Vida y Existencia
Julián del Casal
Mi Padre
Como el frío en el disco de la Luna,
Mirada en que al amor del bien se aduna
La firme voluntad del hombre fuerte.
Tuvo el alma más triste que la muerte
Sin que sufriera alteración alguna,
Ya al sentir el favor de la fortuna,
Ya los rigores de la adversa suerte.
Abrasado de férvido idealismo,
Despojada de sombras la conciencia,
Sordo del mundo a las confusas voces,
En la corriente azul del misticismo
Logró apagar, al fin de la existencia,
Su sed ardiente de inmortales goces.
Julián del Casal
Paisaje Espiritual
Al penetrar en la mundana liza,
Cual la chispa al caer en la ceniza
Pierde el ardor en fugitivo espasmo.
Sumergido en estúpido marasmo
Mi pensamiento atónito agoniza
O, al revivir, mis fuerzas paraliza
Mostrándome en la acción un vil sarcasmo.
Y aunque no endulcen mi infernal tormento
Ni la Pasión, ni el Arte, ni la Ciencia,
Soporto los ultrajes de la suerte,
Porque en mi alma desolada siento,
El hastío glacial de la existencia
Y el horror infinito de la muerte.
Julián del Casal
A Mi Madre
Que murió de dar vida a un desdichado,
Pues salí de tu seno delicado
Como sale una espina de una planta.
Hoy que tu dulce imagen se levanta
Del fondo de mi lóbrego pasado,
El llanto está a mis ojos asomado,
Los sollozos comprimen mi garganta
Y aunque yazgas trocada en polvo yerto,
Sin ofrecerme bienhechor arrimo,
Como quiera que estés siempre te adoro,
Porque me dice el corazón que has muerto
Por no oírme gemir, como ahora gimo,
Por no verme llorar, como ahora lloro.
Julián del Casal
Al Mismo (enviándole Mi Retrato)
Del Ideal la esplendorosa llama
Que hacia el templo marmóreo de la Fama
Encaminó mi paso adolescente;
Ni tras el rojo labio sonriente
La paz del corazón de quien te ama,
Que entre el verdor de la florida rama
Ocúltase la pérfida serpiente.
Despójate de vanas ilusiones,
Clava en mi rostro tu mirada fría
Como su pico el pájaro en el fruto,
Y sólo encontrarás en mis facciones
La indiferencia del que nada ansía
O la fatiga corporal del bruto.
Julián del Casal
Elena
En la celeste inmensidad, y alumbra
Del foso en la fatídica penumbra
Cuerpos hendidos por doradas flechas;
Cual humo frío de homicidas mechas
En la atmósfera densa se vislumbra
Vapor disuelto que la brisa encumbra
A las torres de Ilión, escombros hechas.
Envuelta en veste de opalina gasa,
Recamada de oro, desde el monte
De ruinas hacinadas en el llano,
Indiferente a lo que en torno pasa,
Mira Elena hacia el lívido horizonte
Irguiendo un lirio en la rosada mano.
Julián del Casal
Prometeo
Yace el Titán, cual Cristo en el Calvario,
Marmóreo, indiferente y solitario,
Sin que brote el gemido de su boca.
Su pie desnudo en el peñasco toca
Donde agoniza un buitre sanguinario
Que ni atrae su ojo visionario
Ni compasión en su ánimo provoca.
Escuchando el hervor de las espumas
Que se deshacen en las altas peñas,
Ve de su redención luces extrañas,
Junto a otro buitre de nevadas plumas,
Negras pupilas y uñas marfileñas
Que ha extinguido la sed en sus entrañas.
Julián del Casal
La Aparición
El fulgor del palacio de granito,
Ónix, pórfido y nácar. Infinito
Deleite invade a Herodes. La rojiza
Espada fulgurante inmoviliza
Hierático el verdugo, y hondo grito
Arroja Salomé frente al maldito
Espectro que sus miembros paraliza.
