Pero ¿no tienen razón estas ciudadanas vigilantes? ¿Por qué tendrían que abrir la puerta a una persona que devora capitalistas de la línea dura con tanto apetito y gusto como el minotauro de Creta devoraba en un tiempo pasado las sabrosas doncellas griegas, y que por encima de todo es lo suficientemente infame para rechazar todo tipo de guerras, excepto la guerra inevitable que se libra contra la propia esposa?

Ibíd., p. 262.

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