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José Antonio Ramos Sucre
El Caballero Del Lucero
EL CABALLERO DEL LUCERO
He recorrido el territorio de Elsinor para allegar
noticias acerca de Ofelia. Se atreve a comparecer, durante el
plenilunio, en el sitio donde perdió la vida. Allí mismo
se cultivan, por mi consejo, las flores de su cabellera y las
vírgenes lugareñas se abstienen de profanarlas.
Yo intentaba atravesar un puente de fresno cuando
una anciana me detuvo para invitarme a seguir la jornada con mis pies.
Yo faltaba a la modestia con explorar a caballo el reino hundido en la
pesadumbre.
El acento metálico y frío de una
trompeta me llenó de espanto. Un alférez la soplaba desde
la azotea visitada por el espectro.
La anciana se retrajo de tomar en cuenta el sonido
lúgubre. De otro modo, me dijo, quedaba yo cautivo en el
circuito de la melancolía.
Desprendió la rama de un sauce para componer
una imitación de la corona silvestre de la heroína.
Sus avisos me alejaron para siempre del
ámbito de la desgracia en donde circulaba el pensamiento
desesperado de Hamlet. Mi caballo debía sacarme por sí
mismo y sin el gobierno de mi mano a un lugar saludable y yo me
abandoné a su trote incierto. Sobresaltó con su relincho,
el día siguiente, los cisnes y las cigüeñas de
Copenhague.
He recorrido el territorio de Elsinor para allegar
noticias acerca de Ofelia. Se atreve a comparecer, durante el
plenilunio, en el sitio donde perdió la vida. Allí mismo
se cultivan, por mi consejo, las flores de su cabellera y las
vírgenes lugareñas se abstienen de profanarlas.
Yo intentaba atravesar un puente de fresno cuando
una anciana me detuvo para invitarme a seguir la jornada con mis pies.
Yo faltaba a la modestia con explorar a caballo el reino hundido en la
pesadumbre.
El acento metálico y frío de una
trompeta me llenó de espanto. Un alférez la soplaba desde
la azotea visitada por el espectro.
La anciana se retrajo de tomar en cuenta el sonido
lúgubre. De otro modo, me dijo, quedaba yo cautivo en el
circuito de la melancolía.
Desprendió la rama de un sauce para componer
una imitación de la corona silvestre de la heroína.
Sus avisos me alejaron para siempre del
ámbito de la desgracia en donde circulaba el pensamiento
desesperado de Hamlet. Mi caballo debía sacarme por sí
mismo y sin el gobierno de mi mano a un lugar saludable y yo me
abandoné a su trote incierto. Sobresaltó con su relincho,
el día siguiente, los cisnes y las cigüeñas de
Copenhague.
484
José Antonio Ramos Sucre
El Caballero Del Lucero
EL CABALLERO DEL LUCERO
He recorrido el territorio de Elsinor para allegar
noticias acerca de Ofelia. Se atreve a comparecer, durante el
plenilunio, en el sitio donde perdió la vida. Allí mismo
se cultivan, por mi consejo, las flores de su cabellera y las
vírgenes lugareñas se abstienen de profanarlas.
Yo intentaba atravesar un puente de fresno cuando
una anciana me detuvo para invitarme a seguir la jornada con mis pies.
Yo faltaba a la modestia con explorar a caballo el reino hundido en la
pesadumbre.
El acento metálico y frío de una
trompeta me llenó de espanto. Un alférez la soplaba desde
la azotea visitada por el espectro.
La anciana se retrajo de tomar en cuenta el sonido
lúgubre. De otro modo, me dijo, quedaba yo cautivo en el
circuito de la melancolía.
Desprendió la rama de un sauce para componer
una imitación de la corona silvestre de la heroína.
Sus avisos me alejaron para siempre del
ámbito de la desgracia en donde circulaba el pensamiento
desesperado de Hamlet. Mi caballo debía sacarme por sí
mismo y sin el gobierno de mi mano a un lugar saludable y yo me
abandoné a su trote incierto. Sobresaltó con su relincho,
el día siguiente, los cisnes y las cigüeñas de
Copenhague.
He recorrido el territorio de Elsinor para allegar
noticias acerca de Ofelia. Se atreve a comparecer, durante el
plenilunio, en el sitio donde perdió la vida. Allí mismo
se cultivan, por mi consejo, las flores de su cabellera y las
vírgenes lugareñas se abstienen de profanarlas.
Yo intentaba atravesar un puente de fresno cuando
una anciana me detuvo para invitarme a seguir la jornada con mis pies.
Yo faltaba a la modestia con explorar a caballo el reino hundido en la
pesadumbre.
El acento metálico y frío de una
trompeta me llenó de espanto. Un alférez la soplaba desde
la azotea visitada por el espectro.
La anciana se retrajo de tomar en cuenta el sonido
lúgubre. De otro modo, me dijo, quedaba yo cautivo en el
circuito de la melancolía.
Desprendió la rama de un sauce para componer
una imitación de la corona silvestre de la heroína.
