Vida y Existencia
Efraín Huerta
El Viejo Y La Pólvora
A Jesús Arellano
Viejo sangre de toro
viejo marino anciano de las nieves
viejo de guerras de enfermerías
de heridas
Viejo con piel de flor
viejo santo de tanto amor
viejo de juventud niño de canas
viejo amadasantamente loco de amor siempre
viejo perro soldado
anciano de los trópicos
viejo hasta lo eterno
joven hasta el espacio azul de muerte
Viejo viejo cazador
matador amador
amante amante amante amante
Puntual exactamente amante
lento y certero
marino viejo tempestad y bochorno
sudor de manos
Viejo dios todos los días
de Dios escribir amar beber maldecir
beber tu propia sangre
viejo sangre de res
bendita seas maldita sangre tuya
cuando el disparo
seco bestial rotundo como un templo mancillado
degolló la marea la selva la cumbre las heridas
el amor total el infortunio la dicha la embriaguez
y un rostro dio fulgores amarillos a la muerte
y un ataúd de pólvora un ataúd un ataúd
y dos palabras
Ernest Hemingway
5 de julio de 1966
Efraín Huerta
Un Pectoral De Pavor Para El Capitán Fiallo
Ardía el caballero con sus ojeras rotas
llameaba su piel e iluminaba la ciudad
Moría de hambre el capitán Fiallo
acostado en su lecho de una bruta piel de toro
y un leño por almohada
brasa de muerte y soledad
rezos y campanadas
esquilas como cementerios del aire
Ardía desde el corazón hasta el vientre del valle
al que tardíamente había llegado
capitán
caballero
de los pobres
Tan tarde así que ya el crepúsculo era anciano
y las estelas eran viejas de siglos
El que moría era pálido como sus hazañas
y el oro de su bolso no cabría nunca en su tumba
porque —digo— había llegado tarde y nunca supo
caballero de codicia
capitán
y encomendero
que a un paso de su vida y a un paso de su muerte
yacían los tesoros las joyas del olvido
los caracoles de reluciente esperma marina
y la silenciosa pureza del cristal de roca
Y entonces muere el más rico de los pobres sin saberlo
el pobre
(el de pan duro mojado en agua serenada
el de un leño de mezquite por almohada
el dormido en una bruta piel de toro)
el capitán español
el benefactor español
el encomendero español
el bien llamado
el bienamado capitán Fiallo
el pobre
(Oaxaca tiene una calle con su nombre)
tan honradamente pobre como un vals empobrecido
(tiene también Oaxaca un sucio cine antiguo teatro llamado Macedonio Alcalá
y allí el vals Dios nunca muere se arrastra entre ratas
como el propio Alcalá moribundo en su negro petate)
tan pobre el capitán que sus niños y niñas lloraron
como muertecitos de alambre
y sus lágrimas eran de yeso
y los corregidores frailes y tenientes volvieron el estómago
al pie de los laureles de bronce
Pues en el horizonte
al poniente
y junto a montes color de tigre
una colina como una leona en reposo
se preñaba de rayos y de lluvia
(Xipetótec desollaba el agua, el relámpago y la Tumba 7)
porque el capitán —pintado al óleo a la entrada del museo—
había muerto tan aterido y flaco como un murciélago en su urna
y la riqueza ignorada y desdeñada podía esperar dos siglos
El capitán no tuvo perlas ni ámbares ni caracoles
ni oros ni plata ni azabaches ni turquesas
ni dagas de obsidiana ni pedernales ni cristales de roca
Mísero capitán
encomendero español
muerto como un perrito
como un perrito muerto
a la sombra de la sonora carcajada de Cosijo
en el corazón del marquesado
en la raíz de los tesoros
en el pulmón lunar de la noche mixteca
a un tiro de arcabuz de un pectoral
ennegrecido y turbio
como su amarga vida de bien aconsejada hipocresía
Descanse en paz
capitán
Fiallo de nombre
Efraín Huerta
Un Pectoral De Pavor Para El Capitán Fiallo
Ardía el caballero con sus ojeras rotas
llameaba su piel e iluminaba la ciudad
Moría de hambre el capitán Fiallo
acostado en su lecho de una bruta piel de toro
y un leño por almohada
brasa de muerte y soledad
rezos y campanadas
esquilas como cementerios del aire
Ardía desde el corazón hasta el vientre del valle
al que tardíamente había llegado
capitán
