Poemas en este tema
Relaciones y Familia
José Antonio Ramos Sucre
El Derrotero De Camõens
EL DERROTERO DE CAMÕENS
Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.
Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!
Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.
Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.
Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.
Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.
Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.
Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!
Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.
Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.
Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.
Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.
434
José Antonio Ramos Sucre
Edad De Plata
EDAD DE PLATA
Yo vivía retirado en el campo desde el
fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al
trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la
resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los
síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez.
Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un
sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne
enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto
a su mundo salvaje.
Había dejado de visitar la ciudad vecina en
donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y
me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.
Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos
en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un
duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la
mañana de sus bodas.
Yo asistí a las exequias y dibujé el
movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd
incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología,
escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar
al Destino.
Yo vivía retirado en el campo desde el
fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al
trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la
resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los
síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez.
Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un
sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne
enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto
a su mundo salvaje.
Había dejado de visitar la ciudad vecina en
donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y
me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.
Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos
en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un
duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la
mañana de sus bodas.
Yo asistí a las exequias y dibujé el
movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd
incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología,
escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar
al Destino.
505
José Antonio Ramos Sucre
La Cábala
LA CÁBALA
El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.
Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo
Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.
Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.
El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.
Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.
El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.
Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo
Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.
Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.
El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.
Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.
465
José Antonio Ramos Sucre
El Rebelde
EL REBELDE
El cincelador italiano trabaja con el arcabuz al
lado. Trata a los magnates de su siglo mano a mano y sin rebozo,
arrogándose una majestad superior.
Sus pasiones no se coronan de flores,
ajustándose a la imagen de Platón, muy celebrado en esos
días, sino se exaltan y revuelven a la manera de la hueste
épica de las amazonas.
Los cortesanos de un rey batallador lo saludan con
un gesto de asombro y se dividen para formarle calle. Derrama en el
suelo y a los pies del trono las dádivas de su arte seguro y de
su numen independiente. Las joyas despiden en la oscuridad una luz
convulsa y reproducen la vegetación caprichosa del mar y las
quimeras del terror.
Se cree invulnerable y desahoga en aventuras y
reyertas la índole soberbia. Aleja de tal modo las insinuaciones
del amor y de los afectos humanos para seguir mereciendo el socorro de
la salamandra y de la república volante de las sílfides.
El cincelador italiano trabaja con el arcabuz al
lado. Trata a los magnates de su siglo mano a mano y sin rebozo,
arrogándose una majestad superior.
Sus pasiones no se coronan de flores,
ajustándose a la imagen de Platón, muy celebrado en esos
días, sino se exaltan y revuelven a la manera de la hueste
épica de las amazonas.
Los cortesanos de un rey batallador lo saludan con
un gesto de asombro y se dividen para formarle calle. Derrama en el
suelo y a los pies del trono las dádivas de su arte seguro y de
su numen independiente. Las joyas despiden en la oscuridad una luz
convulsa y reproducen la vegetación caprichosa del mar y las
quimeras del terror.
Se cree invulnerable y desahoga en aventuras y
reyertas la índole soberbia. Aleja de tal modo las insinuaciones
del amor y de los afectos humanos para seguir mereciendo el socorro de
la salamandra y de la república volante de las sílfides.
454
José Antonio Ramos Sucre
Lucía
LUCÍA
Yo abría las ventanas de la cámara
desnuda y fiaba el nombre de la ausente a los errores de una
ráfaga insalubre. Mi voz combatía una lápida,
imitaba el asalto del ave del océano sobre el fanal.
Yo adivinaba los acentos claros del alba,
salía de mi retiro y pisaba con reverencia y temor la escalinata
roída por la intemperie. Yo divertía la pesadumbre con la
vista de un horizonte diáfano. El fresno y el pino menudeaban
lejos y a la ventura en el país de lagos y raudales.
Yo me censuraba fielmente. Quería atinar un
desliz de ineptitud o de apatía en el proceso de sus dolores
inhumanos y no recordaba sino mi actividad y mi presencia continua en
el aposento. Su muerte reprodujo el semblante de la agonía de
Jesús.
Las brumas lentas nacían, al empezar la
noche, de los pozos del agua pluvial, sosegaban los ruidos y se
perdían en la vivienda alucinada.
Los velos del agua palúdica facilitaron el
regreso de la virgen asidua. Se allanó a dejar en mis manos,
señal de reconocimiento, la presea de su candor. Me
devolvió la corona de su frente.
Yo abría las ventanas de la cámara
desnuda y fiaba el nombre de la ausente a los errores de una
ráfaga insalubre. Mi voz combatía una lápida,
imitaba el asalto del ave del océano sobre el fanal.
Yo adivinaba los acentos claros del alba,
salía de mi retiro y pisaba con reverencia y temor la escalinata
roída por la intemperie. Yo divertía la pesadumbre con la
vista de un horizonte diáfano. El fresno y el pino menudeaban
lejos y a la ventura en el país de lagos y raudales.
Yo me censuraba fielmente. Quería atinar un
desliz de ineptitud o de apatía en el proceso de sus dolores
inhumanos y no recordaba sino mi actividad y mi presencia continua en
el aposento. Su muerte reprodujo el semblante de la agonía de
Jesús.
Las brumas lentas nacían, al empezar la
noche, de los pozos del agua pluvial, sosegaban los ruidos y se
perdían en la vivienda alucinada.
Los velos del agua palúdica facilitaron el
regreso de la virgen asidua. Se allanó a dejar en mis manos,
señal de reconocimiento, la presea de su candor. Me
devolvió la corona de su frente.
475
José Antonio Ramos Sucre
El Valle Del Éxtasis
EL VALLE DEL ÉXTASIS
Yo vivía perplejo descubriendo las ideas y
los hábitos del mago furtivo. Yo establecía su parentesco
y semejanza son los músicos irlandeses, juntados en la corte por
una invitación honorable de Carlomagno. Uno de esos ministriles
había depositado entre las manos del emperador difunto, al
celebrarse la inhumación, un evangelio artístico.
El mago furtivo no cesaba de honrar la memoria de su
hija y sopesaba entre los dedos la corona de perlas de su frente. La
doncella había nacido con el privilegio de visitar el mundo en
una carrera alada. La muerte la cautivó en una red de aire,
artificio de cazar aves, armado en alto. Su progenitor la había
bautizado en el mar, siguiendo una regla cismática, y no
alcanzó su propósito de comunicarle la invulnerabilidad
de un paladín resplandeciente.
El mago preludiaba en su cornamusa, con el fin de
celebrar el nombre de su hija, una balada guerrera en el sosiego
nocturno y de esa misma suerte festejaba el arribo de la golondrina en
el aguaviento de marzo.
La voz de los sueños le inspiró el
capricho de embellecer los últimos días de su jornada
terrestre con la presencia de una joya fabulosa, a imitación de
los caballeros eucarísticos. Se despidió de mí
advirtiéndome su esperanza de recoger al pie de un árbol
invisible la copa de zafir de Teodolinda, una reina lombarda.
Yo vivía perplejo descubriendo las ideas y
los hábitos del mago furtivo. Yo establecía su parentesco
y semejanza son los músicos irlandeses, juntados en la corte por
una invitación honorable de Carlomagno. Uno de esos ministriles
había depositado entre las manos del emperador difunto, al
celebrarse la inhumación, un evangelio artístico.
El mago furtivo no cesaba de honrar la memoria de su
hija y sopesaba entre los dedos la corona de perlas de su frente. La
doncella había nacido con el privilegio de visitar el mundo en
una carrera alada. La muerte la cautivó en una red de aire,
artificio de cazar aves, armado en alto. Su progenitor la había
bautizado en el mar, siguiendo una regla cismática, y no
alcanzó su propósito de comunicarle la invulnerabilidad
de un paladín resplandeciente.
El mago preludiaba en su cornamusa, con el fin de
celebrar el nombre de su hija, una balada guerrera en el sosiego
nocturno y de esa misma suerte festejaba el arribo de la golondrina en
el aguaviento de marzo.
