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Vida y Existencia

Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

El Velorio

Como ya en el barrio corrió la noticia,
algunos vecinos llegan consternados,
diciendo en voz baja toda la injusticia
que amarga la suerte de los desdichados

A principios de año, repentinamente
murió el mayorcito ¡Si es para asustarse:
apenas lo entierran, cuando fatalmente
la misma desgracia vuelve a presentarse!

En medio del cuadro de caras llorosas
que llena el ambiente de recogimiento,
el padre recibe las frases piadosas
con que lo acompañan en el sentimiento

Los íntimos quieren llevárselo afuera,
pues presienten una decisión sombría
en su mirar fijo: de cualquier manera
con desesperarse nada sacaría

Porque hay que ser hombre, cede a las instancias
de los allegados, que fingen el gesto
de cansancio propio de las circunstancias:
Paciencia, por algo Dios lo habrá dispuesto.

La forma expresiva de las condolencias
narra lo sincero de las aflicciones,
que recién en estas duras emergencias
se aprecian las pocas buenas relaciones.

Entre los amigos que han ido a excusarse,
uno que otro padre de familia pasa
a cumplir, sintiendo no poder quedarse:
¡Ellos también tienen enfermos en casa!

Encuentran el golpe realmente sensible,
aunque irreparable, saben que sus puestos
están allí, pero les es imposible
al fin crían hijos y se hallan expuestos

Como habla del duelo todo el conventillo,
vienen comentarios desde la cocina,
mientras el teclado de un ronco organillo
más ronco y más grave solloza en la esquina.

Las muchas vecinas que desde temprano
fueron a brindarse, siempre cumplidoras,
están asombradas ¡El era bien sano,
y en tan corto tiempo: cuarenta y ocho horas!

¡Parece mentira! ¡Pobre finadito!
Nunca, jamás daba que hacer a la gente:
¡Había que verlo, ya tan hombrecito,
tan fino en sus modos y tan obediente!

La angustiada madre, que llorando apura
el cáliz que el justo Señor le depara,
muestra a las visitas la vieja figura
con que la noche antes él aún jugara.

Y, afanosamente, buscando al acaso,
halla entre las vueltas de una serpentina
aquel desteñido traje de payaso
que le regalase su santa madrina.

Y la rubia imagen a la cual rezaba
truncas devociones de rezos tardíos,
¡Ah, qué unción la suya, cuando comenzaba:
«Jesús Nazareno, rey de los judíos!»

Como esas benditas cosas no la dejan,
y ella torna al mismo fúnebre relato
y va siendo tarde, todas la aconsejan
cariñosamente recostarse un rato.

Muchas de las que hace tiempo permanecen
con ella, se marchan, pues no les permite
quedarse la hora, pero antes se ofrecen
para algo de apuro que se necesite

Las de «compromiso» van abandonando
silenciosamente la pieza mortuoria:
sólo las parientes se aguardan, orando
por el angelito que sube a la Gloria.

La crédula hermana se acerca en puntillas,
a ver, nuevamente, «si ya está despierto»,
y le llama y pone sus frescas mejillas
sobre la carita apacible del muerto.

En el otro cuarto se tocan asuntos
de interés notorio: programas navales,
cuestiones, alarmas, crisis y presuntos
casos de conflictos internacionales.

Mientras corre el mate, se insinúan datos
sobre las carreras y las elecciones,
y «la fija, al freno», de los candidatos
es causa de algunas serias discusiones.

Como no es posible que en esos instantes,
y habiendo muchachas, puedan sostenerse
sin ningún motivo temas semejantes,
los juegos de prendas van a proponerse.

Varios se retiran como pesarosos
de no acompañarlos: no hay otro remedio,
quizás esperasen, sin duda gustosos,
si fuerzas mayores que están de por medio

Y, al dejar al padre menos afligido,
a las susurradas frases de la breve
triste despedida, sigue el convenido
casi misterioso: «Mañana a las nueve».
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Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Funerales Báquicos

Ayer en la taberna, tristemente,
un borracho, pontífice del vino,
decía a otro borracho impenitente,
bebiendo el primer vaso matutino:

Yo llevo en mi interior un silencioso
Genio o Poder que nunca me abandona:
Enemigo ignorado y fastidioso
que mis heridas de placer encona,
volcando el agua fuerte
del odio y del pesar. (Esa agua abunda
en las foscas riberas de la Muerte
y es en el riego del dolor fecunda).

