Poemas en este tema

Rabia e Indignación

Luis Cernuda

Luis Cernuda

Limbo

LIMBO



A Octavio Paz


La plaza sola (gris el aire,

negros los árboles, la tierra

manchada por la nieve),

parecía, no realidad, mas copia

triste sin realidad. Entonces,

ante el umbral, dijiste:

viviendo aquí serías

fantasma de ti mismo.

Inhóspita en su adorno

parsimonioso, porcelanas, bronces,

muebles chinos, la casa

oscura toda era,

pálidas sus ventanas sobre el río,

y el color se escondía

en un retablo español, en un lienzo

francés, su brío amedrentado.

Entre aquellos despojos,

proyecto, el dueño estaba

sentado junto a su retrato

por artista a la moda en años idos,

imagen fatua y fácil

del dilettante, divertido entonces

comprando lo que una fe creara

en otro tiempo y otra tierra.

Allí con sus iguales,

damas imperativas bajo sus afeites,

caballeros seguros de sí mismos,

rito social cumplía,

y entre el diálogo moroso,

tú oyendo alguien me dijo: "Me ofrecieron

la primera edición de un poeta raro,

y la he comprado", tu emoción callaste.

Así, pensabas, el poeta

vive para esto, para esto

noches y días amargos, sin ayuda

de nadie, en la contienda

adonde, como el fénix, muere y nace,

para que años después, siglos

después, obtenga al fin el displicente

favor de un grande en este mundo.

Su vida ya puede excusarse,

porque ha muerto del todo;

su trabajo ahora cuenta,

domesticado para el mundo de ellos,

como otro objeto vano,

otro ornamento inútil;

y tú cobarde, mudo

te despediste ahí, como el que asiente,

más allá de la muerte, a la injusticia.

Mejor la destrucción, el fuego.


867
Luis Cernuda

Luis Cernuda

A Un Poeta Muerto (f g l )

Así como en la roca nunca vemos
La clara flor abrirse,
Entre un pueblo hosco y duro
No brilla hermosamente
El fresco y alto ornato de la vida.
Por esto te mataron, porque eras
Verdor en nuestra tierra árida
Y azul en nuestro oscuro aire.

Leve es la parte de la vida
Que como dioses rescatan los poetas.
El odio y destrucción perduran siempre
Sordamente en la entraña
Toda hiel sempiterna del español terrible,
Que acecha lo cimero
Con su piedra en la mano.

Triste sino nacer
Con algún don ilustre
Aquí, donde los hombres
En su miseria sólo saben
El insulto, la mofa, el recelo profundo
Ante aquel que ilumina las palabras opacas
Por el oculto fuego originario.

La sal de nuestro mundo eras,
Vivo estabas como un rayo de sol,
Y ya es tan sólo tu recuerdo
Quien yerra y pasa, acariciando
El muro de los cuerpos
Con el dejo de las adormideras
Que nuestros predecesores ingirieron
A orillas del olvido.

Si tu ángel acude a la memoria,
Sombras son estos hombres
Que aún palpitan tras las malezas de la tierra;
La muerte se diría
Más viva que la vida
Porque tú estás con ella,
Pasado el arco de tu vasto imperio,
Poblándola de pájaros y hojas
Con tu gracia y tu juventud incomparables.

Aquí la primavera luce ahora.
Mira los radiantes mancebos
Que vivo tanto amaste
Efímeros pasar junto al fulgor del mar.
Desnudos cuerpos bellos que se llevan
Tras de sí los deseos
Con su exquisita forma, y sólo encierran
Amargo zumo, que no alberga su espíritu
Un destello de amor ni de alto pensamiento.

Igual todo prosigue,
Como entonces, tan mágico,
Que parece imposible
La sombra en que has caído.
Mas un inmenso afán oculto advierte
Que su ignoto aguijón tan sólo puede
Aplacarse en nosotros con la muerte,
Como el afán del agua,
A quien no basta esculpirse en las olas,
Sino perderse anónima
En los limbos del mar.

Pero antes no sabías
La realidad más honda de este mundo:
El odio, el triste odio de los hombres,
Que en ti señalar quiso
Por el acero horrible su victoria,
Con tu angustia postrera
Bajo la luz tranquila de Granada,
Distante entre cipreses y laureles,
Y entre tus propias gentes
Y por las mismas manos
Que un día servilmente te halagaran.

Para el poeta la muerte es la victoria;
Un viento demoníaco le impulsa por la vida,
Y si una fuerza ciega
Sin comprensión de amor
Transforma por un crimen
A ti, cantor, en héroe,
Contempla en cambio, hermano,
Cómo entre la tristeza y el desdén
Un poder más magnánimo permite a tus amigos
En un rincón pudrirse libremente.

Tenga tu sombra paz,
Busque otros valles,
Un río donde del viento
Se lleve los sonidos entre juncos
Y lirios y el encanto
Tan viejo de las aguas elocuentes,
En donde el eco como la gloria humana ruede,
Como ella de remoto,
Ajeno como ella y tan estéril.

