Vida y Existencia
Enrique Lihn
La Pieza Oscura
amenazado
una vaga llovizna sangrienta.
De ese licor inhalamos, la nariz sucia, símbolo de inocencia y
de precocidad
juntos para reanudar nuestra lucha en secreto, por no sabiamos no
ignorábamos qué causa;
juegos de manos y de pies, dos veces villanos, pero igualmente dulces
que una primera pérdida de sangre vengada a dientes y
uñas o, para una muchacha
dulces como una primera efusión de su sangre.
Y así empezó a girar la vieja rueda —símbolo de la
vida— la rueda que se atasca como si no volara,
entre una y otra generación, en un abrir de ojos brillantes y un
cerrar de ojos opacos
con un imperceptible sonido musgoso.
Centrándose en su eje, a imitación de los niños
que rodábamos de dos en dos, con las orejas rojas
—símbolos del pudor que saborea su ofensa— rabiosamente tiernos,
la rueda dio unas vueltas en falso como en una edad anterior a la
invención de la rueda
en el sentido de las manecillas del reloj y en su contrasentido.
Por un momento reinó la confusión en el tiempo. Y yo
mordí largamente en el cuello a mi prima Isabel,
en un abrir y cerrar del ojo del que todo lo ve, como en una edad
anterior al pecado
pues simulábamos luchar en la creencia de que esto
hacíamos; creencia rayana en la fe como el juego en la verdad
y los hechos se aventuraban apenas a desmentirnos
con las orejas rojas.
Dejamos de girar por el suelo, mi primo Angel vencedor de Paulina, mi
hermana; yo de Isabel, envueltas ambas
ninfas en un capullo de frazadas que las hacía estornudar —olor
a naftalina en la pelusa del fruto—.
Esas eran nuestras armas victoriosas y las suyas vencidas
confundiendose unas con otras a modo de nidos como celdas, de celdas
como abrazos, de abrazos como grillos en los pies y en las manos.
Dejamos de girar con una rara sensación de vergüenza, sin
conseguir formularnos otro reproche
que el de haber postulado a un éxito tan fácil.
La rueda daba ya unas vueltas perfectas, como en la época de su
aparición en el mito, como en su edad de madera recién
carpintereada
con un ruido de canto de gorriones medievales;
el tiempo volaba en la buena dirección. Se lo podía
oír avanzar hacia nosotros
mucho más rápido que el reloj del comedor cuyo tic-tac se
enardecía por romper tanto silencio.
El tiempo volaba como para arrollarnos con un ruido de aguas espumosas
más rápidas en la proximidad de la rueda del molino, con
alas de gorriones —símbolos del salvaje orden libre— con todo
él por único objeto desbordante
y la vida —símbolo de la rueda— se adelantaba a pasar
tempestuosamente haciendo girar la rueda a velocidad acelerada, como en
una molienda de tiempo, tempestuosa.
Yo solté a mi cautiva y caí de rodillas, como si hubiera
envejecido de golpe, presa de dulce, de empalagoso pánico
como si hubiera conocido, más allá del amor en la flor de
su edad, la crueldad del corazón en el fruto del amor, la
corrupción del fruto y luego... el carozo sangriento, afiebrado
y seco.
¿Qué será de los niños que fuimos? Alguien
se precipitó a encender la luz, más rápido que el
pensamiento de las personas mayores.
Se nos buscaba ya en el interior de la casa, en las inmediaciones del
molino: la pieza oscura como el claro de un bosque.
Pero siempre hubo tiempo para ganárselo a los sempiternos
cazadores de niños. Cuando ellos entraron al comedor,
allí estábamos los ángeles sentados a la mesa
ojeando nuestras revistas ilustradas —los hombres a un extremo, las
mujeres al otro—
en un orden perfecto, anterior a la sangre.
En el contrasentido de las manecillas del reloj se desatascó la
rueda antes de girar y ni siquiera nosotros pudimos encontrarnos a la
vuelta del vértigo, cuando entramos en el tiempo
como en aguas mansas, serenamente veloces;
en ellas nos dispersamos para siempre, al igual que los restos de un
mismo naufragio.
