Sociedad y el Mundo
Luis Felipe Vivanco
El Descampado
Tú estás en ese taxi parado, sí, eres Tú
—un bulto en el crepúsculo— junto al bordillo blanco
donde se acaba el campo de enfrente o descampado.
Lo sé, aunque no te he visto (y aunque dentro del taxi
no hay nadie). Está lloviendo con fuerta. Está empezando
a oler en la ciudad a campo de muy lejos...
Y tú estás en el taxi como en una capilla
que fuera entre las hazas ermita solitaria.
(Lo sé, porque esos trigos que se iluminan, lejos...,
y ese río parado, con sus aguas crecidas
de pronto...) Llueve fuerte y estás dentro del taxi
(tal vez junto a ese chófer fatigado al volante).
Sé que dentro del taxi no hay nadie, pero huele
a lluvia de muy lejos. Suena esa luvia. Y pienso
sin ganas: ser poeta, suspender en el aire
laborioso de un día y otro día unas pocas
palabras necesarias, y quitarse de en medio.
Porque uno —su difícil vivir— ya no hace falta
si quedan las palabras. Ser poeta: orientarse,
como esa luz dudosa cruzando el descampado
y en vez de una existencia brillante, tener alma.
Por eso, algo me quito de en medio: estoy viviendo
como un taxi parado junto al bordillo blanco
(y hay un cerco de alegres sonrisas y de manos
fieles a sus celestes cotnactos en la sombra).
Porque Tú, el más activo —y el más ocioso— estabas
aquí, junto al farol de luz verde en lan oche.
Tú, sin libros; Tú, libre con brazos, con miradas,
estabas sin testigos y medías —ocioso—
mis pasos por mi cuarto (donde caben mis años).
Y los trigos en éxtasis de Castilla la Vieja,
los ríos llameantes con sus aguas crecidas,
seguían a lo lejos relevándote (mientras
detrás de mis cristales aparece el retraso
de ese barro, esos charcos del ancho descampado,
¡yo también descampado, desterrado del campo!)
Leandro Fernández de Moratín
Epístola El Filosofastro
locuaz, declamador, a verme vino
en punto de las diez. Si de él te acuerdas,
sabrás que no tan solo es importuno,
presumido, embrollón, sino que a tantas
gracias añade la de ser goloso
más que el perro de Filis. No te puedo
decir con cuántas indirectas frases
y tropos elegantes y floridos
me pidió de almorzar. Cedí al encanto
de su elocuencia, y vieras conducida
del rústico gallego que me sirve
ancha bandeja con tazón chinesco
rebosando de hirviente chocolate
(ración cumplida para tres prelados
benedictinos), y en cristal luciente,
agua que serenó barro de Andújar;
tierno y sabroso pan, mucha abundancia
de leves tortas y bizcochos duros,
que toda absorben la poción süave
de Soconusco, y su dureza pierden.
No con tanto placer el lobo hambriento
mira la enferma res, que en solitario
bosque perdió el pastor; como el ayuno
huésped el don que le presento opimo.
Antes de comenzar el gran destrozo,
altos elogios hizo del fragante
aroma que la taza despedía,
del esponjoso pan, de los dorados
bollos, del plato, del mantel, del agua;
y empieza a devorar. Mas no presumas
que por eso calló: diserta y come,
engulle y grita, fatigando a un tiempo
estómago y pulmón. ¡Qué cosas dijo!
¡Cuánta doctrina acumuló, citando
vengan al caso o no, godos y etruscos!
Al fin, en ronca voz: "¡Oh edad nefanda,
vicios abominables! ¡Oh costumbres!
¡Oh corrupción!" exclama, y de camino
dos tortas se tragó. "¡Qué a tanto llegue
nuestra depravación, y un placer solo
tantos afanes y dolor produzca
a la oprimida humanidad! Por este
sorbo llenamos de miseria y luto
la América infeliz, por él Europa,
la culta Europa en el Oriente usurpa
vastas regiones, porque puso en ellas
naturaleza el cinamomo ardiente;
y para que más grato el gusto adule
este licor, en duros eslabones
hace gemir al atezado pueblo
que en África compró, simple y desnudo.
¡Oh! ¡qué abominación!" Dijo, y llorando
lágrimas de dolor, se echó de un golpe
cuanto en el hondo cangilón quedaba.
Claudio, si tú no lloras, pues la risa
llanto causa también, de mármol eres,
que es mucha erudición, celo muy puro,
mucho prurito de censura estoica
el de mi huésped; y este celo, y esta
comezón docta, es general locura
del filosofador siglo presente.
Más difíciles somos y atrevidos
que nuestros padres, más innovadores,
pero mejores no. Mucha doctrina,
poca virtud. No hay picarón tramposo,
venal, entremetido, disoluto,
infame delator, amigo falso,
que ya no ejerza autoridad censoria
en la Puerta del Sol, y allí gobierne
los estados del mundo, las costumbres,
los ritos y las leyes mude y quite.
Próculo, que se viste y calza y come
de calumniar y de mentir, publica
centones de moral. Nevio, que puso
pleito a su madre y la encerró por loca,
dice que ya la autoridad paterna
ni apoyos tiene ni vigor, y nace
la corrupción de aquí. Zenón, que trata
de no pagar a su pupila el dote,
habiéndola comido el patrimonio
que en su mano rapaz la ley le entrega,
dice que no hay justicia, y se conduele
de que la probidad es nombre vano.
Rufino, que vendió por precio infame
las gracias de su esposa, solicita
una insignia de honor. Camilo apunta
cien onzas, mil, a la mayor de espadas,
en ilustres garitos disipando
la sangre de sus pueblos infelices,
y habla de patriotismo... Claudio, todos
predican ya virtud, como el hambriento
don Ermeguncio cuando sorbe y llora...
Dichoso aquél que la practica y calla.
Leandro Fernández de Moratín
Epístola El Filosofastro
locuaz, declamador, a verme vino
en punto de las diez. Si de él te acuerdas,
sabrás que no tan solo es importuno,
presumido, embrollón, sino que a tantas
gracias añade la de ser goloso
más que el perro de Filis. No te puedo
decir con cuántas indirectas frases
y tropos elegantes y floridos
me pidió de almorzar. Cedí al encanto
de su elocuencia, y vieras conducida
del rústico gallego que me sirve
ancha bandeja con tazón chinesco
rebosando de hirviente chocolate
(ración cumplida para tres prelados
benedictinos), y en cristal luciente,
agua que serenó barro de Andújar;
tierno y sabroso pan, mucha abundancia
de leves tortas y bizcochos duros,
que toda absorben la poción süave
de Soconusco, y su dureza pierden.
No con tanto placer el lobo hambriento
mira la enferma res, que en solitario
bosque perdió el pastor; como el ayuno
huésped el don que le presento opimo.
Antes de comenzar el gran destrozo,
altos elogios hizo del fragante
aroma que la taza despedía,
del esponjoso pan, de los dorados
bollos, del plato, del mantel, del agua;
y empieza a devorar. Mas no presumas
que por eso calló: diserta y come,
engulle y grita, fatigando a un tiempo
estómago y pulmón. ¡Qué cosas dijo!
¡Cuánta doctrina acumuló, citando
vengan al caso o no, godos y etruscos!
Al fin, en ronca voz: "¡Oh edad nefanda,
vicios abominables! ¡Oh costumbres!
¡Oh corrupción!" exclama, y de camino
dos tortas se tragó. "¡Qué a tanto llegue
nuestra depravación, y un placer solo
tantos afanes y dolor produzca
a la oprimida humanidad! Por este
sorbo llenamos de miseria y luto
la América infeliz, por él Europa,
la culta Europa en el Oriente usurpa
vastas regiones, porque puso en ellas
naturaleza el cinamomo ardiente;
y para que más grato el gusto adule
este licor, en duros eslabones
hace gemir al atezado pueblo
que en África compró, simple y desnudo.
¡Oh! ¡qué abominación!" Dijo, y llorando
lágrimas de dolor, se echó de un golpe
cuanto en el hondo cangilón quedaba.
Claudio, si tú no lloras, pues la risa
llanto causa también, de mármol eres,
que es mucha erudición, celo muy puro,
mucho prurito de censura estoica
el de mi huésped; y este celo, y esta
comezón docta, es general locura
del filosofador siglo presente.
