Poemas en este tema
Vida y Existencia
Dulce María Loynaz
La Fuga Inútil
El agua del río va huyendo de sí misma: Tiene miedo de eternidad.
1.182
Dulce María Loynaz
Hoja Seca
A mis pies la hoja seca viene y va
con el viento;
hace tiempo que la miro,
hecho un hilo, de fino, el pensamiento...
Es una sola hoja pequeñita,
la misma que antes vino
junto a mi pie y se fue y volvió temblando...
¿Me enseñará un camino?
con el viento;
hace tiempo que la miro,
hecho un hilo, de fino, el pensamiento...
Es una sola hoja pequeñita,
la misma que antes vino
junto a mi pie y se fue y volvió temblando...
¿Me enseñará un camino?
926
David Escobar Galindo
La Brumosa Casa
No hay para qué llamar, porque está franca
la puerta principal, de anciano cedro.
Hace un leve chirrido
al entreabrirse, a modo del lamento
de la seda graciosa que se rasga
por el imperio de las manos diestras.
Y de manos a boca está el vestíbulo
donde se alza un oscuro paragüero
de madera pulida,
frente al que un gran espejo veneciano
va guardando la historia
del día —cada día—,
que en oblicuo lenguaje de reflejos
le cuenta el tragaluz.
Una hermosísima
sala de muebles blancos, impecables,
parece estar dispuesta
para la fiel visita de la tarde,
de seguro apacible y numerosa,
aunque al ver ese espacio tan armónico
uno presiente que alguien
vendrá con la inquietud a flor del ánima,
y acaso en algún gesto sin mesura
peligren las esbeltas porcelanas,
que están por eso en sitios resguardados,
como al amparo de los imprudentes.
En contraste sutil
con el temor del hielo quebradizo,
se reparten los búcaros repletos,
sobre todo los nidos de jazmines,
de los que sube el vuelo del aroma
con timidez de pájaro extasiado.
Adentro tiemblan ruidos
de premura doméstica,
algún roce instantáneo de cristales,
una curiosa animación de lozas,
como si dedos finos aprestaran
los ofertorios del café o del vino,
según el temple de los allegados
y la tranquila veleidad del tiempo.
La luz es tenue, huraña,
repetida en cornisas y rincones,
para que se diluya entre los rostros
una gasa foliar, discreta y mágica.
Al fondo, tras la puerta transparente,
puede verse la pérgola arreglada
con un esmero de jardín nostálgico,
y más allá, la nitidez del campo
bordeado de cipreses,
altos como los negros campaniles
de una ciudad perdida en la memoria.
En el clima interior todo reposa,
como si el aire apenas recordara
que es fluido respetable;
pero al sentir la paz del hondo aliento
que adormece los pulsos de la sangre,
casi se escucha un giro de vilanos
en torno a la agonía del silencio.
Se puede entrar, entonces,
sin que se oigan los pasos.
Está abierta
la puerta, suave y sólida.
Algo impulsa hacia adentro, aunque algo frene
ese impulso sensible y poderoso.
Y es natural que haya un pavor inerme
al trasponer la línea del umbral.
Porque es antigua casa es el Olvido.
la puerta principal, de anciano cedro.
Hace un leve chirrido
al entreabrirse, a modo del lamento
de la seda graciosa que se rasga
por el imperio de las manos diestras.
Y de manos a boca está el vestíbulo
donde se alza un oscuro paragüero
de madera pulida,
frente al que un gran espejo veneciano
va guardando la historia
del día —cada día—,
que en oblicuo lenguaje de reflejos
le cuenta el tragaluz.
Una hermosísima
sala de muebles blancos, impecables,
parece estar dispuesta
para la fiel visita de la tarde,
de seguro apacible y numerosa,
aunque al ver ese espacio tan armónico
uno presiente que alguien
vendrá con la inquietud a flor del ánima,
y acaso en algún gesto sin mesura
peligren las esbeltas porcelanas,
que están por eso en sitios resguardados,
como al amparo de los imprudentes.
