Poemas en este tema
Vida y Existencia
José Antonio Ramos Sucre
Isabel
ISABEL
Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.
Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.
Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.
Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.
Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.
Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.
Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.
Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.
Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.
Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.
498
José Antonio Ramos Sucre
Isabel
ISABEL
Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.
Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.
Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.
Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.
Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.
Había recibido del cielo el presente de una
belleza infausta. Sus ojos benignos se abrieron, llenos de espanto, a
la maravilla del mundo y una estrella de lumbre matinal, embeleso de
los arcángeles aguerridos, se extinguió a esa misma hora
en el infinito. Yo velaba al margen de su cuna y concebía
pensamientos felices para allanarle el porvenir.
Yo la admití y la guardé en mis brazos
con el fin de salvar su infancia de los ejemplos de la tierra y
dirigí desde entonces su voz ferviente a cantar la agonía
del vía crucis y la resistencia de los mártires.
Yo me retiraba sobre el vértice de una colina
a vigilar y defender su esparcimiento en un valle recóndito. El
lirio galano de la parábola alternaba con el rosal nacido y
florecido en una misma noche sobre la tumba de Isolda.
Yo la seguí a una entrevista en la hora del
alba, cerca de un río transparente. Se enajenaba al fijarse en
el discurso de un anciano, doctor o caballero en el reino celeste, y se
perdía en la admiración del signo de la cruz, pintado
súbitamente en el aire. El himno de unas vírgenes la
invitaba con instancia desde un bajel rutilante.
Dijo mi nombre entre loores y promesas antes de
transfigurarse y perderse en el espacio y consiguió de tal modo
incorporarme del suelo, en donde me había derribado el
sentimiento de su ausencia.
498
José Antonio Ramos Sucre
Edad De Plata
EDAD DE PLATA
Yo vivía retirado en el campo desde el
fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al
trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la
resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los
síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez.
Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un
sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne
enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto
a su mundo salvaje.
Había dejado de visitar la ciudad vecina en
donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y
me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.
Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos
en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un
duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la
mañana de sus bodas.
Yo asistí a las exequias y dibujé el
movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd
incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología,
escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar
al Destino.
Yo vivía retirado en el campo desde el
fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al
trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la
resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los
síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez.
Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un
sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne
enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto
a su mundo salvaje.
Había dejado de visitar la ciudad vecina en
donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y
me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.
Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos
en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un
duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la
mañana de sus bodas.
Yo asistí a las exequias y dibujé el
movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd
incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología,
escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar
al Destino.
512
José Antonio Ramos Sucre
Azucena
AZUCENA
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
El solitario divierte la mirada por el cielo en una
tregua de su desesperanza. Agradece los efluvios de un planeta
inspirándose en unas líneas de la Divina Comedia.
Reconoce, desde la azotea, los presagios de una mañana
lánguida.
El miedo ha derruido la grandeza y trabado las
puertas y ventanas de su vivienda lúcida. Un jinete de
máscara inmóvil retorna fielmente de un viaje irreal, en
medio de la oscuridad, sobre un caballo de mole espesa, y descansa en
un vergel inviolable, asiento del hastío. Las flores, de un azul
siniestro y semejantes a los flabelos de una liturgia remota, ofuscan
el aire, infiltran el delirio.
El solitario oye la fábrica de su
ataúd en un secreto de la tierra, dominio del mal. La muerte
asume el semblante de Beatriz en un sueño caótico de su
trovador.
Una doncella aparece entre las nubes tenues, armada
del venablo invicto, y cautiva la vista del solitario. Llega en el
nacimiento del día de las albricias, después del viernes
agónico, anunciada por un alce blanco, alumno de la primavera
celeste.
831
José Antonio Ramos Sucre
El Ciego Infalible
EL CIEGO INFALIBLE
El doncel indiferente pregona desde una balsa los
cereales de la campiña. Sortea la angostura y el vórtice
del río sedentario. Un sombrero de paja de arroz defiende su
persona lisa, escultural.
Un anciano de ojos vacíos ejecuta una
música desoladora en su caramillo de bambú. Vive de
limosna a la puerta de mi tienda de abalorios de laca y de porcelana.
Refiere alguna vez su cautiverio en el escondite de unos salteadores
encarnizados con su vista, recelosos de su práctica del terreno.
Ejercito el menester igual de comerciante en una
ciudad mustia. No alcanzo ningún esparcimiento sino la muerte de
un mendigo en la vía pública y la cremación de su
cadáver en medio de una algazara de pilletes o bien el suplicio
de un parricida estrujado y desarticulado sagazmente por el verdugo.
El doncel me debe su crianza. Yo lo salvé de
sucumbir en medio de unas ruinas, durante una guerra con los piratas de
Europa. Las armas del invasor devastaron el puente de mármol de
una metrópoli e imprimieron el tinte del carbón y del
hollín sobre las efigies de unos leones decorativos. Yo
descubrí al instante en una cesta de mimbre, abandonado de sus
servidores en un vergel de camelias y hortensias. El humo de la batalla
ofendía la glicina rozagante, de guirnalda aérea, de flor
azul.
El anciano de los ojos vacíos alienta mi
esperanza en los efectos del bien y me promete una gracia de la
fortuna. Ignora mi diligencia en defender a un niño privilegiado.
He seguido la conducta de un pescador en un episodio
honesto e imagino la visita de una princesa de semblante de marfil,
atribulada con el extravío de un hijo. Sus dones deben de
rescatarme de la penuria.
El doncel indiferente pregona desde una balsa los
cereales de la campiña. Sortea la angostura y el vórtice
del río sedentario. Un sombrero de paja de arroz defiende su
persona lisa, escultural.
Un anciano de ojos vacíos ejecuta una
música desoladora en su caramillo de bambú. Vive de
limosna a la puerta de mi tienda de abalorios de laca y de porcelana.
Refiere alguna vez su cautiverio en el escondite de unos salteadores
encarnizados con su vista, recelosos de su práctica del terreno.
Ejercito el menester igual de comerciante en una
ciudad mustia. No alcanzo ningún esparcimiento sino la muerte de
un mendigo en la vía pública y la cremación de su
cadáver en medio de una algazara de pilletes o bien el suplicio
de un parricida estrujado y desarticulado sagazmente por el verdugo.
