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Poemas en este tema

Emociones y Sentimientos

Emilio Prados

Emilio Prados

Eunice Odio

Eunice Odio

Satchmo Liroforo

¿Te acuerdas, Louis Armstrong,
del día en que viajamos por un corredor de sonidos
que amábamos hasta la muerte?
¿Recuerdas la onomatopeya que no salió al paso
y que nos dio un trono de un solo golpe?
Parece mentira, Louis, amor mío,
que hayamos compartido tantas cosas,
tantas ramas
y tan gran número de espumas.
Parece imposible, Louis,
que entre nosotros se deshagan
las formas del azul que nos acompañaban;
que tú, dardo, arma del ángel vivo,
te lances a donde nadie podrá reconocerte sino por tu alegría,
por tu voz de durazno,
por tu manera de prolongarte en la luz
y crecer en el aire.
No creo que haya desaparecido del mundo
la manada de resplandores que nos seguía.
Más bien creo que se ocultan en el tiempo
y que no será consumidos.
Tú, continuación del fuego,
pedestal de la nube,
desinencia de mariposa,
andas hoy al garete entre harinas
y entre otras materias incorruptibles que te guardan
como guardan a todos los justos,
a todos los hermosos
cuya hermosura viene de lejos y no se va nunca,
y se incendia cada día
igual que la altura.
Satchmo, querido hasta la música,
soñado hasta el arpegio,
las arpas de David y sus graves de cobre
te están tocando el alma
y los clavicémbalos el cabello sin fin.
Ricardo Wagner está de pie, aguardándote en una azotea
tetralógica,
lleno de flores que andan y crecen continuamente.
Ricardo Wagner está en sí mismo
viendo que llegas al dominio de los cristales,
armado de la trompeta bastarda y de la baja
tocando un son del viento,
sonando como un trueno
recién nacido, y húmedo y perfecto.
Y yo, sombra sonora del futuro
también estoy allí,
soñada por dos cuerpos transparentes
que se besan y funden y confunden
en la gran azotea tetralógica
donde todo es tan claro como Dios
y el amor
y los árboles.
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Enrique Lihn

Enrique Lihn

Estación Terminal

Esta será ya lo veo tu última imagen:
nuestra despedida en el poema en la estación terminal.
No sé por dónde empezarla para que no se me escape nada,
y las gentes las cosas apelotonadas aquí tienen algo de
agobiadoramente comparable a los restos que se enfrían
frases enteras o adjetivos de una pequeña obra maestra
sobre la cual pesara, hasta perderla, esta impaciencia,
nuestro cansancio mi inarticulación la ferocidad del
egoísmo
por el cual cuando me empiezan a doler los pies prefiero la cama a
cualquier otra cosa incluyendo a la poesía que voy a decirlo
todo esta noche eres tú,
y, entretanto, no insistas en que un gordinflón de cuarenta
años
duerma apoyado en tu hombro, para retenerlo otro poco.
A la estación le sobran escenas como éstas,
la cara triste de la revolución
que me sonría por la tuya
con algo de una máscara de hojas de tabaco pequeña obra
maestra de la noche te improvisas
una moral una paciencia y hasta lo que llamas tu amor, nada
podría de todo eso
brotar en esta tierra caliente removida por los huracanes
sobre la que pasa y repasa este mundo con sus pies,
y se acumulan los restos a la espera de mis adjetivos, obscenos bultos
un mar de papeles, etc.,
algo, en fin, como para renunciar a este tipo de viajes.

Me parece llegar a la edad más ingrata,
me parece recordar el momento presente:
no eres tú la muchacha que conocí hace un año
ni te marchaste en circunstancias que prefiero olvidar.
Por el contrario, ¿no hicimos el amor?
Una y mil veces, se diría, y para el caso es lo mismo:
te reemplazaron hasta en eso como una sombra borrara a otra,
y tu virginidad: el colmo del absurdo
no te defiende ahora de parecer agotada.
En realidad recuerdo que nos despedimos aquí,
pero no puedo precisar, con este sueño, cómo
ocurrió la despedida,
en qué sentido tus manos me revuelven el pelo
y yo arrastro tu equipaje una caja de latón
o me insinúas que te regale un pullover.
A los ojos de la gente que no distingo de mis ojos
sino para mirarles desde una especie de ultratumba
somos una pareja un poco desafiante
y acostumbrada a esto en su Estación Terminal

un blanco y una negra
contra la que, en cualquier momento, alguien arroja una
sonrisa estúpida
el comienzo de una pedrada
La cara triste de la revolución
y yo la tomo entre mis manos de egoísta consumado
Tanto como los párpados me pesan quienes se sientan en el suelo
a esperar una guagua hasta la hora del juicio
en que el viejo carcamal logra ponerse en movimiento
y los riegue lentamente por el interior de la República.
Tu última imagen quizá con tus yollitos en el pelo,
esta falta de sentimientos profundos en que me encuentro
parecida a la pobreza por la que en cambio tú
no sientes nada o bien una despreocupada afinidad,
la risa de juntar unos medios con tus alumnos,
el espejo que se guarda debajo de la almohada para soñar con
quién se quiera
y tus visitas a la abandonada
que por penas de amor se llena de hijos.
Ya no estoy en edad de soportarme en este trance
ni los bolsillos vacíos ni la efusión sentimental son
cosas de mi agrado,
hasta leyendo mis propios versos más o menos románticos
bostezo
y se me dormiría la mano si tuviera que escribirlos.
Cuántos años aquí, pero, en fin, tú eres
joven:
“de otro, seras de otro como antes de mis besos”.
Yo prefiero al lirismo la observación exacta
el problema de lengua que me planteas y que no logro resolver te
escribiré.
La Estación Terminal un libro abierto perezosamente en que las
frases ondulan
como si mis ojos fueran un paraje de turistas desacostumbrados a estos
inconvenientes,
nada que se parezca a una mancha gloriosa,
ya lo dije, de vez en cuando, una observación estúpida:
piedrecillas que se desprenden de este yacimiento humano,
incongruentes, con el saludo de Ho Chi Min transmitido por los
altoparlantes institutrices de esas que no dejan en paz a los
niños a ninguna hora de la noche,
y sin embargo, tú duermes con tranquilidad
capaz de todas las consignas, pero con una reserva al buen humor
quizá la clave de todo esto
un primer verso que pone al poema en movimiento como por obra de magia.
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Ismael Enrique Arciniegas

