Poemas en este tema
Otros
Manuel José Quintana
A Don Nicasio Cienfuegos, Convidándole A Gozar Del Campo
Tú, a quien el cielo con benignos ojos
miró desde el nacer; tú, en cuyo pecho
imprimió la virtud, y en larga mano
el don divino de pintarla diera,
Nicasio respetable, ¿por qué tardas,
y a la amistad que ansiosa te desea
no te abandonas? De enlazados ramos
espacioso dosel ora me ampara
del crudo ardor del polvoroso estío,
y los inquietos céfiros, vagando
en dulce fresco, en movimiento y vida,
los senos bañan del jardín. Mi mente
desalada entretanto hacia ti vuela;
vuela hacia ti, que a tu pesar sumido
en ese abismo pestilente y ciego,
los campos y las selvas solitarias
buscas, y aún dudas, y a gozar te niegas
placer tan puro y celestial conmigo.
¡Oh! No tardes, no tardes: bien tus pasos
lleves al bosque oculto, bien la vista
tiendas alegre en la abundosa vega,
o la dulce corriente te embelese
del río encantador; todo te llama
con delicioso afán, todo convida
tu enérgico pincel. No aquí ambiciosa
Natura ansiara desplegar su inmenso
poder, y ornada en majestad sublime,
nuestra vista asombrar: guardó el espanto,
guardó el terrible horror allá do esconde
su frente el Apenino entre las nubes.
Cúbrenle en torno las eternas nieves
que en vano bate el sol: si el viento suena
es proceloso el austro, en cuyas alas
retumba el trueno; entonces los torrentes
bajan furiosos a asolar los valles.
¿Qué es allí el hombre? Estremecido y solo,
atónito se para, y no cabiendo
impresión tan soberbia en sus sentidos,
al mudo pasmo y confusión se entrega.
Graciosa, empero, aquí, dulce, apacible,
sus dones todos liberal reparte
Naturaleza, y con placer se ríe.
Tal la beldad en su primer oriente,
de gracias sólo y suavidad bañada,
suele más tierna embelesar los ojos
y el corazón herir. Nicasio, el mío
más amó siempre que admiró. Doquiera
ternura aquí y amor. ¡Oh cuántas veces,
cuántas, mirando las sociales vides
enlazarse a los olmos, y lozanas
entre los ramos de su verde apoyo
sus hojas ostentar y alegre fruto,
en dulce llanto se bañó mi pecho!
¡Cuántas pavesas del incendio antiguo
plácidas se avivaron! Los suspiros,
las ansias tiernas, la inquietud dichosa,
las delicias inmensas que algún día
me inundaron, ¡ay, Dios!, y acaso huyeron
para nunca volver, todas volaron,
todas a un tiempo con igual ternura
me asaltaron allí: si desparece
y huye el amor, a la memoria acuden
padre, hermanos y amigos, y en un punto
afectos mil que a penetrar mi seno
aquel boscaje solitario inspira,
y absorto y melancólico me llevan.
Lejos allá su placentero ruido
la brillante cascada precipita
por el senoso peñascal, adonde
su curso rompe murmurando el río.
Corro y le miro, ¡oh, qué placer!, furioso
del dique opuesto a su violencia en vano
clamoroso agitarse, alzar la espalda,
luchar, vencer, hervir, y en alba espuma
deshecho y raudo arrebatarse al llano.
Vaga la vista entre los dulces juegos
que mil y mil con variedad graciosa
mágica el agua a su mirar presenta.
Bañan en ella sus sedientas alas
los apacibles céfiros, y llenos
de su grato frescor, ea vuelo alegre
van a esparcirla a la tendida vega;
mientras en dulce gratitud riendo,
la dócil caña, el intratable espino
y el álamo gentil, en la ribera
sus ramos tienden a besar las ondas.
Ondas preciosas que el colono activo
supo en raudales dividir, y en ellos
llevar la vida y la abundancia al campo.
Siquiera el cielo en su rigor se obstine
en negar el vivífico rocío,
don de las nubes, los endebles diques
rompe seguro el rústico, y al punto
vieras la tierra que inundada embebe
el cristalino humor; y fuerzas nuevas
con él cobrando, engalanar su frente
un fruto y otro fruto, y cien tras ellos.
Así la vista por do quier se baña
en verdura eternal; así Pomona
tiende su manto, y pródiga derrama
del almo cuerno el celestial tesoro.
¿Qué mucho si su templo delicioso
le plugo aquí sentar, y aquí adorada
del hombre ser? Todo la acata. El río,
en dos partido, con ardor la ciñe,
y ella en sus brazos y en su amor se goza.
Yo allí, mientras los árboles se mecen
al son del viento, en tanto que a sus hombros
sube contento las opimas cargas
el hortelano, y las zagalas ríen
en trises alegre y bullicioso juego,
llego al altar de la deidad que en medio
reina ostentando su silvestre pompa,
y a reverencia y religión me inclina.
¡Árboles prodigiosos! ¡Cuál la mente
que así os quiso agrupar? ¿Cuál fue la mano
que así os plantó? De majestad vestido
el añoso nogal, su cima alzando,
hasta la cumbre del Olimpo alcanza;
sube, y en su ambición tiende los brazos
lejos de sí, cual si ocupar con ellos
de la esfera los ámbitos quisiera;
y eternos a par de él, y a par sublimes,
seis lúgubres cipreses los lujosos
ramos le cercan, y en su faz sombría
la luz quebrantan del ardor febeo.
¡Oh, delicias! ¡Oh, magia! ¡Oh, cómo hundida
bajo esta hermosa bóveda se lleva
la mente a meditar! ¡Cuál se engrandecen
sus pensamientos! Y a la par mirados,
¡cuán breve el hombre, y su poder, su gloria,
toda su pompa! ¡Oh, qué de veces vieron
de su opulento dueño aquestos troncos
la afanosa inquietud! ¡Cuántas en vano
con su grato silencio le brindaban
al reposo, a la paz; y él orgulloso
en pos del mando y la ambición corría!
¡Qué de delitos no abortó el insano
para saciar su ardor! Bañose en sangre,
domó la tierra, y ¿qué logró? Estas plantas
le vieron perecer, y ellas quedaron:
quedaron a esparcir sus ramos bellos
sobre mí, que inclinado y reverente
canto su gloria, y vivirán: testigos
serán, ¡ay!, de mi fin cuando a su ocaso
llegue el aliento de mi endeble vida.
Todo al tiempo sucumbe: ellas un día,
ellas también... ¡Ah, bárbaro! Repara
la inclemente segur; muévante al menos
su sacro horror, su venerable sombra,
su augusta ancianidad. Pudo hasta entonces
respetarlas el tiempo, ¿y tú atrevido
su hojosa copa abatirás? Detente,
detente, y no en un punto así destruyas
la gloria del verjel. Nogal frondoso,
altos y melancólicos cipreses,
para siempre vivid, y que el ingrato
cuya mano sacrílega se atreva
vuestros troncos a herir, jamás encuentre
sombra refrigerante en el estío
cuando le hostigue el sol; nunca reposo,
nunca halle paz, y de su injusto pecho
huya por siempre la inocencia amable
que en el campo y los árboles se abriga.
Lejos, empero, de la frente mía
tan lúgubre pensar. Adiós, cipreses,
Pomona, adiós: los álamos del bosque
ya con su dulce amenidad me llaman.
Salve, repuesto valle; el sol ardiente
me hirió al venir, y fatigado el pecho
late anhelante, y con dolor respira.
