asilo, compañera
de la sublime soledad; la corte
las puertas le cerró, cuando entre muros
y fuertes torreones y hondas fosas,
de los fáciles bienes ya cansados
que en mano liberal su Autor les diera,
los hombres se encerraron imprudentes,
la primitiva candidez perdiendo.
En su abandono triste religiosas
en sus chozas pajizas la abrigaron
las humildes aldeas, y de entonces
con simples cultos fieles la idolatran.
Aquí los dulces, los sagrados nombres
de esposo, padres, hijos, de otro modo
pronuncia el labio y suenan al oído.
Del entrañable amor seguidos siempre,
y del tierno respeto; no tu vista
ofenderá la escandalosa imagen
del padre injusto que la amable virgen
hostia infeliz arrastra al santüario
y al sumo Dios a su pesar consagra
por correr libre del burdel al juego;
no la del hijo indigno que pleitea
contra el autor de sus culpables días
por el ciego interés; no la del torpe
impudente adulterio en la casada
que en venta al Prado sale, convidando
con su mirar y quiebros licenciosos
la loca juventud, y al vil lacayo,
si el amante tardó, se prostituye;
no la del impío abominable nieto
que cuenta del abuelo venerable
los lentos días, y al sepulcro quiere
llevarlo en cambio de su rica herencia;
del publicano el corazón de bronce
en la común miseria, de la insana
disipación las dádivas, y el precio
de una ciudad en histrïones viles;
ni, en fin, de la belleza melindrosa
que jamás pudo ver sin desmayarse
de un gusanillo las mortales ansias,
empero hasta el patíbulo sangriento
corre y con faz enjuta y firmes ojos
mira el trágico fin del delincuente,
lívida faz y horribles convulsiones,
quizá comprando este placer impío,
la atroz curiosidad te dará en rostro.
Otras, otras imágenes tu pecho
conmoverán, a la virtud nacido.
Verás la madre al pequeñuelo infante
tierna oprimir en sus honestos brazos,
mientra oficiosa por la casa corre,
siempre ocupada en rústicas tareas,
ayuda, no ruina del marido;
el cariño verás con que le ofrece
sus llenos pechos, de salud y vida
rico venero; juguetón el niño
ríe y la halaga con la débil mano,
y ella enloquece en fiestas cariñosas.
La adulta prole en torno le acompaña,
libre, robusta, de contento llena,
o empezando a ser útil, parte en todo
tomar anhela y gózase ayudando
con manecillas débiles sus obras.
En el vecino prado brincan, corren,
juegan y gritan un tropel de niños
al raso cielo, en su agradable trisca
a una pintados en los rostros bellos
el gozo y las pasiones inocentes,
y la salud en sus mejillas rubias.
Lejos, del segador el canto suena
entre el blando balido del rebaño
que el pastor guía a la apacible sombra,
y el sol sublime en el cénit señala
el tiempo del reposo; a casa vuelve,
bañado en sudor útil, el marido
de la era polvorosa; la familia
se asienta en torno de la humilde mesa.
¡Oh, si tan pobre no la hiciese el yugo
de un mayordomo bárbaro, insensible!
Mas expilada de su mano avara,
de Tántalo el suplicio verdadero
aquí, Fabio, verías: los montones
de mies dorada enfrente están mirando,
premio que el cielo a su afanar dispensa,
y hasta de pan los míseros carecen.
Pero, ¡oh buen Dios!, del rico con oprobio,
su corazón con reverentes himnos
gracias te da por tan escasos dones,
y en tu entrañable amor constante fía.
Y mientras charlan corrompidos sabios
de ti, Señor, para ultrajarte, o necios
tu inescrutable ser definir osan
en aulas vocingleras, él contempla
la hoguera inmensa de ese sol, tu imagen,
del vago cielo en la extensión se pierde,
siente el aura bullir, que de sus miembros
el fuego templa y el sudor copioso,
goza del agua el refrigerio grato,
del árbol que plantó la sombra amiga,
ve de sus padres las nevadas canas,
su casta esposa, sus queridos hijos,
y en todo, en todo con silencio humilde
te conoce, te adora religioso.
