Otros
Julián del Casal
La Canción De La Morfina
Yo calmaré vuestro mal:
Soy la dicha artificial,
Que es la dicha verdadera.
Isis que rasga su velo
Polvoreado de diamantes
Ante los ojos amantes
Donde fulgura el anhelo;
Encantadora sirena
Que atrae, con su canción,
Hacia la oculta región
En que fallece la pena;
Bálsamo que cicatriza
Los labios de abierta llaga;
Astro que nunca se apaga
Bajo su helada ceniza;
Roja columna de fuego
Que guía al mortal perdido,
Hasta el país prometido
Del que no retorna luego.
Guardo, para fascinar
Al que siento en derredor,
Deleites como el amor,
Secretos como la mar.
Tengo las áureas escalas
De las celestes regiones;
Doy al cuerpo sensaciones;
Presto al espíritu alas.
Percibe el cuerpo dormido
Por mi mágico sopor,
Sonidos en el color,
Colores en el sonido.
Puedo hacer en un instante
Con mi poder sobrehumano,
De cada gota un océano,
De cada guija un diamante.
Ante la mirada fría
Del que codicia un tesoro,
Vierte cascadas de oro,
En golfos de pedrería.
Ante los bardos sensuales
De loca imaginación,
Abro la regia mansión,
De los goces orientales,
Donde odaliscas hermosas
De róseos cuerpos livianos,
Cíñenle, con blancas manos,
Frescas coronas de rosas,
Y alzan un himno sonoro
Entre el humo perfumado
Que exhala el ámbar quemado
En pebeteros de oro.
Julián del Casal
El Anhelo De Una Rosa
A Manuel de la Cruz
Yo era la rosa que, en el prado ameno,
Abrí mi cáliz de encendida grana,
Donde vertió sus perlas la mañana,
Como en un cofre de perfumes lleno.
Del lago azul en el cristal sereno
Vi mi corola retratarse ufana,
Como ante fina luna veneciana
Ve una hermosura su marmóreo seno.
Teniendo que morir, porque el destino
Hizo que breve mi existencia fuera,
Arrojándome al polvo del camino;
Anhelo estar en mi hora postrimera,
Prendida en algún seno alabastrino
O en los rizos de oscura cabellera.
Julián del Casal
El Anhelo De Una Rosa
A Manuel de la Cruz
Yo era la rosa que, en el prado ameno,
Abrí mi cáliz de encendida grana,
Donde vertió sus perlas la mañana,
Como en un cofre de perfumes lleno.
Del lago azul en el cristal sereno
Vi mi corola retratarse ufana,
Como ante fina luna veneciana
Ve una hermosura su marmóreo seno.
Teniendo que morir, porque el destino
Hizo que breve mi existencia fuera,
Arrojándome al polvo del camino;
Anhelo estar en mi hora postrimera,
Prendida en algún seno alabastrino
O en los rizos de oscura cabellera.
Julián del Casal
El Arte
Pesa sobre el espíritu cansado
Y ante el último Dios flota quemado
El postrer grano de fragante incienso;
Cuando probamos, con afán intenso,
De todo amargo fruto envenenado
Y el hastío, con rostro enmascarado,
Nos sale al paso en el camino extenso;
El alma grande, solitaria y pura
Que la mezquina realidad desdeña,
Halla en el Arte dichas ignoradas,
Como el alción, en fría noche oscura,
Asilo busca en la musgosa peña
Que inunda el mar azul de olas plateadas.
Julián del Casal
El Arte
Pesa sobre el espíritu cansado
Y ante el último Dios flota quemado
El postrer grano de fragante incienso;
Cuando probamos, con afán intenso,
De todo amargo fruto envenenado
Y el hastío, con rostro enmascarado,
Nos sale al paso en el camino extenso;
El alma grande, solitaria y pura
Que la mezquina realidad desdeña,
Halla en el Arte dichas ignoradas,
Como el alción, en fría noche oscura,
Asilo busca en la musgosa peña
Que inunda el mar azul de olas plateadas.
Julián del Casal
Quimeras
Mis amorosas súplicas,
Siempre serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya.
