Poemas en este tema
Vida y Existencia
Alfonso Reyes
La Señal Funesta
Si te dicen que voy envejeciendo
porque me da fatiga la lectura
o me cansa la pluma, o tengo hartura
de las filosofías que no entiendo;
si otro juzga que cobro el dividendo
del tesoro invertido, y asegura
que vivo de mi propia sinecura
y sólo de mis hábitos dependo,
cítalos a la nueva primavera
que ha de traer retoños, de manera
que a los frutos de ayer pongan olvido;
pero si sabes que cerré los ojos
al desafío de unos labios rojos,
entonces puedes darme por perdido.
porque me da fatiga la lectura
o me cansa la pluma, o tengo hartura
de las filosofías que no entiendo;
si otro juzga que cobro el dividendo
del tesoro invertido, y asegura
que vivo de mi propia sinecura
y sólo de mis hábitos dependo,
cítalos a la nueva primavera
que ha de traer retoños, de manera
que a los frutos de ayer pongan olvido;
pero si sabes que cerré los ojos
al desafío de unos labios rojos,
entonces puedes darme por perdido.
765
Alfonso Reyes
La Señal Funesta
Si te dicen que voy envejeciendo
porque me da fatiga la lectura
o me cansa la pluma, o tengo hartura
de las filosofías que no entiendo;
si otro juzga que cobro el dividendo
del tesoro invertido, y asegura
que vivo de mi propia sinecura
y sólo de mis hábitos dependo,
cítalos a la nueva primavera
que ha de traer retoños, de manera
que a los frutos de ayer pongan olvido;
pero si sabes que cerré los ojos
al desafío de unos labios rojos,
entonces puedes darme por perdido.
porque me da fatiga la lectura
o me cansa la pluma, o tengo hartura
de las filosofías que no entiendo;
si otro juzga que cobro el dividendo
del tesoro invertido, y asegura
que vivo de mi propia sinecura
y sólo de mis hábitos dependo,
cítalos a la nueva primavera
que ha de traer retoños, de manera
que a los frutos de ayer pongan olvido;
pero si sabes que cerré los ojos
al desafío de unos labios rojos,
entonces puedes darme por perdido.
765
Alfonso Reyes
El Verdugo Secreto
Vives en mí, pero te soy ajeno,
recóndito ladrón que nunca sacio,
a quien suelo ceder, aunque reacio,
cuanto suele pedir tu desenfreno.
Me quise sobrio, me fingí sereno,
me dictaba sus máximas Horacio,
dormí velando, festiné despacio,
ni muy celeste fui, ni muy terreno.
Poco me aprovechó vivir alerta,
si del engreimiento vanidoso
hallaste tú la cicatriz abierta.
Hoy quiero rechazarte, y nunca oso.
¡Válgame la que a todos nos liberta,
y al orden me devuelve y al reposo!
recóndito ladrón que nunca sacio,
a quien suelo ceder, aunque reacio,
cuanto suele pedir tu desenfreno.
Me quise sobrio, me fingí sereno,
me dictaba sus máximas Horacio,
dormí velando, festiné despacio,
ni muy celeste fui, ni muy terreno.
Poco me aprovechó vivir alerta,
si del engreimiento vanidoso
hallaste tú la cicatriz abierta.
Hoy quiero rechazarte, y nunca oso.
¡Válgame la que a todos nos liberta,
y al orden me devuelve y al reposo!
745
Alfonso Reyes
Ausencias
De los amigos que yo más quería
y en breve trecho me han abandonado,
se deslizan las sombras a mi lado,
escaso alivio a mi melancolía.
Se confunden sus voces con la mía
y me veo suspenso y desvelado
en el empeño de cruzar el vado
que me separa de su compañía.
Cedo a la invitación embriagadora,
y discurro que el tiempo se convierte
y acendra un infinito cada hora.
Y desbordo los límites, de suerte
que mi sentir la inmensidad explora
y me familiarizo con la muerte.
y en breve trecho me han abandonado,
se deslizan las sombras a mi lado,
escaso alivio a mi melancolía.
Se confunden sus voces con la mía
y me veo suspenso y desvelado
en el empeño de cruzar el vado
que me separa de su compañía.
Cedo a la invitación embriagadora,
y discurro que el tiempo se convierte
y acendra un infinito cada hora.
Y desbordo los límites, de suerte
que mi sentir la inmensidad explora
y me familiarizo con la muerte.
598
Alfonso Reyes
Quédate Callado
Quédate callado y solo:
casi todo sobra y huelga.
De la rama el fruto cuelga
y la rosa del peciolo,
no a efectos del querer sólo,
sino a la inerte ceguera
que la visión exagera
en alcance y en sentido;
y lo que cantas dormido
es tu canción verdadera.
Quédate solo y callado:
casi todo huelga y sobra.
Ningún gasto se recobra,
ni vale el oro cambiado
la moneda que has pagado
por montones de vellón.
Que a hurtos da el corazón
los latidos que aprovechas,
y aunque imaginas que pechas,
lo debes al panteón.
casi todo sobra y huelga.
De la rama el fruto cuelga
y la rosa del peciolo,
no a efectos del querer sólo,
sino a la inerte ceguera
que la visión exagera
en alcance y en sentido;
y lo que cantas dormido
es tu canción verdadera.
Quédate solo y callado:
casi todo huelga y sobra.
Ningún gasto se recobra,
ni vale el oro cambiado
la moneda que has pagado
por montones de vellón.
Que a hurtos da el corazón
los latidos que aprovechas,
y aunque imaginas que pechas,
lo debes al panteón.
792
Alfonso Reyes
Quédate Callado
Quédate callado y solo:
casi todo sobra y huelga.
De la rama el fruto cuelga
y la rosa del peciolo,
no a efectos del querer sólo,
sino a la inerte ceguera
que la visión exagera
en alcance y en sentido;
y lo que cantas dormido
es tu canción verdadera.