Despójase del traje de brocado
Y, quedando vestida en un momento,
De oro y perlas, zafiros y rubíes,
Huye del Precursor decapitado
Que esparce en el marmóreo pavimento
Lluvia de sangre en gotas carmesíes.
Julián del Casal
La Agonía De Petronio
A Francisco A. de Icaza
Tendido en la bañera de alabastro
Donde serpea el purpurino rastro
De la sangre que corre de sus venas,
Yace Petronio, el bardo decadente,
Mostrando coronada la ancha frente
De rosas, terebintos y azucenas.
Mientras los magistrados le interrogan,
Sus jóvenes discípulos dialogan
O recitan sus dáctilos de oro,
Y al ver que aquéllos en tropel se alejan
Ante el maestro ensangrentado dejan
Caer las gotas de su amargo lloro.
Envueltas en sus peplos vaporosos
Y tendidos los cuerpos voluptuosos
En la muelle extensión de los triclinios,
Alrededor, sombrías y livianas,
Agrúpanse las bellas cortesanas
Que habitan del imperio en los dominios.
Desde el baño fragante en que aún respira,
El bardo pensativo las admira,
Fija en la más hermosa la mirada
Y le demanda, con arrullo tierno,
La postrimera copa de falerno
Por sus marmóreas manos escanciada.
Apurando el licor hasta las heces,
Enciende las mortales palideces
Que oscurecían su viril semblante,
Y volviendo los ojos inflamados
A sus fieles discípulos amados
Háblales triste en el postrer instante,
Hasta que heló su voz mortal gemido,
Amarilleó su rostro consumido,
Frío sudor humedeció su frente,
Amoratáronse sus labios rojos,
Densa nube empañó sus claros ojos,
El pensamiento abandonó su mente.
Y como se doblega el mustio nardo,
Dobló su cuello el moribundo bardo,
Libre por siempre de mortales penas,
Aspirando en su lánguida postura
Del agua perfumada la frescura
Y el olor de la sangre de sus venas.
Julián del Casal
La Agonía De Petronio
A Francisco A. de Icaza
Tendido en la bañera de alabastro
Donde serpea el purpurino rastro
De la sangre que corre de sus venas,
Yace Petronio, el bardo decadente,
Mostrando coronada la ancha frente
De rosas, terebintos y azucenas.
Mientras los magistrados le interrogan,
Sus jóvenes discípulos dialogan
O recitan sus dáctilos de oro,
Y al ver que aquéllos en tropel se alejan
Ante el maestro ensangrentado dejan
Caer las gotas de su amargo lloro.
Envueltas en sus peplos vaporosos
Y tendidos los cuerpos voluptuosos
En la muelle extensión de los triclinios,
Alrededor, sombrías y livianas,
Agrúpanse las bellas cortesanas
Que habitan del imperio en los dominios.
Desde el baño fragante en que aún respira,
El bardo pensativo las admira,
Fija en la más hermosa la mirada
Y le demanda, con arrullo tierno,
La postrimera copa de falerno
Por sus marmóreas manos escanciada.
Apurando el licor hasta las heces,
Enciende las mortales palideces
Que oscurecían su viril semblante,
Y volviendo los ojos inflamados
A sus fieles discípulos amados
Háblales triste en el postrer instante,
Hasta que heló su voz mortal gemido,
Amarilleó su rostro consumido,
Frío sudor humedeció su frente,
Amoratáronse sus labios rojos,
Densa nube empañó sus claros ojos,
El pensamiento abandonó su mente.
Y como se doblega el mustio nardo,
Dobló su cuello el moribundo bardo,
Libre por siempre de mortales penas,
Aspirando en su lánguida postura
Del agua perfumada la frescura
Y el olor de la sangre de sus venas.
Julián del Casal
El Camino De Damasco
A Manuel Gutiérrez Nájera
Lejos brilla el Jordán de azules ondas
Que esmalta el Sol de lentejuelas de oro,
Atravesando las tupidas frondas,
Pabellón verde del bronceado toro.
