Vida y Existencia
Evaristo Carriego
Hay Que Cuidarla Mucho, Hermana, Mucho
quince años de vida en esta casa.
¡Qué horror, hermana, cómo envejecemos,
y cómo pasa el tiempo, cómo pasa!
Llegamos niños, y ya somos hombres,
hemos visto pasar muchos inviernos
y tenemos tristeza. Nuestros nombres
no dicen ya diminutivos tiernos,
ingenuos, maternales, ya no hay esa
infantil alegría
de cuando éramos todos a la mesa:
«¡Que abuela cuente, que abuelita cuente
un cuento antes de dormir, que diga
la historia del rey indio»
Gravemente
la voz querida comenzaba:
«Siga
la abuela, siga, no se duerma!»
«¡Bueno!»
¡Ah, la casa de entonces! La modesta
casita en donde todo era sereno,
¡Nuestra casita de antes! No, no es esta
la misma. ¿Y los amigos, las triviales
ocurrencias, la gente que vivía
en el barrio las cosas habituales?
¡Ah, la vecina enferma que leía
su novela de amor! ¿Qué se habrá hecho
de la vecina pensativa y triste
que sufría del pecho?
¡Era de linda! Tú la conociste,
¿No te acuerdas, hermana?
Ella leía siempre una novela
sentada a una ventana.
Nosotros la mirábamos. Y abuela
la miraba también. ¡Pobre! Quién sabe
qué la afligía. A veces ocultaba
el bello rostro, de expresión muy suave,
entre sus blancas manos, y lloraba.
¡Cómo ha ido cambiando todo, hermana,
tan despaciosamente! Cómo ha ido
cambiando todo ¿Qué se irá mañana
de lo que todavía no se ha ido?
Ya no la abuela nos dirá su cuento.
La abuela se ha dormido, se ha callado:
la abuela interrumpió por un momento
muy largo el cuento amado.
Aquellas risas límpidas y claras
se han vuelto graves poco a poco, aquellas
risas que no se habrán de oír. Las caras
tienen sombras de tiempo en tiempo, huellas
de pesares antiguos, de pesares
que aunque se saben ocultar existen.
En las nocturnas charlas familiares
hay silencios de plomo que persisten
hoscos, malos. En torno de la mesa
faltan algunas sillas. Las miradas
fijas en ellas, como con sorpresa,
evocan dulces cosas esfumadas:
rostros llenos de paz, un tanto inciertos
pero nunca olvidados. ¿Y los otros?,
Nos preguntamos muchas veces. Muertos
o ausentes, ya no están: sólo nosotros
quedamos por aquellos que se han ido,
y aunque la casa nos parezca extraña,
fría, como sin sol, aún el nido
guarda calor: mamá nos acompaña.
Resignada, quizá, sin un reproche
para la suerte ingrata, va olvidando,
pero, de cuando en cuando, por la noche,
la sorprendo llorando:
«¿Qué tiene, madre? ¿Qué es lo que le
apena?
¿No se lo dirá a su hijo al hijo viejo?
¡Vamos, madre, no llore, sea buena,
no nos aflija más! ¡Basta!» ¡Y la dejo
calmada, libre al fin de la amargura
de su congoja atroz, y así se duerme!
¡Húmedas las pupilas de ternura!
¡Ah, Dios no quiera que se nos enferme!
Es mi preocupación ¡Dios no lo quiera!
Es mi eterno temor. ¡Vieras! No puedo
explicártelo. Sí ella se nos fuera
¿Qué haríamos nosotros? Tengo miedo
de pensarlo. Me admiro
de cómo ha encanecido su cabeza
en estos meses últimos: la miro,
la veo vieja y siento una tristeza
tan grande ¿Esa aprensión nada te anuncia
hermana? Tú tampoco estás tranquila:
tu perdida alegría te denuncia
También tu corazón bueno vigila.
Yo no sé, pero creo que me falta
algo cuando no escucho
su voz. Una inquietud vaga me asalta
Hay que cuidarla mucho, hermana, mucho.
Evaristo Carriego
¡por El Corazón!
¿Será más rica que el melón?
Esta primer tajada es mía:
para ti, prima, el corazón.