¿Y éstos miramos con desdén? ¿La clase
primera del estado, la más útil,
la más honrada, el santüario augusto
de la virtud y la inocencia hollamos?
Y ¿para qué? Para exponer tranquilos
de una carta al azar ¡oh noble empleo
del tiempo y la riqueza! Lo que haría
próvido heredamiento a cien hogares;
para premiar la audacia temeraria
del rudo gladiador que a sus pies deja
el útil animal que el corvo arado
para sí nos demanda; los mentidos
halagos con que artera al duro lecho,
desde sus brazos del dolor nos lanza
una impudente cortesana; el raro
saber de un peluquero, que elevando
de gasas y plumaje una alta torre
sobre muestras cabezas, las rizadas
hebras de oro en que ornó naturaleza
a la beldad, afea y desfigura
con su indecente y asquerosa mano.
¡Oh oprobio! ¡Oh vilipendio! La matrona,
la casta virgen, la vïuda honrada,
¿ponerse pueden al lascivo ultraje,
a los toques de un hombre? ¿Esto toleran
maridos castellanos? ¿El ministro
de tan fea indecencia por las calles,
en brillante carroza y como en triunfo,
atropellando al venerable anciano,
al sacerdote, al militar valiente,
que el pecho ornado con la cruz gloriosa
del Patrón de la patria, a pie camina?
Huye, Fabio, esa peste. ¿En tus oídos
de la indigencia mísera no suena
el suspirar profundo, que hasta el trono
sube del sumo Dios? ¿Su justo azote
amenazar no ves? ¿No ves la trampa,
el fraude, la bajeza, la insaciable
disipación, el deshonor lanzarlos
en el abismo del oprobio, donde
mendigarán sus nietos infelices,
con los mismos que hoy huellan confundidos?
Húyelos, Fabio, ven, y estudia dócil
conmigo las virtudes de estos hombres
no conocidos en la corte. Admira,
admira su bondad; ve cuál su boca,
llana y veraz como su honrado pecho,
sin velo, sin disfraz celebra, increpa
lo que aplaudirse o condenarse debe.
Mira su humanidad apresurada
al que sufre acorrer; de boca en boca
oirás volar ¡oh Fabio! Por la corte
esta voz celestial; mas no imprudente
en las almas la busques, ni entre el rico
brocado blando abrigo al infelice.
Sólo los que lo son, sólo en los campos
los miserables condolerse saben,
y dar su pan al huérfano indigente.
Goza de sus sencillas afecciones
el plácido dulzor, el tierno encanto;
ve su inocente amor con qué energía,
con qué verdad en rústicos conceptos
pinta sus ansias a la amable virgen,
que en mutua llama honesta le responde,
el bello rostro en púrpura teñido;
y bien presto ante el ara el yugo santo
el nudo estrechará que allá forjaran
vanidad o ambición, y aquí la dulce
naturaleza, el trato y la secreta
simpática virtud que unió sus almas.
Sus amistades ve; desatendida
en las altas ciudades do enmudece
su lengua el interés, sólo en el rudo
labio del labrador oirás las voces
de esta santa virtud, gozarás pura
sólo en su seno su celeste llama.
Admira su paciente sufrimiento,
o más bien llora, viéndolos desnudos,
escuálidos, hambrientos, encorvados,
lanzando ya el suspiro postrimero
bajo la inmensa carga que en sus hombros
puso la suerte. El infeliz navega,
deja su hogar, y afronta las borrascas
del inmenso Oceano, porque el lujo
sirva a tu gula, y su soberbio hastío,
el café que da Moca perfumado
o la canela de Ceilán. La guerra
sopla en las almas su infernal veneno,
y en insano furor las cortes arden;
desde su esteva el labrador paciente,
llorando en torno la infeliz familia,
corre a la muerte, y en sus duros brazos
se libra de la patria la defensa.
Su mano apoya el anhelante fisco;
la aciaga mole de tributos carga
sobre su cerviz ruda, y el tesoro
del Estado hinche de oro la miseria.
Ese sudor amargo con que inunda
los largos surcos que su arado forma,
es la dorada espiga que alimenta,
Fabio, del cortesano el ocio muelle.