En contraste sutil
con el temor del hielo quebradizo,
se reparten los búcaros repletos,
sobre todo los nidos de jazmines,
de los que sube el vuelo del aroma
con timidez de pájaro extasiado.
Adentro tiemblan ruidos
de premura doméstica,
algún roce instantáneo de cristales,
una curiosa animación de lozas,
como si dedos finos aprestaran
los ofertorios del café o del vino,
según el temple de los allegados
y la tranquila veleidad del tiempo.
La luz es tenue, huraña,
repetida en cornisas y rincones,
para que se diluya entre los rostros
una gasa foliar, discreta y mágica.
Al fondo, tras la puerta transparente,
puede verse la pérgola arreglada
con un esmero de jardín nostálgico,
y más allá, la nitidez del campo
bordeado de cipreses,
altos como los negros campaniles
de una ciudad perdida en la memoria.
En el clima interior todo reposa,
como si el aire apenas recordara
que es fluido respetable;
pero al sentir la paz del hondo aliento
que adormece los pulsos de la sangre,
casi se escucha un giro de vilanos
en torno a la agonía del silencio.
Se puede entrar, entonces,
sin que se oigan los pasos.
Está abierta
la puerta, suave y sólida.
Algo impulsa hacia adentro, aunque algo frene
ese impulso sensible y poderoso.
Y es natural que haya un pavor inerme
al trasponer la línea del umbral.
Porque es antigua casa es el Olvido.
520
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 226)
Despertar en lo oscuro es siempre un juego.
Se descubre el milagro de las manos.
El corazón sorprende, por lo exacto.
La sangre salta cuerda entre las sienes.
Y la memoria juega a ser delfín
en la burbuja azul de la placenta.
Se descubre el milagro de las manos.
El corazón sorprende, por lo exacto.
La sangre salta cuerda entre las sienes.
Y la memoria juega a ser delfín
en la burbuja azul de la placenta.
506
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 226)
Despertar en lo oscuro es siempre un juego.
Se descubre el milagro de las manos.
El corazón sorprende, por lo exacto.
La sangre salta cuerda entre las sienes.
Y la memoria juega a ser delfín
en la burbuja azul de la placenta.
Se descubre el milagro de las manos.
El corazón sorprende, por lo exacto.
La sangre salta cuerda entre las sienes.
Y la memoria juega a ser delfín
en la burbuja azul de la placenta.
506
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 226)
Despertar en lo oscuro es siempre un juego.
Se descubre el milagro de las manos.
El corazón sorprende, por lo exacto.
La sangre salta cuerda entre las sienes.
Y la memoria juega a ser delfín
en la burbuja azul de la placenta.
Se descubre el milagro de las manos.
El corazón sorprende, por lo exacto.
La sangre salta cuerda entre las sienes.
Y la memoria juega a ser delfín
en la burbuja azul de la placenta.
506
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 194)
Voy a decir por fin la gran verdad:
La salvación del alma es otro cuerpo.
El beso es el vital salvoconducto.
Al cruzar la barrera de las venas,
la eternidad ya tiene garantía.
¡Puede dormir tranquilo el universo!
La salvación del alma es otro cuerpo.
El beso es el vital salvoconducto.
Al cruzar la barrera de las venas,
la eternidad ya tiene garantía.
¡Puede dormir tranquilo el universo!
549
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 204)
La corrompida niebla me seduce
con su fulgor de reina deshojada.
Corro entre sus ramajes como un niño
que va brotando en ecos y membranas.
Y entre sus piernas —de repente ingrávido—
me transfiguro en surtidor de semen.
con su fulgor de reina deshojada.
Corro entre sus ramajes como un niño
que va brotando en ecos y membranas.
Y entre sus piernas —de repente ingrávido—
me transfiguro en surtidor de semen.
428
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 176)
El barro es la placenta. Recordamos
esa otra eternidad: La de sabernos
seguros en la caja del enigma.
La gota va creciendo, sin sentirlo.