Por eso mismo tengo indefinibles
rebeldías de lucha delirante
que sólo me hacen ver los imposibles
donde cae el Esfuerzo a cada instante,
torturado y vencido
por la brutal Potencia que condena,
diariamente, al espíritu caído
a oír los soliloquios de la Pena.

Dominación fatal, conturbadora
del gran Desconocido que me obliga
a custodiar el Mal, hora tras hora,
arrojando a la espalda la fatiga.

Y es esa tiranía la venganza
de un fatídico monstruo cuya mano
como un destino atroz siempre me alcanza.
Pero pienso que en día no lejano

cuando caiga debajo de la mesa
para nunca jamás ya levantarme,
ese Genio que tiene mi alma presa
resolverá, tal vez, por fin, dejarme.

Y entonces habré muerto. Bienvenida
la eterna amada, la Libertadora,
que al derramar el vino de la vida
de mi vaso será la defensora.
¡Del terrible licor, del más amargo,
me llegarán las gotas como besos,
y en el viaje postrer! ¡Tan rudo y largo!
¡Tendré un cordial para mis pobres huesos!

Entonces, se oirá un himno de alegría
en todos los cenáculos viciosos,
y en el altar de la bodega fría
florecerán los pámpanos gloriosos,
¡Como una exuberante
fiesta de las vendimias, festejada
con la copa risueña y desbordante
sobre el Hastío agobiador alzada!

Los viejos bebedores,
musitarán responsos doloridos,
en sus báquicos salmos gemidores,
escuchando el sermón de los vencidos,
y, taciturnos, llenos de unción, bajo
la santidad de los recuerdos fieles,
mojarán el hisopo de un andrajo
en la sangre mortal de los toneles,
para rociar mi caja
con sus tenues esencias vaporosas,
cuya embriaguez irá hasta mi mortaja
cubierta de racimos y de rosas.

Después, urdiendo extraños sacrificios,
muy quedo, acaso, seguirán mi entierro
las brujas como en Sábados de oficios,
¡Y más tarde, por último, algún perro
lunático, burlón o visionario,
feroz amante de las cosas bellas
desde un negro escondrijo solitario
ladrará el epitafio a las estrellas!
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Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Visiones Del Crepúsculo

Ya la tarde libra el combate postrero
en las flechas de oro que lanza al acaso,
y se va como un príncipe, caballero
en el rojo corcel del Ocaso.

Se ahonda el misterio de las lejanías,
misterio sombreado de tinte mortuorio,
y el barrio se puebla de las letanías
que llegan del negro, cercano velorio.

Empieza a caer la nieve Dulcemente,
un rumor de canciones resuena
en el patio del conventillo de enfrente,
que, en ritmos alegres, oculta una pena

Las mozas, dicen sus ansias juveniles
la salud se hizo canto en sus bocas,
como en una lira de cuerdas viriles
que guarda un deseo de imágenes locas.

Rayo de sol sobre la escarcha: la mustia,
de inviolable sudario en el seno,
copa repleta del vino de la angustia
que infiltra en la sangre su sabio veneno.

Finge en arabescos la nieve que baja
como una lluvia de blancos pesares,
una viejecita que hila su mortaja,
y una novia que arroja azahares.

Sobre una cabeza inquieta, entristecida,
yo la veo caer, como un beso
que absorbiese los rencores de una herida
y quedase en los bordes impreso.

Se desconsuela el barrio. Todos los males
salvajes resurgen aullando impaciencias
como presagios, que en las noches mortales
florecen las llagas de sordas dolencias

Asómate a la ventana, hermano. Mira,
tras la niebla, espejismos extraños
de fiebres. Desde una frente que delira,
soltó la tristeza sus búhos huraños

Rondan sugestiones en el pensamiento,
a todas las luchas del Crimen resueltas,
y el ambiente es propicio al presentimiento,
pues las bestias del mal andan sueltas.

Me invade el miedo. Mi cerebro afiebrado
es un biógrafo horrible de cosas
fatídicas y raras de lo ignorado:
donde van a caer, silenciosas.

En la casa del tísico, que los fríos
llevaron al lecho, graznó una corneja:
la inspiración de los cuentos sombríos
que junto a la lumbre musita la vieja.

