Poemas en este tema
Vida y Existencia
Mario Benedetti
Recién Nacido
Ignorante del mundo y de sí mismo
deja el recién nacido su caverna
lejos y cerca de la piel materna
inaugura el candor de su egoísmo
mira en su entorno y es un espejismo /
la apenas asumida vida externa
no es todavía despiadada o tierna
pero ya muestra señas del abismo
aprenderá sin duda ese paisaje
que poco a poco en niebla se convierte
y empezará a enterarse del mensaje
donde estará la clave de su suerte /
ya ha reservado sitio para el viaje
sutil e inexorable hacia la muerte
deja el recién nacido su caverna
lejos y cerca de la piel materna
inaugura el candor de su egoísmo
mira en su entorno y es un espejismo /
la apenas asumida vida externa
no es todavía despiadada o tierna
pero ya muestra señas del abismo
aprenderá sin duda ese paisaje
que poco a poco en niebla se convierte
y empezará a enterarse del mensaje
donde estará la clave de su suerte /
ya ha reservado sitio para el viaje
sutil e inexorable hacia la muerte
4.564
1
Mario Benedetti
Recién Nacido
Ignorante del mundo y de sí mismo
deja el recién nacido su caverna
lejos y cerca de la piel materna
inaugura el candor de su egoísmo
mira en su entorno y es un espejismo /
la apenas asumida vida externa
no es todavía despiadada o tierna
pero ya muestra señas del abismo
aprenderá sin duda ese paisaje
que poco a poco en niebla se convierte
y empezará a enterarse del mensaje
donde estará la clave de su suerte /
ya ha reservado sitio para el viaje
sutil e inexorable hacia la muerte
deja el recién nacido su caverna
lejos y cerca de la piel materna
inaugura el candor de su egoísmo
mira en su entorno y es un espejismo /
la apenas asumida vida externa
no es todavía despiadada o tierna
pero ya muestra señas del abismo
aprenderá sin duda ese paisaje
que poco a poco en niebla se convierte
y empezará a enterarse del mensaje
donde estará la clave de su suerte /
ya ha reservado sitio para el viaje
sutil e inexorable hacia la muerte
4.564
1
Mario Benedetti
Una Mujer Desnuda Y En Lo Oscuro
Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda
una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincón las telarañas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan
una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocación para las manos
para los labios es casi un destino
y para el corazón un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo
una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte.
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda
una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincón las telarañas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan
una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocación para las manos
para los labios es casi un destino
y para el corazón un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo
una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte.
682
1
Mario Benedetti
El Puente
Para cruzarlo o para no cruzarlo
ahí está el puente
en la otra orilla alguien me espera
con un durazno y un país
traigo conmigo ofrendas desusadas
entre ellas un paraguas de ombligo de madera
un libro con los pánicos en blanco
y una guitarra que no sé abrazar
vengo con las mejillas del insomnio
los pañuelos del mar y de las paces
las tímidas pancartas del dolor
las liturgias del beso y de la sombra
nunca he traído tantas cosas
nunca he venido con tan poco
ahí está el puente
para cruzarlo o para no cruzarlo
yo lo voy a cruzar
sin prevenciones
en la otra orilla alguien me espera
con un durazno y un país.
ahí está el puente
en la otra orilla alguien me espera
con un durazno y un país
traigo conmigo ofrendas desusadas
entre ellas un paraguas de ombligo de madera
un libro con los pánicos en blanco
y una guitarra que no sé abrazar
vengo con las mejillas del insomnio
los pañuelos del mar y de las paces
las tímidas pancartas del dolor
las liturgias del beso y de la sombra
nunca he traído tantas cosas
nunca he venido con tan poco
ahí está el puente
para cruzarlo o para no cruzarlo
yo lo voy a cruzar
sin prevenciones
en la otra orilla alguien me espera
con un durazno y un país.
5.056
1
Mario Benedetti
Cotidiana I
La vida cotidiana es un instante
de otro instante que es la vida total del hombre
pero a su vez cuántos instantes no ha de tener
ese instante del instante mayor
cada hoja verde se mueve en el sol
como si perdurar fuera su inefable destino
cada gorrión avanza a saltos no previstos
cómo burlándose del tiempo y del espacio
cada hombre se abraza a alguna mujer
como si así aferrara la eternidad
en realidad todas estas pertinacias
son modestos exorcismos contra la muerte
batallas perdidas con ritmo de victoria
reos obstinados que se niegan
a notificarse de su injusta condena
vivientes que se hacen los distraídos
la vida cotidiana es también una suma de instantes
algo así como partículas de polvo
que seguirán cayendo en un abismo
y sin embargo cada instante
o sea cada partícula de polvo
es también un copioso universo
con crepúsculos y catedrales y campos de cultivo
y multitudes y cópulas y desembarcos
y borrachos y mártires y colinas
y vale la pena cualquier sacrificio
para que ese abrir y cerrar de ojos
abarque por fin el instante universo
con una mirada que no se avergüence
de su reveladora
efímera
insustituible
luz.
de otro instante que es la vida total del hombre
pero a su vez cuántos instantes no ha de tener
ese instante del instante mayor
cada hoja verde se mueve en el sol
como si perdurar fuera su inefable destino
cada gorrión avanza a saltos no previstos
cómo burlándose del tiempo y del espacio
cada hombre se abraza a alguna mujer
como si así aferrara la eternidad
en realidad todas estas pertinacias
son modestos exorcismos contra la muerte
batallas perdidas con ritmo de victoria
reos obstinados que se niegan
a notificarse de su injusta condena
vivientes que se hacen los distraídos
la vida cotidiana es también una suma de instantes
algo así como partículas de polvo
que seguirán cayendo en un abismo
y sin embargo cada instante
o sea cada partícula de polvo
es también un copioso universo
con crepúsculos y catedrales y campos de cultivo
y multitudes y cópulas y desembarcos
y borrachos y mártires y colinas
y vale la pena cualquier sacrificio
para que ese abrir y cerrar de ojos
abarque por fin el instante universo
con una mirada que no se avergüence
de su reveladora
efímera
insustituible
luz.
