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José Antonio Ramos Sucre
Vislumbre Del Día Aciago
VISLUMBRE DEL DÍA ACIAGO
El prado fenece en una arboleda. Los vegetales, de
un verde luctuoso, prosperan libremente al aire embebido, fiados al sol
mortecino. Un ave friolenta, de gorjeo tenue, sube en demanda de la
luz. Vuela y trina en medio de un débil esplendor blanco. Posa
alguna vez sobre el techo rojo de un edificio, mansión de dos
pisos, aislada y abandonada.
Lamenta la primavera transparente, cuando revolaba,
trazando orbes y rayas fugaces. Soporta diluvios y torbellinos,
meteoros de la estación maligna. Observa el reposo de las nubes
y de las sombras amontonadas. Recibe la sugestión de la tierra
letárgica y permanece inmóvil, sumada al panorama
desanimado.
Resiste las energías calamitosas, soltadas de
su cárcel nocturna, juntando los débiles alientos de
sí misma, acostumbrada a las oscilaciones de la naturaleza
inmortal; y guarda semejanza con el espectador de una escena
litúrgica, preliminar del retorno indefectible del
júbilo, comentada por el viento en su triste pífano.
El prado fenece en una arboleda. Los vegetales, de
un verde luctuoso, prosperan libremente al aire embebido, fiados al sol
mortecino. Un ave friolenta, de gorjeo tenue, sube en demanda de la
luz. Vuela y trina en medio de un débil esplendor blanco. Posa
alguna vez sobre el techo rojo de un edificio, mansión de dos
pisos, aislada y abandonada.
Lamenta la primavera transparente, cuando revolaba,
trazando orbes y rayas fugaces. Soporta diluvios y torbellinos,
meteoros de la estación maligna. Observa el reposo de las nubes
y de las sombras amontonadas. Recibe la sugestión de la tierra
letárgica y permanece inmóvil, sumada al panorama
desanimado.
Resiste las energías calamitosas, soltadas de
su cárcel nocturna, juntando los débiles alientos de
sí misma, acostumbrada a las oscilaciones de la naturaleza
inmortal; y guarda semejanza con el espectador de una escena
litúrgica, preliminar del retorno indefectible del
júbilo, comentada por el viento en su triste pífano.
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José Antonio Ramos Sucre
La Penitencia Del Mago
LA PENITENCIA DEL MAGO
Recibí advertimientos numerosos de origen
celeste cuando empezaba a iniciarme en una ciencia irreverente. Me
disuadían de seguir la demanda de verdades superiores a la
fragilidad del hombre, y me amenazaban con la pérdida de la
felicidad el mismo día de tenerla a mi alcance y con la
prolongación expiatoria de mis días.
La meditación orgullosa había
desmedrado aceleradamente mi organismo, anticipando las señales
de la vejez.
Vi en la ruina de mi salud el último aviso de
una potestad indignada.
Volví en mis fuerzas retirándome a la
soledad de un predio, defendido por barrancos y hondones. De
allí salí más tarde, en busca de impresiones
nuevas, para un reino de tradiciones y de ruinas. Y, debajo de un
pórtico despedazado, encontré una mujer adolescente, de
ojos extasiados.
De tanto frecuentar su trato plácido,
sentí el contagio de su arrobamiento, y sané de la
zozobra anterior, disfrutando una promesa de bienestar.
Una tarde le referí los atentados de mi
pasada curiosidad soberbia.
Mis palabras alarmaron su imaginación;
ratificaron temores informes de peligros entrevistos o soñados
durante su niñez retraída. Aquel sobresalto
comenzó la abolición de su pensamiento y fue el
estímulo de una agonía larga.
Seguí adelante al comenzar el advenimiento de
las amenazas fatales. Buscaba un lugar apacible donde pagar el resto de
la sanción irrevocable y esperar el diferido término de
mis días.
Di con este país sumido en silencio nocturno.
Escogí para edificar mi retiro la sombra de esta selva, tapiz
desenvuelto al pie de los montes.
Sobre la selva y sin alcanzar la altura de los
montes, vuelan ocasionalmente algunas aves fatigadas.
Recibí advertimientos numerosos de origen
celeste cuando empezaba a iniciarme en una ciencia irreverente. Me
disuadían de seguir la demanda de verdades superiores a la
fragilidad del hombre, y me amenazaban con la pérdida de la
felicidad el mismo día de tenerla a mi alcance y con la
prolongación expiatoria de mis días.
La meditación orgullosa había
desmedrado aceleradamente mi organismo, anticipando las señales
de la vejez.
Vi en la ruina de mi salud el último aviso de
una potestad indignada.
Volví en mis fuerzas retirándome a la
soledad de un predio, defendido por barrancos y hondones. De
allí salí más tarde, en busca de impresiones
nuevas, para un reino de tradiciones y de ruinas. Y, debajo de un
pórtico despedazado, encontré una mujer adolescente, de
ojos extasiados.
De tanto frecuentar su trato plácido,
sentí el contagio de su arrobamiento, y sané de la
zozobra anterior, disfrutando una promesa de bienestar.
Una tarde le referí los atentados de mi
pasada curiosidad soberbia.
Mis palabras alarmaron su imaginación;
ratificaron temores informes de peligros entrevistos o soñados
durante su niñez retraída. Aquel sobresalto
comenzó la abolición de su pensamiento y fue el
estímulo de una agonía larga.
Seguí adelante al comenzar el advenimiento de
las amenazas fatales. Buscaba un lugar apacible donde pagar el resto de
la sanción irrevocable y esperar el diferido término de
mis días.
Di con este país sumido en silencio nocturno.
Escogí para edificar mi retiro la sombra de esta selva, tapiz
desenvuelto al pie de los montes.
Sobre la selva y sin alcanzar la altura de los
montes, vuelan ocasionalmente algunas aves fatigadas.
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José Antonio Ramos Sucre
La Penitencia Del Mago
LA PENITENCIA DEL MAGO
Recibí advertimientos numerosos de origen
celeste cuando empezaba a iniciarme en una ciencia irreverente. Me
disuadían de seguir la demanda de verdades superiores a la
fragilidad del hombre, y me amenazaban con la pérdida de la
felicidad el mismo día de tenerla a mi alcance y con la
prolongación expiatoria de mis días.
La meditación orgullosa había
desmedrado aceleradamente mi organismo, anticipando las señales
de la vejez.
Vi en la ruina de mi salud el último aviso de
una potestad indignada.
Volví en mis fuerzas retirándome a la
soledad de un predio, defendido por barrancos y hondones. De
allí salí más tarde, en busca de impresiones
nuevas, para un reino de tradiciones y de ruinas. Y, debajo de un
pórtico despedazado, encontré una mujer adolescente, de
ojos extasiados.
De tanto frecuentar su trato plácido,
sentí el contagio de su arrobamiento, y sané de la
zozobra anterior, disfrutando una promesa de bienestar.
Una tarde le referí los atentados de mi
pasada curiosidad soberbia.
Mis palabras alarmaron su imaginación;
ratificaron temores informes de peligros entrevistos o soñados
durante su niñez retraída. Aquel sobresalto
comenzó la abolición de su pensamiento y fue el
estímulo de una agonía larga.