Mandaré construir, en fresco bosque
De florida verdura,
Regio castillo de pulido jaspe
Donde pueda olvidar mi eterna angustia.
Tendrás, en ricos cofres perfumados,
Para ornar tu hermosura,
Ajorcas de oro, gruesos brazaletes,
Finos collares y moriscas lunas.
Para cubrir los mórbidos contornos
De tu espalda desnuda,
Hecha de nieve y perfumada rosa,
Mantos suntuosos de brillante púrpura.
Te llevará, por lagos cristalinos,
En las noches de luna,
Azul góndola rauda, conducida
Por blancos cisnes de sedosas plumas.
Haré surgir, para encantar tus ojos,
En las selvas incultas,
Cascadas de fulgente pedrería,
Soles dorados y rosadas brumas.
Admirará tus forma virginales
De viviente escultura,
Un Leonardo de Vinci que trasmita
Al mundo entero tu belleza oculta.
Si sientes que las cóleras antiguas
Surgen de tu alma pura,
Tendrás, para azotarlas fieramente,
Negras espaldas de mujeres rubias.
Y si anhelas tener tus pajecillos
Para delicia suma,
Iré a buscar los blondos serafines
Que cantan el hosanna en las alturas.
Mas si te arranca la implacable Muerte
De la mansión augusta,
Donde serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya;
Yo guardaré en mi espíritu sombrío
Tu lánguida hermosura,
Como guarda la adelfa en su corola
El rayo amarillento de la Luna.
Julián del Casal
Quimeras
Mis amorosas súplicas,
Siempre serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya.
Mandaré construir, en fresco bosque
De florida verdura,
Regio castillo de pulido jaspe
Donde pueda olvidar mi eterna angustia.
Tendrás, en ricos cofres perfumados,
Para ornar tu hermosura,
Ajorcas de oro, gruesos brazaletes,
Finos collares y moriscas lunas.
Para cubrir los mórbidos contornos
De tu espalda desnuda,
Hecha de nieve y perfumada rosa,
Mantos suntuosos de brillante púrpura.
Te llevará, por lagos cristalinos,
En las noches de luna,
Azul góndola rauda, conducida
Por blancos cisnes de sedosas plumas.
Haré surgir, para encantar tus ojos,
En las selvas incultas,
Cascadas de fulgente pedrería,
Soles dorados y rosadas brumas.
Admirará tus forma virginales
De viviente escultura,
Un Leonardo de Vinci que trasmita
Al mundo entero tu belleza oculta.
Si sientes que las cóleras antiguas
Surgen de tu alma pura,
Tendrás, para azotarlas fieramente,
Negras espaldas de mujeres rubias.
Y si anhelas tener tus pajecillos
Para delicia suma,
Iré a buscar los blondos serafines
Que cantan el hosanna en las alturas.
Mas si te arranca la implacable Muerte
De la mansión augusta,
Donde serás la reina de mi alma
Y mi alma la fiel esclava tuya;
Yo guardaré en mi espíritu sombrío
Tu lánguida hermosura,
Como guarda la adelfa en su corola
El rayo amarillento de la Luna.
Julián del Casal
Mis Amores Soneto Pompadour
Las vidrieras de múltiples colores,
Los tapices pintados de oro y flores
Y las brillantes lunas venecianas.
Amo también las bellas castellanas,
La canción de los viejos trovadores,
Los árabes corceles voladores,
Las flébiles baladas alemanas;
El rico piano de marfil sonoro,
El sonido del cuerno en la espesura,
Del pebetero la fragante esencia,
Y el lecho de marfil, sándalo y oro,
En que deja la virgen hermosura
La ensangrentada flor de su inocencia.
Julián del Casal
Mis Amores Soneto Pompadour
Las vidrieras de múltiples colores,
Los tapices pintados de oro y flores
Y las brillantes lunas venecianas.
Amo también las bellas castellanas,
La canción de los viejos trovadores,
Los árabes corceles voladores,
Las flébiles baladas alemanas;
El rico piano de marfil sonoro,
El sonido del cuerno en la espesura,
Del pebetero la fragante esencia,
Y el lecho de marfil, sándalo y oro,
En que deja la virgen hermosura
La ensangrentada flor de su inocencia.
