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Poemas en este tema

Vida y Existencia

José Asunción Silva

José Asunción Silva

Filosofías

De placeres carnales el abuso,
de caricias y besos,
goza, y ama con toda tu alma, iluso;
agótate en excesos.

Y si de la avariosis te librara
la sabia profilaxia,
al llegar los cuarenta, irás sintiendo
un principio de ataxia.

De la copa que guarda los olvidos
bebe el néctar que agota:
perderás el magín y los sentidos
con la última gota.

Trabaja sin cesar, batalla, suda,
vende vida por oro:
conseguirás una dispepsia aguda
mucho antes que un tesoro.

Y tendrás ¡oh placer! de la pesada
digestión en el lance,
ante la vista ansiosa y fatigada
las cifras de un balance.

Al arte sacrifícate: ¡combina,
pule, esculpe, extrema!
¡Lucha, y en la labor que te asesina,
—lienzo, bronce o poema—

pon tu esencia, tus nervios, tu alma toda!
¡Terrible empresa vana!
pues que tu obra no estará a la moda
de pasado mañana.

No: sé creyente, fiel, toma otro giro
y la razón prosterna
a los pies del absurdo: ¡compra un giro
contra la vida eterna!

Págalo con tus goces; la fe aviva;
ora, metida, impetra;
y al morir pensarás: ¿Y si allá arriba
no me cubren la letra?

Mas si acaso el orgullo se resiste
a tanta abdicación,
si la fe ciega te parece triste,
confía en la razón.

Desprecia los placeres y, severo,
a la filosofía,
loco por encontrar lo verdadero,
consagra noche y día.

Compara religiones y sistemas
de la Biblia a Stuart Mill,
desde los escolásticos problemas
hasta lo más sutil.

De Spencer y de Wundt, y consagrado
a sondear ese abismo
lograrás este hermoso resultado:
no creer ni en ti mismo.

No pienses en la paz desconocida.
¡Mira! al fin, lo mejor
en el tumulto inmenso de la vida
es la faz interior.

Deja el estudio y los placeres; deja
la estéril lucha vana,
y, como Çakia-Muni lo aconseja
húndete en el Nirvana.

Excita del vivir los desengaños
y en soledad contigo
como un yogui senil pasa los años
mirándote el ombligo.

De la vida del siglo ponte aparte;
del placer y el amigo,
escoge para ti la mejor parte
y métete contigo.

Y cuando llegues en postrera hora
a la última morada,
sentirás una angustia matadora
de no haber hecho nada...
825
José Asunción Silva