1.099
1
Mario Benedetti
Cotidiana I
La vida cotidiana es un instante
de otro instante que es la vida total del hombre
pero a su vez cuántos instantes no ha de tener
ese instante del instante mayor
cada hoja verde se mueve en el sol
como si perdurar fuera su inefable destino
cada gorrión avanza a saltos no previstos
cómo burlándose del tiempo y del espacio
cada hombre se abraza a alguna mujer
como si así aferrara la eternidad
en realidad todas estas pertinacias
son modestos exorcismos contra la muerte
batallas perdidas con ritmo de victoria
reos obstinados que se niegan
a notificarse de su injusta condena
vivientes que se hacen los distraídos
la vida cotidiana es también una suma de instantes
algo así como partículas de polvo
que seguirán cayendo en un abismo
y sin embargo cada instante
o sea cada partícula de polvo
es también un copioso universo
con crepúsculos y catedrales y campos de cultivo
y multitudes y cópulas y desembarcos
y borrachos y mártires y colinas
y vale la pena cualquier sacrificio
para que ese abrir y cerrar de ojos
abarque por fin el instante universo
con una mirada que no se avergüence
de su reveladora
efímera
insustituible
luz.
de otro instante que es la vida total del hombre
pero a su vez cuántos instantes no ha de tener
ese instante del instante mayor
cada hoja verde se mueve en el sol
como si perdurar fuera su inefable destino
cada gorrión avanza a saltos no previstos
cómo burlándose del tiempo y del espacio
cada hombre se abraza a alguna mujer
como si así aferrara la eternidad
en realidad todas estas pertinacias
son modestos exorcismos contra la muerte
batallas perdidas con ritmo de victoria
reos obstinados que se niegan
a notificarse de su injusta condena
vivientes que se hacen los distraídos
la vida cotidiana es también una suma de instantes
algo así como partículas de polvo
que seguirán cayendo en un abismo
y sin embargo cada instante
o sea cada partícula de polvo
es también un copioso universo
con crepúsculos y catedrales y campos de cultivo
y multitudes y cópulas y desembarcos
y borrachos y mártires y colinas
y vale la pena cualquier sacrificio
para que ese abrir y cerrar de ojos
abarque por fin el instante universo
con una mirada que no se avergüence
de su reveladora
efímera
insustituible
luz.
1.099
1
Lope de Vega
Soliloquio I - Cuatro Soliloquios De Lope De Vega (1612)
Dulce Jesús de mi vida,
¡qué dije!, espera, no os vais:
que no es bien que vos seáis
de una vida tan perdida.
Pero si no sois de mí,
yo, mi Jesús, soy de vos,
porque quiero hallar en Dios
esto que sin Dios perdí.
Mas ya vuelvo a suplicaros
que de mi vida seáis:
que si vos no me la dais,
no tendré vida que daros.
Deseo daros mi vida,
y sin vos no es daros nada,
porque con vos va ganada,
cuanto sin vos va perdida.
Muérome de puro amor
por llamaros vida mía:
que la que sin vos perdía,
ya no la tengo, Señor.
Pues vuestra piedad me adiestra
como a oveja reducida,
quiero llamaros mi vida,
aunque he sido muerte vuestra.
Vida mía, en este día
me habréis de hacer un favor;
¡oh, qué bien me va, Señor,
con llamaros vida mía!
Luego que vida os llamé,
a pediros me atreví,
porque el regalo sentí
que en vuestro brazos hallé.
Y es que jamás permitáis
que otra vida sin vos tenga:
que no es bien que a vivir venga
vida donde vos no estáis.
¡Ay Jesús! ¿Cómo viví
sólo un momento sin vos?
Porque si la vida es Dios,
¿qué vida quedaba en mí?
¡Qué cosas tuve por vida
tan miserables y tristes!
¿Es posible que pudistes
sufrir cosa tan perdida?
Pero sospecho, mi Dios,
que fue permitirlo así,
para que viesen en mí
qué sufrimiento hay en vos.
Pero no lo habéis perdido,
¡oh soberana piedad!,
pues conozco mi maldad
por lo que me habéis sufrido.
Porque sé de aquel vivir,
como si Dios no tuviera:
que quien menos que Dios fuera
no me pudiera sufrir.
¡Qué de veces os negué
por confesar mi locura
a la fingida hermosura,
donde no hay verdad ni fe!
Si la vuestra en la cruz viera,
¡ay Dios y cuánto os amara!
¡Qué de lágrimas llorara,
qué de amores os dijera!
No sé, mi bien, qué os tenéis,
que todo me enamoráis,
o es que, como abierto estáis,
mostráis lo que me queréis.
Amenazado de vos,
parece que no os temí,
y lleno de sangre sí;
decid, ¿qué es esto, mi Dios?
¡Oh qué divinos colores
os hace esa sangre fría!
