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Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Funerales Báquicos

Ayer en la taberna, tristemente,
un borracho, pontífice del vino,
decía a otro borracho impenitente,
bebiendo el primer vaso matutino:

Yo llevo en mi interior un silencioso
Genio o Poder que nunca me abandona:
Enemigo ignorado y fastidioso
que mis heridas de placer encona,
volcando el agua fuerte
del odio y del pesar. (Esa agua abunda
en las foscas riberas de la Muerte
y es en el riego del dolor fecunda).

Por eso mismo tengo indefinibles
rebeldías de lucha delirante
que sólo me hacen ver los imposibles
donde cae el Esfuerzo a cada instante,
torturado y vencido
por la brutal Potencia que condena,
diariamente, al espíritu caído
a oír los soliloquios de la Pena.

Dominación fatal, conturbadora
del gran Desconocido que me obliga
a custodiar el Mal, hora tras hora,
arrojando a la espalda la fatiga.

Y es esa tiranía la venganza
de un fatídico monstruo cuya mano
como un destino atroz siempre me alcanza.
Pero pienso que en día no lejano

cuando caiga debajo de la mesa
para nunca jamás ya levantarme,
ese Genio que tiene mi alma presa
resolverá, tal vez, por fin, dejarme.

Y entonces habré muerto. Bienvenida
la eterna amada, la Libertadora,
que al derramar el vino de la vida
de mi vaso será la defensora.
¡Del terrible licor, del más amargo,
me llegarán las gotas como besos,
y en el viaje postrer! ¡Tan rudo y largo!
¡Tendré un cordial para mis pobres huesos!

Entonces, se oirá un himno de alegría
en todos los cenáculos viciosos,
y en el altar de la bodega fría
florecerán los pámpanos gloriosos,
¡Como una exuberante
fiesta de las vendimias, festejada
con la copa risueña y desbordante
sobre el Hastío agobiador alzada!

Los viejos bebedores,
musitarán responsos doloridos,
en sus báquicos salmos gemidores,
escuchando el sermón de los vencidos,
y, taciturnos, llenos de unción, bajo
la santidad de los recuerdos fieles,
mojarán el hisopo de un andrajo
en la sangre mortal de los toneles,
para rociar mi caja
con sus tenues esencias vaporosas,
cuya embriaguez irá hasta mi mortaja
cubierta de racimos y de rosas.

Después, urdiendo extraños sacrificios,
muy quedo, acaso, seguirán mi entierro
las brujas como en Sábados de oficios,
¡Y más tarde, por último, algún perro
lunático, burlón o visionario,
feroz amante de las cosas bellas
desde un negro escondrijo solitario
ladrará el epitafio a las estrellas!
446
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Funerales Báquicos

Ayer en la taberna, tristemente,
un borracho, pontífice del vino,
decía a otro borracho impenitente,
bebiendo el primer vaso matutino:

Yo llevo en mi interior un silencioso
Genio o Poder que nunca me abandona:
Enemigo ignorado y fastidioso
que mis heridas de placer encona,
volcando el agua fuerte
del odio y del pesar. (Esa agua abunda
en las foscas riberas de la Muerte
y es en el riego del dolor fecunda).

Por eso mismo tengo indefinibles
rebeldías de lucha delirante
que sólo me hacen ver los imposibles
donde cae el Esfuerzo a cada instante,
torturado y vencido
por la brutal Potencia que condena,
diariamente, al espíritu caído
a oír los soliloquios de la Pena.

Dominación fatal, conturbadora
del gran Desconocido que me obliga
a custodiar el Mal, hora tras hora,
arrojando a la espalda la fatiga.

Y es esa tiranía la venganza
de un fatídico monstruo cuya mano
como un destino atroz siempre me alcanza.
Pero pienso que en día no lejano

cuando caiga debajo de la mesa
para nunca jamás ya levantarme,
ese Genio que tiene mi alma presa
resolverá, tal vez, por fin, dejarme.