Acógeme en tu seno; que tu yerba
verde, abundosa, a mis cansados miembros
sirva de alfombra; que el murmullo blando
del grato arroyo en agradable sueño
me envuelva y me regale, y que sacuda
Favonio en tanto el delicioso néctar
de su frescura, y mi sudor enjugue.
¡Ah! Que ni aquí del velador cuidado
el tósigo alcanzó, ni las espinas
del miedo agitador su punta emplean.
Todo es sosiego: al despertar, las aves
con su armónico acento en mis oídos
los ecos llevan del placer; las auras,
árboles, cielo y arroyuelo y prado,
todo me halaga y a mi vista ríe,
mientras la fuente retirada y pura
me ofrece el cáliz de sus ondas frías
a mitigar mi sed; y yo, embebido
con himnos mil, en mi delirio ciego
a sus graciosas Náyades imploro.
¡Oh Gesner! ¿dónde estás? Tú, a quien
desnuda,
llena de gracia y de inmortal belleza
Natura se mostró; tú, que inspirado
fuiste de la virtud; tú, que en las selvas
la paz y la inocencia y los amores
tan dulcemente resonar hacías.
¡Divino Gesner!, ven; lleva mis pasos
y enséñame a gozar. Contempla el suelo
cuál nuestra planta engaña, y cuán hermoso
se hunde aquí, se alza allá, forma ora un llano,
después un seno; a la alameda vuelve
la vista embelesada, y mira en ella
las gracias revolar; ve la ternura
con que al abrigo del robusto padre,
del recio invierno y rigoroso estío
los pequeñuelos árboles se amparan.
Pregunta al blando céfiro, que vuela
en sus copas dulcísimas moviendo
los sones del amor, cuántas zagalas
asaltó aquí festivo, y cuántas veces,
de su recato virginal burlando,
besó su frente y se empapó en su seno.
Pídele los tiernísimos suspiros
que llevados en él, por esta selva
andan vagando, y las querellas tristes
que el eco sordamente repetía.
Dímelo, ¡oh dulce fuente! Así tu curso
siempre abundante y puro, coronado
eternamente de verdor se vea;
las veces di que el amador inquieto
sus ansias vino a consultar contigo.
Aquí, en tus verdes márgenes sentado,
tal vez se vio de la beldad que ansiaba
gratamente acogido, y tal vez ella,
tímida, tierna, de rubor teñida,
le declaró su amor, y de sus ojos
se escapó alguna lágrima que en vano
luchó por contener; allá más lejos,
dentro de aquella gruta solitaria
que guarda el olmo en cavidad sombría,
¡quién sabe si el placer!... ¡Oh, ameno valle!
No tenías, no, que a revelar se atreva
mi lengua tus misterios silenciosos;
basta la envidia en que encender me siento,
basta el encanto en que tu amor me inunda.
¿Y tú tardas, Nicasio? ¿Y con tan puros,
tan mágicos placeres te convida
el campo, y tú le esquivas? Corre, vuela,
antes que el año en su incansable curso
lleve al verano y al verdor consigo.
Cuidadoso el jardín te guarda flores;
ven a gozarlas: si se agosta alguna,
yo con los ojos del dolor la sigo,
y pienso en ti, que su esperanza engañas.
Huye con pie veloz esos lugares,
digna morada de los tigres fieros
que los habitan, do respiran sólo
el negro horror que en sus entrañas ceban;
de donde huyó el sosiego, huyó por siempre
la dulce confianza; el pensamiento,
de la opresión sacrílega amagado,
no se atreve a romper el claustro oscuro
en que le hundió el temor; y las palabras,
cuando son de virtud, sordas, temblando,
doquier hallar con la maldad recelan.
¡Oh, pechos sin virtud! Jamás preciaron
los campos y las selvas que enmudecen
cuando sus plantas con desdén las huellan.
Sí, que el sublime y celestial lenguaje
de Natura entender sólo fue dado
a la inocente sencillez, y en ellos
los vicios viles y execrables moran
de esclavos a tiranos. Dulce amigo,
húyelos, y rendido a mis plegarias
ven a acogerte a mi apacible asilo.
Los árboles no venden, los arroyos
no aprenden a mentir; sereno el aire,
sereno el cielo, a respirar te brindan
en grata libertad; aquí segura
podrá tu mente en sus grandiosas alas
el vuelo descoger, ora en los valles
perderaste embebido, ora sonando
tu lira de oro, invocarás las Musas,
y las Musas vendrán; ellas amigas
del campo siempre y soledad han sido.
Y en tanto que suspensa, embelesada,
la esfera atienda a tu sublime canto,
yo, templando la cítara a tu ejemplo,
mi humilde acento ensayaré contigo.
miró desde el nacer; tú, en cuyo pecho
imprimió la virtud, y en larga mano
el don divino de pintarla diera,
Nicasio respetable, ¿por qué tardas,
y a la amistad que ansiosa te desea
no te abandonas? De enlazados ramos
espacioso dosel ora me ampara
del crudo ardor del polvoroso estío,
y los inquietos céfiros, vagando
en dulce fresco, en movimiento y vida,
los senos bañan del jardín. Mi mente
desalada entretanto hacia ti vuela;
vuela hacia ti, que a tu pesar sumido
en ese abismo pestilente y ciego,
los campos y las selvas solitarias
buscas, y aún dudas, y a gozar te niegas
placer tan puro y celestial conmigo.
¡Oh! No tardes, no tardes: bien tus pasos
lleves al bosque oculto, bien la vista
tiendas alegre en la abundosa vega,
o la dulce corriente te embelese
del río encantador; todo te llama
con delicioso afán, todo convida
tu enérgico pincel. No aquí ambiciosa
Natura ansiara desplegar su inmenso
poder, y ornada en majestad sublime,
nuestra vista asombrar: guardó el espanto,
guardó el terrible horror allá do esconde
su frente el Apenino entre las nubes.
Cúbrenle en torno las eternas nieves
que en vano bate el sol: si el viento suena
es proceloso el austro, en cuyas alas
retumba el trueno; entonces los torrentes
bajan furiosos a asolar los valles.
¿Qué es allí el hombre? Estremecido y solo,
atónito se para, y no cabiendo
impresión tan soberbia en sus sentidos,
al mudo pasmo y confusión se entrega.
Graciosa, empero, aquí, dulce, apacible,
sus dones todos liberal reparte
Naturaleza, y con placer se ríe.
Tal la beldad en su primer oriente,
de gracias sólo y suavidad bañada,
suele más tierna embelesar los ojos
y el corazón herir. Nicasio, el mío
más amó siempre que admiró. Doquiera
ternura aquí y amor. ¡Oh cuántas veces,
cuántas, mirando las sociales vides
enlazarse a los olmos, y lozanas
entre los ramos de su verde apoyo
sus hojas ostentar y alegre fruto,
en dulce llanto se bañó mi pecho!
¡Cuántas pavesas del incendio antiguo
plácidas se avivaron! Los suspiros,
las ansias tiernas, la inquietud dichosa,
las delicias inmensas que algún día
me inundaron, ¡ay, Dios!, y acaso huyeron
para nunca volver, todas volaron,
todas a un tiempo con igual ternura
me asaltaron allí: si desparece
y huye el amor, a la memoria acuden
padre, hermanos y amigos, y en un punto
afectos mil que a penetrar mi seno
aquel boscaje solitario inspira,
y absorto y melancólico me llevan.
Lejos allá su placentero ruido
la brillante cascada precipita
por el senoso peñascal, adonde
su curso rompe murmurando el río.