caballero
de los pobres
Tan tarde así que ya el crepúsculo era anciano
y las estelas eran viejas de siglos
El que moría era pálido como sus hazañas
y el oro de su bolso no cabría nunca en su tumba
porque —digo— había llegado tarde y nunca supo
caballero de codicia
capitán
y encomendero
que a un paso de su vida y a un paso de su muerte
yacían los tesoros las joyas del olvido
los caracoles de reluciente esperma marina
y la silenciosa pureza del cristal de roca
Y entonces muere el más rico de los pobres sin saberlo
el pobre
(el de pan duro mojado en agua serenada
el de un leño de mezquite por almohada
el dormido en una bruta piel de toro)
el capitán español
el benefactor español
el encomendero español
el bien llamado
el bienamado capitán Fiallo
el pobre
(Oaxaca tiene una calle con su nombre)
tan honradamente pobre como un vals empobrecido
(tiene también Oaxaca un sucio cine antiguo teatro llamado Macedonio Alcalá
y allí el vals Dios nunca muere se arrastra entre ratas
como el propio Alcalá moribundo en su negro petate)
tan pobre el capitán que sus niños y niñas lloraron
como muertecitos de alambre
y sus lágrimas eran de yeso
y los corregidores frailes y tenientes volvieron el estómago
al pie de los laureles de bronce
Pues en el horizonte
al poniente
y junto a montes color de tigre
una colina como una leona en reposo
se preñaba de rayos y de lluvia
(Xipetótec desollaba el agua, el relámpago y la Tumba 7)
porque el capitán —pintado al óleo a la entrada del museo—
había muerto tan aterido y flaco como un murciélago en su urna
y la riqueza ignorada y desdeñada podía esperar dos siglos
El capitán no tuvo perlas ni ámbares ni caracoles
ni oros ni plata ni azabaches ni turquesas
ni dagas de obsidiana ni pedernales ni cristales de roca
Mísero capitán
encomendero español
muerto como un perrito
como un perrito muerto
a la sombra de la sonora carcajada de Cosijo
en el corazón del marquesado
en la raíz de los tesoros
en el pulmón lunar de la noche mixteca
a un tiro de arcabuz de un pectoral
ennegrecido y turbio
como su amarga vida de bien aconsejada hipocresía
Descanse en paz
capitán
Fiallo de nombre
Efraín Huerta
Agua Del Dios (2)
Agua espesa, divinamente pantanosa,
agua de olvido, espejo de tinieblas,
agua donde penetra el alma y nada se oye.
Fresca agua para el rostro, para toda la carne
mancillada y expuesta
sanguinolenta en todos los mercados.
Agua —como la patria— abierta en canal.
Patria bárbara y militar
dejada de la mano de los dioses,
fugitiva del agua que todo lo purifica.
Patria nuestra muerta de rocío
y yerbas pisoteadas por asesinos y ladrones
y después más ladrones y más
y más y nunca terminan asesinos
y carceleros, oh dios,
ah amada, desventurada
patria-cárcel
Tal es mi furia y mi testimonio dijo el dios
en el instante del sagrado crepúsculo, cuando las colinas
se alejaron hacia un infinito de miseria.
No otra es mi palabra, mi árido paisaje de sangre,
la soledad amorosa que me es negada, los ojos
que me hieren, los poros con que hiero y salvo.
Oh dios, ay dios de heridas y puñales,
dios de piedra punzante, hubo una hora en que
todo pareció como el estallido del alba
y las sonrisas esplendieron como pétalos
y el amor era magnífico hasta la belleza total.
Después nos acribillaron y nos arrebataron
la desnuda libertad.
Parece no importar, oh tú, horripilante
y solitario lleno de asco dios de la infamia,
gran sacerdote del exterminio.
A tus pies, hombre y duelo,
junto a tus heridas cristalinas y tu agua,
me arrodillo otra vez a contemplar el paso de mi patria,
y digo que todo podría ser tan hermoso y sagrado
como el amor, como el Amor,
como el AMOR, oh dios,
recíbeme en tu piedra,
¡hazme vivir!
Septiembre-octubre de 1964
Efraín Huerta
Agua Del Dios (2)
Agua espesa, divinamente pantanosa,
agua de olvido, espejo de tinieblas,
agua donde penetra el alma y nada se oye.
Fresca agua para el rostro, para toda la carne
mancillada y expuesta
sanguinolenta en todos los mercados.
