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Manuel Gutiérrez Nájera
La Serenata De Schubert
¡Oh, qué dulce canción! Límpida brota
esparciendo sus blandas armonías,
y parece que lleva en cada nota
muchas tristezas y ternuras mías.
¡Así hablara mi alma... si pudiera!
Así dentro del seno,
se quejan, nunca oídos, mis dolores.
Así, en mis luchas, de congoja lleno,
digo a la vida: —¡Déjame ser bueno!
¡Así solllozan todos mis amores!
¿De quién es esa voz? Parece alzarse
junto del lago azul, noche quieta,
subir por el espacio, y desgranarse
al tocar el cristal de la ventana
que entreabre la novia del poeta...
¿No la oís como dice: —Hasta mañana?
¡Hasta mañana, amor! El bosque espeso
cruza, cantando, el venturoso amante,
y el eco vago de su voz distante
decir parece: «¡Hasta mañana, beso!»
¿Por qué es preciso que la dicha acabe?
¿Por qué la novia queda en la ventana
y a la nota que dice: ¡hasta mañana!
el corazón responde: ¿quién lo sabe?
¡Cuántos cisnes jugando en la laguna!
¡Qué azules brincan las traviesas olas!
En el sereno ambiente ¡cuánta luna!
mas las almas ¡qué tristes y qué solas!
En las ondas de plata
De la atmósfera tibia y transparente,
como una Ofelia náufraga y doliente,
va flotando la tierna serenata...
Hay ternura y dolor en ese canto,
y tiene esa amorosa despedida
la transparencia nítida del llanto
¡y la inmensa tristeza de la vida!
¿Qué tienen esas notas? ¿Por qué lloran?
Parecen ilusiones que se alejan...
Sueños amantes que piedad imploran,
y como niños huérfanos ¡se quejan!
Bien sabe el trovador cuán inhumana
para todos los buenos es la suerte...
Que la dicha es de ayer... y que «mañana»
es el dolor, la oscuridad ¡la muerte!
El alma se compunge y estremece
al oír esas notas sollozadas...
¡Sentimos, recordamos, y parece
que surgen muchas cosas olvidadas!
Un peinador muy blanco y un piano.
Noche de luna y de silencio afuera...
Un volumen de versos en mi mano
y en el aire, y en todo ¡primavera!
¡Qué olor de rosas frescas! En la alfombra
¡qué claridad de luna! ¡qué reflejos!
¡Cuántos besos dormidos en la sombra,
y la muerte, la pálida, qué lejos!
En torno al velador, niños jugando...
La anciana, que en silencio nos veía...
Schubert en su piano sollozando,
y en mi libro, Musset con su Lucía.
¡Cuántos sueños en mi alma y en tu alma!
¡Cuántos hermosos versos! ¡cuántas flores!
En tu hogar apacible ¡cuánta calma!
Y en mi pecho ¡qué inmensa sed de amores!
¡Y todo ya muy lejos! ¡todo ido!
¿En dónde está la rubia soñadora?
¡Hay muchas aves muertas en el nido,
y vierte muchas lágrimas la aurora!
...Todo lo vuelvo a ver... ¡pero no existe!
Todo ha pasado ahora... ¡y no lo creo!
Todo está silencioso, todo triste...
¡Y todo alegre, como entonces, veo!
Esta es la casa... ¡su ventana aquélla!
Ése, el sillón en que bordar solía...
La reja verde... y la apacible estrella
que mis nocturnas pláticas oía.
Bajo el cedro robusto y arrogante
que allí domina la calleja oscura,
por la primera vez y palpitante
estreché con mis brazos, su cintura.
¡Todo presente en mi memoria queda!
La casa blanca, y el follaje espeso...
El lago azul... el huerto... la arboleda,
donde nos dimos, sin pensarlo, un beso.
Y te busco, cual antes te buscaba,
y me parece oírte entre las flores
cuando la arena del jardín rozaba
el percal de tus blancos peinadores!
¡Y nada existe ya! Calló el piano...
Cerraste, virgencita, la ventana...
y oprimiendo mi mano con tu mano,
me dijiste también: ¡Hasta mañana!
¡Hasta mañana!... Y el amor risueño
no pudo en tu camino detenerte!...
Y lo que tú pensaste que era el sueño,
fue sueño, pero inmenso: ¡el de la muerte!
¡Ya nunca volveréis, noches de plata
ni unirán en mi alma su armonía,
Schubert, con su doliente serenata
y el pálido Musset con su Lucía!
esparciendo sus blandas armonías,
y parece que lleva en cada nota
muchas tristezas y ternuras mías.
¡Así hablara mi alma... si pudiera!
Así dentro del seno,
se quejan, nunca oídos, mis dolores.
Así, en mis luchas, de congoja lleno,
digo a la vida: —¡Déjame ser bueno!
¡Así solllozan todos mis amores!
¿De quién es esa voz? Parece alzarse
junto del lago azul, noche quieta,
subir por el espacio, y desgranarse
al tocar el cristal de la ventana
que entreabre la novia del poeta...
¿No la oís como dice: —Hasta mañana?
¡Hasta mañana, amor! El bosque espeso
cruza, cantando, el venturoso amante,
y el eco vago de su voz distante
decir parece: «¡Hasta mañana, beso!»
¿Por qué es preciso que la dicha acabe?
¿Por qué la novia queda en la ventana
y a la nota que dice: ¡hasta mañana!
el corazón responde: ¿quién lo sabe?
¡Cuántos cisnes jugando en la laguna!
¡Qué azules brincan las traviesas olas!
En el sereno ambiente ¡cuánta luna!
mas las almas ¡qué tristes y qué solas!
En las ondas de plata
De la atmósfera tibia y transparente,
como una Ofelia náufraga y doliente,
va flotando la tierna serenata...
Hay ternura y dolor en ese canto,
y tiene esa amorosa despedida
la transparencia nítida del llanto
¡y la inmensa tristeza de la vida!
¿Qué tienen esas notas? ¿Por qué lloran?
