Poemas en este tema
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Juan Meléndez Valdés
Oda Xlv Los Recuerdos De Mi Niñez
Cual un claro arroyuelo
que con plácido giro
por la vega entre flores
se desliza tranquilo,
tal de mi fácil vida
los años fugitivos
entre risas y juegos
cual un sueño han huido.
Veces mil este sueño
repaso embebecido,
sin poder arrancarme
de su grato prestigio.
Doquier en ocio blando
y entre alegres amigos,
pasatiempos y bailes
y banquetes y mimos;
las rosas de Citeres,
con los dulces martirios
del Vendado, y a veces
de Baco los delirios;
esperanzas falaces,
y brillantes castillos
en el viento formados,
por el viento abatidos,
coronando las Musas
los graves ejercicios
de Minerva, y el lauro
con que se ornan su hijos.
Aquí entre hojosas calles
mil encantados sitios,
que aduermen y enajenan
por frescos y sombríos;
más allá en los pensiles
de la olorosa Gnido
del pudor y el deseo
mezclados los suspiros;
y allí de las delicias
sesgando el ancho río,
que brinda en sus cristales
de todo un grato olvido.
Con codiciosa vista
su alegre margen sigo,
y a sus falaces ondas
sediento el labio aplico.
Voy a saciarme, y siento
que súbito al oído
me clama el desengaño
con amoroso grito:
«¿Dónde vas, necio?,
¿dónde
tan ciego desvarío
te arrastra, que a tus plantas
esconde los peligros?
Contén el loco empeño:
ese ominoso brillo
que aun te fascina iluso
va a hundirte en el abismo.
De tus felices años
pasó el verdor florido,
y las que entonces gracias,
hoy se juzgaran vicios.
Ya eres hombre, y conviene
dorar arrepentido
con virtudes y afanes
los errores de niño».
Yo cedo, y del corriente
temblando me retiro;
mas vueltos a él los ojos
aun suspirando digo:
«¿Por qué, oh naturaleza,
si es el caer delito,
tan llana haces la senda,
tan dulce el precipicio?
¡Felices seres tantos,
cuyo seguro instinto
jamás sus pasos tuerce,
jamás les fue nocivo!»
que con plácido giro
por la vega entre flores
se desliza tranquilo,
tal de mi fácil vida
los años fugitivos
entre risas y juegos
cual un sueño han huido.
Veces mil este sueño
repaso embebecido,
sin poder arrancarme
de su grato prestigio.
Doquier en ocio blando
y entre alegres amigos,
pasatiempos y bailes
y banquetes y mimos;
las rosas de Citeres,
con los dulces martirios
del Vendado, y a veces
de Baco los delirios;
esperanzas falaces,
y brillantes castillos
en el viento formados,
por el viento abatidos,
coronando las Musas
los graves ejercicios
de Minerva, y el lauro
con que se ornan su hijos.
Aquí entre hojosas calles
mil encantados sitios,
que aduermen y enajenan
por frescos y sombríos;
más allá en los pensiles
de la olorosa Gnido
del pudor y el deseo
mezclados los suspiros;
y allí de las delicias
sesgando el ancho río,
que brinda en sus cristales
de todo un grato olvido.
Con codiciosa vista
su alegre margen sigo,
y a sus falaces ondas
sediento el labio aplico.
Voy a saciarme, y siento
que súbito al oído
me clama el desengaño
con amoroso grito:
«¿Dónde vas, necio?,
¿dónde
tan ciego desvarío
te arrastra, que a tus plantas
esconde los peligros?
Contén el loco empeño:
ese ominoso brillo
que aun te fascina iluso
va a hundirte en el abismo.
De tus felices años
pasó el verdor florido,
y las que entonces gracias,
hoy se juzgaran vicios.
Ya eres hombre, y conviene
dorar arrepentido
con virtudes y afanes
los errores de niño».
Yo cedo, y del corriente
temblando me retiro;
mas vueltos a él los ojos
aun suspirando digo:
«¿Por qué, oh naturaleza,
si es el caer delito,
tan llana haces la senda,
tan dulce el precipicio?
¡Felices seres tantos,
cuyo seguro instinto
jamás sus pasos tuerce,
jamás les fue nocivo!»
520
Juan Meléndez Valdés
Oda Xli El Amor Fugitivo
Por morar en mi pecho
el traidor Cupidillo,
del seno de su madre
se ha escapado de Gnido.
Sus hermanos le lloran,
y tres besos divinos
dar promete Citeres
si le entregan el hijo.
Mil amantes le buscan;
pero nadie ha podido
saber, Dorila, en dónde
se esconde el fugitivo.
¿Darele yo a Dione?,
¿le dejaré en su asilo?,
¿o iré a gozar el premio
de besos ofrecidos?
¡Tres de aquel néctar llenos
con que a su Adonis quiso
comunicar un día
las glorias del Olimpo!
¡Ay!, tú, a quien por su madre
tendrá el alado niño,
dame, dame otros tantos;
y tómale, bien mío.
el traidor Cupidillo,
del seno de su madre
se ha escapado de Gnido.
Sus hermanos le lloran,
y tres besos divinos
dar promete Citeres
si le entregan el hijo.
Mil amantes le buscan;
pero nadie ha podido
saber, Dorila, en dónde
se esconde el fugitivo.
¿Darele yo a Dione?,
¿le dejaré en su asilo?,
¿o iré a gozar el premio
de besos ofrecidos?
¡Tres de aquel néctar llenos
con que a su Adonis quiso
comunicar un día
las glorias del Olimpo!