Sus avisos me alejaron para siempre del
ámbito de la desgracia en donde circulaba el pensamiento
desesperado de Hamlet. Mi caballo debía sacarme por sí
mismo y sin el gobierno de mi mano a un lugar saludable y yo me
abandoné a su trote incierto. Sobresaltó con su relincho,
el día siguiente, los cisnes y las cigüeñas de
Copenhague.
484
José Antonio Ramos Sucre
El Año Desierto
EL AÑO DESIERTO
Yo subía despacio la escalera de piedra y
descansaba a mis solas en una silla grave, de autoridad secular. La
azotea dominaba una redonda fría, mortecina, y yo me guardaba de
recorrerla con la vista.
Una memoria infeliz me obligaba a permanecer
cabizbajo y me retraía de contemplar la maravilla del edificio,
refugio de mi desesperanza. Había surgido en una sola noche,
según la fábula de los humildes, y por un arte
réprobo. Los metales, los elementos más enérgicos
de la naturaleza, obedecían al punto la voluntad de un
arbitrista o demiurgo de faz inmóvil y de boca sellada y
florecían mágicamente en sus dedos.
Yo entretenía la pesadumbre leyendo las
páginas de Boecio y meditando el revés de su fortuna. Una
conseja le asignaba el invento de artificios de hierro, destituidos de
ejes y de ruedas y proporcionados a imitar la carrera de los planetas.
Recibían un movimiento perenne de manos de un ser invisible.
Yo demandaba el favor sobrenatural. La doncella
nostálgica había desaparecido de los caminos de la tierra
y volado con alas transparentes bajo el cielo mustio. Yo la invitaba
desde mi lasitud y desconsuelo a volver de la ausencia infinita. Una
forma aérea convino en aparecer, en sosegar mi sensibilidad
gemebunda. Recuerdo apenas el tinte de sus cabellos, lumbre de
volátil oriflama.
Yo subía despacio la escalera de piedra y
descansaba a mis solas en una silla grave, de autoridad secular. La
azotea dominaba una redonda fría, mortecina, y yo me guardaba de
recorrerla con la vista.
Una memoria infeliz me obligaba a permanecer
cabizbajo y me retraía de contemplar la maravilla del edificio,
refugio de mi desesperanza. Había surgido en una sola noche,
según la fábula de los humildes, y por un arte
réprobo. Los metales, los elementos más enérgicos
de la naturaleza, obedecían al punto la voluntad de un
arbitrista o demiurgo de faz inmóvil y de boca sellada y
florecían mágicamente en sus dedos.
Yo entretenía la pesadumbre leyendo las
páginas de Boecio y meditando el revés de su fortuna. Una
conseja le asignaba el invento de artificios de hierro, destituidos de
ejes y de ruedas y proporcionados a imitar la carrera de los planetas.
Recibían un movimiento perenne de manos de un ser invisible.
Yo demandaba el favor sobrenatural. La doncella
nostálgica había desaparecido de los caminos de la tierra
y volado con alas transparentes bajo el cielo mustio. Yo la invitaba
desde mi lasitud y desconsuelo a volver de la ausencia infinita. Una
forma aérea convino en aparecer, en sosegar mi sensibilidad
gemebunda. Recuerdo apenas el tinte de sus cabellos, lumbre de
volátil oriflama.
472
José Antonio Ramos Sucre
El Año Desierto
EL AÑO DESIERTO
Yo subía despacio la escalera de piedra y
descansaba a mis solas en una silla grave, de autoridad secular. La
azotea dominaba una redonda fría, mortecina, y yo me guardaba de
recorrerla con la vista.
Una memoria infeliz me obligaba a permanecer
cabizbajo y me retraía de contemplar la maravilla del edificio,
refugio de mi desesperanza. Había surgido en una sola noche,
según la fábula de los humildes, y por un arte
réprobo. Los metales, los elementos más enérgicos
de la naturaleza, obedecían al punto la voluntad de un
arbitrista o demiurgo de faz inmóvil y de boca sellada y
florecían mágicamente en sus dedos.
Yo entretenía la pesadumbre leyendo las
páginas de Boecio y meditando el revés de su fortuna. Una
conseja le asignaba el invento de artificios de hierro, destituidos de
ejes y de ruedas y proporcionados a imitar la carrera de los planetas.
Recibían un movimiento perenne de manos de un ser invisible.
Yo demandaba el favor sobrenatural. La doncella
nostálgica había desaparecido de los caminos de la tierra
y volado con alas transparentes bajo el cielo mustio. Yo la invitaba
desde mi lasitud y desconsuelo a volver de la ausencia infinita. Una
forma aérea convino en aparecer, en sosegar mi sensibilidad
gemebunda. Recuerdo apenas el tinte de sus cabellos, lumbre de
volátil oriflama.
Yo subía despacio la escalera de piedra y
descansaba a mis solas en una silla grave, de autoridad secular. La
azotea dominaba una redonda fría, mortecina, y yo me guardaba de
recorrerla con la vista.