Parecen ilusiones que se alejan...
Sueños amantes que piedad imploran,
y como niños huérfanos ¡se quejan!
Bien sabe el trovador cuán inhumana
para todos los buenos es la suerte...
Que la dicha es de ayer... y que «mañana»
es el dolor, la oscuridad ¡la muerte!
El alma se compunge y estremece
al oír esas notas sollozadas...
¡Sentimos, recordamos, y parece
que surgen muchas cosas olvidadas!
Un peinador muy blanco y un piano.
Noche de luna y de silencio afuera...
Un volumen de versos en mi mano
y en el aire, y en todo ¡primavera!
¡Qué olor de rosas frescas! En la alfombra
¡qué claridad de luna! ¡qué reflejos!
¡Cuántos besos dormidos en la sombra,
y la muerte, la pálida, qué lejos!
En torno al velador, niños jugando...
La anciana, que en silencio nos veía...
Schubert en su piano sollozando,
y en mi libro, Musset con su Lucía.
¡Cuántos sueños en mi alma y en tu alma!
¡Cuántos hermosos versos! ¡cuántas flores!
En tu hogar apacible ¡cuánta calma!
Y en mi pecho ¡qué inmensa sed de amores!
¡Y todo ya muy lejos! ¡todo ido!
¿En dónde está la rubia soñadora?
¡Hay muchas aves muertas en el nido,
y vierte muchas lágrimas la aurora!
...Todo lo vuelvo a ver... ¡pero no existe!
Todo ha pasado ahora... ¡y no lo creo!
Todo está silencioso, todo triste...
¡Y todo alegre, como entonces, veo!
Esta es la casa... ¡su ventana aquélla!
Ése, el sillón en que bordar solía...
La reja verde... y la apacible estrella
que mis nocturnas pláticas oía.
Bajo el cedro robusto y arrogante
que allí domina la calleja oscura,
por la primera vez y palpitante
estreché con mis brazos, su cintura.
¡Todo presente en mi memoria queda!
La casa blanca, y el follaje espeso...
El lago azul... el huerto... la arboleda,
donde nos dimos, sin pensarlo, un beso.
Y te busco, cual antes te buscaba,
y me parece oírte entre las flores
cuando la arena del jardín rozaba
el percal de tus blancos peinadores!
¡Y nada existe ya! Calló el piano...
Cerraste, virgencita, la ventana...
y oprimiendo mi mano con tu mano,
me dijiste también: ¡Hasta mañana!
¡Hasta mañana!... Y el amor risueño
no pudo en tu camino detenerte!...
Y lo que tú pensaste que era el sueño,
fue sueño, pero inmenso: ¡el de la muerte!
¡Ya nunca volveréis, noches de plata
ni unirán en mi alma su armonía,
Schubert, con su doliente serenata
y el pálido Musset con su Lucía!
1.295
Manuel Gutiérrez Nájera
La Serenata De Schubert
¡Oh, qué dulce canción! Límpida brota
esparciendo sus blandas armonías,
y parece que lleva en cada nota
muchas tristezas y ternuras mías.
¡Así hablara mi alma... si pudiera!
Así dentro del seno,
se quejan, nunca oídos, mis dolores.
Así, en mis luchas, de congoja lleno,
digo a la vida: —¡Déjame ser bueno!
¡Así solllozan todos mis amores!
¿De quién es esa voz? Parece alzarse
junto del lago azul, noche quieta,
subir por el espacio, y desgranarse
al tocar el cristal de la ventana
que entreabre la novia del poeta...
¿No la oís como dice: —Hasta mañana?
¡Hasta mañana, amor! El bosque espeso
cruza, cantando, el venturoso amante,
y el eco vago de su voz distante
decir parece: «¡Hasta mañana, beso!»
¿Por qué es preciso que la dicha acabe?
¿Por qué la novia queda en la ventana
y a la nota que dice: ¡hasta mañana!
el corazón responde: ¿quién lo sabe?
¡Cuántos cisnes jugando en la laguna!
¡Qué azules brincan las traviesas olas!
En el sereno ambiente ¡cuánta luna!
mas las almas ¡qué tristes y qué solas!
En las ondas de plata
De la atmósfera tibia y transparente,
como una Ofelia náufraga y doliente,
va flotando la tierna serenata...
Hay ternura y dolor en ese canto,
y tiene esa amorosa despedida
la transparencia nítida del llanto
¡y la inmensa tristeza de la vida!
¿Qué tienen esas notas? ¿Por qué lloran?
Parecen ilusiones que se alejan...
Sueños amantes que piedad imploran,
y como niños huérfanos ¡se quejan!
Bien sabe el trovador cuán inhumana
para todos los buenos es la suerte...
Que la dicha es de ayer... y que «mañana»
es el dolor, la oscuridad ¡la muerte!
El alma se compunge y estremece
al oír esas notas sollozadas...
¡Sentimos, recordamos, y parece
que surgen muchas cosas olvidadas!
Un peinador muy blanco y un piano.
Noche de luna y de silencio afuera...
Un volumen de versos en mi mano
y en el aire, y en todo ¡primavera!
¡Qué olor de rosas frescas! En la alfombra
¡qué claridad de luna! ¡qué reflejos!
¡Cuántos besos dormidos en la sombra,
y la muerte, la pálida, qué lejos!
En torno al velador, niños jugando...
La anciana, que en silencio nos veía...
Schubert en su piano sollozando,
y en mi libro, Musset con su Lucía.
¡Cuántos sueños en mi alma y en tu alma!
¡Cuántos hermosos versos! ¡cuántas flores!
En tu hogar apacible ¡cuánta calma!
Y en mi pecho ¡qué inmensa sed de amores!
¡Y todo ya muy lejos! ¡todo ido!
¿En dónde está la rubia soñadora?
¡Hay muchas aves muertas en el nido,
y vierte muchas lágrimas la aurora!
...Todo lo vuelvo a ver... ¡pero no existe!
Todo ha pasado ahora... ¡y no lo creo!
