Vida y Existencia
César Vallejo
He Aquí Que Hoy Saludo
superficial de pasos insondable de plantas.
Tal me recibo de hombre, tal más bien me despido
y de cada hora mía retoña una distanciA.
¿Queréis más? encantado.
Políticamente, mi palabra
emite cargos contra mi labio inferior
y económicamente,
cuando doy la espalda a Oriente,
distingo en dignidad de muerte a mis visitas.
Desde totales códigos regulares saludo
al soldado desconocido
al verso perseguido por la tinta fatal
y al saurio que Equidista diariamente
de su vida y su muerte,
como quien no hace la cosa.
El tiempo tiene un miedo ciempiés a los relojes.
(Los lectores pueden poner el título que quieran a este poema)
César Vallejo
He Aquí Que Hoy Saludo
superficial de pasos insondable de plantas.
Tal me recibo de hombre, tal más bien me despido
y de cada hora mía retoña una distanciA.
¿Queréis más? encantado.
Políticamente, mi palabra
emite cargos contra mi labio inferior
y económicamente,
cuando doy la espalda a Oriente,
distingo en dignidad de muerte a mis visitas.
Desde totales códigos regulares saludo
al soldado desconocido
al verso perseguido por la tinta fatal
y al saurio que Equidista diariamente
de su vida y su muerte,
como quien no hace la cosa.
El tiempo tiene un miedo ciempiés a los relojes.
(Los lectores pueden poner el título que quieran a este poema)
César Vallejo
En El Momento En Que El Tenista Lanza Magistralmente
su bala, le posee una inocencia totalmente animal;
en el momento
en que el filósofo sorprende una nueva verdad
es una bestia completa.
Anatole France afirmaba
que el sentimiento religioso
es la función de un órgano especial del cuerpo humano
hasta ahora ignorado y se podría
decir también, entonces
que, en el momento exacto en que un tal órgano
funciona plenamente,
tan puro de malicia está el creyente,
que se diría casi un vegetal.
¡Oh alma! ¡Oh pensamiento! ¡Oh Marx! ¡Oh
Feüerbach!
César Vallejo
Me Estoy Riendo
controla
a todo el médano aciago y faraónico.
El aire adquiere tensión de recuerdo y de anhelo,
y bajo el sol se calla
hasta exigir el cuello a las pirámides.
Sed. Hidratada melancolía de la tribu errabunda,
gota
a
gota,
del siglo al minuto.
Son tres Treses paralelos,
barbados de barba inmemorial,
en marcha 3 3 3
Es el tiempo este anuncio de gran zapatería,
es el tiempo, que marcha descalzo
de la
muerte
hacia la
muerte.
César Vallejo
Me Estoy Riendo
controla
a todo el médano aciago y faraónico.
El aire adquiere tensión de recuerdo y de anhelo,
y bajo el sol se calla
hasta exigir el cuello a las pirámides.
Sed. Hidratada melancolía de la tribu errabunda,
gota
a
gota,
del siglo al minuto.
Son tres Treses paralelos,
barbados de barba inmemorial,
en marcha 3 3 3
Es el tiempo este anuncio de gran zapatería,
es el tiempo, que marcha descalzo
de la
muerte
hacia la
muerte.
César Vallejo
Entre El Dolor Y El Placer Median Tres Criaturas
de las cuales la una mira a un muro,
la segunda usa de ánimo triste
y la tercera avanza de puntillas;
pero, entre tú y yo,
sólo existen segundas criaturas.
Apoyándose en mi frente,
el día conviene en que, de veras,
hay mucho de exacto en el espacio;
pero, si la dicha, que, al fin, tiene un tamaño,
principia ¡ay! por mi boca,
¿quién me preguntará por mi palabra?
Al sentido instantáneo de la eternidad
corresponde
este encuentro investido de hilo negro,
pero a tu despedida temporal,
tan sólo corresponde lo inmutable,
tu criatura, el alma, mi palabra.
César Vallejo
¡cuatro Conciencias
simultáneas enrédanse en la mía!
¡Si vierais cómo ese movimiento
apenas cabe ahora en mi conciencia!
¡Es aplastante! Dentro de una bóveda
pueden muy bien
adosarse, ya internas o ya externas,
segundas bóvedas, mas nunca cuartas;
mejor dicho, sí,
mas siempre y, a lo sumo, cual segundas.
No puedo concebirlo; es aplastante.