Del majestuoso Líbano en la cumbre
Erige su ramaje el cedro altivo,
Y del día estival bajo la lumbre
Desmaya en los senderos el olivo.
Piafar se escuchan árabes caballos
Que a través de la cálida arboleda,
Van levantando con sus férreos callos
En la ancha ruta, opaca polvareda.
Desde el confín de las lejanas costas
Sombreadas por los ásperos nopales,
Enjambres purpurinos de langostas
Vuelan a los ardientes arenales.
Ábrense en las llanuras las cavernas
Pobladas de escorpiones encarnados,
Y al borde de las límpidas cisternas
Embalsaman el aire los granados.
En fogoso corcel de crines blancas,
Lomo robusto, refulgente casco,
Belfo espumante y sudorosas ancas,
Marcha por el camino de Damasco.
Saulo y eleva su bruñida lanza
Que a los destellos de la luz febea,
Mientras el bruto relinchando avanza,
Entre nubes de polvo centellea.
Tras las hojas de oscuros olivares
Mira de la ciudad los minaretes,
Y encima de los negros almenares
Ondear los azulados gallardetes.
Súbito, desde lóbrego celaje
Que desgarró la luz de hórrido rayo,
Oye la voz del célico mensaje;
Cae transido de mortal desmayo,
Bajo el corcel ensangrentado rueda,
Su lanza estalla con vibrar sonoro
Y, a los reflejos de la luz, remeda
Sierpe de fuego con escamas de oro.
Julián del Casal
Bajo-relieve
A Vivino Govantes y Govantes
El joven gladiador yace en la arena
Manchada por la sangre purpurina
Que arroja sin cesar la rota vena
De su robusto brazo. Entre neblina
Azafranada luce su armadura
Como si el Sol, dejando sus regiones,
Bajado hubiera al redondel. Oscura
La fosa está en que rugen los leones
Olfateando la carne. Aglomerada
Bulle en torno impaciente muchedumbre
Que tiende hacia el mancebo la mirada,
Y, de las gradas en la erguida cumbre,
Abierto el abanico entre las manos,
Ostentan su hermosura las patricias
A los ojos de amantes cortesanos
Ávidos de gozar de sus caricias.
Sacudiendo el cansancio del vencido
—¡Arriba, gladiador, una voz grita,
Que para ornar tus sienes han crecido
Los laureles del Arno! —¡Necesita
El pueblo, otra voz clama, que al combate
Tornes de nuevo y venzas al contrario!
—¡Lidia y triunfa que, a más de tu rescate,
Dice el edil, cual don extraordinario,
Pondremos en tus manos un tesoro
De sextercios! —Si vences todavía,
En mi litera azul, bordada de oro,
Juntos iremos por la Sacra Vía,
Murmura una hetaira. —¡Y en mi lecho
Perfumado de mirra, al punto exclama
Otra más bella, encima de tu pecho
Extinguiré de mi pasión la llama
Que en lo interior del alma siento ahora,
Y, aprisionado por ardientes lazos,
Cuando aparezca la rosada aurora
Ebrio de amor te encontrará en mis brazos!
Al escuchar las voces agitadas,
Levanta el gladiador la mustia frente,
Fija en la muchedumbre sus miradas,
Muéstrale una sonrisa indiferente
Y, desdeñando los placeres vanos
Que ofrecen a su alma entristecida,
Sepulta la cabeza entre las manos
Viendo correr la sangre de su herida.
Julián del Casal
Las Horas
De ovejas que caminan por el cielo
Entre el fragor horrísono del trueno,
Y bajo un cielo de color de estaño.
Cruzan sombrías en tropel huraño,
De la insondable Eternidad al seno,
Sin que me traigan ningún bien terreno,
Ni siquiera el temor de un mal extraño.