¡Ay!, tú, a quien por su madre
tendrá el alado niño,
dame, dame otros tantos;
y tómale, bien mío.
565
Juan Meléndez Valdés
Oda Xxxv De Mis Deseos
¿Qué te pide el poeta?
di, Apolo, ¿qué te pide
cuando derrama el vaso,
cuando el himno repite?
No que le des riquezas
que avaros le codicien,
ni puestos encumbrados
que mil cuidados siguen:
no grandes heredades,
que abracen con sus lindes
las fértiles dehesas
que el Guadiana ciñe;
ni menos de las Indias
el oro y los marfiles,
preciosas esmeraldas,
lumbrosos amatistes.
Goce, goce en buen hora,
sin que yo se lo envidie,
el rico sus tesoros,
aplausos el felice.
Y el mercader avaro,
que entre escollos y sirtes
sediento de oro vaga,
cuando la playa pise;
con generosos vinos
a sus amigos brine
en la dorada copa
que su opulencia indique.
Que yo en mi pobre estado,
y en mi estrechez humilde
con poco me contento,
pues con poco se vive.
Así te pido sólo
que en bailes y convites
mis dulces años corran
de amor en blandas lides:
Sin que a ninguno tema,
sin que a ninguno envidie,
ni la vejez cansada
de mi lira me prive.
di, Apolo, ¿qué te pide
cuando derrama el vaso,
cuando el himno repite?
No que le des riquezas
que avaros le codicien,
ni puestos encumbrados
que mil cuidados siguen:
no grandes heredades,
que abracen con sus lindes
las fértiles dehesas
que el Guadiana ciñe;
ni menos de las Indias
el oro y los marfiles,
preciosas esmeraldas,
lumbrosos amatistes.
Goce, goce en buen hora,
sin que yo se lo envidie,
el rico sus tesoros,
aplausos el felice.
Y el mercader avaro,
que entre escollos y sirtes
sediento de oro vaga,
cuando la playa pise;
con generosos vinos
a sus amigos brine
en la dorada copa
que su opulencia indique.
Que yo en mi pobre estado,
y en mi estrechez humilde
con poco me contento,
pues con poco se vive.
Así te pido sólo
que en bailes y convites
mis dulces años corran
de amor en blandas lides:
Sin que a ninguno tema,
sin que a ninguno envidie,
ni la vejez cansada
de mi lira me prive.
566
Juan Meléndez Valdés
Oda Xxx Al Sr D Gaspar De Jovellanos Del Consejo De S m Mi Amigo
Pues vienen navidades,
cuidados abandona,
y toma por un rato
la cítara sonora.
Cantaremos, Jovino,
mientras que el Euro sopla
con liras acordadas
de Anacreón las odas:
o a par del dulce fuego
las fugitivas horas
engañaremos juntos
en pláticas sabrosas.
Ellas van, y no vuelven
de las obscuras sombras:
¿por qué, pues, con cuidados
hacerlas aún más cortas?
Yo vi en mi primavera
mi barba vergonzosa,
cual el dorado vello
que el melocotón brota.
Y en mis cándidas sienes
el oro en crenchas rojas,
que ya los años tristes
obscuras me las tornan.
Yo vi al abril florido
que el valle alegre borda,
y al abrasado julio
vi marchitar su alfombra.
Vino el opimo octubre,
las uvas se sazonan;
mas el diciembre helado
le arrebató su pompa.
Los días y los meses
escapan como sombra,
y a los meses los años
suceden por la posta.
Así, a la triste vida
quitemos las zozobras
con el dorado vino
que bulle ya en la copa.
¿Quién los cuidados tristes
con él no desaloja
y al padre Baco canta
y a Venus Ciprïota?
Ciñámonos las sienes
de pámpanos y rosa;
brindemos; y aunque el Euro
combata con el Bóreas,
¿qué a nosotros su silbo,
si el pecho alegre goza
de Baco y sus ardores,
de Venus y sus glorias?
Acuérdome una tarde,
cuando el sol entre sombras
bajaba despeñado
ya al reino de la aurora,
que yo al hogar cantaba
de mi inocente choza,
mientras bailaban juntos
zagales y pastoras,
de nuestro amor sencillo
la suerte venturosa,
riquísimo tesoro
que en ti mi pecho goza.
Y haciendo por tu vida,
que a España tanto importa,
mil súplicas al cielo
con voces fervorosas,
cogí en la diestra mano,
cogí la brindadora
taza y con ansia amante
por ti la apuré toda.
Quedaron admirados
zagales que blasonan
de báquicos furores
al ver mi audacia loca.
Y yo tornando al punto
con sed aun más beoda
segunda vez librela
del néctar que la colma.
Cantando enardecido
con lira sonorosa
tu nombre y las amables
virtudes que le adornan.
cuidados abandona,
y toma por un rato
la cítara sonora.
Cantaremos, Jovino,
mientras que el Euro sopla
con liras acordadas
de Anacreón las odas:
o a par del dulce fuego
las fugitivas horas
engañaremos juntos
en pláticas sabrosas.
Ellas van, y no vuelven
de las obscuras sombras:
¿por qué, pues, con cuidados
hacerlas aún más cortas?
Yo vi en mi primavera
mi barba vergonzosa,
cual el dorado vello
que el melocotón brota.
Y en mis cándidas sienes
el oro en crenchas rojas,
que ya los años tristes
obscuras me las tornan.
Yo vi al abril florido
que el valle alegre borda,
y al abrasado julio
vi marchitar su alfombra.
Vino el opimo octubre,
las uvas se sazonan;
mas el diciembre helado
le arrebató su pompa.