Julián del Casal
Confidencia
Y doblas la cabeza sobre el pecho?
Una idea me tiene torturada
Y siento el corazón pedazos hecho.
Dímela: ¿No te amaron en la vida?
¡Nunca! Si mientes, permanezco seria.
Pues oye: sólo tuve una querida
Que me fue siempre fiel, ¿Quién? La Miseria.
Julián del Casal
El Eco
¿Cuándo cesará el dolor
Que me oprime noche y día?
¡Nunca!el eco respondió.
¿Cómo viviré más tiempo,
En tan cruel opresión,
Cual un muerto en su sudario?
¡Solo!el eco respondió.
¡Gracias, oh suerte severa!
¿Cómo de mi corazón
Acallaré los gemidos?
¡Muere!el eco respondió.
Julián del Casal
Nocturno
Del seno de la Tierra se levanta
Una voz sepulcral, triste, amorosa,
Que así a mi oído, entre las sombras, canta.
«Cruzando por los mares de la vida
Arribé de la muerte al firme puerto
Y observé, con el alma dolorida,
Que el mundo estaba para ti desierto.
»Por eso, al extender su denso manto
La noche, por los ámbitos del cielo,
Vengo a enjugar las gotas de tu llanto,
Vengo a ofrecer a tu dolor consuelo.
»Y como un padre por sus hijos vela
Aun desde el triste reino del olvido
Mi corazón, que tu ventura anhela,
Consejos te va a dar, hijo querido.
»Huye del mundo y de su pompa vana
Cual huye del milano la avecilla,
Y alcanzarás, al perecer mañana,
Muerte feliz tras vida sin mancilla.
»Prodiga el bien, con generosa mano,
Sin esperar el premio merecido,
Porque el ingrato corazón humano
Da premio al bien con el eterno olvido.
»No busques los aplausos o el renombre
En la lucha tenaz de la existencia:
Ten sólo por hermano a cada hombre
Y por único juez a tu conciencia.
»Ni sigas de la dicha la luz pura
Si ves brillar sus rayos a lo lejos;
La dicha es como el Sol: desde la altura
Sólo envía a la Tierra sus reflejos.
»Ni te seduzca la apariencia hermosa:
El mal se oculta bajo forma bella,
Como entre flores sierpe venenosa,
Como entre nubes hórrida centella.
»Donde tenga el dolor una morada
Dirige allí tus pasos vacilantes.
¡Vale más una lágrima enjugada
Que una corona de oro y de diamantes!
»Si algún pesar el alma te devora
Ocúltalo del pecho en lo profundo,
Y en soledad tu desventura llora
Antes que llegue a conocerlo el mundo».
Es la voz de mi padre. A su sonido
Feliz el corazón late en mi pecho,
Y, dando mis pesares al olvido,
Tranquilo duermo en solitario lecho;
Como el viajero errante y fatigado,
Lejos mirando el fin de su camino,
Se duerme sobre el césped perfumado
De un ave oyendo el armonioso trino.
Julián del Casal
Introducción
al muy querido y muy venerado maestro,
dedica sus primeros versos
Julián del Casal
INTRODUCCIÓN
Árbol de mi pensamiento
Lanza tus hojas al viento
Del olvido,
Que, al volver las primaveras,
Harán en ti las quimeras
Nuevo nido;
Y saldrán de entre tus hojas,
En vez de amargas congojas,
Las canciones
Que en otro mayo tuvistes,
Para consuelo de tristes
Corazones.
Julián del Casal
El Poeta Y La Sirena
A mi buen amigo Carlos Noreña
Coronada de vivos resplandores
Luce la tarde en el azul del cielo,
Va tendiendo la noche su ancho velo
Y en el Ocaso se sepulta el Sol.
Su veste de esmeraldas pliega el césped,
Su cáliz las galanas florecillas,
Y truecan las celestes nubecillas
En armiño su bello tornasol.