Corro y le miro, ¡oh, qué placer!, furioso
del dique opuesto a su violencia en vano
clamoroso agitarse, alzar la espalda,
luchar, vencer, hervir, y en alba espuma
deshecho y raudo arrebatarse al llano.
Vaga la vista entre los dulces juegos
que mil y mil con variedad graciosa
mágica el agua a su mirar presenta.
Bañan en ella sus sedientas alas
los apacibles céfiros, y llenos
de su grato frescor, ea vuelo alegre
van a esparcirla a la tendida vega;
mientras en dulce gratitud riendo,
la dócil caña, el intratable espino
y el álamo gentil, en la ribera
sus ramos tienden a besar las ondas.
Ondas preciosas que el colono activo
supo en raudales dividir, y en ellos
llevar la vida y la abundancia al campo.
Siquiera el cielo en su rigor se obstine
en negar el vivífico rocío,
don de las nubes, los endebles diques
rompe seguro el rústico, y al punto
vieras la tierra que inundada embebe
el cristalino humor; y fuerzas nuevas
con él cobrando, engalanar su frente
un fruto y otro fruto, y cien tras ellos.
Así la vista por do quier se baña
en verdura eternal; así Pomona
tiende su manto, y pródiga derrama
del almo cuerno el celestial tesoro.
¿Qué mucho si su templo delicioso
le plugo aquí sentar, y aquí adorada
del hombre ser? Todo la acata. El río,
en dos partido, con ardor la ciñe,
y ella en sus brazos y en su amor se goza.
Yo allí, mientras los árboles se mecen
al son del viento, en tanto que a sus hombros
sube contento las opimas cargas
el hortelano, y las zagalas ríen
en trises alegre y bullicioso juego,
llego al altar de la deidad que en medio
reina ostentando su silvestre pompa,
y a reverencia y religión me inclina.
¡Árboles prodigiosos! ¡Cuál la mente
que así os quiso agrupar? ¿Cuál fue la mano
que así os plantó? De majestad vestido
el añoso nogal, su cima alzando,
hasta la cumbre del Olimpo alcanza;
sube, y en su ambición tiende los brazos
lejos de sí, cual si ocupar con ellos
de la esfera los ámbitos quisiera;
y eternos a par de él, y a par sublimes,
seis lúgubres cipreses los lujosos
ramos le cercan, y en su faz sombría
la luz quebrantan del ardor febeo.
¡Oh, delicias! ¡Oh, magia! ¡Oh, cómo hundida
bajo esta hermosa bóveda se lleva
la mente a meditar! ¡Cuál se engrandecen
sus pensamientos! Y a la par mirados,
¡cuán breve el hombre, y su poder, su gloria,
toda su pompa! ¡Oh, qué de veces vieron
de su opulento dueño aquestos troncos
la afanosa inquietud! ¡Cuántas en vano
con su grato silencio le brindaban
al reposo, a la paz; y él orgulloso
en pos del mando y la ambición corría!
¡Qué de delitos no abortó el insano
para saciar su ardor! Bañose en sangre,
domó la tierra, y ¿qué logró? Estas plantas
le vieron perecer, y ellas quedaron:
quedaron a esparcir sus ramos bellos
sobre mí, que inclinado y reverente
canto su gloria, y vivirán: testigos
serán, ¡ay!, de mi fin cuando a su ocaso
llegue el aliento de mi endeble vida.
Todo al tiempo sucumbe: ellas un día,
ellas también... ¡Ah, bárbaro! Repara
la inclemente segur; muévante al menos
su sacro horror, su venerable sombra,
su augusta ancianidad. Pudo hasta entonces
respetarlas el tiempo, ¿y tú atrevido
su hojosa copa abatirás? Detente,
detente, y no en un punto así destruyas
la gloria del verjel. Nogal frondoso,
altos y melancólicos cipreses,
para siempre vivid, y que el ingrato
cuya mano sacrílega se atreva
vuestros troncos a herir, jamás encuentre
sombra refrigerante en el estío
cuando le hostigue el sol; nunca reposo,
nunca halle paz, y de su injusto pecho
huya por siempre la inocencia amable
que en el campo y los árboles se abriga.
Lejos, empero, de la frente mía
tan lúgubre pensar. Adiós, cipreses,
Pomona, adiós: los álamos del bosque
ya con su dulce amenidad me llaman.
Salve, repuesto valle; el sol ardiente
me hirió al venir, y fatigado el pecho
late anhelante, y con dolor respira.
Acógeme en tu seno; que tu yerba
verde, abundosa, a mis cansados miembros
sirva de alfombra; que el murmullo blando
del grato arroyo en agradable sueño
me envuelva y me regale, y que sacuda
Favonio en tanto el delicioso néctar
de su frescura, y mi sudor enjugue.
¡Ah! Que ni aquí del velador cuidado
el tósigo alcanzó, ni las espinas
del miedo agitador su punta emplean.
Todo es sosiego: al despertar, las aves
con su armónico acento en mis oídos
los ecos llevan del placer; las auras,
árboles, cielo y arroyuelo y prado,
todo me halaga y a mi vista ríe,
mientras la fuente retirada y pura
me ofrece el cáliz de sus ondas frías
a mitigar mi sed; y yo, embebido
con himnos mil, en mi delirio ciego
a sus graciosas Náyades imploro.
¡Oh Gesner! ¿dónde estás? Tú, a quien
desnuda,
llena de gracia y de inmortal belleza
Natura se mostró; tú, que inspirado
fuiste de la virtud; tú, que en las selvas
la paz y la inocencia y los amores
tan dulcemente resonar hacías.
¡Divino Gesner!, ven; lleva mis pasos
y enséñame a gozar. Contempla el suelo
cuál nuestra planta engaña, y cuán hermoso
se hunde aquí, se alza allá, forma ora un llano,
después un seno; a la alameda vuelve
la vista embelesada, y mira en ella
las gracias revolar; ve la ternura
con que al abrigo del robusto padre,
del recio invierno y rigoroso estío
los pequeñuelos árboles se amparan.
Pregunta al blando céfiro, que vuela
en sus copas dulcísimas moviendo
los sones del amor, cuántas zagalas
asaltó aquí festivo, y cuántas veces,
de su recato virginal burlando,
besó su frente y se empapó en su seno.
Pídele los tiernísimos suspiros
que llevados en él, por esta selva
andan vagando, y las querellas tristes
que el eco sordamente repetía.
Dímelo, ¡oh dulce fuente! Así tu curso
siempre abundante y puro, coronado
eternamente de verdor se vea;
las veces di que el amador inquieto
sus ansias vino a consultar contigo.
Aquí, en tus verdes márgenes sentado,
tal vez se vio de la beldad que ansiaba
gratamente acogido, y tal vez ella,
tímida, tierna, de rubor teñida,
le declaró su amor, y de sus ojos
se escapó alguna lágrima que en vano
luchó por contener; allá más lejos,
dentro de aquella gruta solitaria
que guarda el olmo en cavidad sombría,
¡quién sabe si el placer!... ¡Oh, ameno valle!
No tenías, no, que a revelar se atreva
mi lengua tus misterios silenciosos;
basta la envidia en que encender me siento,
basta el encanto en que tu amor me inunda.
¿Y tú tardas, Nicasio? ¿Y con tan puros,
tan mágicos placeres te convida
el campo, y tú le esquivas? Corre, vuela,
antes que el año en su incansable curso
lleve al verano y al verdor consigo.
Cuidadoso el jardín te guarda flores;
ven a gozarlas: si se agosta alguna,
yo con los ojos del dolor la sigo,
y pienso en ti, que su esperanza engañas.
