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Poemas en este tema

Relaciones y Familia

José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

El Derrotero De Camõens

EL DERROTERO DE CAMÕENS

Nos proponíamos visitar a un reyezuelo
timorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.

Mandó, para facilitarnos el viaje, una
escolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barco
fluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.
¡Tan original era el aderezo de sus velas!

Teníamos siempre a la vista alguna pagoda de
forma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturaleza
tropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba el
grito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezuelo
aumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.

Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua y
llegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estilo
quimérico, en medio de una salva de cañones desusados.
Los espantajos del sueño y las fieras del desierto
constituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El rey
incorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributos
sanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.

Nos recibió cortésmente y se dio por
satisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en la
primera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y al
orgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.

Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempo
de un drama. La decoración poseía un olvidado sentido
litúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,
componían la historia de una venganza. El conflicto se
desenlazaba por medio de un acaso inverosímil y la
ilusión dramática cedía el puesto a un
desmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,
desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.


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José Antonio Ramos Sucre

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El Sagitario

EL SAGITARIO


Subí la escalera de mármol negro en
solicitud de mi flecha, disparada sin tino. La hallé clavada en
la puerta de cedro, embellecida de dibujos simétricos.

Yo acostumbraba disparar el arco de plata semejante
al de Apolo, con el fin de interrogar a la fortuna. Yo estaba a punto
de salir en un bajel de vela cuadrada y no fiaba sino en los de vela
triangular. Había crecido satisfaciendo mis veleidades y
caprichos.

Una mujer salió a espaldas de mí, se
adelantó resueltamente a desprender la flecha trémula y
me la alargó sin decir una palabra. Su presencia había
impedido el acierto de mi disparo. Yo reconocí una de las
enemigas de Orfeo.

Quedé prendado de aquella mujer imperiosa,
ataviada con la piel de una pantera. Creí haberla visto a la
cabeza de una procesión ensañada con las ofrendas
tributadas al mausoleo del amante de Eurídice. Su gesto de
cólera desentonaba en la noche colmada.

Defendí una vez más las cenizas del
maestro y espanté la turba de las mujeres encarnizadas,
simulando, desde una arboleda, rugidos salvajes. Yo esperaba sufrir de
un momento a otro el desquite de aquella estratagema.

La mujer subió conmigo dentro de la nave y
llamó despóticamente a su servicio las fieras del mar,
ocultas en los arrecifes. Los marinos se entendieron con la mirada y
escogieron un rumbo nuevo. El sol trazó varias veces el arco de
su carrera sobre el circuito de las aguas. Un ave desconocida volaba
delante de nosotros.

Yo fui abandonado a mis propios recursos en un
litoral cenagoso, desde donde se veía, a breve distancia, un
monumento consagrado a las furias.

Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.


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José Antonio Ramos Sucre

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El Protervo

EL PROTERVO

Nosotros constituíamos una amenaza efectiva.

Los clérigos nos designaban por medio de
circunloquios al elevar sus preces, durante el oficio divino.

Decidimos asaltar la casa de un magistrado
venerable, para convencerlo de nuestra actividad y de la ineficacia de
sus decretos y pregones.

Esperaba intimidarnos al doblar el número de
sus espías y de sus alguaciles y al lisonjearlos con la promesa
de una recompensa abundante.

Ejecutamos el proyecto sigilosamente y con
determinación y nos llevamos la mujer del juez incorruptible.

El más joven de los compañeros
perdió su máscara en medio de la ocurrencia y vino a ser
reconocido y preso.

Permaneció mudo al sufrir los martirios
inventados por los ministros de la justicia y no lanzó una queja
cuando el borceguí le trituró un pie. Murió dando
topetadas al muro del calabozo de piso hundido y de techo bajo y de
plomo.

Gané la mujer del jurista al distribuirse el
botín, el día siguiente, por medio de la suerte. Su
lozanía aumentaba el solaz de mi vivienda rústica. Sus
cortos años la separaban de un marido reumático y
tosigoso.

Un compañero, enemigo de mi fortuna, se
permitió tratarla con avilantez. Trabamos una lucha a muerte y
lo dejé estirado de un tratazo en la cabeza. Los demás
permanecieron en silencio, aconsejados del escarmiento.

La mujer no pudo sobrellevar la
compañía de un perdido y murió de vergüenza y
de pesadumbre al cabo de dos años, dejándome una
niña recién nacida.

Yo la abandoné en poder de unas criadas de mi
confianza, gente disoluta y cruel, y volví a mis aventuras
cuando la mano del verdugo había diezmado la caterva de mis
fieles.