¡Oh cómo estáis, vida mía,
para deciros amores!
¡qué dije!, espera, no os vais:
que no es bien que vos seáis
de una vida tan perdida.
Pero si no sois de mí,
yo, mi Jesús, soy de vos,
porque quiero hallar en Dios
esto que sin Dios perdí.
Mas ya vuelvo a suplicaros
que de mi vida seáis:
que si vos no me la dais,
no tendré vida que daros.
Deseo daros mi vida,
y sin vos no es daros nada,
porque con vos va ganada,
cuanto sin vos va perdida.
Muérome de puro amor
por llamaros vida mía:
que la que sin vos perdía,
ya no la tengo, Señor.
Pues vuestra piedad me adiestra
como a oveja reducida,
quiero llamaros mi vida,
aunque he sido muerte vuestra.
Vida mía, en este día
me habréis de hacer un favor;
¡oh, qué bien me va, Señor,
con llamaros vida mía!
Luego que vida os llamé,
a pediros me atreví,
porque el regalo sentí
que en vuestro brazos hallé.
Y es que jamás permitáis
que otra vida sin vos tenga:
que no es bien que a vivir venga
vida donde vos no estáis.
¡Ay Jesús! ¿Cómo viví
sólo un momento sin vos?
Porque si la vida es Dios,
¿qué vida quedaba en mí?
¡Qué cosas tuve por vida
tan miserables y tristes!
¿Es posible que pudistes
sufrir cosa tan perdida?
Pero sospecho, mi Dios,
que fue permitirlo así,
para que viesen en mí
qué sufrimiento hay en vos.
Pero no lo habéis perdido,
¡oh soberana piedad!,
pues conozco mi maldad
por lo que me habéis sufrido.
Porque sé de aquel vivir,
como si Dios no tuviera:
que quien menos que Dios fuera
no me pudiera sufrir.
¡Qué de veces os negué
por confesar mi locura
a la fingida hermosura,
donde no hay verdad ni fe!
Si la vuestra en la cruz viera,
¡ay Dios y cuánto os amara!
¡Qué de lágrimas llorara,
qué de amores os dijera!
No sé, mi bien, qué os tenéis,
que todo me enamoráis,
o es que, como abierto estáis,
mostráis lo que me queréis.
Amenazado de vos,
parece que no os temí,
y lleno de sangre sí;
decid, ¿qué es esto, mi Dios?
¡Oh qué divinos colores
os hace esa sangre fría!
¡Oh cómo estáis, vida mía,
para deciros amores!
768
1
Lope de Vega
Soliloquio I - Cuatro Soliloquios De Lope De Vega (1612)
Dulce Jesús de mi vida,
¡qué dije!, espera, no os vais:
que no es bien que vos seáis
de una vida tan perdida.
Pero si no sois de mí,
yo, mi Jesús, soy de vos,
porque quiero hallar en Dios
esto que sin Dios perdí.
Mas ya vuelvo a suplicaros
que de mi vida seáis:
que si vos no me la dais,
no tendré vida que daros.
Deseo daros mi vida,
y sin vos no es daros nada,
porque con vos va ganada,
cuanto sin vos va perdida.
Muérome de puro amor
por llamaros vida mía:
que la que sin vos perdía,
ya no la tengo, Señor.
Pues vuestra piedad me adiestra
como a oveja reducida,
quiero llamaros mi vida,
aunque he sido muerte vuestra.
Vida mía, en este día
me habréis de hacer un favor;
¡oh, qué bien me va, Señor,
con llamaros vida mía!
Luego que vida os llamé,
a pediros me atreví,
porque el regalo sentí
que en vuestro brazos hallé.
Y es que jamás permitáis
que otra vida sin vos tenga:
que no es bien que a vivir venga
vida donde vos no estáis.
¡Ay Jesús! ¿Cómo viví
sólo un momento sin vos?
Porque si la vida es Dios,
¿qué vida quedaba en mí?
¡Qué cosas tuve por vida
tan miserables y tristes!
¿Es posible que pudistes
sufrir cosa tan perdida?
Pero sospecho, mi Dios,
que fue permitirlo así,
para que viesen en mí
qué sufrimiento hay en vos.
Pero no lo habéis perdido,
¡oh soberana piedad!,
pues conozco mi maldad
por lo que me habéis sufrido.
Porque sé de aquel vivir,
como si Dios no tuviera:
que quien menos que Dios fuera
no me pudiera sufrir.
¡Qué de veces os negué
por confesar mi locura
a la fingida hermosura,
donde no hay verdad ni fe!
Si la vuestra en la cruz viera,
¡ay Dios y cuánto os amara!
¡Qué de lágrimas llorara,
qué de amores os dijera!
No sé, mi bien, qué os tenéis,
que todo me enamoráis,
o es que, como abierto estáis,
mostráis lo que me queréis.
Amenazado de vos,
parece que no os temí,
y lleno de sangre sí;
decid, ¿qué es esto, mi Dios?
¡Oh qué divinos colores
os hace esa sangre fría!
¡Oh cómo estáis, vida mía,
para deciros amores!
¡qué dije!, espera, no os vais:
que no es bien que vos seáis
de una vida tan perdida.
Pero si no sois de mí,
yo, mi Jesús, soy de vos,
porque quiero hallar en Dios
esto que sin Dios perdí.
Mas ya vuelvo a suplicaros
que de mi vida seáis:
que si vos no me la dais,
no tendré vida que daros.
