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Poemas en este tema

Vida y Existencia

Julio Herrera y Reissig

Julio Herrera y Reissig

Canto De Los Meses

Aramís ordena que los danzarines
Cuenten sus historias. (Comienza el andante;
Gimen los oboes, lloran los violines.
«Rabelais se ríe de un cuento picante»).

(Cien pajes anuncian: «Monsieur Sagitario,
Madame Virgo y Taurus con un unicornio;
Géminis y Cáncer, Piscis, Leo, Acuario,
Escorpión y Aries, Libra y Capricornio»).

Un pueblo de estrellas sus brillos expande;
La orquesta derrama torrentes de notas.
(Entran Quasimodo, Federico el Grande,
Y el rey Pulgarcillo con sus grandes botas).

Canta el Rey Enero de circuncisiones,
De pascuas alegres, de reyes, de heraldos.
(Llueve blancos lirios, felicitaciones;
Confites, muñecos, ramos y aguinaldos).

Liliput envía castañas de nieve,
Gulliver regala cartuchos de enanos;
El gorro de Enero golosinas llueve,
(Se besan las bocas, se juntan las manos).

Febrero el alegre canta y payasea
Canciones borrachas, ebrias cavatinas.
(Arlequín solloza, Clown carnavalea;
Mil pierrots se abrazan con sus colombinas).

Entra el Rey de Kioto con frac de adúcar.
Baco está dormido y un bufón lo roba;
Cenicienta muerde sus botas de azúcar;
(Napoleón es Jockey de un palo de escoba).

Se anuncian Tom-Pouce. Montados en cebras,
Entran saludando Narciso y Pepino.
(Llueve cascabeles, diablos y culebras,
Botellas, harinas y affiches de vino).

Marzo, Rey de Ayuno, canta la plegaria
De todas las témporas, hambres y abstinencias.
(Se ven: una ermita triste y solitaria,
Fray en la garita de las penitencias).

Entra el Rey Otoño, de gris adornado,
Muy pálido y triste. (Llueve agua bendita);
El Otoño quiere llorar un pecado,
Y habla con el fraile que está en la garita.

«Cortaos el verde cabello» —le dice
El fraile al oído fingiendo congojas.
(Mueren Julia, Elena, Flora, Cleo y Bice)
Los árboles llueven su lluvia de hojas.

Los árboles lloran su calvicie blanca;
El Otoño llora; (llueve agua bendita).
El Coiffeur aéreo las hojas arranca.
(Llora la campana de la triste ermita).

Abril, el sagrado Rey de los olivos,
Canta el Evangelio de las buenas almas,
(Lucen en el ara los corderos vivos;
Se agitan pañuelos, túnicas y palmas).

Abril, el sagrado Rey de los Calvarios,
Canta de suplicios y llagas divinas;
(Los frailes rezongan Patres y rosarios,
Y llueve vinagre, sudores y espinas).

Abril, el sagrado Rey de los rituales,
Entona maitines de notas opacas;
(De pronto anochecen los claros vidriales,
Se apagan los lirios, ladran las matracas).

El Rey Abril canta de Resurrecciones,
De la alegre danza de los incensarios;
(Las misas cantadas gritan sus canciones,
Y laten los pechos de los Campanarios).

El Rey Abril canta su alegría suma,
Llamando a los fieles para sus convites;
(Las campanas bailan, el incienso fuma:
Llueve cera, cohetes, flores y confites).

Mayo, el caminante de la buena ruta,
Canta los rastrillos, la sierra y el zoclo.
(San José fabrica trenzas de viruta;
San Isidro peina sus barbas de choclo).

Junio, Rey de estufas, canta los rondeles
Que hacen cuando bailan, los raudos patines,
(Entra el rey Invierno, vestido de pieles,
Con blanco paraguas y blancos botines).

Junio, el Rey más blanco de los doce Meses,
Canta el aleluya de los reyes místicos:
(Llueven lenguas rojas los Pentecosteses;
Corpus Christi llueve panes eucarísticos).

Junio, el Rey más blanco, blanco néctar bebe;
Bebe blanca nieve; nieva blanca harina;
Toma blancas hostias; llueve leve nieve;
Canta las nevadas de la fe divina

El monarca Julio canta las concordias
De las caridades y visitaciones.
(San Vicente llora sus misericordias,
Y la Virgen llora sus revelaciones).