Seguí adelante al comenzar el advenimiento de
las amenazas fatales. Buscaba un lugar apacible donde pagar el resto de
la sanción irrevocable y esperar el diferido término de
mis días.
Di con este país sumido en silencio nocturno.
Escogí para edificar mi retiro la sombra de esta selva, tapiz
desenvuelto al pie de los montes.
Sobre la selva y sin alcanzar la altura de los
montes, vuelan ocasionalmente algunas aves fatigadas.
Recibí advertimientos numerosos de origen
celeste cuando empezaba a iniciarme en una ciencia irreverente. Me
disuadían de seguir la demanda de verdades superiores a la
fragilidad del hombre, y me amenazaban con la pérdida de la
felicidad el mismo día de tenerla a mi alcance y con la
prolongación expiatoria de mis días.
La meditación orgullosa había
desmedrado aceleradamente mi organismo, anticipando las señales
de la vejez.
Vi en la ruina de mi salud el último aviso de
una potestad indignada.
Volví en mis fuerzas retirándome a la
soledad de un predio, defendido por barrancos y hondones. De
allí salí más tarde, en busca de impresiones
nuevas, para un reino de tradiciones y de ruinas. Y, debajo de un
pórtico despedazado, encontré una mujer adolescente, de
ojos extasiados.
De tanto frecuentar su trato plácido,
sentí el contagio de su arrobamiento, y sané de la
zozobra anterior, disfrutando una promesa de bienestar.
Una tarde le referí los atentados de mi
pasada curiosidad soberbia.
Mis palabras alarmaron su imaginación;
ratificaron temores informes de peligros entrevistos o soñados
durante su niñez retraída. Aquel sobresalto
comenzó la abolición de su pensamiento y fue el
estímulo de una agonía larga.
Seguí adelante al comenzar el advenimiento de
las amenazas fatales. Buscaba un lugar apacible donde pagar el resto de
la sanción irrevocable y esperar el diferido término de
mis días.
Di con este país sumido en silencio nocturno.
Escogí para edificar mi retiro la sombra de esta selva, tapiz
desenvuelto al pie de los montes.
Sobre la selva y sin alcanzar la altura de los
montes, vuelan ocasionalmente algunas aves fatigadas.
462
José Antonio Ramos Sucre
Sueño
SUEÑO
Mi vida había cesado en la morada sin luz, un
retiro desierto, al cabo de los suburbios. El esplendor débil,
polvoroso, de las estrellas, más subidas que antes, abocetaba
apenas el contorno de la ciudad, sumida en una sombra de tinte
horrendo. Yo había muerto al mediar la noche, en trance
repentino, a la hora misma designada en el presagio. Viajaba
después en dirección ineluctable, entre figuras tenues,
abandonado a las ondulaciones de un aire gozoso, indiferente a los
rumores lejanos de la tierra. Llegaba a una costa silenciosa,
bruscamente, sin darme cuenta del tiempo veloz. Posaba en el suelo de
arena blanca, marginado por montes empinados, de cimas perdidas en la
altura infinita. Delante de mí callaba eternamente un mar
inmóvil y cristalino. Una luz muerta, de aurora boreal, nacida
debajo del horizonte, iluminaba con intensidad fija el cielo sereno y
sin astros. Aquel paraje estaba fuera del universo y yo lo animaba con
mi voz desesperada de confinado.
Mi vida había cesado en la morada sin luz, un
retiro desierto, al cabo de los suburbios. El esplendor débil,
polvoroso, de las estrellas, más subidas que antes, abocetaba
apenas el contorno de la ciudad, sumida en una sombra de tinte
horrendo. Yo había muerto al mediar la noche, en trance
repentino, a la hora misma designada en el presagio. Viajaba
después en dirección ineluctable, entre figuras tenues,
abandonado a las ondulaciones de un aire gozoso, indiferente a los
rumores lejanos de la tierra. Llegaba a una costa silenciosa,
bruscamente, sin darme cuenta del tiempo veloz. Posaba en el suelo de
arena blanca, marginado por montes empinados, de cimas perdidas en la
altura infinita. Delante de mí callaba eternamente un mar
inmóvil y cristalino. Una luz muerta, de aurora boreal, nacida
debajo del horizonte, iluminaba con intensidad fija el cielo sereno y
sin astros. Aquel paraje estaba fuera del universo y yo lo animaba con
mi voz desesperada de confinado.
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José Antonio Ramos Sucre
Sueño
SUEÑO
Mi vida había cesado en la morada sin luz, un
retiro desierto, al cabo de los suburbios. El esplendor débil,
polvoroso, de las estrellas, más subidas que antes, abocetaba
apenas el contorno de la ciudad, sumida en una sombra de tinte
horrendo. Yo había muerto al mediar la noche, en trance
repentino, a la hora misma designada en el presagio. Viajaba
después en dirección ineluctable, entre figuras tenues,
abandonado a las ondulaciones de un aire gozoso, indiferente a los
rumores lejanos de la tierra. Llegaba a una costa silenciosa,
bruscamente, sin darme cuenta del tiempo veloz. Posaba en el suelo de
arena blanca, marginado por montes empinados, de cimas perdidas en la
altura infinita. Delante de mí callaba eternamente un mar
inmóvil y cristalino. Una luz muerta, de aurora boreal, nacida
debajo del horizonte, iluminaba con intensidad fija el cielo sereno y
sin astros. Aquel paraje estaba fuera del universo y yo lo animaba con
mi voz desesperada de confinado.
Mi vida había cesado en la morada sin luz, un
retiro desierto, al cabo de los suburbios. El esplendor débil,
polvoroso, de las estrellas, más subidas que antes, abocetaba
apenas el contorno de la ciudad, sumida en una sombra de tinte
horrendo. Yo había muerto al mediar la noche, en trance
repentino, a la hora misma designada en el presagio. Viajaba
después en dirección ineluctable, entre figuras tenues,
abandonado a las ondulaciones de un aire gozoso, indiferente a los
rumores lejanos de la tierra. Llegaba a una costa silenciosa,
bruscamente, sin darme cuenta del tiempo veloz. Posaba en el suelo de
arena blanca, marginado por montes empinados, de cimas perdidas en la
altura infinita. Delante de mí callaba eternamente un mar
inmóvil y cristalino. Una luz muerta, de aurora boreal, nacida
debajo del horizonte, iluminaba con intensidad fija el cielo sereno y
sin astros. Aquel paraje estaba fuera del universo y yo lo animaba con
mi voz desesperada de confinado.
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José Antonio Ramos Sucre
La Vida Del Maldito
LA VIDA DEL MALDITO
Yo adolezco de una generación ilustre; amo el
dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que
sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente
la sensación del padecimiento físico, de la lesión
orgánica.
Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia,
rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma
vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la
escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
Mi alma es desde entonces crítica y blasfema;
vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada
por la manía de la investigación; y esta curiosidad
infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida
atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a
mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y
confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi
índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua
en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas
de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión
y peligro.
No me seducen los placeres mundanos y volví
espontáneamente a la soledad, mucho antes del término del
mi juventud, retirándome a ésta, mi ciudad nativa, lejana
del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde
entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A
sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de
la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las
márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de
los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a
veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una
campiña etrusca.