Yo las siento pasar sin dejar huellas,
Cual pasan por el cielo las estrellas,
Y aunque siempre la última acobarda,
De no verla llegar ya desconfío,
Y más me tarda cuanto más la ansío
Y más la ansío cuanto más me tarda.
Julián del Casal
Flores
Donde creció, fragante y solitaria,
Bajo el fulgor purísimo de un astro
Una azucena blanca: la plegaria.
Marchita ya esa flor de suave aroma,
Cual virgen consumida por la anemia,
Hoy en mi corazón su tallo asoma
Una adelfa purpúrea: la blasfemia.
Julián del Casal
Autobiografía
Firme atravieso, con ligero paso.
Sin que encorve mi espalda vigorosa
La carga abrumadora de los años.
Al pasar por las verdes alamedas,
Cogido tiernamente de la mano,
Mientras cortaba las fragantes flores
O bebía la lumbre de los astros,
Vi la Muerte, cual pérfido bandido,
Abalanzarse rauda ante mi paso
Y herir a mis amantes compañeros,
Dejándome, en el mundo, solitario.
¡Cuán difícil me fue marchar sin guía!
¡Cuántos escollos ante mí se alzaron!
¡Cuán ásperas hallé todas las cuestas!
Y ¡cuán lóbregos todos los espacios!
¡Cuántas veces la estrella matutina
Alumbró, con fulgores argentados,
La huella ensangrentada que mi planta
Iba dejando, en los desiertos campos,
Recorridos en noches tormentosas,
Entre el fragor horrísono del rayo,
Bajo las gotas frías de la lluvia
Y a la luz funeral de los relámpagos!
Mi juventud, herida ya de muerte,
Empieza a agonizar entre mis brazos.
Sin que la puedan reanimar mis besos,
Sin que la puedan consolar mis cantos.
Y al ver, en su semblante cadavérico,
De sus pupilas el fulgor opaco
—Igual al de un espejo desbruñido—,
Siento que el corazón sube a mis labios,
Cual si en mi pecho la rodilla hincara
Joven titán de miembros acerados.
Para olvidar entonces las tristezas
Que como nube de voraces pájaros
Al fruto de oro entre las verdes ramas,
Dejan mi corazón despedazado,
Refúgiome del Arte en los misterios
O de la hermosa Aspasia entre los brazos,
Guardo siempre, en el fondo de mi alma,
Cual hostia blanca en cáliz cincelado,
La purísima fe de mis mayores,
Que por ella, en los tiempos legendarios,
Subieron a la pira del martirio,
Con su firmeza heroica de cristianos,
La esperanza del cielo en las miradas
Y el perdón generoso entre los labios.
Mi espíritu, voluble y enfermizo,
Lleno de la nostalgia del pasado,
Ora ansia el rumor de las batallas,
Ora la paz de silencioso claustro,
Hasta que pueda despojarse un día
—Como un mendigo del postrer andrajo—,
Del pesar que dejaron en su seno
Los difuntos ensueños abortados.
Indiferente a todo lo visible,
Ni el mal me atrae, ni ante el bien me extasio,
Como si dentro de mi ser llevara
El cadáver de un Dios, ¡de mi entusiasmo!
Libre de abrumadoras ambiciones,
Soporto de la vida el rudo fardo,
Porque me alienta el formidable orgullo
De vivir, ni envidioso ni envidiado,
Persiguiendo fantásticas visiones,
Mientras se arrastran otros por el fango
Para extraer un átomo de oro
Del fondo pestilente de un pantano.
Julián del Casal
Autobiografía
Firme atravieso, con ligero paso.
Sin que encorve mi espalda vigorosa
La carga abrumadora de los años.
Al pasar por las verdes alamedas,
Cogido tiernamente de la mano,
Mientras cortaba las fragantes flores
O bebía la lumbre de los astros,
Vi la Muerte, cual pérfido bandido,
Abalanzarse rauda ante mi paso
Y herir a mis amantes compañeros,
Dejándome, en el mundo, solitario.