Pero una parte de mí no ha girado a compás de la rueda, a
favor de la corriente.
Nada es bastante real para un fantasma. Soy en parte ese niño
que cae de rodillas
dulcemente abrumado de imposibles presagios
y no he cumplido aún toda mi edad
ni llegaré a cumplirla como él
de una sola vez y para siempre.
Enrique Lihn
La Pieza Oscura
amenazado
una vaga llovizna sangrienta.
De ese licor inhalamos, la nariz sucia, símbolo de inocencia y
de precocidad
juntos para reanudar nuestra lucha en secreto, por no sabiamos no
ignorábamos qué causa;
juegos de manos y de pies, dos veces villanos, pero igualmente dulces
que una primera pérdida de sangre vengada a dientes y
uñas o, para una muchacha
dulces como una primera efusión de su sangre.
Y así empezó a girar la vieja rueda —símbolo de la
vida— la rueda que se atasca como si no volara,
entre una y otra generación, en un abrir de ojos brillantes y un
cerrar de ojos opacos
con un imperceptible sonido musgoso.
Centrándose en su eje, a imitación de los niños
que rodábamos de dos en dos, con las orejas rojas
—símbolos del pudor que saborea su ofensa— rabiosamente tiernos,
la rueda dio unas vueltas en falso como en una edad anterior a la
invención de la rueda
en el sentido de las manecillas del reloj y en su contrasentido.
Por un momento reinó la confusión en el tiempo. Y yo
mordí largamente en el cuello a mi prima Isabel,
en un abrir y cerrar del ojo del que todo lo ve, como en una edad
anterior al pecado
pues simulábamos luchar en la creencia de que esto
hacíamos; creencia rayana en la fe como el juego en la verdad
y los hechos se aventuraban apenas a desmentirnos
con las orejas rojas.
Dejamos de girar por el suelo, mi primo Angel vencedor de Paulina, mi
hermana; yo de Isabel, envueltas ambas
ninfas en un capullo de frazadas que las hacía estornudar —olor
a naftalina en la pelusa del fruto—.
Esas eran nuestras armas victoriosas y las suyas vencidas
confundiendose unas con otras a modo de nidos como celdas, de celdas
como abrazos, de abrazos como grillos en los pies y en las manos.
Dejamos de girar con una rara sensación de vergüenza, sin
conseguir formularnos otro reproche
que el de haber postulado a un éxito tan fácil.
La rueda daba ya unas vueltas perfectas, como en la época de su
aparición en el mito, como en su edad de madera recién
carpintereada
con un ruido de canto de gorriones medievales;
el tiempo volaba en la buena dirección. Se lo podía
oír avanzar hacia nosotros
mucho más rápido que el reloj del comedor cuyo tic-tac se
enardecía por romper tanto silencio.
El tiempo volaba como para arrollarnos con un ruido de aguas espumosas
más rápidas en la proximidad de la rueda del molino, con
alas de gorriones —símbolos del salvaje orden libre— con todo
él por único objeto desbordante
y la vida —símbolo de la rueda— se adelantaba a pasar
tempestuosamente haciendo girar la rueda a velocidad acelerada, como en
una molienda de tiempo, tempestuosa.
Yo solté a mi cautiva y caí de rodillas, como si hubiera
envejecido de golpe, presa de dulce, de empalagoso pánico
como si hubiera conocido, más allá del amor en la flor de
su edad, la crueldad del corazón en el fruto del amor, la
corrupción del fruto y luego... el carozo sangriento, afiebrado
y seco.
¿Qué será de los niños que fuimos? Alguien
se precipitó a encender la luz, más rápido que el
pensamiento de las personas mayores.
Se nos buscaba ya en el interior de la casa, en las inmediaciones del
molino: la pieza oscura como el claro de un bosque.