La nacarada estrella de la tarde
Su luz, vertiendo, plácida y serena,
Semeja una purísima azucena
Sobre un manto de grana y de zafir,
Como virgen que oculta sus hechizos
Bajo el cendal flotante de una nube,
Así la Luna, majestuosa sube,
Bañada de alabastro hacia el cenit.
En un océano de plateadas luces
Flotan el monte, el valle y la pradera,
Y esparce la brillante primavera
De sus flores la esencia virginal.
En la margen de un lago bullicioso
Alza un poeta su inspirado acento,
Que se pierde en las ráfagas del viento,
O del lago en el límpido cristal.
Surge de entre las ondas azuladas
Una deidad risueña y misteriosa,
De frescos labios de color de rosa
Y un seno de marfil, encantador.
Su lúcido cabello de azabache
Rueda sobre sus hombros de alabastro,
Tienen sus ojos el fulgor de un astro
Y el fuego centelleante del amor.
Su breve pie de nacarado esmalte
Cubren sandalias de zafir hermoso,
Orna con cintas de color azul
Lleva en sus manos una lira de oro
Con cuerdas de diamante decorada,
Y el eco seductor de su trovada
Vuela a las nubes del celeste tul.
El genio misterioso de la noche
Las estrellas de mágicos fulgores,
Los silfos bellos y lucientes flores
En torno suyo se les ve girar.
Tendida entre la espuma cristalina,
Con halagüeña inspiración secreta,
Dirige el melancólico poeta
Este armonioso y seductor cantar:
«Tú creas en la noche
fantásticas visiones
Radiantes de pureza, de gloria y de esplendor,
Pero tus gratos sueños se alejan y evaporan
Dejándote tan sólo recuerdos de dolor.
»Aquí bajo esta espuma de
armónicos rumores
Habito yo un palacio de perlas y coral;
Mi lecho forman rosas del valle más ameno,
De fúlgidos colores, de esencia virginal.
»Las sílfides y ondinas que moran en el
lago
Me cantan en la noche, sublime trovador,
Y a su argentino acento y al rayo de la Luna,
Apuro deleitosa la esencia del amor.
»Suspende esos cantares al céfiro del
valle
Que juega entre los lirios del plácido jardín,
O a la gentil violeta, o a la doncella pura
De Labios sonrosados y aliento de jazmín.
»La vida tiene encantos, poeta de los
sueños;
La gloria sólo ofrece martirios y dolor:
¡Oh!, ven a mis palacios de perlas y corales
Para apurar beodos la esencia del amor».
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Cesa:le dijo, un eco de los montes
Con voz de trueno asolador, profundo;
Tú simbolizas el error del mundo
Y el poeta la luz de la verdad.
Despareció la maga entre la espuma
Exánime, sin vida y sin aliento;
Alzó el poeta su inspirado acento
Y el eco resonó en la eternidad.
Julián del Casal
El Poeta Y La Sirena
A mi buen amigo Carlos Noreña
Coronada de vivos resplandores
Luce la tarde en el azul del cielo,
Va tendiendo la noche su ancho velo
Y en el Ocaso se sepulta el Sol.
Su veste de esmeraldas pliega el césped,
Su cáliz las galanas florecillas,
Y truecan las celestes nubecillas
En armiño su bello tornasol.
La nacarada estrella de la tarde
Su luz, vertiendo, plácida y serena,
Semeja una purísima azucena
Sobre un manto de grana y de zafir,
Como virgen que oculta sus hechizos
Bajo el cendal flotante de una nube,
Así la Luna, majestuosa sube,
Bañada de alabastro hacia el cenit.
En un océano de plateadas luces
Flotan el monte, el valle y la pradera,
Y esparce la brillante primavera
De sus flores la esencia virginal.
En la margen de un lago bullicioso
Alza un poeta su inspirado acento,
Que se pierde en las ráfagas del viento,
O del lago en el límpido cristal.
Surge de entre las ondas azuladas
Una deidad risueña y misteriosa,
De frescos labios de color de rosa
Y un seno de marfil, encantador.
Su lúcido cabello de azabache
Rueda sobre sus hombros de alabastro,
Tienen sus ojos el fulgor de un astro
Y el fuego centelleante del amor.
