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Poemas en este tema

Relaciones y Familia

Efraín Huerta

Efraín Huerta

Juárez-loreto

JUÁREZ-LORETO


Alabados sean los ladrones...H.M.E


La del piernón bruto me rebasó por la derecha:

rozóme las regiones sagradas, me vio de arriba abajo

y se detuvo en el aire viciado: cielo sucio

de la Ruta 85, donde los ladrones

me conocen porque me roban, me pisotean

y me humillan: seguramente saben

que escribo versos: ¿Pero ella? ¿Por qué

me faulea, madruga, tumba, habita, bebe?

Tiene el pelo dorado de la madrugada

que empuña su arma y dispara sus violines.

Tiene un extraño follaje azul-morado

en unos ojos como faroles y aguardiente.

Es un jazmín angelical, maligno,

arrancado del zarzal en ruinas.

A los rateros los detesto con todo el corazón,

pero a ella, que debe llamarse Ría, Napoleona,

Bárbara o Letra Muerta o Cosa Quemada,

empiezo a amarla en la diagonal de Euler

y en la parada de Petrarca ya soy un horno

pálido de codicia, de sueños de poder,

porque como amante siempre he sido pan comido,

migaja llorona (Ay de mí, Llorona), y si ayer pasadas las diez
de la noche

fui el vivo retrato de la Novena Maravilla,

ahora sólo soy la sombra de una séptima colina desyerbada.


Alabados sean los ladrones, dice Hans Magnus.

Pues que lo sean: los veo hurtar carteras, relojes, orejas,

pies, nalgas iridiscentes, bolígrafos, anteojos,

y ella, que debe llamarse Escaldada, ni se inmuta.

Vuelve al roce, al foul, al descaro,

se alisa la dorada cabellera

(¡Coño, carajo, caballero, qué cabellera de oro!),

se marea, se hegeliza, se newtoniza,

y pasamos por donde Maimónides y Hesíodo

y pone todavía más cara de estúpida

cuando Alejandro Dumas, Poe y Molière y los cines cercanos!

Malditilla, malditita, putilla camionera,

vergüenza seas para las anchas avenidas

que son Horacio, Homero y, caray (aguas, aguas), Ejército Nacional.

Rozadora, pescadora en el río revuelto

de las horas febriles; ladrona de mi mala suerte,

abyecta cómplice del «dos de bastos», hembra de los flancos

como agua endemoniada;

cachondísima hasta la parada en seco

del autobús de la Muerte.

Alabada seas, bandida de mi lerda conmiseración.

Escorpiona te llamas, Cancerita, Cangreja,

amada hasta la terminal, hasta el infinito trasero

que me despertó imbecilizado en el boulevard

¡Miguel de Cervantes Saavedra y demás clásicos!

Porque luego de tus acuciosos frotamientos

y que cada quien llegó a donde quiso llegar

(para eso estamos y vivimos en un país libre)

hube de regresar al lugar del crimen

(así llamo a mi arruinado departamento de Lope de Vega),

y pues me vine, sí, me vine lo más pronto posible

en medio de una estruendosa rechifla celestial.


Adoro tu nalga derecha, tu pantorilla izquierda,

tus muslos enteritos, lo adivinable y calientito, tus pechitos pachones

y tu indigno, antideportivo comportamiento.

Que te asalten, te roben, burlen, violen,

Nariz de Colibrí, Doncella Serpentina,

Suripantita de Oro, Cabellitos de Elote,

porque te amo y alabo desde lo alto de mi aguda marchitez.


Hoy debo dormir como un bendito

y despertar clamando en el desierto de la ciudad

donde el Juárez-Loreto que algún día compraré

me espera, como un palacio espera, adormilado,

a su viejo-príncipe-poeta


soberbiamente idiota.

22 de octubre de 1970

670
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Sandra Sólo Habla En Líneas Generales

SANDRA SÓLO HABLA EN LÍNEAS GENERALES


Donde habita, donde come, donde

parece un arenoso acantilado,

allí es un cordero de ámbar con ojos de anís

y algo acerca de la dicha sexual tiene escrito en la frente.