Deseo daros mi vida,
y sin vos no es daros nada,
porque con vos va ganada,
cuanto sin vos va perdida.
Muérome de puro amor
por llamaros vida mía:
que la que sin vos perdía,
ya no la tengo, Señor.
Pues vuestra piedad me adiestra
como a oveja reducida,
quiero llamaros mi vida,
aunque he sido muerte vuestra.
Vida mía, en este día
me habréis de hacer un favor;
¡oh, qué bien me va, Señor,
con llamaros vida mía!
Luego que vida os llamé,
a pediros me atreví,
porque el regalo sentí
que en vuestro brazos hallé.
Y es que jamás permitáis
que otra vida sin vos tenga:
que no es bien que a vivir venga
vida donde vos no estáis.
¡Ay Jesús! ¿Cómo viví
sólo un momento sin vos?
Porque si la vida es Dios,
¿qué vida quedaba en mí?
¡Qué cosas tuve por vida
tan miserables y tristes!
¿Es posible que pudistes
sufrir cosa tan perdida?
Pero sospecho, mi Dios,
que fue permitirlo así,
para que viesen en mí
qué sufrimiento hay en vos.
Pero no lo habéis perdido,
¡oh soberana piedad!,
pues conozco mi maldad
por lo que me habéis sufrido.
Porque sé de aquel vivir,
como si Dios no tuviera:
que quien menos que Dios fuera
no me pudiera sufrir.
¡Qué de veces os negué
por confesar mi locura
a la fingida hermosura,
donde no hay verdad ni fe!
Si la vuestra en la cruz viera,
¡ay Dios y cuánto os amara!
¡Qué de lágrimas llorara,
qué de amores os dijera!
No sé, mi bien, qué os tenéis,
que todo me enamoráis,
o es que, como abierto estáis,
mostráis lo que me queréis.
Amenazado de vos,
parece que no os temí,
y lleno de sangre sí;
decid, ¿qué es esto, mi Dios?
¡Oh qué divinos colores
os hace esa sangre fría!
¡Oh cómo estáis, vida mía,
para deciros amores!
768
1
Mario Benedetti
Ausencia
El niño que no vino
tiene los labios fuertes
tiene las manos tiernas
el alma como nube
no es nadie
es sólo un niño
saca viejas monedas
del bolsillo de Dios
se parece a la madre
su misma risa ancha
su corazón a saltos
juega con los silencios
y con ellos hace otros
silencios
y se aburre
el niño que no vino
no viene
porque cree
que todo el que aquí nace
no se muere
después.
tiene los labios fuertes
tiene las manos tiernas
el alma como nube
no es nadie
es sólo un niño
saca viejas monedas
del bolsillo de Dios
se parece a la madre
su misma risa ancha
su corazón a saltos
juega con los silencios
y con ellos hace otros
silencios
y se aburre
el niño que no vino
no viene
porque cree
que todo el que aquí nace
no se muere
después.
1.923
1
Mario Benedetti
Ausencia
El niño que no vino
tiene los labios fuertes
tiene las manos tiernas
el alma como nube
no es nadie
es sólo un niño
saca viejas monedas
del bolsillo de Dios
se parece a la madre
su misma risa ancha
su corazón a saltos
juega con los silencios
y con ellos hace otros
silencios
y se aburre
el niño que no vino
no viene
porque cree
que todo el que aquí nace
no se muere
después.
tiene los labios fuertes
tiene las manos tiernas
el alma como nube
no es nadie
es sólo un niño
saca viejas monedas
del bolsillo de Dios
se parece a la madre
su misma risa ancha
su corazón a saltos
juega con los silencios
y con ellos hace otros
silencios
y se aburre
el niño que no vino
no viene
porque cree
que todo el que aquí nace
no se muere
después.
1.923
1
Leopoldo María Panero
¿qué Es El Destino?
¿Qué es el destino?
Es un perro que ladra.
Este perro que nos persigue como una sombra infiel,
insomne como la muerte purificadora
que borra la memoria impersonal toda.
Este sentido de la lentitud es lo mismo que el sentido del norte:
matar en el norte semeja un suicidio con lentitud profana.
Eran las doce en mis ojos
las doce en mis labios
y mis labios comían mis narices.
Es un perro que ladra.
Este perro que nos persigue como una sombra infiel,
insomne como la muerte purificadora
que borra la memoria impersonal toda.
Este sentido de la lentitud es lo mismo que el sentido del norte:
matar en el norte semeja un suicidio con lentitud profana.
Eran las doce en mis ojos
las doce en mis labios
y mis labios comían mis narices.
911
1
Jaime Torres Bodet
Continuidad
No has muerto. Has vuelto a mí. Lo que en la tierra
—donde una parte de tu ser reposa—
sepultaron los hombres, no te encierra;
porque yo soy tu verdadera fosa.
Dentro de esta inquietud del alma ansiosa
que me diste al nacer, sigues en guerra
contra la insaciedad que nos acosa
y que, desde la cuna, nos destierra.
Vives en lo que pienso, en lo que digo,
y con vida tan honda que no hay centro,
hora y lugar en que no estés conmigo;
pues te clavó la muerte tan adentro
del corazón filial con que te abrigo
que, mientras más me busco, más te encuentro.
—donde una parte de tu ser reposa—
sepultaron los hombres, no te encierra;
porque yo soy tu verdadera fosa.
Dentro de esta inquietud del alma ansiosa
que me diste al nacer, sigues en guerra
contra la insaciedad que nos acosa
y que, desde la cuna, nos destierra.
