Poemas en este tema
Vida y Existencia
José Antonio Ramos Sucre
La Peregrina De La Selva Profética
LA PEREGRINA DE LA SELVA PROFÉTICA
La castellana recorre el bosque. Su canción
despierta la espesura. Los árboles vuelven del sopor de la noche
y de sus nieblas.
La voz lánguida declara afectos y memorias de
la ausencia. Mienta al único hermano, fascinado, al empezar la
juventud, por el ejemplo de recios adalides en reinos ultramarinos.
Partió sobre un caballo rápido, vencedor de los dragones,
y un águila seguía la carrera del héroe.
Algún viajero aporta con breve noticia,
recordada laboriosamente después de la zozobra de un mar
intransitable.
El héroe se ha perdido en medio de un
laberinto de montañas, donde se cruzan caminos indiferentes y
nace el manantial de un río sin nombre, alimentado por las
lluvias.
El bosque entero exhala voces compasivas, y un
álamo, el más bello de todos, plantado por el ausente, se
ha desplomado sobre la fuente cándida.
La castellana recorre el bosque. Su canción
despierta la espesura. Los árboles vuelven del sopor de la noche
y de sus nieblas.
La voz lánguida declara afectos y memorias de
la ausencia. Mienta al único hermano, fascinado, al empezar la
juventud, por el ejemplo de recios adalides en reinos ultramarinos.
Partió sobre un caballo rápido, vencedor de los dragones,
y un águila seguía la carrera del héroe.
Algún viajero aporta con breve noticia,
recordada laboriosamente después de la zozobra de un mar
intransitable.
El héroe se ha perdido en medio de un
laberinto de montañas, donde se cruzan caminos indiferentes y
nace el manantial de un río sin nombre, alimentado por las
lluvias.
El bosque entero exhala voces compasivas, y un
álamo, el más bello de todos, plantado por el ausente, se
ha desplomado sobre la fuente cándida.
497
José Antonio Ramos Sucre
El Rapto
EL RAPTO
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
El follaje exánime de un sauce roza, en la
isla de los huracanes, su lápida de mármol.
Yo la había sustraído de su patria, un
lugar desviado de las rutas marítimas. Los más
hábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir el
derrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.
Pero también deseaba sorprender a mis
compatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, de
cabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.
Enfermó de nostalgia a la semana de la
partida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de las
regiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaron
para sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Se
abstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su alma
sollozante en la inmensidad.
La compasión y el pesar desmadejaron mi
organismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicio
naval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un país
fabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo de
hierro y de carbón.
Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y de
la esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Al
descorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparición
del día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,
más temible cuando más ceremonioso, al padre de la
niña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.
486
José Antonio Ramos Sucre
El Hijo Del Anciano
EL HIJO DEL ANCIANO
Unas rayas de buril bastarían para el
trasunto del paisaje elemental.
Algún árbol enjuto, esqueleto de
palos, signo de blasón, vivía sobre el suelo calcinado.
Montes negros, de perfil translúcido,
encerraban el valle.
Mi casa desaparecía, al cabo de un día
incierto, en la inundación de la noche fluida.
Los ruidos subterráneos duraban hasta el
advenimiento del sol retardado. Fuerzas sobrehumanas removían la
piedra de los sepulcros.
Yo dividía la vida uniforme entre la lectura
de epopeyas y tragedias y los hábitos de una mocedad inquieta.
Concebí la imagen de una infanta, amenazada
por los silenciarios en el palacio del miedo. Yo sólo besaba de
rodillas la franja de su manto.
Salí una vez al pasatiempo de la caza en
día venerado, no obstante los avisos de mi progenitor. El
anciano de los dichos infalibles, aficionado a narrar, descansaba en
una silla majestuosa, de arte primitivo.
Una bocina invisible, perdida en la montaña,
extravió los perros de mi jauría.
Después de una jornada infructuosa,
penetré a descansar en la cámara de una vivienda
ilusoria. Las quimeras surgieron paulatinamente de las tinieblas de mi
sopor. Creía visitar el palacio del miedo, en donde la infanta
de mi pasión afrontaba, en un suplicio, el trance de la muerte.
Los ministros y los criados avisaban e imponían el secreto. Las
lámparas agotadas soltaban cabelleras de humo en la sala
encubertada de negro.
Desperté, cerca de la mañana, en medio
del campo.
Mi cabeza reposaba sobre una piedra. Tenía
los cabellos húmedos de rocío y, en el rostro, la luz de
una luna diluida.
Unas rayas de buril bastarían para el
trasunto del paisaje elemental.
Algún árbol enjuto, esqueleto de
palos, signo de blasón, vivía sobre el suelo calcinado.
Montes negros, de perfil translúcido,
encerraban el valle.
Mi casa desaparecía, al cabo de un día
incierto, en la inundación de la noche fluida.
Los ruidos subterráneos duraban hasta el
advenimiento del sol retardado. Fuerzas sobrehumanas removían la
piedra de los sepulcros.
Yo dividía la vida uniforme entre la lectura
de epopeyas y tragedias y los hábitos de una mocedad inquieta.
Concebí la imagen de una infanta, amenazada
por los silenciarios en el palacio del miedo. Yo sólo besaba de
rodillas la franja de su manto.
Salí una vez al pasatiempo de la caza en
día venerado, no obstante los avisos de mi progenitor. El
anciano de los dichos infalibles, aficionado a narrar, descansaba en
una silla majestuosa, de arte primitivo.
Una bocina invisible, perdida en la montaña,
extravió los perros de mi jauría.
Después de una jornada infructuosa,
penetré a descansar en la cámara de una vivienda
ilusoria. Las quimeras surgieron paulatinamente de las tinieblas de mi
sopor. Creía visitar el palacio del miedo, en donde la infanta
de mi pasión afrontaba, en un suplicio, el trance de la muerte.
Los ministros y los criados avisaban e imponían el secreto. Las
lámparas agotadas soltaban cabelleras de humo en la sala
encubertada de negro.
Desperté, cerca de la mañana, en medio
del campo.
Mi cabeza reposaba sobre una piedra. Tenía
los cabellos húmedos de rocío y, en el rostro, la luz de
una luna diluida.
459
José Antonio Ramos Sucre
El Hijo Del Anciano
EL HIJO DEL ANCIANO
Unas rayas de buril bastarían para el
trasunto del paisaje elemental.
Algún árbol enjuto, esqueleto de
palos, signo de blasón, vivía sobre el suelo calcinado.
Montes negros, de perfil translúcido,
encerraban el valle.
Mi casa desaparecía, al cabo de un día
incierto, en la inundación de la noche fluida.
Los ruidos subterráneos duraban hasta el
advenimiento del sol retardado. Fuerzas sobrehumanas removían la
piedra de los sepulcros.
Yo dividía la vida uniforme entre la lectura
de epopeyas y tragedias y los hábitos de una mocedad inquieta.
Concebí la imagen de una infanta, amenazada
por los silenciarios en el palacio del miedo. Yo sólo besaba de
rodillas la franja de su manto.
Salí una vez al pasatiempo de la caza en
día venerado, no obstante los avisos de mi progenitor. El
anciano de los dichos infalibles, aficionado a narrar, descansaba en
una silla majestuosa, de arte primitivo.
Una bocina invisible, perdida en la montaña,
extravió los perros de mi jauría.
Después de una jornada infructuosa,
penetré a descansar en la cámara de una vivienda
ilusoria. Las quimeras surgieron paulatinamente de las tinieblas de mi
sopor. Creía visitar el palacio del miedo, en donde la infanta
de mi pasión afrontaba, en un suplicio, el trance de la muerte.
Los ministros y los criados avisaban e imponían el secreto. Las
lámparas agotadas soltaban cabelleras de humo en la sala
encubertada de negro.
Desperté, cerca de la mañana, en medio
del campo.
Mi cabeza reposaba sobre una piedra. Tenía
los cabellos húmedos de rocío y, en el rostro, la luz de
una luna diluida.
Unas rayas de buril bastarían para el
trasunto del paisaje elemental.
Algún árbol enjuto, esqueleto de
palos, signo de blasón, vivía sobre el suelo calcinado.
Montes negros, de perfil translúcido,
encerraban el valle.
Mi casa desaparecía, al cabo de un día
incierto, en la inundación de la noche fluida.
Los ruidos subterráneos duraban hasta el
advenimiento del sol retardado. Fuerzas sobrehumanas removían la
piedra de los sepulcros.
Yo dividía la vida uniforme entre la lectura
de epopeyas y tragedias y los hábitos de una mocedad inquieta.
Concebí la imagen de una infanta, amenazada
por los silenciarios en el palacio del miedo. Yo sólo besaba de
rodillas la franja de su manto.
Salí una vez al pasatiempo de la caza en
día venerado, no obstante los avisos de mi progenitor. El
anciano de los dichos infalibles, aficionado a narrar, descansaba en
una silla majestuosa, de arte primitivo.
Una bocina invisible, perdida en la montaña,
extravió los perros de mi jauría.
Después de una jornada infructuosa,
penetré a descansar en la cámara de una vivienda
ilusoria. Las quimeras surgieron paulatinamente de las tinieblas de mi
sopor. Creía visitar el palacio del miedo, en donde la infanta
de mi pasión afrontaba, en un suplicio, el trance de la muerte.