Todo está silencioso, todo triste...
¡Y todo alegre, como entonces, veo!
Esta es la casa... ¡su ventana aquélla!
Ése, el sillón en que bordar solía...
La reja verde... y la apacible estrella
que mis nocturnas pláticas oía.
Bajo el cedro robusto y arrogante
que allí domina la calleja oscura,
por la primera vez y palpitante
estreché con mis brazos, su cintura.
¡Todo presente en mi memoria queda!
La casa blanca, y el follaje espeso...
El lago azul... el huerto... la arboleda,
donde nos dimos, sin pensarlo, un beso.
Y te busco, cual antes te buscaba,
y me parece oírte entre las flores
cuando la arena del jardín rozaba
el percal de tus blancos peinadores!
¡Y nada existe ya! Calló el piano...
Cerraste, virgencita, la ventana...
y oprimiendo mi mano con tu mano,
me dijiste también: ¡Hasta mañana!
¡Hasta mañana!... Y el amor risueño
no pudo en tu camino detenerte!...
Y lo que tú pensaste que era el sueño,
fue sueño, pero inmenso: ¡el de la muerte!
¡Ya nunca volveréis, noches de plata
ni unirán en mi alma su armonía,
Schubert, con su doliente serenata
y el pálido Musset con su Lucía!
esparciendo sus blandas armonías,
y parece que lleva en cada nota
muchas tristezas y ternuras mías.
¡Así hablara mi alma... si pudiera!
Así dentro del seno,
se quejan, nunca oídos, mis dolores.
Así, en mis luchas, de congoja lleno,
digo a la vida: —¡Déjame ser bueno!
¡Así solllozan todos mis amores!
¿De quién es esa voz? Parece alzarse
junto del lago azul, noche quieta,
subir por el espacio, y desgranarse
al tocar el cristal de la ventana
que entreabre la novia del poeta...
¿No la oís como dice: —Hasta mañana?
¡Hasta mañana, amor! El bosque espeso
cruza, cantando, el venturoso amante,
y el eco vago de su voz distante
decir parece: «¡Hasta mañana, beso!»
¿Por qué es preciso que la dicha acabe?
¿Por qué la novia queda en la ventana
y a la nota que dice: ¡hasta mañana!
el corazón responde: ¿quién lo sabe?
¡Cuántos cisnes jugando en la laguna!
¡Qué azules brincan las traviesas olas!
En el sereno ambiente ¡cuánta luna!
mas las almas ¡qué tristes y qué solas!
En las ondas de plata
De la atmósfera tibia y transparente,
como una Ofelia náufraga y doliente,
va flotando la tierna serenata...
Hay ternura y dolor en ese canto,
y tiene esa amorosa despedida
la transparencia nítida del llanto
¡y la inmensa tristeza de la vida!
¿Qué tienen esas notas? ¿Por qué lloran?
Parecen ilusiones que se alejan...
Sueños amantes que piedad imploran,
y como niños huérfanos ¡se quejan!
Bien sabe el trovador cuán inhumana
para todos los buenos es la suerte...
Que la dicha es de ayer... y que «mañana»
es el dolor, la oscuridad ¡la muerte!
El alma se compunge y estremece
al oír esas notas sollozadas...
¡Sentimos, recordamos, y parece
que surgen muchas cosas olvidadas!
Un peinador muy blanco y un piano.
Noche de luna y de silencio afuera...
Un volumen de versos en mi mano
y en el aire, y en todo ¡primavera!
¡Qué olor de rosas frescas! En la alfombra
¡qué claridad de luna! ¡qué reflejos!
¡Cuántos besos dormidos en la sombra,
y la muerte, la pálida, qué lejos!
En torno al velador, niños jugando...
La anciana, que en silencio nos veía...
Schubert en su piano sollozando,
y en mi libro, Musset con su Lucía.
¡Cuántos sueños en mi alma y en tu alma!
¡Cuántos hermosos versos! ¡cuántas flores!
En tu hogar apacible ¡cuánta calma!
Y en mi pecho ¡qué inmensa sed de amores!
¡Y todo ya muy lejos! ¡todo ido!
¿En dónde está la rubia soñadora?
¡Hay muchas aves muertas en el nido,
y vierte muchas lágrimas la aurora!
...Todo lo vuelvo a ver... ¡pero no existe!
Todo ha pasado ahora... ¡y no lo creo!
Todo está silencioso, todo triste...
¡Y todo alegre, como entonces, veo!
Esta es la casa... ¡su ventana aquélla!
Ése, el sillón en que bordar solía...
La reja verde... y la apacible estrella
que mis nocturnas pláticas oía.
Bajo el cedro robusto y arrogante
que allí domina la calleja oscura,
por la primera vez y palpitante
estreché con mis brazos, su cintura.
¡Todo presente en mi memoria queda!
La casa blanca, y el follaje espeso...
El lago azul... el huerto... la arboleda,
donde nos dimos, sin pensarlo, un beso.
Y te busco, cual antes te buscaba,
y me parece oírte entre las flores
cuando la arena del jardín rozaba
el percal de tus blancos peinadores!
¡Y nada existe ya! Calló el piano...
Cerraste, virgencita, la ventana...
y oprimiendo mi mano con tu mano,
me dijiste también: ¡Hasta mañana!
¡Hasta mañana!... Y el amor risueño
no pudo en tu camino detenerte!...
Y lo que tú pensaste que era el sueño,
fue sueño, pero inmenso: ¡el de la muerte!
¡Ya nunca volveréis, noches de plata
ni unirán en mi alma su armonía,
Schubert, con su doliente serenata
y el pálido Musset con su Lucía!
1.295
Manuel Gutiérrez Nájera
Resucitarán
Los pájaros que en sus nidos
mueren ¿a dónde van?
¿Y en que lugar escondidos
están, muertos o dormidos,
los besos que no se dan?
Nacen, y al punto traviesos
hallar la salida quieren;
¡pero como nacen presos
se enferman pronto mis besos
y apenas nacen, se mueren!
