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José Angel Buesa
Poema Del Dolor Indominado
Sobre el vasto silencio se proyectó mi grito,
sobre el silencio ilímite del firmamento hueco.
Ni un eco abrió sus órbitas elásticas... ni un eco
rajó sus cien gargantas roncas en lo infinito.
contra el silencio incólume se aplastó mi protesta,
contra el terco mutismo de la extensión plomiza.
Y repetí mi grito: como única respuesta
me derribó una cálida ráfaga de ceniza.
Y por la estepa muda cruzó un soplo terrible
difundiendo acres gérmenes de odios y de epidemias;
y en la oquedad montruosa del silencio impasible
trepidó un sordo y torpe galope de blasfemias.
Y se hundieron de súbito las planicies desiertas
barajando en un vértigo todas las perspectivas,
y sobre el surco estéril de las edades muertas
pasó el ala de fuego de las cóleras vivas.
Y otra vez mi estentóreo grito de rebeldía,
perforando el silencio, se clavó en lo infinito,
y en la paz inmmutable de la tierra vacía
rebotó cuatro veces el dolor de mi grito.
Así el sésamo défico fulminó su eficacia
sobre la oscura y áspera vegetación de obstáculos.
Y una fosforecencia de convulsos tentáculos
ramificó en las sombras un ademán de audacia.
Y como un filo rubio, se destacó en las brumas
un rígido propósito de verdades intactas,
y entonces la ola inmóvil se perfumó de espumas
y la brújula absurda marcó rutas exactas.
Y entre las tinieblas turbias vibró un signo incoloro
que agolpó en una réplica todo el dolor disperso.
El silencio infinito labró un verso de oro,
y mi grito rebelde fue el oro de aquel verso.
sobre el silencio ilímite del firmamento hueco.
Ni un eco abrió sus órbitas elásticas... ni un eco
rajó sus cien gargantas roncas en lo infinito.
contra el silencio incólume se aplastó mi protesta,
contra el terco mutismo de la extensión plomiza.
Y repetí mi grito: como única respuesta
me derribó una cálida ráfaga de ceniza.
Y por la estepa muda cruzó un soplo terrible
difundiendo acres gérmenes de odios y de epidemias;
y en la oquedad montruosa del silencio impasible
trepidó un sordo y torpe galope de blasfemias.
Y se hundieron de súbito las planicies desiertas
barajando en un vértigo todas las perspectivas,
y sobre el surco estéril de las edades muertas
pasó el ala de fuego de las cóleras vivas.
Y otra vez mi estentóreo grito de rebeldía,
perforando el silencio, se clavó en lo infinito,
y en la paz inmmutable de la tierra vacía
rebotó cuatro veces el dolor de mi grito.
Así el sésamo défico fulminó su eficacia
sobre la oscura y áspera vegetación de obstáculos.
Y una fosforecencia de convulsos tentáculos
ramificó en las sombras un ademán de audacia.
Y como un filo rubio, se destacó en las brumas
un rígido propósito de verdades intactas,
y entonces la ola inmóvil se perfumó de espumas
y la brújula absurda marcó rutas exactas.
Y entre las tinieblas turbias vibró un signo incoloro
que agolpó en una réplica todo el dolor disperso.
El silencio infinito labró un verso de oro,
y mi grito rebelde fue el oro de aquel verso.
622
José Angel Buesa
Poema Del Dolor Indominado
Sobre el vasto silencio se proyectó mi grito,
sobre el silencio ilímite del firmamento hueco.
Ni un eco abrió sus órbitas elásticas... ni un eco
rajó sus cien gargantas roncas en lo infinito.
contra el silencio incólume se aplastó mi protesta,
contra el terco mutismo de la extensión plomiza.
Y repetí mi grito: como única respuesta
me derribó una cálida ráfaga de ceniza.
Y por la estepa muda cruzó un soplo terrible
difundiendo acres gérmenes de odios y de epidemias;
y en la oquedad montruosa del silencio impasible
trepidó un sordo y torpe galope de blasfemias.
Y se hundieron de súbito las planicies desiertas
barajando en un vértigo todas las perspectivas,
y sobre el surco estéril de las edades muertas
pasó el ala de fuego de las cóleras vivas.
Y otra vez mi estentóreo grito de rebeldía,
perforando el silencio, se clavó en lo infinito,
y en la paz inmmutable de la tierra vacía
rebotó cuatro veces el dolor de mi grito.
Así el sésamo défico fulminó su eficacia
sobre la oscura y áspera vegetación de obstáculos.
Y una fosforecencia de convulsos tentáculos
ramificó en las sombras un ademán de audacia.
Y como un filo rubio, se destacó en las brumas
un rígido propósito de verdades intactas,
y entonces la ola inmóvil se perfumó de espumas
y la brújula absurda marcó rutas exactas.
Y entre las tinieblas turbias vibró un signo incoloro
que agolpó en una réplica todo el dolor disperso.
El silencio infinito labró un verso de oro,
y mi grito rebelde fue el oro de aquel verso.
sobre el silencio ilímite del firmamento hueco.
Ni un eco abrió sus órbitas elásticas... ni un eco
rajó sus cien gargantas roncas en lo infinito.
contra el silencio incólume se aplastó mi protesta,
contra el terco mutismo de la extensión plomiza.
Y repetí mi grito: como única respuesta
me derribó una cálida ráfaga de ceniza.
Y por la estepa muda cruzó un soplo terrible
difundiendo acres gérmenes de odios y de epidemias;
y en la oquedad montruosa del silencio impasible
trepidó un sordo y torpe galope de blasfemias.
Y se hundieron de súbito las planicies desiertas
barajando en un vértigo todas las perspectivas,
y sobre el surco estéril de las edades muertas
pasó el ala de fuego de las cóleras vivas.
