Poemas en este tema
Vida y Existencia
Evaristo Carriego
La Costurerita Que Dio Aquel Mal Paso
La costurerita que dio aquel mal paso
y lo peor de todo, sin necesidad
con el sinvergüenza que no la hizo caso
después según dicen en la vecindad
se fue hace dos días. Ya no era posible
fingir por más tiempo. Daba compasión
verla aguantar esa maldad insufrible
de las compañeras, ¡Tan sin corazón!
Aunque a nada llevan las conversaciones,
en el barrio corren mil suposiciones
y hasta en algo grave se llega a creer.
¡Qué cara tenía la costurerita,
qué ojos más extraños, esa tardecita
que dejó la casa para no volver!
y lo peor de todo, sin necesidad
con el sinvergüenza que no la hizo caso
después según dicen en la vecindad
se fue hace dos días. Ya no era posible
fingir por más tiempo. Daba compasión
verla aguantar esa maldad insufrible
de las compañeras, ¡Tan sin corazón!
Aunque a nada llevan las conversaciones,
en el barrio corren mil suposiciones
y hasta en algo grave se llega a creer.
¡Qué cara tenía la costurerita,
qué ojos más extraños, esa tardecita
que dejó la casa para no volver!
700
Evaristo Carriego
El Velorio
Como ya en el barrio corrió la noticia,
algunos vecinos llegan consternados,
diciendo en voz baja toda la injusticia
que amarga la suerte de los desdichados
A principios de año, repentinamente
murió el mayorcito ¡Si es para asustarse:
apenas lo entierran, cuando fatalmente
la misma desgracia vuelve a presentarse!
En medio del cuadro de caras llorosas
que llena el ambiente de recogimiento,
el padre recibe las frases piadosas
con que lo acompañan en el sentimiento
Los íntimos quieren llevárselo afuera,
pues presienten una decisión sombría
en su mirar fijo: de cualquier manera
con desesperarse nada sacaría
Porque hay que ser hombre, cede a las instancias
de los allegados, que fingen el gesto
de cansancio propio de las circunstancias:
Paciencia, por algo Dios lo habrá dispuesto.
La forma expresiva de las condolencias
narra lo sincero de las aflicciones,
que recién en estas duras emergencias
se aprecian las pocas buenas relaciones.
Entre los amigos que han ido a excusarse,
uno que otro padre de familia pasa
a cumplir, sintiendo no poder quedarse:
¡Ellos también tienen enfermos en casa!
Encuentran el golpe realmente sensible,
aunque irreparable, saben que sus puestos
están allí, pero les es imposible
al fin crían hijos y se hallan expuestos
Como habla del duelo todo el conventillo,
vienen comentarios desde la cocina,
mientras el teclado de un ronco organillo
más ronco y más grave solloza en la esquina.
Las muchas vecinas que desde temprano
fueron a brindarse, siempre cumplidoras,
están asombradas ¡El era bien sano,
y en tan corto tiempo: cuarenta y ocho horas!
¡Parece mentira! ¡Pobre finadito!
Nunca, jamás daba que hacer a la gente:
¡Había que verlo, ya tan hombrecito,
tan fino en sus modos y tan obediente!
La angustiada madre, que llorando apura
el cáliz que el justo Señor le depara,
muestra a las visitas la vieja figura
con que la noche antes él aún jugara.
Y, afanosamente, buscando al acaso,
halla entre las vueltas de una serpentina
aquel desteñido traje de payaso
que le regalase su santa madrina.
Y la rubia imagen a la cual rezaba
truncas devociones de rezos tardíos,
¡Ah, qué unción la suya, cuando comenzaba:
«Jesús Nazareno, rey de los judíos!»
Como esas benditas cosas no la dejan,
y ella torna al mismo fúnebre relato
y va siendo tarde, todas la aconsejan
cariñosamente recostarse un rato.
Muchas de las que hace tiempo permanecen
con ella, se marchan, pues no les permite
quedarse la hora, pero antes se ofrecen
para algo de apuro que se necesite
Las de «compromiso» van abandonando
silenciosamente la pieza mortuoria:
sólo las parientes se aguardan, orando
por el angelito que sube a la Gloria.
La crédula hermana se acerca en puntillas,
a ver, nuevamente, «si ya está despierto»,
y le llama y pone sus frescas mejillas
sobre la carita apacible del muerto.
En el otro cuarto se tocan asuntos
de interés notorio: programas navales,
cuestiones, alarmas, crisis y presuntos
casos de conflictos internacionales.
Mientras corre el mate, se insinúan datos
sobre las carreras y las elecciones,
y «la fija, al freno», de los candidatos
es causa de algunas serias discusiones.
Como no es posible que en esos instantes,
y habiendo muchachas, puedan sostenerse
sin ningún motivo temas semejantes,
los juegos de prendas van a proponerse.
Varios se retiran como pesarosos
de no acompañarlos: no hay otro remedio,
quizás esperasen, sin duda gustosos,
si fuerzas mayores que están de por medio
Y, al dejar al padre menos afligido,
a las susurradas frases de la breve
triste despedida, sigue el convenido
casi misterioso: «Mañana a las nueve».
algunos vecinos llegan consternados,
diciendo en voz baja toda la injusticia
que amarga la suerte de los desdichados
A principios de año, repentinamente
murió el mayorcito ¡Si es para asustarse:
apenas lo entierran, cuando fatalmente
la misma desgracia vuelve a presentarse!
En medio del cuadro de caras llorosas
que llena el ambiente de recogimiento,
el padre recibe las frases piadosas
con que lo acompañan en el sentimiento
Los íntimos quieren llevárselo afuera,
pues presienten una decisión sombría
en su mirar fijo: de cualquier manera
con desesperarse nada sacaría
Porque hay que ser hombre, cede a las instancias
de los allegados, que fingen el gesto
de cansancio propio de las circunstancias:
Paciencia, por algo Dios lo habrá dispuesto.
La forma expresiva de las condolencias
narra lo sincero de las aflicciones,
que recién en estas duras emergencias
se aprecian las pocas buenas relaciones.
Entre los amigos que han ido a excusarse,
uno que otro padre de familia pasa
a cumplir, sintiendo no poder quedarse:
¡Ellos también tienen enfermos en casa!
Encuentran el golpe realmente sensible,
aunque irreparable, saben que sus puestos
están allí, pero les es imposible
al fin crían hijos y se hallan expuestos
Como habla del duelo todo el conventillo,
vienen comentarios desde la cocina,
mientras el teclado de un ronco organillo
más ronco y más grave solloza en la esquina.
Las muchas vecinas que desde temprano
fueron a brindarse, siempre cumplidoras,
están asombradas ¡El era bien sano,
y en tan corto tiempo: cuarenta y ocho horas!
¡Parece mentira! ¡Pobre finadito!
Nunca, jamás daba que hacer a la gente:
¡Había que verlo, ya tan hombrecito,
tan fino en sus modos y tan obediente!
La angustiada madre, que llorando apura
el cáliz que el justo Señor le depara,
muestra a las visitas la vieja figura
con que la noche antes él aún jugara.
Y, afanosamente, buscando al acaso,
halla entre las vueltas de una serpentina
aquel desteñido traje de payaso
que le regalase su santa madrina.
Y la rubia imagen a la cual rezaba
truncas devociones de rezos tardíos,
¡Ah, qué unción la suya, cuando comenzaba:
«Jesús Nazareno, rey de los judíos!»
Como esas benditas cosas no la dejan,
y ella torna al mismo fúnebre relato
y va siendo tarde, todas la aconsejan
cariñosamente recostarse un rato.
Muchas de las que hace tiempo permanecen
con ella, se marchan, pues no les permite
quedarse la hora, pero antes se ofrecen
para algo de apuro que se necesite
Las de «compromiso» van abandonando
silenciosamente la pieza mortuoria:
sólo las parientes se aguardan, orando
por el angelito que sube a la Gloria.
La crédula hermana se acerca en puntillas,
a ver, nuevamente, «si ya está despierto»,
y le llama y pone sus frescas mejillas
sobre la carita apacible del muerto.
En el otro cuarto se tocan asuntos
de interés notorio: programas navales,
cuestiones, alarmas, crisis y presuntos
casos de conflictos internacionales.
Mientras corre el mate, se insinúan datos
sobre las carreras y las elecciones,
y «la fija, al freno», de los candidatos
es causa de algunas serias discusiones.
Como no es posible que en esos instantes,
y habiendo muchachas, puedan sostenerse
sin ningún motivo temas semejantes,
los juegos de prendas van a proponerse.
Varios se retiran como pesarosos
de no acompañarlos: no hay otro remedio,
quizás esperasen, sin duda gustosos,
si fuerzas mayores que están de por medio
Y, al dejar al padre menos afligido,
a las susurradas frases de la breve
triste despedida, sigue el convenido
casi misterioso: «Mañana a las nueve».
584
Evaristo Carriego
Has Vuelto
Has vuelto, organillo. En la acera
hay risas. Has vuelto llorón y cansado
como antes.
El ciego te espera
las más de las noches sentado
a la puerta. Calla y escucha. Borrosas
memorias de cosas lejanas
evoca en silencio, de cosas
de cuando sus ojos tenían mañanas,
de cuando era joven la novia ¡Quién sabe!
Alegrías, penas,
vividas en horas distantes. ¡Qué suave
se le pone el rostro cada vez que suenas
algún aire antiguo! ¡Recuerda y suspira!
Has vuelto, organillo. La gente
modesta te mira
pasar, melancólicamente.
Pianito que cruzas la calle cansado
moliendo el eterno
familiar motivo que el año pasado
gemía a la luna de invierno:
con tu voz gangosa dirás en la esquina
la canción ingenua, la de siempre, acaso
esa preferida de nuestra vecina
la costurerita que dio aquel mal paso.
Y luego de un valse te irás como una
tristeza que cruza la calle desierta,
y habrá quien se quede mirando la luna
desde alguna puerta.
¡Adiós alma nuestra! Parece
que dicen las gentes en cuanto te alejas.
¡Pianito del dulce motivo que mece
memorias queridas y viejas!
Anoche, después que te fuiste,
cuando todo el barrio volvía al sosiego
qué triste
lloraban los ojos del ciego.
hay risas. Has vuelto llorón y cansado
como antes.