Agua —como la patria— abierta en canal.
Patria bárbara y militar
dejada de la mano de los dioses,
fugitiva del agua que todo lo purifica.
Patria nuestra muerta de rocío
y yerbas pisoteadas por asesinos y ladrones
y después más ladrones y más
y más y nunca terminan asesinos
y carceleros, oh dios,
ah amada, desventurada
patria-cárcel
Tal es mi furia y mi testimonio dijo el dios
en el instante del sagrado crepúsculo, cuando las colinas
se alejaron hacia un infinito de miseria.
No otra es mi palabra, mi árido paisaje de sangre,
la soledad amorosa que me es negada, los ojos
que me hieren, los poros con que hiero y salvo.
Oh dios, ay dios de heridas y puñales,
dios de piedra punzante, hubo una hora en que
todo pareció como el estallido del alba
y las sonrisas esplendieron como pétalos
y el amor era magnífico hasta la belleza total.
Después nos acribillaron y nos arrebataron
la desnuda libertad.
Parece no importar, oh tú, horripilante
y solitario lleno de asco dios de la infamia,
gran sacerdote del exterminio.
A tus pies, hombre y duelo,
junto a tus heridas cristalinas y tu agua,
me arrodillo otra vez a contemplar el paso de mi patria,
y digo que todo podría ser tan hermoso y sagrado
como el amor, como el Amor,
como el AMOR, oh dios,
recíbeme en tu piedra,
¡hazme vivir!
Septiembre-octubre de 1964
Efraín Huerta
Agua Del Dios (1)
Agua dulce, agua amarga,
agua de soledad, agua de nada,
agua quebrada para el verde amor
y la amarilla piedad;
agua sin sombra para el aire
de esta región llamada
la más transparente de la sangre.
Dios mío dije ayer en la frontera fuego-sueño
y un elemento lleno de voz y cielos —agua y tierra—
me respondió desde el fondo del corazón de la tragedia:
Acércate, abre las piernas del viento
y húndele tu puñal de purísima obsidiana.
Pero nadie vive de aire sino de hambre
y el canto que anhela lo heroico pierde la alegría
y todo se quebranta como una conversación entre vasallos.
Oh dios mío vuelvo a decir y desde una región
de corales terrestres y desamparo, la misma voz
de siempre: Llora un instante, mírate en el espejo de mi tiempo
y aprende a vivir como un hombre adormilado.
¿Entonces soy el perro-poeta de rodillas
o el jaguar vencido, hincada la mandíbula en la tierra que nada engendra?
Con el hocico enfermo de plumas y cuarzos
subo y bajo bajo y subo la pirámide del miedo,
oh dios endemoniado y brujo, tragador de hongos,
dios de soles envilecidos y príncipes y sacerdotes homosexuales,
yo estoy en adoración todos los días en nombre de mis muertos
y de mis vivos, de todos los que amo y de todos los que no he aprendido a odiar,
así, de rodillas, salvajemente mexicano,
adherido a las hoyos inmundos de tu ancha cara sin horizontes.
Porque se debe decir, partiendo
en dos la podrida manzana de la epopeya:
la patria es
impecable como un asesinato al pie de las ruinas
y una mujer que no pudo parir ni una oración,
la patria es diamantina como la hora del alba en que un hombre es
crucificado
y los panes y semillas del hombre parecen crecer entre telarañas
—y rayos e incendios, oh dios de dioses,
ciegan y matan la inmensidad del sueño.
Efraín Huerta
Agua Del Dios (1)
Agua dulce, agua amarga,
agua de soledad, agua de nada,
agua quebrada para el verde amor
y la amarilla piedad;
agua sin sombra para el aire
de esta región llamada
la más transparente de la sangre.
Dios mío dije ayer en la frontera fuego-sueño
y un elemento lleno de voz y cielos —agua y tierra—
me respondió desde el fondo del corazón de la tragedia:
Acércate, abre las piernas del viento
y húndele tu puñal de purísima obsidiana.
Pero nadie vive de aire sino de hambre
y el canto que anhela lo heroico pierde la alegría
y todo se quebranta como una conversación entre vasallos.
Oh dios mío vuelvo a decir y desde una región
de corales terrestres y desamparo, la misma voz
de siempre: Llora un instante, mírate en el espejo de mi tiempo
y aprende a vivir como un hombre adormilado.