El doncel me debe su crianza. Yo lo salvé de
sucumbir en medio de unas ruinas, durante una guerra con los piratas de
Europa. Las armas del invasor devastaron el puente de mármol de
una metrópoli e imprimieron el tinte del carbón y del
hollín sobre las efigies de unos leones decorativos. Yo
descubrí al instante en una cesta de mimbre, abandonado de sus
servidores en un vergel de camelias y hortensias. El humo de la batalla
ofendía la glicina rozagante, de guirnalda aérea, de flor
azul.
El anciano de los ojos vacíos alienta mi
esperanza en los efectos del bien y me promete una gracia de la
fortuna. Ignora mi diligencia en defender a un niño privilegiado.
He seguido la conducta de un pescador en un episodio
honesto e imagino la visita de una princesa de semblante de marfil,
atribulada con el extravío de un hijo. Sus dones deben de
rescatarme de la penuria.
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José Antonio Ramos Sucre
El Ciego Infalible
EL CIEGO INFALIBLE
El doncel indiferente pregona desde una balsa los
cereales de la campiña. Sortea la angostura y el vórtice
del río sedentario. Un sombrero de paja de arroz defiende su
persona lisa, escultural.
Un anciano de ojos vacíos ejecuta una
música desoladora en su caramillo de bambú. Vive de
limosna a la puerta de mi tienda de abalorios de laca y de porcelana.
Refiere alguna vez su cautiverio en el escondite de unos salteadores
encarnizados con su vista, recelosos de su práctica del terreno.
Ejercito el menester igual de comerciante en una
ciudad mustia. No alcanzo ningún esparcimiento sino la muerte de
un mendigo en la vía pública y la cremación de su
cadáver en medio de una algazara de pilletes o bien el suplicio
de un parricida estrujado y desarticulado sagazmente por el verdugo.
El doncel me debe su crianza. Yo lo salvé de
sucumbir en medio de unas ruinas, durante una guerra con los piratas de
Europa. Las armas del invasor devastaron el puente de mármol de
una metrópoli e imprimieron el tinte del carbón y del
hollín sobre las efigies de unos leones decorativos. Yo
descubrí al instante en una cesta de mimbre, abandonado de sus
servidores en un vergel de camelias y hortensias. El humo de la batalla
ofendía la glicina rozagante, de guirnalda aérea, de flor
azul.
El anciano de los ojos vacíos alienta mi
esperanza en los efectos del bien y me promete una gracia de la
fortuna. Ignora mi diligencia en defender a un niño privilegiado.
He seguido la conducta de un pescador en un episodio
honesto e imagino la visita de una princesa de semblante de marfil,
atribulada con el extravío de un hijo. Sus dones deben de
rescatarme de la penuria.
El doncel indiferente pregona desde una balsa los
cereales de la campiña. Sortea la angostura y el vórtice
del río sedentario. Un sombrero de paja de arroz defiende su
persona lisa, escultural.
Un anciano de ojos vacíos ejecuta una
música desoladora en su caramillo de bambú. Vive de
limosna a la puerta de mi tienda de abalorios de laca y de porcelana.
Refiere alguna vez su cautiverio en el escondite de unos salteadores
encarnizados con su vista, recelosos de su práctica del terreno.
Ejercito el menester igual de comerciante en una
ciudad mustia. No alcanzo ningún esparcimiento sino la muerte de
un mendigo en la vía pública y la cremación de su
cadáver en medio de una algazara de pilletes o bien el suplicio
de un parricida estrujado y desarticulado sagazmente por el verdugo.
El doncel me debe su crianza. Yo lo salvé de
sucumbir en medio de unas ruinas, durante una guerra con los piratas de
Europa. Las armas del invasor devastaron el puente de mármol de
una metrópoli e imprimieron el tinte del carbón y del
hollín sobre las efigies de unos leones decorativos. Yo
descubrí al instante en una cesta de mimbre, abandonado de sus
servidores en un vergel de camelias y hortensias. El humo de la batalla
ofendía la glicina rozagante, de guirnalda aérea, de flor
azul.
El anciano de los ojos vacíos alienta mi
esperanza en los efectos del bien y me promete una gracia de la
fortuna. Ignora mi diligencia en defender a un niño privilegiado.
He seguido la conducta de un pescador en un episodio
honesto e imagino la visita de una princesa de semblante de marfil,
atribulada con el extravío de un hijo. Sus dones deben de
rescatarme de la penuria.
479
José Antonio Ramos Sucre
La Cábala
LA CÁBALA
El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.
Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo
Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.
Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.
El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.
Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.
El caballero, de rostro famélico y de barba
salvaje, cruzaba el viejo puente suspendido por medio de cadenas.
Dejó caer un clavel, flor apasionada, en el
agua malsana del arroyo
Me sorprendí al verlo solo. Un jinete de
visera fiel le precedía antes, tremolando un jirón en el
vértice de su lanza.
Discutían a cada momento, sin embargo de la
amistad segura. El señor se había sumergido en la ciencia
de los rabinos desde su visita a la secular Toledo. Iluminaba su
aposento con el candelabro de los siete brazos, sustraído de la
sinagoga, y lo había recibido de su amante, una beldad
judía sentada sobre un tapiz de Esmirna.
El criado resuelve salvar al caballero de la
seducción permanente y lo persuade a recorrer un mar lejano, en
donde suenan los nombres de los almirantes de Italia y las
Cícladas, las islas refulgentes de Horacio, imitan el coro vocal
de las oceánidas.
Cervantes me refirió el suceso del caballero
devuelto a la salud. Se restableció al discernir en una
muchedumbre de paseantes la única doncella morena de Venecia.
469
José Antonio Ramos Sucre
El Peregrino De La Fe
EL PEREGRINO DE LA FE
Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.
Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.
Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.
El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.
Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.
Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.
Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.
Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.
Yo gustaba de perderme en la isla pobre, ajena del
camino usual. Descansaba en los cementerios inundados de flores
silvestres, en el ámbito de las iglesias de madera.
Mi pensamiento se desvanecía a la vista del
cielo de ámbar y una serranía azul.
Yo rompía al azar la flora voluble de los
prados. El iris mágico de una columna de agua aturdía la
serie de mis caballos imprudentes.
El sol fortuito invertía las horas de la
vigilia y del sueño, presidiendo el fausto de una latitud
excéntrica.
