Poemas en este tema
Emociones y Sentimientos
Luis de Góngora y Argote
Soledad Primera
Era del año la estación florida
En que el mentido robador de Europa
—Media luna las armas de su frente,
Y el Sol todo los rayos de su pelo—,
Luciente honor del cielo,
En campos de zafiro pace estrellas,
Cuando el que ministrar podía la copa
A Júpiter mejor que el garzón de Ida,
—Náufrago y desdeñado, sobre ausente—,
Lagrimosas de amor dulces querellas
Da al mar; que condolido,
Fue a las ondas, fue al viento
El mísero gemido,
Segundo de Arïón dulce instrumento.
Del siempre en la montaña opuesto pino
Al enemigo Noto
Piadoso miembro roto
—Breve tabla— delfín no fue pequeño
Al inconsiderado peregrino
Que a una Libia de ondas su camino
Fió, y su vida a un leño.
Del Océano, pues, antes sorbido,
Y luego vomitado
No lejos de un escollo coronado
De secos juncos, de calientes plumas
—Alga todo y espumas—
Halló hospitalidad donde halló nido
De Júplter el ave.
Besa la arena, y de la rota nave
Aquella parte poca
Que le expuso en la playa dio a la roca;
Que aun se dejan las peñas
Lisonjear de agradecidas señas.
Desnudo el joven, cuanto ya el vestido
Océano ha bebido
Restituir le hace a las arenas;
Y al Sol le extiende luego,
Que, lamiéndole apenas
Su dulce lengua de templado fuego,
Lento lo embiste, y con suave estilo
La menor onda chupa al menor hilo.
No bien, pues, de su luz los horizontes
—Que hacían desigual, confusamente,
Montes de agua y piélagos de montes—
Desdorados los siente,
Cuando —entregado el mísero extranjero
En lo que ya del mar redimió fiero—
Entre espinas crepúsculos pisando,
Riscos que aun igualara mal, volando,
Veloz, intrépida ala,
—Menos cansado que confuso— escala.
Vencida al fin la cumbre
—Del mar siempre sonante,
De la muda campaña
Árbitro igual e inexpugnable muro—,
Con pie ya más seguro
Declina al vacilante
Breve esplendor de mal distinta lumbre:
Farol de una cabaña
Que sobre el ferro está, en aquel incierto
Golfo de sombras anunciando el puerto.
«Rayos —les dice— ya que no de Leda
Trémulos hijos, sed de mi fortuna
Término luminoso.» Y —recelando
De invidïosa bárbara arboleda
Interposición, cuando
De vientos no conjuración alguna—
Cual, haciendo el villano
La fragosa montaña fácil llano,
Atento sigue aquella
—Aun a pesar de las tinieblas bella,
Aun a pesar de las estrellas clara—
Piedra, indigna tïara
—Si tradición apócrifa no miente—
De animal tenebroso cuya frente
Carro es brillante de nocturno día:
Tal, diligente, el paso
El joven apresura,
Midiendo la espesura
Con igual pie que el raso,
Fijo —a despecho de la niebla fría—
En el carbunclo, Norte de su aguja,
O el Austro brame o la arboleda cruja.
El can ya, vigilante,
Convoca, despidiendo al caminante;
Y la que desviada
Luz poca pareció, tanta es vecina,
Que yace en ella la robusta encina,
Mariposa en cenizas desatada.
Llegó, pues, el mancebo, y saludado,
Sin ambición, sin pompa de palabras,
De los conducidores fue de cabras,
Que a Vulcano tenían coronado.
«¡Oh bienaventurado
Albergue a cualquier hora,
Templo de Pales, alquería de Flora!
No moderno artificio
Borró designios, bosquejó modelos,
Al cóncavo ajustando de los cielos
El sublime edificio;
Retamas sobre robre
Tu fábrica son pobre,
Do guarda, en vez de acero,
La inocencia al cabrero
Más que el silbo al ganado.
¡Oh bienaventurado
Albergue a cualquier hora!
»No en ti la ambición mora
Hidrópica de viento,
Ni la que su alimento
El áspid es gitano;
No la que, en bulto comenzando humano,
Acaba en mortal fiera,
Esfinge bachillera,
Que hace hoy a Narciso
Ecos solicitar, desdeñar fuentes;
Ni la que en salvas gasta impertinentes
La pólvora del tiempo más preciso:
Ceremonia profana
Que la sinceridad burla villana
Sobre el corvo cayado.
¡Oh bienaventurado
Albergue a cualquier hora!
»Tus umbrales ignora
La adulación, Sirena
De reales palacios, cuya arena
Besó ya tanto leño:
Trofeos dulces de un canoro sueño,
No a la soberbia está aquí la mentira
Dorándole los pies, en cuanto gira
La esfera de sus plumas,
Ni de los rayos baja a las espumas
Favor de cera alado.
¡Oh bienaventurado
Albergue a cualquier hora!»
No, pues, de aquella sierra —engendradora
Más de fierezas que de cortesía—
La gente parecía
Que hospedó al forastero
Con pecho igual de aquel candor primero,
Que, en las selvas contento,
Tienda el fresno le dio, el robre alimento.
Limpio sayal en vez de blanco lino
Cubrió el cuadrado pino;
Y en boj, aunque rebelde, a quien el torno
Forma elegante dio sin culto adorno,
Leche que exprimir vio la Alba aquel día
—Mientras perdían con ella
Los blancos lilios de su frente bella—,
Gruesa le dan y fría,
Impenetrable casi a la cuchara,
Del viejo Alcimedón invención rara.
El que de cabras fue dos veces ciento
Esposo casi un lustro —cuyo diente
No perdonó a racimo aun en la frente
De Baco, cuanto más en su sarmiento,
Triunfador siempre de celosas lides,
Le coronó el Amor; mas rival tierno,
Breve de barba y duro no de cuerno,
Redimió con su muerte tantas vides—;
Servido ya en cecina,
Purpúreos hilos es de grana fina.