En vano con raudo giro
éste a mis labios llegó.
Si lejos los tuyos miro...
¿sabes lo que es un suspiro?
¡Un beso que no se dio!
¡Que labios tan carceleros!
Con cadenas y cerrojos
los aprisionan severos,
y apenas los prisioneros
se me asoman a los ojos.
¡Pronto rompe la cadena
de tan injusta prisión,
y no mueran más de pena,
que ya está de besos llena
la tumba del corazón!
¿Qué son las bocas? Son nidos.
¿Y los besos? ¡Aves locas!
Por eso, apenas nacidos,
de sus nidos aburridos
salen buscando otras bocas.
¿Por qué en cárcel sepulcral
se trueca el nido del ave?
¿Por qué los tratas tan mal,
si tus labios de coral
son los que tienen la llave?
—Besos que apenas despiertos
volar del nido queréis
a sus labios entreabiertos,
en vuestra tumba, mis muertos,
dice: ¡Resucitaréis!
mueren ¿a dónde van?
¿Y en que lugar escondidos
están, muertos o dormidos,
los besos que no se dan?
Nacen, y al punto traviesos
hallar la salida quieren;
¡pero como nacen presos
se enferman pronto mis besos
y apenas nacen, se mueren!
En vano con raudo giro
éste a mis labios llegó.
Si lejos los tuyos miro...
¿sabes lo que es un suspiro?
¡Un beso que no se dio!
¡Que labios tan carceleros!
Con cadenas y cerrojos
los aprisionan severos,
y apenas los prisioneros
se me asoman a los ojos.
¡Pronto rompe la cadena
de tan injusta prisión,
y no mueran más de pena,
que ya está de besos llena
la tumba del corazón!
¿Qué son las bocas? Son nidos.
¿Y los besos? ¡Aves locas!
Por eso, apenas nacidos,
de sus nidos aburridos
salen buscando otras bocas.
¿Por qué en cárcel sepulcral
se trueca el nido del ave?
¿Por qué los tratas tan mal,
si tus labios de coral
son los que tienen la llave?
—Besos que apenas despiertos
volar del nido queréis
a sus labios entreabiertos,
en vuestra tumba, mis muertos,
dice: ¡Resucitaréis!
1.018
Manuel Gutiérrez Nájera
Para Un Menú
Las novias pasadas son copas vacías;
en ellas pusimos un poco de amor;
el néctar tomamos... huyeron los días...
¡Traed otras copas con nuevo licor!
Champán son las rubias de cutis de azalia;
borgoña los labios de vivo carmín;
los ojos oscuros son vino de Italia,
los verdes y claros son vino del Rin.
Las bocas de grana son húmedas fresas;
las negras pupilas escancian café;
son ojos azules las llamas traviesas,
que trémulas corren como almas del té.
La copa se apura, la dicha se agota;
de un sorbo tomamos mujer y licor...
Dejemos las copas... Si queda una gota,
que beba el lacayo las heces de amor.
en ellas pusimos un poco de amor;
el néctar tomamos... huyeron los días...
¡Traed otras copas con nuevo licor!
Champán son las rubias de cutis de azalia;
borgoña los labios de vivo carmín;
los ojos oscuros son vino de Italia,
los verdes y claros son vino del Rin.
Las bocas de grana son húmedas fresas;
las negras pupilas escancian café;
son ojos azules las llamas traviesas,
que trémulas corren como almas del té.
La copa se apura, la dicha se agota;
de un sorbo tomamos mujer y licor...
Dejemos las copas... Si queda una gota,
que beba el lacayo las heces de amor.
1.114
Macedonio Fernández
Hay Un Morir
No me lleves a sombras de la muerte
Adonde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.
Hay un morir si de unos ojos
Se voltea la mirada de amor
Y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.
Adonde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.
Hay un morir si de unos ojos
Se voltea la mirada de amor
Y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.
873
Meira Delmar
Todavía
Amor de amor aquel que nos uniera
una vez en el tiempo ya distante.
Amor en que tú fuiste amado, amante
y yo amante y amada también fuera.
Otro amor sin igual no conociera
nunca el haz de la tierra. Fulgurante,
más que el sol del verano delirante,
toda sombra su lumbre destruyera.
Amor de amor, tan alto y extremado,
que el mismo cielo al serle comparado,
cosa fútil y vana parecía.
La vida canceló su encendimiento...
Y sin embargo en el recuerdo siento
que me quema la sangre todavía.
una vez en el tiempo ya distante.
Amor en que tú fuiste amado, amante
y yo amante y amada también fuera.
Otro amor sin igual no conociera
nunca el haz de la tierra. Fulgurante,
más que el sol del verano delirante,
toda sombra su lumbre destruyera.
Amor de amor, tan alto y extremado,
que el mismo cielo al serle comparado,
cosa fútil y vana parecía.
La vida canceló su encendimiento...
Y sin embargo en el recuerdo siento
que me quema la sangre todavía.
792
Meira Delmar
Soneto Para Decir Adiós Al Mar
Undívago país, ancha y dorada
frente en vivo ejercicio de poesía,
comarca donde piensa luz el día
y la noche sirenas olvidadas.
Sabe a sal la blancura derramada
de tu voz, donde crece la alegría,
y en tu orilla de agua y melodía
se detiene la tierra, enamorada.
Yo grabé tu paisaje de veleros
y tus frágiles cantos repetidos
en mi altísimo escudo marinero.
Y aunque ya tus perfiles he perdido,
hoy te siento en mi sangre, verdadero
capitán de mi sueño desmedido.
frente en vivo ejercicio de poesía,
comarca donde piensa luz el día
y la noche sirenas olvidadas.
Sabe a sal la blancura derramada
de tu voz, donde crece la alegría,
y en tu orilla de agua y melodía
se detiene la tierra, enamorada.
Yo grabé tu paisaje de veleros
y tus frágiles cantos repetidos
en mi altísimo escudo marinero.