Quédate solo y callado:
casi todo huelga y sobra.
Ningún gasto se recobra,
ni vale el oro cambiado
la moneda que has pagado
por montones de vellón.
Que a hurtos da el corazón
los latidos que aprovechas,
y aunque imaginas que pechas,
lo debes al panteón.
casi todo sobra y huelga.
De la rama el fruto cuelga
y la rosa del peciolo,
no a efectos del querer sólo,
sino a la inerte ceguera
que la visión exagera
en alcance y en sentido;
y lo que cantas dormido
es tu canción verdadera.
Quédate solo y callado:
casi todo huelga y sobra.
Ningún gasto se recobra,
ni vale el oro cambiado
la moneda que has pagado
por montones de vellón.
Que a hurtos da el corazón
los latidos que aprovechas,
y aunque imaginas que pechas,
lo debes al panteón.
792
Alfonso Reyes
Para Un Mordisco
Propio camaleón de otros cielos mejores,
A cada nueva aurora mudaba de colores.
Así es que prefiriera a su rubor primero
El tizne que el oficio deja en el carbonero.
Quiero decir (me explico): la mudanza fue tal,
que iba del rojo al negro lo mismo que Stendhal.
Luego, un temblor de púrpura casi cardenalicio
(que viene a ser también el tizne de otro oficio)
se quebró en malva y oro con bandas boreales,
que ni el disco de Newton exhibe otras iguales.
Es muy de Juan Ramón esto de malvas y oros,
O del traje de luces de un matador de toros.
Y no sé si atreverme, en cosa tan sencilla,
A decir que hubo una "primavera amarilla",
Con unas vetas verdes, con unos jaspes grises
En olas circunflejas como en el mar de Ulises.
¡Ulises yo, que apenas de Caribdis a Escila
—de un vértice a un escollo — saciaba la pupila!
Porque como es efímero todo lo que es anhelo,
El color se evapora y otra vez sube al cielo,
Y ya sabemos que poco a poco se va
Aun la marca de fuego de la infidelidá.
Y se acabó la historia — Tal era la mordida
Que lucía en el anca mi querida.
A cada nueva aurora mudaba de colores.
Así es que prefiriera a su rubor primero
El tizne que el oficio deja en el carbonero.
Quiero decir (me explico): la mudanza fue tal,
que iba del rojo al negro lo mismo que Stendhal.
Luego, un temblor de púrpura casi cardenalicio
(que viene a ser también el tizne de otro oficio)
se quebró en malva y oro con bandas boreales,
que ni el disco de Newton exhibe otras iguales.
Es muy de Juan Ramón esto de malvas y oros,
O del traje de luces de un matador de toros.
Y no sé si atreverme, en cosa tan sencilla,
A decir que hubo una "primavera amarilla",
Con unas vetas verdes, con unos jaspes grises
En olas circunflejas como en el mar de Ulises.
¡Ulises yo, que apenas de Caribdis a Escila
—de un vértice a un escollo — saciaba la pupila!
Porque como es efímero todo lo que es anhelo,
El color se evapora y otra vez sube al cielo,
Y ya sabemos que poco a poco se va
Aun la marca de fuego de la infidelidá.
Y se acabó la historia — Tal era la mordida
Que lucía en el anca mi querida.
756
Alfonso Reyes
Para Un Mordisco
Propio camaleón de otros cielos mejores,
A cada nueva aurora mudaba de colores.
Así es que prefiriera a su rubor primero
El tizne que el oficio deja en el carbonero.
Quiero decir (me explico): la mudanza fue tal,
que iba del rojo al negro lo mismo que Stendhal.
Luego, un temblor de púrpura casi cardenalicio
(que viene a ser también el tizne de otro oficio)
se quebró en malva y oro con bandas boreales,
que ni el disco de Newton exhibe otras iguales.
Es muy de Juan Ramón esto de malvas y oros,
O del traje de luces de un matador de toros.
Y no sé si atreverme, en cosa tan sencilla,
A decir que hubo una "primavera amarilla",
Con unas vetas verdes, con unos jaspes grises
En olas circunflejas como en el mar de Ulises.
¡Ulises yo, que apenas de Caribdis a Escila
—de un vértice a un escollo — saciaba la pupila!
Porque como es efímero todo lo que es anhelo,
El color se evapora y otra vez sube al cielo,
Y ya sabemos que poco a poco se va
Aun la marca de fuego de la infidelidá.
Y se acabó la historia — Tal era la mordida
Que lucía en el anca mi querida.
A cada nueva aurora mudaba de colores.
Así es que prefiriera a su rubor primero
El tizne que el oficio deja en el carbonero.
Quiero decir (me explico): la mudanza fue tal,
que iba del rojo al negro lo mismo que Stendhal.
Luego, un temblor de púrpura casi cardenalicio
(que viene a ser también el tizne de otro oficio)
se quebró en malva y oro con bandas boreales,
que ni el disco de Newton exhibe otras iguales.
Es muy de Juan Ramón esto de malvas y oros,
O del traje de luces de un matador de toros.
Y no sé si atreverme, en cosa tan sencilla,
A decir que hubo una "primavera amarilla",
Con unas vetas verdes, con unos jaspes grises
En olas circunflejas como en el mar de Ulises.
¡Ulises yo, que apenas de Caribdis a Escila
—de un vértice a un escollo — saciaba la pupila!
Porque como es efímero todo lo que es anhelo,
El color se evapora y otra vez sube al cielo,
Y ya sabemos que poco a poco se va
Aun la marca de fuego de la infidelidá.
Y se acabó la historia — Tal era la mordida
Que lucía en el anca mi querida.
756
Alfonso Reyes
Ifigenia Cruel (fragmento)
Pero soy como me hiciste, Diosa,
Entre las líneas iguales de tus flancos:
Como plomada de albañil segura,
Y como tú: como una llama fría.