¿Entonces soy el perro-poeta de rodillas
o el jaguar vencido, hincada la mandíbula en la tierra que nada engendra?
Con el hocico enfermo de plumas y cuarzos
subo y bajo bajo y subo la pirámide del miedo,
oh dios endemoniado y brujo, tragador de hongos,
dios de soles envilecidos y príncipes y sacerdotes homosexuales,
yo estoy en adoración todos los días en nombre de mis muertos
y de mis vivos, de todos los que amo y de todos los que no he aprendido a odiar,
así, de rodillas, salvajemente mexicano,
adherido a las hoyos inmundos de tu ancha cara sin horizontes.
Porque se debe decir, partiendo
en dos la podrida manzana de la epopeya:
la patria es
impecable como un asesinato al pie de las ruinas
y una mujer que no pudo parir ni una oración,
la patria es diamantina como la hora del alba en que un hombre es
crucificado
y los panes y semillas del hombre parecen crecer entre telarañas
—y rayos e incendios, oh dios de dioses,
ciegan y matan la inmensidad del sueño.
Efraín Huerta
Despliegue De Asombros Ante Un Dios
A Margarita Peña
A Salvador Amelio
Lo primero es el cielo. Después viene
el espléndido dios que todo lo atruena
con su nariz agujereada y sus miembros
comidos por el hambre de siglos.
El dios vivo y marcado, ungido
con cenizas y lágrimas en cada poro.
El dios traído a un templo a través de otros
templos y otras catedrales y otros misterios.
El dios puesto de pie, venerado,
herido de dolor y de miseria.
Oh dios de cielos y caminos, dios
de agua y furor, dios maldito de misericordia,
devóranos con tu boca sin labios
y tu dura palabra de serpientes heladas.
Oh sordo, ciego y luminoso dios,
enciende alguna vez el rostro del pueblo,
de este bosque sin dueño, propiedad
de todos y de nadie. Patria de espejos
y mediodías, patria embriagada de muerte.
Húndela, inúndala, oh dios sacado
del secreto, dios que miró abrirse
vientres mestizos y padeció la primera herradura.
Efraín Huerta
El Tajín
a David Huerta
a Pepe Gelada
...el nombre de El Tajín le fue dado por los indígenas
totonacas
de la región por la frecuencia con que caían rayos sobre
la pirámide...
1
Andar así es andar a ciegas,
andar inmóvil en el aire inmóvil,
andar pasos de arena, ardiente césped.
Dar pasos sobre agua, sobre nada
—el agua que no existe, la nada de una astilla—,
dar pasos sobre muertes,
sobre un suelo de cráneos calcinados.
Andar así no es andar sino quedarse
sordo, ser ala fatigada o fruto sin aroma;
porque el andar es lento y apagado,
porque nada está vivo
en esta soledad de tibios ataúdes.
Muertos estamos, muertos
en el instante, en la hora canicular,
cuando el ave es vencida
y una dulce serpiente se desploma.
Ni un aura fugitiva habita este recinto
despiadado. Nadie aquí, nadie en ninguna sombra.
Nada en la seca estela, nada en lo alto.
Todo se ha detenido, ciegamente,
como un fiero puñal de sacrificio.
Parece un mar de sangre
petrificada
a la mitad de su ascensión.
Sangre de mil heridas, sangre turbia,
sangre y cenizas en el aire inmóvil.
2
Todo es andar a ciegas, en la
fatiga del silencio, cuando ya nada nace
y nada vive y ya los muertos
dieron vida a sus muertos
y los vivos sepultura a los vivos.
Entonces cae una espada de este cielo metálico
y el paisaje se dora y endurece
o bien se ablanda como la miel
bajo un espeso sol de mariposas.
No hay origen. Sólo los anchos y labrados ojos
y las columnas rotas y las plumas agónicas.
Todo aquí tiene rumores de aire prisionero,
algo de asesinato en el ámbito de todo silencio.
Todo aquí tiene la piel
de los silencios, la húmeda soledad
del tiempo disecado; todo es dolor.
No hay un imperio, no hay un reino.
Tan sólo el caminar sobre su propia sombra,
sobre el cadáver de uno mismo,
al tiempo que el tiempo se suspende
y una orquesta de fuego y aire herido
irrumpe en esta casa de los muertos
—y un ave solitaria y un puñal resucitan.
3
Entonces ellos —son mi hijo y mi amigo—
ascienden la colina
como en busca del trueno y el relámpago.