Los ministros y los criados avisaban e imponían el secreto. Las
lámparas agotadas soltaban cabelleras de humo en la sala
encubertada de negro.
Desperté, cerca de la mañana, en medio
del campo.
Mi cabeza reposaba sobre una piedra. Tenía
los cabellos húmedos de rocío y, en el rostro, la luz de
una luna diluida.
459
José Antonio Ramos Sucre
El Tesoro De La Fuente Cegada
EL TESORO DE LA FUENTE CEGADA
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
Yo vivía en un país intransitable,
desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos
olvidados, se dividía en precipicios y montañas,
eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos
moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de
bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la
maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de
cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las
selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar
nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la
fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de
consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria
atribulada.
El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una
figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus
ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en
un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente
cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo
expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país
maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel
desierto, orientado por una luz incólume.
561
José Antonio Ramos Sucre
La Presencia Del Náufrago
LA PRESENCIA DEL NÁUFRAGO
La dama singular y gentil se disponía a
comunicarme esa tarde la confidencia prometida una y otra vez.
Yo le servía una silla plegadiza en un retiro
de la playa aireada.
El disco del sol rodaba fugitivo hacia el
límite de un mar oscuro.
El azar nos había reunido en aquel
rincón del litoral italiano. Habíamos llegado por caminos
opuestos a reposar la fatiga y la melancolía de largos viajes.
Ocultaba su origen bajo el sello de una reserva
altiva. Era difícil acertar con su patria porque usaba
atinadamente cualquier idioma culto, y porque su persona física
armonizaba los rasgos y las prendas más nobles de razas
esculturales. Había nacido en alguna familia acaudalada, con
raíz en naciones divergentes.
Cabellos de oro, perdición de las flechas del
sol, y ojos verdes, memorias de alta mar, solemnizaban su hermosura
lozana y perdurable de deidad.
Declaraba haber contentado con sencilla gratitud las
finezas y los requiebros de los galantes, sin pasar a mayor afecto; y
convenía en referirme ahora la razón de su aislamiento
definitivo. Dejaba entrelucir el nombre de un criollo español,
mi compatriota.
Iba yo el año pasado, cantaba su voz
artística, en un vapor lujoso, invención de hadas, a
través del océano. Viajeros de distinto origen
sentían y propagaban una alegría vivaz, exaltada, y me
compusieron inmediatamente una corte enfadosa. Aquel bullicio
retrocedía ante el recato inexpugnable de un agitador
hispanoamericano, hombre de urbanidad sobria, idéntica.
Circulaba entre comentarios y leyendas su nombre de soldado. Aquel
retraimiento podía venir de una juventud infructuosa, de una
vida descabalada. Su duro semblante de asceta vencía las fachas
contentas y mofletudas. Vino un día de cerrazón y vapor
lujoso, herido por un témpano, bajó al abismo con
sacudidas de terremoto. Yo fui salvada de morir por aquel militar
hastiado, de fisonomía absorta. Me declaró su afecto y su
nombre y me llevó en peso hasta un bote, donde me había
cedido su puesto. Regresó al barco náufrago, donde
ocupó sucesivamente los lugares libres todavía de las
aguas. Poco después, el sitio mismo de la catástrofe se
borraba en el mar raso. Aquel hombre invitaba con la ilusión de
una vida intrépida en república desquiciada. De uniforme
azul, sobre un caballo blanco, debió de regir las montoneras
turbulentas, libres de escalafón, magnetizándolas con su
voz marcante, de una seducción irresistible...
Cesó de hablar, y la más espesa noche
completaba el pensamiento de la mujer desilusionada y casta. Se
habían roto las compuertas de las tinieblas.
La dama singular y gentil se disponía a
comunicarme esa tarde la confidencia prometida una y otra vez.
Yo le servía una silla plegadiza en un retiro
de la playa aireada.
El disco del sol rodaba fugitivo hacia el
límite de un mar oscuro.
El azar nos había reunido en aquel
rincón del litoral italiano. Habíamos llegado por caminos
opuestos a reposar la fatiga y la melancolía de largos viajes.
Ocultaba su origen bajo el sello de una reserva
altiva. Era difícil acertar con su patria porque usaba
atinadamente cualquier idioma culto, y porque su persona física
armonizaba los rasgos y las prendas más nobles de razas
esculturales. Había nacido en alguna familia acaudalada, con
raíz en naciones divergentes.
Cabellos de oro, perdición de las flechas del
sol, y ojos verdes, memorias de alta mar, solemnizaban su hermosura
lozana y perdurable de deidad.
Declaraba haber contentado con sencilla gratitud las
finezas y los requiebros de los galantes, sin pasar a mayor afecto; y
convenía en referirme ahora la razón de su aislamiento
definitivo. Dejaba entrelucir el nombre de un criollo español,
mi compatriota.
Iba yo el año pasado, cantaba su voz
artística, en un vapor lujoso, invención de hadas, a
través del océano. Viajeros de distinto origen
sentían y propagaban una alegría vivaz, exaltada, y me
compusieron inmediatamente una corte enfadosa. Aquel bullicio
retrocedía ante el recato inexpugnable de un agitador
hispanoamericano, hombre de urbanidad sobria, idéntica.
Circulaba entre comentarios y leyendas su nombre de soldado. Aquel
retraimiento podía venir de una juventud infructuosa, de una
vida descabalada. Su duro semblante de asceta vencía las fachas
contentas y mofletudas. Vino un día de cerrazón y vapor
lujoso, herido por un témpano, bajó al abismo con
sacudidas de terremoto. Yo fui salvada de morir por aquel militar
hastiado, de fisonomía absorta. Me declaró su afecto y su
nombre y me llevó en peso hasta un bote, donde me había
cedido su puesto. Regresó al barco náufrago, donde
ocupó sucesivamente los lugares libres todavía de las
aguas. Poco después, el sitio mismo de la catástrofe se
borraba en el mar raso. Aquel hombre invitaba con la ilusión de
una vida intrépida en república desquiciada. De uniforme
azul, sobre un caballo blanco, debió de regir las montoneras
turbulentas, libres de escalafón, magnetizándolas con su
voz marcante, de una seducción irresistible...
Cesó de hablar, y la más espesa noche
completaba el pensamiento de la mujer desilusionada y casta. Se
habían roto las compuertas de las tinieblas.
469
José Antonio Ramos Sucre
La Balada Del Transeúnte
LA BALADA DEL TRANSEÚNTE
¡Cuánto recuerdo el cementerio de la
aldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunas
cruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos de
tierra y alguna vez de mármol. El montón de urnas
desenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechas
en pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetación
desenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.
De aquella tierra húmeda, apretada con
despojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marcha
laboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follaje
oscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumor
de oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.
Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,
zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrella
errante, precipitada en el mar.
Las nubes regazadas por el cielo, cual
procesión de angélicas novicias, dorándolas el sol
occidental, el que inunda de luz fantástica el santuario a
través de los góticos vitrales. Montes de manso declive,
dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblas
delgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejando
repentino arco iris en señal y despojo de la fuga.
Abandono aflictivo encarecía el horror del
paraje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermiza
delectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta el
pésimo infortunio, de acuerdo con la razón de los
paganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza de
este parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instiga
la nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes a
través de los vanos asfódelos.
¡Cuánto recuerdo el cementerio de la
aldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunas
cruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos de
tierra y alguna vez de mármol. El montón de urnas
desenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechas
en pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetación
desenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.
De aquella tierra húmeda, apretada con
despojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marcha
laboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follaje
oscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumor
de oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.
Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,
zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrella
errante, precipitada en el mar.
Las nubes regazadas por el cielo, cual
procesión de angélicas novicias, dorándolas el sol
occidental, el que inunda de luz fantástica el santuario a
través de los góticos vitrales. Montes de manso declive,
dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblas
delgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejando
repentino arco iris en señal y despojo de la fuga.
Abandono aflictivo encarecía el horror del
paraje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermiza
delectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta el
pésimo infortunio, de acuerdo con la razón de los
paganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza de
este parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instiga
la nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes a
través de los vanos asfódelos.
434
José Antonio Ramos Sucre
La Hija De Valdemar
LA HIJA DE VALDEMAR
Los pinos aparecen humildes al pie del palacio que
alzaron con exaltación de aves de presa hombres soberbios. Su
mole oculta durante algún tiempo el ascenso de la luna
después que ha evadido el lomo del monte. Su fábrica
imponente deprime el osado proyecto del normando, que sólo se
acerca en son de paz. Concuerda con el sitio agreste donde el torrente
cae desde la cima silenciosa, frecuentada por águilas, e impera
el misterio de la vecina selva. Recibe del pasado luctuoso una tremenda
majestad que turban con el favor de la noche los duendes vocingleros.
La flor oculta en una gruta no se consume con mayor
desdicha que la hija del señor en el recato de la torre, muy
cerca de las nubes revueltas en la fuga de los vientos glaciales.
Demora en medio de la tempestad con la osadía del ave en el
vértice de un mástil. Se alivia del clima helado, del
cielo oscuro, del paisaje desierto, del árbol verdinegro con el
espectáculo de la nieve. Recuerda entonces el mármol
blanco y frío que guarda los despojos de su madre, a cuyo lado
anhela descansar.