Los días y los meses
escapan como sombra,
y a los meses los años
suceden por la posta.
Así, a la triste vida
quitemos las zozobras
con el dorado vino
que bulle ya en la copa.
¿Quién los cuidados tristes
con él no desaloja
y al padre Baco canta
y a Venus Ciprïota?
Ciñámonos las sienes
de pámpanos y rosa;
brindemos; y aunque el Euro
combata con el Bóreas,
¿qué a nosotros su silbo,
si el pecho alegre goza
de Baco y sus ardores,
de Venus y sus glorias?
Acuérdome una tarde,
cuando el sol entre sombras
bajaba despeñado
ya al reino de la aurora,
que yo al hogar cantaba
de mi inocente choza,
mientras bailaban juntos
zagales y pastoras,
de nuestro amor sencillo
la suerte venturosa,
riquísimo tesoro
que en ti mi pecho goza.
Y haciendo por tu vida,
que a España tanto importa,
mil súplicas al cielo
con voces fervorosas,
cogí en la diestra mano,
cogí la brindadora
taza y con ansia amante
por ti la apuré toda.
Quedaron admirados
zagales que blasonan
de báquicos furores
al ver mi audacia loca.
Y yo tornando al punto
con sed aun más beoda
segunda vez librela
del néctar que la colma.
Cantando enardecido
con lira sonorosa
tu nombre y las amables
virtudes que le adornan.
568
Juan Meléndez Valdés
Oda Xxvi Del Caer De Las Hojas
¡Oh, cuál con estas hojas
que en sosegado vuelo
de los árboles giran,
circulando en el viento,
mil imágenes tristes
hierven ora en mi pecho,
que anublan su alegría
y apagan mis deseos!
Símbolo fugitivo
del mundanal contento,
que si fósforo brilla,
muere en humo deshecho,
no hace nada que el bosque
florecidas cubriendo,
la vista embelesaban
con su animado juego,
cuando entre ellas vagando
el cefirillo inquieto,
sus móviles cogollos
colmó de alegres besos.
Las dulces avecillas
ocultas en su seno
el ánimo hechizaron
con sus sonoros quiebros;
y entre lascivos píos,
llagadas ya del fuego
del blando amor, bullían
de aquí y de allá corriendo,
los más despiertos ojos
su júbilo y el fresco
de las sombras amigas
solicitando al sueño.
Pero el Can abrasado
vino en alas del tiempo,
y a su fresca verdura
mancilló el lucimiento.
Sucediole el otoño;
tras de él, árido el cierzo
con su lánguida vida
acabó en un momento;
y en lugar de sus galas
y del susurro tierno
que al más leve soplillo
vagas antes hicieron,
hoy muertas y ateridas,
ni aun de alfombrar el suelo
ya valen, y la planta
las huella con desprecio.
Así sombra mis años
pasarán, y con ellos
cual las hojas fugaces,
volará mi cabello;
mi faz de ásperas rugas
surcará el crudo invierno,
de flaqueza mis pasos,
de dolores mi cuerpo;
y apagado a los gustos,
miraré como un puerto
de salud en mis males,
de la tumba el silencio.
que en sosegado vuelo
de los árboles giran,
circulando en el viento,
mil imágenes tristes
hierven ora en mi pecho,
que anublan su alegría
y apagan mis deseos!
Símbolo fugitivo
del mundanal contento,
que si fósforo brilla,
muere en humo deshecho,
no hace nada que el bosque
florecidas cubriendo,
la vista embelesaban
con su animado juego,
cuando entre ellas vagando
el cefirillo inquieto,
sus móviles cogollos
colmó de alegres besos.
Las dulces avecillas
ocultas en su seno
el ánimo hechizaron
con sus sonoros quiebros;
y entre lascivos píos,
llagadas ya del fuego
del blando amor, bullían
de aquí y de allá corriendo,
los más despiertos ojos
su júbilo y el fresco
de las sombras amigas
solicitando al sueño.
Pero el Can abrasado
vino en alas del tiempo,
y a su fresca verdura
mancilló el lucimiento.
Sucediole el otoño;
tras de él, árido el cierzo
con su lánguida vida
acabó en un momento;
y en lugar de sus galas
y del susurro tierno
que al más leve soplillo
vagas antes hicieron,
hoy muertas y ateridas,
ni aun de alfombrar el suelo
ya valen, y la planta
las huella con desprecio.
Así sombra mis años
pasarán, y con ellos
cual las hojas fugaces,
volará mi cabello;
mi faz de ásperas rugas
surcará el crudo invierno,
de flaqueza mis pasos,
de dolores mi cuerpo;
y apagado a los gustos,
miraré como un puerto
de salud en mis males,
de la tumba el silencio.
587
Juan Meléndez Valdés
Oda Xx La Tortolilla
¡Oh dulce tortolilla!
no más la selva muda
con tus dolientes ayes
molestes importuna.
Deja el arrullo triste,
y al cielo no ya mustia
te vuelvas, ni angustiada
las otras aves huyas.
¿Qué valen ¡ay! tus quejas?
¿acaso de la obscura
morada de la muerte
tu dueño las escucha?,
¿le adularás con ellas?,
¿o allá en la fría tumba
los míseros que duermen
de lágrimas se cuidan?
¡Ay!, no; que do la parca
los guarda con ley dura
no alcanzan los gemidos,
por más que el aire turban.
En vano te querellas.
¿Dó vuelas?, ¿por qué buscas
las sombras, ¡oh infelice!,
negada a la luz pura?
¿Por qué sola, azorada,
de ti misma te asustas
y en tu arrullo te ahogas
en tu inmensa amargura?