Vosotros mismos a quienes inicio en la noción
de estas cuatro conciencias simultáneas,
enredadas en una sola, apenas os tenéis
de pie ante mi cuadrúpedo intensivo.
¡Y yo que le entrevisto (Estoy seguro)!
César Vallejo
Algo Te Identifica Con El Que Se Aleja De Ti
común de volver: de ahí tu más grande pesadumbre.
Algo te separa del que se queda contigo, y es la esclavitud
común de partir: de ahí tus más nimios regocijos.
Me dirijo, en esta forma, a las individualidades colectivas, tanto como
a las colectividades individuales y a los que, entre unas y otras,
yacen marchando al son de las fronteras o, simplemente, marcan el paso
inmóvil en el borde del mundo.
Algo típicamente neutro, de inexorablemente neutro,
interpónese entre el ladrón y su víctima. Esto,
así mismo, puede discernirse tratándose del cirujano y
del paciente. Horrible medialuna, convexa y solar, cobija a unos y
otros. Porque el objeto hurtado tiene también su peso
indiferente, y el órgano intervenido, también su grasa
triste.
¿Qué hay de más desesperante en la tierra, que la
imposibilidad en que se halla el hombre feliz de ser infortunado y el
hombre bueno, de ser malvado?
¡Alejarse! ¡Quedarse! ¡Volver! ¡Partir! Toda la
mecánica social cabe en estas palabras.
César Vallejo
Algo Te Identifica Con El Que Se Aleja De Ti
común de volver: de ahí tu más grande pesadumbre.
Algo te separa del que se queda contigo, y es la esclavitud
común de partir: de ahí tus más nimios regocijos.
Me dirijo, en esta forma, a las individualidades colectivas, tanto como
a las colectividades individuales y a los que, entre unas y otras,
yacen marchando al son de las fronteras o, simplemente, marcan el paso
inmóvil en el borde del mundo.
Algo típicamente neutro, de inexorablemente neutro,
interpónese entre el ladrón y su víctima. Esto,
así mismo, puede discernirse tratándose del cirujano y
del paciente. Horrible medialuna, convexa y solar, cobija a unos y
otros. Porque el objeto hurtado tiene también su peso
indiferente, y el órgano intervenido, también su grasa
triste.
¿Qué hay de más desesperante en la tierra, que la
imposibilidad en que se halla el hombre feliz de ser infortunado y el
hombre bueno, de ser malvado?
¡Alejarse! ¡Quedarse! ¡Volver! ¡Partir! Toda la
mecánica social cabe en estas palabras.
César Vallejo
Existe Un Mutilado, No De Un Combate Sino De Un Abrazo
sino de la paz. Perdió el rostro en el amor y no en el odio. Lo
perdió en el curso normal de la vida y no en un accidente. Lo
perdió en el orden de la naturaleza y no en el desorden de los
hombres. El coronel Piccot, Presidente de «Les Gueules
Cassées», lleva la boca comida por la pólvora de
1914. Este mutilado que conozco, lleva el rostro comido por el aire
inmortal e inmemorial.
Rostro muerto sobre el tronco vivo. Rostro yerto y pegado con clavo a
la cabeza viva. Este rostro resulta ser el dorso del cráneo, el
cráneo del cráneo. Vi una vez un árbol darme la
espalda y vi otra vez un camino que me daba la espalda. Un árbol
de espaldas sólo crece en los lugares donde nunca nació
ni murió nadie. Un camino de espaldas sólo avanza por los
lugares donde ha habido todas las muertes y ningún nacimiento.
El mutilado de la paz y del amor, del abrazo y del orden y que lleva el
rostro muerto sobre el tronco vivo, nació a la sombra de un
árbol de espaldas y su existencia transcurre a lo largo de un
camino de espaldas.
Como el rostro está yerto y difunto, toda la vida
psíquica, toda la expresión animal de este hombre, se
refugia, para traducirse al exterior, en el peludo cráneo, en el
tórax y en las extremidades. Los impulsos de su ser profundo, al
salir, retroceden del rostro y la respiración, el olfato, la
vista el oído, la palabra, el resplandor humano de su ser,
funcionan y se expresan por el pecho, por los hombros, por el cabello,
por las costillas, por los brazos y las piernas y los pies.
