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Oliverio Girondo
Me Estrechaba Entre Sus Brazos Chatos Y Se Adhería A Mi Cuerpo
17
Me estrechaba entre sus brazos chatos y se adhería a mi cuerpo,
con una violenta viscosidad de molusco. Una secreción pegajosa
me iba envolviendo, poco a poco, hasta lograr inmovilizarme. De cada
uno de sus poros surgía una especie de uña que me
perforaba la epidermis. Sus senos comenzaban a hervir. Una
exudación fosforescente le iluminaba el cuello, las caderas;
hasta que su sexo —lleno de espinas y de tentáculos— se
incrustaba en mi sexo, precipitándome en una serie de espasmos
exasperantes.
Era inútil que le escupiese en los párpados, en las
concavidades de la nariz. Era inútil que le gritara mi odio y mi
desprecio. Hasta que la última gota de esperma no se me
desprendía de la nuca, para perforarme el espinazo como una gota
de lacre derretido, sus encías continuaban sorbiendo mi
desesperación; y antes de abandonarme me dejaba sus millones de
uñas hundidas en la carne y no tenía otro remedio que
pasarme la noche arrancándomelas con unas pinzas, para poder
echarme una gota de yodo en cada una de las heridas...
¡Bonita fiesta la de ser un durmiente que usufructúa de la
predilección de los súcubos!
Me estrechaba entre sus brazos chatos y se adhería a mi cuerpo,
con una violenta viscosidad de molusco. Una secreción pegajosa
me iba envolviendo, poco a poco, hasta lograr inmovilizarme. De cada
uno de sus poros surgía una especie de uña que me
perforaba la epidermis. Sus senos comenzaban a hervir. Una
exudación fosforescente le iluminaba el cuello, las caderas;
hasta que su sexo —lleno de espinas y de tentáculos— se
incrustaba en mi sexo, precipitándome en una serie de espasmos
exasperantes.
Era inútil que le escupiese en los párpados, en las
concavidades de la nariz. Era inútil que le gritara mi odio y mi
desprecio. Hasta que la última gota de esperma no se me
desprendía de la nuca, para perforarme el espinazo como una gota
de lacre derretido, sus encías continuaban sorbiendo mi
desesperación; y antes de abandonarme me dejaba sus millones de
uñas hundidas en la carne y no tenía otro remedio que
pasarme la noche arrancándomelas con unas pinzas, para poder
echarme una gota de yodo en cada una de las heridas...
¡Bonita fiesta la de ser un durmiente que usufructúa de la
predilección de los súcubos!
599
Oliverio Girondo
Llorar A Lágrima Viva Llorar A Chorros
18
Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la
digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la
camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los
cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la
digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la
camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los
cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
715
Oliverio Girondo
Llorar A Lágrima Viva Llorar A Chorros
18
Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la
digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la
camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los
cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la
digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la
camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los
cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
715
Oliverio Girondo
Llorar A Lágrima Viva Llorar A Chorros
18
Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la
digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la
camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los
cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la
digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la
camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los
cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
715
Oliverio Girondo
Llorar A Lágrima Viva Llorar A Chorros
18
Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la
digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la
camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los
cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la
digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la
camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los
cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura.
Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
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Oliverio Girondo
A Unos Les Gusta El Alpinismo A Otros Les Entretiene El Dominó
16
A unos les gusta el alpinismo. A otros les entretiene el dominó.
A mí me encanta la transmigración.
Mientras aquéllos se pasan la vida colgados de una soga o
pegando puñetazos sobre una mesa, yo me lo paso transmigrando de
un cuerpo a otro, yo no me canso nunca de transmigrar.
Desde el amanecer, me instalo en algún eucalipto a respirar la
brisa de la mañana. Duermo una siesta mineral, dentro de la
primera piedra que hallo en mi camino, y antes de anochecer ya estoy
pensando la noche y las chimeneas con un espíritu de gato.
¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de
sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser
tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de
raíces, de una vida latente que nos fecunda... y nos hace
cosquillas!
Para apreciar el jamón ¿no es indispensable ser chancho?
Quien no logre transformarse en caballo ¿podrá saborear
el gusto de los valles y darse cuenta de lo que significa “tirar el
carro”?...
Poseer una virgen es muy distinto a experimentar las sensaciones de la
virgen mientras la estamos poseyendo, y una cosa es mirar el mar desde
la playa, otra contemplarlo con unos ojos de cangrejo.
Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas
sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y sus malos humores.
Por eso a mí me gusta rumiar la pampa y el crepúsculo
personificado en una vaca, sentir la gravitación y los ramajes
con un cerebro de nuez o de castaña, arrodillarme en pleno
campo, para cantarle con una voz de sapo a las estrellas.
¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la
satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los
remansos.... y de los camaleones!...
¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los
hombres no han sido ni siquiera mujer!... ¿Cómo es
posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no
necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas... los
de las madreselvas?
Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil,
jamás he comprendido que se pueda vivir, eternamente, con un
mismo esqueleto y un mismo sexo.
Cuando la vida es demasiado humana —¡únicamente humana!—
el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más
larga y más aburrida que cualquier otra?
Yo, al menos, tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin
esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no
estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más
importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que
me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.
A unos les gusta el alpinismo. A otros les entretiene el dominó.
A mí me encanta la transmigración.
Mientras aquéllos se pasan la vida colgados de una soga o
pegando puñetazos sobre una mesa, yo me lo paso transmigrando de
un cuerpo a otro, yo no me canso nunca de transmigrar.
Desde el amanecer, me instalo en algún eucalipto a respirar la
brisa de la mañana. Duermo una siesta mineral, dentro de la
primera piedra que hallo en mi camino, y antes de anochecer ya estoy
pensando la noche y las chimeneas con un espíritu de gato.
¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de
sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser
tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de
raíces, de una vida latente que nos fecunda... y nos hace
cosquillas!
Para apreciar el jamón ¿no es indispensable ser chancho?
Quien no logre transformarse en caballo ¿podrá saborear
el gusto de los valles y darse cuenta de lo que significa “tirar el
carro”?...
Poseer una virgen es muy distinto a experimentar las sensaciones de la
virgen mientras la estamos poseyendo, y una cosa es mirar el mar desde
la playa, otra contemplarlo con unos ojos de cangrejo.
Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas
sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y sus malos humores.
Por eso a mí me gusta rumiar la pampa y el crepúsculo
personificado en una vaca, sentir la gravitación y los ramajes
con un cerebro de nuez o de castaña, arrodillarme en pleno
campo, para cantarle con una voz de sapo a las estrellas.
¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la
satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los
remansos.... y de los camaleones!...
¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los
hombres no han sido ni siquiera mujer!... ¿Cómo es
posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no
necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas... los
de las madreselvas?
Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil,
jamás he comprendido que se pueda vivir, eternamente, con un
mismo esqueleto y un mismo sexo.
Cuando la vida es demasiado humana —¡únicamente humana!—
el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más
larga y más aburrida que cualquier otra?
Yo, al menos, tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin
esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no
estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más
importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que
me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.
640
Oliverio Girondo
A Unos Les Gusta El Alpinismo A Otros Les Entretiene El Dominó
16
A unos les gusta el alpinismo. A otros les entretiene el dominó.
A mí me encanta la transmigración.
Mientras aquéllos se pasan la vida colgados de una soga o
pegando puñetazos sobre una mesa, yo me lo paso transmigrando de
un cuerpo a otro, yo no me canso nunca de transmigrar.
Desde el amanecer, me instalo en algún eucalipto a respirar la
brisa de la mañana. Duermo una siesta mineral, dentro de la
primera piedra que hallo en mi camino, y antes de anochecer ya estoy
pensando la noche y las chimeneas con un espíritu de gato.
¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de
sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser
tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de
raíces, de una vida latente que nos fecunda... y nos hace
cosquillas!
Para apreciar el jamón ¿no es indispensable ser chancho?
Quien no logre transformarse en caballo ¿podrá saborear
el gusto de los valles y darse cuenta de lo que significa “tirar el
carro”?...
Poseer una virgen es muy distinto a experimentar las sensaciones de la
virgen mientras la estamos poseyendo, y una cosa es mirar el mar desde
la playa, otra contemplarlo con unos ojos de cangrejo.
Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas
sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y sus malos humores.