Pero siempre hubo tiempo para ganárselo a los sempiternos
cazadores de niños. Cuando ellos entraron al comedor,
allí estábamos los ángeles sentados a la mesa
ojeando nuestras revistas ilustradas —los hombres a un extremo, las
mujeres al otro—
en un orden perfecto, anterior a la sangre.
En el contrasentido de las manecillas del reloj se desatascó la
rueda antes de girar y ni siquiera nosotros pudimos encontrarnos a la
vuelta del vértigo, cuando entramos en el tiempo
como en aguas mansas, serenamente veloces;
en ellas nos dispersamos para siempre, al igual que los restos de un
mismo naufragio.
Pero una parte de mí no ha girado a compás de la rueda, a
favor de la corriente.
Nada es bastante real para un fantasma. Soy en parte ese niño
que cae de rodillas
dulcemente abrumado de imposibles presagios
y no he cumplido aún toda mi edad
ni llegaré a cumplirla como él
de una sola vez y para siempre.
Ismael Enrique Arciniegas
En Marcha
Avanza ¡oh Juventud! ¡Sonó la hora!
Potente, de la sombra enervadora,
El pensamiento se alza como Anteo.
Los dioses ya se van, y erguirse veo
La Ciencia en sus altares vencedora.
¡Ya irradia en las tinieblas luz de aurora!
¡Ya rompe sus cadenas Prometeo!
La augusta voz de redención se escucha,
Y la Razón alumbra el limbo oscuro
En donde esclava la conciencia lucha.
¡Adelante! El combate ha comenzado:
¡Entonemos el himno del Futuro
De pie sobre las ruinas del pasado!
Ismael Enrique Arciniegas
En Marcha
Avanza ¡oh Juventud! ¡Sonó la hora!
Potente, de la sombra enervadora,
El pensamiento se alza como Anteo.
Los dioses ya se van, y erguirse veo
La Ciencia en sus altares vencedora.
¡Ya irradia en las tinieblas luz de aurora!
¡Ya rompe sus cadenas Prometeo!
La augusta voz de redención se escucha,
Y la Razón alumbra el limbo oscuro
En donde esclava la conciencia lucha.
¡Adelante! El combate ha comenzado:
¡Entonemos el himno del Futuro
De pie sobre las ruinas del pasado!
Enrique Lihn
Porque Escribí
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.
Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.
Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
—¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria—
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.
La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.
En su origen el río es una veta de agua
—allí, por un momento, siquiera, en esa altura—
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.
Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.
Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.
Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.
Enrique Lihn
Porque Escribí
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.
Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.
Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
—¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria—
Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.
La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudarán
de mi existencia real,
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.
En su origen el río es una veta de agua
—allí, por un momento, siquiera, en esa altura—
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.
Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.
Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.
Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.
Ismael Enrique Arciniegas
Hojeando Un Libro
Y en un extremo de la sala, Lola,
Junto a su madre —que también cosía—
Cosía silenciosa.
De pronto «¡Watherloo!» dije en voz alta;
«¡Aquí Napoleón... éstas sus hordas!...
Lola, acércate, ¡ven! que raras veces
Se ven tan bellas cosas».
Dejó la niña su costura al punto,
Juntó a la mía su cabeza blonda,
Y de un beso el calor sintió extenderse
Por su frente marmórea.
Y mirando a su madre de soslayo,
Dijo quedo: ¡qué lámina preciosa!
Y añadió cabizbaja y sonriente:
Oh !muéstramelas
todas!
Ismael Enrique Arciniegas
Éxtasis
En que el alma en la carne se ajiganta.
El sol caía en la naciente sombra;
La tarde se apagaba.
Meditaba, y mi espíritu subía,
Subía como al cielo se alza el águila;
Me asomé al infinito, y vi tinieblas,
Y me perdí en la nada.
Sentí hervidero de astros en la sombra,
Y pregunté al vacío ¿dónde se halla
Esa luz creadora que los mundos
De entre el caos levanta?
