Poemas en este tema
Emociones y Sentimientos
Nicasio Álvarez de Cienfuegos
La Escuela El Sepulcro A La Señora Marquesa De Fuertehijar, Con Motivo De La Muerte De Su Amiga La
¿Adónde, adónde los dolientes ojos
vuelves? ¿Qué buscas? ¿o por quién exhalas
tanto suspiro de dolor y angustia?
¿Qué atiendes, di, que el respirar parando
el alma toda en el oído clavas
ansioso de escuchar? En vano, en vano
anhelas por oír: la quieta noche
a los mortales con su sombra encierra,
y acalla al mundo que tranquilo yace
en un mar de silencio sumergido.
Mas ¡ay! ¿cuál son tan a deshora turba
la silenciosa paz de las tinieblas?
¿Y cesa, y vuelve a resonar, y para,
y resuena otra vez? Llora, sí, llora
tu amarga soledad, oh triste amiga,
gime, lamenta sin cesar; tu pecho
se parta de dolor, y al labio envíe
el ay de la amistad desesperada.
El bronco son que tus oídos hiere
es la trompeta de la muerte, el doble
de la campana que terrible dice:
«Fue, fue tu amiga. La que tantas veces
te vio, y te habló, y en sus amantes brazos
tan fina te estrechó, y en tus mejillas
su cariño estampó con dulces besos,
la que en su mente consagró tu imagen,
y en cuyo corazón un templo hermoso
te erigió la amistad do siempre ardía
tanto y tan puro amor, ya por las olas
fue de la eternidad arrebatada;
ahora mismo a su cadáver yerto,
en estrecho ataúd aprisionado,
alumbrarán con dolorosa llama
tristes antorchas del color que ostentan
las mustias hojas que al morir otoño
del árbol paternal ya se despiden.
Ahora mismo yacerá en la cima
de la tumba infeliz, hollando lutos
negros, más negros que nublada noche
en las hondas cavernas de los Alpes.
En torno de ella, y apartando el rostro
de su espantable palidez, sentados
compañía a harán los que otro tiempo
tal vez colgados de su voz, pendientes
de un giro de sus ojos, estudiaban
su voluntad para servirla humildes.
Ésta será ¡ay dolor! la vez postrera
que la visiten los mortales, ésta
su tertulia final, y último obsequio
que el mundo la ha de hacer. Sí; que esos cantos
con que del templo la anchurosa mole
temblando toda en rededor retumba
su despedida son, son sus adioses,
el largo adiós final. ¡Oh tú Lorenza,
ven por la última vez, ven, ven conmigo
y a tu amiga verás, verás al menos
el cuerpo que animó, verás reliquias
de una nada que fue! Mira que tardas,
y nunca, nunca volverás a verla,
nunca jamás; que ya sobre sus hombros
cargaron los ministros del sepulcro
el ataúd, y marchan, y descienden
con él a la morada solitaria
del oscuro no ser. Allí en los muros
cien bocas abre la insaciable muerte
por donde traga sin cesar la vida,
a ti, ¡oh Quero infeliz! ¡oh malograda!
¡oh atropellada juventud! Caíste,
bien como flor que en su lozana pompa
hollada fue por la ignorante planta
de un pasajero sin piedad. Caíste,
ya otro rastro de tu ser no queda
que las memorias que de ti conserven
los que te amaron. Pasarán los días,
y las memorias pasarán con ellos;
y entonces ¿qué serás? El nombre vano,
el nombre sólo en tu sepulcro escrito,
con que han querido eternizar tu nada.
Tirano el tiempo insultará tu tumba,
con diente agudo roerá sus letras,
borrará la inscripción, y nada, nada
serás por fin: ¡oh muerte impía!
¡oh sepulcro voraz! en ti los seres
desechos caen; en ti generaciones
sobre generaciones se amontonan,
en ti la vida sin cesar se estrella,
y de tu abismo en la espantosa margen
el tiempo destructor está sañudo
arrojando los siglos despeñados.
¿Qué son ahora los primeros días,
la edad primera de la tierra? ¿en dónde
las que fueron después hoy hallaremos?
¿Sesostris dónde está? ¿dónde el
gran Ciro?
¿Babilonia y Semíramis? Pasaron
cortando el tiempo, cual veloz saeta
que el aire hiende sin que rastro alguno
deje de pasar. ¿Qué son ahora
los Césares, los Jerjes, los Timures
los héroes famosos de la Grecia?
Voces y nada más. ¿Y qué es el siglo
que acaba de expirar? ¿Y qué es el día
de ayer, el de hoy en lo que va corrido?
Muerte en verdad; que cuanta vida el tiempo
nos ha llevado en el sepulcro yace.
¿Es tan breve el vivir? ¿y el hombre insano
en hacerse infeliz sólo le emplea?
Como en airada mar la frágil nave
luchando entre borrascas horrorosas
corre perdida sin timón ni velas,
y en pos el huracán desenfrenado
la va acosando en bárbaros embates,
ora a las nubes las bramantes olas
la arrojan, y ora con terrible estruendo
la despeñan, rompiéndose, al abismo;
y ya anegada con salobre muerte
llora su perdición, y ya un fracaso
mira seguro en la enriscada costa
donde a estrellarse va: tal es el hombre
por el mar de la vida navegando.
Siempre a merced de sus pasiones corre
entre tinieblas y borrascas tristes
en eterna inquietud, allá en el alma
hondamente clavada la amargura,
y la zozobra y el crüel fastidio,
y desesperación; sin que los ojos
vuelva jamás al relumbrante faro
de la pura razón. En cada instante
vota acogerse a su sagrado puerto,
y a cada instante, quebrantando el voto,
se aparta más y más; y a nuevos mares
se confía, y a míseros naufragios.
De ilusión a ilusión, de sombra en sombra
va deslumbrado, con ardor abraza
mil fantasmas de bien, y ellas le burlan
deshaciéndose, y halla el miserable
ansia y dolor donde esperó contento:
y vuela deslizándose entre tanto
la vida, y se le escapa, y el sepulcro
le sale al paso, y ¿qué vivió? Cien voces
oigo que salen desde el centro frío
de los sepulcros que tormentos dicen.
Tormentos claman las doradas urnas
donde descansan las cenizas regias;
tormentos claman las inmundas hoyas
donde la plebe amontonada gime,
tormentos las pirámides erguidas
que en sus entrañas cóncavas tragaron
cien dinastías del perdido oriente;
y tormentos, tormentos desde el norte
al mediodía, desde oriente a ocaso
toda la tierra sin cesar repite.
¿Dónde estás, dónde estás, soberbia
tumba,
tumba olvidada del atroz guerrero
a cuya alta ambición venía estrecha
la inmensidad del tiempo y del espacio?
Tumba del Macedón ¿dónde te escondes
que no dices "aquí"? Tal vez ahora
darás abrigo a las cansadas yuntas
de algún humilde labrador honrado;
tal vez la tierra que te henchía cubre
una choza infeliz, y las reliquias
del famoso Alejandro son paredes
de algún pobre pastor, no conocido
de otro mortal que de su tierna esposa,
y de su perro y de su fiel ganado.
Él es feliz en su pobreza oscura,
y tú fuiste infeliz en la abundancia
de tu hambrienta ambición. Él sus deseos
por la necesidad de cada día
mide, y prudente la natura acalla
con lo que fácil la razón exige.
Así contento lo presente goza
sin olvidarlo por correr ansioso
a encontrar a mañana, y a perderse
allá en un porvenir que nunca llega.
Y tú ¿qué fuiste, vencedor del mundo?
tú, de soberbia y ambición hinchado,
tú, que sangrientas lágrimas vertías
temiendo atroz que la paterna espada
nada en la tierra te dejase libre
que poder oprimir, ¿fuiste dichoso?