Los ríos verdes ocupaban un cauce de cenizas.
Merecían el privilegio de llevar al océano el
ataúd de una virgen desconsolada.
Yo recliné la cabeza en una piedra,
compadeciendo la frente proscrita de Jesús, y dormí en
una colina sobria, en donde crecía una maleza perfumada, cerca
del blando tapiz del mar.
Yo disfruté, en el curso de la noche
plácida, las visiones reservadas a Parsifal y recibí,
antes del alba, el mandamiento de alejarme del silencio.
Un prócer de la corte celeste, favorecido con
el semblante y la sabiduría de un San Jerónimo, me
esperaba a breve distancia en el barco del pasaje y lo dirigió
con la voz.
477
José Antonio Ramos Sucre
El Cirujano
EL CIRUJANO
Los valentones convinieron el duelo después
de provocarse mutuamente. El juglar, compañero del médico
de feria, motivó la alteración irritándolos con
sus agudezas.
Acudió la multitud encrespada del barrio de
la horca y las mujeres se dividieron en facciones, celebrando a voz en
grito el denuedo de cada rival.
La cáfila bulliciosa recibía
alegremente en su seno al verdugo y le dirigía apodos
familiares. Los maleantes vivían y sucumbían sin rencor.
Yo estudiaba la anatomía bajo la autoridad de
Vesalio y me encaminaba a aquel sitio a descolgar los cadáveres
mostrencos. El maestro insistía en las lecciones de la
experiencia y me alejaba de escribir disertaciones y argumentos en
latín.
Uno de los adversarios, de origen desconocido,
pereció en el duelo. El registro de ninguna parroquia daba
cuenta de su nacimiento ni de su nombre.
Fue depositado en una celda del osario y yo la
señalé para satisfacer más tarde mis
propósitos de estudioso. Nadie podía solicitar las
reliquias deplorables, con el fin de sepultarlas afectuosamente. Yo no
salgo de la perplejidad al recordar el hallazgo de dos esqueletos en
vez del cuerpo lacerado.
Los valentones convinieron el duelo después
de provocarse mutuamente. El juglar, compañero del médico
de feria, motivó la alteración irritándolos con
sus agudezas.
Acudió la multitud encrespada del barrio de
la horca y las mujeres se dividieron en facciones, celebrando a voz en
grito el denuedo de cada rival.
La cáfila bulliciosa recibía
alegremente en su seno al verdugo y le dirigía apodos
familiares. Los maleantes vivían y sucumbían sin rencor.
Yo estudiaba la anatomía bajo la autoridad de
Vesalio y me encaminaba a aquel sitio a descolgar los cadáveres
mostrencos. El maestro insistía en las lecciones de la
experiencia y me alejaba de escribir disertaciones y argumentos en
latín.
Uno de los adversarios, de origen desconocido,
pereció en el duelo. El registro de ninguna parroquia daba
cuenta de su nacimiento ni de su nombre.
Fue depositado en una celda del osario y yo la
señalé para satisfacer más tarde mis
propósitos de estudioso. Nadie podía solicitar las
reliquias deplorables, con el fin de sepultarlas afectuosamente. Yo no
salgo de la perplejidad al recordar el hallazgo de dos esqueletos en
vez del cuerpo lacerado.
505
José Antonio Ramos Sucre
Antífona
ANTÍFONA
Yo visitaba la selva acústica, asilo de la
inocencia, y me divertía con la vislumbre fugitiva, con el
desvarío de la luz.
Una doncella cándida, libre de los recuerdos
de una vida mustia, sujetaba a su albedrío los pájaros
turbulentos. El caracol servía de lazarillo al topo.
Yo frisaba apenas con la adolescencia y salía
a mi voluntad de los límites del mundo real. La doncella
clemente se presentó delante de mis pasos a referirme las
venturas de una vida señoril, los gracejos y desvíos de
las princesas en un reino ideal. Yo los he leído en un drama de
Shakespeare.
La memoria de mis errores en la selva diáfana
embelesó mi juventud ferviente. Larvas y quimeras de mi numen
triste, una ronda aérea seducía mis ojos bajo el cielo de
ámbar y una corona de espinas, la de Cordelia, mortificaba las
sienes de la doncella fiel.
Yo visitaba la selva acústica, asilo de la
inocencia, y me divertía con la vislumbre fugitiva, con el
desvarío de la luz.
Una doncella cándida, libre de los recuerdos
de una vida mustia, sujetaba a su albedrío los pájaros
turbulentos. El caracol servía de lazarillo al topo.
Yo frisaba apenas con la adolescencia y salía
a mi voluntad de los límites del mundo real. La doncella
clemente se presentó delante de mis pasos a referirme las
venturas de una vida señoril, los gracejos y desvíos de
las princesas en un reino ideal. Yo los he leído en un drama de
Shakespeare.
La memoria de mis errores en la selva diáfana
embelesó mi juventud ferviente. Larvas y quimeras de mi numen
triste, una ronda aérea seducía mis ojos bajo el cielo de
ámbar y una corona de espinas, la de Cordelia, mortificaba las
sienes de la doncella fiel.
441
José Antonio Ramos Sucre
Lucía
LUCÍA
Yo abría las ventanas de la cámara
desnuda y fiaba el nombre de la ausente a los errores de una
ráfaga insalubre. Mi voz combatía una lápida,
imitaba el asalto del ave del océano sobre el fanal.
Yo adivinaba los acentos claros del alba,
salía de mi retiro y pisaba con reverencia y temor la escalinata
roída por la intemperie. Yo divertía la pesadumbre con la
vista de un horizonte diáfano. El fresno y el pino menudeaban
lejos y a la ventura en el país de lagos y raudales.
Yo me censuraba fielmente. Quería atinar un
desliz de ineptitud o de apatía en el proceso de sus dolores
inhumanos y no recordaba sino mi actividad y mi presencia continua en
el aposento. Su muerte reprodujo el semblante de la agonía de
Jesús.
Las brumas lentas nacían, al empezar la
noche, de los pozos del agua pluvial, sosegaban los ruidos y se
perdían en la vivienda alucinada.
Los velos del agua palúdica facilitaron el
regreso de la virgen asidua. Se allanó a dejar en mis manos,
señal de reconocimiento, la presea de su candor. Me
devolvió la corona de su frente.
