Hijos
Gabriela Mistral
Con Tal Que Te Duermas
cogida ayer;
el fuego y la canela
que llaman clavel;
el pan horneado
de anís con miel,
y el pez de la redoma
que la hace arder:
todito tuyo
hijito de mujer,
con tal que quieras
dormirte de una vez.
La rosa, digo:
digo el clavel.
La fruta, digo,
y digo que la miel;
y el pez de luces
y más y más también,
¡con tal que duermas
hasta el amanecer!
Gabriela Mistral
La Noche
el ocaso no arde más:
no hay más brillo que el rocío,
más blancura que mi faz.
Por que duermas, hijo mío,
el camino enmudeció:
nadie gime sino el río;
nada existe sino yo.
Se anegó de niebla el llano.
Se encongió el suspiro azul.
Se ha posado como mano
sobre el mundo la quietud.
Yo no sólo fui meciendo
a mi niño en mi cantar:
a la Tierra iba durmiendo
el vaivén del acunar...
Gabriela Mistral
Apegado A Mí
que en mi entraña yo tejí,
velloncito friolento,
¡duérmete apegado a mí!
La perdiz duerme en el trébol
escuchándole latir:
no te turben mis alientos,
¡duérmete apegado a mí!
Hierbecita temblorosa
asombrada de vivir,
no te sueltes de mi pecho:
¡duérmete apegado a mí!
Yo que todo lo he perdido
ahora tiemblo de dormir.
No resbales de mi brazo:
¡duérmete apegado a mí!
Gabriela Mistral
La Tierra Y La Mujer
y despierto está mi niño,
por encima de su cara,
todo es un hacerse guiños.
Guiños le hace la alameda
con sus dedos amarillos,
y tras de ella vienen nubes
en piruetas de cabritos...
La cigarra, al mediodía,
con el frote le hace guiño,
y la maña de la brisa
guiña con su pañalito.
Al venir la noche hace
guiño socarrón el grillo,
y en saliendo las estrellas,
me le harán sus santos guiños...
Yo le digo a la otra Madre,
a la llena de caminos:
"¡Haz que duerma tu pequeño
para que se duerma el mío!".
Y la muy consentidora,
la rayada de caminos,
me contesta: «¡Duerme al tuyo
para que se duerma el mío!».
Gabriela Mistral
Poema Del Hijo
y mío, allá en los días del éxtasis ardiente,
en los que hasta mis huesos temblaron de tu arrullo
y un ancho resplandor creció sobre mi frente.
Decía: ¡un hijo!, como el árbol conmovido
de primavera alarga sus yemas hacia el cielo.
¡Un hijo con los ojos de Cristo engrandecidos,
la frente de estupor y los labios de anhelo!
Sus brazos en guirnalda a mi cuello trenzados;
el río de mi vida bajando a él, fecundo,
y mis entrañas como perfume derramado
ungiendo con su marcha las colinas del mundo.
Al cruzar una madre grávida, la miramos
con los labios convulsos y los ojos de ruego,
cuando en las multitudes con nuestro amor pasamos.
¡Y un niño de ojos dulces nos dejó como ciegos!
En las noches, insomne de dicha y de visiones,
la lujuria de fuego no descendió a mi lecho.
Para el que nacería vestido de canciones
yo extendía mi brazo, yo ahuecaba mi pecho...
El sol no parecíame, para bañarlo, intenso;
mirándome, yo odiaba, por toscas, mis rodillas;
mi corazón, confuso, temblaba al don inmenso;
¡y un llanto de humildad regaba mis mejillas!
Y no temí a la muerte, disgregadora impura;
los ojos de él libraron los tuyos de la nada,
y a la mañana espléndida o a la luz insegura
yo hubiera caminado bajo de esa mirada...
Evaristo Carriego
La Silla Que Ahora Nadie Ocupa
se halla abstraído el padre desde hace rato:
pocos momentos hace que rechazó el plato
del cual apenas quiso probar la sopa.
De tiempo en tiempo, casi furtivamente,
llega en silencio alguna que otra mirada
hasta la vieja silla desocupada
que alguien, de olvidadizo, colocó enfrente.
Y, mientras se ensombrecen todas las caras,
cesa de pronto el ruido de las cucharas
porque insistentemente, como empujado
por esa idea fija que no se va,
el menor de los hijos ha preguntado
cuándo será el regreso de la mamá.
Evaristo Carriego
Vulgar Sinfonía
A Doña Leonor Acevedo de Borges
Como las extraordinarias
pero irreales doncellas
que vieron en las estrellas
las hostias imaginarias
de sus noches visionarias,
así tus blancas patenas
quedarán tan sólo llenas
de tu gesto de mujer,
porque hoy no podría hacer
de segador de azucenas.
Y bien puedo adivinar
pese a una amable indulgencia
bajo tu leve elocuencia,
que, en la décima vulgar
que aquí me atrevo a dejar,
tu gentil alma de Francia
no ha de aplaudir la arrogancia
de diez bravos caballeros
que conversan prisioneros
en una lírica estancia.
Pero si no hay madrigal
de antigua delicadeza,
sobre mi pobre rudeza
tengo una rosa augural:
que ya es flor espiritual
pues son mis votos ahora,
que eternamente, señora,
vivas la olímpica gesta
del ensueño, de la fiesta,
de los lirios, de la aurora.
Y que tu hijo, el niño aquél
de tu orgullo, que ya empieza
a sentir en la cabeza
breves ansias de laurel,
vaya, siguiendo la fiel
ala de la ensoñación,
de una nueva anunciación
a continuar la vendimia
que dará la uva eximia
del vino de la Canción.
Efraín Huerta
Pequeñas Palabras Al Pequeño David
los árboles y las banderas triunfales,
los pájaros y los ríos del pueblo,
las ágiles canciones del pionero,
las películas a colores y las fotografías.
