Mi esposa se queja continuamente de Berlín y del miedo a los familiares. […] Mi madre es muy amable, pero resulta una suegra muy combativa. Cuando se queda con nosotros, hay dinamita en el aire. […] Pero ambas son culpables de su mala relación. […] No me extraña que mi vida científica prospere bajo estas circunstancias: me eleva de manera impersonal desde el valle de lágrimas hacia una atmósfera más apacible.