Vuelve, cuitada, vuelve;
y a llantos de vïuda
del blando amor sucedan
de nuevo las ternuras.
Adorna el manso cuello,
los ojos desanubla,
y aliña las brillantes
las descuidadas plumas.
Verás cuál de tu pecho
sus dulces llamas mudan
en risas y placeres
los duelos y amargura.
no más la selva muda
con tus dolientes ayes
molestes importuna.
Deja el arrullo triste,
y al cielo no ya mustia
te vuelvas, ni angustiada
las otras aves huyas.
¿Qué valen ¡ay! tus quejas?
¿acaso de la obscura
morada de la muerte
tu dueño las escucha?,
¿le adularás con ellas?,
¿o allá en la fría tumba
los míseros que duermen
de lágrimas se cuidan?
¡Ay!, no; que do la parca
los guarda con ley dura
no alcanzan los gemidos,
por más que el aire turban.
En vano te querellas.
¿Dó vuelas?, ¿por qué buscas
las sombras, ¡oh infelice!,
negada a la luz pura?
¿Por qué sola, azorada,
de ti misma te asustas
y en tu arrullo te ahogas
en tu inmensa amargura?
Vuelve, cuitada, vuelve;
y a llantos de vïuda
del blando amor sucedan
de nuevo las ternuras.
Adorna el manso cuello,
los ojos desanubla,
y aliña las brillantes
las descuidadas plumas.
Verás cuál de tu pecho
sus dulces llamas mudan
en risas y placeres
los duelos y amargura.
520
Juan Meléndez Valdés
Oda Xx La Tortolilla
¡Oh dulce tortolilla!
no más la selva muda
con tus dolientes ayes
molestes importuna.
Deja el arrullo triste,
y al cielo no ya mustia
te vuelvas, ni angustiada
las otras aves huyas.
¿Qué valen ¡ay! tus quejas?
¿acaso de la obscura
morada de la muerte
tu dueño las escucha?,
¿le adularás con ellas?,
¿o allá en la fría tumba
los míseros que duermen
de lágrimas se cuidan?
¡Ay!, no; que do la parca
los guarda con ley dura
no alcanzan los gemidos,
por más que el aire turban.
En vano te querellas.
¿Dó vuelas?, ¿por qué buscas
las sombras, ¡oh infelice!,
negada a la luz pura?
¿Por qué sola, azorada,
de ti misma te asustas
y en tu arrullo te ahogas
en tu inmensa amargura?
Vuelve, cuitada, vuelve;
y a llantos de vïuda
del blando amor sucedan
de nuevo las ternuras.
Adorna el manso cuello,
los ojos desanubla,
y aliña las brillantes
las descuidadas plumas.
Verás cuál de tu pecho
sus dulces llamas mudan
en risas y placeres
los duelos y amargura.
no más la selva muda
con tus dolientes ayes
molestes importuna.
Deja el arrullo triste,
y al cielo no ya mustia
te vuelvas, ni angustiada
las otras aves huyas.
¿Qué valen ¡ay! tus quejas?
¿acaso de la obscura
morada de la muerte
tu dueño las escucha?,
¿le adularás con ellas?,
¿o allá en la fría tumba
los míseros que duermen
de lágrimas se cuidan?
¡Ay!, no; que do la parca
los guarda con ley dura
no alcanzan los gemidos,
por más que el aire turban.
En vano te querellas.
¿Dó vuelas?, ¿por qué buscas
las sombras, ¡oh infelice!,
negada a la luz pura?
¿Por qué sola, azorada,
de ti misma te asustas
y en tu arrullo te ahogas
en tu inmensa amargura?
Vuelve, cuitada, vuelve;
y a llantos de vïuda
del blando amor sucedan
de nuevo las ternuras.
Adorna el manso cuello,
los ojos desanubla,
y aliña las brillantes
las descuidadas plumas.
Verás cuál de tu pecho
sus dulces llamas mudan
en risas y placeres
los duelos y amargura.
520
Juan Meléndez Valdés
Oda Xx La Tortolilla
¡Oh dulce tortolilla!
no más la selva muda
con tus dolientes ayes
molestes importuna.
Deja el arrullo triste,
y al cielo no ya mustia
te vuelvas, ni angustiada
las otras aves huyas.
¿Qué valen ¡ay! tus quejas?
¿acaso de la obscura
morada de la muerte
tu dueño las escucha?,
¿le adularás con ellas?,
¿o allá en la fría tumba
los míseros que duermen
de lágrimas se cuidan?
¡Ay!, no; que do la parca
los guarda con ley dura
no alcanzan los gemidos,
por más que el aire turban.
En vano te querellas.
¿Dó vuelas?, ¿por qué buscas
las sombras, ¡oh infelice!,
negada a la luz pura?
¿Por qué sola, azorada,
de ti misma te asustas
y en tu arrullo te ahogas
en tu inmensa amargura?
Vuelve, cuitada, vuelve;
y a llantos de vïuda
del blando amor sucedan
de nuevo las ternuras.
Adorna el manso cuello,
los ojos desanubla,
y aliña las brillantes
las descuidadas plumas.
Verás cuál de tu pecho
sus dulces llamas mudan
en risas y placeres
los duelos y amargura.
no más la selva muda
con tus dolientes ayes
molestes importuna.
Deja el arrullo triste,
y al cielo no ya mustia
te vuelvas, ni angustiada
las otras aves huyas.
¿Qué valen ¡ay! tus quejas?
