Poemas en este tema
Vida y Existencia
José Antonio Ramos Sucre
La Espía
LA ESPÍA
El licenciado escribe una breve novela de
equivocaciones y de casos imprevistos, ocupando las demoras de una
corte en donde juzga, mal remunerado y holgazán.
El licenciado no pernocta en la ciudad, sino en su
contorno. Se retira a una casa de corredores largos y cámaras
solemnes, revestidas de cal, agazapada en una aldea anónima. Los
ingenuos lugareños reparan en la acedía de la faz.
El licenciado se repone del tedio inventando lances
y percances. Imagina las ansias y las querellas de los amantes y las
graba en letras indelebles. Reclina, de vez en cuando, la frente del
pergamino, llena de memorias, en la mano derecha. Prolonga la faena
hasta el asomo de la mañana, bajo la mortecina luz de cera.
El licenciado abandona la pluma cuando la aurora
muestra su cara de moza rubicunda.
Pasa al aderezo de su persona ante un espejo de
Lorena, de esplendor mustio, y cuando retira los cabellos grises,
observa la calavera astuta de la muerte.
El licenciado escribe una breve novela de
equivocaciones y de casos imprevistos, ocupando las demoras de una
corte en donde juzga, mal remunerado y holgazán.
El licenciado no pernocta en la ciudad, sino en su
contorno. Se retira a una casa de corredores largos y cámaras
solemnes, revestidas de cal, agazapada en una aldea anónima. Los
ingenuos lugareños reparan en la acedía de la faz.
El licenciado se repone del tedio inventando lances
y percances. Imagina las ansias y las querellas de los amantes y las
graba en letras indelebles. Reclina, de vez en cuando, la frente del
pergamino, llena de memorias, en la mano derecha. Prolonga la faena
hasta el asomo de la mañana, bajo la mortecina luz de cera.
El licenciado abandona la pluma cuando la aurora
muestra su cara de moza rubicunda.
Pasa al aderezo de su persona ante un espejo de
Lorena, de esplendor mustio, y cuando retira los cabellos grises,
observa la calavera astuta de la muerte.
507
José Antonio Ramos Sucre
La Verdad
LA VERDAD
La golondrina conoce el calendario, divide el
año por el consejo de una sabiduría innata. Puede
prescindir del aviso de la luna variable.
Según la ciencia natural, la belleza de la
golondrina es el ordenamiento de su organismo para el vuelo, una
proporción entre el medio y el fin, entre el método y el
resultado, una idea socrática.
La golondrina salva continentes en un día de
viaje y ha conocido desde antaño la medida del orbe terrestre,
anticipándose a los dragones infalibles del mito.
Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla
de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y
otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del
fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le
había inspirado el pensamiento de situar en el ruedo del sol el
destierro de las almas condenadas.
Recuperó el sentimiento humano de la realidad
en medio de una primavera tibia. Las golondrinas habituadas a rodear
los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme una
aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y
dijeron al oído del sabio la solución del enigma del
universo, el secreto de la esfinge impúdica.
La golondrina conoce el calendario, divide el
año por el consejo de una sabiduría innata. Puede
prescindir del aviso de la luna variable.
Según la ciencia natural, la belleza de la
golondrina es el ordenamiento de su organismo para el vuelo, una
proporción entre el medio y el fin, entre el método y el
resultado, una idea socrática.
La golondrina salva continentes en un día de
viaje y ha conocido desde antaño la medida del orbe terrestre,
anticipándose a los dragones infalibles del mito.
Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla
de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y
otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del
fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le
había inspirado el pensamiento de situar en el ruedo del sol el
destierro de las almas condenadas.
Recuperó el sentimiento humano de la realidad
en medio de una primavera tibia. Las golondrinas habituadas a rodear
los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme una
aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y
dijeron al oído del sabio la solución del enigma del
universo, el secreto de la esfinge impúdica.
463
José Antonio Ramos Sucre
El Presidiario
EL PRESIDIARIO
La aldea en donde pasé mi infancia no llegaba
a crecer y a convertirse en ciudad. Las casas de piedra
defendían difícilmente de la temperatura glacial.
Habían sido trabajadas conforme un solo modelo desusado.
Durante el breve estío dejaba a mi padre en
su retiro habitual y salía fuera de poblado a correr tras de
unos ánades holgados en la pradera. Yo esperaba alcanzarlos en
su fuga a ras del suelo. Mis vecinos indolentes no se ocupaban de
perseguirlos.
No podía intentar otro medio de cazar las
aves sino el de apresarlas con la mano. Yo carecía de arco y de
honda y las piedras no se daban en aquel distrito.
Mi padre vino a morir de una fiebre exigua y tenaz.
Se había visto en el caso de beber el agua de las
ciénagas. Su organismo se redujo a la voz cavernosa y a los ojos
brillantes. Proveyó hasta el último aliento a mi
invalidez de niño.
Habría perecido de inanición si no me
socorre un militar destinado a guarnecer un pueblo más ameno,
asentado en una rada espaciosa. Me tomó de la mano el día
del entierro y me llevó consigo. Los murmuradores me llamaban el
hijo del deportado.
Yo crecí a la sombra del militar caritativo.
Se violentaba al verme desidioso y pusilánime. Yo me
resistí a seguirlo cuando le retiraron el nombramiento y lo
pasaron a un puerto del Mar Negro. La pesadumbre le impedía
hablar cuando me abrazó por última vez.
Caí desde ese momento en la mendicidad. Los
consejos de un perdulario me alentaron al delito y me trajeron al
presidio. Dedico las horas usuales del día a trasportar unas
piedras graves de alzar hasta el hombro.
El consejero de mi infortunio me visita en el curso
de la noche inmóvil, cuando yazgo sobre el suelo de mi celda. Me
fascina de un modo perentorio con los sones de su flauta originada de
la tibia de un ahorcado.
La aldea en donde pasé mi infancia no llegaba
a crecer y a convertirse en ciudad. Las casas de piedra
defendían difícilmente de la temperatura glacial.
Habían sido trabajadas conforme un solo modelo desusado.
Durante el breve estío dejaba a mi padre en
su retiro habitual y salía fuera de poblado a correr tras de
unos ánades holgados en la pradera. Yo esperaba alcanzarlos en
su fuga a ras del suelo. Mis vecinos indolentes no se ocupaban de
perseguirlos.
No podía intentar otro medio de cazar las
aves sino el de apresarlas con la mano. Yo carecía de arco y de
honda y las piedras no se daban en aquel distrito.
Mi padre vino a morir de una fiebre exigua y tenaz.
Se había visto en el caso de beber el agua de las
ciénagas. Su organismo se redujo a la voz cavernosa y a los ojos
brillantes. Proveyó hasta el último aliento a mi
invalidez de niño.
Habría perecido de inanición si no me
socorre un militar destinado a guarnecer un pueblo más ameno,
asentado en una rada espaciosa. Me tomó de la mano el día
del entierro y me llevó consigo. Los murmuradores me llamaban el
hijo del deportado.
Yo crecí a la sombra del militar caritativo.
Se violentaba al verme desidioso y pusilánime. Yo me
resistí a seguirlo cuando le retiraron el nombramiento y lo
pasaron a un puerto del Mar Negro. La pesadumbre le impedía
hablar cuando me abrazó por última vez.
Caí desde ese momento en la mendicidad. Los
consejos de un perdulario me alentaron al delito y me trajeron al
presidio. Dedico las horas usuales del día a trasportar unas
piedras graves de alzar hasta el hombro.
El consejero de mi infortunio me visita en el curso
de la noche inmóvil, cuando yazgo sobre el suelo de mi celda. Me
fascina de un modo perentorio con los sones de su flauta originada de
la tibia de un ahorcado.