La huerfanita, en el desván ha cesado
de gemir, y, aunque nadie la asiste,
en su glacial abandono se ha quedado
obsedada del sol, como triste

enferma que deseara un ardor eterno,
y, envuelta en su suave caliente pelliza,
tuviese en una noche cruda de invierno
un cálido sueño de tardes en Niza.

El mendicante se ha ido de la puerta
Dice algo muy hosco su ceño fruncido,
como si algún dolor en su mano abierta
entre las limosnas hubiese caído.

El crónico del hospital, ya moribundo,
sospecha, insensible, la gran Triunfadora,
y como en neblinas ve pasar el mundo,
sonámbulo grave que aguarda la hora

En su instante supremo la frente inclina,
como en su último adiós un bandido
que llorase al pie de la guillotina,
y se fuese después redimido.

¿Será el miedo, hermano? ¿No oyes cómo
brama
el viento en la calle, tan sola y oscura?
¡Si supieses! Anoche, junto a mi cama,
con muecas burlonas pasó la Locura.
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Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Imágenes Del Pecado

Enfermizas plenitudes
de emociones amatorias,
modernismo de lo Raro,
de embriagueces ilusorias,
que disfrazan las crudezas de sus credos materiales,
como fórmulas severas
de blasones impolutos,
que, discretos, disimulan
los salvajes atributos,
las paganas desnudeces de las fuerzas germinales.
Rosa estigma que en los labios
han dejado los orfebres
de la Ardencia. Bestias malas
de lascivias y de fiebres,
que no doman los actuales filosóficos Orfeos,
acechando por las noches
los oficios sigilosos
por las noches consteladas
de los besos milagrosos
que deshacen en las bocas el rubí de los deseos

Predilecta medianoche
vagamente ensoñativa,
que ha exhumado un bello libro
de lectura sugestiva,
de encubiertas entrelíneas de extravíos irreales
¡Oh, curiosa, febriciente
cabecita conturbada,
que en los tibios abandonos
delatados en la almohada
se fecunda de las sabias poluciones cerebrales!

¡Oh, cuán negros los hastíos
de las púberes sensuales!
¡Oh, cuán largas las esperas
de los pálidos nupciales,
en los ratos aburridos de cloróticas visiones
cuando creen que las abejas
evocadas vendrán, fieles,
a traerles, compasivas,
con sus vinos y sus mieles,
las cantáridas nocturnas de las fuertes obsesiones!

Voz fatal que en los gentiles
Evangelios de Afrodita,
al cenáculo vedado
de su roja mesa invita.
¡Oh, furtivas comuniones en los cultos que revelan
el peligro imaginable
de las hostias consagradas
donde, lívidas, se ocultan
las cabezas desmayadas
de los duendes cautelosos que en la extraña misa velan!

Neurasténica enclaustrada
cuyos lirios de pureza
ha violado sin esfuerzo
la triunfal Naturaleza:
Esa siempre parturienta, santamente dolorida.
Fue la hora en que cayeron
deshojados los claveles,
que, al sangrar las castidades
en los tálamos crueles
los augurios se regaron con los filtros de la Vida.
Virgen mística de celda,
brasa blonda de incensario,
fiel ritual de oscurantismo,
fría imagen de santuario,
por la fe de su locura tonsurada contra el Vicio,
que ha sentido en los insomnios
conmover su paz austera
un satánico deseo
de su sangre de soltera,
de su palma que claudica del inútil sacrificio.

Delicada sensitiva
en los cálidos antojos
que se burla de la ausencia
de la luz de los sonrojos
Que exaltando sus caprichos ¡Los diabólicos, los tiernos!
Al Cantar de los Cantares,
siempre nuevo en sus caricias,
sabe ungir de la gloriosa
caridad de sus delicias
a las vértebras que sufren el horror de los inviernos.

Favorita de Nirvana,
de los vinos superfinos,
espasmódica del éter,
que ilustró los pergaminos
de la nueva aristocracia del hatchís y la morfina:
Ofertorio inconfesable
de exquisita delincuencia
generosa, sorprendente,
bien gustada quintaesencia
de ilusión por el pecado de la copa clandestina

Pubertad de conventillo
que, en su génesis, halaga
la teoría lamentable
del harapo y de la llaga,
silenciando la inconsciente repulsión a lo maldito
Alentadas bizarrías
de muchacha sensiblera,
que presume ingenuamente
de Manón arrabalera,
suavemente flagelada por las sedas del Delito.