Halle tu gran afán enajenado
El puro amor de un dios adolescente
Entre el verdor de las rosas eternas;
Porque este ansia divina, perdida aquí en la tierra,
Tras de tanto dolor y dejamiento,
Con su propia grandeza nos advierte
De alguna mente creadora inmensa,
Que concibe al poeta cual lengua de su gloria
Y luego le consuela a través de la muerte.
1.077
Luis Cernuda

Luis Cernuda

Diré Cómo Nacisteis

Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos,
Como nace un deseo sobre torres de espanto,
Amenazadores barrotes, hiel descolorida,
Noche petrificada a fuerza de puños,
Ante todos, incluso el más rebelde,
Apto solamente en la vida sin muros.

Corazas infranqueables, lanzas o puñales,
Todo es bueno si deforma un cuerpo;
Tu deseo es beber esas hojas lascivas
O dormir en esa agua acariciadora.
No importa;
Ya declaran tu espíritu impuro.

No importa la pureza, los dones que un destino
Levantó hacia las aves con manos imperecederas;
No importa la juventud, sueño más que hombre,
La sonrisa tan noble, playa de seda bajo la tempestad
De un régimen caído.

Placeres prohibidos, planetas terrenales,
Miembros de mármol con sabor de estío,
Jugo de esponjas abandonadas por el mar,
Flores de hierro, resonantes como el pecho de un hombre.

Soledades altivas, coronas derribadas,
Libertades memorables, manto de juventudes;
Quien insulta esos frutos, tinieblas en la lengua,
Es vil como un rey, como sombra de rey
Arrastrándose a los pies de la tierra
Para conseguir un trozo de vida.

No sabía los límites impuestos,
Límites de metal o papel,
Ya que el azar le hizo abrir los ojos bajo una luz tan alta,
Adonde no llegan realidades vacías,
Leyes hediondas, códigos, ratas de paisajes derruidos.

Extender entonces una mano
Es hallar una montaña que prohíbe,
Un bosque impenetrable que niega,
Un mar que traga adolescentes rebeldes.

Pero si la ira, el ultraje, el oprobio y la muerte,
Ávidos dientes sin carne todavía,
Amenazan abriendo sus torrentes,
De otro lado vosotros, placeres prohibidos,
Bronce de orgullo, blasfemia que nada precipita,
Tendéis en una mano el misterio.
Sabor que ninguna amargura corrompe,
Cielos, cielos relampagueantes que aniquilan.

Abajo, estatuas anónimas,
Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla;
Una chispa de aquellos placeres
Brilla en la hora vengativa.
Su fulgor puede destruir vuestro mundo.
806
Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de Cuenca

Soneto Del Amor De Oscuro

La otra noche, después de la movida,
en la mesa de siempre me encontraste
y, sin mediar palabra, me quitaste
no sé si la cartera o si la vida.

Recuerdo la emoción de tu venida
y, luego, nada más. ¡Dulce contraste,
recordar el amor que me dejaste
y olvidar el tamaño de la herida!

Muerto o vivo, si quieres más dinero,
date una vuelta por la lencería
y salpica tu piel de seda oscura.

Que voy a regalarte el mundo entero
si me asaltas de negro, vida mía,
y me invaden tu noche y tu locura.
622
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Vértigo De La Decadencia

EL VÉRTIGO DE LA DECADENCIA


Asisto en el coliseo romano al sacrificio de los
mártires sublimes. Se han juntado en el centro del estadio y
sugieren el caso de una cohorte diezmada, sensible al mandamiento del
honor.

Las fieras soltadas de su cárcel rodean la
turba lastimosa, agilitándose para el asalto. Las espadas
flexibles ondulan voluptuosamente y las zarpas agudas, hincadas en el
suelo, avientan mangas de polvo.

La muchedumbre de los espectadores, animada de una
crueldad gozosa, rompe en un clamor salvaje. Reproduce el estruendo de
la ovación.

El soberano del orbe domesticado nota los accidentes
y pormenores de la fiesta, mirándola a través de una
esmeralda, la piedra mejor calificada para el atavío de las
divinidades.

Las fieras se fatigan dilacerando el grupo inerme y
respetan los residuos inanimados y una virgen de gesto profético.

Una voz la condena al suplicio del fuego y provoca
el asentimiento unánime. La muchedumbre asume una
responsabilidad indivisible y se pierde en el delirio de su maldad,
hiriendo a la inocencia.

La hoguera despide una lumbre fatídica y les
dibuja, a los más inquietos, un rostro de cadáver.


485
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Bejín

EL BEJÍN


Yo vivía a la sombra de una iglesia en la
ciudad devota. El aire de un cielo desvanecido soliviantaba el polvo y
lo difundía en el ámbito severo.

Yo me encenagaba en los placeres de una vida libre y
perdía el sentido sorbiendo a solas un licor depravado.

Yo pertenecía a una fraternidad de pillos y
me criaba y me servía de su renombre. No conseguí
desempeñarme con lucimiento y refería gatadas, robos
pusilánimes.