Luego viene lo intolerable y maligno

(tal vez su madre, su padre o su hermana),

porque como he dicho dicha digo

que la veo y no la reconozco bajo arcos de triunfo

cocinados a cuchillo,

hablando palabras de fuego sobre el Mediterráneo

(que para ella fue Tequesquitengo o no fue nada),

deshaciéndose en fulgores sobre la soberana idiotez de la
Gioconda

(que a ella, lo sé a ciencia cierta, le pareció

una simple putita de Polanco),

bebiendo vinos rojos, besos rojos —canalla, perra—,

paseándose verdosamente, sandramente

por ciudades que no conozco y que no me importan

como no me importa ella sino porque existe

y es posible verla de lejos, de cerca,

comiendo bajo los húmedos azules de Nápoles,

viendo sin ver y hablando en líneas generales

como en un remanso de siniestra paz gastronómica.


Hace dos días con sus noches pude verla

(ella vive en las calles de Racine

y yo en Lope de Vega, lo cual es todo un drama en seis actos)

y en sus ojos había una tormenta edénica y turbadora

como antes y después del primer pecado

—lo virginal no quita lo caliente—,

Eva maldita Eva milenaria Eva evasiva Eva exúbera

Eva general Eva particularmente deseada y detestada

Eva que sabe a postre de manzana postre de mieles

Eva que huele a café con Leche-de-la-Mujer-Amada

Eva liberada Eva que viajó por Europa

y en verdad que nunca salió de estas amargas calles

¿para qué, si sus alas son dos liras rotas

y en el Foro romano sólo discurren los homosexuales

y alguna pelirroja horizontal originaria de Brooklyn?


Esos hace dos días supe que Sandra había visto piedras
talladas

y visto pinturas en sórdidos museos

y visto a Sofía Loren de lejos, de tan lejos

como de aquí a ella, Sandra de los ojos

que brillan y rebrillan como santelmos a la mitad del naufragio,

Sandra anónima Sandra espigada Sandra para morirse de una buena
vez

Sandra ¿por qué te llamas estúpidamente Sandra?

Sandra ojos de cordero degollado Sandra catedralicia

Sandra Santa Capilla Sandra Nuestra Señora

Sandra diabla y demonia sandrísima

que nunca me miró de frente que nunca me dijo buenas tardes

—lo que yo hubiera querido era un buenas noches—,

Sandra fugaz heroína de un poema fugaz

como el paso de una azucena por el palacio de algo así como un
poeta.

21 de diciembre de 1966

583
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Para Gozar De Tu Paz

PARA GOZAR DE TU PAZ


Como el viento agita las altas hierbas

así mis dedos vuelan sobre tu cabellera de diamantes,

y la noche de alcohol y los árboles de oro

encierran para siempre un sollozo de triunfo,

el ay de la alegría, el ah definitivo.

Como el aire de junio en la colina

mueve la dulce sombra de la nube,

así mi corazón se sacrifica

en el húmedo templo de tu pelo.


Nave sin dueño, sombra de ardorosa

violencia, ésta mi mano canta

bajo el murmullo alado de tu gloria.

Porque tienes la luz y la belleza

en el sereno estanque de tu rostro,

así el negro laurel es tu corona

y es mi fatiga y es

la sangre del insomnio.


Sólo cuando el pecado es la guirnalda

y la atadura, la cadena infinita

y el profundo latido; sólo cuando

la hora ha llegado, y tú,

joven de rosas y jazmines,

miras al horizonte del deseo

y dejas que el tesoro de seda y maravilla

sea la noche en mis manos,

sólo entonces, dorada,

todo me pertenece;

las hierbas agitadas y el viento

corriendo como el agua entre mis dedos:

agua de mi delirio, eterna fiebre,

espejismo y violencia, dura espina,

pedernal de la muerte, lento mármol,

millón de espigas negras.


Donde nace la idea,

donde tus pensamientos

—aves en dulce selva sometidas—,

donde mis labios buscan el milagro,

ahí estará mi fuerza.

Ahí estará el dolor de mi presencia:

al pie de tu dominio y tu pureza,

sin más aroma que el júbilo

y una medalla de aire,

palpitante, como el fuego

de una lágrima viva.


Crece la hierba, el río,

y el ala de la garza

es la mano de Dios que se despide.

Crece el amor en invisible grito

(quemante, activa espada),

y el corazón despierta

como herido de muerte.

Doblo la lenta hoja del silencio

y te apareces tú, página y perla,

con el cabello al viento

y una cierta sonrisa de alta luna.