Yo abría las ventanas de la cámara
desnuda y fiaba el nombre de la ausente a los errores de una
ráfaga insalubre. Mi voz combatía una lápida,
imitaba el asalto del ave del océano sobre el fanal.
Yo adivinaba los acentos claros del alba,
salía de mi retiro y pisaba con reverencia y temor la escalinata
roída por la intemperie. Yo divertía la pesadumbre con la
vista de un horizonte diáfano. El fresno y el pino menudeaban
lejos y a la ventura en el país de lagos y raudales.
Yo me censuraba fielmente. Quería atinar un
desliz de ineptitud o de apatía en el proceso de sus dolores
inhumanos y no recordaba sino mi actividad y mi presencia continua en
el aposento. Su muerte reprodujo el semblante de la agonía de
Jesús.
Las brumas lentas nacían, al empezar la
noche, de los pozos del agua pluvial, sosegaban los ruidos y se
perdían en la vivienda alucinada.
Los velos del agua palúdica facilitaron el
regreso de la virgen asidua. Se allanó a dejar en mis manos,
señal de reconocimiento, la presea de su candor. Me
devolvió la corona de su frente.
480
José Antonio Ramos Sucre
El Valle Del Éxtasis
EL VALLE DEL ÉXTASIS
Yo vivía perplejo descubriendo las ideas y
los hábitos del mago furtivo. Yo establecía su parentesco
y semejanza son los músicos irlandeses, juntados en la corte por
una invitación honorable de Carlomagno. Uno de esos ministriles
había depositado entre las manos del emperador difunto, al
celebrarse la inhumación, un evangelio artístico.
El mago furtivo no cesaba de honrar la memoria de su
hija y sopesaba entre los dedos la corona de perlas de su frente. La
doncella había nacido con el privilegio de visitar el mundo en
una carrera alada. La muerte la cautivó en una red de aire,
artificio de cazar aves, armado en alto. Su progenitor la había
bautizado en el mar, siguiendo una regla cismática, y no
alcanzó su propósito de comunicarle la invulnerabilidad
de un paladín resplandeciente.
El mago preludiaba en su cornamusa, con el fin de
celebrar el nombre de su hija, una balada guerrera en el sosiego
nocturno y de esa misma suerte festejaba el arribo de la golondrina en
el aguaviento de marzo.
La voz de los sueños le inspiró el
capricho de embellecer los últimos días de su jornada
terrestre con la presencia de una joya fabulosa, a imitación de
los caballeros eucarísticos. Se despidió de mí
advirtiéndome su esperanza de recoger al pie de un árbol
invisible la copa de zafir de Teodolinda, una reina lombarda.
Yo vivía perplejo descubriendo las ideas y
los hábitos del mago furtivo. Yo establecía su parentesco
y semejanza son los músicos irlandeses, juntados en la corte por
una invitación honorable de Carlomagno. Uno de esos ministriles
había depositado entre las manos del emperador difunto, al
celebrarse la inhumación, un evangelio artístico.
El mago furtivo no cesaba de honrar la memoria de su
hija y sopesaba entre los dedos la corona de perlas de su frente. La
doncella había nacido con el privilegio de visitar el mundo en
una carrera alada. La muerte la cautivó en una red de aire,
artificio de cazar aves, armado en alto. Su progenitor la había
bautizado en el mar, siguiendo una regla cismática, y no
alcanzó su propósito de comunicarle la invulnerabilidad
de un paladín resplandeciente.
El mago preludiaba en su cornamusa, con el fin de
celebrar el nombre de su hija, una balada guerrera en el sosiego
nocturno y de esa misma suerte festejaba el arribo de la golondrina en
el aguaviento de marzo.
La voz de los sueños le inspiró el
capricho de embellecer los últimos días de su jornada
terrestre con la presencia de una joya fabulosa, a imitación de
los caballeros eucarísticos. Se despidió de mí
advirtiéndome su esperanza de recoger al pie de un árbol
invisible la copa de zafir de Teodolinda, una reina lombarda.
446
José Antonio Ramos Sucre
Penitencial
PENITENCIAL
El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.
El caballero de túnica de grana, la misma de
su efigie de mártir, aspira a divertirse del enfado jugando con
un guante.
Oye en secreto los llamamientos de una voluntad
omnímoda y presume el fin de su grandeza, el olvido en la cripta
desnuda, salvo el tapiz de una araña abismada en el
cómputo de la eternidad. Ha recibido una noche, de un monje
ciego, una corona risible de paja.
El caballero se encamina a verse con el prior de una
religión adusta y le propone la inquietud, el ansia del retiro.
Los adversarios se regocijan esparciendo rumores falaces y lo devuelven
a la polémica del mundo.
Las mujeres y los niños lamentan la muerte
del caballero inimitable en la mañana de un día previsto,
censuran el éxito de la cuadrilla pusilánime y besan la
tierra para desviar los furores de la venganza. El cielo negro,
mortificado, oprime la ciudad y desprende a veces una lluvia
cálida.
449
José Antonio Ramos Sucre
Victoria
VICTORIA
Su veste blanca y de galones de plata sugería
la estola de los ángeles y las galas primitivas del lirio. Una
corona simple, el ramo de un olivo milenario, ocultaba sus sienes. Los
ojos diáfanos de esmeralda comunicaban el privilegio de la
gracia.
Los rasgos sutiles del semblante convenían
con los de una forma tácita, adivinada por mí mismo en el
valle del asombro, a la luz de una luna pluvial. Uno y otro fantasma,
el de la veste blanca y el de la voz tímida, se parecían
en el abandono de la voluntad, en la calma devota.
Yo recataba mi niñez en un jardín
soñoliento, violetas de la iglesia, jazmines de la Alhambra. Yo
vivía rodeado de visiones y unas vírgenes serenas me
restablecían del estupor de un mal infinito.
Mi fantasía volaba en una lontananza de la
historia, arrestos del Cid y votos de San Bruno. Yo alcancé una
vista épica, en un día supremo, al declinar mi frente
sobre la tierra húmeda del rocío matinal, reguero de
lágrimas del purgatorio. Yo vi el mismo fantasma, el de la voz
tímida y el de la veste de azucena, armado de una cruz de
cristal. Su nombre secreto era aclamado por los arcángeles
infatigables, de atavío de púrpura.