José Asunción Silva

José Asunción Silva

José Asunción Silva

José Asunción Silva

José Asunción Silva

Día De Difuntos

La luz vaga... opaco el día,
la llovizna cae y moja
con sus hilos penetrantes la ciudad desierta y fría.
Por el aire tenebroso ignorada mano arroja
un oscuro velo opaco de letal melancolía,
y no hay nadie que, en lo íntimo, no se aquiete y se recoja
al mirar las nieblas grises de la atmósfera sombría,
y al oír en las alturas
melancólicas y oscuras
los acentos dejativos
y tristísimos e inciertos
con que suenan las campanas
¡las campanas plañideras que les hablan a los vivos
de los muertos!
¡Y hay algo angustioso e incierto
que mezcla a ese sonido su sonido,
e inarmónico vibra en el concierto
que alzan los bronces al tocar a muerto,
por todos los que han sido!
Es la voz de una campana
que va marcando la hora,
hoy lo mismo que mañana,
rítmica, igual y sonora,
una campana se queja,
y la otra campana llora,
ésa tiene voz de vieja,
ésta de niña que ora.
Las campanas más grandes, que dan un doble recio
suenan con acento de místico desprecio,
mas la campana que da la hora
ríe, no llora.
Tiene en su timbre seco sutiles ironías,
su voz parece que habla de goces, de alegrías,
de placeres, de citas, de fiestas y de bailes,
de las preocupaciones que llenan nuestros días,
es una voz del siglo entre un coro de frailes,
y con sus notas se ríe,
escéptica y burladora,
de la campana que ruega
de la campana que implora
y de cuanto aquel coro conmemora,
y es porque con su retintín
ella midió el dolor humano
y marcó del dolor el fin;
por eso se ríe del grave esquilón
que suena allá arriba con fúnebre són,
por eso interrumpe los tristes conciertos
con que el bronce santo llora por los muertos...
¡No la oigáis, oh bronces! ¡no la oigáis, campanas,
que con la voz grave de ese clamoreo,
rogáis por los seres que duermen ahora
lejos de la vida, libres del deseo,
lejos de las rudas batallas humanas!
¡Seguid en el aire vuestro bamboleo,
no la oigáis, campanas!
¿Contra lo imposible qué puede el deseo?
Allá arriba suena,
rítmica y serena,
esa voz de öro
y sin que lo impidan sus graves hermanas
que rezan en coro,
la campana del reló
suena, suena, suena ahora
y dice que ella marcó
con su vibración sonora
de los olvidos la hora,
que después de la velada,
que pasó cada difunto,
en una sala enlutada
y con la familia junto
en dolorosa actitud
mientras la luz de los cirios
alumbraba el ataúd
y las coronas de lirios,
que después de la tristura
de los gritos de dolor,
de las frases de amargura,
del llanto desgarrador,
marcó ella misma el momento
en que con la languidez
del luto huyó el pensamiento
del muerto, y el sentimiento...
seis meses más tarde o diez...
Y hoy, día de muertos, ahora que flota,
en las nieblas grises la melancolía,
en que la llovizna cae, gota a gota,
y con sus tristezas los nervios embota,
y envuelve en un manto de la ciudad sombría,
ella que ha medido la hora y el día
en que a cada casa, lúgubre y vacía
tras del luto breve volvió la alegría;
ella que ha marcado la hora del baile
en que al año justo, un vestido aéreo,
estrena la niña, cuya madre duerme
olvidada y sola, en el cementerio
suena indiferente a la voz de fraile
del esquilón grave y a su canto serio;
ella que ha medido la hora precisa,
en que a cada boca, que el dolor sellaba,
como por encanto volvió la sonrisa,
esa precursora de la carcajada,
ella que ha marcado la hora en que el viudo
habló de suicidio y pidió el arsénico
cuando aun en la alcoba, recién perfumada,
flotaba el aroma del ácido fénico
y ha marcado luego la hora en que, mudo
por las emociones con que el goce agobia,
para que lo unieran con sagrado nudo,
a la misma iglesia fue con otra novia;
¡ella no comprende nada del misterio
de aquellas quejumbres que pueblan el aire,
y lo ve en la vida todo jocoserio
y sigue marcando con el mismo modo
el mismo entusiasmo y el mismo desgaire
la huida del tiempo que lo borra todo!
Y eso es lo angustioso
y lo incierto
que flota en el sonido
ésa es la nota irónica que vibra en el concierto
que alzan los bronces al tocar a muerto.
¡Por todos los que han sido!
ésa es la voz fina y sutil,
de vibraciones de cristal,
que con acento juvenil
indiferente al bien y al mal,
mide lo mismo la hora vil,
que la sublime o la fatal
y resuena en las alturas,
melancólicas y oscuras
sin tener en su tañido
claro, rítmico y sonoro,
los acentos dejativos
y tristísimos e inciertos
de aquel misterioso coro,
con que ruegan las campanas, las campanas,
¡las campanas plañideras
que les hablan a los vivos
de los muertos!
1.116
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Vejeces

Las cosas viejas, tristes, desteñidas,
sin voz y sin color, saben secretos
de las épocas muertas, de las vidas
que ya nadie conserva en la memoria,
y a veces a los hombres, cuando inquietos
las miran y las palpan, con extrañas
voces de agonizante dicen, paso,
casi al oído, alguna rara historia
que tiene oscuridad de telarañas,
són de laúd, y suavidad de raso.

¡Colores de anticuada miniatura,
hoy, de algún mueble en el cajón, dormida;
cincelado puñal; carta borrosa,
tabla en que se deshace la pintura
por el tiempo y el polvo ennegrecida;
histórico blasón, donde se pierde
la divisa latina, presuntuosa,
medio borrada por el liquen verde;
misales de las viejas sacristías;
de otros siglos fantásticos espejos
que en el azogue de las lunas frías
guardáis de lo pasado los reflejos;
arca, en un tiempo de ducados llena,
crucifijo que tanto moribundo,
humedeció con lágrimas de pena
y besó con amor grave y profundo;
negro sillón de Córdoba; alacena
que guardaba un tesoro peregrino
y donde anida la polilla sola;
sortija que adornaste el dedo fino
de algún hidalgo de espadín y gola;
mayúsculas del viejo pergamino;
batista tenue que a vainilla hueles;
seda que te deshaces en la trama
confusa de los ricos brocateles;
arpa olvidada que al sonar, te quejas;
barrotes que formáis un monograma
incomprensible en las antiguas rejas,
el vulgo os huye, el soñador os ama
y en vuestra muda sociedad reclama
las confidencias de las cosas viejas!
El pasado perfuma los ensueños
con esencias fantásticas y añejas
y nos lleva a lugares halagüeños
en épocas distantes y mejores,
por eso a los poetas soñadores,
les son dulces, gratísimas y caras,
las crónicas, historias y consejas,
las formas, los estilos, los colores
las sugestiones místicas y raras
y los perfumes de las cosas viejas!
810
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Vejeces