Sobre corchos después, más regalado
Sueño le solicitan pieles blandas
Que al Príncipe entre Holandas
Púrpura Tiria o Milanés brocado.
No de humosos vinos agravado
Es Sísifo en la cuesta, si en la cumbre
De ponderosa vana pesadumbre
Es, cuanto más despierto, más burlado.
De trompa militar no, o destemplado
Son de cajas, fue el sueño interrumpido;
De can sí, embravecido
Contra la seca hoja
Que el viento repeló a alguna coscoja.
Durmió, y recuerda al fin cuando las aves
—Esquilas dulces de sonora pluma
Señas dieron suaves
Del Alba al Sol, que el pabellón de espuma
Dejó, y en su carroza
Rayó el verde obelisco de la choza.
Agradecido, pues, el peregrino,
Deja el albergue y sale acompañado
De quien lo lleva donde, levantado,
Distante pocos pasos del camino,
Imperïoso mira la campaña
Un escollo, apacible galería,
Que festivo teatro fue algún día
De cuantos pisan, Faunos, la montaña.
Llegó, y a vista tanta
Obedeciendo la dudosa planta,
Inmóvil se quedó sobre un lentisco,
Verde balcón del agradable risco.
Si mucho poco mapa le despliega,
Mucho es más lo que, nieblas desatando,
Confunde el Sol y la distancia niega.
En que el mentido robador de Europa
—Media luna las armas de su frente,
Y el Sol todo los rayos de su pelo—,
Luciente honor del cielo,
En campos de zafiro pace estrellas,
Cuando el que ministrar podía la copa
A Júpiter mejor que el garzón de Ida,
—Náufrago y desdeñado, sobre ausente—,
Lagrimosas de amor dulces querellas
Da al mar; que condolido,
Fue a las ondas, fue al viento
El mísero gemido,
Segundo de Arïón dulce instrumento.
Del siempre en la montaña opuesto pino
Al enemigo Noto
Piadoso miembro roto
—Breve tabla— delfín no fue pequeño
Al inconsiderado peregrino
Que a una Libia de ondas su camino
Fió, y su vida a un leño.
Del Océano, pues, antes sorbido,
Y luego vomitado
No lejos de un escollo coronado
De secos juncos, de calientes plumas
—Alga todo y espumas—
Halló hospitalidad donde halló nido
De Júplter el ave.
Besa la arena, y de la rota nave
Aquella parte poca
Que le expuso en la playa dio a la roca;
Que aun se dejan las peñas
Lisonjear de agradecidas señas.
Desnudo el joven, cuanto ya el vestido
Océano ha bebido
Restituir le hace a las arenas;
Y al Sol le extiende luego,
Que, lamiéndole apenas
Su dulce lengua de templado fuego,
Lento lo embiste, y con suave estilo
La menor onda chupa al menor hilo.
No bien, pues, de su luz los horizontes
—Que hacían desigual, confusamente,
Montes de agua y piélagos de montes—
Desdorados los siente,
Cuando —entregado el mísero extranjero
En lo que ya del mar redimió fiero—
Entre espinas crepúsculos pisando,
Riscos que aun igualara mal, volando,
Veloz, intrépida ala,
—Menos cansado que confuso— escala.
Vencida al fin la cumbre
—Del mar siempre sonante,
De la muda campaña
Árbitro igual e inexpugnable muro—,
Con pie ya más seguro
Declina al vacilante
Breve esplendor de mal distinta lumbre:
Farol de una cabaña
Que sobre el ferro está, en aquel incierto
Golfo de sombras anunciando el puerto.
«Rayos —les dice— ya que no de Leda
Trémulos hijos, sed de mi fortuna
Término luminoso.» Y —recelando
De invidïosa bárbara arboleda
Interposición, cuando
De vientos no conjuración alguna—
Cual, haciendo el villano
La fragosa montaña fácil llano,
Atento sigue aquella
—Aun a pesar de las tinieblas bella,
Aun a pesar de las estrellas clara—
Piedra, indigna tïara
—Si tradición apócrifa no miente—
De animal tenebroso cuya frente
Carro es brillante de nocturno día:
Tal, diligente, el paso
El joven apresura,
Midiendo la espesura
Con igual pie que el raso,
Fijo —a despecho de la niebla fría—
En el carbunclo, Norte de su aguja,
O el Austro brame o la arboleda cruja.
El can ya, vigilante,
Convoca, despidiendo al caminante;
Y la que desviada
Luz poca pareció, tanta es vecina,
Que yace en ella la robusta encina,
Mariposa en cenizas desatada.
Llegó, pues, el mancebo, y saludado,
Sin ambición, sin pompa de palabras,
De los conducidores fue de cabras,
Que a Vulcano tenían coronado.
«¡Oh bienaventurado
Albergue a cualquier hora,
Templo de Pales, alquería de Flora!
No moderno artificio
Borró designios, bosquejó modelos,
Al cóncavo ajustando de los cielos
El sublime edificio;
Retamas sobre robre
Tu fábrica son pobre,
Do guarda, en vez de acero,
La inocencia al cabrero
Más que el silbo al ganado.
¡Oh bienaventurado
Albergue a cualquier hora!
»No en ti la ambición mora
Hidrópica de viento,
Ni la que su alimento
El áspid es gitano;
No la que, en bulto comenzando humano,
Acaba en mortal fiera,
Esfinge bachillera,
Que hace hoy a Narciso
Ecos solicitar, desdeñar fuentes;
Ni la que en salvas gasta impertinentes
La pólvora del tiempo más preciso:
Ceremonia profana
Que la sinceridad burla villana
Sobre el corvo cayado.
¡Oh bienaventurado
Albergue a cualquier hora!