Y otra vez mi estentóreo grito de rebeldía,
perforando el silencio, se clavó en lo infinito,
y en la paz inmmutable de la tierra vacía
rebotó cuatro veces el dolor de mi grito.
Así el sésamo défico fulminó su eficacia
sobre la oscura y áspera vegetación de obstáculos.
Y una fosforecencia de convulsos tentáculos
ramificó en las sombras un ademán de audacia.
Y como un filo rubio, se destacó en las brumas
un rígido propósito de verdades intactas,
y entonces la ola inmóvil se perfumó de espumas
y la brújula absurda marcó rutas exactas.
Y entre las tinieblas turbias vibró un signo incoloro
que agolpó en una réplica todo el dolor disperso.
El silencio infinito labró un verso de oro,
y mi grito rebelde fue el oro de aquel verso.
622
José Angel Buesa
Poema Nocturno
Muchacha de una noche de viento y hojas secas,
que una sonrisa tuya pobló de mariposas,
como si aún recordaras tus últimas muñecas
junto a un hombre lejano que olvidó tantas cosas...
Muchacha de una noche de cigarrillos lentos,
cuando quedó en la mesa la flor de tu corpiño:
Tú eras la pastorcita de los libros de cuentos,
y yo fui el niño triste que no supo ser niño.
Muchacha de una noche par ael amor errante,
cuando crece el otoño con su vaho profundo,
y el alma es el navío de un solo tripulante
que despliega sus lonas al viento de otro mundo.
Muchacha de un noche: yo pienso todavía
que hubiera sido hermoso que nunca amaneciera,
ahora que, fatalmente, comienza un nuevo dia,
que ha de ser, para tantos, otro dia cualquiera...
que una sonrisa tuya pobló de mariposas,
como si aún recordaras tus últimas muñecas
junto a un hombre lejano que olvidó tantas cosas...
Muchacha de una noche de cigarrillos lentos,
cuando quedó en la mesa la flor de tu corpiño:
Tú eras la pastorcita de los libros de cuentos,
y yo fui el niño triste que no supo ser niño.
Muchacha de una noche par ael amor errante,
cuando crece el otoño con su vaho profundo,
y el alma es el navío de un solo tripulante
que despliega sus lonas al viento de otro mundo.
Muchacha de un noche: yo pienso todavía
que hubiera sido hermoso que nunca amaneciera,
ahora que, fatalmente, comienza un nuevo dia,
que ha de ser, para tantos, otro dia cualquiera...
978
José Angel Buesa
Poema Nocturno
Muchacha de una noche de viento y hojas secas,
que una sonrisa tuya pobló de mariposas,
como si aún recordaras tus últimas muñecas
junto a un hombre lejano que olvidó tantas cosas...
Muchacha de una noche de cigarrillos lentos,
cuando quedó en la mesa la flor de tu corpiño:
Tú eras la pastorcita de los libros de cuentos,
y yo fui el niño triste que no supo ser niño.
Muchacha de una noche par ael amor errante,
cuando crece el otoño con su vaho profundo,
y el alma es el navío de un solo tripulante
que despliega sus lonas al viento de otro mundo.
Muchacha de un noche: yo pienso todavía
que hubiera sido hermoso que nunca amaneciera,
ahora que, fatalmente, comienza un nuevo dia,
que ha de ser, para tantos, otro dia cualquiera...
que una sonrisa tuya pobló de mariposas,
como si aún recordaras tus últimas muñecas
junto a un hombre lejano que olvidó tantas cosas...
Muchacha de una noche de cigarrillos lentos,
cuando quedó en la mesa la flor de tu corpiño:
Tú eras la pastorcita de los libros de cuentos,
y yo fui el niño triste que no supo ser niño.
Muchacha de una noche par ael amor errante,
cuando crece el otoño con su vaho profundo,
y el alma es el navío de un solo tripulante
que despliega sus lonas al viento de otro mundo.
Muchacha de un noche: yo pienso todavía
que hubiera sido hermoso que nunca amaneciera,
ahora que, fatalmente, comienza un nuevo dia,
que ha de ser, para tantos, otro dia cualquiera...
978
José Angel Buesa
Poemas En La Arena
Las olas vienen.
Las olas van.
Como las olas,
tu recuerdo viene y se va.
Las olas vienen.
Las olas se van.
Mi silencio —un silencio de cien puertas cerradas—,
se encrespa de rumores, como el mar.
¡El mar, el mar, amor!
¡Amor, el mar!
Mi corazón es una playa triste,
y tú eres una ola que viene y que se va...
Las olas van.
Como las olas,
tu recuerdo viene y se va.
Las olas vienen.
Las olas se van.
Mi silencio —un silencio de cien puertas cerradas—,
se encrespa de rumores, como el mar.
¡El mar, el mar, amor!
¡Amor, el mar!
Mi corazón es una playa triste,
y tú eres una ola que viene y que se va...
1.347
José Angel Buesa
Poema Para Olvidarte
Amar —nadie lo ignora— viene a ser como un juego:
el juego de dos almas y el juego de dos vidas.
Y hay quien gana y quien pierde. Tal vez lo sabrás luego,
si yo logro olvidarte pero tú no me olvidas.
Yo sé por qué lo digo. La vida tiene un modo
sutil de detenerse mientras sigue adelante,
y una mujer bonita puede olvidarlo todo
menos su última cita con su primer amante.
Por eso, allá... tan lejos... en tus tardes de hastío,
puede ser que comprendas que el hombre a quien quisiste
llenó de mariposas tu corazón vacío
y de fechas alegres tu calendario triste.