Su breve pie de nacarado esmalte
Cubren sandalias de zafir hermoso,
Orna con cintas de color azul
Lleva en sus manos una lira de oro
Con cuerdas de diamante decorada,
Y el eco seductor de su trovada
Vuela a las nubes del celeste tul.
El genio misterioso de la noche
Las estrellas de mágicos fulgores,
Los silfos bellos y lucientes flores
En torno suyo se les ve girar.
Tendida entre la espuma cristalina,
Con halagüeña inspiración secreta,
Dirige el melancólico poeta
Este armonioso y seductor cantar:
«Tú creas en la noche
fantásticas visiones
Radiantes de pureza, de gloria y de esplendor,
Pero tus gratos sueños se alejan y evaporan
Dejándote tan sólo recuerdos de dolor.
»Aquí bajo esta espuma de
armónicos rumores
Habito yo un palacio de perlas y coral;
Mi lecho forman rosas del valle más ameno,
De fúlgidos colores, de esencia virginal.
»Las sílfides y ondinas que moran en el
lago
Me cantan en la noche, sublime trovador,
Y a su argentino acento y al rayo de la Luna,
Apuro deleitosa la esencia del amor.
»Suspende esos cantares al céfiro del
valle
Que juega entre los lirios del plácido jardín,
O a la gentil violeta, o a la doncella pura
De Labios sonrosados y aliento de jazmín.
»La vida tiene encantos, poeta de los
sueños;
La gloria sólo ofrece martirios y dolor:
¡Oh!, ven a mis palacios de perlas y corales
Para apurar beodos la esencia del amor».
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Cesa:le dijo, un eco de los montes
Con voz de trueno asolador, profundo;
Tú simbolizas el error del mundo
Y el poeta la luz de la verdad.
Despareció la maga entre la espuma
Exánime, sin vida y sin aliento;
Alzó el poeta su inspirado acento
Y el eco resonó en la eternidad.
Julián del Casal
Amor En El Claustro
Que, en el altar del templo solitario,
Arden, vertiendo en las oscuras naves
Pálida luz que, con fulgor escaso,
Brilla y se extingue entre la densa sombra;
En medio de esa paz y de ese santo
Recogimiento que hasta el alma llega;
Allí, do acude el corazón llagado
A sanar sus heridas; do renace
La muerta fe de los primeros años;
Allí, do un Cristo con amor extiende
Desde la cruz al pecador sus brazos;
De fervorosa devoción henchida,
El níveo rostro en lágrimas bañado,
La vi postrada ante el altar, de hinojos,
Clemencia a Dios y olvido demandando.
De sus mórbidas formas, el ropaje
Adivinar dejaba los encantos,
Como las sombras de ondulante nube
De blanca luna el ambarino rayo.
Sus ebúrneas mejillas transparentes
Conservaban aún el sonrosado
Tinte que ostentan las camelias blancas,
Al florecer en la estación de Mayo.
Brotaba de sus labios el aroma
De las fragantes flores del naranjo,
Y, en actitud angélica, elevaba
Hacia el Señor las suplicantes manos.
Cuando el reloj que asoma por la parda
Torre del gigantesco campanario,
Puebla el aire de acordes vibraciones,
Hiriendo el duro bronce, acompasado,
Para anunciar la misteriosa hora
De medianoche a los mortales; cuando
Las castas hijas del Señor reposan
En apacible sueño; y, solitario,
Pavor infunde al ánimo atrevido,
Con su imponente gravedad el claustro;
Ella entonces las naves atraviesa
Envuelta en negro, vaporoso manto,
Y se prosterna, con fervor ardiente,
Ante el altar del Dios crucificado.
Allí contrita reza: ¡reza y llora!
Mas ¿por quién vierte tan copioso llanto?
¿Es porque mira de la cruz pendiente
Tu cuerpo moribundo, ensangrentado,
Salvador inmortal? ¿Es que te pide
Perdón para sus culpas? ¿Será acaso
Que, en pugna lo divino y lo terreno
En su alma virginal, triunfa, del santo
Amor a que la ardiente fe la inclina,
El terrenal amor nunca olvidado?