Sobre el eje de tu nariz recta,
Nadie vio doblarse tus cejas,
Ni plegarse los rinconcillos
Inexorables de tu boca,
Por donde huye un grito inacabable,
Penetrado ya de silencio.
¿Quién acariciaría tu cuello,
demasiado robusto para asido en las manos;
superior a ese hueco mezquino de la palma
que es la medida del humano apetito?
¿Y para quién habías de desatar la equis
de tus brazos cintos y untados
como atroces ligas al tronco,
por entre los cuales puntean
los cuernecillos numerosos
de tu busto de hembra de cría?
¿Quién vio temblar nunca en tu vientre
el lucero azul de tu ombligo?
¿Quién vislumbró la boca hermética
de tus dos piernas verticales?
En torno a ti danzan los astros.
¡Ay del mundo si flaquearas, Diosa!
Y al cabo, lo que en ti más venero:
Los pies donde recibes la ofrenda
Y donde tuve yo cuna y regazo;
Los haces de dedos en compás
Donde puede ampararse un hombre adulto;
Las raíces por donde sorbes
Las cubas rojas del sacrificio, a cada luna.
Entre las líneas iguales de tus flancos:
Como plomada de albañil segura,
Y como tú: como una llama fría.
Sobre el eje de tu nariz recta,
Nadie vio doblarse tus cejas,
Ni plegarse los rinconcillos
Inexorables de tu boca,
Por donde huye un grito inacabable,
Penetrado ya de silencio.
¿Quién acariciaría tu cuello,
demasiado robusto para asido en las manos;
superior a ese hueco mezquino de la palma
que es la medida del humano apetito?
¿Y para quién habías de desatar la equis
de tus brazos cintos y untados
como atroces ligas al tronco,
por entre los cuales puntean
los cuernecillos numerosos
de tu busto de hembra de cría?
¿Quién vio temblar nunca en tu vientre
el lucero azul de tu ombligo?
¿Quién vislumbró la boca hermética
de tus dos piernas verticales?
En torno a ti danzan los astros.
¡Ay del mundo si flaquearas, Diosa!
Y al cabo, lo que en ti más venero:
Los pies donde recibes la ofrenda
Y donde tuve yo cuna y regazo;
Los haces de dedos en compás
Donde puede ampararse un hombre adulto;
Las raíces por donde sorbes
Las cubas rojas del sacrificio, a cada luna.
868
Alfonso Reyes
Sol De Monterrey
No cabe duda: de niño,
me perseguía el sol.
Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
(El fuego de mayo
me armó caballero:
yo era el Niño Andante,
y el sol, mi escudero.)
Todo el cielo era de añil,
toda la casa, de oro.
¡Cuánto sol se me metía
por los ojos!
Mar adentro de la frente,
a donde quiera que voy,
aunque haya nubes cerradas,
¡oh cuanto pesa el sol!
¡Oh cuanto me duele, adentro,
esa cisterna de sol
que viaja conmigo!
Yo no me conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.—
Cada ventana era sol,
cada cuarto eran ventanas.
Los corredores tendían
arcos de luz por la casa.
En los árboles ardían
las ascuas de las naranjas,
y la huerta en lumbre viva
se doraba.
Los pavos reales eran
parientes del sol. La garza
empezaba a llamear
a cada paso que daba.
Y a mí el sol me desvestía
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
Cuando salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
—¡Ya llevas sol para rato!—
Es tesoro —y no se acaba:
no se me acaba —y lo gasto.
Traigo tanto sol adentro
que ya tanto sol me cansa.—
Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.
me perseguía el sol.
Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
(El fuego de mayo
me armó caballero:
yo era el Niño Andante,
y el sol, mi escudero.)
Todo el cielo era de añil,
toda la casa, de oro.
¡Cuánto sol se me metía
por los ojos!
Mar adentro de la frente,
a donde quiera que voy,
aunque haya nubes cerradas,
¡oh cuanto pesa el sol!
¡Oh cuanto me duele, adentro,
esa cisterna de sol
que viaja conmigo!
Yo no me conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.—
Cada ventana era sol,
cada cuarto eran ventanas.
Los corredores tendían
arcos de luz por la casa.
En los árboles ardían
las ascuas de las naranjas,
y la huerta en lumbre viva
se doraba.
Los pavos reales eran
parientes del sol. La garza
empezaba a llamear
a cada paso que daba.
Y a mí el sol me desvestía
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
Cuando salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
—¡Ya llevas sol para rato!—
Es tesoro —y no se acaba:
no se me acaba —y lo gasto.
Traigo tanto sol adentro
que ya tanto sol me cansa.—
Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.
1.531
Alfonso Reyes
Sol De Monterrey
No cabe duda: de niño,
me perseguía el sol.
Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
(El fuego de mayo
me armó caballero:
yo era el Niño Andante,
y el sol, mi escudero.)
Todo el cielo era de añil,
toda la casa, de oro.
¡Cuánto sol se me metía
por los ojos!
Mar adentro de la frente,
a donde quiera que voy,
aunque haya nubes cerradas,
¡oh cuanto pesa el sol!
¡Oh cuanto me duele, adentro,
esa cisterna de sol
que viaja conmigo!
Yo no me conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.—
Cada ventana era sol,
cada cuarto eran ventanas.
Los corredores tendían
arcos de luz por la casa.
En los árboles ardían
las ascuas de las naranjas,
y la huerta en lumbre viva
se doraba.
Los pavos reales eran
parientes del sol. La garza
empezaba a llamear
a cada paso que daba.
Y a mí el sol me desvestía
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
Cuando salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
—¡Ya llevas sol para rato!—
Es tesoro —y no se acaba:
no se me acaba —y lo gasto.
Traigo tanto sol adentro
que ya tanto sol me cansa.—
Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.
me perseguía el sol.
Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
(El fuego de mayo
me armó caballero:
yo era el Niño Andante,
y el sol, mi escudero.)
Todo el cielo era de añil,
toda la casa, de oro.
¡Cuánto sol se me metía
por los ojos!