Las victorias del Gránico y del Iso,
Persia a su carro triunfador atada,
cien tronos de Asia, el Asia estremecida
a un mover de tu pie, la tierra entera
arrodillada de tu nombre al eco,
tanta potencia, tanta gloria ¿acaso
pusieron coto a tu ambición? ¿No hallaste
por siempre un más allá que las entrañas
te roía doquier, y cada gloria
te presentaba desabrida y triste
desde el punto fatal en que era tuya?
¿Cuál fue tu vida? Nunca lo presente
existió para ti, que adormecido
vivías en los sueños de esperanzas
desterrado por siempre en lo futuro.
Para ti lo pasado fue un tormento,
un estímulo más, que te arrastraba
a deseos sin fin, a largos planes
de guerras y victorias, y ruinas
y perpetua inquietud. Pues, ¿cuándo, cuándo
viviste? ¿Cuándo del feliz reposo
gozaste, y de la paz y la bonanza
de las pasiones, y el alegre cielo
de un inocente corazón tranquilo?
En el sepulcro, en el fatal sepulcro,
y sólo en el sepulcro descansaste;
los mortales sólo allí descansan,
que raros son los que en vivir insanos
de Alejandro no imitan el ejemplo.
Si es tal la vida, ¿para qué lloramos
a los dichosos que al tranquilo puerto
llegaron de la muerte ya seguros
de este mar de dolor que aquí nos cerca?
Y si es justo llorar, ¿por qué así estéril
en lágrimas se pierde nuestro llanto
sin que aprendamos a vivir felices
en la escuela sublime del sepulcro?
Enjuga ya, desconsolada amiga,
tu llanto de dolor, y atenta escucha
de tu amiga la voz. No ha perecido
tu amiga para ti, que vive y te habla
desde su tumba sin cesar, y dice:
«Mira del hombre la fatal carrera,
mira del hombre el paradero infausto.
Aquí ya para siempre se aniquilan
las grandezas del mundo, aquí se espantan
los sueños de la gloria, aquí los vientos
de las pasiones se echan, y se borra
el vaho del vivir, y el hombre es nada.
Vendrá el trance cruel, vendrá, oh amiga,
en que desciendas a la eterna noche
a acompañar mi soledad. ¡Aleje,
aleje el cielo tan fatal instante
y cada nuevo sol más despejado
el horizonte ensanche de tu vida!
Pero al fin ¿qué será, y encierra un siglo
el más largo durar de su carrera?
Sólo un pestañear, volviendo el rostro
verás tu muerte a tu nacer tocando.
¡Ay! a lo menos, pues el plazo es breve,
no, no le acortes suspirando ansiosa
por otro día, y sin cesar por otro;
porque es nunca vivir, es vivir muertes,
jugar este hoy por el mañana incierto.
Lejos, lejos de ti las ilusiones
que al mísero mortal le van llamando,
y las sigue, y se apartan, y engañosas
tendiéndole los brazos, le enajenan,
y le venden por fin, pues al sepulcro
le atraen, tropieza, cae, y ellas huyeron.
Lejos de ti las bárbaras pasiones
que en torbellinos de dolor arrastran
a los esclavos que las sirven ciegos,
y su fortuna de su mar confían.
¿Qué es la ambición, la vanidad, del oro
la frenética sed? ¿qué, los deseos
de una imaginación desenfrenada,
de un enfermo corazón? Errores,
y el error es un mal. ¿Quién en la tierra
fue dichoso jamás llorando males?
La razón, la razón: no hay otra senda
que a la alegre virtud pueda guiarte
y a la felicidad. Por ella fácil
tus deseos prudente moderando
aprenderás a despreciar el mundo,
la gloria y la opinión, preciando sólo
lo que inflexible la razón aprueba.
Así constante vivirás contigo,
vivirás para ti, y harás más larga
la próspera carrera de tus años,
porque al fin vivirás. ¡Oh cuál me gozo
al mirarte feliz en la grandeza
de tu alma pura! Superior al cieno
de este mundo infeliz, ni los desastres,
ni la persecución, ni los dolores
te podrán abatir; ni la fortuna
podrá mellar tu espíritu de bronce
con sus brillantes dones mentirosos.
¿Qué puede dar la mísera fortuna
que no posea quien felice goza
una sana razón? ¿y qué desgracias
ha de temer quien el mayor deseo
de una conciencia irreprensible y pura
dentro del corazón lleva escondido?
¡Oh Lorenza, Lorenza! ¡oh tierna amiga!
¡Adiós, adiós! Desde el dichoso instante
que allá en Pisuerga te juró mi pecho
una eterna amistad ¿falté por suerte,
falté, responde, a tu veraz cariño?
Siempre has vivido en mi memoria; siempre
ardió por ti mi corazón sincero;
siempre mis labios te dijeron finas
palabras de amistad; y eternamente
con mis consejos te probé y mis obras
la verdad de mi amor. Bajé al sepulcro,
y él conmigo también; aquí a tu Quero,
si es que un recuerdo para mí te queda,
por siempre encontrarás; de noche y día
y en todas partes te hablarán mis labios,
te hablarán la verdad. ¡Oh nunca apartes
tu oído de mi voz! Adiós, amiga,
adiós, adiós: la eternidad te espera».
vuelves? ¿Qué buscas? ¿o por quién exhalas
tanto suspiro de dolor y angustia?
¿Qué atiendes, di, que el respirar parando
el alma toda en el oído clavas
ansioso de escuchar? En vano, en vano
anhelas por oír: la quieta noche
a los mortales con su sombra encierra,
y acalla al mundo que tranquilo yace
en un mar de silencio sumergido.
Mas ¡ay! ¿cuál son tan a deshora turba
la silenciosa paz de las tinieblas?
¿Y cesa, y vuelve a resonar, y para,
y resuena otra vez? Llora, sí, llora
tu amarga soledad, oh triste amiga,
gime, lamenta sin cesar; tu pecho
se parta de dolor, y al labio envíe
el ay de la amistad desesperada.
El bronco son que tus oídos hiere
es la trompeta de la muerte, el doble
de la campana que terrible dice:
«Fue, fue tu amiga. La que tantas veces
te vio, y te habló, y en sus amantes brazos
tan fina te estrechó, y en tus mejillas
su cariño estampó con dulces besos,
la que en su mente consagró tu imagen,
y en cuyo corazón un templo hermoso
te erigió la amistad do siempre ardía
tanto y tan puro amor, ya por las olas
fue de la eternidad arrebatada;
ahora mismo a su cadáver yerto,
en estrecho ataúd aprisionado,
alumbrarán con dolorosa llama
tristes antorchas del color que ostentan
las mustias hojas que al morir otoño
del árbol paternal ya se despiden.
Ahora mismo yacerá en la cima
de la tumba infeliz, hollando lutos
negros, más negros que nublada noche
en las hondas cavernas de los Alpes.
En torno de ella, y apartando el rostro
de su espantable palidez, sentados
compañía a harán los que otro tiempo
tal vez colgados de su voz, pendientes
de un giro de sus ojos, estudiaban
su voluntad para servirla humildes.
Ésta será ¡ay dolor! la vez postrera
que la visiten los mortales, ésta
su tertulia final, y último obsequio
que el mundo la ha de hacer. Sí; que esos cantos
con que del templo la anchurosa mole
temblando toda en rededor retumba
su despedida son, son sus adioses,
el largo adiós final. ¡Oh tú Lorenza,
ven por la última vez, ven, ven conmigo
y a tu amiga verás, verás al menos
el cuerpo que animó, verás reliquias
de una nada que fue! Mira que tardas,
y nunca, nunca volverás a verla,
nunca jamás; que ya sobre sus hombros
cargaron los ministros del sepulcro
el ataúd, y marchan, y descienden
con él a la morada solitaria
del oscuro no ser. Allí en los muros
cien bocas abre la insaciable muerte
por donde traga sin cesar la vida,
a ti, ¡oh Quero infeliz! ¡oh malograda!