Suave y veloz, como el aire de junio,

beso tu cabellera de diamantes,

el tesoro escondido de tu sueño,

y digo adión a la violencia

para gozar tu paz,

tu dulce, tu gloriosa geografía,

por siempre detenido,

por siempre enamorado.

1957

642
Efraín Huerta

Efraín Huerta

órdenes De Amor

ÓRDENES DE AMOR


¡Ten piedad de nuestro amor

y cuídalo, oh Vida!
Carlos Pellicer


1


Amor mío, embellécete.

Perfecto, bajo el cielo, lámpara

de mil sueños, ilumíname.

Orquídea de mil nubes,

desnúdate, vuelve a tu origen,

agua de mis vigilias,

lluvia mía, amor mío.

Hermoso seas por siempre

en el eterno sueño

de nuestro cielo,

amor.
2


Amor mío, ampárame.

Una piedad sin sombra

de piedad es la vida. Sombra

de mi deseo, rosa de fuego.

Voy a tu lado, amor,

como un desconocido.

Y tú me das la dicha

y tú me das el pan,

la claridad del alba

y el frutal alimento,

dulce amor.
3


Amor mío, obedéceme:

ven despacio, así, lento,

sereno y persuasivo:

Sé dueño de mi alma,

cuando en todo momento

mi alma vive en tu piel.

Vive despacio, amor,

y déjame beber,

muerto de ansia,

dolorido y ardiente,

el dulce vino, el vino

de tu joven imperio,

dueño mío.
4


Amor mío, justifícame,

lléname de razón y de dolor.

Río de nardos, lléname

con tus aguas: ardor de ola,

mátame...


Amor mío.

Ahora sí, bendíceme

con tus dedos ligeros,

con tus labios de ala,

con tus ojos de aire,

con tu cuerpo invisible,

oh tú, dulce recinto

de cristal y de espuma,

verso mío tembloroso,

amor definitivo.
5


Amor mío, encuéntrame.

Aislado estoy, sediento

de tu virgen presencia,

de tus dientes de hielo.

Hállame, dócil fiera,

bajo la breve sombra de tu pecho,

y mírame morir,

contémplame desnudo

acechando tu danza,

el vuelo de tu pie,

y vuélveme a decir

las sílabas antiguas del alba:

Amor, amor-ternura,

amor-infierno,

desesperado amor.
6


Amor, despiértame

a la hora bendita, alucinada,

en que un hombre solloza

víctima de sí mismo y ábreme

las puertas de la vida.

Yo entraré silencioso

hasta tu corazón, manzana de oro,

en busca de la paz

para mi duelo. Entonces

amor mío, joven mía,

en ráfagas la dicha placentera

será nuestro universo.

Despiértame y espérame,

amoroso amor mío.

1958

973
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Praga, Mi Novia

PRAGA, MI NOVIA


Lily me espera a las 11 en el puente del rey Carlos,

al pie de San Juan Nepomuceno, santo de piedra,

santo de agua, mudo, ahogado.

Lily cree en Dios y yo corro hacia ella

y hacia el río y después

los dos iremos hacia las colinas,

hacia el Castillo, hacia la Catedral,

y caminaremos la Callejuela de los Alquimistas

donde Lily descubre oro en las puertas y en las flores

y uno es un gigante que no cabe en las pequeñas casas.


Veremos grandes patios, hermosos panoramas,

y ella me obsequiará el prometido retrato de Neruda

—del viejo checo Jan, no del chileno Pablo—

y yo habré de contarle cómo es el mar

y si algún día regresaré.


Lily me dirá que cuente con ella

y que Praga es mi novia

y que ya no sueñe con las noches danubias

ni con «la negra Viena de los ojos azules»,

porque aquí, a nuestros pies,

un río de bronce y plata nos mira

y es un río que se llama Voltava.


Corro porque Lily me espera

y es posible que ya no crea en Dios

—lo que sería sencillamente horrible para ella.

Sus ojos que tanto han llorado deben mirar

hacia la dulzura del santo que no dijo nada

como ella tampoco parece decir nada cuando la beso

y en su español murmura «No me beséis»

y yo tengo que reírme y casi me muero de risa.


