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César Vallejo
Algo te identifica, de Poemas en prosa
Algo te identifica con el que se aleja de ti, y es la facultad común de volver: de ahí tu más grande pesadumbre.
Algo te separa del que se queda contigo, y es la esclavitud común de partir: de ahí tus más nimios regocijos.
Me dirijo, en esta forma, a las individualidades colectivas, tanto como a las colectividades individuales y a los que, entre unas y otras, yacen marchando al son de las fronteras o, simplemente, marcan el paso inmóvil en el borde del mundo.
Algo típicamente neutro, de inexorablemente neutro, interpónese entre el ladrón y su víctima. Esto, así mismo, puede discernirse tratándose del cirujano y del paciente. Horrible medialuna, convexa y solar, cobija a unos y otros. Porque el objeto hurtado tiene también su peso indiferente, y el órgano intervenido, también su grasa triste.
¿Qué hay de más desesperante en la tierra, que la imposibilidad en que se halla el hombre feliz de ser infortunado y el hombre bueno, de ser malvado ?
¡Alejarse! ¡Quedarse! ¡Volver! ¡Partir! Toda la mecánica social cabe en estas palabras.
Algo te separa del que se queda contigo, y es la esclavitud común de partir: de ahí tus más nimios regocijos.
Me dirijo, en esta forma, a las individualidades colectivas, tanto como a las colectividades individuales y a los que, entre unas y otras, yacen marchando al son de las fronteras o, simplemente, marcan el paso inmóvil en el borde del mundo.
Algo típicamente neutro, de inexorablemente neutro, interpónese entre el ladrón y su víctima. Esto, así mismo, puede discernirse tratándose del cirujano y del paciente. Horrible medialuna, convexa y solar, cobija a unos y otros. Porque el objeto hurtado tiene también su peso indiferente, y el órgano intervenido, también su grasa triste.
¿Qué hay de más desesperante en la tierra, que la imposibilidad en que se halla el hombre feliz de ser infortunado y el hombre bueno, de ser malvado ?
¡Alejarse! ¡Quedarse! ¡Volver! ¡Partir! Toda la mecánica social cabe en estas palabras.
586
Luis Franco
Estoy llorando aquí
Estoy llorando aquí
tal como un ojo herido
que vierte sangre y lágrimas a un tiempo:
ay llanto mío.
Llorando por los náufragos de tierra
hinchados ya como un naufragio líquido
y a quienes otro mar, de sal de llanto,
les sorbió con un simple gorgorito
el alma, el alma, el alma
abarcadora de infinitos.
Estoy llorando aquí
con un llanto robado a los abismos
por el niño que moja
su orfandad ya con llanto de cárcel y patíbulo;
por el hombre que nunca tuvo lágrimas
para los otros ni para sí mismo,
y por el llanto que no encontró ojos
que ante la luz lo alzaran redimido.
Lloro por esa equivalencia humana,
oh amigos,
de la lombriz llamada solitaria:
¡el hombre enamorado de sí mismo!
(Quiere pararse, helada,
mi lengua atravesada de veranos y ríos.)
Estoy llorando por el hombre
curvado aún de ocasos y de sueños baldíos,
aun incapaz de pregustar lo eterno
en sus sorbos de efímero,
que imaginó su carne como un luto de su alma
urdido con tinieblas y tramado con frío,
y que aquí abajo aun sigue llorándose en destierro
de un edén cultivado con insomnio y delirios,
mientras vuelve la espalda
al otro que inauguran el rocío y el trino.
Estoy llorando,
ahogando un grito
tan lejano de hondura
que tal vez ya no es mío,
llorando,
por el puñal de sacra traición, el crucifijo,
por el yugo vestido de espada de la patria
y el fervor de la tumba vestido de arzobispo.
Estoy llorando con la sal
de la sangre, el sudor y el llanto mixtos
(quiero infligir al mundo
mi propio escalofrío)
por el hombre apeado a grey para que acepte
el ósculo amoroso del vampiro;
por nuestra sor ramera que esconde como un crimen
su ternura y pudor despavoridos
para que allí los huellen todos
como a umbral de granito.
Estoy llorando
(nada debe quedar en el olvido)
con toda la memoria y el espanto
y los latidos,
como caballo que ante el incendio en la noche
profiere su relincho;
llorando estoy por toda la mujer
que vive aún del saldo de arrodillados siglos
perpetrando con lágrimas ardidas
su propia consunción como los cirios:
lloro por todo el hombre que aun se halla a sus anchas
en la tiniebla arcaica de inquilino,
él, que puede inventarse
cada vez con más numen a sí mismo,
él, padre de los dioses, que lleva su futuro
como envainada espada al cinto.
tal como un ojo herido
que vierte sangre y lágrimas a un tiempo:
ay llanto mío.
Llorando por los náufragos de tierra
hinchados ya como un naufragio líquido
y a quienes otro mar, de sal de llanto,
les sorbió con un simple gorgorito
el alma, el alma, el alma
abarcadora de infinitos.
Estoy llorando aquí
con un llanto robado a los abismos
por el niño que moja
su orfandad ya con llanto de cárcel y patíbulo;
por el hombre que nunca tuvo lágrimas
para los otros ni para sí mismo,
y por el llanto que no encontró ojos
que ante la luz lo alzaran redimido.
Lloro por esa equivalencia humana,
oh amigos,
de la lombriz llamada solitaria:
¡el hombre enamorado de sí mismo!
(Quiere pararse, helada,
mi lengua atravesada de veranos y ríos.)
Estoy llorando por el hombre
curvado aún de ocasos y de sueños baldíos,
aun incapaz de pregustar lo eterno
en sus sorbos de efímero,
que imaginó su carne como un luto de su alma
urdido con tinieblas y tramado con frío,
y que aquí abajo aun sigue llorándose en destierro
de un edén cultivado con insomnio y delirios,
mientras vuelve la espalda
al otro que inauguran el rocío y el trino.
Estoy llorando,
ahogando un grito
tan lejano de hondura
que tal vez ya no es mío,
llorando,
por el puñal de sacra traición, el crucifijo,
por el yugo vestido de espada de la patria
y el fervor de la tumba vestido de arzobispo.
Estoy llorando con la sal
de la sangre, el sudor y el llanto mixtos
(quiero infligir al mundo
mi propio escalofrío)
por el hombre apeado a grey para que acepte
el ósculo amoroso del vampiro;
por nuestra sor ramera que esconde como un crimen
su ternura y pudor despavoridos
para que allí los huellen todos
como a umbral de granito.
Estoy llorando
(nada debe quedar en el olvido)
con toda la memoria y el espanto
y los latidos,
como caballo que ante el incendio en la noche
profiere su relincho;
llorando estoy por toda la mujer
que vive aún del saldo de arrodillados siglos
perpetrando con lágrimas ardidas
su propia consunción como los cirios:
lloro por todo el hombre que aun se halla a sus anchas
en la tiniebla arcaica de inquilino,
él, que puede inventarse
cada vez con más numen a sí mismo,
él, padre de los dioses, que lleva su futuro
como envainada espada al cinto.
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Luis Franco
Estoy llorando aquí
Estoy llorando aquí
tal como un ojo herido
que vierte sangre y lágrimas a un tiempo:
ay llanto mío.
Llorando por los náufragos de tierra
hinchados ya como un naufragio líquido
y a quienes otro mar, de sal de llanto,
les sorbió con un simple gorgorito
el alma, el alma, el alma
abarcadora de infinitos.
Estoy llorando aquí
con un llanto robado a los abismos
por el niño que moja
su orfandad ya con llanto de cárcel y patíbulo;
por el hombre que nunca tuvo lágrimas
para los otros ni para sí mismo,
y por el llanto que no encontró ojos
que ante la luz lo alzaran redimido.
Lloro por esa equivalencia humana,
oh amigos,
de la lombriz llamada solitaria:
¡el hombre enamorado de sí mismo!
(Quiere pararse, helada,
mi lengua atravesada de veranos y ríos.)
