Poemas en este tema

Ciudad y Cotidiano

Mario Benedetti

Mario Benedetti

En Blanco Y Negro

Los mendigos anónimos
vienen del cine mudo
posan en blanco y negro

en la mano extendida
en el platillo estéril
en la gorra tumbada
en el viejo estribillo
en el tango que narra
de chanfle la miseria
está toda la historia
esa que no sabemos

los mendigos anónimos
antes tenían nombres
y memoria y subtítulos
933
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Tantas Ciudades

Hay ciudades que son capitales de gloria
y otras que son ciudadelas del asco

hay ciudades que son capitales de audacia
y otras que apenas son escombreras del miedo

pero aun sin llegar a esos extremos
en unas y otras hay rasgos comunes

el puerto / la avenida principal /
callejón de burdeles / la catedral severa

monumentos donde dejan sus flores
ex tiranos y sus máscaras de odio

hay suburbios que ocultan la otra cara
la miserable la mendiga

metrópolis de atmósfera viciada
y otras que apenas tienen un smog espiritual

ciudades con sus mafias barrasbravas y sectas
y otras con angelitos ya pasados de moda

pero aun sin llegar a esos extremos
ostentan atributos compartidos

por ejemplo el deber de estar alegres
durante el carnaval de fecha fija

y mostrarse llorosas y agobiadas
el día de difuntos o en su víspera

o estar enamoradas y tiernísimas
el st.valentine's day que trajeron del norte

hay ciudades que osan defenderse
de la hipocresía y el consumismo

y otras que se entregan indefensas
al consumismo y la hipocresía

ciertamente ninguna ciudad es tan infame
ni tan espléndida o deslumbrante

tal vez una y otra sean de fábula
pensadas desde cierta soledad ominosa

pero aun en las franjas de quimera
en los puntos que nacen del desvelo

hay ciudades para vivir / y otras
en las que no querría ni caerme muerto
707
Mario Benedetti

Mario Benedetti

El Césped

1.

El césped. Desde la tribuna es un tapete verde. Liso, regular,
aterciopelado, estimulante. Desde la tribuna quizá crean que,
con semejante alfombra, es imposible errar un gol y mucho menos errar
un pase. Los jugadores corren como sobre patines o como figuras de
ballet. Quien es derrumbado cae seguramente sobre un colchón de
plumas, y si se toma, doliéndose, un tobillo, es porque el gesto
forma parte de una pantomima mayor. Además, cobran mucho dinero
simplemente por divertirse, por abrazarse y treparse unos sobre otros
cuando el que queda bajo ese sudoroso conglomerado hizo el gol
decisivo. O no decisivo, es lo mismo. Lo bueno es treparse unos sobre
otros mientras los rivales regresan a sus puestos, taciturnos, amargos,
cabizbajos, cada uno con su barata soledad a cuestas. Desde la tribuna
es tan disfrutable el racimo humano de los vencedores como el drama
particular de cada vencido. Por supuesto, ciertos avispados
espectadores siempre saben cómo hacer la jugada maestra y no
acaban de explicarse, y sobre todo de explicarlo a sus vecinos, por
qué este o aquel jugador no logra hacerla. Y cuando el
árbitro sanciona el penal, el espectador avispado también
intuye hacia qué lado irá el tiro, y un segundo
después, cuando el balón brinca ya en las redes, no
alcanza a comprender cómo el golero no lo supo. O acaso
sí lo supo y con toda deliberación se arrojó al
otro palo, en un alarde de masoquismo o venalidad o estupidez
congénita. Desde la tribuna es tan fácil. Se conoce la
historia y la prehistoria. O sea que se poseen elementos suficientes
como para comparar la inexpugnable eficacia de aquel zaguero
olímpico con la torpeza del patadura actual, que no acierta
nunca y es esquivado una y mil veces. Recuerdo borroso de una
época en que había un centre-half y un centre-forward,
cada uno bien plantado en su comarca propia y capaz de distribuir el
juego en serio y no jugando a jugar, como ahora, ¿no? El
espectador veterano sabe que cuando el fútbol se
convirtió en balompié y la ball en pelota y el dribbling
en finta y el centre-half en volante y el centre-forward en alma en
pena, todo se vino abajo y ésa es la explicación de que
muchos lleven al estadio sus radios a transistores, ya que al menos
quienes relatan el partido ponen un poco de emoción en las
estupendas jugadas que imaginan. Bueno, para eso les pagan,
¿verdad? Para imaginar estupendas jugadas y está bien.
Por eso, cuando alguien ha hecho un gol y después de los abrazos
y pirámides humanas el juego se reanuda, el locutor
idóneo sigue colgado de la “o” de su gooooooool, que en realidad
es una jugada suya, subjetiva, personal, y no exactamente del delantero
que se limitó a empujar con la frente un centro que, entre todas
las otras, eligió su cabeza. Y cuando el locutor idóneo
llega por fin al desenlace de la “ele” final de su gooooooool privado,
ya el árbitro ha señalado un orsai que favorece,
¿por qué no?, al locatario.


Es bueno contemplar alguna vez la cancha desde aquí, desde lo
alto. Así al menos piensa Benjamín Ferrés,
veintitrés años, digamos delantero de un Club Chico,
alguien últimamente en alza según los cronistas
deportivos más estrictos, y que hoy, después de empatarle
al Club Grande y ducharse y cambiarse, no se fue del estadio con el
resto del equipo y prefirió quedarse a mirar, desde la tribuna
ya vacía (sólo quedan los cafeteros y heladeros y
vendedores de banderitas, que recogen sus bártulos o tal vez
hacen cuentas) aquel campo en el que estuvo corriendo durante noventa
minutos e incluso convirtió uno, el segundo, de los dos goles
que le otorgan al Club Chico eso que suele llamarse un punto de oro.
Sí, desde aquí arriba el césped es una alfombra,
casi un paño verde como el del casino, con la importante
diferencia de que allá los números son fijos,
permanentes, y aquí (él, por ejemplo, es el ocho) cambian
constantemente de lugar y además se repiten. A lo mejor con el
flaco Suárez (que lleva el once prendido en la espalda)
podrían ser una de las parejas negras. O no. Porque de ambos,
sólo el Flaco es oscurito.


Ahora se levanta un viento arisco y las gradas de cemento son
recorridas por vasos de plástico, hojas de diario, talones de
entradas, almohadillas, pelotas de papel. Remolinos casi fantasmales
dan la falsa impresión de que las gradas se mueven, giran,
bailotean, se sacuden por fin el sol de la tarde. Hay papeles que suben
las escaleras y otros que se precipitan al vacío. A
Benjamín (Benja, para la hinchada) le sube una bocanada de
desconsuelo, de extraña ansiedad al enfrentarse, ¿por
primera vez?, con la quimera de cemento en estado de pureza (o de
basura, que es casi lo mismo) y se le ocurre que el estadio
vacío, desolado, es como un esqueleto de multitud, un eco
fantasmal de esa misma muchedumbre cuando ruge o aplaude o insulta o
agita banderas. Se pregunta cómo se habrá visto su gol
desde aquí, desde esta tribuna generalmente ocupada por las
huestes del adversario. Para los de abajo en la tabla, el estadio
siempre es enemigo: miles y miles de voces que los acosan, los
persiguen, los hunden, porque generalmente el que juega aquí, el
permanente locatario, es uno de los Grandes, y los de abajo sólo
van al estadio cuando les toca enfrentarlos, y en esas ocasiones apenas
si acarrean, en el mejor de los casos, algunos cientos de
fanáticos del barrio, que, aunque se desgañitan y agitan
como locos su única y gastada bandera, en realidad no cuentan,
es imposible que tapen, desde su islote de alaridos, el gran rugido de
la hinchada mayor. Desde abajo se sabe que existen, claro, y eso es
bueno, y de vez en cuando, cuando se suspende el juego por
lesión o por cambio de jugadores, los del Club Chico van con la
mirada al encuentro de aquel rinconcito de tribuna donde su bandera
hace guiños en clave, señales secretas como las del
truco. Y ésta es la mejor anfetamina, porque los llena de
saludable euforia y además no aparece en los controles
antidopping.


Hoy empataron, no está mal, se dice Benja, el número
ocho. Y está mejor porque todos sus huesos están enteros,
a pesar de la alevosa zancadilla (esquivada sólo por
intuición) que le dedicaran en el toletole previo al primer gol,
dos segundos antes de que el Colorado empujara nuevamente la globa con
el empeine y la colocara, inalcanzable, junto al poste izquierdo.

2.