Ya salió la otra ¡No digo!
Ayer fue lo mismo ¡Es gracioso!
Comenzó a llorar por el higo
que le arrebatara el mocoso
del hermano. ¿Más? ¡Enseguida!
¿Volvemos? ¡Pues no se figura
que hay que brindarle cuanto pida:
caramba con la criatura!
¡Linda se ha puesto! ¡Sí, señor!,
Se ha puesto lo más regalona
¡No quiere sino lo mejor,
como si tuviese corona!
Y, por cualquier cosa no deja
en paz a nadie: se levanta,
y ya oímos alguna queja
de la señorita. ¡La santa!
La culpa la tiene abuelita.
¡Es natural! ¡La mima tanto!,
Cuidado con retarla ¡Hijita!,
No sé quién puede con tu llanto.
¡Está de mal acostumbrada!
En cuanto la miran se enoja.
¿Negarle algo a ella? ¡No es nada!
¡Claro, hace lo que se le antoja!
La pavota se muerde un dedo
de rabia. ¡Cómo patalea!
¡Y pone una cara! ¡Da miedo!
¡Ay Jesús, qué cara tan fea!
Fea, sí, fea como un susto.
¿Hasta cuándo con esos gritos?
¡Si lo decíamos de gusto!
Bueno, basta de pucheritos
¡Qué zonza! ¡Si será inocente!
¡Derrama cada lagrimón!
¡Llorar de ese modo! ¡Valiente!
¡Y todo por el corazón!
Evaristo Carriego
En El Cuarto De La Novia
y fueron a ver el vestido
de la novia:
¡Qué lindo estaba,
tan blanco, tan blanco! ¡Qué lindo!
¿Y la novia? ¡Ay, la novia! Cómo
tenía de alegre la cara
Todos los ojos la miraron
Y ella se puso colorada.
«¡Señora, señora!»
Le llovieron
las alusiones y las bromas
de las muchachas. ¡Qué palabra,
qué palabra tan dulce! : ¡Novia!
Alguna recordó entre burlas
ingenuas lo del primer beso:
«¡Había que verla, muchachas!
Valía la pena, por cierto».
Y cuando empezaba:
«Una noche».
Se le heló en los labios la risa.
¡Ave María! ¡De qué modo
más raro miraba la prima!
Evaristo Carriego
Mientras El Barrio Duerme
Bueno, que no se repita
otra vez ese silbido.
¡Eh, muchachos, no hagáis ruido:
se fue a dormir abuelita!
Recordando vuestros sustos
continuamente se queja.
Vamos, muchachos, sed justos
y no la deis más disgustos:
cada día está más vieja
Ahora se ha vuelto odiosa,
cuando se da a porfiar
¡Se pone de fastidiosa!
Ya lo veis: ¡Por cualquier cosa
no cesa de rezongar!
¿Tú, también? Va para rato
que olvidaste tu promesa:
¡Después de romper el plato
le pisas la cola al gato
por debajo de la mesa!
¿Conque te muestras violento
porque mi sermón te irrita?
Es inútil ese cuento
No te muevas de tu asiento:
¡Te conozco, mascarita!
Si tratas bien el asunto
de hoy ¿Oyes, cabeza hueca?
Y copias lo que te apunto
tendrás a las diez en punto
café con pan y manteca.
Y, a propósito, ya veo
que te volcaste la sopa
en la ropa, ¿No?, Yo creo
que comer así es muy feo:
¡Linda te has puesto la ropa!
Tú no inquietes a tu hermana
tirándola de la trenza.
¿Respondes de mala gana?
¡Todo por una manzana!
¡Pedazo de sinvergüenza!
¿Y tú? ¿Recién te has fijado
que no para de garuar?
¿Al patio así? Ten cuidado,
no salgas desabrigado
que te puedes resfriar.
Cae monótonamente
el agua ¡Qué silencioso
el barrio! El perro de enfrente
dejó de ladrar. ¿La gente
se habrá entregado al reposo?
Pienso en ellos. En su oscura
mala suerte, y pienso luego
con un poco de ternura:
¿En qué sueño de amargura
se hallará abstraído el ciego?