Y como tu pasado no pasó todavía
tendrás que recordarme viendo en tu tocador
aquellos espejuelos oscuros con que un día
disimulaste un poco tus tijeras de amor.
Y yo sé que otro día, de rezos y conjuros,
te dirán que me he muerto —yo sé que será así —
y te pondrás los mismos espejuelos oscuros
para que nadie sepa que lloraste por mí.
el juego de dos almas y el juego de dos vidas.
Y hay quien gana y quien pierde. Tal vez lo sabrás luego,
si yo logro olvidarte pero tú no me olvidas.
Yo sé por qué lo digo. La vida tiene un modo
sutil de detenerse mientras sigue adelante,
y una mujer bonita puede olvidarlo todo
menos su última cita con su primer amante.
Por eso, allá... tan lejos... en tus tardes de hastío,
puede ser que comprendas que el hombre a quien quisiste
llenó de mariposas tu corazón vacío
y de fechas alegres tu calendario triste.
Y como tu pasado no pasó todavía
tendrás que recordarme viendo en tu tocador
aquellos espejuelos oscuros con que un día
disimulaste un poco tus tijeras de amor.
Y yo sé que otro día, de rezos y conjuros,
te dirán que me he muerto —yo sé que será así —
y te pondrás los mismos espejuelos oscuros
para que nadie sepa que lloraste por mí.
1.041
José Angel Buesa
Poema Vulgar
La vi pasar con otro... Su semblante
resplandecía de felicidad.
Y me subió a los labios mi sonrisa galante,
con algo de impotencia y algo de vanidad.
En las manos del otro palpitaban sus manos;
en el brazo del otro se apoyaba feliz...
Y me envolvió una niebla de recuerdos lejanos,
y sentí que sangraba mi vieja cicatriz.
La vi pasar con otro, risueña y arrogante.
Me pareció más bella, más gallarda... No sé.
Sólo sé que de nuevo la amé en aquel instante,
más que cuando fue mía, si es que entonces la
amé...
Y, de esa llamarada que aún me quema,
de ese dolor amargo como un golpe de mar,
ya lo veis: ha nacido este poema
deplorablemente vulgar...
resplandecía de felicidad.
Y me subió a los labios mi sonrisa galante,
con algo de impotencia y algo de vanidad.
En las manos del otro palpitaban sus manos;
en el brazo del otro se apoyaba feliz...
Y me envolvió una niebla de recuerdos lejanos,
y sentí que sangraba mi vieja cicatriz.
La vi pasar con otro, risueña y arrogante.
Me pareció más bella, más gallarda... No sé.
Sólo sé que de nuevo la amé en aquel instante,
más que cuando fue mía, si es que entonces la
amé...
Y, de esa llamarada que aún me quema,
de ese dolor amargo como un golpe de mar,
ya lo veis: ha nacido este poema
deplorablemente vulgar...
941
José Angel Buesa
Poema Final Por Nosotros
Está bien, vas con otro, y me apeno y sonrío,
pues recuerdo las noches que temblaste en mi mano,
como tiembla en la hoja la humedad del rocío,
o el fulgor de la estrella que desciende al pantano.
Te perdono, y es poco. Te perdono, y es todo,
yo que amaba tus formas, más amaba tu amor,
y empezó siendo rosa lo que luego fue lodo,
a pesar del perfume y a pesar del color.
Hoy prefiero mil veces sonreír aunque pierda,
mientras pierda tan solo el derecho a tu abrazo,
y no ser el que olvida, mientras él quien recuerda,
y tú bajes el rostro y él lo vuelva si paso.
Quien te lleva no sabe que pasó mi tormento,
y me apena su modo de aferrarse a lo vano,
él se aferra a la rosa, pero olvida que el viento,
todavía dirige su perfume a mi mano.
Y por ser quien conozco tus angustias y anhelos,
te perdono si pasas y si no me saludas,
pues prefiero el orgullo de perderte con celos,
a la angustia que él siente de tenerte con dudas.
Y mañana quien sabe, no sabré si fue rubia,
si canela, o si blanca la humedad de esta pena,
y quizás te recuerde si me adentro en la lluvia,
o tal vez me dé risa si acaricio la arena.
pues recuerdo las noches que temblaste en mi mano,
como tiembla en la hoja la humedad del rocío,
o el fulgor de la estrella que desciende al pantano.
Te perdono, y es poco. Te perdono, y es todo,
yo que amaba tus formas, más amaba tu amor,
y empezó siendo rosa lo que luego fue lodo,
a pesar del perfume y a pesar del color.
Hoy prefiero mil veces sonreír aunque pierda,
mientras pierda tan solo el derecho a tu abrazo,
y no ser el que olvida, mientras él quien recuerda,
y tú bajes el rostro y él lo vuelva si paso.
Quien te lleva no sabe que pasó mi tormento,
y me apena su modo de aferrarse a lo vano,
él se aferra a la rosa, pero olvida que el viento,
todavía dirige su perfume a mi mano.
Y por ser quien conozco tus angustias y anhelos,
te perdono si pasas y si no me saludas,
pues prefiero el orgullo de perderte con celos,
a la angustia que él siente de tenerte con dudas.
Y mañana quien sabe, no sabré si fue rubia,
si canela, o si blanca la humedad de esta pena,
y quizás te recuerde si me adentro en la lluvia,
o tal vez me dé risa si acaricio la arena.
760
José Angel Buesa
Poema Final Por Nosotros
Está bien, vas con otro, y me apeno y sonrío,
pues recuerdo las noches que temblaste en mi mano,
como tiembla en la hoja la humedad del rocío,
o el fulgor de la estrella que desciende al pantano.
Te perdono, y es poco. Te perdono, y es todo,
yo que amaba tus formas, más amaba tu amor,
y empezó siendo rosa lo que luego fue lodo,
a pesar del perfume y a pesar del color.