Agosto, el furioso Rey de turbulencias,
Canta la sonata de los huracanes.
(Los ángeles juegan a las indulgencias:
Santa Rosa llora llanto de volcanes).

El joven Setiembre trina las canciones
Que hablan de bohemias, flores y zagalas;
Que hablan de los bailes de los corazones,
Y los cuchicheos de las colegialas.

Setiembre, el mimado de las reinas rosas,
Echa en su casaca mágicos olores;
(Llora el Arco Iris flores, mariposas.
Ríe Primavera, ríen los amores).

Ríen los amores, ríe Primavera;
(Llueve mariposas, flores peregrinas)
Los amores ríen en su real litera
Llevada por hadas y por golondrinas.

Octubre, el Rey dandy, canta de las blondas
Que en el aire dejan dulce de fragancia.
Del beso que ritman las formas redondas
Que atesoran opios y magias de Francia.

Noviembre se signa y hace funerales,
Y responsos mudos, de mudos misterios:
Noviembre es el mudo de los carnavales,
De los carnavales de los cementerios.

Noviembre, el Rey Negro del ceño fruncido,
Canta los lamentos de una viuda alouette;
A todos los santos les hace un cumplido,
cuando no lo espía Madame Squelette.

Noviembre a quien aman las negras Gorgonas,
Es Rey de cipreses y de golondrinas.
(Las bellas floristas le labran coronas;
Los sepultureros le piden propinas).

Diciembre, el rey Fauno, canta barcarolas
Que elogian los raptos de blancas primicias,
Que hacen en la playa las lúbricas olas
Babeadas de besos y suaves caricias.

Diciembre el ardiente canta el ritornelo
De blancas Kermesses y fiestas del río
(Llueve brin, zaraza, sudores y hielo.
Vestido de rojo penetra el Estío).

Diciembre el ardiente sus pasiones narra,
Y habla de indiscretos, suaves esperezos.
(Pulsa su bordona la inquieta cigarra,
Y el grillo armoniza collares de rezos).

Diciembre, el alegre Rey de nacimientos,
Habla de pesebres, bueyes y cayados
(Los abuelos cuentan sus más lindos cuentos,
Y llueve pan dulce, castañas y helados).

Alegres saludos y aplausos corteses
Vibran en los aires. (Una bella hazaña
Cuenta un duque. Ríen, amables, los Meses
Haciéndole gracias al noble Champaña).

Resuenan los Coros:

«Amemos al viejo Patriarca
que todo lo abarca;
Su pálida frente es un mapa confuso;
La abultan montañas de hueso
Que forman lo raro, lo inmenso, lo espeso,
De todos los siglos del tiempo difuso».
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José María de Heredia

José María de Heredia

Oda Al Cometa De 1825 Que El Autor Supone Ser El Mismo Que Apareció En 1811

Planeta de terror, monstruo del cielo,
errante masa de perennes llamas
que iluminas e inflamas
los desiertos del Éter en tu vuelo;
¿Qué universo lejano
al sistema solar ora te envía?
¿Te lanza del Señor, la airada mano
a que destruyas en tu curso insano
del mundo la armonía?

¿Cuál es tu origen, astro pavoroso?
El sabio laborioso
para seguirte se fatiga en vano,
y más allá del invisible Urano
ve abismarse tu carro misterioso;
¿El influjo del sol allá te alcanza,
o una funesta rebelión te lanza
a ilimitada y férvida carrera?
Bandido inaquietable de la esfera,
¿Ningún sistema habitas,
y tan cerca del sol te precipitas
para insultar su majestad severa?

Huye su luz, y teme que indignado
a su vasta atracción ceder te ordene,
y entre Jove y Saturno te encadene,
de tu brillante ropa despojado.
Mas si tu curso con furor completas,
y le hiere tu disco de diamante,
arrojarás triunfante
al sistema solar nuevos planetas.
Astro de luz, yo te amo. Cuando mira
tu faz el vulgo con asombro y miedo,
yo, al contemplarte ledo,
elévome al Criador: mi mente admira
su alta grandeza, y tímida le adora.
y no tan solo ahora
en mi alma dejas impresión profunda:
ya de la noche en el brillante velo,
de mi niñez en los ardientes días,
a mi agitada mente parecías
un volcán en el cielo.