Mar adentro de la frente,
a donde quiera que voy,
aunque haya nubes cerradas,
¡oh cuanto pesa el sol!
¡Oh cuanto me duele, adentro,
esa cisterna de sol
que viaja conmigo!
Yo no me conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.—
Cada ventana era sol,
cada cuarto eran ventanas.
Los corredores tendían
arcos de luz por la casa.
En los árboles ardían
las ascuas de las naranjas,
y la huerta en lumbre viva
se doraba.
Los pavos reales eran
parientes del sol. La garza
empezaba a llamear
a cada paso que daba.
Y a mí el sol me desvestía
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
Cuando salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
—¡Ya llevas sol para rato!—
Es tesoro —y no se acaba:
no se me acaba —y lo gasto.
Traigo tanto sol adentro
que ya tanto sol me cansa.—
Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.
1.531
Alfonso Reyes
Los Caballos
¡Cuántos caballos en mi infancia!
Atados de la argolla y cabezada,
en el patio de coches de la casa,
desempedrando el suelo en su impaciencia
y dando gusto a las rasposas lenguas,
los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Aprendí a montar a caballo
en el real de San Pedro y San Pablo.
Éste era un alazán de trote largo
que se llamaba —pido perdón— el Grano de Oro.
Mi padre, poeta a ratos,
y siempre poeta de acción,
cuidaba como Adán del nombre de las cosas:
—Para algo tienen cuatro cascos,
para andar de prisa.
Pónmele un nombre raudo como el rayo,
quítale ese nombre que da risa.—
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Me hacían jinete y versero
el buen trote y sus octosílabos
y el galope de arte mayor,
mientras las espuelas y el freno
me iban enseñando a medir el valor.
Pero, aunque yo partiese a rienda suelta,
mi fuga no pasaba de la esquina:
el caballo era herencia de un gendarme borracho
y paraba sólo en los tendajos.
¡Oh ridículo símbolo
de una prudencia que era apenas vicio!
Y me fui haciendo al tufo dulzón
y al fraseo del guadarnés
y a todos los refranes del caso:
En la cuesta,
como quiera la bestia,
y en el llano,
como quiera el amo.
Y aquella justa máxima que parece moneda:
Nunca dejes camino por vereda.
Y aprendí de falsa y de almartirgón
y de pasito y trote inglés,
que no va nada bien con la silla vaquera;
porque yo nunca supe de albardón,
y esto es lo que me queda del color regional.
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Mi segundo caballo
se llamaba Lucero y no Petardo:
él sólo entendía por su nombre
y en vano quisieron mudárselo.
Pequeño y retinto,
nervioso y fino,
con la mancha blanca en la frente...
Nunca tuve mejor amigo,
nunca he tratado mejor gente.
Rompía el cabestro,
pisoteaba el huerto.
cruzaba el parque a las volandas,
atravesaba el corral de los coches,
entraba resbalando por los corredores,
abría con la cabeza la puerta de mi alcoba
y venía hasta mi cama de niño
a despertarme todas las mañanas.
¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!
En una enfermedad que tuve
me lo llenaron de oprobiosas mañas,
que ya ni yo lo conocía:
me lo volvieron pajarero,
lo hicieron duro del bocado
y cabeceador,
y le enseñaron esas vilezas
de arrancar el galope al levantar la mano
y otras torpes costumbres que pasan por proezas.
Y yo ya no lo quise montar
y, como había que hacer algo,
se lo vendimos a un Alemán.
Porque el verdadero caballo
se ha de conocer en el tranco:
geometría plana, destreza lineal
de la auténtica equitación,
implícita en el bruto y no de quita y pon.
¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!
Me dajaba a la puerta de la escuela
y luego regesaba por mí;
era mi ayo y mi mandadero.
Y yo me río de Tom Mix
y de su potro que le hace de perro
cuando me acuerdo de mi lucero.
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Y vino el Tapatío, propio bridón de guerra,
mucha montura para el muchacho que yo era.
Allá cerca del Polvorín,
quiso un día sembrarme en el barranco;
que aunque el siempre me pedía azúcar
y me lo negaba,
yo bien se lo entendí,
que su voluntad bien clara estaba.
Y vino el pinto, un poney
manchado como vaca de blanco y amarillo;
un artista de circo
que también entendía de tiro.
Y como yo ya había crecido
—vamos al decir—,
con las piernas le sujetaba
todas las malas intenciones.
Por las cumbres del Cerro del Caído
siempre andaba conmigo.
En la capital siempre lo usé
para tirar de un cabriolé,
en el paseo —ya se ve—
del Zócalo a Chapultepec.
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Y luego se confunden las memorias
de la cuadra paterna:
uno era el Gallo, de charol lustroso,
otro se llamaba el Carey,
yo no sé bien por qué,
y aquel noble Zar que se abría de patas
para que mi padre montara,
(como el bucéfalo de Alejandro,
según testimonio de Eliano);
y aquel otro lucero en que él vino a morir
bajo las indecisas hoces de la metralla.
Lo guardaron como reliquia,
como mutilado de la patria,
aunque, cojo y clareado de balas,
no servía ya para nada.
Hubo una leva en la Revolución:
se llevaron al pobre en el montón,
sin hacer caso de su orgullo:
—¡Qué los maten a todos,
y que Dios escoja los suyos.
Atados de la argolla y cabezada,
en el patio de coches de la casa,
desempedrando el suelo en su impaciencia
y dando gusto a las rasposas lenguas,
los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Aprendí a montar a caballo
en el real de San Pedro y San Pablo.
Éste era un alazán de trote largo
que se llamaba —pido perdón— el Grano de Oro.
Mi padre, poeta a ratos,
y siempre poeta de acción,
cuidaba como Adán del nombre de las cosas:
—Para algo tienen cuatro cascos,
para andar de prisa.
Pónmele un nombre raudo como el rayo,
quítale ese nombre que da risa.—
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Me hacían jinete y versero
el buen trote y sus octosílabos
y el galope de arte mayor,
mientras las espuelas y el freno
me iban enseñando a medir el valor.