Hoy prefiero mil veces sonreír aunque pierda,
mientras pierda tan solo el derecho a tu abrazo,
y no ser el que olvida, mientras él quien recuerda,
y tú bajes el rostro y él lo vuelva si paso.
Quien te lleva no sabe que pasó mi tormento,
y me apena su modo de aferrarse a lo vano,
él se aferra a la rosa, pero olvida que el viento,
todavía dirige su perfume a mi mano.
Y por ser quien conozco tus angustias y anhelos,
te perdono si pasas y si no me saludas,
pues prefiero el orgullo de perderte con celos,
a la angustia que él siente de tenerte con dudas.
Y mañana quien sabe, no sabré si fue rubia,
si canela, o si blanca la humedad de esta pena,
y quizás te recuerde si me adentro en la lluvia,
o tal vez me dé risa si acaricio la arena.
pues recuerdo las noches que temblaste en mi mano,
como tiembla en la hoja la humedad del rocío,
o el fulgor de la estrella que desciende al pantano.
Te perdono, y es poco. Te perdono, y es todo,
yo que amaba tus formas, más amaba tu amor,
y empezó siendo rosa lo que luego fue lodo,
a pesar del perfume y a pesar del color.
Hoy prefiero mil veces sonreír aunque pierda,
mientras pierda tan solo el derecho a tu abrazo,
y no ser el que olvida, mientras él quien recuerda,
y tú bajes el rostro y él lo vuelva si paso.
Quien te lleva no sabe que pasó mi tormento,
y me apena su modo de aferrarse a lo vano,
él se aferra a la rosa, pero olvida que el viento,
todavía dirige su perfume a mi mano.
Y por ser quien conozco tus angustias y anhelos,
te perdono si pasas y si no me saludas,
pues prefiero el orgullo de perderte con celos,
a la angustia que él siente de tenerte con dudas.
Y mañana quien sabe, no sabré si fue rubia,
si canela, o si blanca la humedad de esta pena,
y quizás te recuerde si me adentro en la lluvia,
o tal vez me dé risa si acaricio la arena.
760
José Angel Buesa
Poema Final Por Nosotros
Está bien, vas con otro, y me apeno y sonrío,
pues recuerdo las noches que temblaste en mi mano,
como tiembla en la hoja la humedad del rocío,
o el fulgor de la estrella que desciende al pantano.
Te perdono, y es poco. Te perdono, y es todo,
yo que amaba tus formas, más amaba tu amor,
y empezó siendo rosa lo que luego fue lodo,
a pesar del perfume y a pesar del color.
Hoy prefiero mil veces sonreír aunque pierda,
mientras pierda tan solo el derecho a tu abrazo,
y no ser el que olvida, mientras él quien recuerda,
y tú bajes el rostro y él lo vuelva si paso.
Quien te lleva no sabe que pasó mi tormento,
y me apena su modo de aferrarse a lo vano,
él se aferra a la rosa, pero olvida que el viento,
todavía dirige su perfume a mi mano.
Y por ser quien conozco tus angustias y anhelos,
te perdono si pasas y si no me saludas,
pues prefiero el orgullo de perderte con celos,
a la angustia que él siente de tenerte con dudas.
Y mañana quien sabe, no sabré si fue rubia,
si canela, o si blanca la humedad de esta pena,
y quizás te recuerde si me adentro en la lluvia,
o tal vez me dé risa si acaricio la arena.
pues recuerdo las noches que temblaste en mi mano,
como tiembla en la hoja la humedad del rocío,
o el fulgor de la estrella que desciende al pantano.
Te perdono, y es poco. Te perdono, y es todo,
yo que amaba tus formas, más amaba tu amor,
y empezó siendo rosa lo que luego fue lodo,
a pesar del perfume y a pesar del color.
Hoy prefiero mil veces sonreír aunque pierda,
mientras pierda tan solo el derecho a tu abrazo,
y no ser el que olvida, mientras él quien recuerda,
y tú bajes el rostro y él lo vuelva si paso.
Quien te lleva no sabe que pasó mi tormento,
y me apena su modo de aferrarse a lo vano,
él se aferra a la rosa, pero olvida que el viento,
todavía dirige su perfume a mi mano.
Y por ser quien conozco tus angustias y anhelos,
te perdono si pasas y si no me saludas,
pues prefiero el orgullo de perderte con celos,
a la angustia que él siente de tenerte con dudas.
Y mañana quien sabe, no sabré si fue rubia,
si canela, o si blanca la humedad de esta pena,
y quizás te recuerde si me adentro en la lluvia,
o tal vez me dé risa si acaricio la arena.
760
José Angel Buesa
Rosa Del Otoño
Melancólicamente, en tu faz contraída
reflejando el dolor,
piensas en lo monótona que transcurre tu vida
sin placer, sin amor...
Entristecida miras que duplica el espejo
tu estatuaria triunfal,
porque te ves desnuda, sin que esboce le reflejo
a un amante ideal...
¡Y te encuentras muy sola en tu lecho impoluto,
tu lecho virginal!
Y en tu alma, la pena prende un jirón de luto,
un paño funeral...
En tus noches insomnes, todo tu ser se agita
por el ansia sensual,
y lentamente mira que tu faz se marchita,
pobre rosa otoñal...
En tus desesperadas horas, cuando palpita
y arde tu carne de mujer
soberbia y vehemente, quisieras ser maldita
sacerdotisa del placer,
y, sumisa al instinto pagano en ti despierto,
amar hasta desfallecer...
¡y no hay una caricia para tu desconcierto,
ni un gran abrazo te hace arder!