La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y
casé improvisadamente con una joven caracterizada por los rasgos
de mi persona física, pero mejorados por una distinción
original. La trataba con un desdén superior, dedicándole
el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto
me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y
decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.
La conduje con cierto pretexto delante de una
excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo
portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la
oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la
fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí
de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su
ausencia.
La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada,
un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el
sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné
pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme,
contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la
ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de
la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado
para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos
dispersos y difusos, que no llegaban a voces. Viví así
innumerables días hasta que, después de una crisis
nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado
por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un
fiel servidor que defendió los días de mi infancia.
Paso el tiempo en una meditación inquieta,
cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa.
Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde
constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de
la casa.
En esta situación me visita,
increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima.
Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras mi
continuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré esta
mansión sino cuando sucumba por el encono del fantasma
inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después de
muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día
siguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de
un torbellino de llamas.
Yo adolezco de una generación ilustre; amo el
dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que
sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente
la sensación del padecimiento físico, de la lesión
orgánica.
Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia,
rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma
vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la
escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
Mi alma es desde entonces crítica y blasfema;
vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada
por la manía de la investigación; y esta curiosidad
infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida
atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a
mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y
confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi
índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua
en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas
de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión
y peligro.
No me seducen los placeres mundanos y volví
espontáneamente a la soledad, mucho antes del término del
mi juventud, retirándome a ésta, mi ciudad nativa, lejana
del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde
entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A
sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de
la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las
márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de
los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a
veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una
campiña etrusca.
La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y
casé improvisadamente con una joven caracterizada por los rasgos
de mi persona física, pero mejorados por una distinción
original. La trataba con un desdén superior, dedicándole
el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto
me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y
decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.
La conduje con cierto pretexto delante de una
excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo
portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la
oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la
fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí
de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su
ausencia.
La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada,
un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el
sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné
pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme,
contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la
ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de
la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado
para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos
dispersos y difusos, que no llegaban a voces. Viví así
innumerables días hasta que, después de una crisis
nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado
por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un
fiel servidor que defendió los días de mi infancia.
Paso el tiempo en una meditación inquieta,
cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa.
Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde
constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de
la casa.
En esta situación me visita,
increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima.
Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras mi
continuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré esta
mansión sino cuando sucumba por el encono del fantasma
inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después de
muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día
siguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de
un torbellino de llamas.
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José Antonio Ramos Sucre
La Vida Del Maldito
LA VIDA DEL MALDITO
Yo adolezco de una generación ilustre; amo el
dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que
sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente
la sensación del padecimiento físico, de la lesión
orgánica.
Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia,
rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma
vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la
escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
Mi alma es desde entonces crítica y blasfema;
vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada
por la manía de la investigación; y esta curiosidad
infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida
atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a
mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y
confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi
índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua
en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas
de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión
y peligro.
No me seducen los placeres mundanos y volví
espontáneamente a la soledad, mucho antes del término del
mi juventud, retirándome a ésta, mi ciudad nativa, lejana
del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde
entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A
sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de
la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las
márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de
los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a
veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una
campiña etrusca.
La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y
casé improvisadamente con una joven caracterizada por los rasgos
de mi persona física, pero mejorados por una distinción
original. La trataba con un desdén superior, dedicándole
el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto
me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y
decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.
La conduje con cierto pretexto delante de una
excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo
portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la
oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la
fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí
de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su
ausencia.
La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada,
un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el
sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné
pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme,
contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la
ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de
la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado
para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos
dispersos y difusos, que no llegaban a voces. Viví así
innumerables días hasta que, después de una crisis
nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado
por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un
fiel servidor que defendió los días de mi infancia.
Paso el tiempo en una meditación inquieta,
cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa.
Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde
constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de
la casa.
En esta situación me visita,
increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima.
Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras mi
continuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré esta
mansión sino cuando sucumba por el encono del fantasma
inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después de
muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día
siguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de
un torbellino de llamas.
Yo adolezco de una generación ilustre; amo el
dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que
sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente
la sensación del padecimiento físico, de la lesión
orgánica.
Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia,
rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma
vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la
escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
Mi alma es desde entonces crítica y blasfema;
vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada
por la manía de la investigación; y esta curiosidad
infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida
atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a
mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y
confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi
índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua
en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas
de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión
y peligro.
No me seducen los placeres mundanos y volví
espontáneamente a la soledad, mucho antes del término del
mi juventud, retirándome a ésta, mi ciudad nativa, lejana
del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde
entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A
sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de
la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las
márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de
los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a
veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una
campiña etrusca.
La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y
casé improvisadamente con una joven caracterizada por los rasgos
de mi persona física, pero mejorados por una distinción
original. La trataba con un desdén superior, dedicándole
el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto
me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y
decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.
La conduje con cierto pretexto delante de una
excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo
portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la
oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la
fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí
de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su
ausencia.
La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada,
un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el
sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné
pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme,
contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la
ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de
la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado
para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos
dispersos y difusos, que no llegaban a voces. Viví así
innumerables días hasta que, después de una crisis
nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado
por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un
fiel servidor que defendió los días de mi infancia.
Paso el tiempo en una meditación inquieta,
cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa.
Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde
constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de
la casa.
En esta situación me visita,
increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima.
Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras mi
continuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré esta
mansión sino cuando sucumba por el encono del fantasma
inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después de
muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día
siguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de
un torbellino de llamas.
674
José Antonio Ramos Sucre
El Mensajero
EL MENSAJERO
La luna, arrebatada por las nubes impetuosas, dora
apenas el vértice de los sauces trémulos, hundidos con la
tierra, en un mar de sombras.
Yo cavilaba a orillas del lago estéril,
delante del palacio de mármol, fascinado por el espanto de las
aguas negras.
Ella apareció bruscamente en el
vestíbulo, alta y serena, despertando leve rumor.
Pero volvió, pausada, a su refugio, cerrando
tras de sí la puerta de hierro, antes de volver en mi acuerdo y
mientras esforzaba, para hablarle, mi palabra anulada.
Yo rodeo la mansión hermética,
añadiendo mi voz al gemido inconsolable del viento; y espero,
sobre el suelo abrupto, el arribo del bajel sin velas, bajo el gobierno
del taumaturgo anciano, monarca de una isla triste, para ser absuelto
del pesado mensaje.
La luna, arrebatada por las nubes impetuosas, dora
apenas el vértice de los sauces trémulos, hundidos con la
tierra, en un mar de sombras.
Yo cavilaba a orillas del lago estéril,
delante del palacio de mármol, fascinado por el espanto de las
aguas negras.
Ella apareció bruscamente en el
vestíbulo, alta y serena, despertando leve rumor.
Pero volvió, pausada, a su refugio, cerrando
tras de sí la puerta de hierro, antes de volver en mi acuerdo y
mientras esforzaba, para hablarle, mi palabra anulada.