¡Cuán difícil me fue marchar sin guía!
¡Cuántos escollos ante mí se alzaron!
¡Cuán ásperas hallé todas las cuestas!
Y ¡cuán lóbregos todos los espacios!
¡Cuántas veces la estrella matutina
Alumbró, con fulgores argentados,
La huella ensangrentada que mi planta
Iba dejando, en los desiertos campos,
Recorridos en noches tormentosas,
Entre el fragor horrísono del rayo,
Bajo las gotas frías de la lluvia
Y a la luz funeral de los relámpagos!
Mi juventud, herida ya de muerte,
Empieza a agonizar entre mis brazos.
Sin que la puedan reanimar mis besos,
Sin que la puedan consolar mis cantos.
Y al ver, en su semblante cadavérico,
De sus pupilas el fulgor opaco
—Igual al de un espejo desbruñido—,
Siento que el corazón sube a mis labios,
Cual si en mi pecho la rodilla hincara
Joven titán de miembros acerados.
Para olvidar entonces las tristezas
Que como nube de voraces pájaros
Al fruto de oro entre las verdes ramas,
Dejan mi corazón despedazado,
Refúgiome del Arte en los misterios
O de la hermosa Aspasia entre los brazos,
Guardo siempre, en el fondo de mi alma,
Cual hostia blanca en cáliz cincelado,
La purísima fe de mis mayores,
Que por ella, en los tiempos legendarios,
Subieron a la pira del martirio,
Con su firmeza heroica de cristianos,
La esperanza del cielo en las miradas
Y el perdón generoso entre los labios.
Mi espíritu, voluble y enfermizo,
Lleno de la nostalgia del pasado,
Ora ansia el rumor de las batallas,
Ora la paz de silencioso claustro,
Hasta que pueda despojarse un día
—Como un mendigo del postrer andrajo—,
Del pesar que dejaron en su seno
Los difuntos ensueños abortados.
Indiferente a todo lo visible,
Ni el mal me atrae, ni ante el bien me extasio,
Como si dentro de mi ser llevara
El cadáver de un Dios, ¡de mi entusiasmo!
Libre de abrumadoras ambiciones,
Soporto de la vida el rudo fardo,
Porque me alienta el formidable orgullo
De vivir, ni envidioso ni envidiado,
Persiguiendo fantásticas visiones,
Mientras se arrastran otros por el fango
Para extraer un átomo de oro
Del fondo pestilente de un pantano.
Julián del Casal
La Perla
Que el mundo ostenta en su seno,
Como divino presente
De las manos del Eterno;
Hay dos aves de rapiña
Contemplando sus destellos:
Una de plumaje áureo,
Otra de plumaje negro.
Julián del Casal
A Los Estudiantes
Doblasteis en la tierra vuestras frentes,
Como en los campos llenos de simientes
Palmas que troncha tempestad bravía.
Aún vagan en la atmósfera sombría
Vuestros últimos gritos inocentes,
Mezclados a los golpes estridentes
Del látigo que suena todavía.
¡Dormid en paz los sueños postrimeros
En el seno profundo de la nada,
Que nadie ha de venir a perturbaros;
Los que ayer no supieron defenderos
Sólo pueden, con alma resignada,
Soportar la vergüenza de lloraros!
Julián del Casal
Post Umbra
Dentro de oscura fosa,
Por haber en tu lecho malgastado
Mi vida vigorosa;
Cuando en mi corazón, que tuyo ha sido,
Se muevan los gusanos
Lo mismo que en un tiempo se han movido
Los afectos humanos;
Cuando sienta filtrarse por mis huesos
Gotas de lluvia helada,
Y no me puedan reanimar tus besos
Ni tu ardiente mirada;
Una noche, cansada de estar sola
En tu alcoba elegante,
Saldrás, con tu belleza de española,
A buscar otro amante.