Al día siguiente

—porque ya Carlos Augusto León se ha ido a Zurich

a volar hacia América con su medalla de oro

en el pecho y sus cuentos de llaneros venezolanos—,

al día siguiente bailaremos valses

y al otro día Lily (sólo me queda ella)

esperará el filo de oro de la tarde

para llevarme hasta la puerta del Cementerio Judío

y dejarme de la mano de Dios

para que yo solo con mi alma pise aquellas flores de pavor

y me quiebre los ojos sobre las lápidas labradas

llenas de siglos

y a media voz recuerdo el poema de Nezval.

Porque ahí sólo pisamos la ceniza

y Lily, que cree en Dios,

no quiere entristecer su adoración

por el pequeño Niño Jesús de Praga

que se quedó en su nicho, allá en lo alto de la
Malá Strana

con sus quince vestiditos de oro y plata de todos los colores.


Y entonces, como no hay nada ni nadie a la vista,

sueño que los viejos huesos crecen en los dorados árboles

y que una flor tiene la lengua de fuera

porque Lily debe estar loca

y los rabinos están hechos polvo

y en la sinagoga el candelabro mueve los brazos

y el gran Libro abierto me habla

y la palabra «nazis» me da náuseas

y debo entonces pedir la paz en todos los ríos

y para todos los poetas, hombres, niños, mujeres,

y no solamente para la turbia paz del Cementerio

ni la paz para la ceniza que se come

ni para las astillas de huesos que recogí en Oswiecim

ni mucho menos la paz del ghetto de Varsovia.


Por eso, Lily, que cree en Dios y es hermosa y católica,

me dice que si estoy en Praga es porque soy malo

y debo ser un sanguinario comunista

pero que todo me lo perdona

(es tan buena) porque le corrijo su español

y le cuento de mis amigos de México y de las estrellas de cine

y que hay un pueblo lleno de canales y guitarras

y dos terribles volcanes muertos cubiertos de nieve

y para su consuelo una gran cantidad

de iglesias y mucho sacerdotes.


Por eso corro y dejo atrás la fina lluvia

y ya no quiero tampoco recordar la fría tierra de
Lídice,

porque me encanta la vieja ciudad y aunque me canse

(cuando regrese a México haré que me operen)

no puedo dejar a Lily con sus panes

y sus frutas, tampoco con sus ojos

que parecen ojos de santa flagelada

ni con su amarga risa de niña.


No me pierdo por Praga, porque ¿cómo perderme

en brazos de una novia amorosa?

Lily me dijo apenas ayer que me entregaba

el corazón de la ciudad

y yo me bebo el aire del río

y va no le pido más porque nada me niega

y porque debo llegar a una hora fija, a las 11,

al pie de San Juan Nepomuceno,

santo de piedra,

santo de agua,

mudo,

ahogado.

619
Efraín Huerta

Efraín Huerta

éste Es Un Amor

ÉSTE ES UN AMOR

A Rosaura Revueltas



Éste es un amor que tuvo su origen

y en un principio no era sino un poco de miedo

y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.


Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,

un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,

un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,

un amor que no tiene remedio, ni salvación,

ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.


Éste es un amor rodeado de jardines y de luces

y de la nieve de una montaña de febrero

y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel

y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe

por qué llega el amor y luego las manos

—esas terribles manos delgadas como el pensamiento—

se entrelazan y un suave sudor de —otra vez— miedo,

brilla como las perlas abandonadas

y sigue brillando aún cuando el beso, los besos,

los miles y millones de besos se parecen al fuego

y se parecen a la derrota y al triunfo

y a todo lo que parece poesía —y es poesía.


Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:

vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos

y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos

y a lo ancho de los países

y las distancias eran como inmensos océanos

y tan breves como una sonrisa sin luz

y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia

y me sumergía en sus ojos en llamas

y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado

y entonces me olvidaba de mi nombre

y del maldito nombre de las cosas y de las flores

y quería gritar y gritarle al lado que la amaba

y que yo ya no tenía corazón para amarla

sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo

y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.

Y yo veía que todo estaba en sus ojos —otra vez ese mar—,

ese mal, esa peligrosa bondad,

ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe

y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,

hasta el alma y hasta los mustios labios.

Ya lo saben sus ojos y ya lo sabe el espléndido metal de sus muslos,

ya lo saben las fotografías y las calles

y ya lo saben las palabras —y las palabras y las calles y las fotografías

ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos

y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma

y no llorar de amor.

