Poemas en este tema
Vida y Existencia
José Antonio Ramos Sucre
El Caballero Del Lucero
EL CABALLERO DEL LUCERO
He recorrido el territorio de Elsinor para allegar
noticias acerca de Ofelia. Se atreve a comparecer, durante el
plenilunio, en el sitio donde perdió la vida. Allí mismo
se cultivan, por mi consejo, las flores de su cabellera y las
vírgenes lugareñas se abstienen de profanarlas.
Yo intentaba atravesar un puente de fresno cuando
una anciana me detuvo para invitarme a seguir la jornada con mis pies.
Yo faltaba a la modestia con explorar a caballo el reino hundido en la
pesadumbre.
El acento metálico y frío de una
trompeta me llenó de espanto. Un alférez la soplaba desde
la azotea visitada por el espectro.
La anciana se retrajo de tomar en cuenta el sonido
lúgubre. De otro modo, me dijo, quedaba yo cautivo en el
circuito de la melancolía.
Desprendió la rama de un sauce para componer
una imitación de la corona silvestre de la heroína.
Sus avisos me alejaron para siempre del
ámbito de la desgracia en donde circulaba el pensamiento
desesperado de Hamlet. Mi caballo debía sacarme por sí
mismo y sin el gobierno de mi mano a un lugar saludable y yo me
abandoné a su trote incierto. Sobresaltó con su relincho,
el día siguiente, los cisnes y las cigüeñas de
Copenhague.
He recorrido el territorio de Elsinor para allegar
noticias acerca de Ofelia. Se atreve a comparecer, durante el
plenilunio, en el sitio donde perdió la vida. Allí mismo
se cultivan, por mi consejo, las flores de su cabellera y las
vírgenes lugareñas se abstienen de profanarlas.
Yo intentaba atravesar un puente de fresno cuando
una anciana me detuvo para invitarme a seguir la jornada con mis pies.
Yo faltaba a la modestia con explorar a caballo el reino hundido en la
pesadumbre.
El acento metálico y frío de una
trompeta me llenó de espanto. Un alférez la soplaba desde
la azotea visitada por el espectro.
La anciana se retrajo de tomar en cuenta el sonido
lúgubre. De otro modo, me dijo, quedaba yo cautivo en el
circuito de la melancolía.
Desprendió la rama de un sauce para componer
una imitación de la corona silvestre de la heroína.
Sus avisos me alejaron para siempre del
ámbito de la desgracia en donde circulaba el pensamiento
desesperado de Hamlet. Mi caballo debía sacarme por sí
mismo y sin el gobierno de mi mano a un lugar saludable y yo me
abandoné a su trote incierto. Sobresaltó con su relincho,
el día siguiente, los cisnes y las cigüeñas de
Copenhague.
490
José Antonio Ramos Sucre
El Año Desierto
EL AÑO DESIERTO
Yo subía despacio la escalera de piedra y
descansaba a mis solas en una silla grave, de autoridad secular. La
azotea dominaba una redonda fría, mortecina, y yo me guardaba de
recorrerla con la vista.
Una memoria infeliz me obligaba a permanecer
cabizbajo y me retraía de contemplar la maravilla del edificio,
refugio de mi desesperanza. Había surgido en una sola noche,
según la fábula de los humildes, y por un arte
réprobo. Los metales, los elementos más enérgicos
de la naturaleza, obedecían al punto la voluntad de un
arbitrista o demiurgo de faz inmóvil y de boca sellada y
florecían mágicamente en sus dedos.
Yo entretenía la pesadumbre leyendo las
páginas de Boecio y meditando el revés de su fortuna. Una
conseja le asignaba el invento de artificios de hierro, destituidos de
ejes y de ruedas y proporcionados a imitar la carrera de los planetas.
Recibían un movimiento perenne de manos de un ser invisible.
Yo demandaba el favor sobrenatural. La doncella
nostálgica había desaparecido de los caminos de la tierra
y volado con alas transparentes bajo el cielo mustio. Yo la invitaba
desde mi lasitud y desconsuelo a volver de la ausencia infinita. Una
forma aérea convino en aparecer, en sosegar mi sensibilidad
gemebunda. Recuerdo apenas el tinte de sus cabellos, lumbre de
volátil oriflama.
Yo subía despacio la escalera de piedra y
descansaba a mis solas en una silla grave, de autoridad secular. La
azotea dominaba una redonda fría, mortecina, y yo me guardaba de
recorrerla con la vista.
Una memoria infeliz me obligaba a permanecer
cabizbajo y me retraía de contemplar la maravilla del edificio,
refugio de mi desesperanza. Había surgido en una sola noche,
según la fábula de los humildes, y por un arte
réprobo. Los metales, los elementos más enérgicos
de la naturaleza, obedecían al punto la voluntad de un
arbitrista o demiurgo de faz inmóvil y de boca sellada y
florecían mágicamente en sus dedos.
Yo entretenía la pesadumbre leyendo las
páginas de Boecio y meditando el revés de su fortuna. Una
conseja le asignaba el invento de artificios de hierro, destituidos de
ejes y de ruedas y proporcionados a imitar la carrera de los planetas.
Recibían un movimiento perenne de manos de un ser invisible.
Yo demandaba el favor sobrenatural. La doncella
nostálgica había desaparecido de los caminos de la tierra
y volado con alas transparentes bajo el cielo mustio. Yo la invitaba
desde mi lasitud y desconsuelo a volver de la ausencia infinita. Una
forma aérea convino en aparecer, en sosegar mi sensibilidad
gemebunda. Recuerdo apenas el tinte de sus cabellos, lumbre de
volátil oriflama.
477
José Antonio Ramos Sucre
El Asno
EL ASNO
Yo no podía sufrir la vivienda lóbrega
y discurría por la vega de la ciudad escolar.
Yo disfrutaba la soledad montado sobre un asno y me
detenía en presencia de un río sereno. Los pájaros
volaban al alcance de la mano y al amor de una ráfaga del
infinito. Yo buscaba en el seno de las nubes rasantes el origen de una
música de laúdes.
El senescal de un rey santo me había separado
de solicitar la salud por medio de las letras y me invitaba a abrazar
la humildad de las criaturas insipientes. El trato del senescal me
reposaba de la meditación febril.
El rey santo vivía afligido por los reparos
de una conciencia mórbida y se calificaba de soberbio al aceptar
de sus hermanos el ministerio de criados de su mesa. La etiqueta se
inspiraba en un paso de la Biblia.
El rey santo me había dirigido a pensar en
los rodeos y asaltos del diablo a las almas de los moribundos. El trote
modesto de mi cabalgadura facilitaba el arrobo y la pérdida de
mis facultades. El asno frugal y resignado, presente en las ceremonias
del culto, dividía conmigo la cuita suprema. Me salvó en
una carrera súbita al descubrir, en el enredo de unas
espadañas y lentejas fluviales, la obesidad innoble de una
esfinge de ojos oblicuos.