Una memoria infeliz me obligaba a permanecer
cabizbajo y me retraía de contemplar la maravilla del edificio,
refugio de mi desesperanza. Había surgido en una sola noche,
según la fábula de los humildes, y por un arte
réprobo. Los metales, los elementos más enérgicos
de la naturaleza, obedecían al punto la voluntad de un
arbitrista o demiurgo de faz inmóvil y de boca sellada y
florecían mágicamente en sus dedos.
Yo entretenía la pesadumbre leyendo las
páginas de Boecio y meditando el revés de su fortuna. Una
conseja le asignaba el invento de artificios de hierro, destituidos de
ejes y de ruedas y proporcionados a imitar la carrera de los planetas.
Recibían un movimiento perenne de manos de un ser invisible.
Yo demandaba el favor sobrenatural. La doncella
nostálgica había desaparecido de los caminos de la tierra
y volado con alas transparentes bajo el cielo mustio. Yo la invitaba
desde mi lasitud y desconsuelo a volver de la ausencia infinita. Una
forma aérea convino en aparecer, en sosegar mi sensibilidad
gemebunda. Recuerdo apenas el tinte de sus cabellos, lumbre de
volátil oriflama.
472
José Antonio Ramos Sucre
El Alumno De Violante
EL ALUMNO DE VIOLANTE
Un ciprés enigmático domina el
horizonte de mi infancia.
Yo prefería el éxtasis vespertino, me
retiraba de la aldea y me perdía a voluntad en el recato de los
montes. Un poder invisible me encaminaba a la presencia de unos
sepulcros, a descubrir la serenidad y la esperanza en el semblante de
unas imágenes de mármol.
Una sombra clemente, distinta de las figuras del
miedo, me envolvía con sus agasajos y me situaba en el camino
del retorno. Su faz anunciaba un dolor celeste y el ciprés de su
refugio despedía el lamento de una cítara.
Yo me sumergía en un sueño libre de
visiones y alcanzaba un olvido cabal.
Una virgen atenta dirigió mis primeros
años con el ejemplo de sus facultades. Su canto fugitivo
despertaba el júbilo de los silfos del aire. Sus dedos
fáciles herían una mandolina de Francia.
Su voz cándida enajenaba mis sentidos al
recorrer los episodios de un romancero. Conjuraba del limbo de mis
sueños la sombra clemente y la rodeaba con el atavío de
una balada legendaria.
Un ciprés enigmático domina el
horizonte de mi infancia.
Yo prefería el éxtasis vespertino, me
retiraba de la aldea y me perdía a voluntad en el recato de los
montes. Un poder invisible me encaminaba a la presencia de unos
sepulcros, a descubrir la serenidad y la esperanza en el semblante de
unas imágenes de mármol.
Una sombra clemente, distinta de las figuras del
miedo, me envolvía con sus agasajos y me situaba en el camino
del retorno. Su faz anunciaba un dolor celeste y el ciprés de su
refugio despedía el lamento de una cítara.
Yo me sumergía en un sueño libre de
visiones y alcanzaba un olvido cabal.
Una virgen atenta dirigió mis primeros
años con el ejemplo de sus facultades. Su canto fugitivo
despertaba el júbilo de los silfos del aire. Sus dedos
fáciles herían una mandolina de Francia.
Su voz cándida enajenaba mis sentidos al
recorrer los episodios de un romancero. Conjuraba del limbo de mis
sueños la sombra clemente y la rodeaba con el atavío de
una balada legendaria.
500
José Antonio Ramos Sucre
La Procesión
LA PROCESIÓN
Yo rodeaba la vega de la ciudad inmemorial en
solicitud de maravillas. Había recibido de un jardinero la
quimérica flor azul.
Un anciano se acercó a dirigir mis pasos. Me
precedía con una espada en la mano y portaba en un dedo la
amatista pontifical. El anciano había ahuyentado a Atila de su
carrera, apareciéndole en sueños.
Dirigió la palabra a las siete mil estatuas
de una basílica de mármol y bajaron de sus zócalos
y nos siguieron por las calles desiertas. Las estatuas representaban el
trovador, el caballero y el monje, los ejemplares más
distinguidos de la edad media.
Unas campanas invisibles difundieron a la hora del
ángelus el son glacial de una armónica.
El anciano y la muchedumbre de los personajes
eternos me acompañaron hasta el campo y se devolvieron de
mí cuando las estrellas profundas imitaban un reguero de perlas
sobre terciopelo negro, sugiriendo una imagen del fastuoso pincel
veneciano. Se alejaron elevando un cántico radiante.
Yo caí de rodillas sobre la hierba
dócil, rezando un terceto en alabanza de Beatriz, y un centauro
desterrado pasó a galope en la noche de la incertidumbre.
Yo rodeaba la vega de la ciudad inmemorial en
solicitud de maravillas. Había recibido de un jardinero la
quimérica flor azul.
