Vida y Existencia
Manuel Machado
Yo, Poeta Decadente
español del siglo veinte,
que los toros he elogiado,
y cantado
las golfas y el aguardiente...,
y la noche de Madrid,
y los rincones impuros,
y los vicios más oscuros
de estos bisnietos del Cid:
de tanta canallería
harto estar un poco debo;
ya estoy malo, y ya no bebo
lo que han dicho que bebía.
Porque ya
una cosa es la poesía
y otra cosa lo que está
grabado en el alma mía...
Grabado, lugar común.
Alma, palabra gastada.
Mía... No sabemos nada.
Todo es conforme y según.
Manuel Machado
Ars Moriendi - Ars Moriendi
—que, al despertar, no está ya en nuestras manos—,
de aromas y colores imposibles...
Y un día sin aurora la cortamos.
Manuel Machado
Fantasía De Puck - Alma
A Silvio Rebello
El hada pequeñita
de las piedras preciosas
que vive en un coral
busca al gnomo que habita
la corteza rugosa
de un antiguo nogal.
Y, juntos, de la mano
para hacer travesuras,
aquella noche van,
como hermana y hermano,
por las sendas oscuras
de la selva ideal...
Detrás va su cortejo
de dudas y sospechas...
Y una marcha triunfal
saluda al crimen, viejo
que ruge y canta endechas
con su voz de puñal.
Van los presentimientos
junto a las intenciones...
Con los recuerdos van
los malos pensamientos,
las locas tentaciones
ahogadas al brotar.
Todo lo que hay de sueños
de otra vida perdido;
lo que pasó o vendrá.
Vagas curvas de ensueños:
lo que casi no ha sido...,
lo que tal vez será...
Va, callado, cruzando
el cortejo discreto
por la selva ideal...
¡Viene el día temblando...;
va a romper el secreto
la aurora al despuntar!...
Mas sólo vio, al mostrarse,
una burbuja sobre
las olas del mar...
Y una cara borrarse
en la corteza pobre
del antiguo nogal.
Manuel Machado
Retablo - Alma
los dos santos varones, el chantre y el cantado,
el Grant Santo Domingo de Silos venerado
y el Maestre Gonzalo de Berceo nommado.
Yo veo al Santo como en la sabida prosa
fecha en nombre de Christo y de la Gloriosa:
la color amariella, la marcha fatigosa,
el cabello tirado, la frente luminosa...
Y a su lado el poeta, romeo peregrino,
sonríe a los de ahora que andamos el camino,
y el galardón nos muestra de su claro destino:
una palma de gloria y un vaso de buen vino.
Manuel Machado
Melancolía - Alma
como una tarde del otoño viejo;
de saudades sin nombre,
de penas melancólicas tan lleno...
Mi pensamiento, entonces,
vaga junto a las tumbas de los muertos
y en torno a los cipreses y a los sauces
que, abatidos, se inclinan... Y me acuerdo
de historias tristes, sin poesía... Historias
que tienen casi blancos mis cabellos.
Manuel José Quintana
A La Señora Doña Pilar Sinués Y Navarro Que Había Hecho Unos Versos A Mi Coronación
En la corona que adornó mi frente,
Y a mí es muy grato en la ocasión presente
Ceñir tus sienes de flamante rosa.
Vas, amable Pilar, a ser esposa,
Consagrando en las aras de Himeneo
Tu libertad y gracias juveniles.
¡Dichoso a quien se guarda este trofeo!
Yo, aunque agobiado con ochenta abriles,
Tomo, cual debo, parte en tu alegría
y en débil, sí, pero sincero acento,
Tu nombre doy para aplaudirle al viento,
Y acompaño tu triunfo en ese día.
Manuel José Quintana
El Amor Se Ha Desprendido
De los brazos de su madre,
Y alegrando el universo
Se está suspenso en el aire.
Él os contempla, zagalas,
Y mirándoos se complace
Al ver las gracias que os dieron
Las estrellas liberales.
Él al placer os convida,
Al regocijo y al baile:
¿Y seréis sordas vosotras
A sus influjos suaves?
Mirad, cuál todo se anima!
De flor se visten los valles,
De yerba se cubre el campo
Y el viento pueblan las aves.
Animaos también vosotras:
Gozad la estación amable,
Que sobrada vida os queda
Para devorar pesares.
