Cuando se hace una promesa, lo que la hace no es la palabra, sino lo inexpreso que se halla tras la palabra. Más aún, las palabras debilitan una promesa, por cuanto quitan y consumen una fuerza que es parte de la fuerza que hace la promesa. Daos, pues, la mano y llevad, al hacerlo, un dedo a la boca; así haréis las más seguras promesas solemnes.