El ciego te espera
las más de las noches sentado
a la puerta. Calla y escucha. Borrosas
memorias de cosas lejanas
evoca en silencio, de cosas
de cuando sus ojos tenían mañanas,
de cuando era joven la novia ¡Quién sabe!
Alegrías, penas,
vividas en horas distantes. ¡Qué suave
se le pone el rostro cada vez que suenas
algún aire antiguo! ¡Recuerda y suspira!
Has vuelto, organillo. La gente
modesta te mira
pasar, melancólicamente.
Pianito que cruzas la calle cansado
moliendo el eterno
familiar motivo que el año pasado
gemía a la luna de invierno:
con tu voz gangosa dirás en la esquina
la canción ingenua, la de siempre, acaso
esa preferida de nuestra vecina
la costurerita que dio aquel mal paso.
Y luego de un valse te irás como una
tristeza que cruza la calle desierta,
y habrá quien se quede mirando la luna
desde alguna puerta.
¡Adiós alma nuestra! Parece
que dicen las gentes en cuanto te alejas.
¡Pianito del dulce motivo que mece
memorias queridas y viejas!
Anoche, después que te fuiste,
cuando todo el barrio volvía al sosiego
qué triste
lloraban los ojos del ciego.
466
Evaristo Carriego
El Ensueño
Porque después del golpe vino la airada
retahíla de insultos con que la veja,
ella tornó a callarse, sin una queja,
ya a las frases más torpes acostumbrada.
Y por fin, en el lecho cayó, cansada,
conteniendo esa horrible tos que no ceja
y de nuevo a la boca sube y le deja
el sabor de su enferma sangre afiebrada.
Y mientras el padre, grita, brutal, borracho
como siempre que vuelve de la cantina,
ella piensa en el dulce sueño irreal
que soñara al recuerdo de aquel muchacho
que vio junto a la cama de su vecina
de la tarde de un jueves del hospital.
retahíla de insultos con que la veja,
ella tornó a callarse, sin una queja,
ya a las frases más torpes acostumbrada.
Y por fin, en el lecho cayó, cansada,
conteniendo esa horrible tos que no ceja
y de nuevo a la boca sube y le deja
el sabor de su enferma sangre afiebrada.
Y mientras el padre, grita, brutal, borracho
como siempre que vuelve de la cantina,
ella piensa en el dulce sueño irreal
que soñara al recuerdo de aquel muchacho
que vio junto a la cama de su vecina
de la tarde de un jueves del hospital.
463
Evaristo Carriego
La Enferma Que Trajeron Anoche
La enferma abrió los ojos cuando la hermana,
que aún no ha descansado ni un sólo instante,
decía sus temores al practicante
que pasa la visita de la mañana.
Desde que la trajeron ha rechazado
sin contestar palabra, todo remedio,
y por más que se hizo no hubo medio
de vencer un mutismo tan obstinado.
Y ahora, en la pesada semiinconsciencia
del último momento, su indiferencia
silenciosa parece ceder, por fin,
pero en los labios secos y en la mirada
sólo tiene un reproche de abandonada
para las compañeras del cafetín.
que aún no ha descansado ni un sólo instante,
decía sus temores al practicante
que pasa la visita de la mañana.
Desde que la trajeron ha rechazado
sin contestar palabra, todo remedio,
y por más que se hizo no hubo medio
de vencer un mutismo tan obstinado.
Y ahora, en la pesada semiinconsciencia
del último momento, su indiferencia
silenciosa parece ceder, por fin,
pero en los labios secos y en la mirada
sólo tiene un reproche de abandonada
para las compañeras del cafetín.
371
Evaristo Carriego
Lo Que Dicen Los Vecinos
¡Bendito sea! Tan luego ahora
mostrarse adusta. ¡Quién lo diría:
ella que siempre conversadora
llenaba el patio con su alegría!
Es increíble lo que les cuesta
hacer que escuche si le hablan de esto,
ruegan, la apuran, y no contesta
ni una palabra: ¡Les pone un gesto!
Y en cuanto insisten se les resiente.
Muchos la encuentran desconocida,
y ¡Da una pena! Continuamente
la van notando más retraída
como si todo la incomodara.
Ya no es ni sombra de lo que fuera
en otros tiempos. ¡Qué cosa rara
que haya cambiado de tal manera!
¡Anda de triste! Y es bien sabido,
cualquier zoncera la vuelve idiota.
En pocos meses ha enflaquecido
tanto la pobre.
Por caprichosa
le pasa eso. Nadie la aguanta
Los de la casa se hallan perplejos:
¡Verla así desde que se levanta!
Esta mañana, sin ir más lejos,
como asaltada por una viva
duda que acaso fue pasajera,
¡La han sorprendido tan pensativa
en el descanso de la escalera!
mostrarse adusta. ¡Quién lo diría:
ella que siempre conversadora
llenaba el patio con su alegría!
Es increíble lo que les cuesta
hacer que escuche si le hablan de esto,
ruegan, la apuran, y no contesta
ni una palabra: ¡Les pone un gesto!
Y en cuanto insisten se les resiente.
Muchos la encuentran desconocida,
y ¡Da una pena! Continuamente
la van notando más retraída
como si todo la incomodara.
Ya no es ni sombra de lo que fuera
en otros tiempos. ¡Qué cosa rara
que haya cambiado de tal manera!
¡Anda de triste! Y es bien sabido,
cualquier zoncera la vuelve idiota.
En pocos meses ha enflaquecido
tanto la pobre.
Por caprichosa
le pasa eso. Nadie la aguanta
Los de la casa se hallan perplejos:
¡Verla así desde que se levanta!
Esta mañana, sin ir más lejos,
como asaltada por una viva
duda que acaso fue pasajera,
¡La han sorprendido tan pensativa
en el descanso de la escalera!
420
Evaristo Carriego
Mambrú Se Fue A La Guerra
«Mambrú se fue a la guerra» ¡Vamos, linda vecina!
¿Con su ronga catonga los chicos de la acera
te harán llorar, ahora? No seas sensiblera
y piensa que esta noche de verano es divina
y hay luna, mucha luna. ¡Todo por esa racha
de recuerdos que llevan sin traer al causante!
¡Todo por el veleta que fue novio o amante
allá, en tus más lejanas locuras de muchacha!
Que nunca en tantos años se te oyera una queja
y te afliges ahora, cuando eres casi vieja,
por quien, al fin y al cabo, ¿Dónde está, si es que está?
Seamos muchachitos Empecemos el canto
sin que te ponga fea, como hace poco, el llanto:
«¡Mambrú se fue a la guerra, Mambrú no volverá!»
¿Con su ronga catonga los chicos de la acera
te harán llorar, ahora? No seas sensiblera
y piensa que esta noche de verano es divina
y hay luna, mucha luna. ¡Todo por esa racha
de recuerdos que llevan sin traer al causante!
¡Todo por el veleta que fue novio o amante
allá, en tus más lejanas locuras de muchacha!
Que nunca en tantos años se te oyera una queja
y te afliges ahora, cuando eres casi vieja,
por quien, al fin y al cabo, ¿Dónde está, si es que está?
Seamos muchachitos Empecemos el canto
sin que te ponga fea, como hace poco, el llanto:
«¡Mambrú se fue a la guerra, Mambrú no volverá!»
474
Evaristo Carriego
La Francesita Que Hoy Salió A Tomar El Sol
Un poco paliducha y adelgazada,
¡Estuvo tan enferma recientemente!
Caminando deprisa por la asoleada
vereda, va la rubia convaleciente
que, con rumbo a Palermo dobló hacia el Norte.
¡Salud, la linda rubia: cara traviesa,
gesto de ¡Viva Francia!, Y airoso el porte:
como que para eso nació francesa!
¿Será el desconocido que va delante
o es la gracia burlona con que camina
que ahuyentó aquel capricho sentimental?
¡Adiós los ojos tristes del estudiante
que vio junto a la cama de su vecina
en la tarde de un jueves del hospital!
¡Estuvo tan enferma recientemente!
Caminando deprisa por la asoleada
vereda, va la rubia convaleciente
que, con rumbo a Palermo dobló hacia el Norte.
¡Salud, la linda rubia: cara traviesa,
gesto de ¡Viva Francia!, Y airoso el porte:
como que para eso nació francesa!
¿Será el desconocido que va delante
o es la gracia burlona con que camina
que ahuyentó aquel capricho sentimental?
¡Adiós los ojos tristes del estudiante
que vio junto a la cama de su vecina
en la tarde de un jueves del hospital!
325
Evaristo Carriego
Mamboretá
Así la llaman todos los chicos de Palermo.
Es la risa del barrio con su rostro feúcho
y su andar azorado de animalito enfermo.
Tiene apenas diez años, pero ha sufrido mucho
Los domingos temprano, de regreso de misa
la encuentran los muchachos vendedores de diarios,
y enseguida comienza la jarana, la risa,
y las zafadurías de los más perdularios.
Como cuando la gritan su apodo no responde,
la corren, la rodean y: «Mamboretá, ¿En dónde
está Dios?», La preguntan los muchachos traviesos.
Mamboretá suspira, y si es que alguno insiste:
¿Dónde está Dios?, Le mira mansamente con esos
sus ojos pensativos de animalito triste.
Es la risa del barrio con su rostro feúcho
y su andar azorado de animalito enfermo.
Tiene apenas diez años, pero ha sufrido mucho
Los domingos temprano, de regreso de misa
la encuentran los muchachos vendedores de diarios,
y enseguida comienza la jarana, la risa,
y las zafadurías de los más perdularios.
Como cuando la gritan su apodo no responde,
la corren, la rodean y: «Mamboretá, ¿En dónde
está Dios?», La preguntan los muchachos traviesos.
Mamboretá suspira, y si es que alguno insiste:
¿Dónde está Dios?, Le mira mansamente con esos
sus ojos pensativos de animalito triste.