Estoy llorando por el hombre
curvado aún de ocasos y de sueños baldíos,
aun incapaz de pregustar lo eterno
en sus sorbos de efímero,
que imaginó su carne como un luto de su alma
urdido con tinieblas y tramado con frío,
y que aquí abajo aun sigue llorándose en destierro
de un edén cultivado con insomnio y delirios,
mientras vuelve la espalda
al otro que inauguran el rocío y el trino.
Estoy llorando,
ahogando un grito
tan lejano de hondura
que tal vez ya no es mío,
llorando,
por el puñal de sacra traición, el crucifijo,
por el yugo vestido de espada de la patria
y el fervor de la tumba vestido de arzobispo.
Estoy llorando con la sal
de la sangre, el sudor y el llanto mixtos
(quiero infligir al mundo
mi propio escalofrío)
por el hombre apeado a grey para que acepte
el ósculo amoroso del vampiro;
por nuestra sor ramera que esconde como un crimen
su ternura y pudor despavoridos
para que allí los huellen todos
como a umbral de granito.
Estoy llorando
(nada debe quedar en el olvido)
con toda la memoria y el espanto
y los latidos,
como caballo que ante el incendio en la noche
profiere su relincho;
llorando estoy por toda la mujer
que vive aún del saldo de arrodillados siglos
perpetrando con lágrimas ardidas
su propia consunción como los cirios:
lloro por todo el hombre que aun se halla a sus anchas
en la tiniebla arcaica de inquilino,
él, que puede inventarse
cada vez con más numen a sí mismo,
él, padre de los dioses, que lleva su futuro
como envainada espada al cinto.
tal como un ojo herido
que vierte sangre y lágrimas a un tiempo:
ay llanto mío.
Llorando por los náufragos de tierra
hinchados ya como un naufragio líquido
y a quienes otro mar, de sal de llanto,
les sorbió con un simple gorgorito
el alma, el alma, el alma
abarcadora de infinitos.
Estoy llorando aquí
con un llanto robado a los abismos
por el niño que moja
su orfandad ya con llanto de cárcel y patíbulo;
por el hombre que nunca tuvo lágrimas
para los otros ni para sí mismo,
y por el llanto que no encontró ojos
que ante la luz lo alzaran redimido.
Lloro por esa equivalencia humana,
oh amigos,
de la lombriz llamada solitaria:
¡el hombre enamorado de sí mismo!
(Quiere pararse, helada,
mi lengua atravesada de veranos y ríos.)
Estoy llorando por el hombre
curvado aún de ocasos y de sueños baldíos,
aun incapaz de pregustar lo eterno
en sus sorbos de efímero,
que imaginó su carne como un luto de su alma
urdido con tinieblas y tramado con frío,
y que aquí abajo aun sigue llorándose en destierro
de un edén cultivado con insomnio y delirios,
mientras vuelve la espalda
al otro que inauguran el rocío y el trino.
Estoy llorando,
ahogando un grito
tan lejano de hondura
que tal vez ya no es mío,
llorando,
por el puñal de sacra traición, el crucifijo,
por el yugo vestido de espada de la patria
y el fervor de la tumba vestido de arzobispo.
Estoy llorando con la sal
de la sangre, el sudor y el llanto mixtos
(quiero infligir al mundo
mi propio escalofrío)
por el hombre apeado a grey para que acepte
el ósculo amoroso del vampiro;
por nuestra sor ramera que esconde como un crimen
su ternura y pudor despavoridos
para que allí los huellen todos
como a umbral de granito.
Estoy llorando
(nada debe quedar en el olvido)
con toda la memoria y el espanto
y los latidos,
como caballo que ante el incendio en la noche
profiere su relincho;
llorando estoy por toda la mujer
que vive aún del saldo de arrodillados siglos
perpetrando con lágrimas ardidas
su propia consunción como los cirios:
lloro por todo el hombre que aun se halla a sus anchas
en la tiniebla arcaica de inquilino,
él, que puede inventarse
cada vez con más numen a sí mismo,
él, padre de los dioses, que lleva su futuro
como envainada espada al cinto.
673
Jorge Teillier
El poeta de este mundo (A René-Guy Cadou), de Muertes y maravillas
Poeta de nombre claro como un guijarro en medio de la corriente,
reunías palabras que eran pedernales
de donde nace un fuego que no es olvidado.
René-Guy Cadou, amigo del tonelero, el cartero, el aduanero y el contrabandista,
vivías en una aldea de seiscientos habitantes.
Allí eras profesor rural,
el peso del olor del jardín vecino sofocaba la sala de clases
como a la sala de clases donde tu padre había sido maestro.
Te gustaba hablar con la gente de cara parecida a ollas de greda,
caminar descalzo,
ver jugar a las cartas en la taberna.
En la noche a la luz de un fuego de espino
abrías un libro mientras Helena cosía
("Helena como una gota de rocío en tu vaso").
Tenías un poeta preferido para cada estación:
en otoño era Verlaine, la primavera te traía todas las rosas de Ronsard,
el invierno llegaba con el chirriar del carruaje del Grand Meaulnes
y la estación violenta
el ruido de espadas entrechocándose en una posada de Alejandro Dumas.
Tú nunca estabas solo,
te iluminaba el recuerdo de tu padre volviendo de caza en el invierno.
Y mientras tus amigos iban al Café,
a la Brasseire Lipp o al Deux Magots,
tú subías a tu cuarto
y te enfrentabas al Rostro radiante.
En la proa de tu barco
te asomabas a ver los caminos de tu país de hadas y pantanos,
caminos trazados como las líneas de un cuaderno de copia.
Tus palabras llegaban
como pájaros que saben que siempre hay una ventana abierta
al fin del mundo.
Y los poemas se encendían como girasoles
nacidos de tu corazón profundo y secreto,
rescatados de la nostalgia,
la única realidad.
Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo que nos desborda,
que no significa nada sino permite a los hombres acercarse y conocerse.
La poesía debe ser una moneda cotidiana
y debe estar sobre todas las mesas
como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos del domingo.
Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente a los árboles,
que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender a los mercados a la moda,
que no se escribe con saliva, con bencina, con muecas,
ni el pobre humor de los quieren llamar la atención
con bromas de payasos pretenciosos
y que de nada sirven
los grandes discursos tartamudos de los que no tienen nada que decir.
La poesía es un respirar en paz
para que los demás respiren,
un poema
es un pan fresco,
un cesto de mimbre.
Un poema
debe ser leído por amigos desconocidos
en trenes que siempre se atrasan,
o bajo los castaños de las plazas aldeanas.
Pocos saben aquí lo que es un poema,
pocos han puesto su cara al viento en medio de un trigal;
pocos saben lo que es un poeta
y cómo debe morir un poeta.
Tú moriste en un cuarto en donde se congregaba toda la primavera
mirando un cesto con manzanas.
He visto morir a un príncipe
dijo uno de tus amigos.
Y este Primero de Noviembre
cuando me rodean los muertos que siempre están conmigo
y pienso en tu serena y ruda fe
que se puede comprender
como a una pequeña iglesia azul de pueblo
donde hay un párroco que no pide sino compartir su pan.
Tú hablabas con tu Dios
como al pobre hijo de un carpintero,
pues sabías que también se crucifica todos los días a un poeta
(Jesús tenía treinta y tres años,
Jean Arthur también era Cristo
crucificado a los treinta y siete).
Pero a ti no te importaba que te escupieran la cara o te olvidaran
porque como tú lo decías, nadie puede impedir a un pájaro
que cante en la más alta cima,
y el poeta derribado
es sólo el árbol rojo que señala el comienzo del bosque.
reunías palabras que eran pedernales
de donde nace un fuego que no es olvidado.
René-Guy Cadou, amigo del tonelero, el cartero, el aduanero y el contrabandista,
vivías en una aldea de seiscientos habitantes.
Allí eras profesor rural,
el peso del olor del jardín vecino sofocaba la sala de clases
como a la sala de clases donde tu padre había sido maestro.
Te gustaba hablar con la gente de cara parecida a ollas de greda,
caminar descalzo,
ver jugar a las cartas en la taberna.
En la noche a la luz de un fuego de espino
abrías un libro mientras Helena cosía
("Helena como una gota de rocío en tu vaso").