Vives en lo que pienso, en lo que digo,
y con vida tan honda que no hay centro,
hora y lugar en que no estés conmigo;
pues te clavó la muerte tan adentro
del corazón filial con que te abrigo
que, mientras más me busco, más te encuentro.
2.461
1
Jaime Torres Bodet
Continuidad
No has muerto. Has vuelto a mí. Lo que en la tierra
—donde una parte de tu ser reposa—
sepultaron los hombres, no te encierra;
porque yo soy tu verdadera fosa.
Dentro de esta inquietud del alma ansiosa
que me diste al nacer, sigues en guerra
contra la insaciedad que nos acosa
y que, desde la cuna, nos destierra.
Vives en lo que pienso, en lo que digo,
y con vida tan honda que no hay centro,
hora y lugar en que no estés conmigo;
pues te clavó la muerte tan adentro
del corazón filial con que te abrigo
que, mientras más me busco, más te encuentro.
—donde una parte de tu ser reposa—
sepultaron los hombres, no te encierra;
porque yo soy tu verdadera fosa.
Dentro de esta inquietud del alma ansiosa
que me diste al nacer, sigues en guerra
contra la insaciedad que nos acosa
y que, desde la cuna, nos destierra.
Vives en lo que pienso, en lo que digo,
y con vida tan honda que no hay centro,
hora y lugar en que no estés conmigo;
pues te clavó la muerte tan adentro
del corazón filial con que te abrigo
que, mientras más me busco, más te encuentro.
2.461
1
Jaime Torres Bodet
Orquídea
Flor que promete al tacto una caricia
más que el otoño de un perfume, suave
y que, pensada en flor, termina en ave
porque su muerte es vuelo que se inicia.
Párpado con que el trópico precave
de su luz interior la ardua delicia,
música inmóvil, flámula en primicia,
aurora vegetal, estrella grave.
Remordimiento de la primavera,
conciencia del color, pausa del clima,
gracia que en desmentirse persevera,
¿por qué te pido un alma verdadera
si la sola fragancia que te anima
es, orquídea, el temor de ser sincera?
más que el otoño de un perfume, suave
y que, pensada en flor, termina en ave
porque su muerte es vuelo que se inicia.
Párpado con que el trópico precave
de su luz interior la ardua delicia,
música inmóvil, flámula en primicia,
aurora vegetal, estrella grave.
Remordimiento de la primavera,
conciencia del color, pausa del clima,
gracia que en desmentirse persevera,
¿por qué te pido un alma verdadera
si la sola fragancia que te anima
es, orquídea, el temor de ser sincera?
4.282
1
Jaime Sabines
Hay Un Modo De Que Me Hagas Completamente Feliz
Hay un modo de que me hagas completamente feliz, amor mío: muérete.
938
1
José Antonio Ramos Sucre
Preludio
PRELUDIO
Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo
lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada
que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y
vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la
noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi
fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con
la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de
la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo
reposaré eternamente y no lamentaré más la
ofendida belleza ni el imposible amor.
Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo
lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada
que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y
vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la
noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi
fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con
la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de
la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo
reposaré eternamente y no lamentaré más la
ofendida belleza ni el imposible amor.
812
1
José Antonio Ramos Sucre
El Error Vespertino
EL ERROR VESPERTINO
Unos jinetes bravíos me escoltaban durante la
visita al país de las ruinas legendarias. Nos detuvimos a
maravillar los arabescos y perfiles de un puente de arcos ojivales.
Invadimos la ciudad fatídica por una avenida
de cipreses violados. Yo me extasiaba en el ambiente de pureza, a la
vista de un cielo de tintes ideales. La imagen de un alminar brillante
se dibujaba en el río de linfas indolentes.
Yo adelantaba, peregrino del desencanto, en el
sosiego inverosímil.
Un cortejo nupcial, pregonado por los sones de una
melodía sensible, me despertó del ensueño, me
volvió a la presencia del infortunio. La joven se dirigía
al cautiverio en un carro de usanza agreste.
Yo traté de seguir los vestigios sutiles del
cortejo a la luz del crepúsculo de éter y me
encontré solo y a ciegas en el circuito de unas tumbas
idénticas.
Unos jinetes bravíos me escoltaban durante la
visita al país de las ruinas legendarias. Nos detuvimos a
maravillar los arabescos y perfiles de un puente de arcos ojivales.
Invadimos la ciudad fatídica por una avenida
de cipreses violados. Yo me extasiaba en el ambiente de pureza, a la
vista de un cielo de tintes ideales. La imagen de un alminar brillante
se dibujaba en el río de linfas indolentes.
Yo adelantaba, peregrino del desencanto, en el
sosiego inverosímil.
Un cortejo nupcial, pregonado por los sones de una
melodía sensible, me despertó del ensueño, me
volvió a la presencia del infortunio. La joven se dirigía
al cautiverio en un carro de usanza agreste.
Yo traté de seguir los vestigios sutiles del
cortejo a la luz del crepúsculo de éter y me
encontré solo y a ciegas en el circuito de unas tumbas
idénticas.
383
1
Juan Meléndez Valdés
Oda Xlix De Mis Deseos
Rectórico molesto,
deja de persuadirme
que ocupe bien el tiempo
y a mi Dorila olvide.
Ni tú tampoco quieras
con lógicas sutiles,
del néctar de Lïeo
hacer que me desvíe.