Su veste blanca y de galones de plata sugería
la estola de los ángeles y las galas primitivas del lirio. Una
corona simple, el ramo de un olivo milenario, ocultaba sus sienes. Los
ojos diáfanos de esmeralda comunicaban el privilegio de la
gracia.
Los rasgos sutiles del semblante convenían
con los de una forma tácita, adivinada por mí mismo en el
valle del asombro, a la luz de una luna pluvial. Uno y otro fantasma,
el de la veste blanca y el de la voz tímida, se parecían
en el abandono de la voluntad, en la calma devota.
Yo recataba mi niñez en un jardín
soñoliento, violetas de la iglesia, jazmines de la Alhambra. Yo
vivía rodeado de visiones y unas vírgenes serenas me
restablecían del estupor de un mal infinito.
Mi fantasía volaba en una lontananza de la
historia, arrestos del Cid y votos de San Bruno. Yo alcancé una
vista épica, en un día supremo, al declinar mi frente
sobre la tierra húmeda del rocío matinal, reguero de
lágrimas del purgatorio. Yo vi el mismo fantasma, el de la voz
tímida y el de la veste de azucena, armado de una cruz de
cristal. Su nombre secreto era aclamado por los arcángeles
infatigables, de atavío de púrpura.
461
José Antonio Ramos Sucre
Victoria
VICTORIA
Su veste blanca y de galones de plata sugería
la estola de los ángeles y las galas primitivas del lirio. Una
corona simple, el ramo de un olivo milenario, ocultaba sus sienes. Los
ojos diáfanos de esmeralda comunicaban el privilegio de la
gracia.
Los rasgos sutiles del semblante convenían
con los de una forma tácita, adivinada por mí mismo en el
valle del asombro, a la luz de una luna pluvial. Uno y otro fantasma,
el de la veste blanca y el de la voz tímida, se parecían
en el abandono de la voluntad, en la calma devota.
Yo recataba mi niñez en un jardín
soñoliento, violetas de la iglesia, jazmines de la Alhambra. Yo
vivía rodeado de visiones y unas vírgenes serenas me
restablecían del estupor de un mal infinito.
Mi fantasía volaba en una lontananza de la
historia, arrestos del Cid y votos de San Bruno. Yo alcancé una
vista épica, en un día supremo, al declinar mi frente
sobre la tierra húmeda del rocío matinal, reguero de
lágrimas del purgatorio. Yo vi el mismo fantasma, el de la voz
tímida y el de la veste de azucena, armado de una cruz de
cristal. Su nombre secreto era aclamado por los arcángeles
infatigables, de atavío de púrpura.
Su veste blanca y de galones de plata sugería
la estola de los ángeles y las galas primitivas del lirio. Una
corona simple, el ramo de un olivo milenario, ocultaba sus sienes. Los
ojos diáfanos de esmeralda comunicaban el privilegio de la
gracia.
Los rasgos sutiles del semblante convenían
con los de una forma tácita, adivinada por mí mismo en el
valle del asombro, a la luz de una luna pluvial. Uno y otro fantasma,
el de la veste blanca y el de la voz tímida, se parecían
en el abandono de la voluntad, en la calma devota.
Yo recataba mi niñez en un jardín
soñoliento, violetas de la iglesia, jazmines de la Alhambra. Yo
vivía rodeado de visiones y unas vírgenes serenas me
restablecían del estupor de un mal infinito.
Mi fantasía volaba en una lontananza de la
historia, arrestos del Cid y votos de San Bruno. Yo alcancé una
vista épica, en un día supremo, al declinar mi frente
sobre la tierra húmeda del rocío matinal, reguero de
lágrimas del purgatorio. Yo vi el mismo fantasma, el de la voz
tímida y el de la veste de azucena, armado de una cruz de
cristal. Su nombre secreto era aclamado por los arcángeles
infatigables, de atavío de púrpura.
461
José Antonio Ramos Sucre
Tácita, La Musa Décima
TÁCITA, LA MUSA DÉCIMA
La hermosa hablaba de la incertidumbre de su
porvenir. Había llegado a la edad de marchitarse y sentía
la amenaza del tiempo y de la soledad. Los hombres no se habían
ocupado de sus méritos y temían su inteligencia alerta.
El discurso de la mujer hería y agotaba mi
sensibilidad. Su suerte me inspiraba ideas desesperadas acerca de la
vida. Aquel ser sufría de su misma perfección.
Yo la he separado cruelmente de mi presencia.
Podía interrumpir mi fuga clandestina, a través de la
orgía del mundo, hacia el abrazo letárgico de la muerte.
Yo divisaba una lontananza más sedante al imaginar la
adulación de mis reliquias en el seno del planeta cegado por la
nieve, desde el momento de extinguirse la energía milenaria del
sol, conforme el pronóstico de un vidente de la
astronomía.
Mis días desabridos anticipan el sueño
indiferente de la eternidad.
La autora de mi inquietud se acerca afectuosamente
al féretro en donde yazgo antes de morir. Su lámpara de
ónix, depositada en el suelo, arroja un suave resplandor y su
abnegación se pinta en el acto de sellar con el índice
los labios herméticos, para mandamiento del silencio.
La hermosa hablaba de la incertidumbre de su
porvenir. Había llegado a la edad de marchitarse y sentía
la amenaza del tiempo y de la soledad. Los hombres no se habían
ocupado de sus méritos y temían su inteligencia alerta.
El discurso de la mujer hería y agotaba mi
sensibilidad. Su suerte me inspiraba ideas desesperadas acerca de la
vida. Aquel ser sufría de su misma perfección.
Yo la he separado cruelmente de mi presencia.
Podía interrumpir mi fuga clandestina, a través de la
orgía del mundo, hacia el abrazo letárgico de la muerte.
Yo divisaba una lontananza más sedante al imaginar la
adulación de mis reliquias en el seno del planeta cegado por la
nieve, desde el momento de extinguirse la energía milenaria del
sol, conforme el pronóstico de un vidente de la
astronomía.
Mis días desabridos anticipan el sueño
indiferente de la eternidad.