Por eso a mí me gusta rumiar la pampa y el crepúsculo
personificado en una vaca, sentir la gravitación y los ramajes
con un cerebro de nuez o de castaña, arrodillarme en pleno
campo, para cantarle con una voz de sapo a las estrellas.
¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la
satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los
remansos.... y de los camaleones!...
¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los
hombres no han sido ni siquiera mujer!... ¿Cómo es
posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no
necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas... los
de las madreselvas?
Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil,
jamás he comprendido que se pueda vivir, eternamente, con un
mismo esqueleto y un mismo sexo.
Cuando la vida es demasiado humana —¡únicamente humana!—
el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más
larga y más aburrida que cualquier otra?
Yo, al menos, tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin
esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no
estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más
importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que
me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.
A unos les gusta el alpinismo. A otros les entretiene el dominó.
A mí me encanta la transmigración.
Mientras aquéllos se pasan la vida colgados de una soga o
pegando puñetazos sobre una mesa, yo me lo paso transmigrando de
un cuerpo a otro, yo no me canso nunca de transmigrar.
Desde el amanecer, me instalo en algún eucalipto a respirar la
brisa de la mañana. Duermo una siesta mineral, dentro de la
primera piedra que hallo en mi camino, y antes de anochecer ya estoy
pensando la noche y las chimeneas con un espíritu de gato.
¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de
sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser
tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de
raíces, de una vida latente que nos fecunda... y nos hace
cosquillas!
Para apreciar el jamón ¿no es indispensable ser chancho?
Quien no logre transformarse en caballo ¿podrá saborear
el gusto de los valles y darse cuenta de lo que significa “tirar el
carro”?...
Poseer una virgen es muy distinto a experimentar las sensaciones de la
virgen mientras la estamos poseyendo, y una cosa es mirar el mar desde
la playa, otra contemplarlo con unos ojos de cangrejo.
Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas
sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y sus malos humores.
Por eso a mí me gusta rumiar la pampa y el crepúsculo
personificado en una vaca, sentir la gravitación y los ramajes
con un cerebro de nuez o de castaña, arrodillarme en pleno
campo, para cantarle con una voz de sapo a las estrellas.
¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la
satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los
remansos.... y de los camaleones!...
¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los
hombres no han sido ni siquiera mujer!... ¿Cómo es
posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no
necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas... los
de las madreselvas?
Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil,
jamás he comprendido que se pueda vivir, eternamente, con un
mismo esqueleto y un mismo sexo.
Cuando la vida es demasiado humana —¡únicamente humana!—
el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más
larga y más aburrida que cualquier otra?
Yo, al menos, tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin
esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no
estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más
importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que
me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.
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Oliverio Girondo
Exigió Que Sus Esclavos Le Escupieran La Frente
15
Exigió que sus esclavos le escupieran la frente, y colgado de
las patas de una cigüeña, abandonó sus costumbres y
sus cofres de sándalo.
¿Sabía que las esencias dejan un amargor en la garganta?
¿Sabía que el ascetismo puebla la soledad de mujeres
desnudas y que toda sabiduría ha de humillarse ante el mecanismo
de un mosquito?
Durante su permanencia en el desierto, su ombligo consiguió
trasuntar buena parte del universo. Allí, las arañas que
llevan una cruz sobre la espalda lo preservaron de los súcubos
extrachatos. Allí intimó con los fantasmas que recorren
en zancos la eternidad y con los cactus que tienen idiosincrasias de
espantapájaro, pero aunque tuvo coloquios con el Diablo y con el
Señor, no pudo descubrir la existencia de una nueva virtud, de
un nuevo vicio.
El ayuno de toda concupiscencia ¿le permitiría saborear
el halago de que un mismo fervor lo acompañara a todas partes,
con su miasma de sumisión y de podredumbre?
Precedido por una brisa que apartaba las inmundicias del camino, las
poblaciones atónitas lo vieron pasar cargado de aburrimiento y
de parásitos.
Su presencia maduraba las mieses. La sola imposición de sus
manos hacía renacer la virilidad y su mirada infundía en
las prostitutas una ternura agreste de codorniz.
¡Cuántas veces su palabra cayó sobre la multitud
con la mansedumbre con que la lluvia tranquiliza el oleaje!
Sobre la calva un resplandor fosforescente y millares de abejas
alojadas en la pelambre de su pecho, aparecía al mismo tiempo en
lugares distintos, con un desgano cada vez más consciente de la
inutilidad de cuanto existe.
Su perfección había llegado a repugnarle tanto como el
baño o como el caviar. Ya no sentía ninguna voluptuosidad
en paladear la siesta y los remansos encarnado en un yacaré. Ya
no le procuraba el menor alivio que los leprosos lo esperaran para
acariciarle la sombra, ni que las estrellas dejasen de temblar, ante el
tamaño de su ternura y de su barba.
Una tarde, en el recodo de un camino, decidió inmovilizarse para
toda la eternidad.
En vano los peregrinos acudieron, de todas partes, con sus oraciones y
sus ofrendas. En vano se extremaron, ante su indiferencia, los ritos de
la cábala y de la mortificación. Ni las penitencias ni
las cosquillas consiguieron arrancarle tan siquiera un bostezo, y en
medio del espanto se comprobó que mientras el verdín le
cubría las extremidades y el pudor, su cuerpo se iba
transformando, poco a poco, en una de esas piedras que se acuestan en
los caminos para empollar gusanos y humedad.
Exigió que sus esclavos le escupieran la frente, y colgado de
las patas de una cigüeña, abandonó sus costumbres y
sus cofres de sándalo.
¿Sabía que las esencias dejan un amargor en la garganta?
¿Sabía que el ascetismo puebla la soledad de mujeres
desnudas y que toda sabiduría ha de humillarse ante el mecanismo
de un mosquito?
Durante su permanencia en el desierto, su ombligo consiguió
trasuntar buena parte del universo. Allí, las arañas que
llevan una cruz sobre la espalda lo preservaron de los súcubos
extrachatos. Allí intimó con los fantasmas que recorren
en zancos la eternidad y con los cactus que tienen idiosincrasias de
espantapájaro, pero aunque tuvo coloquios con el Diablo y con el
Señor, no pudo descubrir la existencia de una nueva virtud, de
un nuevo vicio.
El ayuno de toda concupiscencia ¿le permitiría saborear
el halago de que un mismo fervor lo acompañara a todas partes,
con su miasma de sumisión y de podredumbre?
Precedido por una brisa que apartaba las inmundicias del camino, las
poblaciones atónitas lo vieron pasar cargado de aburrimiento y
de parásitos.
Su presencia maduraba las mieses. La sola imposición de sus
manos hacía renacer la virilidad y su mirada infundía en
las prostitutas una ternura agreste de codorniz.
¡Cuántas veces su palabra cayó sobre la multitud
con la mansedumbre con que la lluvia tranquiliza el oleaje!
Sobre la calva un resplandor fosforescente y millares de abejas
alojadas en la pelambre de su pecho, aparecía al mismo tiempo en
lugares distintos, con un desgano cada vez más consciente de la
inutilidad de cuanto existe.
Su perfección había llegado a repugnarle tanto como el
baño o como el caviar. Ya no sentía ninguna voluptuosidad
en paladear la siesta y los remansos encarnado en un yacaré. Ya
no le procuraba el menor alivio que los leprosos lo esperaran para
acariciarle la sombra, ni que las estrellas dejasen de temblar, ante el
tamaño de su ternura y de su barba.
Una tarde, en el recodo de un camino, decidió inmovilizarse para
toda la eternidad.
En vano los peregrinos acudieron, de todas partes, con sus oraciones y
sus ofrendas. En vano se extremaron, ante su indiferencia, los ritos de
la cábala y de la mortificación. Ni las penitencias ni
las cosquillas consiguieron arrancarle tan siquiera un bostezo, y en
medio del espanto se comprobó que mientras el verdín le
cubría las extremidades y el pudor, su cuerpo se iba
transformando, poco a poco, en una de esas piedras que se acuestan en
los caminos para empollar gusanos y humedad.
735
Oliverio Girondo
Exigió Que Sus Esclavos Le Escupieran La Frente
15
Exigió que sus esclavos le escupieran la frente, y colgado de
las patas de una cigüeña, abandonó sus costumbres y
sus cofres de sándalo.
¿Sabía que las esencias dejan un amargor en la garganta?