Yo no podía sufrir la vivienda lóbrega
y discurría por la vega de la ciudad escolar.
Yo disfrutaba la soledad montado sobre un asno y me
detenía en presencia de un río sereno. Los pájaros
volaban al alcance de la mano y al amor de una ráfaga del
infinito. Yo buscaba en el seno de las nubes rasantes el origen de una
música de laúdes.
El senescal de un rey santo me había separado
de solicitar la salud por medio de las letras y me invitaba a abrazar
la humildad de las criaturas insipientes. El trato del senescal me
reposaba de la meditación febril.
El rey santo vivía afligido por los reparos
de una conciencia mórbida y se calificaba de soberbio al aceptar
de sus hermanos el ministerio de criados de su mesa. La etiqueta se
inspiraba en un paso de la Biblia.
El rey santo me había dirigido a pensar en
los rodeos y asaltos del diablo a las almas de los moribundos. El trote
modesto de mi cabalgadura facilitaba el arrobo y la pérdida de
mis facultades. El asno frugal y resignado, presente en las ceremonias
del culto, dividía conmigo la cuita suprema. Me salvó en
una carrera súbita al descubrir, en el enredo de unas
espadañas y lentejas fluviales, la obesidad innoble de una
esfinge de ojos oblicuos.
563
José Antonio Ramos Sucre
El Alumno De Violante
EL ALUMNO DE VIOLANTE
Un ciprés enigmático domina el
horizonte de mi infancia.
Yo prefería el éxtasis vespertino, me
retiraba de la aldea y me perdía a voluntad en el recato de los
montes. Un poder invisible me encaminaba a la presencia de unos
sepulcros, a descubrir la serenidad y la esperanza en el semblante de
unas imágenes de mármol.
Una sombra clemente, distinta de las figuras del
miedo, me envolvía con sus agasajos y me situaba en el camino
del retorno. Su faz anunciaba un dolor celeste y el ciprés de su
refugio despedía el lamento de una cítara.
Yo me sumergía en un sueño libre de
visiones y alcanzaba un olvido cabal.
Una virgen atenta dirigió mis primeros
años con el ejemplo de sus facultades. Su canto fugitivo
despertaba el júbilo de los silfos del aire. Sus dedos
fáciles herían una mandolina de Francia.
Su voz cándida enajenaba mis sentidos al
recorrer los episodios de un romancero. Conjuraba del limbo de mis
sueños la sombra clemente y la rodeaba con el atavío de
una balada legendaria.
Un ciprés enigmático domina el
horizonte de mi infancia.
Yo prefería el éxtasis vespertino, me
retiraba de la aldea y me perdía a voluntad en el recato de los
montes. Un poder invisible me encaminaba a la presencia de unos
sepulcros, a descubrir la serenidad y la esperanza en el semblante de
unas imágenes de mármol.
Una sombra clemente, distinta de las figuras del
miedo, me envolvía con sus agasajos y me situaba en el camino
del retorno. Su faz anunciaba un dolor celeste y el ciprés de su
refugio despedía el lamento de una cítara.
Yo me sumergía en un sueño libre de
visiones y alcanzaba un olvido cabal.
Una virgen atenta dirigió mis primeros
años con el ejemplo de sus facultades. Su canto fugitivo
despertaba el júbilo de los silfos del aire. Sus dedos
fáciles herían una mandolina de Francia.
Su voz cándida enajenaba mis sentidos al
recorrer los episodios de un romancero. Conjuraba del limbo de mis
sueños la sombra clemente y la rodeaba con el atavío de
una balada legendaria.
506
José Antonio Ramos Sucre
El Alumno De Violante
EL ALUMNO DE VIOLANTE
Un ciprés enigmático domina el
horizonte de mi infancia.
Yo prefería el éxtasis vespertino, me
retiraba de la aldea y me perdía a voluntad en el recato de los
montes. Un poder invisible me encaminaba a la presencia de unos
sepulcros, a descubrir la serenidad y la esperanza en el semblante de
unas imágenes de mármol.
Una sombra clemente, distinta de las figuras del
miedo, me envolvía con sus agasajos y me situaba en el camino
del retorno. Su faz anunciaba un dolor celeste y el ciprés de su
refugio despedía el lamento de una cítara.
Yo me sumergía en un sueño libre de
visiones y alcanzaba un olvido cabal.
Una virgen atenta dirigió mis primeros
años con el ejemplo de sus facultades. Su canto fugitivo
despertaba el júbilo de los silfos del aire. Sus dedos
fáciles herían una mandolina de Francia.
Su voz cándida enajenaba mis sentidos al
recorrer los episodios de un romancero. Conjuraba del limbo de mis
sueños la sombra clemente y la rodeaba con el atavío de
una balada legendaria.
Un ciprés enigmático domina el
horizonte de mi infancia.
Yo prefería el éxtasis vespertino, me
retiraba de la aldea y me perdía a voluntad en el recato de los
montes. Un poder invisible me encaminaba a la presencia de unos
sepulcros, a descubrir la serenidad y la esperanza en el semblante de
unas imágenes de mármol.
Una sombra clemente, distinta de las figuras del
miedo, me envolvía con sus agasajos y me situaba en el camino
del retorno. Su faz anunciaba un dolor celeste y el ciprés de su
refugio despedía el lamento de una cítara.
Yo me sumergía en un sueño libre de
visiones y alcanzaba un olvido cabal.
Una virgen atenta dirigió mis primeros
años con el ejemplo de sus facultades. Su canto fugitivo
despertaba el júbilo de los silfos del aire. Sus dedos
fáciles herían una mandolina de Francia.
Su voz cándida enajenaba mis sentidos al
recorrer los episodios de un romancero. Conjuraba del limbo de mis
sueños la sombra clemente y la rodeaba con el atavío de
una balada legendaria.
506
José Antonio Ramos Sucre
El Alumno De Violante
EL ALUMNO DE VIOLANTE
Un ciprés enigmático domina el
horizonte de mi infancia.
Yo prefería el éxtasis vespertino, me
retiraba de la aldea y me perdía a voluntad en el recato de los
montes. Un poder invisible me encaminaba a la presencia de unos
sepulcros, a descubrir la serenidad y la esperanza en el semblante de
unas imágenes de mármol.
Una sombra clemente, distinta de las figuras del
miedo, me envolvía con sus agasajos y me situaba en el camino
del retorno. Su faz anunciaba un dolor celeste y el ciprés de su
refugio despedía el lamento de una cítara.