Yo descanso a la orilla del abismo,
al pie de un mar de vértigos, ahogado
en un inmenso río de helechos doloridos.
Puedo cortar el pensamiento con una espiga,
la voz con un sollozo, o una lágrima,
dormir un infinito dolor, pensar
un amor infinito, una tristeza divina;
mientras ellos, en la suave colina,
sólo encuentran
la dormida raíz de una columna rota
y el eco de un relámpago.
Oh Tajín, oh naufragio,
tormenta demolida,
piedra bajo la piedra;
cuando nadie sea nada y todo quede
mutilado, cuando ya nada sea
y sólo quedes tú, impuro templo desolado,
cuando el país-serpiente sea la ruina y el polvo,
la pequeña pirámide podrá cerrar los ojos
para siempre, asfixiada,
muerta en todas las muertes,
ciega en todas las vidas,
bajo todo el silencio universal
y en todos los abismos.
Tajín, el trueno, el mito, el sacrificio.
Y después, nada.
Junio de 1963
Efraín Huerta
Las Voces Prohibidas
Más despacio que nunca, casi agónicas,
marchan y duelen estas voces o estrellas.
Húmedos pies descalzos, breves pieles,
dulce origen, impío desorden. Voces
que purifican lo que tocan. Voces
todo milagro. Suaves voces de amor.
Voces para decir amor toda la vida
y todo el santo día y a la lenta distancia
de una noche de sueño, amor y voces.
Cálidas o despiertas, dormidas o ya frías,
estas voces se pegan a los labios
y dicen y se dicen altos, duros misterios,
prohibidos latidos, esbeltos calosfríos.
Despaciosas y firmes, llegan como
las bestias, crecen como el encino,
y no hay en ellas nada que no sea verdadero.
Pero duelen. Son dardos de amorosa ponzoña
y dan la seca muerte del olvido.
No perdonan, no aman,
no son ríos serenos sino fuego,
ardiente maldición, dolorosa quietud.
Vienen así, calladas, caminando caminos
de helado polvo. Son las voces
que ya nunca se dicen.
Por eso duelen y por eso ardo
junto a ellas, como al pie de una hoguera.
Ardo y adoro al mismo tiempo
porque nada me callan o no me dicen nada.
Asciendo rudas catedrales de miedo
y el vacío es un lago de hambre y sal.
Me maldigo con ellas
pero duermo con ellas.
Cuando la sed se haya quemado
en mi garganta,
cuando no tenga paz ni amor,
cuando todo sea voces y no llantos,
una pequeña sombra habrá a mi lado.
No la rosa del ansia ni el clavel de miseria,
sino la joven luz del alba,
la joven voz del alba mía.
20 de julio de 1960
Efraín Huerta
Santa Juana De Asbaje
... en plumas de oro vuela ...
GÓNGORA
Celestemente dueña de la forma y del vuelo
—la forma de la orquídea, el vuelo en la paloma—,
maravillosamente gentil y maliciosa
doncella de las nubes.
Transparente de nieve,
ángel de pensamientos que perduran
como la roca viva o el mármol sosegado.
Ágiles aires dieron a tus ojos el brillo
de pétalos que abrasan al ojo que los mira,
y en un millón de versos tu inspiración fluía
como clara corriente de penetrante acento.
Hiciste el verso santo junto al verso de amor
—la forma de la lágrima, el vuelo de la fe—,
y en un siglo de luces que se caían de secas
asombró tu magnífica condición estelar.
Estrella en el bautismo y estrella en la madura
soledad de la celda.
¿Cómo no amar tus voces
y no beber tu aliento donde rosas anidan?
Celestemente extraña, inusitado y tierno
prodigio de fervor: milagro entre milagros.
Como un ángel de bella sonoridad, como un
mensaje sin destino, mas destinado a todos,
vino a la tierra el sueño de tu grata presencia
y la soberbia lira resonó como un coro.
¿Cómo no amar tus voces de purísima estirpe
y no admirar la espada del soneto perfecto?
De tu sabia palabra y de tu esbelta rima
en valles y volcanes se inmortaliza el eco.
Brilladora entre nieblas, estremecido cisne,
candor que no se nombra, magia, pluma y aroma:
tuya es la bugambilia del altiplano y tuyo
el cálido perfume de jerónimas rosas.