Tenías un poeta preferido para cada estación:
en otoño era Verlaine, la primavera te traía todas las rosas de Ronsard,
el invierno llegaba con el chirriar del carruaje del Grand Meaulnes
y la estación violenta
el ruido de espadas entrechocándose en una posada de Alejandro Dumas.
Tú nunca estabas solo,
te iluminaba el recuerdo de tu padre volviendo de caza en el invierno.
Y mientras tus amigos iban al Café,
a la Brasseire Lipp o al Deux Magots,
tú subías a tu cuarto
y te enfrentabas al Rostro radiante.
En la proa de tu barco
te asomabas a ver los caminos de tu país de hadas y pantanos,
caminos trazados como las líneas de un cuaderno de copia.
Tus palabras llegaban
como pájaros que saben que siempre hay una ventana abierta
al fin del mundo.
Y los poemas se encendían como girasoles
nacidos de tu corazón profundo y secreto,
rescatados de la nostalgia,
la única realidad.
Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo que nos desborda,
que no significa nada sino permite a los hombres acercarse y conocerse.
La poesía debe ser una moneda cotidiana
y debe estar sobre todas las mesas
como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos del domingo.
Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente a los árboles,
que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender a los mercados a la moda,
que no se escribe con saliva, con bencina, con muecas,
ni el pobre humor de los quieren llamar la atención
con bromas de payasos pretenciosos
y que de nada sirven
los grandes discursos tartamudos de los que no tienen nada que decir.
La poesía es un respirar en paz
para que los demás respiren,
un poema
es un pan fresco,
un cesto de mimbre.
Un poema
debe ser leído por amigos desconocidos
en trenes que siempre se atrasan,
o bajo los castaños de las plazas aldeanas.
Pocos saben aquí lo que es un poema,
pocos han puesto su cara al viento en medio de un trigal;
pocos saben lo que es un poeta
y cómo debe morir un poeta.
Tú moriste en un cuarto en donde se congregaba toda la primavera
mirando un cesto con manzanas.
He visto morir a un príncipe
dijo uno de tus amigos.
Y este Primero de Noviembre
cuando me rodean los muertos que siempre están conmigo
y pienso en tu serena y ruda fe
que se puede comprender
como a una pequeña iglesia azul de pueblo
donde hay un párroco que no pide sino compartir su pan.
Tú hablabas con tu Dios
como al pobre hijo de un carpintero,
pues sabías que también se crucifica todos los días a un poeta
(Jesús tenía treinta y tres años,
Jean Arthur también era Cristo
crucificado a los treinta y siete).
Pero a ti no te importaba que te escupieran la cara o te olvidaran
porque como tú lo decías, nadie puede impedir a un pájaro
que cante en la más alta cima,
y el poeta derribado
es sólo el árbol rojo que señala el comienzo del bosque.
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Jorge Teillier
El poeta de este mundo (A René-Guy Cadou), de Muertes y maravillas
Poeta de nombre claro como un guijarro en medio de la corriente,
reunías palabras que eran pedernales
de donde nace un fuego que no es olvidado.
René-Guy Cadou, amigo del tonelero, el cartero, el aduanero y el contrabandista,
vivías en una aldea de seiscientos habitantes.
Allí eras profesor rural,
el peso del olor del jardín vecino sofocaba la sala de clases
como a la sala de clases donde tu padre había sido maestro.
Te gustaba hablar con la gente de cara parecida a ollas de greda,
caminar descalzo,
ver jugar a las cartas en la taberna.
En la noche a la luz de un fuego de espino
abrías un libro mientras Helena cosía
("Helena como una gota de rocío en tu vaso").
Tenías un poeta preferido para cada estación:
en otoño era Verlaine, la primavera te traía todas las rosas de Ronsard,
el invierno llegaba con el chirriar del carruaje del Grand Meaulnes
y la estación violenta
el ruido de espadas entrechocándose en una posada de Alejandro Dumas.
Tú nunca estabas solo,
te iluminaba el recuerdo de tu padre volviendo de caza en el invierno.
Y mientras tus amigos iban al Café,
a la Brasseire Lipp o al Deux Magots,
tú subías a tu cuarto
y te enfrentabas al Rostro radiante.
En la proa de tu barco
te asomabas a ver los caminos de tu país de hadas y pantanos,
caminos trazados como las líneas de un cuaderno de copia.
Tus palabras llegaban
como pájaros que saben que siempre hay una ventana abierta
al fin del mundo.
Y los poemas se encendían como girasoles
nacidos de tu corazón profundo y secreto,
rescatados de la nostalgia,
la única realidad.
Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo que nos desborda,
que no significa nada sino permite a los hombres acercarse y conocerse.
La poesía debe ser una moneda cotidiana
y debe estar sobre todas las mesas
como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos del domingo.
Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente a los árboles,
que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender a los mercados a la moda,
que no se escribe con saliva, con bencina, con muecas,
ni el pobre humor de los quieren llamar la atención
con bromas de payasos pretenciosos
y que de nada sirven
los grandes discursos tartamudos de los que no tienen nada que decir.
La poesía es un respirar en paz
para que los demás respiren,
un poema
es un pan fresco,
un cesto de mimbre.
Un poema
debe ser leído por amigos desconocidos
en trenes que siempre se atrasan,
o bajo los castaños de las plazas aldeanas.
Pocos saben aquí lo que es un poema,
pocos han puesto su cara al viento en medio de un trigal;
pocos saben lo que es un poeta
y cómo debe morir un poeta.
Tú moriste en un cuarto en donde se congregaba toda la primavera
mirando un cesto con manzanas.
He visto morir a un príncipe
dijo uno de tus amigos.
Y este Primero de Noviembre
cuando me rodean los muertos que siempre están conmigo
y pienso en tu serena y ruda fe
que se puede comprender
como a una pequeña iglesia azul de pueblo
donde hay un párroco que no pide sino compartir su pan.
Tú hablabas con tu Dios
como al pobre hijo de un carpintero,
pues sabías que también se crucifica todos los días a un poeta
(Jesús tenía treinta y tres años,
Jean Arthur también era Cristo
crucificado a los treinta y siete).
Pero a ti no te importaba que te escupieran la cara o te olvidaran
porque como tú lo decías, nadie puede impedir a un pájaro
que cante en la más alta cima,
y el poeta derribado
es sólo el árbol rojo que señala el comienzo del bosque.
reunías palabras que eran pedernales
de donde nace un fuego que no es olvidado.
René-Guy Cadou, amigo del tonelero, el cartero, el aduanero y el contrabandista,
vivías en una aldea de seiscientos habitantes.
Allí eras profesor rural,
el peso del olor del jardín vecino sofocaba la sala de clases
como a la sala de clases donde tu padre había sido maestro.
Te gustaba hablar con la gente de cara parecida a ollas de greda,
caminar descalzo,
ver jugar a las cartas en la taberna.
En la noche a la luz de un fuego de espino
abrías un libro mientras Helena cosía
("Helena como una gota de rocío en tu vaso").
Tenías un poeta preferido para cada estación:
en otoño era Verlaine, la primavera te traía todas las rosas de Ronsard,
el invierno llegaba con el chirriar del carruaje del Grand Meaulnes
y la estación violenta
el ruido de espadas entrechocándose en una posada de Alejandro Dumas.
Tú nunca estabas solo,
te iluminaba el recuerdo de tu padre volviendo de caza en el invierno.
Y mientras tus amigos iban al Café,
a la Brasseire Lipp o al Deux Magots,
tú subías a tu cuarto
y te enfrentabas al Rostro radiante.
En la proa de tu barco
te asomabas a ver los caminos de tu país de hadas y pantanos,
caminos trazados como las líneas de un cuaderno de copia.
Tus palabras llegaban
como pájaros que saben que siempre hay una ventana abierta
al fin del mundo.
Y los poemas se encendían como girasoles
nacidos de tu corazón profundo y secreto,
rescatados de la nostalgia,
la única realidad.
Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo que nos desborda,
que no significa nada sino permite a los hombres acercarse y conocerse.
La poesía debe ser una moneda cotidiana
y debe estar sobre todas las mesas
como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos del domingo.
Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente a los árboles,
que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender a los mercados a la moda,
que no se escribe con saliva, con bencina, con muecas,
ni el pobre humor de los quieren llamar la atención
con bromas de payasos pretenciosos
y que de nada sirven
los grandes discursos tartamudos de los que no tienen nada que decir.
La poesía es un respirar en paz
para que los demás respiren,
un poema
es un pan fresco,
un cesto de mimbre.
Un poema
debe ser leído por amigos desconocidos
en trenes que siempre se atrasan,
o bajo los castaños de las plazas aldeanas.
Pocos saben aquí lo que es un poema,
pocos han puesto su cara al viento en medio de un trigal;
pocos saben lo que es un poeta
y cómo debe morir un poeta.
Tú moriste en un cuarto en donde se congregaba toda la primavera
mirando un cesto con manzanas.
He visto morir a un príncipe
dijo uno de tus amigos.
Y este Primero de Noviembre
cuando me rodean los muertos que siempre están conmigo
y pienso en tu serena y ruda fe
que se puede comprender
como a una pequeña iglesia azul de pueblo
donde hay un párroco que no pide sino compartir su pan.
Tú hablabas con tu Dios
como al pobre hijo de un carpintero,
pues sabías que también se crucifica todos los días a un poeta
(Jesús tenía treinta y tres años,
Jean Arthur también era Cristo
crucificado a los treinta y siete).
Pero a ti no te importaba que te escupieran la cara o te olvidaran
porque como tú lo decías, nadie puede impedir a un pájaro
que cante en la más alta cima,
y el poeta derribado
es sólo el árbol rojo que señala el comienzo del bosque.
957
Claudio Rodríguez
Don de la ebriedad
Siempre la claridad viene del cielo;
es un don; no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.
es un don; no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.
482
Pablo García Baena
Amantes
El que todo lo ama con las manos
despierta la caricia de las cítaras,
siente el silencio y su pesada carne
fluyendo como ungüento entre los dedos,
lame la lenta lengua de sus manos
el hueso de la tarde y sus sortijas
se enredan en el ave adormecida
del viento. Labra en mármoles de humo
el cuerpo palpitante del abrazo
extenuado cual cervato agónico,
y con el pico frío de sus uñas
monda la oliva efímera del beso.
El que se ama solo, el que se sueña
bajo el deseo blanco de las sábanas,
el que llora por sí, el que se pierde
tras espejos de lluvia y el que busca
su boca cuando bebe el don del vino,
el que sorbe en la axila de la rosa
la pereza oferente de sus hombros,
el que encuentra los muslos del aljibe
contra sus muslos, como un saurio verde
sobre el mármol desnudo e inviolado,
ese que pisa, sombra, desdeñoso
el pavimento de las madrugadas.
El que ama un instante, peregrino
voluble, de flauta hasta los labios,
de la trenza al citiso, de los cisnes
a la garganta, de la perla al párpado,
de la cintura al ágata, del paje
a la calandria y tras él, silente
va talando el olvido de las mieses altas,
tirso áureos de espigas, leves brotes,
todo un bosque confuso de recuerdos,
y él va cantando, ruiseñor nocturno,
capricho y galanía, bajo la luna.
Y el que besa llorando y el que sólo
sabe ofrecer y aquel que cubre el pecho,
para no amar, de oscuro arnés, sonrisa
y un gerifalte lleva silencioso
devorando su corazón de gules.
Todos, la noche maga con su rezo
los enloquece, clava en sus pupilas
el helor de su vaga nieve negra,
les da a beber rencor entre sus manos,
los hurta en el arzón de sus corceles,
los trae y los lleva como mar en cólera,
coronadas las olas de sollozos,
de cabelleras náufragas, de sangre,
y los devuelve dulces, poseídos,
hasta la playa bruna y solitaria.
despierta la caricia de las cítaras,
siente el silencio y su pesada carne
fluyendo como ungüento entre los dedos,
lame la lenta lengua de sus manos
el hueso de la tarde y sus sortijas
se enredan en el ave adormecida
del viento. Labra en mármoles de humo
el cuerpo palpitante del abrazo
extenuado cual cervato agónico,
y con el pico frío de sus uñas
monda la oliva efímera del beso.
El que se ama solo, el que se sueña
bajo el deseo blanco de las sábanas,
el que llora por sí, el que se pierde
tras espejos de lluvia y el que busca
su boca cuando bebe el don del vino,
el que sorbe en la axila de la rosa
la pereza oferente de sus hombros,
el que encuentra los muslos del aljibe
contra sus muslos, como un saurio verde
sobre el mármol desnudo e inviolado,
ese que pisa, sombra, desdeñoso
el pavimento de las madrugadas.
El que ama un instante, peregrino
voluble, de flauta hasta los labios,
de la trenza al citiso, de los cisnes
a la garganta, de la perla al párpado,
de la cintura al ágata, del paje
a la calandria y tras él, silente
va talando el olvido de las mieses altas,
tirso áureos de espigas, leves brotes,
todo un bosque confuso de recuerdos,
y él va cantando, ruiseñor nocturno,
capricho y galanía, bajo la luna.
Y el que besa llorando y el que sólo
sabe ofrecer y aquel que cubre el pecho,
para no amar, de oscuro arnés, sonrisa
y un gerifalte lleva silencioso
devorando su corazón de gules.
Todos, la noche maga con su rezo
los enloquece, clava en sus pupilas
el helor de su vaga nieve negra,
les da a beber rencor entre sus manos,
los hurta en el arzón de sus corceles,
los trae y los lleva como mar en cólera,
coronadas las olas de sollozos,
de cabelleras náufragas, de sangre,
y los devuelve dulces, poseídos,
hasta la playa bruna y solitaria.
412
Pablo García Baena
Amantes
El que todo lo ama con las manos
despierta la caricia de las cítaras,
siente el silencio y su pesada carne
fluyendo como ungüento entre los dedos,
lame la lenta lengua de sus manos
el hueso de la tarde y sus sortijas
se enredan en el ave adormecida
del viento. Labra en mármoles de humo
el cuerpo palpitante del abrazo
extenuado cual cervato agónico,
y con el pico frío de sus uñas
monda la oliva efímera del beso.
El que se ama solo, el que se sueña
bajo el deseo blanco de las sábanas,
el que llora por sí, el que se pierde
tras espejos de lluvia y el que busca
su boca cuando bebe el don del vino,
el que sorbe en la axila de la rosa
la pereza oferente de sus hombros,
el que encuentra los muslos del aljibe
contra sus muslos, como un saurio verde
sobre el mármol desnudo e inviolado,
ese que pisa, sombra, desdeñoso
el pavimento de las madrugadas.
El que ama un instante, peregrino
voluble, de flauta hasta los labios,
de la trenza al citiso, de los cisnes
a la garganta, de la perla al párpado,
de la cintura al ágata, del paje
a la calandria y tras él, silente
va talando el olvido de las mieses altas,
tirso áureos de espigas, leves brotes,
todo un bosque confuso de recuerdos,
y él va cantando, ruiseñor nocturno,
capricho y galanía, bajo la luna.
Y el que besa llorando y el que sólo
sabe ofrecer y aquel que cubre el pecho,
para no amar, de oscuro arnés, sonrisa
y un gerifalte lleva silencioso
devorando su corazón de gules.
Todos, la noche maga con su rezo
los enloquece, clava en sus pupilas
el helor de su vaga nieve negra,
les da a beber rencor entre sus manos,
los hurta en el arzón de sus corceles,
los trae y los lleva como mar en cólera,
coronadas las olas de sollozos,
de cabelleras náufragas, de sangre,
y los devuelve dulces, poseídos,
hasta la playa bruna y solitaria.
despierta la caricia de las cítaras,
siente el silencio y su pesada carne
fluyendo como ungüento entre los dedos,
lame la lenta lengua de sus manos
el hueso de la tarde y sus sortijas
se enredan en el ave adormecida
del viento. Labra en mármoles de humo
el cuerpo palpitante del abrazo
extenuado cual cervato agónico,
y con el pico frío de sus uñas
monda la oliva efímera del beso.
