Poemas en este tema

Vejez y Envejecimiento

José Angel Buesa

José Angel Buesa

Lamentaciones De Otoño

Como tantas cosas lejanas
que se acercan sin un rumor,
llegaron las primeras canas
y quizás el último amor.

El amor que pasó deprisa,
y el que nunca llegó a pasar,
entristecieron mi sonrisa
igual que un ciego frente al mar.

Yo sonaba con un cariño
que acaso tuve y se me fue,
y me eché a llorar como un niño
que llora sin saber por qué.

Hoy asoman rostros extraños
sobriamente frente a mí:
Hoy llegan los años huraños
diciéndome: «Estamos aquí».
610
José Angel Buesa

José Angel Buesa

Elegía Para Ti Y Para Mí

ELEGÍA PARA TI Y PARA MÍ


Nous, nous rencontrerons par hassard, dans la rue...PAUL GÉRALDY
I


Yo seguiré soñando mientras pasa la vida,

y tú te irás borrando lentamente en mi sueño.


Un año y otro año caerán como hojas secas

de las ramas del árbol milenario del tiempo,


y tu sonrisa, llena de claridad de aurora,

se alejará en la sombra creciente del recuerdo.
II


Yo seguiré soñando mientras pasa la vida,

y quizás, poco a poco, dejaré de hacer versos,


bajo el vulgar agobio de la rutina diaria,

de las desilusiones y los aburrimientos.


Tú, que nunca soñaste más que cosas posibles,

dejarás, poco a poco, de mirarte al espejo.
III


Acaso nos veremos un día, casualmente,

al cruzar una calle, y nos saludaremos.


Yo pensaré quizás: «Qué linda es, todavía».

Tú, quizás pensarás: «Se está poniendo
viejo».


Tú irás sola, o con otro. Yo iré solo, o con otra.

O tú irás con un hijo que debiera ser nuestro.
IV


Y seguirá muriendo la vida, año tras año,

igual que un río oscuro que corre hacia el silencio.


Un amigo, algún día, me dirá que te ha visto,

o una canción de entonces me traerá tu recuerdo.


Y en estas noches tristes de quietud y de estrellas,

pensaré en ti un instante, pero cada vez menos.
V


Y pasará la vida. Yo seguiré soñando,

pero ya no habrá un nombre de mujer en mi sueño.


Yo ya te habré olvidado definitivamente,

y sobre mis rodillas retozarán mis nietos.


Y quizás, para entonces, al cruzar una calle,

nos vimos frente a frente, ya sin reconocernos.
VI


Y una tarde de sol me cubrirán de tierra,

las manos, para siempre, cruzadas sobre el pecho.


Tú, con los ojos tristes y los cabellos blancos,

te pasarás las horas bostezando y tejiendo.


Y cada primavera renacerán las rosas,

aunque ya tú estés vieja, y aunque yo me haya muerto.


1.012
Anônimo

Anônimo

De Quince A Veinte Es Niña; Buena Moza

De quince a veinte es niña; buena moza
de veinte a veinticinco, y por la cuenta
gentil mujer de veinticinco a treinta,
¡dichoso aquel que en tal edad las goza!

De treinta a treinta y cinco no alboroza,
mas se puede comer con salpimienta.
Pero de treinta y cinco hasta cuarenta,
anda en vísperas ya de una coroza.

A los cuarenta y cinco es bachillera,
gansea, pide y juega del vocablo.
Cumplidos los cincuenta da en santera.

A los cincuenta y cinco hecha retablo,
niña, moza, mujer, vieja, hechicera,
bruja y santera, se la lleva el diablo.
513
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

¡que Se Nos Va La Pascua, Mozas,

¡Que se nos va la Pascua, mozas,
Que se nos va la Pascua!


Mozuelas las de mi barrio,
Loquillas y confiadas,
Mirad no os engañe el tiempo,
La edad y la confianza.
No os dejéis lisonjear
De la juventud lozana,
Porque de caducas flores
Teje el tiempo sus guirnaldas.

¡Que se nos va la Pascua, mozas,
Que se nos va la Pascua!