Cortesana de suburbio,
que se sabe mustia y vieja
y olvidar quiere los hondos
desconsuelos de su queja,
palpitante, en su derrota, por la última aventura,
que, al cruzar los barrios bajos
en la tarde de la cita,
va creyendo ser la triste,
la incurable Margarita
que abandona con la muerte su romántica locura.

Torturada visión breve
del amor de una heroína
del prostíbulo y la cárcel:
roja flor de guillotina,
que ha soñado con un novio que la finge una azucena:
con un blondo Nazareno
que la mueve a inevitable
santa senda arrepentida,
de intuición insospechable
a seguir su religiosa vocación de Magdalena.

Bella trágica historiada,
Salomé del histerismo,
portadora de extrañezas
del país del exotismo,
iniciada en el secreto de las cláusulas suicidas,
que, en sus largas devociones
por las fiestas misteriosas,
por las torpes confidencias
y las pautas tenebrosas,
comulgó con los maestros de las músicas prohibidas.

¡Oh, las pascuas de las carnes
bondadosas, que florecen
por aquellas que concluyen
por aquellas que envejecen!
¡Oh, los siete ángeles malos! ¡Oh, los
ángeles propicios
al exvoto de las manos
sabiamente extenuativas,
que degüellan las palomas
de las blancas rogativas,
en las vísperas sangrientas de los negros sacrificios!
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Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Los Perros Del Barrio

Una noche de invierno, tan cruda
que se fue del portal la Miseria,
y en sus camas de los hospitales
lloraron al hijo las madres enfermas,
con el frío del Mal en el alma
y el ardor del ajenjo en las venas,
tras un hosco silencio de angustias,
un pobre borracho cantó en la taberna:

Compañero: no salgas, presiento
algo raro y hostil en la acera.
La invadieron aullando los lobos
Asómate, hermano. ¡La calle está llena!

Son los mismos que espían tu paso
en la sombra sin fin de su senda,
los que en sórdidas tropas se anuncian
y en horas terribles arañan la puerta

¿Que no entiendes? ¿No tiembla tu prole
al salvaje ulular de las bestias?
¿Nunca vio la Desgracia? ¿Fue siempre
la entraña sin hambre, la entraña repleta?

Continúan aullando, ¿No oíste?
Ritornelo feroz que resuena
como un lúgubre grito flotando
por sobre la cuna que mece la anemia.
¡Y son todos! No falta ninguno,
y la noche no pasa: es eterna.
El Dolor es invierno, te cubre:
no aguardes ni sueñes jamás primaveras.
El olvido está lejos, no viene
a dejar junto a ti su promesa,
su promesa de muerte, ¡La Madre,
a veces tan mala y a veces tan buena!

Nunca nadie sabrá de la mano
que pusiese en tus ojos la venda,
con la cual has caído tan hondo
que aquellos que quieren mirarte se ciegan.
En tu anónimo abismo te agitas
sin desear un regreso, en la inquieta
sensación del inmenso desplome
que arrastra consigo tus dudas tremendas.
Sin embargo, quizás te azotaran,
en la calma de tu indiferencia,
flageladas visiones de ensueño
posibles terrores de locas tormentas
En el fondo temible de tu alma
anda suelto un espanto de fiera:
¡Qué curioso sería asomarse
a ver si ella tiene también sus violencias!

¿No los ves? ¡Cómo asustan sus ojos,
sus inmóviles ojos que velan
en las noches infaustas, propicias
al hórrido asedio clavado allí, afuera,
cuando el Miedo desata sus hordas
y las llagas del Crimen revientan,
si, con ruda caricia indeleble,
las toca una mano brutal que no tiembla!
¡Y tú sigues lo mismo! Diría
que en tus sueños mejores tuvieras
pesadillas de murrias de plomo,
letales desganos de fiebres ya viejas
Sin querer en tu ruta inquietante
presentir, ni un momento siquiera,
la amenaza mortal de un perenne
furor sigiloso de fauces que acechan

No te rías Ya vuelven de nuevo
a rondar al amor de la niebla,
las famélicas bocas enormes
parece que llaman, imploran y esperan.
Cubren toda la calle, bravíos,
van marcando en la nieve sus huellas,
como estigmas de atroces presagios,
y, sórdidamente cansados, jadean.
¿Quién los trae? No sé. ¿Quién los llama?
¿Por qué huyeron, dejando sus selvas?
Son tropeles que azuza el peligro
y vienen de lejos como una inclemencia
¿Mas, qué buscan? Los lomos hirsutos
estremecen sus rabias sangrientas,
en un torpe rencor incesante
tal vez una vida sus garras laceran.