El que se ama solo, el que se sueña
bajo el deseo blanco de las sábanas,
el que llora por sí, el que se pierde
tras espejos de lluvia y el que busca
su boca cuando bebe el don del vino,
el que sorbe en la axila de la rosa
la pereza oferente de sus hombros,
el que encuentra los muslos del aljibe
contra sus muslos, como un saurio verde
sobre el mármol desnudo e inviolado,
ese que pisa, sombra, desdeñoso
el pavimento de las madrugadas.
El que ama un instante, peregrino
voluble, de flauta hasta los labios,
de la trenza al citiso, de los cisnes
a la garganta, de la perla al párpado,
de la cintura al ágata, del paje
a la calandria y tras él, silente
va talando el olvido de las mieses altas,
tirso áureos de espigas, leves brotes,
todo un bosque confuso de recuerdos,
y él va cantando, ruiseñor nocturno,
capricho y galanía, bajo la luna.
Y el que besa llorando y el que sólo
sabe ofrecer y aquel que cubre el pecho,
para no amar, de oscuro arnés, sonrisa
y un gerifalte lleva silencioso
devorando su corazón de gules.
Todos, la noche maga con su rezo
los enloquece, clava en sus pupilas
el helor de su vaga nieve negra,
les da a beber rencor entre sus manos,
los hurta en el arzón de sus corceles,
los trae y los lleva como mar en cólera,
coronadas las olas de sollozos,
de cabelleras náufragas, de sangre,
y los devuelve dulces, poseídos,
hasta la playa bruna y solitaria.
412
Pablo García Baena
Amantes
El que todo lo ama con las manos
despierta la caricia de las cítaras,
siente el silencio y su pesada carne
fluyendo como ungüento entre los dedos,
lame la lenta lengua de sus manos
el hueso de la tarde y sus sortijas
se enredan en el ave adormecida
del viento. Labra en mármoles de humo
el cuerpo palpitante del abrazo
extenuado cual cervato agónico,
y con el pico frío de sus uñas
monda la oliva efímera del beso.
El que se ama solo, el que se sueña
bajo el deseo blanco de las sábanas,
el que llora por sí, el que se pierde
tras espejos de lluvia y el que busca
su boca cuando bebe el don del vino,
el que sorbe en la axila de la rosa
la pereza oferente de sus hombros,
el que encuentra los muslos del aljibe
contra sus muslos, como un saurio verde
sobre el mármol desnudo e inviolado,
ese que pisa, sombra, desdeñoso
el pavimento de las madrugadas.
El que ama un instante, peregrino
voluble, de flauta hasta los labios,
de la trenza al citiso, de los cisnes
a la garganta, de la perla al párpado,
de la cintura al ágata, del paje
a la calandria y tras él, silente
va talando el olvido de las mieses altas,
tirso áureos de espigas, leves brotes,
todo un bosque confuso de recuerdos,
y él va cantando, ruiseñor nocturno,
capricho y galanía, bajo la luna.
Y el que besa llorando y el que sólo
sabe ofrecer y aquel que cubre el pecho,
para no amar, de oscuro arnés, sonrisa
y un gerifalte lleva silencioso
devorando su corazón de gules.
Todos, la noche maga con su rezo
los enloquece, clava en sus pupilas
el helor de su vaga nieve negra,
les da a beber rencor entre sus manos,
los hurta en el arzón de sus corceles,
los trae y los lleva como mar en cólera,
coronadas las olas de sollozos,
de cabelleras náufragas, de sangre,
y los devuelve dulces, poseídos,
hasta la playa bruna y solitaria.
despierta la caricia de las cítaras,
siente el silencio y su pesada carne
fluyendo como ungüento entre los dedos,
lame la lenta lengua de sus manos
el hueso de la tarde y sus sortijas
se enredan en el ave adormecida
del viento. Labra en mármoles de humo
el cuerpo palpitante del abrazo
extenuado cual cervato agónico,
y con el pico frío de sus uñas
monda la oliva efímera del beso.
El que se ama solo, el que se sueña
bajo el deseo blanco de las sábanas,
el que llora por sí, el que se pierde
tras espejos de lluvia y el que busca
su boca cuando bebe el don del vino,
el que sorbe en la axila de la rosa
la pereza oferente de sus hombros,
el que encuentra los muslos del aljibe
contra sus muslos, como un saurio verde
sobre el mármol desnudo e inviolado,
ese que pisa, sombra, desdeñoso
el pavimento de las madrugadas.
El que ama un instante, peregrino
voluble, de flauta hasta los labios,
de la trenza al citiso, de los cisnes
a la garganta, de la perla al párpado,
de la cintura al ágata, del paje
a la calandria y tras él, silente
va talando el olvido de las mieses altas,
tirso áureos de espigas, leves brotes,
todo un bosque confuso de recuerdos,
y él va cantando, ruiseñor nocturno,
capricho y galanía, bajo la luna.
Y el que besa llorando y el que sólo
sabe ofrecer y aquel que cubre el pecho,
para no amar, de oscuro arnés, sonrisa
y un gerifalte lleva silencioso
devorando su corazón de gules.
Todos, la noche maga con su rezo
los enloquece, clava en sus pupilas
el helor de su vaga nieve negra,
les da a beber rencor entre sus manos,
los hurta en el arzón de sus corceles,
los trae y los lleva como mar en cólera,
coronadas las olas de sollozos,
de cabelleras náufragas, de sangre,
y los devuelve dulces, poseídos,
hasta la playa bruna y solitaria.
412
León de Greiff
El León, autorretrato
Yo estoy solo, yo estoy en mí cautivo.
Todo está en mí... Y en mí no encuentro nada...
¡Sombra ilusa! ¡Entidad galvanizada!...
¡Y a duras penas vivo!
Soy ilógico. Vivo en un sueño. Boga
mi fastidio en un mar de olas de plomo...
Y, si a sus ojos pérfidos me asomo,
¡la esfinge me interroga!
Yo soy triste. Fatal el sino marca
mi discurrir por una esquiva senda;
nada veo: ¡y mi vista todo abarca,
a pesar de mi venda!
La locura en su círculo macabro
con femenil empeño me recluye...
Soñador... Algún loco ensueño labro:
¡Y el ensueño me huye!
Yo soy estrafalario y soy abstruso:
soy altanero y soy sencillo; ¡y llevo
—para reír— un gesto antiguo y nuevo
de Diógenes al uso!
Desdén; risa... sí todo es falso... ¡Todo!
Todo verdad. Todo existe y no existe...
Yo sólo sé que voy como un beodo
de beber vino triste...
¡Pierrot! ¡Juglar! ¡Payaso de mis penas,
bajo el azur de universales climas,
lloro la carcajada de mis rimas
sarcásticas y amenas!
¡Contradictorio y vario! ¡Triste, irónico!
¡Pobre mimo! ¡Quijote de tinglado!
¡Muñeco de un guignol disparatado!
¡Coplero gris y afónico!
Estoy solo... ¡Estoy loco! Vasta sombra
ciñe mi soledad que ya delira!
Mentira... ¡No estoy solo!... ¡Ella me nombra,
y en sus sueños me mira!
Todo está en mí... Y en mí no encuentro nada...
¡Sombra ilusa! ¡Entidad galvanizada!...
¡Y a duras penas vivo!
Soy ilógico. Vivo en un sueño. Boga
mi fastidio en un mar de olas de plomo...
Y, si a sus ojos pérfidos me asomo,
¡la esfinge me interroga!
Yo soy triste. Fatal el sino marca
mi discurrir por una esquiva senda;
nada veo: ¡y mi vista todo abarca,
a pesar de mi venda!
La locura en su círculo macabro
con femenil empeño me recluye...
Soñador... Algún loco ensueño labro:
¡Y el ensueño me huye!
Yo soy estrafalario y soy abstruso:
soy altanero y soy sencillo; ¡y llevo
—para reír— un gesto antiguo y nuevo
de Diógenes al uso!
Desdén; risa... sí todo es falso... ¡Todo!
Todo verdad. Todo existe y no existe...
Yo sólo sé que voy como un beodo
de beber vino triste...