No hay espejo a la altura de tu impecable sombra,
piedra que no te viva, verso que no te sueñe.
¿Qué música decirte sin perturbar la música
que en tus alas reposa y en tus pupilas duerme?
Duerme y vive, señora, tu gracia y tu belleza.
Y que duerman tus manos o azucenas de oro.
Matices virginales de retóricas albas
divinizan tu suave contacto con el polvo.
Pero tu corazón, como ave bendecida,
es luz insobornable, estilo de tu huella.
Guárdanos en tu reino de serena pureza,
oh clavel, fresca dalia, bugambilia y estrella.
13-14 de noviembre de 1961
Efraín Huerta
Praga, Mi Novia
Lily me espera a las 11 en el puente del rey Carlos,
al pie de San Juan Nepomuceno, santo de piedra,
santo de agua, mudo, ahogado.
Lily cree en Dios y yo corro hacia ella
y hacia el río y después
los dos iremos hacia las colinas,
hacia el Castillo, hacia la Catedral,
y caminaremos la Callejuela de los Alquimistas
donde Lily descubre oro en las puertas y en las flores
y uno es un gigante que no cabe en las pequeñas casas.
Veremos grandes patios, hermosos panoramas,
y ella me obsequiará el prometido retrato de Neruda
—del viejo checo Jan, no del chileno Pablo—
y yo habré de contarle cómo es el mar
y si algún día regresaré.
Lily me dirá que cuente con ella
y que Praga es mi novia
y que ya no sueñe con las noches danubias
ni con «la negra Viena de los ojos azules»,
porque aquí, a nuestros pies,
un río de bronce y plata nos mira
y es un río que se llama Voltava.
Corro porque Lily me espera
y es posible que ya no crea en Dios
—lo que sería sencillamente horrible para ella.
Sus ojos que tanto han llorado deben mirar
hacia la dulzura del santo que no dijo nada
como ella tampoco parece decir nada cuando la beso
y en su español murmura «No me beséis»
y yo tengo que reírme y casi me muero de risa.
Al día siguiente
—porque ya Carlos Augusto León se ha ido a Zurich
a volar hacia América con su medalla de oro
en el pecho y sus cuentos de llaneros venezolanos—,
al día siguiente bailaremos valses
y al otro día Lily (sólo me queda ella)
esperará el filo de oro de la tarde
para llevarme hasta la puerta del Cementerio Judío
y dejarme de la mano de Dios
para que yo solo con mi alma pise aquellas flores de pavor
y me quiebre los ojos sobre las lápidas labradas
llenas de siglos
y a media voz recuerdo el poema de Nezval.
Porque ahí sólo pisamos la ceniza
y Lily, que cree en Dios,
no quiere entristecer su adoración
por el pequeño Niño Jesús de Praga
que se quedó en su nicho, allá en lo alto de la
Malá Strana
con sus quince vestiditos de oro y plata de todos los colores.
Y entonces, como no hay nada ni nadie a la vista,
sueño que los viejos huesos crecen en los dorados árboles
y que una flor tiene la lengua de fuera
porque Lily debe estar loca
y los rabinos están hechos polvo
y en la sinagoga el candelabro mueve los brazos
y el gran Libro abierto me habla
y la palabra «nazis» me da náuseas
y debo entonces pedir la paz en todos los ríos
y para todos los poetas, hombres, niños, mujeres,
y no solamente para la turbia paz del Cementerio
ni la paz para la ceniza que se come
ni para las astillas de huesos que recogí en Oswiecim
ni mucho menos la paz del ghetto de Varsovia.
Por eso, Lily, que cree en Dios y es hermosa y católica,
me dice que si estoy en Praga es porque soy malo
y debo ser un sanguinario comunista
pero que todo me lo perdona
(es tan buena) porque le corrijo su español
y le cuento de mis amigos de México y de las estrellas de cine
y que hay un pueblo lleno de canales y guitarras
y dos terribles volcanes muertos cubiertos de nieve
y para su consuelo una gran cantidad
de iglesias y mucho sacerdotes.
Por eso corro y dejo atrás la fina lluvia
y ya no quiero tampoco recordar la fría tierra de
Lídice,
porque me encanta la vieja ciudad y aunque me canse
(cuando regrese a México haré que me operen)
no puedo dejar a Lily con sus panes
y sus frutas, tampoco con sus ojos
que parecen ojos de santa flagelada
ni con su amarga risa de niña.