Más rápido que una flecha
Que vuela hendiendo los aires,
El tiempo vuela y se muere,
Muere el tiempo y no renace.
Tiempo vendrá en que os aflijan
Las memorias lamentables
De placeres que perdisteis,
De horas que desperdiciasteis.
Ea pues: que nadase pierda,
Salid alegres al baile,
Los instrumentos resuenen
Y la risa os acompañe.
Ven tú, la alegre zagala,
Atención de mil amantes,
Y cuyos ojos, si miran,
No hay corazón que no abrasen:
Plácidamente severa,
Severamente agradable
Te acompañará tu hermana
Y alentaréis todo el valle;
Mientras que a encantarnos venga,
Mientras que enlazada sale
Con la gallarda Belisa
La linda y modesta Dafne.
Ven tú, en fin, ninfa divina,
Ven en fin y no te tardes,
Tú en cuya tez los claveles
Con la azucena combaten:
Tú en cuyos labios de rosa
Fabrica amor sus panales,
Y en cuyo soberbio seno
El placer viene a posarse.
¡Dichoso aquel que tu beldad admira,
Que tus gracias contempla atentamente,
Que el blando influjo de tu genio siente,
Que de amor puede hablarte, y que suspira!
Manuel José Quintana
A Un Amigo Que, Bajo El Emblema De Una Violeta, Me Escribía Lisonjas Y Esperanzas Soneto
Me quieras engañar, huésped del prado;
Yo no soy lo que fui: rigor del hado
Me condena por siempre al escarmiento.
Nunca lozana a su primer contento
La planta vuelve que truncó el arado,
Por más que al cielo le merezca agrado
Y que amoroso la acaricie el viento.
Anda, pasa adelante; en otras flores
Más ricas de fragancia y más felices
Pon tu dulce cuidado y tus amores:
Que es ya en mí por demás cuanto predices,
Pues el aire del sol con sus ardores
Quemó hasta la esperanza en mis raíces.
Miguel Florián
Madre
y tú estabas allí, insomne, aguardando
la lenta aparición, la inminente presencia
de la luz, del alba que no llega (del fuego
que regresa de una estación desierta)
y tú estabas allí, profunda y blanca,
tendida sobre la multitud de los instantes,
apartando la turbiedad confusa de mi sueño,
labrando el tiempo firme, inmóvil, de la muerte
(la edad remota de insectos transparentes
y arroyos escondidos) con su amargura
de mano inalcanzable, de boca detenida
sobre la frente nueva, de beso que separa
el porvenir, y lo devuelve al seno de la tierra,
al estallido ciego de otra edad. Abrí los ojos
y tú estabas allí, mirándome, en medio de la muerte.
Miguel Florián
Cuerpo Nombrado
el pecho que se inflama,
tu savia azul, el río de tus astros.
Quiero nombrar tu cuerpo, tus caminos,
el laberinto tibio, las girándulas,
el sexo umbrío, las vísceras ocultas,
esa linfa secreta que va trenzando el tiempo.
Quiero nombrar tu cuerpo, los murmullos,
los labios cuando besan o nombran otros cuerpos,
el fuego de la lengua, la humedad de la piel.
Tu saliva que es áspera y amarga.
Quiero narrar tu espalda añil que delimita
con un dios impreciso, inabarcable.
Miguel Florián
( Mujer Mía )
de pan cálido, de mar, te quiero,
mujer mía, en el costado
simiente de la noche.
Ave, estela lunar,
como de dios, como de ángel.
Dánae de oro,
mujer de arcilla tierna,
(Limpia, blanca, crepuscular...)
carne, saliva y sombra.
Miguel Florián
( Pietà )
de la sombra, galopamos por los acantilados
de la miseria, ansiamos polvo, áspero polvo,
y dichosos caemos hacia la masa informe
de los gérmenes. Ansiamos raíces, nosotros,
los aéreos. Amamos polvo, oscuro, untoso polvo,
el osario donde se tienden los nombres, lava
gris de la hojarasca redimida, hacia el sueño
retrocedemos con nuestros cabellos enredados
en muérdagos. De nada sirve que la luz
nos envuelva con su manto espectral,
volvemos hacia atrás, buscamos la caída a lo ignorado,
necesitados de lo informe, avarientos de vértigos.
Nada anuncian las flores del almendro, intactas
y rojizas después de la nevada, ni el seno
abierto de la mujer como un ave indefensa.