Más difíciles somos y atrevidos
que nuestros padres, más innovadores,
pero mejores no. Mucha doctrina,
poca virtud. No hay picarón tramposo,
venal, entremetido, disoluto,
infame delator, amigo falso,
que ya no ejerza autoridad censoria
en la Puerta del Sol, y allí gobierne
los estados del mundo, las costumbres,
los ritos y las leyes mude y quite.
Próculo, que se viste y calza y come
de calumniar y de mentir, publica
centones de moral. Nevio, que puso
pleito a su madre y la encerró por loca,
dice que ya la autoridad paterna
ni apoyos tiene ni vigor, y nace
la corrupción de aquí. Zenón, que trata
de no pagar a su pupila el dote,
habiéndola comido el patrimonio
que en su mano rapaz la ley le entrega,
dice que no hay justicia, y se conduele
de que la probidad es nombre vano.
Rufino, que vendió por precio infame
las gracias de su esposa, solicita
una insignia de honor. Camilo apunta
cien onzas, mil, a la mayor de espadas,
en ilustres garitos disipando
la sangre de sus pueblos infelices,
y habla de patriotismo... Claudio, todos
predican ya virtud, como el hambriento
don Ermeguncio cuando sorbe y llora...
Dichoso aquél que la practica y calla.
Leandro Fernández de Moratín
Epístola A Don Simón Rodríguez Laso, Rector Del Colegio De San Clemente De Bolonia
¿es poco breve, di, que el hombre deba
su fin apresurar? O los que al mundo
naturaleza dio males crueles,
¿tan pocos fueron, que el error disculpen
con que aspiramos a crecer la suma?
¿Ves afanarse en modos mil, buscando
riquezas, fama, autoridad y honores,
la humana multitud ciega y perdida?
Oye el lamento universal. Ninguno
verás que a la deidad con atrevidos
votos no canse, y otra suerte envidie.
Todos, desde la choza mal cubierta
de rudos troncos, al robusto alcázar
de los tiranos donde truena el bronce,
infelices se llaman. ¡Ay! y acaso
todos lo son: que de un afecto en otro,
de una esperanza, y otra, y mil creídos,
hallan, huyendo el bien, fatiga y muerte.
Así buscando el navegante asturo
la playa austral, que en vano solicita,
si ve, muriendo el sol, nube distante,
allá dirige las hinchadas lonas.
Su error conoce al fin; pero distingue
monte de hielo entre la niebla obscura,
y a esperar vuelve, y otra vez se engaña,
hasta que horrible tempestad le cerca,
braman las ondas, y aquilón sañudo
el frágil leño en remolinos hunde,
o yerto escollo de coral le rompe.
La paz del corazón, única y sola
delicia del mortal, no la consigue
sin que el furor de su ambición reprima,
sin que del vicio la coyunda logre
intrépido romper. Ni hallarle espere
en la estrechez de sórdida pobreza,
que las pálidas fiebres acompañan,
la desesperación y los delitos,
ni los metales que a mi rey tributa.
Lima opulenta poseyendo. El vulgo
vano, sin luz, de la fortuna adora
el ídolo engañoso; la prudente
moderación es la virtud del sabio.
Feliz aquél que en áurea medianía,
ambos extremos evitando, abraza
ignorada quietud. Ni el bien ajeno
su paz turbó, ni de insolente orgullo
las iras teme, ni el favor procura;
suena en su labio la verdad, detesta
al vicio; aunque del orbe el cetro empuñe
y envilecida multitud le adore.
Libre, inocente, obscuro, alegre vive,
a nadie superior, de nadie esclavo.
¿Pero cuál frenesí la mente ocupa
del hombre, y llena su existencia breve
de angustias y dolor? Tú, si en las horas
de largo estudio el corazón humano
supiste conocer, o en los famosos
palacios donde la opulencia habita,
la astucia y corrupción, ¿hallaste alguno
de los que el aura del favor sustenta,
y martiriza áspera sed de imperio,
que un placer guste, que una vez descanse?
¡Y cómo burla su esperanza, y postra
la suerte su ambición! Los sube en alto,
para que al suelo con mayor ruina
se precipiten. Como en noche obscura
centella artificial los aires rompe,
la plebe admira el esplendor mentido
de su rápida luz; retumba y muere.
¿Ves, adornado con diamantes y oro,
de vestiduras séricas cubierto
y púrpuras del sur, que arrastra y pisa,
al poderoso audaz? ¿La numerosa
turba no ves que le saluda humilde,
ocupando los pórticos sonoros
de la fábrica inmensa, que olvidado
de morir, ya decrépito, levanta?
¡Ay! no le envidies, que en su pecho anidan
tristes afanes. La brillante pompa,
esclavitud magnífica, los humos
de adulación servil, las militares
puntas que entorno a defenderle asisten,
ni los tesoros que avariento oculta,
ni cien provincias a su ley sujetas,
alivio le darán. Y en vano al sueño
invoca en pavorosa y luenga noche;
busca reposo en vano, y por las altas
bóvedas de marfil vuela el suspiro.
¡Oh tú, del Arlas vagaroso humilde
orilla, rica de las mies de Ceres,
de pámpanos y olivos! ¡Verde prado
que pasta mudo el ganadillo errante,
áspero monte, opaca selva y fría!
¿Cuándo será que habitador dichoso
de cómodo, rural, pequeño albergue,
templo de la Amistad y de las Musas,
al cielo grato y a los hombres, vea
en deliciosa paz los años míos
volar fugaces? Parca mesa, ameno
jardín, de frutos abundante y flores,
que yo cultivaré, sonoras aguas
que de la altura al valle se deslicen,
y lentas formen transparente lago
a los cisnes de Venus, escondida
gruta de musgo y de laurel cubierta,
aves canoras, revolando alegres
y libres como yo, rumor süave
que en torno zumbe del panal hibleo,
y leves auras espirando olores;
esto a mi corazón le basta... Y cuando
llegue el silencio de la noche eterna,
descansaré, sombra feliz, si algunas
lágrimas tristes mi sepulcro bañan.
Leandro Fernández de Moratín
Epístola A Don Simón Rodríguez Laso, Rector Del Colegio De San Clemente De Bolonia
¿es poco breve, di, que el hombre deba
su fin apresurar? O los que al mundo
naturaleza dio males crueles,
¿tan pocos fueron, que el error disculpen
con que aspiramos a crecer la suma?
¿Ves afanarse en modos mil, buscando
riquezas, fama, autoridad y honores,
la humana multitud ciega y perdida?
Oye el lamento universal. Ninguno
verás que a la deidad con atrevidos
votos no canse, y otra suerte envidie.
Todos, desde la choza mal cubierta
de rudos troncos, al robusto alcázar
de los tiranos donde truena el bronce,
infelices se llaman. ¡Ay! y acaso
todos lo son: que de un afecto en otro,
de una esperanza, y otra, y mil creídos,
hallan, huyendo el bien, fatiga y muerte.
Así buscando el navegante asturo
la playa austral, que en vano solicita,
si ve, muriendo el sol, nube distante,
allá dirige las hinchadas lonas.
Su error conoce al fin; pero distingue
monte de hielo entre la niebla obscura,
y a esperar vuelve, y otra vez se engaña,
hasta que horrible tempestad le cerca,
braman las ondas, y aquilón sañudo
el frágil leño en remolinos hunde,
o yerto escollo de coral le rompe.
La paz del corazón, única y sola
delicia del mortal, no la consigue
sin que el furor de su ambición reprima,
sin que del vicio la coyunda logre
intrépido romper. Ni hallarle espere
en la estrechez de sórdida pobreza,
que las pálidas fiebres acompañan,
la desesperación y los delitos,
ni los metales que a mi rey tributa.
Lima opulenta poseyendo. El vulgo
vano, sin luz, de la fortuna adora
el ídolo engañoso; la prudente
moderación es la virtud del sabio.
Feliz aquél que en áurea medianía,
ambos extremos evitando, abraza
ignorada quietud. Ni el bien ajeno
su paz turbó, ni de insolente orgullo
las iras teme, ni el favor procura;
suena en su labio la verdad, detesta
al vicio; aunque del orbe el cetro empuñe
y envilecida multitud le adore.
Libre, inocente, obscuro, alegre vive,
a nadie superior, de nadie esclavo.