Las cosas viejas, tristes, desteñidas,
sin voz y sin color, saben secretos
de las épocas muertas, de las vidas
que ya nadie conserva en la memoria,
y a veces a los hombres, cuando inquietos
las miran y las palpan, con extrañas
voces de agonizante dicen, paso,
casi al oído, alguna rara historia
que tiene oscuridad de telarañas,
són de laúd, y suavidad de raso.

¡Colores de anticuada miniatura,
hoy, de algún mueble en el cajón, dormida;
cincelado puñal; carta borrosa,
tabla en que se deshace la pintura
por el tiempo y el polvo ennegrecida;
histórico blasón, donde se pierde
la divisa latina, presuntuosa,
medio borrada por el liquen verde;
misales de las viejas sacristías;
de otros siglos fantásticos espejos
que en el azogue de las lunas frías
guardáis de lo pasado los reflejos;
arca, en un tiempo de ducados llena,
crucifijo que tanto moribundo,
humedeció con lágrimas de pena
y besó con amor grave y profundo;
negro sillón de Córdoba; alacena
que guardaba un tesoro peregrino
y donde anida la polilla sola;
sortija que adornaste el dedo fino
de algún hidalgo de espadín y gola;
mayúsculas del viejo pergamino;
batista tenue que a vainilla hueles;
seda que te deshaces en la trama
confusa de los ricos brocateles;
arpa olvidada que al sonar, te quejas;
barrotes que formáis un monograma
incomprensible en las antiguas rejas,
el vulgo os huye, el soñador os ama
y en vuestra muda sociedad reclama
las confidencias de las cosas viejas!
El pasado perfuma los ensueños
con esencias fantásticas y añejas
y nos lleva a lugares halagüeños
en épocas distantes y mejores,
por eso a los poetas soñadores,
les son dulces, gratísimas y caras,
las crónicas, historias y consejas,
las formas, los estilos, los colores
las sugestiones místicas y raras
y los perfumes de las cosas viejas!
810
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Una Noche - Nocturno Iii

Una noche
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de älas,
Una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas,
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
y tu sombra
fina y lángida
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban.
Y eran una
y eran una
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!

Esta noche
solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
por el infinito negro,
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
por la senda caminaba,
y se oían los ladridos de los perros a la luna,
a la luna pálida
y el chillido
de las ranas,
sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
¡entre las blancuras níveas
de las mortüorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
Era el frío de la nada...

Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola,
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
Y tu sombra esbelta y ágil
fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!...
1.144
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Los Maderos De San Juan

¡Aserrín!
¡Aserrán!

Los maderos de San Juan,
piden queso, piden pan,
los de Roque
alfandoque,
los de Rique
alfeñique
¡Los de triqui,
triqui, tran!

Y en las rodillas duras y firmes de la Abuela,
con movimiento rítmico se balancea el niño
y ambos agitados y trémulos están;
la abuela le sonríe con maternal cariño
mas cruza por su espíritu como un temor extraño
por lo que en lo futuro, de angustia y desengaño
los días ignorados del nieto guardarán.

Los maderos de San Juan
piden queso, piden pan.
¡Triqui, triqui,
triqui, tran!

Esas arrugas hondas recuerdan una historia
de sufrimientos largos y silenciosa angustia
y sus cabellos, blancos, como la nieve, están.
De un gran dolor el sello marcó la frente mustia
y son sus ojos turbios espejos que empañaron
los años, y que ha tiempos, las formas reflejaron
de cosas y seres que nunca volverán.

Los de Roque, alfandoque
¡Triqui, triqui, triqui, tran!