El más fiel de mis compañeros me
dirigió en el asalto de un palacio. La aventura se
convirtió en mi arrepentimiento y en la pérdida de su
vida. Fue precipitado desde un ventanal.

Yo recogí en mi desván, esa misma
noche, un niño lacerado. Me llamaba soplando hipos y zollipos de
lástima y consuelo. Yo maldije sus ojos redondos y su nariz de
cigüeña. Su cabeza era un monte de pelo contumaz.

Me esforcé en facilitar su vida y en
prosperar su infancia y lo rodeaba con la solicitud de un
filántropo. Me enfadó con su voracidad y su
carácter espinoso y lo despedí llenándolo de
golpes.

El atropello de mi impaciencia trajo, según
mis conjeturas, un desenlace rápido. Yo porfío en
sustentar la identidad del amigo frecuente con el niño perverso.

Mi captura por los ministriles de la justicia
sobrevino el día siguiente de mi rabia. Fui instado a la
confesión por medio del azote y de la rueda. El cirujano me
retiró de la cámara del suplicio cuando el síncope
amenazaba la muerte.

El juez deslizó a compadecerme y
festejó el auxilio de una persona en el descubrimiento de mi
celda. Reprodujo el ademán y los hábitos de mi consejero
de antes.


423
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Los Herejes

LOS HEREJES


La doncella se asoma a ver el campo, a interrogar
una lontananza trémula. Su mente padece la visión de los
jinetes del exterminio, descrita en las páginas del Apocalipsis
y en un comentario de estampas negras.

La voz popular decanta la lluvia de sangre y el
eclipse y advierte la similitud con las maravillas de antaño,
contemporáneas del rey Lear.

Un capitán, desabrido e insolente con su rey,
fija la tienda de campaña, de seda carmesí, en medio de
las ruinas. Los soldados, los diablos de la guerra, dejan ver el tizne
del incendio o del infierno en la tez árida y su roja pelambre.
Un arbitrista, usurpador del traje de Arlequín, los persuade a
la licencia y los abastece de monedas de similor y de papel.

La doncella aleja la muchedumbre de los enemigos,
prodigando las noches de oración. Se retiran delante de una
maleza indeleble, después de fatigarse vanamente en la apertura
de un camino. El golpe de sus hierros no encontraba asiento y se
perdía en el vacío.


471
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Las Suplicantes

LAS SUPLICANTES


Las mujeres fugitivas se prosternan a los pies del
rey y se expresan en voces entrecortadas, sin ordenar el cuento de su
desgracia.

El rey no consigue entenderlas sino cuando se aparta
a un lado con la más serena y diserta.

No podían sufrir los oprobios de su
señor. Se horrorizaban de sus bigotes lacios, de su cara
cetrina, de su vientre descolgado sobre unas piernas de enano.

Yo salí inmediatamente a impedir la
generosidad del rey y lo disuadí de salvar a las fugitivas.

Yo había dominado, en esos días, una
sedición entre las mujeres de mi serrallo. Se dejaron aconsejar
de un eunuco malicioso y deforme, comparado por ellas mismas al
cebú.

Yo le había inferido el agravio más
pesado entre los musulmanes, arrojándole al rostro una de mis
pantuflas cuando me hallaba enfurecido por un brebaje de
cáñamo.

Las suplicantes fueron devueltas a su dueño
por mi consejo y bajo mi dirección. Marcharon a pie, atadas
entre sí por los cabellos, a través de un arenal ardiente
y bajo el azote de uno de mis esclavos.

Yo las puse en manos de su amo y le recomendé
un castigo memorable.

Las paseó, en medio de la gritería
popular, montadas de espaldas sobre unos camellos roídos de
sarna.

Unas viejas les salieron al encuentro,
dirigiéndoles motes desvergonzados y lanzándoles
puños de la basura de la calle.


419
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

Rúnica

RÚNICA


El rey inmoderado nació de los amores de su
madre con un monstruo del mar. Su voz detiene, cerca de la playa, una
orca alimentada del tributo de cien doncellas.

Se abandona, durante la noche, al frenesí de
la embriaguez y sus leales juegan a herirse con los aceros afilados,
con el dardo de cazar jabalíes, pendiente del cinto de las
estatuas épicas.

El rey incontinente se apasiona de una joven
acostumbrada a la severidad de la pobreza y escondida en su
cabaña de piedras. Se embellecía con las flores del
matorral de áspera crin.

La joven es asociada a la vida orgiástica. Un
cortesano dicaz añade una acusación a su gracejo
habitual. El rey interrumpe el festín y la condena a morir bajo
el tumulto de unos caballos negros.

La víctima duerme bajo el húmedo musgo.


476
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Nómade

EL NÓMADE


Yo pertenecía a una casta de hombres
impíos. La yerba de nuestros caballos vegetaba en el sitio de
extintas aldeas, igualadas con el suelo. Habíamos esterilizado
un territorio fluvial y gozábamos llevando el terror al palacio
de los reyes vestidos de faldas, entretenidos en juegos sedentarios de
previsión y de cálculo.