Ni tú, que al fiero Marte
muy más errado sigues,
me aflijas con hablarme
de muertes y de lides.
Pero contadme todos
mil bailes y mil brindis,
y mil juegos y amores,
y olores y convites.
Que tras la edad florida
viene la vejez triste,
y antes que llegue quiero
holgarme y divertirme.
deja de persuadirme
que ocupe bien el tiempo
y a mi Dorila olvide.
Ni tú tampoco quieras
con lógicas sutiles,
del néctar de Lïeo
hacer que me desvíe.
Ni tú, que al fiero Marte
muy más errado sigues,
me aflijas con hablarme
de muertes y de lides.
Pero contadme todos
mil bailes y mil brindis,
y mil juegos y amores,
y olores y convites.
Que tras la edad florida
viene la vejez triste,
y antes que llegue quiero
holgarme y divertirme.
677
1
Juan Meléndez Valdés
Oda Xlix De Mis Deseos
Rectórico molesto,
deja de persuadirme
que ocupe bien el tiempo
y a mi Dorila olvide.
Ni tú tampoco quieras
con lógicas sutiles,
del néctar de Lïeo
hacer que me desvíe.
Ni tú, que al fiero Marte
muy más errado sigues,
me aflijas con hablarme
de muertes y de lides.
Pero contadme todos
mil bailes y mil brindis,
y mil juegos y amores,
y olores y convites.
Que tras la edad florida
viene la vejez triste,
y antes que llegue quiero
holgarme y divertirme.
deja de persuadirme
que ocupe bien el tiempo
y a mi Dorila olvide.
Ni tú tampoco quieras
con lógicas sutiles,
del néctar de Lïeo
hacer que me desvíe.
Ni tú, que al fiero Marte
muy más errado sigues,
me aflijas con hablarme
de muertes y de lides.
Pero contadme todos
mil bailes y mil brindis,
y mil juegos y amores,
y olores y convites.
Que tras la edad florida
viene la vejez triste,
y antes que llegue quiero
holgarme y divertirme.
677
1
Juan Meléndez Valdés
Oda Vi A Dorila
¡Cómo se van las horas,
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra dulce vida!
Luego la vejez viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
con pálidos temblores
aguándonos las dichas:
que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Pues si esto nos espera,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra dulce vida?
Para vinos y bailes
y amorosas delicias
Citeres los señala
Cupido los destina.
¡Pues ay! ¿qué te detienes?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do el Céfiro suspira;
y entre ducles cantares
y sabrosa bebida
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra dulce vida!
Luego la vejez viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
con pálidos temblores
aguándonos las dichas:
que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Pues si esto nos espera,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra dulce vida?
Para vinos y bailes
y amorosas delicias
Citeres los señala
Cupido los destina.
¡Pues ay! ¿qué te detienes?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do el Céfiro suspira;
y entre ducles cantares
y sabrosa bebida
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
2.400
1
Juan Meléndez Valdés
Oda Vi A Dorila
¡Cómo se van las horas,
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra dulce vida!
Luego la vejez viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
con pálidos temblores
aguándonos las dichas:
que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Pues si esto nos espera,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra dulce vida?
Para vinos y bailes
y amorosas delicias
Citeres los señala
Cupido los destina.
¡Pues ay! ¿qué te detienes?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do el Céfiro suspira;
y entre ducles cantares
y sabrosa bebida
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra dulce vida!
Luego la vejez viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
con pálidos temblores
aguándonos las dichas:
que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Pues si esto nos espera,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra dulce vida?
Para vinos y bailes
y amorosas delicias
Citeres los señala
Cupido los destina.
¡Pues ay! ¿qué te detienes?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do el Céfiro suspira;
y entre ducles cantares
y sabrosa bebida
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
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Juan Meléndez Valdés
Oda Vi A Dorila
¡Cómo se van las horas,
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra dulce vida!
Luego la vejez viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
con pálidos temblores
aguándonos las dichas:
que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Pues si esto nos espera,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra dulce vida?
Para vinos y bailes
y amorosas delicias
Citeres los señala
Cupido los destina.
¡Pues ay! ¿qué te detienes?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do el Céfiro suspira;
y entre ducles cantares
y sabrosa bebida
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra dulce vida!
Luego la vejez viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
con pálidos temblores
aguándonos las dichas:
que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Pues si esto nos espera,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra dulce vida?
Para vinos y bailes
y amorosas delicias
Citeres los señala
Cupido los destina.
¡Pues ay! ¿qué te detienes?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do el Céfiro suspira;
y entre ducles cantares
y sabrosa bebida
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
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Juan Meléndez Valdés
Oda Vi A Dorila
¡Cómo se van las horas,
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra dulce vida!
Luego la vejez viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
con pálidos temblores
aguándonos las dichas:
que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Pues si esto nos espera,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra dulce vida?
Para vinos y bailes
y amorosas delicias
Citeres los señala
Cupido los destina.
¡Pues ay! ¿qué te detienes?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do el Céfiro suspira;
y entre ducles cantares
y sabrosa bebida
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
y tras ellas los días
y los floridos años
de nuestra dulce vida!
Luego la vejez viene,
del amor enemiga,
y entre fúnebres sombras
la muerte se avecina,
con pálidos temblores
aguándonos las dichas:
que escuálida y temblando,
fea, informe, amarilla,
nos aterra, y apaga
nuestros fuegos y dichas.
El cuerpo se entorpece,
los ayes nos fatigan,
nos huyen los placeres
y deja la alegría.