Después de todo, la playa es mía. Desde hace quince
años la vengo adquiriendo en pequeñas cuotas. Cuotas de
sol y dunas. Todos esos prójimos, prójimas y projimitos
que se ven tendidos sobre las rocas o bajo las sombrillas o corriendo
tras una pelota de engañapichanga o jugando a la paleta en una
cancha marcada en la arena con líneas que al rato se borran,
todos esos otros, están en la playa gracias a que yo les permito
estar. Porque la playa es mía. Mío el horizonte con
toninas remotas y tres barquitos a vela. Míos los peces que
extraen mis pescadores con mis redes antiguas, remendadas. El aire
salitroso y los castillos de arena y las aguas vivas y las algas que ha
traído la penúltima ola. Todo es mío.
¿Qué sería de mí, el número ocho,
sin estas mañanas en que la playa me convence de que soy libre,
de que puedo abrazar esta roca, que es mi roca mujer o tal vez mi roca
madre, y estirarme sin otros límites que mi propio límite
o hasta que siento las tenazas del cangrejo barcino sobre mi dedo
gordo? Aquí soy número ocho sin llevarlo en la espalda.
Soy número ocho sencillamente porque es mi identidad. Un cura o
un teniente o un payaso no necesitan vestir sotana o uniforme o traje
de colores para ser cura o teniente o payaso. Soy número ocho
aunque no lo lleve dibujado en el lomo y aunque ningún botija se
arrime a pedirme autógrafos, porque sólo se piden
autógrafos a los de los Clubes Grandes. Y creo que siempre
seré de Club Chico, porque me gusta amargarles la fiesta, no a
los jugadores que después de todo son como nosotros, sólo
que con más suerte y más guita, ni siquiera a la hinchada
grande por más que nos insulte cuando hacemos un fau y festeje
ruidosamente cuando el otro nos propina un hachazo en la canilla. Me
gusta arruinarles la fiesta, sobre todo a los dirigentes, esos
industriales bien instalados en su cochazo, en su piso de la Rambla y
en su mondongo, señores cuya gimnasia sabatina o dominical
consiste en sentarse muy orondos, arriba en el palco oficial, y desde
ahí ver cómo allá abajo nos reventamos, nos
odiamos, nos derretimos en sudores, y cuando sus jugadores ganan,
condescienden a llegar al vestuario y a darles una palmadita en el
hombro, disimulando apenas el asco que les provoca aquella piel
todavía sudada, y en cambio, cuando sus jugadores pierden, se
van entonces directamente a su casa, esta vez por supuesto sin ocultar
el asco. En verdad, en verdad os digo que yo ignoro si hacen eso, pero
me lo imagino. Es decir, tengo que imaginarlo así, porque una
cosa son las instrucciones del entrenador, que por supuesto trato de
cumplir si no son demasiado absurdas, y otra cosa son las instrucciones
que yo me doy, verbigracia vamo vamo número ocho hay que aguarle
la fiesta a ese presidente cogotudo, jactancioso y mezquino, que viene
al estadio con sus tres o cuatro nenes que desde ya tienen caritas de
futuros presidentes cogotudos. Bueno, no sé ni siquiera si tiene
hijos, pero tengo que imaginarlo así porque soy el número
ocho, insustituible titular de un Club Chico y, ya que cobro poco,
tengo que inventarme recompensas compensatorias y de esas recompensas
inventadas la mejor es la posibilidad de aguarle la fiesta al cogotudo
presidente del Grande, a fin de que el lunes, cuando concurra a su
Banco o a su banca, pase también su vergüenza rica, su
vergüenza suntuosa, así como nosotros, los que andamos en
la segunda mitad de la tabla, sufrimos, cuando perdemos, nuestra
vergüenza pobre. Pero, claro, no es lo mismo, porque los Grandes
siempre tienen la obligación de ganar, y los Chicos, en cambio,
sólo tenemos la obligación de perder lo menos posible. Y
cuando no ganamos y volvemos al barrio, la gente no nos mira con
menosprecio sino con tristeza solidaria, en tanto que al presidente
cogotudo, cuando vuelve el lunes a su Banco o a su banca, la gente, si
bien a veces se atreve a decirle qué barbaridad doctor porque
ustedes merecieron ganar y además por varios goles, en realidad
está pensando te jodieron doctor qué salsa les dieron
esos petizos. Por eso a mí no me importa ser número ocho
titular y que no me pidan autógrafos aquí en la playa ni
en el cine ni en Dieciocho. Los partidos no se ganan con
autógrafos. Se ganan con goles y ésos los sé
hacer. Por ahora al menos. También es un consuelo que la playa
sea mía, y como mía pueda recorrerla descalzo, casi
desnudo, sintiendo el sol en la espalda y la brisa en los ojos, o
tendiéndome en las rocas pero de cara al mar, consciente de que
atrás dejo la ciudad que me espía o me protege,
según las horas y según mi ánimo, y adelante
está esa llanura líquida, infinita, que me lame, me
salpica, a veces me da vértigo y otras veces me brinda una
insólita paz, un extraño sosiego, tan extraño que
a veces me hace olvidar que soy número ocho.

3.

Alejandra. Lo extraño había sido que Benja conociera sus
manos antes que su rostro, o mejor aún, que se enamorara de sus
manos antes que de su rostro. Él regresaba de San Pablo en un
vuelo de Pluna. El equipo se había trasladado para jugar dos
amistosos fuera de temporada, pero Benja sólo había
participado en el primero porque en una jugada tonta había
caído mal y el desgarramiento iba a necesitar por lo menos cinco
días de cuidado, así que el preparador físico
decidió mandarlo a Montevideo para que allí lo atendieran
mejor. De modo que volvía solo. A la media hora de vuelo se
levantó para ir al baño y cuando regresaba a su sitio
tuvo la impresión de ser mirado pero él no miró.
Simplemente se sentó y reinició la lectura de Agatha
Christie, que le proponía un enigma afilado, bienhumorado y
sutil como todos los suyos.


De pronto percibió que algo singular estaba ocurriendo. En el
respaldo que estaba frente a él apareció una mano de
mujer. Era una mano delgada, de dedos largos y finos, con uñas
cuidadas pero sin color. Una mano expresiva, o quizá que
expresaba algo, pero qué. A los dos o tres minutos hizo
irrupción la otra mano, que era complementaria pero no igual.
Cada mano tenía su carácter, aunque sin duda
compartían una inquietante identidad. Benja no pudo continuar su
lectura. Adiós enigma y adiós Agatha. Las manos se
movían con sobriedad, se rozaban a veces. Él
imaginó que lo llamaban sin llamarlo, que le contaban una
historia, que le ofrecían respuestas a interrogantes que
aún no había formulado; en fin, que querían ser
asidas. Y lo más preocupante era que él también
quería asirlas, con todos los riesgos que un acto así
podía implicar, verbigracia que la dueña de aquellas
manos llamara inmediatamente a la azafata, o se levantara, enfrentada a
su descaro, y le propinara una espléndida bofetada, con toda la
vergüenza, adicional y pública, que semejante castigo
podía provocar. Hasta llegó a concebir, como un destello,
un título, a sólo dos columnas (porque era número
ocho, pero sólo de un Club Chico): conocido futbolista uruguayo
abofeteado en pleno vuelo por dama que se defiende de agresión
sexual.


Y sin embargo las manos hablaban. Sutiles, seductoras,
finísimas, dialogaban uña a uña, yema a yema, como
creando una espera, construyendo una expectativa. Y cuando fue ordenado
el ajuste de los cinturones de seguridad, desaparecieron para cumplir
la orden, pero de inmediato volvieron a poblar el respaldo y con ello a
convocar la ansiedad del número ocho, que por fin decidió
jugarse el todo por el todo y asumir el riesgo del ridículo, el
escándalo y el titular a dos columnas que acabaran con su
carrera deportiva. De modo que, tomada la difícil
decisión y tras ajustarse también él el
cinturón, avanzó su propia mano hacia los dedos
cautivantes, que en aquel preciso momento estaban juntos. Notó
un leve temblor, pero las manos no se replegaron. La suya
prolongó aquel extraño contacto por unos segundos, luego
se retiró. Sólo entonces las otras manos desaparecieron,
pero no pasó nada. No hubo llamada a la azafata ni bofetada.
Él respiró y quedó a la espera. Cuando el
avión comenzaba el descenso, una de las manos apareció de
nuevo y traía un papel, más bien un papelito, doblado en
dos. Benja lo recogió y lo abrió lentamente. Conteniendo
la respiración, leyó: 912437.


Se sintió eufórico, casi como cuando hacía un gol
sobre la hora y la hinchada del barrio vitoreaba su nombre y él
alzaba discretamente un brazo, nada más que para comunicar que
recibía y apreciaba aquel apoyo colectivo, aquel afecto, pero
los compañeros sabían que a él no le gustaba toda
esa parafernalia de abrazos, besos y palmaditas en el trasero, algo que
se había vuelto habitual en todas las canchas del mundo.
Así que cuando metía un gol sólo le tocaban un
brazo o le hacían desde lejos un gesto solidario. Pero ahora,
con aquel prometedor 912437 en el bolsillo, descendió del
avión como de un podio olímpico y diez minutos
después pudo mirar discretamente hacia la dueña de las
manos, que en ese instante abría su valija frente al funcionario
aduanero, y Benja comprobó que el rostro no desmerecía la
belleza y la seducción de las manos que lo habían enamorado.

4.

Benja y Martín se encontraron como siempre en la pizzería
del sordo Bellini. Desde que ambos integraran el cuadrito juvenil de La
Estrella habían cultivado una amistad a prueba de balas y
también de codazos y zancadillas. Benja jugaba entonces de
zaguero y sin embargo había terminado en número ocho.
Martín, que en la adolescencia fuera puntero derecho, más
tarde (a raíz de una sustitución de emergencia, tras
lesiones sucesivas y en el mismo partido del golero titular y del
suplente) se había afincado y afirmado en el arco y hoy era uno
de los guardametas más cotizados y confiables de Primera A.


El sordo Bellini disfrutaba plenamente con la presencia de los dos
futbolistas. Él, que normalmente no atendía las mesas
sino que se instalaba en la caja con su gorra de capitán de
barco, cuando Martín y Benja aparecían, solos o
acompañados, de inmediato se arrimaba solícito a dejarles
el menú, a recoger los pedidos, a recomendarles tal o cual plato
y sobre todo a comentar las jugadas más notables o más
polémicas del último domingo.



Era algo así como el fan particular de Benja y Martín y
su caballito de batalla era hacerles bromas cada vez que, por azares
del fixture, debían jugar frente a frente, ellos dos que eran
tan amigos. Y el sordo mantenía al día su contabilidad
particular. En los tres años que ambos llevaban en Primera A,
Benja sólo le había hecho a Martín dos goles, pero
de penal, y más de una vez el golero le había sacado al
corner uno de esos fulminantes cabezazos que hacían el delirio
de la hinchada y que constituían el más preciado don del
número ocho. Cuando estoy frente al gol, decía Benja, mi
obsesión es introducir la pelota en un ángulo
absolutamente inalcanzable, y ahí no hay golero amigo que valga,
pero si tengo la mala suerte de que el tipo que está en el arco
me ataja el zurdazo o lo que sea, entonces prefiero que el que se luzca
sea Martín y no otro.


El sordo llevaba la cuenta, con el mismo rigor que una computadora, de
todas las atajadas de Mar tín, desglosándolas en varias
categorías: con los puños, con una mano y al corner,
retención con ambas manos, abandono momentáneo del arco a
la manera de un back de antaño. Y también la
nómina de los tiros al arco efectuados por Benja: de derecha, de
zurda, de cabeza, de chilena, tiros muy desviados, apenas desviados,
los que daban en el travesaño, en el poste izquierdo, en el
derecho, los tantos anulados por “orsai”, los penales errados y los
acertados, y como corolario, los rotundos y gloriosos goles
efectivamente convertidos.