Pero, aunque yo partiese a rienda suelta,
mi fuga no pasaba de la esquina:
el caballo era herencia de un gendarme borracho
y paraba sólo en los tendajos.
¡Oh ridículo símbolo
de una prudencia que era apenas vicio!
Y me fui haciendo al tufo dulzón
y al fraseo del guadarnés
y a todos los refranes del caso:
En la cuesta,
como quiera la bestia,
y en el llano,
como quiera el amo.
Y aquella justa máxima que parece moneda:
Nunca dejes camino por vereda.
Y aprendí de falsa y de almartirgón
y de pasito y trote inglés,
que no va nada bien con la silla vaquera;
porque yo nunca supe de albardón,
y esto es lo que me queda del color regional.
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Mi segundo caballo
se llamaba Lucero y no Petardo:
él sólo entendía por su nombre
y en vano quisieron mudárselo.
Pequeño y retinto,
nervioso y fino,
con la mancha blanca en la frente...
Nunca tuve mejor amigo,
nunca he tratado mejor gente.
Rompía el cabestro,
pisoteaba el huerto.
cruzaba el parque a las volandas,
atravesaba el corral de los coches,
entraba resbalando por los corredores,
abría con la cabeza la puerta de mi alcoba
y venía hasta mi cama de niño
a despertarme todas las mañanas.
¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!
En una enfermedad que tuve
me lo llenaron de oprobiosas mañas,
que ya ni yo lo conocía:
me lo volvieron pajarero,
lo hicieron duro del bocado
y cabeceador,
y le enseñaron esas vilezas
de arrancar el galope al levantar la mano
y otras torpes costumbres que pasan por proezas.
Y yo ya no lo quise montar
y, como había que hacer algo,
se lo vendimos a un Alemán.
Porque el verdadero caballo
se ha de conocer en el tranco:
geometría plana, destreza lineal
de la auténtica equitación,
implícita en el bruto y no de quita y pon.
¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!
Me dajaba a la puerta de la escuela
y luego regesaba por mí;
era mi ayo y mi mandadero.
Y yo me río de Tom Mix
y de su potro que le hace de perro
cuando me acuerdo de mi lucero.
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Y vino el Tapatío, propio bridón de guerra,
mucha montura para el muchacho que yo era.
Allá cerca del Polvorín,
quiso un día sembrarme en el barranco;
que aunque el siempre me pedía azúcar
y me lo negaba,
yo bien se lo entendí,
que su voluntad bien clara estaba.
Y vino el pinto, un poney
manchado como vaca de blanco y amarillo;
un artista de circo
que también entendía de tiro.
Y como yo ya había crecido
—vamos al decir—,
con las piernas le sujetaba
todas las malas intenciones.
Por las cumbres del Cerro del Caído
siempre andaba conmigo.
En la capital siempre lo usé
para tirar de un cabriolé,
en el paseo —ya se ve—
del Zócalo a Chapultepec.
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Y luego se confunden las memorias
de la cuadra paterna:
uno era el Gallo, de charol lustroso,
otro se llamaba el Carey,
yo no sé bien por qué,
y aquel noble Zar que se abría de patas
para que mi padre montara,
(como el bucéfalo de Alejandro,
según testimonio de Eliano);
y aquel otro lucero en que él vino a morir
bajo las indecisas hoces de la metralla.
Lo guardaron como reliquia,
como mutilado de la patria,
aunque, cojo y clareado de balas,
no servía ya para nada.
Hubo una leva en la Revolución:
se llevaron al pobre en el montón,
sin hacer caso de su orgullo:
—¡Qué los maten a todos,
y que Dios escoja los suyos.
803
Alfonso Reyes
Los Caballos
¡Cuántos caballos en mi infancia!
Atados de la argolla y cabezada,
en el patio de coches de la casa,
desempedrando el suelo en su impaciencia
y dando gusto a las rasposas lenguas,
los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Aprendí a montar a caballo
en el real de San Pedro y San Pablo.
Éste era un alazán de trote largo
que se llamaba —pido perdón— el Grano de Oro.
Mi padre, poeta a ratos,
y siempre poeta de acción,
cuidaba como Adán del nombre de las cosas:
—Para algo tienen cuatro cascos,
para andar de prisa.
Pónmele un nombre raudo como el rayo,
quítale ese nombre que da risa.—
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Me hacían jinete y versero
el buen trote y sus octosílabos
y el galope de arte mayor,
mientras las espuelas y el freno
me iban enseñando a medir el valor.
Pero, aunque yo partiese a rienda suelta,
mi fuga no pasaba de la esquina:
el caballo era herencia de un gendarme borracho
y paraba sólo en los tendajos.
¡Oh ridículo símbolo
de una prudencia que era apenas vicio!
Y me fui haciendo al tufo dulzón
y al fraseo del guadarnés
y a todos los refranes del caso:
En la cuesta,
como quiera la bestia,
y en el llano,
como quiera el amo.
Y aquella justa máxima que parece moneda:
Nunca dejes camino por vereda.
Y aprendí de falsa y de almartirgón
y de pasito y trote inglés,
que no va nada bien con la silla vaquera;
porque yo nunca supe de albardón,
y esto es lo que me queda del color regional.
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Mi segundo caballo
se llamaba Lucero y no Petardo:
él sólo entendía por su nombre
y en vano quisieron mudárselo.
Pequeño y retinto,
nervioso y fino,
con la mancha blanca en la frente...
Nunca tuve mejor amigo,
nunca he tratado mejor gente.
Rompía el cabestro,
pisoteaba el huerto.
cruzaba el parque a las volandas,
atravesaba el corral de los coches,
entraba resbalando por los corredores,
abría con la cabeza la puerta de mi alcoba
y venía hasta mi cama de niño
a despertarme todas las mañanas.
¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!
