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Sociedad y el Mundo

César Vallejo

César Vallejo

Voy A Hablar De La Esperanza

Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora
como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro
este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy
sufro solamente. Si no me llamase César Vallejo, también
sufriría este mismo dolor. Si no fuese artista, también
lo sufriría. Si no fuese hombre ni ser vivo siquiera,
también lo sufriría. Si no fuese católico, ateo ni
mahometano, también lo sufriría. Hoy sufro desde
más abajo. Hoy sufro solamente.


Me duelo ahora sin explicaciones. Mi dolor es tan hondo, que no tuvo ya
causa ni carece de causa. ¿Qué sería su causa?
¿Dónde está aquello tan importante, que dejase de
ser su causa? Nada es su causa; nada ha podido dejar de ser su causa.
¿A qué ha nacido este dolor, por sí mismo? Mi
dolor es del viento del norte y del viento del sur, como esos huevos
neutros que algunas aves raras ponen del viento. Si hubiera muerto mi
novia, mi dolor sería igual. Si la vida fuese, en fin, de otro
modo, mi dolor sería igual. Hoy sufro desde más arriba.
Hoy sufro solamente.


Miro el dolor del hambriento y veo que su hambre anda tan lejos de mi
sufrimiento, que de quedarme ayuno hasta morir, saldría siempre
de mi tumba una brizna de yerba al menos. Lo mismo el enamorado.
¡Qué sangre la suya más engendrada, para la
mía sin fuente ni consumo!


Yo creía hasta ahora que todas las cosas del universo eran,
inevitablemente, padres o hijos. Pero he aquí que mi dolor de
hoy no es padre ni es hijo. Le falta espalda para anochecer, tanto como
le sobra pecho para amanecer y si lo pusiesen en la estancia oscura, no
daría luz y si lo pusiesen en una estancia luminosa, no
echaría sombra. Hoy sufro suceda lo que suceda. Hoy sufro
solamente.

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César Vallejo

César Vallejo

Mayo

Vierte el humo doméstico en la aurora
su sabor a rastrojo;
y canta, haciendo leña, la pastora
un salvaje aleluya!

Sepia y rojo.
Humo de la cocina, aperitivo
de gesta en este bravo amanecer.
El último lucero fugitivo
lo bebe, y, ebrio ya de su dulzor,
¡oh celeste zagal trasnochador!
se duerme entre un jirón de rosicler.

Hay ciertas ganas lindas de almorzar,
y beber del arroyo, y chivatear!
Aletear con el humo allá, en la altura;
o entregarse a los vientos otoñales
en pos de alguna Ruth sagrada, pura,
que nos brinde una espiga de ternura
bajo la hebraica unción de los trigales!

Hoz al hombro calmoso,
acre el gesto brioso,
va un joven labrador a Irichugo.
Y en cada brazo que parece yugo
se encrespa el férreo jugo palpitante
que en creador esfuerzo cuotidiano
chispea, como trágico diamante,
a través de los poros de la mano
que no ha bizantinado aún el guante.

Bajo un arco que forma verde aliso,
¡oh cruzada fecunda del andrajo!
pasa el perfil macizo
de este Aquiles incaico del trabajo.

La zagala que llora
su yaraví a la aurora,
recoge ¡oh Venus pobre!
frescos leños fragantes
en sus desnudos brazos arrogantes
esculpidos en cobre.
En tanto que un becerro,
perseguido del perro,
por la cuesta bravía
corre, ofrendando al floreciente día
un himno de Virgilio en su cencerro!

Delante de la choza
el indio abuelo fuma;
y el serrano crepúsculo de rosa,
el ara primitiva se sahúma
en el gas del tabaco.
Tal surge de la entraña fabulosa
de epopéyico huaco,
mítico aroma de broncíneos lotos,
el hilo azul de los alientos rotos!
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