¡oh atropellada juventud! Caíste,
bien como flor que en su lozana pompa
hollada fue por la ignorante planta
de un pasajero sin piedad. Caíste,
ya otro rastro de tu ser no queda
que las memorias que de ti conserven
los que te amaron. Pasarán los días,
y las memorias pasarán con ellos;
y entonces ¿qué serás? El nombre vano,
el nombre sólo en tu sepulcro escrito,
con que han querido eternizar tu nada.
Tirano el tiempo insultará tu tumba,
con diente agudo roerá sus letras,
borrará la inscripción, y nada, nada
serás por fin: ¡oh muerte impía!
¡oh sepulcro voraz! en ti los seres
desechos caen; en ti generaciones
sobre generaciones se amontonan,
en ti la vida sin cesar se estrella,
y de tu abismo en la espantosa margen
el tiempo destructor está sañudo
arrojando los siglos despeñados.
¿Qué son ahora los primeros días,
la edad primera de la tierra? ¿en dónde
las que fueron después hoy hallaremos?
¿Sesostris dónde está? ¿dónde el
gran Ciro?
¿Babilonia y Semíramis? Pasaron
cortando el tiempo, cual veloz saeta
que el aire hiende sin que rastro alguno
deje de pasar. ¿Qué son ahora
los Césares, los Jerjes, los Timures
los héroes famosos de la Grecia?
Voces y nada más. ¿Y qué es el siglo
que acaba de expirar? ¿Y qué es el día
de ayer, el de hoy en lo que va corrido?
Muerte en verdad; que cuanta vida el tiempo
nos ha llevado en el sepulcro yace.
¿Es tan breve el vivir? ¿y el hombre insano
en hacerse infeliz sólo le emplea?
Como en airada mar la frágil nave
luchando entre borrascas horrorosas
corre perdida sin timón ni velas,
y en pos el huracán desenfrenado
la va acosando en bárbaros embates,
ora a las nubes las bramantes olas
la arrojan, y ora con terrible estruendo
la despeñan, rompiéndose, al abismo;
y ya anegada con salobre muerte
llora su perdición, y ya un fracaso
mira seguro en la enriscada costa
donde a estrellarse va: tal es el hombre
por el mar de la vida navegando.
Siempre a merced de sus pasiones corre
entre tinieblas y borrascas tristes
en eterna inquietud, allá en el alma
hondamente clavada la amargura,
y la zozobra y el crüel fastidio,
y desesperación; sin que los ojos
vuelva jamás al relumbrante faro
de la pura razón. En cada instante
vota acogerse a su sagrado puerto,
y a cada instante, quebrantando el voto,
se aparta más y más; y a nuevos mares
se confía, y a míseros naufragios.
De ilusión a ilusión, de sombra en sombra
va deslumbrado, con ardor abraza
mil fantasmas de bien, y ellas le burlan
deshaciéndose, y halla el miserable
ansia y dolor donde esperó contento:
y vuela deslizándose entre tanto
la vida, y se le escapa, y el sepulcro
le sale al paso, y ¿qué vivió? Cien voces
oigo que salen desde el centro frío
de los sepulcros que tormentos dicen.
Tormentos claman las doradas urnas
donde descansan las cenizas regias;
tormentos claman las inmundas hoyas
donde la plebe amontonada gime,
tormentos las pirámides erguidas
que en sus entrañas cóncavas tragaron
cien dinastías del perdido oriente;
y tormentos, tormentos desde el norte
al mediodía, desde oriente a ocaso
toda la tierra sin cesar repite.
¿Dónde estás, dónde estás, soberbia
tumba,
tumba olvidada del atroz guerrero
a cuya alta ambición venía estrecha
la inmensidad del tiempo y del espacio?
Tumba del Macedón ¿dónde te escondes
que no dices "aquí"? Tal vez ahora
darás abrigo a las cansadas yuntas
de algún humilde labrador honrado;
tal vez la tierra que te henchía cubre
una choza infeliz, y las reliquias
del famoso Alejandro son paredes
de algún pobre pastor, no conocido
de otro mortal que de su tierna esposa,
y de su perro y de su fiel ganado.
Él es feliz en su pobreza oscura,
y tú fuiste infeliz en la abundancia
de tu hambrienta ambición. Él sus deseos
por la necesidad de cada día
mide, y prudente la natura acalla
con lo que fácil la razón exige.
Así contento lo presente goza
sin olvidarlo por correr ansioso
a encontrar a mañana, y a perderse
allá en un porvenir que nunca llega.
Y tú ¿qué fuiste, vencedor del mundo?
tú, de soberbia y ambición hinchado,
tú, que sangrientas lágrimas vertías
temiendo atroz que la paterna espada
nada en la tierra te dejase libre
que poder oprimir, ¿fuiste dichoso?
Las victorias del Gránico y del Iso,
Persia a su carro triunfador atada,
cien tronos de Asia, el Asia estremecida
a un mover de tu pie, la tierra entera
arrodillada de tu nombre al eco,
tanta potencia, tanta gloria ¿acaso
pusieron coto a tu ambición? ¿No hallaste
por siempre un más allá que las entrañas
te roía doquier, y cada gloria
te presentaba desabrida y triste
desde el punto fatal en que era tuya?
¿Cuál fue tu vida? Nunca lo presente
existió para ti, que adormecido
vivías en los sueños de esperanzas
desterrado por siempre en lo futuro.
Para ti lo pasado fue un tormento,
un estímulo más, que te arrastraba
a deseos sin fin, a largos planes
de guerras y victorias, y ruinas
y perpetua inquietud. Pues, ¿cuándo, cuándo
viviste? ¿Cuándo del feliz reposo
gozaste, y de la paz y la bonanza
de las pasiones, y el alegre cielo
de un inocente corazón tranquilo?
En el sepulcro, en el fatal sepulcro,
y sólo en el sepulcro descansaste;
los mortales sólo allí descansan,
que raros son los que en vivir insanos
de Alejandro no imitan el ejemplo.
Si es tal la vida, ¿para qué lloramos
a los dichosos que al tranquilo puerto
llegaron de la muerte ya seguros
de este mar de dolor que aquí nos cerca?
Y si es justo llorar, ¿por qué así estéril
en lágrimas se pierde nuestro llanto
sin que aprendamos a vivir felices
en la escuela sublime del sepulcro?
Enjuga ya, desconsolada amiga,
tu llanto de dolor, y atenta escucha
de tu amiga la voz. No ha perecido
tu amiga para ti, que vive y te habla
desde su tumba sin cesar, y dice:
«Mira del hombre la fatal carrera,
mira del hombre el paradero infausto.
Aquí ya para siempre se aniquilan
las grandezas del mundo, aquí se espantan
los sueños de la gloria, aquí los vientos
de las pasiones se echan, y se borra
el vaho del vivir, y el hombre es nada.
Vendrá el trance cruel, vendrá, oh amiga,
en que desciendas a la eterna noche
a acompañar mi soledad. ¡Aleje,
aleje el cielo tan fatal instante
y cada nuevo sol más despejado
el horizonte ensanche de tu vida!
Pero al fin ¿qué será, y encierra un siglo
el más largo durar de su carrera?
Sólo un pestañear, volviendo el rostro
verás tu muerte a tu nacer tocando.
¡Ay! a lo menos, pues el plazo es breve,
no, no le acortes suspirando ansiosa
por otro día, y sin cesar por otro;
porque es nunca vivir, es vivir muertes,
jugar este hoy por el mañana incierto.
Lejos, lejos de ti las ilusiones
que al mísero mortal le van llamando,
y las sigue, y se apartan, y engañosas
tendiéndole los brazos, le enajenan,
y le venden por fin, pues al sepulcro
le atraen, tropieza, cae, y ellas huyeron.
Lejos de ti las bárbaras pasiones
que en torbellinos de dolor arrastran
a los esclavos que las sirven ciegos,
y su fortuna de su mar confían.
¿Qué es la ambición, la vanidad, del oro
la frenética sed? ¿qué, los deseos
de una imaginación desenfrenada,
de un enfermo corazón? Errores,
y el error es un mal. ¿Quién en la tierra
fue dichoso jamás llorando males?
