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Poemas en este tema

Emociones y Sentimientos

Julio Herrera y Reissig

Julio Herrera y Reissig

Recepción Instrumental Del Gran Polígloto Orfeo

Cuentos de Harmonía

Entra el viejo Orfeo. Mil notas auroran
El aire de ruidos, mil notas confusas;
Suspiran las Musas, las Sirenas lloran;
Las Sirenas lloran, suspiran las Musas.

Misteriosas flautas, que modulan gritos
De bacantes ebrias, de hetairas locas,
Cantan las canciones de los tristes mitos;
de los besos muertos en las regias bocas.

Finas violas trinan los rondeles breves
Que en la danza regia dicen los encajes,
Las suaves y amables carcajadas leves
De las suaves sedas de los leves trajes.

Sistros marfilados hablan de las lidias
De los viejos reyes; de su real decoro;
De Judith y Esther cuentan las perfidias,
Los asesinatos de sus besos de oro.

Címbalos de plata cuentan las historias
De reinas de Saba; de sangrientas misas,
Y cascabelean las divinas glorias
De los viejos bardos y las pitonisas.

Suaves mandolinas desabrochan llantos
De Mignones ebrias y Lilís divinas,
Y hacen las historias, de crueles encantos
Y dulces venenos, de las Florentinas.

Cuernos y zampoñas, cobres y trompetas,
(Que tienen el triunfo dorado del Sol)
Aúllan y ladran y rujen y gritan,
(Los himnos más rojos en tono i bemol).
¡Hablando de guerras, de sangre, de atletas,
De incendios, de muertes y cosas que excitan!

Órganos tronantes murmuran canciones,
De mística, vaga, celeste harmonía,
Que hacen de las barbas de Jehová vellones
Para ornar la mesa de la eucaristía.

Discretos violines hacen historietas
De pies diminutos, escotes y talles;
De anillos traidores; de las Antonietas,
De los galanteos del regio Versalles.

Narran mil alegros, de collares ricos,
De aleves conquistas, de alcobas doradas:
Las conspiraciones de los abanicos
Y las aventuras de las estocadas.

Timbales y oboes, panderos y gaitas
Son gitanas tristes, ebrias bayaderas
Que dan el almíbar de las chirigaitas,
Sangre de cicutas, celos de panteras,

Que sugieren dramas de placer y llanto,
Risas y suspiros de Selikas locas,
Sollozos de Aída, ramos de amaranto,
Orgías de vasos, puñales y bocas.

Graves clavicordios, tristes violoncelos
Susurran amores de duques suicidas,
Y hablan en la lengua de los terciopelos,
Del vino que usaban las reinas queridas.

Guitarras sensibles, en raudos alegros,
Hablan de toreros, chulos y manolas;
Fingen las tormentas de los ojos negros,
Y hablan de los celos de las reinas Lolas.

Ríen con la risa del castañeteo,
Vuelan con el vuelo de la seguidilla,
Y hablan del hechizo que en el culebreo
Ponen las sultanas de la manzanilla.

Sugieren de pronto caderas ariscas,
Gestos que provocan, y ligas que atan;
¡Toros de lujurias, besos de odaliscas,
Canelas, mantillas y piernas que matan!...
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José María de Heredia

José María de Heredia

La Partida Cantata

¡A Dios, amada, a Dios! llegó el momento
del pavoroso a Dios... mi sentimiento
dígate aqueste llanto... ¡ay! ¡el primero
que me arranca el dolor! ¡Oh, Lesbia mía!
No es tan solo el horror de abandonarte
lo que me agita, sino los temores
de perder tu cariño: sí; la ausencia
mi imagen borrará, que en vivo fuego
grabó en tu pecho amor... Eres hermosa,
y yo soy infeliz!... En mi destierro
viviré entre dolor, y tu cercada
en fiestas mil de juventud fogosa,
que abrasará de tu beldad el brillo,
me venderás perjura,
y en nuevo amor palpitará tu seno,
olvidando del mísero Fileno
la fe constante y el amor sencillo.


Sumido en pesares,

y triste y lloroso,

noticias ansioso

de ti pediré:

y acaso diranme

con voz dolorida:

«Tu Lesbia te olvida

tu Lesbia es infiel».

Yo te ofendo, adorada: sí; perdona
a tu amante infeliz estos recelos.
¿Cuándo el que quiso bien no tuvo celos?
tú sabrás conservar con fiel cariño
de tu primer amante la memoria;
no perderás ese candor que te hace
del cielo amor, y de tu sexo gloria.
¡Lloras! ¡ay! ¡lloras!... ¡Oh fatal
momento
de dicha y de dolor!. Aquese llanto,
que tu amor me asegura,
me rasga el corazón... Tu hermosa vida
anublan los pesares y amargura
por mi funesto ardor... ¡El cielo sabe
que con toda la sangre que me anima
comprar quisiera tu inmortal ventura!
Mas, desdichado soy... ¿por qué te uniste
a mi suerte cruel, que ha emponzoñado
de tus años la flor?... ¡A Dios, querida!...
¡A Dios!... ¡Ay! apuremos presurosos
el cáliz del dolor... Ese pañuelo
con tus preciosas lágrimas regado,
trueca por este mío.
Besándolo mil veces, y en sus hilos
mi llanto amargo uniendo con tu llanto,
daré a mi pena celestial consuelo.
«Lesbia me ama, diré, y en mi partida
este llanto vertió... Tal vez ahora
mi pañuelo feliz besa encendida,
y le estrecha a su seno
y un amor inmortal jura a Fileno».