¿Sabía que el ascetismo puebla la soledad de mujeres
desnudas y que toda sabiduría ha de humillarse ante el mecanismo
de un mosquito?
Durante su permanencia en el desierto, su ombligo consiguió
trasuntar buena parte del universo. Allí, las arañas que
llevan una cruz sobre la espalda lo preservaron de los súcubos
extrachatos. Allí intimó con los fantasmas que recorren
en zancos la eternidad y con los cactus que tienen idiosincrasias de
espantapájaro, pero aunque tuvo coloquios con el Diablo y con el
Señor, no pudo descubrir la existencia de una nueva virtud, de
un nuevo vicio.
El ayuno de toda concupiscencia ¿le permitiría saborear
el halago de que un mismo fervor lo acompañara a todas partes,
con su miasma de sumisión y de podredumbre?
Precedido por una brisa que apartaba las inmundicias del camino, las
poblaciones atónitas lo vieron pasar cargado de aburrimiento y
de parásitos.
Su presencia maduraba las mieses. La sola imposición de sus
manos hacía renacer la virilidad y su mirada infundía en
las prostitutas una ternura agreste de codorniz.
¡Cuántas veces su palabra cayó sobre la multitud
con la mansedumbre con que la lluvia tranquiliza el oleaje!
Sobre la calva un resplandor fosforescente y millares de abejas
alojadas en la pelambre de su pecho, aparecía al mismo tiempo en
lugares distintos, con un desgano cada vez más consciente de la
inutilidad de cuanto existe.
Su perfección había llegado a repugnarle tanto como el
baño o como el caviar. Ya no sentía ninguna voluptuosidad
en paladear la siesta y los remansos encarnado en un yacaré. Ya
no le procuraba el menor alivio que los leprosos lo esperaran para
acariciarle la sombra, ni que las estrellas dejasen de temblar, ante el
tamaño de su ternura y de su barba.
Una tarde, en el recodo de un camino, decidió inmovilizarse para
toda la eternidad.
En vano los peregrinos acudieron, de todas partes, con sus oraciones y
sus ofrendas. En vano se extremaron, ante su indiferencia, los ritos de
la cábala y de la mortificación. Ni las penitencias ni
las cosquillas consiguieron arrancarle tan siquiera un bostezo, y en
medio del espanto se comprobó que mientras el verdín le
cubría las extremidades y el pudor, su cuerpo se iba
transformando, poco a poco, en una de esas piedras que se acuestan en
los caminos para empollar gusanos y humedad.
Exigió que sus esclavos le escupieran la frente, y colgado de
las patas de una cigüeña, abandonó sus costumbres y
sus cofres de sándalo.
¿Sabía que las esencias dejan un amargor en la garganta?
¿Sabía que el ascetismo puebla la soledad de mujeres
desnudas y que toda sabiduría ha de humillarse ante el mecanismo
de un mosquito?
Durante su permanencia en el desierto, su ombligo consiguió
trasuntar buena parte del universo. Allí, las arañas que
llevan una cruz sobre la espalda lo preservaron de los súcubos
extrachatos. Allí intimó con los fantasmas que recorren
en zancos la eternidad y con los cactus que tienen idiosincrasias de
espantapájaro, pero aunque tuvo coloquios con el Diablo y con el
Señor, no pudo descubrir la existencia de una nueva virtud, de
un nuevo vicio.
El ayuno de toda concupiscencia ¿le permitiría saborear
el halago de que un mismo fervor lo acompañara a todas partes,
con su miasma de sumisión y de podredumbre?
Precedido por una brisa que apartaba las inmundicias del camino, las
poblaciones atónitas lo vieron pasar cargado de aburrimiento y
de parásitos.
Su presencia maduraba las mieses. La sola imposición de sus
manos hacía renacer la virilidad y su mirada infundía en
las prostitutas una ternura agreste de codorniz.
¡Cuántas veces su palabra cayó sobre la multitud
con la mansedumbre con que la lluvia tranquiliza el oleaje!
Sobre la calva un resplandor fosforescente y millares de abejas
alojadas en la pelambre de su pecho, aparecía al mismo tiempo en
lugares distintos, con un desgano cada vez más consciente de la
inutilidad de cuanto existe.
Su perfección había llegado a repugnarle tanto como el
baño o como el caviar. Ya no sentía ninguna voluptuosidad
en paladear la siesta y los remansos encarnado en un yacaré. Ya
no le procuraba el menor alivio que los leprosos lo esperaran para
acariciarle la sombra, ni que las estrellas dejasen de temblar, ante el
tamaño de su ternura y de su barba.
Una tarde, en el recodo de un camino, decidió inmovilizarse para
toda la eternidad.
En vano los peregrinos acudieron, de todas partes, con sus oraciones y
sus ofrendas. En vano se extremaron, ante su indiferencia, los ritos de
la cábala y de la mortificación. Ni las penitencias ni
las cosquillas consiguieron arrancarle tan siquiera un bostezo, y en
medio del espanto se comprobó que mientras el verdín le
cubría las extremidades y el pudor, su cuerpo se iba
transformando, poco a poco, en una de esas piedras que se acuestan en
los caminos para empollar gusanos y humedad.
735
Oliverio Girondo
Exigió Que Sus Esclavos Le Escupieran La Frente
15
Exigió que sus esclavos le escupieran la frente, y colgado de
las patas de una cigüeña, abandonó sus costumbres y
sus cofres de sándalo.
¿Sabía que las esencias dejan un amargor en la garganta?
¿Sabía que el ascetismo puebla la soledad de mujeres
desnudas y que toda sabiduría ha de humillarse ante el mecanismo
de un mosquito?
Durante su permanencia en el desierto, su ombligo consiguió
trasuntar buena parte del universo. Allí, las arañas que
llevan una cruz sobre la espalda lo preservaron de los súcubos
extrachatos. Allí intimó con los fantasmas que recorren
en zancos la eternidad y con los cactus que tienen idiosincrasias de
espantapájaro, pero aunque tuvo coloquios con el Diablo y con el
Señor, no pudo descubrir la existencia de una nueva virtud, de
un nuevo vicio.
El ayuno de toda concupiscencia ¿le permitiría saborear
el halago de que un mismo fervor lo acompañara a todas partes,
con su miasma de sumisión y de podredumbre?
Precedido por una brisa que apartaba las inmundicias del camino, las
poblaciones atónitas lo vieron pasar cargado de aburrimiento y
de parásitos.
Su presencia maduraba las mieses. La sola imposición de sus
manos hacía renacer la virilidad y su mirada infundía en
las prostitutas una ternura agreste de codorniz.
¡Cuántas veces su palabra cayó sobre la multitud
con la mansedumbre con que la lluvia tranquiliza el oleaje!
Sobre la calva un resplandor fosforescente y millares de abejas
alojadas en la pelambre de su pecho, aparecía al mismo tiempo en
lugares distintos, con un desgano cada vez más consciente de la
inutilidad de cuanto existe.
Su perfección había llegado a repugnarle tanto como el
baño o como el caviar. Ya no sentía ninguna voluptuosidad
en paladear la siesta y los remansos encarnado en un yacaré. Ya
no le procuraba el menor alivio que los leprosos lo esperaran para
acariciarle la sombra, ni que las estrellas dejasen de temblar, ante el
tamaño de su ternura y de su barba.
Una tarde, en el recodo de un camino, decidió inmovilizarse para
toda la eternidad.
En vano los peregrinos acudieron, de todas partes, con sus oraciones y
sus ofrendas. En vano se extremaron, ante su indiferencia, los ritos de
la cábala y de la mortificación. Ni las penitencias ni
las cosquillas consiguieron arrancarle tan siquiera un bostezo, y en
medio del espanto se comprobó que mientras el verdín le
cubría las extremidades y el pudor, su cuerpo se iba
transformando, poco a poco, en una de esas piedras que se acuestan en
los caminos para empollar gusanos y humedad.
Exigió que sus esclavos le escupieran la frente, y colgado de
las patas de una cigüeña, abandonó sus costumbres y
sus cofres de sándalo.
¿Sabía que las esencias dejan un amargor en la garganta?
¿Sabía que el ascetismo puebla la soledad de mujeres
desnudas y que toda sabiduría ha de humillarse ante el mecanismo
de un mosquito?