La voz de los sueños le inspiró el
capricho de embellecer los últimos días de su jornada
terrestre con la presencia de una joya fabulosa, a imitación de
los caballeros eucarísticos. Se despidió de mí
advirtiéndome su esperanza de recoger al pie de un árbol
invisible la copa de zafir de Teodolinda, una reina lombarda.
443
José Antonio Ramos Sucre
Carnaval
CARNAVAL
Una mujer de facciones imperfectas y de gesto
apacible obsede mi pensamiento. Un pintor septentrional la
habría situado en el curso de una escena familiar, para
distraerse de su genio melancólico, asediado por figuras
macabras.
Yo había llegado a la sala de la fiesta en
compañía de amigos turbulentos, resueltos a desvanecer la
sombra de mi tedio. Veníamos de un lance, donde ellos
habían arriesgado la vida por mi causa.
Los enemigos travestidos nos rodearon
súbitamente, después de cortarnos las avenidas. Admiramos
el asalto bravo y obstinado, el puño firme de los espadachines.
Multiplicaban, sin decir palabra, sus golpes mortales, evitando
declararse por la voz. Se alejaron, rotos y mohínos, dejando el
reguero de su sangre en la nieve del suelo.
Mis amigos, seducidos por el bullicio de la fiesta,
me dejaron acostado sobre un diván. Pretendieron alentar mis
fuerzas por medio de una poción estimulante. Ingerí una
bebida malsana, un licor salobre y de verdes reflejos, el sedimento
mismo de un mar gemebundo, frecuentado por los albatros.
Ellos se perdieron en el giro del baile.
Yo divisaba la misma figura de este momento.
Sufría la pesadumbre del artista septentrional y notaba la
presencia de la mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible en
una tregua de la danza de los muertos.
Una mujer de facciones imperfectas y de gesto
apacible obsede mi pensamiento. Un pintor septentrional la
habría situado en el curso de una escena familiar, para
distraerse de su genio melancólico, asediado por figuras
macabras.
Yo había llegado a la sala de la fiesta en
compañía de amigos turbulentos, resueltos a desvanecer la
sombra de mi tedio. Veníamos de un lance, donde ellos
habían arriesgado la vida por mi causa.
Los enemigos travestidos nos rodearon
súbitamente, después de cortarnos las avenidas. Admiramos
el asalto bravo y obstinado, el puño firme de los espadachines.
Multiplicaban, sin decir palabra, sus golpes mortales, evitando
declararse por la voz. Se alejaron, rotos y mohínos, dejando el
reguero de su sangre en la nieve del suelo.
Mis amigos, seducidos por el bullicio de la fiesta,
me dejaron acostado sobre un diván. Pretendieron alentar mis
fuerzas por medio de una poción estimulante. Ingerí una
bebida malsana, un licor salobre y de verdes reflejos, el sedimento
mismo de un mar gemebundo, frecuentado por los albatros.
Ellos se perdieron en el giro del baile.
Yo divisaba la misma figura de este momento.
Sufría la pesadumbre del artista septentrional y notaba la
presencia de la mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible en
una tregua de la danza de los muertos.
504
José Antonio Ramos Sucre
El Escolar
EL ESCOLAR
La sonámbula sufría de la perfidia de
un amante. Había enfermado de considerar una aspiración
remota.
Merecía el nombre de visionaria y profetisa y
pasaba la mitad del día arrodillada delante de una imagen de
arcilla negra. Le tributaba siempre el exvoto de una flor cantada en
las hipérboles de la Biblia y conservada por muchas generaciones
devotas. La flor exhausta recuperaba su perfume bajo el rocío
del agua bendita. Había adornado el peto de un cruzado.
La sonámbula me predijo el éxito de
mis intentos y me inspiró la voluntad de aplicarme al juego de
manera más vehemente. Salía vencedor de los garitos en
medio del asombro y de la envidia de los perdularios. Malograron su
tiempo ordenándome asechanzas e invitándome a fiestas
campestres. Me rodeaban solapados y famélicos.
La sonámbula me separó de usar los
consejos de un médico en la crisis de una fiebre inopinada. Me
salvó de recibir los gérmenes de una enfermedad desaseada
y frustró una vez más el despecho de los perdidosos.
Yo la recibí en mi compañía y
la llevé a respirar las auras del mar de Sicilia, de donde vino
el restablecimiento de su hermosura.
Mis enemigos nos dispararon por última vez
sus arcabuces desde unas ruinas.
Yo había dejado mis lares nativos con el
propósito de reconstituir un momento deplorable de la
antigüedad bajo la sombra de Tucídides.
La sonámbula sufría de la perfidia de
un amante. Había enfermado de considerar una aspiración
remota.
Merecía el nombre de visionaria y profetisa y
pasaba la mitad del día arrodillada delante de una imagen de
arcilla negra. Le tributaba siempre el exvoto de una flor cantada en
las hipérboles de la Biblia y conservada por muchas generaciones
devotas. La flor exhausta recuperaba su perfume bajo el rocío
del agua bendita. Había adornado el peto de un cruzado.
La sonámbula me predijo el éxito de
mis intentos y me inspiró la voluntad de aplicarme al juego de
manera más vehemente. Salía vencedor de los garitos en
medio del asombro y de la envidia de los perdularios. Malograron su
tiempo ordenándome asechanzas e invitándome a fiestas
campestres. Me rodeaban solapados y famélicos.
La sonámbula me separó de usar los
consejos de un médico en la crisis de una fiebre inopinada. Me
salvó de recibir los gérmenes de una enfermedad desaseada
y frustró una vez más el despecho de los perdidosos.
Yo la recibí en mi compañía y
la llevé a respirar las auras del mar de Sicilia, de donde vino
el restablecimiento de su hermosura.
Mis enemigos nos dispararon por última vez
sus arcabuces desde unas ruinas.
Yo había dejado mis lares nativos con el
propósito de reconstituir un momento deplorable de la
antigüedad bajo la sombra de Tucídides.
499
José Antonio Ramos Sucre
El Clima Del Nopal
EL CLIMA DEL NOPAL
El ermitaño cuenta los sucesos y prodigios
del amor y se incorpora a la hueste de los personajes lacerados y sin
remedio. Se confiesa autor de más de un rapto y sugiere, por
medio de una locución viva, el susto de la fuga a rienda suelta,
bajo el alcance de las piedras y de los disparos.
Se finge delicado a la memoria de Mercedes,
constante en censurar sus mocedades y autora, una vez difunta, de su
retiro del siglo y de su arrepentimiento y humildad.
Describe la estancia en donde pasó esta vida
y quedó yacente, sin auxilio ni compañía. Un soplo
del norte rompía a cada paso los ventanales, arrojaba lejos el
perfume de los sahumerios y extinguía, delante del crucifijo de
marfil, un cirio de lumbre mustia.
Pasa a celebrar su propósito irrevocable de
vivir penitente, desde esa hora, en el hueco del monte, en medio de una
maleza parca y cenicienta.
El ermitaño da fin a su discurso y me
sorprende con la mención de sus compañeros y el reproche
de su tardanza. Los apellida por medio de un silbato de cobre.
Yo me vi amenazado, en breve espacio, por una rueda
de fusiles asestados. No podía alzar mi voz sobre la
greguería de los truhanes.
El capitán los persuadió a respetarme
la vida y me sacó a salvo por caminos despeñados, sin
dejar el hábito de monje, y contentándose con mi dinero y
la promesa de navegar la vuelta de mi patria.
Disparaba su pistola sobre unas aves de
rapiña juntadas, sobre mí, en revuelo furioso.
El ermitaño cuenta los sucesos y prodigios
del amor y se incorpora a la hueste de los personajes lacerados y sin
remedio. Se confiesa autor de más de un rapto y sugiere, por
medio de una locución viva, el susto de la fuga a rienda suelta,
bajo el alcance de las piedras y de los disparos.
Se finge delicado a la memoria de Mercedes,
constante en censurar sus mocedades y autora, una vez difunta, de su
retiro del siglo y de su arrepentimiento y humildad.
