Emociones y Sentimientos
Luis de Góngora y Argote
Entre Los Sueltos Caballos
De los vencidos Cenetes,
Que por el campo buscaban
Entre la sangre lo verde,
Aquel español de Orán
Un suelto caballo prende,
Por sus relinchos lozano,
Y por sus cernejas fuerte,
Para que le lleve a él,
Y a un moro cautivo lleve,
Un moro que ha cautivado,
Capitán de cien jinetes.
En el ligero caballo
Suben ambos, y él parece,
De cuatro espuelas herido,
Que cuatro alas le mueven.
Triste camina el alarbe,
Y lo más bajo que puede
Ardientes suspiros lanza
Y amargas lágrimas vierte.
Admirado el español
De ver cada vez que vuelve
Que tan tiernamente llore
Quien tan duramente hiere,
Con razones le pregunta,
Comedidas y corteses,
De sus suspiros la causa,
Si la causa lo consiente.
El cautivo, como tal,
Sin excusas le obedece,
Y a su piadosa demanda
Satisface deste suerte:
«Valiente eres, capitán,
Y cortés como valiente:
Por tu espada y por tu trato
Me has cautivado dos veces.
Preguntado me has la causa
De mis suspiros ardientes,
Y débote la respuesta
Por quien soy y por quien eres.
En los Gelves nací, el año
Que os perdistes en los Gelves,
De una berberisca noble
Y de un turco matasiete.
En Tremecén me crié
Con mi madre y mis parientes
Después que perdí a mi padre,
Corsario de tres bajeles.
Junto a mi casa vivía,
Porque más cerca muriese,
Una dama del linaje
De los nobles Melioneses,
Extremo de las hermosas,
Cuando no de las crueles,
Hija al fin de estas arenas,
Engendradoras de sierpes.
Cada vez que la miraba
Salía un sol por su frente,
De tantos rayos ceñido
Cuantos cabellos contiene.
Juntos así nos criamos,
Y Amor en nuestras niñeces
Hirió nuestros corazones
Con arpones diferentes.
Labró el oro en mis entrañas
Dulces lazos, tiernas redes,
Mientras el plomo en las suyas
Libertades y desdenes.
Apenas vide trocada
La dureza de esta sierpe,
Cuando tú me cautivaste:
¡Mira si es bien que lamente!»
«Esta es la causa, español,
Que a llanto pudo moverme;
Mira si es razón que llore
Tantos males juntamente.»
Conmovido el capitán
De las lágrimas que vierte,
Parando el veloz caballo,
Pare sus males promete.
«Gallardo moro, le dice,
Si adoras como refieres,
Y si como dices amas,
Dichosamente padeces.
¿Quién pudiera imaginar,
Viendo tus golpes crueles,
Cupiera un alma tan tierna
En pecho tan duro y fuerte?
Si eres del Amor cautivo,
Desde aquí puedes volverte,
Que me pedirán por voto
Lo que entendí que era suerte.
Y no quiero por rescate
Que tu dama me presente
Ni las alfombras más finas
Ni las granas más alegres.
Anda con Dios, sufre y ama,
Y vivirás, si lo hicieres,
Con tal que cuando la veas
Hayas de volver a verme.»
Apeóse del caballo,
Y el moro tras él desciende,
Y por el suelo postrado
La boca a sus pies ofrece.
«Vivas mil años, le dice,
Noble capitán valiente,
Pues ganas más con librarme
Que ganaste con prenderme.
Alah se quede contigo,
Y te dé victoria siempre
Para que extiendas tu fama
Con hechos tan excelentes».
Luis de Góngora y Argote
Entre Los Sueltos Caballos
De los vencidos Cenetes,
Que por el campo buscaban
Entre la sangre lo verde,
Aquel español de Orán
Un suelto caballo prende,
Por sus relinchos lozano,
Y por sus cernejas fuerte,
Para que le lleve a él,
Y a un moro cautivo lleve,
Un moro que ha cautivado,
Capitán de cien jinetes.
En el ligero caballo
Suben ambos, y él parece,
De cuatro espuelas herido,
Que cuatro alas le mueven.
Triste camina el alarbe,
Y lo más bajo que puede
Ardientes suspiros lanza
Y amargas lágrimas vierte.
Admirado el español
De ver cada vez que vuelve
Que tan tiernamente llore
Quien tan duramente hiere,
Con razones le pregunta,
Comedidas y corteses,
De sus suspiros la causa,
Si la causa lo consiente.
El cautivo, como tal,
Sin excusas le obedece,
Y a su piadosa demanda
Satisface deste suerte:
«Valiente eres, capitán,
Y cortés como valiente:
Por tu espada y por tu trato
Me has cautivado dos veces.