Yo rodeo la mansión hermética,
añadiendo mi voz al gemido inconsolable del viento; y espero,
sobre el suelo abrupto, el arribo del bajel sin velas, bajo el gobierno
del taumaturgo anciano, monarca de una isla triste, para ser absuelto
del pesado mensaje.
440
José Antonio Ramos Sucre
El Mensajero
EL MENSAJERO
La luna, arrebatada por las nubes impetuosas, dora
apenas el vértice de los sauces trémulos, hundidos con la
tierra, en un mar de sombras.
Yo cavilaba a orillas del lago estéril,
delante del palacio de mármol, fascinado por el espanto de las
aguas negras.
Ella apareció bruscamente en el
vestíbulo, alta y serena, despertando leve rumor.
Pero volvió, pausada, a su refugio, cerrando
tras de sí la puerta de hierro, antes de volver en mi acuerdo y
mientras esforzaba, para hablarle, mi palabra anulada.
Yo rodeo la mansión hermética,
añadiendo mi voz al gemido inconsolable del viento; y espero,
sobre el suelo abrupto, el arribo del bajel sin velas, bajo el gobierno
del taumaturgo anciano, monarca de una isla triste, para ser absuelto
del pesado mensaje.
La luna, arrebatada por las nubes impetuosas, dora
apenas el vértice de los sauces trémulos, hundidos con la
tierra, en un mar de sombras.
Yo cavilaba a orillas del lago estéril,
delante del palacio de mármol, fascinado por el espanto de las
aguas negras.
Ella apareció bruscamente en el
vestíbulo, alta y serena, despertando leve rumor.
Pero volvió, pausada, a su refugio, cerrando
tras de sí la puerta de hierro, antes de volver en mi acuerdo y
mientras esforzaba, para hablarle, mi palabra anulada.
Yo rodeo la mansión hermética,
añadiendo mi voz al gemido inconsolable del viento; y espero,
sobre el suelo abrupto, el arribo del bajel sin velas, bajo el gobierno
del taumaturgo anciano, monarca de una isla triste, para ser absuelto
del pesado mensaje.
440
José Antonio Ramos Sucre
La Ciudad
LA CIUDAD
Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por
un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de
árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.
Esperaba el fenecimiento del día ambiguo,
interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en
demanda de la tarde y sus vislumbres.
El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas
ultrajadas.
Las aves pasaban a reposar más adelante.
Yo sentía las trabas y los herrojos de una
vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me
seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.
El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la
tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los
médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en
una flor extenuada.
La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un
recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores
y mendigos, versados en proverbios y consejas.
El más avisado de todos instaba mi
atención refiriendo la semejanza de un apólogo
hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento,
volviéndome en mi acuerdo.
El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi
cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un
sueño confuso.
Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por
un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de
árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.
Esperaba el fenecimiento del día ambiguo,
interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en
demanda de la tarde y sus vislumbres.
El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas
ultrajadas.
Las aves pasaban a reposar más adelante.
Yo sentía las trabas y los herrojos de una
vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me
seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.
El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la
tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los
médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en
una flor extenuada.
La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un
recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores
y mendigos, versados en proverbios y consejas.
El más avisado de todos instaba mi
atención refiriendo la semejanza de un apólogo
hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento,
volviéndome en mi acuerdo.
El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi
cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un
sueño confuso.
510
José Antonio Ramos Sucre
La Ciudad
LA CIUDAD
Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por
un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de
árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.
Esperaba el fenecimiento del día ambiguo,
interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en
demanda de la tarde y sus vislumbres.
El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas
ultrajadas.
Las aves pasaban a reposar más adelante.
Yo sentía las trabas y los herrojos de una
vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me
seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.
El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la
tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los
médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en
una flor extenuada.
La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un
recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores
y mendigos, versados en proverbios y consejas.
El más avisado de todos instaba mi
atención refiriendo la semejanza de un apólogo
hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento,
volviéndome en mi acuerdo.
El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi
cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un
sueño confuso.
Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por
un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de
árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.
Esperaba el fenecimiento del día ambiguo,
interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en
demanda de la tarde y sus vislumbres.
El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas
ultrajadas.
Las aves pasaban a reposar más adelante.
Yo sentía las trabas y los herrojos de una
vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me
seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.
El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la
tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los
médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en
una flor extenuada.
La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un
recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores
y mendigos, versados en proverbios y consejas.
El más avisado de todos instaba mi
atención refiriendo la semejanza de un apólogo
hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento,
volviéndome en mi acuerdo.
El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi
cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un
sueño confuso.
510
José Antonio Ramos Sucre
La Resipisencia De Fausto
LA RESIPISENCIA DE FAUSTO
Fausto quiere pacificar su curiosidad, encontrar
razones con que explicar de una vez por todas el espejismo del
universo. Ha solicitado la inspiración de la soledad y domina
abrupta cima, teniendo debajo de sí un apretado cerco de nubes.
Huella con ligereza de ave una mole de aristas resaltadas. La borrasca
embiste sin tregua el paraje sublime, adecuado para la
meditación del problema fundamental.
Fausto ha abandonado el estudio parsimonioso y el
amor suave de Margarita, desde que trata con cierto personaje
recién aportado al pueblo: un hombre de sospechosa parla, que
desordena el vecindario con prestigios de invención
diabólica, señalados por más de un detalle
arlequinesco.
Él propone a Fausto las interrogaciones
últimas, inspirándole una curiosidad descontenta y
soberbia, habilitándolo con máximas feroces, enemigas de
contemplaciones y respetos. Fausto lo rechaza de su trato y amistad con
términos violentos, proferidos en la abrupta cima, redoblados
por los ecos temerosos del precipicio; y el seductor se retira
gesticulando grandiosamente y sin compás, obstinado en visajes y
maniobras de truhán. Parte confiado en la germinación de
su influjo malsano.
Fausto prueba a aliviar con el viaje distante,
dividido en peligros y orgías, la enfermedad de aquel ideal
orgulloso, infundida por la ciencia; pero encuentra la desesperanza al
cabo de las nuevas emociones. Solicita las vivaces comarcas
meridionales; atraviesa, menos que fugitivo, un reino tenebroso, obseso
de la matanza y de la hoguera, de alma sacerdotal con vistas a la
muerte, y renegado del esfuerzo y de la vida.
Pero llega finalmente a un país elíseo
donde los mirtos y los laureles, criados bajo un cielo primaveral,
tremolan al paso del aire melodioso y montan guardia al lado y en torno
de los mármoles ejemplares y de las ruinas sempiternas. Descansa
en una ciudad quimérica, de lagunas y palacios, visitada por las
aves; y deja entonces la investigación desconsolada.
Crédulo en la mayor veracidad de los símbolos del arte,
espera dar con una explicación musical y sintética del
universo.
Fausto quiere pacificar su curiosidad, encontrar
razones con que explicar de una vez por todas el espejismo del
universo. Ha solicitado la inspiración de la soledad y domina
abrupta cima, teniendo debajo de sí un apretado cerco de nubes.
Huella con ligereza de ave una mole de aristas resaltadas. La borrasca
embiste sin tregua el paraje sublime, adecuado para la
meditación del problema fundamental.