Un anciano se acercó a dirigir mis pasos. Me
precedía con una espada en la mano y portaba en un dedo la
amatista pontifical. El anciano había ahuyentado a Atila de su
carrera, apareciéndole en sueños.
Dirigió la palabra a las siete mil estatuas
de una basílica de mármol y bajaron de sus zócalos
y nos siguieron por las calles desiertas. Las estatuas representaban el
trovador, el caballero y el monje, los ejemplares más
distinguidos de la edad media.
Unas campanas invisibles difundieron a la hora del
ángelus el son glacial de una armónica.
El anciano y la muchedumbre de los personajes
eternos me acompañaron hasta el campo y se devolvieron de
mí cuando las estrellas profundas imitaban un reguero de perlas
sobre terciopelo negro, sugiriendo una imagen del fastuoso pincel
veneciano. Se alejaron elevando un cántico radiante.
Yo caí de rodillas sobre la hierba
dócil, rezando un terceto en alabanza de Beatriz, y un centauro
desterrado pasó a galope en la noche de la incertidumbre.
461
José Antonio Ramos Sucre
El Extranjero
EL EXTRANJERO
Había resuelto esconderse para el
sufrimiento. Se holgaba en una vivienda sepulcral, asilo del musgo
decadente y del hongo senil. Una lámpara inútil
significaba la desidia.
Había renunciado los escrúpulos de la
civilización y la consideraba un trasunto de la molicie.
Descansaba audazmente al raso, en medio de una hierbal prehensil.
Insinuaba la imagen de un ser primario, intento o
desvarío de la vida en una época diluvial. El cabello y
la barba de limo parecían alterados con el sedimento de un
refugio lacustre.
Se vestía de flores y de hojas para festejar
las vicisitudes del cielo, efemérides culminantes en el
calendario del rústico.
Se recreaba con el pensamiento de volver al seno de
la tierra y perderse en su oscuridad. Se prevenía para la
desnudez en la fosa indistinta arrojándose a los azares de la
naturaleza, recibiendo en su persona la lluvia fugaz el verano.
Dejó de ser en un día de noviembre, el mes de las
siluetas.
Había resuelto esconderse para el
sufrimiento. Se holgaba en una vivienda sepulcral, asilo del musgo
decadente y del hongo senil. Una lámpara inútil
significaba la desidia.
Había renunciado los escrúpulos de la
civilización y la consideraba un trasunto de la molicie.
Descansaba audazmente al raso, en medio de una hierbal prehensil.
Insinuaba la imagen de un ser primario, intento o
desvarío de la vida en una época diluvial. El cabello y
la barba de limo parecían alterados con el sedimento de un
refugio lacustre.
Se vestía de flores y de hojas para festejar
las vicisitudes del cielo, efemérides culminantes en el
calendario del rústico.
Se recreaba con el pensamiento de volver al seno de
la tierra y perderse en su oscuridad. Se prevenía para la
desnudez en la fosa indistinta arrojándose a los azares de la
naturaleza, recibiendo en su persona la lluvia fugaz el verano.
Dejó de ser en un día de noviembre, el mes de las
siluetas.
411
José Antonio Ramos Sucre
De Profundis
DE PROFUNDIS
He recorrido el palacio mágico del
sueño. Me he fatigado en vano por descubrir el vestigio de una
mujer ausente de este mundo. Yo deseaba restablecerla en mi pensamiento.
Conservo mis afectos de adolescente sufrido y
cabizbajo. Su belleza adornaba una calle de ruinas. Yo me insinuaba
hasta su ventana en medio de la oscuridad crepuscular. Me
excedía en algunos años y yo ocultaba de los maldicientes
mi pasión delirante.
Dejó de presentarse en una noche de temores y
congojas y recordé infructuosamente las señas de su
vivienda. Un temporal corría la inmensidad.
Yo seguí a desahogar la melancolía
indeleble en una aventura, donde mis compañeros se perdieron y
murieron. Yo amanecí en el recinto de una iglesia, monumento
erigido por una doncella de otros siglos. El sacerdote encarecía
las pruebas de su devoción y anunciaba desde el púlpito
amenazas invariables. Celebró después el oficio de
difuntos y llenó mis oídos con el rumor de un salmo
siniestro.
He recorrido el palacio mágico del
sueño. Me he fatigado en vano por descubrir el vestigio de una
mujer ausente de este mundo. Yo deseaba restablecerla en mi pensamiento.
Conservo mis afectos de adolescente sufrido y
cabizbajo. Su belleza adornaba una calle de ruinas. Yo me insinuaba
hasta su ventana en medio de la oscuridad crepuscular. Me
excedía en algunos años y yo ocultaba de los maldicientes
mi pasión delirante.
Dejó de presentarse en una noche de temores y
congojas y recordé infructuosamente las señas de su
vivienda. Un temporal corría la inmensidad.
Yo seguí a desahogar la melancolía
indeleble en una aventura, donde mis compañeros se perdieron y
murieron. Yo amanecí en el recinto de una iglesia, monumento
erigido por una doncella de otros siglos. El sacerdote encarecía
las pruebas de su devoción y anunciaba desde el púlpito
amenazas invariables. Celebró después el oficio de
difuntos y llenó mis oídos con el rumor de un salmo
siniestro.