Muchos seguían pendientes de su horca
,deshaciéndose a la intemperie, en un arrabal escandaloso.

Al verme solo, he decidido esperar en mi refugio la
aparición de nuevos adeptos, salidos de entre los pobres.

Dirijo a la práctica del mal, en medio de mis
años, una voluntad ilesa.

Las criadas nefarias han dementado a mi hija por
medio de sugestiones y de ejemplos funestos. Yo la he encerrado en una
estancia segura y sin entrada, salvo un postigo para el paso de escasas
viandas una vez al día.

Yo me asomo a verla ocasionalmente y mis sarcasmos
restablecen su llanto y alientan su desesperación.


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José Antonio Ramos Sucre

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José Antonio Ramos Sucre

El Presidiario

EL PRESIDIARIO


La aldea en donde pasé mi infancia no llegaba
a crecer y a convertirse en ciudad. Las casas de piedra
defendían difícilmente de la temperatura glacial.
Habían sido trabajadas conforme un solo modelo desusado.

Durante el breve estío dejaba a mi padre en
su retiro habitual y salía fuera de poblado a correr tras de
unos ánades holgados en la pradera. Yo esperaba alcanzarlos en
su fuga a ras del suelo. Mis vecinos indolentes no se ocupaban de
perseguirlos.

No podía intentar otro medio de cazar las
aves sino el de apresarlas con la mano. Yo carecía de arco y de
honda y las piedras no se daban en aquel distrito.

Mi padre vino a morir de una fiebre exigua y tenaz.
Se había visto en el caso de beber el agua de las
ciénagas. Su organismo se redujo a la voz cavernosa y a los ojos
brillantes. Proveyó hasta el último aliento a mi
invalidez de niño.

Habría perecido de inanición si no me
socorre un militar destinado a guarnecer un pueblo más ameno,
asentado en una rada espaciosa. Me tomó de la mano el día
del entierro y me llevó consigo. Los murmuradores me llamaban el
hijo del deportado.

Yo crecí a la sombra del militar caritativo.
Se violentaba al verme desidioso y pusilánime. Yo me
resistí a seguirlo cuando le retiraron el nombramiento y lo
pasaron a un puerto del Mar Negro. La pesadumbre le impedía
hablar cuando me abrazó por última vez.

Caí desde ese momento en la mendicidad. Los
consejos de un perdulario me alentaron al delito y me trajeron al
presidio. Dedico las horas usuales del día a trasportar unas
piedras graves de alzar hasta el hombro.

El consejero de mi infortunio me visita en el curso
de la noche inmóvil, cuando yazgo sobre el suelo de mi celda. Me
fascina de un modo perentorio con los sones de su flauta originada de
la tibia de un ahorcado.


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El Cruzado

EL CRUZADO


Los árboles, de columna desnuda, esparcen
hacia arriba una armazón vigorosa, reparo de la frente del
castillo.

De los torreones cuelga una broza parásita,
de crines ralas. Alí suben aves corpulentas de irónico
rostro de gárgola.

Desde mi ventana remontada miro a mis pies la
ondulación de la floresta y, en un ángulo del horizonte,
la luz espasmódica del relámpago.

Huyeron lejos los días de andanza militar.
Defendí contra el musulmán apartados reinos zozobrantes.
Ejecutábamos y sufríamos una guerra de asechanza y campo
abierto, perpetua y sin merced. Una noche de consternación
dejé, entre aves de rapiña y acostado en un precipicio,
el cadáver de mi hermano de armas. La luna asomaba por una
brusca apertura del nublado.

Un consejo interior me restituyó a esta
vivienda, una vez convenida la paz. Derribé encinas y robles
para vedar, tras de mí, las sendas y carriles de la selva.
Escogí, por mi aposento, la sala de los trofeos de caza, donde
sobresale un espejo nebuloso.

El ocio y la monotonía recrecieron mi natural
amargura, aliviada pasajeramente por el intervalo de trajín
mundano.

Sentía un desmayo de la voluntad, un rapto
sobrenatural, efecto de presencia desconocida. Perdí la cuenta
del tiempo y de su paso.

Una vez quiso verme el más alegre de mis
camaradas, y lo consiguió adivinando las veredas y sorteando los
estorbos colocados de través.

La ambición desengañada lo
había reposado, confiriendo autoridad a su discurso.
Había penetrado los secretos de la sabiduría.