Al verte mis amigos licenciosos
Tan bella todavía,
Te aclamarán, con himnos estruendosos,
La diosa de la orgía.
Quizá alguno, ¡oh, bella pecadora!,
Mirando tus encantos,
Te repita, con voz arrulladora
Mis armoniosos cantos;
Aquellos en que yo celebré un día
Tus amores livianos,
Tu dulce voz, tu femenil falsía,
Tus ojos africanos.
Otro tal vez, dolido de mi suerte
Y con mortal pavura,
Recuerde que causaste tú mi muerte,
Mi muerte prematura.
Recordará mi vida siempre inquieta,
Mis ansias eternales,
Mis sueños imposibles de poeta,
Mis pasiones brutales.
Y, en nuevo amor tu corazón ardiendo,
Caerás en otros brazos,
Mientras se esté mi cuerpo deshaciendo
En hediondos pedazos.
Julián del Casal
El Anhelo De Una Rosa
A Manuel de la Cruz
Yo era la rosa que, en el prado ameno,
Abrí mi cáliz de encendida grana,
Donde vertió sus perlas la mañana,
Como en un cofre de perfumes lleno.
Del lago azul en el cristal sereno
Vi mi corola retratarse ufana,
Como ante fina luna veneciana
Ve una hermosura su marmóreo seno.
Teniendo que morir, porque el destino
Hizo que breve mi existencia fuera,
Arrojándome al polvo del camino;
Anhelo estar en mi hora postrimera,
Prendida en algún seno alabastrino
O en los rizos de oscura cabellera.
Julián del Casal
El Eco
—¿Cuándo cesará el dolor
Que me oprime noche y día?
—¡Nunca!—el eco respondió.
—¿Cómo viviré más tiempo,
En tan cruel opresión,
Cual un muerto en su sudario?
—¡Solo!—el eco respondió.
—¡Gracias, oh suerte severa!
¿Cómo de mi corazón
Acallaré los gemidos?
—¡Muere!—el eco respondió.
Julián del Casal
Nocturno
Del seno de la Tierra se levanta
Una voz sepulcral, triste, amorosa,
Que así a mi oído, entre las sombras, canta.
«Cruzando por los mares de la vida
Arribé de la muerte al firme puerto
Y observé, con el alma dolorida,
Que el mundo estaba para ti desierto.
»Por eso, al extender su denso manto
La noche, por los ámbitos del cielo,
Vengo a enjugar las gotas de tu llanto,
Vengo a ofrecer a tu dolor consuelo.
»Y como un padre por sus hijos vela
—Aun desde el triste reino del olvido—
Mi corazón, que tu ventura anhela,
Consejos te va a dar, hijo querido.
»Huye del mundo y de su pompa vana
Cual huye del milano la avecilla,
Y alcanzarás, al perecer mañana,
Muerte feliz tras vida sin mancilla.
»Prodiga el bien, con generosa mano,
Sin esperar el premio merecido,
Porque el ingrato corazón humano
Da premio al bien con el eterno olvido.
»No busques los aplausos o el renombre
En la lucha tenaz de la existencia:
Ten sólo por hermano a cada hombre
Y por único juez a tu conciencia.
»Ni sigas de la dicha la luz pura
Si ves brillar sus rayos a lo lejos;
La dicha es como el Sol: desde la altura
Sólo envía a la Tierra sus reflejos.
»Ni te seduzca la apariencia hermosa:
El mal se oculta bajo forma bella,
Como entre flores sierpe venenosa,
Como entre nubes hórrida centella.
»Donde tenga el dolor una morada
Dirige allí tus pasos vacilantes.
¡Vale más una lágrima enjugada
Que una corona de oro y de diamantes!
»Si algún pesar el alma te devora
Ocúltalo del pecho en lo profundo,
Y en soledad tu desventura llora
Antes que llegue a conocerlo el mundo».