Describe la estancia en donde pasó esta vida
y quedó yacente, sin auxilio ni compañía. Un soplo
del norte rompía a cada paso los ventanales, arrojaba lejos el
perfume de los sahumerios y extinguía, delante del crucifijo de
marfil, un cirio de lumbre mustia.
Pasa a celebrar su propósito irrevocable de
vivir penitente, desde esa hora, en el hueco del monte, en medio de una
maleza parca y cenicienta.
El ermitaño da fin a su discurso y me
sorprende con la mención de sus compañeros y el reproche
de su tardanza. Los apellida por medio de un silbato de cobre.
Yo me vi amenazado, en breve espacio, por una rueda
de fusiles asestados. No podía alzar mi voz sobre la
greguería de los truhanes.
El capitán los persuadió a respetarme
la vida y me sacó a salvo por caminos despeñados, sin
dejar el hábito de monje, y contentándose con mi dinero y
la promesa de navegar la vuelta de mi patria.
Disparaba su pistola sobre unas aves de
rapiña juntadas, sobre mí, en revuelo furioso.
451
José Antonio Ramos Sucre
La Ciudad De Las Puertas De Hierro
LA CIUDAD DE LAS PUERTAS DE HIERRO
Yo rastreaba los dudosos vestigios de una fortaleza
edificada, tres mil años antes, para dividir el suelo de dos
continentes. Las torres se elevaban muy poco sobre las murallas,
conforme la costumbre asiática. La antigüedad de aquella
arquitectura se declaraba por la ausencia del arco.
El paso de Alejandro, el vencedor de los persas,
había difundido en aquel país un rumor imperecedero.
Yo observé, desde un mirador de las ruinas,
la disputa de Sergio y de Miguel, dos haraganes de origen ruso. Se les
acusaba de haber asesinado y despojado a un caballero, cuando lo
guiaban a través de un páramo. Se apropiaban de las reses
heridas por los cazadores del vecindario. Superaban la perfidia del
judío y del armenio.
Miguel se retiró después de infligir a
su adversario un golpe funesto y se encerró en la
hostería donde yo me había alojado. Ninguna otra persona
se había dado cuenta del caso.
El herido murió la noche de ese mismo
día, profiriendo injurias y maldiciones. Miguel no podía,
a tan larga distancia, conciliar el sueño y llamaba a voces los
compañeros de alojamiento para salvarse de alucinaciones
constantes. Yo contribuí a serenarlo y lo persuadí a
esperar, sin temor, hasta la mañana.
Lo dejamos solo cuando empezaba a dormirse.
Volvimos a su presencia después de entrado el
día. Lo encontramos ahogado por unas manos férreas,
distintas de las suyas.
Yo rastreaba los dudosos vestigios de una fortaleza
edificada, tres mil años antes, para dividir el suelo de dos
continentes. Las torres se elevaban muy poco sobre las murallas,
conforme la costumbre asiática. La antigüedad de aquella
arquitectura se declaraba por la ausencia del arco.
El paso de Alejandro, el vencedor de los persas,
había difundido en aquel país un rumor imperecedero.
Yo observé, desde un mirador de las ruinas,
la disputa de Sergio y de Miguel, dos haraganes de origen ruso. Se les
acusaba de haber asesinado y despojado a un caballero, cuando lo
guiaban a través de un páramo. Se apropiaban de las reses
heridas por los cazadores del vecindario. Superaban la perfidia del
judío y del armenio.
Miguel se retiró después de infligir a
su adversario un golpe funesto y se encerró en la
hostería donde yo me había alojado. Ninguna otra persona
se había dado cuenta del caso.
El herido murió la noche de ese mismo
día, profiriendo injurias y maldiciones. Miguel no podía,
a tan larga distancia, conciliar el sueño y llamaba a voces los
compañeros de alojamiento para salvarse de alucinaciones
constantes. Yo contribuí a serenarlo y lo persuadí a
esperar, sin temor, hasta la mañana.
Lo dejamos solo cuando empezaba a dormirse.
Volvimos a su presencia después de entrado el
día. Lo encontramos ahogado por unas manos férreas,
distintas de las suyas.
376
José Antonio Ramos Sucre
El Sagitario
EL SAGITARIO
Subí la escalera de mármol negro en
solicitud de mi flecha, disparada sin tino. La hallé clavada en
la puerta de cedro, embellecida de dibujos simétricos.
Yo acostumbraba disparar el arco de plata semejante
al de Apolo, con el fin de interrogar a la fortuna. Yo estaba a punto
de salir en un bajel de vela cuadrada y no fiaba sino en los de vela
triangular. Había crecido satisfaciendo mis veleidades y
caprichos.
Una mujer salió a espaldas de mí, se
adelantó resueltamente a desprender la flecha trémula y
me la alargó sin decir una palabra. Su presencia había
impedido el acierto de mi disparo. Yo reconocí una de las
enemigas de Orfeo.
Quedé prendado de aquella mujer imperiosa,
ataviada con la piel de una pantera. Creí haberla visto a la
cabeza de una procesión ensañada con las ofrendas
tributadas al mausoleo del amante de Eurídice. Su gesto de
cólera desentonaba en la noche colmada.
Defendí una vez más las cenizas del
maestro y espanté la turba de las mujeres encarnizadas,
simulando, desde una arboleda, rugidos salvajes. Yo esperaba sufrir de
un momento a otro el desquite de aquella estratagema.
La mujer subió conmigo dentro de la nave y
llamó despóticamente a su servicio las fieras del mar,
ocultas en los arrecifes. Los marinos se entendieron con la mirada y
escogieron un rumbo nuevo. El sol trazó varias veces el arco de
su carrera sobre el circuito de las aguas. Un ave desconocida volaba
delante de nosotros.
Yo fui abandonado a mis propios recursos en un
litoral cenagoso, desde donde se veía, a breve distancia, un
monumento consagrado a las furias.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
Subí la escalera de mármol negro en
solicitud de mi flecha, disparada sin tino. La hallé clavada en
la puerta de cedro, embellecida de dibujos simétricos.
Yo acostumbraba disparar el arco de plata semejante
al de Apolo, con el fin de interrogar a la fortuna. Yo estaba a punto
de salir en un bajel de vela cuadrada y no fiaba sino en los de vela
triangular. Había crecido satisfaciendo mis veleidades y
caprichos.
Una mujer salió a espaldas de mí, se
adelantó resueltamente a desprender la flecha trémula y
me la alargó sin decir una palabra. Su presencia había
impedido el acierto de mi disparo. Yo reconocí una de las
enemigas de Orfeo.
Quedé prendado de aquella mujer imperiosa,
ataviada con la piel de una pantera. Creí haberla visto a la
cabeza de una procesión ensañada con las ofrendas
tributadas al mausoleo del amante de Eurídice. Su gesto de
cólera desentonaba en la noche colmada.
Defendí una vez más las cenizas del
maestro y espanté la turba de las mujeres encarnizadas,
simulando, desde una arboleda, rugidos salvajes. Yo esperaba sufrir de
un momento a otro el desquite de aquella estratagema.
La mujer subió conmigo dentro de la nave y
llamó despóticamente a su servicio las fieras del mar,
ocultas en los arrecifes. Los marinos se entendieron con la mirada y
escogieron un rumbo nuevo. El sol trazó varias veces el arco de
su carrera sobre el circuito de las aguas. Un ave desconocida volaba
delante de nosotros.
Yo fui abandonado a mis propios recursos en un
litoral cenagoso, desde donde se veía, a breve distancia, un
monumento consagrado a las furias.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
551
José Antonio Ramos Sucre
El Protervo
EL PROTERVO
Nosotros constituíamos una amenaza efectiva.
Los clérigos nos designaban por medio de
circunloquios al elevar sus preces, durante el oficio divino.
Decidimos asaltar la casa de un magistrado
venerable, para convencerlo de nuestra actividad y de la ineficacia de
sus decretos y pregones.