La razón, la razón: no hay otra senda
que a la alegre virtud pueda guiarte
y a la felicidad. Por ella fácil
tus deseos prudente moderando
aprenderás a despreciar el mundo,
la gloria y la opinión, preciando sólo
lo que inflexible la razón aprueba.
Así constante vivirás contigo,
vivirás para ti, y harás más larga
la próspera carrera de tus años,
porque al fin vivirás. ¡Oh cuál me gozo
al mirarte feliz en la grandeza
de tu alma pura! Superior al cieno
de este mundo infeliz, ni los desastres,
ni la persecución, ni los dolores
te podrán abatir; ni la fortuna
podrá mellar tu espíritu de bronce
con sus brillantes dones mentirosos.
¿Qué puede dar la mísera fortuna
que no posea quien felice goza
una sana razón? ¿y qué desgracias
ha de temer quien el mayor deseo
de una conciencia irreprensible y pura
dentro del corazón lleva escondido?
¡Oh Lorenza, Lorenza! ¡oh tierna amiga!
¡Adiós, adiós! Desde el dichoso instante
que allá en Pisuerga te juró mi pecho
una eterna amistad ¿falté por suerte,
falté, responde, a tu veraz cariño?
Siempre has vivido en mi memoria; siempre
ardió por ti mi corazón sincero;
siempre mis labios te dijeron finas
palabras de amistad; y eternamente
con mis consejos te probé y mis obras
la verdad de mi amor. Bajé al sepulcro,
y él conmigo también; aquí a tu Quero,
si es que un recuerdo para mí te queda,
por siempre encontrarás; de noche y día
y en todas partes te hablarán mis labios,
te hablarán la verdad. ¡Oh nunca apartes
tu oído de mi voz! Adiós, amiga,
adiós, adiós: la eternidad te espera».
506
Nicasio Álvarez de Cienfuegos
Oda El Rompimiento
¿Será, será que, osada,
¡oh Filis inconstante!,
quieras aún señorear, cual diosa,
mi mente avasallada?
Y yo, cual tierno infante
que, desvalido en su nutriz, reposa,
y ella es su amor primero,
toda su dicha, su universo entero,
¿cifraré mi ventura
en pender de tu pérfida hermosura?
En el silencio frío
de la noche callada,
al rayo incierto de la opaca luna
yo vi, yo vi a ese impío;
te vi, te vi abrazada
con ese amante de mejor fortuna;
tu acento fementido,
lleno de agravios, resonó en mi oído
cuando infiel prometías
la fe que me juraste en otros días.
Tú, que en su amor ahora
gozas, oh mi enemigo,
¡ay!, breve, breve llegará el momento
que en esa engañadora
llores. También testigo
fue ese jardín de mi feliz contento,
y murió en tus abrazos.
Húyela, que te miente, huye sus brazos,
de otra veraz te fía;
no te ama Filis, no, que toda es mía.
Es mía, yo la amaba,
yo la amo aún inconstante...
No la amo; la aborrezco... ¡La alevosa!
¡La pérfida! ¿Engañaba
al más sincero amante?
Tanta promesa y esperanza hermosa,
Filis, ¿dó están? ¿Qué has
hecho
de tanta fe como juró tu pecho
cuando amarme ofrecía,
¡cruel, cruel!, hasta el postrero día?
¿Por qué entonces callabas
los agudos pesares
que me guardaba tu querer tirano?
¿Sacrílega esperabas
profanar los altares
cubriendo tu deshonra con mi mano?
Jamás la augusta pompa
rio en mi fantasía. Rompa, rompa
la funeral cadena
que a tus bárbaras leyes me condena.
Caiga, caiga deshecho
el ídolo engañoso
que ante sus plantas me miró abatido.
Arroje ya mi pecho
error tan ponzoñoso,
y que odio sea cuanto amor ha sido.
¡Oh, si feliz tornara
el tiempo que voló! Jamás manchara
ese monstruo sangriento
ni aun mis oídos con su torpe aliento.
¡Bárbara! ¿Mereciste
verte jamás señora
del corazón que te entregué rendido?
Tú misma lo dijiste;
que, en cuanto Febo dora,
nadie supo querer cual yo he querido.
Y ¿cuál paga me has dado?
¡Ay, si me hubieras a la par amado
de mi pasión fogosa!
¡Si me amaras aún, ingrata hermosa!
Huye, esperanza vana;
huid, muertos amores;
Filis, eterno adiós. Cuando mirares
esa beldad tirana,
burlada de traidores;
cuando pruebes los bárbaros pesares
que a mí llorar me has hecho;
cuando, herido de amor tu infame pecho,
sólo piedad implore,
y eternamente ingratitudes llore;
llegó, llegó el instante
de mi fatal venganza.
De soledad y desamores llena,
siempre verás delante
esta aciaga mudanza;
escucharás mi voz que te condena;
y, en cruel remordimiento,
al despedir el postrimer aliento,
ya tarde arrepentida,
temblarás de mi imagen ofendida.
¡oh Filis inconstante!,
quieras aún señorear, cual diosa,
mi mente avasallada?
Y yo, cual tierno infante
que, desvalido en su nutriz, reposa,
y ella es su amor primero,
toda su dicha, su universo entero,
¿cifraré mi ventura
en pender de tu pérfida hermosura?
En el silencio frío
de la noche callada,
al rayo incierto de la opaca luna
yo vi, yo vi a ese impío;
te vi, te vi abrazada
con ese amante de mejor fortuna;
tu acento fementido,
lleno de agravios, resonó en mi oído
cuando infiel prometías
la fe que me juraste en otros días.
Tú, que en su amor ahora
gozas, oh mi enemigo,
¡ay!, breve, breve llegará el momento
que en esa engañadora
llores. También testigo
fue ese jardín de mi feliz contento,
y murió en tus abrazos.
Húyela, que te miente, huye sus brazos,
de otra veraz te fía;
no te ama Filis, no, que toda es mía.
Es mía, yo la amaba,
yo la amo aún inconstante...
No la amo; la aborrezco... ¡La alevosa!
¡La pérfida! ¿Engañaba
al más sincero amante?
Tanta promesa y esperanza hermosa,
Filis, ¿dó están? ¿Qué has
hecho
de tanta fe como juró tu pecho
cuando amarme ofrecía,
¡cruel, cruel!, hasta el postrero día?
¿Por qué entonces callabas
los agudos pesares
que me guardaba tu querer tirano?
¿Sacrílega esperabas
profanar los altares
cubriendo tu deshonra con mi mano?
Jamás la augusta pompa
rio en mi fantasía. Rompa, rompa
la funeral cadena
que a tus bárbaras leyes me condena.
Caiga, caiga deshecho
el ídolo engañoso
que ante sus plantas me miró abatido.
Arroje ya mi pecho
error tan ponzoñoso,
y que odio sea cuanto amor ha sido.
¡Oh, si feliz tornara
el tiempo que voló! Jamás manchara
ese monstruo sangriento
ni aun mis oídos con su torpe aliento.
¡Bárbara! ¿Mereciste
verte jamás señora
del corazón que te entregué rendido?
Tú misma lo dijiste;
que, en cuanto Febo dora,
nadie supo querer cual yo he querido.
Y ¿cuál paga me has dado?
¡Ay, si me hubieras a la par amado
de mi pasión fogosa!
¡Si me amaras aún, ingrata hermosa!
Huye, esperanza vana;
huid, muertos amores;
Filis, eterno adiós. Cuando mirares
esa beldad tirana,
burlada de traidores;
cuando pruebes los bárbaros pesares
que a mí llorar me has hecho;
cuando, herido de amor tu infame pecho,
sólo piedad implore,
y eternamente ingratitudes llore;
llegó, llegó el instante
de mi fatal venganza.