A Benja y a Martín les divertía aquel culto singular, que
oficiaba de memoria plural, pero si bien nunca lo admitían con
todas las letras, ni siquiera en sus diálogos privados, en el
fondo todo ello halagaba sus respectivas y modestas vanidades y
constituía un motivo adicional (además de los
ñoquis a la boloñesa y los capeletis a la caruso y el
buen tinto de la casa) para hacerles coincidir, al menos una vez por
semana, en el local de Bellini, que, aunque en los hechos (y en los
precios) había ascendido con justicia a la categoría de
restaurante, aún seguía mostrando en su refulgente
neón bicolor su condición original de pizzería.


Sólo cuando, después de los comentarios y risotadas de
rigor, el sordo consideró oportuno regresar a su puente de
mando, o sea la caja, Martín empezó a poner sus
preocupaciones y dudas sobre la mesa. Comenzó con rodeos,
aproximándose al tema pero sin abordarlo directamente. Por
ejemplo, preguntándole a un Benja, más callado que de
costumbre, si pensaba en España o en Brasil. Que no pensaba
nada, dijo Benja, pero el otro fue contundente: pues yo sí.
Benja comentó que hacía bien, que todo era
cuestión de temperamento. O de alergias. Y Martín,
qué temperamento ni qué alergias, vos podés pegar
el brinco más fácilmente que cualquier otro; un buen
delantero siempre es codiciable, ya que es un producto que no abunda;
para los dirigentes los campeonatos se ganan con los goles que se
meten, no con los que se evitan. Benja intenta refutar y recuerda que
ha habido sonados pases de goleros. Sí, ya sé: Fillol,
Pumpido, y ahora ese ruso Dassaev. Pero no vas a comparar, es tan raro
que los intermediarios se rompan los cuernos por conseguir el pase de
un arquero. Ustedes los delanteros son los que maradonean, los que
prometen (y a veces consiguen) el paraíso; decime Benja,
cuántos números ocho tiene este país que puedan
verdaderamente hacerte sombra; tenés que irte y si podés
no cruces el charco chico sino el charco grande. España, Italia.
Además, sos el modelito más codiciado aquí,
allá y acullá, o sea el número ocho que colabora
con la defensa, domina el medio campo, pasa como un maestro, y por
añadidura, hace goles de campeonato. Te juro que si yo fuera
delantero ya me habría ido, pero no soy un metegoles sino un
evitagoles y eso no cuenta. Si en un partido te meten tres,
sabés cómo te putean: si te rompiste todo y no te hacen
ninguno, si te pasaste los noventa minutos sacando pelotas imposibles y
aguantaste todo el chaparrón de una delantera dribleadora,
sorpresiva, potente, nadie se acuerda, pero si en un solo contraataque
el número diez pescó a la defensa adelantada y
corrió como un gamo e hizo el gol, el héroe es él,
nunca el atajapelotas que quedó allá atrás,
olvidado y a solas. En cambio, cuando el equipo contrario mete un gol,
no se lo hace al cuadro entero sino al guardameta, es él quien
falla en el instante decisivo, el que pese a la estirada no pudo
alcanzar la pelota, el que tiene que ir mansa y humilladamente a
recogerla en el fondo de la red, y también el que es enfocado
por las cámaras para que el espectador pueda aquilatar su
vergüenza, su bronca, su desconcierto, como contrapeso de la
euforia, el estallido y la corrida triunfal del otro enfocado, o sea el
autor del gol. Y encima te pasan el replay, para que tu
humillación se duplique, se triplique, se multiplique hasta el
infinito.


Martín concluyó su parrafada y miró a Benja, como
pidiéndole apoyo. Pero el número ocho tomó
despacito media copa de tinto, se limpió la boca con la
servilleta, sonrió al mundo en general y dijo: “Tengo novia”.

5.

En realidad, se había portado con paciencia y discreción.
Tras el idilio manual del vuelo Pluna, dejó pasar tres
días antes de llamar al 912437, cohibido tal vez por la secreta
sospecha de que aquel número no existiera o sólo fuera
una broma de la dueña de las manos. Por fin, el lunes
(aprovechando que por suerte no había entrenamiento) se
decidió a telefonear y si bien al comienzo la insistente llamada
en el vacío pareció confirmar sus temores, precisamente
cuando iba a colgar alguien decidió responder y él no
dudó de que aquella voz era la de ella.


Hola, soy el del avión, dijo como fórmula introductoria
suficientemente ensayada. Ah, dijo la voz, yo soy la de las manos.
Sí, claro, me llamo Benjamín. Ya lo sé, y te dicen
Benja, yo soy Alejandra y me dicen Ale. Parece que a la gente ya no le
gustan los nombres largos. No, más bien creo que es la ley del
menor esfuerzo. ¿Te gustaría que nos
encontráramos?, preguntó él haciendo lo posible
para que la expectativa no se tradujera en tartamudeo. Me
gustaría. Y la otra voz era firme, sin la menor
preocupación por evitar las vacilaciones.


De modo que se encontraron, a la tarde siguiente, en Los Nibelungos. El
lugar lo había sugerido Benja, que jamás iba a esa
confitería, distinguida si las hay, creyendo sinceramente que
era el sitio más adecuado para un primer contacto. Sólo
después advirtió que cualquier boliche de barrio
habría sido mejor.


A esa hora de la tarde, todas las mesas de Los Nibelungos estaban
ocupadas. Las tortas de manzana, las frutillas mit Sahne, las
caracolas, los ochos, los merengues, las palmitas alemanas, colmaban
las bandejas de los camareros, entre los que todavía se contaban
algunos veteranos que, a través de los años y las
vicisitudes, habían atendido a varios estratos de burgueses
alegres, burgueses contritos, burgueses monologantes, burgueses
activos, burgueses retirados, y también a señoras
locuaces, militares camuflados, nietos y bisnietos de ex nazis
domésticos, jóvenes modelos de espalditas bronceadas,
garbosos locutores de televisión, parlamentarios de
ademán fatuo, terceros suplentes de mirada sumisa, y sólo
excepcionalmente a algún turista, fogueado y pez gordo,
sonriente entre aceitunas, precavidamente feliz con su muchacha en
flor. El humo de los cigarrillos formaba una discreta calima, surcada
por voces roncas o argentinas (en sus dos acepciones), carcajadas que
intentaban no ser risotadas, ceños respetables que se
fruncían y desfruncían al compás de temas y
anecdotario. Por supuesto, también había clientes no
particularmente diferenciados, gente que tomaba su chocolate con stolen
o su cerveza con sángüiches surtidos y mientras tanto
leía el diario o tomaba apuntes en libretas de tapas verdes. El
conjunto era un solo rumor que amontonaba sílabas y
sílabas pero no permitía identificar palabras y
coexistía con una vaharada espesa de tabaco y miel, de alcohol y
pan tostado.


Ale apareció con el mismo vestido que llevaba en el avión
(¿no tendrá otro?, pensó Benja, pero enseguida se
avergonzó de su frivolidad), estaba linda y parecía
contenta. El saludo, todavía formal, fue el pretexto para que
las manos se reconocieran y lo celebraran. Hubo una ojeada de
inspección recíproca y decidieron aprobarse con muy bueno
sobresaliente.


Mientras esperaban el té y la torta de limón, ella dijo
qué te parece si empezamos desde el principio. ¿Por
ejemplo? Por ejemplo por qué te decidiste a tocar mis manos. No
sé, tal vez fue pura imaginación, pero pensé que
tus manos me llamaban, era un riesgo, claro, pero un riesgo sabroso,
así que resolví correrlo. Hiciste bien, dijo ella, porque
era cierto que mis manos te llamaban. ¿Y eso?, balbuceó
el número ocho. Sucede que para vos soy una desconocida, yo en
cambio te conozco, sos una figura pública que aparece en los
diarios y en la televisión, te he visto jugar varias veces, en
el Estadio y en tu barrio, leo tus declaraciones, sé qué
opinás del deporte y de tu mundo y siempre me ha gustado tu
actitud, que no es común entre los futbolistas. No reniego de
mis compañeros, más bien trato de comprenderlos. Ya
sé, ya sé, pero además de todo eso, probablemente
el punto principal es que me gustás, y más me
gustó que te atrevieras con mis manos, ya que, dadas las
circunstancias, se precisaba un poquito de coraje para que tu cerebro
le diera esa orden a tus largos dedos. Tal vez no fuera el cerebro y
sí el corazón, sugirió Benja pero no bien lo dijo
le sonó empalagoso. Uyuy, quién te dice, a lo mejor
tenés el corazón en el cerebro. O viceversa. Bah, una
cosa es cierta. A pesar de que me gustás, jamás te
hubiera enviado seña alguna, pero el hecho de que
coincidiéramos en el mismo vuelo me pareció algo
así como un visto bueno del azar, y yo con el azar me llevo
bien, sigo moderadamente sus consejos, pero, claro, con la iniciativa
de mis manos sobrepasé el consejo del azar, todavía me
asombro, yo también arriesgué, ¿no? ¿Te
arrepentís? Espero que no. Bueno bueno, parece que me
conocés al dedillo, así que mejor contame un poco de vos.
Está bien: Alejandra Ocampo, veintidós años,
nací en Mercedes pero vivo desde los nueve años en
Montevideo, estudiaba en Humanidades pero dejé porque tuve que
trabajar, me gano la vida en publicidad, proyecto textos seductores
destinados a convencer a la pobre gente de que ingrese al mercado de
consumo, a menudo trato de poner algún alerta en las
entrelíneas, pero no puedo hacerlo siempre porque el jefe es
avispado y se da cuenta. ¿Tus padres? Zona amarga ésa,
están y no. Mi padre es uno de los uruguayos desaparecidos en
Argentina. Hace tiempo que admití ante mí misma que
está muerto, pero mi madre jamás lo admitirá
mientras no disponga del necesario, imprescindible cadáver, y en
esa esperanza dura, incontrolable, ha ido perdiendo su equilibrio. Mi
hermano me lleva dos años, es dibujante y trabaja en otra
agencia de publicidad (ya te habrás enterado de que es uno de
los pocos sectores en que hay laburo). El y yo tratamos de convencer a
mi madre de que es imposible que papá vuelva a estar entre
nosotros (lo desaparecieron en el 74), pero ella nos mira recelosa,
desconfiada, como si fuéramos cómplices de ese
no-regreso. Y sin embargo la ausencia del viejo también para
nosotros dos fue una catástrofe. Distinta a la de mamá,
pero sin duda una catástrofe. Aunque me veas animada y bastante
vital, tengo a veces mis bajones y lloro larga y desconsoladamente,
claro que a escondidas de mamá. Lloro porque es algo injusto,
porque el viejo era un hombre estupendo, al que quizá debo lo
mejor de mí misma. Ahora bien, he observado que cada vez
transcurre más tiempo entre uno y otro llanto. La
frustración y el sentimiento permanecen, quizá más
refinados y sutiles, pero la imagen física del viejo se va como
desdibujando, es una lástima pero es así.