Yo me había apartado a descansar, lejos de
los míos, en el escombro de una vivienda de recreo, disimulada
en un vergel.

Un aldeano me trajo pérfidamente el vino
más espirituoso, originado de una palma.

Sentí una embriaguez hilarante y
ejecuté, riendo y vociferando, los actos más audaces del
funámbulo.

Un peregrino, de rostro consumido, acertó a
pasar delante de mí. Dijo su nombre entre balbuceos de miedo.
Significaba Ornamento de Doctrina en idioma litúrgico.

La poquedad del anciano acabó de sacarme de
mí mismo. Lo tomé en brazos y lo sumergí repetidas
veces en un río cubierto de limo. La sucedumbre se colgaba a los
sencillos lienzos de su veste. Lo traté de ese modo hasta su
último aliento.

Devolvía por la boca una corriente de lodo.

Recuperé el discernimiento al escuchar su
amenaza proferida en el extremo de la agonía.

Me anunciaba, para muy temprano, la venganza de su
ídolo de bronce.


460
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Mandarín

EL MANDARÍN


Yo había perdido la gracia del emperador de
China.

No podía dirigirme a los ciudadanos sin
advertirles de modo explícito mi degradación.

Un rival me acusó de haberme sustraído
a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a
la puerta de mi audiencia.

Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y
desdentados, y los despidieron a palos.

Yo me prosterné a los pies del emperador
cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito.
Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.

Me confió el develamiento y el gobierno de un
distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes.
Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.

La miseria había soliviantado los nativos.
Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos.
Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No
era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la
difusión de miasmas pestilenciales. Aquellos seres lloraban en
el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un
ataúd.

Yo restablecí la paz descabezando a los
hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados
cortaron después las manos de las mujeres.

El emperador me honró con su visita, me
subió algunos grados en su privanza y me prometió la
perdición de mis émulos.

Sonrió dichosamente al mirar los brazos de
las mujeres convertidos en bastones.

Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los
caminos.


619
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Venganza Del Dios

LA VENGANZA DEL DIOS


El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.

El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.

Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.


715
Jorge Riechmann

Jorge Riechmann

14

Los dedos de los muertos me dibujan
ruina en el pecho, en los muslos, en la frente.
Con una fresa entre los labios recorro
la playa destruida.

¿No es capaz nadie de limitar los aletazos
el carnicero tatuaje de una codicia anal?
¿No hay amistad militante río arriba?

Imágenes sin memoria vampirizan
mi canija vigilia. No me ausento
en dignidad distinta del rechazo.
449
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

Oda Li De Mis Versos

«Dicen que alegre canto
tan amorosos versos,
cual nuestros viejos tristes
nunca cantar supieron.

»Pero yo, que sin sustos
pretensiones ni pleitos
vivo siempre entre danzas
retozando y bebiendo,

»¿puedo acaso afligirme?
¿Pueden mis dulces metros
no sacar los ardores
de Cupido y Lïeo?

»¿Por qué los que me culpan,
de vil codicia ciegos
inicuos atesoran
y gozan con recelo?


»¿Por qué en fatal envidia
hierven y horror sus pechos,
cuando riente el mío
nada en genial contento?

»¿Por qué afanados velan
mientras que en paz yo duermo,
tras el fugaz fantasma
de la ambición corriendo?

»Bien por mí seguir puede
cada cual su deseo,
pero yo antes que al oro
a los brindis me atengo,


»y antes que a negras iras
o a deleznables puestos,
a delicias y gozos
libre daré mi pecho.

»Vengan, pues, vino y rosas,
que mejor que no duelos
son los sorbos süaves
con que alegre enloquezco».

Así a Dorila dije,
que festiva al momento
me dio llena otra copa
gustándola primero.

Y entre mimos y risas
con semblante halagüeño
respondiome: «¿Qué temes
la grita de los viejos?

»Bebamos si nos riñen,
bebamos y bailemos,
que de tus versos dulces
yo sola juzgar debo».
504
Juan Meléndez Valdés

Juan Meléndez Valdés

A Las Muchachas

Ofendido me tiene,
muchachas, vuestro trato,
mucho decirlo siento,
mas ya no he de callarlo.

Yo os quise desde niño,
os sirvo y os regalo,
y en burlas inocentes
os digo mil halagos.

Mi lira os entretiene
con sus acentos blandos;
de ella gustáis tañendo,
de ella gozáis bailando.

En mis süaves versos
vuestras delicias canto,
vuestro desdén lamento,
vuestra belleza alabo.

¿Y esquivas hoy vosotras
me desdeñáis en pago?
Pues mirad que de amigo
me volveré contrario.
564
José María Hinojosa

José María Hinojosa

Ya No Me Besas

Un viento inesperado hizo vibrar las puertas
y nuestros labios eran de cristal en la noche
empapados en sangre dejada por los besos
de las bocas perdidas en medio de los bosques.