Allá, solo, en el altillo,
moliendo la misma pieza
quizás suena un organillo,
aunque el aire es tan sencillo
no cansa ¡Da una tristeza!
Llora el ritmo soñoliento
que tanto gusta a la loca
amiga nuestra. El son lento
¡Toca con un sentimiento!
¿Qué pensará cuando toca?
¡Cómo le hace comprender,
noche a noche, al lazarillo,
cuánto le apena el tener
que fumar sin poder ver
el humo del cigarrillo!
¿Y los otros? ¿Los huraños
vecinos? La costurera
ya un poquito entrada en años
¿Si serán los desengaños
que la dejaron soltera?
Si bien la historia no es clara,
dice la chismografía
que una prima le robara
el novio en su misma cara,
jugando a la lotería.
Al fin y al cabo valiera
más olvidar la traición:
pero por esa zoncera
de la pena que le diera
se enfermó del corazón.
Otro que lleva una vida
es el haragán de al lado:
¡Y encuentra quien lo convida
a embriagarse! ¡La bebida!
¿Por qué vendrá en ese estado?
¿Y ese hombre al que nadie ha oído
hablar en una semana
de vivir casi escondido,
que sale ya anochecido
y vuelve muy de mañana?
¿Y aquellos que nos dejaron?
¡Tan obsequiosos y fieles!
El día que se mudaron
recuerdo que nos mandaron
una fuente de pasteles.
¿Y la viuda de la esquina?
La viuda murió anteayer.
¡Bien decía la adivina,
que cuando Dios determina
ya no hay nada más que hacer!
De los cuatro huerfanitos
no se sabe qué será:
¿A dónde irán? ¡Pobrecitos,
hermanos, los muchachitos
que se quedan sin mamá!
Mira, muchacho, la vela
se va a terminar, repasa
tus lecciones de la escuela
Ya se ha dormido la abuela:
¡Qué silencio hay en la casa!
Evaristo Carriego
El Otoño, Muchachos
sin sentirlo siquiera,
lluvioso, melancólico, callado.
El familiar bullicio de la acera
tan alegre en las noches de verano
se va apagando a la oración. La gente
abandona las puertas más temprano.
Las abandona silenciosamente.
Tardecita de otoño, el ciego entona
menos frecuente el aire que en la esquina
gemía el organillo ¡Qué tristona
anda, desde hace días, la vecina!
¿La tendrá así algún nuevo
desengaño?
Otoño melancólico y lluvioso,
¿Qué dejarás, otoño, en casa este
año?
¿Qué hoja te llevarás? Tan silencioso
llegas que nos das miedo.
Sí, anochece
y te sentimos, en la paz casera,
entrar sin un rumor ¡Cómo envejece
nuestra tía soltera!
Evaristo Carriego
El Aniversario
Un aire melancólico se advierte
en los rostros: la pena es resignada.
No se oye reír si se habla fuerte.
Los muchachos faltaron a la escuela,
y desde muy temprano, con incierto
y sombrío fulgor, arde la vela
en la que fuera habitación del muerto.
El recuerdo luctuoso les alcanza
a todos por igual.
Durante el día
unas cuantas visitas de confianza
estuvieron a hacerles compañía:
pero, entrada la noche, los amigos
al fin se despidieron, y la pena
contenida en presencia de testigos
extraños, fue a la hora de la cena
más intensa quizás. No había extraños
y el silencio tornóse doloroso:
sintiéronse molestos, casi huraños,
en ese comedor tan bullicioso
otras veces. Se levantó la mesa
sin las conversaciones de costumbre,
permanecieron largo rato presa
de una serena y vaga pesadumbre
que no turbó una sola frase.
Ahora
charlan de cosas familiares como
en los días tranquilos a la hora
del té. La hermana hojea el primer tomo
de la novela que empezara el jueves,
la abuela reta a alguno y en seguida
de dos o tres observaciones, breves
pero enérgicas, vuelve a su aburrida
soñolencia. La madre escucha y calla,
pensando en el ausente por quien vive
en continua aflicción desde que se halla
tan lejos, el ingrato que no escribe
hace mucho, ni aún de cuando en cuando
En un rincón la huerfanita cose
ajena a cuanto se habla, suspirando
cada vez que el hermano enfermo tose
con esa ronca tos que le sofoca
atrozmente.