Fausto ha abandonado el estudio parsimonioso y el
amor suave de Margarita, desde que trata con cierto personaje
recién aportado al pueblo: un hombre de sospechosa parla, que
desordena el vecindario con prestigios de invención
diabólica, señalados por más de un detalle
arlequinesco.
Él propone a Fausto las interrogaciones
últimas, inspirándole una curiosidad descontenta y
soberbia, habilitándolo con máximas feroces, enemigas de
contemplaciones y respetos. Fausto lo rechaza de su trato y amistad con
términos violentos, proferidos en la abrupta cima, redoblados
por los ecos temerosos del precipicio; y el seductor se retira
gesticulando grandiosamente y sin compás, obstinado en visajes y
maniobras de truhán. Parte confiado en la germinación de
su influjo malsano.
Fausto prueba a aliviar con el viaje distante,
dividido en peligros y orgías, la enfermedad de aquel ideal
orgulloso, infundida por la ciencia; pero encuentra la desesperanza al
cabo de las nuevas emociones. Solicita las vivaces comarcas
meridionales; atraviesa, menos que fugitivo, un reino tenebroso, obseso
de la matanza y de la hoguera, de alma sacerdotal con vistas a la
muerte, y renegado del esfuerzo y de la vida.
Pero llega finalmente a un país elíseo
donde los mirtos y los laureles, criados bajo un cielo primaveral,
tremolan al paso del aire melodioso y montan guardia al lado y en torno
de los mármoles ejemplares y de las ruinas sempiternas. Descansa
en una ciudad quimérica, de lagunas y palacios, visitada por las
aves; y deja entonces la investigación desconsolada.
Crédulo en la mayor veracidad de los símbolos del arte,
espera dar con una explicación musical y sintética del
universo.
433
José Antonio Ramos Sucre
El Ensueño Del Cazador
EL ENSUEÑO DEL CAZADOR
Yo me había avecindado en un país
remoto, donde corrían libres las auras de los cielos. Recuerdo
la ventura de los moradores y sus costumbres y sus diversiones
inocentes. Habitaban mansiones altas y francas. Se entretenían
en medio del campo, al pie de árboles dispersados, de talla
ascendente. Corrían al encuentro de la aurora en naves floridas.
Se decían dóciles al consejo de sus
divinidades, agentes de la naturaleza, y sentían a cada paso los
efectos de su presencia invisible. Debían abominar los dictados
del orgullo e invocarlas, humildes y escrupulosos, en la ocasión
de algún nacimiento.
Señalaban a la hija de los magnates,
olvidados de la invocación ritual, y a su amante, el cazador
insumiso.
El joven había imitado las costumbres de la
nación vecina. Renegaba el oficio tradicional por los azares de
la montería y retaba, fiado en sí mismo, la saña
del bisonte y del lobo.
Olvidó las gracias de la armada y las
tentaciones de la juventud, merced a un sueño desvariado,
fantasma de una noche cálida. Perseguía un animal
soberbio, de giba montuosa, de rugidos coléricos, y sobresaltaba
con risas y clamores el reposo de una fuente inmaculada. Una mujer
salía del seno de las aguas, distinguiéndose apenas del
aire límpido.
El cazador despertó al fijar la
atención en la imagen tenue.
Se retiró de los hombres para dedicarse, sin
estorbo, a una meditación extravagante.
Rastreaba ansiosamente los indicios de una belleza
inaudita.
Yo me había avecindado en un país
remoto, donde corrían libres las auras de los cielos. Recuerdo
la ventura de los moradores y sus costumbres y sus diversiones
inocentes. Habitaban mansiones altas y francas. Se entretenían
en medio del campo, al pie de árboles dispersados, de talla
ascendente. Corrían al encuentro de la aurora en naves floridas.
Se decían dóciles al consejo de sus
divinidades, agentes de la naturaleza, y sentían a cada paso los
efectos de su presencia invisible. Debían abominar los dictados
del orgullo e invocarlas, humildes y escrupulosos, en la ocasión
de algún nacimiento.
Señalaban a la hija de los magnates,
olvidados de la invocación ritual, y a su amante, el cazador
insumiso.
El joven había imitado las costumbres de la
nación vecina. Renegaba el oficio tradicional por los azares de
la montería y retaba, fiado en sí mismo, la saña
del bisonte y del lobo.
Olvidó las gracias de la armada y las
tentaciones de la juventud, merced a un sueño desvariado,
fantasma de una noche cálida. Perseguía un animal
soberbio, de giba montuosa, de rugidos coléricos, y sobresaltaba
con risas y clamores el reposo de una fuente inmaculada. Una mujer
salía del seno de las aguas, distinguiéndose apenas del
aire límpido.
El cazador despertó al fijar la
atención en la imagen tenue.
Se retiró de los hombres para dedicarse, sin
estorbo, a una meditación extravagante.
Rastreaba ansiosamente los indicios de una belleza
inaudita.
393
José Antonio Ramos Sucre
El Rapto
EL RAPTO
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
480
José Antonio Ramos Sucre
El Rapto
EL RAPTO
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
480
José Antonio Ramos Sucre
El Hijo Del Anciano
EL HIJO DEL ANCIANO
Unas rayas de buril bastarían para el
trasunto del paisaje elemental.
Algún árbol enjuto, esqueleto de
palos, signo de blasón, vivía sobre el suelo calcinado.
Montes negros, de perfil translúcido,
encerraban el valle.
Mi casa desaparecía, al cabo de un día
incierto, en la inundación de la noche fluida.
Los ruidos subterráneos duraban hasta el
advenimiento del sol retardado. Fuerzas sobrehumanas removían la
piedra de los sepulcros.
Yo dividía la vida uniforme entre la lectura
de epopeyas y tragedias y los hábitos de una mocedad inquieta.
Concebí la imagen de una infanta, amenazada
por los silenciarios en el palacio del miedo. Yo sólo besaba de
rodillas la franja de su manto.
Salí una vez al pasatiempo de la caza en
día venerado, no obstante los avisos de mi progenitor. El
anciano de los dichos infalibles, aficionado a narrar, descansaba en
una silla majestuosa, de arte primitivo.
Una bocina invisible, perdida en la montaña,
extravió los perros de mi jauría.
Después de una jornada infructuosa,
penetré a descansar en la cámara de una vivienda
ilusoria. Las quimeras surgieron paulatinamente de las tinieblas de mi
sopor. Creía visitar el palacio del miedo, en donde la infanta
de mi pasión afrontaba, en un suplicio, el trance de la muerte.
Los ministros y los criados avisaban e imponían el secreto. Las
lámparas agotadas soltaban cabelleras de humo en la sala
encubertada de negro.
Desperté, cerca de la mañana, en medio
del campo.
Mi cabeza reposaba sobre una piedra. Tenía
los cabellos húmedos de rocío y, en el rostro, la luz de
una luna diluida.
Unas rayas de buril bastarían para el
trasunto del paisaje elemental.
Algún árbol enjuto, esqueleto de
palos, signo de blasón, vivía sobre el suelo calcinado.
Montes negros, de perfil translúcido,
encerraban el valle.
Mi casa desaparecía, al cabo de un día
incierto, en la inundación de la noche fluida.