El ángel silencioso
que ora inocente dirección te inspira,
se armará del Señor con la palabra
cuando del libro del destino se abra
la página sangrienta de su ira.
¡Entonces furibundo
chocarás con los astros, que lanzados
volarán de sus órbitas, hundidos
en el éter profundo,
y escombros abrasados
de mundos destruidos
llevarán el terror a otro sistema!...
Tente, Musa: respeta el velo obscuro
con que de Dios la majestad suprema,
envuelve la región de lo futuro:
tú, cometa fugaz, ardiente vuela,
y a millones de mundos ignorados
al Hacedor magnífico revela.
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José María de Heredia

José María de Heredia

Oda A La Noche

Reina la noche: con silencio grave
gira los sueños en el aire vano;
cándida, pura, el silencioso llano
viste la luna de su luz suave.
¡Hora de paz!... Aquí, do a nadie miro,
en esta cumbre, alzado,
heme, Señor, del mundo abandonado.

¡Cómo embelesa la quietud augusta
de la natura, a la sensible alma
que oye su voz, y en deleitosa calma
de esta mansión y su silencio gusta!
Grato silencio, que interrumpe el río
distante murmurando,
o en las hojas el viento susurrando.

Ya de la noche con el fresco ambiente
gira en lánguidas alas el reposo,
que vela fiel bajo del cielo umbroso
y huye la luz del sol resplandeciente.
Invisible con él y misterioso
en llano y montes yace
el bello horror, que contristando place.

¡Cómo en el alma estática se imprime
el delicioso y triste pensamiento!
¡Cómo el cuadro feliz que miro atento
es a par melancólico y sublime!
¡Ah! su paz de la música prefiero
al eco poderoso
con que se anima el baile bullicioso.

Allí en salón soberbio, por do quiera
terso cristal duplica los semblantes:
de oro vestida y perlas y diamantes
hermosura gentil danza ligera,
y con sus gracias y afectado hechizo
de mil adoradores
lleva tras sí los votos y loores.

¡Admirable es aquesto! Yo algún día,
de la simple niñez salido apenas,
en los bailes magníficos y cenas
de mi amor al objeto perseguía;
y atesoré con mágica ventura
de la Joven amada
un suspiro fugaz, una mirada.

Mas ya por los pesares abatido,
y a languidez y enfermedad ligado,
muy más me place que salón dorado
Este llano en la noche oscurecido;
a la brillante danza prefiriendo
el meditar tranquilo
bajo este cielo, en inocente asilo.

¡Ah! bríllenme por siempre las estrellas
en un cielo tan puro como ahora,
y a la alta mano de mi ser Autora
puédame yo elevar, viéndola en ellas.
A ti, Dios de los cielos, en la noche
alzo en humilde canto
la dolorosa voz de mi quebranto.

Te saludo también, amiga luna:
siempre tierno te amé, reina del cielo:
siempre fuiste mi hechizo, mi consuelo,
en la adversa y la próspera fortuna.
Tú sabes cuantas veces anhelando
gozar tu compañía,
maldije el brillo del ardiente día.

Asentado tal vez a las orillas
del mar, cuyo cristal te retrataba
en cavilar dulcísimo pasaba
las leves horas en que leda brillas;
y recordando mi nublada gloria,
miré tu faz serena
y en tierno llanto desahogué mi pena.

¡Mas ay! el pecho con dolor palpita,
herido ya de consunción tirana,
y cual tú al esplendor de la mañana,
palidece mi rostro y se marchita.
Cuando caiga por fin, inunde al menos
esa luz calma y pura
de tu amigo la humilde sepultura...

...Mas, ¿qué canto suavísimo resuena
del inmediato bosque en la espesura?
Es tu voz, ruiseñor, que de ternura
en dulce soledad mi pecho llena.
Siempre te amé, porque debiste al cielo
genio triste y sombrío,
tierno y agreste, como el genio mío.

Perezca el que a tu nido te arrebata,
y porque gimas gusta de oprimirte:
¿Por qué no viene como yo a seguirte
del bosque espeso entre la sombra grata?
Salta libre y feliz de ramo en ramo
en torno de tu nido,
que a nadie quiero esclavo ni oprimido.