475
José Antonio Ramos Sucre
Los Lazos De La Quimera
LOS LAZOS DE LA QUIMERA
Yo velaba en la crisis de la soledad nocturna. El
retrato de una mujer ideal, única alhaja del aposento,
desplegaba mi sobreceño, divertía algunas veces mi
inquietud.
Yo lo había conseguido en la subasta de unos
muebles gentiles. El matiz de los cabellos me recordó los de una
beldad grácil, fantasma del olvido. El pincel de un iluso
había persistido inútilmente en imitarlos.
Yo me esforzaba en calar el enigma de una disciplina
singular, de un arte secreto, y dibujaba, sin darme cuenta, la cifra de
cantidades inéditas.
Me he fatigado hasta el momento de hundirme en un
sopor, bajo los dedos de una mano fría de mármol.
Yo desperté en una sala funeral y la
recorrí por entero, sorteando las urnas de piedra. En el
zócalo de una imagen de la eternidad, cegada por una venda,
acerté con el residuo del veneno de Julieta.
Yo velaba en la crisis de la soledad nocturna. El
retrato de una mujer ideal, única alhaja del aposento,
desplegaba mi sobreceño, divertía algunas veces mi
inquietud.
Yo lo había conseguido en la subasta de unos
muebles gentiles. El matiz de los cabellos me recordó los de una
beldad grácil, fantasma del olvido. El pincel de un iluso
había persistido inútilmente en imitarlos.
Yo me esforzaba en calar el enigma de una disciplina
singular, de un arte secreto, y dibujaba, sin darme cuenta, la cifra de
cantidades inéditas.
Me he fatigado hasta el momento de hundirme en un
sopor, bajo los dedos de una mano fría de mármol.
Yo desperté en una sala funeral y la
recorrí por entero, sorteando las urnas de piedra. En el
zócalo de una imagen de la eternidad, cegada por una venda,
acerté con el residuo del veneno de Julieta.
440
José Antonio Ramos Sucre
La Zarza De Los Médanos
LA ZARZA DE LOS MÉDANOS
El país de mi infancia adolecía de una
aridez penitencial.
Yo sufría el ascendiente de un cielo
desvaído y divisaba el perfil de una torre mística.
Los montes sobrios y de cima recóndita
preferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,
según el pensamiento de una criatura pusilánime, se
recataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de un
río perplejo y volaban en la brisa del océano.
Vencíamos el susto de las noches visionarias
a través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncos
lacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolente
vertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.
La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba de
modo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,
imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de la
muerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojas
montaraces del asalto de las arenas.
El mar salió de sus límites a cubrir
el litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigió
el esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidad
inequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados y
percibía en el aire del aposento los efluvios de la maleza
fragante.
El país de mi infancia adolecía de una
aridez penitencial.
Yo sufría el ascendiente de un cielo
desvaído y divisaba el perfil de una torre mística.
Los montes sobrios y de cima recóndita
preferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,
según el pensamiento de una criatura pusilánime, se
recataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de un
río perplejo y volaban en la brisa del océano.
Vencíamos el susto de las noches visionarias
a través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncos
lacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolente
vertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.
La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba de
modo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,
imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de la
muerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojas
montaraces del asalto de las arenas.
El mar salió de sus límites a cubrir
el litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigió
el esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidad
inequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados y
percibía en el aire del aposento los efluvios de la maleza
fragante.
443
José Antonio Ramos Sucre
La Merced De La Bruma
LA MERCED DE LA BRUMA
Yo vivo a los pies de la dama cortés,
atisbando su benigna sonrisa de numen.
El cierzo invade la sala friolenta y cautiva en su
torbellino las quimeras y los fantasmas del hastío. Repite el
monólogo del pino desventurado y humedece ¡oh
lágrimas invisibles! la faz de los espejos y de las consolas de
un dorado triste.
Yo diviso a través de la ventana el
desmán de un oso y el sobresalto de unas aves lentas, de
sueño precoz. La tarde engalana el bosque de luces taciturnas.
El discurso de la mujer insinuante no consigue
mitigar la pesadumbre del exilio. Yo padezco el sortilegio de su
voluntad repentina y declaro en frases indirectas el pensamiento del
retorno al mediodía jovial. Mis palabras vuelan ateridas,
enfermas de la congoja del cielo.
La dama cortés adivina en lontananza un
mensaje benévolo. Recibe de manos de un jinete menudo y suspicaz
el secreto de la belleza inmortal, el iris de los polos, una flor
ignorada.
Yo vivo a los pies de la dama cortés,
atisbando su benigna sonrisa de numen.
El cierzo invade la sala friolenta y cautiva en su
torbellino las quimeras y los fantasmas del hastío. Repite el
monólogo del pino desventurado y humedece ¡oh
lágrimas invisibles! la faz de los espejos y de las consolas de
un dorado triste.
