No se puede envidiar el trabajo del físico teórico, porque la madre naturaleza, o con más precisión un experimento, es el árbitro decidido y raramente amistoso de su trabajo. Ella nunca dice «sí» a una teoría, sino sólo «quizá» en las mejores circunstancias, y en la mayoría de los casos simplemente «no». Si un experimento verifica una teoría, sigue siendo un «quizá»; si no lo hace, es un «no».