Así llegué […] a una religiosidad profunda que, sin embargo, tuvo un final abrupto a la edad de 12 años. A través de la lectura de libros de ciencia popular pronto llegué a la convicción de que gran parte de las historias de la Biblia no podían ser verdad. […] De esta experiencia creció una suspicacia ante todo tipo de autoridad, […] una actitud que no me ha abandonado nunca.