Preguntado me has la causa
De mis suspiros ardientes,
Y débote la respuesta
Por quien soy y por quien eres.
En los Gelves nací, el año
Que os perdistes en los Gelves,
De una berberisca noble
Y de un turco matasiete.
En Tremecén me crié
Con mi madre y mis parientes
Después que perdí a mi padre,
Corsario de tres bajeles.
Junto a mi casa vivía,
Porque más cerca muriese,
Una dama del linaje
De los nobles Melioneses,
Extremo de las hermosas,
Cuando no de las crueles,
Hija al fin de estas arenas,
Engendradoras de sierpes.
Cada vez que la miraba
Salía un sol por su frente,
De tantos rayos ceñido
Cuantos cabellos contiene.
Juntos así nos criamos,
Y Amor en nuestras niñeces
Hirió nuestros corazones
Con arpones diferentes.
Labró el oro en mis entrañas
Dulces lazos, tiernas redes,
Mientras el plomo en las suyas
Libertades y desdenes.
Apenas vide trocada
La dureza de esta sierpe,
Cuando tú me cautivaste:
¡Mira si es bien que lamente!»
«Esta es la causa, español,
Que a llanto pudo moverme;
Mira si es razón que llore
Tantos males juntamente.»
Conmovido el capitán
De las lágrimas que vierte,
Parando el veloz caballo,
Pare sus males promete.
«Gallardo moro, le dice,
Si adoras como refieres,
Y si como dices amas,
Dichosamente padeces.
¿Quién pudiera imaginar,
Viendo tus golpes crueles,
Cupiera un alma tan tierna
En pecho tan duro y fuerte?
Si eres del Amor cautivo,
Desde aquí puedes volverte,
Que me pedirán por voto
Lo que entendí que era suerte.
Y no quiero por rescate
Que tu dama me presente
Ni las alfombras más finas
Ni las granas más alegres.
Anda con Dios, sufre y ama,
Y vivirás, si lo hicieres,
Con tal que cuando la veas
Hayas de volver a verme.»
Apeóse del caballo,
Y el moro tras él desciende,
Y por el suelo postrado
La boca a sus pies ofrece.
«Vivas mil años, le dice,
Noble capitán valiente,
Pues ganas más con librarme
Que ganaste con prenderme.
Alah se quede contigo,
Y te dé victoria siempre
Para que extiendas tu fama
Con hechos tan excelentes».
Luis de Góngora y Argote
Noble Desengaño
Gracias doy al cielo
Que rompiste el lazo
Que me tenía preso.
Por tan gran milagro
Colgaré en tu templo
Las graves cadenas
De mis graves yerros.
Las fuertes coyundas
Del yugo de acero,
Que con tu favor
Sacudí del cuello,
Las húmidas velas
Y los rotos remos
Que escapé del mar
Y ofrecí en el puerto,
Ya de tus paredes
Serán ornamento,
Gloria de tu nombre,
Y de Amor descuento.
Y así, pues que triunfas
Del rapaz arquero,
Tiren de tu carro
Y sean tu trofeo
Locas esperanzas,
Vanos pensamientos,
Pasos esparcidos,
Livianos deseos,
Rabiosos cuidados,
Ponzoñosos celos,
Infernales glorias,
Gloriosos infiernos.
Compóngante himnos,
Y digan sus versos
Que libras cautivos
Y das vista a ciegos.
Ante tu deidad
Hónrense mil fuegos
Del sudor precioso
Del árbol sabeo.
Pero ¿quién me mete
En cosas de seso,
Y en hablar de veras
En aquestos tiempos,
Donde el que más trata
De burlas y juegos,
Ese es quien se viste
Más a lo moderno?
Ingrata señora
De tus aposentos,
Más dulce y sabrosa
Que nabo en Adviento,
Aplícame un rato
El oído atento,
Que quiero hacer auto
De mis devaneos.
¡Qué de noches frías
Que me tuvo el hielo
Tal, que por esquina
Me juzgó tu perro,
Y alzando la pierna,
Con gentil denuedo,
Me argentó de plata
Los zapatos negros!
¡Qué de noches de éstas,
Señora, me acuerdo
Que andando a buscar
Chinas por el suelo,
Para hacer la seña
Por el agujero,
Al tomar la china
Me ensucié los dedos!
¡Qué de días anduve
Cargado de acero
Con harto trabajo,
Porque estaba enfermo!
Como estaba flaco
Parecía cencerro:
Hierro por de fuera,
Por de dentro hueso.
¡Qué de meses y años
Que viví muriendo
En la Peña Pobre
Sin ser Beltenebros,
Donde me acaeció
Mil días enteros
No comer sino uñas,
Haciendo sonetos!
¡Qué de necedades
Escribí en mil pliegos,
Que las ríes tú ahora,
Y yo las confieso!
