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Poemas en este tema

Sociedad y el Mundo

Manuel Altolaguirre

Manuel Altolaguirre

Manuel Altolaguirre

Manuel Altolaguirre

Manuel Altolaguirre

Manuel Altolaguirre

Arcipreste de Hita

Arcipreste de Hita

Cantica De Sserrana

Cerca de Tablada,
la sierra passada,
falléme con Alda,
a la madrugada.

Ençima del puerto
cuydéme ser muerto
de nieue e de frío
e dese rruçío
e de grand' elada.

Ya a la decida
dy una corrida:
fallé una sserrana
fermosa, loçana
e byen colorada

dixel' yo a ella:
«Omíllome, bella.»,
Diz': «Tú, que bien corres,
aquí non t' engorres,
anda tu jornada».

Yo l' dix: «Frío tengo,
e por eso vengo
a vos, fermosura:
quered por mesura
oy darme posada».

Díxome la moça:
«Pariente, mi choça
el qu' en ella posa
conmigo desposa
e dame soldada»,

Yo l' dixe: «De grado;
mas yo so cassado
aquí en Ferreros;
mas de mis dineros
darvos he, amada»,

Diz: «Vente comigo»;
Levóme consigo,
diome buena lunbre,
com' era costunbre
de sierra nevada.

Diom' pan de centeno
tyznado, moreno,
diome vino malo,
agrillo e ralo,
e carne salada,

Diom' queso de cabras:
Diz: «Fidalgo, abras
ese blaço, toma
un canto de soma,
que tengo guardada»,

Diz: «Uéspet, almuerça,
e bev' e esfuerça,
caliéntat' e paga
de mal no s' te faga
fasta la tornada.

»Quien donas me diere,
quales yo pediere,
avrá buena çena
e lichiga buena,
que no l' cueste nada».

«Vos, qu' eso desides,
¿por qué non pedides
la cosa çertera?»
Ella diz: «¡Maguera!
¿Sy me será dada?

»Pues dame una çinta
bermeja, byen tynta,
e buena camisa
fecha a mi guisa
con su collarada

»Dame buenas sartas
d' estaña e hartas,
e dame halía
de buena valya,
pelleja delgada.

»Dame buena toca,
lystada de cota,
e dame çapatas,
bermejas byen altas,
de pieça labrada.

»Con aquestas joyas,
quiero que lo oyas,
serás byen venido:
serás mi marido
e yo tu velada».

«Sserrana señora,
tant' algo agora
non trax' por ventura;
faré fladura
para la tornada».

Díxome la heda:
«Do non ay moneda,
non ay merchandía
nin ay tan buen día
nin cara pagada.

»Non ay mercadero
bueno sin dinero,
e yo non me pago
del que non da algo
nin le dó posada.

»Nunca d' omenaje
pagan ostelaje;
por dineros faze
ome quanto'l plase:
cosa es provada».
603
Arcipreste de Hita

Arcipreste de Hita

Cantica De Sserrana

Cerca de Tablada,
la sierra passada,
falléme con Alda,
a la madrugada.

Ençima del puerto
cuydéme ser muerto
de nieue e de frío
e dese rruçío
e de grand' elada.

Ya a la decida
dy una corrida:
fallé una sserrana
fermosa, loçana
e byen colorada

dixel' yo a ella:
«Omíllome, bella.»,
Diz': «Tú, que bien corres,
aquí non t' engorres,
anda tu jornada».

Yo l' dix: «Frío tengo,
e por eso vengo
a vos, fermosura:
quered por mesura
oy darme posada».

Díxome la moça:
«Pariente, mi choça
el qu' en ella posa
conmigo desposa
e dame soldada»,

Yo l' dixe: «De grado;
mas yo so cassado
aquí en Ferreros;
mas de mis dineros
darvos he, amada»,

Diz: «Vente comigo»;
Levóme consigo,
diome buena lunbre,
com' era costunbre
de sierra nevada.

Diom' pan de centeno
tyznado, moreno,
diome vino malo,
agrillo e ralo,
e carne salada,

Diom' queso de cabras:
Diz: «Fidalgo, abras
ese blaço, toma
un canto de soma,
que tengo guardada»,

Diz: «Uéspet, almuerça,
e bev' e esfuerça,
caliéntat' e paga
de mal no s' te faga
fasta la tornada.