Mutilado del rostro, tapado del rostro, cerrado del rostro, este hombre
no obstante, está entero y nada le hace falta. No tiene ojos y
ve y llora. No tiene narices y huele y respira. No tiene oídos y
escucha. No tiene boca y habla y sonríe. No tiene frente y
piensa y se sume en sí mismo. No tiene mentón y quiere y
subsiste. Jesús conocía al mutilado de la función,
que tenía ojos y no veía y tenía orejas y no
oía. Yo conozco al mutilado del órgano, que ve sin ojos y
oye sin orejas.
César Vallejo
Hallazgo De La Vida
presencia de la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme
libre un momento, para saborear esta emoción formidable,
espontánea y reciente de la vida, que hoy, por la primera vez,
me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas.
Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi
exultación viene de que antes no sentí la presencia de la
vida. No la he sentido nunca. Miente quien diga que la he sentido.
Miente y su mentira me hiere a tal punto que me haría
desgraciado. Mi gozo viene de mi fe en este hallazgo personal de la
vida, y nadie puede ir contra esta fe. Al que fuera, se le
caería la lengua, se le caerían los huesos y
correría el peligro de recoger otros, ajenos, para mantenerse de
pie ante mis ojos.
Nunca, sino ahora, ha habido vida. Nunca, sino ahora, han pasado
gentes. Nunca, sino ahora, ha habido casas y avenidas, aire y
horizonte. Si viniese ahora mi amigo Peyriet, les diría que yo
no le conozco y que debemos empezar de nuevo. ¿Cuándo, en
efecto, le he conocido a mi amigo Peyriet? Hoy sería la primera
vez que nos conocemos. Le diría que se vaya y regrese y entre a
verme, como si no me conociera, es decir, por la primera vez.
Ahora yo no conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país
extraño, en el que todo cobra relieve de nacimiento, luz de
epifanía inmarcesible. No, señor. No hable usted a ese
caballero. Usted no lo conoce y le sorprendería tan inopinada
parla. No ponga usted el pie sobre esa piedrecilla: quién sabe
no es piedra y vaya usted a dar en el vacío. Sea usted
precavido, puesto que estamos en un mundo absolutamente inconocido.
¡Cuán poco tiempo he vivido! Mi nacimiento es tan
reciente, que no hay unidad de medida para contar mi edad. ¡Si
acabo de nacer! ¡Si aún no he vivido todavía!
Señores: soy tan pequeñito, que el día apenas cabe
en mí!
Nunca, sino ahora, oí el estruendo de los carros, que cargan
piedras para una gran construcción del boulevard Haussmann.
Nunca, sino ahora avancé paralelamente a la primavera,
diciéndola: «Si la muerte hubiera sido otra...».
Nunca, sino ahora, vi la luz áurea del sol sobre las
cúpulas de Sacre-Coeur. Nunca, sino ahora, se me acercó
un niño y me miró hondamente con su boca. Nunca, sino
ahora, supe que existía una puerta, otra puerta y el canto
cordial de las distancias.
¡Dejadme! La vida me ha dado ahora en toda mi muerte.
César Vallejo
Hallazgo De La Vida
presencia de la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme
libre un momento, para saborear esta emoción formidable,
espontánea y reciente de la vida, que hoy, por la primera vez,
me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas.
Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi
exultación viene de que antes no sentí la presencia de la
vida. No la he sentido nunca. Miente quien diga que la he sentido.
Miente y su mentira me hiere a tal punto que me haría
desgraciado. Mi gozo viene de mi fe en este hallazgo personal de la
vida, y nadie puede ir contra esta fe. Al que fuera, se le
caería la lengua, se le caerían los huesos y
correría el peligro de recoger otros, ajenos, para mantenerse de
pie ante mis ojos.
Nunca, sino ahora, ha habido vida. Nunca, sino ahora, han pasado
gentes. Nunca, sino ahora, ha habido casas y avenidas, aire y
horizonte. Si viniese ahora mi amigo Peyriet, les diría que yo
no le conozco y que debemos empezar de nuevo. ¿Cuándo, en
efecto, le he conocido a mi amigo Peyriet? Hoy sería la primera
vez que nos conocemos. Le diría que se vaya y regrese y entre a
verme, como si no me conociera, es decir, por la primera vez.