Añoramos cada estallido de la herrumbre,
cada cicatriz sobre el tronco del roble,
los cascos del caballo sobre el légamo
cuando dispersan el tiempo, el sueño
que es olvido, y esa madre auríspice
que gime desde sus vísceras abiertas
y nos llama a su sangre, a lo innombrable.
Miguel Florián
( Metales )
cuando crecen callados en la noche
y se adensan, y recogen los breves
destellos de los astros. Siento
su filo frío que después será mar,
su lamento de hielo y muda carne,
el osario de un dios propicio, enorme
en su tiniebla, un dios que festejamos
en la señal de su venida. Escucha,
estamos en el tiempo del renuevo,
de los juncales cubiertos por rocío,
de la hiedra que escala nuestro lecho,
del animal que nos acecha, inmenso,
detrás de las pupilas, oculto en otra
existencia infranqueable y ciega.
El tiempo lento y turbio de la espora,
de los metales mansos, del mineral
cerrado que sospecha la luz, lava
que persigue la levedad del polvo.
Entonces, desde una estación remota
regresan, entre brumas, las palabras,
narraciones de hadas y de héroes,
de resinas fragantes (el incienso,
la mirra y el benjuí), y de madréporas.
Los insectos describen amplios surcos,
vueltos a lo indecible, y el granito
recupera la voz dura y siniestra
de los astros. Venero en los metales
su permanencia muda, su oscura red
de eternidad, su intacta persistencia
de dureza semejante a la luz,
su fría rigidez cuando en invierno
rozan nuestras mejillas, el triste gris
de su materia inmensa, de su abismo.
Todo se encuentra atento a la llegada
de una voz, de un dios o de un incendio.
Y la sangre del hombre perseguida
en su país de níquel, vigilante
desde dentro del sueño, abandonada
a la quietud, aguardando otro ver,
un despertar distinto, otras pupilas
de facetas omnívoras, un nuevo
respirar... (Los círculos voraces,
la persistencia cerrada de los nombres.)
Esperan mirar de nuevo el mundo.
Comprendo a los metales, comparto su destino
tan parecido al mío, su existencia sin mácula.
(Toco su corazón, su savia detenida
cuando logra la forma del crepúsculo.)
Cristales indefensos que se quiebran
bajo la luz del alba, (tantos siglos
gestándose, poblados de simientes).
Me agrada abandonarme a ellos, acariciarlos
apretando mi mano contra su piel exacta,
en su luz de reflejos, de semillas y aristas.
Metal que es tiempo denso y generoso,
agua limpia para la sed del hombre.
Miguel Florián
( Metales )
cuando crecen callados en la noche
y se adensan, y recogen los breves
destellos de los astros. Siento
su filo frío que después será mar,
su lamento de hielo y muda carne,
el osario de un dios propicio, enorme
en su tiniebla, un dios que festejamos
en la señal de su venida. Escucha,
estamos en el tiempo del renuevo,
de los juncales cubiertos por rocío,
de la hiedra que escala nuestro lecho,
del animal que nos acecha, inmenso,
detrás de las pupilas, oculto en otra
existencia infranqueable y ciega.
El tiempo lento y turbio de la espora,
de los metales mansos, del mineral
cerrado que sospecha la luz, lava
que persigue la levedad del polvo.
Entonces, desde una estación remota
regresan, entre brumas, las palabras,
narraciones de hadas y de héroes,
de resinas fragantes (el incienso,
la mirra y el benjuí), y de madréporas.
Los insectos describen amplios surcos,
vueltos a lo indecible, y el granito
recupera la voz dura y siniestra
de los astros. Venero en los metales
su permanencia muda, su oscura red
de eternidad, su intacta persistencia
de dureza semejante a la luz,
su fría rigidez cuando en invierno
rozan nuestras mejillas, el triste gris
de su materia inmensa, de su abismo.
Todo se encuentra atento a la llegada
de una voz, de un dios o de un incendio.
Y la sangre del hombre perseguida
en su país de níquel, vigilante
desde dentro del sueño, abandonada
a la quietud, aguardando otro ver,
un despertar distinto, otras pupilas
de facetas omnívoras, un nuevo
respirar... (Los círculos voraces,
la persistencia cerrada de los nombres.)
Esperan mirar de nuevo el mundo.
Comprendo a los metales, comparto su destino
tan parecido al mío, su existencia sin mácula.