No me pierdo por Praga, porque ¿cómo perderme
en brazos de una novia amorosa?
Lily me dijo apenas ayer que me entregaba
el corazón de la ciudad
y yo me bebo el aire del río
y va no le pido más porque nada me niega
y porque debo llegar a una hora fija, a las 11,
al pie de San Juan Nepomuceno,
santo de piedra,
santo de agua,
mudo,
ahogado.
Efraín Huerta
Nocturno Del Mississippi
que los jóvenes negros se amen a la orilla del río,
bajo el ruinoso techo del Eads Bridge,
y que su risa sea del color de la carne y de su espesa piel.
Que se amen larga y estrechamente al amparo del cielo,
como se aman lodos los que aman,
y que sus besos sean el pequeño prodigio del vuelo en la paloma.
Que el río solloce y siga su camino hacia el mar
y los jóvenes negros sean sus propias estatuas.
Que la pequeña negra maldiga de su sombra
y el negro, entonces, la desnude.
Que una paloma muerta quede ahí, hecha cenizas,
y el amor resucite a la orilla del alba.
Que los jóvenes negros sean la negra ternura,
el más amargo y doloroso amor,
y que el llanto del río, llanto de sucios ojos,
prosiga su infinito morir bajo la tibia luna.
Efraín Huerta
F d r
Duerme bajo las rosas.
Rosas de Hyde Park:
las rosas de su sueño.
Gentil, justo y resuelto,
varón de noble vida.
Rosas de Hyde Park
sobre su tumba, en vuelo.
Efraín Huerta
Primer Canto De Abandono
crecido con el llanto y el amor;
si fuese luz, o solamente ave
con las alas cargadas de tristeza;
si el silencio viniese, si la muerte…
¿Adónde ir con ella, iluminada
con fuego de gemidos y caricias
y gérmenes de mustias esperanzas?
Y una voz inhumana:
-Donde no existan lágrimas de odio
ni pantanos con rosas y claveles.
Mi voz en la saliva del olvido,
como pez en un agua de naufragio.
Efraín Huerta
Línea Del Alba
III
Tienes la frente al alba:
ella cuenta los poros de tu cuerpo,
en laderas del sueño,
con los hombros quemados.
En el alba se vierte la costumbre del alma,
se agita el pulso del deseo
como si fuera un ciervo
duramente alanceado
con agujas de bronce
o pestañas de vírgenes.
Tienes la frente al alba
y pedazos de niebla
volando de tus senos
a mis manos.
Efraín Huerta
Continuidad
Continuidad niebla prohibida
gota
violeta declive de mi sueño
rúbrica fiel de una misma palabra
aurora torbellino desnudo
reflejo en ruinas de tu aniversario
preguntas adheridas
a la evasión solemne de tus muslos.
Insistes en compacta sucesión de movimientos
como metales en abismo sin tregua
en la piadosa geometría de tus labios
y tanto de ternura destilada en mis venas
el grito de mis dientes
en la hiedra morena
que resucita tu cabello delgado.
Dominio y sombra en el escorzo
debujo de tu beso
continuidad dorada de tu cuerpo.
Efraín Huerta
Continuidad
Continuidad niebla prohibida
gota
violeta declive de mi sueño
rúbrica fiel de una misma palabra
aurora torbellino desnudo
reflejo en ruinas de tu aniversario
preguntas adheridas
a la evasión solemne de tus muslos.
Insistes en compacta sucesión de movimientos
como metales en abismo sin tregua
en la piadosa geometría de tus labios
y tanto de ternura destilada en mis venas
el grito de mis dientes
en la hiedra morena
que resucita tu cabello delgado.
Dominio y sombra en el escorzo
debujo de tu beso
continuidad dorada de tu cuerpo.
Efraín Huerta
Elegía
Ahora te soñé, así como eras: sin deslices en la voz,
con inmóviles sombras en los brazos
y tus genitales segundos de estatua.
Así como eres todavía: copiándote a ti misma,
cuando no eres ya sino la espuma de tu propia vida.
Bien te sentí en mi sueño como verso divinizado.
Mi tristeza no cabía en el fondo de mi dolor
y fue a manchar la noche de violeta.
El propio ruido de tus piernas habría despertado
los estanques, los recuerdos que a veces olvidamos en los huecos de los
jardines,
las horas que nunca fueron más allá
de donde hoy se desangran segundo por segundo,
el silencio de muchas ventanas,
antiguos y pulidos razonamientos, montañas de destinos.