Benja avanzó una mano hasta la de ella. Caramba, Ale (ella
sonrió ante el estreno del diminutivo), jamás
habría imaginado una historia así, no tenés cara
de desgracia. Onetti 1960, acotó ella. No, no tengo cara de
desgracia, la llevo bien guardada, para no olvidarla,
¿sabés? No tengo cara de desgracia porque no quiero que,
además de hundir a mi padre, me hundan también a
mí, no en la muerte sin duelo sino en la tristeza. Sé que
les cae mal que uno siga viviendo, y aunque fuera sólo por eso,
vale la pena vivir y disfrutar la vida.

6.

Ahora Sobredo hace un pase largo de cuarenta metros destinado a Robles
que no alcanza el esférico, el alero Pena ejecuta el óbol
en dirección a Seoane pero el joven centrocampista es duramente
marcado por Ortega, el árbitro dice aquí no ha pasado
nada, y entonces Ortega elude diestramente a Menéndez y a
Duarte, la acción es realmente espectacular y ahora toca la
pelota muy suave en dirección al goleador Ferrés, el
Benja Ferrés que cada vez juega mejor y que ahora entra como una
saeta, mueve la pelota con la izquierda, cambia de pierna, se viene, se
viene, el aguerrido defensa Murias intenta evitar el inminente disparo,
pero el Benja lo engaña con un extraordinario vaivén,
esto señores es un ballet, se viene, gooooooooool, el
impresionante tiro del número ocho penetra en el ángulo
izquierdo de la valla haciendo infructuosa la meritoria paloma del
veterano Sarubbi, quien para algunos escépticos ya no
está para estos trotes, gran jugada la del pibe Ortega y notable
la definición del artillero Ferrés, este Benja que
está reclamando a gritos su tan esperada inclusión en la
selección nacional, pero ya no como número ocho sino como
número nueve, pues es innegable su vocación de ariete. Es
con estos notables valores, que se formaron en el campito, es con estos
productos de la cantera doméstica, que podremos recuperar el
prestigio que otrora, etcétera.


En el tercer encuentro, que éste sí fue en un boliche,
Benja y Ale decidieron vivir juntos. Desde el segundo encuentro
había quedado claro que se necesitaban, tanto espiritual como
físicamente. Ale había advertido: Está bien, pero
no me lleves a una amueblada, ¿eh? Benja asintió con la
cabeza, se quedó un rato pensando y luego dijo que, gracias a
los premios a que se había hecho acreedor en la temporada
pasada, había podido comprarse un apartamentito en el
Cordón, pero todavía estaba vacío, sólo
había heladera y cocina de gas. Ale dio un gritito de
alegría: Lo amueblaremos juntos, yo también tengo ahorros.


Y lo amueblaron. De prisa. Aguijoneados por el deseo y también
por una tímida confianza en ser felices. Empezaron por lo
esencial, o sea cama, colchón, sábanas, fundas,
almohadas. Luego, una mesa de cocina que serviría para todo.
Había placares, de modo que se ahorraron el ropero.
Mínima vajilla, cubiertos, platos, manteles, servilletas, hasta
una cafetera eléctrica. Ella trajo dos cuadros que tenía
en casa de su madre y él aportó unos telares artesanales
que había traído de México, cuando fue con el
equipo.


El día en que todo estuvo listo, llevaron sidra, brindaron (el
orden fue meramente alfabético) por el amor, el fútbol y
la publicidad, entre los dos tendieron la cama doble, besándose
en cada cruce, con el mínimo pretexto de pasarse almohadas,
fundas, portátiles. Luego se enfrentaron, conmovidos,
entrelazaron sus manos ya que ellas habían sido las vanguardias,
de tácito acuerdo empezaron a desvestirse mutuamente,
amorosamente, hasta que el espectáculo de sus cuerpos, la
plenitud de sus desnudeces, los exaltó más aún y
se juntaron en el abrazo que tantas veces habían imaginado y que
de a poco los fue volcando en el flamante lecho, que así
quedó gloriosamente inaugurado.

7.

Nunca se lo he confesado a nadie, dijo Benja pocos días
más tarde mientras desayunaban en la cocina, pero a vos quiero
contártelo. Tengo sueños, ¿sabés? Todos
tenemos, dijo Ale. Sí, pero los míos son sueños de
fútbol. Qué romántico, dijo ella riendo. No te
burles, contigo no necesito soñar porque sueño despierto.
Sueño que estoy en la cancha, pero no con mis compañeros
de hoy. Estoy con Nazassi, Obdulio, Atilio García, Piendibeni,
Gambetta, el vasco Cea, Schiaffino, Petrone, Luis Ernesto Castro,
Abbadie y gente así, de distintas épocas, todo
entreverado. Pero, Benja, vos no los viste jugar. No, pero he
oído hablar tanto de todos ellos, para mi padre y mis
tíos siguen siendo ídolos y ellos me han hecho relatos
tan vivos de sus jugadas más célebres, que es casi como
si los hubiera visto. Y fíjate que no sueño con los de
ahora, Ruben Sosa, Francescoli, De León, Ruben Paz, Perdomo,
Seré, a los que admiro y he visto jugar, sino con aquellos
veteranos. ¿Y qué hacen en tus sueños?
¿Qué hacen? Jugadas extraordinarias. Una de esas noches
el vasco Cea me dio un pase notable y sólo tuve que tocarla para
hacer el gol. Y desde el fondo llega la voz de Nazassi,
alentándonos, amonestándonos, dirigiéndonos.
¿Y eso te sirve de algo en los partidos verdaderos? Sí
que me sirve, en realidad lo más extraño me ocurre en los
partidos reales. De pronto, en plena cancha, me veo jugar con los
viejos y no con mis compañeros actuales. Cuando advierto (no en
el sueño sino en la realidad) que quien va a ejecutar el
córner no es el pardo Soria sino el fabuloso Mandrake, entonces
sé que la pelota va a volar directamente hasta mi cabeza y
sólo tendré que darle un suave frentazo para colocarla en
el ángulo. Sin ir más lejos, eso fue lo que me
ocurrió el domingo. Y cuando, ya en los vestuarios, le
pregunté a Soria cómo hiciste para ponerla justito en mi
cabeza, él me dijo yo qué sé, fue rarísimo,
como si la pelota, después que la lancé, hubiera seguido
su propio rumbo hasta donde vos estabas, fue como si yo le hubiera dado
un efecto sensacional pero no le di nada. Otras veces voy avanzando con
la pelota y dos segundos antes de que el defensa contrario llegue a
hacerme una zancadilla más bien criminal, oigo desde lejos la
voz del negro Obdulio, cuidado botija, y puedo esquivar a aquel
bulldozer. Y te podría seguir contando. Es raro, dijo Ale, y
encendió un cigarrillo para pensar mejor. Es raro, sí,
repitió Benja, por eso no lo cuento a nadie.

8.

Desde que vivían juntos, Benja llevaba a Ale a la
pizzería. El sordo Bellini la había recibido poco menos
que con salvas, y la primera vez trajo un chianti para celebrarlo. Ale
había caído bien entre los amigos de Benja, y
especialmente Martín bromeaba preguntando al reducido auditorio
qué le habría visto a Benja semejante preciosura. Algo
habrá, decía el número ocho con aire de enigma,
pero Ale se ponía colorada, así que no repitió la
gracia.


Esta vez, cuando entró Martín, todos percibieron que
venía radiante. Albricias, proclamó el sordo con su
entusiasmo de costumbre, seguro que vos también te enamoraste.
Frío frío, dijo Martín, cada vez más
iluminado. Te sacaste la lotería, insinuó Ale.
Frío frío. Te contrata Peñarol. Tibio tibio.
¿Nacional? Tibio tibio. Bueno, todavía no me
enganchó nadie, pero el contratista Piñeirúa me
aseguró esta mañana que hay un club español y otro
italiano que se interesan por este joven y notable portero (te juro que
dijo portero). Martín que no ni no, gritó Benja
levantando los brazos. Hubo aplausos, abrazos, besos de Ale. Esperen
muchachos, vamos a no festejar antes de tiempo, parece que la
decisión la tomará el domingo, justo el día que
jugamos contra ustedes, Benja, de modo que cuando te enfrentes al arco
pateá con ganas así me luzco. Pierda cuidado,
míster, cumpliré sus instrucciones.


También él estaba contento, porque sabía
cuánto deseaba su compinche dejar este mercadito deportivo para
consagrarse en un supermercado de veras. A partir de ese momento todos
fueron proyectos. Martín no tenía pareja, así que
iría solo, y eso facilitaba las cosas. Ya te veo venir en las
vacaciones con una galleguita colgada al pescuezo, intercambio cultural
que le dicen. ¿Y por qué no? Mirá que han mejorado
mucho, dijo Ale, ¿querés que te preste ¡Hola! para
que vayas haciendo boca? Bueno, tampoco exageres, no vayas a culminar
tu carrera como violador de menores. En todo caso, de menoras. No
jodan, che, el trabajo es lo primero. Te desconozco, flaco. ¿Me
da la bendición, padre Martín? Ahora hablando en serio,
¿qué tal te sentís para el domingo, Benja? Como un
potrillo.

9.