¿Pero cuál frenesí la mente ocupa
del hombre, y llena su existencia breve
de angustias y dolor? Tú, si en las horas
de largo estudio el corazón humano
supiste conocer, o en los famosos
palacios donde la opulencia habita,
la astucia y corrupción, ¿hallaste alguno
de los que el aura del favor sustenta,
y martiriza áspera sed de imperio,
que un placer guste, que una vez descanse?
¡Y cómo burla su esperanza, y postra
la suerte su ambición! Los sube en alto,
para que al suelo con mayor ruina
se precipiten. Como en noche obscura
centella artificial los aires rompe,
la plebe admira el esplendor mentido
de su rápida luz; retumba y muere.
¿Ves, adornado con diamantes y oro,
de vestiduras séricas cubierto
y púrpuras del sur, que arrastra y pisa,
al poderoso audaz? ¿La numerosa
turba no ves que le saluda humilde,
ocupando los pórticos sonoros
de la fábrica inmensa, que olvidado
de morir, ya decrépito, levanta?
¡Ay! no le envidies, que en su pecho anidan
tristes afanes. La brillante pompa,
esclavitud magnífica, los humos
de adulación servil, las militares
puntas que entorno a defenderle asisten,
ni los tesoros que avariento oculta,
ni cien provincias a su ley sujetas,
alivio le darán. Y en vano al sueño
invoca en pavorosa y luenga noche;
busca reposo en vano, y por las altas
bóvedas de marfil vuela el suspiro.
¡Oh tú, del Arlas vagaroso humilde
orilla, rica de las mies de Ceres,
de pámpanos y olivos! ¡Verde prado
que pasta mudo el ganadillo errante,
áspero monte, opaca selva y fría!
¿Cuándo será que habitador dichoso
de cómodo, rural, pequeño albergue,
templo de la Amistad y de las Musas,
al cielo grato y a los hombres, vea
en deliciosa paz los años míos
volar fugaces? Parca mesa, ameno
jardín, de frutos abundante y flores,
que yo cultivaré, sonoras aguas
que de la altura al valle se deslicen,
y lentas formen transparente lago
a los cisnes de Venus, escondida
gruta de musgo y de laurel cubierta,
aves canoras, revolando alegres
y libres como yo, rumor süave
que en torno zumbe del panal hibleo,
y leves auras espirando olores;
esto a mi corazón le basta... Y cuando
llegue el silencio de la noche eterna,
descansaré, sombra feliz, si algunas
lágrimas tristes mi sepulcro bañan.
Leandro Fernández de Moratín
Epístola A Don Gaspar De Jovellanos
nuestras almas unió, durable existe,
Jovino ilustre; y ni la ausencia larga,
ni la distancia, ni interpuestos montes
y proceloso mar que suena ronco,
de mi memoria apartarán tu idea.
Duro silencio a mi cariño impuso
el son de Marte, que suspende ahora
la paz, la dulce paz. Sé que en obscura,
deliciosa quietud, contento vives,
siempre animado de incansable celo
por el público bien, de las virtudes
y del talento protector y amigo.
Estos que formo de primor desnudos,
no castigados de tu docta lima,
fáciles versos, la verdad te anuncien
de mi constante fe; y el cielo en tanto
vuélvame presto la ocasión de verte
y renovar en familiar discurso
cuanto a mi vista presentó del orbe
la varia escena. De mi patria orilla
a las que el Sena turbulento baña,
teñido en sangre, del audaz britano,
dueño del mar, al aterido belga;
del Rhin profundo a las nevadas cumbres
del Apenino, y la que en humo ardiente
cubre y ceniza a Nápoles canora,
pueblos, naciones visité distintas.
Útil ciencia adquirí, que nunca enseña
docta lección en retirada estancia;
que allí no ves la diferencia suma
que el clima, el culto, la opinión, las artes,
las leyes causan. Hallarasla sólo,
si al hombre estudias en el hombre mismo.
Ya el crudo invierno que aumentó las ondas
del Tibre, en sus orillas me detiene,
de Roma habitador. ¡Fuéseme dado
vagar por ella, y de su gloria antigua
contigo examinar los admirables
restos que el tiempo, a cuya fuerza nada
resiste, quiso perdonar! Alumno
tú de las Musas y las artes bellas,
oráculo veraz de la alma historia,
¡cuánta doctrina al afluente labio
dieras, y cuántas, inflamado el numen,
imágenes sublimes hallarías
en los destrozos del mayor imperio!
Cayó la gran ciudad que las naciones
más belicosas dominó, y con ella
acabó el nombre y el valor latino;
y la que, osada, desde el Nilo al Betis
sus águilas llevó, prole de Marte,
adornando de bárbaros trofeos
el Capitolio, conduciendo atados
al carro de marfil reyes adustos,
entre el sonido de torcidas trompas
y el ronco aplauso de los anchos foros;
la que dio leyes a la tierra; horrible
noche la cubre, pereció. Ni esperes
en la que existe descendencia obscura,
torpe, abatida, del honor primero,
de la antigua virtud hallar señales.
Estos desmoronados edificios,
informes masas que el arado rompe,
circos un tiempo, alcázares, teatros,
termas, soberbios arcos y sepulcros,
donde (fama es común) tal vez se escucha,
en el silencio de la sombra triste,
lamento funeral, la gloria acuerdan
del pueblo ilustre de Quirino, y sólo
esto conserva a las futuras gentes
la señora del mundo, ínclita Roma.
¿Esto y no más, de su poder temido,
de sus artes quedó? ¡Que no pudieron
ni su virtud, ni su saber, ni unida
tanta opulencia, mitigar del hado
la ley tremenda o dilatar el golpe?
¡Ay! si todo es mortal, si al tiempo ceden,
como la débil flor, los fuertes muros;
si los bronces y pórfidos quebranta,
y los destruye, y los sepulta en polvo,
¿para quién guarda su tesoro intacto
el avaro infeliz? ¿a quién promete
nombre inmortal la adulación traidora,
que la violencia ensalza y los delitos?
¿por qué a la tumba presurosa corre
la humana estirpe vengativa, airada,
envidiosa...? ¿de qué?, si cuanto existe,
y cuanto el hombre ve, todo es rüinas.
Todo, que a no volver huyen las horas
precipitadas, y a su fin conducen
de los altos imperios de la tierra
el caduco esplendor. Solo el oculto
numen que anima el universo, eterno
vive, y él sólo es poderoso y grande.
Leandro Fernández de Moratín
Epístola A Don Gaspar De Jovellanos
nuestras almas unió, durable existe,
Jovino ilustre; y ni la ausencia larga,
ni la distancia, ni interpuestos montes
y proceloso mar que suena ronco,
de mi memoria apartarán tu idea.
Duro silencio a mi cariño impuso
el son de Marte, que suspende ahora
la paz, la dulce paz. Sé que en obscura,
deliciosa quietud, contento vives,
siempre animado de incansable celo
por el público bien, de las virtudes
y del talento protector y amigo.
Estos que formo de primor desnudos,
no castigados de tu docta lima,
fáciles versos, la verdad te anuncien
de mi constante fe; y el cielo en tanto
vuélvame presto la ocasión de verte
y renovar en familiar discurso
cuanto a mi vista presentó del orbe
la varia escena. De mi patria orilla
a las que el Sena turbulento baña,
teñido en sangre, del audaz britano,
dueño del mar, al aterido belga;
del Rhin profundo a las nevadas cumbres
del Apenino, y la que en humo ardiente
cubre y ceniza a Nápoles canora,
pueblos, naciones visité distintas.
Útil ciencia adquirí, que nunca enseña
docta lección en retirada estancia;
que allí no ves la diferencia suma
que el clima, el culto, la opinión, las artes,
las leyes causan. Hallarasla sólo,
si al hombre estudias en el hombre mismo.
Ya el crudo invierno que aumentó las ondas
del Tibre, en sus orillas me detiene,
de Roma habitador. ¡Fuéseme dado
vagar por ella, y de su gloria antigua
contigo examinar los admirables
restos que el tiempo, a cuya fuerza nada
resiste, quiso perdonar! Alumno
tú de las Musas y las artes bellas,
oráculo veraz de la alma historia,
¡cuánta doctrina al afluente labio
dieras, y cuántas, inflamado el numen,
imágenes sublimes hallarías
en los destrozos del mayor imperio!