Pide una mano trémula que la estruje y arranque
la flor de tu virginidad,
y, como un loto abierto en la paz de un estanque,
lloras tu inmensa soledad...
¡Cuántas veces entornas los ojos dulcemente,
y, en azul embriaguez,
sueñas en que te inician en el misterio ardiente
una y otra vez!...
Y tus dedos, que piensas, febril que son ajenos,
una caricia divinal.
Ponen sobre las combas sedeñas de tus senos,
con lentitudes de ritual...
Y contemplan tu ardor vibrante, condenada
a la esterilidad,
y sientes que le besa la boca descarnada
de la fatalidad...
¡Y en vano! El frío lecho donde suspiras sola,
sabe de tu dolor,
y ante un ara quimérica tu juventud se inmola,
igual que una áurea flor...
Pobre rosa estrujada, virgen entristecida:
Fundado en tu pavor
al ver lo estérilmente que se te va la vida,
sin placer, sin amor!...
reflejando el dolor,
piensas en lo monótona que transcurre tu vida
sin placer, sin amor...
Entristecida miras que duplica el espejo
tu estatuaria triunfal,
porque te ves desnuda, sin que esboce le reflejo
a un amante ideal...
¡Y te encuentras muy sola en tu lecho impoluto,
tu lecho virginal!
Y en tu alma, la pena prende un jirón de luto,
un paño funeral...
En tus noches insomnes, todo tu ser se agita
por el ansia sensual,
y lentamente mira que tu faz se marchita,
pobre rosa otoñal...
En tus desesperadas horas, cuando palpita
y arde tu carne de mujer
soberbia y vehemente, quisieras ser maldita
sacerdotisa del placer,
y, sumisa al instinto pagano en ti despierto,
amar hasta desfallecer...
¡y no hay una caricia para tu desconcierto,
ni un gran abrazo te hace arder!
Pide una mano trémula que la estruje y arranque
la flor de tu virginidad,
y, como un loto abierto en la paz de un estanque,
lloras tu inmensa soledad...
¡Cuántas veces entornas los ojos dulcemente,
y, en azul embriaguez,
sueñas en que te inician en el misterio ardiente
una y otra vez!...
Y tus dedos, que piensas, febril que son ajenos,
una caricia divinal.
Ponen sobre las combas sedeñas de tus senos,
con lentitudes de ritual...
Y contemplan tu ardor vibrante, condenada
a la esterilidad,
y sientes que le besa la boca descarnada
de la fatalidad...
¡Y en vano! El frío lecho donde suspiras sola,
sabe de tu dolor,
y ante un ara quimérica tu juventud se inmola,
igual que una áurea flor...
Pobre rosa estrujada, virgen entristecida:
Fundado en tu pavor
al ver lo estérilmente que se te va la vida,
sin placer, sin amor!...
733
José Angel Buesa
Rosa Del Otoño
Melancólicamente, en tu faz contraída
reflejando el dolor,
piensas en lo monótona que transcurre tu vida
sin placer, sin amor...
Entristecida miras que duplica el espejo
tu estatuaria triunfal,
porque te ves desnuda, sin que esboce le reflejo
a un amante ideal...
¡Y te encuentras muy sola en tu lecho impoluto,
tu lecho virginal!
Y en tu alma, la pena prende un jirón de luto,
un paño funeral...
En tus noches insomnes, todo tu ser se agita
por el ansia sensual,
y lentamente mira que tu faz se marchita,
pobre rosa otoñal...
En tus desesperadas horas, cuando palpita
y arde tu carne de mujer
soberbia y vehemente, quisieras ser maldita
sacerdotisa del placer,
y, sumisa al instinto pagano en ti despierto,
amar hasta desfallecer...
¡y no hay una caricia para tu desconcierto,
ni un gran abrazo te hace arder!
Pide una mano trémula que la estruje y arranque
la flor de tu virginidad,
y, como un loto abierto en la paz de un estanque,
lloras tu inmensa soledad...
¡Cuántas veces entornas los ojos dulcemente,
y, en azul embriaguez,
sueñas en que te inician en el misterio ardiente
una y otra vez!...
Y tus dedos, que piensas, febril que son ajenos,
una caricia divinal.
Ponen sobre las combas sedeñas de tus senos,
con lentitudes de ritual...
Y contemplan tu ardor vibrante, condenada
a la esterilidad,
y sientes que le besa la boca descarnada
de la fatalidad...
¡Y en vano! El frío lecho donde suspiras sola,
sabe de tu dolor,
y ante un ara quimérica tu juventud se inmola,
igual que una áurea flor...
Pobre rosa estrujada, virgen entristecida:
Fundado en tu pavor
al ver lo estérilmente que se te va la vida,
sin placer, sin amor!...
reflejando el dolor,
piensas en lo monótona que transcurre tu vida
sin placer, sin amor...
Entristecida miras que duplica el espejo
tu estatuaria triunfal,
porque te ves desnuda, sin que esboce le reflejo
a un amante ideal...
¡Y te encuentras muy sola en tu lecho impoluto,
tu lecho virginal!
Y en tu alma, la pena prende un jirón de luto,
un paño funeral...
En tus noches insomnes, todo tu ser se agita
por el ansia sensual,
y lentamente mira que tu faz se marchita,
pobre rosa otoñal...
En tus desesperadas horas, cuando palpita
y arde tu carne de mujer
soberbia y vehemente, quisieras ser maldita
sacerdotisa del placer,
y, sumisa al instinto pagano en ti despierto,
amar hasta desfallecer...
¡y no hay una caricia para tu desconcierto,
ni un gran abrazo te hace arder!
Pide una mano trémula que la estruje y arranque
la flor de tu virginidad,
y, como un loto abierto en la paz de un estanque,
lloras tu inmensa soledad...