Ahora yo no conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país
extraño, en el que todo cobra relieve de nacimiento, luz de
epifanía inmarcesible. No, señor. No hable usted a ese
caballero. Usted no lo conoce y le sorprendería tan inopinada
parla. No ponga usted el pie sobre esa piedrecilla: quién sabe
no es piedra y vaya usted a dar en el vacío. Sea usted
precavido, puesto que estamos en un mundo absolutamente inconocido.
¡Cuán poco tiempo he vivido! Mi nacimiento es tan
reciente, que no hay unidad de medida para contar mi edad. ¡Si
acabo de nacer! ¡Si aún no he vivido todavía!
Señores: soy tan pequeñito, que el día apenas cabe
en mí!
Nunca, sino ahora, oí el estruendo de los carros, que cargan
piedras para una gran construcción del boulevard Haussmann.
Nunca, sino ahora avancé paralelamente a la primavera,
diciéndola: «Si la muerte hubiera sido otra...».
Nunca, sino ahora, vi la luz áurea del sol sobre las
cúpulas de Sacre-Coeur. Nunca, sino ahora, se me acercó
un niño y me miró hondamente con su boca. Nunca, sino
ahora, supe que existía una puerta, otra puerta y el canto
cordial de las distancias.
¡Dejadme! La vida me ha dado ahora en toda mi muerte.
César Vallejo
Las Ventanas Se Han Estremecido
universo. Vidrios han caído. Un enfermo lanza su queja: la mitad
por su boca lenguada y sobrante, y toda entera, por el ano de su
espalda.
Es el huracán. Un castaño del jardín de las
Tullerías habráse abatido, al soplo del viento, que mide
ochenta metros por segundo. Capiteles de los barrios antiguos,
habrán caído, hendiendo, matando.
¿De qué punto interrogo, oyendo a ambas riberas de los
océanos, de qué punto viene este huracán, tan
digno de crédito, tan honrado de deuda derecho a las ventanas
del hospital? Ay las direcciones inmutables, que oscilan entre el
huracán y esta pena directa de toser o defecar! Ay! las
direcciones inmutables, que así prenden muerte en las
entrañas del hospital y despiertan células clandestinas a
deshora, en los cadáveres.
¿Qué pensaría de si el enfermo de enfrente,
ése que está durmiendo, si hubiera percibido el
huracán? El pobre duerme, boca arriba, a la cabeza de su
morfina, a los pies de toda su cordura. Un adarme más o menos en
la dosis y le llevarán a enterrar, el vientre roto, la boca
arriba, sordo el huracán, sordo a su vientre roto, ante el cual
suelen los médicos dialogar y cavilar largamente, para, al fin,
pronunciar sus llanas palabras de hombres.
La familia rodea al enfermo agrupándose ante sus sienes
regresivas, indefensas, sudorosas. Ya no existe hogar sino en torno al
velador del pariente enfermo, donde montan guardia impaciente, sus
zapatos vacantes, sus cruces de repuesto, sus píldoras de opio.
La familia rodea la mesita por espacio de un alto dividendo. Una mujer
acomoda en el borde de la mesa, la taza, que casi se ha caído.
Ignoro lo que será del enfermo esta mujer, que le besa y no
puede sanarle con el beso, le mira y no puede sanarle con los ojos, le
habla y no puede sanarle con el verbo. ¿Es su madre? ¿Y
cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es su amada? ¿Y
cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es su hermana? Y
¿cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es, simplemente,
una mujer? ¿Y cómo pues, no puede sanarle? Porque esta
mujer le ha besado, le ha mirado, le ha hablado y hasta le ha cubierto
mejor el cuello al enfermo y ¡cosa verdaderamente asombrosa! no
le ha sanado.
El paciente contempla su calzado vacante. Traen queso. Llevan sierra.
La muerte se acuesta al pie del lecho, a dormir en sus tranquilas aguas
y se duerme. Entonces, los libres pies del hombre enfermo, sin
menudencias ni pormenores innecesarios, se estiran en acento
circunflejo, y se alejan, en una extensión de dos cuerpos de
novios, del corazón.
El cirujano ausculta a los enfermos horas enteras. Hasta donde sus
manos cesan de trabajar y empiezan a jugar, las lleva a tientas,
rozando la piel de los pacientes, en tanto sus párpados
científicos vibran, tocados por la indocta, por la humana
flaqueza del amor. Y he visto a esos enfermos morir precisamente del
amor desdoblado del cirujano, de los largos diagnósticos, de las
dosis exactas, del riguroso análisis de orinas y excrementos. Se
rodeaba de improviso un lecho con un biombo. Médicos y
enfermeros cruzaban delante del ausente, pizarra triste y
próxima, que un niño llenara de números, en un
gran monismo de pálidos miles. Cruzaban así, mirando a
los otros, como si más irreparable fuese morir de apendicitis o
neumonía, y no morir al sesgo del paso de los hombres.
