Pero ¿no tienen razón estas ciudadanas vigilantes? ¿Por qué tendrían que abrir la puerta a una persona que devora capitalistas de la línea dura con tanto apetito y gusto como el minotauro de Creta devoraba en un tiempo pasado las sabrosas doncellas griegas, y que por encima de todo es lo suficientemente infame para rechazar todo tipo de guerras, excepto la guerra inevitable que se libra contra la propia esposa?