¡Cuántas veces entornas los ojos dulcemente,
y, en azul embriaguez,
sueñas en que te inician en el misterio ardiente
una y otra vez!...
Y tus dedos, que piensas, febril que son ajenos,
una caricia divinal.
Ponen sobre las combas sedeñas de tus senos,
con lentitudes de ritual...
Y contemplan tu ardor vibrante, condenada
a la esterilidad,
y sientes que le besa la boca descarnada
de la fatalidad...
¡Y en vano! El frío lecho donde suspiras sola,
sabe de tu dolor,
y ante un ara quimérica tu juventud se inmola,
igual que una áurea flor...
Pobre rosa estrujada, virgen entristecida:
Fundado en tu pavor
al ver lo estérilmente que se te va la vida,
sin placer, sin amor!...
733
José Angel Buesa
Rosa Del Otoño
Melancólicamente, en tu faz contraída
reflejando el dolor,
piensas en lo monótona que transcurre tu vida
sin placer, sin amor...
Entristecida miras que duplica el espejo
tu estatuaria triunfal,
porque te ves desnuda, sin que esboce le reflejo
a un amante ideal...
¡Y te encuentras muy sola en tu lecho impoluto,
tu lecho virginal!
Y en tu alma, la pena prende un jirón de luto,
un paño funeral...
En tus noches insomnes, todo tu ser se agita
por el ansia sensual,
y lentamente mira que tu faz se marchita,
pobre rosa otoñal...
En tus desesperadas horas, cuando palpita
y arde tu carne de mujer
soberbia y vehemente, quisieras ser maldita
sacerdotisa del placer,
y, sumisa al instinto pagano en ti despierto,
amar hasta desfallecer...
¡y no hay una caricia para tu desconcierto,
ni un gran abrazo te hace arder!
Pide una mano trémula que la estruje y arranque
la flor de tu virginidad,
y, como un loto abierto en la paz de un estanque,
lloras tu inmensa soledad...
¡Cuántas veces entornas los ojos dulcemente,
y, en azul embriaguez,
sueñas en que te inician en el misterio ardiente
una y otra vez!...
Y tus dedos, que piensas, febril que son ajenos,
una caricia divinal.
Ponen sobre las combas sedeñas de tus senos,
con lentitudes de ritual...
Y contemplan tu ardor vibrante, condenada
a la esterilidad,
y sientes que le besa la boca descarnada
de la fatalidad...
¡Y en vano! El frío lecho donde suspiras sola,
sabe de tu dolor,
y ante un ara quimérica tu juventud se inmola,
igual que una áurea flor...
Pobre rosa estrujada, virgen entristecida:
Fundado en tu pavor
al ver lo estérilmente que se te va la vida,
sin placer, sin amor!...
reflejando el dolor,
piensas en lo monótona que transcurre tu vida
sin placer, sin amor...
Entristecida miras que duplica el espejo
tu estatuaria triunfal,
porque te ves desnuda, sin que esboce le reflejo
a un amante ideal...
¡Y te encuentras muy sola en tu lecho impoluto,
tu lecho virginal!
Y en tu alma, la pena prende un jirón de luto,
un paño funeral...
En tus noches insomnes, todo tu ser se agita
por el ansia sensual,
y lentamente mira que tu faz se marchita,
pobre rosa otoñal...
En tus desesperadas horas, cuando palpita
y arde tu carne de mujer
soberbia y vehemente, quisieras ser maldita
sacerdotisa del placer,
y, sumisa al instinto pagano en ti despierto,
amar hasta desfallecer...
¡y no hay una caricia para tu desconcierto,
ni un gran abrazo te hace arder!
Pide una mano trémula que la estruje y arranque
la flor de tu virginidad,
y, como un loto abierto en la paz de un estanque,
lloras tu inmensa soledad...
¡Cuántas veces entornas los ojos dulcemente,
y, en azul embriaguez,
sueñas en que te inician en el misterio ardiente
una y otra vez!...
Y tus dedos, que piensas, febril que son ajenos,
una caricia divinal.
Ponen sobre las combas sedeñas de tus senos,
con lentitudes de ritual...
Y contemplan tu ardor vibrante, condenada
a la esterilidad,
y sientes que le besa la boca descarnada
de la fatalidad...
¡Y en vano! El frío lecho donde suspiras sola,
sabe de tu dolor,
y ante un ara quimérica tu juventud se inmola,
igual que una áurea flor...
Pobre rosa estrujada, virgen entristecida:
Fundado en tu pavor
al ver lo estérilmente que se te va la vida,
sin placer, sin amor!...
733
José Angel Buesa
Otoño Y Jardín
Señora: Es el crepúsculo. No importa si un retoño
se ha abierto en los rosales del jardín, todavía:
Ya ha llegado el terrible crepúsculo de otoño,
que es decir un crepúsculo que dura todo el día.
Señora: Es el otoño... Vuestras últimas rosas
las está deshojando no sé qué desaliento.
Y es que existe un otoño para todas las cosas,
y el amor y la vida se nos van en el viento.
Comprendedlo, señora: Nada podrá el rocío,
ni siquiera las lágrimas. Ya todo será en vano;
pues no hay nada más triste que un retoño tardío,
y el amor es un poco de ceniza en la mano...
se ha abierto en los rosales del jardín, todavía:
Ya ha llegado el terrible crepúsculo de otoño,
que es decir un crepúsculo que dura todo el día.
Señora: Es el otoño... Vuestras últimas rosas
las está deshojando no sé qué desaliento.
Y es que existe un otoño para todas las cosas,
y el amor y la vida se nos van en el viento.