618
Evaristo Carriego
El Camino De Nuestra Casa
Nos eres familiar como una cosa
que fuese nuestra, solamente nuestra,
familiar en las calles, en los árboles
que bordean la acera,
en la alegría bulliciosa y loca
de los muchachos, en las caras
de los viejos amigos,
en las historias íntimas que andan
de boca en boca por el barrio
y en la monotonía dolorida
del quejoso organillo
que tanto gusta oír nuestra vecina,
la de los ojos tristes
Te queremos
con un cariño antiguo y silencioso,
¡Caminito de nuestra casa! ¡Vieras
con qué cariño te queremos!
¡Todo
lo que nos haces recordar!
Tus piedras
parece que guardasen en secreto
el rumor de los pasos familiares
que se apagaron hace tiempo Aquéllos
que ya no escucharemos a la hora
habitual del regreso.
Caminito
de nuestra casa, eres
como un rostro querido
que hubiéramos besado muchas veces:
¡Tanto te conocemos!
Todas las tardes, por la misma calle,
miramos con mirar sereno
la misma escena alegre o melancólica,
la misma gente ¡Y siempre la muchacha
modesta y pensativa que hemos visto
envejecer sin novio resignada!
De cuando en cuando, caras nuevas,
desconocidas, serias o sonrientes,
que nos miran pasar desde la puerta.
Y aquellas otras que desaparecen
poco a poco, en silencio,
las que se van del barrio o de la vida,
sin despedirse.
¡Oh, los vecinos
que no nos darán más los buenos días!
Pensar que alguna vez nosotros
también por nuestro lado nos iremos,
quién sabe dónde, silenciosamente
como se fueron ellos.
que fuese nuestra, solamente nuestra,
familiar en las calles, en los árboles
que bordean la acera,
en la alegría bulliciosa y loca
de los muchachos, en las caras
de los viejos amigos,
en las historias íntimas que andan
de boca en boca por el barrio
y en la monotonía dolorida
del quejoso organillo
que tanto gusta oír nuestra vecina,
la de los ojos tristes
Te queremos
con un cariño antiguo y silencioso,
¡Caminito de nuestra casa! ¡Vieras
con qué cariño te queremos!
¡Todo
lo que nos haces recordar!
Tus piedras
parece que guardasen en secreto
el rumor de los pasos familiares
que se apagaron hace tiempo Aquéllos
que ya no escucharemos a la hora
habitual del regreso.
Caminito
de nuestra casa, eres
como un rostro querido
que hubiéramos besado muchas veces:
¡Tanto te conocemos!
Todas las tardes, por la misma calle,
miramos con mirar sereno
la misma escena alegre o melancólica,
la misma gente ¡Y siempre la muchacha
modesta y pensativa que hemos visto
envejecer sin novio resignada!
De cuando en cuando, caras nuevas,
desconocidas, serias o sonrientes,
que nos miran pasar desde la puerta.
Y aquellas otras que desaparecen
poco a poco, en silencio,
las que se van del barrio o de la vida,
sin despedirse.
¡Oh, los vecinos
que no nos darán más los buenos días!
Pensar que alguna vez nosotros
también por nuestro lado nos iremos,
quién sabe dónde, silenciosamente
como se fueron ellos.
529
Evaristo Carriego
Funerales Báquicos
Ayer en la taberna, tristemente,
un borracho, pontífice del vino,
decía a otro borracho impenitente,
bebiendo el primer vaso matutino:
Yo llevo en mi interior un silencioso
Genio o Poder que nunca me abandona:
Enemigo ignorado y fastidioso
que mis heridas de placer encona,
volcando el agua fuerte
del odio y del pesar. (Esa agua abunda
en las foscas riberas de la Muerte
y es en el riego del dolor fecunda).
Por eso mismo tengo indefinibles
rebeldías de lucha delirante
que sólo me hacen ver los imposibles
donde cae el Esfuerzo a cada instante,
torturado y vencido
por la brutal Potencia que condena,
diariamente, al espíritu caído
a oír los soliloquios de la Pena.
Dominación fatal, conturbadora
del gran Desconocido que me obliga
a custodiar el Mal, hora tras hora,
arrojando a la espalda la fatiga.
Y es esa tiranía la venganza
de un fatídico monstruo cuya mano
como un destino atroz siempre me alcanza.
Pero pienso que en día no lejano
cuando caiga debajo de la mesa
para nunca jamás ya levantarme,
ese Genio que tiene mi alma presa
resolverá, tal vez, por fin, dejarme.
Y entonces habré muerto. Bienvenida
la eterna amada, la Libertadora,
que al derramar el vino de la vida
de mi vaso será la defensora.
¡Del terrible licor, del más amargo,
me llegarán las gotas como besos,
y en el viaje postrer! ¡Tan rudo y largo!
¡Tendré un cordial para mis pobres huesos!
Entonces, se oirá un himno de alegría
en todos los cenáculos viciosos,
y en el altar de la bodega fría
florecerán los pámpanos gloriosos,
¡Como una exuberante
fiesta de las vendimias, festejada
con la copa risueña y desbordante
sobre el Hastío agobiador alzada!
Los viejos bebedores,
musitarán responsos doloridos,
en sus báquicos salmos gemidores,
escuchando el sermón de los vencidos,
y, taciturnos, llenos de unción, bajo
la santidad de los recuerdos fieles,
mojarán el hisopo de un andrajo
en la sangre mortal de los toneles,
para rociar mi caja
con sus tenues esencias vaporosas,
cuya embriaguez irá hasta mi mortaja
cubierta de racimos y de rosas.
Después, urdiendo extraños sacrificios,
muy quedo, acaso, seguirán mi entierro
las brujas como en Sábados de oficios,
¡Y más tarde, por último, algún perro
lunático, burlón o visionario,
feroz amante de las cosas bellas
desde un negro escondrijo solitario
ladrará el epitafio a las estrellas!
un borracho, pontífice del vino,
decía a otro borracho impenitente,
bebiendo el primer vaso matutino:
Yo llevo en mi interior un silencioso
Genio o Poder que nunca me abandona:
Enemigo ignorado y fastidioso
que mis heridas de placer encona,
volcando el agua fuerte
del odio y del pesar. (Esa agua abunda
en las foscas riberas de la Muerte
y es en el riego del dolor fecunda).
Por eso mismo tengo indefinibles
rebeldías de lucha delirante
que sólo me hacen ver los imposibles
donde cae el Esfuerzo a cada instante,
torturado y vencido
por la brutal Potencia que condena,
diariamente, al espíritu caído
a oír los soliloquios de la Pena.
Dominación fatal, conturbadora
del gran Desconocido que me obliga
a custodiar el Mal, hora tras hora,
arrojando a la espalda la fatiga.
Y es esa tiranía la venganza
de un fatídico monstruo cuya mano
como un destino atroz siempre me alcanza.
Pero pienso que en día no lejano
cuando caiga debajo de la mesa
para nunca jamás ya levantarme,
ese Genio que tiene mi alma presa
resolverá, tal vez, por fin, dejarme.
Y entonces habré muerto. Bienvenida
la eterna amada, la Libertadora,
que al derramar el vino de la vida
de mi vaso será la defensora.
¡Del terrible licor, del más amargo,
me llegarán las gotas como besos,
y en el viaje postrer! ¡Tan rudo y largo!
¡Tendré un cordial para mis pobres huesos!
Entonces, se oirá un himno de alegría
en todos los cenáculos viciosos,
y en el altar de la bodega fría
florecerán los pámpanos gloriosos,
¡Como una exuberante
fiesta de las vendimias, festejada
con la copa risueña y desbordante
sobre el Hastío agobiador alzada!
Los viejos bebedores,
musitarán responsos doloridos,
en sus báquicos salmos gemidores,
escuchando el sermón de los vencidos,
y, taciturnos, llenos de unción, bajo
la santidad de los recuerdos fieles,
mojarán el hisopo de un andrajo
en la sangre mortal de los toneles,
para rociar mi caja
con sus tenues esencias vaporosas,
cuya embriaguez irá hasta mi mortaja
cubierta de racimos y de rosas.
Después, urdiendo extraños sacrificios,
muy quedo, acaso, seguirán mi entierro
las brujas como en Sábados de oficios,
¡Y más tarde, por último, algún perro
lunático, burlón o visionario,
feroz amante de las cosas bellas
desde un negro escondrijo solitario
ladrará el epitafio a las estrellas!
446
Evaristo Carriego
Frente A Frente
Anoche la enferma se fue de la vida,
por fin libertada de todos sus males.
Se fue sin angustias, como en un olvido,
sonriendo en sus hondos momentos finales.
Las madres del barrio musitan plegarias,
y, ahuyentando el sueño posible, la velan
con cara de luto, mientras las solícitas
a los pobrecitos huérfanos consuelan
La robusta moza de la otra buhardilla,
dio a luz esta tarde. Contempla gozosa
la flor de sus noches: ese diminuto
amor, amasado con carne radiosa.
El marido, alegre, parece un chiquillo
dueño del regalo que al fin le llegara,
y, en un amplio fuerte gesto, para nuevas
viriles conquistas los brazos prepara.
¡Inviolables Hembras! Las dos frente a frente.
Irreconciliables las dos bienhechoras:
derramando siempre sus oscuras larvas
en el intangible vientre de las horas
¡Qué triste está el cielo! ¡Cómo me
contagia
las últimas penas de la luz vencida!
¡Canta, amada nuestra, la canción triunfante,
la canción eterna de la eterna vida!
por fin libertada de todos sus males.
Se fue sin angustias, como en un olvido,
sonriendo en sus hondos momentos finales.
Las madres del barrio musitan plegarias,
y, ahuyentando el sueño posible, la velan
con cara de luto, mientras las solícitas
a los pobrecitos huérfanos consuelan
La robusta moza de la otra buhardilla,
dio a luz esta tarde. Contempla gozosa
la flor de sus noches: ese diminuto
amor, amasado con carne radiosa.
El marido, alegre, parece un chiquillo
dueño del regalo que al fin le llegara,
y, en un amplio fuerte gesto, para nuevas
viriles conquistas los brazos prepara.
¡Inviolables Hembras! Las dos frente a frente.
Irreconciliables las dos bienhechoras:
derramando siempre sus oscuras larvas
en el intangible vientre de las horas
¡Qué triste está el cielo! ¡Cómo me
contagia
las últimas penas de la luz vencida!
¡Canta, amada nuestra, la canción triunfante,
la canción eterna de la eterna vida!