De un seno tuyo al otro sollozaba un poco de ternura.
Anoche te soñé y no puedo decirte mañana mi secreto
-porque el amor es un magnífico manzano
con frutos de metal envueltos en piel de inteligencia,
con hojas que recuerdan gravemente el futuro
y raíces como brazos sumidos en una nieve de santidad-
la misma ruta de mis dedos no podría encontrarte
ahí donde te guardas tan perfecta.
Yo no sabría elegir sino violentamente mi presencia:
te llenaría de asombro; acaso tu memoria no me crea.
Mi fatiga te gritaría un absoluto amor.
Por el cristal de aumento de la luna
la sonrisa de Dios estallaría.
Y mi cuerpo se deshace en gotas de mañana.
Efraín Huerta
Elegía
Ahora te soñé, así como eras: sin deslices en la voz,
con inmóviles sombras en los brazos
y tus genitales segundos de estatua.
Así como eres todavía: copiándote a ti misma,
cuando no eres ya sino la espuma de tu propia vida.
Bien te sentí en mi sueño como verso divinizado.
Mi tristeza no cabía en el fondo de mi dolor
y fue a manchar la noche de violeta.
El propio ruido de tus piernas habría despertado
los estanques, los recuerdos que a veces olvidamos en los huecos de los
jardines,
las horas que nunca fueron más allá
de donde hoy se desangran segundo por segundo,
el silencio de muchas ventanas,
antiguos y pulidos razonamientos, montañas de destinos.
De un seno tuyo al otro sollozaba un poco de ternura.
Anoche te soñé y no puedo decirte mañana mi secreto
-porque el amor es un magnífico manzano
con frutos de metal envueltos en piel de inteligencia,
con hojas que recuerdan gravemente el futuro
y raíces como brazos sumidos en una nieve de santidad-
la misma ruta de mis dedos no podría encontrarte
ahí donde te guardas tan perfecta.
Yo no sabría elegir sino violentamente mi presencia:
te llenaría de asombro; acaso tu memoria no me crea.
Mi fatiga te gritaría un absoluto amor.
Por el cristal de aumento de la luna
la sonrisa de Dios estallaría.
Y mi cuerpo se deshace en gotas de mañana.
Eugenio Florit
Soneto
por una sombra que tendrá mi frente.
Sólo en mi frente la inquietud presente
que hoy guardo en mí, de mi dolor cautivo.
Blanca la faz, sin el ardor lascivo,
sin el sueño prendiéndose a la mente.
Ya sobre mí, callado eternamente,
la rosa de papel y el verde olivo.
Qué sueño sin ensueños torcedores,
abierta el alma a trémulas caricias
y sobre el corazón fijas las manos.
Qué lejana la voz de los amores.
Con qué sabor la boca a las delicias
de todos los serenos oceanos.
Enrique González Martínez
Vienes A Mí, Te Acercas Y Te Anuncias
con tan leve rumor, que mi reposo
no turbas, y es un canto milagroso
cada una de las frases que pronuncias.
Vienes a mí, no tiemblas, no vacilas,
y hay al mirarnos atracción tan fuerte,
que lo olvidamos todo, vida y muerte,
suspensos en la luz de tus pupilas.
Y mi vida penetras y te siento
tan cerca de mi propio pensamiento
y hay en la posesión tan honda calma,
que interrogo al misterio en que me abismo
si somos dos reflejos de un ser mismo,
la doble encarnación de una sola alma.
Eugenio Florit
El Mar De Siempre
para tejer el hilo de los tiempos
que tal vez fueron milagrosos.
O acaso no existieron,
sino en la mente de quien los pensó.
Ese arrullo que escuchas
no es el del mar de entonces;
aquel calló con las ausencias,
o bien se hundió lejano
y se perdió en la espuma de otros mares.
No son los mismos, nunca.
Cada uno se acerca a sus orillas,
diversos todos, todos únicos
en el rozar del agua con su tierra;
y cada tierra con su mar se duerme
o al levantar el sol con él se alza.
Pero distintas, diferentes,
las tierras lejos, las de cerca,
tienen su propio mar que las arrulla
y con diverso pálpito respiran.
Como es otra la música
que en su bajar nos llega
del infinito mar de las constelaciones.
Y así vamos de mares y de orillas
al límite final que nos espera.