Aunque las tuvimos
Ambos, en un tiempo,
Yo por discreciones
Y tú por requiebros.
¡Qué de medias noches
Canté en mi instrumento:
«Socorred, señora,
Con agua a mi fuego!»
Donde, aunque tú no
Socorriste luego,
Socorrió el vecino
Con un gran caldero.
Adiós, mi señora,
Porque me es tu gesto
Chimenea en verano
Y nieve en invierno,
Y el bazo me tienes
De guijarros lleno,
Porque creo que bastan
Seis años de necio.
Luis de Góngora y Argote
Servía En Orán Al Rey
Un español con dos lanzas,
Y con el alma y la vida
A una gallarda africana,
Tan noble como hermosa,
Tan amante como amada,
Con quien estaba una noche
Cuando tocaron al arma.
Trescientos Cenetes eran
De este rebato la causa,
Que los rayos de la luna
Descubrieron sus adargas;
Las adargas avisaron
A las mudas atalayas,
Las atalayas los fuegos,
Los fuegos a las campanas;
Y ellas al enamorado,
Que en los brazos de su dama
Oyó el militar estruendo
De las trompas y las cajas.
Espuelas de honor le pican
Y freno de amor le para;
No salir es cobardía,
Ingratitud es dejalla.
Del cuello pendiente ella,
Viéndole tomar la espada,
Con lágrimas y suspiros
Le dice aquestas palabras:
«Salid al campo, señor,
Bañen mis ojos la cama,
Que ella me será también,
Sin vos, campo de batalla.
»Vestíos y salid apriesa,
Que el general os aguarda;
Yo os hago a vos mucha sobra
Y vos a él mucha falta.
»Bien podéis salir desnudo,
Pues mi llanto no os ablanda,
Que tenéis de acero el pecho,
Y no habéis menester armas».
Viendo el español brioso
Cuánto le detiene y habla,
Le dice así: «Mi señora,
Tan dulce como enojada,
«Porque con honra y amor
Yo me quede, cumpla y vaya,
Vaya a los moros el cuerpo,
Y quede con vos el alma.
»Concededme, dueño mío,
Licencia para que salga
Al rebato en vuestro nombre,
Y en vuestro nombre combata».
Luis de Góngora y Argote
Aquí Entre La Verde Juncia
Quiero (como el blanco cisne
Que envuelto en dulce armonía,
La dulce vida despide)
Despedir mi vida amarga
Envuelta en endechas tristes,
Y querellarme de aquélla
Tan hermosa como libre.
Descanse entre tanto el arco
De la cuerda que le aflige,
Y pendiente de sus ramos
Orne esta planta de Alcides,
Mientras yo a la tortolilla
Que sobre aquel olmo gime,
Le hurto todo el silencio
Que para sus quejas pide.
Bellísima cazadora,
Más fiera que las que sigues
Por los bosques cruel verdugo
De mis años infelices:
Tan grandes son tus extremos
De hermosa y de terrible,
Que están los montes en duda
Si eres diosa o si eres tigre.
Préciaste de tan soberbia
Contra quien es tan humilde
Que, considerados bien,
Todos los monteros dicen
Que los dos nos parecemos
Al roble que más resiste
Los soplos del viento airado:
Tú en ser dura, yo en ser firme.
En esto sólo eres roble,
Y en lo demás flaca mimbre,
No sólo a los recios vientos,
Mas a los aires sutiles.
Ya no persigues, cruel,
Después que a mí me persigues,
A los ciervos voladores
Ni a los fieros jabalíes.
Ni de tu dichoso albergue
Las nobles paredes visten
Los despojos de las fieras
Que, como a mí, muerte diste.
No porque no gustes de ello,
Sino porque no te obligue
El encontrarme en la caza
A que siquiera me mires.
Los monteros te suspiran
Por todos estos confines,
Y el mismo monte se agravia
De que tus pies no le pisen,
Por el rastro que dejaban
De rosas y de jazmines,
Tanto que eran a sus campos
Tus dos plantas dos abriles.
Haz tu gusto, que yo quiero
Dejar (pues de ello te sirves)
El espíritu cansado
Que mis flacos miembros rige.
Conseguiremos en esto
Ambos a dos nuestros fines:
Tú el de cruel en dejarme,
Yo el de leal en morirme.
Tú, rey de los otros ríos,
Que de las sierras sublimes
De Segura al Oceano
El fértil terreno mides,
Pues en tu dichoso seno
Tantas lágrimas recibes
De mis ojos, que en el mar
Entran dos Guadalquivires,
Ruégote que su crueldad
Y mi firmeza publiques
Por todo el húmedo reino
De la gran madre de Aquiles,
Porque no sólo en las selvas,
Mas los que en las aguas viven
Conozcan quién es Daliso
Y quién es la ingrata Nise.