»Tus umbrales ignora
La adulación, Sirena
De reales palacios, cuya arena
Besó ya tanto leño:
Trofeos dulces de un canoro sueño,
No a la soberbia está aquí la mentira
Dorándole los pies, en cuanto gira
La esfera de sus plumas,
Ni de los rayos baja a las espumas
Favor de cera alado.
¡Oh bienaventurado
Albergue a cualquier hora!»
No, pues, de aquella sierra —engendradora
Más de fierezas que de cortesía—
La gente parecía
Que hospedó al forastero
Con pecho igual de aquel candor primero,
Que, en las selvas contento,
Tienda el fresno le dio, el robre alimento.
Limpio sayal en vez de blanco lino
Cubrió el cuadrado pino;
Y en boj, aunque rebelde, a quien el torno
Forma elegante dio sin culto adorno,
Leche que exprimir vio la Alba aquel día
—Mientras perdían con ella
Los blancos lilios de su frente bella—,
Gruesa le dan y fría,
Impenetrable casi a la cuchara,
Del viejo Alcimedón invención rara.
El que de cabras fue dos veces ciento
Esposo casi un lustro —cuyo diente
No perdonó a racimo aun en la frente
De Baco, cuanto más en su sarmiento,
Triunfador siempre de celosas lides,
Le coronó el Amor; mas rival tierno,
Breve de barba y duro no de cuerno,
Redimió con su muerte tantas vides—;
Servido ya en cecina,
Purpúreos hilos es de grana fina.
Sobre corchos después, más regalado
Sueño le solicitan pieles blandas
Que al Príncipe entre Holandas
Púrpura Tiria o Milanés brocado.
No de humosos vinos agravado
Es Sísifo en la cuesta, si en la cumbre
De ponderosa vana pesadumbre
Es, cuanto más despierto, más burlado.
De trompa militar no, o destemplado
Son de cajas, fue el sueño interrumpido;
De can sí, embravecido
Contra la seca hoja
Que el viento repeló a alguna coscoja.
Durmió, y recuerda al fin cuando las aves
—Esquilas dulces de sonora pluma
Señas dieron suaves
Del Alba al Sol, que el pabellón de espuma
Dejó, y en su carroza
Rayó el verde obelisco de la choza.
Agradecido, pues, el peregrino,
Deja el albergue y sale acompañado
De quien lo lleva donde, levantado,
Distante pocos pasos del camino,
Imperïoso mira la campaña
Un escollo, apacible galería,
Que festivo teatro fue algún día
De cuantos pisan, Faunos, la montaña.
Llegó, y a vista tanta
Obedeciendo la dudosa planta,
Inmóvil se quedó sobre un lentisco,
Verde balcón del agradable risco.
Si mucho poco mapa le despliega,
Mucho es más lo que, nieblas desatando,
Confunde el Sol y la distancia niega.
613
Luis de Góngora y Argote
A Una Sangría De Un Pie
Herido el blanco pie del hierro breve,
Saludable si agudo, amiga mía,
Mi rostro tiñes de melancolía,
Mientras de rosicler tiñes la nieve.
Temo (que quien bien ama, temer debe)
El triste fin de la que perdió el día,
En roja sangre y en ponzoña fría
Bañado el pie que descuidado mueve.
Temo aquel fin, porque el remedio para,
Si no me presta el sonoroso Orfeo
Con su instrumento dulce su voz clara.
¡Mas ay, que cuando no mi lira, creo
Que mil veces mi voz te revocara,
Y otras mil te perdiera mi deseo!
Saludable si agudo, amiga mía,
Mi rostro tiñes de melancolía,
Mientras de rosicler tiñes la nieve.
Temo (que quien bien ama, temer debe)
El triste fin de la que perdió el día,
En roja sangre y en ponzoña fría
Bañado el pie que descuidado mueve.
Temo aquel fin, porque el remedio para,
Si no me presta el sonoroso Orfeo
Con su instrumento dulce su voz clara.
¡Mas ay, que cuando no mi lira, creo
Que mil veces mi voz te revocara,
Y otras mil te perdiera mi deseo!
388
Luis de Góngora y Argote
Aunque A Rocas De Fe Ligada Vea
Aunque a rocas de fe ligada vea
Con lazos de oro la hermosa nave
Mientras en calma humilde, en paz süave
Sereno el mar la vista lisonjea;
Y aunque el céfiro esté (porque le crea)
Tasando el viento que en las velas cabe,
Y el fin dichoso del camino grave
En el aspecto celestial se lea,
He visto blanqueando las arenas
De tantos nunca sepultados huesos,
Que el mar de Amor tuvieron por seguro,
Que dél no fío, si sus flujos gruesos
Con el timón o con la voz no enfrenas,
¡Oh dulce Arión, oh sabio Palinuro!
Con lazos de oro la hermosa nave
Mientras en calma humilde, en paz süave
Sereno el mar la vista lisonjea;
Y aunque el céfiro esté (porque le crea)
Tasando el viento que en las velas cabe,
Y el fin dichoso del camino grave
En el aspecto celestial se lea,
He visto blanqueando las arenas
De tantos nunca sepultados huesos,
Que el mar de Amor tuvieron por seguro,
Que dél no fío, si sus flujos gruesos
Con el timón o con la voz no enfrenas,
¡Oh dulce Arión, oh sabio Palinuro!
374
Luis de Góngora y Argote
A Unos álamos Blancos
Gallardas plantas, que con voz doliente
Al osado Faetón llorastes vivas,
Y ya sin invidiar palmas ni olivas,
Muertas podéis ceñir cualquiera frente,
Así del Sol estivo al rayo ardiente
Blanco coro de Náyades lascivas
Precie más vuestras sombras fugitivas
Que verde margen de escondida fuente,
Y así bese (a pesar del seco estío)
Vuestros troncos (ya un tiempo pies humanos)
El raudo curso deste undoso río,
Que lloréis (pues llorar sólo a vos toca
Locas empresas, ardimientos vanos)
Mi ardimiento en amar, mi empresa loca.