Disfruta apenas la compañía del ciervo
familiar, cuya enramada testa abate la tierna gala de los montes y
prefiere el espejo de los lagos yertos. Ella lo tiene bajo sus pies
cuando suscita la angustia honda y trémula del arpa.
Canta el amoroso duelo del invierno que arriba del
norte a funerales nupcias con la tierra; el extravío de los
navegantes en el mar despoblado; la amenaza del pez deforme y la masa
del témpano; el desmayo del náufrago en la noche inmensa;
la luna blanca y torva que es nuncio de la muerte.
Escapa al cautiverio por la mística fuerza
del canto encumbrado y solitario. Cultiva el divino atributo a la
manera del pío ejercicio que consume la vida y apresura el
tiempo. Espera la hora última con himno melodioso por merecer de
tal modo el sitio que la fe del país augura entre las almas
aladas y errantes. Venturosa esperanza, rescate liberal del duro
encierro: una vez libre y con la nueva forma, seguirá a las aves
en el viaje al Sur festivo y musical.
Los pinos aparecen humildes al pie del palacio que
alzaron con exaltación de aves de presa hombres soberbios. Su
mole oculta durante algún tiempo el ascenso de la luna
después que ha evadido el lomo del monte. Su fábrica
imponente deprime el osado proyecto del normando, que sólo se
acerca en son de paz. Concuerda con el sitio agreste donde el torrente
cae desde la cima silenciosa, frecuentada por águilas, e impera
el misterio de la vecina selva. Recibe del pasado luctuoso una tremenda
majestad que turban con el favor de la noche los duendes vocingleros.
La flor oculta en una gruta no se consume con mayor
desdicha que la hija del señor en el recato de la torre, muy
cerca de las nubes revueltas en la fuga de los vientos glaciales.
Demora en medio de la tempestad con la osadía del ave en el
vértice de un mástil. Se alivia del clima helado, del
cielo oscuro, del paisaje desierto, del árbol verdinegro con el
espectáculo de la nieve. Recuerda entonces el mármol
blanco y frío que guarda los despojos de su madre, a cuyo lado
anhela descansar.
Disfruta apenas la compañía del ciervo
familiar, cuya enramada testa abate la tierna gala de los montes y
prefiere el espejo de los lagos yertos. Ella lo tiene bajo sus pies
cuando suscita la angustia honda y trémula del arpa.
Canta el amoroso duelo del invierno que arriba del
norte a funerales nupcias con la tierra; el extravío de los
navegantes en el mar despoblado; la amenaza del pez deforme y la masa
del témpano; el desmayo del náufrago en la noche inmensa;
la luna blanca y torva que es nuncio de la muerte.
Escapa al cautiverio por la mística fuerza
del canto encumbrado y solitario. Cultiva el divino atributo a la
manera del pío ejercicio que consume la vida y apresura el
tiempo. Espera la hora última con himno melodioso por merecer de
tal modo el sitio que la fe del país augura entre las almas
aladas y errantes. Venturosa esperanza, rescate liberal del duro
encierro: una vez libre y con la nueva forma, seguirá a las aves
en el viaje al Sur festivo y musical.
468
José Antonio Ramos Sucre
La Venganza Del Dios
LA VENGANZA DEL DIOS
El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.
El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.
Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.
El desafuero de los habitantes afeaba la fama de
aquella tierra amena, vestida de flores, rota por manantiales ariscos,
amada por la nube de gasa y el sol paternal. Tenía el nombre de
una piedra rara y al mar de tributario en perlas.
El Dios velaba el crimen de los hombres en el
inmerecido país, y quiso el nacimiento de un mensajero de salud
y concordia, lejos de ellos, en la más umbría selva. Nace
una noche del seno de una flor, a la luz de un relámpago que
pinta en su frente luminoso estigma. Crece al cuidado de las aves y de
los árboles y al apego de las fieras.
Aquellos hombres reciben la misión de virtud
con atrevimientos y excesos y pagan al enviado con trance de muerte
ignominiosa. El Dios los castiga engrandeciendo la riqueza de la tierra
que mancillan. La nutre de tesoros fatales que son desvelo de la
codicia, que dividen al pueblo en airados bandos de ricos y de pobres.
Los nuevos dones infestan de odios vengativos y pueblan con huesos
expiatorios.
743
José Antonio Ramos Sucre
El Retorno
EL RETORNO
Para entrar en el reino de la muerte avancé
por el pórtico de bronce que interrumpía las murallas
siniestras. Sobre ellas descansaba perpetuamente la sombra como un
monstruo vigilante. Extendíase dentro del recinto un espacio
temeroso y oscuro, e imperaba un frío glacial que venía
de muy lejos. Era el suelo bajo mis pies como una torpe alfombra, y
sobre él avanzaba levemente suspendido por alas invisibles. El
pasmo de la eternidad se revelaba en augusto silencio, comparable a la
calma que rodea el concierto de los astros distantes. Con él
crecía el misterio en aquella región indefinida, donde
ningún contorno rompía la opaca vaguedad. El
espectáculo igual de la sombra invariable perpetuaba en
mí el estupor del sueño de la muerte.
Había invadido voluntariamente el mundo que
comienza en el sepulcro, para ahogar en su seno, como en un mar de
olvido, mi lastimado espíritu. Allí detenía el
tiempo su reloj y sucumbía la forma en el color funeral.
Surgía de oculto abismo la oscuridad, con el sigilo de una marea
tarda y sin rumo, y me arrastraba y tenía a su merced como una
voluptuosa deidad. Cautivo de su hechizo letal, erré gran
espacio a la ventura, obstinado en la peregrinación
extraña y lúgubre. Pero al sentir tras de mí el
clamor de la vida, como el de una novia abandonada y amante,
volví sobre mis pasos.
Para entrar en el reino de la muerte avancé
por el pórtico de bronce que interrumpía las murallas
siniestras. Sobre ellas descansaba perpetuamente la sombra como un
monstruo vigilante. Extendíase dentro del recinto un espacio
temeroso y oscuro, e imperaba un frío glacial que venía
de muy lejos. Era el suelo bajo mis pies como una torpe alfombra, y
sobre él avanzaba levemente suspendido por alas invisibles. El
pasmo de la eternidad se revelaba en augusto silencio, comparable a la
calma que rodea el concierto de los astros distantes. Con él
crecía el misterio en aquella región indefinida, donde
ningún contorno rompía la opaca vaguedad. El
espectáculo igual de la sombra invariable perpetuaba en
mí el estupor del sueño de la muerte.
Había invadido voluntariamente el mundo que
comienza en el sepulcro, para ahogar en su seno, como en un mar de
olvido, mi lastimado espíritu. Allí detenía el
tiempo su reloj y sucumbía la forma en el color funeral.
Surgía de oculto abismo la oscuridad, con el sigilo de una marea
tarda y sin rumo, y me arrastraba y tenía a su merced como una
voluptuosa deidad. Cautivo de su hechizo letal, erré gran
espacio a la ventura, obstinado en la peregrinación
extraña y lúgubre. Pero al sentir tras de mí el
clamor de la vida, como el de una novia abandonada y amante,
volví sobre mis pasos.
586
José Antonio Ramos Sucre
Discurso Del Contemplativo
DISCURSO DEL CONTEMPLATIVO
Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa
espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente,
cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el
centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del
sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las
copas gemebundas. Recibiré la única visita de los
pájaros que encontrarán descanso en mi refugio
silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario
y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará
en el espíritu la desazón exasperante del rencor,
aliviando mi frente el refrigerio del olvido.
La devoción y el estudio me ayudarán a
cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés
humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi
meditación, que en la cima solemne del éxtasis
descansarán del sostenido vuelo; y desde allí
divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la
verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo
llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las
hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré
sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz
llegará hasta mí después de perder su fuego en la
espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el
ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad
servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra
circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.
Yo opondré al vario curso del tiempo la
serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No
sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de
sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los
opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia.
En esa disposición ecuánime esperaré el momento y
afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una
noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad
de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor,
como de alados serafines, y un transparente efluvio de
consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi
cadáver sobrará por tardía la atención de
los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de
mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la
aurora y el revuelo de los pájaros amigos.
Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa
espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente,
cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el
centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del
sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las
copas gemebundas. Recibiré la única visita de los
pájaros que encontrarán descanso en mi refugio
silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario
y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará
en el espíritu la desazón exasperante del rencor,
aliviando mi frente el refrigerio del olvido.
La devoción y el estudio me ayudarán a
cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés
humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi
meditación, que en la cima solemne del éxtasis
descansarán del sostenido vuelo; y desde allí
divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la
verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo
llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las
hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré
sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz
llegará hasta mí después de perder su fuego en la
espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el
ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad
servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra
circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.
Yo opondré al vario curso del tiempo la
serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No
sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de
sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los
opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia.
En esa disposición ecuánime esperaré el momento y
afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una
noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad
de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor,
como de alados serafines, y un transparente efluvio de
consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi
cadáver sobrará por tardía la atención de
los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de
mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la
aurora y el revuelo de los pájaros amigos.