Cansadas
de la tarea diaria, que no es poca,
comienzan a sentirse algo pesadas
las hacendosas manos
de la tía soltera que medita,
evocando memorias de lejanos
noviazgos de muchacha, mientras quita
las rojas iniciales de una toalla
recién planchada, al lado
de la lámpara fiel cuya pantalla
amortigua la luz.
Casi acostado
en el sillón el hijo mayor fuma
su tercer cigarrillo
y cerca uno de los chicos suma
de nuevo el resultado de un sencillo
problema de aritmética.
En la suave
paz que envuelve la pieza
viene, a intervalos, el recuerdo grave
a conturbarlos. Reina una tristeza
pensativa.
La charla continúa
como sin ganas, lenta, displicente,
sobre el mal tiempo. Afuera, la garúa
cae en el patio despaciosamente.
Evaristo Carriego
Los Viejos Se Van
a mí no sé qué me da
¡Se van los viejos! Los pobres
poquito a poco se van.
Y se van tan despacito
que ni lo sienten, ¿Será
el consuelo de saber
que se habrán de ir en paz?
¡Ah! Todo es inútil: nada
los detendrá: ¿Pasarán
este otoño, o el invierno
otra vez los hallará
contándonos por las noches
cosas de la mocedad?
Y cuando no estén, ¿Durante
cuánto tiempo aún se oirá
su voz querida en la casa
desierta?
¿Cómo serán
en el recuerdo las caras
que ya no veremos más?
¡Que ya no veremos! ¿Nunca
se te ha ocurrido pensar
en el silencio que dejan
aquellos que se nos van?
Y en nosotros mismos, piensas
alguna vez, ¿Es verdad?
En nosotros, que también
nos tendremos que callar.
Cuando nos llegue la hora
como a los viejos, ¿Habrá
para nosotros la dulce
confortación familiar
que tanto alivia? ¿Qué labio
piadoso nos besará?
¿Nos sentiremos muy solos?
¿Y nos iremos en paz?
Evaristo Carriego
Los Viejos Se Van
a mí no sé qué me da
¡Se van los viejos! Los pobres
poquito a poco se van.
Y se van tan despacito
que ni lo sienten, ¿Será
el consuelo de saber
que se habrán de ir en paz?
¡Ah! Todo es inútil: nada
los detendrá: ¿Pasarán
este otoño, o el invierno
otra vez los hallará
contándonos por las noches
cosas de la mocedad?
Y cuando no estén, ¿Durante
cuánto tiempo aún se oirá
su voz querida en la casa
desierta?
¿Cómo serán
en el recuerdo las caras
que ya no veremos más?
¡Que ya no veremos! ¿Nunca
se te ha ocurrido pensar
en el silencio que dejan
aquellos que se nos van?
Y en nosotros mismos, piensas
alguna vez, ¿Es verdad?
En nosotros, que también
nos tendremos que callar.
Cuando nos llegue la hora
como a los viejos, ¿Habrá
para nosotros la dulce
confortación familiar
que tanto alivia? ¿Qué labio
piadoso nos besará?
¿Nos sentiremos muy solos?
¿Y nos iremos en paz?
Evaristo Carriego
Los Viejos Se Van
a mí no sé qué me da
¡Se van los viejos! Los pobres
poquito a poco se van.
Y se van tan despacito
que ni lo sienten, ¿Será
el consuelo de saber
que se habrán de ir en paz?
¡Ah! Todo es inútil: nada
los detendrá: ¿Pasarán
este otoño, o el invierno
otra vez los hallará
contándonos por las noches
cosas de la mocedad?
Y cuando no estén, ¿Durante
cuánto tiempo aún se oirá
su voz querida en la casa
desierta?
¿Cómo serán
en el recuerdo las caras
que ya no veremos más?
¡Que ya no veremos! ¿Nunca
se te ha ocurrido pensar
en el silencio que dejan
aquellos que se nos van?