De pronto estalla el tímpano del sueño,
y se escapan los siglos por un grito.
esa otra eternidad: La de sabernos
seguros en la caja del enigma.
La gota va creciendo, sin sentirlo.
De pronto estalla el tímpano del sueño,
y se escapan los siglos por un grito.
516
David Escobar Galindo
Devocionario (poema 148)
Estoy sentado frente a un vaso de agua.
Es igual que sentarse ante un océano.
La eternidad se ahoga en una gota,
pero el tiempo es un pálido velero.
Sentado en popa miro el sol que nace.
Sentado en proa miro el sol que muere.
Es igual que sentarse ante un océano.
La eternidad se ahoga en una gota,
pero el tiempo es un pálido velero.
Sentado en popa miro el sol que nace.
Sentado en proa miro el sol que muere.
486
David Escobar Galindo
Ars Poética
¡Belleza, flor de sueño, al fin alientas
después de tanto espanto y tanto llanto!
Porque también tu gracia puede tanto,
Tanto más que el crujir de las afrentas.
Después de la dolencia del espanto,
Cómo surgen tus músicas sedientas:
Surtidores que ayer fueron tormentas
Murmullos que mañana serán canto.
Se escondió tu vigilia donde pudo,
Durmió entre los escombros hecha un nudo,
Se ocultó en un rincón de la cornisa.
Pero ha venido el tiempo del sosiego.
¡Y tú, belleza, manantial de fuego,
renaces otra vez de la ceniza!
después de tanto espanto y tanto llanto!
Porque también tu gracia puede tanto,
Tanto más que el crujir de las afrentas.
Después de la dolencia del espanto,
Cómo surgen tus músicas sedientas:
Surtidores que ayer fueron tormentas
Murmullos que mañana serán canto.
Se escondió tu vigilia donde pudo,
Durmió entre los escombros hecha un nudo,
Se ocultó en un rincón de la cornisa.
Pero ha venido el tiempo del sosiego.
¡Y tú, belleza, manantial de fuego,
renaces otra vez de la ceniza!
494
David Escobar Galindo
Ars Poética
¡Belleza, flor de sueño, al fin alientas
después de tanto espanto y tanto llanto!
Porque también tu gracia puede tanto,
Tanto más que el crujir de las afrentas.
Después de la dolencia del espanto,
Cómo surgen tus músicas sedientas:
Surtidores que ayer fueron tormentas
Murmullos que mañana serán canto.
Se escondió tu vigilia donde pudo,
Durmió entre los escombros hecha un nudo,
Se ocultó en un rincón de la cornisa.
Pero ha venido el tiempo del sosiego.
¡Y tú, belleza, manantial de fuego,
renaces otra vez de la ceniza!
después de tanto espanto y tanto llanto!
Porque también tu gracia puede tanto,
Tanto más que el crujir de las afrentas.
Después de la dolencia del espanto,
Cómo surgen tus músicas sedientas:
Surtidores que ayer fueron tormentas
Murmullos que mañana serán canto.
Se escondió tu vigilia donde pudo,
Durmió entre los escombros hecha un nudo,
Se ocultó en un rincón de la cornisa.
Pero ha venido el tiempo del sosiego.
¡Y tú, belleza, manantial de fuego,
renaces otra vez de la ceniza!
494
David Escobar Galindo
Las Aguas Pasan Bajo El Puente
Las aguas pasan bajo el puente,
sin recordar a Heráclito.
Han fluido así desde que el río es río,
sin cesar de medirse
con la fatalidad del mar que las aguarda.
Desde lo alto del puente,
un niño de la mano de un anciano
contempla el tránsito del agua.
El anciano imagina
que son las mismas aguas de su infancia.
El niño sueña con el mar.
sin recordar a Heráclito.
Han fluido así desde que el río es río,
sin cesar de medirse
con la fatalidad del mar que las aguarda.
Desde lo alto del puente,
un niño de la mano de un anciano
contempla el tránsito del agua.
El anciano imagina
que son las mismas aguas de su infancia.