Luis de Góngora y Argote
Diez Años Vivió Belerma
Con el corazón difunto
Que le dejó en testamento
Aquel francés boquirrubio.
Contenta vivió con él,
Aunque a mí me dijo alguno
Que viviera más contenta
Con trescientas mil de juro.
A verla vino doña Alda,
Viuda del conde Rodulfo,
Conde que fue en Normandía
Lo que a Jesu Cristo plugo;
Y hallándola muy triste
Sobre un estrado de luto,
Con los ojos que ya eran
Orinales de Neptuno,
Riéndose muy despacio
De su llorar importuno,
Sobre el muerto corazón
Envuelto en un paño sucio,
Le dice: «Amiga Belerma,
Cese tan necio diluvio,
Que anegará vuestros años
Y ahogará vuestros gustos.
Estése allá Durandarte
Donde la suerte le cupo;
Buen pozo haya su alma,
Y pozo que esté sin cubo.
Si él os quiso mucho en vida,
También le quisistes mucho,
Y si tiene abierto el. pecho,
Queréllese de su escudo.
¿Qué culpa tuviste vos
De su entierro, siendo justo
Que el que como bruto muere,
Que le entierren como a bruto?
Muriera él acá en París
A do tiene su sepulcro,
Que allí le hicieran lugar
Los antepasados suyos.
Volved luego a Montesinos
Ese corazón que os trujo,
Y enviadle a preguntar
Si por gavilán os tuvo.
Descosed y desnudad
Las tocas de lienzo crudo,
El mongilón de bayeta
Y el manto basto peludo;
Que aun en las viudas más viejas,
Y de años más caducos
Las tocas cubren a enero
Y los monjiles a julio;
Cuánto más a una muchacha
Que le faltan días algunos
Para cumplir los treinta años,
Que yo desdichada cumplo.
Seis hace, si bien me acuerdo,
El día de Santiñuflo,
Que perdí aquel mal logrado
Que hoy entre los vivos busco.
Holguéme de cuatro y ocho
Haciéndoles dos mil hurtos,
A las palomas de besos
Y a las tórtolas de arrullos.
Sentí su fin, pero más
Que muriese sin ver fruto,
Sin ver flujo de mi vientre,
Porque siempre tuve pujo;
Mas no por eso ultrajé
Mi buena tez con rasguños,
Cabal me quedó el cabello,
Y los ojos casi enjutos.
Aprended de mí, Belerma,
Holguémonos de consuno,
Llévese el mar lo llorado,
Y lo suspirado el humo.
No hiléis memorias tristes
En este aposento oscuro,
Que cual gusano de seda
Moriréis en el capullo.
Haced lo que en su fin hace
El pájaro sin segundo,
Que nos habla en sus cenizas
De pretérito y futuro.
Llorad su muerte, mas sea
Con lagrimillas al uso;
De lo mal pasado nazca
Lo por venir más seguro.
Pongámonos a la par
Dos toquitas de repulgo,
Ceja en arco, y manos blancas,
Y dos perritos lanudos.
Yedras verdes somos ambas,
A quien dejaron sin muros
De la Muerte y del Amor
Baterías e infortunios.
Busquemos por do trepar,
Que a lo que de ambas presumo
No nos faltarán en Francia
Pared gruesa, tronco duro.
La iglesia de San Dionís
Canónigos tiene muchos,
Delgados, cariaguileños,
Carihartos y espaldudos.
Escojamos como peras
Dos déligos capotuncios,
De aquestos que andan en mulas,
Y tienen algo de mulos;
Destos Alejandros Magnos,
Que no tienen por disgusto
Por dar en nuestros broqueles,
Que demos en sus escudos.
De todos los Doce Pares
Y sus nones abrenuncio,
Que calzan bragas de malla,
Y de acero los pantuflos.
¿De qué nos sirven, amiga,
Petos fuertes, yelmos lucios?
Armados hombres queremos,
Armados, pero desnudos.
De vuestra Mesa Redonda
Francos paladines huyo,
Donde ayunos os sentáis
Y os levantáis más ayunos.
La de cuatro esquinas quiero,
Que la ventura me puso
En casa de un cuatro picos,
De todos cuatro picudo;
Donde sirven la Cuaresma
Sabrosísimos besugos,
Y turmas en el Carnal,
Con su caldillo y su zumo».
Más iba a decir doña Alda,
Pero a lo demás dio un nudo,
Porque de don Montesinos
Entró un pajecillo zurdo.
Luis de Góngora y Argote
Diez Años Vivió Belerma
Con el corazón difunto
Que le dejó en testamento
Aquel francés boquirrubio.
Contenta vivió con él,
Aunque a mí me dijo alguno
Que viviera más contenta
Con trescientas mil de juro.