Yo diviso a través de la ventana el
desmán de un oso y el sobresalto de unas aves lentas, de
sueño precoz. La tarde engalana el bosque de luces taciturnas.
El discurso de la mujer insinuante no consigue
mitigar la pesadumbre del exilio. Yo padezco el sortilegio de su
voluntad repentina y declaro en frases indirectas el pensamiento del
retorno al mediodía jovial. Mis palabras vuelan ateridas,
enfermas de la congoja del cielo.
La dama cortés adivina en lontananza un
mensaje benévolo. Recibe de manos de un jinete menudo y suspicaz
el secreto de la belleza inmortal, el iris de los polos, una flor
ignorada.
371
José Antonio Ramos Sucre
La Alianza
LA ALIANZA
Yo escuchaba sollozos a través del
sueño ligero y variable. No podían venir de mi casa
desierta ni de mi vecindario diseminado en un área espaciosa.
Yo vivía delante de una plaza vieja, sumida
en la penumbra de unos árboles secos, de un dibujo elemental.
Mostraban una corteza de escamas y sus hojas afiladas y de un tejido
córneo, semejantes a cintas flácidas, habían
cesado de criar savia.
Un mensajero llegó de lejos, al rayar el
día, a decirme la nueva infausta. Había devorado la
distancia, montado sobre un caballo impetuoso, de arnés galano.
Admiré el estribo de usanza arábiga.
Las hijas de mi ayo y consejero me recordaron al
verse desvalidas. La muerte lo hirió sigilosamente en medio de
la espesura de la noche y los sones de su flauta burlesca de ministril
revelaron la desgracia y propagaron la consternación.
Yo había olvidado en una cámara de
muebles pulverizados el carruaje de mis excursiones juveniles.
Alcancé el hogar visitado por el infortunio, después de
restablecer el armazón y las ruedas en más de un sitio de
la campiña reseca.
Las mujeres vinieron a mi encuentro, solemnes y
demacradas a la manera de las sibilas. Me habían reservado la
ceremonia de esparcir el puño de cal sobre el rostro del
difunto, semejanza de algún rito de los gentiles en obsequio del
piloto infernal.
Yo sellaba de tal modo el convenio de un pesar
inmutable, sin reforzar mi lenguaje exento de efusión y de
gracia. Asisto fielmente al responso cotidiano en el oratorio familiar
y añado mi voz a una salmodia triste.
Yo escuchaba sollozos a través del
sueño ligero y variable. No podían venir de mi casa
desierta ni de mi vecindario diseminado en un área espaciosa.
Yo vivía delante de una plaza vieja, sumida
en la penumbra de unos árboles secos, de un dibujo elemental.
Mostraban una corteza de escamas y sus hojas afiladas y de un tejido
córneo, semejantes a cintas flácidas, habían
cesado de criar savia.
Un mensajero llegó de lejos, al rayar el
día, a decirme la nueva infausta. Había devorado la
distancia, montado sobre un caballo impetuoso, de arnés galano.
Admiré el estribo de usanza arábiga.
Las hijas de mi ayo y consejero me recordaron al
verse desvalidas. La muerte lo hirió sigilosamente en medio de
la espesura de la noche y los sones de su flauta burlesca de ministril
revelaron la desgracia y propagaron la consternación.
Yo había olvidado en una cámara de
muebles pulverizados el carruaje de mis excursiones juveniles.
Alcancé el hogar visitado por el infortunio, después de
restablecer el armazón y las ruedas en más de un sitio de
la campiña reseca.
Las mujeres vinieron a mi encuentro, solemnes y
demacradas a la manera de las sibilas. Me habían reservado la
ceremonia de esparcir el puño de cal sobre el rostro del
difunto, semejanza de algún rito de los gentiles en obsequio del
piloto infernal.
Yo sellaba de tal modo el convenio de un pesar
inmutable, sin reforzar mi lenguaje exento de efusión y de
gracia. Asisto fielmente al responso cotidiano en el oratorio familiar
y añado mi voz a una salmodia triste.
561
José Antonio Ramos Sucre
La Redención De Fausto
LA REDENCIÓN DE FAUSTO
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
475
José Antonio Ramos Sucre
La Redención De Fausto
LA REDENCIÓN DE FAUSTO
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
Leonardo da Vinci gustaba de pintar figuras
gaseosas, umbrátiles. Dejó en manos de Alberto Durero,
habitante de Venecia, un ejemplar de la Gioconda, célebre por la
sonrisa mágica.
Ese mismo cuadro vino a iluminar, días
después, la estancia de Fausto.
El sabio se fatigaba riñendo con un bachiller
presuntuoso de cuello de encaje y espadín, y con
Mefistófeles, antecesor de Hegel, obstinado en ejecutar la
síntesis de los contrarios, en equivocar el bien con el mal.
Fausto los despidió de su amistad, volvió en su juicio y
notó por primera vez la ausencia de la mujer.