Durante su permanencia en el desierto, su ombligo consiguió
trasuntar buena parte del universo. Allí, las arañas que
llevan una cruz sobre la espalda lo preservaron de los súcubos
extrachatos. Allí intimó con los fantasmas que recorren
en zancos la eternidad y con los cactus que tienen idiosincrasias de
espantapájaro, pero aunque tuvo coloquios con el Diablo y con el
Señor, no pudo descubrir la existencia de una nueva virtud, de
un nuevo vicio.
El ayuno de toda concupiscencia ¿le permitiría saborear
el halago de que un mismo fervor lo acompañara a todas partes,
con su miasma de sumisión y de podredumbre?
Precedido por una brisa que apartaba las inmundicias del camino, las
poblaciones atónitas lo vieron pasar cargado de aburrimiento y
de parásitos.
Su presencia maduraba las mieses. La sola imposición de sus
manos hacía renacer la virilidad y su mirada infundía en
las prostitutas una ternura agreste de codorniz.
¡Cuántas veces su palabra cayó sobre la multitud
con la mansedumbre con que la lluvia tranquiliza el oleaje!
Sobre la calva un resplandor fosforescente y millares de abejas
alojadas en la pelambre de su pecho, aparecía al mismo tiempo en
lugares distintos, con un desgano cada vez más consciente de la
inutilidad de cuanto existe.
Su perfección había llegado a repugnarle tanto como el
baño o como el caviar. Ya no sentía ninguna voluptuosidad
en paladear la siesta y los remansos encarnado en un yacaré. Ya
no le procuraba el menor alivio que los leprosos lo esperaran para
acariciarle la sombra, ni que las estrellas dejasen de temblar, ante el
tamaño de su ternura y de su barba.
Una tarde, en el recodo de un camino, decidió inmovilizarse para
toda la eternidad.
En vano los peregrinos acudieron, de todas partes, con sus oraciones y
sus ofrendas. En vano se extremaron, ante su indiferencia, los ritos de
la cábala y de la mortificación. Ni las penitencias ni
las cosquillas consiguieron arrancarle tan siquiera un bostezo, y en
medio del espanto se comprobó que mientras el verdín le
cubría las extremidades y el pudor, su cuerpo se iba
transformando, poco a poco, en una de esas piedras que se acuestan en
los caminos para empollar gusanos y humedad.
735
Oliverio Girondo
Exigió Que Sus Esclavos Le Escupieran La Frente
15
Exigió que sus esclavos le escupieran la frente, y colgado de
las patas de una cigüeña, abandonó sus costumbres y
sus cofres de sándalo.
¿Sabía que las esencias dejan un amargor en la garganta?
¿Sabía que el ascetismo puebla la soledad de mujeres
desnudas y que toda sabiduría ha de humillarse ante el mecanismo
de un mosquito?
Durante su permanencia en el desierto, su ombligo consiguió
trasuntar buena parte del universo. Allí, las arañas que
llevan una cruz sobre la espalda lo preservaron de los súcubos
extrachatos. Allí intimó con los fantasmas que recorren
en zancos la eternidad y con los cactus que tienen idiosincrasias de
espantapájaro, pero aunque tuvo coloquios con el Diablo y con el
Señor, no pudo descubrir la existencia de una nueva virtud, de
un nuevo vicio.
El ayuno de toda concupiscencia ¿le permitiría saborear
el halago de que un mismo fervor lo acompañara a todas partes,
con su miasma de sumisión y de podredumbre?
Precedido por una brisa que apartaba las inmundicias del camino, las
poblaciones atónitas lo vieron pasar cargado de aburrimiento y
de parásitos.
Su presencia maduraba las mieses. La sola imposición de sus
manos hacía renacer la virilidad y su mirada infundía en
las prostitutas una ternura agreste de codorniz.
¡Cuántas veces su palabra cayó sobre la multitud
con la mansedumbre con que la lluvia tranquiliza el oleaje!
Sobre la calva un resplandor fosforescente y millares de abejas
alojadas en la pelambre de su pecho, aparecía al mismo tiempo en
lugares distintos, con un desgano cada vez más consciente de la
inutilidad de cuanto existe.
Su perfección había llegado a repugnarle tanto como el
baño o como el caviar. Ya no sentía ninguna voluptuosidad
en paladear la siesta y los remansos encarnado en un yacaré. Ya
no le procuraba el menor alivio que los leprosos lo esperaran para
acariciarle la sombra, ni que las estrellas dejasen de temblar, ante el
tamaño de su ternura y de su barba.
Una tarde, en el recodo de un camino, decidió inmovilizarse para
toda la eternidad.
En vano los peregrinos acudieron, de todas partes, con sus oraciones y
sus ofrendas. En vano se extremaron, ante su indiferencia, los ritos de
la cábala y de la mortificación. Ni las penitencias ni
las cosquillas consiguieron arrancarle tan siquiera un bostezo, y en
medio del espanto se comprobó que mientras el verdín le
cubría las extremidades y el pudor, su cuerpo se iba
transformando, poco a poco, en una de esas piedras que se acuestan en
los caminos para empollar gusanos y humedad.
Exigió que sus esclavos le escupieran la frente, y colgado de
las patas de una cigüeña, abandonó sus costumbres y
sus cofres de sándalo.
¿Sabía que las esencias dejan un amargor en la garganta?
¿Sabía que el ascetismo puebla la soledad de mujeres
desnudas y que toda sabiduría ha de humillarse ante el mecanismo
de un mosquito?
Durante su permanencia en el desierto, su ombligo consiguió
trasuntar buena parte del universo. Allí, las arañas que
llevan una cruz sobre la espalda lo preservaron de los súcubos
extrachatos. Allí intimó con los fantasmas que recorren
en zancos la eternidad y con los cactus que tienen idiosincrasias de
espantapájaro, pero aunque tuvo coloquios con el Diablo y con el
Señor, no pudo descubrir la existencia de una nueva virtud, de
un nuevo vicio.
El ayuno de toda concupiscencia ¿le permitiría saborear
el halago de que un mismo fervor lo acompañara a todas partes,
con su miasma de sumisión y de podredumbre?
Precedido por una brisa que apartaba las inmundicias del camino, las
poblaciones atónitas lo vieron pasar cargado de aburrimiento y
de parásitos.
Su presencia maduraba las mieses. La sola imposición de sus
manos hacía renacer la virilidad y su mirada infundía en
las prostitutas una ternura agreste de codorniz.
¡Cuántas veces su palabra cayó sobre la multitud
con la mansedumbre con que la lluvia tranquiliza el oleaje!
Sobre la calva un resplandor fosforescente y millares de abejas
alojadas en la pelambre de su pecho, aparecía al mismo tiempo en
lugares distintos, con un desgano cada vez más consciente de la
inutilidad de cuanto existe.
Su perfección había llegado a repugnarle tanto como el
baño o como el caviar. Ya no sentía ninguna voluptuosidad
en paladear la siesta y los remansos encarnado en un yacaré. Ya
no le procuraba el menor alivio que los leprosos lo esperaran para
acariciarle la sombra, ni que las estrellas dejasen de temblar, ante el
tamaño de su ternura y de su barba.
Una tarde, en el recodo de un camino, decidió inmovilizarse para
toda la eternidad.
En vano los peregrinos acudieron, de todas partes, con sus oraciones y
sus ofrendas. En vano se extremaron, ante su indiferencia, los ritos de
la cábala y de la mortificación. Ni las penitencias ni
las cosquillas consiguieron arrancarle tan siquiera un bostezo, y en
medio del espanto se comprobó que mientras el verdín le
cubría las extremidades y el pudor, su cuerpo se iba
transformando, poco a poco, en una de esas piedras que se acuestan en
los caminos para empollar gusanos y humedad.
735
Oliverio Girondo
Hay Días En Que Yo No Soy Más Que Una Patada
13
Hay días en que yo no soy más que una patada,
únicamente una patada. ¿Pasa una motocicleta?
¡Gol!... en la ventana de un quinto piso. ¿Se detiene una
calva?... Allá va por el aire hasta ensartarse en algún
pararrayos. ¿Un automóvil frena al llegar a una esquina?
Instalado de una sola patada en alguna buhardilla.
¡Al traste con los frascos de las farmacias, con los artefactos
de luz eléctrica, con los números de las puertas de calle!
Cuando comienzo a dar patadas, es inútil que quiera contenerme.
Necesito derrumbar las cornisas, los mingitorios, los tranvías.