969
Efraín Huerta

Efraín Huerta

Los Sueños

LOS SUEÑOS


Miro pasar las nubes de la noche.

Miro pasar tu cuerpo, tu sombra de laurel.

Oigo los sueños de la noche

(nubes también, o aves)

y conozco el misterio de lo eterno,

la sabia voz de lo desconocido.


Oigo ese sueño jubiloso de la mujer amada,

el negro sueño de los asesinos,

el sueño doloroso del niño.


Y no hay sueño en la noche

que no parezca ser mi propio sueño.


Miro pasar los sueños

como navíos cargados de esperanza.

Y hay un hombre en el sueño

y el hombre sueña rosas, sueña sangre,

sueña su propia infancia

y una lágrima turbia le corre por el rostro.


Un poeta que sueña

(viva imagen del sueño, estatua desolada)

gime en el sueño y pide

la nueva voz del ansia y el grito del amor.

Sean el sueño y la paz para el poeta.

Sean la dicha y el pan para el poeta.

La libertad para el poeta.


Miro el puro prodigio de los sueños.

El sueño de tu cuerpo, los laureles

de tu sombra en la sombra

de esta noche de encendidos perdones.


Oigo ese sueño amargo del traidor en su nido,

su aurora mutilada,

su larga noche de agonía,

su pasión de belleza y de martirio.

(Profunda noche o cabellera

para el ciego del alma).


Oigo el suave nacer de los amores,

el suspiro anhelante, el beso despiadado.

Oigo ese fuego lento

de un pobre amor sin patria

y de un amor tan noble como el llanto.


Oigo el amor en triunfo:

la estrella temblorosa en su trono de luz,

la enamorada música, la selva

de estremecidos pasos de gacela

y las hojas que caen

como abrazos perdidos.

¡Amor encarcelado, amor divino,

atormentado amor, espiga de dulzura!


No hay amor en la noche

que no parezca ser mi propio amor.


Van los navíos del sueño

por el profundo mar de la esperanza;

los oigo navegar, ebrios, danzando

la danza de una noche constelada de espinas.


Va mi sueño en los sueños

de bondad, en los sueños

que despiertan al mundo, virginales,

y en el sueño marchito

y en el doliente sueño

de una infinita adolescencia.


Resplandece tu sueño,

tu sueño de laurel y mariposa,

y lo miro pasar

como una espada en vuelo,

desnuda de dolor, virgen de heridas.


Y no hay vuelo en tu sueño

que no parezca ser mi propio vuelo.


Miro pasar un ángel

y un silencio de bosques,

como una catedral de frías cenizas,

me envenena los ojos, los oídos,

y penetro en el alba

con los brazos abiertos al corazón del mundo.

778
Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Paloma Y El Sueño

LA PALOMA Y EL SUEÑO

Tú no veías el árbol, ni la nube ni el aire.

Ya tus ojos la tierra se los había bebido

y en tu boca de seda sólo un poco de gracia

fugitiva de rosas, y un lejano suspiro.


No veías ni mi boca que se moría de pena

ni tocabas mis manos huecas, deshabitadas.

Espeso polvo en torno daba un sabor a muerte

al solemne vivir la vida más amarga.


Había sed en tus ojos. Suave sudor tu frente

recordaba los ríos de suave, lenta infancia.

Yo no podía con mi alma. Mi alma ya no podía

con mi cuerpo tan roto de rotas esperanzas.


Tus palabras sonaban a olas de frágil vuelo.

Tus palabras tan raras, tan jóvenes, tan fieles.

Una estrella miraba cómo brilla tu vida.

Una rosa de fuego reposaba en tu frente.


Y no veías los árboles, ni la nube ni el aire.

Parecías desmayarte bajo el beso y su llama.

Parecías la paloma extraviada en su vuelo:

la paloma del ansia, la paloma que ama.


Te dije que te amaba, y un temblor de misterio

asomó a tus pupilas. Luego miraste, en sueños,

los árboles, la nube y el aire estremecido,

y en tus húmedos ojos hubo un aire de reto.


No parecías la misma de otras horas sin horas.

Ya sueñas, o ya vuelas y ni vuelas ni sueñas.

Te fatigan los brazos que te abrazan, paloma,

y, al sollozar, a un lirio desmayado recuerdas.


Ya sé que estoy perdido, pero siempre ganado.