Vuelan los ligeros años,
Y con presurosas alas
Nos roban, como harpías,
Nuestras sabrosas viandas.
La flor de la maravilla
Esta verdad nos declara,
Porque le hurta la tarde
Lo que le dio la mañana.

¡Que se nos va la Pascua, mozas,
Que se nos va la Pascua!


Mirad que cuando pensáis
Que hacen la señal del alba
Las campanas de la vida,
Es la queda, y os desarman
De vuestro color y lustre,
De vuestro donaire y gracia,
Y quedáis todas perdidas
Por mayores de la marca.

¡Que se nos va la Pascua, mozas,
Que se nos va la Pascua!


Yo sé de una buena vieja
Que fue un tiempo rubia y zarca,
Y que al presente le cuesta
Harto caro el ver su cara,
Porque su bruñida frente
Y sus mejillas se hallan
Más que roquete de obispo
Encogidas y arrugadas.

¡Que se nos va la Pascua, mozas,
Que se nos va la Pascua!


Y sé de otra buena vieja,
Que un diente que le quedaba
Se lo dejó este otro día
Sepultado en unas natas,
Y con lágrimas le dice:
«Diente mío de mi alma,
Yo sé cuándo fuistes perla,
Aunque ahora no sois caña.»

¡Que se nos va la Pascua, mozas,
Que se nos va la Pascua!


Por eso, mozuelas locas,
Antes que la edad avara
El rubio cabello de oro
Convierta en luciente plata,
Quered cuando sois queridas,
Amad cuando sois amadas,
Mirad, bobas, que detrás
Se pinta la ocasión calva.

¡Que se nos va la Pascua, mozas,
Que se nos va la Pascua!
340
Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote

Infiere, De Los Achaques De La Vejez, Cercano El Fin A Que, Católico, Se Alienta

En este occidental, en este, oh Licio,
Climatérico lustro de tu vida,
Todo mal afirmado pie es caída,
Toda fácil caída es precipicio.

¿Caduca el paso? Ilústrese el juïcio.
Desatándose va la tierra unida;
¿Qué prudencia, del polvo prevenida,
La ruina aguardó del edificio?

La piel no sólo sierpe venenosa,
Mas con la piel los años se desnuda,
Y el hombre, no. ¡Ciego discurso humano!

¡Oh aquel dichoso, que, la ponderosa
Porción depuesta en una piedra muda,
La leve da al zafiro soberano!
379
Gaspar María de la Nava Álvarez

Gaspar María de la Nava Álvarez

Retrato De La Tristeza Del Doctor Young

Sobre la negra tumba recostado
está el anciano Young; contempla atento
bajo la losa todo su contento,
porque nada la Muerte le ha dejado;

Con lágrimas su rostro está bañado,
y temblando su cuerpo macilento;
sólo consta de un ay su triste acento,
que resuena en el techo embovedado.

¡Supremo Ser —exclama—, que, subido
sobre el cerco de las estrellas prodigioso,
ves con tedio al que gusta de esta vida!,

¿cuándo será mi espíritu impelido
de tu potente diestra, y con reposo
hará junto a tu trono su manida?
484
Gutierre de Cetina

Gutierre de Cetina

Dos Sonetos A La Muerte De Pedro Mexía

«¿Quién yace muerto aquí?» «Pero Mexía».
«¿Pero Mexía es muerto?» «Antes muriendo
comenzó ahora a vivir, porque viviendo
fuera de do hora vive, no vivía».

«¿Fue caballero?» «Sí». «¿Y en qué entendía?»
«Ora el cielo, ora el mar, iba midiendo,
ora de Carlo Máximo escribiendo
la fama de ambos, que inmortal hacía».

«Pues si lloró Alexandre las memorias
famosas que de Aquiles escribió Homero,
¿cómo no llora Cesar tan gran falta?»