Yo me sumergía en un sueño libre de
visiones y alcanzaba un olvido cabal.
Una virgen atenta dirigió mis primeros
años con el ejemplo de sus facultades. Su canto fugitivo
despertaba el júbilo de los silfos del aire. Sus dedos
fáciles herían una mandolina de Francia.
Su voz cándida enajenaba mis sentidos al
recorrer los episodios de un romancero. Conjuraba del limbo de mis
sueños la sombra clemente y la rodeaba con el atavío de
una balada legendaria.
Un ciprés enigmático domina el
horizonte de mi infancia.
Yo prefería el éxtasis vespertino, me
retiraba de la aldea y me perdía a voluntad en el recato de los
montes. Un poder invisible me encaminaba a la presencia de unos
sepulcros, a descubrir la serenidad y la esperanza en el semblante de
unas imágenes de mármol.
Una sombra clemente, distinta de las figuras del
miedo, me envolvía con sus agasajos y me situaba en el camino
del retorno. Su faz anunciaba un dolor celeste y el ciprés de su
refugio despedía el lamento de una cítara.
Yo me sumergía en un sueño libre de
visiones y alcanzaba un olvido cabal.
Una virgen atenta dirigió mis primeros
años con el ejemplo de sus facultades. Su canto fugitivo
despertaba el júbilo de los silfos del aire. Sus dedos
fáciles herían una mandolina de Francia.
Su voz cándida enajenaba mis sentidos al
recorrer los episodios de un romancero. Conjuraba del limbo de mis
sueños la sombra clemente y la rodeaba con el atavío de
una balada legendaria.
506
José Antonio Ramos Sucre
El Extranjero
EL EXTRANJERO
Había resuelto esconderse para el
sufrimiento. Se holgaba en una vivienda sepulcral, asilo del musgo
decadente y del hongo senil. Una lámpara inútil
significaba la desidia.
Había renunciado los escrúpulos de la
civilización y la consideraba un trasunto de la molicie.
Descansaba audazmente al raso, en medio de una hierbal prehensil.
Insinuaba la imagen de un ser primario, intento o
desvarío de la vida en una época diluvial. El cabello y
la barba de limo parecían alterados con el sedimento de un
refugio lacustre.
Se vestía de flores y de hojas para festejar
las vicisitudes del cielo, efemérides culminantes en el
calendario del rústico.
Se recreaba con el pensamiento de volver al seno de
la tierra y perderse en su oscuridad. Se prevenía para la
desnudez en la fosa indistinta arrojándose a los azares de la
naturaleza, recibiendo en su persona la lluvia fugaz el verano.
Dejó de ser en un día de noviembre, el mes de las
siluetas.
Había resuelto esconderse para el
sufrimiento. Se holgaba en una vivienda sepulcral, asilo del musgo
decadente y del hongo senil. Una lámpara inútil
significaba la desidia.
Había renunciado los escrúpulos de la
civilización y la consideraba un trasunto de la molicie.
Descansaba audazmente al raso, en medio de una hierbal prehensil.
Insinuaba la imagen de un ser primario, intento o
desvarío de la vida en una época diluvial. El cabello y
la barba de limo parecían alterados con el sedimento de un
refugio lacustre.
Se vestía de flores y de hojas para festejar
las vicisitudes del cielo, efemérides culminantes en el
calendario del rústico.
Se recreaba con el pensamiento de volver al seno de
la tierra y perderse en su oscuridad. Se prevenía para la
desnudez en la fosa indistinta arrojándose a los azares de la
naturaleza, recibiendo en su persona la lluvia fugaz el verano.
Dejó de ser en un día de noviembre, el mes de las
siluetas.
413
José Antonio Ramos Sucre
De Profundis
DE PROFUNDIS
He recorrido el palacio mágico del
sueño. Me he fatigado en vano por descubrir el vestigio de una
mujer ausente de este mundo. Yo deseaba restablecerla en mi pensamiento.
Conservo mis afectos de adolescente sufrido y
cabizbajo. Su belleza adornaba una calle de ruinas. Yo me insinuaba
hasta su ventana en medio de la oscuridad crepuscular. Me
excedía en algunos años y yo ocultaba de los maldicientes
mi pasión delirante.
Dejó de presentarse en una noche de temores y
congojas y recordé infructuosamente las señas de su
vivienda. Un temporal corría la inmensidad.
Yo seguí a desahogar la melancolía
indeleble en una aventura, donde mis compañeros se perdieron y
murieron. Yo amanecí en el recinto de una iglesia, monumento
erigido por una doncella de otros siglos. El sacerdote encarecía
las pruebas de su devoción y anunciaba desde el púlpito
amenazas invariables. Celebró después el oficio de
difuntos y llenó mis oídos con el rumor de un salmo
siniestro.
He recorrido el palacio mágico del
sueño. Me he fatigado en vano por descubrir el vestigio de una
mujer ausente de este mundo. Yo deseaba restablecerla en mi pensamiento.
Conservo mis afectos de adolescente sufrido y
cabizbajo. Su belleza adornaba una calle de ruinas. Yo me insinuaba
hasta su ventana en medio de la oscuridad crepuscular. Me
excedía en algunos años y yo ocultaba de los maldicientes
mi pasión delirante.
Dejó de presentarse en una noche de temores y
congojas y recordé infructuosamente las señas de su
vivienda. Un temporal corría la inmensidad.
Yo seguí a desahogar la melancolía
indeleble en una aventura, donde mis compañeros se perdieron y
murieron. Yo amanecí en el recinto de una iglesia, monumento
erigido por una doncella de otros siglos. El sacerdote encarecía
las pruebas de su devoción y anunciaba desde el púlpito
amenazas invariables. Celebró después el oficio de
difuntos y llenó mis oídos con el rumor de un salmo
siniestro.
479
José Antonio Ramos Sucre
La Presencia
LA PRESENCIA
La imagen de las torres se dibujaba en el mar. Unos
pájaros tenues las rodeaban con su vuelo metódico. No
podían sostenerse en sus pies elementales, falsos.
Los rayos caían al azar y con frecuencia
desde el cielo vacío. Yo esforzaba el pensamiento y no
descubría su origen imposible. Las torres y un ciprés
lacio permanecían indemnes.
Yo había despertado de un sueño
inmóvil y de sus visiones fatídicas, originarias de la
luna. La vista del ciprés me encaminó a un sepulcro
inédito.
Isolda había desaparecido de la tierra y
descansaba allí mismo de su pasión agónica. Yo
quise hablar y mis palabras volaron por el aire, convertidas
espontáneamente en gemidos.
La imagen de las torres se dibujaba en el mar. Unos
pájaros tenues las rodeaban con su vuelo metódico. No
podían sostenerse en sus pies elementales, falsos.