442
Evaristo Carriego
Frente A Frente
Anoche la enferma se fue de la vida,
por fin libertada de todos sus males.
Se fue sin angustias, como en un olvido,
sonriendo en sus hondos momentos finales.
Las madres del barrio musitan plegarias,
y, ahuyentando el sueño posible, la velan
con cara de luto, mientras las solícitas
a los pobrecitos huérfanos consuelan
La robusta moza de la otra buhardilla,
dio a luz esta tarde. Contempla gozosa
la flor de sus noches: ese diminuto
amor, amasado con carne radiosa.
El marido, alegre, parece un chiquillo
dueño del regalo que al fin le llegara,
y, en un amplio fuerte gesto, para nuevas
viriles conquistas los brazos prepara.
¡Inviolables Hembras! Las dos frente a frente.
Irreconciliables las dos bienhechoras:
derramando siempre sus oscuras larvas
en el intangible vientre de las horas
¡Qué triste está el cielo! ¡Cómo me
contagia
las últimas penas de la luz vencida!
¡Canta, amada nuestra, la canción triunfante,
la canción eterna de la eterna vida!
por fin libertada de todos sus males.
Se fue sin angustias, como en un olvido,
sonriendo en sus hondos momentos finales.
Las madres del barrio musitan plegarias,
y, ahuyentando el sueño posible, la velan
con cara de luto, mientras las solícitas
a los pobrecitos huérfanos consuelan
La robusta moza de la otra buhardilla,
dio a luz esta tarde. Contempla gozosa
la flor de sus noches: ese diminuto
amor, amasado con carne radiosa.
El marido, alegre, parece un chiquillo
dueño del regalo que al fin le llegara,
y, en un amplio fuerte gesto, para nuevas
viriles conquistas los brazos prepara.
¡Inviolables Hembras! Las dos frente a frente.
Irreconciliables las dos bienhechoras:
derramando siempre sus oscuras larvas
en el intangible vientre de las horas
¡Qué triste está el cielo! ¡Cómo me
contagia
las últimas penas de la luz vencida!
¡Canta, amada nuestra, la canción triunfante,
la canción eterna de la eterna vida!
442
Evaristo Carriego
Frente A Frente
Anoche la enferma se fue de la vida,
por fin libertada de todos sus males.
Se fue sin angustias, como en un olvido,
sonriendo en sus hondos momentos finales.
Las madres del barrio musitan plegarias,
y, ahuyentando el sueño posible, la velan
con cara de luto, mientras las solícitas
a los pobrecitos huérfanos consuelan
La robusta moza de la otra buhardilla,
dio a luz esta tarde. Contempla gozosa
la flor de sus noches: ese diminuto
amor, amasado con carne radiosa.
El marido, alegre, parece un chiquillo
dueño del regalo que al fin le llegara,
y, en un amplio fuerte gesto, para nuevas
viriles conquistas los brazos prepara.
¡Inviolables Hembras! Las dos frente a frente.
Irreconciliables las dos bienhechoras:
derramando siempre sus oscuras larvas
en el intangible vientre de las horas
¡Qué triste está el cielo! ¡Cómo me
contagia
las últimas penas de la luz vencida!
¡Canta, amada nuestra, la canción triunfante,
la canción eterna de la eterna vida!
por fin libertada de todos sus males.
Se fue sin angustias, como en un olvido,
sonriendo en sus hondos momentos finales.
Las madres del barrio musitan plegarias,
y, ahuyentando el sueño posible, la velan
con cara de luto, mientras las solícitas
a los pobrecitos huérfanos consuelan
La robusta moza de la otra buhardilla,
dio a luz esta tarde. Contempla gozosa
la flor de sus noches: ese diminuto
amor, amasado con carne radiosa.
El marido, alegre, parece un chiquillo
dueño del regalo que al fin le llegara,
y, en un amplio fuerte gesto, para nuevas
viriles conquistas los brazos prepara.
¡Inviolables Hembras! Las dos frente a frente.
Irreconciliables las dos bienhechoras:
derramando siempre sus oscuras larvas
en el intangible vientre de las horas
¡Qué triste está el cielo! ¡Cómo me
contagia
las últimas penas de la luz vencida!
¡Canta, amada nuestra, la canción triunfante,
la canción eterna de la eterna vida!
442
Evaristo Carriego
De Invierno
Frío y viento. Ya en la casa miserable,
tiritando se durmió la viejecita,
y en la pieza, abandonada como siempre,
gime y tose, sin alivio, la enfermita.
¡Oh, qué noche! Se me antoja ver extraños
rojos cirios en las calles solitarias
¡Con qué lúgubre sigilo van pasando
las angustias, en sus rondas silenciarias!
Madre, hermana, prima, santas compasivas
de las trágicas miserias sollozantes:
¿Qué será de los enfermos esta noche
tan adusta, de presagios inquietantes?
¡Oh, las vidas, condenadas en el lecho
al suplicio de las fiebres horrorosas!
¡Pobrecitos los pulmones que no llegan
al dorado mes del sol y de las rosas!
¡Oh, la carne, que se va tan resignada
que, soñando una esperanza, ya no espera!
¡Pobrecita la incurable que se muere
suspirando por la dulce primavera!
¡Oh, las frígidas blancuras, las mortales,
de las novias peregrinas, que en su marcha
al país de lo vedado se desposan
con los tísicos donceles de la escarcha!
tiritando se durmió la viejecita,
y en la pieza, abandonada como siempre,
gime y tose, sin alivio, la enfermita.
¡Oh, qué noche! Se me antoja ver extraños
rojos cirios en las calles solitarias
¡Con qué lúgubre sigilo van pasando
las angustias, en sus rondas silenciarias!
Madre, hermana, prima, santas compasivas
de las trágicas miserias sollozantes:
¿Qué será de los enfermos esta noche
tan adusta, de presagios inquietantes?
¡Oh, las vidas, condenadas en el lecho
al suplicio de las fiebres horrorosas!
¡Pobrecitos los pulmones que no llegan
al dorado mes del sol y de las rosas!
¡Oh, la carne, que se va tan resignada
que, soñando una esperanza, ya no espera!
¡Pobrecita la incurable que se muere
suspirando por la dulce primavera!
¡Oh, las frígidas blancuras, las mortales,
de las novias peregrinas, que en su marcha
al país de lo vedado se desposan
con los tísicos donceles de la escarcha!
460
Evaristo Carriego
Bajo La Angustia
Dijo anoche, su canto de muerte
la canción de la tos en tu pecho,
y, al mojarse en las notas rojizas,
mostró flores de sangre el pañuelo.
¡Pobrecitas las carnes pacientes,
consumidas por fiebres de fuego,
para ellas las buenas, las tristes,
tiene un blanco sudario el invierno!
Mira: abrígate bien, hermanita,
mira, abrígate bien, yo no quiero
ver que cierre tus ojos la Bruja
de los flacos y frígidos dedos
Hermanita, ¡Me viene una pena!
Si te escucho gemir, que presiento
las nocturnas postreras heladas:
las temidas del árbol enfermo.
¡Si supieras! Blandones sombríos,
me parecen tus ojos ¡Tan negros!,
Y tu lívida faz taciturna
un fatídico heraldo de duelo.
¡Si supieras! A ratos me asaltan
tus visiones sangrientas. No duermo
al pensar, siempre alerta el oído,
que te pasas la noche tosiendo
Al pensar en tu vida deshecha,
cuando miro esfumarse en mi ensueño
tus nerviosos esguinces cansados,
y moverse y cruzar tu esqueleto
¡Hermanita: hace frío, ya es hora
de los suaves calores del lecho,
pero cambia la colcha: esa blanca
me recuerda el ajuar de los muertos!
la canción de la tos en tu pecho,
y, al mojarse en las notas rojizas,
mostró flores de sangre el pañuelo.
¡Pobrecitas las carnes pacientes,
consumidas por fiebres de fuego,
para ellas las buenas, las tristes,
tiene un blanco sudario el invierno!
Mira: abrígate bien, hermanita,
mira, abrígate bien, yo no quiero
ver que cierre tus ojos la Bruja
de los flacos y frígidos dedos
Hermanita, ¡Me viene una pena!
Si te escucho gemir, que presiento
las nocturnas postreras heladas:
las temidas del árbol enfermo.
¡Si supieras! Blandones sombríos,
me parecen tus ojos ¡Tan negros!,
Y tu lívida faz taciturna
un fatídico heraldo de duelo.
¡Si supieras! A ratos me asaltan
tus visiones sangrientas. No duermo
al pensar, siempre alerta el oído,
que te pasas la noche tosiendo
Al pensar en tu vida deshecha,
cuando miro esfumarse en mi ensueño
tus nerviosos esguinces cansados,
y moverse y cruzar tu esqueleto
¡Hermanita: hace frío, ya es hora
de los suaves calores del lecho,
pero cambia la colcha: esa blanca
me recuerda el ajuar de los muertos!
464
Evaristo Carriego
Visiones Del Crepúsculo
Ya la tarde libra el combate postrero
en las flechas de oro que lanza al acaso,
y se va como un príncipe, caballero
en el rojo corcel del Ocaso.
Se ahonda el misterio de las lejanías,
misterio sombreado de tinte mortuorio,
y el barrio se puebla de las letanías
que llegan del negro, cercano velorio.
Empieza a caer la nieve Dulcemente,
un rumor de canciones resuena
en el patio del conventillo de enfrente,
que, en ritmos alegres, oculta una pena
Las mozas, dicen sus ansias juveniles
la salud se hizo canto en sus bocas,
como en una lira de cuerdas viriles
que guarda un deseo de imágenes locas.
Rayo de sol sobre la escarcha: la mustia,
de inviolable sudario en el seno,
copa repleta del vino de la angustia
que infiltra en la sangre su sabio veneno.
Finge en arabescos la nieve que baja
como una lluvia de blancos pesares,
una viejecita que hila su mortaja,
y una novia que arroja azahares.
Sobre una cabeza inquieta, entristecida,
yo la veo caer, como un beso
que absorbiese los rencores de una herida
y quedase en los bordes impreso.