Y aunque ya tus perfiles he perdido,
hoy te siento en mi sangre, verdadero
capitán de mi sueño desmedido.
694
Meira Delmar
Soneto Insistente
Cuando presiente el corazón la gloria
de ser libre por gracia del olvido,
me llega entre la noche, como el ruido
del mar en la distancia, tu memoria.
Con ella viene la tenaz historia
de lo que pudo ser y nunca ha sido.
Arduo amor ni ganado ni perdido,
batalla sin derrota y sin victoria.
Cada vez que en mi mano reverdece
la rama del olivo y aparece
después de la tormenta la alegría,
algo tuyo regresa de la nada
y de nuevo destruye la dorada
esperanza fugaz de un claro día.
de ser libre por gracia del olvido,
me llega entre la noche, como el ruido
del mar en la distancia, tu memoria.
Con ella viene la tenaz historia
de lo que pudo ser y nunca ha sido.
Arduo amor ni ganado ni perdido,
batalla sin derrota y sin victoria.
Cada vez que en mi mano reverdece
la rama del olivo y aparece
después de la tormenta la alegría,
algo tuyo regresa de la nada
y de nuevo destruye la dorada
esperanza fugaz de un claro día.
727
Meira Delmar
Soneto Insistente
Cuando presiente el corazón la gloria
de ser libre por gracia del olvido,
me llega entre la noche, como el ruido
del mar en la distancia, tu memoria.
Con ella viene la tenaz historia
de lo que pudo ser y nunca ha sido.
Arduo amor ni ganado ni perdido,
batalla sin derrota y sin victoria.
Cada vez que en mi mano reverdece
la rama del olivo y aparece
después de la tormenta la alegría,
algo tuyo regresa de la nada
y de nuevo destruye la dorada
esperanza fugaz de un claro día.
de ser libre por gracia del olvido,
me llega entre la noche, como el ruido
del mar en la distancia, tu memoria.
Con ella viene la tenaz historia
de lo que pudo ser y nunca ha sido.
Arduo amor ni ganado ni perdido,
batalla sin derrota y sin victoria.
Cada vez que en mi mano reverdece
la rama del olivo y aparece
después de la tormenta la alegría,
algo tuyo regresa de la nada
y de nuevo destruye la dorada
esperanza fugaz de un claro día.
727
Meira Delmar
Soneto Del Amor Evocado
Toca mi corazón tu mano pura,
lejano amor cercano todavía,
y se me vuelve más azul el día
en la clara verdad de la hermosura.
Memoria de tu beso, la dulzura
recobra su perdida melodía.
y torna al cielo de la frente mía
el ángel inicial de la ventura.
El viento es otra vez un manso río
de jazmines abiertos. El estío
entreabre su vena rumorosa.
Y el tiempo se detiene desvelado,
a orillas del recuerdo enamorado
que enciende el corazón cuando le roza.
lejano amor cercano todavía,
y se me vuelve más azul el día
en la clara verdad de la hermosura.
Memoria de tu beso, la dulzura
recobra su perdida melodía.
y torna al cielo de la frente mía
el ángel inicial de la ventura.
El viento es otra vez un manso río
de jazmines abiertos. El estío
entreabre su vena rumorosa.
Y el tiempo se detiene desvelado,
a orillas del recuerdo enamorado
que enciende el corazón cuando le roza.
649
Meira Delmar
Soneto En Vano
¿A dónde iré que no me alcance el vuelo
de tu mirada que en azor se muda,
y la noche de sueños me desnuda
con el brillo quemante del desvelo?
¿En qué sitio del aire, el mar, el cielo,
encontrará mi corazón ayuda,
la clara mano que mi mal acuda
y en dulcedumbre me convierta el duelo?
La frente pensativa me rodeas
de lejanas memorias. Me recreas
los rostros del amor enceguecido.
Y es inútil que huya de tu acecho
si te oigo vivir dentro del pecho
con la vida sin muerte del olvido.
de tu mirada que en azor se muda,
y la noche de sueños me desnuda
con el brillo quemante del desvelo?
¿En qué sitio del aire, el mar, el cielo,
encontrará mi corazón ayuda,
la clara mano que mi mal acuda
y en dulcedumbre me convierta el duelo?
La frente pensativa me rodeas
de lejanas memorias. Me recreas
los rostros del amor enceguecido.
Y es inútil que huya de tu acecho
si te oigo vivir dentro del pecho
con la vida sin muerte del olvido.
723
Meira Delmar
Soneto En Vano
¿A dónde iré que no me alcance el vuelo
de tu mirada que en azor se muda,
y la noche de sueños me desnuda
con el brillo quemante del desvelo?
¿En qué sitio del aire, el mar, el cielo,
encontrará mi corazón ayuda,
la clara mano que mi mal acuda
y en dulcedumbre me convierta el duelo?
La frente pensativa me rodeas
de lejanas memorias. Me recreas
los rostros del amor enceguecido.
Y es inútil que huya de tu acecho
si te oigo vivir dentro del pecho
con la vida sin muerte del olvido.
de tu mirada que en azor se muda,
y la noche de sueños me desnuda
con el brillo quemante del desvelo?
¿En qué sitio del aire, el mar, el cielo,
encontrará mi corazón ayuda,
la clara mano que mi mal acuda
y en dulcedumbre me convierta el duelo?
La frente pensativa me rodeas
de lejanas memorias. Me recreas
los rostros del amor enceguecido.
Y es inútil que huya de tu acecho
si te oigo vivir dentro del pecho
con la vida sin muerte del olvido.
723
Meira Delmar
Soneto En Vano
¿A dónde iré que no me alcance el vuelo
de tu mirada que en azor se muda,
y la noche de sueños me desnuda
con el brillo quemante del desvelo?
¿En qué sitio del aire, el mar, el cielo,
encontrará mi corazón ayuda,
la clara mano que mi mal acuda
y en dulcedumbre me convierta el duelo?
La frente pensativa me rodeas
de lejanas memorias. Me recreas
los rostros del amor enceguecido.