Noche, antigua deidad, que el caos profundo
produjo antes que al sol, y al sol postrero
has de sobrevivir, cuando severo
el brazo del Señor trastorne el mundo;
óyeme: tú serás mientras me dure
este soplo de vida
celebrada por mí, de mi querida.

Antes del primer tiempo, sepultada
del caos en el vértice yacías:
inspirada tal vez ya preveías
a tu beldad la gloria destinada;
y ociosa, triste, en el sombroso velo
tu frente rebozabas,
y en el futuro imperio meditabas.

A la voz del Criador, del Océano
reina saliste, el cetro levantando,
de estrellas coronada, desplegando
el manto rico por el éter vano;
y al mundo silencioso deleitaba
en tu frente severa
de la alma luna la argentada esfera.

¡Cuántas altas verdades he aprendido
en tu solemne horror, sublime diosa!
En el silencio de la selva umbrosa
¡Cuántas inspiraciones te he debido!
En ti miro al Criador, y arrebatado
de fervoroso anhelo,
pulso mi lira y me levanto al cielo.

¡Salve, gran diosa! en tu apacible seno
déjame consolar y recrearme:
tu bálsamo feliz puede aliviarme
el triste pecho de dolores lleno.
¡Noche, de los poetas y almas tiernas
dulce, piadosa amiga,
en blanda paz convierte mi fatiga!
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José María de Heredia

José María de Heredia

En Una Tempestad Oda Al Huracán

Huracán, huracán, venir te siento
y en tu soplo abrasado
respiro entusiasmado
del Señor de los aires el aliento.

En las alas del viento suspendido
vedle rodar por el espacio inmenso,
silencioso, tremendo, irresistible
en su curso veloz. La tierra en calma
siniestra, misteriosa,
contempla con pavor su faz terrible.
¿Al toro no miráis? El suelo escarba
de insoportable ardor sus pies heridos,
la frente poderosa levantando,
y en la hinchada nariz fuego aspirando
llama la tempestad con sus bramidos!
¡Qué nubes! ¡qué furor! El sol
temblando
vela en triste vapor su faz gloriosa,
y su disco nublado solo vierte
luz fúnebre y sombría,
que no es noche ni día
¡pavoroso color, velos de muerte!
Los pajarillos tiemblan y se esconden
al acercarse el huracán bramando,
y en los lejanos montes retumbando
le oyen los bosques, y a su voz responden.

Llega ya... ¿No le veis? ¡Cuál
desenvuelve
su manto aterrador y majestuoso!...
¡Gigante de los aires, te saludo!...
En fiera confusión el viento agita
las orlas de tu parda vestidura...
¡Ved!... en el horizonte
los brazos rapidísimos enarca,
y con ellos abarca
cuanto alcanzo a mirar de monte a monte.

¡Oscuridad universal!... ¡Su soplo
levanta en torbellinos
el polvo de los campos agitados!...
En las nubes retumba despeñado
el carro del Señor, y de sus ruedas
brota el rayo veloz, se precipita,
hiere y aterra al suelo,
y su lívida luz inunda el cielo.

¿Qué rumor? ¿Es la lluvia?... Desatada
cae a torrentes, oscurece el mundo,
y todo es confusión, horror profundo.
Cielo, nubes, colinas, caro bosque,
¿Do estáis?... Os busco en vano:
desparecisteis... La tormenta umbría
en los aires revuelve un Océano
que todo lo sepulta...
Al fin, mundo fatal, nos se paramos:
el huracán y yo solos estamos.

¡Sublime tempestad! cómo en tu seno
de tu solemne inspiración henchido,
el mundo vil y miserable olvido
y alzo la frente, de delicia lleno!
¿Do está el alma cobarde
que teme tu rugir?... Yo en ti me elevo
al trono del Señor: oigo en las nubes
el eco de su voz: siento a la tierra
escucharle y temblar. Ferviente lloro
desciende por mis pálidas mejillas,
y su alta majestad trémulo adoro.
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José María de Heredia

José María de Heredia

Himno Al Sol, Escrito En El Océano

En los yermos del mar, donde habitas,
Alza ¡oh Musa! tu voz elocuente:
lo infinito circunda tu frente,
lo infinito sostiene tus pies.
Ven: al bronco rugir de las ondas
une acento tan fiero y sublime,
que mi pecho entibiado reanime,
y mi frente ilumine, otra vez.