Y subía, y subía... Lo impalpable
A mis ojos abríase sin vallas;
Y en la sombra, sondando lo infinito,
Mi espíritu flotaba.
De repente la luna alzó su disco.
Brotaron las estrellas a miriadas;
Y la noche me habló con su silencio,
¡Y Dios habló a mi alma!
Ismael Enrique Arciniegas
Éxtasis
En que el alma en la carne se ajiganta.
El sol caía en la naciente sombra;
La tarde se apagaba.
Meditaba, y mi espíritu subía,
Subía como al cielo se alza el águila;
Me asomé al infinito, y vi tinieblas,
Y me perdí en la nada.
Sentí hervidero de astros en la sombra,
Y pregunté al vacío ¿dónde se halla
Esa luz creadora que los mundos
De entre el caos levanta?
Y subía, y subía... Lo impalpable
A mis ojos abríase sin vallas;
Y en la sombra, sondando lo infinito,
Mi espíritu flotaba.
De repente la luna alzó su disco.
Brotaron las estrellas a miriadas;
Y la noche me habló con su silencio,
¡Y Dios habló a mi alma!
Ismael Enrique Arciniegas
Éxtasis
En que el alma en la carne se ajiganta.
El sol caía en la naciente sombra;
La tarde se apagaba.
Meditaba, y mi espíritu subía,
Subía como al cielo se alza el águila;
Me asomé al infinito, y vi tinieblas,
Y me perdí en la nada.
Sentí hervidero de astros en la sombra,
Y pregunté al vacío ¿dónde se halla
Esa luz creadora que los mundos
De entre el caos levanta?
Y subía, y subía... Lo impalpable
A mis ojos abríase sin vallas;
Y en la sombra, sondando lo infinito,
Mi espíritu flotaba.
De repente la luna alzó su disco.
Brotaron las estrellas a miriadas;
Y la noche me habló con su silencio,
¡Y Dios habló a mi alma!
Efraín Huerta
Un Cuaderno De Dibujo De Nunik Sauret
Lo fugaz ha transcurrido como un día lamidísimo. La
orquídea padeció dulcemente lo suyo, bajo una hoguera
constante y el breve, nervioso incendio de un clavel que no
reventó a tiempo. Se ha cumplido una misión. Una doble
misión, y los labios vuelven a su lugar de origen y la espada
del extraño ojo se dispone al oleaje final. La piel se eriza,
acrece la fiebre, arden las mordeduras; en estos labios una menuda
espuma ilumina el silencio.
Unas manos afiladas toman la rojiza espada.
Una rosada, anhelante primavera va a ser hendida.
Se está a la orilla de lo incierto, con las olas y una ardiente
arena como el cielo donde los ensalivados tulipanes se despiertan a la
luz, mientras allá arriba los pechos se aplastan como dos
guitarras adormidas de ansioso dolor.
Flamea la espada hoy dorada: vigorosa, endurecida insignia.
Todo es húmedo y es real y es embriagante y es oloroso y es aromático.
Suavísimamente, primero, la lenta y pulida rama espadeante busca
su casa, la caliente casa donde construirá su guerra compartida,
su agitada batalla florecida entre ayes de infinita transparencia.
Un índice macho se ha extraviado en la ensoñadora puerta
estrecha.
La tarea alcanza la perfección de la rosa sexual.
Mar adentro, la mar de licores, leche y miel de nardos es adentrada.
«Tus caderas rechinaron como la última carroza del cortejo».