«Por que lo que escribió de sus historias
basta para dar fe en el fin postrero
de lo que no alcanzó pluma tan alta».
377
Gustavo Adolfo Bécquer

Gustavo Adolfo Bécquer

Rima Lvii

Este armazón de huesos y pellejos,
de pasear una cabeza loca
se halla cansado al fin, y no lo extraño,
pues, aunque es la verdad que no soy viejo,
de la parte de vida que me toca
en la vida del mundo, por mi daño
he hecho un uso tal, que juraría
que he condensado un siglo en cada día.

Así, aunque ahora muriera,
no podría decir que no he vivido;
que el sayo, al parecer nuevo por fuera,
conozco que por dentro ha envejecido.

Ha envejecido, sí, ¡pese a mi estrella!
Harto lo dice ya mi afán doliente,
que hay dolor que al pasar, su horrible huella
graba en el corazón, si no en la frente.
771
Francisco Villaespesa

Francisco Villaespesa

Convento En Ruinas

El viejo monasterio abandonado
se pudre de vejez en la colina,
muda la torre, el coro derrumbado,
y todo el claustro amenazando ruina.

Seca la fuente, el huerto se ha secado;
en sus silencios ni un jilguero trina...
Tan sólo por las piedras del cercado
rastrera hiedra en verdecer se obstina.

Susurra el viento fúnebres querellas
por los patios ruinosos y desiertos...
Y, ajena a mundanales intereses,

parece que a la luz de las estrellas
está rezando, por los monjes muertos,
la gris Comunidad de los Cipreses.
411
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Contiene Una Elegante Enseñanza De Que Todo Lo Criado Tiene Su Muerte De La Enfermedad Del Ti

Falleció César, fortunado y fuerte;
ignoran la piedad y el escarmiento
señas de su glorioso monumento:
porque también para el sepulcro hay muerte.

Muere la vida, y de la misma suerte
muere el entierro rico y opulento;
la hora, con oculto movimiento,
aun calla el grito que la fama vierte.

Devanan sol y luna, noche y día,
del mundo la robusta vida, ¡y lloras
las advertencias que la edad te envía!

Risueña enfermedad son las auroras;
lima de la salud es su alegría:
Licas, sepultureros son las horas.
500
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Prevención Para La Vida Y Para La Muerte

Si no temo perder lo que poseo,
ni deseo tener lo que no gozo,
poco de la Fortuna en mí el destrozo
valdrá, cuando me elija actor o reo.

Ya su familia reformó el deseo;
no palidez al susto, o risa al gozo
le debe de mi edad el postrer trozo,
ni anhelar a la Parca su rodeo.

Sólo ya el no querer es lo que quiero;
prendas de la alma son las prendas mías;
cobre el puesto la muerte, y el dinero.

A las promesas miro como a espías;
morir al paso de la edad espero:
pues me trujeron, llévenme los días.
424
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Arrepentimiento Y Lágrimas Debidas Al Engaño De La Vida

Huye sin percibirse lento el día,
Y la hora secreta y recatada
Con silencio se acerca, y despreciada,
Lleva tras sí la edad lozana mía.

La Vida nueva que en niñez ardía,
La juventud robusta y engañada,
En el postrer invierno sepultada
Yace entre negra sombra y nieve fría.

No sentí resbalar mudos los años;
Hoy los lloro pasados, y los veo
Riendo de mis lágrimas y daños.

Mi penitencia deba a mi deseo,
Pues me deben la Vida mis engaños,
Y espero el mal que paso y no le creo.
514
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Castiga A Los Glotones Y Bebedores, Que Con Los Desórdenes Suyos Aceleran La Enfermedad Y La Vejez

Que los años por ti vuelen tan leves,
Pides a Dios; que el rostro sus pisadas
No sienta, y que a las greñas bien peinadas
No pase corva la vejez sus nieves.

Esto le pides y, borracho bebes
Las vendimias en tazas coronadas;
Y para el vientre tuyo las manadas
Que Apulia pasta son bocados breves.

A Dios le pides lo que tú te quitas;
La Enfermedad y la Vejez te tragas,
Y estar de ellas exento solicitas.