Cayó la gran ciudad que las naciones
más belicosas dominó, y con ella
acabó el nombre y el valor latino;
y la que, osada, desde el Nilo al Betis
sus águilas llevó, prole de Marte,
adornando de bárbaros trofeos
el Capitolio, conduciendo atados
al carro de marfil reyes adustos,
entre el sonido de torcidas trompas
y el ronco aplauso de los anchos foros;
la que dio leyes a la tierra; horrible
noche la cubre, pereció. Ni esperes
en la que existe descendencia obscura,
torpe, abatida, del honor primero,
de la antigua virtud hallar señales.
Estos desmoronados edificios,
informes masas que el arado rompe,
circos un tiempo, alcázares, teatros,
termas, soberbios arcos y sepulcros,
donde (fama es común) tal vez se escucha,
en el silencio de la sombra triste,
lamento funeral, la gloria acuerdan
del pueblo ilustre de Quirino, y sólo
esto conserva a las futuras gentes
la señora del mundo, ínclita Roma.
¿Esto y no más, de su poder temido,
de sus artes quedó? ¡Que no pudieron
ni su virtud, ni su saber, ni unida
tanta opulencia, mitigar del hado
la ley tremenda o dilatar el golpe?
¡Ay! si todo es mortal, si al tiempo ceden,
como la débil flor, los fuertes muros;
si los bronces y pórfidos quebranta,
y los destruye, y los sepulta en polvo,
¿para quién guarda su tesoro intacto
el avaro infeliz? ¿a quién promete
nombre inmortal la adulación traidora,
que la violencia ensalza y los delitos?
¿por qué a la tumba presurosa corre
la humana estirpe vengativa, airada,
envidiosa...? ¿de qué?, si cuanto existe,
y cuanto el hombre ve, todo es rüinas.
Todo, que a no volver huyen las horas
precipitadas, y a su fin conducen
de los altos imperios de la tierra
el caduco esplendor. Solo el oculto
numen que anima el universo, eterno
vive, y él sólo es poderoso y grande.
Leandro Fernández de Moratín
Epístola A Don Gaspar De Jovellanos
nuestras almas unió, durable existe,
Jovino ilustre; y ni la ausencia larga,
ni la distancia, ni interpuestos montes
y proceloso mar que suena ronco,
de mi memoria apartarán tu idea.
Duro silencio a mi cariño impuso
el son de Marte, que suspende ahora
la paz, la dulce paz. Sé que en obscura,
deliciosa quietud, contento vives,
siempre animado de incansable celo
por el público bien, de las virtudes
y del talento protector y amigo.
Estos que formo de primor desnudos,
no castigados de tu docta lima,
fáciles versos, la verdad te anuncien
de mi constante fe; y el cielo en tanto
vuélvame presto la ocasión de verte
y renovar en familiar discurso
cuanto a mi vista presentó del orbe
la varia escena. De mi patria orilla
a las que el Sena turbulento baña,
teñido en sangre, del audaz britano,
dueño del mar, al aterido belga;
del Rhin profundo a las nevadas cumbres
del Apenino, y la que en humo ardiente
cubre y ceniza a Nápoles canora,
pueblos, naciones visité distintas.
Útil ciencia adquirí, que nunca enseña
docta lección en retirada estancia;
que allí no ves la diferencia suma
que el clima, el culto, la opinión, las artes,
las leyes causan. Hallarasla sólo,
si al hombre estudias en el hombre mismo.
Ya el crudo invierno que aumentó las ondas
del Tibre, en sus orillas me detiene,
de Roma habitador. ¡Fuéseme dado
vagar por ella, y de su gloria antigua
contigo examinar los admirables
restos que el tiempo, a cuya fuerza nada
resiste, quiso perdonar! Alumno
tú de las Musas y las artes bellas,
oráculo veraz de la alma historia,
¡cuánta doctrina al afluente labio
dieras, y cuántas, inflamado el numen,
imágenes sublimes hallarías
en los destrozos del mayor imperio!
Cayó la gran ciudad que las naciones
más belicosas dominó, y con ella
acabó el nombre y el valor latino;
y la que, osada, desde el Nilo al Betis
sus águilas llevó, prole de Marte,
adornando de bárbaros trofeos
el Capitolio, conduciendo atados
al carro de marfil reyes adustos,
entre el sonido de torcidas trompas
y el ronco aplauso de los anchos foros;
la que dio leyes a la tierra; horrible
noche la cubre, pereció. Ni esperes
en la que existe descendencia obscura,
torpe, abatida, del honor primero,
de la antigua virtud hallar señales.
Estos desmoronados edificios,
informes masas que el arado rompe,
circos un tiempo, alcázares, teatros,
termas, soberbios arcos y sepulcros,
donde (fama es común) tal vez se escucha,
en el silencio de la sombra triste,
lamento funeral, la gloria acuerdan
del pueblo ilustre de Quirino, y sólo
esto conserva a las futuras gentes
la señora del mundo, ínclita Roma.
¿Esto y no más, de su poder temido,
de sus artes quedó? ¡Que no pudieron
ni su virtud, ni su saber, ni unida
tanta opulencia, mitigar del hado
la ley tremenda o dilatar el golpe?
¡Ay! si todo es mortal, si al tiempo ceden,
como la débil flor, los fuertes muros;
si los bronces y pórfidos quebranta,
y los destruye, y los sepulta en polvo,
¿para quién guarda su tesoro intacto
el avaro infeliz? ¿a quién promete
nombre inmortal la adulación traidora,
que la violencia ensalza y los delitos?
¿por qué a la tumba presurosa corre
la humana estirpe vengativa, airada,
envidiosa...? ¿de qué?, si cuanto existe,
y cuanto el hombre ve, todo es rüinas.
Todo, que a no volver huyen las horas
precipitadas, y a su fin conducen
de los altos imperios de la tierra
el caduco esplendor. Solo el oculto
numen que anima el universo, eterno
vive, y él sólo es poderoso y grande.
Leandro Fernández de Moratín
Soneto La Noche De Montiel
ese feroz tirano de Castilla?
Pedro al verle, desnuda la cuchilla,
y se presenta a su rival delante.
Cierra con él, y en lucha vacilante
le postra, y pone al pecho la rodilla
Beltrán (aunque sus glorias amancilla)
trueca a los hados el temido instante.
Herido el rey por la fraterna mano,
joven espira con horrenda muerte,
y el trono y los rencores abandona.
No aguarde premios en el mundo vano
la inocente virtud; si da la suerte
por un delito atroz, una corona.
Leandro Fernández de Moratín
Soneto La Noche De Montiel
ese feroz tirano de Castilla?
Pedro al verle, desnuda la cuchilla,
y se presenta a su rival delante.
Cierra con él, y en lucha vacilante
le postra, y pone al pecho la rodilla
Beltrán (aunque sus glorias amancilla)
trueca a los hados el temido instante.
Herido el rey por la fraterna mano,
joven espira con horrenda muerte,
y el trono y los rencores abandona.
No aguarde premios en el mundo vano
la inocente virtud; si da la suerte
por un delito atroz, una corona.
Leandro Fernández de Moratín
Inscripción Para El Sepulcro De D Francisco Gregorio De Salas
yace Salicio: el ánimo celeste,
roto el nudo mortal, descansa y goza
eterno galardón. Vivió en la tierra
pastor sencillo, de ambición remoto,
a el trato fácil y a la honesta risa,
y del pudor y la inocencia amigo.
Ni envidia conoció, ni orgullo insano,
su corazón, como su lengua puro.
Amaba la virtud, amó las selvas.
Diole su plectro, y de olorosas flores.
guirnalda le ciñó, la que preside
al canto pastoril, divina Euterpe.
Leandro Fernández de Moratín
Elegía A Las Musas
esta sonante lira y flautas de oro
y máscaras alegres, que algún día
me disteis, sacras Musas, de mis manos
trémulas recibid, y el canto acabe,
que fuera osado intento repetirle.
He visto ya cómo la edad ligera,
apresurando a no volver las horas,
robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
a la cansada senectud, y en vano
huera implorarle; pero en tanto, bellas
ninfas, del verde Pindo habitadoras,
no me neguéis que os agradezca humilde
los bienes que os debí. Si pude un día,
no indigno sucesor de nombre ilustre,
dilatarle famoso; a vos fue dado
llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
pudo bastar vuestro amoroso anhelo
a prestarme constancia en los afanes
que turbaron mi paz, cuando insolente,
vano saber, enconos y venganzas,
codicia y ambición la patria mía
abandonaron a civil discordia.