Faltan apenas tres minutos para la conclusión de este excelente
partido y el score se mantiene igualado en un gol por bando, resultado
a todas luces justo y que a esta altura ya parece inamovible aunque
ahora avanzan los anaranjados en lo que podría ser la
última tentativa para vulnerar por segunda vez la valla de
Martín Riera, que esta tarde (digamos que el único gol
que le hicieron era sencillamente inatajable) ha confirmado su gran
categoría al evitar varios goles que parecían cantados,
en este momento lleva la pelota el puntero Suárez con su
característica parsimonia, elude limpiamente a dos defensas y la
cede a Henríquez, quien sin dejarla picar la toca hacia
Ferrés, que la empalma sin problema, la pisa de espaldas al
arco, se la pone virtualmente en los pies a Soria, qué calidad
señores, Soria sin pensarlo dos veces la devuelve a
Ferrés, jugada de pizarrón pero qué
pizarrón, se viene, falla el zaguero Zamora al intentar el
quite, sigue el Benja con el esférico, va a tirar, se viene,
tiró, gooooooooool, increíble mis amigos, el
balón, impulsado con gran picardía, le ha pasado a
Martín Riera por entre las piernas, sí señores,
aunque parezca increíble le ha pasado por entre las piernas, es
algo insólito, desacostumbrado, asombroso, rarísimo, y
aquí me faltan los sinónimos, que un arquero de la
experiencia y calidad de Riera, a punto de ser transferido a un famoso
club europeo, haya cometido un error tan garrafal que no sería
de extrañar hipoteque el futuro de su hasta ahora brillante
historial deportivo. Como se imaginarán los radioescuchas, la
astucia de Ferrés, el extraordinario número ocho de los
anaranjados, es todavía ruidosamente festejada en las tribunas,
etcétera.

10.

Cuando salían de la cancha, los abucheos y silbidos dedicados a
Martín fueron de película. Benja no estaba en
ánimo de festejar el triunfo, aunque en las duchas los
demás cantaban a grito pelado y todos lo abrazaban por aquel
golazo fenomenal. Benja no podía dejar de pensar en
Martín. La otra noche, en la pizzería, le había
dicho: Cuando te enfrentes al arco, tirá con ganas, así
me luzco. Bueno, y él había tirado con ganas. Cómo
iba a imaginar que a un golero como Martín la pelota le fuera a
pasar por entre las piernas. Benja bien sabía que, de
aquí a la Polinesia, para un golero eso significaba la
vergüenza universal. ¿Estaría el agente europeo en
la tribuna? ¿Cómo podía el bueno de Martín
tener tanta mala suerte?


Esa misma noche, Benja (solo, sin Ale) fue a casa de Martín pero
no lo encontró. Estaba muy abatido, dijo el padre. Qué
horrible, don Riera, que haya sido justamente yo. No te preocupes,
él no te echa ninguna culpa. Sólo está furioso
consigo mismo. Dice que pensó que vos ibas a tirar a un
ángulo. Y tiré a un ángulo, don Riera, pero la
pelota rozó apenas a un back de ellos, creo que nadie se dio
cuenta y entonces la pelota se desvió y lo encontró a
Martín totalmente descolocado. En las entrevistas que me
hicieron al terminar el partido yo dije eso varias veces como
explicación. Sí, él te lo agradece, se dio cuenta
de tu intención, pero lo que queda de este partido es que a
Martín le hicieron un gol por entre las piernas.


Benja fue a tres cafés que frecuentaba Martín y en el
tercero lo encontró. Estaba un poco borracho, y eso era grave
porque Martín nunca bebía. Se acabó el viaje,
Benja, y no sólo eso, también se acabó mi carrera
aquí, no hay golero que sobreviva a que le hagan un gol por
entre las piernas. Benja dedicó dos horas a darle ánimos.
Yo me siento tan mal como vos, Martín, no puedo acostumbrarme a
la idea de que justamente yo te haya hecho eso. No, Benja, no me
hiciste nada, todo me lo hice yo. No sirvo para golero. Ni para nada.
¿Pero estaba el contratista de España? Estaba. Y aunque
no estuviera. Con las fotos que mañana aparecerán en los
diarios, alcanza y sobra. Seguro que hasta las publican en
España y en Italia. Cualquier día se van a perder ese
manjar. Y no sólo la foto sino el comentario: Y ésta es
la maravilla que íbamos a importar del Tercer Mundo. Por otra
parte, ya me dijo el entrenador que, por prudencia, no voy a ser
titular por tres o cuatro partidos. Mirá, Benja de esto no me
repongo ni atajando tres penales en una sola tarde. Pero Martín,
no quiero verte así, tenés 21 años, te queda la
vida, toda la vida. ¿Sabés lo que pasa? Pasa que para
mí la vida es el fútbol, más aún, mi vida
son los tres palos. Es como si me hubiera quedado sin vida.


Por solidaridad, Benja también se emborrachó y luego lo
acompañó, llorando a dúo, hasta la casa de sus
padres. El viejo Riera estaba despierto y dijo: Gracias, Benja, sos el
mejor amigo de mi hijo.

11.

El viernes, la noticia inauguró el noticiero de todos los
canales: El ambiente futbolístico ha sido conmovido por un hecho
inesperado y luctuoso. El conocido golero Martín Riera se ha
pegado un tiro. Tanto el entrenador como sus compañeros de
equipo atribuyen el suicidio a la profunda depresión que
sufrió este excelente guardameta el domingo último, con
motivo del fallo, realmente insólito en un jugador de su
jerarquía, al serle marcado el segundo sol, casi sobre la hora,
que significó precisamente la derrota de su equipo. Tanto este
cronista como todo el equipo del noticiero hacemos llegar a los
familiares de Martín Riera nuestras más sentidas
condolencias.


Benja estaba destruido y Ale no sabía qué hacer. Ni uno
ni otra habían escuchado directamente la noticia. Fue el sordo
Bellini quien telefoneó para comentarla y se encontró con
que ellos la ignoraban. No puedo creerlo, decía aquel buenazo,
no puedo creerlo. ¿Cómo puede matarse alguien sólo
porque le metan un gol? Ni que estuviéramos en la Edad Media.
Jamás se lo perdonaré, jamás, cómo puede
habernos hecho eso a vos y a mí. No esperó a que Benja
dijera algo (en realidad, habría esperado en vano, ya que el
número ocho estaba temblando de tristeza, sentimiento de culpa y
desconcierto), con la voz quebrada dijo chau Benja y colgó.


Benja lloró como una criatura. Ale también, de modo que
sus caricias no servían de consuelo. Y pensar que yo lo
llevé a eso. No seas tonto, Benja, decía ella, él
mismo te pidió que lo emplearas a fondo porque quería
lucirse ante el agente europeo. Ya lo sé, ya lo sé. Pero,
¿por qué tuve que ser precisamente yo? Hubo por lo menos
diez tiros peligrosos en ese segundo tiempo y él atajó
todos como siempre, estirándose, arrojándose de palo a
palo, alzando la pelota sobre el travesaño. Pero de eso nadie se
acordó cuando la chiflatina del final, sólo lo juzgaron
por ese maldito disparo mío. ¿Cómo podré
entrar de nuevo en una cancha?


Ale lo besaba, lo abrazaba, lo defendía de sí mismo y de
las fotografías que en las portadas del lunes habían
documentado para siempre aquel gol de antología, así
decía uno de los morbosos titulares. ¿Cómo voy a
enfrentarme al viejo Riera, a ese pobre hombre que me dijo que yo era
el mejor amigo de su hijo? ¿Y acaso no era cierto?


Besándose entre lágrimas, abrazándose poco menos
que entre espasmos de dolor, de pronto advirtieron que una ola de
ternura los había invadido y que, casi sin buscarlo, estaban
haciendo el amor. Y Benja y Ale tuvieron en ese instante la certeza de
que en esa misma jornada, cuando una vida cercana, entrañable,
había decidido abandonarlos, ellos estaban creando una nueva,
que por supuesto se llamaría Martín.

12.

Este cementerio es de pobres, sin grandes monumentos mortuorios ni
enormes lápidas de mármol con letras doradas. Este
cementerio es de cruces sencillas, de adioses casi cursis en placas
herrumbrosas, de caminos con pozos y pastitos quebrados, de gente
humilde doblada sobre flores.


Habló el presidente del Club y pareció sincero.
Historió la trayectoria amateur y profesional de Martín
Riera. Dijo que en estos momentos era el mejor golero del fútbol
uruguayo, pero que además era un formidable ser humano, un
constante animador del equipo, un gran compañero, y que incluso
su trágico gesto era en cierto modo un colmo de dignidad, un
alarde de vergüenza en estos tiempos tan desvergonzados.


Junto al féretro estaba todo el equipo, incluido el golero
suplente, que ahora ascendía al primero y sin embargo
maldecía esa buena suerte. También había jugadores
de los equipos de Primera A, incluso de los dos Grandes.


Cuando todo terminó y aquella multitud todavía asombrada
empezó a disgregarse (éstos habrían llenado la
Colombes, murmuró sombríamente un hincha del
montón, quizá uno de los que lo habían abucheado
el último domingo), Benja y Ale se quedaron un rato, quietos y
callados. No era fácil desprenderse de Martín.


Después, Benja puso su brazo sobre los hombros de la muchacha.
Dejo el fútbol, Ale. Ella dijo que se lo temía, pero que
tal vez era mejor no tomar ninguna decisión apresurada, pues
ahora estaba demasiado afectado por la muerte de Martín. No,
dijo él, con los ojos secos: Anoche, en esas dos horas que
dormí, tuve uno de mis sueños. ¿Y? Y bueno, ya
había terminado el partido, pero yo estaba todavía en la
cancha y no sé por qué tenía la pelota bajo el
brazo (eso sólo pasa en los sueños porque en la realidad
la pelota se la lleva el árbitro), el público iba
vaciando lentamente las tribunas, y de pronto sentí que alguien
me tocaba el codo, suavemente, como con afecto, y me di vuelta. Eran
Nazassi y Obdulio. A falta de uno, eran dos capitanes. Y uno de ellos,
no sé cuál, me dijo: Dame la pelota, botija, y se la di.
No tenés ninguna culpa, pero no tires más al arco.
Siempre te vas a acordar de Martín y así no es posible
meter goles. Dejá la globa, pibe, ahora que todos te quieren. Es
duro dejar las canchas, nosotros bien que lo sabemos, pero será
mucho más duro si esperás a dejarlas cuando empiecen a
chiflarte porque errás goles seguros, penales decisivos. Y los
dos me miraban con un cariño tan sobrio, tan poco escandaloso,
pero tan real que dije que sí con la cabeza y los abracé,
no como a fantasmas sino como a capitanes. Y es por eso que dejo, Ale,
porque como siempre tienen razón.