¡Pierrot! ¡Juglar! ¡Payaso de mis penas,
bajo el azur de universales climas,
lloro la carcajada de mis rimas
sarcásticas y amenas!
¡Contradictorio y vario! ¡Triste, irónico!
¡Pobre mimo! ¡Quijote de tinglado!
¡Muñeco de un guignol disparatado!
¡Coplero gris y afónico!
Estoy solo... ¡Estoy loco! Vasta sombra
ciñe mi soledad que ya delira!
Mentira... ¡No estoy solo!... ¡Ella me nombra,
y en sus sueños me mira!
710
León de Greiff
El León, autorretrato
Yo estoy solo, yo estoy en mí cautivo.
Todo está en mí... Y en mí no encuentro nada...
¡Sombra ilusa! ¡Entidad galvanizada!...
¡Y a duras penas vivo!
Soy ilógico. Vivo en un sueño. Boga
mi fastidio en un mar de olas de plomo...
Y, si a sus ojos pérfidos me asomo,
¡la esfinge me interroga!
Yo soy triste. Fatal el sino marca
mi discurrir por una esquiva senda;
nada veo: ¡y mi vista todo abarca,
a pesar de mi venda!
La locura en su círculo macabro
con femenil empeño me recluye...
Soñador... Algún loco ensueño labro:
¡Y el ensueño me huye!
Yo soy estrafalario y soy abstruso:
soy altanero y soy sencillo; ¡y llevo
—para reír— un gesto antiguo y nuevo
de Diógenes al uso!
Desdén; risa... sí todo es falso... ¡Todo!
Todo verdad. Todo existe y no existe...
Yo sólo sé que voy como un beodo
de beber vino triste...
¡Pierrot! ¡Juglar! ¡Payaso de mis penas,
bajo el azur de universales climas,
lloro la carcajada de mis rimas
sarcásticas y amenas!
¡Contradictorio y vario! ¡Triste, irónico!
¡Pobre mimo! ¡Quijote de tinglado!
¡Muñeco de un guignol disparatado!
¡Coplero gris y afónico!
Estoy solo... ¡Estoy loco! Vasta sombra
ciñe mi soledad que ya delira!
Mentira... ¡No estoy solo!... ¡Ella me nombra,
y en sus sueños me mira!
Todo está en mí... Y en mí no encuentro nada...
¡Sombra ilusa! ¡Entidad galvanizada!...
¡Y a duras penas vivo!
Soy ilógico. Vivo en un sueño. Boga
mi fastidio en un mar de olas de plomo...
Y, si a sus ojos pérfidos me asomo,
¡la esfinge me interroga!
Yo soy triste. Fatal el sino marca
mi discurrir por una esquiva senda;
nada veo: ¡y mi vista todo abarca,
a pesar de mi venda!
La locura en su círculo macabro
con femenil empeño me recluye...
Soñador... Algún loco ensueño labro:
¡Y el ensueño me huye!
Yo soy estrafalario y soy abstruso:
soy altanero y soy sencillo; ¡y llevo
—para reír— un gesto antiguo y nuevo
de Diógenes al uso!
Desdén; risa... sí todo es falso... ¡Todo!
Todo verdad. Todo existe y no existe...
Yo sólo sé que voy como un beodo
de beber vino triste...
¡Pierrot! ¡Juglar! ¡Payaso de mis penas,
bajo el azur de universales climas,
lloro la carcajada de mis rimas
sarcásticas y amenas!
¡Contradictorio y vario! ¡Triste, irónico!
¡Pobre mimo! ¡Quijote de tinglado!
¡Muñeco de un guignol disparatado!
¡Coplero gris y afónico!
Estoy solo... ¡Estoy loco! Vasta sombra
ciñe mi soledad que ya delira!
Mentira... ¡No estoy solo!... ¡Ella me nombra,
y en sus sueños me mira!
710
León de Greiff
El León, autorretrato
Yo estoy solo, yo estoy en mí cautivo.
Todo está en mí... Y en mí no encuentro nada...
¡Sombra ilusa! ¡Entidad galvanizada!...
¡Y a duras penas vivo!
Soy ilógico. Vivo en un sueño. Boga
mi fastidio en un mar de olas de plomo...
Y, si a sus ojos pérfidos me asomo,
¡la esfinge me interroga!
Yo soy triste. Fatal el sino marca
mi discurrir por una esquiva senda;
nada veo: ¡y mi vista todo abarca,
a pesar de mi venda!
La locura en su círculo macabro
con femenil empeño me recluye...
Soñador... Algún loco ensueño labro:
¡Y el ensueño me huye!
Yo soy estrafalario y soy abstruso:
soy altanero y soy sencillo; ¡y llevo
—para reír— un gesto antiguo y nuevo
de Diógenes al uso!
Desdén; risa... sí todo es falso... ¡Todo!
Todo verdad. Todo existe y no existe...
Yo sólo sé que voy como un beodo
de beber vino triste...
¡Pierrot! ¡Juglar! ¡Payaso de mis penas,
bajo el azur de universales climas,
lloro la carcajada de mis rimas
sarcásticas y amenas!
¡Contradictorio y vario! ¡Triste, irónico!
¡Pobre mimo! ¡Quijote de tinglado!
¡Muñeco de un guignol disparatado!
¡Coplero gris y afónico!
Estoy solo... ¡Estoy loco! Vasta sombra
ciñe mi soledad que ya delira!
Mentira... ¡No estoy solo!... ¡Ella me nombra,
y en sus sueños me mira!
Todo está en mí... Y en mí no encuentro nada...
¡Sombra ilusa! ¡Entidad galvanizada!...
¡Y a duras penas vivo!
Soy ilógico. Vivo en un sueño. Boga
mi fastidio en un mar de olas de plomo...
Y, si a sus ojos pérfidos me asomo,
¡la esfinge me interroga!
Yo soy triste. Fatal el sino marca
mi discurrir por una esquiva senda;
nada veo: ¡y mi vista todo abarca,
a pesar de mi venda!
La locura en su círculo macabro
con femenil empeño me recluye...
Soñador... Algún loco ensueño labro:
¡Y el ensueño me huye!
Yo soy estrafalario y soy abstruso:
soy altanero y soy sencillo; ¡y llevo
—para reír— un gesto antiguo y nuevo
de Diógenes al uso!
Desdén; risa... sí todo es falso... ¡Todo!
Todo verdad. Todo existe y no existe...
Yo sólo sé que voy como un beodo
de beber vino triste...
¡Pierrot! ¡Juglar! ¡Payaso de mis penas,
bajo el azur de universales climas,
lloro la carcajada de mis rimas
sarcásticas y amenas!
¡Contradictorio y vario! ¡Triste, irónico!
¡Pobre mimo! ¡Quijote de tinglado!
¡Muñeco de un guignol disparatado!
¡Coplero gris y afónico!
Estoy solo... ¡Estoy loco! Vasta sombra
ciñe mi soledad que ya delira!
Mentira... ¡No estoy solo!... ¡Ella me nombra,
y en sus sueños me mira!
710
León de Greiff
El León, autorretrato
Yo estoy solo, yo estoy en mí cautivo.
Todo está en mí... Y en mí no encuentro nada...
¡Sombra ilusa! ¡Entidad galvanizada!...
¡Y a duras penas vivo!
Soy ilógico. Vivo en un sueño. Boga
mi fastidio en un mar de olas de plomo...
Y, si a sus ojos pérfidos me asomo,
¡la esfinge me interroga!
Yo soy triste. Fatal el sino marca
mi discurrir por una esquiva senda;
nada veo: ¡y mi vista todo abarca,
a pesar de mi venda!
La locura en su círculo macabro
con femenil empeño me recluye...
Soñador... Algún loco ensueño labro:
¡Y el ensueño me huye!
Yo soy estrafalario y soy abstruso:
soy altanero y soy sencillo; ¡y llevo
—para reír— un gesto antiguo y nuevo
de Diógenes al uso!
Desdén; risa... sí todo es falso... ¡Todo!
Todo verdad. Todo existe y no existe...
Yo sólo sé que voy como un beodo
de beber vino triste...