De soledad y desamores llena,
siempre verás delante
esta aciaga mudanza;
escucharás mi voz que te condena;
y, en cruel remordimiento,
al despedir el postrimer aliento,
ya tarde arrepentida,
temblarás de mi imagen ofendida.
549
Nicasio Álvarez de Cienfuegos
Oda El Rompimiento
¿Será, será que, osada,
¡oh Filis inconstante!,
quieras aún señorear, cual diosa,
mi mente avasallada?
Y yo, cual tierno infante
que, desvalido en su nutriz, reposa,
y ella es su amor primero,
toda su dicha, su universo entero,
¿cifraré mi ventura
en pender de tu pérfida hermosura?
En el silencio frío
de la noche callada,
al rayo incierto de la opaca luna
yo vi, yo vi a ese impío;
te vi, te vi abrazada
con ese amante de mejor fortuna;
tu acento fementido,
lleno de agravios, resonó en mi oído
cuando infiel prometías
la fe que me juraste en otros días.
Tú, que en su amor ahora
gozas, oh mi enemigo,
¡ay!, breve, breve llegará el momento
que en esa engañadora
llores. También testigo
fue ese jardín de mi feliz contento,
y murió en tus abrazos.
Húyela, que te miente, huye sus brazos,
de otra veraz te fía;
no te ama Filis, no, que toda es mía.
Es mía, yo la amaba,
yo la amo aún inconstante...
No la amo; la aborrezco... ¡La alevosa!
¡La pérfida! ¿Engañaba
al más sincero amante?
Tanta promesa y esperanza hermosa,
Filis, ¿dó están? ¿Qué has
hecho
de tanta fe como juró tu pecho
cuando amarme ofrecía,
¡cruel, cruel!, hasta el postrero día?
¿Por qué entonces callabas
los agudos pesares
que me guardaba tu querer tirano?
¿Sacrílega esperabas
profanar los altares
cubriendo tu deshonra con mi mano?
Jamás la augusta pompa
rio en mi fantasía. Rompa, rompa
la funeral cadena
que a tus bárbaras leyes me condena.
Caiga, caiga deshecho
el ídolo engañoso
que ante sus plantas me miró abatido.
Arroje ya mi pecho
error tan ponzoñoso,
y que odio sea cuanto amor ha sido.
¡Oh, si feliz tornara
el tiempo que voló! Jamás manchara
ese monstruo sangriento
ni aun mis oídos con su torpe aliento.
¡Bárbara! ¿Mereciste
verte jamás señora
del corazón que te entregué rendido?
Tú misma lo dijiste;
que, en cuanto Febo dora,
nadie supo querer cual yo he querido.
Y ¿cuál paga me has dado?
¡Ay, si me hubieras a la par amado
de mi pasión fogosa!
¡Si me amaras aún, ingrata hermosa!
Huye, esperanza vana;
huid, muertos amores;
Filis, eterno adiós. Cuando mirares
esa beldad tirana,
burlada de traidores;
cuando pruebes los bárbaros pesares
que a mí llorar me has hecho;
cuando, herido de amor tu infame pecho,
sólo piedad implore,
y eternamente ingratitudes llore;
llegó, llegó el instante
de mi fatal venganza.
De soledad y desamores llena,
siempre verás delante
esta aciaga mudanza;
escucharás mi voz que te condena;
y, en cruel remordimiento,
al despedir el postrimer aliento,
ya tarde arrepentida,
temblarás de mi imagen ofendida.
¡oh Filis inconstante!,
quieras aún señorear, cual diosa,
mi mente avasallada?
Y yo, cual tierno infante
que, desvalido en su nutriz, reposa,
y ella es su amor primero,
toda su dicha, su universo entero,
¿cifraré mi ventura
en pender de tu pérfida hermosura?
En el silencio frío
de la noche callada,
al rayo incierto de la opaca luna
yo vi, yo vi a ese impío;
te vi, te vi abrazada
con ese amante de mejor fortuna;
tu acento fementido,
lleno de agravios, resonó en mi oído
cuando infiel prometías
la fe que me juraste en otros días.
Tú, que en su amor ahora
gozas, oh mi enemigo,
¡ay!, breve, breve llegará el momento
que en esa engañadora
llores. También testigo
fue ese jardín de mi feliz contento,
y murió en tus abrazos.
Húyela, que te miente, huye sus brazos,
de otra veraz te fía;
no te ama Filis, no, que toda es mía.
Es mía, yo la amaba,
yo la amo aún inconstante...
No la amo; la aborrezco... ¡La alevosa!
¡La pérfida! ¿Engañaba
al más sincero amante?
Tanta promesa y esperanza hermosa,
Filis, ¿dó están? ¿Qué has
hecho
de tanta fe como juró tu pecho
cuando amarme ofrecía,
¡cruel, cruel!, hasta el postrero día?
¿Por qué entonces callabas
los agudos pesares
que me guardaba tu querer tirano?
¿Sacrílega esperabas
profanar los altares
cubriendo tu deshonra con mi mano?
Jamás la augusta pompa
rio en mi fantasía. Rompa, rompa
la funeral cadena
que a tus bárbaras leyes me condena.
Caiga, caiga deshecho
el ídolo engañoso
que ante sus plantas me miró abatido.
Arroje ya mi pecho
error tan ponzoñoso,
y que odio sea cuanto amor ha sido.
¡Oh, si feliz tornara
el tiempo que voló! Jamás manchara
ese monstruo sangriento
ni aun mis oídos con su torpe aliento.
¡Bárbara! ¿Mereciste
verte jamás señora
del corazón que te entregué rendido?
Tú misma lo dijiste;
que, en cuanto Febo dora,
nadie supo querer cual yo he querido.
Y ¿cuál paga me has dado?
¡Ay, si me hubieras a la par amado
de mi pasión fogosa!
¡Si me amaras aún, ingrata hermosa!
Huye, esperanza vana;
huid, muertos amores;
Filis, eterno adiós. Cuando mirares
esa beldad tirana,
burlada de traidores;
cuando pruebes los bárbaros pesares
que a mí llorar me has hecho;
cuando, herido de amor tu infame pecho,
sólo piedad implore,
y eternamente ingratitudes llore;
llegó, llegó el instante
de mi fatal venganza.
De soledad y desamores llena,
siempre verás delante
esta aciaga mudanza;
escucharás mi voz que te condena;
y, en cruel remordimiento,
al despedir el postrimer aliento,
ya tarde arrepentida,
temblarás de mi imagen ofendida.
549
Nicasio Álvarez de Cienfuegos
Romance El Túmulo
¿No ves, mi amor, entre el monte
y aquella sonora fuente,
un solitario sepulcro
sombreado de cipreses?
¿Y no ves que en torno vuelan,
desarmados y dolientes,
mil amorcitos, guiados
por el hijo de Citeres?
Pues en paz allí cerradas
descansan ya para siempre
las silenciosas cenizas
de dos que se amaron fieles.
Éramos niños nosotros
cuando Palemón y Asterie
llenaron estas comarcas
de sus cariños ardientes.
No hay olmo que, en su corteza,
pruebas de su amor no muestre;
Palemón, los unos dicen,
los otros claman Asterie.
Sus amorosas canciones
todo zagal las aprende;
no hay valle do no se canten,
ni monte do no resuenen.
Llegó su vejez, y hallolos
en paz, y amándose siempre;
y amáronse, y expiraron;
pero su amor permanece.
¿Te acuerdas, Filis, que un día,
simplecillos e inocentes,
los oímos requebrarse
detrás de aquellos laureles?
¡Cuántas caricias manaban
sus labios! ¡Cuántos placeres!
¡Cuánta eternidad de amores
juraba su pecho ardiente!
Al verlos, ¿te acuerdas, Filis,
oh, tan preciosas niñeces
volaron, que me dijiste,
deshojando unos claveles:
yo quiero amar; en creciendo,
serás Palemón, yo Asterie,
y juraremos, cual ellos,
amarnos hasta la muerte?
Mi Filis, mi bien, ¿qué esperas?