Sirviendo a la causa de la religión, vuela con éxito esta
mosca, a lo largo de la sala. A la hora de la visita de los cirujanos,
sus zumbidos nos perdonan el pecho, ciertamente, pero
desarrollándose luego, se adueñan del aire, para saludar
con genio de mudanza, a los que van a morir. Unos enfermos oyen a esa
mosca hasta durante el dolor y de ellos depende, por eso, el linaje del
disparo, en las noches tremebundas.
¿Cuánto tiempo ha durado la anestesia, que llaman los
hombres? ¡Ciencia de Dios, Teodicea! si se me echa a vivir en
tales condiciones, anestesiado totalmente, volteada mi sensibilidad
para adentro! ¡Ah doctores de las sales, hombres de las esencias,
prójimos de las bases! Pido se me deje con mi tumor de
conciencia, con mi irritada lepra sensitiva, ocurra lo que ocurra
aunque me muera! Dejadme dolerme, si lo queréis, mas dejadme
despierto de sueño, con todo el universo metido, aunque fuese a
las malas, en mi temperatura polvorosa.
En el mundo de la salud perfecta, se reirá por esta perspectiva
en que padezco; pero, en el mismo plano y cortando la baraja del juego,
percute aquí otra risa de contrapunto.
En la casa del dolor, la queja asalta síncopes de gran
compositor, golletes de carácter, que nos hacen cosquillas de
verdad, atroces, arduas, y, cumpliendo lo prometido, nos hielan de
espantosa incertidumbre.
En la casa del dolor, la queja arranca frontera excesiva. No se
reconoce en esta queja de dolor, a la propia queja de la dicha en
éxtasis, cuando el amor y la carne se eximen de azor y cuando,
al regresar, hay discordia bastante para el diálogo.
¿Dónde está, pues, el otro flanco de esta queja de
dolor, si, a estimarla en conjunto, parte ahora del lecho de un hombre?
De la casa del dolor parten quejas tan sordas e inefables y tan
colmadas de tanta plenitud que llorar por ellas sería poco, y
sería ya mucho sonreír.
Se atumulta la sangre en el termómetro.
¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si
en la muerte nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida!
¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si
en la muerte nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida!
¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si
en la muerte nada es posible, sino sobre lo que pudo dejarse en la vida!
César Vallejo
El Momento Más Grave De La Vida
—El momento más grave de mi vida estuvo en la batalla del Marne
cuando fui herido en el pecho.
Otro hombre dijo:
—El momento más grave de mi vida, ocurrió en un maremoto
de Yokohama, del cual salvé milagrosamente, refugiado bajo el
alero de una tienda de lacas.
Y otro hombre dijo:
—El momento más grave de mi vida acontece cuando duermo de
día.
Y otro dijo:
—El momento más grave de mi vida ha estado en mi mayor soledad.
Y otro dijo:
—El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una
cárcel del Perú.
Y otro dijo:
—El momento más grave de mi vida es el haber sorprendido de
perfil a mi padre.
Y el ultimo hombre dijo:
—El momento más grave de mi vida no ha llegado todavía.
César Vallejo
La Violencia De Las Horas
Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato
en el burgo.
Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los
jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos,
indistintamente: «Buenos días, José! Buenos
días, María!»
Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses,
que luego también murió a los ocho días de la
madre.
Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y
modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para
Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer.
Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía
al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la
esquina.
Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se
sabe quién.
Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de
quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.
Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi
hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados
por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de
años sucesivos.
Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que
solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado
se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol
se fuese.
Murió mi eternidad y estoy velándola.
César Vallejo
El Buen Sentido
muy grande y lejano y otra vez grande.
Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar,
sino para que empiece a nevar.
La mujer de mi padre está enamorada de mí, viniendo y
avanzando de espaldas a mi nacimiento y de pecho a mi muerte. Que soy
dos veces suyo: por el adiós y por el regreso. La cierro, al
retornar. Por eso me dieran tánto sus ojos, justa de mí,
in fraganti de mí, aconteciéndose por obras terminadas,
por pactos consumados.