590
José Antonio Ramos Sucre
El Desesperado
EL DESESPERADO
Yo regaba de lágrimas la almohada en el
secreto de la noche. Distinguía los rumores perdidos en la
oscuridad firme.
Había caído, un mes antes, herido de
muerte en un lance comprometido.
La mujer idolatrada rehusaba aliviar, con su
presencia, los dolores inhumanos.
Decidí levantarme del lecho, para concluir de
una vez la vida intolerable y me dirigí a la ventana de recios
balaustres, alzada vertiginosamente sobre un terreno fragoso.
Esperaba mirar, en la crisis de la agonía, el
destello de la mañana sobre la cúspide serena del monte.
Provoqué el rompimiento de las suturas al
esforzar el paso vacilante y desfallecí cuando sobrevino el
súbito raudal de sangre.
Volví en mi acuerdo por el efecto de la
diligencia de los criados.
He sentido el estupor y la felicidad de la muerte.
Un aura deliciosa, viajera de otros mundos, solazaba mi frente e
invitaba al canto los cisnes del alba.
Yo regaba de lágrimas la almohada en el
secreto de la noche. Distinguía los rumores perdidos en la
oscuridad firme.
Había caído, un mes antes, herido de
muerte en un lance comprometido.
La mujer idolatrada rehusaba aliviar, con su
presencia, los dolores inhumanos.
Decidí levantarme del lecho, para concluir de
una vez la vida intolerable y me dirigí a la ventana de recios
balaustres, alzada vertiginosamente sobre un terreno fragoso.
Esperaba mirar, en la crisis de la agonía, el
destello de la mañana sobre la cúspide serena del monte.
Provoqué el rompimiento de las suturas al
esforzar el paso vacilante y desfallecí cuando sobrevino el
súbito raudal de sangre.
Volví en mi acuerdo por el efecto de la
diligencia de los criados.
He sentido el estupor y la felicidad de la muerte.
Un aura deliciosa, viajera de otros mundos, solazaba mi frente e
invitaba al canto los cisnes del alba.
463
José Antonio Ramos Sucre
La Amada
LA AMADA
La hermosa vela y defiende mi vida desde un templo
orbicular, rotonda de siete columnas.
Su voz imperiosa desciende, por mi causa, a las
modulaciones del canto.
Salí confortado de su presencia, llevando,
por su mandamiento, una rama de cedro.
Descendí por una vereda montuosa hasta la
orilla del mar, donde se balanzaba mi esquife.
El cántico seguía sonando, ascendente
y magnífico.
Paralizaba el curso de la naturaleza. Me
alentó a salvar la zona de la borrasca.
El sol permaneció, horas enteras, asomado
sobre la raya del horizonte.
La hermosa vela y defiende mi vida desde un templo
orbicular, rotonda de siete columnas.
Su voz imperiosa desciende, por mi causa, a las
modulaciones del canto.
Salí confortado de su presencia, llevando,
por su mandamiento, una rama de cedro.
Descendí por una vereda montuosa hasta la
orilla del mar, donde se balanzaba mi esquife.
El cántico seguía sonando, ascendente
y magnífico.
Paralizaba el curso de la naturaleza. Me
alentó a salvar la zona de la borrasca.
El sol permaneció, horas enteras, asomado
sobre la raya del horizonte.
424
José Antonio Ramos Sucre
El Castigo
EL CASTIGO
El visionario me enseñaba la
numeración valiéndose de un árbol de hojas
incalculables. Pasó a iniciarme en las figuras y
volúmenes señalándome el ejemplo del cristal y la
proporción guardada entre las piezas de una flor.
Descubría en el cuerpo más oscuro un átomo de la
luz insinuante.
El visionario desaparecía al caer la tarde en
un esquife de cabida superficial. Creaba la ilusión de zozobrar
en una lejanía ambigua, en medio de un tumulto de olas. Yo
miraba flotar las reliquias de su veste y de su corona de ciprés.
Volvía el día siguiente a escondidas
de mí, usando el mismo vestido solemne de un sacerdote hebreo,
conforme el ritual de Moisés.
Comentaba en ese momento el pasaje de un rollo de
pergamino, escrito sin vocales. La portada mostraba la imagen del
licaón, el lobo del África. Terminaba citando el nombre
de los profetas vengativos y soltaba a la faz de la mañana un
himno grandioso donde se agotaba el torrente de su voz.
Dejé de verlo cuando se puso al habla
temerariamente, a través del espacio libre, con un astro
magnético.
La rotonda, en donde se había acogido, vino
súbitamente al suelo, rodeada de llamas soberbias.
El visionario me enseñaba la
numeración valiéndose de un árbol de hojas
incalculables. Pasó a iniciarme en las figuras y
volúmenes señalándome el ejemplo del cristal y la
proporción guardada entre las piezas de una flor.
Descubría en el cuerpo más oscuro un átomo de la
luz insinuante.
El visionario desaparecía al caer la tarde en
un esquife de cabida superficial. Creaba la ilusión de zozobrar
en una lejanía ambigua, en medio de un tumulto de olas. Yo
miraba flotar las reliquias de su veste y de su corona de ciprés.
Volvía el día siguiente a escondidas
de mí, usando el mismo vestido solemne de un sacerdote hebreo,
conforme el ritual de Moisés.
Comentaba en ese momento el pasaje de un rollo de
pergamino, escrito sin vocales. La portada mostraba la imagen del
licaón, el lobo del África. Terminaba citando el nombre
de los profetas vengativos y soltaba a la faz de la mañana un
himno grandioso donde se agotaba el torrente de su voz.
Dejé de verlo cuando se puso al habla
temerariamente, a través del espacio libre, con un astro
magnético.
La rotonda, en donde se había acogido, vino
súbitamente al suelo, rodeada de llamas soberbias.
532
José Antonio Ramos Sucre
El Castigo
EL CASTIGO
El visionario me enseñaba la
numeración valiéndose de un árbol de hojas
incalculables. Pasó a iniciarme en las figuras y
volúmenes señalándome el ejemplo del cristal y la
proporción guardada entre las piezas de una flor.
Descubría en el cuerpo más oscuro un átomo de la
luz insinuante.
El visionario desaparecía al caer la tarde en
un esquife de cabida superficial. Creaba la ilusión de zozobrar
en una lejanía ambigua, en medio de un tumulto de olas. Yo
miraba flotar las reliquias de su veste y de su corona de ciprés.
Volvía el día siguiente a escondidas
de mí, usando el mismo vestido solemne de un sacerdote hebreo,
conforme el ritual de Moisés.
Comentaba en ese momento el pasaje de un rollo de
pergamino, escrito sin vocales. La portada mostraba la imagen del
licaón, el lobo del África. Terminaba citando el nombre
de los profetas vengativos y soltaba a la faz de la mañana un
himno grandioso donde se agotaba el torrente de su voz.
Dejé de verlo cuando se puso al habla
temerariamente, a través del espacio libre, con un astro
magnético.
La rotonda, en donde se había acogido, vino
súbitamente al suelo, rodeada de llamas soberbias.
El visionario me enseñaba la
numeración valiéndose de un árbol de hojas
incalculables. Pasó a iniciarme en las figuras y
volúmenes señalándome el ejemplo del cristal y la
proporción guardada entre las piezas de una flor.
Descubría en el cuerpo más oscuro un átomo de la
luz insinuante.
El visionario desaparecía al caer la tarde en
un esquife de cabida superficial. Creaba la ilusión de zozobrar
en una lejanía ambigua, en medio de un tumulto de olas. Yo
miraba flotar las reliquias de su veste y de su corona de ciprés.
Volvía el día siguiente a escondidas
de mí, usando el mismo vestido solemne de un sacerdote hebreo,
conforme el ritual de Moisés.