Pues si esto nos espera,
¿para qué, mi Dorila,
son los floridos años
de nuestra dulce vida?
Para vinos y bailes
y amorosas delicias
Citeres los señala
Cupido los destina.
¡Pues ay! ¿qué te detienes?
Ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do el Céfiro suspira;
y entre ducles cantares
y sabrosa bebida
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.
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1
José Martí
Yo Ni De Dioses
Yo ni de dioses ni de filtro tengo
Fuerzas maravillosas: he vivido,
¡Y la divinidad está en la vida! :
¡Mira si no la frente de los viejos!
Estréchame la mano: no, no esperes
A que yo te la tienda: ¡yo sabía
Antes tenderla, de mi hermoso modo
Que envolvía en sombra de amor el Universo!
Hoy, ya no puedo alzarla de la piedra,
Donde me siento: aunque el corazón en
Plumas nuevas se viste y tiende el ala.
¡No acaba el alma humana en este mundo!
Ya cual bucles de piedra, en mi mondado
Cráneo cuelgan mis últimos cabellos;
¡Pero debajo no! ¡debajo vibra
Todo el fuego magnifico y sonoro
Que mantiene la tierra!
¡Ven y toma
Esta mano que ha visto mucha pena!
Dicen que así verás lo que yo he visto.
¡Aprieta bien, aprieta bien mi mano! —
¡Es bueno ir de la mano de los jóvenes!
¡Ahí, de sombra a luz, crece la vida!
¡Déjame divagar: la mente vaga
Como las nubes, madres de la tierra!
Mozo, ven, pues: ase mi mano y mira:
Aquí están, a tus ojos, en hilera,
Frías y dormidas como estatuas, todas
Las que de amor el pecho te han movido:
¡Las llaves falsas, Jóveno, del cielo!
Una no más sencillamente lo abre
Como nuestro dominio: pero nota
Como estas barbas a la tierra llegan
Blancas y ensangrentadas, y aún no topo
Con la que me pudiera abrir el cielo.
En cambio, mira a mi redor: la tierra
Está amasada con las llaves rotas
Con que he probado a abrirlo: — ¡y que éste es todo
El mundo dicen los bellacos luego!
¡Viene después un cierto olor de rosa,
Un trono en una nube, un vuelo vago,
Y un aire y una sangre hecha a besos!
¡Pompa de claridad la muerte miro!
¡Palpa cual, de pensarla, están calientes,
Finos, como si fuesen a una boda,
Ágiles como alas, y sedosos
Como la mocedad después del baño,
Estos bucles de piedra! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo...
Ahí están todas
Las mujeres que amaste; llaves falsas
Con que en vano echa el hombre a abrir el cielo.
Por la magia sutil de mi experiencia
Las miro como son: cáscaras todas.
Esta de nácar, cual la Aurora brinda,
Humo como la Aurora: ésta de bronce:
Marfil ésta; ésa ébano; y aquélla,
¡De esos diestros barrillos italianos
De diversos colores...! ¡cuenta! Es fijo...
¿Cuántos años cumpliste? ¿Treinta? Es fijo
Que has amado, y es poco, a más de ciento:
¡Se hacen muy fácilmente y duran poco,
Las estatuas de cieno! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo...
...¡A ver qué tienen
Las cáscaras por dentro! ¡Abajo, abajo
Esa hermosa de nácar! ¡qué riqueza
Viene al suelo de espalda y hombros finos!
¡Parece una onda de ópalo cuajada!
¡Sube un aroma que perfuma el viento,
Que me enciende la carne, que me anubla
El juicio, a tanta costa trabajado!
Pero vuélvela a diestra y siniestra,
A la luna y el sol: ¡no hay nada adentro!
¿Y en la de bronce? ¿qué hallas? ¡con
qué modo
Loco y ardiente buscas! aún humea
Esa de bronce en restos: ¿qué has hallado
Que con espanto tal la echas en tierra?
¡Ah, lo que corre el duende negro: un cerdo!
Y ¿esa? ¡una uña! Y ¿ésa? ¡ay!
una piedra
Mas dura que mis bucles: ¡la más terrible
Es esa de la piedra! Y ¿esta moza
Toda de colorines? ¡saca! ¡saca!
¡Esta por corazón tiene un vasillo
Hueco, forrado en láminas de modas!
¿Esa? ¡nada! ¿Esa? ¡nada! ¿Esa? Una
doble
Dentadura, y manchado cada diente
De una sangre distinta: ¡mata, mata!
¡Mata con el talón a esa culebra!
Y ¿ésa? ¡Una hamaca! Y ¿ésa, pues, la
última,
La postrer de las cien, qué le has hallado
Que le besas los pies, que la rehaces
De prisa con tus manos, que la cubres
Con sus mismos cabellos, que la amparas
Con tu cuerpo, que te echas de rodillas?
¿,Qué tienes? ¿,qué levantas en las manos
Lentamente como una ofrenda al cielo?
¿,Entrañas de mujer? No en vano el cielo
Con una luz tan suave se ilumina.
¡Eso es arpa: eso es sol...!
¿De cien mujeres, una con entrañas?
¡Abrázala! ¡arrebátala! con ella
Vive, que serás rey, doquier que vivas:
Cruza los bosques, que los lobos mismos
Su presa te darán, y acatamiento:
Cruza los mares, y las olas lomo
Blando te prestarán; los hombres cruza
Que no te morderán, aunque te juro
Que lo que ven lo muerden, y si es bello
Lo muerden más; y dondequier que muerden
Lo despedazan todo y envenenan.