La autora de mi inquietud se acerca afectuosamente
al féretro en donde yazgo antes de morir. Su lámpara de
ónix, depositada en el suelo, arroja un suave resplandor y su
abnegación se pinta en el acto de sellar con el índice
los labios herméticos, para mandamiento del silencio.
649
José Antonio Ramos Sucre
Tácita, La Musa Décima
TÁCITA, LA MUSA DÉCIMA
La hermosa hablaba de la incertidumbre de su
porvenir. Había llegado a la edad de marchitarse y sentía
la amenaza del tiempo y de la soledad. Los hombres no se habían
ocupado de sus méritos y temían su inteligencia alerta.
El discurso de la mujer hería y agotaba mi
sensibilidad. Su suerte me inspiraba ideas desesperadas acerca de la
vida. Aquel ser sufría de su misma perfección.
Yo la he separado cruelmente de mi presencia.
Podía interrumpir mi fuga clandestina, a través de la
orgía del mundo, hacia el abrazo letárgico de la muerte.
Yo divisaba una lontananza más sedante al imaginar la
adulación de mis reliquias en el seno del planeta cegado por la
nieve, desde el momento de extinguirse la energía milenaria del
sol, conforme el pronóstico de un vidente de la
astronomía.
Mis días desabridos anticipan el sueño
indiferente de la eternidad.
La autora de mi inquietud se acerca afectuosamente
al féretro en donde yazgo antes de morir. Su lámpara de
ónix, depositada en el suelo, arroja un suave resplandor y su
abnegación se pinta en el acto de sellar con el índice
los labios herméticos, para mandamiento del silencio.
La hermosa hablaba de la incertidumbre de su
porvenir. Había llegado a la edad de marchitarse y sentía
la amenaza del tiempo y de la soledad. Los hombres no se habían
ocupado de sus méritos y temían su inteligencia alerta.
El discurso de la mujer hería y agotaba mi
sensibilidad. Su suerte me inspiraba ideas desesperadas acerca de la
vida. Aquel ser sufría de su misma perfección.
Yo la he separado cruelmente de mi presencia.
Podía interrumpir mi fuga clandestina, a través de la
orgía del mundo, hacia el abrazo letárgico de la muerte.
Yo divisaba una lontananza más sedante al imaginar la
adulación de mis reliquias en el seno del planeta cegado por la
nieve, desde el momento de extinguirse la energía milenaria del
sol, conforme el pronóstico de un vidente de la
astronomía.
Mis días desabridos anticipan el sueño
indiferente de la eternidad.
La autora de mi inquietud se acerca afectuosamente
al féretro en donde yazgo antes de morir. Su lámpara de
ónix, depositada en el suelo, arroja un suave resplandor y su
abnegación se pinta en el acto de sellar con el índice
los labios herméticos, para mandamiento del silencio.
649
José Antonio Ramos Sucre
El Cristiano
EL CRISTIANO
Yo lo veía diariamente sentado a la puerta de
su choza y con la cabeza entre las manos, hundido en una
reflexión intensa. Se mostraba en aquella actitud cerca de la
noche, cuando el cielo igual de la región se alteraba
ligeramente con delgados celajes de ámbar y violeta.
Él había perdido los años
más fértiles de la vida en el sufrimiento del presidio,
por efecto de una acusación injusta. Su honestidad se
había conservado intacta y lo había redimido al principio
de la vejez. Los superiores le habían permitido edificar su
vivienda en un descampado. Él se había insinuado en la
amistad de sus compañeros y había suavizado la ley de su
destino, esclareciéndoles las promesas del Evangelio.
Yo lo visitaba con frecuencia y lo seguía en
sus peregrinaciones hasta la orilla del océano de las ballenas y
de los témpanos. Había sustituido con un nombre fingido
el verdadero y se justificaba alegando su humildad y el
propósito de semejarse a la ola fundida en el mar.
Él me enseñó la caridad con los
animales. Antes de su muerte, me encontró digno de proteger sus
dos amigos más probados. Yo trasladé para mi casa, sobre
mis hombros, al ajuar de la suya y eché por delante un zorro
azul del polo y una liebre sedosa.
Yo lo veía diariamente sentado a la puerta de
su choza y con la cabeza entre las manos, hundido en una
reflexión intensa. Se mostraba en aquella actitud cerca de la
noche, cuando el cielo igual de la región se alteraba
ligeramente con delgados celajes de ámbar y violeta.
Él había perdido los años
más fértiles de la vida en el sufrimiento del presidio,
por efecto de una acusación injusta. Su honestidad se
había conservado intacta y lo había redimido al principio
de la vejez. Los superiores le habían permitido edificar su
vivienda en un descampado. Él se había insinuado en la
amistad de sus compañeros y había suavizado la ley de su
destino, esclareciéndoles las promesas del Evangelio.
Yo lo visitaba con frecuencia y lo seguía en
sus peregrinaciones hasta la orilla del océano de las ballenas y
de los témpanos. Había sustituido con un nombre fingido
el verdadero y se justificaba alegando su humildad y el
propósito de semejarse a la ola fundida en el mar.
Él me enseñó la caridad con los
animales. Antes de su muerte, me encontró digno de proteger sus
dos amigos más probados. Yo trasladé para mi casa, sobre
mis hombros, al ajuar de la suya y eché por delante un zorro
azul del polo y una liebre sedosa.
461
José Antonio Ramos Sucre
Bajo El Velamen De Púrpura
BAJO EL VELAMEN DE PÚRPURA
Yo había pasado la mitad de la noche a la
vista de las frías constelaciones y vine a recogerme y a dormir
en una sopeña, a la manera de Orfeo.
Hallaba menos al joven compañero de mis
fatigas. Él era hijo de un rey precipitado de su trono y
había llegado hasta mí después de recorrer climas
distintos.
Me apareció en sueños y me
refirió su muerte a manos de unos cabreros insensibles. Su
cuerpo había sido abandonado en un desierto de piedras.
Allí reptaban pesadamente unos vestiglos nacidos del
océano.
Gimió inconsolable hasta el momento de
tenderle mi diestra, en seguridad de mi culto por su memoria. Él
temía especialmente a un sepulturero de la vecindad, encarnizado
en romper la cabeza de los difuntos. Se retiró en paz,
prometiéndome su inmediato retorno al originario torbellino del
sol.
Yo entregué al fuego su cadáver en la
mañana del día siguiente.