(Toco su corazón, su savia detenida
cuando logra la forma del crepúsculo.)
Cristales indefensos que se quiebran
bajo la luz del alba, (tantos siglos
gestándose, poblados de simientes).
Me agrada abandonarme a ellos, acariciarlos
apretando mi mano contra su piel exacta,
en su luz de reflejos, de semillas y aristas.
Metal que es tiempo denso y generoso,
agua limpia para la sed del hombre.
Miguel Florián
( Metales )
cuando crecen callados en la noche
y se adensan, y recogen los breves
destellos de los astros. Siento
su filo frío que después será mar,
su lamento de hielo y muda carne,
el osario de un dios propicio, enorme
en su tiniebla, un dios que festejamos
en la señal de su venida. Escucha,
estamos en el tiempo del renuevo,
de los juncales cubiertos por rocío,
de la hiedra que escala nuestro lecho,
del animal que nos acecha, inmenso,
detrás de las pupilas, oculto en otra
existencia infranqueable y ciega.
El tiempo lento y turbio de la espora,
de los metales mansos, del mineral
cerrado que sospecha la luz, lava
que persigue la levedad del polvo.
Entonces, desde una estación remota
regresan, entre brumas, las palabras,
narraciones de hadas y de héroes,
de resinas fragantes (el incienso,
la mirra y el benjuí), y de madréporas.
Los insectos describen amplios surcos,
vueltos a lo indecible, y el granito
recupera la voz dura y siniestra
de los astros. Venero en los metales
su permanencia muda, su oscura red
de eternidad, su intacta persistencia
de dureza semejante a la luz,
su fría rigidez cuando en invierno
rozan nuestras mejillas, el triste gris
de su materia inmensa, de su abismo.
Todo se encuentra atento a la llegada
de una voz, de un dios o de un incendio.
Y la sangre del hombre perseguida
en su país de níquel, vigilante
desde dentro del sueño, abandonada
a la quietud, aguardando otro ver,
un despertar distinto, otras pupilas
de facetas omnívoras, un nuevo
respirar... (Los círculos voraces,
la persistencia cerrada de los nombres.)
Esperan mirar de nuevo el mundo.
Comprendo a los metales, comparto su destino
tan parecido al mío, su existencia sin mácula.
(Toco su corazón, su savia detenida
cuando logra la forma del crepúsculo.)
Cristales indefensos que se quiebran
bajo la luz del alba, (tantos siglos
gestándose, poblados de simientes).
Me agrada abandonarme a ellos, acariciarlos
apretando mi mano contra su piel exacta,
en su luz de reflejos, de semillas y aristas.
Metal que es tiempo denso y generoso,
agua limpia para la sed del hombre.
Miguel Florián
( Álamos )
convierte en breve espejo cada hoja.
Es un árbol callado que se eleva
de la raíz hasta la línea firme
de la luz, y corren sus hogueras
por la carne profunda. Y si camina
se estremece igual que una muchacha
que se alza también hacia lo incierto.
(En mis pulmones siento cómo alienta
el aire que se interna y vivifica,
la ternura de algún sexo escondido
que aguarda la belleza, el cumplimiento,
su perfecto equilibrio sobre el mundo.)
He tomado su piel, siento en la boca
la savia perfumada de los álamos.
Miguel Florián
Lluvia
empapa las imágenes, se agitan sus reflejos,
tiemblan sólo un instante sobre la herida. Nunca
acabará la lluvia. En la memoria llueve,
vuelvo a ver los charcos de la infancia, una manta
empapada sobre vagas cabezas, y un rostro
muy fugaz de mujer. Siempre estuvo lloviendo,
los pájaros perdidos buscaban entibiarse
en nuestra sangre. Aquella boca de tibia luna
enmudecida y fría, sobre la yerba húmeda...
¿A dónde lleva el agua esas semillas?, ¿en qué mar
desembocan?, ¿en qué madre germinan?, ¿acaso
el alma es tierra y luego, ya en sazón, fructifican
bajo el temblor de la memoria? Tocar el mundo
con nuestras manos ciegas, y luego, en el recuerdo,
otro mundo renace más intenso. Aquella
mano posada sobre el tiempo, aquella frente
con su gesto de arcilla, y este turbio afán
del hombre por alzar su casa derruida
bajo la tempestad, esta inquietud de abrir
en las ondas de todos los regatos la entraña
encendida del musgo. Sí, ¿en qué océano
en qué lecho se vierten las palabras?, ¿qué muelles
refugian a sus barcos? El cielo es agua quieta,
y el polvo, y los vestigios que espejean y abrasan
en su luz la conciencia. Náufragos todos bajo
idéntico aguacero, peregrinos del sueño,
creciendo sobre el pecho del tiempo, sosteniéndonos
sobre la mano incierta de un dios que nos ignora.