Y entonces habré muerto. Bienvenida
la eterna amada, la Libertadora,
que al derramar el vino de la vida
de mi vaso será la defensora.
¡Del terrible licor, del más amargo,
me llegarán las gotas como besos,
y en el viaje postrer! ¡Tan rudo y largo!
¡Tendré un cordial para mis pobres huesos!

Entonces, se oirá un himno de alegría
en todos los cenáculos viciosos,
y en el altar de la bodega fría
florecerán los pámpanos gloriosos,
¡Como una exuberante
fiesta de las vendimias, festejada
con la copa risueña y desbordante
sobre el Hastío agobiador alzada!

Los viejos bebedores,
musitarán responsos doloridos,
en sus báquicos salmos gemidores,
escuchando el sermón de los vencidos,
y, taciturnos, llenos de unción, bajo
la santidad de los recuerdos fieles,
mojarán el hisopo de un andrajo
en la sangre mortal de los toneles,
para rociar mi caja
con sus tenues esencias vaporosas,
cuya embriaguez irá hasta mi mortaja
cubierta de racimos y de rosas.

Después, urdiendo extraños sacrificios,
muy quedo, acaso, seguirán mi entierro
las brujas como en Sábados de oficios,
¡Y más tarde, por último, algún perro
lunático, burlón o visionario,
feroz amante de las cosas bellas
desde un negro escondrijo solitario
ladrará el epitafio a las estrellas!
446
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Visiones Del Crepúsculo

Ya la tarde libra el combate postrero
en las flechas de oro que lanza al acaso,
y se va como un príncipe, caballero
en el rojo corcel del Ocaso.

Se ahonda el misterio de las lejanías,
misterio sombreado de tinte mortuorio,
y el barrio se puebla de las letanías
que llegan del negro, cercano velorio.

Empieza a caer la nieve Dulcemente,
un rumor de canciones resuena
en el patio del conventillo de enfrente,
que, en ritmos alegres, oculta una pena

Las mozas, dicen sus ansias juveniles
la salud se hizo canto en sus bocas,
como en una lira de cuerdas viriles
que guarda un deseo de imágenes locas.

Rayo de sol sobre la escarcha: la mustia,
de inviolable sudario en el seno,
copa repleta del vino de la angustia
que infiltra en la sangre su sabio veneno.

Finge en arabescos la nieve que baja
como una lluvia de blancos pesares,
una viejecita que hila su mortaja,
y una novia que arroja azahares.

Sobre una cabeza inquieta, entristecida,
yo la veo caer, como un beso
que absorbiese los rencores de una herida
y quedase en los bordes impreso.

Se desconsuela el barrio. Todos los males
salvajes resurgen aullando impaciencias
como presagios, que en las noches mortales
florecen las llagas de sordas dolencias

Asómate a la ventana, hermano. Mira,
tras la niebla, espejismos extraños
de fiebres. Desde una frente que delira,
soltó la tristeza sus búhos huraños

Rondan sugestiones en el pensamiento,
a todas las luchas del Crimen resueltas,
y el ambiente es propicio al presentimiento,
pues las bestias del mal andan sueltas.

Me invade el miedo. Mi cerebro afiebrado
es un biógrafo horrible de cosas
fatídicas y raras de lo ignorado:
donde van a caer, silenciosas.

En la casa del tísico, que los fríos
llevaron al lecho, graznó una corneja:
la inspiración de los cuentos sombríos
que junto a la lumbre musita la vieja.

La huerfanita, en el desván ha cesado
de gemir, y, aunque nadie la asiste,
en su glacial abandono se ha quedado
obsedada del sol, como triste

enferma que deseara un ardor eterno,
y, envuelta en su suave caliente pelliza,
tuviese en una noche cruda de invierno
un cálido sueño de tardes en Niza.

El mendicante se ha ido de la puerta
Dice algo muy hosco su ceño fruncido,
como si algún dolor en su mano abierta
entre las limosnas hubiese caído.