¿Mujer hijos? No quiero acordarme.
¿Están ellos aquí? No te duermas
¿Han aullado otra vez, o es el viento?
Los dos se han unido y aguardan la presa.
¡Yo los siento volver: son las mismos,
los conozco, los monstruos que llegan:
de mis largas vigilias guardianes
y junto a mi lecho fatal, centinelas!
Sus tentáculos hieren mi entraña
Mira, hermano, la noche ¡Cuán negra!
Se creyera que pasa la vida
Envuelta en un torvo jirón de tinieblas.
¿Cómo cae la nieve, en la calle
sin un rayo de luz? ¡Qué tristeza!
Si pudiese pensar, pensaría
que dentro del alma me cabe una estepa

¡Oh, mi sangre sin sol, mis pasiones,
mis oscuras heridas inciertas
que en el borde filoso del vaso
a todos los filtros del Odio se abrieran!
Ven, acércate más. No te turbes
y verás en la noche agorera
cómo sobre la fúnebre ronda
medita el Ensueño, con cara de pena
¿Quién se ha puesto a reír?
¡Compañero:
se han mezclado a los lobos las hienas!
¡El Silencio descubre su esfinge
y, aullando, los monstruos avanzan a tientas!

Hubo un ronco gemido en la sombra,
se halló solo el borracho en la tienda
y por eso la loca, la extraña
mitad de aquel canto, quedó en la botella.
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Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

La Viejecita

Sobre la acera, que el sol escalda,
doblado el cuerpo la cruz obliga
lomo imposible, que es una espalda
desprecio y sobra de la fatiga,

pasa la vieja, la inconsolable,
la que es apenas un desperdicio
del infortunio, la lamentable,
carne cansada de sacrificio.

La viejecita, la que se siente
un sedimento de la materia,
desecho inútil, salmo doliente
del Evangelio de la Miseria.

Luz de pesares, propios o ajenos,
sobre la pena de su faz mustia
dejan estigmas, de dolor llenos,
entristeciendo su misma angustia,

su misma angustia que ha compartido,
como el mendrugo que no la sacia,
con esa niña que ha recogido,
retoño de otros, en su desgracia.

Esa pequeña que va a su lado,
la que mañana será su apoyo,
flor del suburbio desconsolado,
lirio de anemia que dio el arroyo.

Vida sin lucha, ya prisionera,
pichón de un nido que no fue eterno.
¡Sonriente rayo de primavera
sobre la nieve de aquel invierno!

Radiación rubia de luz que arde
como un sol nuevo frente a un ocaso,
triste promesa, mujer más tarde
linda y deseada que será, acaso,

la Inés vencida, la dulce monja
de los tenorios de la taberna,
cuando el encanto de la lisonja
le dé su frase nefanda y tierna.

Ritual vedado de sensaciones
trágicos sueños, fiebres aciagas,
hostias de vicios y tentaciones
de las alegres jóvenes magas

¡Qué de heroínas, pobres y oscuras
en estos dramas! ¡Cuántas Ofelias!
Los arrabales tienen sus puras
tísicas Damas de las Camelias.

Por eso sufre, la mendicante,
como una idea terrible y fija
que no ha empañado su amor radiante
por esa hija que no es su hija.

Mas sus bellezas de renunciada
jamás del crudo dolor la eximen
¡Sin haber sido, siquiera, amada
se siente madre de los que gimen!

Madre haraposa, madre desnuda,
manto de amores de barrio bajo:
¡Es una amarga protesta muda
esa devota de San Andrajo,

que conociese sólo los besos
de rudos fríos en los portales,
como descanso para sus huesos
sólo le dieron los hospitales!

Jirón humano que siempre flota
sobre sus ansias indefinibles,
bondad enferma que no se agota
ni en las miserias irredimibles,

que la torturan, sin un olvido
para sus lacras, para su suerte,
con la certeza de haber vivido
¡Como un despojo para la muerte!

Por eso, a veces, tiene amarguras,
tiene amarguras de derrotada,
que se traducen en frases duras
y dan en llanto de resignada,

pues nunca supo la miserable,
de amor alguno, grande o pequeño,
que la alentara, no le fue dable
sobre la vida soñar un sueño.