¡Pierrot! ¡Juglar! ¡Payaso de mis penas,
bajo el azur de universales climas,
lloro la carcajada de mis rimas
sarcásticas y amenas!
¡Contradictorio y vario! ¡Triste, irónico!
¡Pobre mimo! ¡Quijote de tinglado!
¡Muñeco de un guignol disparatado!
¡Coplero gris y afónico!
Estoy solo... ¡Estoy loco! Vasta sombra
ciñe mi soledad que ya delira!
Mentira... ¡No estoy solo!... ¡Ella me nombra,
y en sus sueños me mira!
Todo está en mí... Y en mí no encuentro nada...
¡Sombra ilusa! ¡Entidad galvanizada!...
¡Y a duras penas vivo!
Soy ilógico. Vivo en un sueño. Boga
mi fastidio en un mar de olas de plomo...
Y, si a sus ojos pérfidos me asomo,
¡la esfinge me interroga!
Yo soy triste. Fatal el sino marca
mi discurrir por una esquiva senda;
nada veo: ¡y mi vista todo abarca,
a pesar de mi venda!
La locura en su círculo macabro
con femenil empeño me recluye...
Soñador... Algún loco ensueño labro:
¡Y el ensueño me huye!
Yo soy estrafalario y soy abstruso:
soy altanero y soy sencillo; ¡y llevo
—para reír— un gesto antiguo y nuevo
de Diógenes al uso!
Desdén; risa... sí todo es falso... ¡Todo!
Todo verdad. Todo existe y no existe...
Yo sólo sé que voy como un beodo
de beber vino triste...
¡Pierrot! ¡Juglar! ¡Payaso de mis penas,
bajo el azur de universales climas,
lloro la carcajada de mis rimas
sarcásticas y amenas!
¡Contradictorio y vario! ¡Triste, irónico!
¡Pobre mimo! ¡Quijote de tinglado!
¡Muñeco de un guignol disparatado!
¡Coplero gris y afónico!
Estoy solo... ¡Estoy loco! Vasta sombra
ciñe mi soledad que ya delira!
Mentira... ¡No estoy solo!... ¡Ella me nombra,
y en sus sueños me mira!
710
León de Greiff
El León, autorretrato
Yo estoy solo, yo estoy en mí cautivo.
Todo está en mí... Y en mí no encuentro nada...
¡Sombra ilusa! ¡Entidad galvanizada!...
¡Y a duras penas vivo!
Soy ilógico. Vivo en un sueño. Boga
mi fastidio en un mar de olas de plomo...
Y, si a sus ojos pérfidos me asomo,
¡la esfinge me interroga!
Yo soy triste. Fatal el sino marca
mi discurrir por una esquiva senda;
nada veo: ¡y mi vista todo abarca,
a pesar de mi venda!
La locura en su círculo macabro
con femenil empeño me recluye...
Soñador... Algún loco ensueño labro:
¡Y el ensueño me huye!
Yo soy estrafalario y soy abstruso:
soy altanero y soy sencillo; ¡y llevo
—para reír— un gesto antiguo y nuevo
de Diógenes al uso!
Desdén; risa... sí todo es falso... ¡Todo!
Todo verdad. Todo existe y no existe...
Yo sólo sé que voy como un beodo
de beber vino triste...
¡Pierrot! ¡Juglar! ¡Payaso de mis penas,
bajo el azur de universales climas,
lloro la carcajada de mis rimas
sarcásticas y amenas!
¡Contradictorio y vario! ¡Triste, irónico!
¡Pobre mimo! ¡Quijote de tinglado!
¡Muñeco de un guignol disparatado!
¡Coplero gris y afónico!
Estoy solo... ¡Estoy loco! Vasta sombra
ciñe mi soledad que ya delira!
Mentira... ¡No estoy solo!... ¡Ella me nombra,
y en sus sueños me mira!
Todo está en mí... Y en mí no encuentro nada...
¡Sombra ilusa! ¡Entidad galvanizada!...
¡Y a duras penas vivo!
Soy ilógico. Vivo en un sueño. Boga
mi fastidio en un mar de olas de plomo...
Y, si a sus ojos pérfidos me asomo,
¡la esfinge me interroga!
Yo soy triste. Fatal el sino marca
mi discurrir por una esquiva senda;
nada veo: ¡y mi vista todo abarca,
a pesar de mi venda!
La locura en su círculo macabro
con femenil empeño me recluye...
Soñador... Algún loco ensueño labro:
¡Y el ensueño me huye!
Yo soy estrafalario y soy abstruso:
soy altanero y soy sencillo; ¡y llevo
—para reír— un gesto antiguo y nuevo
de Diógenes al uso!
Desdén; risa... sí todo es falso... ¡Todo!
Todo verdad. Todo existe y no existe...
Yo sólo sé que voy como un beodo
de beber vino triste...
¡Pierrot! ¡Juglar! ¡Payaso de mis penas,
bajo el azur de universales climas,
lloro la carcajada de mis rimas
sarcásticas y amenas!
¡Contradictorio y vario! ¡Triste, irónico!
¡Pobre mimo! ¡Quijote de tinglado!
¡Muñeco de un guignol disparatado!
¡Coplero gris y afónico!
Estoy solo... ¡Estoy loco! Vasta sombra
ciñe mi soledad que ya delira!
Mentira... ¡No estoy solo!... ¡Ella me nombra,
y en sus sueños me mira!
710
Ferreira Gullar
Aprendizado
Del mismo modo que te abriste a la alegría
ábrete ahora al sufrimiento
que es el fruto de ella
y su contrario ardiente
Del mismo modo
que de la alegría fuiste
al fondo
y te perdiste en ella
te hallaste
en esa pérdida
deja que el dolor se ejerza ahora
sin mentiras
ni disculpas
y en tu carne se vaporice
toda ilusión
que la vida sólo consume
lo que la alimenta.
ábrete ahora al sufrimiento
que es el fruto de ella
y su contrario ardiente
Del mismo modo
que de la alegría fuiste
al fondo
y te perdiste en ella
te hallaste
en esa pérdida
deja que el dolor se ejerza ahora
sin mentiras
ni disculpas
y en tu carne se vaporice
toda ilusión
que la vida sólo consume
lo que la alimenta.
566
Ferreira Gullar
Aprendizado
Del mismo modo que te abriste a la alegría
ábrete ahora al sufrimiento
que es el fruto de ella
y su contrario ardiente
Del mismo modo
que de la alegría fuiste
al fondo
y te perdiste en ella
te hallaste
en esa pérdida
deja que el dolor se ejerza ahora
sin mentiras
ni disculpas
y en tu carne se vaporice
toda ilusión
que la vida sólo consume
lo que la alimenta.
ábrete ahora al sufrimiento
que es el fruto de ella
y su contrario ardiente
Del mismo modo
que de la alegría fuiste
al fondo
y te perdiste en ella
te hallaste
en esa pérdida
deja que el dolor se ejerza ahora
sin mentiras
ni disculpas
y en tu carne se vaporice
toda ilusión
que la vida sólo consume
lo que la alimenta.
566
Robert Frost
Adiós
Ahora me voy afuera caminando
El desierto del mundo,
Y mis zapatos y mis medias
No me molestan.
Dejo atrás
Buenos amigos en la ciudad.
Dejemos que beban bastante vino
Y que luego se acuesten.
No crean que me voy
Desterrado la oscuridad exterior,
Como Adán y Eva
Olvida el mito.
No hay nadie
Que pueda expulsarme de aquí
Ninguno que pueda echarme fuera.
A menos que me equivoque
Sólo obedezco
La llamada de este canto:
Me voy... zarpo ahora!
Y podría volver
Si no me siento satisfecho
Con lo que he aprendido
Al haber muerto.
El desierto del mundo,
Y mis zapatos y mis medias
No me molestan.
Dejo atrás
Buenos amigos en la ciudad.
Dejemos que beban bastante vino
Y que luego se acuesten.
No crean que me voy
Desterrado la oscuridad exterior,
Como Adán y Eva
Olvida el mito.
No hay nadie
Que pueda expulsarme de aquí
Ninguno que pueda echarme fuera.