Abril de 1980
Efraín Huerta
Benedettiana
Apoyada
En este hombro
Eres mi alba derecha
Apoyada
En el otro
Sos mi
Puntero
Izquierdo
Efraín Huerta
Manifiesto Nalgaísta Aleluya Cocodrilos Sexuales Aleluya
ALELUYA COCODRILOS SEXUALES ALELUYA
Para ella que me mira morir
El gran río penetró la roca viva
y se adelgazó hasta el miedo y el estruendo
se hizo rayo se hizo ruina se hizo tonto esqueleto
y hoy padece a lo largo de pieles de tigre
a la orilla del cocodrilo que me sueña
y me hunde en el naufragio
de su carne tan blanca
oh carne nacarada en medio
de la arena
como tú
y estas dos medallas de oro que muerdo
dalias de vida y de martirio
y en ellas me retrato y consigo el descenso
al dulce infierno de tu vientre
y de nuevo los dientes
ah malditos
ah maldita tú también
larga bestia ululante despierta lengua
en aquel círculo de asesinos
(Pierde toda esperanza
amor mío)
de almas danzantes albas
cool cool cool cool jazz
¡Bríndamelo por fin!
Aleluya Aleluya magnífico Grijalva
muerto de frío de rocas y pañuelos rojos
Piérdete
adelgázate hasta la soledad
de los cocodrilos que agonizan
al pie de mi medio siglo
y de mi alcohol
cohol cohol cohol cohol jazz
cool cool cool cool jazz
marinera manía
de pintar escribir declamar pagar impuestos
luz renta etcétera
y luego abrazarte
bajo el diluvio de sones antillanos y misas lubas
y volver a abrazarte hasta el arte y el hartazgo
y aleluyarte hasta no sé cuando
dormida y abrumada purificada
putificada
¡Aleluya! ¡Aleluya!
poetas elotes tiernos calaveritas apaleadas
poetas inmensos reyes del eliotazgo
baratarios y pancistas
grandísimos quijotes de su tiznadísima chingamusa
perdónenme grandes y pequeños pequeñísimos
poetas
(Soy acaso el Hijo de Sánchez de la poesía
¿Peralvillo Tepito Incorporated?
Alors los invito a discurrir
pespunte limpio
por el nuevo Paseo la Anti-Reforma)
Efraín Huerta
Milonga Libre En Gris Menor Dos
DOS
Me ha herido recatándose en las sombras...G. A. BÉCQUER
Puede ser la voz de amor no dicha,
la propia dicha convertida en agua
(agua en un lecho durísimo como su necrofilia)
y un hombre caminando como loco
en delirante busca del sexo perdido.
La otra noche pensé en un poemahler
escrito en las tibias arenas de Lido:
el segundo movimiento de la 4ª, el scherzo,
justo cuando la Muerte, ay Dios mío, entra en el juego.
Malheureusement, seguí más vivo
que nunca; pero eso sí: muerto de risa,
porque jamás una lengua loca
me tocó tanto ni tan cerca, ni
unos labios tuvieron jamás
tanta perfección.
(Mientras ella, oh los que cabalgáis en asnas blancas,
bajuna y asnalmente
le daba de coces a un poeta que,
como bien sabe usted, sólo sabe ser poeta
por distracción divina).
Efraín Huerta
Del Miedo Y La Compasión
A mis amigos y compañeros del IPN.
A las 5.30 del día diez
fulguré como un elemental agonizante.
No veo el año ni el mes
ni los secretos podridos
ni los silencios rotos pero prolongados
como los gusanos y las babosas.
Hoy debo repartir mi miedo
la firma de mi pánico
la verde costra de mis dos mudos pies
sobre las calles ultrajadas.
Dulcemente a solas me miento la madre,
porque yo sí procuré, procuro algo,
canceroso procurador
—hígado roto, riñones de cemento—,
procurador de la miseria y de los muertos,
muerto vivo, poeta funeral,
nacido en junio, en junio muerto,
testigo, testimonio,
dolorido hasta los ascos,
ardido por mis hijos y mis hermanos apaleados,
asesinados.
Dios nos bendiga,
diez, dieces de junio, dioses de siempre,
y compadezcamos a Dios
que tampoco vio nada.
24 de septiembre de 1971
Efraín Huerta
Revelación
Alguien
Revelaba:
«Las tardes
En que
Me siento
Incapaz
De ser
Inteligente
Finjo
Que me
Aburro».