Los ruidos subterráneos duraban hasta el
advenimiento del sol retardado. Fuerzas sobrehumanas removían la
piedra de los sepulcros.
Yo dividía la vida uniforme entre la lectura
de epopeyas y tragedias y los hábitos de una mocedad inquieta.
Concebí la imagen de una infanta, amenazada
por los silenciarios en el palacio del miedo. Yo sólo besaba de
rodillas la franja de su manto.
Salí una vez al pasatiempo de la caza en
día venerado, no obstante los avisos de mi progenitor. El
anciano de los dichos infalibles, aficionado a narrar, descansaba en
una silla majestuosa, de arte primitivo.
Una bocina invisible, perdida en la montaña,
extravió los perros de mi jauría.
Después de una jornada infructuosa,
penetré a descansar en la cámara de una vivienda
ilusoria. Las quimeras surgieron paulatinamente de las tinieblas de mi
sopor. Creía visitar el palacio del miedo, en donde la infanta
de mi pasión afrontaba, en un suplicio, el trance de la muerte.
Los ministros y los criados avisaban e imponían el secreto. Las
lámparas agotadas soltaban cabelleras de humo en la sala
encubertada de negro.
Desperté, cerca de la mañana, en medio
del campo.
Mi cabeza reposaba sobre una piedra. Tenía
los cabellos húmedos de rocío y, en el rostro, la luz de
una luna diluida.
456
José Antonio Ramos Sucre
El Hijo Del Anciano
EL HIJO DEL ANCIANO
Unas rayas de buril bastarían para el
trasunto del paisaje elemental.
Algún árbol enjuto, esqueleto de
palos, signo de blasón, vivía sobre el suelo calcinado.
Montes negros, de perfil translúcido,
encerraban el valle.
Mi casa desaparecía, al cabo de un día
incierto, en la inundación de la noche fluida.
Los ruidos subterráneos duraban hasta el
advenimiento del sol retardado. Fuerzas sobrehumanas removían la
piedra de los sepulcros.
Yo dividía la vida uniforme entre la lectura
de epopeyas y tragedias y los hábitos de una mocedad inquieta.
Concebí la imagen de una infanta, amenazada
por los silenciarios en el palacio del miedo. Yo sólo besaba de
rodillas la franja de su manto.
Salí una vez al pasatiempo de la caza en
día venerado, no obstante los avisos de mi progenitor. El
anciano de los dichos infalibles, aficionado a narrar, descansaba en
una silla majestuosa, de arte primitivo.
Una bocina invisible, perdida en la montaña,
extravió los perros de mi jauría.
Después de una jornada infructuosa,
penetré a descansar en la cámara de una vivienda
ilusoria. Las quimeras surgieron paulatinamente de las tinieblas de mi
sopor. Creía visitar el palacio del miedo, en donde la infanta
de mi pasión afrontaba, en un suplicio, el trance de la muerte.
Los ministros y los criados avisaban e imponían el secreto. Las
lámparas agotadas soltaban cabelleras de humo en la sala
encubertada de negro.
Desperté, cerca de la mañana, en medio
del campo.
Mi cabeza reposaba sobre una piedra. Tenía
los cabellos húmedos de rocío y, en el rostro, la luz de
una luna diluida.
Unas rayas de buril bastarían para el
trasunto del paisaje elemental.
Algún árbol enjuto, esqueleto de
palos, signo de blasón, vivía sobre el suelo calcinado.
Montes negros, de perfil translúcido,
encerraban el valle.
Mi casa desaparecía, al cabo de un día
incierto, en la inundación de la noche fluida.
Los ruidos subterráneos duraban hasta el
advenimiento del sol retardado. Fuerzas sobrehumanas removían la
piedra de los sepulcros.
Yo dividía la vida uniforme entre la lectura
de epopeyas y tragedias y los hábitos de una mocedad inquieta.
Concebí la imagen de una infanta, amenazada
por los silenciarios en el palacio del miedo. Yo sólo besaba de
rodillas la franja de su manto.
Salí una vez al pasatiempo de la caza en
día venerado, no obstante los avisos de mi progenitor. El
anciano de los dichos infalibles, aficionado a narrar, descansaba en
una silla majestuosa, de arte primitivo.
Una bocina invisible, perdida en la montaña,
extravió los perros de mi jauría.
Después de una jornada infructuosa,
penetré a descansar en la cámara de una vivienda
ilusoria. Las quimeras surgieron paulatinamente de las tinieblas de mi
sopor. Creía visitar el palacio del miedo, en donde la infanta
de mi pasión afrontaba, en un suplicio, el trance de la muerte.
Los ministros y los criados avisaban e imponían el secreto. Las
lámparas agotadas soltaban cabelleras de humo en la sala
encubertada de negro.
Desperté, cerca de la mañana, en medio
del campo.
Mi cabeza reposaba sobre una piedra. Tenía
los cabellos húmedos de rocío y, en el rostro, la luz de
una luna diluida.
456
José Antonio Ramos Sucre
El Tesoro De La Fuente Cegada
EL TESORO DE LA FUENTE CEGADA
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
546
José Antonio Ramos Sucre
El Culpable
EL CULPABLE
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su presencia.
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su presencia.
471
José Antonio Ramos Sucre
El Culpable
EL CULPABLE
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su presencia.
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su presencia.
471
José Antonio Ramos Sucre
A Una Desposada
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su
presencia.
Cualquier invención de mi enfermizo
numen desluciría las páginas de este álbum. Las
ofendería con el desentono de azarosa tela de araña en
una mansión regia. Mas conviene el relato de venturosas nupcias.
Sueño que lo escuché de virgen
lisonjera en una comarca del Asia inverosímil; que era de noche,
y estaba yo embriagado con la plácida expiración de
rumores, canciones y perfumes; que el paisaje exótico se
coronaba con la luna y con el cortejo de las estrellas mayores, porque
las menores no conseguían lucir en medio de la
irradiación de aquéllas, sus hermanas; y sueño
que, sobre la tierra y delante de mis ojos, fantástica ciudad de
cúpulas y torres dormía cabe el espejo de un río
fabuloso; y recuerdo que la virgen me refirió esta fábula
amena: Yo conocí una princesa prometida en matrimonio al
sultán de un país remoto. Veía en las bodas el
comienzo de un cautiverio, porque, retirada y asustadiza, imitaba las
selváticas gacelas. Buscaba mi compañía y luego la
contemplación de sí misma en el espejo de una fuente
ornamental. Era delgada, firme y de tupidos cabellos, que bajaban a
confundirse con las aguas del ensombrado tazón de mármol.