¿acaso de la obscura
morada de la muerte
tu dueño las escucha?,
¿le adularás con ellas?,
¿o allá en la fría tumba
los míseros que duermen
de lágrimas se cuidan?
¡Ay!, no; que do la parca
los guarda con ley dura
no alcanzan los gemidos,
por más que el aire turban.
En vano te querellas.
¿Dó vuelas?, ¿por qué buscas
las sombras, ¡oh infelice!,
negada a la luz pura?
¿Por qué sola, azorada,
de ti misma te asustas
y en tu arrullo te ahogas
en tu inmensa amargura?
Vuelve, cuitada, vuelve;
y a llantos de vïuda
del blando amor sucedan
de nuevo las ternuras.
Adorna el manso cuello,
los ojos desanubla,
y aliña las brillantes
las descuidadas plumas.
Verás cuál de tu pecho
sus dulces llamas mudan
en risas y placeres
los duelos y amargura.
520
Juan Meléndez Valdés
Oda Xviii De Mis Cantares
Dícenme las zagalas
«¿Cómo, siendo tan niño
tanto, Batilo, cantas
de amores y de vino?»
Yo voy a responderles,
mas luego de improviso
me vienen nuevos versos
de Baco y de Cupido;
Porque las dos deidades,
sin poder resistirlo,
el pecho, todo, todo,
me tienen poseído.
«¿Cómo, siendo tan niño
tanto, Batilo, cantas
de amores y de vino?»
Yo voy a responderles,
mas luego de improviso
me vienen nuevos versos
de Baco y de Cupido;
Porque las dos deidades,
sin poder resistirlo,
el pecho, todo, todo,
me tienen poseído.
504
Juan Meléndez Valdés
Oda Xviii De Mis Cantares
Las zagalas me dicen:
«¿Cómo, siendo tan niño,
tanto, Batilo, cantas
de amores y de vino?»
Yo voy a responderles;
mas luego de improviso
me vienen nuevos versos
de Baco y de Cupido,
porque las dos deidades,
sin poder resistirlo,
todo mi pecho, todo,
tienen ya poseído.
«¿Cómo, siendo tan niño,
tanto, Batilo, cantas
de amores y de vino?»
Yo voy a responderles;
mas luego de improviso
me vienen nuevos versos
de Baco y de Cupido,
porque las dos deidades,
sin poder resistirlo,
todo mi pecho, todo,
tienen ya poseído.
468
Juan Meléndez Valdés
Oda Xii De Una Rosa
La rosa de Citeres,
primicia del verano,
delicia de los dioses
y adorno de los campos,
objeto del deseo
de las bellas, del llanto
del Alba feliz hija,
del dulce Amor cuidado,
¡oh! ¡cuán atrás se queda
si necio la comparo
en púrpura y olores,
Dorila, con tus labios!
ora el virginal seno
al soplo regalado
de aura vital desplegue
del sol al primer rayo,
o inunde en grato aroma
tu seno relevado,
más feliz si tú inclinas
la nariz por gozarlo.
primicia del verano,
delicia de los dioses
y adorno de los campos,
objeto del deseo
de las bellas, del llanto
del Alba feliz hija,
del dulce Amor cuidado,
¡oh! ¡cuán atrás se queda
si necio la comparo
en púrpura y olores,
Dorila, con tus labios!
ora el virginal seno
al soplo regalado
de aura vital desplegue
del sol al primer rayo,
o inunde en grato aroma
tu seno relevado,
más feliz si tú inclinas
la nariz por gozarlo.
643
Juan Meléndez Valdés
Oda X De Las Riquezas
Ya de mis verdes años
como un alegre sueño
volaron diez y nueve
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que cesen un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecerse a costa
de la salud y el sueño?
Si más gozosa vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
encerrara en mi pecho,
buscáralo, ¡ay!, entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
como un alegre sueño
volaron diez y nueve
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que cesen un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecerse a costa
de la salud y el sueño?
Si más gozosa vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
encerrara en mi pecho,
buscáralo, ¡ay!, entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
519
Juan Meléndez Valdés
Oda X De Las Riquezas
Ya de mis verdes años
como un alegre sueño
volaron diez y nueve
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que cesen un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecerse a costa
de la salud y el sueño?
Si más gozosa vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
encerrara en mi pecho,
buscáralo, ¡ay!, entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
como un alegre sueño
volaron diez y nueve
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que cesen un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecerse a costa
de la salud y el sueño?
Si más gozosa vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
encerrara en mi pecho,
buscáralo, ¡ay!, entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
519
Juan Meléndez Valdés
Oda Vii El Gabinete
¡Qué ardor hierve en mis venas!
¡Qué embriaguez! ¡Qué delicia!
¡Y en qué fragante aroma
se inunda el alma mía!
Éste es de Amor un templo:
doquier torno la vista
mil gratas muestras hallo
del numen que lo habita.
Aquí el luciente espejo
y el tocador, do unidas
con el placer las Gracias
se esmeran en servirla,
y do esmaltada de oro
la porcelana rica
del lujo preparados
perfumes mil le brinda,
coronando su adorno
dos fieles tortolitas,
que entreabiertos los picos
se besan y acarician.
Allí plumas y flores,
el prendido y la cinta
que del cabello y frente
vistosa en torno gira,
y el velo que los rayos
con que sus ojos brillan,
doblándoles la gracia,
emboza y debilita.
Del cuello allí las perlas,
y allá el corsé se mira
y en él de su albo seno
la huella peregrina.
¡Besadla, amantes labios...!
¡besadla...! Mas tendida
la gasa que lo cubre
mis ojos allí fija.
¡Oh, gasa...! ¡qué de veces...!