El crónico del hospital, ya moribundo,
sospecha, insensible, la gran Triunfadora,
y como en neblinas ve pasar el mundo,
sonámbulo grave que aguarda la hora

En su instante supremo la frente inclina,
como en su último adiós un bandido
que llorase al pie de la guillotina,
y se fuese después redimido.

¿Será el miedo, hermano? ¿No oyes cómo
brama
el viento en la calle, tan sola y oscura?
¡Si supieses! Anoche, junto a mi cama,
con muecas burlonas pasó la Locura.
459
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Visiones Del Crepúsculo

Ya la tarde libra el combate postrero
en las flechas de oro que lanza al acaso,
y se va como un príncipe, caballero
en el rojo corcel del Ocaso.

Se ahonda el misterio de las lejanías,
misterio sombreado de tinte mortuorio,
y el barrio se puebla de las letanías
que llegan del negro, cercano velorio.

Empieza a caer la nieve Dulcemente,
un rumor de canciones resuena
en el patio del conventillo de enfrente,
que, en ritmos alegres, oculta una pena

Las mozas, dicen sus ansias juveniles
la salud se hizo canto en sus bocas,
como en una lira de cuerdas viriles
que guarda un deseo de imágenes locas.

Rayo de sol sobre la escarcha: la mustia,
de inviolable sudario en el seno,
copa repleta del vino de la angustia
que infiltra en la sangre su sabio veneno.

Finge en arabescos la nieve que baja
como una lluvia de blancos pesares,
una viejecita que hila su mortaja,
y una novia que arroja azahares.

Sobre una cabeza inquieta, entristecida,
yo la veo caer, como un beso
que absorbiese los rencores de una herida
y quedase en los bordes impreso.

Se desconsuela el barrio. Todos los males
salvajes resurgen aullando impaciencias
como presagios, que en las noches mortales
florecen las llagas de sordas dolencias

Asómate a la ventana, hermano. Mira,
tras la niebla, espejismos extraños
de fiebres. Desde una frente que delira,
soltó la tristeza sus búhos huraños

Rondan sugestiones en el pensamiento,
a todas las luchas del Crimen resueltas,
y el ambiente es propicio al presentimiento,
pues las bestias del mal andan sueltas.

Me invade el miedo. Mi cerebro afiebrado
es un biógrafo horrible de cosas
fatídicas y raras de lo ignorado:
donde van a caer, silenciosas.

En la casa del tísico, que los fríos
llevaron al lecho, graznó una corneja:
la inspiración de los cuentos sombríos
que junto a la lumbre musita la vieja.

La huerfanita, en el desván ha cesado
de gemir, y, aunque nadie la asiste,
en su glacial abandono se ha quedado
obsedada del sol, como triste

enferma que deseara un ardor eterno,
y, envuelta en su suave caliente pelliza,
tuviese en una noche cruda de invierno
un cálido sueño de tardes en Niza.

El mendicante se ha ido de la puerta
Dice algo muy hosco su ceño fruncido,
como si algún dolor en su mano abierta
entre las limosnas hubiese caído.

El crónico del hospital, ya moribundo,
sospecha, insensible, la gran Triunfadora,
y como en neblinas ve pasar el mundo,
sonámbulo grave que aguarda la hora

En su instante supremo la frente inclina,
como en su último adiós un bandido
que llorase al pie de la guillotina,
y se fuese después redimido.

¿Será el miedo, hermano? ¿No oyes cómo
brama
el viento en la calle, tan sola y oscura?
¡Si supieses! Anoche, junto a mi cama,
con muecas burlonas pasó la Locura.
459
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Visiones Del Crepúsculo

Ya la tarde libra el combate postrero
en las flechas de oro que lanza al acaso,
y se va como un príncipe, caballero
en el rojo corcel del Ocaso.

Se ahonda el misterio de las lejanías,
misterio sombreado de tinte mortuorio,
y el barrio se puebla de las letanías
que llegan del negro, cercano velorio.

Empieza a caer la nieve Dulcemente,
un rumor de canciones resuena
en el patio del conventillo de enfrente,
que, en ritmos alegres, oculta una pena

Las mozas, dicen sus ansias juveniles
la salud se hizo canto en sus bocas,
como en una lira de cuerdas viriles
que guarda un deseo de imágenes locas.