Mañana cuando duerma la Anciana, yerta y muda,
lejos del mundo vivo, bajo la oscura tierra,
donde otros, en la sombra, desde hace tiempo están,
del nieto a la memoria, con grave son que encierra
todo el poema triste de la remota infancia
cruzando por las sombras del tiempo y la distancia,
¡de aquella voz querida las notas vibrarán!

Los de Rique, alfeñique
¡Triqui, triqui, triqui, tran!

Y en tanto en las rodillas cansadas de la Abuela
con movimiento rítmico se balancea el niño
y ambos conmovidos y trémulos están,
la Abuela se sonríe con maternal cariño
mas cruza por su espíritu como un temor extraño
por lo que en lo futuro, de angustia y desengaño
los días ignorados del nieto guardarán.

¡Aserrín!
¡Aserrán!
Los maderos de San Juan
piden queso, piden pan,
los de Roque
alfandoque
los de Rique
alfeñique
¡triqui, triqui, triqui, tran!
¡triqui, triqui, triqui, tran!
1.227
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Infancia

Con el recuerdo vago de las cosas

que embellecen el tiempo y la distancia,

retornan a las almas cariñosas,

cual bandadas de blancas mariposas,

los plácidos recuerdos de la infancia.

¡Caperucita, Barba Azul, pequeños

liliputienses, Gulliver gigante

que flotáis en las brumas de los sueños,

aquí tended las alas,

que yo con alegría

llamaré para haceros compañía

al ratoncito Pérez y a Urdimalas!

¡Edad feliz! Seguir con vivos ojos

donde la idea brilla,

de la maestra la cansada mano,

sobre los grandes caracteres rojos

de la rota cartilla,

donde el esbozo de un bosquejo vago,

fruto de instantes de infantil despecho,

las separadas letras juntas puso

bajo la sombra de impasible techo.

En alas de la brisa

del luminoso Agosto, blanca, inquieta

a la región de las errantes nubes

hacer que se levante la cometa

en húmeda mañana;

con el vestido nuevo hecho jirones,

en las ramas gomosas del cerezo

el nido sorprender de copetones;

escuchar de la abuela

las sencillas historias peregrinas;

perseguir las errantes golondrinas,

abandonar la escuela

y organizar horrísona batalla

en donde hacen las piedras de metralla

y el ajado pañuelo de bandera;

componer el pesebre

de los silos del monte levantados;

tras el largo paseo bullicioso

traer la grama leve,

los corales, el musgo codiciado,

y en extraños paisajes peregrinos

y perspectivas nunca imaginadas,

hacer de áureas arenas los caminos

y del talco brillante las cascadas.

Los Reyes colocar en la colina

y colgada del techo

la estrella que sus pasos encamina,

y en el portal el Niño-Dios riente

sobre el mullido lecho

de musgo gris y verdecino helecho.

¡Alma blanca, mejillas sonrosadas,

cutis de níveo armiño,

cabellera de oro,

ojos vivos de plácidas miradas,

cuán bello hacéis al inocente niño!...

Infancia, valle ameno,

de calma y de frescura bendecida

donde es süave el rayo

del sol que abrasa el resto de la vida.

¡Cómo es de santa tu inocencia pura,

cómo tus breves dichas transitorias,

cómo es de dulce en horas de amargura

dirigir al pasado la mirada

y evocar tus memorias!

1.177
José Asunción Silva

José Asunción Silva

Infancia

Con el recuerdo vago de las cosas

que embellecen el tiempo y la distancia,

retornan a las almas cariñosas,

cual bandadas de blancas mariposas,

los plácidos recuerdos de la infancia.

¡Caperucita, Barba Azul, pequeños

liliputienses, Gulliver gigante

que flotáis en las brumas de los sueños,

aquí tended las alas,

que yo con alegría

llamaré para haceros compañía

al ratoncito Pérez y a Urdimalas!

¡Edad feliz! Seguir con vivos ojos

donde la idea brilla,

de la maestra la cansada mano,

sobre los grandes caracteres rojos

de la rota cartilla,

donde el esbozo de un bosquejo vago,

fruto de instantes de infantil despecho,

las separadas letras juntas puso

bajo la sombra de impasible techo.