Guardo sus cenizas en una urna de ciprés
incorruptible, para sumarlas a las de mí mismo el día
supremo, y esa urna es el único tesoro ganado por mí en
este viaje involuntario.
Yo había pasado la mitad de la noche a la
vista de las frías constelaciones y vine a recogerme y a dormir
en una sopeña, a la manera de Orfeo.
Hallaba menos al joven compañero de mis
fatigas. Él era hijo de un rey precipitado de su trono y
había llegado hasta mí después de recorrer climas
distintos.
Me apareció en sueños y me
refirió su muerte a manos de unos cabreros insensibles. Su
cuerpo había sido abandonado en un desierto de piedras.
Allí reptaban pesadamente unos vestiglos nacidos del
océano.
Gimió inconsolable hasta el momento de
tenderle mi diestra, en seguridad de mi culto por su memoria. Él
temía especialmente a un sepulturero de la vecindad, encarnizado
en romper la cabeza de los difuntos. Se retiró en paz,
prometiéndome su inmediato retorno al originario torbellino del
sol.
Yo entregué al fuego su cadáver en la
mañana del día siguiente.
Guardo sus cenizas en una urna de ciprés
incorruptible, para sumarlas a las de mí mismo el día
supremo, y esa urna es el único tesoro ganado por mí en
este viaje involuntario.
465
José Antonio Ramos Sucre
El Malcasado
EL MALCASADO
Yo era el senescal de la reina del festín.
Habíamos constituido una sociedad jocunda y de breve existencia,
recordando los estatutos de la república jovial establecida en
el principio del Decamerón. Las cigarras fervientes molestaban,
a veces, desde los olivos.
Donceles o, mejor dicho, damiseles vanos amaestraban
en la danza los perros favoritos de las mujeres. Llorábamos de
risa al contemplar el gesto de una grulla de instintos imitativos.
Reproducíamos algunos momentos del genio extravagante de
Aristófanes.
Cuando volví del campo a la ciudad, redimido
de la petulancia faunesca, vinieron a mi encuentro los magnates de mi
trato y compañía, mercaderes habituados a la riqueza
hereditaria. Abandonaron un momento su actitud distinguida y el estrado
en donde pregonaban su dignidad y me enunciaron una misma frase
acompasada, en señal de condolencia. Mi noble señora
había salido de este siglo.
Una mano desconocida había depositado, antes
de mi deserción, una corona de flores lívidas en la mesa
de su oratorio. Esa corona, ceñida a la frente de la muerta,
bajó también al reino de las sombras. Encarecía el
rostro lánguido y lo asemejaba al de una santa en el arte
rutinario de un monje.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
Yo era el senescal de la reina del festín.
Habíamos constituido una sociedad jocunda y de breve existencia,
recordando los estatutos de la república jovial establecida en
el principio del Decamerón. Las cigarras fervientes molestaban,
a veces, desde los olivos.
Donceles o, mejor dicho, damiseles vanos amaestraban
en la danza los perros favoritos de las mujeres. Llorábamos de
risa al contemplar el gesto de una grulla de instintos imitativos.
Reproducíamos algunos momentos del genio extravagante de
Aristófanes.
Cuando volví del campo a la ciudad, redimido
de la petulancia faunesca, vinieron a mi encuentro los magnates de mi
trato y compañía, mercaderes habituados a la riqueza
hereditaria. Abandonaron un momento su actitud distinguida y el estrado
en donde pregonaban su dignidad y me enunciaron una misma frase
acompasada, en señal de condolencia. Mi noble señora
había salido de este siglo.
Una mano desconocida había depositado, antes
de mi deserción, una corona de flores lívidas en la mesa
de su oratorio. Esa corona, ceñida a la frente de la muerta,
bajó también al reino de las sombras. Encarecía el
rostro lánguido y lo asemejaba al de una santa en el arte
rutinario de un monje.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
457
José Antonio Ramos Sucre
El Malcasado
EL MALCASADO
Yo era el senescal de la reina del festín.
Habíamos constituido una sociedad jocunda y de breve existencia,
recordando los estatutos de la república jovial establecida en
el principio del Decamerón. Las cigarras fervientes molestaban,
a veces, desde los olivos.
Donceles o, mejor dicho, damiseles vanos amaestraban
en la danza los perros favoritos de las mujeres. Llorábamos de
risa al contemplar el gesto de una grulla de instintos imitativos.
Reproducíamos algunos momentos del genio extravagante de
Aristófanes.
Cuando volví del campo a la ciudad, redimido
de la petulancia faunesca, vinieron a mi encuentro los magnates de mi
trato y compañía, mercaderes habituados a la riqueza
hereditaria. Abandonaron un momento su actitud distinguida y el estrado
en donde pregonaban su dignidad y me enunciaron una misma frase
acompasada, en señal de condolencia. Mi noble señora
había salido de este siglo.
Una mano desconocida había depositado, antes
de mi deserción, una corona de flores lívidas en la mesa
de su oratorio. Esa corona, ceñida a la frente de la muerta,
bajó también al reino de las sombras. Encarecía el
rostro lánguido y lo asemejaba al de una santa en el arte
rutinario de un monje.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
Yo era el senescal de la reina del festín.
Habíamos constituido una sociedad jocunda y de breve existencia,
recordando los estatutos de la república jovial establecida en
el principio del Decamerón. Las cigarras fervientes molestaban,
a veces, desde los olivos.
Donceles o, mejor dicho, damiseles vanos amaestraban
en la danza los perros favoritos de las mujeres. Llorábamos de
risa al contemplar el gesto de una grulla de instintos imitativos.
Reproducíamos algunos momentos del genio extravagante de
Aristófanes.
Cuando volví del campo a la ciudad, redimido
de la petulancia faunesca, vinieron a mi encuentro los magnates de mi
trato y compañía, mercaderes habituados a la riqueza
hereditaria. Abandonaron un momento su actitud distinguida y el estrado
en donde pregonaban su dignidad y me enunciaron una misma frase
acompasada, en señal de condolencia. Mi noble señora
había salido de este siglo.
Una mano desconocida había depositado, antes
de mi deserción, una corona de flores lívidas en la mesa
de su oratorio. Esa corona, ceñida a la frente de la muerta,
bajó también al reino de las sombras. Encarecía el
rostro lánguido y lo asemejaba al de una santa en el arte
rutinario de un monje.