Huye con pie veloz esos lugares,
digna morada de los tigres fieros
que los habitan, do respiran sólo
el negro horror que en sus entrañas ceban;
de donde huyó el sosiego, huyó por siempre
la dulce confianza; el pensamiento,
de la opresión sacrílega amagado,
no se atreve a romper el claustro oscuro
en que le hundió el temor; y las palabras,
cuando son de virtud, sordas, temblando,
doquier hallar con la maldad recelan.
¡Oh, pechos sin virtud! Jamás preciaron
los campos y las selvas que enmudecen
cuando sus plantas con desdén las huellan.
Sí, que el sublime y celestial lenguaje
de Natura entender sólo fue dado
a la inocente sencillez, y en ellos
los vicios viles y execrables moran
de esclavos a tiranos. Dulce amigo,
húyelos, y rendido a mis plegarias
ven a acogerte a mi apacible asilo.
Los árboles no venden, los arroyos
no aprenden a mentir; sereno el aire,
sereno el cielo, a respirar te brindan
en grata libertad; aquí segura
podrá tu mente en sus grandiosas alas
el vuelo descoger, ora en los valles
perderaste embebido, ora sonando
tu lira de oro, invocarás las Musas,
y las Musas vendrán; ellas amigas
del campo siempre y soledad han sido.
Y en tanto que suspensa, embelesada,
la esfera atienda a tu sublime canto,
yo, templando la cítara a tu ejemplo,
mi humilde acento ensayaré contigo.
438
Manuel José Quintana
A La Paz Entre España Y Francia En 1795
Dos lustros ya de plácido sosiego
Sobre el regazo de la paz hermosa
Gozado el mundo había;
Y adormecido el fuego
De la discordia atroz, la espada ociosa
Entre el polvo y orín se consumía.
Nada turbó las cándidas auroras
De tan dulce quietud; logró en su asilo
El labrador tranquilo
Ver coronadas de su afán las horas.
Más sangre y fuego respirando viene
Con violento ademán Mavorte fiero,
Y a la cumbre escarpada
De la antigua Pirene
Sube ardiendo en furor; cruje el acero,
De su carro espantoso, y empuñada
La mortífera lanza que blandea,
Mueve sañudo la execrable frente,
Y en su rabia impaciente
Cebarse en llanto y mortandad desea.
Tronó su voz; al escucharla entonces
El suelo en luto y en pavor gemía
Destrozado, oprimido
Con los enormes bronces,
Vio la flor de la Hesperia que corría
De la bélica trompa al gran sonido.
¡Míseros! id donde el honor os lleva,
Ardiendo en ansia de funesta gloria;
Volad a la victoria,
Y haced de vuestro aliento heroica prueba
¿Qué lograréis? El monstruo abominable
De vuestra insana ceguedad riendo,
Da la señal; ya sube
Del cañón formidable,
Al cielo vuestros crímenes diciendo,
De fuego y humo la ondeante nube.
Retumba el aire, y pavoroso esconde
Los gritos, el terror, el triste estrago;
El amago al amago,
La cólera a la cólera responde,
Muerte horrible a la muerte. Así espantoso
Bate las altas cimas de Apenino
El Aquilón sañudo;
A su ímpetu fragoso
El cedro añoso y el soberbio pino,
Sin encontrar a su defensa escudo,
Caen; y el hondo valle estremeciendo,
Por los ecos alígeros llevado,
Asorda dilatado
De caverna en caverna el ronco estruendo.
Y en medio de la lucha fulminante
Es el furor tan bárbaro y tan ciego,
Que ni la tierna esposa
Ni la afligida amante
Templar podrán de la contienda el fuego
Con su memoria tierna y dolorosa.
Todo cae, agoniza; ¡hombres crueles!
Y acaso aspiran a dorar su estrago
Con el falaz halago
Del carro triunfador y sus laureles.
Mas no; junto a la rueda sanguinaria
Van la viudez y la orfandad que lloran.
Monarcas de la tierra,
¿La mísera plegaria
No escucháis de los pueblos que os imploran?
Poned, poned un término a la guerra;
Y si el rayo, el relámpago y el trueno
Vuestro poder mostraron a porfía,
Ya es bien que luzca un día,
Debido a vuestra unión, dulce y sereno.
Le dais por fin; a vuestra voz levanta
En el aire la paz de su alma oliva
La bienhechora rama.
¿No veis cuál se adelanta
A aplaudiros la tierra, y cuán festiva
Bendice vuestro nombre y os aclama?
¡Salud, divina paz! Eterna amiga
De la vida y del bien, ven, y en contento
Convierte el desaliento,
Y en sosiego apacible la fatiga.
Ven, y que la amistad, que la preciada
Virtud prodiguen sus inmensos bienes:
En esto ¡oh Diosa! emplea
Tu protección sagrada.
Tú fecundas el mundo y le sostienes,
Tú le das ornamento y se hermosea;
Bajo la sombra de tu augusto velo
Las artes viven en concierto amigo,
Y seguro contigo,
El Genio extiende su brillante vuelo.
A ti en los templos el incienso humea,
A ti las musas su divino acento
Sonoramente envían;
Y en cuanto el mar rodea,
En cuanto ilustra el sol y gira el viento,
De ti sola su bien los pueblos fían.
¡Ah! Maldición eterna al inhumano
Que, profanando la quietud del suelo,
Muestre en bárbaro anhelo
Ardiendo el hierro en su homicida mano!
¡Maldición, maldición! Corren veloces
Los ríos a la mar; nosotros ciegos
Al crimen y a la muerte
Nos llevamos feroces,
Sin atender a los humildes ruegos
De la virtud, sin escuchar la fuerte
Lección del tiempo, que incesante clama.
¡Triste destino! El hombre fascinado
Va siempre al carro atado
De la ambición frenética que brama.
Pues si negado a tantos escarmientos,
Siempre ha de ser que el universo gima
En guerra y en crueldades,
Dejad vuestros asientos,
¡Oh montes! y cayéndonos encima,
Feneced de una vez tantas maldades.
Irrita ¡oh ponto! tus voraces ondas.
Hasta que, sepultado el ancho mundo
En tu abismo profundo,
Por siempre en él nuestra impiedad escondas.
Sobre el regazo de la paz hermosa
Gozado el mundo había;
Y adormecido el fuego
De la discordia atroz, la espada ociosa
Entre el polvo y orín se consumía.
Nada turbó las cándidas auroras
De tan dulce quietud; logró en su asilo
El labrador tranquilo
Ver coronadas de su afán las horas.
Más sangre y fuego respirando viene
Con violento ademán Mavorte fiero,
Y a la cumbre escarpada
De la antigua Pirene
Sube ardiendo en furor; cruje el acero,
De su carro espantoso, y empuñada
La mortífera lanza que blandea,
Mueve sañudo la execrable frente,
Y en su rabia impaciente
Cebarse en llanto y mortandad desea.
Tronó su voz; al escucharla entonces
El suelo en luto y en pavor gemía
Destrozado, oprimido
Con los enormes bronces,
Vio la flor de la Hesperia que corría
De la bélica trompa al gran sonido.
¡Míseros! id donde el honor os lleva,
Ardiendo en ansia de funesta gloria;
Volad a la victoria,
Y haced de vuestro aliento heroica prueba
¿Qué lograréis? El monstruo abominable
De vuestra insana ceguedad riendo,
Da la señal; ya sube
Del cañón formidable,
Al cielo vuestros crímenes diciendo,
De fuego y humo la ondeante nube.