Comprendedlo, señora: Nada podrá el rocío,
ni siquiera las lágrimas. Ya todo será en vano;
pues no hay nada más triste que un retoño tardío,
y el amor es un poco de ceniza en la mano...
651
José Angel Buesa
Símil De Árbol
Árbol ya largamente florecido,
con el tronco tatuado de iniciales,
lo dejaron en pie los vendavales,
sin una hoja, ni una flor, ni un nido,
igual que un corazón envejecido
que aún palpita, sin bienes y sin males,
lleno de sal, como los litorales,
con fatiga de amor y sed de olvido.
Pero en el árbol se detuvo un día,
para cantar, un pájaro viajero,
y el tronco aquel sintió que florecía...
como florece un corazón huraño,
para después sentir que le hace daño
la flor tardía de su amor postrero.
con el tronco tatuado de iniciales,
lo dejaron en pie los vendavales,
sin una hoja, ni una flor, ni un nido,
igual que un corazón envejecido
que aún palpita, sin bienes y sin males,
lleno de sal, como los litorales,
con fatiga de amor y sed de olvido.
Pero en el árbol se detuvo un día,
para cantar, un pájaro viajero,
y el tronco aquel sintió que florecía...
como florece un corazón huraño,
para después sentir que le hace daño
la flor tardía de su amor postrero.
733
José Angel Buesa
El Árbol Viejo
Buen árbol que perdiste bruscamente los dones
de la flor y del fruto, bajo la racha fría:
tu pesadumbre austera se parece a la mía,
y así, como tus hojas, volarán mis canciones.
Pero, tarde o temprano, vendrá la primavera,
y, al rejuvenecerse tu tronco envejecido,
tendrás la flor y el fruto, y el follaje, y el nido...
Y yo, en cambio, no tengo tu esperanza siquiera.
Cien veces me ofreciste tu sombra en el verano;
cien veces tu perfume fue a visitar mi casa,
buen árbol que floreces mientras la vida pasa,
acaso porque ignoras que nunca pasa en vano.
Mi niñez te recuerda casi como un amigo,
aunque ya se agrietaba tu ancianidad de abuelo.
Y hoy, al ver cómo creces todavía hacia el cielo,
ni aun me queda el consuelo de envejecer contigo.
Pues, aunque nos agobian idénticos otoños,
sobre tus hojas secas crecen hojas lozanas,
y así, algún día, el viento despeinará mis
canas,
trayéndome el perfume de tus nuevos retoños...
de la flor y del fruto, bajo la racha fría:
tu pesadumbre austera se parece a la mía,
y así, como tus hojas, volarán mis canciones.
Pero, tarde o temprano, vendrá la primavera,
y, al rejuvenecerse tu tronco envejecido,
tendrás la flor y el fruto, y el follaje, y el nido...
Y yo, en cambio, no tengo tu esperanza siquiera.
Cien veces me ofreciste tu sombra en el verano;
cien veces tu perfume fue a visitar mi casa,
buen árbol que floreces mientras la vida pasa,
acaso porque ignoras que nunca pasa en vano.
Mi niñez te recuerda casi como un amigo,
aunque ya se agrietaba tu ancianidad de abuelo.
Y hoy, al ver cómo creces todavía hacia el cielo,
ni aun me queda el consuelo de envejecer contigo.
Pues, aunque nos agobian idénticos otoños,
sobre tus hojas secas crecen hojas lozanas,
y así, algún día, el viento despeinará mis
canas,
trayéndome el perfume de tus nuevos retoños...
765
José Angel Buesa
Madrigal Triste
¡Qué clara la mañana! ¡qué fresco y delicioso
el viento! ¡Cuánta luz! ¡Cuánta leve
armonía!...
—Busqué a mi alrededor algo maravilloso...
Y ella, a mi lado, sonreía...
¡Cuánta muda tristeza en el cielo nublado!
¡Qué silencio en las frondas donde el ave cantaba!
—Busqué a mi alrededor algo desconsolado...
Y ella, a mi lado, suspiraba...
¡Qué soledad! ¡Qué angustia crispada en la
doliente
neblina! ¡Qué vacío en todo!...— Desolado
Busqué a mi alrededor... Y busqué inútilmente:
Ella no estaba ya a mi lado...
el viento! ¡Cuánta luz! ¡Cuánta leve
armonía!...
—Busqué a mi alrededor algo maravilloso...
Y ella, a mi lado, sonreía...
¡Cuánta muda tristeza en el cielo nublado!
¡Qué silencio en las frondas donde el ave cantaba!
—Busqué a mi alrededor algo desconsolado...
Y ella, a mi lado, suspiraba...
¡Qué soledad! ¡Qué angustia crispada en la
doliente
neblina! ¡Qué vacío en todo!...— Desolado
Busqué a mi alrededor... Y busqué inútilmente:
Ella no estaba ya a mi lado...
621
José Angel Buesa
Madrigal Triste
¡Qué clara la mañana! ¡qué fresco y delicioso
el viento! ¡Cuánta luz! ¡Cuánta leve
armonía!...
—Busqué a mi alrededor algo maravilloso...
Y ella, a mi lado, sonreía...
¡Cuánta muda tristeza en el cielo nublado!
¡Qué silencio en las frondas donde el ave cantaba!
—Busqué a mi alrededor algo desconsolado...
Y ella, a mi lado, suspiraba...
¡Qué soledad! ¡Qué angustia crispada en la
doliente
neblina! ¡Qué vacío en todo!...— Desolado
Busqué a mi alrededor... Y busqué inútilmente:
Ella no estaba ya a mi lado...
el viento! ¡Cuánta luz! ¡Cuánta leve
armonía!...
—Busqué a mi alrededor algo maravilloso...
Y ella, a mi lado, sonreía...
¡Cuánta muda tristeza en el cielo nublado!