¿Quién lo puede saber? Y ¿quién penetra
Del corazón el insondable arcano?
¿Quién puede descender hasta ese abismo
Donde se mezclan el placer y el llanto?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mas... ¡escuchad! Con voz dulce y sentida
Deja escapar de sus divinos labios
Esta plegaria que a los cielos sube
Bajo las formas de armonioso canto:
«Cuando el aura de amor embalsamaba
De mi vida las quince primaveras
Y, en mi mente febril, revoloteaba
Áureo enjambre de fúlgidas quimeras;
»Cuando la juventud y la ventura
Me prodigaban sus mejores dones,
Y al poder de mi angélica hermosura
Vi doblegarse altivos corazones;
»Cuando del mundo en el sendero, hollaba
Blandas alfombras de fragantes flores,
Y mi virgínea frente coronaba
La diadema inmortal de los amores;
»La muerte arrebató con saña impía
Aquel que, de la vida en los vergeles,
Al conquistar mi corazón un día
Conquistaba del arte los laureles.
»Yo, dando mi postrer adiós al mundo,
Te consagré la flor de mi inocencia,
Y abismada en tu amor santo y profundo
En ti busqué la paz de la existencia.
»Mas como alterna con la noche el día
Y con las tempestades la bonanza,
¡Oh Dios! alterna así en el alma mía
Con tu amor otro amor sin esperanza.
»En el día, en la noche, a cada hora
La imagen de ese amor se me presenta,
Como brillante resplandor de aurora
En mi sombría noche de tormenta.
»Es tan bella ¡Señor! de tal encanto
Revestida a mis ojos aparece,
Que anubla mis pupilas triste llanto
Si alguna vez en sombras desparece.
»Haz que ese ardiente amor que me cautiva
Muera en mi corazón ¡Dios soberano!
Y que sólo en mi alma tu amor viva
Sin el consorcio del amor mundano».
Así dijo; dos lágrimas ardientes
Por sus blancas mejillas resbalaron,
Cual resbalan las gotas de rocío
Por el cáliz del lirio perfumado.
En el fondo del alma, los recuerdos
Las sombras del olvido disipando,
Hacen surgir, esplendorosa y bella,
La imagen inmortal de su adorado.
Pugna por desecharla ¡anhelo inútil!
Vuelve otra vez a orar ¡esfuerzo vano!
Que al dirigir sus encendidos ojos
Al altar que sostiene al Cristo santo,
Aun a través del mismo crucifijo
Aparece la imagen de su amado.
Julián del Casal
Amor En El Claustro
Que, en el altar del templo solitario,
Arden, vertiendo en las oscuras naves
Pálida luz que, con fulgor escaso,
Brilla y se extingue entre la densa sombra;
En medio de esa paz y de ese santo
Recogimiento que hasta el alma llega;
Allí, do acude el corazón llagado
A sanar sus heridas; do renace
La muerta fe de los primeros años;
Allí, do un Cristo con amor extiende
Desde la cruz al pecador sus brazos;
De fervorosa devoción henchida,
El níveo rostro en lágrimas bañado,
La vi postrada ante el altar, de hinojos,
Clemencia a Dios y olvido demandando.
De sus mórbidas formas, el ropaje
Adivinar dejaba los encantos,
Como las sombras de ondulante nube
De blanca luna el ambarino rayo.
Sus ebúrneas mejillas transparentes
Conservaban aún el sonrosado
Tinte que ostentan las camelias blancas,
Al florecer en la estación de Mayo.
Brotaba de sus labios el aroma
De las fragantes flores del naranjo,
Y, en actitud angélica, elevaba
Hacia el Señor las suplicantes manos.
Cuando el reloj que asoma por la parda
Torre del gigantesco campanario,
Puebla el aire de acordes vibraciones,
Hiriendo el duro bronce, acompasado,
Para anunciar la misteriosa hora
De medianoche a los mortales; cuando
Las castas hijas del Señor reposan
En apacible sueño; y, solitario,
Pavor infunde al ánimo atrevido,
Con su imponente gravedad el claustro;
Ella entonces las naves atraviesa
Envuelta en negro, vaporoso manto,
Y se prosterna, con fervor ardiente,
Ante el altar del Dios crucificado.