El tiempo de amar es éste;
los días rápidos huyen,
y la juventud no vuelve.
No tardes; ven al sepulcro
donde los pastores duermen
y, a su ejemplo, en él juremos
amarnos eternamente.
y aquella sonora fuente,
un solitario sepulcro
sombreado de cipreses?
¿Y no ves que en torno vuelan,
desarmados y dolientes,
mil amorcitos, guiados
por el hijo de Citeres?
Pues en paz allí cerradas
descansan ya para siempre
las silenciosas cenizas
de dos que se amaron fieles.
Éramos niños nosotros
cuando Palemón y Asterie
llenaron estas comarcas
de sus cariños ardientes.
No hay olmo que, en su corteza,
pruebas de su amor no muestre;
Palemón, los unos dicen,
los otros claman Asterie.
Sus amorosas canciones
todo zagal las aprende;
no hay valle do no se canten,
ni monte do no resuenen.
Llegó su vejez, y hallolos
en paz, y amándose siempre;
y amáronse, y expiraron;
pero su amor permanece.
¿Te acuerdas, Filis, que un día,
simplecillos e inocentes,
los oímos requebrarse
detrás de aquellos laureles?
¡Cuántas caricias manaban
sus labios! ¡Cuántos placeres!
¡Cuánta eternidad de amores
juraba su pecho ardiente!
Al verlos, ¿te acuerdas, Filis,
oh, tan preciosas niñeces
volaron, que me dijiste,
deshojando unos claveles:
yo quiero amar; en creciendo,
serás Palemón, yo Asterie,
y juraremos, cual ellos,
amarnos hasta la muerte?
Mi Filis, mi bien, ¿qué esperas?
El tiempo de amar es éste;
los días rápidos huyen,
y la juventud no vuelve.
No tardes; ven al sepulcro
donde los pastores duermen
y, a su ejemplo, en él juremos
amarnos eternamente.
570
Miguel de Unamuno
Leer, Leer, Leer, Vivir La Vida
Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros
soñaron.
Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron.
Se quedan las que quedan, las ficciones,
las flores de la pluma,
las solas, las humanas creaciones,
el poso de la espuma.
Leer, leer, leer; ¿seré lectura
mañana
también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que
pasó?
que otros
soñaron.
Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron.
Se quedan las que quedan, las ficciones,
las flores de la pluma,
las solas, las humanas creaciones,
el poso de la espuma.
Leer, leer, leer; ¿seré lectura
mañana
también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que
pasó?
1.312
Miguel de Unamuno
A Federico García Lorca
Español, español,
saca los pechos y ponte al sol!
Llévate a cuestas la casa;
el vivido es lo que pasa
y se queda el porvivir.
Mañana será otro día;
cada día su alegría
con su pena de sufrir.
Cada día su mañana
con la santísima gana
de cantar.
Quién nos quita lo vivido?
En el seno del olvido
el descanso de soñar!
saca los pechos y ponte al sol!
Llévate a cuestas la casa;
el vivido es lo que pasa
y se queda el porvivir.
Mañana será otro día;
cada día su alegría
con su pena de sufrir.
Cada día su mañana
con la santísima gana
de cantar.
Quién nos quita lo vivido?
En el seno del olvido
el descanso de soñar!
1.085
Miguel de Unamuno
A Federico García Lorca
Español, español,
saca los pechos y ponte al sol!
Llévate a cuestas la casa;
el vivido es lo que pasa
y se queda el porvivir.
Mañana será otro día;
cada día su alegría
con su pena de sufrir.
Cada día su mañana
con la santísima gana
de cantar.
Quién nos quita lo vivido?
En el seno del olvido
el descanso de soñar!
saca los pechos y ponte al sol!
Llévate a cuestas la casa;
el vivido es lo que pasa
y se queda el porvivir.
Mañana será otro día;
cada día su alegría
con su pena de sufrir.
Cada día su mañana
con la santísima gana
de cantar.
Quién nos quita lo vivido?
En el seno del olvido
el descanso de soñar!
1.085
Miguel de Unamuno
A Mi Buitre
Este buitre voraz de ceño torvo
que me devora las entrañas fiero
y es mi único constante compañero
labra mis penas con su pico corvo.
El día en que le toque el postrer sorbo
apurar de mi negra sangre, quiero
que me dejéis con él solo y señero
un momento, sin nadie como estorbo.
Pues quiero, triunfo haciendo mi agonía
mientras él mi último despojo traga,
sorprender en sus ojos la sombría
mirada al ver la suerte que le amaga
sin esta presa en que satisfacía
el hambre atroz que nunca se le apaga.
que me devora las entrañas fiero
y es mi único constante compañero
labra mis penas con su pico corvo.
El día en que le toque el postrer sorbo
apurar de mi negra sangre, quiero
que me dejéis con él solo y señero
un momento, sin nadie como estorbo.
Pues quiero, triunfo haciendo mi agonía
mientras él mi último despojo traga,
sorprender en sus ojos la sombría
mirada al ver la suerte que le amaga
sin esta presa en que satisfacía
el hambre atroz que nunca se le apaga.
1.035
Miguel de Unamuno
A Mi Buitre
Este buitre voraz de ceño torvo
que me devora las entrañas fiero
y es mi único constante compañero
labra mis penas con su pico corvo.
El día en que le toque el postrer sorbo
apurar de mi negra sangre, quiero
que me dejéis con él solo y señero
un momento, sin nadie como estorbo.
Pues quiero, triunfo haciendo mi agonía
mientras él mi último despojo traga,
sorprender en sus ojos la sombría
mirada al ver la suerte que le amaga
sin esta presa en que satisfacía
el hambre atroz que nunca se le apaga.
que me devora las entrañas fiero
y es mi único constante compañero
labra mis penas con su pico corvo.
El día en que le toque el postrer sorbo
apurar de mi negra sangre, quiero
que me dejéis con él solo y señero
un momento, sin nadie como estorbo.
Pues quiero, triunfo haciendo mi agonía
mientras él mi último despojo traga,
sorprender en sus ojos la sombría
mirada al ver la suerte que le amaga
sin esta presa en que satisfacía
el hambre atroz que nunca se le apaga.
1.035
Miguel de Unamuno
En Un Cementerio De Lugar Castellano
Te recitaba Bécquer... Golondrinas
refrescaban tus sienes al volar;
las mismas que, piadosas, hoy, Teresa,
sobre tu tierra vuelan sin cesar.
Las mismas que al Señor, de la corona
espinas le quitaron al azar;
las mismas que me arrancan las espinas
del corazón, que se me va a parar.
Golondrinas que vienen de tu campo
trayéndome recuerdos al pasar
y cuya sombra acarició la yerba
bajo que has ido al fin a descansar.
refrescaban tus sienes al volar;
las mismas que, piadosas, hoy, Teresa,
sobre tu tierra vuelan sin cesar.
Las mismas que al Señor, de la corona
espinas le quitaron al azar;
las mismas que me arrancan las espinas
del corazón, que se me va a parar.
Golondrinas que vienen de tu campo
trayéndome recuerdos al pasar
y cuya sombra acarició la yerba
bajo que has ido al fin a descansar.
849
Miguel de Unamuno
En Un Cementerio De Lugar Castellano
Corral de muertos, entre pobres tapias,
hechas también
de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz, en el desierto campo
señala tu destino.
Junto a esas tapias buscan el amparo
del hostigo del cierzo las ovejas
al pasar trashumantes en rebaño,
y en ellas rompen de la vana historia,
como las olas, los rumores vanos.
Como un islote en
junio,
te ciñe el
mar dorado
de las espigas que a la brisa ondean,
y canta sobre ti la alondra el canto
de la cosecha.
Cuando baja en la lluvia el cielo al campo
baja también sobre la santa hierba
donde la hoz no corta,
de tu rincón, ¡pobre corral de muertos!,
y sienten en sus huesos el reclamo
del riego de la vida.