Retumba el aire, y pavoroso esconde
Los gritos, el terror, el triste estrago;
El amago al amago,
La cólera a la cólera responde,
Muerte horrible a la muerte. Así espantoso
Bate las altas cimas de Apenino
El Aquilón sañudo;
A su ímpetu fragoso
El cedro añoso y el soberbio pino,
Sin encontrar a su defensa escudo,
Caen; y el hondo valle estremeciendo,
Por los ecos alígeros llevado,
Asorda dilatado
De caverna en caverna el ronco estruendo.
Y en medio de la lucha fulminante
Es el furor tan bárbaro y tan ciego,
Que ni la tierna esposa
Ni la afligida amante
Templar podrán de la contienda el fuego
Con su memoria tierna y dolorosa.
Todo cae, agoniza; ¡hombres crueles!
Y acaso aspiran a dorar su estrago
Con el falaz halago
Del carro triunfador y sus laureles.
Mas no; junto a la rueda sanguinaria
Van la viudez y la orfandad que lloran.
Monarcas de la tierra,
¿La mísera plegaria
No escucháis de los pueblos que os imploran?
Poned, poned un término a la guerra;
Y si el rayo, el relámpago y el trueno
Vuestro poder mostraron a porfía,
Ya es bien que luzca un día,
Debido a vuestra unión, dulce y sereno.
Le dais por fin; a vuestra voz levanta
En el aire la paz de su alma oliva
La bienhechora rama.
¿No veis cuál se adelanta
A aplaudiros la tierra, y cuán festiva
Bendice vuestro nombre y os aclama?
¡Salud, divina paz! Eterna amiga
De la vida y del bien, ven, y en contento
Convierte el desaliento,
Y en sosiego apacible la fatiga.
Ven, y que la amistad, que la preciada
Virtud prodiguen sus inmensos bienes:
En esto ¡oh Diosa! emplea
Tu protección sagrada.
Tú fecundas el mundo y le sostienes,
Tú le das ornamento y se hermosea;
Bajo la sombra de tu augusto velo
Las artes viven en concierto amigo,
Y seguro contigo,
El Genio extiende su brillante vuelo.
A ti en los templos el incienso humea,
A ti las musas su divino acento
Sonoramente envían;
Y en cuanto el mar rodea,
En cuanto ilustra el sol y gira el viento,
De ti sola su bien los pueblos fían.
¡Ah! Maldición eterna al inhumano
Que, profanando la quietud del suelo,
Muestre en bárbaro anhelo
Ardiendo el hierro en su homicida mano!
¡Maldición, maldición! Corren veloces
Los ríos a la mar; nosotros ciegos
Al crimen y a la muerte
Nos llevamos feroces,
Sin atender a los humildes ruegos
De la virtud, sin escuchar la fuerte
Lección del tiempo, que incesante clama.
¡Triste destino! El hombre fascinado
Va siempre al carro atado
De la ambición frenética que brama.
Pues si negado a tantos escarmientos,
Siempre ha de ser que el universo gima
En guerra y en crueldades,
Dejad vuestros asientos,
¡Oh montes! y cayéndonos encima,
Feneced de una vez tantas maldades.
Irrita ¡oh ponto! tus voraces ondas.
Hasta que, sepultado el ancho mundo
En tu abismo profundo,
Por siempre en él nuestra impiedad escondas.
448
Manuel José Quintana
El Amor Se Ha Desprendido
El amor se ha desprendido
De los brazos de su madre,
Y alegrando el universo
Se está suspenso en el aire.
Él os contempla, zagalas,
Y mirándoos se complace
Al ver las gracias que os dieron
Las estrellas liberales.
Él al placer os convida,
Al regocijo y al baile:
¿Y seréis sordas vosotras
A sus influjos suaves?
Mirad, cuál todo se anima!
De flor se visten los valles,
De yerba se cubre el campo
Y el viento pueblan las aves.
Animaos también vosotras:
Gozad la estación amable,
Que sobrada vida os queda
Para devorar pesares.
Más rápido que una flecha
Que vuela hendiendo los aires,
El tiempo vuela y se muere,
Muere el tiempo y no renace.
Tiempo vendrá en que os aflijan
Las memorias lamentables
De placeres que perdisteis,
De horas que desperdiciasteis.
Ea pues: que nadase pierda,
Salid alegres al baile,
Los instrumentos resuenen
Y la risa os acompañe.
Ven tú, la alegre zagala,
Atención de mil amantes,
Y cuyos ojos, si miran,
No hay corazón que no abrasen:
Plácidamente severa,
Severamente agradable
Te acompañará tu hermana
Y alentaréis todo el valle;
Mientras que a encantarnos venga,
Mientras que enlazada sale
Con la gallarda Belisa
La linda y modesta Dafne.
Ven tú, en fin, ninfa divina,
Ven en fin y no te tardes,
Tú en cuya tez los claveles
Con la azucena combaten:
Tú en cuyos labios de rosa
Fabrica amor sus panales,
Y en cuyo soberbio seno
El placer viene a posarse.
¡Dichoso aquel que tu beldad admira,
Que tus gracias contempla atentamente,
Que el blando influjo de tu genio siente,
Que de amor puede hablarte, y que suspira!
De los brazos de su madre,
Y alegrando el universo
Se está suspenso en el aire.
Él os contempla, zagalas,
Y mirándoos se complace
Al ver las gracias que os dieron
Las estrellas liberales.
Él al placer os convida,
Al regocijo y al baile:
¿Y seréis sordas vosotras
A sus influjos suaves?
Mirad, cuál todo se anima!
De flor se visten los valles,
De yerba se cubre el campo
Y el viento pueblan las aves.
Animaos también vosotras:
Gozad la estación amable,
Que sobrada vida os queda
Para devorar pesares.
Más rápido que una flecha
Que vuela hendiendo los aires,
El tiempo vuela y se muere,
Muere el tiempo y no renace.
Tiempo vendrá en que os aflijan
Las memorias lamentables
De placeres que perdisteis,
De horas que desperdiciasteis.
Ea pues: que nadase pierda,
Salid alegres al baile,
Los instrumentos resuenen
Y la risa os acompañe.
Ven tú, la alegre zagala,
Atención de mil amantes,
Y cuyos ojos, si miran,
No hay corazón que no abrasen:
Plácidamente severa,
Severamente agradable
Te acompañará tu hermana
Y alentaréis todo el valle;
Mientras que a encantarnos venga,
Mientras que enlazada sale
Con la gallarda Belisa
La linda y modesta Dafne.
Ven tú, en fin, ninfa divina,
Ven en fin y no te tardes,
Tú en cuya tez los claveles
Con la azucena combaten:
Tú en cuyos labios de rosa
Fabrica amor sus panales,
Y en cuyo soberbio seno
El placer viene a posarse.
¡Dichoso aquel que tu beldad admira,
Que tus gracias contempla atentamente,
Que el blando influjo de tu genio siente,
Que de amor puede hablarte, y que suspira!
456
Manuel José Quintana
El Amor Se Ha Desprendido
El amor se ha desprendido
De los brazos de su madre,
Y alegrando el universo
Se está suspenso en el aire.
Él os contempla, zagalas,
Y mirándoos se complace
Al ver las gracias que os dieron
Las estrellas liberales.
Él al placer os convida,
Al regocijo y al baile:
¿Y seréis sordas vosotras
A sus influjos suaves?
Mirad, cuál todo se anima!
De flor se visten los valles,
De yerba se cubre el campo
Y el viento pueblan las aves.
Animaos también vosotras:
Gozad la estación amable,
Que sobrada vida os queda
Para devorar pesares.
Más rápido que una flecha
Que vuela hendiendo los aires,
El tiempo vuela y se muere,
Muere el tiempo y no renace.