Ismael Enrique Arciniegas

En Colonia

En la vieja Colonia, en el oscuro
rincón de una taberna,
tres estudiantes de Alemania un día
bebíamos cerveza.

Cerca, el Rhin murmuraba entre la bruma,
evocando leyendas,
y sobre el muerto campo y en las almas
flotaba la tristeza.

Hablamos de amor, y Franck, el triste,
el soñador poeta,
de versos enfermizos, cual las hadas
de sus vagos poemas:

«Yo brindo —dijo— por la amada mía,
la que vive en las nieblas,
en los viejos castillos y en las sombras
de las mudas iglesias;

»Por mi pálida Musa de ojos castos
y rubia cabellera,
que cuando entro de noche en mi buhardilla en la
frente me besa».

Y Karl, el de las rimas aceradas,
el de la lira enérgica,
cantor del Sol, de los azules cielos
y de las hondas selvas,

el poeta del pueblo, el que ha narrado
las campestres faenas,
el de los versos que en las almas vibran
cual músicas guerreras:

«Yo brindo —dijo— por la Musa mía,
la hermosa lorenesa,
de ojos ardientes, de encendidos labios
y riza cabellera;

»por la mujer de besos ardorosos
que espera ya mi vuelta
en los verdes viñedos donde arrastra
sus aguas el Mosela».

«¡Brinda tú!»—me dijeron—. Yo callaba
de codos en la mesa,
y ocultando una lágrima, alcé el vaso
y dije con voz trémula:

«¡Brindo por el amor que nunca acaba!»
y apuré la cerveza;
y entre cantos y gritos exclamamos:
«¡Por la pasión eterna!».

Y seguimos risueños, charladores,
en nuestra alegre fiesta...
Y allí mi corazón se me moría,
se moría de frío y de tristeza.
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Efraín Huerta

Efraín Huerta

Meditación De La Rosa

MEDITACIÓN DE LA ROSA

Supón, mi amor, que trazamos la hora con una rosa

y que el agua es la medida de todas las rosas.

Piensa, azucena, en un becqueriano batir de alas

presente a nuestro paso, inmerso en nuestro tiempo.

Siempre hay alguien desnudo en lo que va del cielo

a esta tierra de duros y salobres pensamientos.

Yo te miro decir y escucho tu silencio

cuando lloro los días que fueron pavorosos.

Una balada es un poco de tibia espuma

es un sereno atardecer salido de la nada.

Supón entonces, amor mío, que hay un espejo

al que sonríes por las verdades ya dichas.

La luna acaba de ser amada, dijo un poeta

que simplemente se llamaba Juan punto y aparte.

Sabes bien que habrá una invasión de misterios

bien soñados tal vez o dulcemente pensados.

Andamos y desandamos mil y un caminos

como sombritas de fieras sin salida posible.

El hombre es la más bella conquista del aire

insistió aquel poeta que se llamaba nada más Juan.

Un miedo de singulares perfiles nos abruma

mientras morimos gritando ¡amor! amor.

Hemos vivido más o menos como ángeles en pena

navegando en lo que llamamos un desierto ardiente.

Amando hasta nunca decir basta de amar

y oído y visto guerras de infinito terror.

La bondad nos quedaba estrictamente prohibida

porque ya no había espacio ni necesaria era.

Apostamos la vida a un albur de silencio

cuando el amor no era sino una niña espina.

Alguien nunca esperado se acerca paso a paso

y pretende quebrar este amor de la rosa de hielo.

Hoy debemos cerrar las puertas, las ventanas

y no dejar entrar la niebla y su veneno.

Pues te repito que tendremos los agrios pensamientos

que suelen suceder al sudor amoroso.

Ahora supón, oh descarnada rosa bienamada

que nos fatiga el encierro y salimos a una calle.

¿Por qué no hay aquí una calle nombrada
Góngora

con los campos de plumas tan urgentes?

Ignoro si ganamos o perdimos la batalla

contra los días que fueron y los días que vendrán.

No estoy ni estuve para decir cuáles penas

nos afligieron ni para descubrir lo que somos.

Sólo sé que no sé nada sino amarte

como se ama a la rosa paridamente fresca.

Te contaré mis ciclos de histeria y de neurosis

como si fueran sólo el alma de mi siglo.

Todo parece primitivo todo insomne

todo parece mar parece dientes parece lejos.

Ámame por desdicha por descanso porque sí

o porque no o porque nada o por mero desvelo

Después de todo soy una constante rebelión

sofocada como adivinarás a pura sangre.

Vamos tú y yo y aquella rosa recién llegada

por una oscuridad parecida a un reino quietísimo.

Hemos vivido y viviremos en la memoria de aquel hombre

que pasa como un árbol que no tiene descanso.

No pienses ya nada ni nada supongas

porque las fronteras son irremediables

y yo sobrevivo tú sobrevives todos sobrevivimos

para que el amor sea el gemido de siempre

y la piel no parezca un campo incendiado

y la dicha recorra tu cuerpo como una caricia mía.

17 de diciembre de 1979

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