En una enfermedad que tuve
me lo llenaron de oprobiosas mañas,
que ya ni yo lo conocía:
me lo volvieron pajarero,
lo hicieron duro del bocado
y cabeceador,
y le enseñaron esas vilezas
de arrancar el galope al levantar la mano
y otras torpes costumbres que pasan por proezas.
Y yo ya no lo quise montar
y, como había que hacer algo,
se lo vendimos a un Alemán.
Porque el verdadero caballo
se ha de conocer en el tranco:
geometría plana, destreza lineal
de la auténtica equitación,
implícita en el bruto y no de quita y pon.
¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!
Me dajaba a la puerta de la escuela
y luego regesaba por mí;
era mi ayo y mi mandadero.
Y yo me río de Tom Mix
y de su potro que le hace de perro
cuando me acuerdo de mi lucero.
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Y vino el Tapatío, propio bridón de guerra,
mucha montura para el muchacho que yo era.
Allá cerca del Polvorín,
quiso un día sembrarme en el barranco;
que aunque el siempre me pedía azúcar
y me lo negaba,
yo bien se lo entendí,
que su voluntad bien clara estaba.
Y vino el pinto, un poney
manchado como vaca de blanco y amarillo;
un artista de circo
que también entendía de tiro.
Y como yo ya había crecido
—vamos al decir—,
con las piernas le sujetaba
todas las malas intenciones.
Por las cumbres del Cerro del Caído
siempre andaba conmigo.
En la capital siempre lo usé
para tirar de un cabriolé,
en el paseo —ya se ve—
del Zócalo a Chapultepec.
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Y luego se confunden las memorias
de la cuadra paterna:
uno era el Gallo, de charol lustroso,
otro se llamaba el Carey,
yo no sé bien por qué,
y aquel noble Zar que se abría de patas
para que mi padre montara,
(como el bucéfalo de Alejandro,
según testimonio de Eliano);
y aquel otro lucero en que él vino a morir
bajo las indecisas hoces de la metralla.
Lo guardaron como reliquia,
como mutilado de la patria,
aunque, cojo y clareado de balas,
no servía ya para nada.
Hubo una leva en la Revolución:
se llevaron al pobre en el montón,
sin hacer caso de su orgullo:
—¡Qué los maten a todos,
y que Dios escoja los suyos.
Atados de la argolla y cabezada,
en el patio de coches de la casa,
desempedrando el suelo en su impaciencia
y dando gusto a las rasposas lenguas,
los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Aprendí a montar a caballo
en el real de San Pedro y San Pablo.
Éste era un alazán de trote largo
que se llamaba —pido perdón— el Grano de Oro.
Mi padre, poeta a ratos,
y siempre poeta de acción,
cuidaba como Adán del nombre de las cosas:
—Para algo tienen cuatro cascos,
para andar de prisa.
Pónmele un nombre raudo como el rayo,
quítale ese nombre que da risa.—
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Me hacían jinete y versero
el buen trote y sus octosílabos
y el galope de arte mayor,
mientras las espuelas y el freno
me iban enseñando a medir el valor.
Pero, aunque yo partiese a rienda suelta,
mi fuga no pasaba de la esquina:
el caballo era herencia de un gendarme borracho
y paraba sólo en los tendajos.
¡Oh ridículo símbolo
de una prudencia que era apenas vicio!
Y me fui haciendo al tufo dulzón
y al fraseo del guadarnés
y a todos los refranes del caso:
En la cuesta,
como quiera la bestia,
y en el llano,
como quiera el amo.
Y aquella justa máxima que parece moneda:
Nunca dejes camino por vereda.
Y aprendí de falsa y de almartirgón
y de pasito y trote inglés,
que no va nada bien con la silla vaquera;
porque yo nunca supe de albardón,
y esto es lo que me queda del color regional.
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Mi segundo caballo
se llamaba Lucero y no Petardo:
él sólo entendía por su nombre
y en vano quisieron mudárselo.
Pequeño y retinto,
nervioso y fino,
con la mancha blanca en la frente...
Nunca tuve mejor amigo,
nunca he tratado mejor gente.
Rompía el cabestro,
pisoteaba el huerto.
cruzaba el parque a las volandas,
atravesaba el corral de los coches,
entraba resbalando por los corredores,
abría con la cabeza la puerta de mi alcoba
y venía hasta mi cama de niño
a despertarme todas las mañanas.
¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!
En una enfermedad que tuve
me lo llenaron de oprobiosas mañas,
que ya ni yo lo conocía:
me lo volvieron pajarero,
lo hicieron duro del bocado
y cabeceador,
y le enseñaron esas vilezas
de arrancar el galope al levantar la mano
y otras torpes costumbres que pasan por proezas.
Y yo ya no lo quise montar
y, como había que hacer algo,
se lo vendimos a un Alemán.
Porque el verdadero caballo
se ha de conocer en el tranco:
geometría plana, destreza lineal
de la auténtica equitación,
implícita en el bruto y no de quita y pon.
¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!
Me dajaba a la puerta de la escuela
y luego regesaba por mí;
era mi ayo y mi mandadero.
Y yo me río de Tom Mix
y de su potro que le hace de perro
cuando me acuerdo de mi lucero.
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Y vino el Tapatío, propio bridón de guerra,
mucha montura para el muchacho que yo era.
Allá cerca del Polvorín,
quiso un día sembrarme en el barranco;
que aunque el siempre me pedía azúcar
y me lo negaba,
yo bien se lo entendí,
que su voluntad bien clara estaba.
Y vino el pinto, un poney
manchado como vaca de blanco y amarillo;
un artista de circo
que también entendía de tiro.
Y como yo ya había crecido
—vamos al decir—,
con las piernas le sujetaba
todas las malas intenciones.
Por las cumbres del Cerro del Caído
siempre andaba conmigo.
En la capital siempre lo usé
para tirar de un cabriolé,
en el paseo —ya se ve—
del Zócalo a Chapultepec.
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.