Al osado Faetón llorastes vivas,
Y ya sin invidiar palmas ni olivas,
Muertas podéis ceñir cualquiera frente,
Así del Sol estivo al rayo ardiente
Blanco coro de Náyades lascivas
Precie más vuestras sombras fugitivas
Que verde margen de escondida fuente,
Y así bese (a pesar del seco estío)
Vuestros troncos (ya un tiempo pies humanos)
El raudo curso deste undoso río,
Que lloréis (pues llorar sólo a vos toca
Locas empresas, ardimientos vanos)
Mi ardimiento en amar, mi empresa loca.
517
Luis de Góngora y Argote
A Juan Rufo, Jurado De Córdoba
Culto Jurado, si mi bella dama
—En cuyo generoso mortal manto
Arde, como en cristal de templo santo,
De un limpio amor la más ilustre llama—
Tu musa inspira, vivirá tu fama
Sin invidiar tu noble patria a Manto,
Y ornarte ha en premio de tu dulce canto
No de verde laurel caduca rama,
Sino de estrellas inmortal corona.
Haga, pues, tu dulcísimo instrumento
Bellos efectos, pues la causa es bella;
Que no habrá piedra, planta, ni persona,
Que suspensa no siga el tierno acento,
Siendo tuya la voz, y el canto de ella.
—En cuyo generoso mortal manto
Arde, como en cristal de templo santo,
De un limpio amor la más ilustre llama—
Tu musa inspira, vivirá tu fama
Sin invidiar tu noble patria a Manto,
Y ornarte ha en premio de tu dulce canto
No de verde laurel caduca rama,
Sino de estrellas inmortal corona.
Haga, pues, tu dulcísimo instrumento
Bellos efectos, pues la causa es bella;
Que no habrá piedra, planta, ni persona,
Que suspensa no siga el tierno acento,
Siendo tuya la voz, y el canto de ella.
306
Luis de Góngora y Argote
De Una Dama Que, Quitándose Una Sortija, Se Picó Con Un Alfiler
Prisión del nácar era articulado
De mi firmeza un émulo luciente,
Un dïamante, ingenïosamente
En oro también él aprisionado.
Clori, pues, que a su dedo apremïado
De metal aun precioso no consiente,
Gallarda un día, sobre impacïente,
Lo redimió del vínculo dorado.
Mas ay, que insidïoso latón breve
En los cristales de su bella mano
Sacrílego divina sangre bebe:
Púrpura ilustró menos indïano
Marfil; invidïosa sobre nieve,
Claveles deshojó la Aurora en vano.
De mi firmeza un émulo luciente,
Un dïamante, ingenïosamente
En oro también él aprisionado.
Clori, pues, que a su dedo apremïado
De metal aun precioso no consiente,
Gallarda un día, sobre impacïente,
Lo redimió del vínculo dorado.
Mas ay, que insidïoso latón breve
En los cristales de su bella mano
Sacrílego divina sangre bebe:
Púrpura ilustró menos indïano
Marfil; invidïosa sobre nieve,
Claveles deshojó la Aurora en vano.
312
Luis de Góngora y Argote
De Los Mismos
Peinaba al sol Belisa sus cabellos
Con peine de marfil, con mano bella;
Mas no se parecía el peine en ella
Como se escurecía el sol en ellos.
En cuanto, pues, estuvo sin cogellos,
El cristal sólo, cuyo margen huella,
Bebía de una y otra dulce estrella
En tinieblas de oro rayos bellos.
Fileno en tanto, no sin armonía,
Las horas acusando, así invocaba
La segunda deidad del tercer cielo:
«Ociosa, Amor, será la dicha mía,
Si lo que debo a plumas de tu aljaba
No lo fomentan plumas de tu vuelo».
Con peine de marfil, con mano bella;
Mas no se parecía el peine en ella
Como se escurecía el sol en ellos.
En cuanto, pues, estuvo sin cogellos,
El cristal sólo, cuyo margen huella,
Bebía de una y otra dulce estrella
En tinieblas de oro rayos bellos.
Fileno en tanto, no sin armonía,
Las horas acusando, así invocaba
La segunda deidad del tercer cielo:
«Ociosa, Amor, será la dicha mía,
Si lo que debo a plumas de tu aljaba
No lo fomentan plumas de tu vuelo».
319
Luis de Góngora y Argote
Al Conde De Lemus, Viniendo De Ser Virrey De Nápoles
Florido en años, en prudencia cano,
Riberas del Sebeto, río que apenas
Obscurecen sus aguas sus arenas,
Gran freno moderó tu cuerda mano;
Donde mil veces escuchaste en vano
Entre los remos y entre las cadenas,
No ya ligado al árbol, las sirenas
Del lisonjero mar napolitano.
Quede en mármol tu nombre esclarecido,
Firme a las ondas, sordo a su armonía,
Blasón del tiempo, escollo del olvido,
Oh Águila de Castro, que algún día
Será para escribir tu excelso nido
Un cañón de tus alas pluma mía.
Riberas del Sebeto, río que apenas
Obscurecen sus aguas sus arenas,
Gran freno moderó tu cuerda mano;
Donde mil veces escuchaste en vano
Entre los remos y entre las cadenas,
No ya ligado al árbol, las sirenas
Del lisonjero mar napolitano.
Quede en mármol tu nombre esclarecido,
Firme a las ondas, sordo a su armonía,
Blasón del tiempo, escollo del olvido,
Oh Águila de Castro, que algún día
Será para escribir tu excelso nido
Un cañón de tus alas pluma mía.
266
Luis de Góngora y Argote
A Don Diego Páez De Castillejo Y Valenzuela, Veinticuatro De Córdoba
No entre las flores, no, señor don Diego,
De vuestros años, áspid duerma breve
El ocio, salamandria más de nieve
Que el vigilante estudio lo es de fuego:
De cuantas os clavó flechas el ciego,
A la que dulce más la sangre os bebe
Hurtadle un rato alguna pluma leve,
Que el aire vago solicite luego.