Necesito entrar —¡a patadas!— en los escaparates y sacar
—¡a patadas!— todos los maniquíes a la calle. No logro
tranquilizarme, estar contento, hasta que, no destruyo las obras de
salubridad, los edificios públicos. Nada me satisface tanto como
hacer estallar, de una patada, los gasómetros y los arcos
voltaicos. Preferiría morir antes que renunciar a que los
faroles describan una trayectoria de cohete y caigan, patas arriba,
entre los brazos de los árboles.
A patadas con el cuerpo de bomberos, con las flores artificiales, con
el bicarbonato. A patadas con los depósitos de agua, con las
mujeres preñadas, con los tubos de ensayo.
Familias disueltas de una sola patada; cooperativas de consumo,
fábricas de calzado; gente que no ha podido asegurarse, que ni
siquiera tuvo tiempo de cambiarle el agua a las aceitunas... a los
pececillos de color...
Hay días en que yo no soy más que una patada,
únicamente una patada. ¿Pasa una motocicleta?
¡Gol!... en la ventana de un quinto piso. ¿Se detiene una
calva?... Allá va por el aire hasta ensartarse en algún
pararrayos. ¿Un automóvil frena al llegar a una esquina?
Instalado de una sola patada en alguna buhardilla.
¡Al traste con los frascos de las farmacias, con los artefactos
de luz eléctrica, con los números de las puertas de calle!
Cuando comienzo a dar patadas, es inútil que quiera contenerme.
Necesito derrumbar las cornisas, los mingitorios, los tranvías.
Necesito entrar —¡a patadas!— en los escaparates y sacar
—¡a patadas!— todos los maniquíes a la calle. No logro
tranquilizarme, estar contento, hasta que, no destruyo las obras de
salubridad, los edificios públicos. Nada me satisface tanto como
hacer estallar, de una patada, los gasómetros y los arcos
voltaicos. Preferiría morir antes que renunciar a que los
faroles describan una trayectoria de cohete y caigan, patas arriba,
entre los brazos de los árboles.
A patadas con el cuerpo de bomberos, con las flores artificiales, con
el bicarbonato. A patadas con los depósitos de agua, con las
mujeres preñadas, con los tubos de ensayo.
Familias disueltas de una sola patada; cooperativas de consumo,
fábricas de calzado; gente que no ha podido asegurarse, que ni
siquiera tuvo tiempo de cambiarle el agua a las aceitunas... a los
pececillos de color...
798
Oliverio Girondo
Hay Días En Que Yo No Soy Más Que Una Patada
13
Hay días en que yo no soy más que una patada,
únicamente una patada. ¿Pasa una motocicleta?
¡Gol!... en la ventana de un quinto piso. ¿Se detiene una
calva?... Allá va por el aire hasta ensartarse en algún
pararrayos. ¿Un automóvil frena al llegar a una esquina?
Instalado de una sola patada en alguna buhardilla.
¡Al traste con los frascos de las farmacias, con los artefactos
de luz eléctrica, con los números de las puertas de calle!
Cuando comienzo a dar patadas, es inútil que quiera contenerme.
Necesito derrumbar las cornisas, los mingitorios, los tranvías.
Necesito entrar —¡a patadas!— en los escaparates y sacar
—¡a patadas!— todos los maniquíes a la calle. No logro
tranquilizarme, estar contento, hasta que, no destruyo las obras de
salubridad, los edificios públicos. Nada me satisface tanto como
hacer estallar, de una patada, los gasómetros y los arcos
voltaicos. Preferiría morir antes que renunciar a que los
faroles describan una trayectoria de cohete y caigan, patas arriba,
entre los brazos de los árboles.
A patadas con el cuerpo de bomberos, con las flores artificiales, con
el bicarbonato. A patadas con los depósitos de agua, con las
mujeres preñadas, con los tubos de ensayo.
Familias disueltas de una sola patada; cooperativas de consumo,
fábricas de calzado; gente que no ha podido asegurarse, que ni
siquiera tuvo tiempo de cambiarle el agua a las aceitunas... a los
pececillos de color...
Hay días en que yo no soy más que una patada,
únicamente una patada. ¿Pasa una motocicleta?
¡Gol!... en la ventana de un quinto piso. ¿Se detiene una
calva?... Allá va por el aire hasta ensartarse en algún
pararrayos. ¿Un automóvil frena al llegar a una esquina?
Instalado de una sola patada en alguna buhardilla.
¡Al traste con los frascos de las farmacias, con los artefactos
de luz eléctrica, con los números de las puertas de calle!
Cuando comienzo a dar patadas, es inútil que quiera contenerme.
Necesito derrumbar las cornisas, los mingitorios, los tranvías.
Necesito entrar —¡a patadas!— en los escaparates y sacar
—¡a patadas!— todos los maniquíes a la calle. No logro
tranquilizarme, estar contento, hasta que, no destruyo las obras de
salubridad, los edificios públicos. Nada me satisface tanto como
hacer estallar, de una patada, los gasómetros y los arcos
voltaicos. Preferiría morir antes que renunciar a que los
faroles describan una trayectoria de cohete y caigan, patas arriba,
entre los brazos de los árboles.
A patadas con el cuerpo de bomberos, con las flores artificiales, con
el bicarbonato. A patadas con los depósitos de agua, con las
mujeres preñadas, con los tubos de ensayo.
Familias disueltas de una sola patada; cooperativas de consumo,
fábricas de calzado; gente que no ha podido asegurarse, que ni
siquiera tuvo tiempo de cambiarle el agua a las aceitunas... a los
pececillos de color...
798
Oliverio Girondo
Hay Días En Que Yo No Soy Más Que Una Patada
13
Hay días en que yo no soy más que una patada,
únicamente una patada. ¿Pasa una motocicleta?
¡Gol!... en la ventana de un quinto piso. ¿Se detiene una
calva?... Allá va por el aire hasta ensartarse en algún
pararrayos. ¿Un automóvil frena al llegar a una esquina?
Instalado de una sola patada en alguna buhardilla.
¡Al traste con los frascos de las farmacias, con los artefactos
de luz eléctrica, con los números de las puertas de calle!
Cuando comienzo a dar patadas, es inútil que quiera contenerme.
Necesito derrumbar las cornisas, los mingitorios, los tranvías.
Necesito entrar —¡a patadas!— en los escaparates y sacar
—¡a patadas!— todos los maniquíes a la calle. No logro
tranquilizarme, estar contento, hasta que, no destruyo las obras de
salubridad, los edificios públicos. Nada me satisface tanto como
hacer estallar, de una patada, los gasómetros y los arcos
voltaicos. Preferiría morir antes que renunciar a que los
faroles describan una trayectoria de cohete y caigan, patas arriba,
entre los brazos de los árboles.
A patadas con el cuerpo de bomberos, con las flores artificiales, con
el bicarbonato. A patadas con los depósitos de agua, con las
mujeres preñadas, con los tubos de ensayo.
Familias disueltas de una sola patada; cooperativas de consumo,
fábricas de calzado; gente que no ha podido asegurarse, que ni
siquiera tuvo tiempo de cambiarle el agua a las aceitunas... a los
pececillos de color...
Hay días en que yo no soy más que una patada,
únicamente una patada. ¿Pasa una motocicleta?
¡Gol!... en la ventana de un quinto piso. ¿Se detiene una
calva?... Allá va por el aire hasta ensartarse en algún
pararrayos. ¿Un automóvil frena al llegar a una esquina?
Instalado de una sola patada en alguna buhardilla.
¡Al traste con los frascos de las farmacias, con los artefactos
de luz eléctrica, con los números de las puertas de calle!
Cuando comienzo a dar patadas, es inútil que quiera contenerme.
Necesito derrumbar las cornisas, los mingitorios, los tranvías.
Necesito entrar —¡a patadas!— en los escaparates y sacar
—¡a patadas!— todos los maniquíes a la calle. No logro
tranquilizarme, estar contento, hasta que, no destruyo las obras de
salubridad, los edificios públicos. Nada me satisface tanto como
hacer estallar, de una patada, los gasómetros y los arcos
voltaicos. Preferiría morir antes que renunciar a que los
faroles describan una trayectoria de cohete y caigan, patas arriba,
entre los brazos de los árboles.
A patadas con el cuerpo de bomberos, con las flores artificiales, con
el bicarbonato. A patadas con los depósitos de agua, con las
mujeres preñadas, con los tubos de ensayo.