Efraín Huerta
Jaime Sabines
Jaime ya no puede con la Muerte:
La de su padre el Mayor,
La de Doña Luz
("Me ha dejado triste,
tirado todo el día sobre mis sueños")
Y ahora los veintidós años muertos
De Jaimito
Jaime ya no puede con la Muerte
Ahora Jaime-Tigre-Poeta
Debe poder hasta la muerte con la Vida
26 de junio de 1969
Efraín Huerta
Jaime Sabines
Jaime ya no puede con la Muerte:
La de su padre el Mayor,
La de Doña Luz
("Me ha dejado triste,
tirado todo el día sobre mis sueños")
Y ahora los veintidós años muertos
De Jaimito
Jaime ya no puede con la Muerte
Ahora Jaime-Tigre-Poeta
Debe poder hasta la muerte con la Vida
26 de junio de 1969
Efraín Huerta
Afrodita Morris (ceremonial De Las 13 30)
(Ceremonial de las 13.30)
On ne mesure pas le désordre
Pourtant
C’est par la femme que l’homme durePAUL ÉLUARD
Causadora de secretos yerros
Enemiga de honestad
Ligera emerges de la malvada espuma
Y zahareña pasas bajo arcos triunfales
Traspasada de luces meridianas
Pirules, marquesinas, prósperas azaleas,
Sublimada como la gran cosa grandes muslos
Sintiéndote brutalmente soñada
Cual si fueras lo exclusivo y único mineral y eléctrico
Pero así eres pues
Y algo de tu mítica presencia
Explicaré en seguida
Con licencia de castos ojos castos oídos:
A los 200 metros advertimos olemos la chamusquina
Tu breve cabellera república de abejas
Dorado vellocino
Te acercas luego luego
Deseada y amada a todo vapor
Con tus brillantes incisivos de ardilla
El busto de amazona levemente anémica
Y todo lo animal y exuberante que te circunda
Laboriosa potranca gigante brizna
Abrasadora corza purpureante blasfemia
Amazona domadora del potrillo segundo
Del minutero potro
Fulminadora de una vez por todas
Espejo espejito espejazo
De los hirientes azúcares del día
¿Quién más bella que tú?
Pasas rapiditamente por el abismo de mis tristezas
Irradiando cardillo suscitando guirnaldas
Malditamente becqueriana
Salvajemente nerudiana
Abruptamente rubendariana
Dueña y señora de las implacables exultaciones
Vegetal marmórea canela pura
Piel de adivinaciones
Pies tejedores de aullidos
Cuando un fregabundal de albañiles te miran
Y los andamios son ya castillos en ruinas
Los pasajeros de autobuses fallecen de escalofrío
Y los decesos (desexos) se suceden como un tropel de alfajores
Imposible sería, erectamente hablando,
Decir tu nombre porque nadie lo sabe y
Porque pocos conocen tu eminencia hipotenar
El aductor medio el definitivo sartorio
Los nombrados internos y externos
El crucial peroneo lateral largo
Y los delicados crural anterior, ah, y el sóleo
Después la asfáltica nube que discurre desde Morris Hnos.
(todo lo diagnosticas tú, todito, toditito,
doctora en almas herrumbrosas automóviles desbielados)
Hasta Masaryk, Horacio y Homero
Territorio de los rugidos las aromáticas mentadas de madre
Las sirenas de la Cruz Verde y la Cruz Roja
El claxon rencoroso de las damas liverpúlicas
Las solamente lindas propietarias de boutiques
(una shutique me hace merecedor de la locura)
Los vendedores de billetes de lotería
Los boleros sin ranita con mandolina,
Los vagos, los imbéciles gerentes de banco
Y sus medianamente guapotas secretarias
Las carrozas de Gayosso y Tangassi
(Cuando estrene mi pijama de madera estaré más triste)
Los camiones 60, 77, 85, 91, etcétera,
Que van y vienen como cangrejos locos
Y vas y vienes, Afrodita de tezontle,
Y entonces la avenida Mariano Escobedo
(¡Ríndete,Maximiliano!)