Comentaba en ese momento el pasaje de un rollo de
pergamino, escrito sin vocales. La portada mostraba la imagen del
licaón, el lobo del África. Terminaba citando el nombre
de los profetas vengativos y soltaba a la faz de la mañana un
himno grandioso donde se agotaba el torrente de su voz.
Dejé de verlo cuando se puso al habla
temerariamente, a través del espacio libre, con un astro
magnético.
La rotonda, en donde se había acogido, vino
súbitamente al suelo, rodeada de llamas soberbias.
532
José Antonio Ramos Sucre
El Rito
EL RITO
Me habían traído hasta allí con
los ojos vendados. Llamas sinuosas corrían sobre el piso del
santuario en ciertos momentos de la noche sepulcral, subían las
columnas y embellecían la flor exquisita del acanto.
Las cariátides de rostro sereno,
sostenían en la mano balanzas emblemáticas y
lámparas extintas.
Me propongo dedicar un recuerdo a mi
compañero de aquellos días de soledad. Era amable y
prudente y juntaba los dones más estimados de la naturaleza.
Aplazaba constantemente la respuesta de mis preguntas ansiosas. Yo le
llevaba unos años.
Él murió a manos de una turba
delirante, enemiga de su piedad. Me había dejado en la
ignorancia de su origen y de sus servicios.
Yo estuve cerca de abandonarme a la
desesperación. Recuperé el sosiego invocando su nombre,
durante una semana, a la orilla del mar y en presencia del sol
agónico.
Yo retenía un puñado de sus cenizas en
la mano izquierda y lo llamaba tres veces consecutivas.
Me habían traído hasta allí con
los ojos vendados. Llamas sinuosas corrían sobre el piso del
santuario en ciertos momentos de la noche sepulcral, subían las
columnas y embellecían la flor exquisita del acanto.
Las cariátides de rostro sereno,
sostenían en la mano balanzas emblemáticas y
lámparas extintas.
Me propongo dedicar un recuerdo a mi
compañero de aquellos días de soledad. Era amable y
prudente y juntaba los dones más estimados de la naturaleza.
Aplazaba constantemente la respuesta de mis preguntas ansiosas. Yo le
llevaba unos años.
Él murió a manos de una turba
delirante, enemiga de su piedad. Me había dejado en la
ignorancia de su origen y de sus servicios.
Yo estuve cerca de abandonarme a la
desesperación. Recuperé el sosiego invocando su nombre,
durante una semana, a la orilla del mar y en presencia del sol
agónico.
Yo retenía un puñado de sus cenizas en
la mano izquierda y lo llamaba tres veces consecutivas.
448
José Antonio Ramos Sucre
El Rito
EL RITO
Me habían traído hasta allí con
los ojos vendados. Llamas sinuosas corrían sobre el piso del
santuario en ciertos momentos de la noche sepulcral, subían las
columnas y embellecían la flor exquisita del acanto.
Las cariátides de rostro sereno,
sostenían en la mano balanzas emblemáticas y
lámparas extintas.
Me propongo dedicar un recuerdo a mi
compañero de aquellos días de soledad. Era amable y
prudente y juntaba los dones más estimados de la naturaleza.
Aplazaba constantemente la respuesta de mis preguntas ansiosas. Yo le
llevaba unos años.
Él murió a manos de una turba
delirante, enemiga de su piedad. Me había dejado en la
ignorancia de su origen y de sus servicios.
Yo estuve cerca de abandonarme a la
desesperación. Recuperé el sosiego invocando su nombre,
durante una semana, a la orilla del mar y en presencia del sol
agónico.
Yo retenía un puñado de sus cenizas en
la mano izquierda y lo llamaba tres veces consecutivas.
Me habían traído hasta allí con
los ojos vendados. Llamas sinuosas corrían sobre el piso del
santuario en ciertos momentos de la noche sepulcral, subían las
columnas y embellecían la flor exquisita del acanto.
Las cariátides de rostro sereno,
sostenían en la mano balanzas emblemáticas y
lámparas extintas.
Me propongo dedicar un recuerdo a mi
compañero de aquellos días de soledad. Era amable y
prudente y juntaba los dones más estimados de la naturaleza.
Aplazaba constantemente la respuesta de mis preguntas ansiosas. Yo le
llevaba unos años.
Él murió a manos de una turba
delirante, enemiga de su piedad. Me había dejado en la
ignorancia de su origen y de sus servicios.
Yo estuve cerca de abandonarme a la
desesperación. Recuperé el sosiego invocando su nombre,
durante una semana, a la orilla del mar y en presencia del sol
agónico.
Yo retenía un puñado de sus cenizas en
la mano izquierda y lo llamaba tres veces consecutivas.
448
José Antonio Ramos Sucre
Las Ruinas
LAS RUINAS
Sentía bajo mis pies la molicie del musgo de color de herrumbre,
aficionado a la humedad. Proliferaba sobre el tejado y en la rotura de
las paredes y de las ménsulas.
Sobre la maciza escalinata había corrido un
tropel de caballos alados y de zueco de hierro, a la voz de un
héroe imberbe, lisonjeado por la victoria. Hería con una
maza ligera y usual como un cetro, de cabeza redonda y armada de puntas
metálicas.
Yo visitaba, después de un decenio, el
palacio de techo hundido. La lluvia, descolgada perpetuamente a
raudales, había desnudado, de su delgado tapiz de tierra, la
roca de granito situada a los pies y delante del edificio. Su acceso
había llegado a ser una cuesta difícil.
Yo me incliné delante de la imagen de un
santo, aposentada en su vetusta hornacina, orlada de parietarias, y
bajé a perderme en una senda de robles. Desde sus ramas bajaban
hasta el suelo de arena los sarmientos péndulos de una flora
adventicia.
Yo seguí por ese camino, solo y sin deponer
la espada, y vine a sentarme, ansioso de meditar y de leer, en un poyo
de piedra, ceñido al pie de un árbol imprevisto.
Sus hojas amarillas y de un revés
grisáceo viraban al unísono del mar indolente y una de
ellas, volando al azar, rozó mi cabeza y vino a llenar de
fragancia las páginas de mi libro de Amadís.
Sentía bajo mis pies la molicie del musgo de color de herrumbre,
aficionado a la humedad. Proliferaba sobre el tejado y en la rotura de
las paredes y de las ménsulas.
Sobre la maciza escalinata había corrido un
tropel de caballos alados y de zueco de hierro, a la voz de un
héroe imberbe, lisonjeado por la victoria. Hería con una
maza ligera y usual como un cetro, de cabeza redonda y armada de puntas
metálicas.
Yo visitaba, después de un decenio, el
palacio de techo hundido. La lluvia, descolgada perpetuamente a
raudales, había desnudado, de su delgado tapiz de tierra, la
roca de granito situada a los pies y delante del edificio. Su acceso
había llegado a ser una cuesta difícil.
Yo me incliné delante de la imagen de un
santo, aposentada en su vetusta hornacina, orlada de parietarias, y
bajé a perderme en una senda de robles. Desde sus ramas bajaban
hasta el suelo de arena los sarmientos péndulos de una flora
adventicia.
Yo seguí por ese camino, solo y sin deponer
la espada, y vine a sentarme, ansioso de meditar y de leer, en un poyo
de piedra, ceñido al pie de un árbol imprevisto.
Sus hojas amarillas y de un revés
grisáceo viraban al unísono del mar indolente y una de
ellas, volando al azar, rozó mi cabeza y vino a llenar de
fragancia las páginas de mi libro de Amadís.
453
José Antonio Ramos Sucre
Vestigio
VESTIGIO
Tu suerte infundía el pesar de una
ilusión anulada, de una felicidad escapada y distante; tu
distinción exótica daba relieve a la desventura
interminable de una vida anómala. Yo escuchaba tus lamentaciones
de criatura débil, amenazada y fugitiva.