El niño sueña con el mar.
427
David Escobar Galindo
Las Aguas Pasan Bajo El Puente
Las aguas pasan bajo el puente,
sin recordar a Heráclito.
Han fluido así desde que el río es río,
sin cesar de medirse
con la fatalidad del mar que las aguarda.
Desde lo alto del puente,
un niño de la mano de un anciano
contempla el tránsito del agua.
El anciano imagina
que son las mismas aguas de su infancia.
El niño sueña con el mar.
sin recordar a Heráclito.
Han fluido así desde que el río es río,
sin cesar de medirse
con la fatalidad del mar que las aguarda.
Desde lo alto del puente,
un niño de la mano de un anciano
contempla el tránsito del agua.
El anciano imagina
que son las mismas aguas de su infancia.
El niño sueña con el mar.
427
David Escobar Galindo
La Palabra Es Un Pétalo
La palabra es un pétalo
que el viento desprendió de la magnolia.
En el árbol, la flor
sigue estando completa,
porque la herida es invisible.
El pétalo que vuela solitario
al volar se convierte en otros pétalos,
y así en la levedad del cielo abierto
se dispersan magnolias incontables.
Y la magnolia original asume
la pasión de la víctima.
que el viento desprendió de la magnolia.
En el árbol, la flor
sigue estando completa,
porque la herida es invisible.
El pétalo que vuela solitario
al volar se convierte en otros pétalos,
y así en la levedad del cielo abierto
se dispersan magnolias incontables.
Y la magnolia original asume
la pasión de la víctima.
385
David Escobar Galindo
La Armonía Es Un Río Transitable
La armonía es un río transitable.
Cada aurora embarcamos
corriente abajo, en ceremonia inédita.
No recordamos nunca
las estaciones en las que paramos
ayer o antes de ayer o antes de siempre.
En el viaje que a diario se repite
en una barca nunca vista.
Y aunque escribamos cotidianamente
las minuciosas obras del trayecto,
mañana la aventura será virgen.
Cada aurora embarcamos
corriente abajo, en ceremonia inédita.
No recordamos nunca
las estaciones en las que paramos
ayer o antes de ayer o antes de siempre.
En el viaje que a diario se repite
en una barca nunca vista.
Y aunque escribamos cotidianamente
las minuciosas obras del trayecto,
mañana la aventura será virgen.
723
David Escobar Galindo
La Armonía Es Un Río Transitable
La armonía es un río transitable.
Cada aurora embarcamos
corriente abajo, en ceremonia inédita.
No recordamos nunca
las estaciones en las que paramos
ayer o antes de ayer o antes de siempre.
En el viaje que a diario se repite
en una barca nunca vista.
Y aunque escribamos cotidianamente
las minuciosas obras del trayecto,
mañana la aventura será virgen.
Cada aurora embarcamos
corriente abajo, en ceremonia inédita.
No recordamos nunca
las estaciones en las que paramos
ayer o antes de ayer o antes de siempre.
En el viaje que a diario se repite
en una barca nunca vista.
Y aunque escribamos cotidianamente
las minuciosas obras del trayecto,
mañana la aventura será virgen.
723
David Escobar Galindo
Las Ramas Del Ciprés
Las ramas del ciprés
se ven mejor en el estanque quieto.
Es como si el reflejo definiera
más hondamente su naturaleza.
Y cuando hay un temblor
en las aguas tocadas por la brisa,
es aún más flagrante aquel reflejo.
Acaso igual nos pasará a nosotros:
nos veremos mejor cuando asomemos
al estanque irisado
por el sutil asombro de la muerte.
se ven mejor en el estanque quieto.
Es como si el reflejo definiera
más hondamente su naturaleza.
Y cuando hay un temblor
en las aguas tocadas por la brisa,
es aún más flagrante aquel reflejo.
Acaso igual nos pasará a nosotros:
nos veremos mejor cuando asomemos
al estanque irisado
por el sutil asombro de la muerte.