A verla vino doña Alda,
Viuda del conde Rodulfo,
Conde que fue en Normandía
Lo que a Jesu Cristo plugo;
Y hallándola muy triste
Sobre un estrado de luto,
Con los ojos que ya eran
Orinales de Neptuno,
Riéndose muy despacio
De su llorar importuno,
Sobre el muerto corazón
Envuelto en un paño sucio,
Le dice: «Amiga Belerma,
Cese tan necio diluvio,
Que anegará vuestros años
Y ahogará vuestros gustos.
Estése allá Durandarte
Donde la suerte le cupo;
Buen pozo haya su alma,
Y pozo que esté sin cubo.
Si él os quiso mucho en vida,
También le quisistes mucho,
Y si tiene abierto el. pecho,
Queréllese de su escudo.
¿Qué culpa tuviste vos
De su entierro, siendo justo
Que el que como bruto muere,
Que le entierren como a bruto?
Muriera él acá en París
A do tiene su sepulcro,
Que allí le hicieran lugar
Los antepasados suyos.
Volved luego a Montesinos
Ese corazón que os trujo,
Y enviadle a preguntar
Si por gavilán os tuvo.
Descosed y desnudad
Las tocas de lienzo crudo,
El mongilón de bayeta
Y el manto basto peludo;
Que aun en las viudas más viejas,
Y de años más caducos
Las tocas cubren a enero
Y los monjiles a julio;
Cuánto más a una muchacha
Que le faltan días algunos
Para cumplir los treinta años,
Que yo desdichada cumplo.
Seis hace, si bien me acuerdo,
El día de Santiñuflo,
Que perdí aquel mal logrado
Que hoy entre los vivos busco.
Holguéme de cuatro y ocho
Haciéndoles dos mil hurtos,
A las palomas de besos
Y a las tórtolas de arrullos.
Sentí su fin, pero más
Que muriese sin ver fruto,
Sin ver flujo de mi vientre,
Porque siempre tuve pujo;
Mas no por eso ultrajé
Mi buena tez con rasguños,
Cabal me quedó el cabello,
Y los ojos casi enjutos.
Aprended de mí, Belerma,
Holguémonos de consuno,
Llévese el mar lo llorado,
Y lo suspirado el humo.
No hiléis memorias tristes
En este aposento oscuro,
Que cual gusano de seda
Moriréis en el capullo.
Haced lo que en su fin hace
El pájaro sin segundo,
Que nos habla en sus cenizas
De pretérito y futuro.
Llorad su muerte, mas sea
Con lagrimillas al uso;
De lo mal pasado nazca
Lo por venir más seguro.
Pongámonos a la par
Dos toquitas de repulgo,
Ceja en arco, y manos blancas,
Y dos perritos lanudos.
Yedras verdes somos ambas,
A quien dejaron sin muros
De la Muerte y del Amor
Baterías e infortunios.
Busquemos por do trepar,
Que a lo que de ambas presumo
No nos faltarán en Francia
Pared gruesa, tronco duro.
La iglesia de San Dionís
Canónigos tiene muchos,
Delgados, cariaguileños,
Carihartos y espaldudos.
Escojamos como peras
Dos déligos capotuncios,
De aquestos que andan en mulas,
Y tienen algo de mulos;
Destos Alejandros Magnos,
Que no tienen por disgusto
Por dar en nuestros broqueles,
Que demos en sus escudos.
De todos los Doce Pares
Y sus nones abrenuncio,
Que calzan bragas de malla,
Y de acero los pantuflos.
¿De qué nos sirven, amiga,
Petos fuertes, yelmos lucios?
Armados hombres queremos,
Armados, pero desnudos.
De vuestra Mesa Redonda
Francos paladines huyo,
Donde ayunos os sentáis
Y os levantáis más ayunos.
La de cuatro esquinas quiero,
Que la ventura me puso
En casa de un cuatro picos,
De todos cuatro picudo;
Donde sirven la Cuaresma
Sabrosísimos besugos,
Y turmas en el Carnal,
Con su caldillo y su zumo».
Más iba a decir doña Alda,
Pero a lo demás dio un nudo,
Porque de don Montesinos
Entró un pajecillo zurdo.
Federico García Lorca
Romance De Don Boyso
mañanita fría
a tierra de moros
a buscar amiga.
Hallóla lavando
en la fuente fría.
—¿Qué haces ahí, mora,
hija de judía?
Deja a mí caballo
beber agua fría.
—Reviente el caballo
y quien lo traía,
que yo no soy mora
ni hija de judía.
Soy una cristiana
que aquí estoy cativa.
—Si fueras cristiana,
yo te llevaría
y en paños de seda
yo te envolvería,
pero si eres mora
yo te dejaría.