El fuego calcinaba nuestros labios de piedra
y su ceniza roja cegaba nuestros ojos
llenos de indiferencia entre cuatro murallas
amasadas con cráneos y arena de los trópicos.

Aquella fue la última vez que nos encontramos,
llevabas la cabeza de pájaros florida
y de flores de almendro las sienes recubiertas
entre lenguas de fuego y voces doloridas.

El rumbo de los barcos era desconocido
y el de las caravanas que van por el desierto
dejando sólo un rastro sobre el agua y la arena
de mástiles heridos y de huesos sangrientos.

Aquella fue la última noche que nuestros labios
de cristal y de sangre unieron nuestro aliento
mientras la libertad desplegaba sus alas
de nuestra nuca herida por el último beso.
392
José Martí

José Martí

Dentro De Mí

Dentro de mí hay un león enfrenado:
De mi corazón he labrado sus riendas:
Tú me lo rompiste: cuando lo vi roto
Me pareció bien enfrenar a la fiera.

Antes, cual la llama que en la estera prende,
Mi cólera ardía, lucía y se apagaba:
Como del león generoso en la selva
La fiebre se enciende; lo ciega y se calma.

Pero, ya no puedes: las riendas le he puesto
Y al juicio he subido en el león a caballo:
La furia del juicio es tenaz: ya no puedes.
Dentro de mí hay un león enfrenado.
1.269
José Martí

José Martí

¡dios Las Maldiga!

¡Dios las maldiga! ¡Hay madres en el mundo
Que apartan a los padres de sus hijos:
Y preparan al mal sus almas blancas
Y les derraman el odio en los oídos!

¡Dios las maldiga! Oh, cielo, ¿no tendrás

Un Dios más cruel que las maldiga más?

¡Dios las maldiga! Frívolas e impuras
Guardan tal vez el cuerpo con recato,
Como un vaso de Sévres donde humean
Hidras ardientes y espantosos trasgos.

¡Dios las maldiga, y si puede sepulte

Todo rostro que el alma real oculte!

¡Dios las maldiga! ¡Ciegas, y sensibles
Del inundo sólo a los ligeros goces,
Odian, como a un tirano, al que a sus gustos
La majestad de la pureza opone!

¡Dios las maldiga, y cuanta hacerse quiera

De las joyas de Dios aro y pulsera!

¡Dios las maldiga! ¡Untadas las mejillas,
Frente y manos cubiertas de albayalde,
Con la mano pintada, al justo acusan
Que de su amor infecundo se deshace!

¡Dios las maldiga, y a la ruin caterva

De esclavas que el honor del hombre enerva!

¡Dios las maldiga! En las temblantes manos
Los pedazos del pecho recogidos,
El justo irá do la piedad lo llame,
O alguien lo quiera, o se vislumbre un nido

¡Dios las maldiga!

¡Dios las maldiga! ¡Yo he visto el pecho
Horrible como un cáncer animado!
¡Sufre, que es bueno, y llora, amigo mio,
Llora muriendo en mis cansados brazos!

¡Dios las perdone! ¿No se ve a este lloro

Otro clavo en la Cruz y otro astro de oro?
800
José Martí

José Martí

Sueño Con Claustros De Mármol

Sueño con claustros de mármol
Donde en silencio divino
Los héroes, de pie, reposan:
¡De noche, a la luz del alma,
Hablo con ellos: de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: las manos
De piedra les beso: abren
Los ojos de piedra: mueven,
Los labios de piedra: tiemblan
Las barbas de piedra: empuñan
La espada de piedra: lloran:
¡Vibra la espada en la vaina!:
Mudo, les beso la mano.

¡Hablo con ellos, de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: lloroso
Me abrazo a un mármol: «¡Oh mármol,
Dicen que beben tus hijos
Su propia sangre en las copas
Venenosas de sus dueños!
¡Que hablan la lengua podrida.
De sus rufianes! ¡Que comen
Juntos el pan del oprobio,
En la mesa ensangrentada!
¡Que pierden en lengua inútil
El último fuego!: ¡Dicen,
Oh mármol, mármol dormido,
Que ya se ha muerto tu raza!»

Échame en tierra de un bote
El héroe que abrazo: me ase
Del cuello: barre la tierra
Con mi cabeza: levanta
El brazo, ¡el brazo le luce
Lo mismo que un sol!: resuena
La piedra: buscan el cinto
Las manos blancas: ¡del soclo
Saltan los hombres de mármol!
1.056
José Martí

José Martí

En El Extraño Bazar

En el extraño bazar
Del amor, junto a la mar,
La perla triste y sin par
Le tocó por suerte a Agar.

Agar, de tanto tenerla
Al pecho, de tanto verla
Agar, llegó a aborrecerla:
Majó, tiró al mar la perla.