Miguel Florián
Lluvia
empapa las imágenes, se agitan sus reflejos,
tiemblan sólo un instante sobre la herida. Nunca
acabará la lluvia. En la memoria llueve,
vuelvo a ver los charcos de la infancia, una manta
empapada sobre vagas cabezas, y un rostro
muy fugaz de mujer. Siempre estuvo lloviendo,
los pájaros perdidos buscaban entibiarse
en nuestra sangre. Aquella boca de tibia luna
enmudecida y fría, sobre la yerba húmeda...
¿A dónde lleva el agua esas semillas?, ¿en qué mar
desembocan?, ¿en qué madre germinan?, ¿acaso
el alma es tierra y luego, ya en sazón, fructifican
bajo el temblor de la memoria? Tocar el mundo
con nuestras manos ciegas, y luego, en el recuerdo,
otro mundo renace más intenso. Aquella
mano posada sobre el tiempo, aquella frente
con su gesto de arcilla, y este turbio afán
del hombre por alzar su casa derruida
bajo la tempestad, esta inquietud de abrir
en las ondas de todos los regatos la entraña
encendida del musgo. Sí, ¿en qué océano
en qué lecho se vierten las palabras?, ¿qué muelles
refugian a sus barcos? El cielo es agua quieta,
y el polvo, y los vestigios que espejean y abrasan
en su luz la conciencia. Náufragos todos bajo
idéntico aguacero, peregrinos del sueño,
creciendo sobre el pecho del tiempo, sosteniéndonos
sobre la mano incierta de un dios que nos ignora.
Miguel Florián
Lluvia
empapa las imágenes, se agitan sus reflejos,
tiemblan sólo un instante sobre la herida. Nunca
acabará la lluvia. En la memoria llueve,
vuelvo a ver los charcos de la infancia, una manta
empapada sobre vagas cabezas, y un rostro
muy fugaz de mujer. Siempre estuvo lloviendo,
los pájaros perdidos buscaban entibiarse
en nuestra sangre. Aquella boca de tibia luna
enmudecida y fría, sobre la yerba húmeda...
¿A dónde lleva el agua esas semillas?, ¿en qué mar
desembocan?, ¿en qué madre germinan?, ¿acaso
el alma es tierra y luego, ya en sazón, fructifican
bajo el temblor de la memoria? Tocar el mundo
con nuestras manos ciegas, y luego, en el recuerdo,
otro mundo renace más intenso. Aquella
mano posada sobre el tiempo, aquella frente
con su gesto de arcilla, y este turbio afán
del hombre por alzar su casa derruida
bajo la tempestad, esta inquietud de abrir
en las ondas de todos los regatos la entraña
encendida del musgo. Sí, ¿en qué océano
en qué lecho se vierten las palabras?, ¿qué muelles
refugian a sus barcos? El cielo es agua quieta,
y el polvo, y los vestigios que espejean y abrasan
en su luz la conciencia. Náufragos todos bajo
idéntico aguacero, peregrinos del sueño,
creciendo sobre el pecho del tiempo, sosteniéndonos
sobre la mano incierta de un dios que nos ignora.
Miguel Florián
Lejos De Córdoba, Ibn Hazm Prevé Su Muerte
ni es esta la ribera. Y mis manos
¿son las mismas que antaño acariciaron
la estela de su cuerpo? Otro fulgor
de acero incendió las pupilas.
Que al fin todo es efímero. En el agua
la muerte me reclama. En sus reflejos
adivino un arrullo de sirenas.
Pasan blancas muchachas, con su aroma
de adelfa, con su piel que hace temblar
el mediodía. Como palomas pasan,
y un instante, arrasan la memoria.
Y este dolor de saberme perdido
pasará. A la tarde, mis palabras
sólo serán cenizas. Afligirme
no debo. Aunque en verdad, imaginé
—más allá de este río— otro destino.