Se desconsuela el barrio. Todos los males
salvajes resurgen aullando impaciencias
como presagios, que en las noches mortales
florecen las llagas de sordas dolencias
Asómate a la ventana, hermano. Mira,
tras la niebla, espejismos extraños
de fiebres. Desde una frente que delira,
soltó la tristeza sus búhos huraños
Rondan sugestiones en el pensamiento,
a todas las luchas del Crimen resueltas,
y el ambiente es propicio al presentimiento,
pues las bestias del mal andan sueltas.
Me invade el miedo. Mi cerebro afiebrado
es un biógrafo horrible de cosas
fatídicas y raras de lo ignorado:
donde van a caer, silenciosas.
En la casa del tísico, que los fríos
llevaron al lecho, graznó una corneja:
la inspiración de los cuentos sombríos
que junto a la lumbre musita la vieja.
La huerfanita, en el desván ha cesado
de gemir, y, aunque nadie la asiste,
en su glacial abandono se ha quedado
obsedada del sol, como triste
enferma que deseara un ardor eterno,
y, envuelta en su suave caliente pelliza,
tuviese en una noche cruda de invierno
un cálido sueño de tardes en Niza.
El mendicante se ha ido de la puerta
Dice algo muy hosco su ceño fruncido,
como si algún dolor en su mano abierta
entre las limosnas hubiese caído.
El crónico del hospital, ya moribundo,
sospecha, insensible, la gran Triunfadora,
y como en neblinas ve pasar el mundo,
sonámbulo grave que aguarda la hora
En su instante supremo la frente inclina,
como en su último adiós un bandido
que llorase al pie de la guillotina,
y se fuese después redimido.
¿Será el miedo, hermano? ¿No oyes cómo
brama
el viento en la calle, tan sola y oscura?
¡Si supieses! Anoche, junto a mi cama,
con muecas burlonas pasó la Locura.
en las flechas de oro que lanza al acaso,
y se va como un príncipe, caballero
en el rojo corcel del Ocaso.
Se ahonda el misterio de las lejanías,
misterio sombreado de tinte mortuorio,
y el barrio se puebla de las letanías
que llegan del negro, cercano velorio.
Empieza a caer la nieve Dulcemente,
un rumor de canciones resuena
en el patio del conventillo de enfrente,
que, en ritmos alegres, oculta una pena
Las mozas, dicen sus ansias juveniles
la salud se hizo canto en sus bocas,
como en una lira de cuerdas viriles
que guarda un deseo de imágenes locas.
Rayo de sol sobre la escarcha: la mustia,
de inviolable sudario en el seno,
copa repleta del vino de la angustia
que infiltra en la sangre su sabio veneno.
Finge en arabescos la nieve que baja
como una lluvia de blancos pesares,
una viejecita que hila su mortaja,
y una novia que arroja azahares.
Sobre una cabeza inquieta, entristecida,
yo la veo caer, como un beso
que absorbiese los rencores de una herida
y quedase en los bordes impreso.
Se desconsuela el barrio. Todos los males
salvajes resurgen aullando impaciencias
como presagios, que en las noches mortales
florecen las llagas de sordas dolencias
Asómate a la ventana, hermano. Mira,
tras la niebla, espejismos extraños
de fiebres. Desde una frente que delira,
soltó la tristeza sus búhos huraños
Rondan sugestiones en el pensamiento,
a todas las luchas del Crimen resueltas,
y el ambiente es propicio al presentimiento,
pues las bestias del mal andan sueltas.
Me invade el miedo. Mi cerebro afiebrado
es un biógrafo horrible de cosas
fatídicas y raras de lo ignorado:
donde van a caer, silenciosas.
En la casa del tísico, que los fríos
llevaron al lecho, graznó una corneja:
la inspiración de los cuentos sombríos
que junto a la lumbre musita la vieja.
La huerfanita, en el desván ha cesado
de gemir, y, aunque nadie la asiste,
en su glacial abandono se ha quedado
obsedada del sol, como triste
enferma que deseara un ardor eterno,
y, envuelta en su suave caliente pelliza,
tuviese en una noche cruda de invierno
un cálido sueño de tardes en Niza.
El mendicante se ha ido de la puerta
Dice algo muy hosco su ceño fruncido,
como si algún dolor en su mano abierta
entre las limosnas hubiese caído.
El crónico del hospital, ya moribundo,
sospecha, insensible, la gran Triunfadora,
y como en neblinas ve pasar el mundo,
sonámbulo grave que aguarda la hora
En su instante supremo la frente inclina,
como en su último adiós un bandido
que llorase al pie de la guillotina,
y se fuese después redimido.
¿Será el miedo, hermano? ¿No oyes cómo
brama
el viento en la calle, tan sola y oscura?
¡Si supieses! Anoche, junto a mi cama,
con muecas burlonas pasó la Locura.
459
Evaristo Carriego
En La Noche
Vencía la sombra. Misterio, llegando,
rimaba la angustia de sus misereres,
mojando, en el suelo, los frutos de Ceres,
la Maga del germen que lucha creando.
Muy suave, el Deseo pasaba contando
las cálidas noches de extraños placeres,
diciendo los sueños de frescas mujeres
que en torpes neurosis se fueron matando
Su copa de sangre volcaba en las brumas.
Ocaso muy triste, bordeando de heridas
el cielo, llagado de rojas espumas,
y allá, en una oscura visión de tugurio,
con voz de esperanza, cubriendo las vidas
cantaba un apóstol su bárbaro augurio.
rimaba la angustia de sus misereres,
mojando, en el suelo, los frutos de Ceres,
la Maga del germen que lucha creando.
Muy suave, el Deseo pasaba contando
las cálidas noches de extraños placeres,
diciendo los sueños de frescas mujeres
que en torpes neurosis se fueron matando
Su copa de sangre volcaba en las brumas.
Ocaso muy triste, bordeando de heridas
el cielo, llagado de rojas espumas,
y allá, en una oscura visión de tugurio,
con voz de esperanza, cubriendo las vidas
cantaba un apóstol su bárbaro augurio.
383
Evaristo Carriego
Imágenes Del Pecado
Enfermizas plenitudes
de emociones amatorias,
modernismo de lo Raro,
de embriagueces ilusorias,
que disfrazan las crudezas de sus credos materiales,
como fórmulas severas
de blasones impolutos,
que, discretos, disimulan
los salvajes atributos,
las paganas desnudeces de las fuerzas germinales.
Rosa estigma que en los labios
han dejado los orfebres
de la Ardencia. Bestias malas
de lascivias y de fiebres,
que no doman los actuales filosóficos Orfeos,
acechando por las noches
los oficios sigilosos
por las noches consteladas
de los besos milagrosos
que deshacen en las bocas el rubí de los deseos
Predilecta medianoche
vagamente ensoñativa,
que ha exhumado un bello libro
de lectura sugestiva,
de encubiertas entrelíneas de extravíos irreales
¡Oh, curiosa, febriciente
cabecita conturbada,
que en los tibios abandonos
delatados en la almohada
se fecunda de las sabias poluciones cerebrales!
¡Oh, cuán negros los hastíos
de las púberes sensuales!
¡Oh, cuán largas las esperas
de los pálidos nupciales,
en los ratos aburridos de cloróticas visiones
cuando creen que las abejas
evocadas vendrán, fieles,
a traerles, compasivas,
con sus vinos y sus mieles,
las cantáridas nocturnas de las fuertes obsesiones!
Voz fatal que en los gentiles
Evangelios de Afrodita,
al cenáculo vedado
de su roja mesa invita.
¡Oh, furtivas comuniones en los cultos que revelan
el peligro imaginable
de las hostias consagradas
donde, lívidas, se ocultan
las cabezas desmayadas
de los duendes cautelosos que en la extraña misa velan!
Neurasténica enclaustrada
cuyos lirios de pureza
ha violado sin esfuerzo
la triunfal Naturaleza:
Esa siempre parturienta, santamente dolorida.
Fue la hora en que cayeron
deshojados los claveles,
que, al sangrar las castidades
en los tálamos crueles
los augurios se regaron con los filtros de la Vida.
Virgen mística de celda,
brasa blonda de incensario,
fiel ritual de oscurantismo,
fría imagen de santuario,
por la fe de su locura tonsurada contra el Vicio,
que ha sentido en los insomnios
conmover su paz austera
un satánico deseo
de su sangre de soltera,
de su palma que claudica del inútil sacrificio.
Delicada sensitiva
en los cálidos antojos
que se burla de la ausencia
de la luz de los sonrojos
Que exaltando sus caprichos ¡Los diabólicos, los tiernos!
Al Cantar de los Cantares,
siempre nuevo en sus caricias,
sabe ungir de la gloriosa
caridad de sus delicias
a las vértebras que sufren el horror de los inviernos.
Favorita de Nirvana,
de los vinos superfinos,
espasmódica del éter,
que ilustró los pergaminos
de la nueva aristocracia del hatchís y la morfina:
Ofertorio inconfesable
de exquisita delincuencia
generosa, sorprendente,
bien gustada quintaesencia
de ilusión por el pecado de la copa clandestina
Pubertad de conventillo
que, en su génesis, halaga
la teoría lamentable
del harapo y de la llaga,
silenciando la inconsciente repulsión a lo maldito
Alentadas bizarrías
de muchacha sensiblera,
que presume ingenuamente
de Manón arrabalera,
suavemente flagelada por las sedas del Delito.
Cortesana de suburbio,
que se sabe mustia y vieja
y olvidar quiere los hondos
desconsuelos de su queja,
palpitante, en su derrota, por la última aventura,
que, al cruzar los barrios bajos
en la tarde de la cita,
va creyendo ser la triste,
la incurable Margarita
que abandona con la muerte su romántica locura.
Torturada visión breve
del amor de una heroína
del prostíbulo y la cárcel:
roja flor de guillotina,
que ha soñado con un novio que la finge una azucena:
con un blondo Nazareno
que la mueve a inevitable
santa senda arrepentida,
de intuición insospechable
a seguir su religiosa vocación de Magdalena.
Bella trágica historiada,
Salomé del histerismo,
portadora de extrañezas
del país del exotismo,
iniciada en el secreto de las cláusulas suicidas,
que, en sus largas devociones
por las fiestas misteriosas,
por las torpes confidencias
y las pautas tenebrosas,
comulgó con los maestros de las músicas prohibidas.