»Quien donas me diere,
quales yo pediere,
avrá buena çena
e lichiga buena,
que no l' cueste nada».

«Vos, qu' eso desides,
¿por qué non pedides
la cosa çertera?»
Ella diz: «¡Maguera!
¿Sy me será dada?

»Pues dame una çinta
bermeja, byen tynta,
e buena camisa
fecha a mi guisa
con su collarada

»Dame buenas sartas
d' estaña e hartas,
e dame halía
de buena valya,
pelleja delgada.

»Dame buena toca,
lystada de cota,
e dame çapatas,
bermejas byen altas,
de pieça labrada.

»Con aquestas joyas,
quiero que lo oyas,
serás byen venido:
serás mi marido
e yo tu velada».

«Sserrana señora,
tant' algo agora
non trax' por ventura;
faré fladura
para la tornada».

Díxome la heda:
«Do non ay moneda,
non ay merchandía
nin ay tan buen día
nin cara pagada.

»Non ay mercadero
bueno sin dinero,
e yo non me pago
del que non da algo
nin le dó posada.

»Nunca d' omenaje
pagan ostelaje;
por dineros faze
ome quanto'l plase:
cosa es provada».
603
Angel González

Angel González

Introducción A Las Fábulas Para Animales

Durante muchos siglos
la costumbre fue ésta:
aleccionar al hombre con historias
a cargo de animales de voz docta,
de solemne ademán o astutas tretas,
tercos en la maldad y en la codicia
o necios como el ser al que glosaban.
La humanidad les debe
parte de su virtud y su sapiencia
a asnos y leones, ratas, cuervos,
zorros, osos, cigarras y otros bichos
que sirvieron de ejemplo y moraleja,
de estímulo también y de escarmiento
en las ajenas testas animales,
al imaginativo y sutil griego,
al severo romano, al refinado
europeo,
al hombre occidental, sin ir más lejos.
Hoy quiero —y perdonad la petulancia—
compensar tantos bienes recibidos
del gremio irracional
describiendo algún hecho sintomático,
algún matiz de la conducta humana
que acaso pueda ser educativo
para las aves y para los peces,
para los celentéreos y mamíferos,
dirigido lo mismo a las amebas
más simples
como a cualquier especie vertebrada.
Ya nuestra sociedad está madura,
ya el hombre dejá atrás la adolescencia
y en su vejez occidental bien puede
servir de ejemplo al perro
para que el perro sea
más perro,
y el zorro más traidor,
y el león más feroz y sanguinario,
y el asno como dicen que es el asno,
y el buey más inhibido y menos toro.
A toda bestia que pretenda
perfeccionarse como tal

—ya sea
con fines belicistas o pacíficos,
con miras financieras o teológicas,
o por amor al arte simplemente—
no cesaré de darle este consejo:
que observe al homo sapiens, y que aprenda.
915
Angel González

Angel González

Introducción A Las Fábulas Para Animales

Durante muchos siglos
la costumbre fue ésta:
aleccionar al hombre con historias
a cargo de animales de voz docta,
de solemne ademán o astutas tretas,
tercos en la maldad y en la codicia
o necios como el ser al que glosaban.
La humanidad les debe
parte de su virtud y su sapiencia
a asnos y leones, ratas, cuervos,
zorros, osos, cigarras y otros bichos
que sirvieron de ejemplo y moraleja,
de estímulo también y de escarmiento
en las ajenas testas animales,
al imaginativo y sutil griego,
al severo romano, al refinado
europeo,
al hombre occidental, sin ir más lejos.
Hoy quiero —y perdonad la petulancia—
compensar tantos bienes recibidos
del gremio irracional
describiendo algún hecho sintomático,
algún matiz de la conducta humana
que acaso pueda ser educativo
para las aves y para los peces,
para los celentéreos y mamíferos,
dirigido lo mismo a las amebas
más simples
como a cualquier especie vertebrada.
Ya nuestra sociedad está madura,
ya el hombre dejá atrás la adolescencia
y en su vejez occidental bien puede
servir de ejemplo al perro
para que el perro sea
más perro,
y el zorro más traidor,
y el león más feroz y sanguinario,
y el asno como dicen que es el asno,
y el buey más inhibido y menos toro.
A toda bestia que pretenda
perfeccionarse como tal