Quejáos, señor, o celebrad con ella
Del desdén, el favor de vuestra dama,
Sirena dulce si no esfinge bella.
Escribid, que a más gloria Apolo os llama:
Del cielo la haréis tercero estrella,
Y vuestra pluma vuelo de la Fama.
De vuestros años, áspid duerma breve
El ocio, salamandria más de nieve
Que el vigilante estudio lo es de fuego:
De cuantas os clavó flechas el ciego,
A la que dulce más la sangre os bebe
Hurtadle un rato alguna pluma leve,
Que el aire vago solicite luego.
Quejáos, señor, o celebrad con ella
Del desdén, el favor de vuestra dama,
Sirena dulce si no esfinge bella.
Escribid, que a más gloria Apolo os llama:
Del cielo la haréis tercero estrella,
Y vuestra pluma vuelo de la Fama.
267
Luis de Góngora y Argote
A Don Antonio Venegas, Obispo De Pamplona
¡Oh, de alto valor, de virtud rara
Sacro esplendor, en toda edad luciente,
Cuya fama los términos de Oriente
Ecos los hace de su trompa clara!
Vuestro cayado pastoral, hoy vara,
Dará flores, y vos gloriosamente,
Del pellico a la púrpura ascendiente,
Subiréis de la mitra a la tiara.
No es voz de fabulosa deidad ésta,
Consultada en oráculo profano,
Sino de la razón muda respuesta.
Deja su urna el Betis, y lozano
Cuantos engendra toros la floresta
Por vos fatiga el hábito africano.
Sacro esplendor, en toda edad luciente,
Cuya fama los términos de Oriente
Ecos los hace de su trompa clara!
Vuestro cayado pastoral, hoy vara,
Dará flores, y vos gloriosamente,
Del pellico a la púrpura ascendiente,
Subiréis de la mitra a la tiara.
No es voz de fabulosa deidad ésta,
Consultada en oráculo profano,
Sino de la razón muda respuesta.
Deja su urna el Betis, y lozano
Cuantos engendra toros la floresta
Por vos fatiga el hábito africano.
287
Luis de Góngora y Argote
A Don Fray Pedro González De Mendoza Y Silva, Electo Arzobispo De Granada Muy Mozo
Consagróse el seráfico Mendoza,
Gran dueño mío, y con invidia deja
Al bordón flaco, a la capilla vieja,
Báculo tan galán, mitra tan moza.
Pastor que una Granada es vuestra choza,
Y cada grano suyo vuestra oveja,
Pues cada lengua acusa, cada oreja,
La sal que busca, el silbo que no goza,
Sílbelas desde allá vuestro apellido,
Y al Genil, que esperándoos peina nieve,
No frustéis más sus dulces esperanzas;
Que sobre el margen, para vos florido,
Al son alternan del cristal que mueve
Sus ninfas coros, y sus faunos, danzas.
Gran dueño mío, y con invidia deja
Al bordón flaco, a la capilla vieja,
Báculo tan galán, mitra tan moza.
Pastor que una Granada es vuestra choza,
Y cada grano suyo vuestra oveja,
Pues cada lengua acusa, cada oreja,
La sal que busca, el silbo que no goza,
Sílbelas desde allá vuestro apellido,
Y al Genil, que esperándoos peina nieve,
No frustéis más sus dulces esperanzas;
Que sobre el margen, para vos florido,
Al son alternan del cristal que mueve
Sus ninfas coros, y sus faunos, danzas.
296
Luis de Góngora y Argote
En El Cristal De Tu Divina Mano
En el cristal de tu divina mano
De Amor bebí el dulcísimo veneno,
Néctar ardiente que me abrasa el seno,
Y templar con la ausencia pensé en vano.
Tal, Claudia bella, del rapaz tirano
Es arpón de oro tu mirar sereno,
Que cuanto más ausente dél, más peno,
De sus golpes el pecho menos sano.
Tus cadenas al pie, lloro al rüido
De un eslabón y otro mi destierro,
Más desviado, pero más perdido.
¿Cuándo será aquel día que por yerro,
Oh serafín, desates, bien nacido,
Con manos de cristal nudos de hierro?
De Amor bebí el dulcísimo veneno,
Néctar ardiente que me abrasa el seno,
Y templar con la ausencia pensé en vano.
Tal, Claudia bella, del rapaz tirano
Es arpón de oro tu mirar sereno,
Que cuanto más ausente dél, más peno,
De sus golpes el pecho menos sano.
Tus cadenas al pie, lloro al rüido
De un eslabón y otro mi destierro,
Más desviado, pero más perdido.
¿Cuándo será aquel día que por yerro,
Oh serafín, desates, bien nacido,
Con manos de cristal nudos de hierro?
351
Luis de Góngora y Argote
De Una Quinta Que Hizo El Obispo Don Antonio Venegas En Burlada, Lugar De Su Dignidad
Este a Pomona, cuando ya no sea
Edificio al silencio dedicado,
Que si el cristal le rompe desatado,
Suave el ruiseñor le lisonjea,
Dulce es refugio, donde se pasea
La quïetud, y donde otro cuidado
Despedido, si no digo burlado,
De los términos huye desta aldea.
Aquí la Primavera ofrece flores
Al gran pastor de pueblos, que enriquece
De luz a España y gloria a los Venegas.
¡Oh peregrino, tú, cualquier que llegas,
Paga en admiración las que te ofrece
El huerto frutas y el jardín olores!
Edificio al silencio dedicado,
Que si el cristal le rompe desatado,
Suave el ruiseñor le lisonjea,
Dulce es refugio, donde se pasea
La quïetud, y donde otro cuidado
Despedido, si no digo burlado,
De los términos huye desta aldea.