La criatura espectral de Leonardo da Vinci
dejó de ser una imagen cautiva, posó la mano sobre el
hombro del pensador y apagó su lámpara vigilante.
475
José Antonio Ramos Sucre
El Olvido
EL OLVIDO
Yo no pisaba las huellas del cazador extravagante.
Quería evitar el contagio de su pesadumbre.
Morábamos vecinos en un país de
belleza augusta. El azufre y demás fósiles predilectos
del fuego se juntaban en la composición de la tierra.
El cazador frecuentaba los montes de granito. Su
gesto valiente se dibujaba en la zona del éter cándido.
Una lumbre fugitiva dirigía sus pasos.
Había domesticado el ser más viejo
entre las gamuzas repentinas. Acertaba de espaldas con el objeto de sus
tiros.
No lo abordé sino una vez, para dar con el motivo de su desvío.
La manera grave de su discurso no me permitió
recoger una vislumbre.
Había fabricado su cabaña a la sombra de un pino glacial.
Yo la visité furtivamente al advertir su
ausencia de una semana. El cazador, libre de los efectos
deletéreos de la muerte, yacía en un ataúd de
piedra. El semblante helado, ajeno del pesar, no inspiraba conjeturas
sobre la causa del fallecimiento. Un reguero de carbunclos
magnéticos había caído de su diestra.
Un torrente, creado por la lluvia fortuita, arroja
sobre la cabaña un sedimento de arena y promete cegarla.
Yo no pisaba las huellas del cazador extravagante.
Quería evitar el contagio de su pesadumbre.
Morábamos vecinos en un país de
belleza augusta. El azufre y demás fósiles predilectos
del fuego se juntaban en la composición de la tierra.
El cazador frecuentaba los montes de granito. Su
gesto valiente se dibujaba en la zona del éter cándido.
Una lumbre fugitiva dirigía sus pasos.
Había domesticado el ser más viejo
entre las gamuzas repentinas. Acertaba de espaldas con el objeto de sus
tiros.
No lo abordé sino una vez, para dar con el motivo de su desvío.
La manera grave de su discurso no me permitió
recoger una vislumbre.
Había fabricado su cabaña a la sombra de un pino glacial.
Yo la visité furtivamente al advertir su
ausencia de una semana. El cazador, libre de los efectos
deletéreos de la muerte, yacía en un ataúd de
piedra. El semblante helado, ajeno del pesar, no inspiraba conjeturas
sobre la causa del fallecimiento. Un reguero de carbunclos
magnéticos había caído de su diestra.
Un torrente, creado por la lluvia fortuita, arroja
sobre la cabaña un sedimento de arena y promete cegarla.
512
José Antonio Ramos Sucre
La Taberna
LA TABERNA
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
457
José Antonio Ramos Sucre
La Taberna
LA TABERNA
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
457
José Antonio Ramos Sucre
La Taberna
LA TABERNA
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
457
José Antonio Ramos Sucre
La Taberna
LA TABERNA
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
457
José Antonio Ramos Sucre
El Rencor
EL RENCOR
La música del clavecín, alivio de un
alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa,
por la ventana de su balcón, el río fatigado y el
temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de
Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de
mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron,
esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos
habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de
celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los
hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron
conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo
vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y
sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al
resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión
ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir
sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y
concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi
pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos
de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron
la reconciliación definitiva.
La música del clavecín, alivio de un
alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa,
por la ventana de su balcón, el río fatigado y el
temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de
Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de
mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron,
esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos
habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de
celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los
hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron
conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo
vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y
sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al
resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión
ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir
sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y
concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi
pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos
de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron
la reconciliación definitiva.
444
José Antonio Ramos Sucre
El Rencor
EL RENCOR
La música del clavecín, alivio de un
alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa,
por la ventana de su balcón, el río fatigado y el
temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de
Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de
mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron,
esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos
habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de
celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los
hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron
conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo
vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y
sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al
resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión
ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir
sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y
concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi
pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos
de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron
la reconciliación definitiva.
La música del clavecín, alivio de un
alma impaciente, vuela a perderse en el infinito. La artista divisa,
por la ventana de su balcón, el río fatigado y el
temporal de un cielo variable.
El instrumento musical había venido de
Italia, años antes, por la vía del mar. Los naturales de
mi provincia convinieron en el primor de la fábrica y dejaron,
esa vez, de enemistarse por una causa baladí. Los artesanos
habían aprovechado la madera de un ataúd eterno.
La artista no se mostraba jamás. Un drama de
celos había arruinado su casa y dividido a sus progenitores. Los
hermanos la vedaban a la vista de los jóvenes y riñeron
conmigo al sorprenderme en la avenida de su mansión. Yo
vivía suspenso por efecto de los sones ansiosos y
sobrellevé la arbitrariedad y no me adherí al
resentimiento de mis abuelos, heridos por esa familia rival.