Los rayos caían al azar y con frecuencia
desde el cielo vacío. Yo esforzaba el pensamiento y no
descubría su origen imposible. Las torres y un ciprés
lacio permanecían indemnes.
Yo había despertado de un sueño
inmóvil y de sus visiones fatídicas, originarias de la
luna. La vista del ciprés me encaminó a un sepulcro
inédito.
Isolda había desaparecido de la tierra y
descansaba allí mismo de su pasión agónica. Yo
quise hablar y mis palabras volaron por el aire, convertidas
espontáneamente en gemidos.
449
José Antonio Ramos Sucre
Los Lazos De La Quimera
LOS LAZOS DE LA QUIMERA
Yo velaba en la crisis de la soledad nocturna. El
retrato de una mujer ideal, única alhaja del aposento,
desplegaba mi sobreceño, divertía algunas veces mi
inquietud.
Yo lo había conseguido en la subasta de unos
muebles gentiles. El matiz de los cabellos me recordó los de una
beldad grácil, fantasma del olvido. El pincel de un iluso
había persistido inútilmente en imitarlos.
Yo me esforzaba en calar el enigma de una disciplina
singular, de un arte secreto, y dibujaba, sin darme cuenta, la cifra de
cantidades inéditas.
Me he fatigado hasta el momento de hundirme en un
sopor, bajo los dedos de una mano fría de mármol.
Yo desperté en una sala funeral y la
recorrí por entero, sorteando las urnas de piedra. En el
zócalo de una imagen de la eternidad, cegada por una venda,
acerté con el residuo del veneno de Julieta.
Yo velaba en la crisis de la soledad nocturna. El
retrato de una mujer ideal, única alhaja del aposento,
desplegaba mi sobreceño, divertía algunas veces mi
inquietud.
Yo lo había conseguido en la subasta de unos
muebles gentiles. El matiz de los cabellos me recordó los de una
beldad grácil, fantasma del olvido. El pincel de un iluso
había persistido inútilmente en imitarlos.
Yo me esforzaba en calar el enigma de una disciplina
singular, de un arte secreto, y dibujaba, sin darme cuenta, la cifra de
cantidades inéditas.
Me he fatigado hasta el momento de hundirme en un
sopor, bajo los dedos de una mano fría de mármol.
Yo desperté en una sala funeral y la
recorrí por entero, sorteando las urnas de piedra. En el
zócalo de una imagen de la eternidad, cegada por una venda,
acerté con el residuo del veneno de Julieta.
444
José Antonio Ramos Sucre
La Zarza De Los Médanos
LA ZARZA DE LOS MÉDANOS
El país de mi infancia adolecía de una
aridez penitencial.
Yo sufría el ascendiente de un cielo
desvaído y divisaba el perfil de una torre mística.
Los montes sobrios y de cima recóndita
preferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,
según el pensamiento de una criatura pusilánime, se
recataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de un
río perplejo y volaban en la brisa del océano.
Vencíamos el susto de las noches visionarias
a través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncos
lacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolente
vertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.
La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba de
modo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,
imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de la
muerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojas
montaraces del asalto de las arenas.
El mar salió de sus límites a cubrir
el litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigió
el esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidad
inequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados y
percibía en el aire del aposento los efluvios de la maleza
fragante.
El país de mi infancia adolecía de una
aridez penitencial.
Yo sufría el ascendiente de un cielo
desvaído y divisaba el perfil de una torre mística.
Los montes sobrios y de cima recóndita
preferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,
según el pensamiento de una criatura pusilánime, se
recataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de un
río perplejo y volaban en la brisa del océano.
Vencíamos el susto de las noches visionarias
a través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncos
lacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolente
vertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.
La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba de
modo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,
imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de la
muerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojas
montaraces del asalto de las arenas.
El mar salió de sus límites a cubrir
el litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigió
el esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidad
inequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados y
percibía en el aire del aposento los efluvios de la maleza
fragante.
446
José Antonio Ramos Sucre
La Zarza De Los Médanos
LA ZARZA DE LOS MÉDANOS
El país de mi infancia adolecía de una
aridez penitencial.
Yo sufría el ascendiente de un cielo
desvaído y divisaba el perfil de una torre mística.
Los montes sobrios y de cima recóndita
preferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,
según el pensamiento de una criatura pusilánime, se
recataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de un
río perplejo y volaban en la brisa del océano.
Vencíamos el susto de las noches visionarias
a través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncos
lacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolente
vertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.
La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba de
modo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,
imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de la
muerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojas
montaraces del asalto de las arenas.
El mar salió de sus límites a cubrir
el litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigió
el esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidad
inequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados y
percibía en el aire del aposento los efluvios de la maleza
fragante.
El país de mi infancia adolecía de una
aridez penitencial.
Yo sufría el ascendiente de un cielo
desvaído y divisaba el perfil de una torre mística.
Los montes sobrios y de cima recóndita
preferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,
según el pensamiento de una criatura pusilánime, se
recataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de un
río perplejo y volaban en la brisa del océano.
Vencíamos el susto de las noches visionarias
a través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncos
lacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolente
vertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.
La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba de
modo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,
imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de la
muerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojas
montaraces del asalto de las arenas.
El mar salió de sus límites a cubrir
el litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigió
el esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidad
inequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados y
percibía en el aire del aposento los efluvios de la maleza
fragante.
446
José Antonio Ramos Sucre
La Alianza
LA ALIANZA
Yo escuchaba sollozos a través del
sueño ligero y variable. No podían venir de mi casa
desierta ni de mi vecindario diseminado en un área espaciosa.
Yo vivía delante de una plaza vieja, sumida
en la penumbra de unos árboles secos, de un dibujo elemental.
Mostraban una corteza de escamas y sus hojas afiladas y de un tejido
córneo, semejantes a cintas flácidas, habían
cesado de criar savia.
Un mensajero llegó de lejos, al rayar el
día, a decirme la nueva infausta. Había devorado la
distancia, montado sobre un caballo impetuoso, de arnés galano.
Admiré el estribo de usanza arábiga.
Las hijas de mi ayo y consejero me recordaron al
verse desvalidas. La muerte lo hirió sigilosamente en medio de
la espesura de la noche y los sones de su flauta burlesca de ministril
revelaron la desgracia y propagaron la consternación.
Yo había olvidado en una cámara de
muebles pulverizados el carruaje de mis excursiones juveniles.
Alcancé el hogar visitado por el infortunio, después de
restablecer el armazón y las ruedas en más de un sitio de
la campiña reseca.
Las mujeres vinieron a mi encuentro, solemnes y
demacradas a la manera de las sibilas. Me habían reservado la
ceremonia de esparcir el puño de cal sobre el rostro del
difunto, semejanza de algún rito de los gentiles en obsequio del
piloto infernal.