Aquí la Primavera ofrece flores
Al gran pastor de pueblos, que enriquece
De luz a España y gloria a los Venegas.
¡Oh peregrino, tú, cualquier que llegas,
Paga en admiración las que te ofrece
El huerto frutas y el jardín olores!
313
Luis de Góngora y Argote
Al Conde De Lemus, Yéndole A Visitar A Monforte
Llegué a este Monte fuerte, coronado
De torres convecinas a los cielos,
Cuna siempre real de tus abuelos,
Del Reino escudo, y silla de su estado.
El templo vi a Minerva dedicado,
De cuyos geométricos modelos,
Si todo lo moderno tiene celos,
Tuviera invidia todo lo pasado.
Sacra erección de príncipe glorioso,
Que ya de mejor púrpura vestido
Rayos ciñe de luz, estrellas pisa.
¡Oh, cuánto deste monte imperioso
Descubro! Un mundo veo. Poco ha sido,
Que seis orbes se ven en tu divisa.
De torres convecinas a los cielos,
Cuna siempre real de tus abuelos,
Del Reino escudo, y silla de su estado.
El templo vi a Minerva dedicado,
De cuyos geométricos modelos,
Si todo lo moderno tiene celos,
Tuviera invidia todo lo pasado.
Sacra erección de príncipe glorioso,
Que ya de mejor púrpura vestido
Rayos ciñe de luz, estrellas pisa.
¡Oh, cuánto deste monte imperioso
Descubro! Un mundo veo. Poco ha sido,
Que seis orbes se ven en tu divisa.
248
Luis de Góngora y Argote
A Cierta Dama Que Se Dejaba Vencer Del Interés Antes Que Del Gusto
Mientras Corinto, en lágrimas deshecho,
La sangre de su pecho vierte en vano,
Vende Lice a un decrépito indïano
Por cient escudos la mitad del lecho.
¿Quién, pues, se maravilla deste hecho,
Sabiendo que halla ya paso más llano,
La bolsa abierta, el rico pelicano,
Que el pelícano pobre, abierto el pecho?
Interés, ojos de oro como gato,
Y gato de doblones, no Amor ciego,
Que leña y plumas gasta, cient arpones
Le flechó de la aljaba de un talego.
¿Qué Tremecén no desmantela un trato,
Arrimándole al trato cient cañones?
La sangre de su pecho vierte en vano,
Vende Lice a un decrépito indïano
Por cient escudos la mitad del lecho.
¿Quién, pues, se maravilla deste hecho,
Sabiendo que halla ya paso más llano,
La bolsa abierta, el rico pelicano,
Que el pelícano pobre, abierto el pecho?
Interés, ojos de oro como gato,
Y gato de doblones, no Amor ciego,
Que leña y plumas gasta, cient arpones
Le flechó de la aljaba de un talego.
¿Qué Tremecén no desmantela un trato,
Arrimándole al trato cient cañones?
414
Luis de Góngora y Argote
A Don Sancho Dávila, Obispo De Jaén
Sacro pastor de pueblos, que en florida
Edad, pastor, gobiernas tu ganado,
Más con el silbo que con el cayado
Y más que con el silbo con la vida;
Canten otros tu casa esclarecida,
Mas tu Palacio, con razón sagrado,
Cante Apolo de rayos coronado,
No humilde Musa de laurel ceñida.
Tienda es gloriosa, donde en lechos de oro
Victorïosos duermen los soldados
Que ya despertarán a triunfo y palmas;
Milagroso sepulcro, mudo coro
De muertos vivos, de ángeles callados,
Cielo de cuerpos, vestuario de almas.
Edad, pastor, gobiernas tu ganado,
Más con el silbo que con el cayado
Y más que con el silbo con la vida;
Canten otros tu casa esclarecida,
Mas tu Palacio, con razón sagrado,
Cante Apolo de rayos coronado,
No humilde Musa de laurel ceñida.
Tienda es gloriosa, donde en lechos de oro
Victorïosos duermen los soldados
Que ya despertarán a triunfo y palmas;
Milagroso sepulcro, mudo coro
De muertos vivos, de ángeles callados,
Cielo de cuerpos, vestuario de almas.
353
Luis de Góngora y Argote
A Doña Brianda De La Cerda
Al sol peinaba Clori sus cabellos
Con peine de marfil, con mano bella;
Mas no se parecía el peine en ella
Como se obscurecía el sol en ellos.
Cogió sus lazos de oro, y al cogellos,
Segunda mayor luz descubrió aquella
Delante quien el Sol es una estrella
Y esfera España de sus rayos bellos.
Divinos ojos, que en su dulce Oriente
Dan luz al mundo, quitan luz al cielo,
Y espera idolatrallos Occidente.
Esto Amor solicita con su vuelo,
Que en tanto mar será un arpón luciente
De la Cerda inmortal mortal anzuelo.
Con peine de marfil, con mano bella;
Mas no se parecía el peine en ella
Como se obscurecía el sol en ellos.
Cogió sus lazos de oro, y al cogellos,
Segunda mayor luz descubrió aquella
Delante quien el Sol es una estrella
Y esfera España de sus rayos bellos.
Divinos ojos, que en su dulce Oriente
Dan luz al mundo, quitan luz al cielo,
Y espera idolatrallos Occidente.
Esto Amor solicita con su vuelo,
Que en tanto mar será un arpón luciente
De la Cerda inmortal mortal anzuelo.
369
Luis de Góngora y Argote
A Su Hijo Del Marqués De Ayamonte, Que Excuse La Montería
Deja el monte, garzón bello, no fíes
Tus años dél, ni nuestras esperanzas;
Que murallas de red, bosques de lanzas
Menosprecian los fieros jabalíes.
En sangre a Adonis, si no fue en rubíes,
Tiñeron mal celosas asechanzas,
Y en urna breve funerales danzas
Coronaron sus huesos de alhelíes.