El piano...Ven, querida,
ven, llega, corre, vuela,
y mi impaciencia alivia.
¡Oh! ¡cuánto en la tardanza
padezco! ¡Cuál palpita
mi seno! ¡En qué zozobras
mi espíritu vacila!
En todo, en todo te halla
mi ardor... Tu voz divina
oigo feliz... Mi boca
tu suave aliento aspira;
y el aura que te halaga
con ala fugitiva,
de tus encantos llena,
me abraza y regocija.
Mas... ¿si serán sus pasos...?
Sí, sí; la melodía
ya de su labio oyendo,
todo mi ser se agita.
Sigue en tus cantos, sigue;
vuelve a sonar de Armida
los amenazantes gritos,
las mágicas caricias.
Trine armonioso el piano;
y a mi rogar benigna,
cual ella por su amante,
tú así por mí delira.
Clama, amenaza, gime;
y en quiebros y ansias rica,
haz que ardan nuestros pechos
en sus pasiones mismas,
que tú cual ella anheles
ciega de amor y de ira
y yo rendido y dócil
tu altiva planta siga.
Y tú sostenme, ¡oh Venus!
sostenme, que la vida
entre éxtasis tan gratos
débil sin ti peligra.
¡Qué embriaguez! ¡Qué delicia!
¡Y en qué fragante aroma
se inunda el alma mía!
Éste es de Amor un templo:
doquier torno la vista
mil gratas muestras hallo
del numen que lo habita.
Aquí el luciente espejo
y el tocador, do unidas
con el placer las Gracias
se esmeran en servirla,
y do esmaltada de oro
la porcelana rica
del lujo preparados
perfumes mil le brinda,
coronando su adorno
dos fieles tortolitas,
que entreabiertos los picos
se besan y acarician.
Allí plumas y flores,
el prendido y la cinta
que del cabello y frente
vistosa en torno gira,
y el velo que los rayos
con que sus ojos brillan,
doblándoles la gracia,
emboza y debilita.
Del cuello allí las perlas,
y allá el corsé se mira
y en él de su albo seno
la huella peregrina.
¡Besadla, amantes labios...!
¡besadla...! Mas tendida
la gasa que lo cubre
mis ojos allí fija.
¡Oh, gasa...! ¡qué de veces...!
El piano...Ven, querida,
ven, llega, corre, vuela,
y mi impaciencia alivia.
¡Oh! ¡cuánto en la tardanza
padezco! ¡Cuál palpita
mi seno! ¡En qué zozobras
mi espíritu vacila!
En todo, en todo te halla
mi ardor... Tu voz divina
oigo feliz... Mi boca
tu suave aliento aspira;
y el aura que te halaga
con ala fugitiva,
de tus encantos llena,
me abraza y regocija.
Mas... ¿si serán sus pasos...?
Sí, sí; la melodía
ya de su labio oyendo,
todo mi ser se agita.
Sigue en tus cantos, sigue;
vuelve a sonar de Armida
los amenazantes gritos,
las mágicas caricias.
Trine armonioso el piano;
y a mi rogar benigna,
cual ella por su amante,
tú así por mí delira.
Clama, amenaza, gime;
y en quiebros y ansias rica,
haz que ardan nuestros pechos
en sus pasiones mismas,
que tú cual ella anheles
ciega de amor y de ira
y yo rendido y dócil
tu altiva planta siga.
Y tú sostenme, ¡oh Venus!
sostenme, que la vida
entre éxtasis tan gratos
débil sin ti peligra.
590
Juan Meléndez Valdés
Oda X De Las Riquezas
Ya me [he] mis dulces años
como un alegre sueño
veintitrés han volado
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que vuelvan un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecer a costa
de la salud y el sueño?
Si más alegre vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
metiera yo en mi pecho;
buscáralo ¡ay! entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
como un alegre sueño
veintitrés han volado
sin saber dónde fueron.
Yo los llamo afligido,
mas pararlos no puedo,
que cada vez más huyen
por mucho que les ruego;
y todos los tesoros
que guarda en sus mineros
la tierra, hacer no pueden
que vuelvan un momento.
Pues lejos, ea, el oro;
¿para qué el afán necio
de enriquecer a costa
de la salud y el sueño?
Si más alegre vida
me diera a mí el dinero,
o con él las virtudes
metiera yo en mi pecho;
buscáralo ¡ay! entonces
con hidrópico anhelo;
pero si esto no puede,
para nada lo quiero.
483
Juan Meléndez Valdés
Oda Ii El Amor Mariposa
Viendo el Amor un día
que mil lindas zagalas
huían de él medrosas
por mirarle con armas,
dicen que de picado
les juró la venganza
y una burla les hizo,
como suya, extremada.
Tornose en mariposa,
los bracitos en alas
y los pies ternezuelos
en patitas doradas.
¡Oh! ¡qué bien que parece!
¡Oh! ¡qué suelto que vaga,
y ante el sol hace alarde
de su púrpura y nácar!
Ya en el valle se pierde,
ya en una flor se para,
ya otra besa festivo,
y otra ronda y halaga.
Las zagalas, al verle,
por sus vuelos y gracia
mariposa le juzgan
y en seguirle no tardan.
Una a cogerle llega,
y él la burla y se escapa;
otra en pos va corriendo,
y otra simple le llama,
despertando el bullicio
de tan loca algazara
en sus pechos incautos
la ternura más grata.
Ya que juntas las mira,
dando alegres risadas
súbito amor se muestra
y a todas las abrasa.
Mas las alas ligeras
en los hombros por gala
se guardó el fementido,
y así a todos alcanza.