Y luego se confunden las memorias
de la cuadra paterna:
uno era el Gallo, de charol lustroso,
otro se llamaba el Carey,
yo no sé bien por qué,
y aquel noble Zar que se abría de patas
para que mi padre montara,
(como el bucéfalo de Alejandro,
según testimonio de Eliano);
y aquel otro lucero en que él vino a morir
bajo las indecisas hoces de la metralla.
Lo guardaron como reliquia,
como mutilado de la patria,
aunque, cojo y clareado de balas,
no servía ya para nada.
Hubo una leva en la Revolución:
se llevaron al pobre en el montón,
sin hacer caso de su orgullo:
—¡Qué los maten a todos,
y que Dios escoja los suyos.
803
Alfonso Reyes
Morir
En el más cariñoso lecho
me siento morir,
cuando en la naturaleza,
toda mansa como jardín.
Muelle, el ala del ángel blanco
¡qué piedad, que ternura al fin!—
primera vez roza mis hombros
como el arco roza el violín.
Esta frescura de saber
que también nos vamos de aquí,
¡qué novedad en la conciencia,
qué persuasión blanda y sutil!
¡Qué conformidad, que tersura,
qué dejarse ir!
Sus filos y puntas los actos
redondean al llegar a mí.
Ni la sangría del estoico
que se amenguaba sin sentir,
ni el áspid que penas besaba
el botón de ansioso carmín:
Lento declive, y tan seguro
—hinchado de sí—
que ni da lugar a lamentos
ni a temores, ni
siquiera al vago cosquilleo
de ese minuto por venir
en que se ha de abrir a mis ojos
algo que se tiene que abrir.
¡Qué natural lo que se acaba
cuando ya se acaba por sí!
Voy con la razón satisfecha,
dormido, contento, feliz.
¡Y yo que viví tantos años,
tantos años como perdí,
sin dar oídos a la esfinge
que susurraba junto a mí!
Yo no sabía que la vida
se reclina y se tiene así
en esa gula de la nada
que es su diván, es su cojín.
me siento morir,
cuando en la naturaleza,
toda mansa como jardín.
Muelle, el ala del ángel blanco
¡qué piedad, que ternura al fin!—
primera vez roza mis hombros
como el arco roza el violín.
Esta frescura de saber
que también nos vamos de aquí,
¡qué novedad en la conciencia,
qué persuasión blanda y sutil!
¡Qué conformidad, que tersura,
qué dejarse ir!
Sus filos y puntas los actos
redondean al llegar a mí.
Ni la sangría del estoico
que se amenguaba sin sentir,
ni el áspid que penas besaba
el botón de ansioso carmín:
Lento declive, y tan seguro
—hinchado de sí—
que ni da lugar a lamentos
ni a temores, ni
siquiera al vago cosquilleo
de ese minuto por venir
en que se ha de abrir a mis ojos
algo que se tiene que abrir.
¡Qué natural lo que se acaba
cuando ya se acaba por sí!
Voy con la razón satisfecha,
dormido, contento, feliz.
¡Y yo que viví tantos años,
tantos años como perdí,
sin dar oídos a la esfinge
que susurraba junto a mí!
Yo no sabía que la vida
se reclina y se tiene así
en esa gula de la nada
que es su diván, es su cojín.
731
Alfonso Reyes
Morir
En el más cariñoso lecho
me siento morir,
cuando en la naturaleza,
toda mansa como jardín.
Muelle, el ala del ángel blanco
¡qué piedad, que ternura al fin!—
primera vez roza mis hombros
como el arco roza el violín.
Esta frescura de saber
que también nos vamos de aquí,
¡qué novedad en la conciencia,
qué persuasión blanda y sutil!
¡Qué conformidad, que tersura,
qué dejarse ir!
Sus filos y puntas los actos
redondean al llegar a mí.
Ni la sangría del estoico
que se amenguaba sin sentir,
ni el áspid que penas besaba
el botón de ansioso carmín:
Lento declive, y tan seguro
—hinchado de sí—
que ni da lugar a lamentos
ni a temores, ni
siquiera al vago cosquilleo
de ese minuto por venir
en que se ha de abrir a mis ojos
algo que se tiene que abrir.
¡Qué natural lo que se acaba
cuando ya se acaba por sí!
Voy con la razón satisfecha,
dormido, contento, feliz.
¡Y yo que viví tantos años,
tantos años como perdí,
sin dar oídos a la esfinge
que susurraba junto a mí!
Yo no sabía que la vida
se reclina y se tiene así
en esa gula de la nada
que es su diván, es su cojín.
me siento morir,
cuando en la naturaleza,
toda mansa como jardín.
Muelle, el ala del ángel blanco
¡qué piedad, que ternura al fin!—
primera vez roza mis hombros
como el arco roza el violín.
Esta frescura de saber
que también nos vamos de aquí,
¡qué novedad en la conciencia,
qué persuasión blanda y sutil!
¡Qué conformidad, que tersura,
qué dejarse ir!
Sus filos y puntas los actos
redondean al llegar a mí.
Ni la sangría del estoico
que se amenguaba sin sentir,
ni el áspid que penas besaba
el botón de ansioso carmín:
Lento declive, y tan seguro
—hinchado de sí—
que ni da lugar a lamentos
ni a temores, ni
siquiera al vago cosquilleo
de ese minuto por venir
en que se ha de abrir a mis ojos
algo que se tiene que abrir.
¡Qué natural lo que se acaba
cuando ya se acaba por sí!
Voy con la razón satisfecha,
dormido, contento, feliz.
¡Y yo que viví tantos años,
tantos años como perdí,
sin dar oídos a la esfinge
que susurraba junto a mí!
Yo no sabía que la vida
se reclina y se tiene así
en esa gula de la nada
que es su diván, es su cojín.
731
Alfonso Reyes
Apenas
A veces, hecho de nada,
sube un efluvio del suelo.
De repente, a la callada,
suspira de aroma el cedro.