435
José Antonio Ramos Sucre
Miércoles De Ceniza
MIÉRCOLES DE CENIZA
Sobresale en el concurso de los fieles ingenuos por
la severa majestad que levanta su hermosura decaída. Lucen las
galas últimas de la juventud con el doliente esplendor de la
tarde, y aridece y blanquea sus cabellos el implacable otoño que
arranca las hojas trémulas. Las melancólicas memorias de
sus años juveniles sugieren la nostalgia de espléndidos
festejos en un castillo señorial abandonado, y a oscurecer de
lágrimas sus ojos viene, en el umbral de la vejez, un mensaje
del pasado radiante en el recuerdo de anticuadas músicas.
El olvido, inexorable centinela, custodia su
ventana, y ya ante ella no sucumben las demandas suplicantes, como olas
rumorosas y humildes al pie de una roca inaccesible. Esquiva su alma a
la mundana agitación, y moderada por el desengaño, vuela
como la enlutada golondrina a recogerse en el ambiente místico
del templo. Allí queda cautiva de la música que surge y
se dilata cual la humareda lenta del incienso, y abomina del siglo
entre un rumor de fúnebres latines.
Ocupa su alma el pensamiento de lo que es divino e
inmortal desde que tuvo el espejo para su belleza mustia la censura
pesimista de la calavera, y viste desde entonces los sombríos
colores que simbolizan la desolación de nuestra vida y que son
propios para lamentar el estrago irremediable del tiempo. La injuria de
los años no oscurece el espejo de sus ojos que alumbran con vivo
esplendor, como en virtud de un rito perenne. Ellos prestan a su rostro
religiosa gravedad y la exhiben agotada y penitente cual si extenuara
su vida el culto de un numen adusto.
Arrepentida de profanos coloquios y ávida de
dolores, guarda para la cruz inflexible la confidencia de sus cuitas.
Con desear para su frente, por piadosa imitación, la corona de
sangrientas espinas ahuyenta el recuerdo de las fiestas. Para expiar
las mundanas ilusiones satisface el extremo de la enmienda y eleva
sobre el yermo de su vida, para alumbrar el resto de su viaje, el cirio
de cadavérica luz.
Sobresale en el concurso de los fieles ingenuos por
la severa majestad que levanta su hermosura decaída. Lucen las
galas últimas de la juventud con el doliente esplendor de la
tarde, y aridece y blanquea sus cabellos el implacable otoño que
arranca las hojas trémulas. Las melancólicas memorias de
sus años juveniles sugieren la nostalgia de espléndidos
festejos en un castillo señorial abandonado, y a oscurecer de
lágrimas sus ojos viene, en el umbral de la vejez, un mensaje
del pasado radiante en el recuerdo de anticuadas músicas.
El olvido, inexorable centinela, custodia su
ventana, y ya ante ella no sucumben las demandas suplicantes, como olas
rumorosas y humildes al pie de una roca inaccesible. Esquiva su alma a
la mundana agitación, y moderada por el desengaño, vuela
como la enlutada golondrina a recogerse en el ambiente místico
del templo. Allí queda cautiva de la música que surge y
se dilata cual la humareda lenta del incienso, y abomina del siglo
entre un rumor de fúnebres latines.
Ocupa su alma el pensamiento de lo que es divino e
inmortal desde que tuvo el espejo para su belleza mustia la censura
pesimista de la calavera, y viste desde entonces los sombríos
colores que simbolizan la desolación de nuestra vida y que son
propios para lamentar el estrago irremediable del tiempo. La injuria de
los años no oscurece el espejo de sus ojos que alumbran con vivo
esplendor, como en virtud de un rito perenne. Ellos prestan a su rostro
religiosa gravedad y la exhiben agotada y penitente cual si extenuara
su vida el culto de un numen adusto.
Arrepentida de profanos coloquios y ávida de
dolores, guarda para la cruz inflexible la confidencia de sus cuitas.
Con desear para su frente, por piadosa imitación, la corona de
sangrientas espinas ahuyenta el recuerdo de las fiestas. Para expiar
las mundanas ilusiones satisface el extremo de la enmienda y eleva
sobre el yermo de su vida, para alumbrar el resto de su viaje, el cirio
de cadavérica luz.
462
José Antonio Ramos Sucre
Miércoles De Ceniza
MIÉRCOLES DE CENIZA
Sobresale en el concurso de los fieles ingenuos por
la severa majestad que levanta su hermosura decaída. Lucen las
galas últimas de la juventud con el doliente esplendor de la
tarde, y aridece y blanquea sus cabellos el implacable otoño que
arranca las hojas trémulas. Las melancólicas memorias de
sus años juveniles sugieren la nostalgia de espléndidos
festejos en un castillo señorial abandonado, y a oscurecer de
lágrimas sus ojos viene, en el umbral de la vejez, un mensaje
del pasado radiante en el recuerdo de anticuadas músicas.
El olvido, inexorable centinela, custodia su
ventana, y ya ante ella no sucumben las demandas suplicantes, como olas
rumorosas y humildes al pie de una roca inaccesible. Esquiva su alma a
la mundana agitación, y moderada por el desengaño, vuela
como la enlutada golondrina a recogerse en el ambiente místico
del templo. Allí queda cautiva de la música que surge y
se dilata cual la humareda lenta del incienso, y abomina del siglo
entre un rumor de fúnebres latines.
Ocupa su alma el pensamiento de lo que es divino e
inmortal desde que tuvo el espejo para su belleza mustia la censura
pesimista de la calavera, y viste desde entonces los sombríos
colores que simbolizan la desolación de nuestra vida y que son
propios para lamentar el estrago irremediable del tiempo. La injuria de
los años no oscurece el espejo de sus ojos que alumbran con vivo
esplendor, como en virtud de un rito perenne. Ellos prestan a su rostro
religiosa gravedad y la exhiben agotada y penitente cual si extenuara
su vida el culto de un numen adusto.
Arrepentida de profanos coloquios y ávida de
dolores, guarda para la cruz inflexible la confidencia de sus cuitas.
Con desear para su frente, por piadosa imitación, la corona de
sangrientas espinas ahuyenta el recuerdo de las fiestas. Para expiar
las mundanas ilusiones satisface el extremo de la enmienda y eleva
sobre el yermo de su vida, para alumbrar el resto de su viaje, el cirio
de cadavérica luz.
Sobresale en el concurso de los fieles ingenuos por
la severa majestad que levanta su hermosura decaída. Lucen las
galas últimas de la juventud con el doliente esplendor de la
tarde, y aridece y blanquea sus cabellos el implacable otoño que
arranca las hojas trémulas. Las melancólicas memorias de
sus años juveniles sugieren la nostalgia de espléndidos
festejos en un castillo señorial abandonado, y a oscurecer de
lágrimas sus ojos viene, en el umbral de la vejez, un mensaje
del pasado radiante en el recuerdo de anticuadas músicas.
El olvido, inexorable centinela, custodia su
ventana, y ya ante ella no sucumben las demandas suplicantes, como olas
rumorosas y humildes al pie de una roca inaccesible. Esquiva su alma a
la mundana agitación, y moderada por el desengaño, vuela
como la enlutada golondrina a recogerse en el ambiente místico
del templo. Allí queda cautiva de la música que surge y
se dilata cual la humareda lenta del incienso, y abomina del siglo
entre un rumor de fúnebres latines.
Ocupa su alma el pensamiento de lo que es divino e
inmortal desde que tuvo el espejo para su belleza mustia la censura
pesimista de la calavera, y viste desde entonces los sombríos
colores que simbolizan la desolación de nuestra vida y que son
propios para lamentar el estrago irremediable del tiempo. La injuria de
los años no oscurece el espejo de sus ojos que alumbran con vivo
esplendor, como en virtud de un rito perenne. Ellos prestan a su rostro
religiosa gravedad y la exhiben agotada y penitente cual si extenuara
su vida el culto de un numen adusto.
Arrepentida de profanos coloquios y ávida de
dolores, guarda para la cruz inflexible la confidencia de sus cuitas.
Con desear para su frente, por piadosa imitación, la corona de
sangrientas espinas ahuyenta el recuerdo de las fiestas. Para expiar
las mundanas ilusiones satisface el extremo de la enmienda y eleva
sobre el yermo de su vida, para alumbrar el resto de su viaje, el cirio
de cadavérica luz.
462
José Antonio Ramos Sucre
Lección Bíblica
LECCIÓN BÍBLICA
Podría fingirse el aspecto de Moisés
con sólo recordar los días de la historia en que
prevalece su autoridad y subyuga su elocuencia. Varón de digno
porte y entera energía debió de ser en medio de su pueblo
ingrato. La majestad de su misión no mermaba con la pobreza de
su traje sencillo, el que visten de ordinario los hijos peregrinos del
desierto, el grueso vestido talar ceñido con una correa a la
cintura. Ni lo santo de su empresa padecía con la oscuridad de
su vida azarosa. Antes bien, los altibajos de su carrera
conducían a probar el favor divino que resguardaba su persona y
que legitimaba su lenguaje de entonación imperativa y audaz.