Miguel Florián
Lejos De Córdoba, Ibn Hazm Prevé Su Muerte
ni es esta la ribera. Y mis manos
¿son las mismas que antaño acariciaron
la estela de su cuerpo? Otro fulgor
de acero incendió las pupilas.
Que al fin todo es efímero. En el agua
la muerte me reclama. En sus reflejos
adivino un arrullo de sirenas.
Pasan blancas muchachas, con su aroma
de adelfa, con su piel que hace temblar
el mediodía. Como palomas pasan,
y un instante, arrasan la memoria.
Y este dolor de saberme perdido
pasará. A la tarde, mis palabras
sólo serán cenizas. Afligirme
no debo. Aunque en verdad, imaginé
—más allá de este río— otro destino.
Miguel Hernández
Nanas De La Cebolla
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
Miguel Hernández
Vuelo
que sea como el pájaro más leve y fugitivo?
Hundiendo va este odio reinante todo cuanto
quisiera remontarse directamente vivo.
Amar... Pero ¿quién ama? Volar... Pero ¿quién vuela?
Conquistaré el azul ávido de plumaje,
pero el amor, abajo siempre, se desconsuela
de no encontrar las alas que da cierto coraje.
Un ser ardiente, claro de deseos, alado,
quiso ascender, tener la libertad por nido.
Quiso olvidar que el hombre se aleja encadenado.
Donde faltaban plumas puso valor y olvido.
Iba tan alto a veces, que le resplandecía
sobre la piel el cielo, bajo la piel el ave.
Ser que te confundiste con una alondra un día,
te desplomaste otros como el granizo grave.
Ya sabes que las vidas de los demás son losas
con que tapiarte: cárceles con que tragar la tuya.
Pasa, vida, entre cuerpos, entre rejas hermosas.
A través de las rejas, libre la sangre afluya.
Triste instrumento alegre de vestir: apremiante
tubo de apetecer y respirar el fuego.
Espada devorada por el uso constante.
Cuerpo en cuyo horizonte cerrado me despliego.
No volarás. No puedes volar, cuerpo que vagas
por estas galerías donde el aire es mi nudo.
Por más que te debatas en ascender, naufragas.
No clamarás. El campo sigue desierto y mudo.
Los brazos no aletean. Son acaso una cola
que el corazón quisiera lanzar al firmamento.
La sangre se entristece de batirse sola.
Los ojos vuelven tristes de mal conocimiento.
Cada ciudad, dormida, despierta loca, exhala
un silencio de cárcel, de sueño que arde y llueve
como un élitro ronco de no poder ser ala.
El hombre yace. El cielo se eleva. El aire mueve.
Miguel Hernández
El Niño De La Noche
se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces.
No quise más la luz. ¿Para qué? No saldría
más de aquellos silencios y aquellas lobregueces.
Quise ser... ¿Para qué?... Quise llegar gozoso
al centro de la esfera de todo lo que existe.
Quise llevar la risa como lo más hermoso.
He muerto sonriendo serenamente triste.
Niño dos veces niño: tres veces venidero.
Vuelve a rodar por ese mundo opaco del vientre.
Atrás, amor. Atrás, niño, porque no quiero
salir donde la luz su gran tristeza encuentre.
Regreso al aire plástico que alentó mi inconsciencia.
Vuelvo a rodar, consciente del sueño que me cubre.
En una sensitiva sombra de transparencia,
en un íntimo espacio rodar de octubre a octubre.
Vientre: carne central de todo lo existente.
Bóveda eternamente si azul, si roja, oscura.
Noche final en cuya profundidad se siente
la voz de las raíces y el soplo de la altura.
Bajo tu piel avanzo, y es sangre la distancia.
Mi cuerpo en una densa constelación gravita.
El universo agolpa su errante resonancia
allí, donde la historia del hombre ha sido escrita.
Mirar, y ver en torno la soledad, el monte,
el mar, por la ventana de un corazón entero
que ayer se acongojaba de no ser horizonte
abierto a un mundo menos mudable y pasajero.
Acumular la piedra y el niño para nada:
para vivir sin alas y oscuramente un día.
Pirámide de sal temible y limitada,
sin fuego ni frescura. No. Vuelve, vida mía.
Mas, algo me ha empujado desesperadamente.
Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado.
Me arrojan de la noche. Y ante la luz hiriente
vuelvo a llorar desnudo, como siempre he llorado.