Allí contrita reza: ¡reza y llora!
Mas ¿por quién vierte tan copioso llanto?
¿Es porque mira de la cruz pendiente
Tu cuerpo moribundo, ensangrentado,
Salvador inmortal? ¿Es que te pide
Perdón para sus culpas? ¿Será acaso
Que, en pugna lo divino y lo terreno
En su alma virginal, triunfa, del santo
Amor a que la ardiente fe la inclina,
El terrenal amor nunca olvidado?
¿Quién lo puede saber? Y ¿quién penetra
Del corazón el insondable arcano?
¿Quién puede descender hasta ese abismo
Donde se mezclan el placer y el llanto?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mas... ¡escuchad! Con voz dulce y sentida
Deja escapar de sus divinos labios
Esta plegaria que a los cielos sube
Bajo las formas de armonioso canto:
«Cuando el aura de amor embalsamaba
De mi vida las quince primaveras
Y, en mi mente febril, revoloteaba
Áureo enjambre de fúlgidas quimeras;
»Cuando la juventud y la ventura
Me prodigaban sus mejores dones,
Y al poder de mi angélica hermosura
Vi doblegarse altivos corazones;
»Cuando del mundo en el sendero, hollaba
Blandas alfombras de fragantes flores,
Y mi virgínea frente coronaba
La diadema inmortal de los amores;
»La muerte arrebató con saña impía
Aquel que, de la vida en los vergeles,
Al conquistar mi corazón un día
Conquistaba del arte los laureles.
»Yo, dando mi postrer adiós al mundo,
Te consagré la flor de mi inocencia,
Y abismada en tu amor santo y profundo
En ti busqué la paz de la existencia.
»Mas como alterna con la noche el día
Y con las tempestades la bonanza,
¡Oh Dios! alterna así en el alma mía
Con tu amor otro amor sin esperanza.
»En el día, en la noche, a cada hora
La imagen de ese amor se me presenta,
Como brillante resplandor de aurora
En mi sombría noche de tormenta.
»Es tan bella ¡Señor! de tal encanto
Revestida a mis ojos aparece,
Que anubla mis pupilas triste llanto
Si alguna vez en sombras desparece.
»Haz que ese ardiente amor que me cautiva
Muera en mi corazón ¡Dios soberano!
Y que sólo en mi alma tu amor viva
Sin el consorcio del amor mundano».
Así dijo; dos lágrimas ardientes
Por sus blancas mejillas resbalaron,
Cual resbalan las gotas de rocío
Por el cáliz del lirio perfumado.
En el fondo del alma, los recuerdos
Las sombras del olvido disipando,
Hacen surgir, esplendorosa y bella,
La imagen inmortal de su adorado.
Pugna por desecharla ¡anhelo inútil!
Vuelve otra vez a orar ¡esfuerzo vano!
Que al dirigir sus encendidos ojos
Al altar que sostiene al Cristo santo,
Aun a través del mismo crucifijo
Aparece la imagen de su amado.
Jaime Torres Bodet
Nunca
Hombre he sido y seré mientras exista.
Hombre no más: proyecto entre proyectos,
boca sedienta al cántaro adherida,
pies inseguros sobre el polvo ardiente,
espìritu y materia vulnerables
a todos los oprobios y las dichas...
Nunca me sentiré rey destronado
ni ángel abolido mientras viva,
sino aprendiz de hombre eternamente,
hombre con los que van por las colinas
hacia el jardín que siempre los repudia,
hombre con los que buscan entre escombros
la verdad necesaria y prohibida,
hombre entre los que labran con sus manos
lo que jamás hereda un alma digna,
¡porque de todo cuanto el hombre ha hecho
la sola herencia digna de los hombres
es el derecho de inventar su vida!
Julián del Casal
Juana Borrero
Pupilas de terciopelo
Que más que el azul del cielo
Ven del mundo los abrojos.