La dominaron los sinsabores
que la flagelan como a inocente:
¡En la vendimia de los amores
fue desgranado racimo ausente!

Fue la azucena sobre el pantano,
flor de desdichas, a libertarla
no vino nadie, no hubo una mano
que se tendiese para arrancarla.

Sin transiciones, siempre vencida,
ni en el principio de su mal mismo
tuvo las glorias de la caída:
Su primer cuna ya era el abismo.

Bajo un hastío que no deseara,
pasó su noche sin una aurora
sin que en la vida la conturbara
ni una impaciencia de pecadora.

Y así, ha guardado con sus pesares
como un reproche, que se refleja
en las arrugas, sus azahares
de nunca novia, de virgen vieja.

Los años muertos sólo dejaron
esa agonía que no la mata.
¡Jamás a ella la aprisionaron,
como entre flores, rejas de plata!

Forjó ilusiones, y las más leves
la sepultaron como en escombros,
sobre su testa cayeron nieves
y honras de harapos sobre sus hombros.

Porque fue buena, dio en la locura
de cubrir todas sus cicatrices:
puso los besos de su ternura
en sus hermanos, los infelices.

Por eso, a veces, tiene su duelo
en los cansados ojos sin brillo,
llantos que caen como un consuelo
sobre las llagas del conventillo.

Carne que azotan todos los males,
burla sangrienta de los muchachos,
dádiva y sobra de los portales,
mancha de vino de las borrachos:

Ahí va la vieja, como una hiriente
fórmula ruda de una ironía:
llena de sombras en la esplendente,
en la serena gloria del día.

Tal vez alguna visión extraña
ha conmovido su indiferencia,
pues ha cruzado triste y huraña
como una imagen de la demencia.

¡Y allá sombría, y adusto el ceño
obsesionada por las crueldades
va taciturna, como un ensueño
que derrotaron las realidades!
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Evaristo Carriego

Evaristo Carriego

Las Manos

A todas las evoco. Pensativas,
cual si tuvieran almas, yo las veo
pasar, como teorías que viniesen
en las estancias líricas de un verso.

Las buenas, las cordiales, generosas
madrecitas de olvidos en los duelos,
las buenas, las cordiales, que ya nunca
las volvimos a ver, ni en el recuerdo.

Las manos enigmáticas, las manos
con vagos exotismos de misterio,
que ocultan, como en libros invisibles,
las fórmulas vedadas del Secreto.

Las manos que coronan los designios,
las manos vencedoras del Silencio,
en las que sueña, a veces, derrotado,
un tardío laurel de luz el genio.

Las pálidas, con sangre de azucenas,
violadas por los duendes de los besos,
que vi una vez, nerviosas, deslizarse
sobre la gama azul de un florilegio.

Las manos graves de las novias muertas,
rígidas desposadas de los féretros,
leves hostias de ritos amatorios
que ya nunca jamás comulgaremos,

esas manos inmóviles y extrañas,
que se petrificaron en el pecho
como una interrogante dolorosa
de la inmensa ansiedad del postrer gesto.

Las crueles que saben el encanto
del fugaz abandono de un momento.
Las exangües, las castas como vírgenes
severas domadoras del Deseo.

Las santas, inefables, las ungidas
con miras de perdón y de consuelo:
amadas melancólicas y breves
de los poetas y de los enfermos.

Las románticas manos de las tísicas,
que, en la voz moribunda de un arpegio,
como conjuro agónico angustiado,
llamaron a Chopin, desfalleciendo

Las manos que derraman por la noche
los filtros germinales en el lecho:
las que escriben las cláusulas fecundas
sobre las carnes que violó el invierno.

Las manos sin amor de las amadas,
más frías y más blancas que el pañuelo
que se esfuma en las largas despedidas
como paloma del adiós supremo.

¡Las Únicas, las fieles, las anónimas
las manos que en los ojos de algún muerto
pusieron, al cerrarlos, la postrera
temblorosa caricia de sus dedos!

Las manos de bellezas irreales,
las manos como lirios de recuerdos,
de aquellas que se fueron a la luna,
en la piedad del éxtasis eterno.

Las místicas, fervientes como exvotos,
inmaterializadas en el rezo,
las manos que humanizan las imágenes
de los blondos y tristes nazarenos.

Y las manos que triunfan del Olvido,
¡Esas, blancas como el remordimiento
de no haberlas besado, ni siquiera
con el beso intangible del ensueño!
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