Y cuando Agar, venenosa
De inútil furia, y llorosa,
Pidió al mar la perla hermosa,
Dijo la mar borrascosa:

«¿Qué hiciste, torpe, qué hiciste
De la perla que tuviste?
La majaste, me la diste:
Yo guardo la perla triste».
896
José Martí

José Martí

Yo Sacaré Lo Que En El Pecho Tengo

Yo sacaré lo que en el pecho tengo
De cólera y de horror. De cada vivo
Huyo, azorado, como de un leproso.
Ando en el buque de la vida: sufro
De náuseas y mal de mar: un ansia odiosa
Me angustia las entrañas: ¡quién pudiera
En un solo vaivén dejar la vida!
No esta canción desoladora escribo
En hora de dolor:

¡Jamás se escriba
En hora de dolor! el mundo entonces
Como un gigante a hormiga pretenciosa
Unce al poeta destemplado: escribo
Luego de hablar con un amigo viejo,
Limpio goce que el alma fortifica:—
¡Mas, cual las cubas de madera noble,
La madre del dolor guardo en mis huesos!
¡Ay! ¡mi dolor, como un cadáver, surge
A la orilla, no bien el mar serena!
Ni un poro sin herida: entre la uña
Y la yema, estiletes me han clavado
Que me llegan al pie; se me han comido
Fríamente el corazón: y en este juego
Enorme de la vida, cupo en suerte
Nutrirse de mi sangre a una lechuza.
¡Así hueco y roído, al viento floto
Alzando el puño y maldiciendo a voces,
En mis propias entrañas encerrado!

No es que mujer me engañe, o que fortuna
Me esquive su favor, o que el magnate
Que no gusta de pulcros, me querelle:
Es ¿quién quiere mi vida? es que a los hombres
Palpo, y conozco, y los encuentro malos.—
Pero si pasa un niño cuando lloro
Le acaricio el cabello, y lo despido
Como el naviero que a la mar arroja
Con bandera de gala un barco blanco.

Y si decís de mí blasfemia, os digo
Que el blasfemo sois vos: ¿a qué me dieron
Para vivir en un tigral, sedosa
Ala, y no garra aguda? ¿o por acaso
Es ley que el tigre de alas se alimente?
Bien puede ser: ¡de alas de luz repleto,
Daráse al fin de un tigre luminoso,
Radiante como el Sol, la maravilla!—
¡Apresure el tigral el diente duro!
¡Nútrase en mí: coma de mí: en mis hombros
Clave los grifos bien: móndeme el cráneo,
Y, con dolor, a su mordida en tierra
Caigan deshechas mis ardientes alas!
¡Feliz aquel que en bien del hombre muere!
¡Bésale el perro al matador la mano!

¡Como un padre a sus hijas, cuando pasa
Un galán pudridor, yo mis ideas
De donde pasa el hombre, por quien muero,
Guardo, como un delito, al pecho helado!
Conozco el hombre, y lo he encontrado malo.
¡Así, para nutrir el fuego eterno
Perecen en la hoguera los mejores!
¡Los menos por los más! ¡los crucifixos
Por los crucificantes! En maderos
Clavaron a Jesús: sobre sí mismos
Los hombres de estos tiempos van clavados.
Los sabios de Chichén, la tierra clara
Donde el aroma y el maguey se crían,
Con altos ritos y canciones bellas
Al hondo de cisternas olorosas
A sus vírgenes lindas despeñaban,
A su virgen mejor precipitaban.
Del temido brocal se alzaba luego
A perfumar el Yucatán florido
Como en talle negruzco rosa suave
Un humo de magníficos olores:—
Tal a la vida echa el Creador los buenos:
A perfumar: a equilibrar: ea! clave
El tigre bien sus garras en mis hombros:
Los viles a nutrirse: los honrados
A que se nutran los demás en ellos.

Para el misterio de la Cruz, no a un viejo
Pergamino teológico se baje:
Bájese al corazón de un virtuoso.
Padece mucho un cirio que ilumina:
¡Sonríe, como virgen que se muere,
La flor cuando la siegan de su tallo!
¡Duele mucho en la tierra un alma buena!
De día, luce brava: por la noche
Se echa a llorar sobre sus propios brazos:
Luego que ve en el aire la aurora
Su horrenda, lividez, por no dar miedo
A la gente, con sangre de sus mismas
Heridas, tiñe el miserable rostro,
Y emprende a andar, como una calavera
Cubierta, por piedad, de hojas de rosa!
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José Martí

José Martí

Flor De Hielo (al Saber Que Había Muerto Manuel Ocaranza)

¡Mírala! ¡Es negra! ¡Es torva! Su tremenda
Hambre la azuza. Son sus dientes hoces;
Antro su fauce; secadores vientos
Sus hálitos; su paso, ola que traga
Huertos y selvas; sus manjares, hombres.
¡Viene! ¡escondeos, oh caros amigos,
Hijo del corazón, padres muy caros!
Do asoma, quema; es sorda, es ciega:
— El hambre ciega el alma y los ojos.
¡Es terrible el hambre de la Muerte!