Y en nosotros mismos, piensas
alguna vez, ¿Es verdad?
En nosotros, que también
nos tendremos que callar.
Cuando nos llegue la hora
como a los viejos, ¿Habrá
para nosotros la dulce
confortación familiar
que tanto alivia? ¿Qué labio
piadoso nos besará?
¿Nos sentiremos muy solos?
¿Y nos iremos en paz?
Evaristo Carriego
Sola
las buenas amigas, las locas
de siempre.
¡Qué alegres se fueron!,
¡Qué risas las suyas!
¡La zonza!,
Te dijeron al irse. ¡Es claro,
parecías tan triste!
Bueno.
Por fin estás sola No hay nadie,
todas las amigas se fueron
y se halla en silencio la casa.
La abuela descansa, y los chicos
en el distante comedor
juegan despacio, sin dar gritos.
Apenas si afuera, en la calle,
persiste un rumor apagado
de voces. Estás sola, sola,
en la paz grave de tu cuarto.
Vela un momento, y cuando tengas
el corazón bien en reposo
duerme como no duermes hace
mucho: con un sueño de novia.
La última noche de novia
Llegó pronto, ¿Verdad? Mañana
adiós cuartito de soltera,
adiós camita, adiós almohada
del sueño lejano y querido
que no volverá
¿Te sorprende
pensar en eso? Tan sereno,
tan dulce que ahora parece.
¡Por fin vino el novio! Fue larga,
muy larga la espera, ¿Recuerdas?,
Pasaban los años y nada,
ninguno ¡Quedarte soltera!
¡Ay!, Bien lo temías.
En vano
los tiernos coloquios. ¡Qué rabia!,
Aquellas preguntas del primo,
¡Torpe, ciego!
¿Cuándo te casas?
Por fin vino el novio, y por fin
la última noche de novia.
Llegó pronto, ¿Verdad? ¡Tan pronto!
Mañana, mañana
¡Bah! ¿Lloras?
Evaristo Carriego
La Que Se Quedó Para Vestir Santos
serás abuelita sin ser madrecita.
Ayer, recordando tu pesar sereno,
me dio mucha pena tu cara marchita.
¿Ni siquiera una novela empezada?
Quizás el idilio que duró un verano,
hasta que una noche por buena y confiada,
se cansó la novia de aguardar en vano.
Y tú sufrirías, o no sufrirías,
nerviosas esperas, y te quedarías
como es natural,
tan indiferente que al día siguiente
ya no habría nada, nada: solamente
húmedas las puntas de tu delantal.
Evaristo Carriego
Por Las Madrecitas Modestas
os causó, desvelo que tiene un testigo
en el perro amigo que como un abuelo
os compadecía. Por vosotras, digo:
San José y la Virgen, Señora Santa Ana,
con vuestras miradas fijas en la cuna,
rogad como anoche para que mañana
se despierte el niño sin dolencia alguna.
Para que se queden ellas sin la espina
de ver al marido marcharse a la esquina,
y para que libre de todo cuidado,
esta noche fría que no tiene luna
gocen dulcemente de un sueño pesado:
Jesús Nazareno, velad por la cuna.
Evaristo Carriego
La Silla Que Ahora Nadie Ocupa
se halla abstraído el padre desde hace rato:
pocos momentos hace que rechazó el plato
del cual apenas quiso probar la sopa.
De tiempo en tiempo, casi furtivamente,
llega en silencio alguna que otra mirada
hasta la vieja silla desocupada
que alguien, de olvidadizo, colocó enfrente.
Y, mientras se ensombrecen todas las caras,
cesa de pronto el ruido de las cucharas
porque insistentemente, como empujado
por esa idea fija que no se va,
el menor de los hijos ha preguntado
cuándo será el regreso de la mamá.
Evaristo Carriego
Canillita
que jamás volvamos a encontrar tus huellas?
Sí, nunca hallaremos romero más loco
¡Qué cosas las tuyas! ¡Irte a las estrellas!
No mereces casi que así te lloremos
¡Irte a las estrellas! ¡Adiós, Canillita!
Siempre, siempre, ¿Sabes?, Te reprocharemos
que hayas dejado tan sola a Catita.