¡Oh, las pascuas de las carnes
bondadosas, que florecen
por aquellas que concluyen
por aquellas que envejecen!
¡Oh, los siete ángeles malos! ¡Oh, los
ángeles propicios
al exvoto de las manos
sabiamente extenuativas,
que degüellan las palomas
de las blancas rogativas,
en las vísperas sangrientas de los negros sacrificios!
de emociones amatorias,
modernismo de lo Raro,
de embriagueces ilusorias,
que disfrazan las crudezas de sus credos materiales,
como fórmulas severas
de blasones impolutos,
que, discretos, disimulan
los salvajes atributos,
las paganas desnudeces de las fuerzas germinales.
Rosa estigma que en los labios
han dejado los orfebres
de la Ardencia. Bestias malas
de lascivias y de fiebres,
que no doman los actuales filosóficos Orfeos,
acechando por las noches
los oficios sigilosos
por las noches consteladas
de los besos milagrosos
que deshacen en las bocas el rubí de los deseos
Predilecta medianoche
vagamente ensoñativa,
que ha exhumado un bello libro
de lectura sugestiva,
de encubiertas entrelíneas de extravíos irreales
¡Oh, curiosa, febriciente
cabecita conturbada,
que en los tibios abandonos
delatados en la almohada
se fecunda de las sabias poluciones cerebrales!
¡Oh, cuán negros los hastíos
de las púberes sensuales!
¡Oh, cuán largas las esperas
de los pálidos nupciales,
en los ratos aburridos de cloróticas visiones
cuando creen que las abejas
evocadas vendrán, fieles,
a traerles, compasivas,
con sus vinos y sus mieles,
las cantáridas nocturnas de las fuertes obsesiones!
Voz fatal que en los gentiles
Evangelios de Afrodita,
al cenáculo vedado
de su roja mesa invita.
¡Oh, furtivas comuniones en los cultos que revelan
el peligro imaginable
de las hostias consagradas
donde, lívidas, se ocultan
las cabezas desmayadas
de los duendes cautelosos que en la extraña misa velan!
Neurasténica enclaustrada
cuyos lirios de pureza
ha violado sin esfuerzo
la triunfal Naturaleza:
Esa siempre parturienta, santamente dolorida.
Fue la hora en que cayeron
deshojados los claveles,
que, al sangrar las castidades
en los tálamos crueles
los augurios se regaron con los filtros de la Vida.
Virgen mística de celda,
brasa blonda de incensario,
fiel ritual de oscurantismo,
fría imagen de santuario,
por la fe de su locura tonsurada contra el Vicio,
que ha sentido en los insomnios
conmover su paz austera
un satánico deseo
de su sangre de soltera,
de su palma que claudica del inútil sacrificio.
Delicada sensitiva
en los cálidos antojos
que se burla de la ausencia
de la luz de los sonrojos
Que exaltando sus caprichos ¡Los diabólicos, los tiernos!
Al Cantar de los Cantares,
siempre nuevo en sus caricias,
sabe ungir de la gloriosa
caridad de sus delicias
a las vértebras que sufren el horror de los inviernos.
Favorita de Nirvana,
de los vinos superfinos,
espasmódica del éter,
que ilustró los pergaminos
de la nueva aristocracia del hatchís y la morfina:
Ofertorio inconfesable
de exquisita delincuencia
generosa, sorprendente,
bien gustada quintaesencia
de ilusión por el pecado de la copa clandestina
Pubertad de conventillo
que, en su génesis, halaga
la teoría lamentable
del harapo y de la llaga,
silenciando la inconsciente repulsión a lo maldito
Alentadas bizarrías
de muchacha sensiblera,
que presume ingenuamente
de Manón arrabalera,
suavemente flagelada por las sedas del Delito.
Cortesana de suburbio,
que se sabe mustia y vieja
y olvidar quiere los hondos
desconsuelos de su queja,
palpitante, en su derrota, por la última aventura,
que, al cruzar los barrios bajos
en la tarde de la cita,
va creyendo ser la triste,
la incurable Margarita
que abandona con la muerte su romántica locura.
Torturada visión breve
del amor de una heroína
del prostíbulo y la cárcel:
roja flor de guillotina,
que ha soñado con un novio que la finge una azucena:
con un blondo Nazareno
que la mueve a inevitable
santa senda arrepentida,
de intuición insospechable
a seguir su religiosa vocación de Magdalena.
Bella trágica historiada,
Salomé del histerismo,
portadora de extrañezas
del país del exotismo,
iniciada en el secreto de las cláusulas suicidas,
que, en sus largas devociones
por las fiestas misteriosas,
por las torpes confidencias
y las pautas tenebrosas,
comulgó con los maestros de las músicas prohibidas.
¡Oh, las pascuas de las carnes
bondadosas, que florecen
por aquellas que concluyen
por aquellas que envejecen!
¡Oh, los siete ángeles malos! ¡Oh, los
ángeles propicios
al exvoto de las manos
sabiamente extenuativas,
que degüellan las palomas
de las blancas rogativas,
en las vísperas sangrientas de los negros sacrificios!
471
Evaristo Carriego
Los Perros Del Barrio
Una noche de invierno, tan cruda
que se fue del portal la Miseria,
y en sus camas de los hospitales
lloraron al hijo las madres enfermas,
con el frío del Mal en el alma
y el ardor del ajenjo en las venas,
tras un hosco silencio de angustias,
un pobre borracho cantó en la taberna:
Compañero: no salgas, presiento
algo raro y hostil en la acera.
La invadieron aullando los lobos
Asómate, hermano. ¡La calle está llena!
Son los mismos que espían tu paso
en la sombra sin fin de su senda,
los que en sórdidas tropas se anuncian
y en horas terribles arañan la puerta
¿Que no entiendes? ¿No tiembla tu prole
al salvaje ulular de las bestias?
¿Nunca vio la Desgracia? ¿Fue siempre
la entraña sin hambre, la entraña repleta?
Continúan aullando, ¿No oíste?
Ritornelo feroz que resuena
como un lúgubre grito flotando
por sobre la cuna que mece la anemia.
¡Y son todos! No falta ninguno,
y la noche no pasa: es eterna.
El Dolor es invierno, te cubre:
no aguardes ni sueñes jamás primaveras.
El olvido está lejos, no viene
a dejar junto a ti su promesa,
su promesa de muerte, ¡La Madre,
a veces tan mala y a veces tan buena!
Nunca nadie sabrá de la mano
que pusiese en tus ojos la venda,
con la cual has caído tan hondo
que aquellos que quieren mirarte se ciegan.
En tu anónimo abismo te agitas
sin desear un regreso, en la inquieta
sensación del inmenso desplome
que arrastra consigo tus dudas tremendas.
Sin embargo, quizás te azotaran,
en la calma de tu indiferencia,
flageladas visiones de ensueño
posibles terrores de locas tormentas
En el fondo temible de tu alma
anda suelto un espanto de fiera:
¡Qué curioso sería asomarse
a ver si ella tiene también sus violencias!
¿No los ves? ¡Cómo asustan sus ojos,
sus inmóviles ojos que velan
en las noches infaustas, propicias
al hórrido asedio clavado allí, afuera,
cuando el Miedo desata sus hordas
y las llagas del Crimen revientan,
si, con ruda caricia indeleble,
las toca una mano brutal que no tiembla!
¡Y tú sigues lo mismo! Diría
que en tus sueños mejores tuvieras
pesadillas de murrias de plomo,
letales desganos de fiebres ya viejas
Sin querer en tu ruta inquietante
presentir, ni un momento siquiera,
la amenaza mortal de un perenne
furor sigiloso de fauces que acechan
No te rías Ya vuelven de nuevo
a rondar al amor de la niebla,
las famélicas bocas enormes
parece que llaman, imploran y esperan.
Cubren toda la calle, bravíos,
van marcando en la nieve sus huellas,
como estigmas de atroces presagios,
y, sórdidamente cansados, jadean.
¿Quién los trae? No sé. ¿Quién los llama?
¿Por qué huyeron, dejando sus selvas?
Son tropeles que azuza el peligro
y vienen de lejos como una inclemencia
¿Mas, qué buscan? Los lomos hirsutos
estremecen sus rabias sangrientas,
en un torpe rencor incesante
tal vez una vida sus garras laceran.
¿Mujer hijos? No quiero acordarme.
¿Están ellos aquí? No te duermas
¿Han aullado otra vez, o es el viento?
Los dos se han unido y aguardan la presa.
¡Yo los siento volver: son las mismos,
los conozco, los monstruos que llegan:
de mis largas vigilias guardianes
y junto a mi lecho fatal, centinelas!
Sus tentáculos hieren mi entraña
Mira, hermano, la noche ¡Cuán negra!
Se creyera que pasa la vida
Envuelta en un torvo jirón de tinieblas.
¿Cómo cae la nieve, en la calle
sin un rayo de luz? ¡Qué tristeza!
Si pudiese pensar, pensaría
que dentro del alma me cabe una estepa
¡Oh, mi sangre sin sol, mis pasiones,
mis oscuras heridas inciertas
que en el borde filoso del vaso
a todos los filtros del Odio se abrieran!
Ven, acércate más. No te turbes
y verás en la noche agorera
cómo sobre la fúnebre ronda
medita el Ensueño, con cara de pena
¿Quién se ha puesto a reír?
¡Compañero:
se han mezclado a los lobos las hienas!
¡El Silencio descubre su esfinge
y, aullando, los monstruos avanzan a tientas!
Hubo un ronco gemido en la sombra,
se halló solo el borracho en la tienda
y por eso la loca, la extraña
mitad de aquel canto, quedó en la botella.
que se fue del portal la Miseria,
y en sus camas de los hospitales
lloraron al hijo las madres enfermas,
con el frío del Mal en el alma
y el ardor del ajenjo en las venas,
tras un hosco silencio de angustias,
un pobre borracho cantó en la taberna:
Compañero: no salgas, presiento
algo raro y hostil en la acera.
La invadieron aullando los lobos
Asómate, hermano. ¡La calle está llena!