Ale se arrimó más a su hombre. Le tomó las manos
con sus manos, esas conocidas de siempre. Ya pensaremos después
sobre el futuro, dijo ella. Sólo entonces empezaron a alejarse
de Martín y su cruz, caminando a pasos lentos sobre ese pastito
quebrado que es el césped del pobre. El césped.

862
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Lingüistas

Tras la cerrada ovación que puso término a la sesión plenaria del Congreso Internacional de
Lingüística y Afines, la hermosa taquígrafa
recogió sus lápices y papeles y se dirigió hacia
la salida abriéndose paso entre un centenar de lingüistas,
filólogos, semiólogos, críticos estructuralistas y
desconstruccionistas, todos los cuales siguieron su garboso
desplazamiento con una admiración rayana en la
glosemática.



De pronto las diversas acuñaciones cerebrales adquirieron
vigencia fónica:



­¡Qué sintagma!



­¡Qué polisemia!



­¡Qué significante!



­¡Qué diacronía!



­¡Qué exemplar ceterorum!



­¡Qué Zungenspitze!



­¡Qué morfema!



La hermosa taquígrafa desfiló impertérrita y
adusta entre aquella selva de fonemas.



Sólo se la vio sonreír, halagada y tal vez vulnerable,
cuando el joven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró
casi en su oído: «Cosita linda».
677
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Los Candidatos

Por la avenida vienen
los candidatos

los candidatos a mosca blanca
a perengano a campeador
a talismán
a vicedéspota

los candidatos a pregonero
a rabdomante a chantapufi
a delator
a mascarón de proa

los candidatos a gran tribuno
a alabancero a estraperlista
a piel de judas
a tercer suplente

los candidatos a iracundito
a viejo verde a peor astilla
a punto muerto
a rey de bastos

por la avenida vienen
los candidatos

desde la acera
solo y deslumbrado
un candidato a candidato
avizora futuro
y se relame
842
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Habanera

Es preciso ponernos brevemente de acuerdo
aquí el buitre es un aura tiñosa y circulante
las olas humedecen los pies de las estatuas
y hay mulatas en todos los puntos cardinales

los autos van dejando tuercas en el camino,
los jóvenes son jóvenes de un modo irrefutable
aquí el amor transita sabroso y subversivo
y hay mulatas en todos los puntos cardinales.

Nada de eso es exceso de ron o de delirio
quizá una borrachera de cielo y flamboyanes
lo cierto es que esta noche el carnaval arrolla
y hay mulatas en todos los puntos cardinales.

Es preciso ponernos brevemente de acuerdo
esta ciudad ignora y sabe lo que hace.
Cultiva el imposible y exporta los veranos
y hay mulatas en todos los puntos cardinales.

Aquí flota el orgullo como una garza invicta,
nadie se queda fuera y todo el mundo es alguien.
El sol identifica relajos y candores
y hay mulatas en todos los puntos cardinales.

Como si Marx quisiera bailar el mozambique
o fueran abolidas todas las soledades.
La noche es un sencillo complot contra la muerte
y hay mulatas en todos los puntos cardinales.
931
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Los Formales Y El Frío

Mientras comían juntos y distantes y tensos
ella muy lentamente y él como ensimismado
hablaban con medida y doble parsimonia
de temas importantes y de algunos quebrantos

entonces como siempre o como casi siempre
el desvelo social condujo a la cultura
así que por la noche se fueron al teatro
sin tocarse un ojal ni siquiera una uña

su sonrisa la de ella
era como una oferta un anuncio un esbozo
su mirada la de él
iba tomando nota de cómo eran sus ojos

y como a la salida soplaba un aire frío
y unos dedos muy blancos indefensos y tristes
apenas asomaban por las sandalias de ella
no hubo más remedio que entrar en un boliche

y ya que el camarero se demoraba tanto
llegaron cautelosos hasta la confidencia
extra seca y sin hielo por favor y fumaron
y entre el humo el amor era un rostro en la niebla

en sus labios los de él
el silencio era espera la noticia era el frío
en su casa la de ella
halló café instantáneo y confianza y cobijo

una hora tan sólo de memoria y sondeos
hasta que sobrevino un silencio a dos voces
como cualquiera sabe en tales circunstancias
es arduo decir algo que realmente no sobre

él probó sólo falta
que me quede a dormir
y ella también probó y por
qué no te quedas
y él sin mirarla no me lo digas
dos veces
y ella en voz baja bueno y por qué
no te quedas

y sus labios los de él
se quedaron gustosos a besar sin usura
sus pies fríos los de ella
que eran sólo el comienzo de la noche desnuda

fueron investigando deshojando nombrando
proponiéndose metas preguntando a
los cuerpos
mientras la madrugada y los temas candentes
conciliaban el sueño que no durmieron ellos

quién hubiera previsto aquella tarde
que el amor ese célebre informal
se dedicara a ellos tan formales
771
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Pausa De Agosto

Madrid quedó vacía
sólo estamos los otros
y por eso
se siente la presencia de las plazas
los jardines y fuentes
los parques y glorietas

como siempre en verano
madrid se ha convertido
en una calma unánime
pero agradece nuestra permanencia
a contrapelo de los más

es un agosto de eclosión privada
sin mercaderes ni paraguas
sin comitivas ni mitines
en ningún otro mes del larguísimo año
existe enlace tan sutil
entre la poderosa
metrópoli
y nosotros pecadores afortunadamente
los árboles han vuelto a ser
protagonistas del aire gratuito
como antes
cuando los ecologistas
no eran todavía imprescindibles

también los pájaros disfrutan
ala batiente de una urbe
que inesperadamente se transforma
en vivible y volable

los madrileños han huido
a la montaña y a marbella
a ciudadela y benidorm
a formentor y tenerife

y nos entregan sin malicia
a los otros que ahora
por fin somos nosotros
un madrid sorprendente
casi vacante despejado
limpio de hollín y disponible
en él andamos como dueños
tercermundistas del arrobo
en solidarias pulcras avenidas
sudando con unción la gota gorda

el verano no es tiempo de fragor
sino de verde tregua

empalagados del rencor insomne
estamos como nunca
dispuestos a la paz

en el rato estival
la historia se detiene
y todos descubrimos una vida postiza
pero cuando el asueto se termine
volverán a sonar
las bocinas los gritos las sirenas los mueras y los vivas
bombas y zambombazos
y las dulces metódicas campanas
durante tres fecundas estaciones
nadie se acordará
de pájaros y árboles
1.207
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Referencias

Alguna vez en palma de mallorca
hallé en el borne dos filas de árboles
como las que hubo en un recodo
del viejo parque urbano

en la habana otra vez
pensé que el malecón
era como la rambla

en santa cruz de tenerife
hay una larga franja
como la de pocitos

la gente que camina en las calles de atenas
se asemeja a la nuestra
sólo que al mediodía

en helsinki si escucho cómo hablan
me parece lunfardopero nunca lo entiendo

el cielo de la noche blanca de leningrado
me recuerda mi cieloen tardes de tormenta

en buenos aires hay un barrio
flores
que puede confundirse con la aguada

el rastro madrileño
es una feria de tristán narvaja
sólo que gigantesca

ahora por fin
están aquí a mi alcance
parque rambla idioma firmamento
recodos calle feria esquinas

ya no preciso referencias
693
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Plaza San Martín

En este espacio cada uno es capaz
de zurcir sus vislumbres y tinieblas
árboles me rodean con sus patas de elefante
tengo un gong en las sienes memoriosas

en un banco como éste cubierto de ramitas
mi adolescencia aprendió a dostoievsky
y gracias a fernández moreno en chascomús
pensó el equivalente de anch'io son'pittore

tozudo como la cadencia de un molino
latigazo del aire desairado
sé del barro prolijo los segmentos
de cielo
las hojas muertas y el gemido o la brisa

no es un refugio pero da amparo
oasis ecológico con vista a la jornada
sin la miseria huésped en los lindes
pero con frisos de jactancia y humo

siempre me anima su propuesta de verdes
y la disfruto como si fuera un insomnio
de esos que transitan por los amores de la piel
proclive a tantas otras ceremonias

también me conforta su condición de isla
eco querellante del simulacro organizado
por fortuna libre de viejas simetrías
ya que sus canteros fingen otra retórica

lujo del pobre entre los opulentos galaxia de jubilados y niñeras
y seminaristas autoflagelados
que salen a respirar con los gorriones

siempre acudo a vos en peregrinación
plaza san martín de los pastitos elegantes
y de las muchachas que aprenden a besar
con los ojos cerrados como en el cine
734
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Eso Dicen

Eso dicen
que al cabo de diez años
todo ha cambiado
allá

dicen
que la avenida está sin árboles
y no soy quién para ponerlo en duda

¿acaso yo no estoy sin árboles
que según dicen
ya no están?
1.104
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Cotidiana Iii