¡Por ella, su pobre pajarito bueno,
bésale en los ojos, Jesús Nazareno
que estás en la cruz!
¡Por ella que ahora se queda más triste
que todos los tristes que en el mundo viste,
ciérrale los negros ojazos sin luz!
Evaristo Carriego
Vulgar Sinfonía
A Doña Leonor Acevedo de Borges
Como las extraordinarias
pero irreales doncellas
que vieron en las estrellas
las hostias imaginarias
de sus noches visionarias,
así tus blancas patenas
quedarán tan sólo llenas
de tu gesto de mujer,
porque hoy no podría hacer
de segador de azucenas.
Y bien puedo adivinar
pese a una amable indulgencia
bajo tu leve elocuencia,
que, en la décima vulgar
que aquí me atrevo a dejar,
tu gentil alma de Francia
no ha de aplaudir la arrogancia
de diez bravos caballeros
que conversan prisioneros
en una lírica estancia.
Pero si no hay madrigal
de antigua delicadeza,
sobre mi pobre rudeza
tengo una rosa augural:
que ya es flor espiritual
pues son mis votos ahora,
que eternamente, señora,
vivas la olímpica gesta
del ensueño, de la fiesta,
de los lirios, de la aurora.
Y que tu hijo, el niño aquél
de tu orgullo, que ya empieza
a sentir en la cabeza
breves ansias de laurel,
vaya, siguiendo la fiel
ala de la ensoñación,
de una nueva anunciación
a continuar la vendimia
que dará la uva eximia
del vino de la Canción.
Evaristo Carriego
Una Sorpresa
con asombro, pues dices que regresas,
y aún de la sorpresa no he salido
¡Hace tanto que vivo sin sorpresas!
«Que por fin vas a verme que tan larga
fue la separación». Te lo aconsejo,
no vengas, sufrirías una amarga
desilusión: me encontrarías viejo.
Y como un viejo, ahora, me he llamado
a quietud, y a excepción ¡Siempre el pasado!
De uno que otro recuerdo que en la frente
me pone alguna arruga de tristeza,
no me puedo quejar: tranquilamente
fumo mi pipa y bebo mi cerveza.
Evaristo Carriego
Una Sorpresa
con asombro, pues dices que regresas,
y aún de la sorpresa no he salido
¡Hace tanto que vivo sin sorpresas!
«Que por fin vas a verme que tan larga
fue la separación». Te lo aconsejo,
no vengas, sufrirías una amarga
desilusión: me encontrarías viejo.
Y como un viejo, ahora, me he llamado
a quietud, y a excepción ¡Siempre el pasado!
De uno que otro recuerdo que en la frente
me pone alguna arruga de tristeza,
no me puedo quejar: tranquilamente
fumo mi pipa y bebo mi cerveza.
Evaristo Carriego
Como En Los Buenos Tiempos
la fiel evocación de ese retrato
donde estás viva, aunque hace mucho rato,
digo bien, mucho rato que te has ido.
¡Y apenas la impresión que nada deja!
Tal vez he preferido más perderte
que haber seguido amándote, hasta verte
con la vergüenza de sentirte vieja.
Y, sin embargo, acaso mentiría,
si quisiera decir que todavía
no he cesado de oírte junto al piano
que nadie ha vuelto a abrir, como en ninguna
emoción de aquel tiempo tan lejano
cuando aún eras prima de la luna.
Evaristo Carriego
Como En Los Buenos Tiempos
la fiel evocación de ese retrato
donde estás viva, aunque hace mucho rato,
digo bien, mucho rato que te has ido.
¡Y apenas la impresión que nada deja!
Tal vez he preferido más perderte
que haber seguido amándote, hasta verte
con la vergüenza de sentirte vieja.
Y, sin embargo, acaso mentiría,
si quisiera decir que todavía
no he cesado de oírte junto al piano
que nadie ha vuelto a abrir, como en ninguna
emoción de aquel tiempo tan lejano
cuando aún eras prima de la luna.
Evaristo Carriego
¿qué Será De Ti?
que te fuiste! Ya ni sé
cuánto tiempo.
¿De nosotros
te acuerdas alguna vez?