Vestías de azul y blanco, los colores de la
ola momentánea; y tus ojos, de mirada atónita y lejana,
compendiaban un nostalgioso panorama oceánico. Yo celebraba tu
belleza alba y taciturna de pájaro boreal.
Adornabas la tarde; y yo recuerdo que entonces
acrecentaba la melancolía del poniente e inundaba la ciudad
patricia una procelosa irrupción de nieblas, indómitas
mensajeras del mar.
La muerte benévola te llevó dormida a
su limbo oscuro y vano; pero tu imagen alada, vencedora del olvido,
humilla las malezas de mi jardín sellado con una sobrenatural
blancura de mármol.
Tu suerte infundía el pesar de una
ilusión anulada, de una felicidad escapada y distante; tu
distinción exótica daba relieve a la desventura
interminable de una vida anómala. Yo escuchaba tus lamentaciones
de criatura débil, amenazada y fugitiva.
Vestías de azul y blanco, los colores de la
ola momentánea; y tus ojos, de mirada atónita y lejana,
compendiaban un nostalgioso panorama oceánico. Yo celebraba tu
belleza alba y taciturna de pájaro boreal.
Adornabas la tarde; y yo recuerdo que entonces
acrecentaba la melancolía del poniente e inundaba la ciudad
patricia una procelosa irrupción de nieblas, indómitas
mensajeras del mar.
La muerte benévola te llevó dormida a
su limbo oscuro y vano; pero tu imagen alada, vencedora del olvido,
humilla las malezas de mi jardín sellado con una sobrenatural
blancura de mármol.
542
José Antonio Ramos Sucre
Santoral
SANTORAL
El monje vive en la caverna, originada de
pretéritos asaltos del mar. El agua vehemente consiguió
practicar un portillo en la roca.
La costa retorcida, alba de tantas olas, es la orla
del manto de la noche cerrada.
La aspiración de las criaturas al infinito se
torna angustiosa bajo el peso de la sombra. Adivinan y sienten el cerco
de un cautiverio.
Seres informes se deslizan por el aire fluido. Son
agentes del mal, anteriores al nacimiento de la tierra, más
poderosos en el cambio de estación.
El monje está rodeado por las tentaciones del
miedo. Acude al oficio de la media noche, aprendido de una hermandad
sigilosa.
El socorro del cielo fuga las potencias enemigas de
la luz. Se manifiesta en el trueno hondo y espacioso, en el
relámpago entrecortado.
La faz del monje conserva para siempre el estupor de la noche del
prodigio.
El monje vive en la caverna, originada de
pretéritos asaltos del mar. El agua vehemente consiguió
practicar un portillo en la roca.
La costa retorcida, alba de tantas olas, es la orla
del manto de la noche cerrada.
La aspiración de las criaturas al infinito se
torna angustiosa bajo el peso de la sombra. Adivinan y sienten el cerco
de un cautiverio.
Seres informes se deslizan por el aire fluido. Son
agentes del mal, anteriores al nacimiento de la tierra, más
poderosos en el cambio de estación.
El monje está rodeado por las tentaciones del
miedo. Acude al oficio de la media noche, aprendido de una hermandad
sigilosa.
El socorro del cielo fuga las potencias enemigas de
la luz. Se manifiesta en el trueno hondo y espacioso, en el
relámpago entrecortado.
La faz del monje conserva para siempre el estupor de la noche del
prodigio.
469
José Antonio Ramos Sucre
Geórgica
GEÓRGICA
Los dolientes, portando ramos de ciprés,
hollaban el camino de los sepulcros. Cantaban a una sola voz trenos
lentos, de ternura íntima, extinguidos en breve espacio.
Aquellos gemidos, propagados en la oquedad,
morían a la luz de un ocaso lívido. Todos vestían
de lienzo blanco en la procesión ocupada de contentar los manes.
Una mujer avanzaba en medio del concurso, juntado
para el aniversario de su hija, doncella muerta el pasado otoño;
y lo presidía con la dignidad de un sentimiento venerable. El
séquito constaba de paisanos, acudidos de los escondites de la
campiña, sensibles a la memoria de la virgen finada, y
dispuestos a sublimarla con los títulos de nueva deidad rural,
tutelar de sus faenas.
Siguieron hasta posar en un rellano, donde algunas
piedras, arrimadas a un árbol austero, defendían la fosa
y componían la mesa de un altar. Dejaron el canto por el
sacrificio de un animal negro, dedicado a los poderes tenebrosos,
conforme a un rito inmemorial; y dos mozos gentiles tributaron las
primicias de su numen, porfiando a sobresalir en las endechas.
Recordaron la hermosura de la joven, los prodigios
contemporáneos de su muerte y el acto de sepultarla bajo una
lluvia opaca. Todos callaron a la primera anunciación de la
luna, y de su esplendor escaso, dejaron encendida una antorcha
simbólica, y se dividieron y se alejaron consolados por la noche
apacible.
Los dolientes, portando ramos de ciprés,
hollaban el camino de los sepulcros. Cantaban a una sola voz trenos
lentos, de ternura íntima, extinguidos en breve espacio.
Aquellos gemidos, propagados en la oquedad,
morían a la luz de un ocaso lívido. Todos vestían
de lienzo blanco en la procesión ocupada de contentar los manes.
Una mujer avanzaba en medio del concurso, juntado
para el aniversario de su hija, doncella muerta el pasado otoño;
y lo presidía con la dignidad de un sentimiento venerable. El
séquito constaba de paisanos, acudidos de los escondites de la
campiña, sensibles a la memoria de la virgen finada, y
dispuestos a sublimarla con los títulos de nueva deidad rural,
tutelar de sus faenas.
Siguieron hasta posar en un rellano, donde algunas
piedras, arrimadas a un árbol austero, defendían la fosa
y componían la mesa de un altar. Dejaron el canto por el
sacrificio de un animal negro, dedicado a los poderes tenebrosos,
conforme a un rito inmemorial; y dos mozos gentiles tributaron las
primicias de su numen, porfiando a sobresalir en las endechas.
Recordaron la hermosura de la joven, los prodigios
contemporáneos de su muerte y el acto de sepultarla bajo una
lluvia opaca. Todos callaron a la primera anunciación de la
luna, y de su esplendor escaso, dejaron encendida una antorcha
simbólica, y se dividieron y se alejaron consolados por la noche
apacible.
462
José Antonio Ramos Sucre
Geórgica
GEÓRGICA
Los dolientes, portando ramos de ciprés,
hollaban el camino de los sepulcros. Cantaban a una sola voz trenos
lentos, de ternura íntima, extinguidos en breve espacio.
Aquellos gemidos, propagados en la oquedad,
morían a la luz de un ocaso lívido. Todos vestían
de lienzo blanco en la procesión ocupada de contentar los manes.
Una mujer avanzaba en medio del concurso, juntado
para el aniversario de su hija, doncella muerta el pasado otoño;
y lo presidía con la dignidad de un sentimiento venerable. El
séquito constaba de paisanos, acudidos de los escondites de la
campiña, sensibles a la memoria de la virgen finada, y
dispuestos a sublimarla con los títulos de nueva deidad rural,
tutelar de sus faenas.
Siguieron hasta posar en un rellano, donde algunas
piedras, arrimadas a un árbol austero, defendían la fosa
y componían la mesa de un altar. Dejaron el canto por el
sacrificio de un animal negro, dedicado a los poderes tenebrosos,
conforme a un rito inmemorial; y dos mozos gentiles tributaron las
primicias de su numen, porfiando a sobresalir en las endechas.
Recordaron la hermosura de la joven, los prodigios
contemporáneos de su muerte y el acto de sepultarla bajo una
lluvia opaca. Todos callaron a la primera anunciación de la
luna, y de su esplendor escaso, dejaron encendida una antorcha
simbólica, y se dividieron y se alejaron consolados por la noche
apacible.