No es ahora
La generosa, la clemente amiga
Que el muro rompe al alma prisionera
Y le abre el claro cielo afortunado;
No es la dulce, la plácida, la pía
Redentora de tristes, que del cuerpo,
Como de huerto abandonado, toma
El alma adolorida, y en más alto
Jardín la deja, donde blanda luna
Perpetuamente brilla, y crecen sólo
En vástagos en flor blancos rosales:
No la esposa evocada; no la eterna
Madre invisible, que los anchos brazos,
Sentada en todo el ámbito solemne,
Abre a sus hijos, que la vida agosta;
Y a reposar y a reparar sus bríos
Para el fragor y la batalla nueva
Sus cabezas igníferas reclina
En su puro y jovial seno de aurora.
¡No: aun a la diestra del Señor sublime
Que envuelto en nubes, con sonora planta
Sobre cielos y cúspides pasea;
Aun en los bordes de la copa dívea
En colosal montaña trabajada
Por tallador cuyas tundentes manos
Hechas al rayo y trueno fragorosos
Como barro sutil la roca herían;
Aun a los lindes del gigante vaso
Donde se bebe al fin la paz eterna,
El mal, como un insecto, sus oscuros
Anillos mueve y sus antenas clava,
Artero, en los sedientos bebedores!

Sierva es la Muerte: sierva del callado
Señor de toda vida: salvadora
Oculta de los hombres! Mas el ígneo
Dueño a sus siervos implacable ordena
Que hasta rendir el postrimer aliento,
A la sombra feliz del mirto de oro,
El bien y el mal el seno les combatan;
Y sólo las eternas rosas ciñe
Al que a sus mismos ojos el mal torvo
En batalla final convulso postra.
Y pío entonces en la seca frente
Da aquel, en cuyo seno poderoso
No hay muerte ni dolor, un largo beso.
Y en la Muerte gentil, la Muerte misma,
Lidian el bien y el mal...! Oh dueño rudo,
A rebelión y a admiración me mueve
Este misterio de dolor, que pena
La culpa de vivir, que es culpa tuya,
Con el dolor tenaz, martirio nuestro!
¿Es tu seno quizá tal hermosura
Y el placer de domar la interna fiera
Gozo tan vivo, que el martirio mismo
Es precio pobre a la final delicia?
Hora tremenda y criminal—oh Muerte—
Aquella en que en tu seno generoso
El hambre ardió, y en el ilustre amigo
Seca posaste la tajante mano!
No es, no, de tales víctimas tu empresa
Poblar la sombra! De cansados ruines,
De ancianos laxos, de guerreros flojos
Es tu oficio poblarla, y en tu seno
Rehacer al viejo la gastada vida
Y al soldado sin fuerzas la armadura.
Mas el taller de los creadores sea,
Oh Muerte: de tus hambres reservado:
Hurto ha sido; tal hurto, que en la sola
Casa, su pueblo entero los cabellos
Mesa, y su triste amigo solitario
Con gestos grandes de dolor sacude,
Por él clamando, la callada sombra:
Dime, torpe hurtadora, di el oscuro
Monte donde tu recia culpa amparas;
Y donde con la seca selva en torno
Cual cabellera de tu cráneo hueco,
En lo profundo de la tierra escondes
Tu generosa víctima! Di al punto
El antro, y a sus puertas con el pomo
Llamaré de mi espada vengadora!
Mas, ay! ¿Que a dó me vuelvo? ¿Qué soldado
A seguirme vendrá? Capua es la tierra,
Y de orto a ocaso, y a los cuatro vientos,
No hay más, no hay más que infames desertores,
De pie sobre sus armas enmohecidas
En rellenar sus arcas afanados.

No de mármol son ya, ni son de oro,
Ni de piedra tenaz o hierro duro
Los divinos magníficos humanos.
De algo más torpe son: jaulas de carne
Son hoy los hombres, de los vientos crueles
Por mantos de oro y púrpura amparados,—
Y de la jaula en lo interior, un negro
Insecto de ojos ávidos y boca
Ancha y febril, retoza, come, ríe!
Muerte! el crimen fue bueno: guarda, guarda
En la tierra inmortal tu presa noble!
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José Martí

José Martí

Copa Ciclópea

El Sol alumbra: ya en los aires miro
La copa amarga: ya mis labios tiemblan,
—No de temor, que prostituye,—¡de ira!...
El Universo, en las mañanas alza
Medio dormido aún de un dulce sueño
En las manos la Tierra perezosa,
Copa inmortal, en donde
Hierven al sol las fuerzas de la vida!—
Al niño triscador, al venturoso
De alma tibia y mediocre, a la fragante
Mujer que con los ojos desmayados
Abrirse ve en el aire extrañas rosas,
Iris la Tierra es, roto en colores,—
Raudal que juvenece y rueda limpio
Por perfumado llano, y al retozo
Y al desmayo después plácido brinda!—
Y para mí, porque a los hombres amo
Y mi gusto y mi bien terco descuido,
La Tierra melancólica aparece
Sobre mi frente que la vida bate,
De lúgubre color inmenso yugo!
La frente encorvo, el cuello manso inclino
Y, con los labios apretados,—muero.
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José Martí

José Martí

Tábanos Fieros

Venid, tábanos fieros,
Venid, chacales,
Y muevan trompa y diente
Y en horda ataquen,
Y cual tigre a bisonte
¡Sítienme y salten!
¡Por aquí verde envidia!
Tú, bella carne,
¡En los dos labios muérdeme:
Sécame; mánchame!
¡Por acá, los vendados
Celos voraces!
Y tú. moneda de oro,
¡Por todas partes!
De virtud mercaderes,
¡Mercadeadme!
Mató el Gozo a la Honra:
¡Venga a mí, —y mate!