Yo vi del polvo levantarse audaces
a dominar y perecer tiranos,
atropellarse efímeras las leyes,
y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
bañar en sangre nuestra, combatirse,
vencido y vencedor, hijos de España,
y el trono desplomándose al vendido
ímpetu popular. De las arenas
que el mar sacude en la fenicia Gades,
a las que el Tajo lusitano envuelve
en oro y conchas, uno y otro imperio,
iras, desorden esparciendo y luto,
comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
revienta incendios, su bifronte cima
cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
turba el Averno sus calladas ondas;
y allá del Tibre en la ribera etrusca
se estremece la cúpula soberbia,
que da sepulcro al sucesor de Cristo.*
¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad: bramó iracundo
el huracán, y arrebató a los campos
sus frutos, su matiz; la rica pompa
destrozó de los árboles sombríos;
todas huyeron tímidas las aves
del blando nido, en el espanto mudas:
no más trinos de amor. Así agitaron
los tardos años mi existencia, y pudo
solo en región extraña el oprimido
ánimo hallar dulce descanso y vida.
Breve será, que ya la tumba aguarda
y sus mármoles abre a recibirme;
ya los voy a ocupar... Si no es eterno
el rigor de los hados, y reservan
a mi patria infeliz mayor ventura,
dénsela presto, y mi postrer suspiro
será por ella... Prevenid en tanto
flébiles tonos, enlazad coronas
de ciprés funeral, Musas celestes;
y donde a las del mar sus aguas mezcla
el Garona opulento, en silencioso
bosque de lauros y menudos mirtos,
ocultad entre flores mis cenizas.
Leandro Fernández de Moratín
Elegía A Las Musas
esta sonante lira y flautas de oro
y máscaras alegres, que algún día
me disteis, sacras Musas, de mis manos
trémulas recibid, y el canto acabe,
que fuera osado intento repetirle.
He visto ya cómo la edad ligera,
apresurando a no volver las horas,
robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
a la cansada senectud, y en vano
huera implorarle; pero en tanto, bellas
ninfas, del verde Pindo habitadoras,
no me neguéis que os agradezca humilde
los bienes que os debí. Si pude un día,
no indigno sucesor de nombre ilustre,
dilatarle famoso; a vos fue dado
llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
pudo bastar vuestro amoroso anhelo
a prestarme constancia en los afanes
que turbaron mi paz, cuando insolente,
vano saber, enconos y venganzas,
codicia y ambición la patria mía
abandonaron a civil discordia.
Yo vi del polvo levantarse audaces
a dominar y perecer tiranos,
atropellarse efímeras las leyes,
y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
bañar en sangre nuestra, combatirse,
vencido y vencedor, hijos de España,
y el trono desplomándose al vendido
ímpetu popular. De las arenas
que el mar sacude en la fenicia Gades,
a las que el Tajo lusitano envuelve
en oro y conchas, uno y otro imperio,
iras, desorden esparciendo y luto,
comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
revienta incendios, su bifronte cima
cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
turba el Averno sus calladas ondas;
y allá del Tibre en la ribera etrusca
se estremece la cúpula soberbia,
que da sepulcro al sucesor de Cristo.*
¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad: bramó iracundo
el huracán, y arrebató a los campos
sus frutos, su matiz; la rica pompa
destrozó de los árboles sombríos;
todas huyeron tímidas las aves
del blando nido, en el espanto mudas:
no más trinos de amor. Así agitaron
los tardos años mi existencia, y pudo
solo en región extraña el oprimido
ánimo hallar dulce descanso y vida.
Breve será, que ya la tumba aguarda
y sus mármoles abre a recibirme;
ya los voy a ocupar... Si no es eterno
el rigor de los hados, y reservan
a mi patria infeliz mayor ventura,
dénsela presto, y mi postrer suspiro
será por ella... Prevenid en tanto
flébiles tonos, enlazad coronas
de ciprés funeral, Musas celestes;
y donde a las del mar sus aguas mezcla
el Garona opulento, en silencioso
bosque de lauros y menudos mirtos,
ocultad entre flores mis cenizas.
Leandro Fernández de Moratín
Elegía A Las Musas
esta sonante lira y flautas de oro
y máscaras alegres, que algún día
me disteis, sacras Musas, de mis manos
trémulas recibid, y el canto acabe,
que fuera osado intento repetirle.
He visto ya cómo la edad ligera,
apresurando a no volver las horas,
robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
a la cansada senectud, y en vano
huera implorarle; pero en tanto, bellas
ninfas, del verde Pindo habitadoras,
no me neguéis que os agradezca humilde
los bienes que os debí. Si pude un día,
no indigno sucesor de nombre ilustre,
dilatarle famoso; a vos fue dado
llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
pudo bastar vuestro amoroso anhelo
a prestarme constancia en los afanes
que turbaron mi paz, cuando insolente,
vano saber, enconos y venganzas,
codicia y ambición la patria mía
abandonaron a civil discordia.
Yo vi del polvo levantarse audaces
a dominar y perecer tiranos,
atropellarse efímeras las leyes,
y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
bañar en sangre nuestra, combatirse,
vencido y vencedor, hijos de España,
y el trono desplomándose al vendido
ímpetu popular. De las arenas
que el mar sacude en la fenicia Gades,
a las que el Tajo lusitano envuelve
en oro y conchas, uno y otro imperio,
iras, desorden esparciendo y luto,
comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
revienta incendios, su bifronte cima
cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
turba el Averno sus calladas ondas;
y allá del Tibre en la ribera etrusca
se estremece la cúpula soberbia,
que da sepulcro al sucesor de Cristo.*
¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad: bramó iracundo
el huracán, y arrebató a los campos
sus frutos, su matiz; la rica pompa
destrozó de los árboles sombríos;
todas huyeron tímidas las aves
del blando nido, en el espanto mudas:
no más trinos de amor. Así agitaron
los tardos años mi existencia, y pudo
solo en región extraña el oprimido
ánimo hallar dulce descanso y vida.
Breve será, que ya la tumba aguarda
y sus mármoles abre a recibirme;
ya los voy a ocupar... Si no es eterno
el rigor de los hados, y reservan
a mi patria infeliz mayor ventura,
dénsela presto, y mi postrer suspiro
será por ella... Prevenid en tanto
flébiles tonos, enlazad coronas
de ciprés funeral, Musas celestes;
y donde a las del mar sus aguas mezcla
el Garona opulento, en silencioso
bosque de lauros y menudos mirtos,
ocultad entre flores mis cenizas.
Leandro Fernández de Moratín
Oda Traducción De Horacio
la vida pasa
no necesita
morisca lanza,
fusco, ni corvos
arcos, ni aljaba
llena de flechas
envenenadas;
o a las regiones
que Hydaspe baña
o por las Syrtes
muy abrasadas,
o por el yermo
Cáucaso vaya.
Yo la sabina
selva cruzaba,
cantando amores
a mi adorada
Lálage, libre
de afán el alma,
por muy remoto
sitio, sin armas;
y un lobo fiero
me ve y se aparta.
Monstruo igual suyo
no tiene Daunia
en montes llenos
de encinas altas
ni los desiertos
de Mauritania,
donde leones
y tigres braman.
Ponme en los yertos
campos, do el aura
no goza estiva
ninguna planta:
lado del mundo,
región helada
que infestan vientos
y nubes pardas,
o en la que al rayo
del sol cercana,
de habitaciones
carece y aguas;
Lálage siempre
será mi amada:
dulce si ríe,
dulce si canta.
Leandro Fernández de Moratín
Soneto Rodrigo
de la sangrienta, militar porfía:
el campo godo destrozado ardía
con llama, que descubre estrago horrendo.
Rodrigo en tanto, su peligro viendo,
por ignorada senda se desvía,
y muerto Orelia, entre la sombra fría,
herido y débil se acelera huyendo.
En vano el Lete con raudal undoso
el paso estorba al príncipe, a quien ciega
de cadena o suplicio el justo espanto.
Surca las aguas. Cede al poderoso
ímpetu, espira el infeliz; y entrega
el cuerpo al fondo, a la corriente el manto.
Leandro Fernández de Moratín
Soneto El Rey D Sebastián
y el Rey cercado de enemiga gente,
desnuda ya la coronada frente,
resiste y lidia con esfuerzo altivo.