Yo descubrí el nombre del sitio recordando
una lamentación de Orestes.
457
José Antonio Ramos Sucre
Rúnica
RÚNICA
El rey inmoderado nació de los amores de su
madre con un monstruo del mar. Su voz detiene, cerca de la playa, una
orca alimentada del tributo de cien doncellas.
Se abandona, durante la noche, al frenesí de
la embriaguez y sus leales juegan a herirse con los aceros afilados,
con el dardo de cazar jabalíes, pendiente del cinto de las
estatuas épicas.
El rey incontinente se apasiona de una joven
acostumbrada a la severidad de la pobreza y escondida en su
cabaña de piedras. Se embellecía con las flores del
matorral de áspera crin.
La joven es asociada a la vida orgiástica. Un
cortesano dicaz añade una acusación a su gracejo
habitual. El rey interrumpe el festín y la condena a morir bajo
el tumulto de unos caballos negros.
La víctima duerme bajo el húmedo musgo.
El rey inmoderado nació de los amores de su
madre con un monstruo del mar. Su voz detiene, cerca de la playa, una
orca alimentada del tributo de cien doncellas.
Se abandona, durante la noche, al frenesí de
la embriaguez y sus leales juegan a herirse con los aceros afilados,
con el dardo de cazar jabalíes, pendiente del cinto de las
estatuas épicas.
El rey incontinente se apasiona de una joven
acostumbrada a la severidad de la pobreza y escondida en su
cabaña de piedras. Se embellecía con las flores del
matorral de áspera crin.
La joven es asociada a la vida orgiástica. Un
cortesano dicaz añade una acusación a su gracejo
habitual. El rey interrumpe el festín y la condena a morir bajo
el tumulto de unos caballos negros.
La víctima duerme bajo el húmedo musgo.
493
José Antonio Ramos Sucre
El Rajá
EL RAJÁ
Yo me extravié, cuando era niño, en
las vueltas y revueltas de una selva.
Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del
elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de
ser estrangulado por una liana florecida.
Más de un árbol se parecía al
asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y
devorado por las hormigas.
Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su
pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de
mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse,
el maestro de los chinos.
Pretendió guardarme de la sugestión de
los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del
bosque.
El anciano había rescatado de la servidumbre
a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del
caballo de su señor.
El joven llego a ser mi compañero habitual.
Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las
memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado
cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me
volviese a su corte.
Mi desaparición abrevió los
días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme
su muerte y mi elevación al solio.
Olvidé fácilmente al amigo de antes,
secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y
declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.
Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo
entregaron al mordisco sangriento de sus perros.
Yo me extravié, cuando era niño, en
las vueltas y revueltas de una selva.
Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido del
elefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto de
ser estrangulado por una liana florecida.
Más de un árbol se parecía al
asceta insensible, cubierto de una vegetación parásita y
devorado por las hormigas.
Un viejo solitario vino en mi auxilio desde su
pagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos de
mansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse,
el maestro de los chinos.
Pretendió guardarme de la sugestión de
los sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas del
bosque.
El anciano había rescatado de la servidumbre
a un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola del
caballo de su señor.
El joven llego a ser mi compañero habitual.
Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con las
memorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi lado
cuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y me
volviese a su corte.
Mi desaparición abrevió los
días del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirme
su muerte y mi elevación al solio.
Olvidé fácilmente al amigo de antes,
secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza y
declararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.
Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y lo
entregaron al mordisco sangriento de sus perros.
597
José Antonio Ramos Sucre
El Ciego
EL CIEGO
El teólogo se había tornado macilento
y febril. Meditaba sin tregua una idea mortal y recorría, en
solicitud de alivio, los infolios cargados sobre los facistoles o
derramados sobre el pavimento.
Los autores de aquellos volúmenes
habían envejecido en el retiro escuchando los avisos de una
conciencia tímida. Salían de sus celdas para despertar,
con sus argumentos, el asombro de las universidades.
El teólogo demandaba el socorro de un
crucifijo sangriento, después de registrar con la mirada las
imágenes de unos diablos de tres cabezas y armados de tridentes,
en memoria y representación de los pecados capitales. Un
escultor de la edad media había usado tales figuras al componer
la filigrana de una abadía.
Yo me insinué en la amistad del penitente y
lo insté a confiarme la razón de su inquietud.
Pretendió retraerme de la pregunta usando alternativamente de
efugios y amenazas. Se paseaba en ese momento bajo el estímulo
de una alucinación apremiante.
Yo vine a quedar de rodillas al dirigirle el ruego
más apasionado.
Él impuso la mano sobre mi frente y
consintió en asociarme a su visión terrible
La vista de los suplicios infernales se fijó
profundamente en mis sentidos y me siguió de día y de
noche, hundiéndome en la desesperación.
Encontré mi salud cegando voluntariamente. He
abolido mis ojos y estoy libre y consolado.
El teólogo se había tornado macilento
y febril. Meditaba sin tregua una idea mortal y recorría, en
solicitud de alivio, los infolios cargados sobre los facistoles o
derramados sobre el pavimento.
Los autores de aquellos volúmenes
habían envejecido en el retiro escuchando los avisos de una
conciencia tímida. Salían de sus celdas para despertar,
con sus argumentos, el asombro de las universidades.
El teólogo demandaba el socorro de un
crucifijo sangriento, después de registrar con la mirada las
imágenes de unos diablos de tres cabezas y armados de tridentes,
en memoria y representación de los pecados capitales. Un
escultor de la edad media había usado tales figuras al componer
la filigrana de una abadía.
Yo me insinué en la amistad del penitente y
lo insté a confiarme la razón de su inquietud.
Pretendió retraerme de la pregunta usando alternativamente de
efugios y amenazas. Se paseaba en ese momento bajo el estímulo
de una alucinación apremiante.
Yo vine a quedar de rodillas al dirigirle el ruego
más apasionado.
Él impuso la mano sobre mi frente y
consintió en asociarme a su visión terrible
La vista de los suplicios infernales se fijó
profundamente en mis sentidos y me siguió de día y de
noche, hundiéndome en la desesperación.
Encontré mi salud cegando voluntariamente. He
abolido mis ojos y estoy libre y consolado.
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