A toda hora deduce fuerza de la voz soberana que
domina el aparato alucinante de las zarzas y montañas
incendiadas. De ella escucha el precepto legal saludable que conviene a
cualquier tiempo y lugar, y recoge asombrado la historia primitiva del
universo. De igual origen viene la inspiración que lo posee y
levanta con vuelo inaudito. Así pudo elevarse a la dignidad de
interlocutores y de temas extraordinarios. Ni se concibe que de otro
modo hubiera serenado a su pueblo numeroso y turbulento cual la
abrasada arena de su senda. Ni reducido al propio ingenio pudo inventar
la serie desconcertante de prodigios, volcando sobre el reino del
soberbio la repleta cornucopia de los males.
El legislador de faz radiosa en cuya frente erige
Miguel Ángel los cuernos augustos de la fuerza. Logra disponer
en torno de la divinidad única un sistema de verdades
presentidas, consuela el clamor de aspiraciones difusas, y no olvida el
deber de la actividad despierta. No surge de su altar aquella
sugestión pesimista que petrifica los pueblos más viejos
del mismo continente, y que ha sido par el esclavo indocto el
más atroz fermento de su humor absurdo. Desnuda la torpeza de
las civilizaciones réprobas y el deshonor de los esclavos
mustios, y expande el ígneo espíritu civil que fragua las
sociedades libres. Surte de raudales eternos la moral de los hombres, y
arrulla el sueño de sus caravanas con las harpas de una
angélica aleluya.
Podría fingirse el aspecto de Moisés
con sólo recordar los días de la historia en que
prevalece su autoridad y subyuga su elocuencia. Varón de digno
porte y entera energía debió de ser en medio de su pueblo
ingrato. La majestad de su misión no mermaba con la pobreza de
su traje sencillo, el que visten de ordinario los hijos peregrinos del
desierto, el grueso vestido talar ceñido con una correa a la
cintura. Ni lo santo de su empresa padecía con la oscuridad de
su vida azarosa. Antes bien, los altibajos de su carrera
conducían a probar el favor divino que resguardaba su persona y
que legitimaba su lenguaje de entonación imperativa y audaz.
A toda hora deduce fuerza de la voz soberana que
domina el aparato alucinante de las zarzas y montañas
incendiadas. De ella escucha el precepto legal saludable que conviene a
cualquier tiempo y lugar, y recoge asombrado la historia primitiva del
universo. De igual origen viene la inspiración que lo posee y
levanta con vuelo inaudito. Así pudo elevarse a la dignidad de
interlocutores y de temas extraordinarios. Ni se concibe que de otro
modo hubiera serenado a su pueblo numeroso y turbulento cual la
abrasada arena de su senda. Ni reducido al propio ingenio pudo inventar
la serie desconcertante de prodigios, volcando sobre el reino del
soberbio la repleta cornucopia de los males.
El legislador de faz radiosa en cuya frente erige
Miguel Ángel los cuernos augustos de la fuerza. Logra disponer
en torno de la divinidad única un sistema de verdades
presentidas, consuela el clamor de aspiraciones difusas, y no olvida el
deber de la actividad despierta. No surge de su altar aquella
sugestión pesimista que petrifica los pueblos más viejos
del mismo continente, y que ha sido par el esclavo indocto el
más atroz fermento de su humor absurdo. Desnuda la torpeza de
las civilizaciones réprobas y el deshonor de los esclavos
mustios, y expande el ígneo espíritu civil que fragua las
sociedades libres. Surte de raudales eternos la moral de los hombres, y
arrulla el sueño de sus caravanas con las harpas de una
angélica aleluya.
441
José Antonio Ramos Sucre
Duelo De Arrabal
DUELO DE ARRABAL
En la pobre vivienda de suelo desnudo, alumbrada con
una lámpara mezquina, las mujeres se congregaron a llorar.
Fuertes o extenuados alternativamente, no cesaban los trémulos
sollozos, palabras agotadas y confusas escapaban de los pechos
sacudidos, gestos de dolor suplicaban a los cielos mudos. En torno de
un pequeño ataúd crecía el clamor y llegaba al
delirio; contenía el cuerpo de un niño arrebatado por la
muerte a la vida de arrabal. Hacia un rincón estaban reunidos en
haz los juguetes recién abandonados, junto a los pobres
útiles de industrias femeninas, y, en irónica ofrenda a
los pies del Crucifijo, las drogas sobre la mesa descubierta. Nobles
sacrificios fracasaron en resguardo de su vida: el consumo del ahorro
miserable, los días de zozobra, las noches de vigilia. Aquel
día, cuando la oscuridad prosperaba hasta en el ocaso tinto de
sangrante sol, vino la muerte al amparo de las sombras leves y
benignas, con fría palidez sellando su victoria.
Vino a aquella mansión, como a muchas otras;
un mal tremendo, como aquel que de orden divina diezmó los
primogénitos de Egipto, apenas dejó casa pobre sin luto.
Por su influjo tuvieron de cuna el seno de la tierra innumerables
niños, despedidos por coros gemebundos, lamentados con llanto
breve y clamoroso, el llanto de quienes en la vida sin paz tienen peor
enemigo que la muerte.
Siguiendo el general destino de los tristes que, con
la urgente pobreza, desconocen el deleite del recuerdo lloroso, los
dolientes de la pobre vivienda, alumbrada con una lámpara
mezquina, también se lamentaron con desesperanza pasajera. Las
voces roncas gimieron hasta la partida del pequeño
cadáver; pero el olvido, ante el esperado afán del
día siguiente, hizo invasión con el sosiego de la primera
noche augusta y encendida.
En la pobre vivienda de suelo desnudo, alumbrada con
una lámpara mezquina, las mujeres se congregaron a llorar.
Fuertes o extenuados alternativamente, no cesaban los trémulos
sollozos, palabras agotadas y confusas escapaban de los pechos
sacudidos, gestos de dolor suplicaban a los cielos mudos. En torno de
un pequeño ataúd crecía el clamor y llegaba al
delirio; contenía el cuerpo de un niño arrebatado por la
muerte a la vida de arrabal. Hacia un rincón estaban reunidos en
haz los juguetes recién abandonados, junto a los pobres
útiles de industrias femeninas, y, en irónica ofrenda a
los pies del Crucifijo, las drogas sobre la mesa descubierta. Nobles
sacrificios fracasaron en resguardo de su vida: el consumo del ahorro
miserable, los días de zozobra, las noches de vigilia. Aquel
día, cuando la oscuridad prosperaba hasta en el ocaso tinto de
sangrante sol, vino la muerte al amparo de las sombras leves y
benignas, con fría palidez sellando su victoria.
Vino a aquella mansión, como a muchas otras;
un mal tremendo, como aquel que de orden divina diezmó los
primogénitos de Egipto, apenas dejó casa pobre sin luto.
Por su influjo tuvieron de cuna el seno de la tierra innumerables
niños, despedidos por coros gemebundos, lamentados con llanto
breve y clamoroso, el llanto de quienes en la vida sin paz tienen peor
enemigo que la muerte.
Siguiendo el general destino de los tristes que, con
la urgente pobreza, desconocen el deleite del recuerdo lloroso, los
dolientes de la pobre vivienda, alumbrada con una lámpara
mezquina, también se lamentaron con desesperanza pasajera. Las
voces roncas gimieron hasta la partida del pequeño
cadáver; pero el olvido, ante el esperado afán del
día siguiente, hizo invasión con el sosiego de la primera
noche augusta y encendida.
474
José Antonio Ramos Sucre
La Tribulación Del Novicio
LA TRIBULACIÓN DEL NOVICIO
Bebedizos malignos, filtros mágicos,
ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre
ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que ésta mi
castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contactos de
carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis
cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis
hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños
estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina
hasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro de
mí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser está
embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse
encendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos,
cascos, todos los arreos del sátiro podrían ser
míos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla en
el escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficiera
mi arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir de
dolor y de gozo.
Por desgracia otra es mi situación y muy duro
mi destino; me viste un grueso sayal más triste que un sudario;
vivo en una celda y no en medio de árboles frondosos en un campo
libre. Suspiro por un raudal modesto bajo la sombra de ramajes
enlazados y cuya superficie temblorosa señalara el vuelo de las
auras. Diera la vida por ver en la atmósfera matinal y serena un
instantáneo vuelo de palomas, como una guirnalda deshecha. Y en
una diáfana mañana, cuando recobran juventud hasta las
ruinas, desechar la última sombra del sueño, turbando con
mi cuerpo el éxtasis del agua, enamorada de los cielos. Huida la
noche, volviera yo a la vida, cuando el concierto de los pájaros
comienza a llenar el vasto silencio, despertara con más lujo que
un déspota oriental, segador de hombres. Bajo la luz paternal
del sol sintiera el júbilo de la tierra y contemplara el mar,
después de haber jadeado escalando un monte. Sufro por mi estado
religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y
encierros pago un delito de esta rebosante juventud; aislado, herido
por desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niego
satisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. El
mar palpitante, el viento incansable, el pensamiento volador exasperan
el enojo de mi cautiverio, recrudecen la tiranía de mi
condición, agravan los grillos que me aherrojan. Debo recatarme
de participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta;
vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, rauda
viajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la grave
sonrisa que conviene al espectador de la tragicomedia del mundo.
Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he de
resistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que la
hidra sus cabezas, y merezca por insistente y por traidor su
personificación en Satán torvo y enrojecido.
No se calma este ardor con claustro inaccesible ni
con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría
compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la
penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un
regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco
es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean
los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la
belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las
mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y
tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los
hombros, y sobre los pies menudos y curiosos debajo del vestido
descansa la estatua soberbia del cuerpo. No es bastante el único
refugio que alcanzo a los pies del hijo de Dios extenuado y sangriento.
Más me apacigua comunicándome su dolor la madre Virgen a
los pies del grueso madero. Llora, mientras vencida bajo su
calcañar, según la lección bíblica, se
tuerce la serpiente perezosa y elástica. Pierden su brutalidad
los groseros anhelos, si atiendo a esos ojos lacrimantes, azules de un
azul doliente, como el cielo de un país de exilio...
Sería distinto, si fueran sus ojos negros, como aquellos otros
de brasa infernal, que me han envenenado con su lumbre.
Bebedizos malignos, filtros mágicos,
ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre
ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que ésta mi
castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contactos de
carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis
cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis
hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños
estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina
hasta tocar con la suya mi mejilla. Su voz insinúa dentro de
mí el deseo como una sierpe de fuego. Todo mi ser está
embargado de fiebre y lo inquieta un loco deseo de transmitirse
encendiendo nuevas vidas. Barbas selváticas, cuernos torcidos,
cascos, todos los arreos del sátiro podrían ser
míos. Demasiado tarde he venido al mundo; mi puesto se halla en
el escondrijo sombrío de un bosque, desde el cual satisficiera
mi arrebato espiando la belleza femenina, antes de hacerla gemir de
dolor y de gozo.
Por desgracia otra es mi situación y muy duro
mi destino; me viste un grueso sayal más triste que un sudario;
vivo en una celda y no en medio de árboles frondosos en un campo
libre. Suspiro por un raudal modesto bajo la sombra de ramajes
enlazados y cuya superficie temblorosa señalara el vuelo de las
auras. Diera la vida por ver en la atmósfera matinal y serena un
instantáneo vuelo de palomas, como una guirnalda deshecha. Y en
una diáfana mañana, cuando recobran juventud hasta las
ruinas, desechar la última sombra del sueño, turbando con
mi cuerpo el éxtasis del agua, enamorada de los cielos. Huida la
noche, volviera yo a la vida, cuando el concierto de los pájaros
comienza a llenar el vasto silencio, despertara con más lujo que
un déspota oriental, segador de hombres. Bajo la luz paternal
del sol sintiera el júbilo de la tierra y contemplara el mar,
después de haber jadeado escalando un monte. Sufro por mi estado
religioso mayor esclavitud que un presidiario; con mortificaciones y
encierros pago un delito de esta rebosante juventud; aislado, herido
por desolación profunda, resguardo mis sentidos, y niego
satisfacción a mis deseos y hospitalidad a la alegría. El
mar palpitante, el viento incansable, el pensamiento volador exasperan
el enojo de mi cautiverio, recrudecen la tiranía de mi
condición, agravan los grillos que me aherrojan. Debo recatarme
de participar en la alegría de la tierra amorosa y robusta;
vestir perpetuo traje de oscuridad, cuando a todas partes la luz, rauda
viajera, lleva su aleluya; reemplazar con rigurosa seriedad la grave
sonrisa que conviene al espectador de la tragicomedia del mundo.
Sabiendo que el organismo cede con la satisfacción, he de
resistirle aunque reproduzca sus deseos con más furia que la
hidra sus cabezas, y merezca por insistente y por traidor su
personificación en Satán torvo y enrojecido.
No se calma este ardor con claustro inaccesible ni
con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría
compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la
penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un
regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco
es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean
los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la
belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las
mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y
tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los
hombros, y sobre los pies menudos y curiosos debajo del vestido
descansa la estatua soberbia del cuerpo. No es bastante el único
refugio que alcanzo a los pies del hijo de Dios extenuado y sangriento.
Más me apacigua comunicándome su dolor la madre Virgen a
los pies del grueso madero. Llora, mientras vencida bajo su
calcañar, según la lección bíblica, se
tuerce la serpiente perezosa y elástica. Pierden su brutalidad
los groseros anhelos, si atiendo a esos ojos lacrimantes, azules de un
azul doliente, como el cielo de un país de exilio...
Sería distinto, si fueran sus ojos negros, como aquellos otros
de brasa infernal, que me han envenenado con su lumbre.
442
José Antonio Ramos Sucre
El Solterón
EL SOLTERÓN
El tiempo es un invierno que apaga la
ambición con la lenta, fatal caída de sus nieves. Pasa
con ningún ruido y con mortal efecto: la tez amanece un
día inesperado marchita, los cabellos sin lustre y escasos,
fácil presa a la canicie, menguado el esplendor de los ojos,
sellada de preocupaciones la frente, el semblante amargo, el
corazón muerto. Sobre el mundo en la hora de nuestra vejez llora
la amarilla luz del sol, y no asiste a dulces cuitas de amor la
romántica luna. Blancos, fríos rayos de acero
envía desde la altura melancólica. Paso la juventud
favorecida por el astro benéfico en las noches de ronda
donjuanesca. Desde hoy preside el desfile de los recuerdos en las noche
sen que despiertan pensamientos como ruidos en una selva honda.
Ha pasado el momento de unirse en amorosa
simpatía; hace ya tiempo que con la primera cana se
despidió para siempre el amor, espantado del egoísmo y la
avaricia que en los corazones viejos hacen su morada. Ahora comienza la
misantropía, el odio a lo bello y de lo alegre, el remordimiento
de los años perdidos, la queja por el aislamiento irremediable,
la desconfianza de sobrar en la familia que otro ha fundado. Trabaja,
pena la imaginación del soltero ya viejo, daría tesoros
por el retorno del pasado, no muy remoto, en que pudo prepararse para
la vejez voluptuoso nido en regazo de mujer.
La alegría ruidosa de los niños canta
en nuestro espíritu. Castigo inevitable sigue a quien la desecha
para sus años postreros, y es más feliz que todos los
mortales quien participa con interés de padre en ese inocente
regocijo, y se evita en la tarde de la vida la pesarosa calma que
aflige al egoísta en su desesperante soledad. A éste,
desligado de la vida, desinteresado de la humanidad, estorboso en el
mundo, lo espera con sus fauces oscuras la tumba. Fastidiado debe
ansiar la muerte, ya que su lecho frío semeja ataúd
rígido.
Cuando descansa en la noche con la nostalgia de
amorosa compañía, no le intimida el pensamiento de la
tierra sobre su cadáver. El horror del sepulcro es ya menos
grave que el hastío de la vida lenta y sin objeto. No le importa
el olvido que sigue a la muerte, porque sobreviviendo a sus amigos,
está sin morir desamparado. Quisiera apresurar sus día y
desaparecer por miedo al recuerdo de la vida pasada sin nobleza, como
un río en medio a estériles riberas. Huye también
de recordar antiguas alegrías, refinadamente crueles, que
engañaron al más sabio de los hombres,
convenciéndolo de la vanidad de todo. Así concluye
pensando el que de sus goces recogió espinas, y vivió
inútil. Aún más desolada convicción cabe a
quien ni procreando se unió en simpático lazo con la
humanidad... Ahora olvidado, triste, duro a todo afecto el
corazón, si derramara lágrimas, serían lavas
ardientes, venidas de muy hondo.
El tiempo es un invierno que apaga la
ambición con la lenta, fatal caída de sus nieves. Pasa
con ningún ruido y con mortal efecto: la tez amanece un
día inesperado marchita, los cabellos sin lustre y escasos,
fácil presa a la canicie, menguado el esplendor de los ojos,
sellada de preocupaciones la frente, el semblante amargo, el
corazón muerto. Sobre el mundo en la hora de nuestra vejez llora
la amarilla luz del sol, y no asiste a dulces cuitas de amor la
romántica luna. Blancos, fríos rayos de acero
envía desde la altura melancólica. Paso la juventud
favorecida por el astro benéfico en las noches de ronda
donjuanesca. Desde hoy preside el desfile de los recuerdos en las noche
sen que despiertan pensamientos como ruidos en una selva honda.
Ha pasado el momento de unirse en amorosa
simpatía; hace ya tiempo que con la primera cana se
despidió para siempre el amor, espantado del egoísmo y la
avaricia que en los corazones viejos hacen su morada. Ahora comienza la
misantropía, el odio a lo bello y de lo alegre, el remordimiento
de los años perdidos, la queja por el aislamiento irremediable,
la desconfianza de sobrar en la familia que otro ha fundado. Trabaja,
pena la imaginación del soltero ya viejo, daría tesoros
por el retorno del pasado, no muy remoto, en que pudo prepararse para
la vejez voluptuoso nido en regazo de mujer.
