La envidia habitual suele ponerse a cacarear tan pronto como la gallina envidiada ha puesto un huevo: con ello se alivia y se calma. Pero hay una envidia más honda: la que, cuando ocurre lo dicho, se calla como un muerto y desea que sean selladas todas las bocas y se enfurece cada vez más porque no es precisamente eso lo que ocurre. La envidia silenciosa crece en el silencio.

Envidia parlanchina o envidia no parlanchina

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