Yo sellaba de tal modo el convenio de un pesar
inmutable, sin reforzar mi lenguaje exento de efusión y de
gracia. Asisto fielmente al responso cotidiano en el oratorio familiar
y añado mi voz a una salmodia triste.
Yo escuchaba sollozos a través del
sueño ligero y variable. No podían venir de mi casa
desierta ni de mi vecindario diseminado en un área espaciosa.
Yo vivía delante de una plaza vieja, sumida
en la penumbra de unos árboles secos, de un dibujo elemental.
Mostraban una corteza de escamas y sus hojas afiladas y de un tejido
córneo, semejantes a cintas flácidas, habían
cesado de criar savia.
Un mensajero llegó de lejos, al rayar el
día, a decirme la nueva infausta. Había devorado la
distancia, montado sobre un caballo impetuoso, de arnés galano.
Admiré el estribo de usanza arábiga.
Las hijas de mi ayo y consejero me recordaron al
verse desvalidas. La muerte lo hirió sigilosamente en medio de
la espesura de la noche y los sones de su flauta burlesca de ministril
revelaron la desgracia y propagaron la consternación.
Yo había olvidado en una cámara de
muebles pulverizados el carruaje de mis excursiones juveniles.
Alcancé el hogar visitado por el infortunio, después de
restablecer el armazón y las ruedas en más de un sitio de
la campiña reseca.
Las mujeres vinieron a mi encuentro, solemnes y
demacradas a la manera de las sibilas. Me habían reservado la
ceremonia de esparcir el puño de cal sobre el rostro del
difunto, semejanza de algún rito de los gentiles en obsequio del
piloto infernal.
Yo sellaba de tal modo el convenio de un pesar
inmutable, sin reforzar mi lenguaje exento de efusión y de
gracia. Asisto fielmente al responso cotidiano en el oratorio familiar
y añado mi voz a una salmodia triste.
564
José Antonio Ramos Sucre
La Alianza
LA ALIANZA
Yo escuchaba sollozos a través del
sueño ligero y variable. No podían venir de mi casa
desierta ni de mi vecindario diseminado en un área espaciosa.
Yo vivía delante de una plaza vieja, sumida
en la penumbra de unos árboles secos, de un dibujo elemental.
Mostraban una corteza de escamas y sus hojas afiladas y de un tejido
córneo, semejantes a cintas flácidas, habían
cesado de criar savia.
Un mensajero llegó de lejos, al rayar el
día, a decirme la nueva infausta. Había devorado la
distancia, montado sobre un caballo impetuoso, de arnés galano.
Admiré el estribo de usanza arábiga.
Las hijas de mi ayo y consejero me recordaron al
verse desvalidas. La muerte lo hirió sigilosamente en medio de
la espesura de la noche y los sones de su flauta burlesca de ministril
revelaron la desgracia y propagaron la consternación.
Yo había olvidado en una cámara de
muebles pulverizados el carruaje de mis excursiones juveniles.
Alcancé el hogar visitado por el infortunio, después de
restablecer el armazón y las ruedas en más de un sitio de
la campiña reseca.
Las mujeres vinieron a mi encuentro, solemnes y
demacradas a la manera de las sibilas. Me habían reservado la
ceremonia de esparcir el puño de cal sobre el rostro del
difunto, semejanza de algún rito de los gentiles en obsequio del
piloto infernal.
Yo sellaba de tal modo el convenio de un pesar
inmutable, sin reforzar mi lenguaje exento de efusión y de
gracia. Asisto fielmente al responso cotidiano en el oratorio familiar
y añado mi voz a una salmodia triste.
Yo escuchaba sollozos a través del
sueño ligero y variable. No podían venir de mi casa
desierta ni de mi vecindario diseminado en un área espaciosa.
Yo vivía delante de una plaza vieja, sumida
en la penumbra de unos árboles secos, de un dibujo elemental.
Mostraban una corteza de escamas y sus hojas afiladas y de un tejido
córneo, semejantes a cintas flácidas, habían
cesado de criar savia.
Un mensajero llegó de lejos, al rayar el
día, a decirme la nueva infausta. Había devorado la
distancia, montado sobre un caballo impetuoso, de arnés galano.
Admiré el estribo de usanza arábiga.
Las hijas de mi ayo y consejero me recordaron al
verse desvalidas. La muerte lo hirió sigilosamente en medio de
la espesura de la noche y los sones de su flauta burlesca de ministril
revelaron la desgracia y propagaron la consternación.
Yo había olvidado en una cámara de
muebles pulverizados el carruaje de mis excursiones juveniles.
Alcancé el hogar visitado por el infortunio, después de
restablecer el armazón y las ruedas en más de un sitio de
la campiña reseca.
Las mujeres vinieron a mi encuentro, solemnes y
demacradas a la manera de las sibilas. Me habían reservado la
ceremonia de esparcir el puño de cal sobre el rostro del
difunto, semejanza de algún rito de los gentiles en obsequio del
piloto infernal.
Yo sellaba de tal modo el convenio de un pesar
inmutable, sin reforzar mi lenguaje exento de efusión y de
gracia. Asisto fielmente al responso cotidiano en el oratorio familiar
y añado mi voz a una salmodia triste.
564
José Antonio Ramos Sucre
El Olvido
EL OLVIDO
Yo no pisaba las huellas del cazador extravagante.
Quería evitar el contagio de su pesadumbre.
Morábamos vecinos en un país de
belleza augusta. El azufre y demás fósiles predilectos
del fuego se juntaban en la composición de la tierra.
El cazador frecuentaba los montes de granito. Su
gesto valiente se dibujaba en la zona del éter cándido.
Una lumbre fugitiva dirigía sus pasos.
Había domesticado el ser más viejo
entre las gamuzas repentinas. Acertaba de espaldas con el objeto de sus
tiros.
No lo abordé sino una vez, para dar con el motivo de su desvío.
La manera grave de su discurso no me permitió
recoger una vislumbre.
Había fabricado su cabaña a la sombra de un pino glacial.
Yo la visité furtivamente al advertir su
ausencia de una semana. El cazador, libre de los efectos
deletéreos de la muerte, yacía en un ataúd de
piedra. El semblante helado, ajeno del pesar, no inspiraba conjeturas
sobre la causa del fallecimiento. Un reguero de carbunclos
magnéticos había caído de su diestra.
Un torrente, creado por la lluvia fortuita, arroja
sobre la cabaña un sedimento de arena y promete cegarla.
Yo no pisaba las huellas del cazador extravagante.
Quería evitar el contagio de su pesadumbre.