También de mariposa
le quedó la inconstancia:
llega, hiere, y de un pecho
a herir otro se pasa.
que mil lindas zagalas
huían de él medrosas
por mirarle con armas,
dicen que de picado
les juró la venganza
y una burla les hizo,
como suya, extremada.
Tornose en mariposa,
los bracitos en alas
y los pies ternezuelos
en patitas doradas.
¡Oh! ¡qué bien que parece!
¡Oh! ¡qué suelto que vaga,
y ante el sol hace alarde
de su púrpura y nácar!
Ya en el valle se pierde,
ya en una flor se para,
ya otra besa festivo,
y otra ronda y halaga.
Las zagalas, al verle,
por sus vuelos y gracia
mariposa le juzgan
y en seguirle no tardan.
Una a cogerle llega,
y él la burla y se escapa;
otra en pos va corriendo,
y otra simple le llama,
despertando el bullicio
de tan loca algazara
en sus pechos incautos
la ternura más grata.
Ya que juntas las mira,
dando alegres risadas
súbito amor se muestra
y a todas las abrasa.
Mas las alas ligeras
en los hombros por gala
se guardó el fementido,
y así a todos alcanza.
También de mariposa
le quedó la inconstancia:
llega, hiere, y de un pecho
a herir otro se pasa.
659
Juan Meléndez Valdés
Oda Iii Los Besos De Amor
Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,
cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,
y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,
y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,
ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,
entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,
cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,
y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,
y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,
ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,
entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.
918
Juan Meléndez Valdés
Oda Iii Los Besos De Amor
Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,
cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,
y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,
y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,
ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,
entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,
cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,
y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,
y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,
ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,
entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.
918
Juan Meléndez Valdés
A Las Zagalas
Decidme, zagalejas,
si visteis a mi amada
bajar con sus corderas
por esta verde falda.
Decidme si la visteis,
cuando al rayar del alba
la luz los valles dora,
salir de su cabaña.
¡Ay!, ¿dónde se me esconde?
Decídmelo, zagalas,
miradme cómo vengo
cansado de buscarla.
si visteis a mi amada
bajar con sus corderas
por esta verde falda.
Decidme si la visteis,
cuando al rayar del alba
la luz los valles dora,
salir de su cabaña.
¡Ay!, ¿dónde se me esconde?
Decídmelo, zagalas,
miradme cómo vengo
cansado de buscarla.
569
Juan Meléndez Valdés
Oda I De Mis Cantares
Tras una mariposa,
cual zagalejo simple,
corriendo por el valle
la senda a perder vine.
Cansado recosteme,
y un sueño tan felice
me vino que aun el labio
con gusto hoy lo repite.
Cual otros dos zagales
de belleza increíble
Baco y Amor se llegan
a mí con paso libre.
Amor un dulce tiro
del arco me despide,
y entrambas sienes Baco
de pámpanos me ciñe.
Besáronme en la boca
después, y así apacibles
con voz muy más suave
que el céfiro me dicen:
«Tú de las roncas armas
ni oirás el son terrible,
ni en mal seguro leño
bramar las crudas sirtes.
La paz y los amores
te harán, Batilo, insigne;
y de Cupido y Baco
serás el blando cisne».
cual zagalejo simple,
corriendo por el valle
la senda a perder vine.
Cansado recosteme,
y un sueño tan felice
me vino que aun el labio
con gusto hoy lo repite.
Cual otros dos zagales
de belleza increíble
Baco y Amor se llegan
a mí con paso libre.
Amor un dulce tiro
del arco me despide,
y entrambas sienes Baco
de pámpanos me ciñe.
Besáronme en la boca
después, y así apacibles
con voz muy más suave
que el céfiro me dicen:
«Tú de las roncas armas
ni oirás el son terrible,
ni en mal seguro leño
bramar las crudas sirtes.
La paz y los amores
te harán, Batilo, insigne;
y de Cupido y Baco
serás el blando cisne».
789
Juan Meléndez Valdés
Letrillas I A Unos Ojos
Tus ojuelos, niña,
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o fíjense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren
contra mi dolor,
tus ojuelos, niña,
me matan de amor.
Si se alzan al cielo
llenos de temores,
si alegran las flores
tornados al suelo,
o abaten el vuelo
de mi ciego error,
siempre, niña hermosa,
me matan de amor.
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay!, tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o fíjense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren
contra mi dolor,
tus ojuelos, niña,
me matan de amor.
Si se alzan al cielo
llenos de temores,
si alegran las flores
tornados al suelo,
o abaten el vuelo
de mi ciego error,
siempre, niña hermosa,
me matan de amor.
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay!, tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
650
Juan Meléndez Valdés
Letrillas Ii A Unos Lindos Ojos
Tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o párense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren,
culpando mi ardor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si al final del día
emulando ardientes,
alientan clementes
la esperanza mía,
y en su halago fía
mi crédulo error,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si evitan arteros
encontrar los míos,
sus falsos desvíos
me son lisonjeros.
Negándome fieros
su dulce favor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Los cierras burlando,
y ya no hay amores,
sus flechas y ardores
tu juego apagando;
Yo entonces temblando
clamo en tanto horror:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Los abres riente,
y el Amor renace
y en gozar se place
de su nuevo oriente,
cantando demente
yo al ver su fulgor:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay! tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o párense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren,
culpando mi ardor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si al final del día
emulando ardientes,
alientan clementes
la esperanza mía,
y en su halago fía
mi crédulo error,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si evitan arteros
encontrar los míos,
sus falsos desvíos
me son lisonjeros.