Esperaba intimidarnos al doblar el número de
sus espías y de sus alguaciles y al lisonjearlos con la promesa
de una recompensa abundante.
Ejecutamos el proyecto sigilosamente y con
determinación y nos llevamos la mujer del juez incorruptible.
El más joven de los compañeros
perdió su máscara en medio de la ocurrencia y vino a ser
reconocido y preso.
Permaneció mudo al sufrir los martirios
inventados por los ministros de la justicia y no lanzó una queja
cuando el borceguí le trituró un pie. Murió dando
topetadas al muro del calabozo de piso hundido y de techo bajo y de
plomo.
Gané la mujer del jurista al distribuirse el
botín, el día siguiente, por medio de la suerte. Su
lozanía aumentaba el solaz de mi vivienda rústica. Sus
cortos años la separaban de un marido reumático y
tosigoso.
Un compañero, enemigo de mi fortuna, se
permitió tratarla con avilantez. Trabamos una lucha a muerte y
lo dejé estirado de un tratazo en la cabeza. Los demás
permanecieron en silencio, aconsejados del escarmiento.
La mujer no pudo sobrellevar la
compañía de un perdido y murió de vergüenza y
de pesadumbre al cabo de dos años, dejándome una
niña recién nacida.
Yo la abandoné en poder de unas criadas de mi
confianza, gente disoluta y cruel, y volví a mis aventuras
cuando la mano del verdugo había diezmado la caterva de mis
fieles.
Muchos seguían pendientes de su horca
,deshaciéndose a la intemperie, en un arrabal escandaloso.
Al verme solo, he decidido esperar en mi refugio la
aparición de nuevos adeptos, salidos de entre los pobres.
Dirijo a la práctica del mal, en medio de mis
años, una voluntad ilesa.
Las criadas nefarias han dementado a mi hija por
medio de sugestiones y de ejemplos funestos. Yo la he encerrado en una
estancia segura y sin entrada, salvo un postigo para el paso de escasas
viandas una vez al día.
Yo me asomo a verla ocasionalmente y mis sarcasmos
restablecen su llanto y alientan su desesperación.
Nosotros constituíamos una amenaza efectiva.
Los clérigos nos designaban por medio de
circunloquios al elevar sus preces, durante el oficio divino.
Decidimos asaltar la casa de un magistrado
venerable, para convencerlo de nuestra actividad y de la ineficacia de
sus decretos y pregones.
Esperaba intimidarnos al doblar el número de
sus espías y de sus alguaciles y al lisonjearlos con la promesa
de una recompensa abundante.
Ejecutamos el proyecto sigilosamente y con
determinación y nos llevamos la mujer del juez incorruptible.
El más joven de los compañeros
perdió su máscara en medio de la ocurrencia y vino a ser
reconocido y preso.
Permaneció mudo al sufrir los martirios
inventados por los ministros de la justicia y no lanzó una queja
cuando el borceguí le trituró un pie. Murió dando
topetadas al muro del calabozo de piso hundido y de techo bajo y de
plomo.
Gané la mujer del jurista al distribuirse el
botín, el día siguiente, por medio de la suerte. Su
lozanía aumentaba el solaz de mi vivienda rústica. Sus
cortos años la separaban de un marido reumático y
tosigoso.
Un compañero, enemigo de mi fortuna, se
permitió tratarla con avilantez. Trabamos una lucha a muerte y
lo dejé estirado de un tratazo en la cabeza. Los demás
permanecieron en silencio, aconsejados del escarmiento.
La mujer no pudo sobrellevar la
compañía de un perdido y murió de vergüenza y
de pesadumbre al cabo de dos años, dejándome una
niña recién nacida.
Yo la abandoné en poder de unas criadas de mi
confianza, gente disoluta y cruel, y volví a mis aventuras
cuando la mano del verdugo había diezmado la caterva de mis
fieles.
Muchos seguían pendientes de su horca
,deshaciéndose a la intemperie, en un arrabal escandaloso.
Al verme solo, he decidido esperar en mi refugio la
aparición de nuevos adeptos, salidos de entre los pobres.
Dirijo a la práctica del mal, en medio de mis
años, una voluntad ilesa.
Las criadas nefarias han dementado a mi hija por
medio de sugestiones y de ejemplos funestos. Yo la he encerrado en una
estancia segura y sin entrada, salvo un postigo para el paso de escasas
viandas una vez al día.
Yo me asomo a verla ocasionalmente y mis sarcasmos
restablecen su llanto y alientan su desesperación.
455
José Antonio Ramos Sucre
El Rajá
EL RAJÁ
Yo me extravié, cuando era niño, en
las vueltas y revueltas de una selva.
Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del
elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de
ser estrangulado por una liana florecida.
Más de un árbol se parecía al
asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y
devorado por las hormigas.
Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su
pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de
mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse,
el maestro de los chinos.
Pretendió guardarme de la sugestión de
los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del
bosque.
El anciano había rescatado de la servidumbre
a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del
caballo de su señor.
El joven llego a ser mi compañero habitual.
Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las
memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado
cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me
volviese a su corte.
Mi desaparición abrevió los
días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme
su muerte y mi elevación al solio.
Olvidé fácilmente al amigo de antes,
secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y
declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.
Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo
entregaron al mordisco sangriento de sus perros.
Yo me extravié, cuando era niño, en
las vueltas y revueltas de una selva.
Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del
elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de
ser estrangulado por una liana florecida.
Más de un árbol se parecía al
asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y
devorado por las hormigas.
Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su
pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de
mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse,
el maestro de los chinos.
Pretendió guardarme de la sugestión de
los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del
bosque.
El anciano había rescatado de la servidumbre
a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del
caballo de su señor.
El joven llego a ser mi compañero habitual.
Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las
memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado
cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me
volviese a su corte.
Mi desaparición abrevió los
días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme
su muerte y mi elevación al solio.
Olvidé fácilmente al amigo de antes,
secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y
declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.
Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo
entregaron al mordisco sangriento de sus perros.
590
José Antonio Ramos Sucre
El Presidiario
EL PRESIDIARIO
La aldea en donde pasé mi infancia no llegaba
a crecer y a convertirse en ciudad. Las casas de piedra
defendían difícilmente de la temperatura glacial.
Habían sido trabajadas conforme un solo modelo desusado.
Durante el breve estío dejaba a mi padre en
su retiro habitual y salía fuera de poblado a correr tras de
unos ánades holgados en la pradera. Yo esperaba alcanzarlos en
su fuga a ras del suelo. Mis vecinos indolentes no se ocupaban de
perseguirlos.
No podía intentar otro medio de cazar las
aves sino el de apresarlas con la mano. Yo carecía de arco y de
honda y las piedras no se daban en aquel distrito.
Mi padre vino a morir de una fiebre exigua y tenaz.
Se había visto en el caso de beber el agua de las
ciénagas. Su organismo se redujo a la voz cavernosa y a los ojos
brillantes. Proveyó hasta el último aliento a mi
invalidez de niño.
Habría perecido de inanición si no me
socorre un militar destinado a guarnecer un pueblo más ameno,
asentado en una rada espaciosa. Me tomó de la mano el día
del entierro y me llevó consigo. Los murmuradores me llamaban el
hijo del deportado.
Yo crecí a la sombra del militar caritativo.
Se violentaba al verme desidioso y pusilánime. Yo me
resistí a seguirlo cuando le retiraron el nombramiento y lo
pasaron a un puerto del Mar Negro. La pesadumbre le impedía
hablar cuando me abrazó por última vez.
Caí desde ese momento en la mendicidad. Los
consejos de un perdulario me alentaron al delito y me trajeron al
presidio. Dedico las horas usuales del día a trasportar unas
piedras graves de alzar hasta el hombro.
El consejero de mi infortunio me visita en el curso
de la noche inmóvil, cuando yazgo sobre el suelo de mi celda. Me
fascina de un modo perentorio con los sones de su flauta originada de
la tibia de un ahorcado.
La aldea en donde pasé mi infancia no llegaba
a crecer y a convertirse en ciudad. Las casas de piedra
defendían difícilmente de la temperatura glacial.