Morábamos vecinos en un país de
belleza augusta. El azufre y demás fósiles predilectos
del fuego se juntaban en la composición de la tierra.
El cazador frecuentaba los montes de granito. Su
gesto valiente se dibujaba en la zona del éter cándido.
Una lumbre fugitiva dirigía sus pasos.
Había domesticado el ser más viejo
entre las gamuzas repentinas. Acertaba de espaldas con el objeto de sus
tiros.
No lo abordé sino una vez, para dar con el motivo de su desvío.
La manera grave de su discurso no me permitió
recoger una vislumbre.
Había fabricado su cabaña a la sombra de un pino glacial.
Yo la visité furtivamente al advertir su
ausencia de una semana. El cazador, libre de los efectos
deletéreos de la muerte, yacía en un ataúd de
piedra. El semblante helado, ajeno del pesar, no inspiraba conjeturas
sobre la causa del fallecimiento. Un reguero de carbunclos
magnéticos había caído de su diestra.
Un torrente, creado por la lluvia fortuita, arroja
sobre la cabaña un sedimento de arena y promete cegarla.
524
José Antonio Ramos Sucre
El Espejo De Las Hadas
EL ESPEJO DE LAS HADAS
La virgen de la espada al cinto visita el remanso
profundo para ver la imagen de su galán, devuelta de entre los
muertos. Contenta su propósito sin bajar del caballo rebelde.
La virgen ciñe en ese momento una corona de
ortigas, la del rey Lear, víctima de su presunción.
Se envanecía de su felicidad al ensalzar con
elogio redundante los méritos del galán y la escucharon
los celadores del orgullo, los aviesos ministros del Destino.
La muerte asume el gesto de un viejo socarrón
e interrumpe el camino del amante a la entrevista apasionada. Consigue
indignarlo con sus parábolas ambiguas y lo burla y lo derriba
con una suerte de su tridente, arma desusada.
Ovidio, el fabulista de los gentiles, habría
decantado el llanto de la mujer en una elegía ronca y la
habría convertido en un ciprés, anulando la figura humana.
Las hadas septentrionales, reconciliadas con el
niño Jesús y partícipes de la fiesta de su
nacimiento, se compadecieron de un amor desventurado y permiten la
aparición de la sombra en la cuenca de su lago de zafir.
La virgen de la espada al cinto visita el remanso
profundo para ver la imagen de su galán, devuelta de entre los
muertos. Contenta su propósito sin bajar del caballo rebelde.
La virgen ciñe en ese momento una corona de
ortigas, la del rey Lear, víctima de su presunción.
Se envanecía de su felicidad al ensalzar con
elogio redundante los méritos del galán y la escucharon
los celadores del orgullo, los aviesos ministros del Destino.
La muerte asume el gesto de un viejo socarrón
e interrumpe el camino del amante a la entrevista apasionada. Consigue
indignarlo con sus parábolas ambiguas y lo burla y lo derriba
con una suerte de su tridente, arma desusada.
Ovidio, el fabulista de los gentiles, habría
decantado el llanto de la mujer en una elegía ronca y la
habría convertido en un ciprés, anulando la figura humana.
Las hadas septentrionales, reconciliadas con el
niño Jesús y partícipes de la fiesta de su
nacimiento, se compadecieron de un amor desventurado y permiten la
aparición de la sombra en la cuenca de su lago de zafir.
491
José Antonio Ramos Sucre
El Espejo De Las Hadas
EL ESPEJO DE LAS HADAS
La virgen de la espada al cinto visita el remanso
profundo para ver la imagen de su galán, devuelta de entre los
muertos. Contenta su propósito sin bajar del caballo rebelde.
La virgen ciñe en ese momento una corona de
ortigas, la del rey Lear, víctima de su presunción.
Se envanecía de su felicidad al ensalzar con
elogio redundante los méritos del galán y la escucharon
los celadores del orgullo, los aviesos ministros del Destino.
La muerte asume el gesto de un viejo socarrón
e interrumpe el camino del amante a la entrevista apasionada. Consigue
indignarlo con sus parábolas ambiguas y lo burla y lo derriba
con una suerte de su tridente, arma desusada.
Ovidio, el fabulista de los gentiles, habría
decantado el llanto de la mujer en una elegía ronca y la
habría convertido en un ciprés, anulando la figura humana.
Las hadas septentrionales, reconciliadas con el
niño Jesús y partícipes de la fiesta de su
nacimiento, se compadecieron de un amor desventurado y permiten la
aparición de la sombra en la cuenca de su lago de zafir.
La virgen de la espada al cinto visita el remanso
profundo para ver la imagen de su galán, devuelta de entre los
muertos. Contenta su propósito sin bajar del caballo rebelde.
La virgen ciñe en ese momento una corona de
ortigas, la del rey Lear, víctima de su presunción.
Se envanecía de su felicidad al ensalzar con
elogio redundante los méritos del galán y la escucharon
los celadores del orgullo, los aviesos ministros del Destino.
La muerte asume el gesto de un viejo socarrón
e interrumpe el camino del amante a la entrevista apasionada. Consigue
indignarlo con sus parábolas ambiguas y lo burla y lo derriba
con una suerte de su tridente, arma desusada.
Ovidio, el fabulista de los gentiles, habría
decantado el llanto de la mujer en una elegía ronca y la
habría convertido en un ciprés, anulando la figura humana.
Las hadas septentrionales, reconciliadas con el
niño Jesús y partícipes de la fiesta de su
nacimiento, se compadecieron de un amor desventurado y permiten la
aparición de la sombra en la cuenca de su lago de zafir.
491
José Antonio Ramos Sucre
La Taberna
LA TABERNA
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
Los libertinos disparaban en una risa abundante al
lanzar con el pie, en distintos sentidos, la gorra de la fondista. Su
embriaguez, efecto de un brebaje mortal, se confundía con la
enajenación. La llama de los reverberos imitaba el tinte del
ajenjo.
Un duende rojo volaba sobre las copas vacías
y derribadas.
El más viejo de los libertinos se
había tornado flemático y adiposo. Los compañeros
intentaban irritarlo con sobrenombres amenos. Pero nada lograban con el
veterano de la licencia y de la bacanal. Había arrojado de
sí mismo la caperuza de campanillas del bufón.
Alguien despidió una mecha encendida sobre el
fauno soñoliento y sobresaltó su torpeza y la
convirtió en aflicción y en miedo. Los calaveras le
formaron una rueda festiva y probaron a refrescarlo con aspersiones de
agua. Presenciaron, atónitos, la ignición del ebrio, caso
maravillado y hasta desmentido por la ciencia.