Pero en rugosa piel la deuda pagas
De las embrïagueces que vomitas,
Y en la salud que comilón estragas.
576
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Represéntase La Brevedad De Lo Que Se Vive, Y Cuán Nada Parece Lo Que Se Vivió

«¡Ah de la vida!»... ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
Las Horas mi locura las esconde.

¡Que sin poder saber cómo ni adónde
La Salud y la Edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
Y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue; Mañana no ha llegado;
Hoy se está yendo sin parar un punto:
Soy un fue, y un será, y un es cansado.

En el Hoy y Mañana y Ayer, junto
Pañales y mortaja, y he quedado
Presentes sucesiones de difunto.
544
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Que La Vida Es Siempre Breve Y Fugitiva Concluye El Discurso Con Una Sentencia Estoica

Todo tras sí lo lleva el año breve
de la vida mortal, burlando el brío
al acero valiente, al mármol frío,
que contra el tiempo su dureza atreve.

Antes que sepa andar el pie se mueve
camino de la muerte, donde envío
mi vida oscura: pobre y turbio río
que negro mar con altas ondas bebe.

Todo corto momento es paso largo
que doy a mi pesar, en tal jornada,
pues parado y durmiendo siempre aguijo.

Breve suspiro, y último y amargo,
es la muerte forzosa y heredada:
mas si es ley y no pena, ¿qué me aflijo?
642
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Enseña Cómo Todas Las Cosas Avisan De La Muerte

Miré los muros de la Patria mía,
Si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
De la carrera de la edad cansados,
Por quien caduca ya su valentía.

Salíme al Campo, vi que el Sol bebía
Los arroyos del hielo desatados,
Y del Monte quejosos los ganados,
Que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi Casa; vi que, amancillada,
De anciana habitación era despojos;
Mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
Y no hallé cosa en que poner los ojos
Que no fuese recuerdo de la muerte.
469
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Salmo Xvii

Miré los muros de la Patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de larga edad y de vejez cansados,
dando obediencia al tiempo en muerte fría.

Salíme al campo y vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
porque en sus sombras dio licencia al día.

Entré en mi casa y vi que, de cansada,
se entregaba a los años por despojos.
Hallé mi espada de la misma suerte;

mi vestidura, de servir gastada;
y no hallé cosa en que poner los ojos
donde no viese imagen de mi muerte.
658
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

Salmo Ix

Cuando me vuelvo atrás a ver los años
que han nevado la edad florida mía;
cuando miro las redes, los engaños
donde me vi algún día,
más me alegro de verme fuera dellos
que un tiempo me pesó de padecellos.
Pasa Veloz del mundo la figura,
y la muerte los pasos apresura;
la vida fugitiva nunca para,
ni el Tiempo vuelve atrás la anciana cara.
A llanto nace el hombre, y entre tanto
nace con el llanto
y todas las miserias una a una,
y sin saberlo empieza la Jornada
desde la primer cuna
a la postrera cama rehusada;
y las más veces, ¡oh, terrible caso!,
suele juntarlo todo un breve paso
y el necio que imagina que empezaba
el camino, le acaba.
¡Dichoso el que dispuesto ya a pasalle,
le empieza a andar con miedo de acaballe!
Sólo el necio mancebo,
que corona de flores la cabeza,
es el que solo empieza
siempre a vivir de nuevo.
¡Dichoso aquel que Vive de tal suerte
que el sale a recibir su misma muerte!
571
Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo

A Celestina

Yace en esta tierra fría,
Digna de toda crianza,
La vieja cuya alabanza
Tantas plumas merecía.

No quiso en el cielo entrar
A gozar de las estrellas,
Por no estar entre doncellas
Que no pudiese manchar.
545
Felipe Benítez Reyes

Felipe Benítez Reyes

La Edad De Oro

Lo que el tiempo se lleve
que sea tanto
como aquello que el tiempo nos dio,
regalo inmerecido,
dejando la memoria en la inocencia
de la vida cumplida, porque nada
hiere más y más hondo que el recuerdo:
mientras dure una noche en la memoria,
esa noche es la Noche
y esa intensa memoria la Memoria.

Llévese el tiempo todo
lo que quiera llevarse,
porque todo fue suyo desde siempre.