Habían sido trabajadas conforme un solo modelo desusado.
Durante el breve estío dejaba a mi padre en
su retiro habitual y salía fuera de poblado a correr tras de
unos ánades holgados en la pradera. Yo esperaba alcanzarlos en
su fuga a ras del suelo. Mis vecinos indolentes no se ocupaban de
perseguirlos.
No podía intentar otro medio de cazar las
aves sino el de apresarlas con la mano. Yo carecía de arco y de
honda y las piedras no se daban en aquel distrito.
Mi padre vino a morir de una fiebre exigua y tenaz.
Se había visto en el caso de beber el agua de las
ciénagas. Su organismo se redujo a la voz cavernosa y a los ojos
brillantes. Proveyó hasta el último aliento a mi
invalidez de niño.
Habría perecido de inanición si no me
socorre un militar destinado a guarnecer un pueblo más ameno,
asentado en una rada espaciosa. Me tomó de la mano el día
del entierro y me llevó consigo. Los murmuradores me llamaban el
hijo del deportado.
Yo crecí a la sombra del militar caritativo.
Se violentaba al verme desidioso y pusilánime. Yo me
resistí a seguirlo cuando le retiraron el nombramiento y lo
pasaron a un puerto del Mar Negro. La pesadumbre le impedía
hablar cuando me abrazó por última vez.
Caí desde ese momento en la mendicidad. Los
consejos de un perdulario me alentaron al delito y me trajeron al
presidio. Dedico las horas usuales del día a trasportar unas
piedras graves de alzar hasta el hombro.
El consejero de mi infortunio me visita en el curso
de la noche inmóvil, cuando yazgo sobre el suelo de mi celda. Me
fascina de un modo perentorio con los sones de su flauta originada de
la tibia de un ahorcado.
581
José Antonio Ramos Sucre
El Desesperado
EL DESESPERADO
Yo regaba de lágrimas la almohada en el
secreto de la noche. Distinguía los rumores perdidos en la
oscuridad firme.
Había caído, un mes antes, herido de
muerte en un lance comprometido.
La mujer idolatrada rehusaba aliviar, con su
presencia, los dolores inhumanos.
Decidí levantarme del lecho, para concluir de
una vez la vida intolerable y me dirigí a la ventana de recios
balaustres, alzada vertiginosamente sobre un terreno fragoso.
Esperaba mirar, en la crisis de la agonía, el
destello de la mañana sobre la cúspide serena del monte.
Provoqué el rompimiento de las suturas al
esforzar el paso vacilante y desfallecí cuando sobrevino el
súbito raudal de sangre.
Volví en mi acuerdo por el efecto de la
diligencia de los criados.
He sentido el estupor y la felicidad de la muerte.
Un aura deliciosa, viajera de otros mundos, solazaba mi frente e
invitaba al canto los cisnes del alba.
Yo regaba de lágrimas la almohada en el
secreto de la noche. Distinguía los rumores perdidos en la
oscuridad firme.
Había caído, un mes antes, herido de
muerte en un lance comprometido.
La mujer idolatrada rehusaba aliviar, con su
presencia, los dolores inhumanos.
Decidí levantarme del lecho, para concluir de
una vez la vida intolerable y me dirigí a la ventana de recios
balaustres, alzada vertiginosamente sobre un terreno fragoso.
Esperaba mirar, en la crisis de la agonía, el
destello de la mañana sobre la cúspide serena del monte.
Provoqué el rompimiento de las suturas al
esforzar el paso vacilante y desfallecí cuando sobrevino el
súbito raudal de sangre.
Volví en mi acuerdo por el efecto de la
diligencia de los criados.
He sentido el estupor y la felicidad de la muerte.
Un aura deliciosa, viajera de otros mundos, solazaba mi frente e
invitaba al canto los cisnes del alba.
458
José Antonio Ramos Sucre
El Emigrado
EL EMIGRADO
Quedé solo con mi hijo cuando la plaga
mortífera hubo devastado la capital del reino venido a menos.
Él no había pasado de la infancia y me ocupaba el
día y la noche.
Yo concebí y ejecuté el proyecto de
avecindarme en otra ciudad, más internada y en salvo.
Tomé al niño en brazos y atravesé la sabana
inficionada por los efluvios de la marisma.
Debía pasar un pequeño río. Me
vi forzado a disputar el vado a un hombre de estatura aventajada,
cabellos rojos y dientes largos. Su faz declaraba la
desesperación.
Yo lo compadecí a pesar de su actitud
impertinente y de su discurso injurioso.
Pude alojarme en una casa deshabitada largo tiempo y
acomodé al niño en una cámara de tapices y
alfombras. Él padecía una fiebre lenta y delirios
manifestados en gritos.
El mismo hombre importuno vino a ofrecerme,
después de una noche de angustia, el remedio de mi hijo. Lo
ofrecía a un precio exorbitante, burlándose interiormente
de mis recursos exiguos. Me vi en el caso de despedirlo y de maldecirlo.
Pasé ese día y el siguiente sin
socorro alguno.
Yo velaba cerca del alba, en la noche hostil, cuando
sentí, en la puerta de la calle, una serie de aldabonazos
vehementes.
Me asomé por la ventana y sólo vi la
calle anegada en sombras.
Mi hijo moría en aquel momento.
El hombre de carácter cetrino había
sido el autor del ruido.
Quedé solo con mi hijo cuando la plaga
mortífera hubo devastado la capital del reino venido a menos.
Él no había pasado de la infancia y me ocupaba el
día y la noche.
Yo concebí y ejecuté el proyecto de
avecindarme en otra ciudad, más internada y en salvo.
Tomé al niño en brazos y atravesé la sabana
inficionada por los efluvios de la marisma.
Debía pasar un pequeño río. Me
vi forzado a disputar el vado a un hombre de estatura aventajada,
cabellos rojos y dientes largos. Su faz declaraba la
desesperación.
Yo lo compadecí a pesar de su actitud
impertinente y de su discurso injurioso.
Pude alojarme en una casa deshabitada largo tiempo y
acomodé al niño en una cámara de tapices y
alfombras. Él padecía una fiebre lenta y delirios
manifestados en gritos.
El mismo hombre importuno vino a ofrecerme,
después de una noche de angustia, el remedio de mi hijo. Lo
ofrecía a un precio exorbitante, burlándose interiormente
de mis recursos exiguos. Me vi en el caso de despedirlo y de maldecirlo.
Pasé ese día y el siguiente sin
socorro alguno.
Yo velaba cerca del alba, en la noche hostil, cuando
sentí, en la puerta de la calle, una serie de aldabonazos
vehementes.
Me asomé por la ventana y sólo vi la
calle anegada en sombras.
Mi hijo moría en aquel momento.
El hombre de carácter cetrino había
sido el autor del ruido.
463
José Antonio Ramos Sucre
El Romance Del Bardo
EL ROMANCE DEL BARDO
Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro de
mí un amor reverente, una devoción abnegada, pasiones
macerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance.
La fatalidad había signado mi frente.
Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en medio
de ruinas severas, cerca de un mar monótono.
Allí mismo rondaban, animadas por el dolor,
las sombras del pasado.
Nuestra nación había perecido
resistiendo las correrías de una horda inculta.
La tradición había vinculado la
victoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una raza
invicta. Debía acompañarnos espontáneamente, sin
conocer su propia importancia.
La vimos, la vez última, víspera del
desastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de las
aves marinas.
Desde entonces, solamente el olvido puede enmendar
el deshonor de la derrota.
La yerba crece en el campo de batalla, alimentada
con la sangre de los héroes.
Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro de
mí un amor reverente, una devoción abnegada, pasiones
macerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance.
La fatalidad había signado mi frente.
Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en medio
de ruinas severas, cerca de un mar monótono.
Allí mismo rondaban, animadas por el dolor,
las sombras del pasado.
Nuestra nación había perecido
resistiendo las correrías de una horda inculta.