Es el canal donde la sangre estalla y se desparrama
Y los cínicos sicofantes la recogen con cucharitas de plata
Pero cuando ayayay no pasas
Vario coraje nos enferma y
Por absoluta mayoría se resuelve
Que simplemente seas Afroda
Afroda Pérez López González o Martínez
Y no como te llamen en tu oficina en tu alcoba
O como se llamen tu espalda y tus riñones
Tus músculos ya escritos y descritos
La dulce miniatura de tus machupechos
Nuestros ojos muertos de pena
Nuestra boca muerta de sed
Nuestra poesía tan pobremente reiterativa
Todo viene a ser atrocísimo
Ominoso guillotinesco
Oh tú arrogante y bien plantada
Epicúreo y frutal teorema
Avara y generosa
Plácidamente paladeable
Para con “los llamados etceteristas
Y también los del así sucesivamente”
Y así
Así susexyvamente
Hasta la dulce muerte por enumeración
Y la despiadada caída
Del violáceo telón de la Impudicia
Enero de 1971
Efraín Huerta
Sílabas Por El Maxilar De Franz Kafka
Oh vieja cosa dura, dura lanza, hueso impío, sombrío objeto
de árida y seca espuma; ola y nave, navío sin rumbo, derrumbado
y secreto como la fórmula del alquimista; velero sin piloto
por un mar de aguda soledad; barca para pasar al otro lado del mundo,
enfilados hacia el cielo praguense y las callejuelas
donde la muerte pisa charcos de la cerveza que no bebió Neruda;
hueso infinito para ponerse verde de envidia,
para no remediar nada —ni el silencio ni las alas oscuras y obscenas de tus orejas;
para no ver siquiera la herida de tu boca
ni el incendio de allá arriba, donde tus ojos todo lo penetran
como otras naves, otras lanzas ardidas, otra amenaza;
para hipnotizar la espada de la melancolía
y acaso para descifrar el curso de aquel río de palacios
donde murieron los santos y las vírgenes agonizaron
tañendo laúdes de piedra;
para que pasen la novia y el féretro y Nezval resucite
en el corazón del follaje del cementerio judío;
para que el poeta te mire y se sonría ante el retrato de Dios;
para la locura —tu maxilar de duelo—, para la demencia total
y hasta para la humildad de nuestro lenguaje y su negra lucidez;
para morir eternamente de una tuberculosis dorada
y cabalgar las nubes y nombrar a los ángeles del exterminio
y clamar por los asesinos —otra vez allá arriba—,
por los que quemaron a Juan Huss
y arrojaron sus cenizas a un ancho río de espinosa corriente.
Hueso de piedra, ojo derecho del carlino puente,
pirámide caída, demolida, muerta desde su muerte;
hueso para escribir cien veces Señor K Señor K Señor K
hasta la podredumbre de las estrellas y las ratas de los castillos
y la infamia de los jueces; hueso vivo, puntiagudo
como la raíz del alma, como la ciega aurora de tus cejas;
hueso para llegar de rodillas y aguardar amorosamente
la carcajada y la oración, la blasfemia y el perdón.
Nave, navío, barca y espuma para sudar de miedo
y escribir sobre la piel la palabra abismo,
la palabra epitafio, la palabra sacrificio
y la palabra sufrimiento
y la palabra Hacedor.
6 de noviembre de 1965
Efraín Huerta
Responso Por Un Poeta Descuartizado
viendo apariciones, cobijado por las pesadillas.
Claro que así murió y su muerte resuena en las malditas
habitaciones
donde perros, orgías, vino griego, prostitutas francesas,
donceles y príncipes se rinden
y le besan los benditos pies;
porque todo en él era bendito como el mármol de La Piedad
y el agua de los lagos, el agua de los ríos y los ríos de
alcohol bebidos a pleno pulmón,
así deben beber los poetas: Hasta lo infinito, hasta la negra
noche y las agrias albas
y las ceremonias civiles y las plumas heridas del artículo a que
te obligan,
la crónica que nunca hubieras querido escribir
y los poemas rubíes, los poemas diamantes, los poemas
huesolabrado, los poemas
floridos, los poemas toros, los poemas posesión, los poemas
rubenes, los poemas daríos, los poemas madres, los poemas
padres, tus poemas...