Deja el monte, garzón; poco el luciente
Venablo en Ida aprovechó al mozuelo
Que estrellas pisa ahora en vez de flores.
Cruel verdugo el espumoso diente,
Torpe ministro fue el ligero vuelo
(No sepas más) de celos y de amores.
Tus años dél, ni nuestras esperanzas;
Que murallas de red, bosques de lanzas
Menosprecian los fieros jabalíes.
En sangre a Adonis, si no fue en rubíes,
Tiñeron mal celosas asechanzas,
Y en urna breve funerales danzas
Coronaron sus huesos de alhelíes.
Deja el monte, garzón; poco el luciente
Venablo en Ida aprovechó al mozuelo
Que estrellas pisa ahora en vez de flores.
Cruel verdugo el espumoso diente,
Torpe ministro fue el ligero vuelo
(No sepas más) de celos y de amores.
287
Luis de Góngora y Argote
De Don Rodrigo Sarmiento, Conde De Salinas
Del León, que en la Silva apenas cabe,
O ya por fuerte o ya por generoso,
Que a dos Sarmientos, cada cual glorioso,
Obedeció mejor que al bastón grave,
Real cachorro y pámpano suave
En este infante en tierna edad dichoso;
Cupido con dos soles, que hermoso
De ángel tiene lo que el otro de ave.
La alta esperanza en él se vea lograda
Del claro padre y de la antigua casa
Que a España le da héroes, si no leyes,
Tal, que do el Norte yela al mar su espada
Temida, y donde el Sol la arena abrasa,
Triunfador siempre, coma con sus reyes.
O ya por fuerte o ya por generoso,
Que a dos Sarmientos, cada cual glorioso,
Obedeció mejor que al bastón grave,
Real cachorro y pámpano suave
En este infante en tierna edad dichoso;
Cupido con dos soles, que hermoso
De ángel tiene lo que el otro de ave.
La alta esperanza en él se vea lograda
Del claro padre y de la antigua casa
Que a España le da héroes, si no leyes,
Tal, que do el Norte yela al mar su espada
Temida, y donde el Sol la arena abrasa,
Triunfador siempre, coma con sus reyes.
245
Luis de Góngora y Argote
A Una Dama Que Conoció Niña Y Después Vio Mujer Muy Hermosa
Si Amor entre las plumas de su nido
Prendió mi libertad, ¿qué hará ahora,
Que en tus ojos, dulcísima señora,
Armado vuela, ya que no vestido?
Entre las vïoletas fui herido
Del áspid que hoy entre los lilios mora;
Igual fuerza tenías siendo aurora,
Que ya como sol tienes bien nacido.
Saludaré tu luz con voz doliente,
Cual tierno ruiseñor en prisión dura
Despide quejas, pero dulcemente.
Diré como de rayos vi tu frente
Coronada, y que hace tu hermosura
Cantar las aves, y llorar la gente.
Prendió mi libertad, ¿qué hará ahora,
Que en tus ojos, dulcísima señora,
Armado vuela, ya que no vestido?
Entre las vïoletas fui herido
Del áspid que hoy entre los lilios mora;
Igual fuerza tenías siendo aurora,
Que ya como sol tienes bien nacido.
Saludaré tu luz con voz doliente,
Cual tierno ruiseñor en prisión dura
Despide quejas, pero dulcemente.
Diré como de rayos vi tu frente
Coronada, y que hace tu hermosura
Cantar las aves, y llorar la gente.
563
Luis Felipe Vivanco
Presentación A Los Pájaros
Con mi niñita nueva bajo el brazo
salgo a la primavera,
nuestra niña de invierno aún empañada
de calor tuyo y vaho de tu cueva.
Salgo al volar travieso de los pájaros
con mi niñita nueva,
nuestra cachorra acariciada por la
nocturna vecindad de tus riberas.
Bajo el brazo la traigo y no me olvido,
al contemplaros, de ella;
¡oh juventud del cielo!, ¡oh campo verde
y recuestos en flor como una fiesta!
La traigo blanca y rubia y no la cambio
por la menuda yerba,
ni por la más silvestre forecilla
que un delantal, en vez de un traje, estrena.
¡Cuántas veces los dos hemos salido
prolongando la espera
tan frecuentada ya por sus pisadas
y andada, con su ritmo, hacia la sierra!
Su ritmo entre los surcos, con el denso
crecer de la cosecha,
y en el pujar suave de los árboles,
y en la dulce estrechez de las veredas.
Su ritmo en tu cintura, y en tus húmedas
mejillas con ojeras
de la tarde que se apaga, su caricia
de fresco viento matinal que empieza.
Gorjeos matinales nos descubren
otra vez, pero aquella
éramos, los dos solos, nuestro abrazo,
y ahora somos, también, su mies pequeña,
su pelusilla rubia, su puñado
de sol, de agua despierta,
¡cortejadla, mis pájaros, y amadla!
¡mi ruiseñor, y mi mirlo, y oropéndola!
¡Mi urraca que a saltitos desmenuzas
tu fama de usurera!
¡Mis golondrinas de hace un año, dentro
del viejo portalón con sus macetas!
¡Mis huéspedes celestes, tan asiduos
cantores, tan cerca,
tan de huerto cerrado y pobres tapias,
tan de lluvia y celindas, tan de veras!
Piad como esta vez, como sois siempre
de alados, como cuelgan
vuestras voces y juegos bulliciosos
en el aire que huele a lila y menta.
Tú, ruiseñor, el trino entreverado
de magnolia y estrella.
Y tú, mirlo, tus silbos casi azules.
Tú, urraca, tu cascada voz de tierra.
Vosotras, golondrinas, vuestra albórbola
cotidiana y obrera.
Tú, oropéndola, el eco espejeante
de un interior sonoro de colmena.