La tradición había vinculado la
victoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una raza
invicta. Debía acompañarnos espontáneamente, sin
conocer su propia importancia.
La vimos, la vez última, víspera del
desastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de las
aves marinas.
Desde entonces, solamente el olvido puede enmendar
el deshonor de la derrota.
La yerba crece en el campo de batalla, alimentada
con la sangre de los héroes.
447
José Antonio Ramos Sucre
Trance
TRANCE
He soñado con la beldad rubia. Miro su
despejo y siento su voz.
Inicia con razones elegantes una conversación
de motivo lisonjero.
Yo estoy prosternado. Quiero oprimir entre mis manos
su diestra delgada y perezosa.
Expone en el lenguaje selecto un suceso de siglos
ilustres. Refiere las cuitas de un trovador desengañado.
Yo espío los rasgos de su faz iluminada.
Añade comentarios de crítica afilada y
suspicaz, y yo asiento con mudez inescrutable.
He soñado con la beldad rubia. Miro su
despejo y siento su voz.
Inicia con razones elegantes una conversación
de motivo lisonjero.
Yo estoy prosternado. Quiero oprimir entre mis manos
su diestra delgada y perezosa.
Expone en el lenguaje selecto un suceso de siglos
ilustres. Refiere las cuitas de un trovador desengañado.
Yo espío los rasgos de su faz iluminada.
Añade comentarios de crítica afilada y
suspicaz, y yo asiento con mudez inescrutable.
510
José Antonio Ramos Sucre
El Cruzado
EL CRUZADO
Los árboles, de columna desnuda, esparcen
hacia arriba una armazón vigorosa, reparo de la frente del
castillo.
De los torreones cuelga una broza parásita,
de crines ralas. Alí suben aves corpulentas de irónico
rostro de gárgola.
Desde mi ventana remontada miro a mis pies la
ondulación de la floresta y, en un ángulo del horizonte,
la luz espasmódica del relámpago.
Huyeron lejos los días de andanza militar.
Defendí contra el musulmán apartados reinos zozobrantes.
Ejecutábamos y sufríamos una guerra de asechanza y campo
abierto, perpetua y sin merced. Una noche de consternación
dejé, entre aves de rapiña y acostado en un precipicio,
el cadáver de mi hermano de armas. La luna asomaba por una
brusca apertura del nublado.
Un consejo interior me restituyó a esta
vivienda, una vez convenida la paz. Derribé encinas y robles
para vedar, tras de mí, las sendas y carriles de la selva.
Escogí, por mi aposento, la sala de los trofeos de caza, donde
sobresale un espejo nebuloso.
El ocio y la monotonía recrecieron mi natural
amargura, aliviada pasajeramente por el intervalo de trajín
mundano.
Sentía un desmayo de la voluntad, un rapto
sobrenatural, efecto de presencia desconocida. Perdí la cuenta
del tiempo y de su paso.
Una vez quiso verme el más alegre de mis
camaradas, y lo consiguió adivinando las veredas y sorteando los
estorbos colocados de través.
La ambición desengañada lo
había reposado, confiriendo autoridad a su discurso.
Había penetrado los secretos de la sabiduría.
Me refirió las tradiciones de mi casa, los
atropellos de mis antepasados y su término aciago. Mi orfandad
temprana, mis hazañas de cruzado habían bastado a
rescatarme del sino. Debía poner fin a mi raza, pasando a mejor
vida sin descendientes.
Por su mandamiento me acerqué al espejo
nebuloso, momentáneamente esclarecido.
Y allí miré, asombrado, mi faz de
anciano.
Los árboles, de columna desnuda, esparcen
hacia arriba una armazón vigorosa, reparo de la frente del
castillo.
De los torreones cuelga una broza parásita,
de crines ralas. Alí suben aves corpulentas de irónico
rostro de gárgola.
Desde mi ventana remontada miro a mis pies la
ondulación de la floresta y, en un ángulo del horizonte,
la luz espasmódica del relámpago.
Huyeron lejos los días de andanza militar.
Defendí contra el musulmán apartados reinos zozobrantes.
Ejecutábamos y sufríamos una guerra de asechanza y campo
abierto, perpetua y sin merced. Una noche de consternación
dejé, entre aves de rapiña y acostado en un precipicio,
el cadáver de mi hermano de armas. La luna asomaba por una
brusca apertura del nublado.
Un consejo interior me restituyó a esta
vivienda, una vez convenida la paz. Derribé encinas y robles
para vedar, tras de mí, las sendas y carriles de la selva.
Escogí, por mi aposento, la sala de los trofeos de caza, donde
sobresale un espejo nebuloso.
El ocio y la monotonía recrecieron mi natural
amargura, aliviada pasajeramente por el intervalo de trajín
mundano.
Sentía un desmayo de la voluntad, un rapto
sobrenatural, efecto de presencia desconocida. Perdí la cuenta
del tiempo y de su paso.
Una vez quiso verme el más alegre de mis
camaradas, y lo consiguió adivinando las veredas y sorteando los
estorbos colocados de través.
La ambición desengañada lo
había reposado, confiriendo autoridad a su discurso.
Había penetrado los secretos de la sabiduría.
Me refirió las tradiciones de mi casa, los
atropellos de mis antepasados y su término aciago. Mi orfandad
temprana, mis hazañas de cruzado habían bastado a
rescatarme del sino. Debía poner fin a mi raza, pasando a mejor
vida sin descendientes.
Por su mandamiento me acerqué al espejo
nebuloso, momentáneamente esclarecido.
Y allí miré, asombrado, mi faz de
anciano.
510
José Antonio Ramos Sucre
La Peregrina De La Selva Profética
LA PEREGRINA DE LA SELVA PROFÉTICA
La castellana recorre el bosque. Su canción
despierta la espesura. Los árboles vuelven del sopor de la noche
y de sus nieblas.
La voz lánguida declara afectos y memorias de
la ausencia. Mienta al único hermano, fascinado, al empezar la
juventud, por el ejemplo de recios adalides en reinos ultramarinos.
Partió sobre un caballo rápido, vencedor de los dragones,
y un águila seguía la carrera del héroe.
Algún viajero aporta con breve noticia,
recordada laboriosamente después de la zozobra de un mar
intransitable.
El héroe se ha perdido en medio de un
laberinto de montañas, donde se cruzan caminos indiferentes y
nace el manantial de un río sin nombre, alimentado por las
lluvias.
El bosque entero exhala voces compasivas, y un
álamo, el más bello de todos, plantado por el ausente, se
ha desplomado sobre la fuente cándida.
La castellana recorre el bosque. Su canción
despierta la espesura. Los árboles vuelven del sopor de la noche
y de sus nieblas.
La voz lánguida declara afectos y memorias de
la ausencia. Mienta al único hermano, fascinado, al empezar la
juventud, por el ejemplo de recios adalides en reinos ultramarinos.
Partió sobre un caballo rápido, vencedor de los dragones,
y un águila seguía la carrera del héroe.
Algún viajero aporta con breve noticia,
recordada laboriosamente después de la zozobra de un mar
intransitable.
El héroe se ha perdido en medio de un
laberinto de montañas, donde se cruzan caminos indiferentes y
nace el manantial de un río sin nombre, alimentado por las
lluvias.
El bosque entero exhala voces compasivas, y un
álamo, el más bello de todos, plantado por el ausente, se
ha desplomado sobre la fuente cándida.
491
José Antonio Ramos Sucre
La Presencia Del Náufrago
LA PRESENCIA DEL NÁUFRAGO
La dama singular y gentil se disponía a
comunicarme esa tarde la confidencia prometida una y otra vez.
Yo le servía una silla plegadiza en un retiro
de la playa aireada.
El disco del sol rodaba fugitivo hacia el
límite de un mar oscuro.
El azar nos había reunido en aquel
rincón del litoral italiano. Habíamos llegado por caminos
opuestos a reposar la fatiga y la melancolía de largos viajes.