Es la voz de mi padre. A su sonido
Feliz el corazón late en mi pecho,
Y, dando mis pesares al olvido,
Tranquilo duermo en solitario lecho;
Como el viajero errante y fatigado,
Lejos mirando el fin de su camino,
Se duerme sobre el césped perfumado
De un ave oyendo el armonioso trino.
Julián del Casal
Nocturno
Del seno de la Tierra se levanta
Una voz sepulcral, triste, amorosa,
Que así a mi oído, entre las sombras, canta.
«Cruzando por los mares de la vida
Arribé de la muerte al firme puerto
Y observé, con el alma dolorida,
Que el mundo estaba para ti desierto.
»Por eso, al extender su denso manto
La noche, por los ámbitos del cielo,
Vengo a enjugar las gotas de tu llanto,
Vengo a ofrecer a tu dolor consuelo.
»Y como un padre por sus hijos vela
—Aun desde el triste reino del olvido—
Mi corazón, que tu ventura anhela,
Consejos te va a dar, hijo querido.
»Huye del mundo y de su pompa vana
Cual huye del milano la avecilla,
Y alcanzarás, al perecer mañana,
Muerte feliz tras vida sin mancilla.
»Prodiga el bien, con generosa mano,
Sin esperar el premio merecido,
Porque el ingrato corazón humano
Da premio al bien con el eterno olvido.
»No busques los aplausos o el renombre
En la lucha tenaz de la existencia:
Ten sólo por hermano a cada hombre
Y por único juez a tu conciencia.
»Ni sigas de la dicha la luz pura
Si ves brillar sus rayos a lo lejos;
La dicha es como el Sol: desde la altura
Sólo envía a la Tierra sus reflejos.
»Ni te seduzca la apariencia hermosa:
El mal se oculta bajo forma bella,
Como entre flores sierpe venenosa,
Como entre nubes hórrida centella.
»Donde tenga el dolor una morada
Dirige allí tus pasos vacilantes.
¡Vale más una lágrima enjugada
Que una corona de oro y de diamantes!
»Si algún pesar el alma te devora
Ocúltalo del pecho en lo profundo,
Y en soledad tu desventura llora
Antes que llegue a conocerlo el mundo».
Es la voz de mi padre. A su sonido
Feliz el corazón late en mi pecho,
Y, dando mis pesares al olvido,
Tranquilo duermo en solitario lecho;
Como el viajero errante y fatigado,
Lejos mirando el fin de su camino,
Se duerme sobre el césped perfumado
De un ave oyendo el armonioso trino.
Julián del Casal
La Nube
De su jardín solitario,
Se baña la fiel sultana
De hermoso cuerpo rosáceo.
Ya no ocultan finas telas
De su seno los encantos,
Ni la red de hilos de oro
Sus cabellos destrenzados.
El sultán que la contempla,
Tras los vidrios del serrallo,
Dice: —«El eunuco vigila,
Yo solo la veo en el baño».
—«Yo también, —dice una nube
Que cruza el azul espacio—,
Veo su cuerpo desnudo
De mil perlas inundado».
Pálido Achmed, cual la Luna,
Toma el puñal en su mano
Y mata a la favorita...
Cuando la nube ha volado.
Julián del Casal
Amor En El Claustro
Que, en el altar del templo solitario,
Arden, vertiendo en las oscuras naves
Pálida luz que, con fulgor escaso,
Brilla y se extingue entre la densa sombra;
En medio de esa paz y de ese santo
Recogimiento que hasta el alma llega;
Allí, do acude el corazón llagado
A sanar sus heridas; do renace
La muerta fe de los primeros años;
Allí, do un Cristo con amor extiende
Desde la cruz al pecador sus brazos;
De fervorosa devoción henchida,
El níveo rostro en lágrimas bañado,
La vi postrada ante el altar, de hinojos,
Clemencia a Dios y olvido demandando.
De sus mórbidas formas, el ropaje
Adivinar dejaba los encantos,
Como las sombras de ondulante nube
De blanca luna el ambarino rayo.