Los dolientes, portando ramos de ciprés,
hollaban el camino de los sepulcros. Cantaban a una sola voz trenos
lentos, de ternura íntima, extinguidos en breve espacio.
Aquellos gemidos, propagados en la oquedad,
morían a la luz de un ocaso lívido. Todos vestían
de lienzo blanco en la procesión ocupada de contentar los manes.
Una mujer avanzaba en medio del concurso, juntado
para el aniversario de su hija, doncella muerta el pasado otoño;
y lo presidía con la dignidad de un sentimiento venerable. El
séquito constaba de paisanos, acudidos de los escondites de la
campiña, sensibles a la memoria de la virgen finada, y
dispuestos a sublimarla con los títulos de nueva deidad rural,
tutelar de sus faenas.
Siguieron hasta posar en un rellano, donde algunas
piedras, arrimadas a un árbol austero, defendían la fosa
y componían la mesa de un altar. Dejaron el canto por el
sacrificio de un animal negro, dedicado a los poderes tenebrosos,
conforme a un rito inmemorial; y dos mozos gentiles tributaron las
primicias de su numen, porfiando a sobresalir en las endechas.
Recordaron la hermosura de la joven, los prodigios
contemporáneos de su muerte y el acto de sepultarla bajo una
lluvia opaca. Todos callaron a la primera anunciación de la
luna, y de su esplendor escaso, dejaron encendida una antorcha
simbólica, y se dividieron y se alejaron consolados por la noche
apacible.
462
José Antonio Ramos Sucre
Entrevisión Del Peregrino
ENTREVISIÓN DEL PEREGRINO
El vendaval riguroso, nacido en el secreto de un
páramo, sacude los árboles encarados al crepúsculo
violáceo. Los sones del viento, flébiles y largos,
recorren la ciudad de las ruinas monumentales, donde el contado
transeúnte desaparece con pasos de muda sombra. El sol esclarece
las cúpulas de las mansiones de ecos profundos.
En los jardines impenetrables, murados de excelsas
paredes, que despiertan la emoción opresiva de un secuestro en
hundido calabozo, prosperan los árboles verdinegros y
piramidales, rezagos de una flora pretérita. A cada paso
algún recinto espacioso brinda su lóbrega soledad, bajo
la guardia de quimeras ornamentales, reliquias de un arte excepcional,
símbolos de una fe desertada.
La rotura de los monumentos revela profanaciones
sucesivas a fuerza de armas, obra de invasores arribados en tumultuosa
caballería, y la despoblación recuenta la visita de las
epidemias errabundas, criadas en lejanas riberas inundadas, en el seno
de los pantanos cálidos.
Aves engrifadas, de hábitos sanguinarios,
cortejo de ejércitos, celebran el estrago, y describen en la
atmósfera letal, antes de caer sobre la presa, vuelos
arremolinados en forma de embudo. Columbran, tangente al horizonte, la
última cinta de la luz execrada, y su conjunto movedizo, encima
de los pórticos maltratados, desordena la noche estancada.
El vendaval riguroso, nacido en el secreto de un
páramo, sacude los árboles encarados al crepúsculo
violáceo. Los sones del viento, flébiles y largos,
recorren la ciudad de las ruinas monumentales, donde el contado
transeúnte desaparece con pasos de muda sombra. El sol esclarece
las cúpulas de las mansiones de ecos profundos.
En los jardines impenetrables, murados de excelsas
paredes, que despiertan la emoción opresiva de un secuestro en
hundido calabozo, prosperan los árboles verdinegros y
piramidales, rezagos de una flora pretérita. A cada paso
algún recinto espacioso brinda su lóbrega soledad, bajo
la guardia de quimeras ornamentales, reliquias de un arte excepcional,
símbolos de una fe desertada.
La rotura de los monumentos revela profanaciones
sucesivas a fuerza de armas, obra de invasores arribados en tumultuosa
caballería, y la despoblación recuenta la visita de las
epidemias errabundas, criadas en lejanas riberas inundadas, en el seno
de los pantanos cálidos.
Aves engrifadas, de hábitos sanguinarios,
cortejo de ejércitos, celebran el estrago, y describen en la
atmósfera letal, antes de caer sobre la presa, vuelos
arremolinados en forma de embudo. Columbran, tangente al horizonte, la
última cinta de la luz execrada, y su conjunto movedizo, encima
de los pórticos maltratados, desordena la noche estancada.
456
José Antonio Ramos Sucre
Cuento Desvariado
CUENTO DESVARIADO
El infante de los reyes proscritos fue abandonado en
un esquife, después de vencidos en la contienda desesperada.
Bogaba en medio del cántico de las olas
salvajes, hacia la isla de los naufragios, visitada por las aves.
Aportó derechamente donde lo esperaba el adepto de una ciencia
aborrecida, árbitro de los elementos, adornado con una guirnalda
de roble. Había dejado su retiro, entre las ruinas de fortalezas
inmemoriales, al sospechar el arribo del predestinado.
Debía transmitirle las enseñanzas
fiadas a la memoria de una secta formal, temerosa de escribirlas.
El niño creció con sólo
respirar un aire vital. Mandaba sobre la milicia de las aves, celosas
de contentar su voluntad inocente y de contarles mensajes de un origen superior.
Su vida apacible conserva el dejo de un solo pesar,
desde la evasión inopinada del maestro. La isla alargaba en ese
momento de la tarde su sombra triangular sobre el mar violáceo.
La luna, anegada en la borrasca, inspira al
solitario la imagen de una mujer distante, de alma simpática.
La busca en un bajel insumergible, de estela argentina.
Ella vive, abrazada a una esperanza, en el aposento
más alto de una torre.
El proscrito descubre su única hermana en la mujer vigilante.
Conoce el principio de su separación y
recupera, por sus avisos y con los medios aprendidos en la isla
tormentosa, los bravos súbditos de sus progenitores.
El infante de los reyes proscritos fue abandonado en
un esquife, después de vencidos en la contienda desesperada.
Bogaba en medio del cántico de las olas
salvajes, hacia la isla de los naufragios, visitada por las aves.
Aportó derechamente donde lo esperaba el adepto de una ciencia
aborrecida, árbitro de los elementos, adornado con una guirnalda
de roble. Había dejado su retiro, entre las ruinas de fortalezas
inmemoriales, al sospechar el arribo del predestinado.
Debía transmitirle las enseñanzas
fiadas a la memoria de una secta formal, temerosa de escribirlas.
El niño creció con sólo
respirar un aire vital. Mandaba sobre la milicia de las aves, celosas
de contentar su voluntad inocente y de contarles mensajes de un origen superior.
Su vida apacible conserva el dejo de un solo pesar,
desde la evasión inopinada del maestro. La isla alargaba en ese
momento de la tarde su sombra triangular sobre el mar violáceo.
La luna, anegada en la borrasca, inspira al
solitario la imagen de una mujer distante, de alma simpática.
La busca en un bajel insumergible, de estela argentina.
Ella vive, abrazada a una esperanza, en el aposento
más alto de una torre.
El proscrito descubre su única hermana en la mujer vigilante.
Conoce el principio de su separación y
recupera, por sus avisos y con los medios aprendidos en la isla
tormentosa, los bravos súbditos de sus progenitores.
492
José Antonio Ramos Sucre
El Avenimiento De Sagitario
EL AVENIMIENTO DE SAGITARIO
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
Yo había escapado a la saña de mi
enemigos, retirándome dentro del país, al pie de las
montañas, de donde bajan, en son de guerra, las tribus
homicidas. Había dejado la ciudad nativa y su alegre ensenada al
arbitrio de una facción vehemente.
Me había seguido la cautiva meditabunda, a
quien rescaté de los piratas, seducido por su belleza grave.
Sólo se animaba al recordar el suelo de su nacimiento, donde las
selvas de ébano prosperan cerca del océano infecundo.