Esta cotidiana no se apoya en ninguna mutación trascendente

hoy es tan sólo un viernes de poca monta

sin noticias o trazos demasiado malos

ni tampoco demasiado buenos funcionan normalmente

las endocrinas y los semáforos

las pompas fúnebres y las de jabón

unos llegan berreando otros parten silentes

otros más se aprontan a llegar o a partir

en líneas generales el pronóstico del tiempo

acierta por fin con las turbonadas

y es justo subrayar que hoy ha logrado

truenos corroborantes

esta cotidiana es tan sólo costumbr

apenas un viernes de pobre vestimenta

pero aquí se levantan las casas del hombre

a veces existen con un ruido infernal

y otras veces duermen en silencio amoroso

sólo interrumpido por crujiditos

que pueden ser jadeos conyugales

o también calambres de la madera

sin embargo allí crecen el trabajo y la muerte

el vientre rebosante de futuro

y el viejo que no puede con sus huesos

entran por las persianas tataguas y mosquitos

y hay un latido general que es la vida

sólo rutina y sin embargo

las manos besan

los ojos palpan

los labios ven

nosotros

es decir nuestros otros

venimos

vienen

a explorar la memoria milagrosa y austera

no hay tiempo que perder

más bien hay mucho tiempo que ganar

mientras atisbo con audacia y cautela

por entre mis dedos más o menos fogueados

y veo que entre vestigios tristes y rutinarios

nacen flores de rutinario regocijo

tan sólo hábito y querencia

el enjambre adolescente se encamina a sus clásicos manantiales

pero antes de llegar se cruza con los veteranos que regresan

y los árboles ya no saben qué hacer con las preguntas

tan sólo práctica y costumbre

y de vez en cuando un salto de prodigio

en el que algunos se desnucan y otros cambian el mundo

y con las nucas rotas y las glorias que alumbran

con mártires de un día y visionarios de medio siglo

se va armando la historia como un sueño portátil

la rutina es después de todo una crisálida

una comarca de posibilidades e imposibles

de la costumbre puede estallar lo insólito

del hábito el deshábito

por eso este viernes de opaca textura

es casi un campamento de recuerdos

un filtro de presagios

uno de los confines del futuro

tallo ritual de lo ordinario

y también bulbo de lo extraordinario

sabemos algo de lo que está muriendo

pero muy poco de lo que empieza a ser

este viernes turbio durante el cual se gestan

sórdidas guerras frías y escaramuzas ígneas

mientras el consumismo se dedica a llenar

nuestras necesidades más innecesarias

el lujo escupe dádivas sobre la miseria

y a veces la miseria escupe metralla

esta jornada sin toque de campanas

sin titulares a ocho columnas

ni aguaceros radioactivos

sin naufragios ideológicos

ni exorcismos generacionales

lleva en sí misma el triunfo y el desastre

y la infinitesimal responsabilidad que nos toca

de una disyuntiva a nivel de universo

resulta sin embargo abrumadora

así de esta rutina vulnerable

de esta costumbre de inclemencia y cielo

de este hábito propenso a la aventura

de esta querencia con señales de humo

debemos elegir o tan sólo inventar

un largo paso desacostumbrado

una limpia e intrépida zancada

una rampa que no lleve al abismo

un envión que tumbe las derrotas

un trampolín que nos lance a mañana

aunque allí nos espere otra ruina

otra vida común

otra crisálida.
767
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Vaya Uno A Saber

Amiga
la calle de sol tempranero
se transforma de pronto
en atajo bordeado de
muros vegetales
el rascacielos da la visión despiadada
de un acantilado de poder
los colectivos pasan raudos
como benignos rinocerontes
y en un remoto bastidor de cielo
las nubes son sencillamente nubes

la muchacha cargada de paquetes
es una hormiga
demasiado obvia
y en consecuencia la descarto
pero el lisiado de noble rostro
ése sí avanza como un cangrejo
la monjita joven de mejillas ardientes
crece como un hongo sin permiso
el hollín va siendo lentamente rocío
y el olor a petróleo se convierte en jazmín

y todo eso por qué
sencillamente porque
en la primera línea
pensé en vos
amiga
628
Mario Benedetti

Mario Benedetti

A La Izquierda Del Roble

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico es un parque dormido
en el que uno puede sentirse árbol o prójimo
siempre y cuando se cumpla un requisito previo.
Que la ciudad exista tranquilamente lejos.

El secreto es apoyarse digamos en un tronco
y oír a través del aire que admite ruidos muertos
como en Millán y Reyes galopan los tranvías.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico siempre ha tenido
una agradable propensión a los sueños,
a que los insectos suban por las piernas
y la melancolía baje por los brazos
hasta que uno cierra los puños y la atrapa.

Después de todo el secreto es mirar hacia arriba
y ver cómo las nubes se disputan las copas
y ver cómo los nidos se disputan los pájaros.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
ah pero las parejas que huyen al Botánico
ya desciendan de un taxi o bajen de una nube
hablan por lo común de temas importantes
y se miran fanáticamente a los ojos
como si el amor fuera un brevísimo túnel
y ellos se contemplaran por dentro de ese amor.

Aquellos dos por ejemplo a la izquierda del roble
(también podría llamarlo almendro o araucaria
gracias a mis lagunas sobre Pan y Linneo)
hablan y por lo visto las palabras
se quedan conmovidas a mirarlos
ya que a mí no me llegan ni siquiera los ecos.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero es lindísimo imaginar qué dicen
sobre todo si él muerde una ramita
y ella deja un zapato sobre el césped
sobre todo si él tiene los huesos tristes
y ella quiere sonreír pero no puede.

Para mí que el muchacho está diciendo
lo que se dice a veces en el Jardín Botánico.
Ayer llegó el otoño
el sol de otoño
y me sentí feliz
como hace mucho
qué linda estás
te quiero
en mi sueño
de noche
se escuchan las bocinas
el viento sobre el mar
y sin embargo aquello
también es el silencio
mírame así
te quiero
yo trabajo con ganas
hago números
fichas
discuto con cretinos
me distraigo y blasfemo
dame tu mano
ahora
ya lo sabés
te quiero
pienso a veces en Dios
bueno no tantas veces
no me gusta robar
su tiempo
y además está lejos
vos estás a mi lado
ahora mismo estoy triste
estoy triste y te quiero
ya pasarán las horas
la calle como un río
los árboles que ayudan
el cielo
los amigos
y qué suerte
te quiero
hace mucho era niño
hace mucho y qué importa
el azar era simple
como entrar en tus ojos
dejame entrar
te quiero
menos mal que te quiero.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero puede ocurrir que de pronto uno advierta
que en realidad se trata de algo más desolado
uno de esos amores de tántalo y azar
que Dios no admite porque tiene celos.

Fíjense que él acusa con ternura
y ella se apoya contra la corteza
fíjense que él va tildando recuerdos
y ella se consterna misteriosamente.

Para mí que el muchacho está diciendo
lo que se dice a veces en el Jardín Botánico.
Vos lo dijiste
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto
sólo de a ratos parecía
que iba a vivir
que iba a vencernos
pero los dos fuimos tan fuertes
que lo dejamos sin su sangre
sin su futuro
sin su cielo
un niño muerto
sólo eso
maravilloso y condenado
quizá tuviera una sonrisa
como la tuya
dulce y honda
quizá tuviera un alma triste
como mi alma
poca cosa
quizá aprendiera con el tiempo
a desplegarse
a usar el mundo
pero los niños que así vienen
muertos de amor
muertos de miedo
tienen tan grande el corazón
que se destruyen sin saberlo
vos lo dijiste
nuestro amor
fue desde siempre un niño muerto
y qué verdad dura y sin sombra
qué verdad fácil y qué pena
yo imaginaba que era un niño
y era tan sólo un niño muerto
ahora qué queda
sólo queda
medir la fe y que recordemos
lo que pudimos haber sido
para él
que no pudo ser nuestro
qué más
acaso cuando llegue
un veintitrés de abril y abismo
vos donde estés
llevale flores
que yo también iré contigo.
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero el Jardín Botánico es un parque dormido
que sólo despierta con la lluvia.

Ahora la última nube ha resuelto quedarse
y nos está mojando como alegres mendigos.

El secreto está en correr con precauciones
a fin de no matar ningún escarabajo
y no pisar los hongos que aprovechan
para nadar desesperadamente.

Sin prevenciones me doy vuelta y siguen
aquellos dos a la izquierda del roble
eternos y escondidos en la lluvia
diciéndose quién sabe qué silencios.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
pero cuando la lluvia cae sobre el Botánico
aquí se quedan sólo los fantasmas.

Ustedes pueden irse.
Yo me quedo.
889
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Cumpleaños En Manhattan

Todos caminan
yo también camino

es lunes y venimos con la saliva amarga
mejor dicho
son ellos los que vienen

a la sombra de no sé cuántos pisos
millones de mandíbulas
que mastican su goma
sin embargo son gente de este mundo
con todo un corazón bajo el chaleco

hace treinta y nueve años
yo no estaba
tan solo y tan rodeado
ni podía mirar a las queridas
de los innumerables ex-sargentos
de ex-sargentísimo Batista
que hoy sacan a mear
sus perros de abolengo
en las esquinas de la democracia
hace treinta y nueve años
allá abajo
más debajo de lo que hoy se conoce
como Fidel Castro o como Brasilia
abrí los ojos y cantaba un gallo
tiene que haber cantado
necesito
un gallo que le cante al Empire State Building
con toda su pasión
y la esperanza
de parecer iguales
o de serlo

todos caminan
yo también camino
a veces me detengo
ellos no
no podrían

respiro y me siento
respirar
eso es bueno
tengo sed y me cuesta
diez centavos de dólar
otro jugo de fruta
con gusto a Guatemala

este cumpleaños
no es
mi verdadero
porque este alrededor
no es
mi verdadero
los cumpliré más tarde
en febrero o en marzo
con los ojos que siempre me miraron
las palabras que siempre me dijeron
con un cielo de ayer sobre mis hombros
y el corazón deshilachado y terco
los cumpliré más tarde
o no los cumplo
pero éste no es mi verdadero

todos caminan
yo también camino
y cada dos zancadas poderosas
doy un modesto paso melancólico

entonces los becarios colombianos
y los taximetristas andaluces
y los napolitanos que venden pizza y cantan
y el mexicano que aprendió a mascar chicles
y el brasileño de insolente fotómetro
y la chilena con su amante gringo
y los puertorriqueños que pasean
su belicosos miedo colectivo
miran y reconocen mi renguera
y ellos también se aflojan un momento
y dan un solo paso melancólico
como los autos de la misma marca
que se hacen una seña con las luces

nunca estuvo tan lejos
ese cielo
nunca estuvo tan lejos
y tan chico
un triángulo isósceles nublado
que ni siquiera es una nube entera

tengo unas ganas cursis
dolorosas
de ver algo de mar
de sentir como llueve en Andes y Colonia
de oír a mi mujer diciendo cualquier cosa
de escuchar las bocinas
y de putear con eco
de conseguir un tango
un pedazo de tango
tocado por cualquiera
que no sea Kostelanetz

pero también es bueno
sentir alguna vez un poco de ternura
hacia este chorro enorme
poderoso
indefenso
de humanidad dócilmente apurada
con la cruz del confort sobre su frente
un poco de imprevista ternura sin raíces
digamos por ejemplo hacia una madre equis
que ayer en el zoológico de Central Park
le decía a su niño con preciosa nostalgia
look Johnny this is a cow
porque claro
no hay vacas entre los rascacielos

y otro poco de fe
que es mi único folklore
para agitar como un pañuelo blanco
cuando pasen o simplemente canten
las tres clases de seres más vivos de este Norte
quiero decir los negros
las negras
los negritos

todos caminan
pero yo
me he sentado
un yanqui de doce años me lustra los zapatos
él no sabe que hoy es mi cumpleaños
ni siquiera que no es mi verdadero
por mi costado pasan todos ellos
aaso yo podría ser un dios provisorio
que contemplara inerme su rebaño
o podría ser un héroe más provisorio aún
y disfrutar mis trece minutos estatuarios

pero todo está claro
y es más dulce
más útil
sobre todo más dulce
reconocer que el tiempo está pasando
que está pasando el tiempo y hace ruido
y sentirse de una vez para siempre
olvidado y tranquilo
como un cero a la izquierda.
804
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Dactilógrafo

