¡Cómo ansío las veladas tranquilas que pasaremos charlando a solas y todas las experiencias compartidas que tenemos por delante! Ahora, después de todas mis reflexiones y tareas, encontraré en casa a una esposa preciosa que me recibirá con alegría y felicidad. […] No fue su fealdad [de Mileva], sino su obstinación, su inflexibilidad, su tozudez y su insensibilidad lo que impidió la armonía entre nosotros.

A Elsa, 30 de julio de 1914. CPAE , vol. 8, doc. 30.

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