Por admirar demasiado las virtudes ajenas podemos perder el sentido de las virtudes propias, y por no ejercitarlas podemos acabar perdiéndolas incluso a ellas, sin obtener en sustitución las ajenas.
Por admirar demasiado las virtudes ajenas podemos perder el sentido de las virtudes propias, y por no ejercitarlas podemos acabar perdiéndolas incluso a ellas, sin obtener en sustitución las ajenas.