464
José Antonio Ramos Sucre
El Duelo
EL DUELO
El galán quedó tendido en el suelo de
nieve, entre los árboles disecados por el invierno. Salía
del baile de máscaras, animado de la pasión de los celos,
a demandar un desagravio. Recibió en el pecho el aguda
lámina de hierro.
La dama vestida de terciopelo azul, motivo de la
discordia, presenció el curso y el desenlace del conflicto
sangriento. Le atribuían en secreto uno de los apellidos
más nobles de Francia.
El mágico de ropilla escarlata sostiene en
sus brazos al moribundo y escucha las últimas palabras,
enunciadas con la voz ansiosa y débil de un infante. Presta el
auxilio de una ciencia difamada.
La mujer culpable se recoge en el palacio de
exquisita arquitectura. Sus autores y fabricantes se habían
inspirado en la fauna. Balbuce de miedo al considerar la noticia de una
peste ensañada con las hermosas y criada en los puertos de
Levante.
La dama sucumbe en la sala del piso de
pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra
de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de
envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.
El galán quedó tendido en el suelo de
nieve, entre los árboles disecados por el invierno. Salía
del baile de máscaras, animado de la pasión de los celos,
a demandar un desagravio. Recibió en el pecho el aguda
lámina de hierro.
La dama vestida de terciopelo azul, motivo de la
discordia, presenció el curso y el desenlace del conflicto
sangriento. Le atribuían en secreto uno de los apellidos
más nobles de Francia.
El mágico de ropilla escarlata sostiene en
sus brazos al moribundo y escucha las últimas palabras,
enunciadas con la voz ansiosa y débil de un infante. Presta el
auxilio de una ciencia difamada.
La mujer culpable se recoge en el palacio de
exquisita arquitectura. Sus autores y fabricantes se habían
inspirado en la fauna. Balbuce de miedo al considerar la noticia de una
peste ensañada con las hermosas y criada en los puertos de
Levante.
La dama sucumbe en la sala del piso de
pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra
de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de
envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.
491
José Antonio Ramos Sucre
El Herbolario
EL HERBOLARIO
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta.
Me habían seguido al establecerme en un paisaje desnudo. Unos
pájaros blancos lamentaban la suerte de Euforión, el de
las alas de fuego, y la atribuían al ardimiento precoz, al deseo
del peligro.
El topo y el lince me ayudaban en el descubrimiento
del porvenir por medio de las llamas danzantes y de la efusión
del vino, de púrpura sombría. Yo contaba el privilegio de
rastrear los pasos del ángel invisible de la muerte.
Yo recorría la tierra, sufriendo la grita y
pedrea de la multitud.
No conseguí el afecto de mis vecinos
alumbrándoles aguas subterráneas en un desierto de cal.
Una doncella se abstuvo de censurar mi traje
irrisorio, presente de Klingsor, el mago infalible.
Yo la salvé de una enfermedad inveterada, de
sus lágrimas constantes. Un espectro le había soplado en
el rostro y yo le volví la salud con el auxilio de las flores
disciplinadas y fragantes del díctamo, lenitivo de la pesadumbre.
514
José Antonio Ramos Sucre
La Cuestación
LA CUESTACIÓN
Salía de mi celda, en anocheciendo, a juntar
limosnas para el enterramiento de los supliciados y el consuelo de sus
hijos. Las recibía copiosamente de los próceres de la
ciudad, amigos de la diversión y el riesgo, atentos al mejor
provecho de la hora presente, según la costumbre de los paganos
y la advertencia de sus autores mendaces. La mañana eclipsaba a
menudo las antorchas vigilantes de la orgía, cuando no declaraba
las víctimas de la sensualidad o permitía reconstituir,
en vista de una carroza volcada, la riña de los satélites.
El cielo habría llovido sus meteoros
fulminantes sobre la ciudad incrédula, si no estuviera presente
la doncella de mirada atónita y rostro exangüe, ejemplo de
una fraternidad religiosa y de su ley estricta. Volaba sobre la tierra
nefanda y su voz prevenía el ademán del homicida.
Pertenecía a un linaje de caballeros, los
más entusiastas de una cruzada, lisonjeados con la promesa de
una corona en ultramar. Satisfacía una penitencia
atávica, motivada por una de sus abuelas, el hada Melusina,
acusada de mudar la mitad del cuerpo, un día de la semana, en
una cauda lúbrica de sirena.
La devoción de la doncella redime sus deudos
de la visita de un fantasma. El hada Melusina, resentida con sus
descendientes, frecuentaba las torres de sus palacios, amenazando
calamidades.
Salía de mi celda, en anocheciendo, a juntar
limosnas para el enterramiento de los supliciados y el consuelo de sus
hijos. Las recibía copiosamente de los próceres de la
ciudad, amigos de la diversión y el riesgo, atentos al mejor
provecho de la hora presente, según la costumbre de los paganos
y la advertencia de sus autores mendaces. La mañana eclipsaba a
menudo las antorchas vigilantes de la orgía, cuando no declaraba
las víctimas de la sensualidad o permitía reconstituir,
en vista de una carroza volcada, la riña de los satélites.
El cielo habría llovido sus meteoros
fulminantes sobre la ciudad incrédula, si no estuviera presente
la doncella de mirada atónita y rostro exangüe, ejemplo de
una fraternidad religiosa y de su ley estricta. Volaba sobre la tierra
nefanda y su voz prevenía el ademán del homicida.
Pertenecía a un linaje de caballeros, los
más entusiastas de una cruzada, lisonjeados con la promesa de
una corona en ultramar. Satisfacía una penitencia
atávica, motivada por una de sus abuelas, el hada Melusina,
acusada de mudar la mitad del cuerpo, un día de la semana, en
una cauda lúbrica de sirena.
La devoción de la doncella redime sus deudos
de la visita de un fantasma. El hada Melusina, resentida con sus
descendientes, frecuentaba las torres de sus palacios, amenazando
calamidades.
463
José Antonio Ramos Sucre
La Juventud Del Rapsoda
LA JUVENTUD DEL RAPSODA
Yo vivía feliz en medio de una gente rústica. Sus
orígenes se perdían en una antigüedad informe.
Deliraban de júbilo en el instante del
plenilunio. Los antepasados habían insistido en el horror del
mundo inicial, antes de nacer el satélite.
Una joven presidía los niños ocupados
en la tarea de la vendimia. Se había desprendido del
séquito de la aurora, en un caballo de blonda crin. Los sujetaba
por medio de un cuento inverosímil y difería adrede su
desenlace.
Escogía el jacinto para adornar sus cabellos
negros, de un reflejo azul. Yo adoraba también la flor enferma
de un beso de Eurídice en un momento de su desesperanza.
Me esforcé en conjeturar y descubrir el
nombre y procedencia al darme cuenta de su afición a la flor
desvaída. La joven disfrutaba el privilegio de volver de entre
los muertos, con el fin de asistir a las honras litúrgicas del
vino. Desapareció en el acto de evadir mis preguntas insinuantes.