Que desvanezca el tiempo
el oro delincuente del amor
y la imagen hermética de aquello
que llamabas pasado

—y era apenas
ayer: la fugitiva
edad de no tener
edad para el pasado.

Edad de Baudelaire y de muchachas
que adquirían nociones de la vida
en las últimas filas de los cines
y en esos viejos cines de posguerra
convertidos
en locales de baile que cerraban
cuando el cielo quería amanecer.
Amaneceres de domingo,
volviendo a casa con
un vaso aún en la mano
y con tabaco extraño en el bolsillo,
a esa hora en que abrían los cafés
y las damas de caridad montaban mesas
con carteles de niños moribundos.

Y era la muerta luz que amanecía
la metáfora helada y la exacta ilusión de estar quemando
las naves de la eterna juventud.

Pero en su coche fúnebre
el tiempo iba admitiendo pasajeros.

Y las naves quemadas son ceniza,
y muy poco de eterna
tuvo la juventud.

Así que arrastre todo, que se lleve
en su vértigo el tiempo la memoria,

dejando
un vacío perfecto en el pasado.

Porque todo recuerdo
se acaba corrompiendo en el presente.
Y este presente ya
de poco va a servirnos.

De poco va a servirnos
el saber que hubo un tiempo en que la vida
valía su peso en oro.

Porque la vida pone
su casa en el pasado.

Y esta casa sombría no parece la nuestra.
680
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Hay Que Cuidarla Mucho, Hermana, Mucho

Mañana cumpliremos
quince años de vida en esta casa.
¡Qué horror, hermana, cómo envejecemos,
y cómo pasa el tiempo, cómo pasa!
Llegamos niños, y ya somos hombres,
hemos visto pasar muchos inviernos
y tenemos tristeza. Nuestros nombres
no dicen ya diminutivos tiernos,
ingenuos, maternales, ya no hay esa
infantil alegría
de cuando éramos todos a la mesa:
«¡Que abuela cuente, que abuelita cuente
un cuento antes de dormir, que diga
la historia del rey indio»
Gravemente
la voz querida comenzaba:
«Siga
la abuela, siga, no se duerma!»
«¡Bueno!»
¡Ah, la casa de entonces! La modesta
casita en donde todo era sereno,
¡Nuestra casita de antes! No, no es esta
la misma. ¿Y los amigos, las triviales
ocurrencias, la gente que vivía
en el barrio las cosas habituales?
¡Ah, la vecina enferma que leía
su novela de amor! ¿Qué se habrá hecho
de la vecina pensativa y triste
que sufría del pecho?
¡Era de linda! Tú la conociste,
¿No te acuerdas, hermana?
Ella leía siempre una novela
sentada a una ventana.
Nosotros la mirábamos. Y abuela
la miraba también. ¡Pobre! Quién sabe
qué la afligía. A veces ocultaba
el bello rostro, de expresión muy suave,
entre sus blancas manos, y lloraba.