La artista había nacido de una pasión
ilícita, oprobio del honor intransigente. Yo vine a discurrir
sobre el desvío de los suyos para mis antepasados y
concebí una leyenda oscura y tal vez injusta.
Los hermanos de la artista aceptaron sin recato mi
pésame cuando sucumbió de un mal exasperado. Los retratos
de la sala mortuoria me dirigieron una mirada penetrante e impidieron
la reconciliación definitiva.
444
José Antonio Ramos Sucre
El Duelo
EL DUELO
El galán quedó tendido en el suelo de
nieve, entre los árboles disecados por el invierno. Salía
del baile de máscaras, animado de la pasión de los celos,
a demandar un desagravio. Recibió en el pecho el aguda
lámina de hierro.
La dama vestida de terciopelo azul, motivo de la
discordia, presenció el curso y el desenlace del conflicto
sangriento. Le atribuían en secreto uno de los apellidos
más nobles de Francia.
El mágico de ropilla escarlata sostiene en
sus brazos al moribundo y escucha las últimas palabras,
enunciadas con la voz ansiosa y débil de un infante. Presta el
auxilio de una ciencia difamada.
La mujer culpable se recoge en el palacio de
exquisita arquitectura. Sus autores y fabricantes se habían
inspirado en la fauna. Balbuce de miedo al considerar la noticia de una
peste ensañada con las hermosas y criada en los puertos de
Levante.
La dama sucumbe en la sala del piso de
pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra
de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de
envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.
El galán quedó tendido en el suelo de
nieve, entre los árboles disecados por el invierno. Salía
del baile de máscaras, animado de la pasión de los celos,
a demandar un desagravio. Recibió en el pecho el aguda
lámina de hierro.
La dama vestida de terciopelo azul, motivo de la
discordia, presenció el curso y el desenlace del conflicto
sangriento. Le atribuían en secreto uno de los apellidos
más nobles de Francia.
El mágico de ropilla escarlata sostiene en
sus brazos al moribundo y escucha las últimas palabras,
enunciadas con la voz ansiosa y débil de un infante. Presta el
auxilio de una ciencia difamada.
La mujer culpable se recoge en el palacio de
exquisita arquitectura. Sus autores y fabricantes se habían
inspirado en la fauna. Balbuce de miedo al considerar la noticia de una
peste ensañada con las hermosas y criada en los puertos de
Levante.
La dama sucumbe en la sala del piso de
pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra
de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de
envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.
484
José Antonio Ramos Sucre
La Mesnada
LA MESNADA
Los colores vanos del alba me indicaban la hora de
asistir al oficio de difuntos, celebrado en honor de la joven reina por
unas monjas de celestial belleza. Yo sosegaba de ese modo el humo
sombrío y castizo.
Las monjas adivinaban mi interés por la
memoria de la soberana y me rodeaban solícitas. Yo quedaba de
rodillas en el oratorio impenetrable, después de la
celebración de la misa. Entreveía las figuras entecas,
dibujadas en las vidrieras y mosaicos. Unos santos armados y a caballo
militaban contra los vestiglos de un arte heráldico.
Yo salía del retiro a unirme con los devotos
de mi persona, esparcidos a distancia de la voz en las avenidas del
asilo venerable. Debían acudir al mediar la mañana.
Yo recuperaba, al pisar la calle, mi
presunción innata. Habría dirigido, en presencia de los
matasietes, la bienvenida al peligro, imitando una actitud de
César.
Un jorobado empezó a reírse de manera
abominable al reparar en el entono y compás de mis ademanes. Lo
había salvado, el año anterior, cuando el verdugo se
disponía a descuartizarlo, acusándolo de homicida.
Mis aficionados se precipitaron a satisfacer mi
indignación y lo enderezaron por medio del tormento.
Los colores vanos del alba me indicaban la hora de
asistir al oficio de difuntos, celebrado en honor de la joven reina por
unas monjas de celestial belleza. Yo sosegaba de ese modo el humo
sombrío y castizo.
Las monjas adivinaban mi interés por la
memoria de la soberana y me rodeaban solícitas. Yo quedaba de
rodillas en el oratorio impenetrable, después de la
celebración de la misa. Entreveía las figuras entecas,
dibujadas en las vidrieras y mosaicos. Unos santos armados y a caballo
militaban contra los vestiglos de un arte heráldico.
Yo salía del retiro a unirme con los devotos
de mi persona, esparcidos a distancia de la voz en las avenidas del
asilo venerable. Debían acudir al mediar la mañana.
Yo recuperaba, al pisar la calle, mi
presunción innata. Habría dirigido, en presencia de los
matasietes, la bienvenida al peligro, imitando una actitud de
César.
Un jorobado empezó a reírse de manera
abominable al reparar en el entono y compás de mis ademanes. Lo
había salvado, el año anterior, cuando el verdugo se
disponía a descuartizarlo, acusándolo de homicida.
Mis aficionados se precipitaron a satisfacer mi
indignación y lo enderezaron por medio del tormento.
479
José Antonio Ramos Sucre
El Herbolario
EL HERBOLARIO
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
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