Ocultaba su origen bajo el sello de una reserva
altiva. Era difícil acertar con su patria porque usaba
atinadamente cualquier idioma culto, y porque su persona física
armonizaba los rasgos y las prendas más nobles de razas
esculturales. Había nacido en alguna familia acaudalada, con
raíz en naciones divergentes.
Cabellos de oro, perdición de las flechas del
sol, y ojos verdes, memorias de alta mar, solemnizaban su hermosura
lozana y perdurable de deidad.
Declaraba haber contentado con sencilla gratitud las
finezas y los requiebros de los galantes, sin pasar a mayor afecto; y
convenía en referirme ahora la razón de su aislamiento
definitivo. Dejaba entrelucir el nombre de un criollo español,
mi compatriota.
Iba yo el año pasado, cantaba su voz
artística, en un vapor lujoso, invención de hadas, a
través del océano. Viajeros de distinto origen
sentían y propagaban una alegría vivaz, exaltada, y me
compusieron inmediatamente una corte enfadosa. Aquel bullicio
retrocedía ante el recato inexpugnable de un agitador
hispanoamericano, hombre de urbanidad sobria, idéntica.
Circulaba entre comentarios y leyendas su nombre de soldado. Aquel
retraimiento podía venir de una juventud infructuosa, de una
vida descabalada. Su duro semblante de asceta vencía las fachas
contentas y mofletudas. Vino un día de cerrazón y vapor
lujoso, herido por un témpano, bajó al abismo con
sacudidas de terremoto. Yo fui salvada de morir por aquel militar
hastiado, de fisonomía absorta. Me declaró su afecto y su
nombre y me llevó en peso hasta un bote, donde me había
cedido su puesto. Regresó al barco náufrago, donde
ocupó sucesivamente los lugares libres todavía de las
aguas. Poco después, el sitio mismo de la catástrofe se
borraba en el mar raso. Aquel hombre invitaba con la ilusión de
una vida intrépida en república desquiciada. De uniforme
azul, sobre un caballo blanco, debió de regir las montoneras
turbulentas, libres de escalafón, magnetizándolas con su
voz marcante, de una seducción irresistible...
Cesó de hablar, y la más espesa noche
completaba el pensamiento de la mujer desilusionada y casta. Se
habían roto las compuertas de las tinieblas.
La dama singular y gentil se disponía a
comunicarme esa tarde la confidencia prometida una y otra vez.
Yo le servía una silla plegadiza en un retiro
de la playa aireada.
El disco del sol rodaba fugitivo hacia el
límite de un mar oscuro.
El azar nos había reunido en aquel
rincón del litoral italiano. Habíamos llegado por caminos
opuestos a reposar la fatiga y la melancolía de largos viajes.
Ocultaba su origen bajo el sello de una reserva
altiva. Era difícil acertar con su patria porque usaba
atinadamente cualquier idioma culto, y porque su persona física
armonizaba los rasgos y las prendas más nobles de razas
esculturales. Había nacido en alguna familia acaudalada, con
raíz en naciones divergentes.
Cabellos de oro, perdición de las flechas del
sol, y ojos verdes, memorias de alta mar, solemnizaban su hermosura
lozana y perdurable de deidad.
Declaraba haber contentado con sencilla gratitud las
finezas y los requiebros de los galantes, sin pasar a mayor afecto; y
convenía en referirme ahora la razón de su aislamiento
definitivo. Dejaba entrelucir el nombre de un criollo español,
mi compatriota.
Iba yo el año pasado, cantaba su voz
artística, en un vapor lujoso, invención de hadas, a
través del océano. Viajeros de distinto origen
sentían y propagaban una alegría vivaz, exaltada, y me
compusieron inmediatamente una corte enfadosa. Aquel bullicio
retrocedía ante el recato inexpugnable de un agitador
hispanoamericano, hombre de urbanidad sobria, idéntica.
Circulaba entre comentarios y leyendas su nombre de soldado. Aquel
retraimiento podía venir de una juventud infructuosa, de una
vida descabalada. Su duro semblante de asceta vencía las fachas
contentas y mofletudas. Vino un día de cerrazón y vapor
lujoso, herido por un témpano, bajó al abismo con
sacudidas de terremoto. Yo fui salvada de morir por aquel militar
hastiado, de fisonomía absorta. Me declaró su afecto y su
nombre y me llevó en peso hasta un bote, donde me había
cedido su puesto. Regresó al barco náufrago, donde
ocupó sucesivamente los lugares libres todavía de las
aguas. Poco después, el sitio mismo de la catástrofe se
borraba en el mar raso. Aquel hombre invitaba con la ilusión de
una vida intrépida en república desquiciada. De uniforme
azul, sobre un caballo blanco, debió de regir las montoneras
turbulentas, libres de escalafón, magnetizándolas con su
voz marcante, de una seducción irresistible...
Cesó de hablar, y la más espesa noche
completaba el pensamiento de la mujer desilusionada y casta. Se
habían roto las compuertas de las tinieblas.
462
José Antonio Ramos Sucre
La Presencia Del Náufrago
LA PRESENCIA DEL NÁUFRAGO
La dama singular y gentil se disponía a
comunicarme esa tarde la confidencia prometida una y otra vez.
Yo le servía una silla plegadiza en un retiro
de la playa aireada.
El disco del sol rodaba fugitivo hacia el
límite de un mar oscuro.
El azar nos había reunido en aquel
rincón del litoral italiano. Habíamos llegado por caminos
opuestos a reposar la fatiga y la melancolía de largos viajes.
Ocultaba su origen bajo el sello de una reserva
altiva. Era difícil acertar con su patria porque usaba
atinadamente cualquier idioma culto, y porque su persona física
armonizaba los rasgos y las prendas más nobles de razas
esculturales. Había nacido en alguna familia acaudalada, con
raíz en naciones divergentes.
Cabellos de oro, perdición de las flechas del
sol, y ojos verdes, memorias de alta mar, solemnizaban su hermosura
lozana y perdurable de deidad.
Declaraba haber contentado con sencilla gratitud las
finezas y los requiebros de los galantes, sin pasar a mayor afecto; y
convenía en referirme ahora la razón de su aislamiento
definitivo. Dejaba entrelucir el nombre de un criollo español,
mi compatriota.
Iba yo el año pasado, cantaba su voz
artística, en un vapor lujoso, invención de hadas, a
través del océano. Viajeros de distinto origen
sentían y propagaban una alegría vivaz, exaltada, y me
compusieron inmediatamente una corte enfadosa. Aquel bullicio
retrocedía ante el recato inexpugnable de un agitador
hispanoamericano, hombre de urbanidad sobria, idéntica.
Circulaba entre comentarios y leyendas su nombre de soldado. Aquel
retraimiento podía venir de una juventud infructuosa, de una
vida descabalada. Su duro semblante de asceta vencía las fachas
contentas y mofletudas. Vino un día de cerrazón y vapor
lujoso, herido por un témpano, bajó al abismo con
sacudidas de terremoto. Yo fui salvada de morir por aquel militar
hastiado, de fisonomía absorta. Me declaró su afecto y su
nombre y me llevó en peso hasta un bote, donde me había
cedido su puesto. Regresó al barco náufrago, donde
ocupó sucesivamente los lugares libres todavía de las
aguas. Poco después, el sitio mismo de la catástrofe se
borraba en el mar raso. Aquel hombre invitaba con la ilusión de
una vida intrépida en república desquiciada. De uniforme
azul, sobre un caballo blanco, debió de regir las montoneras
turbulentas, libres de escalafón, magnetizándolas con su
voz marcante, de una seducción irresistible...
Cesó de hablar, y la más espesa noche
completaba el pensamiento de la mujer desilusionada y casta. Se
habían roto las compuertas de las tinieblas.
La dama singular y gentil se disponía a
comunicarme esa tarde la confidencia prometida una y otra vez.
Yo le servía una silla plegadiza en un retiro
de la playa aireada.
El disco del sol rodaba fugitivo hacia el
límite de un mar oscuro.
El azar nos había reunido en aquel
rincón del litoral italiano. Habíamos llegado por caminos
opuestos a reposar la fatiga y la melancolía de largos viajes.