Las estrellas en torno se apagan,
se colora de rosa el Oriente,
y la sombra se acoge a Occidente,
y a las nubes lejanas del Sur:
y del Este en el vago horizonte,
que confuso mostrábase y denso,
se alza pórtico espléndido, inmenso
de oro, púrpura, fuego y azur.

¡Vedle ya!... Cuál gigante imperioso
alza el Sol su cabeza encendida...
¡Salve, padre de luz y de vida,
centro eterno de fuerza y calor!
¡Cómo lucen las olas serenas
de tu ardiente fulgor inundadas!
¡Cuál sonriendo las velas doradas
tu venida saludan, oh Sol!

De la vida eres padre: tu fuego
poderoso renueva este mundo:
aun del mar el abismo profundo
mueve, agita, serena tu ardor.

Al brillar la feliz primavera
dulce vida recobran los pechos,
y en dichosa ternura deshechos
reconocen la magia de amor.

Tuyas son las llanuras: tu fuego
de verdura las viste y de flores,
y sus brisas y blandos olores
feudo son a tu noble poder.

Aun el mar te obedece: sus campos
abandona huracán inclemente,
cuando en ellos reluce tu frente
y la calma se mira volver.

Tuyas son las montañas altivas
que saludan tu brillo primero,
y en la tarde tu rayo postrero
las corona de bello fulgor.

Tuyas son las cavernas profundas,
de la tierra insondable tesoro,
y en su seno el diamante y el oro
reconcentra tu plácido ardor.

Aun la mente obedece tu imperio,
y al poeta tus rayos animan;
su entusiasmo celeste subliman,
y te ciñen eterno laurel.

Cuando el éter dominas, y al mundo
con calor vivificas intenso,
que a mi seno desciendes yo pienso,
y alto Numen despiertas en él.

¡Sol! Mis votos humildes y puros
de tu luz en las alas envía
al Autor de tu vida y la mía,
al Señor de los cielos y el mar.

Calma eterna do quiera respira,
y velado en tu fuego le adoro:
si yo mismo, ¡mezquino! me ignoro,
¿cómo puedo su esencia explicar?
A su inmensa grandeza me humillo,
sé que vive, que reina y me ama,
y su aliento divino me inflama
de justicia y virtud en amor.

¡Ah! si acaso pudieron un día
vacilar de mi fe los cimientos,
fue al mirar sus altares sangrientos
circundados por crimen y error.
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José María de Heredia

José María de Heredia

Al Salto De Niágara Oda

Templad mi lira, dádmela, que siento
en mi alma estremecida y agitada
arder la inspiración. ¡Oh! ¡Cuánto tiempo
en tinieblas pasó, sin que mi frente
brillase con su luz!... Niágara undoso,
tu sublime terror solo podría
tornarme el don divino, que ensañada
me robó del dolor la mano impía.

Torrente prodigioso, calma, calla
tu trueno aterrador: disipa un tanto
las tinieblas que en torno te circundan,
déjame contemplar tu faz serena,
y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
Yo digno soy de contemplarte: siempre
la común y mezquino desdeñando,
ansié por lo terrífico y sublime.
Al despeñarse el huracán furioso,
al retumbar sobre mi frente el rayo,
palpitando gocé: vi al Océano
azotado por austro proceloso,
combatir mi bajel, y ante mis plantas
vórtice hirviente abrir, y amé el peligro.
Mas del mar la fiereza
en mi alma no produjo
la profunda impresión que tu grandeza.

Sereno, corres, majestuoso; y luego
en ásperos peñascos quebrantado,
te abalanzas violento y arrebatado,
como el destino irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría
de la Sirte rugiente
la aterradora faz? El alma mía
en vago pensamiento se confunde
al mirar esa férvida corriente,
que en vano quiere la turbada vista
en su vuelo seguir al borde oscuro
del precipicio altísimo: mil olas
cual pensamiento rápidas pasando,
chocan y se enfurecen,
y otras mil y otras mil ya las alcanzan
y entre espuma y fragor desaparecen.