Mis huéspedes temían haber ofendido a
su dios aborigen, arquero vengativo. Lo creían deseoso de
continuar entre los hiperbóreos, moradores, en casas de madera,
de un clima propicio, donde una luz vaga reposa los sentidos.
Autoritarios sacerdotes, negados al regalo, buscaban
reconciliarlo por medio de una ceremonia decisiva. Me impusieron la
separación de mi compañera y el sacrificio de su vida.
Partió de mí con adiós
interminable, despertador de la compasión.
Un galope solitario y el aire trémulo de
saetas invisibles anunciaban, al mediar la noche, el retorno del numen.
452
José Antonio Ramos Sucre
El Cruzado
EL CRUZADO
Los árboles, de columna desnuda, esparcen
hacia arriba una armazón vigorosa, reparo de la frente del
castillo.
De los torreones cuelga una broza parásita,
de crines ralas. Alí suben aves corpulentas de irónico
rostro de gárgola.
Desde mi ventana remontada miro a mis pies la
ondulación de la floresta y, en un ángulo del horizonte,
la luz espasmódica del relámpago.
Huyeron lejos los días de andanza militar.
Defendí contra el musulmán apartados reinos zozobrantes.
Ejecutábamos y sufríamos una guerra de asechanza y campo
abierto, perpetua y sin merced. Una noche de consternación
dejé, entre aves de rapiña y acostado en un precipicio,
el cadáver de mi hermano de armas. La luna asomaba por una
brusca apertura del nublado.
Un consejo interior me restituyó a esta
vivienda, una vez convenida la paz. Derribé encinas y robles
para vedar, tras de mí, las sendas y carriles de la selva.
Escogí, por mi aposento, la sala de los trofeos de caza, donde
sobresale un espejo nebuloso.
El ocio y la monotonía recrecieron mi natural
amargura, aliviada pasajeramente por el intervalo de trajín
mundano.
Sentía un desmayo de la voluntad, un rapto
sobrenatural, efecto de presencia desconocida. Perdí la cuenta
del tiempo y de su paso.
Una vez quiso verme el más alegre de mis
camaradas, y lo consiguió adivinando las veredas y sorteando los
estorbos colocados de través.
La ambición desengañada lo
había reposado, confiriendo autoridad a su discurso.
Había penetrado los secretos de la sabiduría.
Me refirió las tradiciones de mi casa, los
atropellos de mis antepasados y su término aciago. Mi orfandad
temprana, mis hazañas de cruzado habían bastado a
rescatarme del sino. Debía poner fin a mi raza, pasando a mejor
vida sin descendientes.
Por su mandamiento me acerqué al espejo
nebuloso, momentáneamente esclarecido.
Y allí miré, asombrado, mi faz de
anciano.
Los árboles, de columna desnuda, esparcen
hacia arriba una armazón vigorosa, reparo de la frente del
castillo.
De los torreones cuelga una broza parásita,
de crines ralas. Alí suben aves corpulentas de irónico
rostro de gárgola.
Desde mi ventana remontada miro a mis pies la
ondulación de la floresta y, en un ángulo del horizonte,
la luz espasmódica del relámpago.
Huyeron lejos los días de andanza militar.
Defendí contra el musulmán apartados reinos zozobrantes.
Ejecutábamos y sufríamos una guerra de asechanza y campo
abierto, perpetua y sin merced. Una noche de consternación
dejé, entre aves de rapiña y acostado en un precipicio,
el cadáver de mi hermano de armas. La luna asomaba por una
brusca apertura del nublado.
Un consejo interior me restituyó a esta
vivienda, una vez convenida la paz. Derribé encinas y robles
para vedar, tras de mí, las sendas y carriles de la selva.
Escogí, por mi aposento, la sala de los trofeos de caza, donde
sobresale un espejo nebuloso.
El ocio y la monotonía recrecieron mi natural
amargura, aliviada pasajeramente por el intervalo de trajín
mundano.
Sentía un desmayo de la voluntad, un rapto
sobrenatural, efecto de presencia desconocida. Perdí la cuenta
del tiempo y de su paso.
Una vez quiso verme el más alegre de mis
camaradas, y lo consiguió adivinando las veredas y sorteando los
estorbos colocados de través.
La ambición desengañada lo
había reposado, confiriendo autoridad a su discurso.
Había penetrado los secretos de la sabiduría.
Me refirió las tradiciones de mi casa, los
atropellos de mis antepasados y su término aciago. Mi orfandad
temprana, mis hazañas de cruzado habían bastado a
rescatarme del sino. Debía poner fin a mi raza, pasando a mejor
vida sin descendientes.
Por su mandamiento me acerqué al espejo
nebuloso, momentáneamente esclarecido.
Y allí miré, asombrado, mi faz de
anciano.
514
José Antonio Ramos Sucre
El Cruzado
EL CRUZADO
Los árboles, de columna desnuda, esparcen
hacia arriba una armazón vigorosa, reparo de la frente del
castillo.
De los torreones cuelga una broza parásita,
de crines ralas. Alí suben aves corpulentas de irónico
rostro de gárgola.
Desde mi ventana remontada miro a mis pies la
ondulación de la floresta y, en un ángulo del horizonte,
la luz espasmódica del relámpago.
Huyeron lejos los días de andanza militar.
Defendí contra el musulmán apartados reinos zozobrantes.
Ejecutábamos y sufríamos una guerra de asechanza y campo
abierto, perpetua y sin merced. Una noche de consternación
dejé, entre aves de rapiña y acostado en un precipicio,
el cadáver de mi hermano de armas. La luna asomaba por una
brusca apertura del nublado.
Un consejo interior me restituyó a esta
vivienda, una vez convenida la paz. Derribé encinas y robles
para vedar, tras de mí, las sendas y carriles de la selva.
Escogí, por mi aposento, la sala de los trofeos de caza, donde
sobresale un espejo nebuloso.
El ocio y la monotonía recrecieron mi natural
amargura, aliviada pasajeramente por el intervalo de trajín
mundano.
Sentía un desmayo de la voluntad, un rapto
sobrenatural, efecto de presencia desconocida. Perdí la cuenta
del tiempo y de su paso.
Una vez quiso verme el más alegre de mis
camaradas, y lo consiguió adivinando las veredas y sorteando los
estorbos colocados de través.
La ambición desengañada lo
había reposado, confiriendo autoridad a su discurso.
Había penetrado los secretos de la sabiduría.
Me refirió las tradiciones de mi casa, los
atropellos de mis antepasados y su término aciago. Mi orfandad
temprana, mis hazañas de cruzado habían bastado a
rescatarme del sino. Debía poner fin a mi raza, pasando a mejor
vida sin descendientes.
Por su mandamiento me acerqué al espejo
nebuloso, momentáneamente esclarecido.
Y allí miré, asombrado, mi faz de
anciano.
Los árboles, de columna desnuda, esparcen
hacia arriba una armazón vigorosa, reparo de la frente del
castillo.
De los torreones cuelga una broza parásita,
de crines ralas. Alí suben aves corpulentas de irónico
rostro de gárgola.
Desde mi ventana remontada miro a mis pies la
ondulación de la floresta y, en un ángulo del horizonte,
la luz espasmódica del relámpago.
Huyeron lejos los días de andanza militar.
Defendí contra el musulmán apartados reinos zozobrantes.
Ejecutábamos y sufríamos una guerra de asechanza y campo
abierto, perpetua y sin merced. Una noche de consternación
dejé, entre aves de rapiña y acostado en un precipicio,
el cadáver de mi hermano de armas. La luna asomaba por una
brusca apertura del nublado.
Un consejo interior me restituyó a esta
vivienda, una vez convenida la paz. Derribé encinas y robles
para vedar, tras de mí, las sendas y carriles de la selva.