Hasta aquí vino una tarde cierto poeta errante, precursor del
cortejo nupcial cada vez más vecino. Él se dijo despedido
de entre los suyos para entretener a la princesa durante el viaje a la
capital del esposo prometido. Todos se reúnen y parten al
día siguiente, cuando ya la princesa acepta los agasajos del
poeta y lo ama sin manifestarlo. El cortejo recorre selvas y desiertos,
en medio de la lluvia rumorosa y del estío lento, cuando el sol
prefiere su carro de bueyes albos. El poeta ejerce, en su vez, el
valor, el gracejo y la piedad. Ofende al tigre de estirpe real; burla
al mono desvergonzado; acoge la mariposa blanda, de seda y lana;
reverencia al asceta absorto. Se muestra cortesano amable y jinete
aguerrido. Ella se acerca al término del viaje y divisa los
palacios dispuestos para hospedarla, y repara que más le
convendría el desierto en compañía del vate
gentilísimo. Entretanto, éste ha desaparecido de su lado,
y ella es introducida, con el rostro sumiso, a presencia de su
dueño; pero una voz oculta y bien conocida la exhorta a la
alegría. La princesa alza los ojos y observa que el
cortés poeta era el esposo prometido, quien había dejado
las galas de monarca para ganar afectuosamente la mano de la amada,
omitiendo el prestigio de su elevado puesto.
Así me dijo la virgen lisonjera en un
país distante, debajo de un árbol musical; y su relato y
mi único sueño venturoso terminaron cuando la aurora
llamaba, enamorada, a mi ventana.
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su
presencia.
Cualquier invención de mi enfermizo
numen desluciría las páginas de este álbum. Las
ofendería con el desentono de azarosa tela de araña en
una mansión regia. Mas conviene el relato de venturosas nupcias.
Sueño que lo escuché de virgen
lisonjera en una comarca del Asia inverosímil; que era de noche,
y estaba yo embriagado con la plácida expiración de
rumores, canciones y perfumes; que el paisaje exótico se
coronaba con la luna y con el cortejo de las estrellas mayores, porque
las menores no conseguían lucir en medio de la
irradiación de aquéllas, sus hermanas; y sueño
que, sobre la tierra y delante de mis ojos, fantástica ciudad de
cúpulas y torres dormía cabe el espejo de un río
fabuloso; y recuerdo que la virgen me refirió esta fábula
amena: Yo conocí una princesa prometida en matrimonio al
sultán de un país remoto. Veía en las bodas el
comienzo de un cautiverio, porque, retirada y asustadiza, imitaba las
selváticas gacelas. Buscaba mi compañía y luego la
contemplación de sí misma en el espejo de una fuente
ornamental. Era delgada, firme y de tupidos cabellos, que bajaban a
confundirse con las aguas del ensombrado tazón de mármol.
Hasta aquí vino una tarde cierto poeta errante, precursor del
cortejo nupcial cada vez más vecino. Él se dijo despedido
de entre los suyos para entretener a la princesa durante el viaje a la
capital del esposo prometido. Todos se reúnen y parten al
día siguiente, cuando ya la princesa acepta los agasajos del
poeta y lo ama sin manifestarlo. El cortejo recorre selvas y desiertos,
en medio de la lluvia rumorosa y del estío lento, cuando el sol
prefiere su carro de bueyes albos. El poeta ejerce, en su vez, el
valor, el gracejo y la piedad. Ofende al tigre de estirpe real; burla
al mono desvergonzado; acoge la mariposa blanda, de seda y lana;
reverencia al asceta absorto. Se muestra cortesano amable y jinete
aguerrido. Ella se acerca al término del viaje y divisa los
palacios dispuestos para hospedarla, y repara que más le
convendría el desierto en compañía del vate
gentilísimo. Entretanto, éste ha desaparecido de su lado,
y ella es introducida, con el rostro sumiso, a presencia de su
dueño; pero una voz oculta y bien conocida la exhorta a la
alegría. La princesa alza los ojos y observa que el
cortés poeta era el esposo prometido, quien había dejado
las galas de monarca para ganar afectuosamente la mano de la amada,
omitiendo el prestigio de su elevado puesto.
Así me dijo la virgen lisonjera en un
país distante, debajo de un árbol musical; y su relato y
mi único sueño venturoso terminaron cuando la aurora
llamaba, enamorada, a mi ventana.
543
José Antonio Ramos Sucre
A Una Desposada
Agonicé en la arruinada mansión de
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su
presencia.
Cualquier invención de mi enfermizo
numen desluciría las páginas de este álbum. Las
ofendería con el desentono de azarosa tela de araña en
una mansión regia. Mas conviene el relato de venturosas nupcias.
Sueño que lo escuché de virgen
lisonjera en una comarca del Asia inverosímil; que era de noche,
y estaba yo embriagado con la plácida expiración de
rumores, canciones y perfumes; que el paisaje exótico se
coronaba con la luna y con el cortejo de las estrellas mayores, porque
las menores no conseguían lucir en medio de la
irradiación de aquéllas, sus hermanas; y sueño
que, sobre la tierra y delante de mis ojos, fantástica ciudad de
cúpulas y torres dormía cabe el espejo de un río
fabuloso; y recuerdo que la virgen me refirió esta fábula
amena: Yo conocí una princesa prometida en matrimonio al
sultán de un país remoto. Veía en las bodas el
comienzo de un cautiverio, porque, retirada y asustadiza, imitaba las
selváticas gacelas. Buscaba mi compañía y luego la
contemplación de sí misma en el espejo de una fuente
ornamental. Era delgada, firme y de tupidos cabellos, que bajaban a
confundirse con las aguas del ensombrado tazón de mármol.
Hasta aquí vino una tarde cierto poeta errante, precursor del
cortejo nupcial cada vez más vecino. Él se dijo despedido
de entre los suyos para entretener a la princesa durante el viaje a la
capital del esposo prometido. Todos se reúnen y parten al
día siguiente, cuando ya la princesa acepta los agasajos del
poeta y lo ama sin manifestarlo. El cortejo recorre selvas y desiertos,
en medio de la lluvia rumorosa y del estío lento, cuando el sol
prefiere su carro de bueyes albos. El poeta ejerce, en su vez, el
valor, el gracejo y la piedad. Ofende al tigre de estirpe real; burla
al mono desvergonzado; acoge la mariposa blanda, de seda y lana;
reverencia al asceta absorto. Se muestra cortesano amable y jinete
aguerrido. Ella se acerca al término del viaje y divisa los
palacios dispuestos para hospedarla, y repara que más le
convendría el desierto en compañía del vate
gentilísimo. Entretanto, éste ha desaparecido de su lado,
y ella es introducida, con el rostro sumiso, a presencia de su
dueño; pero una voz oculta y bien conocida la exhorta a la
alegría. La princesa alza los ojos y observa que el
cortés poeta era el esposo prometido, quien había dejado
las galas de monarca para ganar afectuosamente la mano de la amada,
omitiendo el prestigio de su elevado puesto.
Así me dijo la virgen lisonjera en un
país distante, debajo de un árbol musical; y su relato y
mi único sueño venturoso terminaron cuando la aurora
llamaba, enamorada, a mi ventana.
recreo, olvidada en un valle profundo.
Yacían por tierra los faunos y demás
simulacros del jardín.
El vaho de la humedad enturbiaba el aire.
La maleza desmedraba los árboles de
clásica prosapia.
Algunos escombros estancaba, delante de mi retiro,
un río agotado.
Mis voces de dolor se prolongaban en el valle
nocturno. Un mal extraño desfiguraba mi organismo.
Los facultativos usaban, en medio del desconcierto,
los recursos más crueles de su arte. Prodigaban la saja y el
cauterio.