En alas de la brisa

del luminoso Agosto, blanca, inquieta

a la región de las errantes nubes

hacer que se levante la cometa

en húmeda mañana;

con el vestido nuevo hecho jirones,

en las ramas gomosas del cerezo

el nido sorprender de copetones;

escuchar de la abuela

las sencillas historias peregrinas;

perseguir las errantes golondrinas,

abandonar la escuela

y organizar horrísona batalla

en donde hacen las piedras de metralla

y el ajado pañuelo de bandera;

componer el pesebre

de los silos del monte levantados;

tras el largo paseo bullicioso

traer la grama leve,

los corales, el musgo codiciado,

y en extraños paisajes peregrinos

y perspectivas nunca imaginadas,

hacer de áureas arenas los caminos

y del talco brillante las cascadas.

Los Reyes colocar en la colina

y colgada del techo

la estrella que sus pasos encamina,

y en el portal el Niño-Dios riente

sobre el mullido lecho

de musgo gris y verdecino helecho.

¡Alma blanca, mejillas sonrosadas,

cutis de níveo armiño,

cabellera de oro,

ojos vivos de plácidas miradas,

cuán bello hacéis al inocente niño!...

Infancia, valle ameno,

de calma y de frescura bendecida

donde es süave el rayo

del sol que abrasa el resto de la vida.

¡Cómo es de santa tu inocencia pura,

cómo tus breves dichas transitorias,

cómo es de dulce en horas de amargura

dirigir al pasado la mirada

y evocar tus memorias!

1.177
José Asunción Silva

José Asunción Silva

José Asunción Silva

José Asunción Silva

La Ventana

LA VENTANA


Oh temps évanouis! O splendeur éclipsées,

Oh soleils descendus derrière l'horizon!
VICTOR HUGO

Al frente de un balcón, blanco y dorado,

obra de nuestro siglo diez y nueve

hay en la estrecha calle una muy vieja

ventana colonial. Bendita rama

adorna la gran reja,

de barrotes de hierro colosales,

que tiene en lo más alto un monograma

hecho de incomprensibles iniciales.

A la lumbre postrera

del sol en occidente, ¿quién no espera,

mirar allí, sombría,

medio perdida en la rizada gola,

la cabeza severa

de algún oidor, o los oscuros ojos

de una dama española

de nacarada tez y labios rojos,

que al venir de la hermosa Andalucía

a la colonia nueva

el germen de letal melancolía

por el recuerdo de la patria lleva?

¡Pero no, ni las sombras le han quedado

de los que vio perderse en el pasado;

loca turba infantil la invade ahora,

uno ríe, otro llora;

a la palma bendita

la niña arranca retejida rama,

y mientras uno al compañero llama

con incansable afán el otro grita.

No guarda su memoria

de la ventana la vetusta historia

y sólo en ella fija

la atención el poeta,

para quien tienen una voz secreta

los líquenes grisosos

que al nacer en la estatua alabastrina,

del beso de los siglos son señales,

y a quien narran poemas misteriosos

las sombras de las viejas catedrales!

Hoy hace más de un siglo, ha muchos años,

ella escuchó la cántiga española

que tristes desengaños,

o desventuras amorosas narra

de la alta noche en la quietud serena,

acompañada en la gentil guitarra,

por noble caballero

a quien tornara con la estrofa grata

el recuerdo de alegre serenata

dada en la aristocrática Sevilla,

cabe el Guadalquivir, do en claras noches

la calada Giralda se retrata

y la luz de la luna limpia brilla.

La brisa, dulce y leve,

como las vagas formas del deseo,

llevó al pasar por los barrotes duros,

aroma de azahares y de lirios,

en las risueñas fiestas de himeneo,

juramentos de amor, santos y puros,

de mortuörios cirios

el triste olor, las plácidas historias,

conque la noble abuela

al rubio nieto adormeció en la cuna

y la oración que hacia los cielos vuela

suave como los rayos de la luna.

Inútil, allí, a solas,

ella miró pasar generaciones,

como pasan, con raudo movimiento,

sobre la playa las marinas olas

en la sombra los coros de visiones

y las aristas leves en el viento;

y ora mira la turba de los niños

de risueñas mejillas sonrosadas,

que al asomar tras de la fuerte reja

sonriente semeja

un ramo de camelias encarnadas!

¡Ay! todo pasará, —niñez risueña,

juventud sonrïente,

edad viril que en el futuro sueña,

vejez llena de afán...

...Tal vez mañana,

cuando de aquellos niños queden sólo

las ignotas y viejas sepulturas

aún tenga el mismo sitio la ventana.


Agosto 1º de 1883

864