Como somos la delgada
disolución de un secreto,
a poco que cede el alma
desborda la fuente de un sueño.
¡Mísera cosa la vaga
razón cuando, en el silencio,
una como resolana
me baja, de tu recuerdo!
sube un efluvio del suelo.
De repente, a la callada,
suspira de aroma el cedro.
Como somos la delgada
disolución de un secreto,
a poco que cede el alma
desborda la fuente de un sueño.
¡Mísera cosa la vaga
razón cuando, en el silencio,
una como resolana
me baja, de tu recuerdo!
734
Alfonso Reyes
El Descastado
En vano ensayaríamos una voz que les recuerde algo a los Hombres,
alma mía que no tuviste a quien heredar;
En vano buscamos, necios, en ondas del mismo Leteo,
Reflejos que nos pinten las estrellas que nunca vimos.
Como el perro callejero, en quien unas a otras se borran
Las marcas de los atavismos, O como el canalla civilizado
—heredera de todos, alma mía, mestiza irredenta, no
tuviste a quien heredar.
Y el hombre sólo quiere oír lo que sus abuelos contaban;
Y los narradores de historias
buscan el Arte Poética en los labios de la nodriza.
Pudo seducirnos la brevedad simple, la claridad elegante,
La palabra única que salta de la idea como bota el
Luchador sobre el pie descalzo...
Mientras el misterio lo consentía, mientras el misterio
Lo consentía.
alma mía que no tuviste a quien heredar;
En vano buscamos, necios, en ondas del mismo Leteo,
Reflejos que nos pinten las estrellas que nunca vimos.
Como el perro callejero, en quien unas a otras se borran
Las marcas de los atavismos, O como el canalla civilizado
—heredera de todos, alma mía, mestiza irredenta, no
tuviste a quien heredar.
Y el hombre sólo quiere oír lo que sus abuelos contaban;
Y los narradores de historias
buscan el Arte Poética en los labios de la nodriza.
Pudo seducirnos la brevedad simple, la claridad elegante,
La palabra única que salta de la idea como bota el
Luchador sobre el pie descalzo...
Mientras el misterio lo consentía, mientras el misterio
Lo consentía.
637
Alfonso Reyes
Visitación
—Soy la Muerte— me dijo. No sabía
que tan estrechamente me cercara,
al punto de volcarme por la cara
su turbadora vaharada fría.
Ya no intento eludir su compañía:
mis pasos sigue, transparente y clara
y desde entonces no me desampara
ni me deja de noche ni de día.
—¡Y pensar —confesé—, que de mil modos
quise disimularte con apodos,
entre miedos y errores confundida!
«Más tienes de caricia que de pena».
Eras alivio y te llamé cadena.
Eras la muerte y te llamé la vida.
que tan estrechamente me cercara,
al punto de volcarme por la cara
su turbadora vaharada fría.
Ya no intento eludir su compañía:
mis pasos sigue, transparente y clara
y desde entonces no me desampara
ni me deja de noche ni de día.
—¡Y pensar —confesé—, que de mil modos
quise disimularte con apodos,
entre miedos y errores confundida!
«Más tienes de caricia que de pena».
Eras alivio y te llamé cadena.
Eras la muerte y te llamé la vida.
862
Alfonso Reyes
Visitación
—Soy la Muerte— me dijo. No sabía
que tan estrechamente me cercara,
al punto de volcarme por la cara
su turbadora vaharada fría.
Ya no intento eludir su compañía:
mis pasos sigue, transparente y clara
y desde entonces no me desampara
ni me deja de noche ni de día.
—¡Y pensar —confesé—, que de mil modos
quise disimularte con apodos,
entre miedos y errores confundida!
«Más tienes de caricia que de pena».
Eras alivio y te llamé cadena.
Eras la muerte y te llamé la vida.
que tan estrechamente me cercara,
al punto de volcarme por la cara
su turbadora vaharada fría.
Ya no intento eludir su compañía:
mis pasos sigue, transparente y clara
y desde entonces no me desampara
ni me deja de noche ni de día.
—¡Y pensar —confesé—, que de mil modos
quise disimularte con apodos,
entre miedos y errores confundida!
«Más tienes de caricia que de pena».
Eras alivio y te llamé cadena.
Eras la muerte y te llamé la vida.
862
Alfonso Reyes
A Enrique González Martínez
Muchas sendas hollé, muchos caminos
solicitaron el afán creciente,
de contrastar los usos de la gente
y confundirme con los peregrinos.
Mezclaba los sabores de los vinos
en cada clima caprichosamente,
y yo no sé si ello fue prudente
o si mis pasos fueron desatinos.
Había que buscar la ruta cierta
y ceñir el desborde con el dique.
Volví cansado, procuré la puerta...
Y déjame, poeta, que lo explique
como quien se despoja y se liberta:
tú estabas a la puerta, claro Enrique.
solicitaron el afán creciente,
de contrastar los usos de la gente
y confundirme con los peregrinos.
Mezclaba los sabores de los vinos
en cada clima caprichosamente,
y yo no sé si ello fue prudente
o si mis pasos fueron desatinos.
Había que buscar la ruta cierta
y ceñir el desborde con el dique.
Volví cansado, procuré la puerta...
Y déjame, poeta, que lo explique
como quien se despoja y se liberta:
tú estabas a la puerta, claro Enrique.
620
Alejandra Pizarnik
He Dado El Salto De Mí Al Alba
He dado el salto de mí al alba.
He dejado mi cuerpo junto a la luz
y he cantado la tristeza de lo que nace.
He dejado mi cuerpo junto a la luz
y he cantado la tristeza de lo que nace.
2.582
Alejandra Pizarnik
He Dado El Salto De Mí Al Alba
He dado el salto de mí al alba.
He dejado mi cuerpo junto a la luz
y he cantado la tristeza de lo que nace.
He dejado mi cuerpo junto a la luz
y he cantado la tristeza de lo que nace.
2.582