Montevideo quince de noviembre
de mil novecientos cincuenta y cinco
Montevideo era verde en mi infancia
absolutamente vrede y con travías
muy señor nuestro por la presente
yo tuve un libro del que podía leer
veinticinco centímetros por noche
y después del libro del que podía leer
y yo quería pensar en cómo sería eso
de no ser de caer como piedra en un pozo
comunicamos a usted que en esta fecha
hemos efectuado por su cuenta
quién era ah sí mi madre se acercaba
y prendía la luz y no te asustes
y después la apagaba antes que no durmiera
el pago de trescientos doce pesos
a la firma Menéndez & Solari
y sólo veía sombras como caballos
y elefantes y monstruos casi hombres
y sin embargo aquello era mejor
que pensarme sin la savia del miedo
desaparecido como se acostumbra
en un todo de acuerdo con sus órdenes
de fecha siete del correinte
eran tan diferente era verde
absolutamnte verde y con tranvís
y qué optimismo tener la ventanilla
sentirse dueño de la calle que baja
lugar con los números de las puertas cerradas
y apostar consigo mismo en términos severos
rogámosle acusar recibo lo ante posible
si terminaba en cuatro o trece o diecisiete
era que iba a reír o a perder o a morirme
de esta comunicación a fin de que podamos
y hacerme tan sólo una trampa por cuadra
registrarlo en su cuenta corriente
absolutamente verde y con travías
y el Prado con caminos de hojas secas
y el olor a eucaliptus y a temprano
saludamos a usted atentamente
y desde allí los años y quié sabe.
1.090
Mario Benedetti

Mario Benedetti

Elegir Mi Paisaje

Si pudiera elegir mi paisaje
de cosas memorables, mi paisaje
de otoño desolado,
elegiría, robaría esta calle
que es anterior a mí y a todos.

Ella devuelve mi mirada inservible,
la de hace apenas quince o veinte años
cuando la casa verde envenenaba el ciclo.
Por eso es cruel dejarla recién atardecida
con tantos balcones como nidos a solas
y tantos pasos como nunca esperados.

Aquí estarán siempre, aquí, los enemigos,
los espías aleves de la soledad,
las piernas de mujer que arrastran a mis ojos
lejos de la ecuación de dos incógnitas.
Aquí hay pájaros, lluvia, alguna muerte,
hojas secas, bocinas y nombres desolados,
nubes que van creciendo en mi ventana
mientras la humedad trae larnentos y moscas.

Sin embargo existe también el pasado
con sus súbitas rosas y modestos escándalos
con sus duros sonidos de una ansiedad cualquiera
y su insignificante comezón de recuerdos.

Ah si pudiera elegir mi paisaje
elegiría, robaría esta calle,
esta calle recién atardecida
en la que encarnizadamente revivo
y de la que sé con estricta nostalgia
el número y el nombre de sus setenta árboles.
1.024
Lope de Vega

Lope de Vega

Hermosas Alamedas

Hermosas alamedas
deste prado florido
por donde entrar el sol pretende en vano;
fuentes puras y ledas,
que con manso rüido
a las aves lleváis el canto llano;
monte de nieve cano,
a quien te mira plata,
hasta que el sol en agua te desata;

con diferentes ojos
os miran mis cuidados,
pareciéndome espejos diferentes,
pues veo los enojos
de los tiempos pasados,
para llorar que los perdí presentes;
montes, árboles, fuentes,
estadme un rato atentos;
veréis que he puesto en paz mis pensamientos.

En gran lugar se puso,
¡oh, santas soledades!,
quien goza el bien que vuestro campo encierra
y libre del confuso
rumor de las ciudades,
es dueño de sí mismo en poca tierra,
adonde ni la guerra
sus paces interrompe,
ni ajeno yugo su silencio rompe.

Ni por oficio grave
que el más indigno tenga,
la envidia o lisonja le lastima,
ni espera que la nave
del indio a España venga
preñada del metal que el mundo estima:
ya el duro mar la oprima,
o ya segura quede,
ni le puede quitar, ni darle puede.

Ni amor con blando sueño
de imaginar süave
al suyo dio solícitos desvelos,
ni adora tierno dueño,
ni se queja del grave,
ni sus méritos puso contra celos;
que si a los mismos cielos
no toca el señorío,
¿por qué ha de ser esclavo el albedrío?

Agradecida mira
la planta, que a su mano,
porque la puso, le rindió tributo;
y contento, se admira
de ver que el cortesano
de tantas esperanzas pierda el fruto;
que no hay rey absoluto
como el que por sus leyes
conoce desde lejos a los reyes.

Siempre el hombre discreto
donde el poder alcanza
el apariencia del vivir limita;
dichoso el que este efeto
ha dado a su esperanza,
y del caer las ocasiones quita;
si en la tierra que habita
los ojos pone atentos,
aun no pasa de allí los pensamientos.

Quien no sirve ni ama,
ni teme ni desea,
ni pide ni aconseja al poderoso,
y con honesta fama
en su aumento se emplea,
sólo puede llamarse venturoso.
¡Oh mil veces dichoso
quien no tiene enemigo
y todos le codician por amigo!
404
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

De Madrid

Nilo no sufre márgenes, ni muros
Madrid, oh peregrino, tú que pasas,
Que a su menor inundación de casas
Ni aun los campos del Tajo están seguros.

Émula la verán siglos futuros
De Menfis no, que el término le tasas;
Del tiempo sí, que sus profundas basas
No son en vano pedernales duros.

Dosel de reyes, de sus hijos cuna
Ha sido y es; zodíaco luciente
De la beldad, teatro de Fortuna.

La invidia aquí su venenoso diente
Cebar suele, a privanzas importuna.
Camina en paz, refiérelo a tu gente.
316
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

De Chinches Y De Mulas Voy Comido,

De chinches y de mulas voy comido,
Las unas culpa de una cama vieja,
Las otras de un Señor que me las deja
Veinte días y más, y se ha partido.

De vos, madera anciana, me despido,
Miembros de algún navío de vendeja,
Patria común de la nación bermeja,
Que un mes sin deudo de mi sangre ha sido.

Venid, mulas, con cuyos pies me ha dado
Tal coz el que quizá tendrá mancilla
De ver que me coméis el otro lado.

A Dios, Corte envainada en una villa,
A Dios, toril de los que has sido prado,
Que en mi rincón me espera una morcilla.
288
Luis Cañizal de la Fuente

Luis Cañizal de la Fuente

Condeixa-a-velha

Mil novecientos era en todo el mundo
una coimbra-oído medio del durmiente
a cuyo margen se alejaba un coche,
comiendo, enamorado,
las hojas de morera del silencio.
695
Luis Cañizal de la Fuente

Luis Cañizal de la Fuente

Ave De Paso

“No soy yo ni el otro soy,

sino ¨ alguien intermedio:

pilar del puente de tedio

que va del ayer al hoy”.
(Enmienda de plana a Mário de Sá-Carneiro.)


(He soñado que era otro

más joven y más alegre,

descubridor de amigos de ronco pico de pato,

perdedor de papeles y de tiempo,

comedor de hortalizas a la noche de juerga

y encontrador de hermanos no perdidos.

Pero con la mañana

paso a ser una campa de feria

desierta en un rincón de Portugal:

van cayendo las horas

y justifican mi razón de ser,

una tras otra, mantas,

caballitos, ronquera de reyertas,

tendidos de cerámica, zapatos,

humo de hogueras, voces de pregones,

tropezones

de compradores torpes contra vientos tensos

de tendejones de campaña, imprecaciones

y miradas al cielo de tormenta.

Nunca estuve más lleno y habitado

de gente ajena a mí. De pájaros de cuenta.)


Estremoz, 10 de abril ´98.

767
Luis Cañizal de la Fuente

Luis Cañizal de la Fuente

Tocan El Clave Con El Carrick Puesto

Y parados en pie. Tocan el clave
como el que elige con sonrisa y manos entre
la vasta gama de la pesebrera.
Lo que escogen es prisma de anisados,
lascivo desperezo
de humo azul en pijama,
niebla constituida
y olor de lumbre abril.

Mientras tanto, ya el clave
rompe a trotar haciendo trenzas de agua,
remolinos minúsculos,
cantos ensimismados, como si no fueran
los hombres de Estremoz los que consiguen
que se ponga talar hasta las barbas,
a semejanza de ellos
y de ciertos envueltos de tabaco
para insistir revolcándose en los graves.
Salen transfigurados del café:
campaneando como cruz alzada
y embarrancados en la culpa, al tiempo
que redimidos de ella. No sé si me explico.
Todo por obra y gracia
de unas hidroterapias al clave bien tostado.
Salen al implacable frío de las placetonas
anegadas de niebla,
y no saben si han muerto en una de ésas
y andan vagando por el trascastillo
como por el alfoz helado de la muerte.
Todo por obra y gracia
de un café al autoclave tomado en Estremoz
un lunes de Pasión.

Segunda feira,
onze de abril de mil e novecentos
e setenta e seis.
641
Luis Cañizal de la Fuente

Luis Cañizal de la Fuente

Carrer Del Pou Dolç

Alegre y errabundo
sales de pozos lóbregos,
entras
al pañuelo del aire,
que te torea, muy considerado,
con flámula de seda
ligeramente húmeda.
Y cuando lo respiras, cuando embistes
hacia adentro, bebiendo
su sabor a placenta, a plaza lenta,
a pureza corrupta,
percibes que es verdad, que ahí está
el toro ensabanado de la mar,
sus delicados dedos sudorosos
y su toque en la sien.
Por la noche se encorva, se doblega
a entrar en la caverna de mi olfato
(o convertido en cuervo
da un apretón jovial de pico y ala
a mi torso, a mi pecho, y un mantazo
de talante torero tolerante
a mis pulmones) muy bienhumorado.
Torero del calor aceitunado
de la noche y la mar en Barcelona.
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