Me refirió las tradiciones de mi casa, los
atropellos de mis antepasados y su término aciago. Mi orfandad
temprana, mis hazañas de cruzado habían bastado a
rescatarme del sino. Debía poner fin a mi raza, pasando a mejor
vida sin descendientes.

Por su mandamiento me acerqué al espejo
nebuloso, momentáneamente esclarecido.

Y allí miré, asombrado, mi faz de
anciano.


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La Presencia Del Náufrago

LA PRESENCIA DEL NÁUFRAGO


La dama singular y gentil se disponía a
comunicarme esa tarde la confidencia prometida una y otra vez.

Yo le servía una silla plegadiza en un retiro
de la playa aireada.

El disco del sol rodaba fugitivo hacia el
límite de un mar oscuro.

El azar nos había reunido en aquel
rincón del litoral italiano. Habíamos llegado por caminos
opuestos a reposar la fatiga y la melancolía de largos viajes.

Ocultaba su origen bajo el sello de una reserva
altiva. Era difícil acertar con su patria porque usaba
atinadamente cualquier idioma culto, y porque su persona física
armonizaba los rasgos y las prendas más nobles de razas
esculturales. Había nacido en alguna familia acaudalada, con
raíz en naciones divergentes.

Cabellos de oro, perdición de las flechas del
sol, y ojos verdes, memorias de alta mar, solemnizaban su hermosura
lozana y perdurable de deidad.

Declaraba haber contentado con sencilla gratitud las
finezas y los requiebros de los galantes, sin pasar a mayor afecto; y
convenía en referirme ahora la razón de su aislamiento
definitivo. Dejaba entrelucir el nombre de un criollo español,
mi compatriota.

Iba yo el año pasado, cantaba su voz
artística, en un vapor lujoso, invención de hadas, a
través del océano. Viajeros de distinto origen
sentían y propagaban una alegría vivaz, exaltada, y me
compusieron inmediatamente una corte enfadosa. Aquel bullicio
retrocedía ante el recato inexpugnable de un agitador
hispanoamericano, hombre de urbanidad sobria, idéntica.
Circulaba entre comentarios y leyendas su nombre de soldado. Aquel
retraimiento podía venir de una juventud infructuosa, de una
vida descabalada. Su duro semblante de asceta vencía las fachas
contentas y mofletudas. Vino un día de cerrazón y vapor
lujoso, herido por un témpano, bajó al abismo con
sacudidas de terremoto. Yo fui salvada de morir por aquel militar
hastiado, de fisonomía absorta. Me declaró su afecto y su
nombre y me llevó en peso hasta un bote, donde me había
cedido su puesto. Regresó al barco náufrago, donde
ocupó sucesivamente los lugares libres todavía de las
aguas. Poco después, el sitio mismo de la catástrofe se
borraba en el mar raso. Aquel hombre invitaba con la ilusión de
una vida intrépida en república desquiciada. De uniforme
azul, sobre un caballo blanco, debió de regir las montoneras
turbulentas, libres de escalafón, magnetizándolas con su
voz marcante, de una seducción irresistible...

Cesó de hablar, y la más espesa noche
completaba el pensamiento de la mujer desilusionada y casta. Se
habían roto las compuertas de las tinieblas.


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José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre

La Presencia Del Náufrago

LA PRESENCIA DEL NÁUFRAGO


La dama singular y gentil se disponía a
comunicarme esa tarde la confidencia prometida una y otra vez.

Yo le servía una silla plegadiza en un retiro
de la playa aireada.

El disco del sol rodaba fugitivo hacia el
límite de un mar oscuro.

El azar nos había reunido en aquel
rincón del litoral italiano. Habíamos llegado por caminos
opuestos a reposar la fatiga y la melancolía de largos viajes.

Ocultaba su origen bajo el sello de una reserva
altiva. Era difícil acertar con su patria porque usaba
atinadamente cualquier idioma culto, y porque su persona física
armonizaba los rasgos y las prendas más nobles de razas
esculturales. Había nacido en alguna familia acaudalada, con
raíz en naciones divergentes.

Cabellos de oro, perdición de las flechas del
sol, y ojos verdes, memorias de alta mar, solemnizaban su hermosura
lozana y perdurable de deidad.

Declaraba haber contentado con sencilla gratitud las
finezas y los requiebros de los galantes, sin pasar a mayor afecto; y
convenía en referirme ahora la razón de su aislamiento
definitivo. Dejaba entrelucir el nombre de un criollo español,
mi compatriota.