Los que le quieren prisionero y vivo
(aunque solo morir matando intente)
discordes en su cólera insolente,
sangre derraman por el gran cautivo.
Amor, que visto el mal partió derecho
con treinta lanzas de Gomeles bravos,
para estorbar el bélicoso trance:
«Qué importa», dijo (y le atraviesa el pecho)
«un hombre más al número de esclavos?
Muera... Toca añadir: siga el alcance».
Leandro Fernández de Moratín
Epístola Príncipe De La Paz Dedicándole La Comedia De La Mogigata
moral ficción, y aguarda numeroso
vulgo que ocupe la española escena,
voz adquiriendo, movimiento y formas,
hoy te presento con afecto puro
de gratitud y amor, que en vano aspiro
por otra senda a la difícil cumbre
subir del Pindo, en vano, y muchas veces
lloré burlado el atrevido intento.
¡Cuántas, pulsando las aonias cuerdas,
quise prendar con números süaves
la esquiva hermosa, que en silencio adoro,
y la voz imitar y la armonía
que un tiempo el eco en la floresta verde
repitió del Zurguén! Quise animado
de más sublime ardor sonando Clío
la trompa que marcial ira difunde,
de España celebrar los altos triunfos.
Del cuello altivo sacudiendo rota
la bárbara coyunda en las arenas
de Libia ardiente, el vencedor vencido;
Numancia satisfecha en el estrago
de la soberbia Roma, abandonada
al espantoso militar desorden;
dueño Cortés del estandarte de oro
en los valles de Otumba, y a sus plantas
el cetro occidental. Pero ofendida
culpó mi error la musa de Menandro,
y la cítara y flautas pastoriles
quitome airada, y el clarín de Marte.
Sigue, me dijo, por el rumbo solo
que te indica mi voz, si honor procuras
que a pesar del silencio de la muerte
haga tu nombre eterno. Yo amorosa
una y mil veces en tu labio infante
dulce beso imprimí, y al repetido,
celeste arrullo que entoné, dormías.
Tú mi delicia y mi cuidado fuiste,
y en ti los que vertió propicios dones
naturaleza, cultivar me plugo.
Ya con festiva aclamación sonando
la patria escena, en su alabanza justa
tu gloria afirma. Sigue, y en la cumbre
del sagrado Helicón, que Cintio baña
con su luz inmortal, las Musas bellas
de yedra y lauros te darán corona.
No te ofenda, señor, si tan humilde
tributo te consagro; ¿y cuál sería
de la grandeza de tu nombre digno?
Limitado es el don, rico el deseo;
y no bastando a más la vena estéril,
cuanto puedo te doy. Así, postrado
ante las aras que levanta rudas,
suele el cultor acumular los frutos
sencillos de su campo, y los ofrece
al alto numen tutelar que adora,
y aromas vierte agradecido y flores.
Leandro Fernández de Moratín
Oda Traducción De Horacio
brilla el marfil ni el oro,
ni columnas, que corta en sus regiones
apartadas el moro,
sostienen trabes áticas. Ni intruso
sucesor, el alcázar opulento
de Pérgamo, ocupé. Nunca labraron
púrpuras de Laconia, para el uso
de su señor, mis siervas.
Pero vivo contento
de que jamás faltaron
en mí virtud y numen afluente.
Soy pobre; pero el rico a mí se inclina.
Ni pido más a la bondad divina,
ni para que mis fondos acreciente
importuno al amigo generoso.
Harto soy venturoso
con mis campos sabinos.
Una y otra después arrebatadas
huyen las horas, y de igual manera
las nuevas lunas a morir caminan.
Tú, cercano a la muerte,
de mármol edificas levantadas
fábricas, olvidado de la tumba;
y estrecho en la ribera
de Bayas, donde el piélago retumba,
buscas en él cimiento,
¡Qué mucho! si los términos vecinos
alteras avariento,
usurpando a tus súbditos la tierra;
por ásperos caminos
tímidos huyen la mujer y esposo,
ambos al seno puestos
sus dioses y sus hijos mal compuestos.
Pues no, no tiene el hombre poderoso
palacio más seguro
que la mansión del Aqueronte avara:
ella le espera habitador futuro.
¿Para qué anhelas más? Si al que mendiga,
hambriento y desvalido,
y al sucesor del trono, igual prepara
la tierra sepultura.
Ni el audaz Prometeo el aura pura
volvió a gozar, con dádivas vencido
el que guarda las puertas del Averno.
Él aprisiona a Tántalo, y la estirpe
de Tántalo famosa;
él, de quien sufre angustia dolorosa
(invocado tal vez, o aborrecido),
el llanto acalla en el horror eterno.
Ya digo verdad así
vos me queráis otro tanto...
es mucho con la mitad
ma daré por bien pagado.
Leandro Fernández de Moratín
Al Excmo Sr Príncipe De La Paz Por Su Matrimonio Con La Hija Del Infante D Luis Coplas De Arte Ma
asmándovos grato la péñola mía,
vos faz omildosa la su cortesía
con metros polidos vulgares en son;
ca non era suyo latino sermón
trobar, e con ese decirvos loores
calonges e prestes, que son sabidores,
la parla vos fablen de Tulio e Marón.
Por ende, si tanto la suerte me da,
maguer que vos diga roman paladino,
fiducia me viene que lueñe e vecino
la gen acuciosa mi carta verá
e vuesas faranas que luego dirá
gravedosa estoria por modo sotil
serán de Castiella mil eras e mil
membranza placiente que non finirá.
E tanto meresce falagos de amor
aquel que alegroso nos dio bienandanza
e al común conorte la mucha amistanza
ovo de Don Carlos, el nueso Senor.
Sepades, le dijo, buen alcanzador
que en todo el mi regno vos fago imperante
a tal que del sceptro dorado, pesante,
la grava fadiga semege menor.
Catad que mis fijos demandan de mí
de ser aducidos en sancta equidad
a non acuitallos las mientes parad
en ropas abonden e pan otrosí
e cuando mis tierras (que tal non creí)
mesnadas de allende osaren correr,
faced a los míos punar e vencer,
ca siempre ganosos de liza los vi.
E ved non fallezcan a tal ocasión
lorigas, paveses, e todo lo al,
e mucho trotero ardido e leal
de los más preciados que en Córdoba son,
e naves, con luengo ferrado espolón,
guarnidas de tiros que lancen pelotas
non cuide aviltarnos, mandando sus flotas
la pérfida gente dallá de Albión.
E guay non aduzga mintrosa la paz
al valor nativo dañinos placeres
nin seyan sofridos los vanos saberes
que mucho del orbe turbaron la faz
allí do pregonan holganza e solaz,
allí rudo vulgo e sandio se inclina,
divaga sañoso, virtud abomina;
que tanto en él puede logüela sagaz.
Empero non yaga de error circuido
la sciencia le amuestre su puro claror
non cure atristado ventura mayor
en buen regimiento guardado e punido:
ansi el caballero ruando lucido
acucia o detiene la alfana que monta,
e parte, al agudo estímulo pronta,
o dócil se para el freno sentido.
A tal platicaba la su señoría,
e cedo el Magnate respuso a Don Rey:
non fuera nascido de alcuña de ley
se al vueso talante non obedescia.
Solene omenaje falto e pleitesía,
(e dijol tomando la cruz del espada)
que finque la vuesa merced acatada,
e España recabde su prez e valía.
De entonce colmalla de bienes cuidó
la paz se posara a su lado yocunda,
la cuita fenesce, de frutos abunda
el suelo que en sangre la guerra alagó,
la su dulcedumbre temores quitó
del ome entorpido que yaz en tristura,
e quisto de buenos la su derechura
le fiz, é al inico sañoso aterró.
E vímosle a guisa de diestro adalid,
faciendo reseña la hueste real,
mandar sus hileras, e a son de atabal
poner a los ojos la marcha e la lid:
ansi de los muros miró de Madrid
la plebe agarena venir a cercalla,
desnuda tizona en tren de batalla
al fiero cabdillo que digeron Cid.
¡Oh, fuérale dado seguir el pendón
que bordan castillos, barras e leones
romper animoso por los escuadrones
bárbaros de sangre teñido el trotón!
Tímidos fuyeran jinete y peón
en llama apurando sus tiendas caídas
e al estrago horrendo matanzas e feridas,
cuidaran que fuese Jacobo el patrón.