Ludmila te sonríe desde el fondo
de su impecable belleza de soberbia señora.
Marina y Boris, Leonid Kosmatov,
Tania y Susana me preguntan por tus ojos.
Y yo les digo que miren al cielo
y solamente escuchen
metales y maderas del heraldo del día
y a todas horas de la ciudad sin horas.
Te da la mano la estrella roja
en el jardín que sueña con la estrella
que es la madre de todas las estrellas.
Te cubre de besos el alto surtidor
y los puentes se inclinan a mi paso
que es tu paso de pequeño gigante,
de capitán que duerme su milagro
de haber nacido al día bajo una tarde.
Te saludan los negros ferrocarriles
y los anchos aviones, y la paloma de la paz
se acoge a tu presencia de varón
que acaba de llegar del otro territorio.
César Vallejo
Lánguidamente Su Licor
ordenó nuestro ingreso a la escuela. Cura de amor, una tarde
lluviosa de febrero, mamá servía en la cocina el yantar
de oración. En el corredor de abajo, estaban sentados a la mesa
mi padre y mis hermanos mayores. Y mi madre iba sentada al pie del
mismo fuego del hogar. Tocaron a la puerta.
Tocan a la puerta! mi madre.
Tocan a la puerta! mi propia madre.
Tocan a la puerta! dijo toda mi madre, tocándose las
entrañas a trastes infinitos, sobre toda la altura de quien
viene.
Anda, Nativa, la hija, a ver quien viene.
Y, sin esperar la venia maternal, fuera Miguel, el hijo, quien
Salió a ver quién venia así, oponiéndose a
lo ancho de nosotros.
Un tiempo de rúa contuvo a mi familia. Mama Salió,
avanzando inversamente y como si hubiera dicho: las partes. Se hizo
patio afuera. Nativa lloraba de una tal visita, de un tal patio y de la
mano de mi madre. Entonces y cuando, dolor y paladar techaron nuestras
frentes.
Porque no le deje que saliese a la puerta, Nativa, la hija, me ha
echado Miguel al pavo. A su pavo.
¡Qué diestra de subprefecto, la diestra del padre,
revelando, el hombre, las falanjas filiales del niño!
Podía así otorgarle las venturas que el hombre deseara
más tarde. Sin embargo:
Y mañana, a la escuela, disertó magistralmente el
padre, ante el público semanal de sus hijos.
Y tal, la ley, la causa de la ley. Y tal también la vida.
Mamá debió llorar, gimiendo a penas la madre. Ya nadie
quiso comer. En los labios del padre cupo, para salir
rompiéndose, una fina cuchara que conozco. En las fraternas
bocas, la absorta amargura del hijo, quedó atravesada.
Mas, luego, de improviso, Salió de un albañal de aguas
llovedizas y de aquel mismo patio de la visita mala, una gallina, no
ajena ni ponedora, sino brutal y negra. Cloqueaba en mi garganta. Fue
una gallina vieja, maternalmente viuda de unos pollos que no llegaron a
incubarse. Origen olvidado de ese instante, la gallina era viuda de sus
hijos. Fueron hallados vacíos todos los huevos. La clueca
después tuvo el verbo.
Nadie la espantó. Y de espantarla, nadie dejó arrullarse
por su gran calofrío maternal.
¿Dónde están los hijos de la gallina vieja?
¿Dónde están los pollos de la gallina vieja?
¡Pobrecitos! ¡Dónde estarían!
César Vallejo
Los Pasos Lejanos
figura un apacible corazón;
está ahora tan dulce...
si hay algo en él de amargo, seré yo.
Hay soledad en el hogar; se reza;
y no hay noticias de los hijos hoy.
Mi padre se despierta, ausculta
la huida a Egipto, el restañante adiós.
Está ahora tan cerca;
si hay algo en él de lejos, seré yo.
Y mi madre pasea allá en los huertos,
saboreando un sabor ya sin sabor.
Está ahora tan suave,
tan ala, tan salida, tan amor.
Hay soledad en el hogar sin bulla,
sin noticias, sin verde, sin niñez.
Y si hay algo quebrado en esta tarde,
y que baja y que cruje,
son dos viejos caminos blancos, curvos.
Por ellos va mi corazón a pie.
Carmen Conde
Parto De La Muerte Otra
quiero que vayas delante
de mis pasos por la tierra,
que, aunque pequeña, es muy grande.
Aquí estás acompañada
con mi presencia diaria,
pero huérfana de ti
yo sería, si quedaras.
Por esto quiero que andes,
pasito a pasito paso,
delante y siempre delante,
sin prisas y sin descanso.
Así, cuando yo me asome
al otro lado de aquí,
estarás tú preparada
para volverme a parir.
Antonio Machado
Pascua De Resurrección
el iris sobre el campo que verdea.
Buscad vuestros amores, doncellitas,
donde brota la fuente de la piedra.
En donde el agua ríe y sueña y pasa,
allí el romance del amor se cuenta.
¿No han de mirar un día, en vuestros brazos,
atónitos, el sol de primavera,
ojos que vienen a la luz cerrados,
y que al partirse de la vida ciegan?
¿No beberán un día en vuestros senos
los que mañana labrarán la tierra?
¡Oh, celebrad este domingo claro,
madrecitas en flor, vuestras entrañas nuevas!.
Gozad esta sonrisa de vuestra ruda madre.
Ya sus hermosos nidos habitan las cigüeñas,
y escriben en las torres sus blancos garabatos.
Como esmeraldas lucen los musgos de las peñas.
Entre los robles muerden
los negros toros la menuda hierba,
y el pastor que apacienta los merinos
su pardo sayo en la montaña deja.
Ramón López Velarde