Rayo de sol sobre la escarcha: la mustia,
de inviolable sudario en el seno,
copa repleta del vino de la angustia
que infiltra en la sangre su sabio veneno.

Finge en arabescos la nieve que baja
como una lluvia de blancos pesares,
una viejecita que hila su mortaja,
y una novia que arroja azahares.

Sobre una cabeza inquieta, entristecida,
yo la veo caer, como un beso
que absorbiese los rencores de una herida
y quedase en los bordes impreso.

Se desconsuela el barrio. Todos los males
salvajes resurgen aullando impaciencias
como presagios, que en las noches mortales
florecen las llagas de sordas dolencias

Asómate a la ventana, hermano. Mira,
tras la niebla, espejismos extraños
de fiebres. Desde una frente que delira,
soltó la tristeza sus búhos huraños

Rondan sugestiones en el pensamiento,
a todas las luchas del Crimen resueltas,
y el ambiente es propicio al presentimiento,
pues las bestias del mal andan sueltas.

Me invade el miedo. Mi cerebro afiebrado
es un biógrafo horrible de cosas
fatídicas y raras de lo ignorado:
donde van a caer, silenciosas.

En la casa del tísico, que los fríos
llevaron al lecho, graznó una corneja:
la inspiración de los cuentos sombríos
que junto a la lumbre musita la vieja.

La huerfanita, en el desván ha cesado
de gemir, y, aunque nadie la asiste,
en su glacial abandono se ha quedado
obsedada del sol, como triste

enferma que deseara un ardor eterno,
y, envuelta en su suave caliente pelliza,
tuviese en una noche cruda de invierno
un cálido sueño de tardes en Niza.

El mendicante se ha ido de la puerta
Dice algo muy hosco su ceño fruncido,
como si algún dolor en su mano abierta
entre las limosnas hubiese caído.

El crónico del hospital, ya moribundo,
sospecha, insensible, la gran Triunfadora,
y como en neblinas ve pasar el mundo,
sonámbulo grave que aguarda la hora

En su instante supremo la frente inclina,
como en su último adiós un bandido
que llorase al pie de la guillotina,
y se fuese después redimido.

¿Será el miedo, hermano? ¿No oyes cómo
brama
el viento en la calle, tan sola y oscura?
¡Si supieses! Anoche, junto a mi cama,
con muecas burlonas pasó la Locura.
459
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Imágenes Del Pecado

Enfermizas plenitudes
de emociones amatorias,
modernismo de lo Raro,
de embriagueces ilusorias,
que disfrazan las crudezas de sus credos materiales,
como fórmulas severas
de blasones impolutos,
que, discretos, disimulan
los salvajes atributos,
las paganas desnudeces de las fuerzas germinales.
Rosa estigma que en los labios
han dejado los orfebres
de la Ardencia. Bestias malas
de lascivias y de fiebres,
que no doman los actuales filosóficos Orfeos,
acechando por las noches
los oficios sigilosos
por las noches consteladas
de los besos milagrosos
que deshacen en las bocas el rubí de los deseos

Predilecta medianoche
vagamente ensoñativa,
que ha exhumado un bello libro
de lectura sugestiva,
de encubiertas entrelíneas de extravíos irreales
¡Oh, curiosa, febriciente
cabecita conturbada,
que en los tibios abandonos
delatados en la almohada
se fecunda de las sabias poluciones cerebrales!

¡Oh, cuán negros los hastíos
de las púberes sensuales!
¡Oh, cuán largas las esperas
de los pálidos nupciales,
en los ratos aburridos de cloróticas visiones
cuando creen que las abejas
evocadas vendrán, fieles,
a traerles, compasivas,
con sus vinos y sus mieles,
las cantáridas nocturnas de las fuertes obsesiones!