Tiempo vendrá en que os aflijan
Las memorias lamentables
De placeres que perdisteis,
De horas que desperdiciasteis.
Ea pues: que nadase pierda,
Salid alegres al baile,
Los instrumentos resuenen
Y la risa os acompañe.
Ven tú, la alegre zagala,
Atención de mil amantes,
Y cuyos ojos, si miran,
No hay corazón que no abrasen:
Plácidamente severa,
Severamente agradable
Te acompañará tu hermana
Y alentaréis todo el valle;
Mientras que a encantarnos venga,
Mientras que enlazada sale
Con la gallarda Belisa
La linda y modesta Dafne.
Ven tú, en fin, ninfa divina,
Ven en fin y no te tardes,
Tú en cuya tez los claveles
Con la azucena combaten:
Tú en cuyos labios de rosa
Fabrica amor sus panales,
Y en cuyo soberbio seno
El placer viene a posarse.
¡Dichoso aquel que tu beldad admira,
Que tus gracias contempla atentamente,
Que el blando influjo de tu genio siente,
Que de amor puede hablarte, y que suspira!
De los brazos de su madre,
Y alegrando el universo
Se está suspenso en el aire.
Él os contempla, zagalas,
Y mirándoos se complace
Al ver las gracias que os dieron
Las estrellas liberales.
Él al placer os convida,
Al regocijo y al baile:
¿Y seréis sordas vosotras
A sus influjos suaves?
Mirad, cuál todo se anima!
De flor se visten los valles,
De yerba se cubre el campo
Y el viento pueblan las aves.
Animaos también vosotras:
Gozad la estación amable,
Que sobrada vida os queda
Para devorar pesares.
Más rápido que una flecha
Que vuela hendiendo los aires,
El tiempo vuela y se muere,
Muere el tiempo y no renace.
Tiempo vendrá en que os aflijan
Las memorias lamentables
De placeres que perdisteis,
De horas que desperdiciasteis.
Ea pues: que nadase pierda,
Salid alegres al baile,
Los instrumentos resuenen
Y la risa os acompañe.
Ven tú, la alegre zagala,
Atención de mil amantes,
Y cuyos ojos, si miran,
No hay corazón que no abrasen:
Plácidamente severa,
Severamente agradable
Te acompañará tu hermana
Y alentaréis todo el valle;
Mientras que a encantarnos venga,
Mientras que enlazada sale
Con la gallarda Belisa
La linda y modesta Dafne.
Ven tú, en fin, ninfa divina,
Ven en fin y no te tardes,
Tú en cuya tez los claveles
Con la azucena combaten:
Tú en cuyos labios de rosa
Fabrica amor sus panales,
Y en cuyo soberbio seno
El placer viene a posarse.
¡Dichoso aquel que tu beldad admira,
Que tus gracias contempla atentamente,
Que el blando influjo de tu genio siente,
Que de amor puede hablarte, y que suspira!
456
Manuel José Quintana
A Un Amigo Que, Bajo El Emblema De Una Violeta, Me Escribía Lisonjas Y Esperanzas Soneto
No con vana lisonja y blando acento
Me quieras engañar, huésped del prado;
Yo no soy lo que fui: rigor del hado
Me condena por siempre al escarmiento.
Nunca lozana a su primer contento
La planta vuelve que truncó el arado,
Por más que al cielo le merezca agrado
Y que amoroso la acaricie el viento.
Anda, pasa adelante; en otras flores
Más ricas de fragancia y más felices
Pon tu dulce cuidado y tus amores:
Que es ya en mí por demás cuanto predices,
Pues el aire del sol con sus ardores
Quemó hasta la esperanza en mis raíces.
Me quieras engañar, huésped del prado;
Yo no soy lo que fui: rigor del hado
Me condena por siempre al escarmiento.
Nunca lozana a su primer contento
La planta vuelve que truncó el arado,
Por más que al cielo le merezca agrado
Y que amoroso la acaricie el viento.
Anda, pasa adelante; en otras flores
Más ricas de fragancia y más felices
Pon tu dulce cuidado y tus amores:
Que es ya en mí por demás cuanto predices,
Pues el aire del sol con sus ardores
Quemó hasta la esperanza en mis raíces.
432
Miguel Florián
Madre
Abrí los párpados en medio de la noche
y tú estabas allí, insomne, aguardando
la lenta aparición, la inminente presencia
de la luz, del alba que no llega (del fuego
que regresa de una estación desierta)
y tú estabas allí, profunda y blanca,
tendida sobre la multitud de los instantes,
apartando la turbiedad confusa de mi sueño,
labrando el tiempo firme, inmóvil, de la muerte
(la edad remota de insectos transparentes
y arroyos escondidos) con su amargura
de mano inalcanzable, de boca detenida
sobre la frente nueva, de beso que separa
el porvenir, y lo devuelve al seno de la tierra,
al estallido ciego de otra edad. Abrí los ojos
y tú estabas allí, mirándome, en medio de la muerte.
y tú estabas allí, insomne, aguardando
la lenta aparición, la inminente presencia
de la luz, del alba que no llega (del fuego
que regresa de una estación desierta)
y tú estabas allí, profunda y blanca,
tendida sobre la multitud de los instantes,
apartando la turbiedad confusa de mi sueño,
labrando el tiempo firme, inmóvil, de la muerte
(la edad remota de insectos transparentes
y arroyos escondidos) con su amargura
de mano inalcanzable, de boca detenida
sobre la frente nueva, de beso que separa
el porvenir, y lo devuelve al seno de la tierra,
al estallido ciego de otra edad. Abrí los ojos
y tú estabas allí, mirándome, en medio de la muerte.
444
Manuel José Othón
Idilio Salvaje
¿Por qué a mi helada soledad viniste
cubierta con el último celaje
de un crepúsculo gris?... Mira el paisaje,
árido y triste, inmensamente triste.
Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.
Mas si acaso no vienes de tan lejos
y en tu alma aún del placer quedan los dejos,
puedes tornar a tu revuelto mundo.
Si no, ven a lavar tu ciprio manto
en el mar amarguísimo y profundo
de un triste amor, o de un inmenso llanto.
cubierta con el último celaje
de un crepúsculo gris?... Mira el paisaje,
árido y triste, inmensamente triste.
Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.
Mas si acaso no vienes de tan lejos
y en tu alma aún del placer quedan los dejos,
puedes tornar a tu revuelto mundo.
Si no, ven a lavar tu ciprio manto
en el mar amarguísimo y profundo
de un triste amor, o de un inmenso llanto.
1.285
Manuel José Othón
Idilio Salvaje
¿Por qué a mi helada soledad viniste
cubierta con el último celaje
de un crepúsculo gris?... Mira el paisaje,
árido y triste, inmensamente triste.
Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.
Mas si acaso no vienes de tan lejos
y en tu alma aún del placer quedan los dejos,
puedes tornar a tu revuelto mundo.
Si no, ven a lavar tu ciprio manto
en el mar amarguísimo y profundo
de un triste amor, o de un inmenso llanto.
cubierta con el último celaje
de un crepúsculo gris?... Mira el paisaje,
árido y triste, inmensamente triste.
Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.
Mas si acaso no vienes de tan lejos
y en tu alma aún del placer quedan los dejos,
puedes tornar a tu revuelto mundo.
Si no, ven a lavar tu ciprio manto
en el mar amarguísimo y profundo
de un triste amor, o de un inmenso llanto.
1.285
Miguel Florián
Cuerpo Nombrado
Quiero nombrar tu cuerpo, tu oscuridad, tu lumbre,
el pecho que se inflama,
tu savia azul, el río de tus astros.