Yo vivía feliz en medio de una gente rústica. Sus
orígenes se perdían en una antigüedad informe.
Deliraban de júbilo en el instante del
plenilunio. Los antepasados habían insistido en el horror del
mundo inicial, antes de nacer el satélite.
Una joven presidía los niños ocupados
en la tarea de la vendimia. Se había desprendido del
séquito de la aurora, en un caballo de blonda crin. Los sujetaba
por medio de un cuento inverosímil y difería adrede su
desenlace.
Escogía el jacinto para adornar sus cabellos
negros, de un reflejo azul. Yo adoraba también la flor enferma
de un beso de Eurídice en un momento de su desesperanza.
Me esforcé en conjeturar y descubrir el
nombre y procedencia al darme cuenta de su afición a la flor
desvaída. La joven disfrutaba el privilegio de volver de entre
los muertos, con el fin de asistir a las honras litúrgicas del
vino. Desapareció en el acto de evadir mis preguntas insinuantes.
474
José Antonio Ramos Sucre
La Vida Mortecina
LA VIDA MORTECINA
Una mirada involuntaria había despertado la
pasión. El afecto volvía de su letargo, a semejanza de un
ser fantástico, de vida perdurable y sujeta a un ritmo de
actividad y de inercia.
Mi casa se alzaba en el extremo de un vial
despojado. Yo vivía lejos de las diversiones, abismado en
pensamientos laboriosos. Atendía especialmente a la salud del
alma y recorría una estampa lúgubre, en donde el
ángel de una amenaza profética domina la soledad de los
mundos abolidos.
Un recuerdo interrumpía y malograba la
meditación desabrida. Nos habíamos salvado osadamente de
la calamidad sobrevenida en una fiesta de carnaval. Yo tomé en
brazos a la mujer alucinante y la saqué de la ribera del
río viejo, lleno de limo, en donde ardía la nave del
bullicio.
Me advertía ahora, por medio de una
confidente, su proyecto de visitarme. Yo me disponía a
recibirla, en el secreto de la noche, vistiéndome conforme al
fausto del siglo. Había retirado del armario la espada, el
jubón azul y el birrete encarnado de pluma negra.
Yo la esperé sentado en el balcón y a
la intemperie, hasta el momento de rayar el día. El aire
húmedo y la oscuridad aumentaron mi desazón. Yo
distinguí el perfil de la mujer, desvanecido entre los cendales
del alba, sobre la raya del horizonte.
La confidente vino poco después a preguntarme
el derrotero y la suerte de su dueña. Yo no descubría la
manera de responderle y de calmar su impaciencia.
La vigilia infructuosa me había desalentado y
me volvió al arrepentimiento y al celo tiránico.
Deseché las ropas galanas y escogí el traje de luto y el
rosario para expiar la veleidad de la entrevista.
Una mirada involuntaria había despertado la
pasión. El afecto volvía de su letargo, a semejanza de un
ser fantástico, de vida perdurable y sujeta a un ritmo de
actividad y de inercia.
Mi casa se alzaba en el extremo de un vial
despojado. Yo vivía lejos de las diversiones, abismado en
pensamientos laboriosos. Atendía especialmente a la salud del
alma y recorría una estampa lúgubre, en donde el
ángel de una amenaza profética domina la soledad de los
mundos abolidos.
Un recuerdo interrumpía y malograba la
meditación desabrida. Nos habíamos salvado osadamente de
la calamidad sobrevenida en una fiesta de carnaval. Yo tomé en
brazos a la mujer alucinante y la saqué de la ribera del
río viejo, lleno de limo, en donde ardía la nave del
bullicio.
Me advertía ahora, por medio de una
confidente, su proyecto de visitarme. Yo me disponía a
recibirla, en el secreto de la noche, vistiéndome conforme al
fausto del siglo. Había retirado del armario la espada, el
jubón azul y el birrete encarnado de pluma negra.
Yo la esperé sentado en el balcón y a
la intemperie, hasta el momento de rayar el día. El aire
húmedo y la oscuridad aumentaron mi desazón. Yo
distinguí el perfil de la mujer, desvanecido entre los cendales
del alba, sobre la raya del horizonte.
La confidente vino poco después a preguntarme
el derrotero y la suerte de su dueña. Yo no descubría la
manera de responderle y de calmar su impaciencia.
La vigilia infructuosa me había desalentado y
me volvió al arrepentimiento y al celo tiránico.
Deseché las ropas galanas y escogí el traje de luto y el
rosario para expiar la veleidad de la entrevista.
480
José Antonio Ramos Sucre
El Páramo
EL PÁRAMO
Los huérfanos se han formado en las pradera
libres. Ejecutan solamente las veleidades de su albedrío.
Han descubierto los secretos de la medicina
rústica, mirando las costumbres de los animales. Discurren sobre
los ejemplares de la selva, desde el cedro hasta el hisopo, a semejanza
de Salomón, el monarca feliz. Un oso les ha cedido su caverna,
usando la condescendencia de un abuelo. Un pájaro estridente les
enseña el pronóstico de la lluvia.
Cantan en el retiro de la noche y el sapo verdinegro
danza en dos pies delante de una luna mortal.
Disipan las visiones de la sombra y del miedo
agitando en el aire un ramo de verbena céltica.
Se abstienen de encender lumbre en los días
sujetos a una constelación inicua. Una figura sangrienta,
vestida con la sotana de los supliciados, divide las fauces de la
tierra y se declara su progenitor.
Los huérfanos la ahuyentan
dirigiéndole motes indignos, reservados para el topo y
demás criaturas de vivienda sórdida.
Los huérfanos se han formado en las pradera
libres. Ejecutan solamente las veleidades de su albedrío.
Han descubierto los secretos de la medicina
rústica, mirando las costumbres de los animales. Discurren sobre
los ejemplares de la selva, desde el cedro hasta el hisopo, a semejanza
de Salomón, el monarca feliz. Un oso les ha cedido su caverna,
usando la condescendencia de un abuelo. Un pájaro estridente les
enseña el pronóstico de la lluvia.
Cantan en el retiro de la noche y el sapo verdinegro
danza en dos pies delante de una luna mortal.
Disipan las visiones de la sombra y del miedo
agitando en el aire un ramo de verbena céltica.
Se abstienen de encender lumbre en los días
sujetos a una constelación inicua. Una figura sangrienta,
vestida con la sotana de los supliciados, divide las fauces de la
tierra y se declara su progenitor.
Los huérfanos la ahuyentan
dirigiéndole motes indignos, reservados para el topo y
demás criaturas de vivienda sórdida.
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