Ocultaba su origen bajo el sello de una reserva
altiva. Era difícil acertar con su patria porque usaba
atinadamente cualquier idioma culto, y porque su persona física
armonizaba los rasgos y las prendas más nobles de razas
esculturales. Había nacido en alguna familia acaudalada, con
raíz en naciones divergentes.
Cabellos de oro, perdición de las flechas del
sol, y ojos verdes, memorias de alta mar, solemnizaban su hermosura
lozana y perdurable de deidad.
Declaraba haber contentado con sencilla gratitud las
finezas y los requiebros de los galantes, sin pasar a mayor afecto; y
convenía en referirme ahora la razón de su aislamiento
definitivo. Dejaba entrelucir el nombre de un criollo español,
mi compatriota.
Iba yo el año pasado, cantaba su voz
artística, en un vapor lujoso, invención de hadas, a
través del océano. Viajeros de distinto origen
sentían y propagaban una alegría vivaz, exaltada, y me
compusieron inmediatamente una corte enfadosa. Aquel bullicio
retrocedía ante el recato inexpugnable de un agitador
hispanoamericano, hombre de urbanidad sobria, idéntica.
Circulaba entre comentarios y leyendas su nombre de soldado. Aquel
retraimiento podía venir de una juventud infructuosa, de una
vida descabalada. Su duro semblante de asceta vencía las fachas
contentas y mofletudas. Vino un día de cerrazón y vapor
lujoso, herido por un témpano, bajó al abismo con
sacudidas de terremoto. Yo fui salvada de morir por aquel militar
hastiado, de fisonomía absorta. Me declaró su afecto y su
nombre y me llevó en peso hasta un bote, donde me había
cedido su puesto. Regresó al barco náufrago, donde
ocupó sucesivamente los lugares libres todavía de las
aguas. Poco después, el sitio mismo de la catástrofe se
borraba en el mar raso. Aquel hombre invitaba con la ilusión de
una vida intrépida en república desquiciada. De uniforme
azul, sobre un caballo blanco, debió de regir las montoneras
turbulentas, libres de escalafón, magnetizándolas con su
voz marcante, de una seducción irresistible...
Cesó de hablar, y la más espesa noche
completaba el pensamiento de la mujer desilusionada y casta. Se
habían roto las compuertas de las tinieblas.
462
José Antonio Ramos Sucre
El Culpable
EL CULPABLE
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su presencia.
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su presencia.
471
José Antonio Ramos Sucre
A Una Desposada
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su
presencia.
Cualquier invención de mi enfermizo
numen desluciría las páginas de este álbum. Las
ofendería con el desentono de azarosa tela de araña en
una mansión regia. Mas conviene el relato de venturosas nupcias.
Sueño que lo escuché de virgen
lisonjera en una comarca del Asia inverosímil; que era de noche,
y estaba yo embriagado con la plácida expiración de
rumores, canciones y perfumes; que el paisaje exótico se
coronaba con la luna y con el cortejo de las estrellas mayores, porque
las menores no conseguían lucir en medio de la
irradiación de aquéllas, sus hermanas; y sueño
que, sobre la tierra y delante de mis ojos, fantástica ciudad de
cúpulas y torres dormía cabe el espejo de un río
fabuloso; y recuerdo que la virgen me refirió esta fábula
amena: Yo conocí una princesa prometida en matrimonio al
sultán de un país remoto. Veía en las bodas el
comienzo de un cautiverio, porque, retirada y asustadiza, imitaba las
selváticas gacelas. Buscaba mi compañía y luego la
contemplación de sí misma en el espejo de una fuente
ornamental. Era delgada, firme y de tupidos cabellos, que bajaban a
confundirse con las aguas del ensombrado tazón de mármol.
Hasta aquí vino una tarde cierto poeta errante, precursor del
cortejo nupcial cada vez más vecino. Él se dijo despedido
de entre los suyos para entretener a la princesa durante el viaje a la
capital del esposo prometido. Todos se reúnen y parten al
día siguiente, cuando ya la princesa acepta los agasajos del
poeta y lo ama sin manifestarlo. El cortejo recorre selvas y desiertos,
en medio de la lluvia rumorosa y del estío lento, cuando el sol
prefiere su carro de bueyes albos. El poeta ejerce, en su vez, el
valor, el gracejo y la piedad. Ofende al tigre de estirpe real; burla
al mono desvergonzado; acoge la mariposa blanda, de seda y lana;
reverencia al asceta absorto. Se muestra cortesano amable y jinete
aguerrido. Ella se acerca al término del viaje y divisa los
palacios dispuestos para hospedarla, y repara que más le
convendría el desierto en compañía del vate
gentilísimo. Entretanto, éste ha desaparecido de su lado,
y ella es introducida, con el rostro sumiso, a presencia de su
dueño; pero una voz oculta y bien conocida la exhorta a la
alegría. La princesa alza los ojos y observa que el
cortés poeta era el esposo prometido, quien había dejado
las galas de monarca para ganar afectuosamente la mano de la amada,
omitiendo el prestigio de su elevado puesto.
Así me dijo la virgen lisonjera en un
país distante, debajo de un árbol musical; y su relato y
mi único sueño venturoso terminaron cuando la aurora
llamaba, enamorada, a mi ventana.
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su
presencia.
Cualquier invención de mi enfermizo
numen desluciría las páginas de este álbum. Las
ofendería con el desentono de azarosa tela de araña en
una mansión regia. Mas conviene el relato de venturosas nupcias.
Sueño que lo escuché de virgen
lisonjera en una comarca del Asia inverosímil; que era de noche,
y estaba yo embriagado con la plácida expiración de
rumores, canciones y perfumes; que el paisaje exótico se
coronaba con la luna y con el cortejo de las estrellas mayores, porque
las menores no conseguían lucir en medio de la
irradiación de aquéllas, sus hermanas; y sueño
que, sobre la tierra y delante de mis ojos, fantástica ciudad de
cúpulas y torres dormía cabe el espejo de un río
fabuloso; y recuerdo que la virgen me refirió esta fábula
amena: Yo conocí una princesa prometida en matrimonio al
sultán de un país remoto. Veía en las bodas el
comienzo de un cautiverio, porque, retirada y asustadiza, imitaba las
selváticas gacelas. Buscaba mi compañía y luego la
contemplación de sí misma en el espejo de una fuente
ornamental. Era delgada, firme y de tupidos cabellos, que bajaban a
confundirse con las aguas del ensombrado tazón de mármol.
Hasta aquí vino una tarde cierto poeta errante, precursor del
cortejo nupcial cada vez más vecino. Él se dijo despedido
de entre los suyos para entretener a la princesa durante el viaje a la
capital del esposo prometido. Todos se reúnen y parten al
día siguiente, cuando ya la princesa acepta los agasajos del
poeta y lo ama sin manifestarlo. El cortejo recorre selvas y desiertos,
en medio de la lluvia rumorosa y del estío lento, cuando el sol
prefiere su carro de bueyes albos. El poeta ejerce, en su vez, el
valor, el gracejo y la piedad. Ofende al tigre de estirpe real; burla
al mono desvergonzado; acoge la mariposa blanda, de seda y lana;
reverencia al asceta absorto. Se muestra cortesano amable y jinete
aguerrido. Ella se acerca al término del viaje y divisa los
palacios dispuestos para hospedarla, y repara que más le
convendría el desierto en compañía del vate
gentilísimo. Entretanto, éste ha desaparecido de su lado,
y ella es introducida, con el rostro sumiso, a presencia de su
dueño; pero una voz oculta y bien conocida la exhorta a la
alegría. La princesa alza los ojos y observa que el
cortés poeta era el esposo prometido, quien había dejado
las galas de monarca para ganar afectuosamente la mano de la amada,
omitiendo el prestigio de su elevado puesto.
Así me dijo la virgen lisonjera en un
país distante, debajo de un árbol musical; y su relato y
mi único sueño venturoso terminaron cuando la aurora
llamaba, enamorada, a mi ventana.
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