Cabellera azabachada
Que, en ligera ondulación,
Como velo de crespón
Cubre su frente tostada.
Ceño que a veces arruga,
Abriendo en sus alma una herida,
La realidad de la vida
O de una ilusión la fuga.
Mejillas suaves de raso
En que la vida fundiera
La palidez de la cera,
La púrpura del ocaso.
¿Su boca? Rojo clavel
Quemado por el estío,
Mas donde vierte el hastío
Gotas amargas de hiel.
Seno en que el dolor habita
De una ilusión engañosa,
Como negra mariposa
En fragante margarita.
Manos que para el laurel
Que a alcanzar su genio aspira,
Ora recorren la lira,
Ora mueven el pincel.
¡Doce años! Mas sus facciones
Veló ya de honda amargura
La tristeza prematura
De los grandes corazones.
Julián del Casal
Juana Borrero
Pupilas de terciopelo
Que más que el azul del cielo
Ven del mundo los abrojos.
Cabellera azabachada
Que, en ligera ondulación,
Como velo de crespón
Cubre su frente tostada.
Ceño que a veces arruga,
Abriendo en sus alma una herida,
La realidad de la vida
O de una ilusión la fuga.
Mejillas suaves de raso
En que la vida fundiera
La palidez de la cera,
La púrpura del ocaso.
¿Su boca? Rojo clavel
Quemado por el estío,
Mas donde vierte el hastío
Gotas amargas de hiel.
Seno en que el dolor habita
De una ilusión engañosa,
Como negra mariposa
En fragante margarita.
Manos que para el laurel
Que a alcanzar su genio aspira,
Ora recorren la lira,
Ora mueven el pincel.
¡Doce años! Mas sus facciones
Veló ya de honda amargura
La tristeza prematura
De los grandes corazones.
Jaime Torres Bodet
Continuidad Viii
que, con promesas tácitas, resume
como en la gota última, el perfume
en su paciente formación, la vida.
Voz en ajenos labios no aprendida
¡ni siquiera en los tuyos! ; voz que asume
la realidad del alba estremecida
que alcanzaré cuando de ti me exhume.
Voz de perdón, en la que al fin despunta
esa bondad que me entregaste entera
y que yo, a trechos, voy reconquistando;
voz que afirma tan bien lo que pregunta
y que será la mía verdadera
aunque no sé decir cómo ni cuándo...
Jaime Torres Bodet
Continuidad Viii
que, con promesas tácitas, resume
como en la gota última, el perfume
en su paciente formación, la vida.
Voz en ajenos labios no aprendida
¡ni siquiera en los tuyos! ; voz que asume
la realidad del alba estremecida
que alcanzaré cuando de ti me exhume.
Voz de perdón, en la que al fin despunta
esa bondad que me entregaste entera
y que yo, a trechos, voy reconquistando;
voz que afirma tan bien lo que pregunta
y que será la mía verdadera
aunque no sé decir cómo ni cuándo...
Jaime Torres Bodet
Continuidad Ix
de la ceniza que en tu hogar remuevo
esa indulgencia inmune a la congoja
que, al fuego del dolor, pongo y atrevo.
Cuando, de la materia que me aloja
y cuyo fardo en las tinieblas llevo,
como del fruto que la edad despoja,
anuncie la semilla el fruto nuevo;
cuando de ver y de sentir cansado
vuelva hacia mí los ojos y el sentido
y en mí me encuentre gracias a tu ausencia,
entonces naceré de tu pasado
y, por segunda vez, te habré debido
en una muerte pura la existencia.
Jaime Torres Bodet
Continuidad Vi
que soy la tenue sombra proyectada
por un cuerpo en que está mi ser más muerto
que el tuyo en la ficción que lo anonada.
Sombra de tu cadáver inexperto,
sombra de tu alma aún poco habituada
a esa luz ulterior a la que he abierto
otra ventana en mí, sobre otra nada...
Con gestos, con palabras, con acciones,
creía perpetuarte y lo que hago
es lentamente, en todo, deshacerte.
Pues para la verdad que me propones
el único lenguaje sin estrago
es el silencio intacto de la muerte.