—ya sea
con fines belicistas o pacíficos,
con miras financieras o teológicas,
o por amor al arte simplemente—
no cesaré de darle este consejo:
que observe al homo sapiens, y que aprenda.
915
Alí Chumacero

Alí Chumacero

El Viaje De La Tribu

Otoño sitia el valle, iniquidad
desborda, y la sacrílega colina al resplandor
responde en forma de venganza. El polvo mide
y la desdicha siente quien galopa
adonde todos con furor golpean:
prisionero asistir al quebrantado círculo
del hijo que sorprende al padre contemplando
tras la ventana obstruida por la arena.
Sangre del hombre víctima del hombre
asedia puertas, clama: "Aquí no existe nadie",
mas la mansión habita el bárbaro que busca
la dignidad, el yugo de la patria
interrumpida, atroz a la memoria,
como el marido mira de frente a la mujer
y en el cercano umbral la huella ajena apura
el temblor que precede al infortunio.

Hierro y codicia, la impotente lepra
de odios que alentaron rapiñas e ilusiones
la simiente humedece. Al desafío ocurren
hermano contra hermano y sin piedad
tornan en pausa el reino del estigma:
impulsa la soberbia el salto hacia el vacío
que al declinar del viento el águila abandona
figurando una estatua que cayó.

Volcada en el escarnio del tropel
la tarde se defiende, redobla la espesura
ante las piedras que han perdido los cimientos.
Su ofensa es compasión cuando pasamos
de la alcoba dorada a la sombría
con la seguridad de la pavesa: apenas
un instante, relámpago sereno cual soldado
ebrio que espera la degradación.

De niños sonreímos a la furia
confiando en el rencor y a veces en la envidia
ante el rufián que de improviso se despide
y sin hablar desciende de la bestia
en busca del descanso. El juego es suyo,
máscara que se aparta de la escena, catástrofe
que ama su delirio y con delicia pierde
el último vestigio de su ira.

Vino la duda y la pasión del vino,
cuerpos como puñales, aquello que transforma
la juventud en tiranía: los placeres
y la tripulación de los pecados.
Un estallar alzaba en la deshonre
el opaco tumulto y eran las cercanías
ignorados tambores y gritos y sollozos
a los que entonces nadie llamó "hermanos".

Al fin creí que el día serenaba
su propia maldición. Las nubes, el desprecio,
el sitio hecho centella por la amorosa frase,
vajilla, aceite, aromas, todo era
un diestro apaciguar al enemigo,
y descubrí después sobre el naufragio tribus
que iban, eslabones de espuma dando tumbos
ciegos sobre un costado del navío.
735
Manuel Acuña

Manuel Acuña

Ante Un Cadáver

¡Y bien! Aquí estás ya..., sobre la plancha
donde el gran horizonte de la ciencia
la extensión de sus límites ensancha.

Aquí, donde la rígida experiencia
viene a dictar las leyes superiores
a que está sometida la existencia.

Aquí, donde derrama sus fulgores
ese astro a cuya luz desaparece
la distinción de esclavos y señores.

Aquí, donde la fábula enmudece
y la voz de los hechos se levanta
y la superstición se desvanece.

Aquí, donde la ciencia se adelanta
a leer la solución de ese problema
que solo al anunciarse nos espanta.

Ella, que tiene la razón por lema,
y que en tus labios escuchar ansía
la augusta voz de la verdad suprema.

Aquí está ya... tras de la lucha impía
en que romper al cabo conseguiste
la cárcel que al dolor te retenía.

La luz de tus pupilas ya no existe,
tu máquina vital descansa inerte
y a cumplir con su objeto se resiste.

¡Miseria y nada más!, dirán al verte
los que creen que el imperio de la vida
acaba donde empieza el de la muerte.

Y suponiendo tu misión cumplida
se acercarán a ti, y en su mirada
te mandarán la eterna despedida.

¡Pero no!..., tu misión no está acabada,
que ni es la nada el punto en que nacemos,
ni el punto en que morimos es la nada.

Círculo es la existencia, y mal hacemos
cuando al querer medirla le asignamos
la cuna y el sepulcro por extremos.