Sin ella el hambre pálida... ¿Y osamos
desestimarlos? Al robusto seno
de la fresca aldeana confiamos
nuestros débiles hijos, porque el dulce
néctar y la salud felices hallen
de que los privan nuestros feos vicios.
¿Y por vil la tenemos? ¿Al membrudo
que nos defiende injustos desdeñamos?
sus útiles fatigas nos sustentan;
¿y en digna gratitud con pie orgulloso
hollamos su miseria, porque al pecho
la roja cinta o la brillante placa
y el ducal manto para el ciego vulgo
con la clara Excelencia nos señalen?
¿Qué valen tantas raras invenciones
de nuestro insano orgullo, comparadas
con el montón de sazonadas mieses
que crio el labrador? Débiles niños,
fináramos bien presto en hambre y lloro
sin el auxilio de sus fuertes brazos.
792
Juan Meléndez Valdés
Oda A D Salvador De Mena En Un Infortunio
Nada por siempre dura.
Sucede al bien el mal, al albo día
sigue la noche obscura,
y el llanto y la alegría
en un vaso nos da la suerte impía.
Trueca el árbol sus flores
para el otoño en frutos, ya temblando
del cierzo los rigores,
que inclemente volando,
vendrá tristeza y luto derramando;
y desnuda y helada
aun su cima los ojos desalienta,
la hoja en torno sembrada,
cuando al invierno ahuyenta
abril y nuevas galas le presenta.
Se alza el sol con su pura
llama a dar vida y fecundar el suelo,
pero al punto la obscura
tempestad cubre el cielo,
y de su luz nos priva y su consuelo.
¿Qué día el más clemente
resplandeció sin nube?, ¿quién contarse
feliz eternamente
pudo?, ¿quién angustiarse
en perenne dolor sin consolarse?
Todo se vuelve y muda.
Si hoy los bienes me roba, si tropieza
en mí la suerte cruda,
las Musas su riqueza
saben guardar en mísera pobreza.
Los bienes verdaderos,
la salud, libertad y fe inocente,
no los dan los dineros,
ni del metal luciente
siguen, Menalio, la fugaz corriente.
Fuera yo un César, fuera
el opulento Creso, ¿acaso iría
mayor si me midiera?
Mi ánimo solo haría
la pequeñez o la grandeza mía.
De mi débil gemido
no, amigo, no serás importunado,
pues hoy yace abatido
lo que ayer fue encumbrado,
y a alzarse torna para ser postrado.
Fluye el astro del día
con la noche a otros climas, mas la aurora
nos vuelve su alegría;
y Fortuna en un hora
corre a entronar al que abatido llora.
Si hoy me es esquivo el hado,
mañana favorable podrá serme;
y pues no me ha robado
en tu pecho, ni ofenderme
pudo, ni logrará rendido verme.
Sucede al bien el mal, al albo día
sigue la noche obscura,
y el llanto y la alegría
en un vaso nos da la suerte impía.
Trueca el árbol sus flores
para el otoño en frutos, ya temblando
del cierzo los rigores,
que inclemente volando,
vendrá tristeza y luto derramando;
y desnuda y helada
aun su cima los ojos desalienta,
la hoja en torno sembrada,
cuando al invierno ahuyenta
abril y nuevas galas le presenta.
Se alza el sol con su pura
llama a dar vida y fecundar el suelo,
pero al punto la obscura
tempestad cubre el cielo,
y de su luz nos priva y su consuelo.
¿Qué día el más clemente
resplandeció sin nube?, ¿quién contarse
feliz eternamente
pudo?, ¿quién angustiarse
en perenne dolor sin consolarse?
Todo se vuelve y muda.
Si hoy los bienes me roba, si tropieza
en mí la suerte cruda,
las Musas su riqueza
saben guardar en mísera pobreza.
Los bienes verdaderos,
la salud, libertad y fe inocente,
no los dan los dineros,
ni del metal luciente
siguen, Menalio, la fugaz corriente.
Fuera yo un César, fuera
el opulento Creso, ¿acaso iría
mayor si me midiera?