¿Verdad que sí? Tu cariño
de lejos nos seguirá
Lejos de nosotros, ¡Pobre,
qué sola te sentirás!
Si se habla de ti, enseguida
pensamos: ¿Será feliz?
Y a veces te recordamos
con un vago asombro: así
como si estuvieras muerta.
¿Después de aquel largo adiós,
ahora que no eres nuestra,
quién escuchará tu voz?
Madrecita, hermana, dulce
hermana que se nos fue,
hermanita buena, ¿Cuándo
te volveremos a ver?
Evaristo Carriego
Por La Ausente
pipa y la madre escucha con indulgencia
el sabido proceso de la dolencia
que aflige a una pariente poco animosa.
El muchacho concluye la fastidiosa
composición, que sobre la negligencia
en la escuela le dieron de penitencia,
por haber olvidado no sé qué cosa
Y en el hondo silencio que de repente
como una obsesión mala llena el ambiente,
muy quedo la hermanita va a comenzar
la oración, noche a noche tartamudeada,
por aquella perdida, desamorada,
que hace ya cinco meses dejó el hogar.
Evaristo Carriego
Por La Ausente
pipa y la madre escucha con indulgencia
el sabido proceso de la dolencia
que aflige a una pariente poco animosa.
El muchacho concluye la fastidiosa
composición, que sobre la negligencia
en la escuela le dieron de penitencia,
por haber olvidado no sé qué cosa
Y en el hondo silencio que de repente
como una obsesión mala llena el ambiente,
muy quedo la hermanita va a comenzar
la oración, noche a noche tartamudeada,
por aquella perdida, desamorada,
que hace ya cinco meses dejó el hogar.
Evaristo Carriego
Aquella Vez Que Vino Tu Recuerdo
Bebíamos el té: mamá reía
recordando, entre otros,
no se qué antiguo chisme de familia,
una de nuestras primas comentaba
recordando con gracia los modales,
de un testigo irritado el incidente
que presenció en la calle,
los niños se empeñaban, chacoteando,
en continuar el juego interrumpido,
y los demás hablábamos de todas
las cosas de que se habla con cariño.
Estábamos así contentos, cuando
alguno te nombró, y el doloroso
silencio que de pronto ahogó las risas,
con pesadez de plomo,
persistió largo rato. Lo recuerdo
cómo si fuera ahora: nos quedamos
mudos, fríos. Pasaban los minutos,
pasaban y seguíamos callados.
Nadie decía nada pero todos
pensábamos lo mismo. Como siempre
que la conmueve una emoción penosa,
mamá disimulaba ingenuamente
queriendo aparecer tranquila. ¡Pobre!
¡Bien que la conocemos! Las muchachas
fingían ocuparse del vestido
que una de ellas llevaba,
los niños, asombrados de un silencio
tan extraño, salían de la pieza.
Y los demás seguíamos callados
sin mirarnos siquiera.
Evaristo Carriego
Aquella Vez Que Vino Tu Recuerdo
Bebíamos el té: mamá reía
recordando, entre otros,
no se qué antiguo chisme de familia,
una de nuestras primas comentaba
recordando con gracia los modales,
de un testigo irritado el incidente
que presenció en la calle,
los niños se empeñaban, chacoteando,
en continuar el juego interrumpido,
y los demás hablábamos de todas
las cosas de que se habla con cariño.
Estábamos así contentos, cuando
alguno te nombró, y el doloroso
silencio que de pronto ahogó las risas,
con pesadez de plomo,
persistió largo rato. Lo recuerdo
cómo si fuera ahora: nos quedamos
mudos, fríos. Pasaban los minutos,
pasaban y seguíamos callados.
Nadie decía nada pero todos
pensábamos lo mismo. Como siempre
que la conmueve una emoción penosa,
mamá disimulaba ingenuamente
queriendo aparecer tranquila. ¡Pobre!
¡Bien que la conocemos! Las muchachas
fingían ocuparse del vestido
que una de ellas llevaba,
los niños, asombrados de un silencio
tan extraño, salían de la pieza.
Y los demás seguíamos callados
sin mirarnos siquiera.