Montóla a caballo
por ver qué decía;
en las siete leguas
no hablara la niña.
Al pasar un campo
de verdes olivas
por aquellos prados
qué llantos hacía.
—¡Ay, prados! ¡Ay, prados!
prados de mi vida.
Cuando el rey, mi padre,
plantó aquí esta oliva,
él se la plantara,
yo se la tenía,
la reina, mi madre,
la seda torcía,
mi hermano, Don Boyso,
los toros corría.
—¿Y cómo te llamas?
—Yo soy Rosalinda,
que así me pusieron
porque al ser nacida
una linda rosa
n'el pecho tenía.
—Pues tú, por las señas,
mi hermana serías.
Abre la mi madre
puertas de alegría,
por traerla nuera
le traigo su hija.
Federico García Lorca
Romance De Don Boyso
mañanita fría
a tierra de moros
a buscar amiga.
Hallóla lavando
en la fuente fría.
—¿Qué haces ahí, mora,
hija de judía?
Deja a mí caballo
beber agua fría.
—Reviente el caballo
y quien lo traía,
que yo no soy mora
ni hija de judía.
Soy una cristiana
que aquí estoy cativa.
—Si fueras cristiana,
yo te llevaría
y en paños de seda
yo te envolvería,
pero si eres mora
yo te dejaría.
Montóla a caballo
por ver qué decía;
en las siete leguas
no hablara la niña.
Al pasar un campo
de verdes olivas
por aquellos prados
qué llantos hacía.
—¡Ay, prados! ¡Ay, prados!
prados de mi vida.
Cuando el rey, mi padre,
plantó aquí esta oliva,
él se la plantara,
yo se la tenía,
la reina, mi madre,
la seda torcía,
mi hermano, Don Boyso,
los toros corría.
—¿Y cómo te llamas?
—Yo soy Rosalinda,
que así me pusieron
porque al ser nacida
una linda rosa
n'el pecho tenía.
—Pues tú, por las señas,
mi hermana serías.
Abre la mi madre
puertas de alegría,
por traerla nuera
le traigo su hija.
Luis de Góngora y Argote
érase Una Vieja
De gloriosa fama,
Amiga de niñas,
De niñas que labran.
Para su contento
Alquiló una casa
Donde sus vecinas
Hagan sus coladas.
Con la sed de amor
Corren a la balsa
Cien mil sabandijas
De natura varia,
A que con sus manos,
Pues tiene tal gracia
Como el unicornio,
Bendiga las aguas.
También acudía
La viuda honrada,
Del muerto marido
Sintiendo la falta,
Con tan grande extremo,
Que allí se juntaba
A llorar por él
Lágrimas cansadas.
Federico García Lorca
Los Pelegrinitos
dos pelegrinos,
a que los case el Papa,
mamita,
porque son primos,
niña bonita,
porque son primos,
niña.
Sombrerito de hule
lleva el mozuelo,
y la peregrinita,
mamita,
de terciopelo,
niña bonita,
de terciopelo,
niña.
Al pasar por el puente
de la Victoria,
tropezó la madrina,
mamita,
cayó la novia,
niña bonita,
cayó la novia,
niña.
Han llegado a Palacio,
suben arriba,
y en la sala del Papa
mamita,
los desaniman,
niña bonita,
los desaniman,
niña.
Les ha preguntado el Papa
cómo se llaman.
El le dice que Pedro
mamita,
y ella que Ana,
niña bonita,
y ella que Ana,
niña.
Le ha preguntado el Papa
que qué edad tienen.
Ella dice que quince,
mamita,
y él diecisiete,
niña bonita,
y él diecisiete,
niña.
Le ha preguntado el Papa
de dónde eran.
Ella dice de Cabra,
mamita,
y él de Antequera,
niña bonita,
y él de Antequera,
niña.
Le ha preguntado el Papa
que si han pecado.
El le dice que un beso,
mamita,
que le había dado,
niña bonita,
que le había dado,
niña.
Y la peregrinita,
que es vergonzosa,
se le ha puesto la cara,
mamita,
como una rosa,
niña bonita,
como una rosa,
niña.
Y ha respondido el Papa
desde su cuarto:
¡Quién fuera pelegrino,
mamita,
para otro tanto,
niña bonita,
para otro tanto,
niña!
Las campanas de Roma
ya repicaron
porque los pelegrinos,
mamita,
ya se casaron,
niña bonita,
ya se casaron,
niña.
Federico García Lorca
Anda Jaleo
por ver si la divisaba,
y sólo divisé el polvo
del coche que la llevaba.
Anda jaleo, jaleo:
ya se acabó el alboroto
y vamos al tiroteo.