Mi ánimo solo haría
la pequeñez o la grandeza mía.
De mi débil gemido
no, amigo, no serás importunado,
pues hoy yace abatido
lo que ayer fue encumbrado,
y a alzarse torna para ser postrado.
Fluye el astro del día
con la noche a otros climas, mas la aurora
nos vuelve su alegría;
y Fortuna en un hora
corre a entronar al que abatido llora.
Si hoy me es esquivo el hado,
mañana favorable podrá serme;
y pues no me ha robado
en tu pecho, ni ofenderme
pudo, ni logrará rendido verme.
534
José Martí
A Adelaida Baralt
De una novela sin arte
La comisión ahí le envío:
¡Bien haya el pecado mío
Ya que a Vd. le deja parte!
Cincuenta y cinco fue el precio:
La quinta es de Vd., la quinta
De cincuenta y cinco, pinta
Once, si yo no soy necio.
Para alivio de desgracias
¡Sea! : de lo que yo no quiero
Aliviarme es del sincero
Deber de darle las gracias.
La comisión ahí le envío:
¡Bien haya el pecado mío
Ya que a Vd. le deja parte!
Cincuenta y cinco fue el precio:
La quinta es de Vd., la quinta
De cincuenta y cinco, pinta
Once, si yo no soy necio.
Para alivio de desgracias
¡Sea! : de lo que yo no quiero
Aliviarme es del sincero
Deber de darle las gracias.
700
José Martí
La Perla De La Mora
Una mora de Trípoli tenía
Una perla rosada, una gran perla:
Y la echó con desdén al mar un día:
«¡Siempre la misma! ¡ya me cansa verla!»
Pocos años después, junto a la roca
De Trípoli... ¡la gente llora al verla!
Así le dice al mar la mora loca:
«¡Oh mar! ¡oh mar! ¡devuélveme mi perla!»
Una perla rosada, una gran perla:
Y la echó con desdén al mar un día:
«¡Siempre la misma! ¡ya me cansa verla!»
Pocos años después, junto a la roca
De Trípoli... ¡la gente llora al verla!
Así le dice al mar la mora loca:
«¡Oh mar! ¡oh mar! ¡devuélveme mi perla!»
1.072
José Martí
El Alfiler De Eva Loca
El alfiler de Eva loca
es hecho del oro oscuro
que le sacó un hombre puro
del corazón de una roca.
Un pájaro tentador
le trajo en el pico ayer
un relumbrante alfiler
de pasta y de similor.
Eva se prendió al oscuro
talle el diamante embustero:
y echó en el alfiletero
el alfiler de oro puro.
es hecho del oro oscuro
que le sacó un hombre puro
del corazón de una roca.
Un pájaro tentador
le trajo en el pico ayer
un relumbrante alfiler
de pasta y de similor.
Eva se prendió al oscuro
talle el diamante embustero:
y echó en el alfiletero
el alfiler de oro puro.
839
José Martí
Hierro
Ganado tengo el pan: hágase el verso,
Y en su comercio dulce se ejercite
La mano, que cual prófugo perdido
Entre oscuras malezas, o quien lleva
A rastra enorme peso, andaba ha poco
Sumas hilando y revolviendo cifras.
Bardo ¿consejo quieres? pues descuelga
De la pálida espalda ensangrentada
El arpa dívea, acalla los sollozos
Que a tu garganta como mar en furia
Se agolparán, y en la madera rica
Taja plumillas de escritorio, y echa
Las cuerdas rotas al movible viento.
¡Oh alma! ¡oh alma buena! mal oficio
¡Tienes!: póstrate, calla, cede, lame
Manos de potentado, ensalza, excusa
Defectos, tenlos que es mejor manera
De excusarlos, y mansa y temerosa
Vicios celebra, encumbra vanidades:
Verás entonces, alma, cuál se trueca
En plato de oro rico tu desnudo
¡Plato de pobre!
Pero guarda ¡oh alma!
¡Que usan los hombres hoy oro empañado!
Ni de eso cures, que fabrican de oro
Sus joyas el bribón y el barbilindo:
¡Las armas no, las armas son de hierro!