A menos que me equivoque
Sólo obedezco
La llamada de este canto:
Me voy... zarpo ahora!
Y podría volver
Si no me siento satisfecho
Con lo que he aprendido
Al haber muerto.
611
Federico García Lorca
Cuerpo presente, de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías
La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.
Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve
se calienta en la cumbre de las ganaderías.
¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.
¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.
Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos;
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.
Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.
Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.
Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.
No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.
Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve
se calienta en la cumbre de las ganaderías.
¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.
¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.
Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos;
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.
Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.
Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.
Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.
No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
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Federico García Lorca
Cuerpo presente, de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías
La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.
Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve
se calienta en la cumbre de las ganaderías.
¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.
¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.
Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos;
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.
Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.
Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.
Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.
No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.
Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve
se calienta en la cumbre de las ganaderías.
¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.
¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.
Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos;
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.
Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.
Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.
Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.
No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
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Federico García Lorca
Cuerpo presente, de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías
La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.
Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve
se calienta en la cumbre de las ganaderías.
¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.
¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.
Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos;
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.
Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.
Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.
Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.
No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.
Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve
se calienta en la cumbre de las ganaderías.
¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.
¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.
Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos;
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.
Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.
Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.
Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.
No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
747
Charles Baudelaire
El puerto, de Pequeños poemas en prosa
Un puerto es morada agradable para un alma fatigada de las luchas de la vida. La amplitud del cielo, la arquitectura móvil de las nubes, el colorido cambiante del mar, el centelleo de los faros, son un prisma adecuado y sorprendente para distraer los ojos sin agotarlos jamás. Las formas esbeltas de los navíos de aparejo complicado, a los que la marejada imprime oscilaciones armoniosas, sirven para conservar en el alma el gusto del ritmo y de la belleza. Y además, sobre todo, hay una suerte de placer misterioso y aristocrático para el que ya no tiene curiosidad ni ambición, en admirar, tumbado en la azotea o apoyado de codos en el muelle, todos los movimientos de los que se van y de los que regresan, de los que poseen aún fuerza para querer, deseo de viajar o de enriquecerse.
717
José Agustín Goytisolo
El buen amor, de A veces el gran amor
Pared contra pared la soledad más fea y amarilla te encerró te apartó de todo lo que amabas o era tuyo y con pasos de zorra se metió en el reloj y empezó a trastocar todas las horas para que no supieses ni pudieras notar que terminaba tu tiempo en el festín y así fue como un sucio desaliento se echó sobre tus hombros tal un pájaro enorme en una madrugada sórdida y cruel con aires de desgracia y fue entonces recuerda cuando en el abandono o desamor pronunciaste su nombre repetiste su nombre como un niño perdido entre la sombra. Por azar o conjuro tal nombre te ha devuelto a los días de la más clara luz y ahora notas la brisa el fresco olor de un sitio que conoces, de una casa rodeada de flores y senderos donde el sueño cruza por galerías altísimas y blancas como velas de un navío al largar y jugando te ocultas al final de un pasillo y aguardas que llegue la muchacha que quieres y la asustas con las hojas de un ramo de laurel y cuando ella se ríe contra tu pecho huérfano ya sientes que su piel y su pelo tienen gusto de mar que está temblando y que sus labios queman. Ahora ya no despiertas en horas miserables cuando un frío de angustia estremecía la noche en bancarrota acuchillando tu cansancio hasta el alba, ni tienes pesadillas o apariciones súbitas ojos sin rostro de personas que amabas y desaparecieron alejándose tal faros en la niebla y tampoco es preciso que cuentes hasta mil o que enciendas todos los cigarrillos que tu insomnio pedía para alcanzar la total desmemoria ya que todo es distinto cuando ella está contigo, cuando sientes que respira en la almohada junto a ti y que sus manos te acarician mientras el sueño cae. No quieras indagar, deja perderse el humo, el turbio vaho de años de penitencia: un tiempo que fue tuyo y que ahora no reconocerías; sube hasta los balcones de la mañana y canta canta sin más a la esperanza al viento a los caminos que aquí te devolvieron por conjuro o azar y dile a esta muchacha lo que antes no sabías, cuéntale que cruzabas perdido por lugares sin nombre, que fuiste enfermo y ella te sanó, que escuchando su voz te sientes renacer y amas la vida porque te ha dispensado la fortuna y la gracia de conocer el hondo el buen amor.
1.128
José Agustín Goytisolo
El buen amor, de A veces el gran amor
Pared contra pared la soledad más fea y amarilla te encerró te apartó de todo lo que amabas o era tuyo y con pasos de zorra se metió en el reloj y empezó a trastocar todas las horas para que no supieses ni pudieras notar que terminaba tu tiempo en el festín y así fue como un sucio desaliento se echó sobre tus hombros tal un pájaro enorme en una madrugada sórdida y cruel con aires de desgracia y fue entonces recuerda cuando en el abandono o desamor pronunciaste su nombre repetiste su nombre como un niño perdido entre la sombra. Por azar o conjuro tal nombre te ha devuelto a los días de la más clara luz y ahora notas la brisa el fresco olor de un sitio que conoces, de una casa rodeada de flores y senderos donde el sueño cruza por galerías altísimas y blancas como velas de un navío al largar y jugando te ocultas al final de un pasillo y aguardas que llegue la muchacha que quieres y la asustas con las hojas de un ramo de laurel y cuando ella se ríe contra tu pecho huérfano ya sientes que su piel y su pelo tienen gusto de mar que está temblando y que sus labios queman. Ahora ya no despiertas en horas miserables cuando un frío de angustia estremecía la noche en bancarrota acuchillando tu cansancio hasta el alba, ni tienes pesadillas o apariciones súbitas ojos sin rostro de personas que amabas y desaparecieron alejándose tal faros en la niebla y tampoco es preciso que cuentes hasta mil o que enciendas todos los cigarrillos que tu insomnio pedía para alcanzar la total desmemoria ya que todo es distinto cuando ella está contigo, cuando sientes que respira en la almohada junto a ti y que sus manos te acarician mientras el sueño cae. No quieras indagar, deja perderse el humo, el turbio vaho de años de penitencia: un tiempo que fue tuyo y que ahora no reconocerías; sube hasta los balcones de la mañana y canta canta sin más a la esperanza al viento a los caminos que aquí te devolvieron por conjuro o azar y dile a esta muchacha lo que antes no sabías, cuéntale que cruzabas perdido por lugares sin nombre, que fuiste enfermo y ella te sanó, que escuchando su voz te sientes renacer y amas la vida porque te ha dispensado la fortuna y la gracia de conocer el hondo el buen amor.
1.128
Francisco Cervantes
Cantando para nadie
La cólera, el silencio,
Su alta arboladura
Te dieron este invierno.
Más óyete en tu lengua:
Acaso el castellano,
No es seguro.
Canciones de otros siglos si canciones,
Dolores los que tienen todos, aun aquellos
-Los más- mejores que tú mismo.
Y es bueno todo: el vino, la comida,
En la calle los insultos
Y en la noche tales sueños.
¿A dónde regresar si solo evocas?
¿Amor? Digamos que entendiste y aun digamos
Que tal cariño te fue dado.
Pero ni entonces ni aun menos ahora
Te importó la comprensión que nos buscaste
Y es claro que no tienes,
Bien es verdad que no sólo a ti te falta.
La ira, el improperio,
Los bajos sentimientos
Te dieron este canto.
Su alta arboladura
Te dieron este invierno.
Más óyete en tu lengua:
Acaso el castellano,
No es seguro.
Canciones de otros siglos si canciones,
Dolores los que tienen todos, aun aquellos
-Los más- mejores que tú mismo.
Y es bueno todo: el vino, la comida,
En la calle los insultos
Y en la noche tales sueños.
¿A dónde regresar si solo evocas?
¿Amor? Digamos que entendiste y aun digamos
Que tal cariño te fue dado.
Pero ni entonces ni aun menos ahora
Te importó la comprensión que nos buscaste
Y es claro que no tienes,
Bien es verdad que no sólo a ti te falta.
La ira, el improperio,
Los bajos sentimientos
Te dieron este canto.
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