¡Ved! ¡llegan, saltan! El abismo horrendo
devora los torrentes, despeñados:
crúzanse en él mil iris, y asomados
vuelven los bosques al fragor tremendo.
En las rígidas peñas
rómpese el agua: vaporosa nube
con elástica fuerza
llena el abismo en torbellino, sube,
gira en torno, y al éter
luminosa pirámide levanta,
y por sobre los montes que le cercan
al solitario cazador espanta.

Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
con inútil afán? ¿Por qué no miro
alrededor de tu caverna inmensa
las palmas ¡ay! las palmas deliciosas
que en las llanuras de mi ardiente Patria
nacen del sol a la sonrisa y crecen,
y al soplo de las brisas del Océano
bajo un cielo purísimo se mecen?

Este recuerdo a mi pesar me viene...
Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
ni otra corona que el aqueste pino
a tu terrible majestad conviene.
La palma, y mirto, y delicada Rosa,
muelle placer inspiran, y ocio blando
en frívolo jardín a ti la suerte
guardó más digno objeto, más sublime
el alma libre, generosa, fuerte
viene, te ve, se asombra,
el mezquino deleite menosprecia,
y aun se siente elevar cuando te nombra.

¡Omnipotente Dios! En otros climas
oí monstruos execrables
blasfemando tu nombre sacrosanto,
sembrar error y fanatismo impío,
los campos inundar en sangre y llanto,
de hermanos atizar la infanda guerra,
y desolar frenéticos la tierra.
Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
en grave indignación. Por otra parte
vi mentidos filósofos que osaban
escrutar tus misterios, ultrajarte,
y de impiedad al lamentable abismo
a los míseros hombres arrastraban.
Por eso te buscó mi débil mente
en la sublime soledad: ahora
entera se abre a ti; tu mano siente
en esta inmensidad que me circunda,
y tu profunda voz hiere mi seno
de este raudal en el eterno trueno.

¡Asombroso torrente!
¡Cómo, tu vista el ánimo enajena,
y de terror y admiración me llena!
¿Do tu origen está? ¿Quién
fertiliza
por tantos siglos tu inexhausta fuente?
¿Qué poderosa mano
hace que al recibirte
no rebose en la tierra el Océano?

Abrió el Señor su mano omnipotente;
cubrió tu faz de nubes agitadas,
dio su voz a tus aguas despeñadas,
y ornó con su arco tu terrible frente.
¡Ciego, profundo, infatigable corres,
como el torrente obscuro de los siglos
en insondable eternidad!... ¡Al hombre
huyen así las ilusiones gratas,
los florecientes días,
y despierta al dolor! —¡Ay! agostada
yace mi juventud; mi faz marchita,
y la profunda pena que me agita
ruga mi frente de dolor nublada.

Nunca tanto sentí como este día
mi soledad y mísero abandono
y lamentable desamor... ¿Podría
en edad borrascosa
sin amor ser feliz? ¡Oh! si una hermosa
mi cariño fijase,
y de este abismo al borde turbulento
mi vago pensamiento
y ardiente admiración acompañase!
¡Cómo gozara, viéndola cubrirse
de leve palidez, y ser más bella
en su dulce terror, y sonreírse
al sostenerla mis amantes brazos!...
¡Delirios de virtud!... ¡Ay! desterrado,
sin patria, sin amores,
solo miro ante mí llanto y dolores.

¡Niágara poderoso!
¡A Dios! ¡A Dios! dentro de pocos años
ya devorado habrá la tumba fría
a tu débil cantor. ¡Duren mis versos
cual tu gloria inmortal! ¡Pueda piadoso
viéndote algún viajero,
dar un suspiro a la memoria mía!
y al abismarse Febo en occidente
feliz yo vuele do el Señor me llama,
y al escuchar los ecos de mi fama
alce en las nubes la radiosa frente.
613
José María de Heredia

José María de Heredia

A Lola En Sus Días Oda

Vuelve a mis brazos, deliciosa Lira,
en que de la beldad y los amores
el hechizo canté. Sobrado tiempo
de angustias y dolores
el eco flébil fuera
mi quebrantada voz. ¿Cómo pudiera
no calmar mi agonía
este brillante día
que a Lola vio nacer? ¡Cuán deleitosa
despunta en oriente la luz pura
del natal de una hermosa!
Naciste, Lola, y Cuba
al contemplar en ti su bello adorno
aplaudió tu nacer. Tu dulce cuna
meció festivo amor: tu blanda risa
nació bajo su beso: complacido
la recibió, y en inefable encanto
y sin igual dulzura
tus labios inundó: tu lindo talle
de gallarda hermosura
Venus ornó con ceñidor divino,
y, tal vez envidiosa, contemplaba
tu celestial figura.