Salvan tus cercas de mampuesto y barro
las aladas semillas,
o te las llevan con piedad los pájaros,
y crecen escondidas amapolas,
clavelinas, magarzas, brezos, cardos,
entre arrumbadas cruces,
no más que de las aves libres pasto.
Cavan tan sólo en tu maleza brava,
corral sagrado,
para de un alma que sufrió en el mundo
sembrar el grano;
luego sobre esa siembra
¡barbecho largo!
Cerca de ti el camino de los vivos,
no como tú, con tapias, no cercado,
por donde van y vienen,
ya riendo o llorando,
¡rompiendo con sus risas o sus lloros
el silencio inmortal de tu cercado!
Después que lento el sol tomó ya tierra,
y sube al cielo el páramo
a la hora del recuerdo,
al toque de oraciones y descanso,
la tosca cruz de piedra
de tus tapias de barro
queda, como un guardián que nunca duerme,
de la campiña el sueño vigilando.
No hay cruz sobre
la iglesia de los vivos,
en torno de la cual duerme el poblado;
la cruz, cual perro fiel, ampara el sueño
de los muertos al cielo acorralados.
¡Y desde el cielo de la noche, Cristo,
el Pastor Soberano,
con infinitos ojos centelleantes,
recuenta las ovejas del rebaño!
¡Pobre corral de muertos entre tapias
hechas del mismo barro,
sólo una cruz distingue tu destino
en la desierta soledad del campo!
hechas también
de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz, en el desierto campo
señala tu destino.
Junto a esas tapias buscan el amparo
del hostigo del cierzo las ovejas
al pasar trashumantes en rebaño,
y en ellas rompen de la vana historia,
como las olas, los rumores vanos.
Como un islote en
junio,
te ciñe el
mar dorado
de las espigas que a la brisa ondean,
y canta sobre ti la alondra el canto
de la cosecha.
Cuando baja en la lluvia el cielo al campo
baja también sobre la santa hierba
donde la hoz no corta,
de tu rincón, ¡pobre corral de muertos!,
y sienten en sus huesos el reclamo
del riego de la vida.
Salvan tus cercas de mampuesto y barro
las aladas semillas,
o te las llevan con piedad los pájaros,
y crecen escondidas amapolas,
clavelinas, magarzas, brezos, cardos,
entre arrumbadas cruces,
no más que de las aves libres pasto.
Cavan tan sólo en tu maleza brava,
corral sagrado,
para de un alma que sufrió en el mundo
sembrar el grano;
luego sobre esa siembra
¡barbecho largo!
Cerca de ti el camino de los vivos,
no como tú, con tapias, no cercado,
por donde van y vienen,
ya riendo o llorando,
¡rompiendo con sus risas o sus lloros
el silencio inmortal de tu cercado!
Después que lento el sol tomó ya tierra,
y sube al cielo el páramo
a la hora del recuerdo,
al toque de oraciones y descanso,
la tosca cruz de piedra
de tus tapias de barro
queda, como un guardián que nunca duerme,
de la campiña el sueño vigilando.
No hay cruz sobre
la iglesia de los vivos,
en torno de la cual duerme el poblado;
la cruz, cual perro fiel, ampara el sueño
de los muertos al cielo acorralados.
¡Y desde el cielo de la noche, Cristo,
el Pastor Soberano,
con infinitos ojos centelleantes,
recuenta las ovejas del rebaño!
¡Pobre corral de muertos entre tapias
hechas del mismo barro,
sólo una cruz distingue tu destino
en la desierta soledad del campo!
879
Miguel de Unamuno
La Oración Del Ateo
Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes
a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi ama endulzóme noches tristes.
¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande
para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes
a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi ama endulzóme noches tristes.
¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande
para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.
1.324
Miguel de Unamuno
La Oración Del Ateo
Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes
a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi ama endulzóme noches tristes.
¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande
para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes
a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi ama endulzóme noches tristes.
¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande
para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.
1.324
Miguel Rasch Isla
Eclipse
En medio a mis congojas, en mitad de mi hastío,
tu recuerdo lejano, tu recuerdo clemente,
vino, desde las sombras, a posarse en mi frente
y a decirme que aún vive nuestro amor, amor mío.
¡Perdóname! La culpa del injusto desvío
fue del hombre que sueña, no del hombre que siente.
Mira: puede en su rumbo desviarse la corriente
pero la imagen sigue reflejada en el río.
Tu recuerdo en mi alma se nubló como aquella
lumbre de los luceros que en la noche callada
se eclipsa si las nubes se detienen ante ella.
Mi olvido fue una nube que ya va de partida,
y tu amor es la estrella que un momento eclipsada
sigue irradiando inmóvil en lo azul de mi vida.
tu recuerdo lejano, tu recuerdo clemente,
vino, desde las sombras, a posarse en mi frente
y a decirme que aún vive nuestro amor, amor mío.
¡Perdóname! La culpa del injusto desvío
fue del hombre que sueña, no del hombre que siente.
Mira: puede en su rumbo desviarse la corriente
pero la imagen sigue reflejada en el río.
Tu recuerdo en mi alma se nubló como aquella
lumbre de los luceros que en la noche callada
se eclipsa si las nubes se detienen ante ella.
Mi olvido fue una nube que ya va de partida,
y tu amor es la estrella que un momento eclipsada
sigue irradiando inmóvil en lo azul de mi vida.
546
Miguel Rasch Isla
Eclipse
En medio a mis congojas, en mitad de mi hastío,
tu recuerdo lejano, tu recuerdo clemente,
vino, desde las sombras, a posarse en mi frente
y a decirme que aún vive nuestro amor, amor mío.
¡Perdóname! La culpa del injusto desvío
fue del hombre que sueña, no del hombre que siente.
Mira: puede en su rumbo desviarse la corriente
pero la imagen sigue reflejada en el río.
Tu recuerdo en mi alma se nubló como aquella
lumbre de los luceros que en la noche callada
se eclipsa si las nubes se detienen ante ella.
Mi olvido fue una nube que ya va de partida,
y tu amor es la estrella que un momento eclipsada
sigue irradiando inmóvil en lo azul de mi vida.
tu recuerdo lejano, tu recuerdo clemente,
vino, desde las sombras, a posarse en mi frente
y a decirme que aún vive nuestro amor, amor mío.
¡Perdóname! La culpa del injusto desvío
fue del hombre que sueña, no del hombre que siente.
Mira: puede en su rumbo desviarse la corriente
pero la imagen sigue reflejada en el río.
Tu recuerdo en mi alma se nubló como aquella
lumbre de los luceros que en la noche callada
se eclipsa si las nubes se detienen ante ella.
Mi olvido fue una nube que ya va de partida,
y tu amor es la estrella que un momento eclipsada
sigue irradiando inmóvil en lo azul de mi vida.
546
Marqués de Santillana
Canción
Recuérdate de mi vida,
pues que viste
mi partir e despedida
ser tan triste.
pues que viste
mi partir e despedida
ser tan triste.
536
Marilina Rébora
Khalil Gibrán
No es suficiente dar, ni dar con alegría;
ni tampoco es bastante dar con renunciamiento;
menos, dar con dolor, un poco cada día,
esperando de otros el reconocimiento.
Y no basta —siquiera— el dar por ser virtuoso,
aunque el alma egoísta, aleccionada, calle;
hay que dar, simplemente, como el mirto oloroso
que esparce, sin saberlo, su fragancia en el valle.
Más aún: es forzoso merecer ser donante,
que a través de esas manos diga Dios lo que piensa
y sonría dichoso detrás de la mirada.
El poeta oriental nos pone por delante
la sola realidad de la íntima conciencia,
testigos, como somos, sin ser dueños de nada.
ni tampoco es bastante dar con renunciamiento;
menos, dar con dolor, un poco cada día,
esperando de otros el reconocimiento.
Y no basta —siquiera— el dar por ser virtuoso,
aunque el alma egoísta, aleccionada, calle;
hay que dar, simplemente, como el mirto oloroso
que esparce, sin saberlo, su fragancia en el valle.