¡Cómo ha ido cambiando todo, hermana,
tan despaciosamente! Cómo ha ido
cambiando todo ¿Qué se irá mañana
de lo que todavía no se ha ido?
Ya no la abuela nos dirá su cuento.
La abuela se ha dormido, se ha callado:
la abuela interrumpió por un momento
muy largo el cuento amado.
Aquellas risas límpidas y claras
se han vuelto graves poco a poco, aquellas
risas que no se habrán de oír. Las caras
tienen sombras de tiempo en tiempo, huellas
de pesares antiguos, de pesares
que aunque se saben ocultar existen.
En las nocturnas charlas familiares
hay silencios de plomo que persisten
hoscos, malos. En torno de la mesa
faltan algunas sillas. Las miradas
fijas en ellas, como con sorpresa,
evocan dulces cosas esfumadas:
rostros llenos de paz, un tanto inciertos
pero nunca olvidados. ¿Y los otros?,
Nos preguntamos muchas veces. Muertos
o ausentes, ya no están: sólo nosotros
quedamos por aquellos que se han ido,
y aunque la casa nos parezca extraña,
fría, como sin sol, aún el nido
guarda calor: mamá nos acompaña.
Resignada, quizá, sin un reproche
para la suerte ingrata, va olvidando,
pero, de cuando en cuando, por la noche,
la sorprendo llorando:
«¿Qué tiene, madre? ¿Qué es lo que le
apena?
¿No se lo dirá a su hijo al hijo viejo?
¡Vamos, madre, no llore, sea buena,
no nos aflija más! ¡Basta!» ¡Y la dejo
calmada, libre al fin de la amargura
de su congoja atroz, y así se duerme!
¡Húmedas las pupilas de ternura!
¡Ah, Dios no quiera que se nos enferme!
Es mi preocupación ¡Dios no lo quiera!
Es mi eterno temor. ¡Vieras! No puedo
explicártelo. Sí ella se nos fuera
¿Qué haríamos nosotros? Tengo miedo
de pensarlo. Me admiro
de cómo ha encanecido su cabeza
en estos meses últimos: la miro,
la veo vieja y siento una tristeza
tan grande ¿Esa aprensión nada te anuncia
hermana? Tú tampoco estás tranquila:
tu perdida alegría te denuncia
También tu corazón bueno vigila.
Yo no sé, pero creo que me falta
algo cuando no escucho
su voz. Una inquietud vaga me asalta

Hay que cuidarla mucho, hermana, mucho.
433
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

El Otoño, Muchachos

El otoño, muchachos. Ha llegado
sin sentirlo siquiera,
lluvioso, melancólico, callado.
El familiar bullicio de la acera
tan alegre en las noches de verano
se va apagando a la oración. La gente
abandona las puertas más temprano.
Las abandona silenciosamente.
Tardecita de otoño, el ciego entona
menos frecuente el aire que en la esquina
gemía el organillo ¡Qué tristona
anda, desde hace días, la vecina!
¿La tendrá así algún nuevo
desengaño?
Otoño melancólico y lluvioso,
¿Qué dejarás, otoño, en casa este
año?
¿Qué hoja te llevarás? Tan silencioso
llegas que nos das miedo.

Sí, anochece
y te sentimos, en la paz casera,
entrar sin un rumor ¡Cómo envejece
nuestra tía soltera!
404
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Los Viejos Se Van

¿No te da tristeza? Bueno,
a mí no sé qué me da
¡Se van los viejos! Los pobres
poquito a poco se van.
Y se van tan despacito
que ni lo sienten, ¿Será
el consuelo de saber
que se habrán de ir en paz?
¡Ah! Todo es inútil: nada
los detendrá: ¿Pasarán
este otoño, o el invierno
otra vez los hallará
contándonos por las noches
cosas de la mocedad?
Y cuando no estén, ¿Durante
cuánto tiempo aún se oirá
su voz querida en la casa
desierta?
¿Cómo serán
en el recuerdo las caras
que ya no veremos más?
¡Que ya no veremos! ¿Nunca
se te ha ocurrido pensar
en el silencio que dejan
aquellos que se nos van?
Y en nosotros mismos, piensas
alguna vez, ¿Es verdad?
En nosotros, que también
nos tendremos que callar.
Cuando nos llegue la hora
como a los viejos, ¿Habrá
para nosotros la dulce
confortación familiar
que tanto alivia? ¿Qué labio
piadoso nos besará?
¿Nos sentiremos muy solos?
¿Y nos iremos en paz?
546
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

La Que Se Quedó Para Vestir Santos

Ya tienes arrugas, ¡Qué vergüenza! Bueno:
serás abuelita sin ser madrecita.
Ayer, recordando tu pesar sereno,
me dio mucha pena tu cara marchita.

¿Ni siquiera una novela empezada?
Quizás el idilio que duró un verano,
hasta que una noche por buena y confiada,
se cansó la novia de aguardar en vano.

Y tú sufrirías, o no sufrirías,
nerviosas esperas, y te quedarías
como es natural,

tan indiferente que al día siguiente
ya no habría nada, nada: solamente
húmedas las puntas de tu delantal.
429