La alegría ruidosa de los niños canta
en nuestro espíritu. Castigo inevitable sigue a quien la desecha
para sus años postreros, y es más feliz que todos los
mortales quien participa con interés de padre en ese inocente
regocijo, y se evita en la tarde de la vida la pesarosa calma que
aflige al egoísta en su desesperante soledad. A éste,
desligado de la vida, desinteresado de la humanidad, estorboso en el
mundo, lo espera con sus fauces oscuras la tumba. Fastidiado debe
ansiar la muerte, ya que su lecho frío semeja ataúd
rígido.
Cuando descansa en la noche con la nostalgia de
amorosa compañía, no le intimida el pensamiento de la
tierra sobre su cadáver. El horror del sepulcro es ya menos
grave que el hastío de la vida lenta y sin objeto. No le importa
el olvido que sigue a la muerte, porque sobreviviendo a sus amigos,
está sin morir desamparado. Quisiera apresurar sus día y
desaparecer por miedo al recuerdo de la vida pasada sin nobleza, como
un río en medio a estériles riberas. Huye también
de recordar antiguas alegrías, refinadamente crueles, que
engañaron al más sabio de los hombres,
convenciéndolo de la vanidad de todo. Así concluye
pensando el que de sus goces recogió espinas, y vivió
inútil. Aún más desolada convicción cabe a
quien ni procreando se unió en simpático lazo con la
humanidad... Ahora olvidado, triste, duro a todo afecto el
corazón, si derramara lágrimas, serían lavas
ardientes, venidas de muy hondo.
575
José Antonio Ramos Sucre
Entonces
ENTONCES
Sueño que sopla una violenta ráfaga de
invierno sobre tus cabellos descubiertos, oh niña, que transitas
por la nevada urbe monstruosa, a donde todavía joven espero
llegar, para verte pasar. Te reconoceré al punto, no me
sorprenderán tu alma atormentada y exquisita, tu cuerpo endeble
ni tu azul mirada; he presentido tus manos delicadas y exangües,
he adivinado tu voz que canta y tu gentil andar. El día de
nuestro encuentro será igual a cualquiera de tu vida: te
veré buscando paso entre la muchedumbre de transeúntes y
carruajes que llena con su tumulto la calle y con su ruido el aire
frío. La calle ha de ser larga, acabará donde se junten
lejanas neblinas; la formará una doble hilera de casas sin
ningún intervalo para viva arboleda; la harán más
tediosa enorme edificios que niegan a la vista el acceso al cielo.
Lejos de la ciudad nórdica estarán para entonces los
pájaros que la alegraban con su canto y olvidado estará
el sol; para que reine la luz artificial con su lívido brillo,
la habrán sepultado las nubes, cuyo horror aumenta la industria
con el negro aliento de sus fauces.
Entonces y allí será la última
hora de esta mi juventud transcurrida sin goces. Habré ido a
experimentar en la ciudad extraña y septentrional la amargura de
su despedida y el desconsuelo de su eterno abandono. Para sufrir el
ocaso de la juventud ya estaré preparado por la partida de
muchas ilusiones y el desvanecimiento de muchas esperanzas. En mi
memoria dolerá el recuerdo de imposibles afectos y en mi
espíritu pesará el cansancio de vencidos anhelos. Y ya no
aspiraré a más: habré adaptado mis ojos al feo
mundo, y cerrado mi puerta a la humanidad enemiga. Mi mansión
será para otros impenetrable roca y para mí firme
cárcel. Estoico orgullo, horrenda soledad habré
alcanzado. En torno de mi frente flotarán los cabellos grises,
cual la ceniza de huérfanos hogares.
De lejos habré llegado con el eterno, hondo
pesar, el que nació conmigo en el trópico ardiente y que
me acompaña como conciencia de vivir. Un pesar no calmado con la
maravilla de los cielos y de los mares nativos perpetuamente luminosos,
ni con el ardor ecuatorial de la vida, que me ha rodeado exuberante y
que sólo en mí languidece. Los años habrán
pasado sin amortiguar esta sensibilidad enfermiza y doliente, tolerable
a quien pueda tener la única ocupación de soñar, y
que desgraciadamente, por el áspero ataque de la vida, es dentro
de mí como cuerda a punto de romperse en dolorosa
tensión. La sensibilidad que del adverso mundo me hace huir al
solitario ensueño, se habrá hecho más aguda y
frágil al alejarse gravemente mi juventud con la pausada
melancolía de la nave en el horizonte vespertino.
Al encontrarte, quedaremos unidos por el
convencimiento de nuestro destierro en la ciudad moderna que se
atormenta con el afán del oro. Ese día, demasiado tarde,
el último de mi juventud, en que despertarán, como
fantasmas, recuerdos semimuertos al formar el invierno la mortaja de la
tierra, será el primero de nuestro amor infinito y
estéril. Unidos en un mismo ensueño, huiremos del mundo,
cada día más bárbaro y avaro. Huiremos en un
vuelo, porque nuestras vidas terminarán sin huellas, de tal modo
que éste será el epitafio de nuestro idilio y de nuestra
existencia: pasaron como sonámbulos sobre la tierra maldita.
Sueño que sopla una violenta ráfaga de
invierno sobre tus cabellos descubiertos, oh niña, que transitas
por la nevada urbe monstruosa, a donde todavía joven espero
llegar, para verte pasar. Te reconoceré al punto, no me
sorprenderán tu alma atormentada y exquisita, tu cuerpo endeble
ni tu azul mirada; he presentido tus manos delicadas y exangües,
he adivinado tu voz que canta y tu gentil andar. El día de
nuestro encuentro será igual a cualquiera de tu vida: te
veré buscando paso entre la muchedumbre de transeúntes y
carruajes que llena con su tumulto la calle y con su ruido el aire
frío. La calle ha de ser larga, acabará donde se junten
lejanas neblinas; la formará una doble hilera de casas sin
ningún intervalo para viva arboleda; la harán más
tediosa enorme edificios que niegan a la vista el acceso al cielo.
Lejos de la ciudad nórdica estarán para entonces los
pájaros que la alegraban con su canto y olvidado estará
el sol; para que reine la luz artificial con su lívido brillo,
la habrán sepultado las nubes, cuyo horror aumenta la industria
con el negro aliento de sus fauces.
Entonces y allí será la última
hora de esta mi juventud transcurrida sin goces. Habré ido a
experimentar en la ciudad extraña y septentrional la amargura de
su despedida y el desconsuelo de su eterno abandono. Para sufrir el
ocaso de la juventud ya estaré preparado por la partida de
muchas ilusiones y el desvanecimiento de muchas esperanzas. En mi
memoria dolerá el recuerdo de imposibles afectos y en mi
espíritu pesará el cansancio de vencidos anhelos. Y ya no
aspiraré a más: habré adaptado mis ojos al feo
mundo, y cerrado mi puerta a la humanidad enemiga. Mi mansión
será para otros impenetrable roca y para mí firme
cárcel. Estoico orgullo, horrenda soledad habré
alcanzado. En torno de mi frente flotarán los cabellos grises,
cual la ceniza de huérfanos hogares.
De lejos habré llegado con el eterno, hondo
pesar, el que nació conmigo en el trópico ardiente y que
me acompaña como conciencia de vivir. Un pesar no calmado con la
maravilla de los cielos y de los mares nativos perpetuamente luminosos,
ni con el ardor ecuatorial de la vida, que me ha rodeado exuberante y
que sólo en mí languidece. Los años habrán
pasado sin amortiguar esta sensibilidad enfermiza y doliente, tolerable
a quien pueda tener la única ocupación de soñar, y
que desgraciadamente, por el áspero ataque de la vida, es dentro
de mí como cuerda a punto de romperse en dolorosa
tensión. La sensibilidad que del adverso mundo me hace huir al
solitario ensueño, se habrá hecho más aguda y
frágil al alejarse gravemente mi juventud con la pausada
melancolía de la nave en el horizonte vespertino.
Al encontrarte, quedaremos unidos por el
convencimiento de nuestro destierro en la ciudad moderna que se
atormenta con el afán del oro. Ese día, demasiado tarde,
el último de mi juventud, en que despertarán, como
fantasmas, recuerdos semimuertos al formar el invierno la mortaja de la
tierra, será el primero de nuestro amor infinito y
estéril. Unidos en un mismo ensueño, huiremos del mundo,
cada día más bárbaro y avaro. Huiremos en un
vuelo, porque nuestras vidas terminarán sin huellas, de tal modo
que éste será el epitafio de nuestro idilio y de nuestra
existencia: pasaron como sonámbulos sobre la tierra maldita.
538
José Antonio Ramos Sucre
El Familiar
EL FAMILIAR
Los campesinos se retraían de señalar el curso del
tiempo. Empezaban, con el día, las faenas de la tierra y se
juntaban y citaban prendiendo una hoguera en el campo raso.
Yo distinguía desde mi balcón, retiro
para el soliloquio y el devaneo, la humareda veleidosa nacida sobre la
raya del horizonte.
Disfrutaba, después de mi juventud
intemperante, el sosiego de una ciudad extinta.
El arco iris, joya de la celeste fragua, era diadema
perpetua de su monte.
Yo recorría sus avenidas, percibiendo el
desconsuelo del ciprés y del mármol. Cavilaba en sus
plazas opacas y húmedas, esteradas de hojas. Adivinaba, en el
espejo de sus estanques y de sus fuentes, cabelleras profusas velando
desnudos cuerpos fluidos.