Devédalo empero la pro comunal,
e del alto alcázar do tiene su silla;
segundo en potencia le acata Castilla;
sotil palaciano, sirviente leal:
largosa por ende la mano real
quisiera abastalle de dones subidos;
cual nunca de alguno non fueron habidos,
siquier home bueno, siquier principal.
E ved de cual arte ser quito pensó
el Rey, que sesudo catara sus fechos:
ayúntale dende con nudos estrechos
al mesmo avolorio de donde nasció;
e luego e si voceros mandó
que cedo a la rica Toledo se vayan,
e aquesa manceba garrida le trayan,
fija del Infante que Dios perdonó.
La flor de lindeza, donaire y mesura,
en ella se adunan, la bien paresciente:
de rojos corales su boca riente,
sobrando a la nieve su tez en albura,
la luz de sus ojos espléndida y pura,
la voz falagosa, gentil su ademán;
Florinda, la causa del nueso desmán,
non ovo tal gesto, nin tal apostura.
¡Oh!, vivan entrarnos en plácida unión,
jamás empescida de fado siniestro
seyendo en el siglo criminoso nuestro
de virtud ecelsa dechado e blasón
la fama do quiera con alto pregón
su prole ventura perínclita cante
e aquisten ilustre memoria durante
su nome, sus fechos, su clara nación.
Leandro Fernández de Moratín
Al Excmo Sr Príncipe De La Paz Por Su Matrimonio Con La Hija Del Infante D Luis Coplas De Arte Ma
asmándovos grato la péñola mía,
vos faz omildosa la su cortesía
con metros polidos vulgares en son;
ca non era suyo latino sermón
trobar, e con ese decirvos loores
calonges e prestes, que son sabidores,
la parla vos fablen de Tulio e Marón.
Por ende, si tanto la suerte me da,
maguer que vos diga roman paladino,
fiducia me viene que lueñe e vecino
la gen acuciosa mi carta verá
e vuesas faranas que luego dirá
gravedosa estoria por modo sotil
serán de Castiella mil eras e mil
membranza placiente que non finirá.
E tanto meresce falagos de amor
aquel que alegroso nos dio bienandanza
e al común conorte la mucha amistanza
ovo de Don Carlos, el nueso Senor.
Sepades, le dijo, buen alcanzador
que en todo el mi regno vos fago imperante
a tal que del sceptro dorado, pesante,
la grava fadiga semege menor.
Catad que mis fijos demandan de mí
de ser aducidos en sancta equidad
a non acuitallos las mientes parad
en ropas abonden e pan otrosí
e cuando mis tierras (que tal non creí)
mesnadas de allende osaren correr,
faced a los míos punar e vencer,
ca siempre ganosos de liza los vi.
E ved non fallezcan a tal ocasión
lorigas, paveses, e todo lo al,
e mucho trotero ardido e leal
de los más preciados que en Córdoba son,
e naves, con luengo ferrado espolón,
guarnidas de tiros que lancen pelotas
non cuide aviltarnos, mandando sus flotas
la pérfida gente dallá de Albión.
E guay non aduzga mintrosa la paz
al valor nativo dañinos placeres
nin seyan sofridos los vanos saberes
que mucho del orbe turbaron la faz
allí do pregonan holganza e solaz,
allí rudo vulgo e sandio se inclina,
divaga sañoso, virtud abomina;
que tanto en él puede logüela sagaz.
Empero non yaga de error circuido
la sciencia le amuestre su puro claror
non cure atristado ventura mayor
en buen regimiento guardado e punido:
ansi el caballero ruando lucido
acucia o detiene la alfana que monta,
e parte, al agudo estímulo pronta,
o dócil se para el freno sentido.
A tal platicaba la su señoría,
e cedo el Magnate respuso a Don Rey:
non fuera nascido de alcuña de ley
se al vueso talante non obedescia.
Solene omenaje falto e pleitesía,
(e dijol tomando la cruz del espada)
que finque la vuesa merced acatada,
e España recabde su prez e valía.
De entonce colmalla de bienes cuidó
la paz se posara a su lado yocunda,
la cuita fenesce, de frutos abunda
el suelo que en sangre la guerra alagó,
la su dulcedumbre temores quitó
del ome entorpido que yaz en tristura,
e quisto de buenos la su derechura
le fiz, é al inico sañoso aterró.
E vímosle a guisa de diestro adalid,
faciendo reseña la hueste real,
mandar sus hileras, e a son de atabal
poner a los ojos la marcha e la lid:
ansi de los muros miró de Madrid
la plebe agarena venir a cercalla,
desnuda tizona en tren de batalla
al fiero cabdillo que digeron Cid.
¡Oh, fuérale dado seguir el pendón
que bordan castillos, barras e leones
romper animoso por los escuadrones
bárbaros de sangre teñido el trotón!
Tímidos fuyeran jinete y peón
en llama apurando sus tiendas caídas
e al estrago horrendo matanzas e feridas,
cuidaran que fuese Jacobo el patrón.
Devédalo empero la pro comunal,
e del alto alcázar do tiene su silla;
segundo en potencia le acata Castilla;
sotil palaciano, sirviente leal:
largosa por ende la mano real
quisiera abastalle de dones subidos;
cual nunca de alguno non fueron habidos,
siquier home bueno, siquier principal.
E ved de cual arte ser quito pensó
el Rey, que sesudo catara sus fechos:
ayúntale dende con nudos estrechos
al mesmo avolorio de donde nasció;
e luego e si voceros mandó
que cedo a la rica Toledo se vayan,
e aquesa manceba garrida le trayan,
fija del Infante que Dios perdonó.
La flor de lindeza, donaire y mesura,
en ella se adunan, la bien paresciente:
de rojos corales su boca riente,
sobrando a la nieve su tez en albura,
la luz de sus ojos espléndida y pura,
la voz falagosa, gentil su ademán;
Florinda, la causa del nueso desmán,
non ovo tal gesto, nin tal apostura.
¡Oh!, vivan entrarnos en plácida unión,
jamás empescida de fado siniestro
seyendo en el siglo criminoso nuestro
de virtud ecelsa dechado e blasón
la fama do quiera con alto pregón
su prole ventura perínclita cante
e aquisten ilustre memoria durante
su nome, sus fechos, su clara nación.
Leandro Fernández de Moratín
Al Excmo Sr Príncipe De La Paz Por Su Matrimonio Con La Hija Del Infante D Luis Coplas De Arte Ma
asmándovos grato la péñola mía,
vos faz omildosa la su cortesía
con metros polidos vulgares en son;
ca non era suyo latino sermón
trobar, e con ese decirvos loores
calonges e prestes, que son sabidores,
la parla vos fablen de Tulio e Marón.
Por ende, si tanto la suerte me da,
maguer que vos diga roman paladino,
fiducia me viene que lueñe e vecino
la gen acuciosa mi carta verá
e vuesas faranas que luego dirá
gravedosa estoria por modo sotil
serán de Castiella mil eras e mil
membranza placiente que non finirá.
E tanto meresce falagos de amor
aquel que alegroso nos dio bienandanza
e al común conorte la mucha amistanza
ovo de Don Carlos, el nueso Senor.
Sepades, le dijo, buen alcanzador
que en todo el mi regno vos fago imperante
a tal que del sceptro dorado, pesante,
la grava fadiga semege menor.
Catad que mis fijos demandan de mí
de ser aducidos en sancta equidad
a non acuitallos las mientes parad
en ropas abonden e pan otrosí
e cuando mis tierras (que tal non creí)
mesnadas de allende osaren correr,
faced a los míos punar e vencer,
ca siempre ganosos de liza los vi.
E ved non fallezcan a tal ocasión
lorigas, paveses, e todo lo al,
e mucho trotero ardido e leal
de los más preciados que en Córdoba son,
e naves, con luengo ferrado espolón,
guarnidas de tiros que lancen pelotas
non cuide aviltarnos, mandando sus flotas
la pérfida gente dallá de Albión.
E guay non aduzga mintrosa la paz
al valor nativo dañinos placeres
nin seyan sofridos los vanos saberes
que mucho del orbe turbaron la faz
allí do pregonan holganza e solaz,
allí rudo vulgo e sandio se inclina,
divaga sañoso, virtud abomina;
que tanto en él puede logüela sagaz.