Familias disueltas de una sola patada; cooperativas de consumo,
fábricas de calzado; gente que no ha podido asegurarse, que ni
siquiera tuvo tiempo de cambiarle el agua a las aceitunas... a los
pececillos de color...
798
Oliverio Girondo
Mi Abuela -que No Era Tuerta- Me Decía
14
Mi abuela —que no era tuerta— me decía:
«Las mujeres cuestan demasiado trabajo o no valen la pena.
¡Puebla tu sueño con las que te gusten y serán
tuyas mientras descansas!
»No te limpies los dientes, por lo menos, con los sexos usados. Rehuye,
dentro de lo posible, las enfermedades venéreas, pero si alguna
vez necesitas optar entre un premio a la virtud y la sífilis, no
trepides un solo instante: ¡El mercurio es mucho menos pesado que
la abstinencia!
»Cuando unas nalgas te sonrían, no se lo confíes ni a los
gatos. Recuerda que nunca encontrarás un sitio mejor donde meter
la lengua que tu propio bolsillo, y que vale más un sexo en la
mano que cien volando».
Pero a mi abuela le gustaba contradecirse, y después de pedirme
que le buscase los anteojos que tenía sobre la frente, agregaba
con voz de daguerrotipo:
«La vida —te lo digo por experiencia— es un largo embrutecimiento. Ya
ves en el estado y en el estilo en que se encuentra tu pobre abuela.
¡Si no fuese por la esperanza de ver un poco mejor después
de muerta!...
»La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las
pupilas. Poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario, y
aunque los mosquitos vuelen tocando la corneta, carecemos del coraje de
llamarlos arcángeles. Cuando una tía nos lleva de visita,
saludamos a todo el mundo, pero tenemos vergüenza de estrecharle
la mano al señor gato, y más tarde, al sentir deseos de
viajar, tomamos un boleto en una agencia de vapores, en vez de
metamorfosear una silla en transatlántico.
»Por eso —aunque me creas completamente chocha— nunca me cansaré
de repetirte que no debes renunciar ni a tu derecho de renunciar. El
dolor de muelas, las estadísticas municipales, la
utilización del aserrín, de la viruta y otros
desperdicios, pueden proporcionarnos una satisfacción
insospechada. Abre los brazos y no te niegues al clarinete, ni a las
faltas de ortografía. Confecciónate una nueva virginidad
cada cinco minutos y escucha estos consejos como si te los diera una
moldura, pues aunque la experiencia sea una enfermedad que ofrece tan
poco peligro de contagio, no debes exponerte a que te influencie ni tan
siquiera tu propia sombra.
»¡La imitación ha prostituido hasta a los alfileres de
corbata!»
Mi abuela —que no era tuerta— me decía:
«Las mujeres cuestan demasiado trabajo o no valen la pena.
¡Puebla tu sueño con las que te gusten y serán
tuyas mientras descansas!
»No te limpies los dientes, por lo menos, con los sexos usados. Rehuye,
dentro de lo posible, las enfermedades venéreas, pero si alguna
vez necesitas optar entre un premio a la virtud y la sífilis, no
trepides un solo instante: ¡El mercurio es mucho menos pesado que
la abstinencia!
»Cuando unas nalgas te sonrían, no se lo confíes ni a los
gatos. Recuerda que nunca encontrarás un sitio mejor donde meter
la lengua que tu propio bolsillo, y que vale más un sexo en la
mano que cien volando».
Pero a mi abuela le gustaba contradecirse, y después de pedirme
que le buscase los anteojos que tenía sobre la frente, agregaba
con voz de daguerrotipo:
«La vida —te lo digo por experiencia— es un largo embrutecimiento. Ya
ves en el estado y en el estilo en que se encuentra tu pobre abuela.
¡Si no fuese por la esperanza de ver un poco mejor después
de muerta!...
»La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las
pupilas. Poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario, y
aunque los mosquitos vuelen tocando la corneta, carecemos del coraje de
llamarlos arcángeles. Cuando una tía nos lleva de visita,
saludamos a todo el mundo, pero tenemos vergüenza de estrecharle
la mano al señor gato, y más tarde, al sentir deseos de
viajar, tomamos un boleto en una agencia de vapores, en vez de
metamorfosear una silla en transatlántico.
»Por eso —aunque me creas completamente chocha— nunca me cansaré
de repetirte que no debes renunciar ni a tu derecho de renunciar. El
dolor de muelas, las estadísticas municipales, la
utilización del aserrín, de la viruta y otros
desperdicios, pueden proporcionarnos una satisfacción
insospechada. Abre los brazos y no te niegues al clarinete, ni a las
faltas de ortografía. Confecciónate una nueva virginidad
cada cinco minutos y escucha estos consejos como si te los diera una
moldura, pues aunque la experiencia sea una enfermedad que ofrece tan
poco peligro de contagio, no debes exponerte a que te influencie ni tan
siquiera tu propia sombra.
»¡La imitación ha prostituido hasta a los alfileres de
corbata!»
810
Oliverio Girondo
Se Miran, Se Presienten, Se Desean
12
Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehúyen, se evaden y se entregan.
Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehúyen, se evaden y se entregan.
769
Oliverio Girondo
Si Hubiera Sospechado Lo Que Se Oye Después De Muerto
11
Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me
suicido.
Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los
últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad,
empiezan las discusiones y las escenas de familia.
¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué
carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que
es bien morir!
Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe
conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas
que se producen a cada instante.
Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de
al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un
estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la
tumba de enfrente.
Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a
gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su
existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus
mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos
instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre
nosotros todos los habitantes del cementerio.
De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas
irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos
atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que
nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.
Aunque parezca mentira —esas humillaciones— ese continuo estruendo
resulta mil veces preferible a los momentos de calma y de silencio.
Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad de
síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el
vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una asperosidad
a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio
hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez
más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que
se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica,
choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con
todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya se va a extinguir,
y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de
nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el
sueño para siempre.
¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde
no se puede vivir!
Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me
suicido.
Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los
últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad,
empiezan las discusiones y las escenas de familia.
¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué
carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que
es bien morir!
Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe
conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas
que se producen a cada instante.
Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de
al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un
estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la
tumba de enfrente.
Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a
gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su
existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus
mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos
instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre
nosotros todos los habitantes del cementerio.
De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas
irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos
atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que
nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.
Aunque parezca mentira —esas humillaciones— ese continuo estruendo
resulta mil veces preferible a los momentos de calma y de silencio.
Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad de
síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el
vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una asperosidad
a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio
hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez
más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que
se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica,
choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con
todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya se va a extinguir,
y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de
nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el
sueño para siempre.
¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde
no se puede vivir!
905
Oliverio Girondo
Si Hubiera Sospechado Lo Que Se Oye Después De Muerto
11
Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me
suicido.
Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los
últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad,
empiezan las discusiones y las escenas de familia.
¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué
carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que
es bien morir!
Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe
conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas
que se producen a cada instante.
Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de
al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un
estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la
tumba de enfrente.
Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a
gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su
existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus
mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos
instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre
nosotros todos los habitantes del cementerio.
De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas
irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos
atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que
nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.
Aunque parezca mentira —esas humillaciones— ese continuo estruendo
resulta mil veces preferible a los momentos de calma y de silencio.
Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad de
síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el
vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una asperosidad
a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio
hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez
más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que
se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica,
choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con
todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya se va a extinguir,
y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de
nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el
sueño para siempre.
¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde
no se puede vivir!
Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me
suicido.
Apenas se desvanece la musiquita que nos echó a perder los
últimos momentos y cerramos los ojos para dormir la eternidad,
empiezan las discusiones y las escenas de familia.
¡Qué desconocimiento de las formas! ¡Qué
carencia absoluta de compostura! ¡Qué ignorancia de lo que
es bien morir!
Ni un conventillo de calabreses malcasados, en plena catástrofe
conyugal, daría una noción aproximada de las bataholas
que se producen a cada instante.
Mientras algún vecino patalea dentro de su cajón, los de
al lado se insultan como carreros, y al mismo tiempo que resuena un
estruendo a mudanza, se oyen las carcajadas de los que habitan en la
tumba de enfrente.