¡ Ya no eres hombre, Jóveno, si hallaste
Una mujer amante! : o no — ¡ya lo eres!
Fuerzas maravillosas: he vivido,
¡Y la divinidad está en la vida! :
¡Mira si no la frente de los viejos!
Estréchame la mano: no, no esperes
A que yo te la tienda: ¡yo sabía
Antes tenderla, de mi hermoso modo
Que envolvía en sombra de amor el Universo!
Hoy, ya no puedo alzarla de la piedra,
Donde me siento: aunque el corazón en
Plumas nuevas se viste y tiende el ala.
¡No acaba el alma humana en este mundo!
Ya cual bucles de piedra, en mi mondado
Cráneo cuelgan mis últimos cabellos;
¡Pero debajo no! ¡debajo vibra
Todo el fuego magnifico y sonoro
Que mantiene la tierra!
¡Ven y toma
Esta mano que ha visto mucha pena!
Dicen que así verás lo que yo he visto.
¡Aprieta bien, aprieta bien mi mano! —
¡Es bueno ir de la mano de los jóvenes!
¡Ahí, de sombra a luz, crece la vida!
¡Déjame divagar: la mente vaga
Como las nubes, madres de la tierra!
Mozo, ven, pues: ase mi mano y mira:
Aquí están, a tus ojos, en hilera,
Frías y dormidas como estatuas, todas
Las que de amor el pecho te han movido:
¡Las llaves falsas, Jóveno, del cielo!
Una no más sencillamente lo abre
Como nuestro dominio: pero nota
Como estas barbas a la tierra llegan
Blancas y ensangrentadas, y aún no topo
Con la que me pudiera abrir el cielo.
En cambio, mira a mi redor: la tierra
Está amasada con las llaves rotas
Con que he probado a abrirlo: — ¡y que éste es todo
El mundo dicen los bellacos luego!
¡Viene después un cierto olor de rosa,
Un trono en una nube, un vuelo vago,
Y un aire y una sangre hecha a besos!
¡Pompa de claridad la muerte miro!
¡Palpa cual, de pensarla, están calientes,
Finos, como si fuesen a una boda,
Ágiles como alas, y sedosos
Como la mocedad después del baño,
Estos bucles de piedra! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo...
Ahí están todas
Las mujeres que amaste; llaves falsas
Con que en vano echa el hombre a abrir el cielo.
Por la magia sutil de mi experiencia
Las miro como son: cáscaras todas.
Esta de nácar, cual la Aurora brinda,
Humo como la Aurora: ésta de bronce:
Marfil ésta; ésa ébano; y aquélla,
¡De esos diestros barrillos italianos
De diversos colores...! ¡cuenta! Es fijo...
¿Cuántos años cumpliste? ¿Treinta? Es fijo
Que has amado, y es poco, a más de ciento:
¡Se hacen muy fácilmente y duran poco,
Las estatuas de cieno! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo...
...¡A ver qué tienen
Las cáscaras por dentro! ¡Abajo, abajo
Esa hermosa de nácar! ¡qué riqueza
Viene al suelo de espalda y hombros finos!
¡Parece una onda de ópalo cuajada!
¡Sube un aroma que perfuma el viento,
Que me enciende la carne, que me anubla
El juicio, a tanta costa trabajado!
Pero vuélvela a diestra y siniestra,
A la luna y el sol: ¡no hay nada adentro!
¿Y en la de bronce? ¿qué hallas? ¡con
qué modo
Loco y ardiente buscas! aún humea
Esa de bronce en restos: ¿qué has hallado
Que con espanto tal la echas en tierra?
¡Ah, lo que corre el duende negro: un cerdo!
Y ¿esa? ¡una uña! Y ¿ésa? ¡ay!
una piedra
Mas dura que mis bucles: ¡la más terrible
Es esa de la piedra! Y ¿esta moza
Toda de colorines? ¡saca! ¡saca!
¡Esta por corazón tiene un vasillo
Hueco, forrado en láminas de modas!
¿Esa? ¡nada! ¿Esa? ¡nada! ¿Esa? Una
doble
Dentadura, y manchado cada diente
De una sangre distinta: ¡mata, mata!
¡Mata con el talón a esa culebra!
Y ¿ésa? ¡Una hamaca! Y ¿ésa, pues, la
última,
La postrer de las cien, qué le has hallado
Que le besas los pies, que la rehaces
De prisa con tus manos, que la cubres
Con sus mismos cabellos, que la amparas
Con tu cuerpo, que te echas de rodillas?
¿,Qué tienes? ¿,qué levantas en las manos
Lentamente como una ofrenda al cielo?
¿,Entrañas de mujer? No en vano el cielo
Con una luz tan suave se ilumina.
¡Eso es arpa: eso es sol...!
¿De cien mujeres, una con entrañas?
¡Abrázala! ¡arrebátala! con ella
Vive, que serás rey, doquier que vivas:
Cruza los bosques, que los lobos mismos
Su presa te darán, y acatamiento:
Cruza los mares, y las olas lomo
Blando te prestarán; los hombres cruza
Que no te morderán, aunque te juro
Que lo que ven lo muerden, y si es bello
Lo muerden más; y dondequier que muerden
Lo despedazan todo y envenenan.
¡ Ya no eres hombre, Jóveno, si hallaste
Una mujer amante! : o no — ¡ya lo eres!
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