No salgas, paloma, al campo,
mira que soy cazador,
y si te tiro y te mato
para mí será el dolor,
para mí será el quebranto,
Anda, jaleo, jaleo:
ya se acabó el alboroto
y vamos al tiroteo.
En la calle de los Muros
han matado una paloma.
Yo cortaré con mis manos
las flores de su corona.
Anda jaleo, jaleo:
ya se acabó el alboroto
y vamos al tiroteo.
Federico García Lorca
Las Morillas De Jaén (canción Popular Del Siglo Xv)
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.
Tres moricas tan garridas
iban a coger olivas,
y hallábanlas cogidas
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.
Y hallábanlas cogidas
y tornaban desmaídas
y las colores perdidas
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.
Tres moricas tan lozanas
iban a coger manzanas
y hallábanlas tomadas
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.
Díjeles: ¿Quién sois, señoras,
de mi vida robadoras?
Cristianas que éramos moras
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.
Federico García Lorca
Las Morillas De Jaén (canción Popular Del Siglo Xv)
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.
Tres moricas tan garridas
iban a coger olivas,
y hallábanlas cogidas
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.
Y hallábanlas cogidas
y tornaban desmaídas
y las colores perdidas
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.
Tres moricas tan lozanas
iban a coger manzanas
y hallábanlas tomadas
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.
Díjeles: ¿Quién sois, señoras,
de mi vida robadoras?
Cristianas que éramos moras
en Jaén:
Axa y Fátima y Marién.
Federico García Lorca
Los Reyes De La Baraja
la baraja tiene cuatro:
rey de oros, rey de copas,
rey de espadas, rey de bastos.
Corre que te pillo,
corre que te agarro,
mira que te lleno
la cara de barro.
Del olivo
me retiro,
del esparto
yo me aparto,
del sarmiento
me arrepiento
de haberte querido tanto.
Federico García Lorca
Nana De Sevilla
no tiene mare;
lo parió una gitana,
lo echó a la calle.
No tiene mare, sí;
no tiene mare, no:
no tiene mare,
lo echó a la calle.
Este niño chiquito
no tiene cuna;
su padre es carpintero
y le hará una.
Federico García Lorca
Nana De Sevilla
no tiene mare;
lo parió una gitana,
lo echó a la calle.
No tiene mare, sí;
no tiene mare, no:
no tiene mare,
lo echó a la calle.
Este niño chiquito
no tiene cuna;
su padre es carpintero
y le hará una.
Federico García Lorca
Nana
que tu madre no está en casa;
que se la llevó la Virgen
de compañera a su casa.
Luis de Góngora y Argote
Hermana Marica
Mañana, que es fiesta,
No irás tú a la amiga
Ni yo iré a la escuela.
Pondraste el corpiño
Y la saya buena,
Cabezón labrado,
Toca y albanega;
Y a mí me podrán
Mi camisa nueva,
Sayo de palmilla,
Media de estameña;
Y si hace bueno
Trairé la montera
Que me dio la Pascua
Mi señora abuela,
Y el estadal rojo
Con lo que le cuelga,
Que trajo el vecino
Cuando fue a la feria.
Iremos a misa,
Veremos la iglesia,
Darános un cuarto
Mi tía la ollera.
Compraremos dél
(Que nadie lo sepa)
Chochos y garbanzos
Para la merienda;
Y en la tardecica,
En nuestra plazuela,
Jugaré yo al toro
Y tú a las muñecas
Con las dos hermanas,
Juana y Madalena,
Y las dos primillas,
Marica y la tuerta;
Y si quiere madre
Dar las castañetas,
Podrás tanto dello
Bailar en la puerta;
Y al son del adufe
Cantará Andrehuela:
No me aprovecharon,
madre, las hierbas.
Y yo de papel
Haré una librea
Teñida con moras
Porque bien parezca,
Y una caperuza
Con muchas almenas;
Pondré por penacho
Las dos plumas negras
Del rabo del gallo,
Que acullá en la huerta
Anaranjeamos
Las Carnestolendas;
Y en la caña larga
Pondré una bandera
Con dos borlas blancas
En sus tranzaderas;
Y en mi caballito
Pondré una cabeza
De guadamecí,
Dos hilos por riendas;
Y entraré en la calle
Haciendo corvetas,
Yo y otros del barrio,
Que son más de treinta;
Jugaremos cañas
Junto a la plazuela,
Porque Barbolilla
Salga acá y nos vea;
Bárbola, la hija
De la panadera,
La que suele darme
Tortas con manteca,
Porque algunas veces
Hacemos yo y ella
Las bellaquerías
Detrás de la puerta.