Escogí, por mi aposento, la sala de los trofeos de caza, donde
sobresale un espejo nebuloso.
El ocio y la monotonía recrecieron mi natural
amargura, aliviada pasajeramente por el intervalo de trajín
mundano.
Sentía un desmayo de la voluntad, un rapto
sobrenatural, efecto de presencia desconocida. Perdí la cuenta
del tiempo y de su paso.
Una vez quiso verme el más alegre de mis
camaradas, y lo consiguió adivinando las veredas y sorteando los
estorbos colocados de través.
La ambición desengañada lo
había reposado, confiriendo autoridad a su discurso.
Había penetrado los secretos de la sabiduría.
Me refirió las tradiciones de mi casa, los
atropellos de mis antepasados y su término aciago. Mi orfandad
temprana, mis hazañas de cruzado habían bastado a
rescatarme del sino. Debía poner fin a mi raza, pasando a mejor
vida sin descendientes.
Por su mandamiento me acerqué al espejo
nebuloso, momentáneamente esclarecido.
Y allí miré, asombrado, mi faz de
anciano.
514
José Antonio Ramos Sucre
La Penitencia Del Mago
LA PENITENCIA DEL MAGO
Recibí advertimientos numerosos de origen
celeste cuando empezaba a iniciarme en una ciencia irreverente. Me
disuadían de seguir la demanda de verdades superiores a la
fragilidad del hombre, y me amenazaban con la pérdida de la
felicidad el mismo día de tenerla a mi alcance y con la
prolongación expiatoria de mis días.
La meditación orgullosa había
desmedrado aceleradamente mi organismo, anticipando las señales
de la vejez.
Vi en la ruina de mi salud el último aviso de
una potestad indignada.
Volví en mis fuerzas retirándome a la
soledad de un predio, defendido por barrancos y hondones. De
allí salí más tarde, en busca de impresiones
nuevas, para un reino de tradiciones y de ruinas. Y, debajo de un
pórtico despedazado, encontré una mujer adolescente, de
ojos extasiados.
De tanto frecuentar su trato plácido,
sentí el contagio de su arrobamiento, y sané de la
zozobra anterior, disfrutando una promesa de bienestar.
Una tarde le referí los atentados de mi
pasada curiosidad soberbia.
Mis palabras alarmaron su imaginación;
ratificaron temores informes de peligros entrevistos o soñados
durante su niñez retraída. Aquel sobresalto
comenzó la abolición de su pensamiento y fue el
estímulo de una agonía larga.
Seguí adelante al comenzar el advenimiento de
las amenazas fatales. Buscaba un lugar apacible donde pagar el resto de
la sanción irrevocable y esperar el diferido término de
mis días.
Di con este país sumido en silencio nocturno.
Escogí para edificar mi retiro la sombra de esta selva, tapiz
desenvuelto al pie de los montes.
Sobre la selva y sin alcanzar la altura de los
montes, vuelan ocasionalmente algunas aves fatigadas.
Recibí advertimientos numerosos de origen
celeste cuando empezaba a iniciarme en una ciencia irreverente. Me
disuadían de seguir la demanda de verdades superiores a la
fragilidad del hombre, y me amenazaban con la pérdida de la
felicidad el mismo día de tenerla a mi alcance y con la
prolongación expiatoria de mis días.
La meditación orgullosa había
desmedrado aceleradamente mi organismo, anticipando las señales
de la vejez.
Vi en la ruina de mi salud el último aviso de
una potestad indignada.
Volví en mis fuerzas retirándome a la
soledad de un predio, defendido por barrancos y hondones. De
allí salí más tarde, en busca de impresiones
nuevas, para un reino de tradiciones y de ruinas. Y, debajo de un
pórtico despedazado, encontré una mujer adolescente, de
ojos extasiados.
De tanto frecuentar su trato plácido,
sentí el contagio de su arrobamiento, y sané de la
zozobra anterior, disfrutando una promesa de bienestar.
Una tarde le referí los atentados de mi
pasada curiosidad soberbia.
Mis palabras alarmaron su imaginación;
ratificaron temores informes de peligros entrevistos o soñados
durante su niñez retraída. Aquel sobresalto
comenzó la abolición de su pensamiento y fue el
estímulo de una agonía larga.
Seguí adelante al comenzar el advenimiento de
las amenazas fatales. Buscaba un lugar apacible donde pagar el resto de
la sanción irrevocable y esperar el diferido término de
mis días.
Di con este país sumido en silencio nocturno.
Escogí para edificar mi retiro la sombra de esta selva, tapiz
desenvuelto al pie de los montes.
Sobre la selva y sin alcanzar la altura de los
montes, vuelan ocasionalmente algunas aves fatigadas.
466
José Antonio Ramos Sucre
Sueño
SUEÑO
Mi vida había cesado en la morada sin luz, un
retiro desierto, al cabo de los suburbios. El esplendor débil,
polvoroso, de las estrellas, más subidas que antes, abocetaba
apenas el contorno de la ciudad, sumida en una sombra de tinte
horrendo. Yo había muerto al mediar la noche, en trance
repentino, a la hora misma designada en el presagio. Viajaba
después en dirección ineluctable, entre figuras tenues,
abandonado a las ondulaciones de un aire gozoso, indiferente a los
rumores lejanos de la tierra. Llegaba a una costa silenciosa,
bruscamente, sin darme cuenta del tiempo veloz. Posaba en el suelo de
arena blanca, marginado por montes empinados, de cimas perdidas en la
altura infinita. Delante de mí callaba eternamente un mar
inmóvil y cristalino. Una luz muerta, de aurora boreal, nacida
debajo del horizonte, iluminaba con intensidad fija el cielo sereno y
sin astros. Aquel paraje estaba fuera del universo y yo lo animaba con
mi voz desesperada de confinado.
Mi vida había cesado en la morada sin luz, un
retiro desierto, al cabo de los suburbios. El esplendor débil,
polvoroso, de las estrellas, más subidas que antes, abocetaba
apenas el contorno de la ciudad, sumida en una sombra de tinte
horrendo. Yo había muerto al mediar la noche, en trance
repentino, a la hora misma designada en el presagio. Viajaba
después en dirección ineluctable, entre figuras tenues,
abandonado a las ondulaciones de un aire gozoso, indiferente a los
rumores lejanos de la tierra. Llegaba a una costa silenciosa,
bruscamente, sin darme cuenta del tiempo veloz. Posaba en el suelo de
arena blanca, marginado por montes empinados, de cimas perdidas en la
altura infinita. Delante de mí callaba eternamente un mar
inmóvil y cristalino. Una luz muerta, de aurora boreal, nacida
debajo del horizonte, iluminaba con intensidad fija el cielo sereno y
sin astros. Aquel paraje estaba fuera del universo y yo lo animaba con
mi voz desesperada de confinado.
537
José Antonio Ramos Sucre
La Vida Del Maldito
LA VIDA DEL MALDITO
Yo adolezco de una generación ilustre; amo el
dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que
sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente
la sensación del padecimiento físico, de la lesión
orgánica.
Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia,
rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma
vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la
escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
Mi alma es desde entonces crítica y blasfema;
vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada
por la manía de la investigación; y esta curiosidad
infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida
atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a
mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y
confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi
índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua
en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas
de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión
y peligro.
No me seducen los placeres mundanos y volví
espontáneamente a la soledad, mucho antes del término del
mi juventud, retirándome a ésta, mi ciudad nativa, lejana
del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde
entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A
sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de
la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las
márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de
los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a
veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una
campiña etrusca.
La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y
casé improvisadamente con una joven caracterizada por los rasgos
de mi persona física, pero mejorados por una distinción
original. La trataba con un desdén superior, dedicándole
el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto
me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y
decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.