Mi madre está confesa de mí, nombrada de mí.
¿Cómo no da otro tanto a mis otros hermanos? A
Víctor, por ejemplo, el mayor, que es tan viejo ya, que las
gentes dicen: ¡Parece hermano menor de su madre! ¡Fuere
porque yo he viajado mucho! ¡Fuere porque yo he vivido más!
Mi madre acuerda carta de principio colorante a mis relatos de regreso.
Ante mi vida de regreso, recordando que viajé durante dos
corazones por su vientre, se ruboriza y se queda mortalmente
lívida, cuando digo, en el tratado del alma: Aquella noche fui
dichoso. Pero, más se pone triste; más se pusiera triste.
—Hijo, ¡cómo estás viejo!
Y desfila por el color amarillo a llorar, porque me halla envejecido,
en la hoja de espada, en la desembocadura de mi rostro. Llora de
mí, se entristece de mí. ¿Qué falta
hará mi mocedad, si siempre seré su hijo? ¿Por
qué las madres se duelen de hallar envejecidos a sus hijos, si
jamás la edad de ellos alcanzará a la de ellas? ¿Y
por qué, si los hijos, cuanto más se acaban, más
se aproximan a los padres? ¡Mi madre llora porque estoy viejo de
mi tiempo y porque nunca llegaré a envejecer del suyo!
Mi adiós partió de un punto de su ser, más externo
que el punto de su ser al que retorno. Soy, a causa del excesivo plazo
de mi vuelta, más el hombre ante mi madre que el hijo ante mi
madre. Allí reside el candor que hoy nos alumbra con tres
llamas. Le digo entonces hasta que me callo:
—Hay, madre, en el mundo un sitio que se llama París. Un sitio
muy grande y muy lejano y otra vez grande.
La mujer de mi padre, al oírme, almuerza y sus ojos mortales
descienden suavemente por mis brazos.
César Vallejo
El Buen Sentido
muy grande y lejano y otra vez grande.
Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar,
sino para que empiece a nevar.
La mujer de mi padre está enamorada de mí, viniendo y
avanzando de espaldas a mi nacimiento y de pecho a mi muerte. Que soy
dos veces suyo: por el adiós y por el regreso. La cierro, al
retornar. Por eso me dieran tánto sus ojos, justa de mí,
in fraganti de mí, aconteciéndose por obras terminadas,
por pactos consumados.
Mi madre está confesa de mí, nombrada de mí.
¿Cómo no da otro tanto a mis otros hermanos? A
Víctor, por ejemplo, el mayor, que es tan viejo ya, que las
gentes dicen: ¡Parece hermano menor de su madre! ¡Fuere
porque yo he viajado mucho! ¡Fuere porque yo he vivido más!
Mi madre acuerda carta de principio colorante a mis relatos de regreso.
Ante mi vida de regreso, recordando que viajé durante dos
corazones por su vientre, se ruboriza y se queda mortalmente
lívida, cuando digo, en el tratado del alma: Aquella noche fui
dichoso. Pero, más se pone triste; más se pusiera triste.
—Hijo, ¡cómo estás viejo!
Y desfila por el color amarillo a llorar, porque me halla envejecido,
en la hoja de espada, en la desembocadura de mi rostro. Llora de
mí, se entristece de mí. ¿Qué falta
hará mi mocedad, si siempre seré su hijo? ¿Por
qué las madres se duelen de hallar envejecidos a sus hijos, si
jamás la edad de ellos alcanzará a la de ellas? ¿Y
por qué, si los hijos, cuanto más se acaban, más
se aproximan a los padres? ¡Mi madre llora porque estoy viejo de
mi tiempo y porque nunca llegaré a envejecer del suyo!
Mi adiós partió de un punto de su ser, más externo
que el punto de su ser al que retorno. Soy, a causa del excesivo plazo
de mi vuelta, más el hombre ante mi madre que el hijo ante mi
madre. Allí reside el candor que hoy nos alumbra con tres
llamas. Le digo entonces hasta que me callo:
—Hay, madre, en el mundo un sitio que se llama París. Un sitio
muy grande y muy lejano y otra vez grande.
La mujer de mi padre, al oírme, almuerza y sus ojos mortales
descienden suavemente por mis brazos.
César Vallejo
Trilce
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.
Donde, aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.
Es ese sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.
Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.
Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.