Y es inútil que huya de tu acecho
si te oigo vivir dentro del pecho
con la vida sin muerte del olvido.
de tu mirada que en azor se muda,
y la noche de sueños me desnuda
con el brillo quemante del desvelo?
¿En qué sitio del aire, el mar, el cielo,
encontrará mi corazón ayuda,
la clara mano que mi mal acuda
y en dulcedumbre me convierta el duelo?
La frente pensativa me rodeas
de lejanas memorias. Me recreas
los rostros del amor enceguecido.
Y es inútil que huya de tu acecho
si te oigo vivir dentro del pecho
con la vida sin muerte del olvido.
723
Meira Delmar
Soledad
Nada igual a esta dicha
de sentirme tan sola
en mitad de la tarde
y en mitad del trigal;
bajo el cielo de estío
y en los brazos del viento
soy una espiga más.
Nada tengo en el alma
ni una pena pequeña
ni un recuerdo lejano
que me hiciera soñar...
Sólo tengo esta dicha
de estar sola en la tarde
¡con la tarde no más!
Un silencio muy largo
va cayendo en el trigo,
porque ya el sol se aleja
y ya el viento se va
¡quién me diera por siempre
esta dicha indecible
de ser, sola y serena,
un milagro de paz!
de sentirme tan sola
en mitad de la tarde
y en mitad del trigal;
bajo el cielo de estío
y en los brazos del viento
soy una espiga más.
Nada tengo en el alma
ni una pena pequeña
ni un recuerdo lejano
que me hiciera soñar...
Sólo tengo esta dicha
de estar sola en la tarde
¡con la tarde no más!
Un silencio muy largo
va cayendo en el trigo,
porque ya el sol se aleja
y ya el viento se va
¡quién me diera por siempre
esta dicha indecible
de ser, sola y serena,
un milagro de paz!
829
Meira Delmar
Soledad
Nada igual a esta dicha
de sentirme tan sola
en mitad de la tarde
y en mitad del trigal;
bajo el cielo de estío
y en los brazos del viento
soy una espiga más.
Nada tengo en el alma
ni una pena pequeña
ni un recuerdo lejano
que me hiciera soñar...
Sólo tengo esta dicha
de estar sola en la tarde
¡con la tarde no más!
Un silencio muy largo
va cayendo en el trigo,
porque ya el sol se aleja
y ya el viento se va
¡quién me diera por siempre
esta dicha indecible
de ser, sola y serena,
un milagro de paz!
de sentirme tan sola
en mitad de la tarde
y en mitad del trigal;
bajo el cielo de estío
y en los brazos del viento
soy una espiga más.
Nada tengo en el alma
ni una pena pequeña
ni un recuerdo lejano
que me hiciera soñar...
Sólo tengo esta dicha
de estar sola en la tarde
¡con la tarde no más!
Un silencio muy largo
va cayendo en el trigo,
porque ya el sol se aleja
y ya el viento se va
¡quién me diera por siempre
esta dicha indecible
de ser, sola y serena,
un milagro de paz!
829
Meira Delmar
Soledad
Nada igual a esta dicha
de sentirme tan sola
en mitad de la tarde
y en mitad del trigal;
bajo el cielo de estío
y en los brazos del viento
soy una espiga más.
Nada tengo en el alma
ni una pena pequeña
ni un recuerdo lejano
que me hiciera soñar...
Sólo tengo esta dicha
de estar sola en la tarde
¡con la tarde no más!
Un silencio muy largo
va cayendo en el trigo,
porque ya el sol se aleja
y ya el viento se va
¡quién me diera por siempre
esta dicha indecible
de ser, sola y serena,
un milagro de paz!
de sentirme tan sola
en mitad de la tarde
y en mitad del trigal;
bajo el cielo de estío
y en los brazos del viento
soy una espiga más.
Nada tengo en el alma
ni una pena pequeña
ni un recuerdo lejano
que me hiciera soñar...
Sólo tengo esta dicha
de estar sola en la tarde
¡con la tarde no más!
Un silencio muy largo
va cayendo en el trigo,
porque ya el sol se aleja
y ya el viento se va
¡quién me diera por siempre
esta dicha indecible
de ser, sola y serena,
un milagro de paz!
829
Meira Delmar
Secreta Isla
Deja que pase entre los dos el tiempo
sin que pueda mudarnos alma y alma.
Hemos quedado fijos, uno y otro,
con impasible soledad de estatuas,
tu rostro al fondo de mis ojos quietos,
mi rostro en tu mirada.
En vano están los pájaros, las nubes,
y el cielo siempre huyendo
hacia el ocaso.
El mar, el mar del corazón innúmero
con sus velas tendidas y sus faros.
Los árboles que llegan sonriendo
a través de las hojas iniciales,
la lluvia que modela finas torres
del vidrio, las mañanas,
el estío...
Como ciegos estamos. Como ciegos
de un viento luminoso que nos alza
y nos lleva tenaz, ávidamente,
nadie sabe hasta dónde.
Y todo nos rodea sin tocarnos
en este alucinante amor de amor
y de silencio.
sin que pueda mudarnos alma y alma.
Hemos quedado fijos, uno y otro,
con impasible soledad de estatuas,
tu rostro al fondo de mis ojos quietos,
mi rostro en tu mirada.
En vano están los pájaros, las nubes,
y el cielo siempre huyendo
hacia el ocaso.
El mar, el mar del corazón innúmero
con sus velas tendidas y sus faros.
Los árboles que llegan sonriendo
a través de las hojas iniciales,
la lluvia que modela finas torres
del vidrio, las mañanas,
el estío...
Como ciegos estamos. Como ciegos
de un viento luminoso que nos alza
y nos lleva tenaz, ávidamente,
nadie sabe hasta dónde.
Y todo nos rodea sin tocarnos
en este alucinante amor de amor
y de silencio.
761
Meira Delmar
Reminiscencia
Un breve instante se cruzaron
tu mirada y la mía.