Y así le besaban los pies, la planta del pie que recorrió
los cielos y tropezó mil y un infiernos
al sonido siringa de los ángeles locos y los demonios trasegando
absintio
(El chorro de agua de Verlaine estaba mudo), ante el azoro y la
soberbia estupidez de los cónsules y los dictadores, la
chirlería envidiosa y la espesa idiotez de las gallinas
municipales.
Maldiciendo, claro, porque en la agónía estaba en su
derecho y porque qué jodidos (¡Jure, jodido!,
dijo Rubén al
niño triste que oyó su testamento), ¿por
qué no morir de alcoholes de todo el mundo si todo el mundo es
alcohol y la llama lírica es la mirada de un niño con la cara de un lirio?
Resollaba y gemía como un coloso crisoelefantino
hecho de luces y tinieblas, pulido por el aire de los Andes, la neblina
de los puertos, el ahogo de Nueva York, la palabra española, el
duelo de Machado, Europa sin su pan.
Rugía impuramente como deben rugir todos los poetas que mueren (¡Qué horror, mi cuerpo destrozado!)
y los médicos: Aquí hay pus, aquí hay pus —y nunca le hallaron nada sino dolor en la piel
limpios los riñones heroicos, limpio el hígado, limpio y soberbio el corazón
y limpiamente formidable el cerebro que nunca se detuvo, como un sol escarlata, como un sol de esmeraldas, como la mansión de los dioses, como el penacho de un emperador azteca, de un emperador inca, de un guerrero taíno;
cerebro de un amante embriagado a la orilla de un dulcísimo cuerpo, ay, de mieles y nardos
(su peso: mil ochocientos cincuenta gramos: tonelaje de poeta divino, anchura de navío),
el cerebro donde estallaron los veintiún cañonazos de la fortaleza de Acosasco
y que luego...
Claramente, turbiamente hablando, hubo necesidad de destrozarlo,
enteramente destazarlo como a una fiera selvática, como al toro
americano
porque fue mucho hombre, mucho poeta, mucho vida, muchísimo
universo
necesariamente sus vísceras tenían que ser universales,
polvo a los cuatro vientos, circunvoluciones repletas de piedad,
henchidas de amor y de ternura.
Aquí el hígado y allá los riñones.
¡Dame el corazón de Rubén! Y el cerebro peleado, de
garra en garra como un puñado de perlas.
Aquel cerebro (¡salud!) que contó hechicerías y fue
sacado a la luz antes del alba;
y por él disputaron y por él hubo sangre en las calles y
la policía dijo, chilló, bramó:
¡A la cárcel! Y el cerebro de Rubén Darío
—mil ochocientos cincuenta gramos— fue a dar a la cárcel
y fue el primer cerebro encarcelado, el primer cerebro entre rejas, el
primer cerebro en una celda,
la primera rosa blanca encarcelada, el primer cisne degollado.
Lo veo y no lo creo: ardido por esa leña verde, por esa
agonía de pirámide arrasada,
el poeta que todo lo amó
cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el suave
crucifijo, el Cristo de marfil que otro poeta agónico le
regalara —Amado Nervo—
y me parece oír cómo los dientes le quemaban y de
qué manera se mordía la lengua y la piel se le
ponía violácea
nada más porque empezaba a morir,
nada más porque empezaba a santificarnos con su muerte y su
delirio, sus blasfemias, sus maldiciones, su testamento,
y nada más porque su cerebro tuvo que andar de garra en mano y
de mano en garra
hasta parecer el ala de un ángel,
la solar sonrisa de un efebo,
la sombra de recinto de todos los poetas vivos,
de todos los poetas agonizantes,
de todos los poetas.
19 de enero de 1967