435
David Escobar Galindo
Las Ramas Del Ciprés
Las ramas del ciprés
se ven mejor en el estanque quieto.
Es como si el reflejo definiera
más hondamente su naturaleza.
Y cuando hay un temblor
en las aguas tocadas por la brisa,
es aún más flagrante aquel reflejo.
Acaso igual nos pasará a nosotros:
nos veremos mejor cuando asomemos
al estanque irisado
por el sutil asombro de la muerte.
se ven mejor en el estanque quieto.
Es como si el reflejo definiera
más hondamente su naturaleza.
Y cuando hay un temblor
en las aguas tocadas por la brisa,
es aún más flagrante aquel reflejo.
Acaso igual nos pasará a nosotros:
nos veremos mejor cuando asomemos
al estanque irisado
por el sutil asombro de la muerte.
435
David Escobar Galindo
La Rosa Muerta Mira
La rosa muerta mira
a través del cristal el grávido paisaje
La rosa viva observa
a través del cristal la estancia sola.
La rosa muerta sigue viva
en la cruz de las nubes.
La rosa viva está encerrada
en la celosa paz del tiempo.
La rosa muerta sueña con su fuerza viviente.
La rosa viva asume la devoción del salmo.
Porque ambas son la misma rosa.
a través del cristal el grávido paisaje
La rosa viva observa
a través del cristal la estancia sola.
La rosa muerta sigue viva
en la cruz de las nubes.
La rosa viva está encerrada
en la celosa paz del tiempo.
La rosa muerta sueña con su fuerza viviente.
La rosa viva asume la devoción del salmo.
Porque ambas son la misma rosa.
449
David Escobar Galindo
La Rosa Muerta Mira
La rosa muerta mira
a través del cristal el grávido paisaje
La rosa viva observa
a través del cristal la estancia sola.
La rosa muerta sigue viva
en la cruz de las nubes.
La rosa viva está encerrada
en la celosa paz del tiempo.
La rosa muerta sueña con su fuerza viviente.
La rosa viva asume la devoción del salmo.
Porque ambas son la misma rosa.
a través del cristal el grávido paisaje
La rosa viva observa
a través del cristal la estancia sola.
La rosa muerta sigue viva
en la cruz de las nubes.
La rosa viva está encerrada
en la celosa paz del tiempo.
La rosa muerta sueña con su fuerza viviente.
La rosa viva asume la devoción del salmo.
Porque ambas son la misma rosa.
449
David Escobar Galindo
Lo Ausente No Está Ausente
Lo ausente no está ausente,
sólo apenas distante del instante.
Al poner el oído fantasioso
junto a la laminilla que separa
lo presente y lo ausente,
una vaga corriente se incorpora,
flor que surge del fondo del latido,
y así ya no es posible distinguir
lo que está y lo que estuvo,
y ya la ausencia duerme entre mis sienes
y la presencia es este don distante.
sólo apenas distante del instante.
Al poner el oído fantasioso
junto a la laminilla que separa
lo presente y lo ausente,
una vaga corriente se incorpora,
flor que surge del fondo del latido,
y así ya no es posible distinguir
lo que está y lo que estuvo,
y ya la ausencia duerme entre mis sienes
y la presencia es este don distante.
430
David Escobar Galindo
Lo Ausente No Está Ausente
Lo ausente no está ausente,
sólo apenas distante del instante.
Al poner el oído fantasioso
junto a la laminilla que separa
lo presente y lo ausente,
una vaga corriente se incorpora,
flor que surge del fondo del latido,
y así ya no es posible distinguir
lo que está y lo que estuvo,
y ya la ausencia duerme entre mis sienes
y la presencia es este don distante.
sólo apenas distante del instante.
Al poner el oído fantasioso
junto a la laminilla que separa
lo presente y lo ausente,
una vaga corriente se incorpora,
flor que surge del fondo del latido,
y así ya no es posible distinguir
lo que está y lo que estuvo,
y ya la ausencia duerme entre mis sienes
y la presencia es este don distante.
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