Mi mal es rudo: la ciudad lo encona:
Lo alivia el campo inmenso: ¡otro más vasto
Lo aliviará mejor! Y las oscuras
Tardes me atraen, cual si mi patria fuera
La dilatada sombra. ¡Oh verso amigo:
Muero de soledad, de amor me muero!
No de vulgar amor: estos amores
Envenenan y ofuscan: no es hermosa
La fruta en la mujer, sino la estrella.
La tierra ha de ser luz, y todo vivo
Debe en torno de sí dar lumbre de astro.
¡Oh, estas damas de muestra! ¡oh, estas copas
De carne! ¡Oh, estas siervas, ante el dueño
Que las enjoya o estremece echadas!
¡Te digo, oh verso, que los dientes duelen
De comer de esta carne!
Es de inefable
Amor del que yo muero, del muy dulce
Menester de llevar, como se lleva
Un niño tierno en las cuidosas manos,
Cuanto de bello y triste ven mis ojos.
Del sueño, que las fuerzas no repara
sino de los dichosos, y a los tristes
El duro humor y la fatiga aumenta,
Salto, al Sol, como un ebrio. Con las manos
Mi frente oprimo, y de los turbios ojos
Brota raudal de lágrimas. ¡Y miro
El Sol tan bello y mi desierta alcoba,
Y mi virtud inútil, y las fuerzas
Que cual tropel famélico de hirsutas
Fieras saltan de mí buscando empleo;
Y el aire hueco palpo, y en el muro
Frío y desnudo el cuerpo vacilante
Apoyo, y en el cráneo estremecido
¡En agonía flota el pensamiento,
Cual leño de bajel despedazado
Que el mar en furia a playa ardiente arroja!
¡Sólo las flores del paterno prado
Tienen olor! ¡Sólo las seibas patrias
Del sol amparan! Como en vaga nube
Por suelo extraño se anda: las miradas
Injurias nos parecen, y el sol mismo,
¡Más que en grato calor, enciende en ira!
¡No de voces queridas puebla el eco
Los aires de otras tierras: y no vuelan
Del arbolar espeso entre las ramas
Los pálidos espíritus amados!
De carne viva y profanadas frutas
Viven los hombres, ¡ay! mas el proscripto
De sus entrañas propias se alimenta!
¡Tiranos: desterrad a los que alcanzan
El honor de vuestro odio: ya son muertos!
Valiera más ¡oh bárbaros! que al punto
De arrebatarlos al hogar, hundiera
En lo más hondo de su pecho honrado
Vuestro esbirro más cruel su hoja más dura!
Grato es morir, horrible, vivir muerto.
¡Mas no! ¡mas no! La dicha es una prenda
De compasión de la fortuna al triste
Que no sabe domarla: a sus mejores
Hijos desgracias da Naturaleza:
Fecunda el hierro al llano, el golpe al hierro!
Y en su comercio dulce se ejercite
La mano, que cual prófugo perdido
Entre oscuras malezas, o quien lleva
A rastra enorme peso, andaba ha poco
Sumas hilando y revolviendo cifras.
Bardo ¿consejo quieres? pues descuelga
De la pálida espalda ensangrentada
El arpa dívea, acalla los sollozos
Que a tu garganta como mar en furia
Se agolparán, y en la madera rica
Taja plumillas de escritorio, y echa
Las cuerdas rotas al movible viento.
¡Oh alma! ¡oh alma buena! mal oficio
¡Tienes!: póstrate, calla, cede, lame
Manos de potentado, ensalza, excusa
Defectos, tenlos que es mejor manera
De excusarlos, y mansa y temerosa
Vicios celebra, encumbra vanidades:
Verás entonces, alma, cuál se trueca
En plato de oro rico tu desnudo
¡Plato de pobre!
Pero guarda ¡oh alma!
¡Que usan los hombres hoy oro empañado!
Ni de eso cures, que fabrican de oro
Sus joyas el bribón y el barbilindo:
¡Las armas no, las armas son de hierro!
Mi mal es rudo: la ciudad lo encona:
Lo alivia el campo inmenso: ¡otro más vasto
Lo aliviará mejor! Y las oscuras
Tardes me atraen, cual si mi patria fuera
La dilatada sombra. ¡Oh verso amigo:
Muero de soledad, de amor me muero!