Con mi niñita nueva bajo el brazo
llego a la primavera,
¡mirad que os la presento aún con escarcha,
recién hecha de amor, y nuestra y vuestra!
salgo a la primavera,
nuestra niña de invierno aún empañada
de calor tuyo y vaho de tu cueva.
Salgo al volar travieso de los pájaros
con mi niñita nueva,
nuestra cachorra acariciada por la
nocturna vecindad de tus riberas.
Bajo el brazo la traigo y no me olvido,
al contemplaros, de ella;
¡oh juventud del cielo!, ¡oh campo verde
y recuestos en flor como una fiesta!
La traigo blanca y rubia y no la cambio
por la menuda yerba,
ni por la más silvestre forecilla
que un delantal, en vez de un traje, estrena.
¡Cuántas veces los dos hemos salido
prolongando la espera
tan frecuentada ya por sus pisadas
y andada, con su ritmo, hacia la sierra!
Su ritmo entre los surcos, con el denso
crecer de la cosecha,
y en el pujar suave de los árboles,
y en la dulce estrechez de las veredas.
Su ritmo en tu cintura, y en tus húmedas
mejillas con ojeras
de la tarde que se apaga, su caricia
de fresco viento matinal que empieza.
Gorjeos matinales nos descubren
otra vez, pero aquella
éramos, los dos solos, nuestro abrazo,
y ahora somos, también, su mies pequeña,
su pelusilla rubia, su puñado
de sol, de agua despierta,
¡cortejadla, mis pájaros, y amadla!
¡mi ruiseñor, y mi mirlo, y oropéndola!
¡Mi urraca que a saltitos desmenuzas
tu fama de usurera!
¡Mis golondrinas de hace un año, dentro
del viejo portalón con sus macetas!
¡Mis huéspedes celestes, tan asiduos
cantores, tan cerca,
tan de huerto cerrado y pobres tapias,
tan de lluvia y celindas, tan de veras!
Piad como esta vez, como sois siempre
de alados, como cuelgan
vuestras voces y juegos bulliciosos
en el aire que huele a lila y menta.
Tú, ruiseñor, el trino entreverado
de magnolia y estrella.
Y tú, mirlo, tus silbos casi azules.
Tú, urraca, tu cascada voz de tierra.
Vosotras, golondrinas, vuestra albórbola
cotidiana y obrera.
Tú, oropéndola, el eco espejeante
de un interior sonoro de colmena.
Con mi niñita nueva bajo el brazo
llego a la primavera,
¡mirad que os la presento aún con escarcha,
recién hecha de amor, y nuestra y vuestra!
389
Luis Felipe Vivanco
3
Cálida voz despierta en tu dulzura,
tierno temblor en tu quietud florece,
y una experiencia virgen que se ofrece
con el asombro de su nieve pura.
Donde tu cuerpo anuncia sombra oscura
la claridad más viva resplandece,
y su milagro recogido acrece
toda la fe que mi dolor apura.
Porque siempre detrás de tu mirada
reina la sombra, y misteriosa impera
tu altiva convicción de ser amada.
¿Cómo soñar tu gracia verdadera
si estás en mi ilusión acompañada
por una oscuridad que no quisiera?
tierno temblor en tu quietud florece,
y una experiencia virgen que se ofrece
con el asombro de su nieve pura.
Donde tu cuerpo anuncia sombra oscura
la claridad más viva resplandece,
y su milagro recogido acrece
toda la fe que mi dolor apura.
Porque siempre detrás de tu mirada
reina la sombra, y misteriosa impera
tu altiva convicción de ser amada.
¿Cómo soñar tu gracia verdadera
si estás en mi ilusión acompañada
por una oscuridad que no quisiera?
450
Luis Felipe Vivanco
El Otoño
Aunque el campo esté lejos,
amor es fuego. El fuego
se enciende por las tardes,
dura toda la noche.
El fuego son imágenes,
silenciosos viajes...
Desde la lluvia oblicua de la acera
miramos las estampas
y pasamos las páginas
del fuego solitario:
sus llamas interiores.
Prontos obedeceres:
las luces que se encienden
en las calles estrechas,
y en los pisos cerrados
las fugas en los juegos
de los niños que han vuelto del colegio.
amor es fuego. El fuego
se enciende por las tardes,
dura toda la noche.
El fuego son imágenes,
silenciosos viajes...
Desde la lluvia oblicua de la acera
miramos las estampas
y pasamos las páginas
del fuego solitario:
sus llamas interiores.
Prontos obedeceres:
las luces que se encienden
en las calles estrechas,
y en los pisos cerrados
las fugas en los juegos
de los niños que han vuelto del colegio.
456
Leandro Fernández de Moratín
Soneto A Clori, Declamando En Fábula Trágica
¿Qué acecho de dolor el alma vino
a herir? ¿Qué funeral adorno es éste?
¿Qué hay en el orbe que a tus luces cueste
el llanto que las turba cristalino?
¿Pudo esfuerzo mortal, pudo el destino
así ofender su espíritu celeste?...
¿O es todo engaño?, y quiere Amor que preste
a su labio y su acción poder divino.
Quiere que exenta del pesar que inspira,
silencio imponga al vulgo clamoroso,
y dócil a su voz se angustie y llore.
Que el tierno amante que la atiende y mira,
entre el aplauso y el temor dudoso,
tan alta perfección absorto adore.
a herir? ¿Qué funeral adorno es éste?
¿Qué hay en el orbe que a tus luces cueste
el llanto que las turba cristalino?
¿Pudo esfuerzo mortal, pudo el destino
así ofender su espíritu celeste?...
¿O es todo engaño?, y quiere Amor que preste
a su labio y su acción poder divino.
Quiere que exenta del pesar que inspira,
silencio imponga al vulgo clamoroso,
y dócil a su voz se angustie y llore.
Que el tierno amante que la atiende y mira,
entre el aplauso y el temor dudoso,
tan alta perfección absorto adore.
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