Voz fatal que en los gentiles
Evangelios de Afrodita,
al cenáculo vedado
de su roja mesa invita.
¡Oh, furtivas comuniones en los cultos que revelan
el peligro imaginable
de las hostias consagradas
donde, lívidas, se ocultan
las cabezas desmayadas
de los duendes cautelosos que en la extraña misa velan!

Neurasténica enclaustrada
cuyos lirios de pureza
ha violado sin esfuerzo
la triunfal Naturaleza:
Esa siempre parturienta, santamente dolorida.
Fue la hora en que cayeron
deshojados los claveles,
que, al sangrar las castidades
en los tálamos crueles
los augurios se regaron con los filtros de la Vida.
Virgen mística de celda,
brasa blonda de incensario,
fiel ritual de oscurantismo,
fría imagen de santuario,
por la fe de su locura tonsurada contra el Vicio,
que ha sentido en los insomnios
conmover su paz austera
un satánico deseo
de su sangre de soltera,
de su palma que claudica del inútil sacrificio.

Delicada sensitiva
en los cálidos antojos
que se burla de la ausencia
de la luz de los sonrojos
Que exaltando sus caprichos ¡Los diabólicos, los tiernos!
Al Cantar de los Cantares,
siempre nuevo en sus caricias,
sabe ungir de la gloriosa
caridad de sus delicias
a las vértebras que sufren el horror de los inviernos.

Favorita de Nirvana,
de los vinos superfinos,
espasmódica del éter,
que ilustró los pergaminos
de la nueva aristocracia del hatchís y la morfina:
Ofertorio inconfesable
de exquisita delincuencia
generosa, sorprendente,
bien gustada quintaesencia
de ilusión por el pecado de la copa clandestina

Pubertad de conventillo
que, en su génesis, halaga
la teoría lamentable
del harapo y de la llaga,
silenciando la inconsciente repulsión a lo maldito
Alentadas bizarrías
de muchacha sensiblera,
que presume ingenuamente
de Manón arrabalera,
suavemente flagelada por las sedas del Delito.

Cortesana de suburbio,
que se sabe mustia y vieja
y olvidar quiere los hondos
desconsuelos de su queja,
palpitante, en su derrota, por la última aventura,
que, al cruzar los barrios bajos
en la tarde de la cita,
va creyendo ser la triste,
la incurable Margarita
que abandona con la muerte su romántica locura.

Torturada visión breve
del amor de una heroína
del prostíbulo y la cárcel:
roja flor de guillotina,
que ha soñado con un novio que la finge una azucena:
con un blondo Nazareno
que la mueve a inevitable
santa senda arrepentida,
de intuición insospechable
a seguir su religiosa vocación de Magdalena.

Bella trágica historiada,
Salomé del histerismo,
portadora de extrañezas
del país del exotismo,
iniciada en el secreto de las cláusulas suicidas,
que, en sus largas devociones
por las fiestas misteriosas,
por las torpes confidencias
y las pautas tenebrosas,
comulgó con los maestros de las músicas prohibidas.

¡Oh, las pascuas de las carnes
bondadosas, que florecen
por aquellas que concluyen
por aquellas que envejecen!
¡Oh, los siete ángeles malos! ¡Oh, los
ángeles propicios
al exvoto de las manos
sabiamente extenuativas,
que degüellan las palomas
de las blancas rogativas,
en las vísperas sangrientas de los negros sacrificios!
471
Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Imágenes Del Pecado

Enfermizas plenitudes
de emociones amatorias,
modernismo de lo Raro,
de embriagueces ilusorias,
que disfrazan las crudezas de sus credos materiales,
como fórmulas severas
de blasones impolutos,
que, discretos, disimulan
los salvajes atributos,
las paganas desnudeces de las fuerzas germinales.
Rosa estigma que en los labios
han dejado los orfebres
de la Ardencia. Bestias malas
de lascivias y de fiebres,
que no doman los actuales filosóficos Orfeos,
acechando por las noches
los oficios sigilosos
por las noches consteladas
de los besos milagrosos
que deshacen en las bocas el rubí de los deseos

Predilecta medianoche
vagamente ensoñativa,
que ha exhumado un bello libro
de lectura sugestiva,
de encubiertas entrelíneas de extravíos irreales
¡Oh, curiosa, febriciente
cabecita conturbada,
que en los tibios abandonos
delatados en la almohada
se fecunda de las sabias poluciones cerebrales!