El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquiera parte.
Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.
—Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. —¿Está?— No; su hermana.
—No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.
Tal es el lugar que yo me sé.
César Vallejo
Trilce
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.
Donde, aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.
Es ese sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.
Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.
Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.
El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquiera parte.
Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.
—Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. —¿Está?— No; su hermana.
—No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.
Tal es el lugar que yo me sé.
César Vallejo
De La Noche A La Mañana Voy
sacando lengua a las más mudas equis.
En nombre de esa pura
que sabía mirar hasta ser 2.
En nombre de que la fui extraño,
llave y chapa muy diferentes.
En nombre della que no tuvo voz
ni voto, cuando se dispuso
esta su suerte de hacer.
Ebullición de cuerpos, sinembargo,
aptos; ebullición que siempre
tan sólo estuvo a 99 burbujas.
¡Remates, esposados en naturaleza,
de dos días que no se juntan,
que no se alcanzan jamás!
César Vallejo
Hubo Un Día Tan Rico El Año Pasado !
que ya ni sé qué hacer con él.
Severas madres guías al colegio,
asedian las reflexiones, y nosotros enflechamos
la cara apenas. Para ya tarde saber
que en aquello gozna la travesura
y se rompe la sien.
Qué día el del año pasado,
que ya ni sé qué hacer con él,
rota la sien y todo.
Por esto nos separarán,
por eso y para ya no hagamos mal.
Y las reflexiones técnicas aún dicen
¿no las vas a oír?
que dentro de dos gráfilas oscuras y aparte,
por haber sido niños y también
por habernos juntado mucho en la vida,
reclusos para siempre nos irán a encerrar.
Para que te compongas.
César Vallejo
Lento Salón En Cono, Te Cerraron, Te Cerré
aunque te quise, tú lo sabes,
y hoy de qué manos penderán tus llaves.
Desde estos muros derribamos los últimos
escasos pabellones que cantaban.
Los verdes han crecido. Veo labriegos trabajando,
los cerros llenos de triunfo.
Y el mes y medio transcurrido alcanza
para una mortaja, hasta demás.
Salón de cuatro entradas y sin una salida,
hoy que has honda murria, te hablo
por tus seis dialectos enteros.
Ya ni he de violentarte a que me seas,
de para nunca; ya no saltaremos
ningún otro portillo querido.
Julio estaba entonces de nueve. Amor
contó en sonido impar. Y la dulzura
dió para toda la mortaja, hasta demás.
César Vallejo
Todos Sonríen Del Desgaire Con Que Voyme A Fondo
celular de comer bien y bien beber.
Los soles andan sin yantar? O hay quien
les da granos como a pajarillos? Francamente,
yo no sé de esto casi nada.
Oh piedra, almohada bienfaciente al fin. Amémonos los vivos a
los vivos, que a las buenas cosas muertas será después. Cuánto tenemos que quererlas
y estrecharlas, cuánto. Amemos las actualidades, que
siempre no estaremos como estamos.
Que interinos Barrancos no hay en los esenciales cementerios.
El porteo va en el alfar, a pico. La jornada nos da en el cogollo, con su
docena de escaleras, escaladas, en horizontizante frustración de pies, por pávidas sandalias
vacantes.
Y temblamos avanzar el paso, que no sabemos si damos con el péndulo, o ya lo hemos cruzado.
César Vallejo
Canta Cerca El Verano, Y Ambos
diversos erramos, al hombro
recodos, cedros, compases unípedos,
espatarrados en la sola recta inevitable.
Canta el verano, y en aquellas paredes
endulzadas de marzo,
lloriquea, gusanea la arácnida acuarela
de la melancolía.
Cuadro enmarcado de trisado anélido, cuadro
que faltó en ese sitio para donde
pensamos que vendría el gran espejo ausente.
Amor, éste es el cuadro que faltó.
Mas, para qué me esforzaría
por dorar pajilla para tal encantada aurícula,
si, a espaldas de astros queridos,
se consiente el vacío, a pesar de todo.
Cuánta madre quedábase adentrada
siempre, en tenaz atavío de carbón, cuando
el cuadro faltaba, y para lo que crecería
al pie de ardua quebrada de mujer.
Así yo me decía: Si vendrá aquel espejo
que de tan esperado, ya pasa de cristal.
Me acababa la vida, ¿para qué?
Me acababa la vida, para alzarnos
sólo de espejo a espejo.