Negándome fieros
su dulce favor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Los cierras burlando,
y ya no hay amores,
sus flechas y ardores
tu juego apagando;
Yo entonces temblando
clamo en tanto horror:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Los abres riente,
y el Amor renace
y en gozar se place
de su nuevo oriente,
cantando demente
yo al ver su fulgor:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay! tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
572
Juan Meléndez Valdés
Letrillas Ii A Unos Lindos Ojos
Tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o párense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren,
culpando mi ardor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si al final del día
emulando ardientes,
alientan clementes
la esperanza mía,
y en su halago fía
mi crédulo error,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si evitan arteros
encontrar los míos,
sus falsos desvíos
me son lisonjeros.
Negándome fieros
su dulce favor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Los cierras burlando,
y ya no hay amores,
sus flechas y ardores
tu juego apagando;
Yo entonces temblando
clamo en tanto horror:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Los abres riente,
y el Amor renace
y en gozar se place
de su nuevo oriente,
cantando demente
yo al ver su fulgor:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay! tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
me matan de amor.
Ora vagos giren,
o párense atentos,
o miren exentos,
o lánguidos miren,
o injustos se aíren,
culpando mi ardor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si al final del día
emulando ardientes,
alientan clementes
la esperanza mía,
y en su halago fía
mi crédulo error,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Si evitan arteros
encontrar los míos,
sus falsos desvíos
me son lisonjeros.
Negándome fieros
su dulce favor,
tus lindos ojuelos
me matan de amor.
Los cierras burlando,
y ya no hay amores,
sus flechas y ardores
tu juego apagando;
Yo entonces temblando
clamo en tanto horror:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Los abres riente,
y el Amor renace
y en gozar se place
de su nuevo oriente,
cantando demente
yo al ver su fulgor:
«¡Tus lindos ojuelos
me matan de amor!».
Tórnalos, te ruego,
niña, hacia otro lado,
que casi he cegado
de mirar su fuego.
¡Ay! tórnalos luego,
no con más rigor
tus lindos ojuelos
me maten de amor.
572
Juan Meléndez Valdés
A Ciparis, En El Día De Sus Años
Don grande es la alta fama;
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora,
merced al verso aonio y al concento
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro objeto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.
Suben al alto Olimpo los odores
de cínamo panqueo
y amáraco fragante y otras flores;
mas cumple, dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
dictó el intonso dios, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.
Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.
¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
desde el humilde suelo
la garza generosa
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.
Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios desparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube oscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.
Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.
De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.
Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte, si en oriente
el sol impera solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
y así como a la luna
oscurece del sol la ardiente llama,
así a par de Ciparis la fortuna
la hermosura abatió; mas si a quien ama
la Venus Dionea
donó lira sonora,
oh musa, ora la emplea
en cantar de este día. La alma aurora
de nieve y oro el yermo cielo dora,
merced al verso aonio y al concento
de docta poesía
cuando Apolo cantando calma el viento,
quedando a la dulcísona armonía
de la divina lira y sacro acento
la natura admirada;
ni pudo ser cantado
por cítara dorada
otro objeto mayor que el que ha tocado
a humilde musa por favor sagrado.
Suben al alto Olimpo los odores
de cínamo panqueo
y amáraco fragante y otras flores;
mas cumple, dulce musa, alto deseo
y olvida un poco a Amor y tus dolores.
Canta de este gran día
a Eurídice la bella
dulcísima armonía
dictó el intonso dios, y a la doncella
mudada en lauro por huir su huella.
Cual deidad iba en nácar erictea
de la espuma engendrada
que blandamente el aura la menea,
tal hoy Ciparis sale acompañada
del coro que cantando la rodea
de las Gracias y amores;
el invierno aterido
huye al verla, y mil flores
da el campo, y por do arrastra su vestido
vese de rosas mil enriquecido.
¿Qué es, pues, la hermosura si adornada
de honestidad no brilla?
Cual palma que a las nubes elevada
con su pompa los árboles humilla,
mi señora a la bóveda estrellada
se ensalza glorïosa;
desde el humilde suelo
la garza generosa
bate las alas, y con raudo vuelo
la tierra olvida, remontada al cielo.
Ni de mayor virtud enriquecida
hubo jamás doncella;
si habla, de entre sus labios desparcida
corre la miel; las Gracias, tras la huella
de su planta veloz van de corrida,
y no tanta hermosura
el iris refulgente
muestra, tras nube oscura
por las doradas puertas del oriente,
como su undosa túnica esplendente.
Natura este gran día está admirada
y en él se está placiendo.
¿Qué es del invierno triste? Aun más templada
que en mayo el aura dulce va bullendo;
seguid pues, oh avecillas; sea loada
de vos mi alta señora.
Tú, Venus, oye pía,
y el templo olvida ahora
de Gnido, y del Olimpo la ambrosía:
tu vista solemnice este gran día.
De los años el curso arrebatado,
que tanto la hermosura
desaliña y ofende, tú has burlado.
Así del sacro Líbano en la altura
crece el eterno cedro al cielo alzado;
el tiempo te enriquece,
y el cielo tu alma vida
guarda, y grato te ofrece
don de belleza y juventud florida,
y luego a sus mansiones te convida.
Si a humano ser los dioses largamente
de sus dones colmaron
sobre mortal poder, ¡oh, cuán fulgente
sobre todos, señora, te elevaron!
Mas ¿quién podrá cantarte, si en oriente
el sol impera solo?
Empero, si inspirada
mi voz fuese de Apolo,
tú serás algún día al cielo alzada
y en digno verso lírico cantada.
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