No de vulgar amor: estos amores
Envenenan y ofuscan: no es hermosa
La fruta en la mujer, sino la estrella.
La tierra ha de ser luz, y todo vivo
Debe en torno de sí dar lumbre de astro.
¡Oh, estas damas de muestra! ¡oh, estas copas
De carne! ¡Oh, estas siervas, ante el dueño
Que las enjoya o estremece echadas!
¡Te digo, oh verso, que los dientes duelen
De comer de esta carne!
Es de inefable
Amor del que yo muero, del muy dulce
Menester de llevar, como se lleva
Un niño tierno en las cuidosas manos,
Cuanto de bello y triste ven mis ojos.
Del sueño, que las fuerzas no repara
sino de los dichosos, y a los tristes
El duro humor y la fatiga aumenta,
Salto, al Sol, como un ebrio. Con las manos
Mi frente oprimo, y de los turbios ojos
Brota raudal de lágrimas. ¡Y miro
El Sol tan bello y mi desierta alcoba,
Y mi virtud inútil, y las fuerzas
Que cual tropel famélico de hirsutas
Fieras saltan de mí buscando empleo;
Y el aire hueco palpo, y en el muro
Frío y desnudo el cuerpo vacilante
Apoyo, y en el cráneo estremecido
¡En agonía flota el pensamiento,
Cual leño de bajel despedazado
Que el mar en furia a playa ardiente arroja!
¡Sólo las flores del paterno prado
Tienen olor! ¡Sólo las seibas patrias
Del sol amparan! Como en vaga nube
Por suelo extraño se anda: las miradas
Injurias nos parecen, y el sol mismo,
¡Más que en grato calor, enciende en ira!
¡No de voces queridas puebla el eco
Los aires de otras tierras: y no vuelan
Del arbolar espeso entre las ramas
Los pálidos espíritus amados!
De carne viva y profanadas frutas
Viven los hombres, ¡ay! mas el proscripto
De sus entrañas propias se alimenta!
¡Tiranos: desterrad a los que alcanzan
El honor de vuestro odio: ya son muertos!
Valiera más ¡oh bárbaros! que al punto
De arrebatarlos al hogar, hundiera
En lo más hondo de su pecho honrado
Vuestro esbirro más cruel su hoja más dura!
Grato es morir, horrible, vivir muerto.
¡Mas no! ¡mas no! La dicha es una prenda
De compasión de la fortuna al triste
Que no sabe domarla: a sus mejores
Hijos desgracias da Naturaleza:
Fecunda el hierro al llano, el golpe al hierro!
937
José Martí
Al Buen Pedro
Dicen, buen Pedro, que de mí murmuras
Porque tras mis orejas el cabello
En crespas ondas su caudal levanta:
Diles, ¡bribón!, que mientras tú en festines
En rubios caldos y en fragantes pomas,
Entre mancebas del astuto Norte,
De tus esclavos el sudor sangriento,
Torcido en oro, lánguido bebes,
Pensativo, febril, pálido, grave,
Mi pan rebano en solitaria mesa
Pidiendo ¡oh triste! al aire sordo modo
De libertar de su infortunio al siervo
¡Y de tu infamia a ti!
Y en estos lances,
Suéleme, Pedro, en la apretada bolsa
Faltar la monedilla que reclama
Con sus húmedas manos el barbero.
Porque tras mis orejas el cabello
En crespas ondas su caudal levanta:
Diles, ¡bribón!, que mientras tú en festines
En rubios caldos y en fragantes pomas,
Entre mancebas del astuto Norte,
De tus esclavos el sudor sangriento,
Torcido en oro, lánguido bebes,
Pensativo, febril, pálido, grave,
Mi pan rebano en solitaria mesa
Pidiendo ¡oh triste! al aire sordo modo
De libertar de su infortunio al siervo
¡Y de tu infamia a ti!
Y en estos lances,
Suéleme, Pedro, en la apretada bolsa
Faltar la monedilla que reclama
Con sus húmedas manos el barbero.
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