Luis de Góngora y Argote
La Más Bella Niña
De nuestro lugar,
Hoy viuda y sola
Y ayer por casar,
Viendo que sus ojos
A la guerra van,
A su madre dice,
Que escucha su mal:
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Pues me distes, madre,
En tan tierna edad
Tan corto el placer,
Tan largo el pesar,
Y me cautivastes
De quien hoy se va
Y lleva las llaves
De mi libertad,
Dejadme llorar
Orillas del mar.
En llorar conviertan
Mis ojos, de hoy más,
El sabroso oficio
Del dulce mirar,
Pues que no se pueden
Mejor ocupar,
Yéndose a la guerra
Quien era mi paz,
Dejadme llorar
Orillas del mar.
No me pongáis freno
Ni queráis culpar,
Que lo uno es justo,
Lo otro por demás.
Si me queréis bien,
No me hagáis mal;
Harto peor fuera
Morir y callar,
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Dulce madre mía,
¿Quién no llorará,
Aunque tenga el pecho
Como un pedernal,
Y no dará voces
Viendo marchitar
Los más verdes años
De mi mocedad?
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Váyanse las noches,
Pues ido se han
Los ojos que hacían
Los míos velar;
Váyanse, y no vean
Tanta soledad,
Después que en mi lecho
Sobra la mitad.
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Federico García Lorca
El Lagarto Está Llorando
A MADEMOISELLE TERESITA GUILLÉN
TOCANDO SU PIANO DE SEIS NOTAS
El lagarto está llorando.
La lagarta está llorando.
El lagarto y la lagarta
con delantalitos blancos.
Han perdido sin querer
su anillo de desposados.
¡Ay, su anillito de plomo,
ay, su anillito plomado!
Un cielo grande y sin gente
monta en su globo a los pájaros.
El sol, capitán redondo,
lleva un chaleco de raso.
¡Miradlos qué viejos son!
¡Qué viejos son los lagartos!
¡Ay, cómo lloran y lloran,
¡ay! ¡ay! cómo están llorando!
Federico García Lorca
San Gabriel (sevilla)
(SEVILLA)
A D. Agustín Viñuales.
I
Un bello niño de junco,
anchos hombros, fino talle,
piel de nocturna manzana,
boca triste y ojos grandes,
nervio de plata caliente,
ronda la desierta calle.
Sus zapatos de charol
rompen las dalias del aire,
con los dos ritmos que cantan
breves lutos celestiales.
En la ribera del mar
no hay palma que se le iguale,
ni emperador coronado,
ni lucero caminante.
Cuando la cabeza inclina
sobre su pecho de jaspe,
la noche busca llanuras
porque quiere arrodillarse.
Las guitarras suenan solas
para San Gabriel Arcángel,
domador de palomillas
y enemigo de los sauces.
San Gabriel: El niño llora
en el vientre de su madre.
No olvides que los gitanos
te regalaron el traje.
II
Anunciación de los Reyes,
bien lunada y mal vestida,
abre la puerta al lucero
que por la calle venía.
El Arcángel San Gabriel,
entre azucena y sonrisa,
bisnieto de la Giralda,
se acercaba de visita.
En su chaleco bordado
grillos ocultos palpitan.
Las estrellas de la noche
se volvieron campanillas.
San Gabriel: Aquí me tienes
con tres clavos de alegría.
Tu fulgor abre jazmines
sobre mi cara encendida.
Dios te salve, Anunciación.
Morena de maravilla.
Tendrás un niño más bello
que los tallos de la brisa.
¡Ay, San Gabriel de mis ojos!
¡Gabrielillo de mi vida!,
Para sentarte yo sueño
un sillón de clavellinas.
Dios te salve, Anunciación,
bien lunada y mal vestida.
Tu niño tendrá en el pecho
un lunar y tres heridas.
¡Ay, San Gabriel que reluces!
¡Gabrielillo de mi vidal!
En el fondo de mis pechos
ya nace la leche tibia.
Dios te salve, Anunciación.
Madre de cien dinastías.
Áridos lucen tus ojos,
paisajes de caballista.
*
El niño canta en el seno
de Anunciación sorprendida.
Tres balas de almendra verde
tiemblan en su vocecita.
Ya San Gabriel en el aire
por una escala subía.
Las estrellas de la noche
se volvieron siemprevivas.
Federico García Lorca
La Casada Infiel
a Lydia Cabrera y a su negrita
Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.
*
Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.
Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.
Federico García Lorca
Romance Sonámbulo
A Gloria Giner
y a Fernando de los Ríos
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas le están mirando
y ella no puede mirarlas.
*
Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde...?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.
*
Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los montes de Cabra.
Si yo pudiera, mocito,
ese trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
dejadme subir, dejadme,
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.
*
Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal,
herían la madrugada.
*
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento, dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
¡Compadre! ¿Dónde está, dime?
¿Dónde está mi niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!
*
Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche su puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos,
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.
2 de agosto de 1924