Perdido entre tu sombra, ganado para nunca.

Mil besos son mil pétalos protegiendo tu piel

y tu piel es la lámpara que mis ojos alumbra.


¡Oh geografía del ansia, geografía de tu cuerpo!

Voy a llorar las lágrimas más amargas del mundo.

Voy a besar tu sombra y a vivir tu recuerdo.

Voy a vivir muriendo. Soy el que nunca estuvo.

693
Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Rosa Primitiva

Escribo bajo el ala del ángel más perverso:
la sombra de la lluvia y el sonreír de cobre de la niebla
me conducen, oh estatuas, hacia un aire maduro,
hacia donde se encierra la gran severidad de la belleza.
Escribo las palabras y el penetrante nombre del poema,
y no encuentro razón, flor que no sea
la rosa primitiva de la ciudad que habito.
Nunca el poema fue tan serio como hoy, y nunca el verso
tuvo la estatura de bronce de lo que no se oculta.
Hacia el amor, las manos, y en las manos, gimiendo,
hojas de yerba amarga del pensamiento gris,
secas raíces de una melancolía sin huesos,
la danza del deseo muerto a vuelta de esquina
y un sollozo frustrado gracias a la ternura.
Hacia el amor, sonrisas, y en ellas, como almas,
el malogrado espíritu de un mensaje que un día
cobró cierta estructura, y que hoy, entorpecido,
circula por las venas.

Nunca digas a nadie que tienes la verdad en un puño,
o que a tus plantas, quieta, perdura la virtud.
Ama con sencillez, como si nada.
Sé dueño de tu infierno, propietario absoluto
de tu deseo y tus ansias, de tu salud y tus odios.
Fabrícate, en secreto, una ciudad sagrada,
y equilibra en su centro la rosa primitiva.
Al pueblo y a la hembra que enciendan cuanto hay en ti de hermoso,
y murmuren mensajes en tus oídos frágiles,
debes verlos con santa melancolía y un aire desdeñoso,
mandarlos hacia nunca, hacia siempre,
hacia ninguna parte...

Quédate con la rosa del calosfrío,
la rosa del espanto estatuario,
la inmaculada rosa de la calle,
la rosa de los pétalos hirientes,
la rosa-herrumbre del fiero desencanto,
la primitiva rosa de carne y desaliento,
la rosa fiel, la rosa que no miente,
la rosa que en tu pecho debe ser la paloma
del latido fecundo y el vivir con un pulso
de gran deseo hirviendo a flor de labio.

La rosa, en fin, de las espinas de oro
que nuestra piel desgarran y la elevan
hacia el sereno cielo de donde la poesía
nos llega mutilada, como ruinas del alba.
899
Efraín Huerta

Efraín Huerta

La Estrella Poema De Niebla

LA ESTRELLA

poema de niebla


Para Anne Sten


Labios como el sabor del viento en el invierno,

dientes jóvenes de luna consentida en la llama del abrazo.

Se endurecía la noche en tu garganta.

Espacio duro de tus senos. Amarilla y quemada,

la inesperada sombra de tus piernas en la alas de los
pájaros

cuando tus dedos en un juego de látigos

hendían prisas de frío.

Que nos perdonen las sábanas lunares de los árboles

y el sueño arrebatado a las estatuas,

y el agua estremecida con la caída

del deseo. Tenías los ojos limpios, Andrea.

La estrella de tu frente como herida de vino,

enferma, detenida en mi boca.

Había un mundo de silencio en tu cuerpo,

como si la muerte se hubiese mirado en un espejo

o varias rosas en agonía hubieran imaginado

un paraíso de nieve o de cristales.


(Ahí perdura solamente lo desconocido

que nuestros labios apagaron.

El recuerdo es materia de belleza poseída y escrita

en páginas en las que un poco de amor pasó rozando.

Como el recuerdo gritarían las cabelleras

mojadas en acuarelas de angustia.

Así serían las voces de os aires helados
fundiéndose

en las aristas de una montaña de bronce).


Te corría por la espalda una gota de sangre

de mis venas. La noche, con la niebla

y el silencio en medio de los senos, nos veía y procuraba

cambiar su propia ruta.

Que nos perdonen las mismas pinceladas de la aurora.


Exprimidas las horas como cerezas en nuestros labios,

apenas un instante de tus hombros

se deslizó en mi sueño.

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