Son los mismos que espían tu paso
en la sombra sin fin de su senda,
los que en sórdidas tropas se anuncian
y en horas terribles arañan la puerta
¿Que no entiendes? ¿No tiembla tu prole
al salvaje ulular de las bestias?
¿Nunca vio la Desgracia? ¿Fue siempre
la entraña sin hambre, la entraña repleta?
Continúan aullando, ¿No oíste?
Ritornelo feroz que resuena
como un lúgubre grito flotando
por sobre la cuna que mece la anemia.
¡Y son todos! No falta ninguno,
y la noche no pasa: es eterna.
El Dolor es invierno, te cubre:
no aguardes ni sueñes jamás primaveras.
El olvido está lejos, no viene
a dejar junto a ti su promesa,
su promesa de muerte, ¡La Madre,
a veces tan mala y a veces tan buena!
Nunca nadie sabrá de la mano
que pusiese en tus ojos la venda,
con la cual has caído tan hondo
que aquellos que quieren mirarte se ciegan.
En tu anónimo abismo te agitas
sin desear un regreso, en la inquieta
sensación del inmenso desplome
que arrastra consigo tus dudas tremendas.
Sin embargo, quizás te azotaran,
en la calma de tu indiferencia,
flageladas visiones de ensueño
posibles terrores de locas tormentas
En el fondo temible de tu alma
anda suelto un espanto de fiera:
¡Qué curioso sería asomarse
a ver si ella tiene también sus violencias!
¿No los ves? ¡Cómo asustan sus ojos,
sus inmóviles ojos que velan
en las noches infaustas, propicias
al hórrido asedio clavado allí, afuera,
cuando el Miedo desata sus hordas
y las llagas del Crimen revientan,
si, con ruda caricia indeleble,
las toca una mano brutal que no tiembla!
¡Y tú sigues lo mismo! Diría
que en tus sueños mejores tuvieras
pesadillas de murrias de plomo,
letales desganos de fiebres ya viejas
Sin querer en tu ruta inquietante
presentir, ni un momento siquiera,
la amenaza mortal de un perenne
furor sigiloso de fauces que acechan
No te rías Ya vuelven de nuevo
a rondar al amor de la niebla,
las famélicas bocas enormes
parece que llaman, imploran y esperan.
Cubren toda la calle, bravíos,
van marcando en la nieve sus huellas,
como estigmas de atroces presagios,
y, sórdidamente cansados, jadean.
¿Quién los trae? No sé. ¿Quién los llama?
¿Por qué huyeron, dejando sus selvas?
Son tropeles que azuza el peligro
y vienen de lejos como una inclemencia
¿Mas, qué buscan? Los lomos hirsutos
estremecen sus rabias sangrientas,
en un torpe rencor incesante
tal vez una vida sus garras laceran.
¿Mujer hijos? No quiero acordarme.
¿Están ellos aquí? No te duermas
¿Han aullado otra vez, o es el viento?
Los dos se han unido y aguardan la presa.
¡Yo los siento volver: son las mismos,
los conozco, los monstruos que llegan:
de mis largas vigilias guardianes
y junto a mi lecho fatal, centinelas!
Sus tentáculos hieren mi entraña
Mira, hermano, la noche ¡Cuán negra!
Se creyera que pasa la vida
Envuelta en un torvo jirón de tinieblas.
¿Cómo cae la nieve, en la calle
sin un rayo de luz? ¡Qué tristeza!
Si pudiese pensar, pensaría
que dentro del alma me cabe una estepa
¡Oh, mi sangre sin sol, mis pasiones,
mis oscuras heridas inciertas
que en el borde filoso del vaso
a todos los filtros del Odio se abrieran!
Ven, acércate más. No te turbes
y verás en la noche agorera
cómo sobre la fúnebre ronda
medita el Ensueño, con cara de pena
¿Quién se ha puesto a reír?
¡Compañero:
se han mezclado a los lobos las hienas!
¡El Silencio descubre su esfinge
y, aullando, los monstruos avanzan a tientas!
Hubo un ronco gemido en la sombra,
se halló solo el borracho en la tienda
y por eso la loca, la extraña
mitad de aquel canto, quedó en la botella.
614
Evaristo Carriego
En La Aldea
Regresan de la era. Se oyen cercanas
las fuertes risotadas y las canciones
con que animan la vuelta los mocetones
que siguen, desde lejos, a las aldeanas.
Ya, detrás de las rejas de las ventanas,
estudian las muchachas contestaciones,
para dar a las tímidas declaraciones
que de rústicos labios salen galanas.
Como van a concluirse las romerías,
crecen las estruendosas algarabías
Y, halagando a una novia provocadora,
pasa diciendo un mozo de porte fiero,
al son de la guitarra conquistadora,
las postreras hazañas de un bandolero.
las fuertes risotadas y las canciones
con que animan la vuelta los mocetones
que siguen, desde lejos, a las aldeanas.
Ya, detrás de las rejas de las ventanas,
estudian las muchachas contestaciones,
para dar a las tímidas declaraciones
que de rústicos labios salen galanas.
Como van a concluirse las romerías,
crecen las estruendosas algarabías
Y, halagando a una novia provocadora,
pasa diciendo un mozo de porte fiero,
al son de la guitarra conquistadora,
las postreras hazañas de un bandolero.
498
Evaristo Carriego
Detrás Del Mostrador
Ayer la vi, al pasar, en la taberna,
detrás del mostrador, como una estatua
Vaso de carne juvenil que atrae
a los borrachos con su hermosa cara.
Azucena regada con ajenjo,
surgida en el ambiente de la crápula,
florece como muchas en el vicio
perfumado ese búcaro de miasmas.
¡Canción de esclavitud! Belleza triste
belleza de hospital ya disecada
quién sabe por qué mano que la empuja
casi siempre hasta el sitio de la infamia
Y pasa sin dolor así inconsciente
su vida material de carne esclava:
¡Copa de invitaciones y de olvido
sobre el hastiado bebedor volcada!
detrás del mostrador, como una estatua
Vaso de carne juvenil que atrae
a los borrachos con su hermosa cara.
Azucena regada con ajenjo,
surgida en el ambiente de la crápula,
florece como muchas en el vicio
perfumado ese búcaro de miasmas.
¡Canción de esclavitud! Belleza triste
belleza de hospital ya disecada
quién sabe por qué mano que la empuja
casi siempre hasta el sitio de la infamia
Y pasa sin dolor así inconsciente
su vida material de carne esclava:
¡Copa de invitaciones y de olvido
sobre el hastiado bebedor volcada!
441
Evaristo Carriego
La Viejecita
Sobre la acera, que el sol escalda,
doblado el cuerpo la cruz obliga
lomo imposible, que es una espalda
desprecio y sobra de la fatiga,
pasa la vieja, la inconsolable,
la que es apenas un desperdicio
del infortunio, la lamentable,
carne cansada de sacrificio.
La viejecita, la que se siente
un sedimento de la materia,
desecho inútil, salmo doliente
del Evangelio de la Miseria.
Luz de pesares, propios o ajenos,
sobre la pena de su faz mustia
dejan estigmas, de dolor llenos,
entristeciendo su misma angustia,
su misma angustia que ha compartido,
como el mendrugo que no la sacia,
con esa niña que ha recogido,
retoño de otros, en su desgracia.
Esa pequeña que va a su lado,
la que mañana será su apoyo,
flor del suburbio desconsolado,
lirio de anemia que dio el arroyo.
Vida sin lucha, ya prisionera,
pichón de un nido que no fue eterno.
¡Sonriente rayo de primavera
sobre la nieve de aquel invierno!
Radiación rubia de luz que arde
como un sol nuevo frente a un ocaso,
triste promesa, mujer más tarde
linda y deseada que será, acaso,
la Inés vencida, la dulce monja
de los tenorios de la taberna,
cuando el encanto de la lisonja
le dé su frase nefanda y tierna.
Ritual vedado de sensaciones
trágicos sueños, fiebres aciagas,
hostias de vicios y tentaciones
de las alegres jóvenes magas
¡Qué de heroínas, pobres y oscuras
en estos dramas! ¡Cuántas Ofelias!
Los arrabales tienen sus puras
tísicas Damas de las Camelias.
Por eso sufre, la mendicante,
como una idea terrible y fija
que no ha empañado su amor radiante
por esa hija que no es su hija.
Mas sus bellezas de renunciada
jamás del crudo dolor la eximen
¡Sin haber sido, siquiera, amada
se siente madre de los que gimen!
Madre haraposa, madre desnuda,
manto de amores de barrio bajo:
¡Es una amarga protesta muda
esa devota de San Andrajo,
que conociese sólo los besos
de rudos fríos en los portales,
como descanso para sus huesos
sólo le dieron los hospitales!
Jirón humano que siempre flota
sobre sus ansias indefinibles,
bondad enferma que no se agota
ni en las miserias irredimibles,
que la torturan, sin un olvido
para sus lacras, para su suerte,
con la certeza de haber vivido
¡Como un despojo para la muerte!
Por eso, a veces, tiene amarguras,
tiene amarguras de derrotada,
que se traducen en frases duras
y dan en llanto de resignada,
pues nunca supo la miserable,
de amor alguno, grande o pequeño,
que la alentara, no le fue dable
sobre la vida soñar un sueño.
La dominaron los sinsabores
que la flagelan como a inocente:
¡En la vendimia de los amores
fue desgranado racimo ausente!
Fue la azucena sobre el pantano,
flor de desdichas, a libertarla
no vino nadie, no hubo una mano
que se tendiese para arrancarla.
Sin transiciones, siempre vencida,
ni en el principio de su mal mismo
tuvo las glorias de la caída:
Su primer cuna ya era el abismo.
Bajo un hastío que no deseara,
pasó su noche sin una aurora
sin que en la vida la conturbara
ni una impaciencia de pecadora.
Y así, ha guardado con sus pesares
como un reproche, que se refleja
en las arrugas, sus azahares
de nunca novia, de virgen vieja.
Los años muertos sólo dejaron
esa agonía que no la mata.
¡Jamás a ella la aprisionaron,
como entre flores, rejas de plata!
Forjó ilusiones, y las más leves
la sepultaron como en escombros,
sobre su testa cayeron nieves
y honras de harapos sobre sus hombros.