Más aún: es forzoso merecer ser donante,
que a través de esas manos diga Dios lo que piensa
y sonría dichoso detrás de la mirada.
El poeta oriental nos pone por delante
la sola realidad de la íntima conciencia,
testigos, como somos, sin ser dueños de nada.
752
Miguel Ramos Carrión
El Seminarista De Los Ojos Negros
Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.
Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.
Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.
Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.
En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.
Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.
La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...
el seminarista de los ojos negros.
Corriendo los años, pasó mucho tiempo...
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.
Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros...
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.
Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.
Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.
Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.
En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.
Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.
La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...
el seminarista de los ojos negros.
Corriendo los años, pasó mucho tiempo...
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.
Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros...
725
Miguel Ramos Carrión
El Seminarista De Los Ojos Negros
Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.
Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.
Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.
Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.
En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.
Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.
La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...
el seminarista de los ojos negros.
Corriendo los años, pasó mucho tiempo...
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.
Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros...
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.
Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.
Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.
Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.
En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.
Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.
La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...
el seminarista de los ojos negros.
Corriendo los años, pasó mucho tiempo...
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.
Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros...
725
Marilina Rébora
Paz Interior
Detrás de mis paredes, feliz a mi manera,
extraigo del azul la esencia de mi verso
y escribo entre las nubes —¡añorante quimera!—,
con las letras del alma, un vocablo disperso.
Ignorando el tropel que redobla en la acera,
extraña a la vorágine que rige el universo,
no turba mi interior el bullicio de afuera
y así conmigo misma, escribiendo, converso.
Pero en el corazón no puede haber engaño,
como dentro del alma no cabe la mentira—
que en solitaria paz nos vemos al desnudo,
sin vanidad ni orgullo, ajenos al cruel daño
de la simulación que hipócrita conspira—
y entonces a los cielos, para inspirarme, acudo.
extraigo del azul la esencia de mi verso
y escribo entre las nubes —¡añorante quimera!—,
con las letras del alma, un vocablo disperso.
Ignorando el tropel que redobla en la acera,
extraña a la vorágine que rige el universo,
no turba mi interior el bullicio de afuera
y así conmigo misma, escribiendo, converso.
Pero en el corazón no puede haber engaño,
como dentro del alma no cabe la mentira—
que en solitaria paz nos vemos al desnudo,
sin vanidad ni orgullo, ajenos al cruel daño
de la simulación que hipócrita conspira—
y entonces a los cielos, para inspirarme, acudo.
731
Marilina Rébora
No Le Hables De La Muerte
No le hables de la muerte, háblale de las flores,
de la aurora dorada y el ocaso de fuego,
del azul del océano y el arco de colores,
de los ríos de plata y el astro sin sosiego.
Cuéntale del amante los dichosos amores,
del reír de los niños eternamente en juego,
del canto del poeta y de los trovadores,
del que con fe suplica y hace escuchar su ruego.
Es criatura de amor: infúndele confianza,
que es menester salvarla de la melancolía,
guardarle para sí, indemne, la esperanza,
sin que sepa de angustias, dolor ni sufrimiento.
Sostenla, porque en su alma haya siempre alegría,
al cielo la mirada, el espíritu al viento.
de la aurora dorada y el ocaso de fuego,
del azul del océano y el arco de colores,
de los ríos de plata y el astro sin sosiego.
Cuéntale del amante los dichosos amores,
del reír de los niños eternamente en juego,
del canto del poeta y de los trovadores,
del que con fe suplica y hace escuchar su ruego.
Es criatura de amor: infúndele confianza,
que es menester salvarla de la melancolía,
guardarle para sí, indemne, la esperanza,
sin que sepa de angustias, dolor ni sufrimiento.
Sostenla, porque en su alma haya siempre alegría,
al cielo la mirada, el espíritu al viento.
782
Marilina Rébora
No Le Hables De La Muerte
No le hables de la muerte, háblale de las flores,
de la aurora dorada y el ocaso de fuego,
del azul del océano y el arco de colores,
de los ríos de plata y el astro sin sosiego.
Cuéntale del amante los dichosos amores,
del reír de los niños eternamente en juego,
del canto del poeta y de los trovadores,
del que con fe suplica y hace escuchar su ruego.
Es criatura de amor: infúndele confianza,
que es menester salvarla de la melancolía,
guardarle para sí, indemne, la esperanza,
sin que sepa de angustias, dolor ni sufrimiento.
Sostenla, porque en su alma haya siempre alegría,
al cielo la mirada, el espíritu al viento.
de la aurora dorada y el ocaso de fuego,
del azul del océano y el arco de colores,
de los ríos de plata y el astro sin sosiego.
Cuéntale del amante los dichosos amores,
del reír de los niños eternamente en juego,
del canto del poeta y de los trovadores,
del que con fe suplica y hace escuchar su ruego.
Es criatura de amor: infúndele confianza,
que es menester salvarla de la melancolía,
guardarle para sí, indemne, la esperanza,
sin que sepa de angustias, dolor ni sufrimiento.
Sostenla, porque en su alma haya siempre alegría,
al cielo la mirada, el espíritu al viento.
782
Marilina Rébora
Incomprensión
No comprendes, amor, cuál es mi sentimiento;
en vano lo traduzco y en vano te lo explico.
A veces me parece que ha llegado el momento
de aclarártelo igual que obramos con un chico.
No comprendes, amor, que todo lo que siento
—y en esto, ya lo sabes, ni dudo ni claudico—
es amor, todo amor, el dulce pensamiento
que instante por instante, por siempre te dedico.
Y... ¿comprendes ahora? Te quiero simplemente,
como si mi destino ya lo hubiese dispuesto
que nuestros corazones palpitaran iguales.
Es toda mi alegría el reposar la frente
sobre tu hombro, amor mío, ya que sólo con esto,
feliz, siento el resguardo de peligros y males.
en vano lo traduzco y en vano te lo explico.
A veces me parece que ha llegado el momento
de aclarártelo igual que obramos con un chico.
No comprendes, amor, que todo lo que siento
—y en esto, ya lo sabes, ni dudo ni claudico—
es amor, todo amor, el dulce pensamiento
que instante por instante, por siempre te dedico.
Y... ¿comprendes ahora? Te quiero simplemente,
como si mi destino ya lo hubiese dispuesto
que nuestros corazones palpitaran iguales.
Es toda mi alegría el reposar la frente
sobre tu hombro, amor mío, ya que sólo con esto,
feliz, siento el resguardo de peligros y males.
911
Marilina Rébora
Consolación
¿Quién habló de que un día hubiera de perderte?
¿Quién dijo que tu sombra, al fin, quedará quieta?
¿Es que ignoras acaso lo que aprendió a quererte
el alma ennoblecida de ternura secreta?
Un amor que es amor no termina en la muerte,
pues no tiene principio ni término ni meta;
sometido al don mágico que todo lo convierte,
y todo lo transforma, y todo lo interpreta.
Teniéndote a mi lado, la vida es vida-vida,
pero sin ti transcurre en tiempo de amarguras;
mi lámpara no arde, ¿a qué estar encendida?
y en el balcón el viento siempre gime por triste,
que a tientas tras tu imagen, por voluntad a oscuras,
en tu recuerdo sólo, el corazón subsiste.
¿Quién dijo que tu sombra, al fin, quedará quieta?
¿Es que ignoras acaso lo que aprendió a quererte
el alma ennoblecida de ternura secreta?
Un amor que es amor no termina en la muerte,
pues no tiene principio ni término ni meta;
sometido al don mágico que todo lo convierte,
y todo lo transforma, y todo lo interpreta.
Teniéndote a mi lado, la vida es vida-vida,
pero sin ti transcurre en tiempo de amarguras;
mi lámpara no arde, ¿a qué estar encendida?
y en el balcón el viento siempre gime por triste,
que a tientas tras tu imagen, por voluntad a oscuras,
en tu recuerdo sólo, el corazón subsiste.
750