Empero non yaga de error circuido
la sciencia le amuestre su puro claror
non cure atristado ventura mayor
en buen regimiento guardado e punido:
ansi el caballero ruando lucido
acucia o detiene la alfana que monta,
e parte, al agudo estímulo pronta,
o dócil se para el freno sentido.
A tal platicaba la su señoría,
e cedo el Magnate respuso a Don Rey:
non fuera nascido de alcuña de ley
se al vueso talante non obedescia.
Solene omenaje falto e pleitesía,
(e dijol tomando la cruz del espada)
que finque la vuesa merced acatada,
e España recabde su prez e valía.
De entonce colmalla de bienes cuidó
la paz se posara a su lado yocunda,
la cuita fenesce, de frutos abunda
el suelo que en sangre la guerra alagó,
la su dulcedumbre temores quitó
del ome entorpido que yaz en tristura,
e quisto de buenos la su derechura
le fiz, é al inico sañoso aterró.
E vímosle a guisa de diestro adalid,
faciendo reseña la hueste real,
mandar sus hileras, e a son de atabal
poner a los ojos la marcha e la lid:
ansi de los muros miró de Madrid
la plebe agarena venir a cercalla,
desnuda tizona en tren de batalla
al fiero cabdillo que digeron Cid.
¡Oh, fuérale dado seguir el pendón
que bordan castillos, barras e leones
romper animoso por los escuadrones
bárbaros de sangre teñido el trotón!
Tímidos fuyeran jinete y peón
en llama apurando sus tiendas caídas
e al estrago horrendo matanzas e feridas,
cuidaran que fuese Jacobo el patrón.
Devédalo empero la pro comunal,
e del alto alcázar do tiene su silla;
segundo en potencia le acata Castilla;
sotil palaciano, sirviente leal:
largosa por ende la mano real
quisiera abastalle de dones subidos;
cual nunca de alguno non fueron habidos,
siquier home bueno, siquier principal.
E ved de cual arte ser quito pensó
el Rey, que sesudo catara sus fechos:
ayúntale dende con nudos estrechos
al mesmo avolorio de donde nasció;
e luego e si voceros mandó
que cedo a la rica Toledo se vayan,
e aquesa manceba garrida le trayan,
fija del Infante que Dios perdonó.
La flor de lindeza, donaire y mesura,
en ella se adunan, la bien paresciente:
de rojos corales su boca riente,
sobrando a la nieve su tez en albura,
la luz de sus ojos espléndida y pura,
la voz falagosa, gentil su ademán;
Florinda, la causa del nueso desmán,
non ovo tal gesto, nin tal apostura.
¡Oh!, vivan entrarnos en plácida unión,
jamás empescida de fado siniestro
seyendo en el siglo criminoso nuestro
de virtud ecelsa dechado e blasón
la fama do quiera con alto pregón
su prole ventura perínclita cante
e aquisten ilustre memoria durante
su nome, sus fechos, su clara nación.
Leandro Fernández de Moratín
Al Excmo Sr Príncipe De La Paz Por Su Matrimonio Con La Hija Del Infante D Luis Coplas De Arte Ma
asmándovos grato la péñola mía,
vos faz omildosa la su cortesía
con metros polidos vulgares en son;
ca non era suyo latino sermón
trobar, e con ese decirvos loores
calonges e prestes, que son sabidores,
la parla vos fablen de Tulio e Marón.
Por ende, si tanto la suerte me da,
maguer que vos diga roman paladino,
fiducia me viene que lueñe e vecino
la gen acuciosa mi carta verá
e vuesas faranas que luego dirá
gravedosa estoria por modo sotil
serán de Castiella mil eras e mil
membranza placiente que non finirá.
E tanto meresce falagos de amor
aquel que alegroso nos dio bienandanza
e al común conorte la mucha amistanza
ovo de Don Carlos, el nueso Senor.
Sepades, le dijo, buen alcanzador
que en todo el mi regno vos fago imperante
a tal que del sceptro dorado, pesante,
la grava fadiga semege menor.
Catad que mis fijos demandan de mí
de ser aducidos en sancta equidad
a non acuitallos las mientes parad
en ropas abonden e pan otrosí
e cuando mis tierras (que tal non creí)
mesnadas de allende osaren correr,
faced a los míos punar e vencer,
ca siempre ganosos de liza los vi.
E ved non fallezcan a tal ocasión
lorigas, paveses, e todo lo al,
e mucho trotero ardido e leal
de los más preciados que en Córdoba son,
e naves, con luengo ferrado espolón,
guarnidas de tiros que lancen pelotas
non cuide aviltarnos, mandando sus flotas
la pérfida gente dallá de Albión.
E guay non aduzga mintrosa la paz
al valor nativo dañinos placeres
nin seyan sofridos los vanos saberes
que mucho del orbe turbaron la faz
allí do pregonan holganza e solaz,
allí rudo vulgo e sandio se inclina,
divaga sañoso, virtud abomina;
que tanto en él puede logüela sagaz.
Empero non yaga de error circuido
la sciencia le amuestre su puro claror
non cure atristado ventura mayor
en buen regimiento guardado e punido:
ansi el caballero ruando lucido
acucia o detiene la alfana que monta,
e parte, al agudo estímulo pronta,
o dócil se para el freno sentido.
A tal platicaba la su señoría,
e cedo el Magnate respuso a Don Rey:
non fuera nascido de alcuña de ley
se al vueso talante non obedescia.
Solene omenaje falto e pleitesía,
(e dijol tomando la cruz del espada)
que finque la vuesa merced acatada,
e España recabde su prez e valía.
De entonce colmalla de bienes cuidó
la paz se posara a su lado yocunda,
la cuita fenesce, de frutos abunda
el suelo que en sangre la guerra alagó,
la su dulcedumbre temores quitó
del ome entorpido que yaz en tristura,
e quisto de buenos la su derechura
le fiz, é al inico sañoso aterró.
E vímosle a guisa de diestro adalid,
faciendo reseña la hueste real,
mandar sus hileras, e a son de atabal
poner a los ojos la marcha e la lid:
ansi de los muros miró de Madrid
la plebe agarena venir a cercalla,
desnuda tizona en tren de batalla
al fiero cabdillo que digeron Cid.
¡Oh, fuérale dado seguir el pendón
que bordan castillos, barras e leones
romper animoso por los escuadrones
bárbaros de sangre teñido el trotón!
Tímidos fuyeran jinete y peón
en llama apurando sus tiendas caídas
e al estrago horrendo matanzas e feridas,
cuidaran que fuese Jacobo el patrón.
Devédalo empero la pro comunal,
e del alto alcázar do tiene su silla;
segundo en potencia le acata Castilla;
sotil palaciano, sirviente leal:
largosa por ende la mano real
quisiera abastalle de dones subidos;
cual nunca de alguno non fueron habidos,
siquier home bueno, siquier principal.
E ved de cual arte ser quito pensó
el Rey, que sesudo catara sus fechos:
ayúntale dende con nudos estrechos
al mesmo avolorio de donde nasció;
e luego e si voceros mandó
que cedo a la rica Toledo se vayan,
e aquesa manceba garrida le trayan,
fija del Infante que Dios perdonó.
La flor de lindeza, donaire y mesura,
en ella se adunan, la bien paresciente:
de rojos corales su boca riente,
sobrando a la nieve su tez en albura,
la luz de sus ojos espléndida y pura,
la voz falagosa, gentil su ademán;
Florinda, la causa del nueso desmán,
non ovo tal gesto, nin tal apostura.
¡Oh!, vivan entrarnos en plácida unión,
jamás empescida de fado siniestro
seyendo en el siglo criminoso nuestro
de virtud ecelsa dechado e blasón
la fama do quiera con alto pregón
su prole ventura perínclita cante
e aquisten ilustre memoria durante
su nome, sus fechos, su clara nación.
Leandro Fernández de Moratín
Soneto A La Muerte De Joaquín Murat
espantoso cadáver destrozado
fue siervo obscuro intrépido sold[ado]
caudillo de las águilas del Sena.
Por él la gran Madrid de horrores [llena]
su celo y su valor vio castigado
cuando ministro de un feroz malvado
los nudos de amistad trocó en cadena.
Rey se llamó en Parténope, su intento
fue del Apóstol trastornar la silla
y alcanzar de los Césares victoria.
Vedle añadir al mundo un escarmiento,
ved como el cielo su soberbia humilla
y confunde en oprobio su memoria.