Recuerdo la ocasión alegre, cuando
sentí el principio de la enfermedad. Festejábamos,
después de mediar la noche, el arribo de una extranjera y su
belleza arrogante. La pesada lámpara de bronce cayó de
golpe sobre la mesa del festín.
Entreveía en el curso de mis sueños,
pausa de la desesperación, una doncella de faz seráfica,
fugitiva en el remolino de los cendales de su veste. Yo la imploraba de
rodillas y con las manos juntas.
Mi naturaleza venció, después de mucho
tiempo, el mal encarnizado. Salí delgado y trémulo.
Visité, apenas restablecido, una familia de
mi afecto, y encontré la virgen de rostro cándido, solaz
de mi pasada amargura.
Estaba atenta a una melodía crepuscular.
El recuerdo de mis extravíos me llenaba de
confusión y de sonrojo. La contemplaba respetuosamente.
Me despidió, indignada, de su
presencia.
Cualquier invención de mi enfermizo
numen desluciría las páginas de este álbum. Las
ofendería con el desentono de azarosa tela de araña en
una mansión regia. Mas conviene el relato de venturosas nupcias.
Sueño que lo escuché de virgen
lisonjera en una comarca del Asia inverosímil; que era de noche,
y estaba yo embriagado con la plácida expiración de
rumores, canciones y perfumes; que el paisaje exótico se
coronaba con la luna y con el cortejo de las estrellas mayores, porque
las menores no conseguían lucir en medio de la
irradiación de aquéllas, sus hermanas; y sueño
que, sobre la tierra y delante de mis ojos, fantástica ciudad de
cúpulas y torres dormía cabe el espejo de un río
fabuloso; y recuerdo que la virgen me refirió esta fábula
amena: Yo conocí una princesa prometida en matrimonio al
sultán de un país remoto. Veía en las bodas el
comienzo de un cautiverio, porque, retirada y asustadiza, imitaba las
selváticas gacelas. Buscaba mi compañía y luego la
contemplación de sí misma en el espejo de una fuente
ornamental. Era delgada, firme y de tupidos cabellos, que bajaban a
confundirse con las aguas del ensombrado tazón de mármol.
Hasta aquí vino una tarde cierto poeta errante, precursor del
cortejo nupcial cada vez más vecino. Él se dijo despedido
de entre los suyos para entretener a la princesa durante el viaje a la
capital del esposo prometido. Todos se reúnen y parten al
día siguiente, cuando ya la princesa acepta los agasajos del
poeta y lo ama sin manifestarlo. El cortejo recorre selvas y desiertos,
en medio de la lluvia rumorosa y del estío lento, cuando el sol
prefiere su carro de bueyes albos. El poeta ejerce, en su vez, el
valor, el gracejo y la piedad. Ofende al tigre de estirpe real; burla
al mono desvergonzado; acoge la mariposa blanda, de seda y lana;
reverencia al asceta absorto. Se muestra cortesano amable y jinete
aguerrido. Ella se acerca al término del viaje y divisa los
palacios dispuestos para hospedarla, y repara que más le
convendría el desierto en compañía del vate
gentilísimo. Entretanto, éste ha desaparecido de su lado,
y ella es introducida, con el rostro sumiso, a presencia de su
dueño; pero una voz oculta y bien conocida la exhorta a la
alegría. La princesa alza los ojos y observa que el
cortés poeta era el esposo prometido, quien había dejado
las galas de monarca para ganar afectuosamente la mano de la amada,
omitiendo el prestigio de su elevado puesto.
Así me dijo la virgen lisonjera en un
país distante, debajo de un árbol musical; y su relato y
mi único sueño venturoso terminaron cuando la aurora
llamaba, enamorada, a mi ventana.
543
José Antonio Ramos Sucre
La Balada Del Transeúnte
LA BALADA DEL TRANSEÚNTE
¡Cuánto recuerdo el cementerio de la
aldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunas
cruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos de
tierra y alguna vez de mármol. El montón de urnas
desenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechas
en pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetación
desenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.
De aquella tierra húmeda, apretada con
despojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marcha
laboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follaje
oscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumor
de oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.
Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,
zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrella
errante, precipitada en el mar.
Las nubes regazadas por el cielo, cual
procesión de angélicas novicias, dorándolas el sol
occidental, el que inunda de luz fantástica el santuario a
través de los góticos vitrales. Montes de manso declive,
dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblas
delgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejando
repentino arco iris en señal y despojo de la fuga.
Abandono aflictivo encarecía el horror del
paraje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermiza
delectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta el
pésimo infortunio, de acuerdo con la razón de los
paganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza de
este parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instiga
la nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes a
través de los vanos asfódelos.
¡Cuánto recuerdo el cementerio de la
aldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunas
cruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos de
tierra y alguna vez de mármol. El montón de urnas
desenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechas
en pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetación
desenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.
De aquella tierra húmeda, apretada con
despojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marcha
laboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follaje
oscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumor
de oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.
Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,
zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrella
errante, precipitada en el mar.
Las nubes regazadas por el cielo, cual
procesión de angélicas novicias, dorándolas el sol
occidental, el que inunda de luz fantástica el santuario a
través de los góticos vitrales. Montes de manso declive,
dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblas
delgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejando
repentino arco iris en señal y despojo de la fuga.
Abandono aflictivo encarecía el horror del
paraje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermiza
delectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta el
pésimo infortunio, de acuerdo con la razón de los
paganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza de
este parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instiga
la nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes a
través de los vanos asfódelos.
432
José Antonio Ramos Sucre
La Balada Del Transeúnte
LA BALADA DEL TRANSEÚNTE
¡Cuánto recuerdo el cementerio de la
aldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunas
cruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos de
tierra y alguna vez de mármol. El montón de urnas
desenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechas
en pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetación
desenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.
De aquella tierra húmeda, apretada con
despojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marcha
laboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follaje
oscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumor
de oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.
Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,
zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrella
errante, precipitada en el mar.
Las nubes regazadas por el cielo, cual
procesión de angélicas novicias, dorándolas el sol
occidental, el que inunda de luz fantástica el santuario a
través de los góticos vitrales. Montes de manso declive,
dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblas
delgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejando
repentino arco iris en señal y despojo de la fuga.
Abandono aflictivo encarecía el horror del
paraje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermiza
delectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta el
pésimo infortunio, de acuerdo con la razón de los
paganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza de
este parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instiga
la nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes a
través de los vanos asfódelos.
¡Cuánto recuerdo el cementerio de la
aldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunas
cruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos de
tierra y alguna vez de mármol. El montón de urnas
desenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechas
en pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetación
desenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.
De aquella tierra húmeda, apretada con
despojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marcha
laboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follaje
oscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumor
de oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.
Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,
zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrella
errante, precipitada en el mar.
Las nubes regazadas por el cielo, cual
procesión de angélicas novicias, dorándolas el sol
occidental, el que inunda de luz fantástica el santuario a
través de los góticos vitrales. Montes de manso declive,
dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblas
delgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejando
repentino arco iris en señal y despojo de la fuga.
Abandono aflictivo encarecía el horror del
paraje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermiza
delectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta el
pésimo infortunio, de acuerdo con la razón de los
paganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza de
este parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instiga
la nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes a
través de los vanos asfódelos.
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