Y supe de repente
—no sé si tú también—
que en un tiempo
sin años ni relojes,
otro tiempo,
tus ojos y mis ojos
se habían encontrado,
y esto de ahora
no era más que un eco,
la ola que regresa,
atravesando mares,
hasta la antigua orilla.
tu mirada y la mía.
Y supe de repente
—no sé si tú también—
que en un tiempo
sin años ni relojes,
otro tiempo,
tus ojos y mis ojos
se habían encontrado,
y esto de ahora
no era más que un eco,
la ola que regresa,
atravesando mares,
hasta la antigua orilla.
659
Meira Delmar
Reclamo
¡Amor! ¡Amor! ¡Qué has hecho de mi vida!
Mi vida era como un agua mansa,
como un agua ceñida...
Antes de ti, ¡qué fácil para el alma
la espera de sus pasos, y qué fácil
su ligera partida...!
Antes de ti, ¡qué fácil la ventura
frente a la lluvia clara y el silencio
de las tardes dormidas...!
Pero contigo, Amor, cómo se vuelven
la espera y el partir angustia viva...
¡Cómo tus manos claras, inasibles,
rompen las horas mías!
Contigo, Amor, la lluvia no es "la lluvia'"
ni me da su regalo de sonrisas,
y es tortura el silencio cuando pasa
por las tardes dormidas...
Mi vida era como un agua mansa,
como un agua ceñida...
Antes de ti, ¡qué fácil para el alma
la espera de sus pasos, y qué fácil
su ligera partida...!
Antes de ti, ¡qué fácil la ventura
frente a la lluvia clara y el silencio
de las tardes dormidas...!
Pero contigo, Amor, cómo se vuelven
la espera y el partir angustia viva...
¡Cómo tus manos claras, inasibles,
rompen las horas mías!
Contigo, Amor, la lluvia no es "la lluvia'"
ni me da su regalo de sonrisas,
y es tortura el silencio cuando pasa
por las tardes dormidas...
740
Meira Delmar
Reclamo
¡Amor! ¡Amor! ¡Qué has hecho de mi vida!
Mi vida era como un agua mansa,
como un agua ceñida...
Antes de ti, ¡qué fácil para el alma
la espera de sus pasos, y qué fácil
su ligera partida...!
Antes de ti, ¡qué fácil la ventura
frente a la lluvia clara y el silencio
de las tardes dormidas...!
Pero contigo, Amor, cómo se vuelven
la espera y el partir angustia viva...
¡Cómo tus manos claras, inasibles,
rompen las horas mías!
Contigo, Amor, la lluvia no es "la lluvia'"
ni me da su regalo de sonrisas,
y es tortura el silencio cuando pasa
por las tardes dormidas...
Mi vida era como un agua mansa,
como un agua ceñida...
Antes de ti, ¡qué fácil para el alma
la espera de sus pasos, y qué fácil
su ligera partida...!
Antes de ti, ¡qué fácil la ventura
frente a la lluvia clara y el silencio
de las tardes dormidas...!
Pero contigo, Amor, cómo se vuelven
la espera y el partir angustia viva...
¡Cómo tus manos claras, inasibles,
rompen las horas mías!
Contigo, Amor, la lluvia no es "la lluvia'"
ni me da su regalo de sonrisas,
y es tortura el silencio cuando pasa
por las tardes dormidas...
740
Meira Delmar
Regresos
Quiero volver a la que un día
llamamos todos nuestra casa.
Subir las viejas escaleras,
abrir las puertas, las ventanas.
Quiero quedarme un rato, un rato
oyendo aquella misma lluvia
que nunca supe a ciencia cierta
si era de agua o si era música.
Quiero salir a los balcones
donde una niña se asomaba
a ver llegar las golondrinas
que con diciembre regresaban.
Tal vez la encuentre todavía
fijos los ojos en el tiempo,
con una llama de distancias
en la pequeña frente ardiendo.
Quiero cruzar el patio tibio
de sol y rosas y cigarras.
Tocar los muros encalados,
el eco ausente de las jaulas.
Acaso aún estén volando
en torno suyo las palomas,
y me señalen el camino
que va borrándose en la sombra.
Quiero saber si lo que busco
queda en el sueño o en la infancia.
Que voy perdido y he de hallarme
en otro sitio, rostro y alma.
llamamos todos nuestra casa.
Subir las viejas escaleras,
abrir las puertas, las ventanas.
Quiero quedarme un rato, un rato
oyendo aquella misma lluvia
que nunca supe a ciencia cierta
si era de agua o si era música.
Quiero salir a los balcones
donde una niña se asomaba
a ver llegar las golondrinas
que con diciembre regresaban.
Tal vez la encuentre todavía
fijos los ojos en el tiempo,
con una llama de distancias
en la pequeña frente ardiendo.
Quiero cruzar el patio tibio
de sol y rosas y cigarras.
Tocar los muros encalados,
el eco ausente de las jaulas.
Acaso aún estén volando
en torno suyo las palomas,
y me señalen el camino
que va borrándose en la sombra.
Quiero saber si lo que busco
queda en el sueño o en la infancia.
Que voy perdido y he de hallarme
en otro sitio, rostro y alma.
832
Meira Delmar
Raíz Antigua
No es de ahora este amor.
No es en nosotros
donde empieza a sentirse enamorado
este amor por amor, que nada espera.
Este vago misterio que nos vuelve
habitantes de niebla entre los otros.
Este desposeído
amor, sin tardes que nos miren juntos
a través de los trigos derramados
como un viento de oro por la tierra;
este extraño
amor,
de frío y llama,
de nieve y sol, que nos tomó la vida,
aleve, sigiloso, a espaldas nuestras,
en tanto que tú y yo, los distraídos,
mirábamos pasar nubes y rosas
en el torrente azul de la mañana.
No es de ahora. No.
De lejos viene
—de un silencio de siglos,
de un instante
en que tuvimos otro nombre y otra
sangre fugaz nos inundó las venas—,
este amor por amor,
este sollozo
donde estamos perdidos en querernos
como en un laberinto iluminado.