Cualquier cadáver se considera con el derecho de manifestar a
gritos los deseos que había logrado reprimir durante toda su
existencia de ciudadano, y no contento con enterarnos de sus
mezquindades, de sus infamias, a los cinco minutos de hallarnos
instalados en nuestro nicho, nos interioriza de lo que opinan sobre
nosotros todos los habitantes del cementerio.
De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas
irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos
atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que
nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.
Aunque parezca mentira —esas humillaciones— ese continuo estruendo
resulta mil veces preferible a los momentos de calma y de silencio.
Por lo común, éstos sobrevienen con una brusquedad de
síncope. De pronto, sin el menor indicio, caemos en el
vacío. Imposible asirse a alguna cosa, encontrar una asperosidad
a que aferrarse. La caída no tiene término. El silencio
hace sonar su diapasón. La atmósfera se rarifica cada vez
más, y el menor ruidito: una uña, un cartílago que
se cae, la falange de un dedo que se desprende, retumba, se amplifica,
choca y rebota en los obstáculos que encuentra, se amalgama con
todos los ecos que persisten; y cuando parece que ya se va a extinguir,
y cerramos los ojos despacito para que no se oiga ni el roce de
nuestros párpados, resuena un nuevo ruido que nos espanta el
sueño para siempre.
¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde
no se puede vivir!
905
Oliverio Girondo
¿resultará Más Práctico Dotarse Dé Una Epidermis
10
¿Resultará más práctico dotarse dé
una epidermis de verruga que adquirir una psicología de colmillo
cariado?
Aunque ya han transcurrido muchos años, lo recuerdo
perfectamente. Acababa de formularme esta pregunta, cuando un
tranvía me susurró al pasar: “¡En la vida hay que
sublimarlo todo... no hay que dejar nada sin sublimar!”
Difícilmente otra revelación me hubiese encandilado con
más violencia: fue como si me enfocaran, de pronto, todos los
reflectores de la escuadra británica. Recién me iluminaba
tanta sabiduría, cuando empecé a sublimar, cuando ya lo
sublimaba todo, con un entusiasmo de rematador... de rematador sublime,
se sobreentiende.
Desde entonces la vida tiene un significado distinto para mí. Lo
que antes me resultaba grotesco o deleznable, ahora me parece sublime.
Lo que hasta ese momento me producía hastío o
repugnancia, ahora me precipita en un colapso de felicidad que me hace
encontrar sublime lo que sea: de los escarbadientes a los giros
postales, del adulterio al escorbuto.
¡Ah, la beatitud de vivir en plena sublimidad, y el contento de
comprobar que uno mismo es un peatón afrodisíaco, lleno
de fuerza, de vitalidad, de seducción; lleno de sentimientos
incandescentes, lleno de sexos indeformables; de todos los calibres, de
todas las especies: sexos con música, sin desfallecimientos, de
percusión! Bípedo implume, pero barbado con una barba
electrocutante, indescifrable. ¡Ciudadano genial
—¡muchísimo más genial que ciudadano!— con ideas
embudo, ametralladoras, cascabel; con ideas que disponen de todos los
vehículos existentes, desde la intuición a los zancos!
¡Mamón que usufructúa de un temperamento devastador
y reconstituyente, capaz de enamorarse al infrarrojo, de soldar
vínculos autógenos de una sola mirada, de dejar encinta
una gruesa de colegialas con el dedo meñique!...
¡Pensar que antes de sublimarlo todo, sentía
ímpetus de suicidarme ante cualquier espejo y que me ha bastado
encarar las cosas en sublime, para reconocerme dueño de millares
de señoras etéreas, que revolotean y se posan sobre
cualquier cornisa, con el propósito de darme docenas y docenas
de hijos, de catorce metros de estatura; grandes bebés machos y
rubicundos, con una cantidad de costillas mucho mayor que la
reglamentaria, a pesar de tener hermanas gemelas y
afrodisíacas!...
Que otros practiquen —si les divierte— idiosincrasias de felpudo. Que
otros tengan para las cosas una sonrisa de serrucho, una mirada de
charol.
Yo he optado, definitivamente, por lo sublime y sé, por
experiencia propia, que en la vida no hay más solución
que la de sublimar, que la de mirarlo y resolverlo todo, desde el punto
de vista de la sublimidad.
¿Resultará más práctico dotarse dé
una epidermis de verruga que adquirir una psicología de colmillo
cariado?
Aunque ya han transcurrido muchos años, lo recuerdo
perfectamente. Acababa de formularme esta pregunta, cuando un
tranvía me susurró al pasar: “¡En la vida hay que
sublimarlo todo... no hay que dejar nada sin sublimar!”
Difícilmente otra revelación me hubiese encandilado con
más violencia: fue como si me enfocaran, de pronto, todos los
reflectores de la escuadra británica. Recién me iluminaba
tanta sabiduría, cuando empecé a sublimar, cuando ya lo
sublimaba todo, con un entusiasmo de rematador... de rematador sublime,
se sobreentiende.
Desde entonces la vida tiene un significado distinto para mí. Lo
que antes me resultaba grotesco o deleznable, ahora me parece sublime.
Lo que hasta ese momento me producía hastío o
repugnancia, ahora me precipita en un colapso de felicidad que me hace
encontrar sublime lo que sea: de los escarbadientes a los giros
postales, del adulterio al escorbuto.
¡Ah, la beatitud de vivir en plena sublimidad, y el contento de
comprobar que uno mismo es un peatón afrodisíaco, lleno
de fuerza, de vitalidad, de seducción; lleno de sentimientos
incandescentes, lleno de sexos indeformables; de todos los calibres, de
todas las especies: sexos con música, sin desfallecimientos, de
percusión! Bípedo implume, pero barbado con una barba
electrocutante, indescifrable. ¡Ciudadano genial
—¡muchísimo más genial que ciudadano!— con ideas
embudo, ametralladoras, cascabel; con ideas que disponen de todos los
vehículos existentes, desde la intuición a los zancos!
¡Mamón que usufructúa de un temperamento devastador
y reconstituyente, capaz de enamorarse al infrarrojo, de soldar
vínculos autógenos de una sola mirada, de dejar encinta
una gruesa de colegialas con el dedo meñique!...
¡Pensar que antes de sublimarlo todo, sentía
ímpetus de suicidarme ante cualquier espejo y que me ha bastado
encarar las cosas en sublime, para reconocerme dueño de millares
de señoras etéreas, que revolotean y se posan sobre
cualquier cornisa, con el propósito de darme docenas y docenas
de hijos, de catorce metros de estatura; grandes bebés machos y
rubicundos, con una cantidad de costillas mucho mayor que la
reglamentaria, a pesar de tener hermanas gemelas y
afrodisíacas!...
Que otros practiquen —si les divierte— idiosincrasias de felpudo. Que
otros tengan para las cosas una sonrisa de serrucho, una mirada de
charol.
Yo he optado, definitivamente, por lo sublime y sé, por
experiencia propia, que en la vida no hay más solución
que la de sublimar, que la de mirarlo y resolverlo todo, desde el punto
de vista de la sublimidad.
678
Oliverio Girondo
¿nos Olvidamos, A Veces, De Nuestra Sombra
9
¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra
sombra nos abandona de vez en cuando?
Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas
lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin
embargo han pasado las horas, las semanas enteras, sin que notemos su
presencia.
Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco.
Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de
nuestro paraguas, la mitad de una circunferencia. ¿Pensamos en
alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria,
un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra
en todas partes y en ninguna, hasta que,de repente advertimos un
estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene,
nos encontramos con nuestra sombra.
¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin
habernos dado cuenta de su existencia? ¿La habremos extraviado
al doblar una esquina, al atravesar una multitud? ¿O fue ella
quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la
calle?
La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que
nos preocupe la contestación a esas preguntas.
Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos
cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la
satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra
casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen
insuficientes.
Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna
clase de vehículo. En vez de subir las escaleras, tomamos el
ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al
circular de un cuarto a otro, evitamos que se lastime en las aristas de
los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si
fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma
toda la noche a nuestro lado.
¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra
sombra nos abandona de vez en cuando?
Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas
lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin
embargo han pasado las horas, las semanas enteras, sin que notemos su
presencia.
Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco.
Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de
nuestro paraguas, la mitad de una circunferencia. ¿Pensamos en
alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria,
un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra
en todas partes y en ninguna, hasta que,de repente advertimos un
estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene,
nos encontramos con nuestra sombra.
¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin
habernos dado cuenta de su existencia? ¿La habremos extraviado
al doblar una esquina, al atravesar una multitud? ¿O fue ella
quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la
calle?
La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que
nos preocupe la contestación a esas preguntas.
Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos
cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la
satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra
casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen
insuficientes.
Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna
clase de vehículo. En vez de subir las escaleras, tomamos el
ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al
circular de un cuarto a otro, evitamos que se lastime en las aristas de
los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si
fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma
toda la noche a nuestro lado.
786
Oliverio Girondo
¿nos Olvidamos, A Veces, De Nuestra Sombra
9
¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra
sombra nos abandona de vez en cuando?
Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas
lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin
embargo han pasado las horas, las semanas enteras, sin que notemos su
presencia.
Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco.
Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de
nuestro paraguas, la mitad de una circunferencia. ¿Pensamos en
alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria,
un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra
en todas partes y en ninguna, hasta que,de repente advertimos un
estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene,
nos encontramos con nuestra sombra.
¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin
habernos dado cuenta de su existencia? ¿La habremos extraviado
al doblar una esquina, al atravesar una multitud? ¿O fue ella
quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la
calle?
La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que
nos preocupe la contestación a esas preguntas.
Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos
cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la
satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra
casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen
insuficientes.
Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna
clase de vehículo. En vez de subir las escaleras, tomamos el
ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al
circular de un cuarto a otro, evitamos que se lastime en las aristas de
los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si
fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma
toda la noche a nuestro lado.
¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra
sombra nos abandona de vez en cuando?
Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas
lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin
embargo han pasado las horas, las semanas enteras, sin que notemos su
presencia.
Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco.
Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de
nuestro paraguas, la mitad de una circunferencia. ¿Pensamos en
alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria,
un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra
en todas partes y en ninguna, hasta que,de repente advertimos un
estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene,
nos encontramos con nuestra sombra.
¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin
habernos dado cuenta de su existencia? ¿La habremos extraviado
al doblar una esquina, al atravesar una multitud? ¿O fue ella
quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la
calle?
La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que
nos preocupe la contestación a esas preguntas.
Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos
cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la
satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra
casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen
insuficientes.
Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna
clase de vehículo. En vez de subir las escaleras, tomamos el
ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al
circular de un cuarto a otro, evitamos que se lastime en las aristas de
los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si
fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma
toda la noche a nuestro lado.
786
Oliverio Girondo
¡todo Era Amor Amor! No Había Nada Más Que Amor
7
¡Todo era amor... amor! No había nada más que amor.
En todas partes se encontraba amor. No se podía hablar
más que de amor.
Amor pasado por agua, a la vainilla, amor al portador, amor a plazos.
Amor analizable, analizado. Amor ultramarino. Amor ecuestre.
Amor de cartón piedra, amor con leche... lleno de prevenciones,
de preventivos; lleno de cortocircuitos, de cortapisas.
Amor con una gran M, con una M mayúscula, chorreado de merengue,
cubierto de flores blancas...
Amor espermatozoico, esperantista. Amor desinfectado, amor untuoso...
Amor con sus accesorios, con sus repuestos; con sus faltas de
puntualidad, de ortografía; con sus interrupciones
cardíacas y telefónicas.
Amor que incendia el corazón de los orangutanes, de los
bomberos. Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas, que
arranca los botones de los botines, que se alimenta de encelo y de
ensalada.
Amor impostergable y amor impuesto. Amor, incandescente —y amor
incauto.
Amor indeformable. Amor desnudo. Amor-amor que es, simplemente, amor.
Amor y amor... ¡y nada más que amor!
¡Todo era amor... amor! No había nada más que amor.
En todas partes se encontraba amor. No se podía hablar
más que de amor.
Amor pasado por agua, a la vainilla, amor al portador, amor a plazos.
Amor analizable, analizado. Amor ultramarino. Amor ecuestre.
Amor de cartón piedra, amor con leche... lleno de prevenciones,
de preventivos; lleno de cortocircuitos, de cortapisas.
Amor con una gran M, con una M mayúscula, chorreado de merengue,
cubierto de flores blancas...
Amor espermatozoico, esperantista. Amor desinfectado, amor untuoso...
Amor con sus accesorios, con sus repuestos; con sus faltas de
puntualidad, de ortografía; con sus interrupciones
cardíacas y telefónicas.
Amor que incendia el corazón de los orangutanes, de los
bomberos. Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas, que
arranca los botones de los botines, que se alimenta de encelo y de
ensalada.
Amor impostergable y amor impuesto. Amor, incandescente —y amor
incauto.
Amor indeformable. Amor desnudo. Amor-amor que es, simplemente, amor.
Amor y amor... ¡y nada más que amor!
564
Oliverio Girondo
¡todo Era Amor Amor! No Había Nada Más Que Amor
7
¡Todo era amor... amor! No había nada más que amor.
En todas partes se encontraba amor. No se podía hablar
más que de amor.
Amor pasado por agua, a la vainilla, amor al portador, amor a plazos.
Amor analizable, analizado. Amor ultramarino. Amor ecuestre.
Amor de cartón piedra, amor con leche... lleno de prevenciones,
de preventivos; lleno de cortocircuitos, de cortapisas.
Amor con una gran M, con una M mayúscula, chorreado de merengue,
cubierto de flores blancas...
Amor espermatozoico, esperantista. Amor desinfectado, amor untuoso...
Amor con sus accesorios, con sus repuestos; con sus faltas de
puntualidad, de ortografía; con sus interrupciones
cardíacas y telefónicas.
Amor que incendia el corazón de los orangutanes, de los
bomberos. Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas, que
arranca los botones de los botines, que se alimenta de encelo y de
ensalada.
Amor impostergable y amor impuesto. Amor, incandescente —y amor
incauto.
Amor indeformable. Amor desnudo. Amor-amor que es, simplemente, amor.
Amor y amor... ¡y nada más que amor!
¡Todo era amor... amor! No había nada más que amor.
En todas partes se encontraba amor. No se podía hablar
más que de amor.
Amor pasado por agua, a la vainilla, amor al portador, amor a plazos.
Amor analizable, analizado. Amor ultramarino. Amor ecuestre.
Amor de cartón piedra, amor con leche... lleno de prevenciones,
de preventivos; lleno de cortocircuitos, de cortapisas.
Amor con una gran M, con una M mayúscula, chorreado de merengue,
cubierto de flores blancas...
Amor espermatozoico, esperantista. Amor desinfectado, amor untuoso...
Amor con sus accesorios, con sus repuestos; con sus faltas de
puntualidad, de ortografía; con sus interrupciones
cardíacas y telefónicas.
Amor que incendia el corazón de los orangutanes, de los
bomberos. Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas, que
arranca los botones de los botines, que se alimenta de encelo y de
ensalada.
Amor impostergable y amor impuesto. Amor, incandescente —y amor
incauto.
Amor indeformable. Amor desnudo. Amor-amor que es, simplemente, amor.
Amor y amor... ¡y nada más que amor!
564
Oliverio Girondo
Yo No Tengo Una Personalidad; Yo Soy Un Cocktail, Un Conglomerado
8
Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una
manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis
anímica en estado crónico de erupción; no pasa
media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que
me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica
de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en
el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso!
¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta
con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto—
todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a
un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique,
por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de
realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una
locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo,
para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su
existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues
más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un
egoísmo... de una falta de tacto...
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires
de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción,
se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por
las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie,
discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que
tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una
pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los
gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace
reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra,
proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien
aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad,
ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la
abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta
la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me
levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se
realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se
entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor
determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades,
antes de cometer el acto más insignificante necesito poner
tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier
cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer
con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de
mandarlas a todas juntas a la mierda.
Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una
manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis
anímica en estado crónico de erupción; no pasa
media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que
me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica
de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en
el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso!
¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta
con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto—
todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a
un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique,
por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de
realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una
locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo,
para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su
existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues
más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un
egoísmo... de una falta de tacto...
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires
de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción,
se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por
las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie,
discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que
tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una
pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los
gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace
reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra,
proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien
aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad,
ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la
abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta
la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me
levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se
realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se
entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor
determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades,
antes de cometer el acto más insignificante necesito poner
tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier
cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer
con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de
mandarlas a todas juntas a la mierda.
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