La madre es solo el molde en que tomamos
nuestra forma, la forma pasajera
con que la ingrata vida atravesamos.

Pero ni es esa forma la primera
que nuestro ser reviste, ni tampoco
será su última forma cuando muera.

Tú sin aliento ya, dentro de poco
volverás a la tierra y a su seno
que es de la vida universal el foco.

Y allí, a la vida, en apariencia ajeno,
el poder de la lluvia y del verano
fecundará de gérmenes tu cieno.

Y al ascender de la raíz al grano,
irás del vergel a ser testigo
en el laboratorio soberano.

Tal vez para volver cambiado en trigo
al triste hogar, donde la triste esposa,
sin encontrar un pan sueña contigo.

En tanto que las grietas de tu fosa
verán alzarse de su fondo abierto
la larva convertida en mariposa,

que en los ensayos de su vuelo incierto
irá al lecho infeliz de tus amores
a llevarle tus ósculos de muerto.

Y en medio de esos cambios interiores
tu cráneo, lleno de una nueva vida,
en vez de pensamientos dará flores,

en cuyo cáliz brillará escondida
la lágrima tal vez con que tu amada
acompañó el adiós de tu partida.

La tumba es el final de la jornada,
porque en la tumba es donde queda muerta
la llama en nuestro espíritu encerrada.

Pero en esa mansión a cuya puerta
se extingue nuestro aliento, hay otro aliento
que de nuevo a la vida nos despierta.

Allí acaban la fuerza y el talento,
allí acaban los goces y los males
allí acaban la fe y el sentimiento.

Allí acaban los lazos terrenales,
y mezclados el sabio y el idiota
se hunden en la región de los iguales.

Pero allí donde el ánimo se agota
y perece la máquina, allí mismo
el ser que muere es otro ser que brota.

El poderoso y fecundante abismo
del antiguo organismo se apodera
y forma y hace de él otro organismo.

Abandona a la historia justiciera
un nombre sin cuidarse, indiferente,
de que ese nombre se eternice o muera.

Él recoge la masa únicamente,
y cambiando las formas y el objeto
se encarga de que viva eternamente.

La tumba sólo guarda un esqueleto
mas la vida en su bóveda mortuoria
prosigue alimentándose en secreto.

Que al fin de esta existencia transitoria
a la que tanto nuestro afán se adhiere,
la materia, inmortal como la gloria,
cambia de formas; pero nunca muere.
1.456
Antonio Colinas

Antonio Colinas

Fe De Vida

Esperar junto a este mar (en el que nacieron las
ideas)
sin ninguna idea. (Y así tenerlas todas).
Ser sólo la brisa en la copa del pino grande,
el aroma del azahar, la noche de orquídeas
en las calas olvidadas.

Sólo permanecer viendo el ave que pasa
y no regresa; quedar
esperando a que el cielo amarillo
arda y se limpie de relámpagos
que llegarán saltando de una isla a otra isla.
O contemplar la nube blanca
que, no siendo nada, parece ser feliz.
Quedar flotando y transcurriendo de aquí para allá,
sobre las olas que pasan,
como un remo perdido.
O seguir, como los delfines,
la dirección de un tiempo sentenciado.

Ser como la hora de las barcas en las noches de
enero,
que se adormecen entre narcisos y faros.
Dejadme, no con la luz del conocimiento
(que nació y se alzó de este mar),
sino simplemente con la luz de este mar.
O con sus muchas luces:
las de oro encendido y las de frío verdor.
o con la luz de todos los azules.

Pero, sobre todo, dejadme con la luz blanca,
que es la que abrasa y derrota a los hombres heridos,
a los días tensos, a las ideas como cuchillos.
Ser como olivo o estanque.
Que alguien me tenga en su mano como a un puñado de sal.
O de luz.

Cerrar los ojos en el silencio del aroma
para que el corazón —al fin— pueda ver.
Cerrar los ojos para que el amor crezca en mí.
Dejadme compartiendo el silencio
y la soledad de los porches,
la hospitalidad de las puertas abiertas; dejadme
con el plenilunio de los ruiseñores de junio,
que guardan el temblor del agua en las últimas fuentes.
Dejadme con la libertad que se pierde
en los labios de una mujer.
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