Quiero nombrar tu cuerpo, tus caminos,
el laberinto tibio, las girándulas,
el sexo umbrío, las vísceras ocultas,
esa linfa secreta que va trenzando el tiempo.
Quiero nombrar tu cuerpo, los murmullos,
los labios cuando besan o nombran otros cuerpos,
el fuego de la lengua, la humedad de la piel.
Tu saliva que es áspera y amarga.
Quiero narrar tu espalda añil que delimita
con un dios impreciso, inabarcable.
el pecho que se inflama,
tu savia azul, el río de tus astros.
Quiero nombrar tu cuerpo, tus caminos,
el laberinto tibio, las girándulas,
el sexo umbrío, las vísceras ocultas,
esa linfa secreta que va trenzando el tiempo.
Quiero nombrar tu cuerpo, los murmullos,
los labios cuando besan o nombran otros cuerpos,
el fuego de la lengua, la humedad de la piel.
Tu saliva que es áspera y amarga.
Quiero narrar tu espalda añil que delimita
con un dios impreciso, inabarcable.
382
Miguel Florián
( Pietà )
Retrocedemos por los caminos harapientos
de la sombra, galopamos por los acantilados
de la miseria, ansiamos polvo, áspero polvo,
y dichosos caemos hacia la masa informe
de los gérmenes. Ansiamos raíces, nosotros,
los aéreos. Amamos polvo, oscuro, untoso polvo,
el osario donde se tienden los nombres, lava
gris de la hojarasca redimida, hacia el sueño
retrocedemos con nuestros cabellos enredados
en muérdagos. De nada sirve que la luz
nos envuelva con su manto espectral,
volvemos hacia atrás, buscamos la caída a lo ignorado,
necesitados de lo informe, avarientos de vértigos.
Nada anuncian las flores del almendro, intactas
y rojizas después de la nevada, ni el seno
abierto de la mujer como un ave indefensa.
Añoramos cada estallido de la herrumbre,
cada cicatriz sobre el tronco del roble,
los cascos del caballo sobre el légamo
cuando dispersan el tiempo, el sueño
que es olvido, y esa madre auríspice
que gime desde sus vísceras abiertas
y nos llama a su sangre, a lo innombrable.
de la sombra, galopamos por los acantilados
de la miseria, ansiamos polvo, áspero polvo,
y dichosos caemos hacia la masa informe
de los gérmenes. Ansiamos raíces, nosotros,
los aéreos. Amamos polvo, oscuro, untoso polvo,
el osario donde se tienden los nombres, lava
gris de la hojarasca redimida, hacia el sueño
retrocedemos con nuestros cabellos enredados
en muérdagos. De nada sirve que la luz
nos envuelva con su manto espectral,
volvemos hacia atrás, buscamos la caída a lo ignorado,
necesitados de lo informe, avarientos de vértigos.
Nada anuncian las flores del almendro, intactas
y rojizas después de la nevada, ni el seno
abierto de la mujer como un ave indefensa.
Añoramos cada estallido de la herrumbre,
cada cicatriz sobre el tronco del roble,
los cascos del caballo sobre el légamo
cuando dispersan el tiempo, el sueño
que es olvido, y esa madre auríspice
que gime desde sus vísceras abiertas
y nos llama a su sangre, a lo innombrable.
461
Miguel Florián
( Pietà )
Retrocedemos por los caminos harapientos
de la sombra, galopamos por los acantilados
de la miseria, ansiamos polvo, áspero polvo,
y dichosos caemos hacia la masa informe
de los gérmenes. Ansiamos raíces, nosotros,
los aéreos. Amamos polvo, oscuro, untoso polvo,
el osario donde se tienden los nombres, lava
gris de la hojarasca redimida, hacia el sueño
retrocedemos con nuestros cabellos enredados
en muérdagos. De nada sirve que la luz
nos envuelva con su manto espectral,
volvemos hacia atrás, buscamos la caída a lo ignorado,
necesitados de lo informe, avarientos de vértigos.
Nada anuncian las flores del almendro, intactas
y rojizas después de la nevada, ni el seno
abierto de la mujer como un ave indefensa.
Añoramos cada estallido de la herrumbre,
cada cicatriz sobre el tronco del roble,
los cascos del caballo sobre el légamo
cuando dispersan el tiempo, el sueño
que es olvido, y esa madre auríspice
que gime desde sus vísceras abiertas
y nos llama a su sangre, a lo innombrable.
de la sombra, galopamos por los acantilados
de la miseria, ansiamos polvo, áspero polvo,
y dichosos caemos hacia la masa informe
de los gérmenes. Ansiamos raíces, nosotros,
los aéreos. Amamos polvo, oscuro, untoso polvo,
el osario donde se tienden los nombres, lava
gris de la hojarasca redimida, hacia el sueño
retrocedemos con nuestros cabellos enredados
en muérdagos. De nada sirve que la luz
nos envuelva con su manto espectral,
volvemos hacia atrás, buscamos la caída a lo ignorado,
necesitados de lo informe, avarientos de vértigos.
Nada anuncian las flores del almendro, intactas
y rojizas después de la nevada, ni el seno
abierto de la mujer como un ave indefensa.
Añoramos cada estallido de la herrumbre,
cada cicatriz sobre el tronco del roble,
los cascos del caballo sobre el légamo
cuando dispersan el tiempo, el sueño
que es olvido, y esa madre auríspice
que gime desde sus vísceras abiertas
y nos llama a su sangre, a lo innombrable.
461
Miguel Florián
Mediodía
Crecen los gorriones en el aire,
y la música infantil de alguna flauta
sostiene el mediodía.
A duras penas
el libro nos retiene.
Algún amor vendrá
al zócalo azul de la ventana
para a un país más bello rescatarnos.
A cada instante
el dedo de algún ángel desmorona
la carne contenida. Tras el cristal
la mirada de un pájaro —la alegría
infantil en los ojos del niño.
Aire por todas partes
revolviendo los pliegues del hastío,
elevando la falda enamorada
de la mujer.
Y tiembla el corazón
en la dicha de la piel que imagina.
Es aire.
Y luz que cierra el libro y adormece los párpados,
es sed de barcos,
de bocas deliciosas.
Es hambre de islas lejanísimas.
y la música infantil de alguna flauta
sostiene el mediodía.
A duras penas
el libro nos retiene.
Algún amor vendrá
al zócalo azul de la ventana
para a un país más bello rescatarnos.
A cada instante
el dedo de algún ángel desmorona
la carne contenida. Tras el cristal
la mirada de un pájaro —la alegría
infantil en los ojos del niño.
Aire por todas partes
revolviendo los pliegues del hastío,
elevando la falda enamorada
de la mujer.
Y tiembla el corazón
en la dicha de la piel que imagina.
Es aire.
Y luz que cierra el libro y adormece los párpados,
es sed de barcos,
de bocas deliciosas.
Es hambre de islas lejanísimas.
526
Miguel Florián
Mediodía
Crecen los gorriones en el aire,
y la música infantil de alguna flauta
sostiene el mediodía.
A duras penas
el libro nos retiene.
Algún amor vendrá
al zócalo azul de la ventana
para a un país más bello rescatarnos.
A cada instante
el dedo de algún ángel desmorona
la carne contenida. Tras el cristal
la mirada de un pájaro —la alegría
infantil en los ojos del niño.
Aire por todas partes
revolviendo los pliegues del hastío,
elevando la falda enamorada
de la mujer.
Y tiembla el corazón
en la dicha de la piel que imagina.