Nace bárbaro
caudillo,
que con frenética guerra
debe desolar la tierra,
y gime la humanidad.

Naciste, Lola, y el mundo
celebró tu
nacimiento,
y embelesado y contento
adoró amor tu beldad.

Feliz aquel a quien afable miras
que en tu hablar se embebece, y a tu lado
admira con tu talle delicado
a viva luz de tus benignos ojos.
¡Venturoso mortal! ¡en cuanta envidia
mi corazón enciendes!... Lola hermosa,
¿quién tanta beldad y a tantas gracias
pudiera resistir, ni qué alma fría
con la expresión divina de tus ojos
no se inflama de amor? El alma mía
se abrasó a tu mirar... Eres más bella
que la rosa lozana,
del Zéfiro mecida
al primer esplendor de la mañana.

Si en un tiempo más bello y felice
tantas gracias hubiera mirado,
¡Ah! tú fueras objeto adorado
de mi fina y ardiente pasión.

Mas la torpe doblez, la falsía,
que mi pecho sensible rasgaron,
en su ciego furor me robaron
del placer la dichosa ilusión.

¡Ángel consolador! Tu beldad sola
el bárbaro rigor de mis pesares
a mitigar alcanza,
y en tus ojos divinos
bebo rayos de luz y de esperanza.
Conviértelos a mí siempre serenos,
abra tus labios plácida sonrisa,
y embriágame de amor!... Acepta grata
por tu ventura mis ardientes votos.
¡Ah! tú serás feliz: ¿cómo pudiera
sumir el cielo en aflicción y luto
tanta y tanta beldad? Si despiadado
el feroz infortunio te oprimiere,
¡ay! ¡no lo mire yo! Baje a la tumba
sin mirarte infeliz; o bien reciba
los golpes de la suerte,
y de ellos quedes libre, y generoso
si eres dichosa tú, seré dichoso.

Me oyes, Lola, placentera,
llena de fuerza y de vida...
¡Ay! mi juventud florida
el dolor marchita ya.

Cuando la muerte me hiera,
y torne tu día sereno
acuérdate de Fileno,
di su nombre suspirando,
y en torno de ti volando
mi sombra se gozará.
488
José Hierro

José Hierro

Réquiem

Manuel del Río, natural
de España, ha fallecido el sábado
11 de mayo, a consecuencia
de un accidente. Su cadáver
está tendido en D'Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
a las 9,30 en St. Francis.
Es una historia que comienza
con sol y piedra, y que termina
sobre una mesa, en D'Agostino,
con flores y cirios eléctricos.
Es una historia que comienza
en una orilla del Atlántico.
Continúa en un camarote
de tercera, sobre las olas
—sobre las nubes— de las tierras
sumergidas ante Poseidón.
Halla en América su término
con una grúa y una clínica,
con una esquela y una misa
cantada, en la iglesia de St. Francis.

Al fin y al cabo, cualquier sitio
da lo mismo para morir:
el que se aroma de romero,
el tallado en piedra o en nieve,
el empapado de petróleo.
Da lo mismo que un cuerpo se haga
piedra, petróleo, nieve, aroma.
Lo doloroso no es morir
acá o allá...

Requiem aeternam,
Manuel del Río. Sobre el mármol
en D'Agostino, pastan toros
de España, Manuel, y las flores
(funeral de segunda, caja
que huele a abetos del invierno)
cuarenta dólares. Y han puesto
unas flores artificiales
entre las otras que arrancaron
al jardín... Liberanos domine
de morte aeterna... Cuando mueran
James o Jacob verán las flores
que pagaron Giulio o Manuel...
Ahora descienden a tus cumbres
garras de águila. Dies irae.
Lo doloroso no es morir
dies illa acá o allá;
sino sin gloria...