Porque fue buena, dio en la locura
de cubrir todas sus cicatrices:
puso los besos de su ternura
en sus hermanos, los infelices.
Por eso, a veces, tiene su duelo
en los cansados ojos sin brillo,
llantos que caen como un consuelo
sobre las llagas del conventillo.
Carne que azotan todos los males,
burla sangrienta de los muchachos,
dádiva y sobra de los portales,
mancha de vino de las borrachos:
Ahí va la vieja, como una hiriente
fórmula ruda de una ironía:
llena de sombras en la esplendente,
en la serena gloria del día.
Tal vez alguna visión extraña
ha conmovido su indiferencia,
pues ha cruzado triste y huraña
como una imagen de la demencia.
¡Y allá sombría, y adusto el ceño
obsesionada por las crueldades
va taciturna, como un ensueño
que derrotaron las realidades!
doblado el cuerpo la cruz obliga
lomo imposible, que es una espalda
desprecio y sobra de la fatiga,
pasa la vieja, la inconsolable,
la que es apenas un desperdicio
del infortunio, la lamentable,
carne cansada de sacrificio.
La viejecita, la que se siente
un sedimento de la materia,
desecho inútil, salmo doliente
del Evangelio de la Miseria.
Luz de pesares, propios o ajenos,
sobre la pena de su faz mustia
dejan estigmas, de dolor llenos,
entristeciendo su misma angustia,
su misma angustia que ha compartido,
como el mendrugo que no la sacia,
con esa niña que ha recogido,
retoño de otros, en su desgracia.
Esa pequeña que va a su lado,
la que mañana será su apoyo,
flor del suburbio desconsolado,
lirio de anemia que dio el arroyo.
Vida sin lucha, ya prisionera,
pichón de un nido que no fue eterno.
¡Sonriente rayo de primavera
sobre la nieve de aquel invierno!
Radiación rubia de luz que arde
como un sol nuevo frente a un ocaso,
triste promesa, mujer más tarde
linda y deseada que será, acaso,
la Inés vencida, la dulce monja
de los tenorios de la taberna,
cuando el encanto de la lisonja
le dé su frase nefanda y tierna.
Ritual vedado de sensaciones
trágicos sueños, fiebres aciagas,
hostias de vicios y tentaciones
de las alegres jóvenes magas
¡Qué de heroínas, pobres y oscuras
en estos dramas! ¡Cuántas Ofelias!
Los arrabales tienen sus puras
tísicas Damas de las Camelias.
Por eso sufre, la mendicante,
como una idea terrible y fija
que no ha empañado su amor radiante
por esa hija que no es su hija.
Mas sus bellezas de renunciada
jamás del crudo dolor la eximen
¡Sin haber sido, siquiera, amada
se siente madre de los que gimen!
Madre haraposa, madre desnuda,
manto de amores de barrio bajo:
¡Es una amarga protesta muda
esa devota de San Andrajo,
que conociese sólo los besos
de rudos fríos en los portales,
como descanso para sus huesos
sólo le dieron los hospitales!
Jirón humano que siempre flota
sobre sus ansias indefinibles,
bondad enferma que no se agota
ni en las miserias irredimibles,
que la torturan, sin un olvido
para sus lacras, para su suerte,
con la certeza de haber vivido
¡Como un despojo para la muerte!
Por eso, a veces, tiene amarguras,
tiene amarguras de derrotada,
que se traducen en frases duras
y dan en llanto de resignada,
pues nunca supo la miserable,
de amor alguno, grande o pequeño,
que la alentara, no le fue dable
sobre la vida soñar un sueño.
La dominaron los sinsabores
que la flagelan como a inocente:
¡En la vendimia de los amores
fue desgranado racimo ausente!
Fue la azucena sobre el pantano,
flor de desdichas, a libertarla
no vino nadie, no hubo una mano
que se tendiese para arrancarla.
Sin transiciones, siempre vencida,
ni en el principio de su mal mismo
tuvo las glorias de la caída:
Su primer cuna ya era el abismo.
Bajo un hastío que no deseara,
pasó su noche sin una aurora
sin que en la vida la conturbara
ni una impaciencia de pecadora.
Y así, ha guardado con sus pesares
como un reproche, que se refleja
en las arrugas, sus azahares
de nunca novia, de virgen vieja.
Los años muertos sólo dejaron
esa agonía que no la mata.
¡Jamás a ella la aprisionaron,
como entre flores, rejas de plata!
Forjó ilusiones, y las más leves
la sepultaron como en escombros,
sobre su testa cayeron nieves
y honras de harapos sobre sus hombros.
Porque fue buena, dio en la locura
de cubrir todas sus cicatrices:
puso los besos de su ternura
en sus hermanos, los infelices.
Por eso, a veces, tiene su duelo
en los cansados ojos sin brillo,
llantos que caen como un consuelo
sobre las llagas del conventillo.
Carne que azotan todos los males,
burla sangrienta de los muchachos,
dádiva y sobra de los portales,
mancha de vino de las borrachos:
Ahí va la vieja, como una hiriente
fórmula ruda de una ironía:
llena de sombras en la esplendente,
en la serena gloria del día.
Tal vez alguna visión extraña
ha conmovido su indiferencia,
pues ha cruzado triste y huraña
como una imagen de la demencia.
¡Y allá sombría, y adusto el ceño
obsesionada por las crueldades
va taciturna, como un ensueño
que derrotaron las realidades!
586
Evaristo Carriego
Las Manos
A todas las evoco. Pensativas,
cual si tuvieran almas, yo las veo
pasar, como teorías que viniesen
en las estancias líricas de un verso.
Las buenas, las cordiales, generosas
madrecitas de olvidos en los duelos,
las buenas, las cordiales, que ya nunca
las volvimos a ver, ni en el recuerdo.
Las manos enigmáticas, las manos
con vagos exotismos de misterio,
que ocultan, como en libros invisibles,
las fórmulas vedadas del Secreto.
Las manos que coronan los designios,
las manos vencedoras del Silencio,
en las que sueña, a veces, derrotado,
un tardío laurel de luz el genio.
Las pálidas, con sangre de azucenas,
violadas por los duendes de los besos,
que vi una vez, nerviosas, deslizarse
sobre la gama azul de un florilegio.
Las manos graves de las novias muertas,
rígidas desposadas de los féretros,
leves hostias de ritos amatorios
que ya nunca jamás comulgaremos,
esas manos inmóviles y extrañas,
que se petrificaron en el pecho
como una interrogante dolorosa
de la inmensa ansiedad del postrer gesto.
Las crueles que saben el encanto
del fugaz abandono de un momento.
Las exangües, las castas como vírgenes
severas domadoras del Deseo.
Las santas, inefables, las ungidas
con miras de perdón y de consuelo:
amadas melancólicas y breves
de los poetas y de los enfermos.
Las románticas manos de las tísicas,
que, en la voz moribunda de un arpegio,
como conjuro agónico angustiado,
llamaron a Chopin, desfalleciendo
Las manos que derraman por la noche
los filtros germinales en el lecho:
las que escriben las cláusulas fecundas
sobre las carnes que violó el invierno.
Las manos sin amor de las amadas,
más frías y más blancas que el pañuelo
que se esfuma en las largas despedidas
como paloma del adiós supremo.
¡Las Únicas, las fieles, las anónimas
las manos que en los ojos de algún muerto
pusieron, al cerrarlos, la postrera
temblorosa caricia de sus dedos!
Las manos de bellezas irreales,
las manos como lirios de recuerdos,
de aquellas que se fueron a la luna,
en la piedad del éxtasis eterno.
Las místicas, fervientes como exvotos,
inmaterializadas en el rezo,
las manos que humanizan las imágenes
de los blondos y tristes nazarenos.
Y las manos que triunfan del Olvido,
¡Esas, blancas como el remordimiento
de no haberlas besado, ni siquiera
con el beso intangible del ensueño!
cual si tuvieran almas, yo las veo
pasar, como teorías que viniesen
en las estancias líricas de un verso.
Las buenas, las cordiales, generosas
madrecitas de olvidos en los duelos,
las buenas, las cordiales, que ya nunca
las volvimos a ver, ni en el recuerdo.
Las manos enigmáticas, las manos
con vagos exotismos de misterio,
que ocultan, como en libros invisibles,
las fórmulas vedadas del Secreto.
Las manos que coronan los designios,
las manos vencedoras del Silencio,
en las que sueña, a veces, derrotado,
un tardío laurel de luz el genio.
Las pálidas, con sangre de azucenas,
violadas por los duendes de los besos,
que vi una vez, nerviosas, deslizarse
sobre la gama azul de un florilegio.
Las manos graves de las novias muertas,
rígidas desposadas de los féretros,
leves hostias de ritos amatorios
que ya nunca jamás comulgaremos,
esas manos inmóviles y extrañas,
que se petrificaron en el pecho
como una interrogante dolorosa
de la inmensa ansiedad del postrer gesto.
Las crueles que saben el encanto
del fugaz abandono de un momento.
Las exangües, las castas como vírgenes
severas domadoras del Deseo.
Las santas, inefables, las ungidas
con miras de perdón y de consuelo:
amadas melancólicas y breves
de los poetas y de los enfermos.
Las románticas manos de las tísicas,
que, en la voz moribunda de un arpegio,
como conjuro agónico angustiado,
llamaron a Chopin, desfalleciendo
Las manos que derraman por la noche
los filtros germinales en el lecho:
las que escriben las cláusulas fecundas
sobre las carnes que violó el invierno.
Las manos sin amor de las amadas,
más frías y más blancas que el pañuelo
que se esfuma en las largas despedidas
como paloma del adiós supremo.
¡Las Únicas, las fieles, las anónimas
las manos que en los ojos de algún muerto
pusieron, al cerrarlos, la postrera
temblorosa caricia de sus dedos!
Las manos de bellezas irreales,
las manos como lirios de recuerdos,
de aquellas que se fueron a la luna,
en la piedad del éxtasis eterno.
Las místicas, fervientes como exvotos,
inmaterializadas en el rezo,
las manos que humanizan las imágenes
de los blondos y tristes nazarenos.
Y las manos que triunfan del Olvido,
¡Esas, blancas como el remordimiento
de no haberlas besado, ni siquiera
con el beso intangible del ensueño!
557