Es aire.
Y luz que cierra el libro y adormece los párpados,
es sed de barcos,
de bocas deliciosas.
Es hambre de islas lejanísimas.
y la música infantil de alguna flauta
sostiene el mediodía.
A duras penas
el libro nos retiene.
Algún amor vendrá
al zócalo azul de la ventana
para a un país más bello rescatarnos.
A cada instante
el dedo de algún ángel desmorona
la carne contenida. Tras el cristal
la mirada de un pájaro —la alegría
infantil en los ojos del niño.
Aire por todas partes
revolviendo los pliegues del hastío,
elevando la falda enamorada
de la mujer.
Y tiembla el corazón
en la dicha de la piel que imagina.
Es aire.
Y luz que cierra el libro y adormece los párpados,
es sed de barcos,
de bocas deliciosas.
Es hambre de islas lejanísimas.
526
Miguel Florián
Los Días Y Los Pájaros
Los días se parecen a los pájaros
—vienen y luego van— y siempre dejan
una herida de luz. Huele a musgo
su vuelo, a países de escarcha,
a savia de madroños escondidos...
(Hay una fuente oculta que derrama
blancos ríos de sed, y un campanario
azul, mecido por el viento).
De qué cielo, de qué elevada dicha,
los pájaros descienden. De qué amor.
Los días se parecen a los pájaros,
igual tristeza dejan cuando pasan,
la misma oscuridad, igual silencio.
—vienen y luego van— y siempre dejan
una herida de luz. Huele a musgo
su vuelo, a países de escarcha,
a savia de madroños escondidos...
(Hay una fuente oculta que derrama
blancos ríos de sed, y un campanario
azul, mecido por el viento).
De qué cielo, de qué elevada dicha,
los pájaros descienden. De qué amor.
Los días se parecen a los pájaros,
igual tristeza dejan cuando pasan,
la misma oscuridad, igual silencio.
443
Miguel Florián
Los Días Y Los Pájaros
Los días se parecen a los pájaros
—vienen y luego van— y siempre dejan
una herida de luz. Huele a musgo
su vuelo, a países de escarcha,
a savia de madroños escondidos...
(Hay una fuente oculta que derrama
blancos ríos de sed, y un campanario
azul, mecido por el viento).
De qué cielo, de qué elevada dicha,
los pájaros descienden. De qué amor.
Los días se parecen a los pájaros,
igual tristeza dejan cuando pasan,
la misma oscuridad, igual silencio.
—vienen y luego van— y siempre dejan
una herida de luz. Huele a musgo
su vuelo, a países de escarcha,
a savia de madroños escondidos...
(Hay una fuente oculta que derrama
blancos ríos de sed, y un campanario
azul, mecido por el viento).
De qué cielo, de qué elevada dicha,
los pájaros descienden. De qué amor.
Los días se parecen a los pájaros,
igual tristeza dejan cuando pasan,
la misma oscuridad, igual silencio.
443
Miguel Florián
Lejos De Córdoba, Ibn Hazm Prevé Su Muerte
Estas aguas no son aquellas aguas,
ni es esta la ribera. Y mis manos
¿son las mismas que antaño acariciaron
la estela de su cuerpo? Otro fulgor
de acero incendió las pupilas.
Que al fin todo es efímero. En el agua
la muerte me reclama. En sus reflejos
adivino un arrullo de sirenas.
Pasan blancas muchachas, con su aroma
de adelfa, con su piel que hace temblar
el mediodía. Como palomas pasan,
y un instante, arrasan la memoria.
Y este dolor de saberme perdido
pasará. A la tarde, mis palabras
sólo serán cenizas. Afligirme
no debo. Aunque en verdad, imaginé
—más allá de este río— otro destino.
ni es esta la ribera. Y mis manos
¿son las mismas que antaño acariciaron
la estela de su cuerpo? Otro fulgor
de acero incendió las pupilas.
Que al fin todo es efímero. En el agua
la muerte me reclama. En sus reflejos
adivino un arrullo de sirenas.
Pasan blancas muchachas, con su aroma
de adelfa, con su piel que hace temblar
el mediodía. Como palomas pasan,
y un instante, arrasan la memoria.
Y este dolor de saberme perdido
pasará. A la tarde, mis palabras
sólo serán cenizas. Afligirme
no debo. Aunque en verdad, imaginé
—más allá de este río— otro destino.
409
Miguel Florián
Lejos De Córdoba, Ibn Hazm Prevé Su Muerte
Estas aguas no son aquellas aguas,
ni es esta la ribera. Y mis manos
¿son las mismas que antaño acariciaron
la estela de su cuerpo? Otro fulgor
de acero incendió las pupilas.
Que al fin todo es efímero. En el agua
la muerte me reclama. En sus reflejos
adivino un arrullo de sirenas.
Pasan blancas muchachas, con su aroma
de adelfa, con su piel que hace temblar
el mediodía. Como palomas pasan,
y un instante, arrasan la memoria.
Y este dolor de saberme perdido
pasará. A la tarde, mis palabras
sólo serán cenizas. Afligirme
no debo. Aunque en verdad, imaginé
—más allá de este río— otro destino.
ni es esta la ribera. Y mis manos
¿son las mismas que antaño acariciaron
la estela de su cuerpo? Otro fulgor
de acero incendió las pupilas.
Que al fin todo es efímero. En el agua
la muerte me reclama. En sus reflejos
adivino un arrullo de sirenas.
Pasan blancas muchachas, con su aroma
de adelfa, con su piel que hace temblar
el mediodía. Como palomas pasan,
y un instante, arrasan la memoria.
Y este dolor de saberme perdido
pasará. A la tarde, mis palabras
sólo serán cenizas. Afligirme
no debo. Aunque en verdad, imaginé
—más allá de este río— otro destino.
409
Miguel Hernández
Nanas De La Cebolla
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
1.131
Miguel Hernández
Nanas De La Cebolla
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
1.131
Miguel Hernández
Nanas De La Cebolla
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
1.131
Miguel Florián
Sueño Especular
Amo las gaviotas que se alejan
con una rosa inmóvil en su espacio.
Más allá de todo dios
ansío esta quietud
de líneas paralelas.
Adivino otro mar,
otra arena de azogues
en el hueco del alma.
Como la rosa
que se vierte a sí misma,
siempre así.
Siempre así,
sobre la línea ciega
que se eleva hasta el sol.
Así,
bebiendo en cada agua,
temblando en cada labio.
con una rosa inmóvil en su espacio.
Más allá de todo dios
ansío esta quietud
de líneas paralelas.
Adivino otro mar,
otra arena de azogues
en el hueco del alma.
Como la rosa
que se vierte a sí misma,
siempre así.
Siempre así,
sobre la línea ciega
que se eleva hasta el sol.
Así,
bebiendo en cada agua,
temblando en cada labio.
463
Miguel Hernández
Eterna Sombra
Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.
Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.
Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.
Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.
Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.
Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.
Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.
Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.
Soy una abierta ventana que escucha.
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.
Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.
Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.
Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.
Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.
Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.
Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.
Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.
Soy una abierta ventana que escucha.
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.
749
Miguel Hernández
Eterna Sombra
Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.
Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.
Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.
Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.
Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.
Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.
Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.
Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.
Soy una abierta ventana que escucha.
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.
Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.
Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.
Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.
Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.
Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.
Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.
Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.
Soy una abierta ventana que escucha.
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.
749
Miguel Hernández
Eterna Sombra
Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.
Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.
Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.
Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.
Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.
Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.
Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.
Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.
Soy una abierta ventana que escucha.
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.
Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.
Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.
Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.
Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.
Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.
Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.
Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.
Soy una abierta ventana que escucha.
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.
749