Yo defendía el reposo del agua. La oí
cantar, en cierta ocasión, una escala de lamentos al sentirse
herida por la rama desprendida de un árbol.
Miraba una vez las imágenes voluptuosas,
cuando sentí sobre el hombro izquierdo el contacto de una mano
fría, adunca. El importuno me interpelaba, al mismo tiempo, con
una voz honda, bronca.
El estanque de mi contemplación se
había mudado en un abismo.
Desde entonces me siguió aquel hombre
imperioso. No osaba verle de frente, su cuerpo alto y desarticulado
prometía un rostro demasiado irregular. Bajo sus pasos resonaba
hondo el suelo de la calle. Pisaba arrastrando zapatos desmesurados.
Provocaba, al pasar, el ladrido de los perros supersticiosos.
No puedo recordar el tema de su conversación.
Sus ideas eran vagas, referentes a edad olvidada. Una vez solo, me
esforzaba inútilmente dando sentido y contorno a sus palabras
molestas.
Los habitantes de mi ciudad, capital de un reino
abolido, empezaron a hablar de espantajos y maravillas. Notaban la fuga
de formas equívocas al despertar del sueño matinal.
Insistían en el resentimiento de los antiguos
reyes, olvidados en su catacumba.
Reposaban en un valle, al pie de cerros tapizados de
vegetación menuda, donde la luz y el aire divertían con
variaciones de terciopelo verde.
Yo me junté a la caterva de jóvenes
animosos, esperanzados de reducir los difuntos, por medio de
increpaciones, dentro de los límites de su reino indeciso.
Nos acercamos a la puerta de la cripta y dudamos
entrar. Sobrevino mi azaroso compañero y se nos adelantó
resueltamente.
Volvió en compañía de los reyes
y de los héroes incorporados de su urna de piedra.
Estábamos mudos de terror.
Observé entonces, por primera vez, su faz
enjuta, blanquiza, de cal.
Acerté con su origen espantoso.
Había desertado de entre los muertos.
Los campesinos se retraían de señalar el curso del
tiempo. Empezaban, con el día, las faenas de la tierra y se
juntaban y citaban prendiendo una hoguera en el campo raso.
Yo distinguía desde mi balcón, retiro
para el soliloquio y el devaneo, la humareda veleidosa nacida sobre la
raya del horizonte.
Disfrutaba, después de mi juventud
intemperante, el sosiego de una ciudad extinta.
El arco iris, joya de la celeste fragua, era diadema
perpetua de su monte.
Yo recorría sus avenidas, percibiendo el
desconsuelo del ciprés y del mármol. Cavilaba en sus
plazas opacas y húmedas, esteradas de hojas. Adivinaba, en el
espejo de sus estanques y de sus fuentes, cabelleras profusas velando
desnudos cuerpos fluidos.
Yo defendía el reposo del agua. La oí
cantar, en cierta ocasión, una escala de lamentos al sentirse
herida por la rama desprendida de un árbol.
Miraba una vez las imágenes voluptuosas,
cuando sentí sobre el hombro izquierdo el contacto de una mano
fría, adunca. El importuno me interpelaba, al mismo tiempo, con
una voz honda, bronca.
El estanque de mi contemplación se
había mudado en un abismo.
Desde entonces me siguió aquel hombre
imperioso. No osaba verle de frente, su cuerpo alto y desarticulado
prometía un rostro demasiado irregular. Bajo sus pasos resonaba
hondo el suelo de la calle. Pisaba arrastrando zapatos desmesurados.
Provocaba, al pasar, el ladrido de los perros supersticiosos.
No puedo recordar el tema de su conversación.
Sus ideas eran vagas, referentes a edad olvidada. Una vez solo, me
esforzaba inútilmente dando sentido y contorno a sus palabras
molestas.
Los habitantes de mi ciudad, capital de un reino
abolido, empezaron a hablar de espantajos y maravillas. Notaban la fuga
de formas equívocas al despertar del sueño matinal.
Insistían en el resentimiento de los antiguos
reyes, olvidados en su catacumba.
Reposaban en un valle, al pie de cerros tapizados de
vegetación menuda, donde la luz y el aire divertían con
variaciones de terciopelo verde.
Yo me junté a la caterva de jóvenes
animosos, esperanzados de reducir los difuntos, por medio de
increpaciones, dentro de los límites de su reino indeciso.
Nos acercamos a la puerta de la cripta y dudamos
entrar. Sobrevino mi azaroso compañero y se nos adelantó
resueltamente.
Volvió en compañía de los reyes
y de los héroes incorporados de su urna de piedra.
Estábamos mudos de terror.
Observé entonces, por primera vez, su faz
enjuta, blanquiza, de cal.
Acerté con su origen espantoso.
Había desertado de entre los muertos.
701
Juan Ramón Jiménez
Retorno Fugaz
¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
—¡Oh corazón falaz, mente indecisa!—
¿Era como el pasaje de la brisa?
¿Como la huida de la primavera?
Tan leve, tan voluble, tan lijera
cual estival villano... ¡Sí! Imprecisa
como sonrisa que se pierde en risa...
¡Vana en el aire, igual que una bandera!
¡Bandera, sonreír, vilano, alada
primavera de junio, brisa pura...
¡Qué loco fue tu carnaval, qué triste!
Todo tu cambiar trocose en nada
—¡memoria, ciega abeja de amargura!—
¡No sé cómo eras, yo qué sé qué
fuiste!
—¡Oh corazón falaz, mente indecisa!—
¿Era como el pasaje de la brisa?
¿Como la huida de la primavera?
Tan leve, tan voluble, tan lijera
cual estival villano... ¡Sí! Imprecisa
como sonrisa que se pierde en risa...
¡Vana en el aire, igual que una bandera!
¡Bandera, sonreír, vilano, alada
primavera de junio, brisa pura...
¡Qué loco fue tu carnaval, qué triste!
Todo tu cambiar trocose en nada
—¡memoria, ciega abeja de amargura!—
¡No sé cómo eras, yo qué sé qué
fuiste!
811
Juan Ramón Jiménez
Retorno Fugaz
¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
—¡Oh corazón falaz, mente indecisa!—
¿Era como el pasaje de la brisa?
¿Como la huida de la primavera?
Tan leve, tan voluble, tan lijera
cual estival villano... ¡Sí! Imprecisa
como sonrisa que se pierde en risa...
¡Vana en el aire, igual que una bandera!
¡Bandera, sonreír, vilano, alada
primavera de junio, brisa pura...
¡Qué loco fue tu carnaval, qué triste!
Todo tu cambiar trocose en nada
—¡memoria, ciega abeja de amargura!—
¡No sé cómo eras, yo qué sé qué
fuiste!
—¡Oh corazón falaz, mente indecisa!—
¿Era como el pasaje de la brisa?
¿Como la huida de la primavera?
Tan leve, tan voluble, tan lijera
cual estival villano... ¡Sí! Imprecisa
como sonrisa que se pierde en risa...
¡Vana en el aire, igual que una bandera!
¡Bandera, sonreír, vilano, alada
primavera de junio, brisa pura...
¡Qué loco fue tu carnaval, qué triste!
Todo tu cambiar trocose en nada
—¡memoria, ciega abeja de amargura!—
¡No sé cómo eras, yo qué sé qué
fuiste!
811
José Antonio Ramos Sucre
El Fugitivo
EL FUGITIVO
Huía ansiosamente, con pies doloridos, por el descampado. La
nevisca mojaba el suelo negro.
Esperaba salvarme en el bosque de los abedules, incurvados por la
borrasca.
Pude esconderme en el antro causado por el desarraigo de un
árbol. Compuse las raíces manifiestas para defenderme del
oso pardo, y despedí los murciélagos a gritos y palmadas.
Estaba atolondrado por el golpe recibido en la cabeza. Padecía
alucinaciones y pesadillas en el escondite. Entendí escaparlas
corriendo más lejos.
Atravesé el lodazal cubierto de juncos largos, amplectivos, y
salí a un segundo desierto. Me abstenía de encender
fogata por miedo de ser alcanzado.
Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío.
Entreveía los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me
seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego
y ladrido feroz. Los jinetes ostentaban, de penacho, el hopo de una
ardita.
Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo, y
corrí a agazaparme a los pies de mi dios.
Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con
dulzura.
Huía ansiosamente, con pies doloridos, por el descampado. La
nevisca mojaba el suelo negro.
Esperaba salvarme en el bosque de los abedules, incurvados por la
borrasca.
Pude esconderme en el antro causado por el desarraigo de un
árbol. Compuse las raíces manifiestas para defenderme del
oso pardo, y despedí los murciélagos a gritos y palmadas.
Estaba atolondrado por el golpe recibido en la cabeza. Padecía
alucinaciones y pesadillas en el escondite. Entendí escaparlas
corriendo más lejos.
Atravesé el lodazal cubierto de juncos largos, amplectivos, y
salí a un segundo desierto. Me abstenía de encender
fogata por miedo de ser alcanzado.
Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío.
Entreveía los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me
seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego
y ladrido feroz. Los jinetes ostentaban, de penacho, el hopo de una
ardita.
Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo, y
corrí a agazaparme a los pies de mi dios.
Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con
dulzura.
524