¡Qué silencio en las frondas donde el ave cantaba!
—Busqué a mi alrededor algo desconsolado...
Y ella, a mi lado, suspiraba...
¡Qué soledad! ¡Qué angustia crispada en la
doliente
neblina! ¡Qué vacío en todo!...— Desolado
Busqué a mi alrededor... Y busqué inútilmente:
Ella no estaba ya a mi lado...
621
José Angel Buesa
Símil Del Viento
Te sentí, como el viento, cuando pasabas ya;
como el viento, que ignora si llega o si se va...
Fuiste como una fuente que brotó junto a mí.
Y yo, naturalmente, sentí sed y bebí.
Llegaste como el viento, náufraga del azar,
con tus ojos alegres entristeciendo el mar.
Y, para que la tarde pudiera anochecer,
te fuiste como el viento, que no sabe volver.
como el viento, que ignora si llega o si se va...
Fuiste como una fuente que brotó junto a mí.
Y yo, naturalmente, sentí sed y bebí.
Llegaste como el viento, náufraga del azar,
con tus ojos alegres entristeciendo el mar.
Y, para que la tarde pudiera anochecer,
te fuiste como el viento, que no sabe volver.
787
José Angel Buesa
Madrigal De La Lluvia De Abril
Ya no sé bien el sitio ni la hora,
ni por qué fuiste mía, ni por qué te perdí.
Sé que llovía como llueve ahora,
aunque ahora es más triste porque llueve sin ti.
Y sé que, de repente, cayeron dos diamantes
sobre tus zapaticos de charol...
Y era dulce aquel llanto de tus ojos radiantes,
como esos mediodías en que llueve con sol.
ni por qué fuiste mía, ni por qué te perdí.
Sé que llovía como llueve ahora,
aunque ahora es más triste porque llueve sin ti.
Y sé que, de repente, cayeron dos diamantes
sobre tus zapaticos de charol...
Y era dulce aquel llanto de tus ojos radiantes,
como esos mediodías en que llueve con sol.
623
José Angel Buesa
Madrigal De La Lluvia De Abril
Ya no sé bien el sitio ni la hora,
ni por qué fuiste mía, ni por qué te perdí.
Sé que llovía como llueve ahora,
aunque ahora es más triste porque llueve sin ti.
Y sé que, de repente, cayeron dos diamantes
sobre tus zapaticos de charol...
Y era dulce aquel llanto de tus ojos radiantes,
como esos mediodías en que llueve con sol.
ni por qué fuiste mía, ni por qué te perdí.
Sé que llovía como llueve ahora,
aunque ahora es más triste porque llueve sin ti.
Y sé que, de repente, cayeron dos diamantes
sobre tus zapaticos de charol...
Y era dulce aquel llanto de tus ojos radiantes,
como esos mediodías en que llueve con sol.
623
José Angel Buesa
Pequeña Canción
Aún alegran tu calle los viejos mediodías
y la sombra del álamo refresca tu portal,
todo está como entonces, cuando tú me querías,
pero ya no me quieres, y todo sigue igual.
Sin embargo, no importa, yo sé que me quisiste
más allá de aquel beso, de aquel que no te di,
y sé que alguna noche te
irás quedando triste
al ponerte un vestido que me gustaba a mí.
y la sombra del álamo refresca tu portal,
todo está como entonces, cuando tú me querías,
pero ya no me quieres, y todo sigue igual.
Sin embargo, no importa, yo sé que me quisiste
más allá de aquel beso, de aquel que no te di,
y sé que alguna noche te
irás quedando triste
al ponerte un vestido que me gustaba a mí.
516
José Angel Buesa
Esta Vieja Canción
Esta vieja canción que oí contigo,
y que contigo di por olvidada,
surge del fondo de la madrugada
como la voz doliente de un amigo.
(Yo sé que la mujer que va contigo
no puede adivinar en mi mirada
que esa canción que no le dice nada,
le está diciendo lo que yo no digo).
Y, al escuchar de pronto esa tonada,
comprendo la amargura de un mendigo
ante una puerta que le fue cerrada.
Pero intento reír, y lo consigo...
como si no me recordara nada
esta vieja canción que oí contigo.
y que contigo di por olvidada,
surge del fondo de la madrugada
como la voz doliente de un amigo.
(Yo sé que la mujer que va contigo
no puede adivinar en mi mirada
que esa canción que no le dice nada,
le está diciendo lo que yo no digo).
Y, al escuchar de pronto esa tonada,
comprendo la amargura de un mendigo
ante una puerta que le fue cerrada.
Pero intento reír, y lo consigo...
como si no me recordara nada
esta vieja canción que oí contigo.
693
José Angel Buesa
Esta Vieja Canción
Esta vieja canción que oí contigo,
y que contigo di por olvidada,
surge del fondo de la madrugada
como la voz doliente de un amigo.
(Yo sé que la mujer que va contigo
no puede adivinar en mi mirada
que esa canción que no le dice nada,
le está diciendo lo que yo no digo).
Y, al escuchar de pronto esa tonada,
comprendo la amargura de un mendigo
ante una puerta que le fue cerrada.
Pero intento reír, y lo consigo...
como si no me recordara nada
esta vieja canción que oí contigo.
y que contigo di por olvidada,
surge del fondo de la madrugada
como la voz doliente de un amigo.
(Yo sé que la mujer que va contigo
no puede adivinar en mi mirada
que esa canción que no le dice nada,
le está diciendo lo que yo no digo).
Y, al escuchar de pronto esa tonada,
comprendo la amargura de un mendigo
ante una puerta que le fue cerrada.
Pero intento reír, y lo consigo...
como si no me recordara nada
esta vieja canción que oí contigo.
693