Cada Cual con sus armas
Surja y batalle:
El placer, con su copa;
Con sus amables
Manos, en mirra untadas,
La virgen ágil;
Con su espada de plata,
El diablo bátame:—
¡La espada cegadora
No ha de cegarme!

Asorde la caterva
De batallantes:
Brillen cascos plumados
Como brillasen
Sobre montes de oro
Nieves radiantes;
Como gotas de lluvia
Las nubes lancen
Muchedumbres de aceros
Y de estandartes;
Parezca que la tierra,
Rota en el trance,
Cubrió su dorso verde
De áureos gigantes;
Lidiemos, no a la lumbre
Del sol suave,
Sino al funesto brillo
De los cortantes
Hierros: rojos relámpagos
La niebla tajen:
Sacudan sus raíces
Libres los árboles:
Sus faldas trueque el monte
En alas ágiles:
Clamor óigase, como
Si en un instante
Mismo, las almas todas
Volando ex-cárceres,
Rodar a sus pies vieran
Su hopa de carnes:
Cíñame recia veste
De amenazantes
Astas agudas: hilos
Tenues de sangre
Por mi piel rueden leves
Cual rojos áspides:
Su diente en lodo afilen
Pardos chacales:
Lime el tábano terco
Su aspa volante:
Muérdame en los dos labios
La bella carne:—
¡Que ya viene, ya vienen
Mis talismanes!
Como nubes vinieron
Esos gigantes:
¡Ligeros como nubes
Volando iranse!

La desdentada envidia
Irá, secas las fauces,
Hambrienta, por desiertos
Y calcinados valles,
Royéndose las mondas
Escuálidas falanges;
Vestido irá de oro
El diablo formidable,
En el cansado puño
Quebrada la tajante;
Vistiendo con sus lágrimas
Irá, y con voces grandes
De duelo, la Hermosura
Su inútil arreaje:—
Y yo en el agua fresca
De algún arroyo amable
Bañaré sonriendo
Mis hilillos de sangre.

Ya miro en polvareda
Radiosa evaporarse
Aquellas escamadas
Corazas centellantes:
Las alas de los cascos
Agítanse, debátense,
Y el casco de oro en fuga
Se pierde por los aires.
Tras misterioso viento
Sobre la hierba arrástranse,
Cual sierpes de colores,
Las flámulas ondeantes.
Junta la tierra súbito
Sus grietas colosales
Y echa su dorso verde
Por sobre los gigantes:
Corren como que vuelan
Tábanos y chacales,
Y queda el campo lleno
De un humillo fragante.
De la derrota ciega
Los gritos espantables
Escúchanse, que evocan
Callados capitanes;
Y mésase soberbia
El áspero crinaje,
Y como muere un buitre
Expira sobre el valle!
En tanto, yo a la orilla
De un fresco arroyo amable,
Restaño sonriendo
Mis hilillos de sangre.

No temo yo ni curo
De ejércitos pujantes,
Ni tentaciones sordas,
¡Ni vírgenes voraces!
Él vuela en torno mío,
Él gira, él para, él bate;
Aquí su escudo opone;
Allí su clava blande;
A diestra y a siniestra
Mandobla, quiebra, esparce;
Recibe en su escudillo
Lluvia de dardos hábiles;
Sacúdelos al suelo;
Bríndalo a nuevo ataque.
¡Ya vuelan, ya se vuelan
Tábanos y gigantes!—
Escúchase el chasquido
De hierros que se parten;
Al aire chispas fúlgidas
Suben en rubios haces;
Alfómbrase la tierra
De dagas y montantes;
¡Ya vuelan, ya se esconden
Tábanos y chacales!—
Él como abeja zumba,
Él rompe y mueve el aire,
Detiénese, onda, deja
Rumor de alas de ave:
Ya mis cabellos roza;
Ya sobre mi hombro párase;
Ya a mi costado cruza;
Ya en mi regazo lánzase;
¡Ya la enemiga tropa
Huye, rota y cobarde!
¡Hijos, escudos fuertes,
De los cansados padres!
¡Venga mi caballero,
Caballero del aire!
¡Véngase mi desnudo
Guerrero de alas de ave,
Y echemos por la vía
Que va ese arroyo amable,
Y con sus aguas frescas
Bañe mi hilo de sangre!
¡Caballeruelo mío!
¡Batallador volante!
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