Tus abuelos
fecundaron la tierra toda,
la empaparon de la aventura.
Cuando caía un español
se mutilaba el Universo.
Los velaban no en D'Agostino
Funeral Home, sino entre hogueras,
entre caballos y armas. Héroes
para siempre. Estatuas de rostro
borrado. Vestidos aún
sus colores de papagayo,
de poder y de fantasía.
Él no ha caído así. No ha muerto
por ninguna locura hermosa.
(Hace mucho que el español
muere de anónimo y cordura,
o en locuras desgarradoras
entre hermanos: cuando acuchilla
pellejos de vino derrama
sangre fraterna). Vino un día
porque su tierra es pobre. El Mundo,
Liberanos Domine, es patria.
Y ha muerto. No fundó ciudades.
No dio su nombre a un mar. No hizo
más que morir por diecisiete
dólares (él los pensaría
en pesetas). Requiem aeternam.
Y en D'Agostino lo visitan
los polacos, los irlandeses,
los españoles, los que mueren
en el week-end.

Requiem aeternam.
Definitivamente todo
ha terminado. Su cadáver
está tendido en D'Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
por su alma.

Me he limitado
a reflejar aquí una esquela
de un periódico de New York.
Objetivamente. Sin vuelo
en el verso. Objetivamente.
Un español como millones
de españoles. No he dicho a nadie
que estuve a punto de llorar.
912
José Hierro

José Hierro

Réquiem

Manuel del Río, natural
de España, ha fallecido el sábado
11 de mayo, a consecuencia
de un accidente. Su cadáver
está tendido en D'Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
a las 9,30 en St. Francis.
Es una historia que comienza
con sol y piedra, y que termina
sobre una mesa, en D'Agostino,
con flores y cirios eléctricos.
Es una historia que comienza
en una orilla del Atlántico.
Continúa en un camarote
de tercera, sobre las olas
—sobre las nubes— de las tierras
sumergidas ante Poseidón.
Halla en América su término
con una grúa y una clínica,
con una esquela y una misa
cantada, en la iglesia de St. Francis.

Al fin y al cabo, cualquier sitio
da lo mismo para morir:
el que se aroma de romero,
el tallado en piedra o en nieve,
el empapado de petróleo.
Da lo mismo que un cuerpo se haga
piedra, petróleo, nieve, aroma.
Lo doloroso no es morir
acá o allá...

Requiem aeternam,
Manuel del Río. Sobre el mármol
en D'Agostino, pastan toros
de España, Manuel, y las flores
(funeral de segunda, caja
que huele a abetos del invierno)
cuarenta dólares. Y han puesto
unas flores artificiales
entre las otras que arrancaron
al jardín... Liberanos domine
de morte aeterna... Cuando mueran
James o Jacob verán las flores
que pagaron Giulio o Manuel...
Ahora descienden a tus cumbres
garras de águila. Dies irae.
Lo doloroso no es morir
dies illa acá o allá;
sino sin gloria...

Tus abuelos
fecundaron la tierra toda,
la empaparon de la aventura.
Cuando caía un español
se mutilaba el Universo.
Los velaban no en D'Agostino
Funeral Home, sino entre hogueras,
entre caballos y armas. Héroes
para siempre. Estatuas de rostro
borrado. Vestidos aún
sus colores de papagayo,
de poder y de fantasía.
Él no ha caído así. No ha muerto
por ninguna locura hermosa.
(Hace mucho que el español
muere de anónimo y cordura,
o en locuras desgarradoras
entre hermanos: cuando acuchilla
pellejos de vino derrama
sangre fraterna). Vino un día
porque su tierra es pobre. El Mundo,
Liberanos Domine, es patria.
Y ha muerto. No fundó ciudades.
No dio su nombre a un mar. No hizo
más que morir por diecisiete
dólares (él los pensaría
en pesetas). Requiem aeternam.
Y en D'Agostino lo visitan
los polacos, los irlandeses,
los españoles, los que mueren
en el week-end.

Requiem aeternam.
Definitivamente todo
ha terminado. Su cadáver
está tendido en D'Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
por su alma.

Me he limitado
a reflejar aquí una esquela
de un periódico de New York.
Objetivamente. Sin vuelo
en el verso. Objetivamente.
Un español como millones
de españoles. No he dicho a nadie
que estuve a punto de llorar.
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