¡Oh, cuán negros los hastíos
de las púberes sensuales!
¡Oh, cuán largas las esperas
de los pálidos nupciales,
en los ratos aburridos de cloróticas visiones
cuando creen que las abejas
evocadas vendrán, fieles,
a traerles, compasivas,
con sus vinos y sus mieles,
las cantáridas nocturnas de las fuertes obsesiones!

Voz fatal que en los gentiles
Evangelios de Afrodita,
al cenáculo vedado
de su roja mesa invita.
¡Oh, furtivas comuniones en los cultos que revelan
el peligro imaginable
de las hostias consagradas
donde, lívidas, se ocultan
las cabezas desmayadas
de los duendes cautelosos que en la extraña misa velan!

Neurasténica enclaustrada
cuyos lirios de pureza
ha violado sin esfuerzo
la triunfal Naturaleza:
Esa siempre parturienta, santamente dolorida.
Fue la hora en que cayeron
deshojados los claveles,
que, al sangrar las castidades
en los tálamos crueles
los augurios se regaron con los filtros de la Vida.
Virgen mística de celda,
brasa blonda de incensario,
fiel ritual de oscurantismo,
fría imagen de santuario,
por la fe de su locura tonsurada contra el Vicio,
que ha sentido en los insomnios
conmover su paz austera
un satánico deseo
de su sangre de soltera,
de su palma que claudica del inútil sacrificio.

Delicada sensitiva
en los cálidos antojos
que se burla de la ausencia
de la luz de los sonrojos
Que exaltando sus caprichos ¡Los diabólicos, los tiernos!
Al Cantar de los Cantares,
siempre nuevo en sus caricias,
sabe ungir de la gloriosa
caridad de sus delicias
a las vértebras que sufren el horror de los inviernos.

Favorita de Nirvana,
de los vinos superfinos,
espasmódica del éter,
que ilustró los pergaminos
de la nueva aristocracia del hatchís y la morfina:
Ofertorio inconfesable
de exquisita delincuencia
generosa, sorprendente,
bien gustada quintaesencia
de ilusión por el pecado de la copa clandestina

Pubertad de conventillo
que, en su génesis, halaga
la teoría lamentable
del harapo y de la llaga,
silenciando la inconsciente repulsión a lo maldito
Alentadas bizarrías
de muchacha sensiblera,
que presume ingenuamente
de Manón arrabalera,
suavemente flagelada por las sedas del Delito.

Cortesana de suburbio,
que se sabe mustia y vieja
y olvidar quiere los hondos
desconsuelos de su queja,
palpitante, en su derrota, por la última aventura,
que, al cruzar los barrios bajos
en la tarde de la cita,
va creyendo ser la triste,
la incurable Margarita
que abandona con la muerte su romántica locura.

Torturada visión breve
del amor de una heroína
del prostíbulo y la cárcel:
roja flor de guillotina,
que ha soñado con un novio que la finge una azucena:
con un blondo Nazareno
que la mueve a inevitable
santa senda arrepentida,
de intuición insospechable
a seguir su religiosa vocación de Magdalena.

Bella trágica historiada,
Salomé del histerismo,
portadora de extrañezas
del país del exotismo,
iniciada en el secreto de las cláusulas suicidas,
que, en sus largas devociones
por las fiestas misteriosas,
por las torpes confidencias
y las pautas tenebrosas,
comulgó con los maestros de las músicas prohibidas.

¡Oh, las pascuas de las carnes
bondadosas, que florecen
por aquellas que concluyen
por aquellas que envejecen!
¡Oh, los siete ángeles malos! ¡Oh, los
ángeles propicios
al exvoto de las manos
sabiamente extenuativas,
que degüellan las palomas
de las blancas rogativas,
en las vísperas sangrientas de los negros sacrificios!
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