Iba yo el año pasado, cantaba su voz
artística, en un vapor lujoso, invención de hadas, a
través del océano. Viajeros de distinto origen
sentían y propagaban una alegría vivaz, exaltada, y me
compusieron inmediatamente una corte enfadosa. Aquel bullicio
retrocedía ante el recato inexpugnable de un agitador
hispanoamericano, hombre de urbanidad sobria, idéntica.
Circulaba entre comentarios y leyendas su nombre de soldado. Aquel
retraimiento podía venir de una juventud infructuosa, de una
vida descabalada. Su duro semblante de asceta vencía las fachas
contentas y mofletudas. Vino un día de cerrazón y vapor
lujoso, herido por un témpano, bajó al abismo con
sacudidas de terremoto. Yo fui salvada de morir por aquel militar
hastiado, de fisonomía absorta. Me declaró su afecto y su
nombre y me llevó en peso hasta un bote, donde me había
cedido su puesto. Regresó al barco náufrago, donde
ocupó sucesivamente los lugares libres todavía de las
aguas. Poco después, el sitio mismo de la catástrofe se
borraba en el mar raso. Aquel hombre invitaba con la ilusión de
una vida intrépida en república desquiciada. De uniforme
azul, sobre un caballo blanco, debió de regir las montoneras
turbulentas, libres de escalafón, magnetizándolas con su
voz marcante, de una seducción irresistible...

Cesó de hablar, y la más espesa noche
completaba el pensamiento de la mujer desilusionada y casta. Se
habían roto las compuertas de las tinieblas.


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José Antonio Ramos Sucre

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José Antonio Ramos Sucre

A Una Desposada

Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.

Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.

El vaho de la humedad enturbiaba el aire.

La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.

Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.

Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.

Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.

Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.

Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.

Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.

Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.

Estaba atenta a una melodía crepuscular.

El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.

Me despidió, indignada, de su
presencia.

Cualquier invención de mi enfermizo
numen desluciría las páginas de este álbum. Las
ofendería con el desentono de azarosa tela de araña en
una mansión regia. Mas conviene el relato de venturosas nupcias.

Sueño que lo escuché de virgen
lisonjera en una comarca del Asia inverosímil; que era de noche,
y estaba yo embriagado con la plácida expiración de
rumores, canciones y perfumes; que el paisaje exótico se
coronaba con la luna y con el cortejo de las estrellas mayores, porque
las menores no conseguían lucir en medio de la
irradiación de aquéllas, sus hermanas; y sueño
que, sobre la tierra y delante de mis ojos, fantástica ciudad de
cúpulas y torres dormía cabe el espejo de un río
fabuloso; y recuerdo que la virgen me refirió esta fábula
amena: Yo conocí una princesa prometida en matrimonio al
sultán de un país remoto. Veía en las bodas el
comienzo de un cautiverio, porque, retirada y asustadiza, imitaba las
selváticas gacelas. Buscaba mi compañía y luego la
contemplación de sí misma en el espejo de una fuente
ornamental. Era delgada, firme y de tupidos cabellos, que bajaban a
confundirse con las aguas del ensombrado tazón de mármol.
Hasta aquí vino una tarde cierto poeta errante, precursor del
cortejo nupcial cada vez más vecino. Él se dijo despedido
de entre los suyos para entretener a la princesa durante el viaje a la
capital del esposo prometido. Todos se reúnen y parten al
día siguiente, cuando ya la princesa acepta los agasajos del
poeta y lo ama sin manifestarlo. El cortejo recorre selvas y desiertos,
en medio de la lluvia rumorosa y del estío lento, cuando el sol
prefiere su carro de bueyes albos. El poeta ejerce, en su vez, el
valor, el gracejo y la piedad. Ofende al tigre de estirpe real; burla
al mono desvergonzado; acoge la mariposa blanda, de seda y lana;
reverencia al asceta absorto. Se muestra cortesano amable y jinete
aguerrido. Ella se acerca al término del viaje y divisa los
palacios dispuestos para hospedarla, y repara que más le
convendría el desierto en compañía del vate
gentilísimo. Entretanto, éste ha desaparecido de su lado,
y ella es introducida, con el rostro sumiso, a presencia de su
dueño; pero una voz oculta y bien conocida la exhorta a la
alegría. La princesa alza los ojos y observa que el
cortés poeta era el esposo prometido, quien había dejado
las galas de monarca para ganar afectuosamente la mano de la amada,
omitiendo el prestigio de su elevado puesto.

Así me dijo la virgen lisonjera en un
país distante, debajo de un árbol musical; y su relato y
mi único sueño venturoso terminaron cuando la aurora
llamaba, enamorada, a mi ventana.


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