La conduje con cierto pretexto delante de una
excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo
portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la
oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la
fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí
de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su
ausencia.
La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada,
un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el
sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné
pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme,
contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la
ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de
la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado
para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos
dispersos y difusos, que no llegaban a voces. Viví así
innumerables días hasta que, después de una crisis
nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado
por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un
fiel servidor que defendió los días de mi infancia.
Paso el tiempo en una meditación inquieta,
cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa.
Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde
constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de
la casa.
En esta situación me visita,
increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima.
Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras mi
continuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré esta
mansión sino cuando sucumba por el encono del fantasma
inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después de
muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día
siguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de
un torbellino de llamas.
Yo adolezco de una generación ilustre; amo el
dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que
sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente
la sensación del padecimiento físico, de la lesión
orgánica.
Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia,
rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma
vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la
escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
Mi alma es desde entonces crítica y blasfema;
vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada
por la manía de la investigación; y esta curiosidad
infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida
atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a
mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y
confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi
índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua
en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas
de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión
y peligro.
No me seducen los placeres mundanos y volví
espontáneamente a la soledad, mucho antes del término del
mi juventud, retirándome a ésta, mi ciudad nativa, lejana
del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde
entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A
sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de
la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las
márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de
los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a
veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una
campiña etrusca.
La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y
casé improvisadamente con una joven caracterizada por los rasgos
de mi persona física, pero mejorados por una distinción
original. La trataba con un desdén superior, dedicándole
el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto
me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y
decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.
La conduje con cierto pretexto delante de una
excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo
portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la
oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la
fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí
de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su
ausencia.
La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada,
un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el
sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné
pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme,
contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la
ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de
la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado
para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos
dispersos y difusos, que no llegaban a voces. Viví así
innumerables días hasta que, después de una crisis
nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado
por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un
fiel servidor que defendió los días de mi infancia.
Paso el tiempo en una meditación inquieta,
cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa.
Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde
constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de
la casa.
En esta situación me visita,
increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima.
Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras mi
continuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré esta
mansión sino cuando sucumba por el encono del fantasma
inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después de
muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día
siguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de
un torbellino de llamas.
688
José Antonio Ramos Sucre
El Viaje De Himilcón
EL VIAJE DE HIMILCÓN
El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.
Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.
Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.
Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.
Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.
El almirante de la escuadra pisó el templo.
Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplir
los votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.
Portaba en la diestra el volumen donde había consignado los
portentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, a
quien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con una
reverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,
al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudad
marítima.
Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Los
marineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,
cabo del mundo.
Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno de
las aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielo
morboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.
Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, el
reino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron el
refugio del sol, labrador fatigado.
Unos bárbaros capturados en el continente,
prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de su
visita a un país cálido, más allá del
miraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,
criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulas
insidiosas el comienzo del retorno.
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José Antonio Ramos Sucre
El Aventurero
EL AVENTURERO
Estaba inerme por efecto de la porfía secular
con el burgués y el villano. Había perdido sucesivamente
mis privilegios.
Un afecto legítimo reposó los
días iniciales de mi juventud.
La doncella rústica, peregrina del mundo de
los sueños, portaba una hoz de plata en la ocasión de la
primera vista.
Enviudé en el curso de hostilidades activas.
La algazara de los rebeldes abrevió los últimos instantes
de mi compañera.
Pasaba las noches, solo y vestido de hierro, al pie
del lecho de su última dolencia. Amigos y criados me
habían abandonado en el peligro.
Escrutaba, asomado al ventanal, el cielo manchado de
luz tímida.
La muchedumbre se revolvía al pie de los
muros, apercibiendo armas y vociferando amenazas.
Aproveché la celebración de un
armisticio y escapé, en demanda de la fortuna, sobre un caballo
nervioso. Buscaba peligros más importantes.
Dormía con las riendas en la mano sobre el
suelo rudo. La noche letárgica borraba las siluetas.
Monté en una barcaza del comercio levantino y
hallé el ejército de los cristianos en donde corrieron,
bajo la sanción divina, los días primeros de la humanidad.
Los azores y los corceles habían muerto de
sed en los desiertos de arena. Los paladines jadeaban a pie o
cabalgaban el asno modesto y el buey palurdo.
Un intrigante, fugitivo de mazmorra bizantina, se
propuso desviarme de la hueste lacerada. Me insinuaba la conquista del
mando en reinos indefensos, al alcance de la mano, y me prometía
la cohorte desigual de sus adeptos.
Ejecuté el proyecto después del
escarmiento de los nuestros. Los infieles salieron por escuadras, de
los senos y de las cuevas de una serranía.
Fuimos acorralados y vencidos por la multitud de sus
jinetes. Usaban caballos habilitados para combatir simulando la fuga.
Sus armas, de un metal claro, encarnaban tenazmente.
Las mujeres, guardadas en el medio del campamento,
prefirieron la servidumbre al sacrificio. Vistieron galas y preseas
para aumentar su belleza a los ojos del vencedor.
Mi consejero quedó entre los muertos. Yo
salí a salvo, con el séquito de sus parciales, siguiendo
una despedazada vía romana.
Atravesé los escombros de una
civilización historiada por los gentiles.
Llegué donde me aclamaron pueblos
desconocidos, segregados.
He cimentado la fortuna de mi reino por medio de mi
casamiento con la sobrina de un príncipe armenio.
Estaba inerme por efecto de la porfía secular
con el burgués y el villano. Había perdido sucesivamente
mis privilegios.
Un afecto legítimo reposó los
días iniciales de mi juventud.
La doncella rústica, peregrina del mundo de
los sueños, portaba una hoz de plata en la ocasión de la
primera vista.
Enviudé en el curso de hostilidades activas.
La algazara de los rebeldes abrevió los últimos instantes
de mi compañera.
Pasaba las noches, solo y vestido de hierro, al pie
del lecho de su última dolencia. Amigos y criados me
habían abandonado en el peligro.
Escrutaba, asomado al ventanal, el cielo manchado de
luz tímida.
La muchedumbre se revolvía al pie de los
muros, apercibiendo armas y vociferando amenazas.
Aproveché la celebración de un
armisticio y escapé, en demanda de la fortuna, sobre un caballo
nervioso. Buscaba peligros más importantes.
Dormía con las riendas en la mano sobre el
suelo rudo. La noche letárgica borraba las siluetas.
Monté en una barcaza del comercio levantino y
hallé el ejército de los cristianos en donde corrieron,
bajo la sanción divina, los días primeros de la humanidad.
Los azores y los corceles habían muerto de
sed en los desiertos de arena. Los paladines jadeaban a pie o
cabalgaban el asno modesto y el buey palurdo.
Un intrigante, fugitivo de mazmorra bizantina, se
propuso desviarme de la hueste lacerada. Me insinuaba la conquista del
mando en reinos indefensos, al alcance de la mano, y me prometía
la cohorte desigual de sus adeptos.
Ejecuté el proyecto después del
escarmiento de los nuestros. Los infieles salieron por escuadras, de
los senos y de las cuevas de una serranía.
Fuimos acorralados y vencidos por la multitud de sus
jinetes. Usaban caballos habilitados para combatir simulando la fuga.
Sus armas, de un metal claro, encarnaban tenazmente.
Las mujeres, guardadas en el medio del campamento,
prefirieron la servidumbre al sacrificio. Vistieron galas y preseas
para aumentar su belleza a los ojos del vencedor.
Mi consejero quedó entre los muertos. Yo
salí a salvo, con el séquito de sus parciales, siguiendo
una despedazada vía romana.
Atravesé los escombros de una
civilización historiada por los gentiles.
Llegué donde me aclamaron pueblos
desconocidos, segregados.
He cimentado la fortuna de mi reino por medio de mi
casamiento con la sobrina de un príncipe armenio.
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