Piensa en mí, Lesbia
divina;
y si algún amante
osado
de tus hechizos prendado,

quiere robarme tu amor;
pon la vista en el
pañuelo
prenda fiel de la fe
mía,
y di: «cuando se
partía,
¡Cuán grande fue su
dolor!»
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José María de Heredia

José María de Heredia

A Lola En Sus Días Oda

Vuelve a mis brazos, deliciosa Lira,
en que de la beldad y los amores
el hechizo canté. Sobrado tiempo
de angustias y dolores
el eco flébil fuera
mi quebrantada voz. ¿Cómo pudiera
no calmar mi agonía
este brillante día
que a Lola vio nacer? ¡Cuán deleitosa
despunta en oriente la luz pura
del natal de una hermosa!
Naciste, Lola, y Cuba
al contemplar en ti su bello adorno
aplaudió tu nacer. Tu dulce cuna
meció festivo amor: tu blanda risa
nació bajo su beso: complacido
la recibió, y en inefable encanto
y sin igual dulzura
tus labios inundó: tu lindo talle
de gallarda hermosura
Venus ornó con ceñidor divino,
y, tal vez envidiosa, contemplaba
tu celestial figura.

Nace bárbaro
caudillo,
que con frenética guerra
debe desolar la tierra,
y gime la humanidad.

Naciste, Lola, y el mundo
celebró tu
nacimiento,
y embelesado y contento
adoró amor tu beldad.

Feliz aquel a quien afable miras
que en tu hablar se embebece, y a tu lado
admira con tu talle delicado
a viva luz de tus benignos ojos.
¡Venturoso mortal! ¡en cuanta envidia
mi corazón enciendes!... Lola hermosa,
¿quién tanta beldad y a tantas gracias
pudiera resistir, ni qué alma fría
con la expresión divina de tus ojos
no se inflama de amor? El alma mía
se abrasó a tu mirar... Eres más bella
que la rosa lozana,
del Zéfiro mecida
al primer esplendor de la mañana.

Si en un tiempo más bello y felice
tantas gracias hubiera mirado,
¡Ah! tú fueras objeto adorado
de mi fina y ardiente pasión.

Mas la torpe doblez, la falsía,
que mi pecho sensible rasgaron,
en su ciego furor me robaron
del placer la dichosa ilusión.

¡Ángel consolador! Tu beldad sola
el bárbaro rigor de mis pesares
a mitigar alcanza,
y en tus ojos divinos
bebo rayos de luz y de esperanza.
Conviértelos a mí siempre serenos,
abra tus labios plácida sonrisa,
y embriágame de amor!... Acepta grata
por tu ventura mis ardientes votos.
¡Ah! tú serás feliz: ¿cómo pudiera
sumir el cielo en aflicción y luto
tanta y tanta beldad? Si despiadado
el feroz infortunio te oprimiere,
¡ay! ¡no lo mire yo! Baje a la tumba
sin mirarte infeliz; o bien reciba
los golpes de la suerte,
y de ellos quedes libre, y generoso
si eres dichosa tú, seré dichoso.

Me oyes, Lola, placentera,
llena de fuerza y de vida...
¡Ay! mi juventud florida
el dolor marchita ya.

Cuando la muerte me hiera,
y torne tu día sereno
acuérdate de Fileno,
di su nombre suspirando,
y en torno de ti volando
mi sombra se gozará.
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José María de Heredia

José María de Heredia

A Mi Amante Oda

Es media noche: vaporosa calma
y silencio profundo
el sueño vierte al fatigado mundo,
y yo velo por ti, mi dulce amante.
¡En qué delicia el alma
enajena tu plácida memoria!
Único bien y gloria
del corazón más fino y más constante
¡Cuál te idolatro! De mi ansioso pecho
la agitación lanzaste y el martirio,
y en mi tierno delirio
lleno de ti contemplo el universo.
con tu amor inefable se embellece
de la vida el desierto,
que desolado y yerto
a mi tímida vista parecía,
y cubierto de espinas y dolores.
Ante mis pasos, adorada mía,
riégalo tú con inocentes flores.
¡Y tú me amas! ¡Oh Dios! ¡Cuánta dulzura
siento al pensarlo! de esperanza lleno,
miro lucir el sol puro y sereno,
y se anega mi ser en su ventura.
Con orgullo placer alzo la frente
antes nublada y triste, donde ahora
serenidad respira y alegría.
Adorada señora
de mi destino y de la vida mía,
cuando yo tu hermosura
en un silencio religioso admiro,
el aire que tú alientas y respiro
es delicia y ventura.
Si pueden envidiar los inmortales
de los hombres la suerte,
me envidiarán al verte
fijar en mí tus ojos celestiales
animados de amor, y con los míos
confundir su ternura.
O al escuchar cuando tu boca pura
y tímida confiesa
el inocente amor que yo te inspiro:
por mí exhalaste tu primer suspiro,
y a mí me diste tu primera promesa.
¡Oh! ¡luzca el bello día
que de mi amor corone la esperanza,
y ponga el colmo a la ventura mía!
¡Cómo de gozo lleno,
inseparable gozaré tu lado,
respiraré tu aliento regalado,
y posaré mi faz sobre tu seno!

Ahora duermes tal vez, y el sueño agita
sus tibias alas en tu calma frente,
mientras que blandamente
solo por mí tu corazón palpita.
Duerme, objeto divino
del afecto más fino,
del amor más constante;
descansa, dulce dueño,
y entre las ilusiones de tu sueño
levántese la imagen de tu amante.
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