No es en nosotros
donde empieza a sentirse enamorado
este amor por amor, que nada espera.
Este vago misterio que nos vuelve
habitantes de niebla entre los otros.
Este desposeído
amor, sin tardes que nos miren juntos
a través de los trigos derramados
como un viento de oro por la tierra;
este extraño
amor,
de frío y llama,
de nieve y sol, que nos tomó la vida,
aleve, sigiloso, a espaldas nuestras,
en tanto que tú y yo, los distraídos,
mirábamos pasar nubes y rosas
en el torrente azul de la mañana.
No es de ahora. No.
De lejos viene
—de un silencio de siglos,
de un instante
en que tuvimos otro nombre y otra
sangre fugaz nos inundó las venas—,
este amor por amor,
este sollozo
donde estamos perdidos en querernos
como en un laberinto iluminado.
689
Meira Delmar
Presencia En El Olvido
Tú ya no tienes rostro en mi recuerdo. Eres,
nada más, la dorada tarde aquella
en que la primavera se detuvo
a leer con nosotros unos versos,
y prendió entre las ramas del naranjo
azahares nuevos.
Y eres también esa tenaz y leve
melancolía que sus manos mueve
sobre mi corazón,
y casi no es
melancolía.
Alguna vez yo tuve
tu rostro y tus palabras y tus gestos.
¡Hoy no sé qué se hicieron!
Hoy eres solamente
esas pequeñas cosas que se llaman
un día, un libro, el lento
caminar de la mano de la estrella,
y a veces, —pocas veces—, el silencio
fijándome los ojos desolados
en un sitio del aire, como ciegos...
Y este ir por la música temblando
lo mismo que por un lugar incierto.
Yo sé que estás lejano de límite,
perdido en el espacio y en el tiempo...
y por el cauce de mi sangre subes,
llegas, vano fantasma, hasta mi sueño.
Y te quiero mirar, y es esta tarde
dorada, que ya dije,
lo que encuentro...
La tarde que tenía un campanario
invisible y sonoro entre los dedos,
y una humana dulzura en la manera
de entendernos...
Ya tú no tienes rostro. Ya no eres.
Estás en mí como en la piedra el eco.
nada más, la dorada tarde aquella
en que la primavera se detuvo
a leer con nosotros unos versos,
y prendió entre las ramas del naranjo
azahares nuevos.
Y eres también esa tenaz y leve
melancolía que sus manos mueve
sobre mi corazón,
y casi no es
melancolía.
Alguna vez yo tuve
tu rostro y tus palabras y tus gestos.
¡Hoy no sé qué se hicieron!
Hoy eres solamente
esas pequeñas cosas que se llaman
un día, un libro, el lento
caminar de la mano de la estrella,
y a veces, —pocas veces—, el silencio
fijándome los ojos desolados
en un sitio del aire, como ciegos...
Y este ir por la música temblando
lo mismo que por un lugar incierto.
Yo sé que estás lejano de límite,
perdido en el espacio y en el tiempo...
y por el cauce de mi sangre subes,
llegas, vano fantasma, hasta mi sueño.
Y te quiero mirar, y es esta tarde
dorada, que ya dije,
lo que encuentro...
La tarde que tenía un campanario
invisible y sonoro entre los dedos,
y una humana dulzura en la manera
de entendernos...
Ya tú no tienes rostro. Ya no eres.
Estás en mí como en la piedra el eco.
695
Meira Delmar
Presencia En El Olvido
Tú ya no tienes rostro en mi recuerdo. Eres,
nada más, la dorada tarde aquella
en que la primavera se detuvo
a leer con nosotros unos versos,
y prendió entre las ramas del naranjo
azahares nuevos.
Y eres también esa tenaz y leve
melancolía que sus manos mueve
sobre mi corazón,
y casi no es
melancolía.
Alguna vez yo tuve
tu rostro y tus palabras y tus gestos.
¡Hoy no sé qué se hicieron!
Hoy eres solamente
esas pequeñas cosas que se llaman
un día, un libro, el lento
caminar de la mano de la estrella,
y a veces, —pocas veces—, el silencio
fijándome los ojos desolados
en un sitio del aire, como ciegos...
Y este ir por la música temblando
lo mismo que por un lugar incierto.
Yo sé que estás lejano de límite,
perdido en el espacio y en el tiempo...
y por el cauce de mi sangre subes,
llegas, vano fantasma, hasta mi sueño.
Y te quiero mirar, y es esta tarde
dorada, que ya dije,
lo que encuentro...
La tarde que tenía un campanario
invisible y sonoro entre los dedos,
y una humana dulzura en la manera
de entendernos...
Ya tú no tienes rostro. Ya no eres.
Estás en mí como en la piedra el eco.
nada más, la dorada tarde aquella
en que la primavera se detuvo
a leer con nosotros unos versos,
y prendió entre las ramas del naranjo
azahares nuevos.
Y eres también esa tenaz y leve
melancolía que sus manos mueve
sobre mi corazón,
y casi no es
melancolía.
Alguna vez yo tuve
tu rostro y tus palabras y tus gestos.
¡Hoy no sé qué se hicieron!
Hoy eres solamente
esas pequeñas cosas que se llaman
un día, un libro, el lento
caminar de la mano de la estrella,
y a veces, —pocas veces—, el silencio
fijándome los ojos desolados
en un sitio del aire, como ciegos...
Y este ir por la música temblando
lo mismo que por un lugar incierto.
Yo sé que estás lejano de límite,
perdido en el espacio y en el tiempo...
y por el cauce de mi sangre subes,
llegas, vano fantasma, hasta mi sueño.
Y te quiero mirar, y es esta tarde
dorada, que ya dije,
lo que encuentro...
La tarde que tenía un campanario
invisible y sonoro entre los dedos,
y una humana dulzura en la manera
de entendernos...
Ya tú no tienes rostro. Ya no eres.
Estás en mí como en la piedra el eco.
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