Sus ebúrneas mejillas transparentes
Conservaban aún el sonrosado
Tinte que ostentan las camelias blancas,
Al florecer en la estación de Mayo.
Brotaba de sus labios el aroma
De las fragantes flores del naranjo,
Y, en actitud angélica, elevaba
Hacia el Señor las suplicantes manos.
Cuando el reloj que asoma por la parda
Torre del gigantesco campanario,
Puebla el aire de acordes vibraciones,
Hiriendo el duro bronce, acompasado,
Para anunciar la misteriosa hora
De medianoche a los mortales; cuando
Las castas hijas del Señor reposan
En apacible sueño; y, solitario,
Pavor infunde al ánimo atrevido,
Con su imponente gravedad el claustro;
Ella entonces las naves atraviesa
Envuelta en negro, vaporoso manto,
Y se prosterna, con fervor ardiente,
Ante el altar del Dios crucificado.
Allí contrita reza: ¡reza y llora!
Mas ¿por quién vierte tan copioso llanto?
¿Es porque mira de la cruz pendiente
Tu cuerpo moribundo, ensangrentado,
Salvador inmortal? ¿Es que te pide
Perdón para sus culpas? ¿Será acaso
Que, en pugna lo divino y lo terreno
En su alma virginal, triunfa, del santo
Amor a que la ardiente fe la inclina,
El terrenal amor nunca olvidado?
¿Quién lo puede saber? Y ¿quién penetra
Del corazón el insondable arcano?
¿Quién puede descender hasta ese abismo
Donde se mezclan el placer y el llanto?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mas... ¡escuchad! Con voz dulce y sentida
Deja escapar de sus divinos labios
Esta plegaria que a los cielos sube
Bajo las formas de armonioso canto:
—«Cuando el aura de amor embalsamaba
De mi vida las quince primaveras
Y, en mi mente febril, revoloteaba
Áureo enjambre de fúlgidas quimeras;
»Cuando la juventud y la ventura
Me prodigaban sus mejores dones,
Y al poder de mi angélica hermosura
Vi doblegarse altivos corazones;
»Cuando del mundo en el sendero, hollaba
Blandas alfombras de fragantes flores,
Y mi virgínea frente coronaba
La diadema inmortal de los amores;
»La muerte arrebató con saña impía
Aquel que, de la vida en los vergeles,
Al conquistar mi corazón un día
Conquistaba del arte los laureles.
»Yo, dando mi postrer adiós al mundo,
Te consagré la flor de mi inocencia,
Y abismada en tu amor santo y profundo
En ti busqué la paz de la existencia.
»Mas como alterna con la noche el día
Y con las tempestades la bonanza,
¡Oh Dios! alterna así en el alma mía
Con tu amor otro amor sin esperanza.
»En el día, en la noche, a cada hora
La imagen de ese amor se me presenta,
Como brillante resplandor de aurora
En mi sombría noche de tormenta.
»Es tan bella ¡Señor! de tal encanto
Revestida a mis ojos aparece,
Que anubla mis pupilas triste llanto
Si alguna vez en sombras desparece.
»Haz que ese ardiente amor que me cautiva
Muera en mi corazón ¡Dios soberano!
Y que sólo en mi alma tu amor viva
Sin el consorcio del amor mundano».
Así dijo; dos lágrimas ardientes
Por sus blancas mejillas resbalaron,
Cual resbalan las gotas de rocío
Por el cáliz del lirio perfumado.
En el fondo del alma, los recuerdos
Las sombras del olvido disipando,
Hacen surgir, esplendorosa y bella,
La imagen inmortal de su adorado.
Pugna por desecharla ¡anhelo inútil!
Vuelve otra vez a orar ¡esfuerzo vano!
Que al dirigir sus encendidos ojos
Al altar que sostiene al Cristo santo,
Aun a través del mismo crucifijo
Aparece la imagen de su amado.